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lunes, 30 de marzo de 2026

Trasiego y decantación (en el Camino de Santiago)

 



Curiosamente este relato tuvo título antes de ser escrito, y hasta antes de los hechos que describe, que no son otra cosa que la crónica de otro tramo más del Camino de Santiago, cumplido este mes de marzo entre León y Burgos. Doña Aurora Pimentel, siempre sorprendente, didáctica y aportando valor con todo lo que escribe, lo tuiteo justo antes de nuestra partida, y me apropié de él al instante, ya que encajaba a la perfección con nuestra empresa:

Comentaba doña Aurora:

“Una de las cosas que más me gustan del vino (aparte de él mismo😂) es cómo se hace. Y eso que llaman el trasiego y la decantación.

A veces para desembarazarse de posos e impurezas hay que cambiar de sitio.

Cierto movimiento, tiempo/s, recipiente y aire también.

Aplicable a mucho”.

A lo que yo contesté:

“Cuanto razón, el lunes continúo (26 años on the road ya...) mi trasiego por el Camino de Santiago, a decantar todo lo que pueda. ✝️👨‍🦯🍷😉 “

Y así fue el trasiego, el movimiento, el cambio de sitio, de aire y de tiempo. Limpiando el cuerpo y el alma de posos e impurezas.

Aquí os lo cuento.

 

La preparación

Como suele ser, la experiencia de tantos años de Camino y también la impaciencia por partir, me tenía ya varios días antes preparando la mochila, revisando la lista de objetos necesarios, y cargando, también como siempre, demasiadas cosas que al final no se usarían. Igual nos tomamos demasiado en serio aquello de “mejor prevenir que curar”, por lo que el peso de la mochila iba creciendo con demasiadas mudas, con un saco de dormir que al final ni salió a la luz, con la cantimplora cargada con agua del Canal de Isabel II (que no probé hasta la última noche y ya en destino), con linterna y luces de emergencia que no se encendieron, con un espray impermeable para las botas (ante la previsión de ocho días de lluvia, cuando al final solamente nos llovió un día) y alguna cosa más que no hacía falta. Pero no albergo ninguna duda de que en octubre, fecha ya prevista para el siguiente tramo, volveré a pecar de previsor, como si me fuera al fin del mundo, y me lamentaré del peso excesivo del equipaje. Hay cosas que no cambian. Como la impaciencia por salir: ya tenemos cerrado el tema de alojamientos y billetes de tren para dentro de seis meses. Cagaprisas es poco, como diría nuestro amigo Ramiro.

 

Del tren al camino bajo la lluvia

(lunes 9 de marzo, Burgos-Hornillos del Camino, 20,5 km)

Valientes y aguerridos como somos, partimos a primera hora en un tren de RENFE (TEN-FE) desde Madrid, para encontrarnos en Burgos con el otro miembro del singular trio de peregrinos y comenzar directamente la caminata desde el punto donde finalizamos en octubre del año pasado: la inmensa y preciosa catedral de Burgos. Caminando por la vera del río Arlanzón, preguntamos a un caballero (que tenía una extraña deformación en el labio, como lo definió Jaime, “el Botox hacia afuera”) si íbamos bien encaminados y si pasábamos por el Monasterio de las Huelgas, y presto y amable (y sin prisas, por lo visto), el desconocido acompañó a Jaime a ver el monasterio, mientras nosotros seguimos bordeando el río hasta encontrar el primer bar para desayunar algo y reagruparnos. Monasterio que por cierto alberga el pendón de las Navas de Tolosa. Ya juntos volvimos a parar al rato, otro refrigerio, pegué un adhesivo de BBBB en un panel lleno de pegatinas de todo tipo, y unos chavales se fijaron enseguida. No albergo duda alguna de que o bien lo arrancaron o bien alguno se lo quedó. Seguimos para afrontar los “escasos” 16 km que teníamos por delante. Escasos sí, pero lluviosos también.

Hacia la una del mediodía paramos en un área de descanso, seguramente idílica en verano, pero fría e inhóspita en este caso por el cielo nublado y el frío. Aun así, preferimos mil veces esta situación a estar rodeados por cientos de ruidosos turigrinos, algo que en otras estaciones del año es inevitable. Sacamos el pan, el fuet y las cervezas, e impaciente como soy entregué a mis dos compañeros el sobre regalo sorpresa que había preparado. Nada del otro mundo, unos detalles que había ido juntando durante los meses de espera, una cruz de ayuda, una navajita, un parche templario y una pulsera con la inscripción Reconquista. Cosas útiles, sin duda, por lo menos la cruz y la navajita, y a ambas (que yo también llevaba) les di buen uso el resto del camino. Eduardo también había tenido la misma idea, regalándonos a ambos un parche de la cruz de San Andrés, por lo que al final fue un simpático intercambio de presentes, amenizado con música de la Tuna (no sé bien por qué elegí esta música, igual por el comentario de Edu de que con tanto parche al final pareceremos tuneros, que no tunantes, pero nunca molestan estas canciones tan nuestras, siempre y cuando no se alarguen demasiado, como la insistencia de tantos tunos que con 30 y hasta 40 años siguen rondando a las mozas como si estuvieran en primero de carrera).

Reemprendida la marcha nos desviamos erróneamente hacia Villalbilla, lo que significó andar dos kilómetros adicionales y la llegada de la anunciada la lluvia, los ponchos y en un duro tramo bajo la persistente lluvia, llegamos por fin a Tardajos a las 14:30, paramos durante casi una hora, y afrontamos los últimos 10 km en los que cada vez me alejé más de mis compañeros. Molido y empapado conseguí llegar a Hornillos pasadas las seis de la tarde, y entré maldiciendo en el hostal, donde me esperaban ya los demás y nos encontramos con una pareja de españoles que caminaban ligeros de equipaje y que iríamos viendo en las siguientes etapas, y que visto el tiempo y mi cojera, aceptaron entre risas mis disculpas por mis blasfemos gritos, más aún cuando pregunté a la hospitalera por la piscina municipal. Teniendo en cuenta mi estado, no me venía de seguir chapoteando un poco. Instalados y con una cena en horario centroeuropeo (ya que los poco hospitalarios dueños anuncian que se largan a las siete) a base de pocos huevos y menos patatas, muy justito, para ser sinceros, nos retiramos pronto a descansar, avisados de que por la mañana dispondríamos de café y bollería…, algo es algo. Una etapa dura a pesar de ser corta, por lo menos para un servidor. Inicio tarde, mal tiempo, desvíos innecesarios, en fin, lo que tiene el Camino, que por mucho que lo prepares y lo estudies, siempre depara sorpresas. ¡Qué diantres, si justamente por esto lo hacemos! Si buscáramos placidez, comodidad, servicios perfectos, abundancia de alimentos, pleitesía del servicio y buen tiempo, no estaríamos aquí. Ni repetiríamos año tras año.

 

 

La fiesta medieval

(martes 10 de marzo, Hornillos del Camino-Castrojeriz, 20 km)

A las cinco de la mañana ya estamos desvelados, aunque nos lo tomamos con calma y no bajamos a desayunar hasta las siete. Hay café preparado, bollería y hasta tostadas, algo que alegra al amigo Jaime, siempre presto a alimentarse con calma. Hace bien. Lo de fiar toda la salud y fortaleza a las bondades de la cerveza, al final se paga. Estoy tentado de esconder los bollos restantes a los españoles de la víspera, como bromeamos con ellos antes de acostarnos, pero aparecen justo en ese momento, ya preparados, desayunados y prestos a emprender su camino, más ligero que el nuestro al andar sin equipaje, carga que les lleva una de tantas empresas de transporte de mochilas y maletas que hay por el Camino. Edu insiste en que sería una solución para mí, pero por ahora me resisto. Ya veremos en los tramos futuros, pero por ahora sigo aferrado a mi mochila sobrecargada. Después de tantos años caminando y sufriendo, me sentaría fatal convertirme en un turigrino más. Sobre todo si me paso el resto del año criticándolos. En fin, Dios dirá.

Sin pueblos intermedios, avanzamos Edu y yo a buen ritmo, con música y afortunadamente ya sin lluvia, con Jaime más retrasado dedicado a sus cosas, a ver monumentos, pararse en sitios curiosos, fotografiar cosas que se nos escapan y con ello preparar sus publicaciones. Lo bueno es que luego nos lo cuenta y aprendemos muchas cosas sobre España y su historia. Aporta mucho, sin duda, y espero que podamos seguir muchos años disfrutando de su compañía. Porque disolver la compañía del Camino no entra en nuestros planes. Juntos hasta la victoria final.

Hasta Hontanas, después de 15 largos kilómetros, no vemos rastro de civilización, léase fondas, bares o albergues, y para desgracia nuestra, en ese pueblo, anunciado como lleno de servicios, tampoco hay nada abierto, salvo un albergue que por fortuna sirve café y también cervezas. Lo primero para Jaime, lo segundo para nosotros, junto al fuet que siempre llevamos y pan recién hecho que trajo un repartidor de esos que nos encontramos en todos los pueblos y cuya bocina es seguramente más efectiva que cualquier gallo madrugador y ya se ha convertido en un sonido habitual en nuestros trasiegos por España. Y de paso cargamos unas cuantas latas más en las mochilas, nunca se sabe lo que puede pasar. Conocemos a dos alemanes mayores (sí, sí, aunque suene extraño, hay gente mayor que yo), que nos piden que les hagamos alguna fotografía, y con los que coincidiríamos más adelante. Algo recuperados pero con frío, reemprendemos la marcha en un tramo solitario pero de los más bonitos del Camino, llanuras, hondonadas, cruces de todo tipo, incluida una cruz de hierro,  hasta que llegamos al impresionante Convento de San Antón, medio en ruinas pero curioso e histórico, con la carretera nacional cruzando por su interior y los dos veteranos germanos sentados en su muro disfrutando del lugar Una agradable conversación con ellos, regada con las cervezas del kit de emergencia, nos descubre que tienen 70 y 73 años (y están bastante más en forma que hoy), que son de Bremen, y que tampoco es su primer Camino. Una pareja agradable, risueña y educada, bien diferentes de otros alemanes que veríamos más adelante. En este Convento, a pesar de estar en ruinas, se sigue dando cada año la bendición a los peregrinos, los animales, las cruces taus, las campanillas y los panes del santo, todo ello con el ritual de la Orden de San Antón editado en 1745. Algo que leo a posterioridad, ya que en la parada estaba más pendiente de recuperar fuerzas que de indagar en las interesantes historias del lugar.

Hacia las 2 y media entramos en la histórica villa de Castrojeriz, con nuestro hostal llamado el Manzano a la entrada del pueblo, delante de la hermosa iglesia Nuestra Señora del Manzano. Y efectivamente, hay un solitario manzano en el patio, junto a carteles de pizzas y un maniquí femenino en la puerta vestido de peregrino, chica a la que no dudo en abrazar. A mi edad no hay que dejar escapar ni una ocasión, aunque sea estática y silenciosa. Nos recibe un muy atento hispanoamericano, con buena música sonando y hasta un agradable sol, por lo que el esfuerzo realizado se ve inmediatamente recompensado, más aún con la más que correcta habitación y después de la reconfortante ducha. Maqueados y con la ropa lavada, nos vamos a dar un paseo, adelantándose Jaime a buscar unas calaveras que recordaba de anteriores Caminos, realmente un osario construido en 1802, con la inscripción “O MORS', 'O AETERNITAS' (Oh Muerte, Oh Eternidad), como recordatorio memento mori de la brevedad de la vida y la perennidad de la muerte.


Mientras Jaime sigue de picos pardos explorando el pueblo, hacemos tiempo en un bar, en el que conocemos a dos señoras, Tere y otra, esta segunda visiblemente afligida por el fallecimiento de un amigo (como nos comenta Tere), y ambas dándole al vino en clara señal de duelo. Con el reciente fallecimiento de nuestra amiga Laura en la cabeza, la emoción y los recuerdos me hacen entender su situación, por lo que al final acabamos invitándoles a otro vino y dándole un pésame emocionado, al que corresponde entre lágrimas con un triste beso de despedida. Pobrecita. Teníamos previsto cenar en el conocido Mesón de Castrojeriz, que me habían recomendado unas semanas antes en Madrid, pero Tere nos pone al día, el local ya está cerrado,  pero dicharachera y presta a ayudarnos, nos recomienda ir a un local llamado “La Taberna”, un poco más arriba en la única y larga calle que atraviesa la localidad: 2,5 km de una bella y cuidada localidad, bordeando la colina sobre la que se alza un castillo medieval del siglo VIII en esta histórica ciudad fundada, ni más ni menos, que por Julio César, según algunos cronistas. Gracias desde aquí, Tere, porque tu recomendación se agradece, hasta el punto de que el título de este capítulo se debe al gran rato que pasamos en esta hospedería.

Nos instalamos pues Edu y yo en la barra de este local, sonando música de la buena y a primera vista parece cálido y acogedor, incluidas las brasas digitales en un gran monitor, lo que como es lógico me lleva a soltar varias veces la chanza de que falta leña. El propietario debe de estar acostumbrado a este chiste tan manido, por lo que ni se inmuta y seguimos hablando de música, que va mejorando con cada tema que suena. Decidimos reservar el chuletón que queda, y avisamos por mensaje a Jaime donde estamos y el plan que hay: cenar aquí y disfrutar del local, que hoy hay una fiesta medieval, como tan bien cantaban los Nikis:

 

“Ven a la fiesta, la fiesta medieval.

Tengo un castillo con mesas de nogal.

Comeremos carne y beberemos vino

y las camareras pesarán 90 kilos.

Rubias con trenzas, rubias pechugonas,

será la mejor fiesta de toda la zona.

Nos vamos a hartar de comer y de beber,

y lo pasaremos muy bien, bien, bien, bien.

Ven a la fiesta, la fiesta medieval”.

 

Esta letra es aplicable en casi todo, solamente faltaron las rubias pechugonas con trenzas, pero su ausencia no nos importó mucho, porque lo pasamos bien, muy bien.

Resulta que el local está ambientado con esos elementos decorativos que nos gustan tanto: desde morriones, pasando por espadas de todo tipo, hasta velas, estandartes, cuadros de guerreros y antiguas farolas (aunque fueran alimentadas por leds, daban el pego). Hasta tiene un precioso jardín (premiado, según el propietario) con la espada Excalibur presta a ser sacada de su roca y liberada de su eterna espera, algo que no dudamos en hacer después del ágape que disfrutamos.

En cuanto se incorporó Jaime al trío de hambrientos templarios, nos pusimos las botas con el susodicho chuletón, un costillar exquisito, ensalada y patatas bravas, todo ello regado con el único vino tinto que tenía, que resultó ser un Protos. Conseguir explicar a la madre que queríamos gaseosa para mezclarlo costó un poco, pero al final cayeron dos botellas del vino con el añadido.

Entre charlas y chistes, acabamos comparando el local con “La posada del Pony” del “Señor de los Anillos”, ya que un paisano que estaba dormitando en un sofá enfrente nuestro, y al que no habíamos prestado atención, se alzó y casi se estampa contra la puerta como si fuera Trancos, pero bebido. Bien bebido, diría yo. Como nosotros. Risas y más risas.

El precio se fue lógicamente un poco por encima de lo habitual, pero a cambio comimos bien, bebimos también y reímos, algo nada habitual en nuestros trasiegos por España. Jaime se probó el morrión, empuño todas y cada una de las espadas, y me costó bastante conseguir arrancarles de sus sillas y volver al albergue. Sin duda una señal de que estábamos a gusto y de que los efectos del buen vino habían surtido efecto. (dejo aquí el enlace a este curioso pero muy agradable local, por si alguno de vosotros se pierde por Castrojeriz.

No os arrepentiréis. (https://maps.app.goo.gl/zB1PeVtSo9L5Duza9) .

Así acabó el día, retirada al hostal y un merecido descanso.

 

La primera caída

(miércoles 11 de marzo, Castro – Frómista, 25 km)

 

Como si fuera un Vía Crucis, en concreto en su tercera estación, esta etapa comenzó con mi primera pájara. Después de la cena festiva y cansado ya de las dos etapas anteriores, decidí saltarme la “temible” subida inicial al “Alto de Mostelares”, por lo que contacté con un taxista local, y después de un desayuno juntos en el Hotel Jacobus, dejé a mis fuertes y valientes compañeros afrontar el alto solitos, y me salté 10 km cómodamente sentado en un coche y charlando con el conductor. Persona habladora, cazador, de los nuestros, de los del sentido común. No sería el primero en este Camino que loara las propuestas y valores que propone por ejemplo VOX, o mejor dicho, que no criticara la invasión musulmana, las excesivas regulaciones y la dictadura climática de la Unión Europea. Y no hizo falta que nombrara unas siglas para entender lo que pensaba y que opción política apoyaba. Lo dicho, sentido común.

Llegué por lo tanto a Itero del Valle bien pronto, y gracias a Dios había un único bar abierto, llamado  Tachu y de decoración rockera-izquierdista-mugrienta. Me imagino que será de los jóvenes del pueblo, porque la señora mayor que atendía no la veía yo mucho de escuchar grupos como “En tu Kulo Eyakulo” o loar las bondades del asesino Che Guevara, cuyo retrato mitificado y más falso que las ubres de la Santaolalla, presidía una de las paredes. Poco podía hacer, ya que la travesía de mis compañeros duraría un mínimo de dos horas y media, como efectivamente fue.

De cuatro paisanos iniciales con su café matinal la audiencia fue cambiando poco a poco a sucesivos grupos de peregrinos, algo sorprendente cuando por el Camino bien pocos habíamos visto. Igual habían dormido aquí, o madrugado mucho, pero otra opción es que también hubieran optado por un transporte, porque, como me comentó el taxista, cada día lleva a 5 a o 6 peregrinos en el mismo tramo que yo, para evitar el nombrado alto. Y como corroboró Edu más tarde, no vieron en todo el trayecto a nadie, ni por detrás ni por delante. En fin, que solo y sin nada mejor que hacer, fui tomando notas observando a los variopintos personajes que iban pasando por el local: un grupo de guiris, entre ellos un alemán vestido con más colores que los que he tenido en toda mi vida, con fiambreras varias que iba sacando de su inmensa mochila; un tipo extraño que iba con él y que pidió 1 euro a todos los presentes (a mí me debió ver extraño, mayor y gruñón, porque ni se acercó; varios asiáticos solos, como suelen andar ellos, y un grupo de españoles, dos chicos y tres chicas, bastante ruidosos y que encima se molestaron, haciéndolo  ver ostensiblemente uno de los chicos con gestos y suspiros, de que la propietaria no les atendiera con la presteza que deseaban. Mucha pulsera arcoíris pero poca paciencia. Exigiendo, algo últimamente muy común en el Camino, que de la bondad gratuita de los hospitaleros y la educación general de los peregrinos, ha pasado a ser un tour lúdico-competitivo, con exigencias de servicios y atenciones más propias de un resort playero que de una ruta de peregrinaje que se viene realizando desde el siglo IX. Igual la falta de religiosidad, el inicial y verdadero sentido de cualquier peregrinación, se ha perdido ya definitivamente. Para la mayoría de los personajes que vamos viendo, sin duda. Por no hablar de los hospedajes, áreas de descanso o puntos de información: la ausencia clamorosa de cualquier símbolo religioso es terrible. Suerte que aún no les ha dado por derribar los antiguos cruceiros, conventos, iglesias y catedrales que jalonan este camino cristiano hacia la tumba del apóstol Santiago, pero dadle tiempo al tiempo y, si no lo remediamos, en pocos decenios no quedará huella de lo que fue y debería ser este ruta.

Una simpática y muy educada pareja de franceses de mi edad se interesaron por mis parches, y les expliqué en detalle el significado de cada uno, algo que agradecieron. Fueron de los pocos peregrinos con los que entablamos conversación a partir de este día, y que fuimos viendo en cada una de las paradas hasta llegar a nuestro destino en León. La pizpireta Jacky y su pareja Philippe. Más adelante volveré a hablar de ellos. Por lo menos apunté dos nombres, algo que ya es un progreso frente al tramo de octubre del año anterior, en el que la confraternización con extraños fue nula.

Entre cerveza, tortilla, otra cerveza y algún cigarrillo en la puerta, hice tiempo observando a las afanadas cigüeñas construyendo sus nidos en el campanario de la iglesia local, hasta que a las 11:50 apareció ya Eduardo, uniéndose al rato Jaime al grupo. Se tomaron su merecido descanso, su tortilla de marras, y media hora más tarde nos pusimos en marcha para afrontar los 14 km que quedaban hasta Frómista.

Nuestro plan inicial de hacer la última y larga parada en Boadilla del Camino, quedó medio frustrado por la ausencia total de servicios: el único bar, cerrado, y el hotel, en obras. Pero a cambio tuvo uno de esos momentos sorprendentes y enriquecedores: sentados al pie del conocido rollo de justicia de esta localidad, que no una picota, como bien nos recordó Jaime. El rollo era un símbolo de dignidad y jurisdicción en el centro de las villas, mientras que la picota se usaba más específicamente para colgar y exponer a los delincuentes y a veces se ubicaba a las afueras. Con el tiempo, ambos términos y funciones se fusionaron. Sentados pues ahí, a pies de una columna que bien podríamos volver a implantar para tanto violador, corrupto, putero y violento que anda suelto, observábamos las tareas de unos operarios, que maniobrando con una grúa estaban subiendo unas planchas al alto del hotel, uno operando desde la cabina y otro en las alturas metido en la caja. Y desde esa elevada posición de pronto oímos decir: “Buenos días, que alegría ver banderas de España en vuestras mochilas”. Un saludo  inesperado pero bien bonito, lo que nos llevó a una conversación con el operario, al que obviamente preguntamos por unas cervezas, siendo la respuesta de que no estaban frías, pero que podíamos utilizar los baños del hotel si hiciera falta. Al bajarse del alto de la grúa, con un guiño me preguntó que cuantas cervezas quería, y como corresponde a los caballeros, más aún en tierra de campos, hubo un trueque: no tres cabras por un arado, sino las dos cervezas por una pulsera de VOX con la inscripción “Reconquista”. Visiblemente contento y comentándonos que pocos días antes había visto en un acto a Abascal y que había pillado la pulsera de “Sentido común” no pudimos más que certificar que España, sobre todo la rural, está viva y bien despierta ante la desgracia que estamos sufriendo. Seguimos nuestra ruta y al poco rato llegamos al Canal de Castilla, proyecto de Fernando VI y el Marqués de la Ensenada para unir Segovia con Santander y con ello poder transportar el trigo hacia los pueblos del norte y más allá. Plus ultra. Entre guerras y demás problemas, se llegó a completar hasta Valladolid, y fue explotado hasta 1860, cuando la llegada del ferrocarril, mucho más rápido y económico, sentenció su uso comercial. Ahora queda como testimonio de épocas gloriosas, de empuje y modernización, y también como entretenimiento, pudiéndose navegar por él, haciendo de esta manera un tramo del Camino a borde de uno de los pocos barcos que quedan. Aunque sea poco práctico, ya que los 1,7 km que el Camino bordea el canal son verdes, cómodos y frescos, pero tiene su gracia. E ilusiona ver el buen estado de esta obra, sus exclusas y sus almacenes, todo bien cuidado para mayor gloria de nuestra historia.
A las 16:30 llegamos al albergue, el único que realmente lo es, y el que más nos costó reservar, por ser los dueños unos noveles, y bastante empanados, por cierto. De entrada nos recibieron ambos, Palma, húngara y Patrick, alemán, aunque este, a mi primera pregunta sobre las instalaciones, me contestó que era su día libre y que a todo me respondería Palma, su socia, una chica que no entendía el español, ni el alemán, y que con el inglés tampoco se defendía mucho. En fin, cosas de alemanes y su rectitud y disciplina. Conseguimos aclararnos, ocupamos la única habitación separada de las comunes, Jaime llegó un poco más tarde y optó por una litera en vez de dormir con nosotros en un colchón en el suelo, nos duchamos y dejamos la ropa a lavar en el suelo delante de la recepción, ya que Miss Empanada había desaparecido. Por lo menos acertamos con la cena, a las 7 de la tarde nos plantamos en el cercano “Chiringuito”, y optamos por los platos combinados que tenía, costillar con patatas y morcillas con huevos, todo ello bueno, bien presentado, siendo un más que correcto menú del peregrino, incluyendo hasta su correspondiente postre. Eso sí, adiós a los menús del peregrino a 8 o 10 €: 25 lereles por barba. Nada que objetar, un local sin duda recomendable a cualquier peregrino que pase por esta localidad. Lo del “Albergue de la Luz” ya es otra cosa, hasta podrían llamarlo “Albergue de las pocas luces”. Así acabó nuestra tercera etapa, aunque con todo lo vivido ya, parecía que lleváramos semanas caminando. Esa intensidad que solamente da el camino, como bien comentaría ayer Edu: “como cuando estamos en el camino solamente tenemos que preocuparnos de andar, comer, beber y dormir, los días dan para mucho, mientras que en la vuelta a la vida real, las mil actividades y distracciones nos comen las horas”.


 

 

Una mañana con el Drogas

(jueves 12 de marzo, Frómista-Carrión de los Condes, 19 km)

En pie pronto, y a las 7:15 partimos Edu y yo, mientras que Jaime se retrasa un poco, dedicado a sus cosas. Pocos servicios hay, por lo que hasta las 9 de la mañana no encontramos nada, en este caso un vending puesto estratégicamente en Población de Campos, en el que paramos un rato, nos juntamos de nuevo los 3 y tomamos un café. Después de la breve parada avanzamos otros 4 km hasta Revenga de Campos (todas las poblaciones se llaman de campos, se entiende así claramente la construcción en su momento del Canal de Castilla), donde tampoco hay nada abierto, pero en su bonita plaza nos sentamos en los bancos, pusimos música y tiramos de las viandas y bebercios adquiridos la tarde anterior: empanada de cecina, otra de bacalao, cervezas y un buen rato al sol, aunque la temperatura fuera de 4 grados. El siguiente objetivo anunciado con servicios se llamaba Villarmenteros de Campos, a escasos 2 km, pero como iba siendo habitual, todo estaba cerrado. ¿Todo? Pues no. Cuando ya enfilábamos de nuevo la ruta, de una casita baja con un cartel de albergue tradicional, apareció de sopetón una figura que inmediatamente nos sonó muy familiar: era el Drogas, don Enrique Villarreal Armendáriz, músico español de Pamplona. Bueno, no era él, pero bien podría hacerse pasar por el conocido músico, como poco por su hermano gemelo. Nos invitó a entrar, nos acomodamos en el acogedor salón, nos sirvió unas cervezas y un café, hablamos de su parecido con el cantante, nos contó un poco su historia (muchos años haciendo el Camino, casado en un albergue con otra peregrina francesa, fan acérrimo de Sabina y con varias guitarras a disposición de los visitantes), y pasamos un buen rato con él, trasteando un poco la Epiphone, comentado la situación del Camino en general, intercambiando teléfonos y dejando algo de dinero en el bote. Un encuentro sorpresivo y muy auténtico. Bien feliz el hombre, que resumí con un refrán alemán que encajaba a la perfección, y que hizo sonreír al bueno del Drogas: “yo estoy bien y mi mujer trabaja”. Nos despedimos de Ángel, paramos de nuevo en Villalcázar de Sigra, donde Edu y Jaime visitaron la impresionante iglesia de Santa María la Blanca, monumental construcción del siglo XIII, definida como la “Capilla Sixtina del románico-ojival”. Como bien me explicó Edu que les dijo la guía, tendría que haber entrado y me hubiera curado de mis dolores, ya que “esta localidad debe parte de su fama a los milagros atribuidos por los peregrinos a la imagen de Santa María la Blanca”. Preferí  quedarme en la terraza, tomar mis cervezas y esperarles, Luego me quejo de dolores y cansancio…, ya me vale. Hay que tener Fe.

Se nos antojó un bocadillo de calamares al sol, Jaime pidió su chorizo habitual, el cual fue perdiendo cachos conforme él explicaba a una guiri como fotografiarle (una pareja de alemanes de Jena), con la coletilla “cuidado que tiene un retardo”, a lo que soltamos por lo bajini “¿La cámara o él?” Con cariño, eso sí.

Rematamos sin problemas ni incidencias los 5,6 km restantes y ya a las 3 de la tarde nos plantamos en Carrión, con el hostal perfectamente situado frente a frente de la iglesia y con las instalaciones perfectas. Ducha, paseo por el pueblo, compras en el Dia mientras yo me esperé (al sol) en el bar España, charlando y conociendo un poco más a Jacky y Philippe, los franceses, que resultan tener 62 y 67 años de edad, aficionados a las Harleys, él se dedica a organizar rutas por la mítica route 66 en los EE.UU. Agotado decidí saltarme la cena y me retiré a las 8, ellos se fueron a cenar a la “Cerve”, y por lo que me comentaron, cenaron de maravilla, acabando así esta etapa, ante el reto de la del día siguiente, la más larga del camino de este año, incluyendo el tramo más despoblado de todos los caminos a Santiago, de 17,5 km de absoluta soledad, de campos hasta donde alcanza la vista, sin sombras, fuentes ni servicios. Veremos cómo se me da.

 

 

La segunda caída

(viernes 13 de marzo, Carrión de los Condes-Moratinos, 30 km)

A las seis sonó el despertador, y a las 6:45 ya estábamos desayunando enfrente del bar España de la víspera, ya que este no abría hasta las 7. Empecé solo la etapa a las 7:24, hasta las 8:45 en la que paré en un área de descanso verde pero muy húmeda y fría, como el tiempo. Edu había pillado un camino alternativo siguiendo la nacional, lo que le obligó a realizar 2 km adicionales para retomar la vía en la que caminábamos los demás, y Jaime iba un poco por detrás, Como habíamos empezado a usar la opción de ubicación en tiempo real del Whatsapp, íbamos viendo por donde andaba cada uno. Por el tramo me volvió a adelantar la pareja de españoles sin mochila. A buen ritmo, como se entiende.

En el tramo siguiente, el más largo sin poblaciones de todo el Camino de Santiago, es decir, de 17,5 km de campos, que ya hicimos los tres juntos, paramos tres veces para recuperarnos y tirar de las vituallas y cervezas que llevábamos. En la segunda coincidimos con la pareja francesa, y en la tercera paramos en un mirador de aves que unos operarios estaban arreglando. Eran ya las 11 y media y nos quedaban 4,7 km de travesía solitaria hasta Calzadilla. Me crucé con un alemán que iba en sentido contrario, me lancé directamente a hablarle en este idioma por su pinta, y acerté. A mi pregunta de si volvía a casa andando, me respondió tan pancho: “Que va, voy directo a Roma”. Un loco de estos que te encuentras por estos parajes, encima cargaba con un extraño y pesado instrumento musical que fui incapaz de identificar.

Llegados a Calzadilla, nos encontramos de frente con una terraza al sol, por lo que los 8 grados de temperatura se hicieron soportables. Al lado teníamos a los frikis raros esos, que por cierto iban fumando maria por el camino, y uno de ellos se quedó con el torso al aire en posición de loto, practicando yoga. Entiendo que la marihuana que llevan era buena. El negocio lo regentan unas sudamericanas, a las que fuimos pidiendo chorizos, uno tras otro, ya que estaban realmente buenos. Al cuarto paramos. A la 1 reemprendimos la marcha, plantándonos a las tres de la tarde en un lúgubre bar en Lédigos, atendido por una joven chica tatuada de forma bastante caótica, a la que pregunté si me llevaría hasta Moratinos por un módico precio. Risueña me contestó que no tiene ni carné de coche, pero llamó a un amigo taxista que se ofreció llevarme por 15€. Acepté encantado, ya que iba molido como siempre, y con ello me salté los últimos 5 km.

Como si fuera la segunda caída de Jesús en la séptima estación del Vía Crucis. Que representa el momento en que Jesús, debilitado por los azotes, el desprecio y el peso de la cruz, vuelve a caer, simbolizando la persistencia del pecado y el agotamiento extremo en el camino al Calvario. Encaja perfectamente con mi situación, con la diferencia que mi destino no era el calvario, sino un hostal donde recuperarme.

Llegué al Hostal Moratinos, recibiéndome una abuelita italiana cuya cara me recordó a alguien (Edu me lo aclararía más tarde, es clavada al alocado Doc Brown de “Regreso al Futuro”). Me duché, decoré la terraza con la bandera de Spinola, y esperé la llegada de los demás con unas vistas preciosas sobre el vasto campo y la última recta del Camino. Me comentó Doc que se iba al médico a media tarde y que no nos podía dar de cenar, pero nos recomendó un bar a pocos metros, y que resultó un verdadero acierto: Juntos ya los tres fuimos a cenar a las 18:30, en un local sorprendente, al lado de unas cuevas cavadas en verdes montículos, que nos recordaron inmediatamente a Hobbiton de la Comarca, un menú a 15€ realmente bueno, a base de macarrones, ,lentejas, secreto y merluza, regado con vino y gaseosa y con una nueva charla de sentido común con el propietario. Ya es la tercera persona con la que hablamos sobre los problemas actuales y coincidimos en todo. Al final resultará que tenemos razón. Lo que no se entiende entonces es que aún haya tantos millones de merluzos que voten por la destrucción de España. Ya sea al PSOE o al Popular. Que vienen a ser lo mismo.

Eso sí, hicimos fotos a los platos antes de probarlos. Lo de siempre: compartir antes que vivir. Una enfermedad incurable. Mucho detox digital, pero seguimos con estas adicciones. A descansar.

 

Un tramo ligero

(sábado 14 de marzo, Moratinos-Bercianos del Real Camino, 19 km)


En teoría afrontábamos un tramo corto y fácil, aunque tendría sus consecuencias. Edu llevaba ya unos días un poco cascado, no por esfuerzo sino por un catarro o similar, y no pintaba bien, ya que iba a peor.

Nos levantamos sin prisa, Doc abrió a las 7:45,y desayunamos tranquilos unas tostadas hasta que llegó Jaime. La buena señora le ofreció el mismo desayuno, es decir, tostadas con mantequilla, mermelada, aceite, tomate o  tortilla a la francesa, pero James lo entendió como un totumm revolutum, y le contestó que vale, pero “sin la mermelada”. Empezamos pues el día con unas risas. Eduardo anunció que hoy no tomaría cerveza, un claro indicador que su malestar iba a más.

A las 10:15 paramos en Sahagún, desayunamos unos sándwiches mixtos, el mío con huevo, y al pedir una salsa picante me trajeron una desconocida, con una calavera y una cruz de Santiago como logotipo, y resulta que es parte de una serie de “salsas del Camino”. Hecha con Carolina Reaper, el chile más picante del mundo, está buena, aunque no tan mortal como presagia el dibujo. Aficionado como soy a estos manjares picantes, pregunté donde podía encontrarla, y por casualidad en el super de enfrente la vendían y aprovechamos para pillar provisiones para lo que nos quedaba. El ya habitual fuet, queso y pan. Y cervezas. Que cada vez que pillamos añaden un kilo a mi ya pesada mochila. Por ello las liquidamos cuanto antes.

A las 2 ya entramos en Bercianos, un pueblo más desangelado que un discurso de Fakejóo. Pocos sitios tan abandonados y solitarios hemos visto en nuestros caminos, aunque afortunadamente el hostal el Sueve nos recibe abierto y acogedor, más aún sabedores que aquí preparan un buen cachopo, algo que Jaime ya había estudiado antes de partir. Se debe al origen asturiano de la dueña, a la que, cuando conseguimos interrumpirla de su interminable charla, encargamos uno para cada uno. Mientras nos instalamos llegaron los 3 arrogantes alemanes, a los que hice de traductor y de paso recomendé el cachopo, lo que los llevó a encargar tres más. Aseados y arreglados compramos cuatro cosas en la única y oscura tienda de comestibles, la solitaria clienta nos comentó que le había tocado presidir la mesa electoral (pocos votantes tendrá esta triste aldea), y a las 7 en punto nos sentamos a esperar la cena, mientras Edu descansó un poco en la habitación, cada vez con peor cuerpo. Suerte que el propietario, feliz como una perdiz al haber colocado 6 de sus afamados cachopos, nos dio unos cuantos paracetamoles para aliviar a Edu, y de paso a mí, que tampoco andaba fino filipino. La cena salió redonda, el vino de la marca Valdés, como homenaje a Jaime, en la mesa de al lado Jacky y Philippe, y los alemanes interesándose por mis tatuajes y preguntado por tal o cual palabra que no entendían. Eso sí, ni una mísera palabra de agradecimiento por mis labores de interprete o por la recomendación de la cena, que disfrutaron como enanos. Rancios y maleducados, con ese aire de superioridad que tienen algunos alemanes (comparados con los otros dos veteranos que ya hemos conocido, todo lo contrario). Estirados y arrogantes. En fin, que les den.

Buena cena, a 30€ por barba, pero valió la pena. A las 8:45 nos retiramos, ya nos quedaban solamente dos etapas, una dura y una fácil. Una de cal y una de arena. Eso pensaba por lo menos antes de dormirme.

 

 



La tercera caída

(domingo 15 de marzo, Bercianos -Mansilla de las Mulas, 26,5 km)

 

Siguiendo los pasos de Jesucristo (encima escribiendo en plena Semana Santa), titulo así esta etapa, como si fuera la novena estación del Vía Crucis que conmemora cuando Jesús cae por tercera vez, cerca de la cima del Calvario, agotado y bajo el peso extremo de la cruz. Aunque en este caso fue Eduardo el que no podía con su alma, por lo que decidió saltarse la etapa y llamar a un taxi. Ni corto ni perezoso, me ofrecí a compartir su sufrimiento, a ayudarle a llevar la cruz, y me uní al plan de transporte. Hoy por ti, mañana por mí. 😉 Lo cual significa que nuestro aguerrido e incansable Jaime andaría solo. Y que nada puedo contar del tramo que nos perdimos.

Después de varios intentos, conseguí localizar a un muy atento taxista, que dijo que hacia las 9:30 vendría a por nosotros, tiempo que aprovechamos para desayunar en otro albergue cercano que gracias a Dios ya estaba abierto, local curioso decorado con extraños elementos, entre ellos unos raros taburetes con pedales y cadenas de bicicleta. A mi pregunta me explicó el hospitalero que no tienen absolutamente ninguna utilidad, que se trata de “diseño industrial”. Será eso. Llegó nuestro salvador con un poco de retraso y el trayecto incluyó una charla agradable, en la que nos contó su afición por rescatar peregrinos, a lo que se dedica con otro socio, y la envidia y rabia de otros competidores de León, que les echan en cara acudir a cualquier hora y a cualquier lugar para prestar sus servicios. Esa España del mínimo esfuerzo y la máxima subvención, frente a trabajadores incansables como David, el conductor, que añadió que tanta tierra de campos para nada: explotados fiscalmente, sentenciados por Europa y su Agenda y encima invadidos por el moro. La tercera persona local con la que hablamos en el camino, la tercera que expresa su sentido común y su rabia por la situación de nuestra querida España. Ojalá este sentido común se traduzca cuanto antes en votos y podamos echar a la chusma que nos dirige y revertir este declive patrio que parece imparable. (Nota: a cualquier lector que ande por tierras de Palencia o León y que precise de un servicio de taxis de buena gente, aquí está su web. Hay que potenciar el consumo local, que solo el pueblo salva al pueblo. https://taxidecarretera.com )

A las 10:30 llegamos pues descansados a Mansilla de las Mulas, por suerte las señoras de la pensión nos permitieron ya descargar las mochilas mientras acaban de adecentar las habitaciones, y dimos un pequeño paseo por el pueblo, que tampoco da para mucho, tomamos un café en la única confitería / cafetería abierta, y a las 12 hicimos ya el check-in. Nos sentamos fuera al sol, bajo un monumento al peregrino, y tiramos de fuet, pan y cerveza a la espera de Jaime, que finalmente llegó sano y salvo a las 14:45, después de sus solitarios 26,5 km andando. Arreglado él también, decidimos lavar la ropa en la cercana lavandería, y entre lavado y secado íbamos y veníamos del bar de la gasolinera, en la que leí en el suplemento semanal Xl un artículo de Pérez-Reverte muy adecuado para la ocasión, que versaba sobre la desaparición en general del negocio local en manos de españoles, la irrupción de los chinos, los moros y los negros. Es lo que hay, un lento pero imparable reemplazo. Hecha la colada, nos pusimos a pasear y buscar un local para cenar, algo que nos costó un montón al estar todo cerrado (era domingo y día de elecciones, unido a que es un pueblo bien pequeño). Afortunadamente encontramos “El refugio de Uxia”, en manos, como no, de hispanos, y degustamos una platos combinados de lomo, pollo y huevos. Preguntamos por la hora de apertura para desayunar, y dos o tres veces nos insistió la buena señora de que justo cruzando el puente hay un excelente local que abre a las 6 de la mañana. La definición de lo que significaba para la chica lo de “justo cruzado el puente” la averiguaríamos al día siguiente.

Retirada y descanso, ante la ahora sí última etapa que teníamos por delante para llegar a León, nuestro punto final hasta que sigamos en octubre.

 

 

La llegada

(lunes 16 de marzo, Mansilla de las Mulas-León, 19 km)

 

Se acerca el final. A las 6:30 me moví, nos preparamos y al poco rato salimos. Paramos en la confitería del día anterior, pero vista la desgana del propietario y su lentitud, recordamos lo que nos dijo la chica la noche anterior, y cruzamos el puente en busca del “local cercano”.  Pasados unos nada desdeñables 4,5 km llegamos a Villamoros y asumimos que lo de “cercano” sería en coche. Buscamos por el pueblo y no había ningún negocio abierto, y ya desesperados enfilamos de nuevo la carretera, cuando el fino olfato de Eduardo captó el olor a pan recién hecho, y nos descubrió a pie de calle una minúscula tahona, casi sin rotular, en la que una señora simpática y bien entrada en años nos ofreció café, bollería y hasta cerveza, de pie en la minúscula recepción de este curioso y bien antiguo horno de pan. Lamentamos que una solitaria asiática que buscaba como nosotros un bar hubiera tirado millas y no la pudiéramos avisar.

Continuamos y volvimos a parar en Puente Villarente, donde un paisano nos recomendó una panadería / bar. Siendo solamente las 9 de la mañana, optamos por unos buenos churros con café, mientras que el bar se iba llenando de Guardias Civiles, entendemos que todos destacados a los colegios electorales para las elecciones y que estarían de vuelta a sus destinos habituales.

A las 10:20 decidimos hacer la última parada en Arcahueja, asegurándome antes por teléfono de que el bar estuviera abierto, ya que significaba un pequeño desvío. Se nos unió el grupo de madre e hija, los dos españoles tuttifrutti y una joven morena, y nos tomamos unas cuantas cervezas, cada una con su pincho de tortilla, tapas a las que tanto Edu como yo renunciamos, pero a las que Jaime no hizo ascos. Nuestro siempre hambriento Mr. Potato.

La señora gallega trabajó durante años en Pamplona y en una charla con Jaime resultó que tienen bastantes conocidos en común. (Nota: ya de vuelta en casa Edu encuentra por casualidad al grupo de madre hija y demás por TikTok; al parecer publican todas sus etapas, y como dice Jaime, parece que estén descubriendo el amazonas del dramatismo que le echan)

 

Continuamos bordeando ya la carretera nacional, hasta que hacia las 11:45 divisamos desde lo alto la urbe de León, con su catedral al fondo, y Jacky y Philippe nos acompañaron en estos últimos kilómetros, que se hicieron eternos. Siendo ya una ciudad en condiciones, el tramo urbano de unos 2 km se nos hizo largo y hasta paramos a la mitad a tomar el último refrigerio en un local setentero, con sillones redondos de color naranja y todo el mobiliario curvado, con un aire al “Korova Milk Bar” de la película “la Naranja Mecánica”. Aproveché y pedí a la IA que me recreara León desde este alto, pero "sin edificios modernos, con casas medievales y un muro rodeando la ciudad". Bien bonita debía de ser esta ciudad en otras épocas.



Y finalmente, llegamos al precioso hotel “La Posada Regia”, en el que ya dormí 10 años atrás, y nos recuperamos con una buena ducha en un impresionante baño, que hasta invitaba a llenar la amplia y redonda bañera. Que la cama supletoria fuera muy pequeña queda como mera anécdota, más aún cuando le tocó a Edu. La siguiente vez haremos un sorteo. Prometido.

Recuperados y aseados, paseamos hasta la muy cercana catedral, Edu y Jaime la visitaron y yo me quedé descansando, y ya a la hora de comer reservamos en el restaurante Ezequiel, al parecer muy conocido y que también nos recomendó el tan atento taxista David. A las 15:30 degustamos pues el menú a base de los embutidos del conocido propietario, que por cierto ha sido el mediador para resolver el problema de la lotería de Navidad premiada en su pueblo Villamanín, sede de su fábrica de embutidos; carne para nosotros y morcillo para Jaime, todo regado con buen vino y una tapa previa de lengua de ternera que me supo a gloria.

Así acabó el Camino, Edu y Jaime aún hicieron una escapada nocturna para ver a una amiga, y yo me quedé dormitando intentando encontrar una posición en la que no me doliera la espalda. Dolor que aún persiste a día de hoy, dos semanas después de nuestra vuelta. Tendré que ponerme a hacer algo de gimnasia a partir de ahora, porque así no se puede andar.

A la mañana siguiente, despedida de Jaime, que tenía aún toda la mañana para hacer sus visitas culturales pendientes, paseo a la estación y al mediodía estábamos de vuelta en la Villa y Corte, pensando ya en el próximo tramo, previsto y ya reservado para el mes de octubre. Ojalá podamos seguir los tres juntos.

Muchas gracias, Edu y Jaime por vuestra compañía, generosidad y sobre todo por vuestra paciencia. ¡Ultreia!

Madrid, a 30 de marzo de 2026

 


martes, 30 de septiembre de 2025

The Asper’s Tour 2025 (Camino de Santiago)




Seguimos viajando en dirección opuesta, hacia el Este, cuando nuestro destino está, como siempre, al Oeste. Es lo que tiene volver a empezar donde lo dejamos el año anterior: en Logroño, capital de esa comunidad autónoma más artificial que su propia bandera tutifruti. En fin, cosas del desgraciado régimen del 78 y el descuartizamiento de nuestra patria, sin ton ni son, al dictado de sucios intereses naZionalistas. Así nos va, con nuestro pasado tergiversado, nuestro presente enfangado y nuestro futuro claramente amenazado. Pero dejemos la política, que esto va de cosas serias. 

Caminamos pues de nuevo en dirección a Santiago de Compostela, donde nuestro santo patrón vela por el bien de España desde hace 1.212 años. Tarea por otro lado cada vez más difícil para el hijo de Zebedeo, que sin duda andará enfurecido viendo en lo que se ha convertido la sagrada tierra en la que predicó y luchó valientemente contra el bárbaro invasor musulmán. “Tanto esfuerzo para nada”, estará pensando, y hasta le veo planteándose su vuelta, montado en su caballo blanco, blandiendo la espada y entrando a sangre y fuego en el Palacio de la Moncloaca para acabar con los traidores a España vendidos al moro y a la mafia globalista. ¡Dios me oiga! Así, en vez de tatuarme las cabezas de moro que me faltan en el hombro, podría poner unos cuantos Saunez decapitados. 


La ida, miércoles 17 de septiembre

Empieza pues esta nueva aventura, que no es algo tan lúdico y estúpido como la flotilla del amor de Greta, Ada y sus secuaces pirómanos. Nosotros no estamos para infantiles movidas woke, cuyo propósito no es otro que dar la nota, visitar islas y calas, fumar porros, practicar sexo a destajo y jugar a bordo con las bengalas, para acabar peleados, despechada la Majareta y atacados por imaginarios drones. Para que nuestro demente presidente encima les mande un barco de guerra, no para su protección, sino para la distracción del respetable ante los juicios familiares que se avecinan. Nosotros preferimos lo serio: tierras patrias, caminos polvorientos y fondas, obviamente. De algo vive el hombre, digo yo.

Cogemos pues un autobús en Madrid, y siendo el destino Logroño en tiempo de vendimia, los blancos somos clara minoría en el pasaje. Como lo seremos pronto en calles, plazas y parques, si esta maldita y fomentada invasión continúa. Paradas en Almazán y en la querida Soria, y a las 12:15 del mediodía nos plantamos en destino, Logroño, prestos a disfrutar de las viandas y bebercios locales. A coger fuerzas. 

Nuestro estimado amigo y camarada Eduardo nos recibe, y disfrutamos en su compañía de una comida realmente exquisita, con caparrones locales, chuletitas, entrecot y unos increíbles pimientos asados pelados a mano delante nuestro. Un ágape de lujo, invitados encima (gracias, Eduardo), y con una charla como siempre interesante, agradable y apasionada. Nos unen filias y fobias, por lo que las palabras y las blasfemias fluyen a la misma velocidad que el excelente vino con el que acompañamos los platos. Una copa digestiva en el Café Bretón, despedida de Eduardo, visita a la iglesia de Santiago con la atenta ayuda de un carpanta portugués, tardeo en una terraza delante de la catedral, y retiro a la pensión para descansar de la siempre festiva jornada inicial. Mañana ya toca calzarse las botas, apretar los dientes y tirar hacia el oeste. Adelante, siempre adelante.



Logroño-Nájera, jueves 18 de septiembre, 29 km.

Después de una noche ruidosa debido a las ya iniciadas fiestas patronales de San Mateo y las pocas ganas de llegar a casa de cuatro borrachuzos apalancados justamente debajo de nuestra ventana, nos levantamos a las 5:30 y a las 6:45 estamos ya caminando. Se me escapó lamentablemente la llamada de Eduardo, que iba a incorporarse al grupo a la altura del pantano de la Grajera, y bien que me arrepiento, porque en vez de una buena conversación con el estimado camarada, se nos pegó una pareja de Zaragoza, montañeros avezados, y con unas ganas de hablar que producía mareos. Sobre todo al tratarse de la primera etapa, a primera hora, con el estómago vacío y la cabeza en otro lado. Imaginad como eran, que Edu los bautizó al poco rato de separarnos de ellos: los Plómez.


No nos daba tiempo ni a contestar, por no decir interrumpirle (solamente hablaba él, mientras que su pareja asentía cada tanto, suponemos que acostumbrada a la mortífera metralla). Ni que fuera el asedio al Alcázar de Toledo. Aunque el bombardeo nos sirvió para avanzar a buen ritmo unos cuantos kilómetros sin darnos cuenta, casi en trance intentando superar el castigo sonoro con pasos acelerados, y evitando con maestría la ingente cantidad de ciclistas que nos iban adelantando. Y así, sin casi darnos cuenta, hicimos 12 km en menos de tres horas, y a las 9:30 ya nos plantamos en Navarrete, con varias fotos de uno de mis queridos toros de Osborne, que bordeamos a escasos metros. La necesaria parada técnica incluyó la preceptiva tortilla, las cervezas y el primer y merecido descanso. 

Recuperados, enfilamos el bonito camino hasta Ventosa, sin que consiguiera identificar la roca donde en su día homenajeamos con una placa a Carlos Oriente (¡PRESENTE!). O bien la han quitado, la ha tapado la vegetación, o fue cosa mía, por andar ya mirando al suelo, contando los pasos como si llevara semanas caminando hacia el frente ruso. ¡Y es la primera etapa! Se notan los años. Cada vez más. 

En el merendero de Ventosa, ocupadas todas las mesas, un supuesto peregrino nos ofreció la suya, ya que partía en ese momento. Y digo “supuesto” porque nos quedamos los tres boquiabiertos al interpelarnos con un “anda, si lleváis la cruz del Celtiña” (por el escudo del Celta de Vigo). ¿Qué demonios cree este pájaro que está haciendo? Si no conoce ni la cruz de Santiago, que llevamos los tres, colgadas, bordadas en la mochila o la chaqueta y hasta tatuadas, me pregunto que hace aquí. Esperemos que la clara y completa explicación de Jaime le haya inducido a investigar un poco sobre lo que es el Camino de Santiago. Aunque lo dudo. 

Avanzamos hasta el alto de San Antón, donde nos recibió un dicharachero personaje, que resultó ser un músico, asentado ahí con sus instrumentos, su mujer Montse y su completo juego de instrumentos de música tradicional.  Un bardo de la vieja escuela, como ya pululaban por las aldeas en épocas pretéritas. Y sin llegar a ser tan estridente como Asurancetúrix, algo sí que chirrió la corta interpretación que nos hizo. Pero bueno, todo tiene su lado positivo, y gracias a sus explicaciones pudimos situar a lo lejos el escenario de la batalla de Clavijo del año 844, y hacernos una foto los tres, mirando hacia ese sagrado lugar que marcó un antes y después en la historia de la reconquista. Y que tuvo la estelar y determinante intervención de Santiago Matamoros en apoyo del rey Ramiro I de Asturias. ¡Santiago y cierra! ¡España!

El resto de la etapa fue un recorrido fácil, aunque se nos hizo eterno, y hasta las 16:20 no llegamos a Nájera, antigua capital de Navarra (o hasta Reino propiamente, como nos explica el siempre docto Jaime). Da gusto andar con personas que saben. Y que hablan solamente cuando toca, pero en ese momento, con propiedad y conocimiento. Jaime visitó el museo local, mientras nosotros descansamos y bebimos algunas cervezas. Tampoco muchas. Hasta en el consumo básico estamos un poco desfondados este año. Y eso que hemos pasado un calor terrible a casi 35 grados. Y tenemos ya el brazo izquierdo con un moreno estilo camionero. El tema de la paella popular que nos comentó Plomez, ni nos lo planteamos. Primero por llegar tarde, y segundo, porque con tal de evitar sus letanías, bien valía perdernos un arroz. Aunque fuera barato.  Cenamos pronto, hamburguesas “marranas” y una tortilla para mí, y a las 20:15 ya nos retiramos a descansar. Ha sido una dura entrada al tramo de este año, pero mejor así. La teóricamente peor etapa, superada.


Nájera-Santo Domingo, viernes 19 de septiembre, 23 km.

A pesar de estar la población en fiestas, la noche fue bastante tranquila. A las 6 ya estábamos en pie, tomamos un café antes de partir, y salimos a las 7. Llegamos sin mayores sobresaltos a Azofra a las 8:15, y paramos a desayunar. La calle principal, inundada por la familia de las bicis eléctricas. Si los ciclistas ya son molestos de por sí, faltos de educación, de civismo, de empatía y de respeto, lo de utilizar bicis potenciadas ya es el máximo del tan manido concepto de “turigrino”. Suerte que, como lee Edu por ahí, se van a modificar las normas de obtención de la Compostela para excluir a estos turistas, que hacen más daño que bien a esta ruta milenaria, que a base de masificación, simplificación y explotación, pierde año tras año su esencia y su verdadero sentido: se trata de una peregrinación religiosa, a la tumba de uno de los apóstoles de nuestro Señor, y no de una excursión lúdica para inmortalizarse en Instagram, molestar a los pocos peregrinos que andan por razones superiores, ocupar terrazas y merenderos y joder la marrana. Expresión que por cierto nada tiene que ver con la cerda hembra (aunque las de las bicis eléctricas lo parezcan), sino con bloquear o estropear el eje de la noria que provee de agua al campesino. Y en nuestro caso, bloqueando nuestro acceso a la tan necesaria cerveza, al copar todos los bares a la redonda. Pocas expresiones de nuestra amplia sabiduría popular tan apropiada como esta para describir a los falsos peregrinos. “Ni esfuerzo, ni fe, ni bondad, ni agua para los demás”. Abandonamos el bar, y nos paramos en el siguiente, a escasos 50 metros. Hacía falta comprar algo para el siguiente tramo, carente de posadas y refugios, por lo que no hubo remordimientos al tomarnos otro refrigerio malteado. Al rato de reemprender la marcha admiramos un rollo judicial de siglo XVI, cuya función no era solamente marcar la jurisdicción del lugar, sino que servía también, con sus picotas, para los ajusticiamientos de sentenciados. Igual convendría volver a su uso tradicional y colgar a alguno de los molestos ciclistas. O por lo menos sus modernas bicicletas. Como advertencia de que esto es una ruta de peregrinación religiosa, y no un entretenimiento lúdico deportivo para estúpidos turistas lectores del National Geopgraphic, tan tiesos que no pueden pagarse una viaje a otra parte, pero bien prestos a molestar a los peregrinos de corazón y de Fe. Si es que leen, claro, porque más bien me los imagino sentados delante de su televisor en su sofá de IKEA, viendo alguno de los canales adoctrinadores al que tan acostumbradas están todas estas ovejas iletradas, sumisas y pesadas. Insisto, hacen falta más picotas para acabar con tanto subnormal.

Aliviada la sed y recargadas las alforjas con fuet y pan, reemprendemos la marcha, y recorremos un tramo eterno, con una breve parada en una tubería que provee de agua los cultivos, en medio de extensos y preciosos campos en plena época de cosecha, parada a la que se unen dos asiáticos de cierta edad (nos cuesta a todos diferenciar japoneses y coreanos, más aún determinar su edad: de ojos rasgados, educados y silenciosos y de entre 50 y 90 años de edad).  

Hacia las 12 del mediodía llegamos al club de Golf de Cirueña (un destrozo paisajístico bastante protestado por los lugareños, como me comentó Eduardo O. el día anterior), donde paramos y nos atiende una camarera habladora pero un poco demacrada (nos imaginamos su pasado poco sano, sobre todo cuando nos comenta que las fiestas de los pueblos ya no son lo que eran y que ella no suele ir más allá del siguiente bar), y nos fijamos en dos peregrinos diferentes a los demás, uno de ellos con extraños tatuajes, y que responden a nuestras miradas con pareja curiosidad. Dejamos el bar, y a pocos metros Edu y Jaime se paran en un merendero para dar cuenta de las viandas. Yo decido continuar, una vez arrancado es mejor seguir. Que conozco mis debilidades. Y tampoco tengo hambre. Deambulo pues por la tan poco apropiada urbanización creada alrededor del club de golf, hasta que por fin enfilo una suave bajada. Empedrada, pero en descenso. Una de cal, una de arena. Un alivio que encima se ve recompensado por la repentina aparición de una bien parecida y simpática peregrina suiza, que convierte una tediosa media hora en una amena y hasta divertida charla. Resulta que la joven (45 años) es primeriza en el Camino, y se nota enseguida. Primero me pregunta por mi edad (me echa 10 años menos), después me pide permiso para tocar mi bastón, preguntando si es “sagrado” para mí, para a continuación explicarme que va sola hasta Finisterre, que busca su destino, etc. etc. Esas frases e ideas quasi woke que tanto mal han hecho al Camino. Ni fe, ni interés cultural, simplemente embobadas por haber leído a Paulo Coelho o por tener insuperables traumas. Esto es la versión malvada, en el fondo era una simple chica necesitada de caso y de cariño. Y divertida. Y hasta guapa, comparada con lo demás que habíamos visto hasta el momento. Disculpa Cathy, pero ando siempre un poco rabioso viendo los cambios en el Camino desde que empecé en 1999, y critico sin antes pararme a pensar un poco. La intolerancia rige mis pensamientos, o quizás sea la verdad. En cualquier caso, ese rato acompañado me hizo olvidar los dolores varios, el brazo quemado por el sol y los kilómetros que quedaban por hacer. Dankeschön. A las 14:40 nos volvemos a reagrupar a la entrada de Santo Domingo, y media hora después llegamos a la pensión. Bien situada, correcta en líneas generales, y a las cuatro ya bajamos al centro, que está a escasos 100 metros, a tomar un refrigerio en la plaza de la Alameda, mientras Jaime hace su visita cultural de rigor. Admirable su interés por todo. Y gracias a él aprendemos algo en cada etapa que recorremos. Visitamos la Catedral, sobre todo para ver al mítico gallo que cantó después de asado, y salimos decepcionados por el estropicio: un Jesucristo que parece Mickey Mouse y unas vidrieras que parecen más bien ventanas de un centro comercial de cualquier suburbio europeo. Con lo fácil que sería mantener las maravillas arquitectónicas de nuestro glorioso y cristiano pasado. Pero bueno, ya sabemos quién y cómo nos gobiernan: todo mal, todo al revés, todo contra la historia de España, todo a favor de la modernidad y la perniciosa globalización. Ya sea en una capital o en un antaño bello y místico enclave cristiano como Santo Domingo de la Calzada. Visto el desastre catedralicio, nos acercamos al albergue de la Cofradía del Santo, y la gentil hospitalera nos deja pasar para ver los gallos de reserva que son cuidados en el jardín del bello albergue, lleno a reventar y con varios peregrinos aliviando sus pies en pequeños pilones de piedra llenos de agua y supongo que sal (algo que antes se ofrecía en muchos albergues, y que no hemos visto en los últimos años). Lo de los gallos sustitutos se entiende: el pobre que le toca el turno de alegrar la cara de turistas y peregrinos, debe de estar hasta la cresta teniendo enfrente al susodicho cristo infantilizado hasta parecer una caricatura estilo Disney. En fin.

Tomamos unas cañas más en la plaza, saludamos al personaje tatuado que vimos en el Golf, que resulta ser italiano, tenemos la suerte de escuchar un poco de las jotas que interpreta un conjunto local, ataviado para la ocasión, pero al final se impone de nuevo el reggaetón, lo que nos lleva otra vez a la discusión sobre hispanidad, hispanchidad y la lenta pero continuada desaparición de todo lo auténtico, sustituido por la inmigración descontrolada y la globalización impuesta, convirtiendo toda Europa no en un crisol de civilizaciones, sino en una pestilente fosa séptica rebosante de materialismo, superficialidad, banalidad, uniformidad y falta de historia, cultura, ética y estética. Si la primera reconquista nos costó siglos, la nueva en la que estamos inmersos será más dura si cabe. Porque ya no combatimos solamente al bárbaro moro invasor, también luchamos contra las elites globalistas de Bruselas y su nada disimulada guerra contra las patrias, la tradición y la Fe cristiana. ¡Malditos sean! 

Acabó así la un poco decepcionante estancia en Santo Domingo de la Calzada, me retiro a la pensión mientras Edu y Jaime van a cenar algo, y a descansar, que mañana será otro día. Y toca andar. Como bien cantaba Cecilia. 

Andar como un vagabundo
Sin rumbo fijo, sin meta
A vueltas de veleta, al soplo de viento, al azar
El caso es andar, el caso es andar

Aunque en nuestro caso el rumbo sea fijo y la meta bien clara. Mañana Belorado. Donde las monjas clarisas y su litigio con la jerarquía eclesiástica. O su cisma. O su herejía. No he investigado demasiado los hechos, las razones y los argumentos de ambas partes enfrentadas. Por lo que me abstengo de opinar sin base alguna. O de tirar de Google. Que tampoco es que sea una fuente fidedigna. Sé mucho, pero no de todo. 

Santo Domingo - Belorado, sábado 20 de septiembre, 22 km.



A las 5 de la mañana ya estamos en pie, y a las 6:30 ya andando hacia el oeste. A las 7:50 entramos en Grañón, antaño centro espiritual y cuna de hospitaleros, y ahora presidido por una furgoneta reconvertida en barra, una Food-Truck como la llaman los modernos, y con la terraza llena de hambrientos y sedientos peregrinos de todos los colores y lenguas, hacemos una parada para coger fuerzas y desayunar. A la salida de Grañón han instalado un bonito mirador, y aprovechamos la presencia de un peregrino equipado como tito Rolf, con artilugios varios y hasta un mini dron, y nos hace una foto a los tres con las preciosas vistas de campos de cereales y girasoles hasta donde abarca la vista. Un buen descenso y, como no, su posterior ascenso, nos llevan a la comunidad autónoma de Castilla y León. Lo cual no quiere decir que entremos realmente en la histórica Castilla, que llevamos pateando desde hace tiempo. Simplemente se trata de esa delimitación administrativa y política nacida del desgraciado régimen del 78. Artificial, sin base histórica y simplemente creada para satisfacer las peticiones de separatistas y nazionalistas. La entrada a Redecilla del Camino, población de la que guardo como oro en paño una bonita camiseta que compré ahí hace ¡22 años!, ya no es la misma, al estar construyéndose una autopista o autovía, que bordeamos durante unos kilómetros y cruzamos bajo la atenta mirada de un subsahariano puesto ahí a vigilar (más adelante serían un par de pakistaníes los que vigilaban la obra). Así andamos, con los españoles en paro y cobrando subvenciones, y los inmigrantes asumiendo estas tareas. Un sinsentido, como tantos otros de este putrefacto sistema globalista. El puesto oficial de información del Camino está cerrado (al parecer las 9:45 horas de un sábado no se considera una hora interesante para atender a los cientos de peregrinos que pasan por aquí), entrego mis regalos a Edu y Jaime, paramos en el albergue para tomar un refrigerio, que ya toca, y seguimos a la media hora hasta llegar a Villamayor del Río hacia las 12:30 del mediodía. Un albergue-tienda-bar-terraza-oasis lleno de peregrinos, nos invita a parar y comer algo, aparte de proveer a Edu del cable para su móvil que se había estropeado. Este era uno de los tres problemas que teníamos que solucionar: como si padeciéramos el síndrome de Asperger los 3, cada uno andaba en su mundo, aislado pero feliz. De ahí viene, por cierto, el título de esta crónica. Edu buscando un cable, yo con mi ampolla en el talón haciéndome sufrir de lo lindo, y Jaime deseando una tortilla desesperadamente. Cada loco con su tema. Todos padecemos en cierto grado algún tipo de autismo, y cada vez estoy más convencido de las bondades de estos aislamientos sociales. Sin infravalorar estos desequilibrios mentales, en el fondo suponen una comodidad innegable: no hay que relacionarse con nadie, puedes ir a la tuya, te centras en aquello que te gusta, desarrollas habilidades especiales, puedes escaquearte cuando te viene al pairo, te permite evitar reuniones sociales y eventos poco apetecibles..., visto así, todo son ventajas. Y ya hace tiempo que me siento muy identificado con este trastorno: en el fondo y cada vez más, soy autista por vocación. Pero volvamos al relato. Pasamos casi una hora en esta curiosa parada, comimos algo (las bolas de almidón con queso estaban realmente malas), tomamos algunas cervezas, y bajo un sol de justicia rematamos en una hora lo que nos quedaba de etapa, llegando a Belorado y la pensión Toñi a las 14:30. A las 16:00 jugaban nuestros equipos, el RCD Español y el Real Madrid, pero estando en el Camino, las prioridades cambian, por lo que en vez de buscar con urgencia un bar para disfrutar del partido, decidimos quedarnos descansando en la pensión, mientras que Jaime, incansable en su afán de ver, conocer y aprender, visitaba el pueblo. Nuestro activo explorador averiguó que las díscolas monjas clarisas han dejado de vender sus famosos chocolates con trufas, visitó por fuera el museo de Museo de Telecomunicación Inocencio Bocanegra, que además de un sinfín de aparatos militares cuenta con una reproducción de una trinchera de la I Guerra Mundial, y ya finalizado el partido nos dirigimos a la bonita plaza mayor, sentándonos en uno de los bares de los bellos soportales, y mientras Jaime asistía a misa decidimos olvidarnos de cenar fuera, cambiando el plan por la compra en un súper y un retiro prematuro a nuestra refugio. Teniendo en cuenta que ya empezaba a lloviznar y que la temperatura había pegado un bajón de, agárrate, casi 20 grados, tampoco fue una mala decisión. El resto de la tarde ya pareció de forma definitiva la consulta de un psiquiatra especializado en autismo: cada uno con su móvil, comiendo en silencio mientras atendía sus redes sociales o se informaba de la actualidad del mundo exterior, mientras que el televisor estaba encendido para mayor disfrute de los vecinos de otras habitaciones: porque ninguno de nosotros le hizo ni el mínimo caso. La lluvia arreciaba, y no tardamos demasiado en dormirnos acompañados por el ruido arrullador de las gotas rompiendo en la terraza. Gotas que anunciaban una próxima etapa diferente: del abrasador calor a la siempre molesta lluvia.


Belorado-Agés, domingo 21 de septiembre, 27,5 km.



Esta cuarta etapa, que en teoría tenía que acabar en San Juan de Ortega, la tuvimos que modificar al estar copados todos los albergues de dicha localidad, por lo que de antemano la planificamos hasta Agés. Yo tenía bastante claro que me costaría acabarla, más aún cuando tocaba cruzar los míticos Montes de Oca, ya nombrados en el famoso Codex Calixtinus, la primera y completa guía del Camino de Santiago, publicada hacia el año 1150. Montes citados por dos razones: una por su dureza y la fiereza de sus habitantes y otra por un milagro atribuido al Apóstol. Una bonita historia de un hombre francés, que al no obtener descendencia, acudió a la tumba de Santiago a pedir su intervención. Nuestro santo Patrón le concedió ese hijo tan deseado, al que bautizaron con su nombre y 15 años más tarde la familia al completo emprendió el Camino para agradecer de nuevo al apóstol su intervención. Pero, desgraciadamente, al cruzar estos peligrosos Montes de Oca, el vástago falleció, y su madre, enloquecida de tristeza, dirigió esta oración a Santiago: “Bienaventurado Santiago, a quien el Señor concedió tanto poder para darme un hijo, devuélvemelo ahora. Devuélvemelo, digo, porque puedes; pues si no lo hicieres, me mataré al momento o haré que me entierren viva con él. Entonces, cuando estaban todos presentes haciendo las exequias del niño y lo llevaban ya a la sepultura, por conmiseración de Dios y súplica del bienaventurado Santiago, se despertó como de un sueño pesado”. 
Peligros y milagros aparte, nos levantamos a las 5:45, salimos un poco más tarde de lo habitual, bajo una insistente lluvia, con algún chaparrón fuerte, y después de 8 kilómetros paramos a desayunar en Espinosa del Camino. Aquí sufrí mi pájara anual, asustado (y molido) ante el tramo “salvaje” de los Montes de Oca y escudándome en las leyendas, decidí llamar a un taxi y saltarme el trozo de 12 kilómetros deshabitado que lleva hasta San Juan de Ortega. No fuera a ser que muriera de golpe como el hijo del peregrino nombrado más arriba y que el apóstol Santiago no estuviera atento para interceder ante el Señor y resucitarme. 
Como me contó más tarde Edu, este tramo tampoco fue tan duro como se dice, y, para mi consuelo, tampoco fui el único que se lo saltó. La mitad de los turigrinos que nos acompañaban en la ruta desparecieron por arte de magia y volvieron a aparecer en San Juan de Ortega. Parece ser que no soy el único que se ha leído el Codex Calixtinus. Dejé pues a mis compañeros, y la simpática y habladora taxista me llevó hasta San Juan de Ortega, adonde llegué a las 10 de la mañana, mentalizado que tendría que pasar ahí por lo menos tres horas hasta que llegaran mis compañeros. Por un solo día no pillamos el equinoccio (día en el que la noche y el día duran lo mismo) en este místico lugar, y en el que se produce el llamado “Milagro de la Luz”, consistente en un “rayo de sol poniente que penetra por un ventanal hastial e incide y recorre, en una secuencia perfecta, las escenas esculpidas en un capitel situado en una de sus capillas absidales”. Algo que lamentablemente no pudimos admirar, por pasar por ahí un día antes y encima por estar el único albergue lleno. 
Las tres horas en San Juan de Ortega no se me hicieron nada pesadas, a pesar del frío, y a ello contribuyó una interesante y larga charla con un australiano, Scott, miembro de un grupo de peregrinos de los antípodas, que se iban turnando cada día el papel de guía y encargado de credenciales, manutención y alojamiento. Hoy le había tocado ese rol, por lo que estaba igual de solo que yo, con una bolsa llena de credenciales y haciendo tiempo hasta la llegada del grupo. Hablamos de todo un poco, en espcial de los temas candentes, como la invasión migratoria, la falta de religiosidad en el Camino, la gloriosa historia de España, los turigrinos y hasta de la Inquisición española. Me quedé gratamente sorprendido de sus conocimientos y, sobre todo, de la coincidencia en cada uno de los temas que tratamos. Ya es bien triste que tengan que venir del otro hemisferio para entender y defender el legado del imperio español y del catolicismo. Ojalá tuviéramos más Scotts en España. Y menos corruptos gobernantes e iletrados votantes. 
Acabada la charla y ya refugiado en el único bar del lugar, atendido por dos hermanos atentos y serviciales, fui haciendo tiempo tomando notas, leyendo un poco, curioseando mientras observaba los personajes que iban apareciendo, y tomando algunas cervezas, hasta que me entró hambre y me tomé un plato de exquisitas morcillas con huevos. Tan buenas estaban que avisé a mis compañeros del menú que había, y alerté a los dueños de que alargaran en lo posible la hora de cierre, prevista para las tres, para que pudieran degustar tan apetecible manjar. Y así fue. 

Mientras esperaba apareció de la nada la buena de Cathy (la suiza en busca de su destino), y pasamos un rato entre risas y cervezas esperando a mis compañeros de fatigas. La simpática chica me confesó que nos había puesto un mote: “el trío diabólico”. Me imagino que sería por las vestimentas, o por los tatuajes, pero me hizo mucha gracia. No solo nosotros ponemos motes a la gente, como es de entender, y siendo objetivos, también somos rara avis. Al rato se nos juntaron Edu y Jaime, comieron las buenas morcillas, Cathy se quedó un rato con nosotros, y al acabar el almuerzo emprendimos el tramo final hasta Agés. Un tramo bonito y en bajada, por bonitas pistas y bosques, escuchando a Demon, llegando al bonito albergue hacia las 3 de la tarde.  El atento y hablador hospitalero nos trató de maravilla (hasta mandó a la cocinera a por tabaco, ya que me había quedado sin), nos colocó en una habitación de cuatro camas con un alicantino educado y nada molesto, e hicimos tiempo hasta la hora de cenar. Hasta llegamos a preguntarle por el precio del lugar, y nos ofreció el albergue por 295.000 €. Un precio igual un poco alto, pero teniendo en cuenta su capacidad y su ubicación estratégica, sin duda podría ser una buena inversión. Si tuviéramos los miles de euros que pide, claro.

El lugar elegido para la cena fue una hamburguesería muy recomendada en las guías, y con razón. Tanto el bonito local, quizás un granero o una cuadra restaurada,  como la excelente carne, cumplieron con nuestras expectativas, y ya saciados, cansados y con frío (la temperatura había caído hasta los 7 grados), rematamos la etapa con unos chupitos de hierbas en nuestro refugio  y a las 9 nos retiramos a dormir. Nos quedaba una sola etapa por andar y ya estábamos mirando fechas para el siguiente tramo, que Dios mediante será en marzo del año que viene.


Agés- Burgos, lunes 22 de septiembre, 23 km.


A las 6 en pie, preparación sin prisas, y a las 7 desayunamos en el propio albergue, junto al resto de peregrinos que habían compartido el mismo techo, pero a los que no conocíamos de nada. Salvo al alicantino, que iba con una enorme maleta que le llevaba un servicio de transporte de albergue en albergue. Como tantos otros. Con cada año que pasa, la proporción de personas con mochilas cargadas va perdiendo peso frente a los que prefieren la comodidad de viajar ligeros de equipaje. Nada que reprochar, cada cual que haga lo que le parezca mejor, o lo que pueda. Pero es algo que sin duda muestra el profundo cambio que se ha producido en esta ruta milenaria en los últimos años: de ser una peregrinación mayoritariamente religiosa a ser una ruta turística más, como la “ruta del Inca” o la “ruta por las montañas Apalaches”. Cuando algo se pone de moda, acaba así, absorbido y desvirtuado por la masificación y el negocio asociado. ¡Qué le vamos a hacer! La solución, pues lo que intentamos hacer: andar fuera de temporada y con la mochila bien cargada. Veremos qué tal se nos da en marzo, un mes de poco afluencia, pero bien fresco. Y en una región con un clima bastante duro al final del invierno. 

Después de desayunar emprendimos la marcha marcando el termómetro unos realmente sorprendentes 3 grados. Habiendo sufrido hasta 35 grados en las primeras etapas, la bajada ha sido realmente bestial. A las 10 de la mañana encontramos por fin un bar abierto, en Cardeñuela de Ríopico, y echamos un buen rato, entre cervezas, una charla de Edu con un experto cazador del lugar, regalo de uvas por parte de la posadera… y hasta aparece de nuevo Cathy, que se para un rato para tomarse un café e invitarme a una cerveza. Ha sido un tramo muy bonito paisajísticamente, con un tiempo fresco pero unas vistas preciosas. De nuevo en ruta, bordeamos el aeropuerto de Burgos al son de Hispánica, y llegados a Castañares, polígono industrial a unos 7 km de nuestro destino, decidimos parar a comer el menú en un restaurante abarrotado de currantes, algo que siempre es señal inequívoca de que se come bien, bonito y barato. Y así fue, comimos a gusto, y al acabar decido saltarme la hora larga de polígono industrial, ya sufrida en anteriores caminos, y cojo el autobús urbano que en poco más de media hora me deja en la puerta del apartamento que tenemos reservado. 

Ducha, recuperación, y menos de una hora después, a las 16:15, llegan mis dos compañeros. Ya arreglados e instalados damos una vuelta por el centro de la ciudad, Jaime visita la catedral, y volvemos al barrio de nuestro cobijo, cenamos unos revueltos de morcilla y Edu unas morcillas al natural en un bareto de al lado, llevado por una atenta rumana, y a las nueve y media ya nos retiramos a descansar. 

Burgos y vuelta a casa, martes 23 de septiembre

Sin prisas nos levantamos, ya sin ruta por delante, pero si dispuestos a disfrutar un poco de la ciudad de Burgos. Buscamos consigna para las mochilas, la primera, una tienda deportiva que niega dar este servicio, aunque su propia página web lo anuncie y ofrezca, y otra totalmente digitalizada, que pide un previo registro y la instalación de una app, por lo que optamos seguir cargados. Cuando la solución la teníamos a mano: la propia tienda de la catedral tiene taquillas y encima gratuitas. Ligeros de equipaje, visitamos la siempre impresionante catedral, la lápida del Cid (una de las seis supuestas tumbas del mítico personaje), dos preciosas esculturas de Santiago Matamoros y el resto de impresionantes e históricos objetos del museo catedralicio. Jaime parte hacia la estación, y nosotros aprovechamos vilmente su ausencia para gastar el sobrante del bote y tomar unos excelentes mejillones y unas bravas en la Mejillonería, y otro par de buenos pinchos en la calle San Lorenzo, ya apuntada como primera parada para el próximo mes de marzo. Dios mediante.

Cogemos el bus de línea a la estación del AVE, y, como no podía ser de otra manera con la RENFE destrozada y desprestigiada por el impresentable simio que ejerce de ministro de Transportes (por cierto, la mañana anterior pasamos por Atapuerca y vimos imágenes de sus antepasados), el tren de Jaime lleva retraso y aún pasamos un rato juntos.

El nuestro, gracias a Dios, llega puntual, y sin más sobresaltos nos plantamos a las siete y media de la tarde en Madrid.

Vuelven la soledad, las charlas con Wilson y la habitual rutina, pero quedan los recuerdos de otro precioso e histórico tramo recorrido por nuestra querida España, en inmejorable compañía, sin molestar a nadie, hablando poco pero con propiedad, y, sobre todo, con la ilusión de que llegue pronto el mes de marzo y retomemos el camino hacia el oeste.

Adelante, siempre adelante. 

Un placer como siempre, Jaime y Edu. Gracias por todo, Aspers.

¡Ultreia!