¡Toma lo que puedas y
no devuelvas nada!
Aunque vivamos en pleno siglo XXI,
la larga tradición de asaltar y robar, ya sea en nombre propio o en el de la
autoridad del momento, sigue bien viva. Y a pesar de que nuestra antaño
gloriosa nación inicialmente fue reacia a pactar con malhechores o contratar
personal externo para luchar en nombre de la Corona, la presión de nuestros enemigos
naturales, léase ingleses y gabachos, en
su tiempo muy necesitados de ayuda externa para poder competir con el Imperio
Español, y por lo tanto precursores de la subcontratación de la piratería a elementos
de baja estofa pero sumamente eficientes, llevó a nuestros monarcas de los
siglos XVII y XVIII a otorgar cientos de patentes de corso, con su correspondiente
contramarca real, para poder asaltar embarcaciones enemigas, lucrarse con los
botines y pagar la parte correspondiente al fisco.
Pues así andamos de nuevo, aunque
a estos filibusteros de nueva cuña se les haya olvidado esta última parte, la
de apoquinar, establecida ya en la “Ordenanza por la que han de regirse los
navíos particulares que naveguen en corso”, promulgada originalmente por el
rey Felipe IV en 1621, en la que el gravamen oscilaba entre el 20%, el quinto
real, si las naves eran patrocinadas por el Monarca o el gobernador, el 10% si
el apoyo Real era indirecto, o el 0% cuando estos piratas actuaban por su
cuenta sin rendir cuentas a Hacienda. Es decir, que hoy en día solamente
tenemos a estos últimos, porque de los corsarios actuales pocas declaraciones del
IRPF hemos visto. Ni de patrimonio. Ni de herencia.
Pero en nuestros días, estos supuestos
corsarios no surcan los mares capturando navíos enemigos y compartiendo los
botines con el resto de los ciudadanos, lo que hacen es asaltar nuestras
propias empresas y nuestras instituciones, para su propio beneficio y donando
una pequeña parte, como si fuera el quinto real de antaño, al mantenimiento de
la estructura comercial, perdón, criminal. Por mucha contramarca que lleven, patente
que se reduce a un sello de la organización criminal llamada PSOE, se dedican a
enriquecerse ellos de forma ilegitima, a espaldas de la nación y sin aportar ni
un mísero doblón al bienestar y el progreso del Reino.
Mucho hemos maldecido a famosos
piratas y corsarios extranjeros, como Morgan, Drake, Kidd o Barbanegra, pero
cuatro siglos después, los nuestros (es un decir) han superado con creces las
maldades y rapiñas de los bárbaros de allende los pirineos.
No hay tempestad (en forma de
procedimiento legal) que pueda con ellos, y si se hunde un barco, sea una pequeña
fragata como la del hermanísimo, un galeón con el de Ábalos o un Navio de Línea
como el de la familia Zapatero, se reniega de ellos, se oculta el lugar del
pecio, se borra la contramarca (el sello del PSOE) obtenida en algún oscuro
despacho de la calle Ferraz, se asaltan despachos para borrar pruebas o se formatean
los ordenadores de los fuerzas del orden para eliminar las evidencias de la piratería
institucionalizada.
Y los botines ya no se ocultan en
la Isla de la Tortuga, ni los beneficios se utilizan para comprar tierras y
plantaciones en las provincias de Nueva España, hoy en día se guardan a buen
recaudo en cajas fuertes del partido, o en inversiones mobiliarias y
societarias en las nuevos refugios caribeños, como la República Dominicana. O
hasta más cerca, en tierras de nuestros enemigos ancestrales, los moros, con el
beneplácito del corrupto sultán que rige su destino, como si fuera una nueva República
de Salé, también llamada “República de las Dos Orillas”, ese estado
corsario independiente que existió entre 1626 y 1668 y se ubicaba en la
desembocadura del río Bu Regreg, entre las actuales ciudades marroquíes de
Rabat y Salé fundado por los moriscos expulsados de Badajoz por Felipe III. Ahí,
en esas tierras moras que solamente nos han traído desgracias y cuyos
descendientes invaden hoy en día nuestra patria con el beneplácito de los filibusteros
socialistas y también peperos, porque negarlo, ahí invierten sus pingües beneficios
los piratas del siglo XXI, los Bono, los Sánchez, los Zapatero y el
resto de los malnacidos que están acabando con nuestra grandeza, nuestras riquezas
y nuestra paciencia.
Y no deja de ser curioso que uno
de los mayores corsarios de nuestra historia, Miguel Enríquez, activo entre los
siglos XVII y XVIII, pasara de ser un simple zapatero a convertirse en
uno de los hombres más ricos del Caribe. Como Zapatero. Como Bono. Como la
famiglia Sánchez-Gómez.
Y no, no son corsarios, son malvados
filibusteros, que a espaldas de la nación y los sufridos ciudadanos, expolian y
roban sin pudor ni decencia.
Y sin pagar ni el quinto real, ni
el diezmo, al monarca actual. ¿O quizás sí?
¡Malditos piratas!
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Grande, Ernesto
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