Curiosamente este relato tuvo título antes de ser escrito, y hasta antes de
los hechos que describe, que no son otra cosa que la crónica de otro tramo más
del Camino de Santiago, cumplido este mes de marzo entre León y Burgos. Doña
Aurora Pimentel, siempre sorprendente, didáctica y aportando valor con todo lo
que escribe, lo tuiteo justo antes de nuestra partida, y me apropié de él al
instante, ya que encajaba a la perfección con nuestra empresa:
Comentaba doña Aurora:
“Una de las cosas que más me
gustan del vino (aparte de él mismo😂) es cómo se hace. Y eso que llaman
el trasiego y la decantación.
A veces para desembarazarse de
posos e impurezas hay que cambiar de sitio.
Cierto movimiento, tiempo/s,
recipiente y aire también.
Aplicable a mucho”.
A lo que yo contesté:
“Cuanto razón, el lunes continúo (26 años on the road ya...) mi trasiego
por el Camino de Santiago, a decantar todo lo que pueda. ✝️👨🦯🍷😉 “
Y así fue el trasiego, el movimiento, el cambio de sitio, de aire y de
tiempo. Limpiando el cuerpo y el alma de posos e impurezas.
Aquí os lo cuento.
La preparación
Como suele ser, la experiencia de
tantos años de Camino y también la impaciencia por partir, me tenía ya varios
días antes preparando la mochila, revisando la lista de objetos necesarios, y
cargando, también como siempre, demasiadas cosas que al final no se usarían.
Igual nos tomamos demasiado en serio aquello de “mejor prevenir que curar”,
por lo que el peso de la mochila iba creciendo con demasiadas mudas, con un
saco de dormir que al final ni salió a la luz, con la cantimplora cargada con
agua del Canal de Isabel II (que no probé hasta la última noche y ya en
destino), con linterna y luces de emergencia que no se encendieron, con un
espray impermeable para las botas (ante la previsión de ocho días de lluvia,
cuando al final solamente nos llovió un día) y alguna cosa más que no hacía
falta. Pero no albergo ninguna duda de que en octubre, fecha ya prevista para
el siguiente tramo, volveré a pecar de previsor, como si me fuera al fin del
mundo, y me lamentaré del peso excesivo del equipaje. Hay cosas que no cambian.
Como la impaciencia por salir: ya tenemos cerrado el tema de alojamientos y
billetes de tren para dentro de seis meses. Cagaprisas es poco, como diría
nuestro amigo Ramiro.
Del tren al camino bajo la lluvia
(lunes 9
de marzo, Burgos-Hornillos del Camino, 20,5 km)
Valientes y aguerridos como somos, partimos a primera hora en un tren de RENFE (TEN-FE) desde Madrid, para encontrarnos en Burgos con el otro miembro del singular trio de peregrinos y comenzar directamente la caminata desde el punto donde finalizamos en octubre del año pasado: la inmensa y preciosa catedral de Burgos. Caminando por la vera del río Arlanzón, preguntamos a un caballero (que tenía una extraña deformación en el labio, como lo definió Jaime, “el Botox hacia afuera”) si íbamos bien encaminados y si pasábamos por el Monasterio de las Huelgas, y presto y amable (y sin prisas, por lo visto), el desconocido acompañó a Jaime a ver el monasterio, mientras nosotros seguimos bordeando el río hasta encontrar el primer bar para desayunar algo y reagruparnos. Monasterio que por cierto alberga el pendón de las Navas de Tolosa. Ya juntos volvimos a parar al rato, otro refrigerio, pegué un adhesivo de BBBB en un panel lleno de pegatinas de todo tipo, y unos chavales se fijaron enseguida. No albergo duda alguna de que o bien lo arrancaron o bien alguno se lo quedó. Seguimos para afrontar los “escasos” 16 km que teníamos por delante. Escasos sí, pero lluviosos también.
Hacia la una del mediodía paramos
en un área de descanso, seguramente idílica en verano, pero fría e inhóspita en
este caso por el cielo nublado y el frío. Aun así, preferimos mil veces esta
situación a estar rodeados por cientos de ruidosos turigrinos, algo que en
otras estaciones del año es inevitable. Sacamos el pan, el fuet y las cervezas,
e impaciente como soy entregué a mis dos compañeros el sobre regalo sorpresa
que había preparado. Nada del otro mundo, unos detalles que había ido juntando
durante los meses de espera, una cruz de ayuda, una navajita, un parche
templario y una pulsera con la inscripción Reconquista. Cosas útiles,
sin duda, por lo menos la cruz y la navajita, y a ambas (que yo también
llevaba) les di buen uso el resto del camino. Eduardo también había tenido la
misma idea, regalándonos a ambos un parche de la cruz de San Andrés, por lo que
al final fue un simpático intercambio de presentes, amenizado con música de la
Tuna (no sé bien por qué elegí esta música, igual por el comentario de Edu de
que con tanto parche al final pareceremos tuneros, que no tunantes, pero nunca
molestan estas canciones tan nuestras, siempre y cuando no se alarguen
demasiado, como la insistencia de tantos tunos que con 30 y hasta 40 años
siguen rondando a las mozas como si estuvieran en primero de carrera).
Reemprendida la marcha nos desviamos
erróneamente hacia Villalbilla, lo que significó andar dos kilómetros adicionales
y la llegada de la anunciada la lluvia, los ponchos y en un duro tramo bajo la
persistente lluvia, llegamos por fin a Tardajos a las 14:30, paramos durante
casi una hora, y afrontamos los últimos 10 km en los que cada vez me alejé más
de mis compañeros. Molido y empapado conseguí llegar a Hornillos pasadas las
seis de la tarde, y entré maldiciendo en el hostal, donde me esperaban ya los
demás y nos encontramos con una pareja de españoles que caminaban ligeros de
equipaje y que iríamos viendo en las siguientes etapas, y que visto el tiempo y
mi cojera, aceptaron entre risas mis disculpas por mis blasfemos gritos, más
aún cuando pregunté a la hospitalera por la piscina municipal. Teniendo en
cuenta mi estado, no me venía de seguir chapoteando un poco. Instalados y con
una cena en horario centroeuropeo (ya que los poco hospitalarios dueños anuncian
que se largan a las siete) a base de pocos huevos y menos patatas, muy justito,
para ser sinceros, nos retiramos pronto a descansar, avisados de que por la
mañana dispondríamos de café y bollería…, algo es algo. Una etapa dura a pesar
de ser corta, por lo menos para un servidor. Inicio tarde, mal tiempo, desvíos
innecesarios, en fin, lo que tiene el Camino, que por mucho que lo prepares y
lo estudies, siempre depara sorpresas. ¡Qué diantres, si justamente por esto lo
hacemos! Si buscáramos placidez, comodidad, servicios perfectos, abundancia de
alimentos, pleitesía del servicio y buen tiempo, no estaríamos aquí. Ni
repetiríamos año tras año.
La fiesta medieval
(martes 10
de marzo, Hornillos del Camino-Castrojeriz, 20 km)
A las cinco de la mañana ya estamos
desvelados, aunque nos lo tomamos con calma y no bajamos a desayunar hasta las
siete. Hay café preparado, bollería y hasta tostadas, algo que alegra al amigo
Jaime, siempre presto a alimentarse con calma. Hace bien. Lo de fiar toda la
salud y fortaleza a las bondades de la cerveza, al final se paga. Estoy tentado
de esconder los bollos restantes a los españoles de la víspera, como bromeamos
con ellos antes de acostarnos, pero aparecen justo en ese momento, ya
preparados, desayunados y prestos a emprender su camino, más ligero que el
nuestro al andar sin equipaje, carga que les lleva una de tantas empresas de
transporte de mochilas y maletas que hay por el Camino. Edu insiste en que
sería una solución para mí, pero por ahora me resisto. Ya veremos en los tramos
futuros, pero por ahora sigo aferrado a mi mochila sobrecargada. Después de
tantos años caminando y sufriendo, me sentaría fatal convertirme en un turigrino
más. Sobre todo si me paso el resto del año criticándolos. En fin, Dios dirá.
Sin pueblos intermedios, avanzamos Edu
y yo a buen ritmo, con música y afortunadamente ya sin lluvia, con Jaime más
retrasado dedicado a sus cosas, a ver monumentos, pararse en sitios curiosos, fotografiar
cosas que se nos escapan y con ello preparar sus publicaciones. Lo bueno es que
luego nos lo cuenta y aprendemos muchas cosas sobre España y su historia.
Aporta mucho, sin duda, y espero que podamos seguir muchos años disfrutando de
su compañía. Porque disolver la compañía del Camino no entra en nuestros
planes. Juntos hasta la victoria final.
Hasta Hontanas, después de 15
largos kilómetros, no vemos rastro de civilización, léase fondas, bares o
albergues, y para desgracia nuestra, en ese pueblo, anunciado como lleno de
servicios, tampoco hay nada abierto, salvo un albergue que por fortuna sirve
café y también cervezas. Lo primero para Jaime, lo segundo para nosotros, junto
al fuet que siempre llevamos y pan recién hecho que trajo un repartidor de esos
que nos encontramos en todos los pueblos y cuya bocina es seguramente más
efectiva que cualquier gallo madrugador y ya se ha convertido en un sonido
habitual en nuestros trasiegos por España. Y de paso cargamos unas cuantas latas
más en las mochilas, nunca se sabe lo que puede pasar. Conocemos a dos alemanes
mayores (sí, sí, aunque suene extraño, hay gente mayor que yo), que nos piden que
les hagamos alguna fotografía, y con los que coincidiríamos más adelante. Algo
recuperados pero con frío, reemprendemos la marcha en un tramo solitario pero de
los más bonitos del Camino, llanuras, hondonadas, cruces de todo tipo, incluida
una cruz de hierro, hasta que llegamos
al impresionante Convento de San Antón, medio en ruinas pero curioso e
histórico, con la carretera nacional cruzando por su interior y los dos
veteranos germanos sentados en su muro disfrutando del lugar Una agradable
conversación con ellos, regada con las cervezas del kit de emergencia, nos
descubre que tienen 70 y 73 años (y están bastante más en forma que hoy), que
son de Bremen, y que tampoco es su primer Camino. Una pareja agradable, risueña
y educada, bien diferentes de otros alemanes que veríamos más adelante. En este
Convento, a pesar de estar en ruinas, se sigue dando cada año la bendición a
los peregrinos, los animales, las cruces taus, las campanillas y los panes del
santo, todo ello con el ritual de la Orden de San Antón editado en 1745. Algo
que leo a posterioridad, ya que en la parada estaba más pendiente de recuperar
fuerzas que de indagar en las interesantes historias del lugar.
Hacia las 2 y media entramos en la
histórica villa de Castrojeriz, con nuestro hostal llamado el Manzano a la
entrada del pueblo, delante de la hermosa iglesia Nuestra Señora del Manzano. Y
efectivamente, hay un solitario manzano en el patio, junto a carteles de pizzas
y un maniquí femenino en la puerta vestido de peregrino, chica a la que no dudo
en abrazar. A mi edad no hay que dejar escapar ni una ocasión, aunque sea
estática y silenciosa. Nos recibe un muy atento hispanoamericano, con buena
música sonando y hasta un agradable sol, por lo que el esfuerzo realizado se ve
inmediatamente recompensado, más aún con la más que correcta habitación y después
de la reconfortante ducha. Maqueados y con la ropa lavada, nos vamos a dar un
paseo, adelantándose Jaime a buscar unas calaveras que recordaba de anteriores Caminos,
realmente un osario construido en 1802, con la inscripción “O MORS', 'O
AETERNITAS' (Oh Muerte, Oh Eternidad), como recordatorio memento mori de
la brevedad de la vida y la perennidad de la muerte.
Mientras Jaime sigue de picos
pardos explorando el pueblo, hacemos tiempo en un bar, en el que conocemos a dos
señoras, Tere y otra, esta segunda visiblemente afligida por el fallecimiento
de un amigo (como nos comenta Tere), y ambas dándole al vino en clara señal de
duelo. Con el reciente fallecimiento de nuestra amiga Laura en la cabeza, la
emoción y los recuerdos me hacen entender su situación, por lo que al final
acabamos invitándoles a otro vino y dándole un pésame emocionado, al que
corresponde entre lágrimas con un triste beso de despedida. Pobrecita. Teníamos
previsto cenar en el conocido Mesón de Castrojeriz, que me habían recomendado
unas semanas antes en Madrid, pero Tere nos pone al día, el local ya está
cerrado, pero dicharachera y presta a
ayudarnos, nos recomienda ir a un local llamado “La Taberna”, un poco más
arriba en la única y larga calle que atraviesa la localidad: 2,5 km de una
bella y cuidada localidad, bordeando la colina sobre la que se alza un castillo
medieval del siglo VIII en esta histórica ciudad fundada, ni más ni menos, que por
Julio César, según algunos cronistas. Gracias desde aquí, Tere, porque tu
recomendación se agradece, hasta el punto de que el título de este capítulo se
debe al gran rato que pasamos en esta hospedería.
Nos instalamos pues Edu y yo en la
barra de este local, sonando música de la buena y a primera vista parece cálido
y acogedor, incluidas las brasas digitales en un gran monitor, lo que como es
lógico me lleva a soltar varias veces la chanza de que falta leña. El
propietario debe de estar acostumbrado a este chiste tan manido, por lo que ni
se inmuta y seguimos hablando de música, que va mejorando con cada tema que suena.
Decidimos reservar el chuletón que queda, y avisamos por mensaje a Jaime donde
estamos y el plan que hay: cenar aquí y disfrutar del local, que hoy hay una
fiesta medieval, como tan bien cantaban los Nikis:
“Ven a la fiesta, la fiesta
medieval.
Tengo un castillo con mesas de
nogal.
Comeremos carne y beberemos vino
y las camareras pesarán 90 kilos.
Rubias con trenzas, rubias
pechugonas,
será la mejor fiesta de toda la
zona.
Nos vamos a hartar de comer y de
beber,
y lo pasaremos muy bien, bien,
bien, bien.
Ven a la fiesta, la fiesta medieval”.
Esta letra es aplicable en casi
todo, solamente faltaron las rubias pechugonas con trenzas, pero su ausencia no
nos importó mucho, porque lo pasamos bien, muy bien.
Resulta que el local está ambientado con esos elementos decorativos que nos gustan tanto: desde morriones, pasando por espadas de todo tipo, hasta velas, estandartes, cuadros de guerreros y antiguas farolas (aunque fueran alimentadas por leds, daban el pego). Hasta tiene un precioso jardín (premiado, según el propietario) con la espada Excalibur presta a ser sacada de su roca y liberada de su eterna espera, algo que no dudamos en hacer después del ágape que disfrutamos.
En cuanto se incorporó Jaime al
trío de hambrientos templarios, nos pusimos las botas con el susodicho chuletón,
un costillar exquisito, ensalada y patatas bravas, todo ello regado con el
único vino tinto que tenía, que resultó ser un Protos. Conseguir explicar a la
madre que queríamos gaseosa para mezclarlo costó un poco, pero al final cayeron
dos botellas del vino con el añadido.
Entre charlas y chistes, acabamos comparando
el local con “La posada del Pony” del “Señor de los Anillos”, ya que un paisano
que estaba dormitando en un sofá enfrente nuestro, y al que no habíamos prestado
atención, se alzó y casi se estampa contra la puerta como si fuera Trancos, pero
bebido. Bien bebido, diría yo. Como nosotros. Risas y más risas.
El precio se fue lógicamente un
poco por encima de lo habitual, pero a cambio comimos bien, bebimos también y reímos,
algo nada habitual en nuestros trasiegos por España. Jaime se probó el morrión,
empuño todas y cada una de las espadas, y me costó bastante conseguir
arrancarles de sus sillas y volver al albergue. Sin duda una señal de que
estábamos a gusto y de que los efectos del buen vino habían surtido efecto.
(dejo aquí el enlace a este curioso pero muy agradable local, por si alguno de
vosotros se pierde por Castrojeriz.
No os arrepentiréis. (https://maps.app.goo.gl/zB1PeVtSo9L5Duza9) .
Así acabó el día, retirada al hostal y un merecido
descanso.
La primera caída
(miércoles
11 de marzo, Castro – Frómista, 25 km)
Como si fuera un Vía Crucis, en
concreto en su tercera estación, esta etapa comenzó con mi primera pájara.
Después de la cena festiva y cansado ya de las dos etapas anteriores, decidí
saltarme la “temible” subida inicial al “Alto de Mostelares”, por lo que
contacté con un taxista local, y después de un desayuno juntos en el Hotel Jacobus,
dejé a mis fuertes y valientes compañeros afrontar el alto solitos, y me salté
10 km cómodamente sentado en un coche y charlando con el conductor. Persona
habladora, cazador, de los nuestros, de los del sentido común. No sería el
primero en este Camino que loara las propuestas y valores que propone por
ejemplo VOX, o mejor dicho, que no criticara la invasión musulmana, las
excesivas regulaciones y la dictadura climática de la Unión Europea. Y no hizo
falta que nombrara unas siglas para entender lo que pensaba y que opción
política apoyaba. Lo dicho, sentido común.
Llegué por lo tanto a Itero del Valle bien pronto, y gracias a Dios había un único bar abierto, llamado Tachu y de decoración rockera-izquierdista-mugrienta. Me imagino que será de los jóvenes del pueblo, porque la señora mayor que atendía no la veía yo mucho de escuchar grupos como “En tu Kulo Eyajulo” o loar las bondades del asesino Che Guevara, cuyo retrato mitificado y más falso que las ubres de la Santaolalla, presidía una de las paredes. Poco podía hacer, ya que la travesía de mis compañeros duraría un mínimo de dos horas y media, como efectivamente fue.
De cuatro paisanos iniciales con su
café matinal la audiencia fue cambiando poco a poco a sucesivos grupos de
peregrinos, algo sorprendente cuando por el Camino bien pocos habíamos visto.
Igual habían dormido aquí, o madrugado mucho, pero otra opción es que también
hubieran optado por un transporte, porque, como me comentó el taxista, cada día
lleva a 5 a o 6 peregrinos en el mismo tramo que yo, para evitar el nombrado
alto. Y como corroboró Edu más tarde, no vieron en todo el trayecto a nadie, ni
por detrás ni por delante. En fin, que solo y sin nada mejor que hacer, fui
tomando notas observando a los variopintos personajes que iban pasando por el
local: un grupo de guiris, entre ellos un alemán vestido con más colores que
los que he tenido en toda mi vida, con fiambreras varias que iba sacando de su
inmensa mochila; un tipo extraño que iba con él y que pidió 1 euro a todos los
presentes (a mí me debió ver extraño, mayor y gruñón, porque ni se acercó;
varios asiáticos solos, como suelen andar ellos, y un grupo de españoles, dos
chicos y tres chicas, bastante ruidosos y que encima se molestaron, haciéndolo ver ostensiblemente uno de los chicos con gestos
y suspiros, de que la propietaria no les atendiera con la presteza que
deseaban. Mucha pulsera arcoíris pero poca paciencia. Exigiendo, algo últimamente
muy común en el Camino, que de la bondad gratuita de los hospitaleros y la
educación general de los peregrinos, ha pasado a ser un tour lúdico-competitivo,
con exigencias de servicios y atenciones más propias de un resort playero que
de una ruta de peregrinaje que se viene realizando desde el siglo IX. Igual la
falta de religiosidad, el inicial y verdadero sentido de cualquier
peregrinación, se ha perdido ya definitivamente. Para la mayoría de los
personajes que vamos viendo, sin duda. Por no hablar de los hospedajes, áreas
de descanso o puntos de información: la ausencia clamorosa de cualquier símbolo
religioso es terrible. Suerte que aún no les ha dado por derribar los antiguos
cruceiros, conventos, iglesias y catedrales que jalonan este camino cristiano
hacia la tumba del apóstol Santiago, pero dadle tiempo al tiempo y, si no lo
remediamos, en pocos decenios no quedará huella de lo que fue y debería ser este
ruta.
Una simpática y muy educada pareja
de franceses de mi edad se interesaron por mis parches, y les expliqué en
detalle el significado de cada uno, algo que agradecieron. Fueron de los pocos
peregrinos con los que entablamos conversación a partir de este día, y que
fuimos viendo en cada una de las paradas hasta llegar a nuestro destino en León.
La pizpireta Jacky y su pareja Philippe. Más adelante volveré a hablar de
ellos. Por lo menos apunté dos nombres, algo que ya es un progreso frente al tramo
de octubre del año anterior, en el que la confraternización con extraños fue
nula.
Entre cerveza, tortilla, otra cerveza
y algún cigarrillo en la puerta, hice tiempo observando a las afanadas cigüeñas
construyendo sus nidos en el campanario de la iglesia local, hasta que a las
11:50 apareció ya Eduardo, uniéndose al rato Jaime al grupo. Se tomaron su
merecido descanso, su tortilla de marras, y media hora más tarde nos pusimos en
marcha para afrontar los 14 km que quedaban hasta Frómista.
Nuestro plan inicial de hacer la
última y larga parada en Boadilla del Camino, quedó medio frustrado por la
ausencia total de servicios: el único bar, cerrado, y el hotel, en obras. Pero
a cambio tuvo uno de esos momentos sorprendentes y enriquecedores: sentados al
pie del conocido rollo de justicia de esta localidad, que no una picota, como
bien nos recordó Jaime. El rollo era un símbolo de dignidad y jurisdicción en
el centro de las villas, mientras que la picota se usaba más específicamente
para colgar y exponer a los delincuentes y a veces se ubicaba a las afueras.
Con el tiempo, ambos términos y funciones se fusionaron. Sentados pues ahí, a
pies de una columna que bien podríamos volver a implantar para tanto violador,
corrupto, putero y violento que anda suelto, observábamos las tareas de unos
operarios, que maniobrando con una grúa estaban subiendo unas planchas al alto
del hotel, uno operando desde la cabina y otro en las alturas metido en la caja.
Y desde esa elevada posición de pronto oímos decir: “Buenos días, que alegría ver
banderas de España en vuestras mochilas”. Un salud inesperado pero bien
bonito, lo que nos llevó a una conversación con el operario, al que obviamente preguntamos
por unas cervezas, siendo la respuesta de que no estaban frías, pero que
podíamos utilizar los baños del hotel si hiciera falta. Al bajarse del alto de
la grúa, con un guiño me preguntó que cuantas cervezas quería, y como
corresponde a los caballeros, más aún en tierra de campos, hubo un trueque: no
tres cabras por un arado, sino las dos cervezas por una pulsera de VOX con la
inscripción “Reconquista”. Visiblemente contento y comentándonos que pocos días
antes había visto en un acto a Abascal y que había pillado la pulsera de
“Sentido común” no pudimos más que certificar que España, sobre todo la rural, está
viva y bien despierta ante la desgracia que estamos sufriendo. Seguimos nuestra
ruta y al poco rato llegamos al Canal de Castilla, proyecto de Fernando VI y el
Marqués de la Ensenada para unir Segovia con Santander y con ello poder
transportar el trigo hacia los pueblos del norte y más allá. Plus ultra. Entre
guerras y demás problemas, se llegó a completar hasta Valladolid, y fue
explotado hasta 1860, cuando la llegada del ferrocarril, mucho más rápido y
económico, sentenció su uso comercial. Ahora queda como testimonio de épocas gloriosas,
de empuje y modernización, y también como entretenimiento, pudiéndose navegar
por él, haciendo de esta manera un tramo del Camino a borde de uno de los pocos
barcos que quedan. Aunque sea poco práctico, ya que los 1,7 km que el Camino
bordea el canal son verdes, cómodos y frescos, pero tiene su gracia. E ilusiona
ver el buen estado de esta obra, sus exclusas y sus almacenes, todo bien
cuidado para mayor gloria de nuestra historia.
A las 16:30 llegamos al albergue,
el único que realmente lo es, y el que más nos costó reservar, por ser los
dueños unos noveles, y bastante empanados, por cierto. De entrada nos
recibieron ambos, Palma, húngara y Patrick, alemán, aunque este, a mi primera
pregunta sobre las instalaciones, me contestó que era su día libre y que a todo
me respondería Palma, su socia, una chica que no entendía el español, ni el alemán, y
que con el inglés tampoco se defendía mucho. En fin, cosas de alemanes y su rectitud
y disciplina. Conseguimos aclararnos, ocupamos la única habitación separada de
las comunes, Jaime llegó un poco más tarde y optó por una litera en vez de
dormir con nosotros en un colchón en el suelo, nos duchamos y dejamos la ropa a
lavar en el suelo delante de la recepción, ya que Miss Empanada había
desaparecido. Por lo menos acertamos con la cena, a las 7 de la tarde nos
plantamos en el cercano “Chiringuito”, y optamos por los platos combinados que
tenía, costillar con patatas y morcillas con huevos, todo ello bueno, bien
presentado, siendo un más que correcto menú del peregrino, incluyendo hasta su
correspondiente postre. Eso sí, adiós a los menús del peregrino a 8 o 10 €: 25
lereles por barba. Nada que objetar, un local sin duda recomendable a cualquier
peregrino que pase por esta localidad. Lo del “Albergue de la Luz” ya es
otra cosa, hasta podrían llamarlo “Albergue de las pocas luces”. Así
acabó nuestra tercera etapa, aunque con todo lo vivido ya, parecía que
lleváramos semanas caminando. Esa intensidad que solamente da el camino, como
bien comentaría ayer Edu: “como cuando estamos en el camino solamente
tenemos que preocuparnos de andar, comer, beber y dormir, los días dan para
mucho, mientras que en la vuelta a la vida real, las mil actividades y
distracciones nos comen las horas”.
Una mañana con el Drogas
(jueves 12
de marzo, Frómista-Carrión de los Condes, 19 km)
En pie pronto, y a las 7:15 partimos Edu y yo, mientras que Jaime se retrasa un poco, dedicado a sus cosas. Pocos servicios hay, por lo que hasta las 9 de la mañana no encontramos nada, en este caso un vending puesto estratégicamente en Población de Campos, en el que paramos un rato, nos juntamos de nuevo los 3 y tomamos un café. Después de la breve parada avanzamos otros 4 km hasta Revenga de Campos (todas las poblaciones se llaman de campos, se entiende así claramente la construcción en su momento del Canal de Castilla), donde tampoco hay nada abierto, pero en su bonita plaza nos sentamos en los bancos, pusimos música y tiramos de las viandas y bebercios adquiridos la tarde anterior: empanada de cecina, otra de bacalao, cervezas y un buen rato al sol, aunque la temperatura fuera de 4 grados. El siguiente objetivo anunciado con servicios se llamaba Villarmenteros de Campos, a escasos 2 km, pero como iba siendo habitual, todo estaba cerrado. ¿Todo? Pues no. Cuando ya enfilábamos de nueva la ruta, de una casita baja con un cartel de albergue tradicional, apareció de sopetón una figura que inmediatamente nos sonó muy familiar: era el Drogas, don Enrique Villarreal Armendáriz, músico español de Pamplona. Bueno, no era él, pero bien podría hacerse pasar por el conocido músico, como poco por su hermano gemelo. Nos invitó a entrar, nos acomodamos en el acogedor salón, nos sirvió unas cervezas y un café, hablamos de su parecido con el cantante, nos contó un poco su historia (muchos años haciendo el Camino, casado en un albergue con otra peregrina francesa, fan acérrimo de Sabina y con varias guitarras a disposición de los visitantes), y pasamos un buen rato con él, trasteando un poco la Epiphone, comentado la situación del Camino en general, intercambiando teléfonos y dejando algo de dinero en el bote. Un encuentro sorpresivo y muy auténtico. Bien feliz el hombre, que resumí con un refrán alemán que encajaba a la perfección, y que hizo sonreír al bueno del Drogas: “yo estoy bien y mi mujer trabaja”. Nos despedimos de Ángel, paramos de nuevo en Villalcázar de Sigra, donde Edu y Jaime visitaron la impresionante iglesia de Santa María la Blanca, monumental construcción del siglo XIII, definida como la “Capilla Sixtina del románico-ojival”. Como bien me explicó Edu que les dijo la guía, tendría que haber entrado y me hubiera curado de mis dolores, ya que “esta localidad debe parte de su fama a los milagros atribuidos por los peregrinos a la imagen de Santa María la Blanca”. Preferí quedarme en la terraza, tomar mis cervezas y esperarles, Luego me quejo de dolores y cansancio…, ya me vale. Hay que tener Fe.
Se nos antojó un bocadillo de
calamares al sol, Jaime pidió su chorizo habitual, el cual fue perdiendo cachos
conforme él explicaba a una guiri como fotografiarle (una pareja de alemanes de
Jena), con la coletilla “cuidado que tiene un retardo”, a lo que soltamos por
lo bajini “¿La cámara o él?” Con cariño, eso sí.
Rematamos sin problemas ni
incidencias los 5,6 km restantes y ya a las 3 de la tarde nos plantamos en
Carrión, con el hostal perfectamente situado frente a frente de la iglesia y con
las instalaciones perfectas. Ducha, paseo por el pueblo, compras en el Dia
mientras yo me esperé (al sol) en el bar España, charlando y conociendo un poco
más a Jacky y Philippe, los franceses, que resultan tener 62 y 67 años de edad,
aficionados a las Harleys, él se dedica a organizar rutas por la mítica route
66 en los EE.UU. Agotado decidí saltarme la cena y me retiré a las 8, ellos se
fueron a cenar a la “Cerve”, y por lo que me comentaron, cenaron de maravilla, acabando
así esta etapa, ante el reto de la del día siguiente, la más larga del camino
de este año, incluyendo el tramo más despoblado de todos los caminos a
Santiago, de 17,5 km de absoluta soledad, de campos hasta donde alcanza la
vista, sin sombras, fuentes ni servicios. Veremos cómo se me da.
La segunda caída
(viernes
13 de marzo, Carrión de los Condes-Moratinos, 30 km)
A las seis sonó el despertador, y a
las 6:45 ya estábamos desayunando enfrente del bar España de la víspera, ya que
este no abría hasta las 7. Empecé solo la etapa a las 7:24, hasta las 8:45 en
la que paré en un área de descanso verde pero muy húmeda y fría, como el
tiempo. Edu había pillado un camino alternativo siguiendo la nacional, lo que
le obligó a realizar 2 km adicionales para retomar la vía en la que caminábamos los
demás, y Jaime iba un un poco por detrás, Como habíamos empezado a usar la
opción de ubicación en tiempo real del Whatsapp, íbamos viendo por donde andaba
cada uno. Por el tramo me volvió a adelantar la pareja de españoles sin
mochila. A buen ritmo, como se entiende.
En el tramo siguiente, el más largo
sin poblaciones de todo el Camino de Santiago, es decir, de 17,5 km de campos, que
ya hicimos los tres juntos, paramos tres veces para recuperarnos y tirar de las
vituallas y cervezas que llevábamos. En la segunda coincidimos con la pareja
francesa, y en la tercera paramos en un mirador de aves que unos operarios estaban
arreglando. Eran ya las 11 y media y nos quedaban 4,7 km de travesía solitaria
hasta Calzadilla. Me crucé con un alemán que iba en sentido contrario, me lancé
directamente a hablarle en este idioma por su pinta, y acerté. A mi pregunta de
si volvía a casa andando, me respondió tan pancho: “Que va, voy directo a Roma”.
Un loco de estos que te encuentras por estos parajes, encima cargaba con un
extraño y pesado instrumento musical que fui incapaz de identificar.
Llegados a Calzadilla, nos encontramos
de frente con una terraza al sol, por lo que los 8 grados de temperatura se hicieron
soportables. Al lado teníamos a los frikis raros esos, que por cierto iban
fumando maria por el camino, y uno de ellos se quedó con el torso al aire en posición
de loto, practicando yoga. Entiendo que la marihuana que llevan era buena. El
negocio lo regentan unas sudamericanas, a las que fuimos pidiendo chorizos, uno
tras otro, ya que estaban realmente buenos. Al cuarto paramos. A la 1 reemprendimos
la marcha, plantándonos a las tres de la tarde en un lúgubre bar en Lédigos, atendido
por una joven chica tatuada de forma bastante caótica, a la que pregunté si me
llevaría hasta Moratinos por un módico precio. Risueña me contestó que no tiene
ni carné de coche, pero llamó a un amigo taxista que se ofreció llevarme por
15€. Acepté encantado, ya que iba molido como siempre, y con ello me salté los últimos
5 km.
Como si fuera la segunda caída de
Jesús en la séptima estación del Vía Crucis. Que representa el
momento en que Jesús, debilitado por los azotes, el desprecio y el peso de la
cruz, vuelve a caer, simbolizando la persistencia del pecado y el agotamiento
extremo en el camino al Calvario. Encaja perfectamente con mi situación, con la
diferencia que mi destino no era el calvario, sino un hostal donde recuperarme.
Llegué al Hostal Moratinos, recibiéndome una abuelita italiana cuya cara me recordó a alguien (Edu me lo aclararía más tarde, es clavada al alocado Doc Brown de “Regreso al Futuro”). Me duché, decoré la terraza con la bandera de Spinola, y esperé la llegada de los demás con unas vistas preciosas sobre el vasto campo y la última recta del Camino. Me comentó Doc que se iba al médico a media tarde y que no nos podía dar de cenar, pero nos recomendó un bar a pocos metros, y que resultó un verdadero acierto: Juntos ya los tres fuimos a cenar a las 18:30, en un local sorprendente, al lado de unas cuevas cavadas en verdes montículos, que nos recordaron inmediatamente a Hobbiton de la Comarca, un menú a 15€ realmente bueno, a base de macarrones, ,lentejas, secreto y merluza, regado con vino y gaseosa y con una nueva charla de sentido común con el propietario. Ya es la tercera persona con la que hablamos sobre los problemas actuales y coincidimos en todo. Al final resultará que tenemos razón. Lo que no se entiende entonces es que aún haya tantos millones de merluzos que voten por la destrucción de España. Ya sea al PSOE o al Popular. Que vienen a ser lo mismo.
Eso sí, hicimos fotos a los platos
antes de probarlos. Lo de siempre: compartir antes que vivir. Una enfermedad
incurable. Mucho detox digital, pero seguimos con estas adicciones. A
descansar.
Un tramo ligero
(sábado 14
de marzo, Moratinos-Bercianos del Real Camino, 19 km)
En teoría afrontábamos un tramo
corto y fácil, aunque tendría sus consecuencias. Edu llevaba ya unos días un poco
cascado, no por esfuerzo sino por un catarro o similar, y no pintaba bien, ya
que iba a peor.
Nos levantamos sin prisa, Doc abrió
a las 7:45,y desayunamos tranquilos unas tostadas hasta que llegó Jaime. La buena
señora le ofreció el mismo desayuno, es decir, tostadas con mantequilla,
mermelada, aceite, tomate o tortilla a
la francesa, pero James lo entendió como un totumm revolutum, y le
contestó que vale, pero “sin la mermelada”. Empezamos pues el día con unas
risas. Eduardo anunció que hoy no tomaría cerveza, un claro indicador que su
malestar iba a más.
A las 10:15 paramos en Sahagún,
desayunamos unos sándwiches mixtos, el mío con huevo, y al pedir una salsa
picante me trajeron una desconocida, con una calavera y una cruz de Santiago como
logotipo, y resulta que es parte de una serie de “salsas del Camino”. Hecha con
Carolina Reaper, el chile más picante del mundo, está buena, aunque no tan
mortal como presagia el dibujo. Aficionado como soy a estos manjares picantes,
pregunté donde podía encontrarla, y por casualidad en el super de enfrente la
vendían y aprovechamos para pillar provisiones para lo que nos quedaba. El ya
habitual fuete, queso y pan. Y cervezas. Que cada vez que pillamos añaden un
kilo a mi ya pesada mochila. Por ello las liquidamos cuanto antes.
A las 2 ya entramos en Bercianos, un
pueblo más desangelado que un discurso de Fakejóo. Pocos sitios tan abandonados
y solitarios hemos visto en nuestros caminos, aunque afortunadamente el hostal
el Sueve nos recibe abierto y acogedor, más aún sabedores que aquí preparan un
buen cachopo, algo que Jaime ya había estudiado antes de partir. Se debe al origen
asturiano de la dueña, a la que, cuando conseguimos interrumpirla de su interminable
charla, encargamos uno para cada uno. Mientras nos instalamos llegaron los 3
arrogantes alemanes, a los que hice de traductor y de paso recomendé el
cachopo, lo que los llevó a encargar tres más. Aseados y arreglados compramos
cuatro cosas en la única y oscura tienda de comestibles, la solitaria clienta nos
comentó que le había tocado presidir la mesa electoral (pocos votantes tendrá esta
triste aldea), y a las 7 en punto nos sentamos a esperar la cena, mientras Edu descansó
un poco en la habitación, cada vez con peor cuerpo. Suerte que el propietario,
feliz como una perdiz al haber colocado 6 de sus afamados cachopos, nos dio
unos cuantos paracetamoles para aliviar a Edu, y de paso a mí, que tampoco andaba
fino filipino. La cena salió redonda, el vino de la marca Valdés, como homenaje
a Jaime, en la mesa de al lado Jacky y Philippe, y los alemanes interesándose
por mis tatuajes y preguntado por tal o cual palabra que no entendían. Eso sí, ni
una mísera palabra de agradecimiento por mis labores de interprete o por la recomendación
de la cena, que disfrutaron como enanos. Rancios y maleducados, con ese aire de
superioridad que tienen algunos alemanes (comparados con los otros dos
veteranos que ya hemos conocido, todo lo contrario). Estirados y arrogantes. En
fin, que les den.
Buena cena, a 30€ por barba, pero valió la pena. A las 8:45 nos retiramos, ya nos quedaban solamente dos etapas, una dura y una fácil. Una de cal y una de arena. Eso pensaba por lo menos antes de dormirme.
La tercera caída
(domingo 15
de marzo, Bercianos -Mansilla de las Mulas, 26,5 km)
Siguiendo los pasos de Jesucristo
(encima escribiendo en plena Semana Santa), título así esta etapa, como si fuera
la novena estación del Vía Crucis que conmemora cuando Jesús cae por
tercera vez, cerca de la cima del Calvario, agotado y bajo el peso extremo de
la cruz. Aunque en este caso fue Eduardo el que no podía con su alma, por lo
que decidió saltarse la etapa y llamar a un taxi. Ni corto ni perezoso, me ofrecí
a compartir su sufrimiento, a ayudarle a llevar la cruz, y me uní al plan de
transporte. Hoy por ti, mañana por mí. 😉 Lo cual significa que nuestro aguerrido e incansable
Jaime andaría solo. Y que nada puedo contar del tramo que nos perdimos.
Después de varios intentos, conseguí
localizar a un muy atento taxista, que dijo que hacia las 9:30 vendría a por
nosotros, tiempo que aprovechamos para desayunar en otro albergue cercano que
gracias a Dios ya estaba abierto, local curioso decorado con extraños elementos,
entre ellos unos raros taburetes con pedales y cadenas de bicicleta. A mi
pregunta me explicó el hospitalero que no tienen absolutamente ninguna utilidad,
que se trata de “diseño industrial”. Será eso. Llegó nuestro salvador con un
poco de retraso y el trayecto incluyó una charla agradable, en la que nos contó
su afición por rescatar peregrinos, a lo que se dedica con otro socio, y la
envidia y rabia de otros competidores de León, que les echan en cara acudir a
cualquier hora y a cualquier lugar para prestar sus servicios. Esa España del mínimo
esfuerzo y la máxima subvención, frente a trabajadores incansables como David, el
conductor, que añadió que tanta tierra de campos para nada: explotados
fiscalmente, sentenciados por Europa y su Agenda y encima invadidos por el moro.
La tercera persona local con la que hablamos en el camino, la tercera que
expresa su sentido común y su rabia por la situación de nuestra querida España.
Ojalá este sentido común se traduzca cuanto antes en votos y podamos echar a la
chusma que nos dirige y revertir este declive patrio que parece imparable. (Nota:
a cualquier lector que ande por tierras de Palencia o León y que precise de un servicio
de taxis de buena gente, aquí está su web. Hay que potenciar el consumo local,
que solo el pueblo salva al pueblo. https://taxidecarretera.com )
A las 10:30 llegamos pues descansados a Mansilla de las Mulas, por suerte las señoras de la pensión nos permitieron ya descargar las mochilas mientras acaban de adecentar las habitaciones, y dimos un pequeño paseo por el pueblo, que tampoco da para mucho, tomamos un café en la única confitería / cafetería abierta, y a las 12 hicemos ya el check-in. Nos sentamos fuera al sol, bajo un monumento al peregrino, y tiramos de fuet, pan y cerveza a la espera de Jaime, que finalmente llegó sano y salvo a las 14:45, después de sus solitarios 26,5 km andando. Arreglado él también, decidimos lavar la ropa en la cercana lavandería, y entre lavado y secado íbamos y veníamos del bar de la gasolinera, en la que leí en el suplemento semanal Xl un artículo de Pérez-Reverte muy adecuado para la ocasión, que versaba sobre la desaparición en general del negocio local en manos de españoles, la irrupción de los chinos, los moros y los negros. Es lo que hay, un lento pero imparable reemplazo. Hecha la colada, nos pusimos a pasear y buscar un local para cenar, algo que nos costó un montón al estar todo cerrado (era domingo y día de elecciones, unido a que es un pueblo bien pequeño). Afortunadamente encontramos “El refugio de Uxia”, en manos, como no, de hispanos, y degustamos una platos combinados de lomo, pollo y huevos. Preguntamos por la hora de apertura para desayunar, y dos o tres veces nos insistió la buena señora de que justo cruzando el puente hay un excelente local que abre a las 6 de la mañana. La definición de lo que significaba para la chica lo de “justo cruzado el puente” la averiguaríamos al día siguiente.
Retirada y descanso, ante la ahora
sí última etapa que teníamos por delante para llegar a León, nuestro punto
final hasta que sigamos en octubre.
La llegada
(lunes 16 de
marzo, Mansilla de las Mulas-León, 19 km)
Se acerca el final. A las 6:30 me moví,
nos preparamos y al poco rato salimos. Paramos en la confitería del día
anterior, pero vista la desgana del propietario y su lentitud, recordamos lo
que nos dijo la chica la noche anterior, y cruzamos el puente en busca del “local
cercano”. Pasados unos nada desdeñables
4,5 km llegamos a Villamoros y asumimos que lo de “cercano” sería en coche. Buscamos
por el pueblo y no había ningún negocio abierto, y ya desesperados enfilamos de
nuevo la carretera, cuando el fino olfato de Eduardo captó el olor a pan recién
hecho, y nos descubrió a pie de calle una minúscula tahona, casi sin rotular,
en la que una señora simpática y bien entrada en años nos ofreció café, bollería
y hasta cerveza, de pie en la minúscula recepción de este curioso y bien
antiguo horno de pan. Lamentamos que una solitaria asiática que buscaba como
nosotros un bar hubiera tirado millas y no la pudiéramos avisar.
Continuamos y volvimos a parar en Puente
Villarente, donde un paisano nos recomendó una panadería / bar. Siendo solamente
las 9 de la mañana, optamos por unos buenos churros con café, mientras que el
bar se iba llenando de Guardias Civiles, entendemos que todos destacados a los
colegios electorales para las elecciones y que estarían de vuelta a sus destinos
habituales.
A las 10:20 decidimos hacer la última
parada en Arcahueja, asegurándome antes por teléfono de que el bar estuviera
abierto, ya que significaba un pequeño desvío. Se nos unió el grupo de madre e
hija, los dos españoles tuttifrutti y una joven morena, y nos tomamos unas
cuantas cervezas, cada una con su pincho de tortilla, tapas a las que tanto Edu
como yo renunciamos, pero a las que Jaime no hizo ascos. Nuestro siempre
hambriento Mr. Potato.
La señora gallega trabajó durante
años en Pamplona y en una charla con Jaime resultó que tienen bastantes
conocidos en común. (Nota: ya de vuelta en casa Edu encuentra por
casualidad al grupo de madre hija y demás por TikTok; al parecer publican todas sus etapas, y como dice Jaime, parece que estén descubriendo el amazonas del dramatismo
que le echan)
Continuamos bordeando ya la carretera
nacional, hasta que hacia las 11:45 divisamos desde lo alto la urbe de León,
con su catedral al fondo, y Jacky y Philippe nos acompañaron en estos últimos kilómetros,
que se hicieron eternos. Siendo ya una ciudad en condiciones, el tramo urbano
de unos 2 km se nos hizo largo y hasta paramos a la mitad a tomar el último
refrigerio en un local setentero, con sillones redondos de color naranja y todo
el mobiliario curvado, con un aire al “Korova Milk Bar” de la película “la Naranja
Mecánica”. Aproveché y pedí a la IA que me recreara León desde este alto, pero "sin edificios modernos, con casas medievales y un muro rodeando la ciudad". Bien bonita debía de ser esta ciudad en otras épocas.
Y finalmente, llegamos al precioso hotel “La Posada Regia”, en el que ya dormí 10 años atrás, y nos recuperamos con una buena ducha en un impresionante baño, que hasta invitaba a llenar la amplia y redonda bañera. Que la cama supletoria fuera muy pequeña queda como mera anécdota, más aún cuando le tocó a Edu. La siguiente vez haremos un sorteo. Prometido.
Recuperados y aseados, paseamos hasta
la muy cercana catedral, Edu y Jaime la visitaron y yo me quedé descansando, y
ya a la hora de comer reservamos en el restaurante Ezequiel, al parecer muy conocido
y que también nos recomendó el tan atento taxista David. A las 15:30 degustamos
pues el menú a base de los embutidos del conocido propietario, que por cierto
ha sido el mediador para resolver el problema de la lotería de Navidad premiada
en su pueblo Villamanín, sede de su fábrica de embutidos; carne para nosotros y
morcillo para Jaime, todo regado con buen vino y una tapa previa de lengua de
ternera que me supo a gloria.
Así acabó el Camino, Edu y Jaime aún
hicieron una escapada nocturna para ver a una amiga, y yo me quedé dormitando
intentando encontrar una posición en la que no me doliera la espalda. Dolor que
aún persiste a día de hoy, dos semanas después de nuestra vuelta. Tendré que
ponerme a hacer algo de gimnasia a partir de ahora, porque así no se puede
andar.
A la mañana siguiente, despedida de Jaime, que tenía aún toda la mañana para hacer sus visitas culturales pendientes, paseo a la estación y al mediodía estábamos de vuelta en la Villa y Corte, pensando ya en el próximo tramo, previsto y ya reservado para el mes de octubre. Ojalá podamos seguir los tres juntos.
Muchas gracias, Edu y Jaime por
vuestra compañía, generosidad y sobre todo por vuestra paciencia. ¡Ultreia!
Madrid, a 30 de marzo de 2026