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lunes, 20 de junio de 2022

Canciones

Las olas rompen el castillo de arena
La ceremonia de la desolación
Soy un extraño en el paraíso
Soy el juguete de la desilusión
Estoy ardiendo y siento frío

 

Lo prometido es deuda: vaya dedicado este artículo a Bea. Por abrirme las puertas de su hogar de par en par sin pedir nada a cambio. Y juro por Snoopy que jamás volveré a nombrar a tu abuela, aunque esté muy guapa en el cuadro que preside vuestro acogedor salón. 😉


Tengo un amigo que dice conocer a otro tipo que tiene un problema de erección. O de eyaculación precoz. O de lo que sea. Algo así suelen decir en los anuncios de la clínica Boston y demás centros médicos dedicados a solucionar problemas de esta índole. Describiendo de forma casi irónica la lógica vergüenza de los hombres ante situaciones tan incómodas. Que por suerte aún no aplican en mi caso, pero todo se andará. Que la edad no perdona. Aunque igual muera empalmado, como dicen que les pasa a los ajusticiados en la horca.

Pero a mí no me hace falta escudarme en un conocido de un amigo de mi primo para decir lo que pienso y describir lo que siento. Aquí escribo yo y hablo de mí. Y no de mi novela, que está pendiente de ser escrita. Hablo de mis andares por la vida y por España. Para eso creé este blog hace ya 18 años. Y ha llovido mucho desde entonces, aunque poco haya cambiado. Ni el clima, aunque los abducidos por Greta y su locos seguidores insistan en lo del cambio climático. Menos pelo, menos sueldo, menos vida por delante, y más recuerdos, buenos y malos, que me llevaré a la tumba.

Al lío pues: como bien sabemos, el dardo más mortífero no es el de los indios amazónicos, untado en curare o cualquier otra savia de la infinidad de plantas que contienen elementos tóxicos, no, lo más dañino para cualquier persona es la frase “Tenemos que hablar”. En cuanto la lees (con el contrasentido de que esta frase suela llegar escrita cuando incluye el verbo hablar), un sudor frio se apodera de ti, un escalofrío recorre tu cuerpo y, al igual que sucede con los venenos extraídos de las plantas, tus músculos se paralizan y asumes con resignación que ha llegado el final de algo.

Pero por desgracia no es tan fácil cambiar de estado mental, como hacerlo en las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. Por lo menos para los de mi generación o mi manera ser. No tengo esa capacidad de hacer clic y pasar de estar “en una relación”, o “feliz””, a saltar de golpe al “libre”, “tranquilo” o “buscando nuevas metas”. Así no funciona mi cerebro. Más aún después de haber estado tan bien acompañado después de 22 años de soledad. Aunque desearía que fuera así, que tuviera esa aptitud para olvidar, desconectar, hacer borrón y cuenta nueva y a otra cosa, mariposa. A partir de aquí, no tengo ni la más mínima idea de cuanto tardaré en olvidar los pasados dos meses. Igual será cuestión de semanas o quizás tendré ese dardo clavado el resto de mi vida. Teniendo en cuenta que estoy en la parte final de la misma, cabe esta posibilidad. “Chi lo sa”. O Dios dirá.

Volvemos pues a la soledad, a la terapia musical y al apoyo de los amigos. Que para eso están. Ambos. Al ritual de encerrarte, de mirar fotos de tiempos mejores con los ojos humedecidos sin haber cortado cebollas en juliana, de escuchar todas aquellas canciones que expresan lo que sientes en este momento, a recurrir a los amigos para descargar tu rabia o tristeza, al hombro en el que apoyarte o a la barra de bar en la que emborracharte. Siempre con la intención de no llegar al patético paseo con la cofradía del santo reproche, como tan bien nos canta Sabina (del que tiramos bastante el sábado pasado en casa de Bea, Edu, Carlos, Inés y Soto, por cierto), además de escuchar, bailar, reir y llorar con Calamaro, Urrutia, los Secretos, Loquillo, Estirpe y demás poetas patrios de alegrías y de penas.

Para que vamos a inventar la rueda si todo está escrito y cantado. Hoy en día esto se soluciona con un grito suplicante a Siri, Echo o Alexa, un “sube el volumen”, un “busca esto o aquello”, y todo arreglado. O estropeado. Que estas terapias muchas veces son más dañinas que sanadoras. Pero inevitables. Hasta que el asistente de voz de marras deja de contestar porque ya eres incapaz de vocalizar correctamente. Lo que tiene mezclar lágrimas con alcohol.  “Lo siento, no le he entendido”. Ese es el momento clave para apagar la música.

Y de dejar de darle más vueltas a la tortilla, que al final acabará siendo una crepe con el diámetro de un sombrero mexicano.

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar” escribió Antonio Machado, nacido en Sevilla, aunque nuestro demente, inculto y lerdo presidente Sánchez situara su alumbramiento en Soria. Es lo que pasa cuando te suena una canción de Gabinete Caligari sin entender nada. Me jugaría cualquier miembro de mí vetusto, pero aún vivo cuerpo, a que tampoco sabe por qué se llama así esta recordada y querida banda.

Una más de las gilipolleces dichas por este siniestro personaje, autócrata, demente, embaucador, plagiador y mentiroso, pero, gracias a Dios, próximo a desaparecer de nuestras vidas.

Para acabar, y como cantaba Albert Hammond y también, y tan bien, versionan los Secretos en su disco “Algo prestado”:

 

Échame a mí la culpa

De lo que pase

Cúbrete tú la espalda

Con mi dolor

Que allá en el otro mundo

En vez de infierno encuentres gloria

Y que una nube de tu memoria

Me borre a mí

 

Suerte, querida ojos verdes. Cuídate.


  

martes, 3 de mayo de 2022

Dame una sonrisa

 

There is a crack, a crack in everything
That's how the light gets in

(Leonard Cohen)


Preparar una fiesta sorpresa con 5 meses de antelación es algo complicado, sin duda. Más aún en estos tiempos que corren, en los que prima la inmediatez de tal modo que un chiste o una sonrisa duran menos que los míticos “peces de hielo en un güisqui on the rocks”. Pobres pececillos, por cierto, que siempre se derriten antes de tiempo por citarlos tantas veces. Y creo que en los últimos días los he gastado de por vida de tanto nombrarlos. Así no hay quien se tome una copa en condiciones. Y si encima te cuesta 8 euros (de eso hablaremos más adelante).

Y por culpa de esta antelación en la planificación del evento, las entradas y salidas de miembros al grupo creado para su organización fueron constantes. La montaña rusa de los sentimientos que vivimos la mayoría en nuestras vidas, quedó claramente reflejada en estos constantes vaivenes: hubo más movimientos en el grupo de Whatsapp que en la cuenta corriente de un ludópata. Que ya es decir.

Al final los más pragmáticos optaron por abandonar el grupo y esperar pacientemente hasta la fecha, mientras que los más implicados y sacrificados mantuvieron el tipo hasta el final. Gracias a todos ellos por el inmenso esfuerzo, que redundó en una gran fiesta de cumpleaños. 

En especial a Mamen, Marta, Ana y Eloy, verdaderos artífices del entrañable evento. Y que merecen nuestro gran aplauso y un eterno agradecimiento. Gracias majas y majete.

La fiesta tuvo, como cualquier suceso en la vida, sus luces y sus sombras, pero aquí no estamos para hablar de sombras ni tampoco he venido a hablar de mi libro: valga lo que sigue simplemente para relatar las partes alegres, divertidas, entrañables y hasta emocionantes que vivimos el sábado 30 de abril en un local de cuyo nombre no quiero acordarme. Las partes que recuerdo yo; las fiestas son tantas y tan diversas como personas que asisten, cada uno de nosotros la vivió de otra manera, tendrá sus recuerdos y sus anécdotas, pero por desgracia o por fortuna no soy ni omnipresente, ni tengo cámaras ocultas vigilando a la parroquia (como Rosi), ni conseguí jamás instalar el sistema de vigilancia Pegasus en vuestros móviles. Ahí van pues mis recuerdos…

Nota: aunque alguno me lo haya pedido, no pienso crear un audio libro con este pequeño artículo. Que los que me lo reclamaron o son muy vagos o simplemente lo piden para putear a don Emilio. 

La víspera del día D, tuve que romper mi germana y quizás ya senil norma de acostarme pronto, y esperar a Don Alberto, que se quedaba a dormir en Rommeland 3, mi nuevo refugio estilo Cuéntame, con sus camas empotradas, sus lámparas vintage, sus estampitas de la Virgen y su inmenso espejo con marco dorado. Y como no, su duro colchón, que no solo destroza mi espalda, sino que encima acaba con mis sueños. 

Llegó el invitado a su hora, con hambre y ganas de hablar. Pues dicho y hecho, adiós a la compra semanal, adiós al Rua vieja y bienvenidas las largas y entretenidas charlas (con pocas faltas ortográficas, como remarcó Alberto). “Y a dormir ya, que la fiesta es mañana”.

Empezó el día con eso que unos llaman casualidad, otros destino y los más modernos serendipia: puse mi emisora de referencia de la radio alemana, como entenderéis una acorde a mi edad, llamada “Oldies but Goldies”, y una de las primeras canciones que sonó fue “Lola”, de los Kinks. Primeras risas, sobre todo pensando en la letra de canción: ¿no hablará de mi Lola, verdad, don Ray Davies? Por no ser suficientemente divertido y sorprendente oír está canción, al poco sonó el “American Pie” de Don McLean, canción preferida de Mamen. Si esto no es destino, que baje Dios, lo vea y lo confirme. O admita que ha sido él.

Nos reunimos varios en el nuevo local social, el Envite, mezcla de psiquiátrico, parroquia, hogar del jubilado y bar al uso, con su tele, su tragaperras, sus tapas, su viejo gruñón y el habitual de cazalla matinal leyendo el MARCA al final de la barra. Alberto se atrevió a echarle un pulso a Constan, y nos plantamos en el local de la fiesta sorpresa por el 50 cumpleaños de don R. (sigo sin acordarme del nombre del local). 
Bonito reencuentro con los grandes (de cuerpo y corazón) amigos de Barcelona, con los queridos colmenareños, con los encantadores madrileños  y con todos los demás. Corta espera, operación ocultación en el castillo, y primer desencuentro con una de las protagonistas del evento: la mujer del pijama. Intenté colgar la bandera del Mágico y me negó el permiso alegando que ellos “no se podían posicionar con ninguna opción política”. ¿Dónde está la opción política en la bandera de tu patria o en la bandera de tu equipo de fútbol? Lerda. Y la fiesta ni había empezado. Vamos mal.

Y llegó el homenajeado. Aún no tengo claro si sabía algo, lo intuía o no. O si sabía que Mamen tenía tantos hermanos. Poco hablé con él durante la fiesta. Pero bueno, puso cara de sorpresa. Y de alegría. De eso se trataba. De sacar una sonrisa. A él, a todos.

A partir de aquí, música, alegría, fiesta, fotos, entradas y salidas a la terraza, y, el exquisito catering gourmet que nos sirvieron. Lo de exquisito y gourmet obviamente con retintín: vaya timo. No he querido ni recuperar la foto de la carta que aprobamos y bien pagamos. Poco, nada bueno y servido a desgana y con malos modos. Aquí llegó el desencuentro número dos con la susodicha: estando sentados fuera unos cuantos, en amena charla al sol, salió furibunda y casi gritando nos dijo que entráramos a comer. No pude resistirme y le llamé la atención diciendo que “los clientes somos nosotros, que se calme y que ya vamos”. Y a punto estuve de preguntarle si su pijama era la toalla del baño, robada en un hotel de Benidorm.

Si no le gusta la hostelería, que monte una funeraria. O se haga podóloga.

Después de la virtual comida (ni el filete que pidió Cris por ser celíaca tenía el mínimo nivel aceptable), llegó la hora del vídeo clip creado con mimo, estilo y gracia por Ana. Buen trabajo, guapa. Gracias en nombre de todos.

El vídeo, como digo, muy bonito, una buena banda sonora, fotos emotivas y vídeos graciosos, y con una sola pega: yo salía poco. 😊 Y a los que me silbaban desde el fondo, pues ya sabéis, ¡Bufones y orgullosos, oi!, por ello aparezco tanto. Por nada más. Bufones ya los había en la Edad Media. Y las mujeres barbudas. Y bardos. Y la vieja bruja de los gatos. Y osos (esto encima sigue siendo verdad, porque uno andaba por ahí. Encima muy bien amaestrado: sabía bailar, cantaba de maravilla y en varios idiomas y nos hizo pasar ratos geniales a todos. Como siempre. Pon un oso en tu vida. Y no el de Tous.

Ante la falta de verdaderas ganas de ver el partido de fútbol (por casualidad se enfrentaban nuestros dos equipos, por lo que un empate también nos iba bien), y siguiendo nuestra tradición de vieja escuela, cantamos lo de “que no nos gusta el fútbol, que nos gusta el bar” y adelantamos la hora del concierto. Encima así lo hacíamos coincidir con la hora de la barra libre, en la que miss Pijama la Borde nos volvió a sorprender cambiando de los buenos y fríos tercios de pago a las cañas templadas de barril en vaso de plástico. Y no quiero ni preguntar si el barril era Mahou o quizás Cruzcampo, ese líquido apto para todo, limpiar, fregar, derramar..., menos para tomar. En ese bar de cuyo nombre me estoy empezando a acordar. En este momento a ella sí que la acabé por bautizar. La Vinagre del Pijama. Que ni es de Modena ni es fina lencería.

El concierto de Edu, Iván y sus amigos estuvo genial, como era de esperar. Con una lista de canciones, un setlist, que me ocultaron hasta el último día, adecuado para el público presente, y una ejecución perfecta, cantamos, bailamos y desafinamos hasta reventar (hay algún video en el que los cánticos desafinados duelen más que el maullido del gato que está triste y azul). A petición del público, y como estaba escrito, el cincuentón nos cantó varias canciones, que todos seguimos emocionados.

Sesión de fotos, emociones, abrazos, y a partir de aquí, fiesta de las de verdad: grupos aquí, grupos allá. Sombra aquí, sombra allá. Beso aquí, beso allá. Alguien dice que cantaron lo de que se besen, que se besen. Yo no me acuerdo. De lo de los cánticos. De lo del beso sí. Y creo que fueron más que uno. O quizás lo soñé.

Grandes charlas en la terraza. una con Oxi sobre música, guitarras de 12 cuerdas y el “Wieder mal ’nen Tag verschenkt” de los Onkelz (Otro día desperdiciado), muchas, largas y entretenidas con Isra (le debí de dar mucho la lata, porque estuvo malo hasta el lunes), chanzas y chistes sobre los cantantes heavies ochenteros, su outfit y sus tatuajes (comparados con la espalda de Alberto, por ejemplo), gente entrañable, un chico que llevaba un logotipo del Real Madrid muy discreto en el pecho (yo cada vez lo veía más grande), una sesión particular de cante jondo y bailes populares por parte del Oso, el detalle de Fredy en regalarme la camiseta (gracias, líder), abrazos de extraños que me tocaron más en pocos minutos que mi ex mujer en 8 años…y ver a Sabio por una vez sin libro y conversando es impagable.

Una fiesta genial, aparición de personajes curiosos (uno mezcla de Paco Clavel y el Mago Tamariz), alguien vendiendo muñecas barriguitas, amores y desamores, sonrisas y lágrimas, un romántico 😉 paseo de vuelta hasta el coche, caminata que casi vale como una etapa del Camino de Santiago, y dos días para recuperarme y poder escribir esto.

Sonrisas hubo, por lo que algunos las dieron. O las dimos. Y besos. Que también dimos. Gracias a todos por el gran rato pasado.

Y no olvidemos lo más importante: lo que nos reunió en ese lugar de cuyo nombre estoy a punto de acordarme, fue el cumpleaños de Ramiro. Muchas felicidades cincuentón. Ya casi me pillas.

 

Dame una sonrisa…

 

P.D.: Ahora me acuerdo del nombre del puto bar. Se llamaba Cadillac Solitario. Digo llamaba porque la parte de Cadillac ya ha quedado eliminada. Desde ya se llama Solitario. Porque nadie tendría que volver ahí… que nosotros somos más del Simca 1000. De nuevo una rima. Estoy sembrado.

P.D.D.: Aclaración de la cita de arriba de la canción “Anthem” de Leonard Cohen, en sus propias palabras:

“En esta vida no se hacen las cosas perfectas, ni en el matrimonio, ni en el trabajo, ni en nada, ni en el amor a Dios, ni en el amor a la familia o a la patria. La cosa es imperfecta.

Y lo que es peor, hay una grieta en todo lo que puedes unir o armar: Objetos físicos, objetos mentales, relaciones, construcciones de cualquier tipo. Pero ahí es donde entra la luz, y ahí está la resurrección y ahí está el retorno, ahí está el arrepentimiento”.

P.D.D.Por si queréis colaborar con una causa muy, pero que muy justa, aquí podeís valorar el puto bar. No por el bar, más bien por el avinagrado y desagradable trato.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un año ilegal



Introducción

Tiempos nuevos, tiempos salvajes
toma un arma, eso te salvará
levántate y lucha
esta es tu pelea
levántate y lucha,
no voy a luchar por ti.


Todo fluye, todo cambia, nada permanece”.  Eso es lo que afirmaba Heráclito de Éfeso 500 años antes de Cristo. Y ahora resulta que 2.516 años después un joven de 61 años, llamado Jorge María Martinez García, o mejor Jorge Ilegal, se planta ante su fiel público para demostrar que dicha afirmación es cuando menos discutible.  Porque vista la situación social, política, climática o musical, me da que seguimos en los años 80 del siglo pasado. (O quizás en los años 30, o en el siglo XIX, pero hasta ahí no llega mi memoria. A pesar de mi avanzada edad). De los ochenta sí que puedo hablar con propiedad: son mis años de juventud, de mi mayoría de edad (legal, que no mental, la cual aún está por llegar… si es que llega), de mi inmersión en el mundo musical, mis primeros desamores y mi primer contacto con letras de canciones eternas. Letras de Neil Young, de Frank Zappa, de Sabina, de Queen, de Madness, de los Clash, de los Eagles, de BAP, de Falco, de Leonard Cohen…y de Los Ilegales. ¿Cómo que nada permanece, señor Heráclito? ¿Europa está viva, por ejemplo? ¿Alguien lucha por nosotros en este desalmado mundo? ¿Las princesas no se siguen equivocando? ¿Los mutilados no siguen volviendo a casa como héroes a cambio de dos piernas? ¿Jorge Ilegal y su banda no siguen tocando igual de bien 35 años después?

Igual habría que corregir al filósofo griego y plantearlo al revés: “Todo perdura, nada cambia, todo permanece.”

Lamentablemente llegamos tarde al micro-mecenazgo (crowdfunding lo llaman en inglés) de la película sobre los Ilegales que empezó a gestarse a finales del 2015. Cuando nos dimos cuenta ya se habían superado con creces los 18.000 € presupuestados (lo que nos impedía ser patrocinadores) para producir “Mi vida entre las hormigas”, documental que justamente una semana antes del fin de la gira se estrenó en Gijón y que por lo visto malo no debe de ser: ganó uno de los premios, el Gran Angular, como mejor largometraje asturiano del año. Documental sobre la mejor banda asturiana. El premio, de cajón. No pudimos por lo tanto aportar nada, y con ello perdimos la oportunidad de visitar a Jorge en su casa y de asistir al preestreno de la película. Pero al mal tiempo, buena cara. Y si la montaña no viene a ti, pues pillas el buga (que viene de Bugatti, mítica marca alemana (si si, alemana) de coches) y la vas a buscar. Y nos fuimos de gira. De gira ilegal.

  

Episodio I: 23 de abril, Teatro Barceló, MADRID

Llegar a la escuela,
escuela de daños.
buenos maestros,
para aprender a odiar.
rebelde sin causa,
buscando la calle.

Llegó finalmente abril, tras varios meses de espera y con la desgracia de la muerte a principios de marzo de Jandro, bajista de la banda. Fallecimiento éste que no significó una anulación de la gira sino más bien lo contrario, como con suma firmeza afirmó Jorge: “Entre depresión y rock and roll, elegimos rock and roll. Hace el dolor más soportable”. Empezaba pues una gira en homenaje a su amigo y compañero de banda, sustituido para la incipiente ronda de conciertos por el mítico bajista original Willy Vijande. Una acierto a todos luces. Comenzaba un año ilegal. Y no nos lo íbamos a perder. Faltaría.
Ahí nos plantamos, en lo que antaño fuera el Pachá y en un sábado casi primaveral, con muchas ganas de asistir al estreno del tour. Con una entrada sobrante que no tardamos en adjudicar (no al estilo mercadillo, es decir, a grito limpio, como si fueran unas braguitas o unos tomates maduros, sino con un simple paseo entre la larga cola que se había formado a la entrada), nos colocamos estratégicamente en la barra más cercana al escenario, y a partir de ese momento todo fue disfrutar, cantar y bailar. Pese al inicio un poco abatido de Jorge, algo comprensible por la ausencia de Alejandro, el concierto fue ganando en intensidad conforme iban cayendo los éxitos de antaño y alguna de las canciones del nuevo disco. Nacieron nuevas amistades (esa chica rubia que no era irlandesa) al son de “Chicos pálidos para la máquina”, “Revuelta juvenil en Mongolia”, “El demonio” o “Bestia, bestia”, entre otras,  y hasta hubo un lanzado que se atrevió a enfrentarse a la corpulencia de Willy subiendo al escenario sin haber sido invitado; pero tal cual pisó las tablas volvió a abandonarlas impulsado por un diestro barrigazo del portento Vijande. En resumen, un concierto que supo a poco, hasta el punto de que a la salida aún estuvimos hablando bastante rato con otros locos seguidores, entre ellos un locutor de RNE3, Nacho Álvaro, el cual a pesar de su corta edad (relativa a la mía, claro está) resultó ser un experto en temas musicales e ilegales.
Y ya de camino a casa la decisión de seguir la gira de Jorge y los suyos fue tomando forma en nuestras cabezas.

Episodio II: 21 de mayo, Sala Oasis, ZARAGOZA

Hay un tipo dentro del espejo,
que me mira con cara de conejo.
Oye tú, tú que me miras:
¿es que quieres servirme de comida?
Soy un macarra,
soy un hortera,
voy a toda hostia por la carretera.

Un mes pasa volando, y si encima ya tienes a buen recaudo las entradas para el siguiente concierto de Los Ilegales, pues pasa como con un polvo juvenil: en un pispás ya estábamos el Tato y yo liados de nuevo, enfilando la eternamente querida N-II, fotografiando los toros de Osborne que decoran el recorrido y parando aquí y allá a por vituallas y evacuaciones urgentes. Obviamos la tentación de parar en Calatayud (¡Ay Dolores, esa chica guapa amiga de hacer favores!) o en la Almunia de Doña Godina, y sin mayores sorpresas (salvo algún control policial del que nos salvamos de milagro, algo recurrente en nuestra gira), llegamos a Zaragoza, con ganas de beber y de disfrutar nuevamente de las eternas y tan actuales canciones de la banda de Jorge Martinez. Después de alguna vuelta adicional intentando acabar en la puerta del hotel (esas zonas peatonales que años ha no existían y que rompen los esquemas a cualquier abuelo, por muy bien que se conserve), conseguimos situarnos y nos instalamos a escasos metros de la sala Oasis, prestos a dar buena cuenta de las tapas y las cervezas de la capital aragonesa y de su afamado Tubo (que se quedó en Tubito como veréis seguidamente). Habíamos leído días atrás que los seguidores de Ilegales tenían prevista una quedada antes del concierto en un bar llamado Rock Tapa o algo similar, y como Dios existe (¿o el demonio quizás? ¿O ambos?) al doblar la esquina del hotel (a una hora prudente, creo que las 11:30 de la mañana), nos dimos de bruces con un pequeño bar llamado: “De Tapeo Rock”.  Y qué hostias “zona de confort” ni leches: nos lo pasamos tan bien en dicho bar que prescindimos del Tubo y hasta de tocar la tuba. La mañana fue amena, un servicio atento y simpático (para no decir una tía guapa e interesante) entre cervezas “glaziales”, cigarritos en la puerta, buena música, charlas con extraños y roces con trasnochados travestidos. Y con la lógica inconsciencia de dos jóvenes como nosotros, el día se fue consumiendo entre cerveza y cerveza, con una mini parada para probar una tapa y alguna otra para visitar la habitación del hotel, por aquello de poder contar como era la estancia. No iba a ser la primera vez que dejábamos sin estrenar las limpias sábanas de una cama King-Size y los siempre bienvenidos artículos de higiene personal gratuitos. Pero la tarde aún nos deparaba una gran y muy grata sorpresa: los dueños del bar mencionado, Eliseo y Ana, ambos enrollados y buena gente, tenían preparada una sorpresa para Jorge Ilegal. Le iban a entregar unos muñecos que crea Ana artesanalmente (ver foto), y Eliseo tuvo el gran detalle de invitarnos a la entrega y de paso brindarnos la oportunidad de asistir a una parte del ensayo de la banda. ¡Ya ves! Ni que llovieran doblones de
oro. Vaya suerte y que grande fue el rato que compartimos con Jorge, con canciones eternas en primera (y única) fila, entrega del regalo, charla obviamente ilegal, rotura de su móvil y unas fotos y risas que presagiaban un fin de semana redondo. Del concierto, pues que decir: superando al de Madrid, de nuevo disfrutamos de una gran fiesta con buena música y algunos detalles que por desgracia se han quedado en esa nebulosa que suele rondar nuestras cabezas al acabar las grandes noches (¿No será la memoria selectiva?). Baste con decir que a las 7 de la mañana el Tato despertó por teléfono a un amigo preguntando por mí, sin saber en qué ciudad se encontraba. Cuando quizás estaba simplemente desayunando unos churros o visitando un museo. ¿O no? ¿Chi lo sa? Tampoco importa. Genial concierto, risas y encima sobrevivimos. Y nadie nos pudo quitar a la vuelta, ya enfilando las largas rectas hacia Madrid, el último placer de entrar en una área de servicio copada por los seguidores de ese club de fútbol que se cree tan catalán pero que fue fundado por un suizo, y a pleno pulmón gritar lo que opinamos de sus para nosotros tan vomitivos colores. Un premio final a un gran fin de semana y a por otra cosa, mariposa (y en cuanto podamos a por los muñecos de Iron Maiden que se quedaron por ahí en el limbo).



Episodio III: 13 de agosto, Eras de la Sal, TORREVIEJA

Se arruinó mi familia,
nos echaron del club.
No pagaba las cuotas,
y me dejaste tú.
He saltado la verja,
me gustan tus quejas.
Sube la marea.

Seguimos de gira. En este caso veraniega, hacia la costa alicantina, a la tercera parte de nuestro tour ilegal. Esta vez nuestros amigos actuaban antes que otro viejo conocido, Loquillo, por lo que alguno tendría el corazón partido. No era mi caso, y centré por lo tanto mi atención en los supuestos teloneros (en el fondo la banda principal esa noche, y lo sabes) en el muy curioso y bonito Conjunto Histórico Monumental de las Eras de la Sal,una antigua dependencia salinera donde años atrás los salineros cargaban sus barcazas de sal y las transportaban hasta los barcos anclados en su bahía” (así sale descrito en su web). Nos recibió una larga cola a la vera del mar, con un fuerte mareo debido a unas cervezas demasiado calientes para la época del año, pero conseguimos entrar sin mayores sobresaltos y por fin adquirir la camiseta de la gira, que en las sesiones anteriores se nos había escapado por estar agotada. Vestidos por fin de “oficiosos” Ilegales, con minis de güisqui para calmar la sed y recuperar el líquido perdido en la tediosa espera, la actuación del cuarteto maravillas volvió a ser espectacular. Invitaba la noche veraniega, acompañaba el lugar, y la banda sonora encajó perfectamente con este escenario privilegiado. Huelga decir que de la segunda parte del programa, la del Loco, me acuerdo más bien poco. Aunque parezca un pareado, es pura sinceridad. Y el broche final a una noche especial lo puso el taxista que se prestó a llevarnos al pueblo de al lado: hombre dicharachero, con su música heavy a toda hostia, ignorando cualquier límite de velocidad y que por un módico precio, muy por debajo de las tarifas oficiales, nos dejó sanos y salvos en casa, con los riffs de Jorge resonando en nuestras cabezas y la cerveza caliente de la tarde más olvidada que la educación en nuestras calles.

  

Episodio IV: 9 de septiembre, Pabellón Deportivo, ALCAÑIZ

Voy al Bar
Me voy a suicidar
Bebiendo mil licores, de triste calidad
¡Turbia inquietud!
¡Impertinente y Punk!
Abortos infelices, de la revolución.
¡Turbia inquietud!
Haces, pero en el bar
La verdadera patria,
con que puedes contar.

Teruel también existe. Por ello no hubo ni un atisbo de duda cuando decidimos asistir a este nuevo concierto: Teruel nos tira mucho, a José Antonio Labordeta aún le echo de menos (por encima de posibles discrepancias políticas siempre será un poeta de referencia ), cerca de Alcañiz tenemos amigos que se apuntaron sin dudar a la fiesta, y gracias a nuestro conocido y profundo carisma hasta logramos movilizar a sendos colegas de Barcelona y Tarragona (por desgracia a última hora fallaron otro par de ellos, que encima nos iban a deleitar con un “invitado especial”, pero bueno, otra vez será Alex. Y para el amigo que ibas a traer igual mejor que se anulara vuestro viaje).
Con la firme intención de portarnos bien y de hacer vida sana nos plantamos un día antes en el bonito pueblo de Calaceite, limítrofe con mi (por culpa de cuatro desgraciados) tan poco añorada tierra catalana, donde Alberto y Sonics nos recibieron (como suelen hacer) con los brazos abiertos, buenos manjares, paseos, piscina, risas y una noche previa digna de nuestra longeva amistad que perdura desde mediados de los años 80. Como los Ilegales. Entiéndase: una noche de lo más ilegal, de bar en bar, de copa en copa y tiro porque me toca, para acabar cantando en la barra del pub cual jóvenes airados.
Y al día siguiente, previa recuperación física y espiritual, una más que buena comida en familia y una necesaria siesta, nos juntamos ya con el resto de la banda, Miguelito y Santi, para recorrer los pocos kilómetros que separan Calaceite de Alcañiz. Aunque el responsable de las peñas del pueblo nos había guardado las entradas, no hubo problema alguno en adquirirlas en taquilla, y con suficiente tiempo para charlar con el responsable de los pocos productos de mercadotecnia que lleva la banda (productos que al final de la gira adquiriríamos casi en su totalidad), un espacio amplio y no demasiado lleno y las barras sin cola alguna para ir bebiendo, volvimos a trasladarnos en el tiempo y el espacio a esas épocas salvajes en las que casi todo era posible. O por lo menos pensábamos que lo era. Con su repertorio habitual, tocado con la maestría que dan tantos años al pie del cañón, Jorge y su banda volvieron a brindarnos esas 2 horas de música encadenada que tanto aporta. Palabras que dan un
valor añadido a nuestras vidas, al contrario de tantas imbecilidades que sueltan los políticos, famosos y mangantes de turno. Letras apropiadas, guitarras sublimes, el bajo de Willy en su sitio y la batería acompañando nuestros saltos y coros (aunque no todos saltábamos al unísono, y alguno hasta parecía cansado de la noche anterior). Cosas de la edad. Impecable noche en perfecta compañía (del club de fans del Tato, un grupo de personas con ciertas limitaciones, y de sus miradas entre alucinadas y lascivas, prefiero no hablar, seguro que eran buena gente. ¿Qué opinas Sonics?). Y con unos buenos tomates y patatas de la huerta calaceitana regresamos a nuestro hogar, a la espera de la siguiente etapa en esta nuestra particular y tan entretenida gira.


Episodio V: 21 de octubre, LAVA, VALLADOLID

Eres el imbécil de la discoteca
baila, idiota.
Baila como las moscas en la mierda
baila idiota.
Tú no bebes, solo abrevas
tu no ligas, solo apestas
la grúa está llevándose tu coche
baila idiota.
Te han elegido el bobo de la noche
baila idiota.
Para otra cosa no servirás

Pocos conciertos quedaban ya de esta gira, habiéndose ya anunciado el final de la misma para el 26 de noviembre en Madrid. Ante la posible avalancha de fieles ilegales venidos de toda España para acompañar a Jorge Ilegal y los suyos en la actuación que pondría el broche final a la gira “La vida es fuego”, compramos con anticipación las entradas, y en este caso un par más, ya que a base de compartir buenos ratos y cervezas con Chache y Pili, decidimos que no podían faltar a un evento tan especial, más aun cuando la banda les gusta mucho (y se saben más canciones que yo, por cierto). Y ni cortos ni perezosos aprovechamos la compra, estilo 2x1, para lanzarnos también a nuestra penúltima etapa, al concierto anunciado en Valladolid. Ciudad histórica que deseaba conocer desde hace tiempo, a la que nos dirigimos esta vez en mi antiguo Saab, puesto a punto pero sin lavar, tomando la N-VI, última de las radiales nacionales que parten del kilómetro 0, de la Puerta del Sol, que me faltaba por estrenar. Un viaje sin mayores incidencias, salvo una salida a destiempo después de haber pagado un peaje absurdo y una furgoneta que, perseguida por la Guardia Civil, casi nos manda al cielo así, sin ton ni son, nos llevó a las puertas de un buen hotel, situado cerca del local. Fuimos a ver el centro del que tanto me habían hablado, pero fue más bien una decepción. O no dedicamos el tiempo suficiente a descubrir las bellezas de la ciudad, o bien sus encantos se limitan a la, esta sí, preciosa plaza mayor y sus calles adyacentes (ni conseguimos encontrar una antigua sala de billar que Jorge Atleti nos recomendó visitar, una pena). Un par de cervezas y una divertida anécdota en uno de los bares, en el que la propietaria nos confundió con la banda, es decir, yo me parecía a Jorge y el Tato a Willy, hasta que le aclaramos que éramos “groupies”, pero no los artistas, nos llevaron de vuelta al hotel para prepararnos, ducharnos y acicalarnos. De todo esto no hicimos nada, lo que si hicimos fue sentarnos en la barra el bar del hotel y darle al palique con la camarera, que mostró mucho interés por el concierto y hasta conocimientos sobre los Ilegales por encima de la media. Algo sorprendente en una joven que no debía de pasar de los 30 años.
Usando un autobús urbano, pese a la insistencia de mi compañero en optar por un taxi (cosas de ser rico), cuando la sala está situada a menos de 2 km del hotel, llegamos al Laboratorio de las Artes de Valladolid, un complejo de salas y locales bastante curioso, que nos recibió con un buen grupo de punks bebiendo en uno de los garitos. Sorprendente hecho que quedó aclarado al poco rato: aparte de los Ilegales también actuaban otras bandas, ya que se trataba de un festival, y la que abría el fuego por la tarde era la de Muguruza. Ya nos extrañaba que se hubieran reunido tantos punks y a tan temprana hora para ver a Jorge. Conversamos un rato con un lugareño, el cual estaba más pendiente de su móvil de “traficante” (es decir, un teléfono de los antiguos, con pantalla en blanco y negro y limitado a recibir y realizar llamadas de voz), y ya nos dirigimos a la sala. Entramos con tiempo, nos entretuvimos un rato charlando con el amigo del merchandising (y comprándole más material, por cierto) mientras sonaban las buenas versiones de la banda telonera, llamada “Afónikos Perdidos”. Y volvieron a aparecer los 4 magníficos, repitiendo repertorio pero en este caso a mi buen entender con más energía (o sería yo que iba más lanzado), pues acabamos bailando todas y cada una de las canciones que sonaron, ante la extrañada mirada de la gente al ver a un abuelo y al responsable del puesto moverse cual veinteañeros celebrando haber aprobado el carnet de conducir. Concierto rompedor, en línea con lo esperado, y post concierto bastante nebuloso, que pasó por la compañía y larga charla con un “poeta urbano” de Valladolid, que tuvo el detalle de dedicarnos un libro suyo, varias invitaciones a desconocidos y una vuelta al hotel a horas intempestivas y con poca idea de cómo o cuándo conseguimos llegar. De ahí que por la mañana el malestar fuera el signo claro de que la noche fue larga y divertida, lo que no impidió que aprovecháramos el viaje de vuelta para visitar Quintanilla de Onésimo y volver por Aranda de Duero. Un viaje cómico, cual escena de “Paseando a Miss Daisy”, con el Tato estirado en la parte de atrás del coche y el menda conduciendo cansado pero feliz dando tumbos por tierras castellanas. Subiendo a Somosierra nos encontramos con un mega-control de los amigos picoletos, pero el destino por una vez fue benevolente con nosotros, y al estar ocupadas todas las plazas previstas para los registros de vehículos y ocupantes, nos dejaron pasar. Si se llegan a asomar un poco al coche y ver el espectáculo interior, otro gallo nos hubiera cantado. Un par de noches en el cuartelillo hubieran caído seguro. O en el psiquiátrico. Así terminó el viaje, con una gran tormenta que caía sobre Madrid y el recuerdo de buenas letras, apropiados acordes y bien frías cervezas.




Episodio VI y último: 26 de noviembre, Sala Riviera, MADRID



Si crees que la calle cuidará de ti
te romperán el cráneo en la primera esquina.
Hay muchas navajas por ahí
y puede que alguna te raje a ti.
Pero yo sólo sé decir...
mis dos puños cuidan de mí.
Nada más llegar has insultado al matón,
¡uhhh... bestia, bestia!
¡Bestia, bestia!

Como ya explicaba más arriba, las entradas para este concierto las compramos con antelación, y con los lógicos nervios ante el último concierto, nos dirigimos con Pili hacia la sala, con tiempo para tomar algo y de disfrutar de la previa. Caía el agua a mares sobre la Villa y Corte, pero como siempre hay algún amigo enrollado cerca, Nacho (muchas gracias) y Eloy nos acompañaron en taxi, lo que propició un rato entretenido entre cervezas, chanzas, risas y micciones varias. En cuanto llegó el amigo Chache, el que faltaba para completar el cuarteto, entramos al lío, compramos un par de camisetas para ir bien uniformados, el ¿amigo? del material no se dignó ni a regalarnos unos pins (teniendo en cuenta todo lo gastado en anteriores conciertos realmente me sentó muy mal), y nos ubicamos en el mejor sitio posible: con Willy Vijande delante y una barra a mano izquierda a la que llegaba simplemente estirando el brazo. Y bien que lo estiré, ya que los minis fueron cayendo uno tras otro (alguno hasta fue a parar al suelo sin que la “simpática” (lease borde) camarera tuviera el detalle de reponérmelo), mientras los Ilegales nos brindaban una última y espectacular actuación, con la inclusión de algún tema no oído en los demás conciertos y un público entregado e ilegal. Delante un punki con cresta naranja que se sabía todas las letras, detrás un joven vestido al estilo ilegal, es decir, con su Fred Perry negro característico, que no solamente se sabía todas las letras sino que encima imitaba los riffs de la guitarra con una gran maestría (igual toca y
todo), y nosotros cuatro en medio disfrutando como niños pequeños de las a todas luces escasas 2 horitas que duró el espectáculo. Noche genial, sin lugar a dudas, que rematamos en el “Agatas”, contándoles una y otra vez a Jorge Atleti y Angeles todo lo vivido y lo que se habían perdido, tirando fotos, compartiendo risas y echando ya de menos estos buenos momentos que nos ha hecho vivir Jorge Ilegal con su banda en esta pequeña pero intensa gira.




Gira que sin lugar a dudas permanecerá en nuestra memoria como lo más auténtico de este año 2016. 

Un año ilegal. 
Un año de conciertos. 
Un año de vida. 

Que nos quiten lo bailado. Gracias Jorge. Gracias Ilegales.









lunes, 5 de septiembre de 2011

La música es vida, segunda parte

Este fin de semana pasado lo he dedicado casi al completo a escuchar música y leer, intercalando una breve pero obligatoria visita familiar. Los más cercanos a mí entenderán a la primera que esto en el fondo significa que no tenía dinero disponible para irme de fiesta, para qué lo vamos a negar a estas alturas. Después de tantos años cumpliendo con el rito, con la santa tradición, de salir los viernes (eso sí, con el prefijo “light”), acabando el domingo maldiciendo los tragos largos, los paquetes de Ducados evaporados en la nada, la pesadez habitual con (que no del) el taxista, las salidas de tono en alguna discusión banal y, en resumen, despotricando del tiempo perdido en tugurios y garitos, en vez de haberlo dedicado a algo más útil en la escala de valores de la sociedad, pues no ha podido ser, y me he quedado en mi refugio disfrutando de discos antiguos, conciertos del siglo pasado y algún que otro punteo a la guitarra intentando emular a un Clapton o un Townshend cualquiera.
Nombro a estos dos monstruos intencionadamente, pues en el programa que últimamente estoy siguiendo de forma casi enfermiza, el “Later with Jools Holland” de la BBC, que repone diariamente la cadena alemana ZDF Kultur, suelen actuar bandas  y solistas de otras épocas, de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, razón por la cual disfruto de la misma forma que debe de sentir un fan, que no melómano,  de nueva cuña siguiendo por ejemplo a Lady Gaga (¿mande?) y seres extraterrestres similares.
Desde los Who, Procul Harum o Madness, pasando por Eric Clapton, Jimmy Cliff, Tom Jones, Los Eagles o Ron Wood, este programa te sorprende día tras día con la banda sonora de tu infancia y de tu juventud, dejando claro que el poso musical que se crea en la mente de una persona viene delimitado por una época en concreto, y que a partir de ahí es difícil que penetre nada nuevo.
A esto iba: sentado como estaba yo tarareando el Layla con Eric tocando la guitarra, me puse a analizar la música que me gusta, la que sigo, la que tengo grabada en los 600 cedés que decoran mi pequeño salón, y el resultado mostraba claramente que el noventa por ciento de mis preferencias musicales son de finales de los 70 hasta mediados de los 80, es decir, desde mi infancia hasta el fin de mi etapa escolar y estudiantil. Discos posteriores al 1985 haberlos, los hay, pero no suelo escucharlos. Alguno lo grabé por un interés temporal, por amistad con el cantante (míticos y mágicos Estirpe Imperial) o por haberlo visto recomendado en algún diario,  y otros tantos por haberme picado la curiosidad al ser destacados números uno en los “charts” de medio mundo, pero al final, todos ellos quedan relegados a la torre de cedés y a ser cubiertos poco a poco por el polvo del tiempo, una capa de olvido  que solamente desaparece cuando mueves su espíritu, es decir, cuando abres la caja del cedé y lo escuchas con dedicación.
Y, lo siento por ellos, no los suelo escuchar. Siempre acabo recurriendo a lo clásico. A lo que me gustó de joven, a lo que me trae recuerdos imborrables, a lo que cual lluvia de “polvos mágicos” (esta palabra me gusta mucho más en inglés, “fairy dust”, Polvo de Hada, sin que me refiera a la otra acepción de polvo) me hace vibrar, reír, bailar y soñar.
Queda pues tu mente sellada con esa base musical creada en tu juventud revoloteando por cualquiera de los múltiples “córtex”  de tu materia gris y es muy difícil que penetre algo nuevo con la suficiente fuerza para arrinconar a tus canciones y grupos favoritos.
Esto no quiere decir que dejes de escuchar música nueva, que dejes de probar la fruta del árbol prohibido cada vez que puedes, pero al final, por muy buen sabor que te prometan de la manzana de tal o cual conjunto, te mantienes en tus trece y cierras los portones de tu cerebro a cualquier intruso al que ya no quieres conocer. Como el ínclito Luis Aragonés cuando contestó a un pesado que, insistentemente y de malos modos,  se quería presentar, con un “ya he conocido a bastante gente en mi vida y no quiero conocer a nadie más.”
Pero, como en todo, existen excepciones, y siempre hay grupos o cantantes de nuevo cuño a los que, de forma sorpresiva, haces un hueco en tu interior y los incorporas a la galería de artistas que te acompañan en tu deambular diario. En este momento no se me ocurren muchos (no voy a hablar siempre de Justo y los Pecadores, que ya parezco un agente suyo), pero seguro que alguno encontraría por casa.
La música avanza, cada generación tiene su banda sonora y todos los seres humanos asociamos vivencias y eventos a canciones y melodías.  Lo mismo que estaba describiendo de mi le ha pasado a mis padres, le pasará a mis sobrinos y a vuestros hijos y nietos.  A cada cual, lo suyo.
Y, sobre todo, no debemos obcecarnos en intentar que otras generaciones aprecien lo que te gustaba a ti hace 20 o 30 años, que no es de recibo. Es normal que en una fiesta, en una cena, acabes recurriendo a tus “grandes éxitos”, pero intenta limitarlo a tu público natural, a tus coetáneos, sin avasallar a los más jóvenes con ritmos que les suenan a chino, cuando no a carca. Imagínate como te hubieras sentido (o igual te sentiste) si tus padres te hubieran machacado durante los guateques familiares con discos de Los Mustangs, los Sirex, los Tres Sudamericanos, de Alberto Cortéz  o de Mari Trini,  Pues piensa que para ellos en ese momento era lo último, lo más “in”, lo más guay o chachi piruli que había. Igual que lo son para ti tus discos de juventud.  
Igual que lo son para la chavalería de hoy pues…hmmm, yo que sé, los que sean.
Y  como bien decía y mejor cantaba John Miles:

Music was my first love
and it will be my last.
Music of the future
and music of the past.

To live without my music
would be impossible to do.
In this world of troubles,
my music pulls me through.