Cada
generación recibe un legado,
lo
cuida y lo entrega a la siguiente.
El viernes pasado nos reunimos unos
cuantos viejos amigos para asistir a la presentación del libro “Hijos del
Gol Sur” de Robert Hernando, en un acto perfectamente llevado y presentado por
las periodistas Cristina Sol y María Ruíz. Se trata de una novela que relata en
primera persona la historia de una afición, de una grada, de una pasión y no de
una, como bien dijo Maria y confirmó Robert, sino de varias generaciones de
aficionados al Real Club Deportivo Español de la ciudad de Barcelona, urbe próxima
a la abadía de Montserrat, donde Nuestra Señora la Moreneta, “princesa de
los catalanes y estrella de oriente de los españoles”, como reza en la letra
del himno “El Virolai”, nos observa y protege desde el año 880.
Y la mayoría de los que asistimos
al evento formamos parte de dicha historia, que va mucho más allá de la afición
a un deporte como el fútbol, tan actual en estos días de Mundial o a unos
colores: una historia de tradición, de unión, de amor y de fidelidad de muchas
generaciones de barceloneses, de catalanes y de españoles de otras regiones,
como atestigua la presencia de seguidores pericos en todos los rincones de nuestra
patria. Pocos en número, quizás, pero grandes en sentimientos. Desde Colmenar
Viejo, pasando por Castellote, Salamanca, Cuenca, Sevilla, Guecho, Bilbao, Guipúzcoa o Águilas,
hay corazones teñidos de blanco y azul. Hasta allende los mares, en nuestros añorados
virreinatos, en Cuba, en Miami y en Perú, late esta pasión por un equipo de fútbol y una
bella y noble tradición de la Ciudad Condal, que va pasando de generación en
generación. De padres a hijos. Y a sobrinos
y nietos.
Hicimos pues lo que ya recomendaba
sabiamente Alfonso X: «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos
vinos, tened viejos amigos». Viejos no por edad, sino por llevar juntos
muchos años. Aunque algunos de los asistentes ya estemos catalogados como “boomers”
por haber nacido antes de 1965, todos volvimos a ser durante unas horas tan jóvenes
como las inmensas y profesionales presentadoras. Pero obviamente no tan bellos
como ellas.
Y aunque los “Hijos del Gol Sur”
trate sobre un grupo de aficionados nacidos alrededor de unos colores y una
grada de la que antes de su derribo cada cual se llevó un recuerdo, Robert el
gran cartel de “Irreductibles”, yo un modesto trozo de la red de la portería de
gol sur y un gran cacho de hierba que plantó y cuidó mi tía y madrina Montse en
su casa en Vilafortuny, bien podría ser la historia de cualquier otra afición
deportiva, de un grupo excursionista, de una banda de músicos, de vecinos, de
remeros, de creyentes de una pequeña parroquia o de los inmortales miembros de
la tuna de medicina: de personas unidas por una historia y una pasión común.
La emoción se apoderó de todos
nosotros escuchando al autor relatar una parte tan importante de nuestras vidas,
aderezado todo ello con preguntas y comentarios del público, que se convirtió en
parte activa de la presentación, como lo es de la propia novela. Y en estos
momentos tan memorables, y hablando antes, durante y después del acto en la fraternal
cena, con mi sobrino, con Luis, con el Peli, con Silvia o con Edu (espero que
tu padre esté mejor, amigo), sentí de nuevo algo inevitable y que ha dado
título a esta modesta reflexión: el futuro no nos pertenece. La muerte
es parte de la vida y como creyentes creemos en la resurrección de los muertos,
por lo que sabemos que no es el final.
El futuro pertenece a nuestros
hijos, sobrinos o nietos, a mi sobrino Robin el alto, a los peques de Silvia, Christian
y Robin el bajito, a los hijos de Robert, de Juanjo, de Jorge, de Luis, de Chiquillo
y de todos los demás pericos de corazón. La mejor gente que hay.
Nuestro legado, sin duda alguna,
está en buenas manos. De esos hijos del gol sur han brotado nuevos y fieles vástagos,
y, como bien dijo Cristina Sol, la historia de esta grada va mucho más allá del
fútbol, de los cánticos, las alegrías por las victorias y la tristeza por las
derrotas, de las discusiones, peleas y borracheras, va de tradición, de unión,
de amor y de fidelidad. Va de nuestras vidas y de los que vienen, que sin duda
heredarán este espíritu inmortal.
Porque el futuro no nos pertenece
a nosotros, los hijos del gol sur, el futuro es de las nuevas hornadas.
Nuestro es el legado, suya es
la responsabilidad de cuidarlo y entregarlo a la siguiente generación.
Y como bien dijo Juanjo Aizcorbe
en su intervención, como perfecto colofón a la presentación: muchas gracias,
Robert, por plasmar negro sobre blanco nuestra vida en blanquiazul.
Atentamente, “el gruñón rubio con
bigote con pinta de alemán, al que llaman Rommel”.
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