domingo, 14 de junio de 2026

El futuro no nos pertenece

 




Cada generación recibe un legado,

lo cuida y lo entrega a la siguiente.

 

El viernes pasado nos reunimos unos cuantos viejos amigos para asistir a la presentación del libro “Hijos del Gol Sur” de Robert Hernando, en un acto perfectamente llevado y presentado por las periodistas Cristina Sol y María Ruíz. Se trata de una novela que relata en primera persona la historia de una afición, de una grada, de una pasión y no de una, como bien dijo Maria y confirmó Robert, sino de varias generaciones de aficionados al Real Club Deportivo Español de la ciudad de Barcelona, urbe próxima a la abadía de Montserrat, donde Nuestra Señora la Moreneta, “princesa de los catalanes y estrella de oriente de los españoles”, como reza en la letra del himno “El Virolai”, nos observa y protege desde el año 880.

Y la mayoría de los que asistimos al evento formamos parte de dicha historia, que va mucho más allá de la afición a un deporte como el fútbol, tan actual en estos días de Mundial o a unos colores: una historia de tradición, de unión, de amor y de fidelidad de muchas generaciones de barceloneses, de catalanes y de españoles de otras regiones, como atestigua la presencia de seguidores pericos en todos los rincones de nuestra patria. Pocos en número, quizás, pero grandes en sentimientos. Desde Colmenar Viejo, pasando por Castellote, Salamanca, Cuenca, Sevilla, Guecho, Bilbao, Guipúzcoa  o Águilas, hay corazones teñidos de blanco y azul. Hasta allende los mares, en nuestros añorados virreinatos, en Cuba, en Miami y en Perú, late esta pasión por un equipo de fútbol y una bella y noble tradición de la Ciudad Condal, que va pasando de generación en generación.  De padres a hijos. Y a sobrinos y nietos.

Hicimos pues lo que ya recomendaba sabiamente Alfonso X: «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos vinos, tened viejos amigos». Viejos no por edad, sino por llevar juntos muchos años. Aunque algunos de los asistentes ya estemos catalogados como “boomers” por haber nacido antes de 1965, todos volvimos a ser durante unas horas tan jóvenes como las inmensas y profesionales presentadoras. Pero obviamente no tan bellos como ellas.

Y aunque los “Hijos del Gol Sur” trate sobre un grupo de aficionados nacidos alrededor de unos colores y una grada de la que antes de su derribo cada cual se llevó un recuerdo, Robert el gran cartel de “Irreductibles”, yo un modesto trozo de la red de la portería de gol sur y un gran cacho de hierba que plantó y cuidó mi tía y madrina Montse en su casa en Vilafortuny, bien podría ser la historia de cualquier otra afición deportiva, de un grupo excursionista, de una banda de músicos, de vecinos, de remeros, de creyentes de una pequeña parroquia o de los inmortales miembros de la tuna de medicina: de personas unidas por una historia y una pasión común.

La emoción se apoderó de todos nosotros escuchando al autor relatar una parte tan importante de nuestras vidas, aderezado todo ello con preguntas y comentarios del público, que se convirtió en parte activa de la presentación, como lo es de la propia novela. Y en estos momentos tan memorables, y hablando antes, durante y después del acto en la fraternal cena, con mi sobrino, con Luis, con el Peli, con Silvia o con Edu (espero que tu padre esté mejor, amigo), sentí de nuevo algo inevitable y que ha dado título a esta modesta reflexión: el futuro no nos pertenece. La muerte es parte de la vida y como creyentes creemos en la resurrección de los muertos, por lo que sabemos que no es el final.

El futuro pertenece a nuestros hijos, sobrinos o nietos, a mi sobrino Robin el alto, a los peques de Silvia, Christian y Robin el bajito, a los hijos de Robert, de Juanjo, de Jorge, de Luis, de Chiquillo y de todos los demás pericos de corazón. La mejor gente que hay.

Nuestro legado, sin duda alguna, está en buenas manos. De esos hijos del gol sur han brotado nuevos y fieles vástagos, y, como bien dijo Cristina Sol, la historia de esta grada va mucho más allá del fútbol, de los cánticos, las alegrías por las victorias y la tristeza por las derrotas, de las discusiones, peleas y borracheras, va de tradición, de unión, de amor y de fidelidad. Va de nuestras vidas y de los que vienen, que sin duda heredarán este espíritu inmortal.

Porque el futuro no nos pertenece a nosotros, los hijos del gol sur, el futuro es de las nuevas hornadas.

Nuestro es el legado, suya es la responsabilidad de cuidarlo y entregarlo a la siguiente generación.

Y como bien dijo Juanjo Aizcorbe en su intervención, como perfecto colofón a la presentación: muchas gracias, Robert, por plasmar negro sobre blanco nuestra vida en blanquiazul.

 

Atentamente, “el gruñón rubio con bigote con pinta de alemán, al que llaman Rommel”.




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