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viernes, 16 de octubre de 2026

Un Camino a medias

 



El Camino de Santiago siempre te da sorpresas, como la vida a Pedro Navaja, de eso no hay ninguna duda. Después de veintiséis años de deambular por carreteras y caminos, de subir a los altos y bajar a los valles, de visitar pequeñas aldeas y sufrir grandes ciudades, de andar en absoluta soledad a odiar al mundo por la masa aborregada de turigrinos, de lesionarme y precisar asistencia, de conocer a gente encantadora, la mayoría, a encontrarme con elementos despreciables, con picaros y vividores, de rezar y también de maldecir; después de tantas y variadas experiencias, el tramo de este año no iba a quedarse atrás.

Planificado como cada año desde 1999 con mucha antelación, con la intención de caminar desde León a Sarria durante ocho días, de entrada una inesperada citación judicial me obligó a recortar mis andares a la mitad, mientras que mis compañeros sí que pudieron completar lo previsto. Y ya hay que ser muy gafe para que te demanden por cuatro posts en X y que el juicio caiga justamente en esa semana tan importante para mi, en las únicas vacaciones que me tomo durante el año. Castigo del señor, supongo, por portarme mal y expresar mi opinión con cierta rudeza. Según el demandante, claro está, porque comparado con las barbaridades que se leen a diario en las RR.SS., desde amenazas a insultos, publicados por personas anónimas, por supuestas periodistas y hasta por ministros del actual y criminal gobierno, lo que escribí yo es una nimiedad, sin eco alguno en la sociedad.  Y esto me da cierta esperanza de que finalmente la justicia me dé la razón y salga absuelto. Dios (y la juez) dirán.

Pero hablemos del camino en sí.

Martes 29 de septiembre, (Madrid-León) Virgen del Camino       - San Martín del Camino.17 km

La alegría inicial fue saber que volveríamos a andar los tres peregrinos habituales; había dudas sobre si Jaime podría acompañarnos, pero al final se pudo apuntar. Sin él se hubiera roto la Comunidad de estos dos últimos años, de una nueva peregrinación por el Camino Francés que iniciamos juntos en Roncesvalles en marzo de 2025. Y que pensamos acabar en Santiago de Compostela en enero del año que viene. Cinco tramos del que ya nos queda solamente el último, el de la llegada a destino, el de abrazar al santo patrón, el de recibir una nueva Compostela, el de rezar por los nuestros y por todos los españoles. Miedo me da lo que pueda pasar en estos tres meses y medio de espera que quedan, teniendo en cuenta que se nos vienen encima unas elecciones cruciales, que tenemos a un demente sátrapa moviendo todos los hilos para perpetuarse en el poder, que una parte de nuestra nación, Ceuta, sigue invadida y que nadie puede garantizar que España exista como tal en enero del 2027. ¡Recemos, luchemos y no desfallezcamos! Que nos jugamos todo a una carta. Y si la carta cae boca abajo, y con triquiñuelas, amenazas, amnistías y hasta asesinatos planificados, el dictador se vuelve a imponer, adiós a España, adiós el futuro de nuestra patria.

Salimos pues un martes desde Chamartín, estación renovada por fin después de muchos años, aún falta de servicios pero ya más adecuada a las muchedumbres que lo utilizan cada día. Las cortas dos horas de trayecto las pasamos como es habitual en el vagón restaurante, desayunando, admirando el paisaje castellano, charlando y esperando que el tiempo nos acompañe. Sin incidencias llegamos a destino, a León, y hasta el revisor proclamó feliz que habíamos llegado antes de tiempo. Quise tirar un poco del hilo, del habitual nefasto funcionamiento de RENFE, pero entre risas nos contestó que prefería no decir nada, que le quedaba poco para jubilarse. El buen hombre era feliz por cumplir correctamente con su cometido. Algo que tendría que ser lo normal, pero que debido a la inexistente gestión de la compañía por parte del ministro cromañón, se ha convertido en un milagro. Hoy mismo, mientras redacto estas líneas, miles de personas se han quedado tiradas en medio de la nada entre Madrid y Barcelona por el enésimo incidente en nuestra antaño empresa de bandera. Dios guíe a los votantes y nos saquemos de encima a todos estos corruptos e inútiles socialistas el próximo 29 de noviembre. A esa banda criminal que ha acabado con todo aquello de lo que podíamos sentirnos orgullosos. Hasta el punto de acabar con nuestra propia nación.

Ya en León pasamos del tren a un autobús urbano, para saltarnos los 4 km de polígonos industriales, y a las 12:45 nos sentamos en el bar Covadonga de la población Virgen del Camino, a esperar a Jaime que llegaba andando desde el centro. Y aquí sucedió la primera desgracia, pequeña molestia, de este Camino un tanto accidentado: mordí una alita de pollo, y uno de mis recién estrenados dientes, un incisivo, implantados a un módico precio de 10.000€ unos meses antes, voló cual dardo por los aires, acabando por suerte en medio de la mesa. Mi sorpresa y rabia rayó el pánico: ni habíamos empezado a andar, fuera llovía, y yo con pinta de cuñado desdentado en medio de un pueblo. Pero sin duda los milagros existen: a pocos metros del bar había una clínica dental, la dentista me coló ante los paisanos que esperaban, y en poco más de media hora me dejó listo para revista. Llamándose el pueblo la Virgen del Camino, y el bar Covadonga, solamente hubiera faltado que la morena dentista se llamara Montserrat (morena sí que lo era). Esa triple aparición mariana me hubiera llevado sin duda a dejarlo todo e ingresar en un monasterio, pero no, la buena y profesional chica se llamaba Sheila. Gracias, maja, me has salvado de acabar mis días enclaustrado, rezando y dándole al canto gregoriano. Algo que, por otro lado, tampoco estaría nada mal.

Arreglada la boca, y con Jaime ya con nosotros, nos pusimos en marcha, bajo una constante lluvia, y a las tres de la tarde hicimos la primera parada en Valverde de la Virgen. En el bar de marras había un grupo de señores de mi edad, lustro arriba lustro abajo, ataviados con simbología peregrina, pero que nos comentaron entre risas que hacían el Camino en coche, y de bar en bar. Tampoco es mala opción, y no son los únicos que hacen el Camino de esta manera, sin esconderse y simular ser peregrinos, sino dedicados al disfrute terrenal de viandas y bebercios locales y al consecuente estado espiritual que producen dichas bebidas. Nada que objetar: más aún, estoy seguro de que acabaré dando tumbos por España de la misma forma. Si hay que morir, que sea con honra, bien bebido y comido y en nuestra santa tierra española.

El siguiente tramo de ocho km se me hizo eterno, me torcí el pie, sin darme cuenta pasé de largo de un bar en el que pararon mis compañeros, y me planté solo en Villadangos del Páramo, donde pretendía admirar a iglesia de Santiago y contemplar la batalla de Clavijo tallada y policromada en la puerta de acceso, pero mi gozo acabo en el pozo (la iglesia no abría hasta las 8 de la tarde), o mejor dicho, en el bar de la plaza del ayuntamiento, presidida por una bella escultura de bronce de doña Urraca. Ahí esperé a la pareja, y en cuanto llegaron decidí ahorrarme los 4 km restantes, mi pie dolía bastante y tenía una parada de ALSA delante de mis narices, que me ahorró una hora larga de pateada, por lo que me planté en San Martín del Camino a las 7 de la tarde, con un albergue lleno a rebosar de extranjeros, algún italiano ya en estado etílico, negociando con la hospitalera si podía llevarse el vaso de güisqui a la calle, y una habitación correcta en un antiguo granero convertido en casita en medio de un jardín asilvestrado, con sus gallinas sueltas y la vegetación sin cuidar. Todo muy bucólico, pero correcto.  En cuanto nos juntamos los tres, cenamos en un bar cercano, llamado “Lo Nuestro”, degustando unos buenos huevos fritos con picadillo, mientras veíamos el partido de la selección nacional. Una tortilla adicional para Jaime cerró esta primera jornada, extraña por los horarios y accidentada por la caída de un diente y la torcedura de mi pie derecho. En fin, de eso va el Camino. Son cosas que seguro no te pasarán si te quedas clavado en el sofá arreglando el mundo entre paseos a la cocina y al baño. Cada uno elige su camino.

Miércoles, 30 de septiembre, San Martín del Camino-Astorga, 23,5 km

A las 7 en pie, y a las 7:45 desayunamos en el bar de enfrente del local de la cena, poniéndonos en marcha sin previsión de lluvia, aunque al final sí que nos cayó. A las 10 de la mañana entramos en la histórica villa de Hospital de Órbigo, donde hicimos las fotos de rigor con el puente más largo del Camino Francés, famoso tanto por su hospital de peregrinos fundado por los Caballeros de San Juan de Jerusalén (de ahí la cruz de Malta en su escudo), como por el histórico Paso Honroso de 1434, un famoso duelo de honor y torneo caballeresco protagonizado por el noble leonés Don Suero de Quiñones. Según resume la IA estos hechos: “En el verano de 1434 (Año Santo Jacobeo), Don Suero de Quiñones y nueve caballeros compañeros decidieron custodiar el puente de Hospital de Órbigo para retar a todos los caballeros que por allí pasaran. Lo hacían como promesa de amor hacia la dama Doña Leonor de Tovar y como "prisión de amor" simbólica (llevando una argolla al cuello). Durante un mes se enfrentaron a decenas de caballeros de toda Europa hasta romper el número de lanzas pactado, una hazaña que quedó inmortalizada en las crónicas de la época e incluso se menciona en Don Quijote de la Mancha”.

Después de la sesión fotográfica, homenajeando a Ceuta, tierra patria invadida por el moro, tomamos algo, compramos unos bocadillos para nuestro sustento durante el siguiente tramo, un morito que estaba liando sus porritos con unos chavales locales delante de la tienda me miró con cara de mal rollo y comentó algo susurrando a sus colegas, a lo que yo contesté diciendo que no le había entendido bien, lo que provocó que se levantaran y abandonaran el lugar con cara de pocos amigos. Algo feo o insultante habría dicho, entiendo, si no, ¿a qué venía largarse de golpe? En fin, a mí, plim. Mi pie dolía cada vez más, y el empedrado de esta bella localidad no ayudaba nada, por lo que me rendí a la evidencia que así sería incapaz de llegar Astorga; ellos siguieron andando y yo tuve que tirar de nuevo de la omnipresente ALSA, cuya capilaridad, puntualidad, atención del personal y precio hay que loar siempre. Raro es que esta empresa funcione tan bien y no haya caído aún en manos de algún inútil amiguete del sátrapa. Que siga así, por el bien de los habitantes de la verdadera España, la rural y trabajadora, la creyente y cada vez más odiadora del maligno y corrupto socialismo. Y eso que esta zona de España tendía más hacia la izquierda hace unos años. Al final, todo el mundo ve la luz y se da cuenta de quienes hacen el bien y, sobre todo, de quienes son los malvados.

Mientras mis compañeros afrontaban los 20 km restantes, esperé al bus de turno, bajo una intermitente lluvia, y antes de la 1 ya me planté en Astorga. La parada, por ley de Murphy, al otro lado de donde teníamos el apartamento, pero sin prisas y con el persistente dolor en el pie, llegué a destino, me instalé, apliqué el Voltdadol forte al pie y lo vendé lo mejor que pude. Ojalá hubieran estado las gacelas enfermeras (saludos Rocío y Lurdes) de hace unos años, con sus mágicas manos y su alegría seguro que me hubiera recuperado mejor.

A las 16:15 llegó Edu, poco después Jaime. Aseados y preparados, salimos a pasear por la bonita Asturica Augusta, bella y cuidada ciudad, con sus colinas, algo que parece ser preceptivo para cualquier ciudad romana. Como la propia Roma y también nuestra querida y ahora invadida Ceuta, cuyo nombre proviene del latín “Septem Fratres” (que significa "Siete Hermanos"), en referencia a las siete colinas o montes de la región.

Nos costó bastante encontrar un sitio apropiado para cenar, y al final acabamos en el gastrobar de las 3 brujas llamado “La Paloma”. Lo de brujas es por estar la taberna en manos de 3 chicas, suponemos que amigas de infancia, cuyas fotos decoraban la pared, y entre las que al parecer no había buen rollo, por lo menos ese día, con discusiones constantes entre la camarera y la cocinera, lo que nos tuvo esperando 70 minutos hasta que llegaron las buenas hamburguesas que disfrutamos con un correcto vino local. Poco más dio de sí el día, de vuelta al apartamento, y a descansar, cada uno en su propia habitación. Un verdadero lujo.

Jueves, 1 de octubre, Astorga-Foncebadón, 25,8 km

A las 6:30 estamos en pie, café y pan de leche en el apartamento, más los huevos duros que va consumiendo poco a poco Jaime (por lo que cuenta, finalizado el Camino, ganó 2,5 kg de peso en este tramo), y salimos. Mi pie parece que ha mejorado, pero veo imposible realizar la etapa entera, más aún cuando es bastante dura y la segunda más larga de este año. Veremos. El tramo es agradable y no llueve, por lo que de un tirón hacemos los primeros 10 km. Ando un rato a solas con un australiano (cada año conozco a alguno de las antípodas), espigado y dicharachero, y la agradable conversación, en la que estamos de acuerdo en todo, hasta en el tema de la invasión musulmana, me lleva distraído hasta Santa Catalina de Somoza. Mii gozo en un pozo: el esfuerzo ha sido excesivo, y hasta aquí he llegado hoy. Como ya dice el título, un camino a medias. En 26 años jamás había tenido que tirar de soporte tantas veces…, sea por la torcedura del pie o la falta de entrenamiento, pero estaba siendo un verdadero suplicio. En fin, es lo que hay. La edad y la vida sedentaria no perdonan.

Desayunamos en el Albergue Hospedería San Blas, con una chica risueña y cachonda, con la que paso un buen rato esperando al taxi mientras mis compañeros siguen caminando. De los 25,8 km previstos solamente he podido andar 12, pero algo es algo.

Me adelanto pues hasta Rabanal del Camino, con la mala suerte que el bar del albergue está cerrado por descanso semanal, y la taberna de los lugareños no abre por ahora, me quedo pues tirado en la nada desde las 11 de la mañana hasta las 14:00 que llegarán Edu y Jaime.

Pero al final la suerte me sonríe un poco, y a las 12:30 aparece el búlgaro que regenta el bar de un albergue realmente bonito, lo que permite relajarme un rato en la bella terraza, con mis cervecitas y curioseando un poco. Gente mayor, todos extranjeros, salen y entran de las habitaciones, recogen o dejan sus mochilas, consumen o hablan con la hospitalera…, todo muy animado para no ser un final de etapa clásico. Igual el secreto radica en que existe un pequeño monasterio con siete hermanos benedictinos, cuyos cantos gregorianos se han hecho famosos y me son recomendados por todos. Si lo llegamos a saber igual nos hubiéramos quedado aquí, más aún después de ver en lo que se ha convertido Foncebadón.

A las 2 llegan los compañeros, y vamos directamente a la “Hostería El Refugio”, donde teníamos mesa reservada para degustar el famoso cocido maragato. Está realmente bueno, pero volver a ponerse a andar después de esta comilona se me antoja una misión imposible, por lo que al acabar recurro de nuevo a Christian, el taxista local, para que me salve de los 6 km que faltan hasta destino. La charla con él, muy entretenida, me cuenta anécdotas locales, entre ellas la de un listillo, un pícaro, que, disfrazado de peregrino, con un triciclo y dos perritos, sube y baja cada día a Foncebadón para provocar la empatía o la pena de los peregrinos y ganarse una pasta en donativos. Como ha sucedido durante tantos siglos y ya sale reflejado en el Codex Calixtinus, que habla de los comerciantes, los asaltadores, los pícaros y las mujeres de mal vivir que se aprovechan de los peregrinos en estos montes aislados. Poco ha cambiado, por lo que veo.

Foncebadón me recibe como si fuera el Rocío o cualquier fiesta popular masificada. Donde antes (pasé por aquí hace más de 20 años) solamente estaba la iglesia, un albergue y alguna casa en ruinas, un lugar oscuro y místico, ahora te encuentras con una decena de hostales y pensiones, bonitos edificios estilo alpino alineados todos en la única calle de la aldea y con sus terrazas a rebosar de gente bebiendo, riendo y celebrando estar en un lugar mitificado por Paulo Coelho y convertido ahora en un show que se asemeja más a un après-ski de una estación de esquí alpina que a un lugar de descanso de creyentes camino a la tumba de un apóstol de Nuestro Señor. La imparable y triste comercialización y masificación del Camino continúa. Miedo me da pensar en el 2027, que es año santo, que sin duda traerá a cientos de miles de turigrinos a seguir desvirtuando este sacro camino que antaño fue.

Después de instalarme en el Refugio del Druida, que de refugio no tiene nada y los únicos druidas son los guiris bebiendo en la terraza bajo la dirección de un napolitano, propietario de un pub inglés en Nápoles y claramente el director del cotarro, me acomodo también en la terraza, solo pero cercano a la ruidosa mesa multiculti, y me dedico a escuchar y tomar nota mental de las cosas que voy oyendo. Una inglesa extrañamente guapa y la más simpática de la ruidosa banda, me pide cortesmente permiso para coger un silla y hasta me invita a unirme a la tertulia, pero declino educadamente. No estoy para mucha fiesta, y menos para competir con un italiano lanzado a conquistar todo aquello que su patria jamás consiguió. Al rato se me sientan al lado dos chicas / señoras (se hace difícil adivinar la edad cuando todos vamos disfrazados de una u otra manera), se llaman Virginia, aunque yo entiendo Novicia, y Carmen. Comentan mi tatuaje, hablan de sus cosas y hasta sueltan lo suficientemente alto para que lo oiga, que Tinder no sirve para nada y que el Camino es su último tren a Katanga. Bien triste es oír esto, más aún cuando la Novicia me explica que es argentina y psicoanalista. Así le va. Aparecen mis compañeros de fatigas, se arreglan y se unen al descanso en la terraza, escuchamos un poco de música, yo con Sabina, y un español muy simpático sentado al lado confiesa su pasión por el de Úbeda, lo que me lleva a poner un par de canciones más del gran poeta jienense. Cada uno tiene su debilidad.

Entre chupitos de hierbas, demasiados creo, acaba la tarde, renuncio a la cena y me retiro a la habitación. La noche, terrible, con ardor y malestar sin parar, y siendo mi única preocupación no tener que vomitar ni despertar a Edu que descansa plácidamente. Por suerte no suceden ni una cosa ni la otra, y al final consigo conciliar el sueño

Viernes, 2 de octubre, Foncebadón-Ponferrada, 26,8 km

A las 7 en pie y arreglados, desayunamos en nuestra pensión del druida. Mi pie vuelve a doler mucho, lo que sumado a la desastrosa noche que he pasado, no promete mucho. Haré lo que pueda.

Salimos a oscuras, y los 2 km iniciales de subida a la Cruz de Ferro no son tan duros como esperaba. Pero la decepción al llegar a este enclave mitificado del Camino estaba anunciada: comercialización sin fin. El montículo de piedras ahora tiene sus caminitos para poder subir y hacerse la foto de rigor, un gran aparcamiento para coches y autobuses y una larga cola (eso que no son ni las 9 de la mañana) en la pequeña ermita para poder sellar. La destrucción de este símbolo, consolidado en el siglo XI gracias al eremita Gaucelmo, quien levantó la cruz original para orientar a los peregrinos durante las habituales y duras nevadas invernales (estamos a 1.500 metros de altura); de esa cruz que fue creciendo durante siglos con las piedras que los peregrinos traían de su casa, es muy triste. Quizás es la muestra más palpable de que todo lo que era el Camino de Santiago se ha ido al garete. Por lo menos en su parte exterior. Lo que cada uno viva y sienta en su interior, jamás se lo podrán cargar. Aunque la masificación, la falta de religiosidad, la competitividad, la frivolización y la banalización de esta ruta de Fe, no ayuden mucho.

Después de esta decepción, bajamos sin problemas hasta Manjarín, donde antaño reinaba el último templario Tomás, figura emblemática del Camino. Y que tristemente falleció en enero de este año. Instalado ahí desde 1993, fue haciéndose famoso al mismo ritmo que su refugio se llenaba de suciedad. El templario llevó hasta las últimas consecuencias lo de la vida medieval: sin agua corriente, sin higiene…, pero eso no quita ni su buena intención ni estropea su leyenda. Aquí tenéis un enlace que explica un poco su historia.

El hombre que merodeaba por ahí me comentó al nombrar a Tomás: “ahora el último templario soy yo”. No he investigado quién es, igual un familiar, pero tampoco me importa. No es Tomás.

Edu y Jaime avanzan a buen ritmo, y yo me voy retrasando cada vez más, con un trazado terrible, como ya se sabía y consta en todas las guías, en bajada continua y lleno de piedras, lo que me llevó a ir alternando entre la senda y la carretera. Destrozado por la bajada, consigo llegar a El Acebo de San Miguel a las 10:45 de la mañana. Han sido 12 km, toda una hazaña teniendo en cuenta mi estado, y hasta aquí he llegado. Imposible continuar, por lo que mis compañeros parten solos a las 11 de la mañana y yo llamo a un taxista local, Luis, y me siento al sol a esperar el rescate.

Llega el transporte, y ya sentado en el coche se apunta un matrimonio obeso de Kansas, creo recordar. Le comento por lo bajani al chófer que si nos va a cobrar a cada uno el total del trayecto, y con un guiño me dice “tú, tranquilo”.  Los 15 kilómetros hasta Ponferrada pasan volando, charlando con Luis, cuyo hijo trabaja en Airbus en Alemania, es licenciado en historia y le convenció de que en estos momentos solamente se puede votar a Vox. De nuevo, como el año anterior, la clase trabajadora, la gente humilde, aplicando el sentido común. Y como tenía la intuición de que en algún momento podría usarla, le regalé una pulsera del sindicato Solidaridad, con la inscripción “Autónomo cabreado”- Ilusionado, sorprendido y agradecido, la colgó de inmediato del retrovisor, mientras los obesos de Kansas no se enteraban de nada. Fue realmente un corto pero agradable viaje, que me hizo olvidar todos mis males. Llegados a Ponferrada, descarga a los yanquis, les cobra la tarifa oficial de 35€, y me acerca a nuestra pensión, donde me dice socarronamente, “¿Diez euros te parece correcto?”. Entre risas le di 20. Lo mínimo que podía hacer por su excelente servicio.

La pensión correcta, el recepcionista muy simpático, su abuelo que andaba por ahí con el himno nacional sonando en el móvil, lo que me lleva a recordar al chico que justo había sido el día del Caudillo, lo que aprovecha él para pegar un grito a su abuelo: “Feliz día del Caudillo, abuelo, con retraso”, lo que me saca una amplia sonrisa.

Me instalo, me arreglo, me pongo crema en el pie torcido, y me paso el resto del día esperando a la pareja, que llegan bien tarde, como es lógico, y después de recuperarse ellos, paseamos un poco por el centro, tomamos unas cervezas debajo del castillo templario, y nos volvemos pronto a la pensión.

Para mi se acabó, un camino diferente, un medio camino como lo he titulado, marcado tanto por el comunista que me ha demandado y me obliga dejarlo aquí para volar a Sevilla, como por mi mal estado físico. A ver si para enero estoy mejor preparado. En mis manos (y pies) está.

Gracias, Edu y Jaime, por la compañía y la paciencia. Nos vemos en enero. ¡Ultreia!

P.S. Para rematar este tramo tan extraño, vuelvo a Madrid, vuelo a Sevilla, y resulta que el funcionario judicial se había olvidado de convocar al fiscal, lo que significa que todo para nada: juicio pospuesto. La pérdida de 4 etapas del Camino, el gasto en vuelos y hotel, todo para acabar como un perro apaleado deambulando por la capital hispalense y tener que repetir el viaje dentro de unas semanas. En fin.

martes, 30 de septiembre de 2025

The Asper’s Tour 2025 (Camino de Santiago)




Seguimos viajando en dirección opuesta, hacia el Este, cuando nuestro destino está, como siempre, al Oeste. Es lo que tiene volver a empezar donde lo dejamos el año anterior: en Logroño, capital de esa comunidad autónoma más artificial que su propia bandera tutifruti. En fin, cosas del desgraciado régimen del 78 y el descuartizamiento de nuestra patria, sin ton ni son, al dictado de sucios intereses naZionalistas. Así nos va, con nuestro pasado tergiversado, nuestro presente enfangado y nuestro futuro claramente amenazado. Pero dejemos la política, que esto va de cosas serias. 

Caminamos pues de nuevo en dirección a Santiago de Compostela, donde nuestro santo patrón vela por el bien de España desde hace 1.212 años. Tarea por otro lado cada vez más difícil para el hijo de Zebedeo, que sin duda andará enfurecido viendo en lo que se ha convertido la sagrada tierra en la que predicó y luchó valientemente contra el bárbaro invasor musulmán. “Tanto esfuerzo para nada”, estará pensando, y hasta le veo planteándose su vuelta, montado en su caballo blanco, blandiendo la espada y entrando a sangre y fuego en el Palacio de la Moncloaca para acabar con los traidores a España vendidos al moro y a la mafia globalista. ¡Dios me oiga! Así, en vez de tatuarme las cabezas de moro que me faltan en el hombro, podría poner unos cuantos Saunez decapitados. 


La ida, miércoles 17 de septiembre

Empieza pues esta nueva aventura, que no es algo tan lúdico y estúpido como la flotilla del amor de Greta, Ada y sus secuaces pirómanos. Nosotros no estamos para infantiles movidas woke, cuyo propósito no es otro que dar la nota, visitar islas y calas, fumar porros, practicar sexo a destajo y jugar a bordo con las bengalas, para acabar peleados, despechada la Majareta y atacados por imaginarios drones. Para que nuestro demente presidente encima les mande un barco de guerra, no para su protección, sino para la distracción del respetable ante los juicios familiares que se avecinan. Nosotros preferimos lo serio: tierras patrias, caminos polvorientos y fondas, obviamente. De algo vive el hombre, digo yo.

Cogemos pues un autobús en Madrid, y siendo el destino Logroño en tiempo de vendimia, los blancos somos clara minoría en el pasaje. Como lo seremos pronto en calles, plazas y parques, si esta maldita y fomentada invasión continúa. Paradas en Almazán y en la querida Soria, y a las 12:15 del mediodía nos plantamos en destino, Logroño, prestos a disfrutar de las viandas y bebercios locales. A coger fuerzas. 

Nuestro estimado amigo y camarada Eduardo nos recibe, y disfrutamos en su compañía de una comida realmente exquisita, con caparrones locales, chuletitas, entrecot y unos increíbles pimientos asados pelados a mano delante nuestro. Un ágape de lujo, invitados encima (gracias, Eduardo), y con una charla como siempre interesante, agradable y apasionada. Nos unen filias y fobias, por lo que las palabras y las blasfemias fluyen a la misma velocidad que el excelente vino con el que acompañamos los platos. Una copa digestiva en el Café Bretón, despedida de Eduardo, visita a la iglesia de Santiago con la atenta ayuda de un carpanta portugués, tardeo en una terraza delante de la catedral, y retiro a la pensión para descansar de la siempre festiva jornada inicial. Mañana ya toca calzarse las botas, apretar los dientes y tirar hacia el oeste. Adelante, siempre adelante.



Logroño-Nájera, jueves 18 de septiembre, 29 km.

Después de una noche ruidosa debido a las ya iniciadas fiestas patronales de San Mateo y las pocas ganas de llegar a casa de cuatro borrachuzos apalancados justamente debajo de nuestra ventana, nos levantamos a las 5:30 y a las 6:45 estamos ya caminando. Se me escapó lamentablemente la llamada de Eduardo, que iba a incorporarse al grupo a la altura del pantano de la Grajera, y bien que me arrepiento, porque en vez de una buena conversación con el estimado camarada, se nos pegó una pareja de Zaragoza, montañeros avezados, y con unas ganas de hablar que producía mareos. Sobre todo al tratarse de la primera etapa, a primera hora, con el estómago vacío y la cabeza en otro lado. Imaginad como eran, que Edu los bautizó al poco rato de separarnos de ellos: los Plómez.


No nos daba tiempo ni a contestar, por no decir interrumpirle (solamente hablaba él, mientras que su pareja asentía cada tanto, suponemos que acostumbrada a la mortífera metralla). Ni que fuera el asedio al Alcázar de Toledo. Aunque el bombardeo nos sirvió para avanzar a buen ritmo unos cuantos kilómetros sin darnos cuenta, casi en trance intentando superar el castigo sonoro con pasos acelerados, y evitando con maestría la ingente cantidad de ciclistas que nos iban adelantando. Y así, sin casi darnos cuenta, hicimos 12 km en menos de tres horas, y a las 9:30 ya nos plantamos en Navarrete, con varias fotos de uno de mis queridos toros de Osborne, que bordeamos a escasos metros. La necesaria parada técnica incluyó la preceptiva tortilla, las cervezas y el primer y merecido descanso. 

Recuperados, enfilamos el bonito camino hasta Ventosa, sin que consiguiera identificar la roca donde en su día homenajeamos con una placa a Carlos Oriente (¡PRESENTE!). O bien la han quitado, la ha tapado la vegetación, o fue cosa mía, por andar ya mirando al suelo, contando los pasos como si llevara semanas caminando hacia el frente ruso. ¡Y es la primera etapa! Se notan los años. Cada vez más. 

En el merendero de Ventosa, ocupadas todas las mesas, un supuesto peregrino nos ofreció la suya, ya que partía en ese momento. Y digo “supuesto” porque nos quedamos los tres boquiabiertos al interpelarnos con un “anda, si lleváis la cruz del Celtiña” (por el escudo del Celta de Vigo). ¿Qué demonios cree este pájaro que está haciendo? Si no conoce ni la cruz de Santiago, que llevamos los tres, colgadas, bordadas en la mochila o la chaqueta y hasta tatuadas, me pregunto que hace aquí. Esperemos que la clara y completa explicación de Jaime le haya inducido a investigar un poco sobre lo que es el Camino de Santiago. Aunque lo dudo. 

Avanzamos hasta el alto de San Antón, donde nos recibió un dicharachero personaje, que resultó ser un músico, asentado ahí con sus instrumentos, su mujer Montse y su completo juego de instrumentos de música tradicional.  Un bardo de la vieja escuela, como ya pululaban por las aldeas en épocas pretéritas. Y sin llegar a ser tan estridente como Asurancetúrix, algo sí que chirrió la corta interpretación que nos hizo. Pero bueno, todo tiene su lado positivo, y gracias a sus explicaciones pudimos situar a lo lejos el escenario de la batalla de Clavijo del año 844, y hacernos una foto los tres, mirando hacia ese sagrado lugar que marcó un antes y después en la historia de la reconquista. Y que tuvo la estelar y determinante intervención de Santiago Matamoros en apoyo del rey Ramiro I de Asturias. ¡Santiago y cierra! ¡España!

El resto de la etapa fue un recorrido fácil, aunque se nos hizo eterno, y hasta las 16:20 no llegamos a Nájera, antigua capital de Navarra (o hasta Reino propiamente, como nos explica el siempre docto Jaime). Da gusto andar con personas que saben. Y que hablan solamente cuando toca, pero en ese momento, con propiedad y conocimiento. Jaime visitó el museo local, mientras nosotros descansamos y bebimos algunas cervezas. Tampoco muchas. Hasta en el consumo básico estamos un poco desfondados este año. Y eso que hemos pasado un calor terrible a casi 35 grados. Y tenemos ya el brazo izquierdo con un moreno estilo camionero. El tema de la paella popular que nos comentó Plomez, ni nos lo planteamos. Primero por llegar tarde, y segundo, porque con tal de evitar sus letanías, bien valía perdernos un arroz. Aunque fuera barato.  Cenamos pronto, hamburguesas “marranas” y una tortilla para mí, y a las 20:15 ya nos retiramos a descansar. Ha sido una dura entrada al tramo de este año, pero mejor así. La teóricamente peor etapa, superada.


Nájera-Santo Domingo, viernes 19 de septiembre, 23 km.

A pesar de estar la población en fiestas, la noche fue bastante tranquila. A las 6 ya estábamos en pie, tomamos un café antes de partir, y salimos a las 7. Llegamos sin mayores sobresaltos a Azofra a las 8:15, y paramos a desayunar. La calle principal, inundada por la familia de las bicis eléctricas. Si los ciclistas ya son molestos de por sí, faltos de educación, de civismo, de empatía y de respeto, lo de utilizar bicis potenciadas ya es el máximo del tan manido concepto de “turigrino”. Suerte que, como lee Edu por ahí, se van a modificar las normas de obtención de la Compostela para excluir a estos turistas, que hacen más daño que bien a esta ruta milenaria, que a base de masificación, simplificación y explotación, pierde año tras año su esencia y su verdadero sentido: se trata de una peregrinación religiosa, a la tumba de uno de los apóstoles de nuestro Señor, y no de una excursión lúdica para inmortalizarse en Instagram, molestar a los pocos peregrinos que andan por razones superiores, ocupar terrazas y merenderos y joder la marrana. Expresión que por cierto nada tiene que ver con la cerda hembra (aunque las de las bicis eléctricas lo parezcan), sino con bloquear o estropear el eje de la noria que provee de agua al campesino. Y en nuestro caso, bloqueando nuestro acceso a la tan necesaria cerveza, al copar todos los bares a la redonda. Pocas expresiones de nuestra amplia sabiduría popular tan apropiada como esta para describir a los falsos peregrinos. “Ni esfuerzo, ni fe, ni bondad, ni agua para los demás”. Abandonamos el bar, y nos paramos en el siguiente, a escasos 50 metros. Hacía falta comprar algo para el siguiente tramo, carente de posadas y refugios, por lo que no hubo remordimientos al tomarnos otro refrigerio malteado. Al rato de reemprender la marcha admiramos un rollo judicial de siglo XVI, cuya función no era solamente marcar la jurisdicción del lugar, sino que servía también, con sus picotas, para los ajusticiamientos de sentenciados. Igual convendría volver a su uso tradicional y colgar a alguno de los molestos ciclistas. O por lo menos sus modernas bicicletas. Como advertencia de que esto es una ruta de peregrinación religiosa, y no un entretenimiento lúdico deportivo para estúpidos turistas lectores del National Geopgraphic, tan tiesos que no pueden pagarse una viaje a otra parte, pero bien prestos a molestar a los peregrinos de corazón y de Fe. Si es que leen, claro, porque más bien me los imagino sentados delante de su televisor en su sofá de IKEA, viendo alguno de los canales adoctrinadores al que tan acostumbradas están todas estas ovejas iletradas, sumisas y pesadas. Insisto, hacen falta más picotas para acabar con tanto subnormal.

Aliviada la sed y recargadas las alforjas con fuet y pan, reemprendemos la marcha, y recorremos un tramo eterno, con una breve parada en una tubería que provee de agua los cultivos, en medio de extensos y preciosos campos en plena época de cosecha, parada a la que se unen dos asiáticos de cierta edad (nos cuesta a todos diferenciar japoneses y coreanos, más aún determinar su edad: de ojos rasgados, educados y silenciosos y de entre 50 y 90 años de edad).  

Hacia las 12 del mediodía llegamos al club de Golf de Cirueña (un destrozo paisajístico bastante protestado por los lugareños, como me comentó Eduardo O. el día anterior), donde paramos y nos atiende una camarera habladora pero un poco demacrada (nos imaginamos su pasado poco sano, sobre todo cuando nos comenta que las fiestas de los pueblos ya no son lo que eran y que ella no suele ir más allá del siguiente bar), y nos fijamos en dos peregrinos diferentes a los demás, uno de ellos con extraños tatuajes, y que responden a nuestras miradas con pareja curiosidad. Dejamos el bar, y a pocos metros Edu y Jaime se paran en un merendero para dar cuenta de las viandas. Yo decido continuar, una vez arrancado es mejor seguir. Que conozco mis debilidades. Y tampoco tengo hambre. Deambulo pues por la tan poco apropiada urbanización creada alrededor del club de golf, hasta que por fin enfilo una suave bajada. Empedrada, pero en descenso. Una de cal, una de arena. Un alivio que encima se ve recompensado por la repentina aparición de una bien parecida y simpática peregrina suiza, que convierte una tediosa media hora en una amena y hasta divertida charla. Resulta que la joven (45 años) es primeriza en el Camino, y se nota enseguida. Primero me pregunta por mi edad (me echa 10 años menos), después me pide permiso para tocar mi bastón, preguntando si es “sagrado” para mí, para a continuación explicarme que va sola hasta Finisterre, que busca su destino, etc. etc. Esas frases e ideas quasi woke que tanto mal han hecho al Camino. Ni fe, ni interés cultural, simplemente embobadas por haber leído a Paulo Coelho o por tener insuperables traumas. Esto es la versión malvada, en el fondo era una simple chica necesitada de caso y de cariño. Y divertida. Y hasta guapa, comparada con lo demás que habíamos visto hasta el momento. Disculpa Cathy, pero ando siempre un poco rabioso viendo los cambios en el Camino desde que empecé en 1999, y critico sin antes pararme a pensar un poco. La intolerancia rige mis pensamientos, o quizás sea la verdad. En cualquier caso, ese rato acompañado me hizo olvidar los dolores varios, el brazo quemado por el sol y los kilómetros que quedaban por hacer. Dankeschön. A las 14:40 nos volvemos a reagrupar a la entrada de Santo Domingo, y media hora después llegamos a la pensión. Bien situada, correcta en líneas generales, y a las cuatro ya bajamos al centro, que está a escasos 100 metros, a tomar un refrigerio en la plaza de la Alameda, mientras Jaime hace su visita cultural de rigor. Admirable su interés por todo. Y gracias a él aprendemos algo en cada etapa que recorremos. Visitamos la Catedral, sobre todo para ver al mítico gallo que cantó después de asado, y salimos decepcionados por el estropicio: un Jesucristo que parece Mickey Mouse y unas vidrieras que parecen más bien ventanas de un centro comercial de cualquier suburbio europeo. Con lo fácil que sería mantener las maravillas arquitectónicas de nuestro glorioso y cristiano pasado. Pero bueno, ya sabemos quién y cómo nos gobiernan: todo mal, todo al revés, todo contra la historia de España, todo a favor de la modernidad y la perniciosa globalización. Ya sea en una capital o en un antaño bello y místico enclave cristiano como Santo Domingo de la Calzada. Visto el desastre catedralicio, nos acercamos al albergue de la Cofradía del Santo, y la gentil hospitalera nos deja pasar para ver los gallos de reserva que son cuidados en el jardín del bello albergue, lleno a reventar y con varios peregrinos aliviando sus pies en pequeños pilones de piedra llenos de agua y supongo que sal (algo que antes se ofrecía en muchos albergues, y que no hemos visto en los últimos años). Lo de los gallos sustitutos se entiende: el pobre que le toca el turno de alegrar la cara de turistas y peregrinos, debe de estar hasta la cresta teniendo enfrente al susodicho cristo infantilizado hasta parecer una caricatura estilo Disney. En fin.

Tomamos unas cañas más en la plaza, saludamos al personaje tatuado que vimos en el Golf, que resulta ser italiano, tenemos la suerte de escuchar un poco de las jotas que interpreta un conjunto local, ataviado para la ocasión, pero al final se impone de nuevo el reggaetón, lo que nos lleva otra vez a la discusión sobre hispanidad, hispanchidad y la lenta pero continuada desaparición de todo lo auténtico, sustituido por la inmigración descontrolada y la globalización impuesta, convirtiendo toda Europa no en un crisol de civilizaciones, sino en una pestilente fosa séptica rebosante de materialismo, superficialidad, banalidad, uniformidad y falta de historia, cultura, ética y estética. Si la primera reconquista nos costó siglos, la nueva en la que estamos inmersos será más dura si cabe. Porque ya no combatimos solamente al bárbaro moro invasor, también luchamos contra las elites globalistas de Bruselas y su nada disimulada guerra contra las patrias, la tradición y la Fe cristiana. ¡Malditos sean! 

Acabó así la un poco decepcionante estancia en Santo Domingo de la Calzada, me retiro a la pensión mientras Edu y Jaime van a cenar algo, y a descansar, que mañana será otro día. Y toca andar. Como bien cantaba Cecilia. 

Andar como un vagabundo
Sin rumbo fijo, sin meta
A vueltas de veleta, al soplo de viento, al azar
El caso es andar, el caso es andar

Aunque en nuestro caso el rumbo sea fijo y la meta bien clara. Mañana Belorado. Donde las monjas clarisas y su litigio con la jerarquía eclesiástica. O su cisma. O su herejía. No he investigado demasiado los hechos, las razones y los argumentos de ambas partes enfrentadas. Por lo que me abstengo de opinar sin base alguna. O de tirar de Google. Que tampoco es que sea una fuente fidedigna. Sé mucho, pero no de todo. 

Santo Domingo - Belorado, sábado 20 de septiembre, 22 km.



A las 5 de la mañana ya estamos en pie, y a las 6:30 ya andando hacia el oeste. A las 7:50 entramos en Grañón, antaño centro espiritual y cuna de hospitaleros, y ahora presidido por una furgoneta reconvertida en barra, una Food-Truck como la llaman los modernos, y con la terraza llena de hambrientos y sedientos peregrinos de todos los colores y lenguas, hacemos una parada para coger fuerzas y desayunar. A la salida de Grañón han instalado un bonito mirador, y aprovechamos la presencia de un peregrino equipado como tito Rolf, con artilugios varios y hasta un mini dron, y nos hace una foto a los tres con las preciosas vistas de campos de cereales y girasoles hasta donde abarca la vista. Un buen descenso y, como no, su posterior ascenso, nos llevan a la comunidad autónoma de Castilla y León. Lo cual no quiere decir que entremos realmente en la histórica Castilla, que llevamos pateando desde hace tiempo. Simplemente se trata de esa delimitación administrativa y política nacida del desgraciado régimen del 78. Artificial, sin base histórica y simplemente creada para satisfacer las peticiones de separatistas y nazionalistas. La entrada a Redecilla del Camino, población de la que guardo como oro en paño una bonita camiseta que compré ahí hace ¡22 años!, ya no es la misma, al estar construyéndose una autopista o autovía, que bordeamos durante unos kilómetros y cruzamos bajo la atenta mirada de un subsahariano puesto ahí a vigilar (más adelante serían un par de pakistaníes los que vigilaban la obra). Así andamos, con los españoles en paro y cobrando subvenciones, y los inmigrantes asumiendo estas tareas. Un sinsentido, como tantos otros de este putrefacto sistema globalista. El puesto oficial de información del Camino está cerrado (al parecer las 9:45 horas de un sábado no se considera una hora interesante para atender a los cientos de peregrinos que pasan por aquí), entrego mis regalos a Edu y Jaime, paramos en el albergue para tomar un refrigerio, que ya toca, y seguimos a la media hora hasta llegar a Villamayor del Río hacia las 12:30 del mediodía. Un albergue-tienda-bar-terraza-oasis lleno de peregrinos, nos invita a parar y comer algo, aparte de proveer a Edu del cable para su móvil que se había estropeado. Este era uno de los tres problemas que teníamos que solucionar: como si padeciéramos el síndrome de Asperger los 3, cada uno andaba en su mundo, aislado pero feliz. De ahí viene, por cierto, el título de esta crónica. Edu buscando un cable, yo con mi ampolla en el talón haciéndome sufrir de lo lindo, y Jaime deseando una tortilla desesperadamente. Cada loco con su tema. Todos padecemos en cierto grado algún tipo de autismo, y cada vez estoy más convencido de las bondades de estos aislamientos sociales. Sin infravalorar estos desequilibrios mentales, en el fondo suponen una comodidad innegable: no hay que relacionarse con nadie, puedes ir a la tuya, te centras en aquello que te gusta, desarrollas habilidades especiales, puedes escaquearte cuando te viene al pairo, te permite evitar reuniones sociales y eventos poco apetecibles..., visto así, todo son ventajas. Y ya hace tiempo que me siento muy identificado con este trastorno: en el fondo y cada vez más, soy autista por vocación. Pero volvamos al relato. Pasamos casi una hora en esta curiosa parada, comimos algo (las bolas de almidón con queso estaban realmente malas), tomamos algunas cervezas, y bajo un sol de justicia rematamos en una hora lo que nos quedaba de etapa, llegando a Belorado y la pensión Toñi a las 14:30. A las 16:00 jugaban nuestros equipos, el RCD Español y el Real Madrid, pero estando en el Camino, las prioridades cambian, por lo que en vez de buscar con urgencia un bar para disfrutar del partido, decidimos quedarnos descansando en la pensión, mientras que Jaime, incansable en su afán de ver, conocer y aprender, visitaba el pueblo. Nuestro activo explorador averiguó que las díscolas monjas clarisas han dejado de vender sus famosos chocolates con trufas, visitó por fuera el museo de Museo de Telecomunicación Inocencio Bocanegra, que además de un sinfín de aparatos militares cuenta con una reproducción de una trinchera de la I Guerra Mundial, y ya finalizado el partido nos dirigimos a la bonita plaza mayor, sentándonos en uno de los bares de los bellos soportales, y mientras Jaime asistía a misa decidimos olvidarnos de cenar fuera, cambiando el plan por la compra en un súper y un retiro prematuro a nuestra refugio. Teniendo en cuenta que ya empezaba a lloviznar y que la temperatura había pegado un bajón de, agárrate, casi 20 grados, tampoco fue una mala decisión. El resto de la tarde ya pareció de forma definitiva la consulta de un psiquiatra especializado en autismo: cada uno con su móvil, comiendo en silencio mientras atendía sus redes sociales o se informaba de la actualidad del mundo exterior, mientras que el televisor estaba encendido para mayor disfrute de los vecinos de otras habitaciones: porque ninguno de nosotros le hizo ni el mínimo caso. La lluvia arreciaba, y no tardamos demasiado en dormirnos acompañados por el ruido arrullador de las gotas rompiendo en la terraza. Gotas que anunciaban una próxima etapa diferente: del abrasador calor a la siempre molesta lluvia.


Belorado-Agés, domingo 21 de septiembre, 27,5 km.



Esta cuarta etapa, que en teoría tenía que acabar en San Juan de Ortega, la tuvimos que modificar al estar copados todos los albergues de dicha localidad, por lo que de antemano la planificamos hasta Agés. Yo tenía bastante claro que me costaría acabarla, más aún cuando tocaba cruzar los míticos Montes de Oca, ya nombrados en el famoso Codex Calixtinus, la primera y completa guía del Camino de Santiago, publicada hacia el año 1150. Montes citados por dos razones: una por su dureza y la fiereza de sus habitantes y otra por un milagro atribuido al Apóstol. Una bonita historia de un hombre francés, que al no obtener descendencia, acudió a la tumba de Santiago a pedir su intervención. Nuestro santo Patrón le concedió ese hijo tan deseado, al que bautizaron con su nombre y 15 años más tarde la familia al completo emprendió el Camino para agradecer de nuevo al apóstol su intervención. Pero, desgraciadamente, al cruzar estos peligrosos Montes de Oca, el vástago falleció, y su madre, enloquecida de tristeza, dirigió esta oración a Santiago: “Bienaventurado Santiago, a quien el Señor concedió tanto poder para darme un hijo, devuélvemelo ahora. Devuélvemelo, digo, porque puedes; pues si no lo hicieres, me mataré al momento o haré que me entierren viva con él. Entonces, cuando estaban todos presentes haciendo las exequias del niño y lo llevaban ya a la sepultura, por conmiseración de Dios y súplica del bienaventurado Santiago, se despertó como de un sueño pesado”. 
Peligros y milagros aparte, nos levantamos a las 5:45, salimos un poco más tarde de lo habitual, bajo una insistente lluvia, con algún chaparrón fuerte, y después de 8 kilómetros paramos a desayunar en Espinosa del Camino. Aquí sufrí mi pájara anual, asustado (y molido) ante el tramo “salvaje” de los Montes de Oca y escudándome en las leyendas, decidí llamar a un taxi y saltarme el trozo de 12 kilómetros deshabitado que lleva hasta San Juan de Ortega. No fuera a ser que muriera de golpe como el hijo del peregrino nombrado más arriba y que el apóstol Santiago no estuviera atento para interceder ante el Señor y resucitarme. 
Como me contó más tarde Edu, este tramo tampoco fue tan duro como se dice, y, para mi consuelo, tampoco fui el único que se lo saltó. La mitad de los turigrinos que nos acompañaban en la ruta desparecieron por arte de magia y volvieron a aparecer en San Juan de Ortega. Parece ser que no soy el único que se ha leído el Codex Calixtinus. Dejé pues a mis compañeros, y la simpática y habladora taxista me llevó hasta San Juan de Ortega, adonde llegué a las 10 de la mañana, mentalizado que tendría que pasar ahí por lo menos tres horas hasta que llegaran mis compañeros. Por un solo día no pillamos el equinoccio (día en el que la noche y el día duran lo mismo) en este místico lugar, y en el que se produce el llamado “Milagro de la Luz”, consistente en un “rayo de sol poniente que penetra por un ventanal hastial e incide y recorre, en una secuencia perfecta, las escenas esculpidas en un capitel situado en una de sus capillas absidales”. Algo que lamentablemente no pudimos admirar, por pasar por ahí un día antes y encima por estar el único albergue lleno. 
Las tres horas en San Juan de Ortega no se me hicieron nada pesadas, a pesar del frío, y a ello contribuyó una interesante y larga charla con un australiano, Scott, miembro de un grupo de peregrinos de los antípodas, que se iban turnando cada día el papel de guía y encargado de credenciales, manutención y alojamiento. Hoy le había tocado ese rol, por lo que estaba igual de solo que yo, con una bolsa llena de credenciales y haciendo tiempo hasta la llegada del grupo. Hablamos de todo un poco, en espcial de los temas candentes, como la invasión migratoria, la falta de religiosidad en el Camino, la gloriosa historia de España, los turigrinos y hasta de la Inquisición española. Me quedé gratamente sorprendido de sus conocimientos y, sobre todo, de la coincidencia en cada uno de los temas que tratamos. Ya es bien triste que tengan que venir del otro hemisferio para entender y defender el legado del imperio español y del catolicismo. Ojalá tuviéramos más Scotts en España. Y menos corruptos gobernantes e iletrados votantes. 
Acabada la charla y ya refugiado en el único bar del lugar, atendido por dos hermanos atentos y serviciales, fui haciendo tiempo tomando notas, leyendo un poco, curioseando mientras observaba los personajes que iban apareciendo, y tomando algunas cervezas, hasta que me entró hambre y me tomé un plato de exquisitas morcillas con huevos. Tan buenas estaban que avisé a mis compañeros del menú que había, y alerté a los dueños de que alargaran en lo posible la hora de cierre, prevista para las tres, para que pudieran degustar tan apetecible manjar. Y así fue. 

Mientras esperaba apareció de la nada la buena de Cathy (la suiza en busca de su destino), y pasamos un rato entre risas y cervezas esperando a mis compañeros de fatigas. La simpática chica me confesó que nos había puesto un mote: “el trío diabólico”. Me imagino que sería por las vestimentas, o por los tatuajes, pero me hizo mucha gracia. No solo nosotros ponemos motes a la gente, como es de entender, y siendo objetivos, también somos rara avis. Al rato se nos juntaron Edu y Jaime, comieron las buenas morcillas, Cathy se quedó un rato con nosotros, y al acabar el almuerzo emprendimos el tramo final hasta Agés. Un tramo bonito y en bajada, por bonitas pistas y bosques, escuchando a Demon, llegando al bonito albergue hacia las 3 de la tarde.  El atento y hablador hospitalero nos trató de maravilla (hasta mandó a la cocinera a por tabaco, ya que me había quedado sin), nos colocó en una habitación de cuatro camas con un alicantino educado y nada molesto, e hicimos tiempo hasta la hora de cenar. Hasta llegamos a preguntarle por el precio del lugar, y nos ofreció el albergue por 295.000 €. Un precio igual un poco alto, pero teniendo en cuenta su capacidad y su ubicación estratégica, sin duda podría ser una buena inversión. Si tuviéramos los miles de euros que pide, claro.

El lugar elegido para la cena fue una hamburguesería muy recomendada en las guías, y con razón. Tanto el bonito local, quizás un granero o una cuadra restaurada,  como la excelente carne, cumplieron con nuestras expectativas, y ya saciados, cansados y con frío (la temperatura había caído hasta los 7 grados), rematamos la etapa con unos chupitos de hierbas en nuestro refugio  y a las 9 nos retiramos a dormir. Nos quedaba una sola etapa por andar y ya estábamos mirando fechas para el siguiente tramo, que Dios mediante será en marzo del año que viene.


Agés- Burgos, lunes 22 de septiembre, 23 km.


A las 6 en pie, preparación sin prisas, y a las 7 desayunamos en el propio albergue, junto al resto de peregrinos que habían compartido el mismo techo, pero a los que no conocíamos de nada. Salvo al alicantino, que iba con una enorme maleta que le llevaba un servicio de transporte de albergue en albergue. Como tantos otros. Con cada año que pasa, la proporción de personas con mochilas cargadas va perdiendo peso frente a los que prefieren la comodidad de viajar ligeros de equipaje. Nada que reprochar, cada cual que haga lo que le parezca mejor, o lo que pueda. Pero es algo que sin duda muestra el profundo cambio que se ha producido en esta ruta milenaria en los últimos años: de ser una peregrinación mayoritariamente religiosa a ser una ruta turística más, como la “ruta del Inca” o la “ruta por las montañas Apalaches”. Cuando algo se pone de moda, acaba así, absorbido y desvirtuado por la masificación y el negocio asociado. ¡Qué le vamos a hacer! La solución, pues lo que intentamos hacer: andar fuera de temporada y con la mochila bien cargada. Veremos qué tal se nos da en marzo, un mes de poco afluencia, pero bien fresco. Y en una región con un clima bastante duro al final del invierno. 

Después de desayunar emprendimos la marcha marcando el termómetro unos realmente sorprendentes 3 grados. Habiendo sufrido hasta 35 grados en las primeras etapas, la bajada ha sido realmente bestial. A las 10 de la mañana encontramos por fin un bar abierto, en Cardeñuela de Ríopico, y echamos un buen rato, entre cervezas, una charla de Edu con un experto cazador del lugar, regalo de uvas por parte de la posadera… y hasta aparece de nuevo Cathy, que se para un rato para tomarse un café e invitarme a una cerveza. Ha sido un tramo muy bonito paisajísticamente, con un tiempo fresco pero unas vistas preciosas. De nuevo en ruta, bordeamos el aeropuerto de Burgos al son de Hispánica, y llegados a Castañares, polígono industrial a unos 7 km de nuestro destino, decidimos parar a comer el menú en un restaurante abarrotado de currantes, algo que siempre es señal inequívoca de que se come bien, bonito y barato. Y así fue, comimos a gusto, y al acabar decido saltarme la hora larga de polígono industrial, ya sufrida en anteriores caminos, y cojo el autobús urbano que en poco más de media hora me deja en la puerta del apartamento que tenemos reservado. 

Ducha, recuperación, y menos de una hora después, a las 16:15, llegan mis dos compañeros. Ya arreglados e instalados damos una vuelta por el centro de la ciudad, Jaime visita la catedral, y volvemos al barrio de nuestro cobijo, cenamos unos revueltos de morcilla y Edu unas morcillas al natural en un bareto de al lado, llevado por una atenta rumana, y a las nueve y media ya nos retiramos a descansar. 

Burgos y vuelta a casa, martes 23 de septiembre

Sin prisas nos levantamos, ya sin ruta por delante, pero si dispuestos a disfrutar un poco de la ciudad de Burgos. Buscamos consigna para las mochilas, la primera, una tienda deportiva que niega dar este servicio, aunque su propia página web lo anuncie y ofrezca, y otra totalmente digitalizada, que pide un previo registro y la instalación de una app, por lo que optamos seguir cargados. Cuando la solución la teníamos a mano: la propia tienda de la catedral tiene taquillas y encima gratuitas. Ligeros de equipaje, visitamos la siempre impresionante catedral, la lápida del Cid (una de las seis supuestas tumbas del mítico personaje), dos preciosas esculturas de Santiago Matamoros y el resto de impresionantes e históricos objetos del museo catedralicio. Jaime parte hacia la estación, y nosotros aprovechamos vilmente su ausencia para gastar el sobrante del bote y tomar unos excelentes mejillones y unas bravas en la Mejillonería, y otro par de buenos pinchos en la calle San Lorenzo, ya apuntada como primera parada para el próximo mes de marzo. Dios mediante.

Cogemos el bus de línea a la estación del AVE, y, como no podía ser de otra manera con la RENFE destrozada y desprestigiada por el impresentable simio que ejerce de ministro de Transportes (por cierto, la mañana anterior pasamos por Atapuerca y vimos imágenes de sus antepasados), el tren de Jaime lleva retraso y aún pasamos un rato juntos.

El nuestro, gracias a Dios, llega puntual, y sin más sobresaltos nos plantamos a las siete y media de la tarde en Madrid.

Vuelven la soledad, las charlas con Wilson y la habitual rutina, pero quedan los recuerdos de otro precioso e histórico tramo recorrido por nuestra querida España, en inmejorable compañía, sin molestar a nadie, hablando poco pero con propiedad, y, sobre todo, con la ilusión de que llegue pronto el mes de marzo y retomemos el camino hacia el oeste.

Adelante, siempre adelante. 

Un placer como siempre, Jaime y Edu. Gracias por todo, Aspers.

¡Ultreia!






martes, 22 de julio de 2025

Sin sombrilla ni crema solar



De todos los recuerdos de veranos pasados, que son muchos recuerdos y muchos veranos, los que siempre me vuelven a la cabeza cuando empieza a apretar el calor, a vaciarse el barrio, a sonar la sintonía del Tour de Francia y a quedarme más solo que la una, son los concursos fotográficos y los de relatos cortos de los periódicos que solía leer. Hablo obviamente de periódicos en papel, en mi caso de La Vanguardia y de El País, dos cabeceras que lamentablemente han pasado al baúl de los recuerdos. A ese baúl ya ennegrecido que contiene toda una vida y que cobija tanto lo bueno como lo malo, aunque por fortuna sea un cofre mágico, del que al abrirlo siempre asoma lo bueno, mientras que lo malo suele moverse por arte de magia al fondo del mueble. Igual que pasa en nuestro cerebro, que tiene esa capacidad de recordar el primer beso en una verbena de San Juan en la playa de Gavá, pero oculta, por vergüenza o por puro instinto de supervivencia, las ratos malos, el mal sufrido (menos) o el infligido a otras personas (demasiado). Siempre estaré en el debe con los demás, eso ya es inevitable a estas alturas de mi vida, salvo que me tocase la lotería y pudiese compensar mis errores repartiendo billetes a diestro y siniestro. Algo que por otro lado tampoco borraría ni una de mis acciones equivocadas. Que el dinero no lo arregla todo, y menos aún el haber hecho llorar a otra persona. Era algo a lo que recurría con frecuencia mi padre, que en paz descanse. 

Pero volvamos a los buenos recuerdos de veranos pasados. Que para eso está el mágico baúl. Esos relatos cortos de verano en el suplemento del diario que leía con pasión y sana envidia, concursos a los que, inasequible al desaliento (como Jorge, como Juanjo, como Chiquillo…) envié muchas veces algún escrito mío, sin que jamás me tocara premio alguno, salvo una mención de mi blog en La Vanguardia, el mismo cuaderno de bitácora que sigo utilizando veintiún años después, aunque hasta eso tuvo su truco: fue en el momento álgido del despegue de Internet y las redes sociales, y no citaron solamente mi blog: cada semana hablaban de uno, hasta que se volvió algo tan común que dejaron de publicar la sección “El blog de la semana”. Pero bueno, algo es algo, y el placer de ver mi nombre publicado en un entonces aún prestigioso diario como “La Vanguardia Española” del Conde de Godó, no me lo quita nadie. 

Me ahorro comentar la penosa deriva de dicho periódico, es algo de dominio público. Y triste. Como tantas otras cosas que han pasado en nuestra querida España en los últimos cuarenta años. Que en vez de ir a más, ha venido a menos. Y no solamente por esa triple división que tan acertadamente describió José Antonio a la Paramount en enero de 1934. O quizás sí. Porque noventa y un años después, el mal sigue estando en el mismo lado. En ese tridente diabólico que son los separatismos, los partidos políticos y la lucha de clases, esta última sustituida por el wokismo y la estulticia generalizada.

Mis casi diez años pasando una parte del verano en Italia, con el baño diario en la playa, las lecciones culinarias de la familia (política) italiana, el paseo vespertino al muelle, el gelato de rigor, las excursiones por la tan bella riviera apuana, son sin duda un punto y aparte en mis recuerdos, los mejores años de mi vida, del 1985 al 2000. Tirados por la borda por … no sé, supongo que por egoísmo. Por no estar a la altura. Echando la vista atrás, mejor que haya sido así. Mi ex y su familia han sido y son felices. Y eso me alegra. Y mucho. 

Desde entonces, pues tampoco me puedo quejar. He hecho lo que querido, he sido capaz de mantener mis puestos de trabajo, estoy a tiro de piedra de jubilarme y sigo teniendo un círculo de amigos que no me fallan, que están ahí, los vea una vez al mes o una vez cada tantos años. Muchos de ellos amigos desde la juventud, otros nuevos que he ido conociendo en estos últimos catorce años que llevo en la tan noble Villa y Corte llamada Madrid. Y que sin duda serán parte de la primera capa del baúl. De la capa de la alegría y el agradecimiento. 

Las semanitas de agosto en Santa Pola con Ramiro, las escapadas a Colmenar Viejo, las esporádicas visitas de amigos de Barcelona, los partidos del RCD Español, que siempre son momentos de reencuentros, cánticos y hasta de alegría cuando ganamos, la maravillosa gente perica (la mejor gente que hay) que reside por aquí y que ya se ha convertido en una nueva familia, los camaradas de juventud que ahora en muchos casos son diputados, pero que no han cambiado en nada y que sigo viendo con enorme ilusión en actos políticos, el pequeño pero genial círculo en Twitter/X …, todo esto son bendiciones, que quizás no me merezca, pero que disfruto cual cerveza fría recién tirada. 

Son mis veranos, diferentes, sin sombrilla ni crema solar, leyendo, escribiendo, escuchando música, esperando siempre al bendito mes de septiembre, mes que significa calzarme las botas y seguir mi eterno Camino de Santiago, ruta en la que pronto cumpliré 9.000 km de sufrida felicidad, con el recuerdo de peregrinos que se fueron (¡Carlos, presente!), peregrinos que he conocido (saludos y buen camino, Rolf) y el inmenso placer de poder andar con los camaradas que me acompañan hoy en día (gracias Edu y Jaime por la paciencia).

Como dejó escrito Tolkien: “No todos los que deambulan están perdidos”. Y los peregrinos hemos añadido: “…algunos siguen las flechas”.

Y como apunté en mi bloc de notas hace unos meses:

He bebido más que he comido
He llorado más que he reído
He recibido más que he dado
He prometido más que he cumplido
He muerto más que he vivido.
Pero sigo caminando.

 

martes, 11 de marzo de 2025

Tres reyes atravesando Navarra - Camino 2025

 


Después del tramo del Camino de Santiago del año pasado, de Vigo a Santiago para rematar el camino portugués, la desazón y la rabia de ver esta milenaria ruta peregrina convertida en una feria de tipos de todo pelaje, carente de los valores originales y devenida en una marea de turigrinos ávidos de sellos, de masas enloquecidas copando las pocas sillas de los bares dejándonos sin el precioso líquido tan necesario para resistir las etapas, decidimos, después de muchos años caminando a finales de septiembre (26 en mi caso), cambiar de fechas y andar en invierno. Menos gente, más espíritu peregrino. Por lo menos era nuestra intención e ilusión…

La llegada


Partimos pues un sábado en la habitual y querida RENFE, en un recorrido por primera vez en muchos años en dirección este, con la suma alegría de que han incorporado Estrella Galicia a las bebidas disponibles, con 25 minutos de retraso y con unos asientos que volvieron a quedarse sin utilizar hasta casi llegar a Pamplona. Habiendo bar, cerveza, y charla con los atentos empleados del vagón restaurante, poco nos llamaba la comodidad de un asiento. Así pasamos la mañana, con cervezas, recuerdos, algo de picoteo, alguna calada al Ducados con el revisor en las pocas paradas del recorrido y comentarios sobre el mítico Antonio, de los revisores más antiguos de la empresa jubilado forzosamente a los 67 años, dejándole sin uno de los tres pilares de su vida, a saber: el tren, los vinos y el Depor. Ahora ya le queda solamente el vino para llorar o celebrar los resultados de su equipo del alma.

En Pamplona se incorporó Jaime, un fichaje imprescindible por su cultura, sus valores, su educación y sus diversas habilidades (de estas hablaremos más adelante). Siendo navarro de pura cepa, sus explicaciones sobre ese paisaje, aquel monumento, esa senda y aquella bandera, fueron didácticas y enriquecedoras. Por lo menos para nosotros. Si al brasas que intentó entrarnos con el tema de la Cruz de San Andrés, que orgullosamente llevo en la chupa y que detectó cual agente encubierto de la STASI (o de BILDU), le gustó la lección de historia que le dio Jaime, es harina de otro costal. Pesado, más que pesado. Aunque este sucedió más adelante.

Sin novedad destacable llegamos a Roncesvalles, ocupamos nuestras literas en el albergue de invierno, limitado a 30 plazas y lleno hasta la última plaza (eso nos salvó de tener que aguantar a dos frikis que aparecieron a última hora, un murciano graciosillo seguidor de Leño y un iluminado con frases profundas y cerebro sin duda lleno de basura y simplezas. Aunque esto sea un prejuicio: igual eran ambos encantadores y se hubieran convertido en las amistades de nuestras vidas. Pero como no lo sabremos jamás, dejémoslo en que no los vimos más.

Lo que si vimos fue el pequeño museo de la Real Colegiata, con los objetos capturados a Miramamolín y los suyos y asombrados con los pies XXL de Sancho VII el Fuerte y acto seguido asistimos a la misa del peregrino en la iglesia de Santiago. Misa correcta, con un fraile que pasó de ser en la distancia un joven monaguillo con una buena voz a un siniestro ser mayor digno de “El nombre de la rosa”, cuando le vimos a menor distancia al acercamos para la bendición final, y una advertencia del oficiante que me pareció muy correcta: “Aquí a comulgar que se acerquen solamente los católicos y de estos los que estén en condiciones de comulgar”.  Sin medias tintas. Como tiene que ser.

Quedaba pues la cena, en este caso en Casa Sabina, posada propiedad, al parecer, de una familia afín y fiel a la Guardia Civil, según nos explicó Jaime. Sin duda un argumento adicional para optar por este restaurante: el otro argumento es que no había otro local abierto.

Entre charlas, bocadillos, huevos con setas y algunas cervezas, hicimos tiempo antes de retirarnos a las literas. Todo ello amenizado, por llamarlo de alguna manera, por un grupo de franceses de mediana edad: zafios, ruidosos y molestos. Lo que viene a ser la definición de un gabacho. ¡Qué triste debe de ser su vida y que feos sus pueblos para tener que subir a emborracharse a un lugar como Roncesvalles! Sobrevivimos esta mini invasión de los nuevos hijos de San Luis, al albergue, noche durísima con un extraño ser que roncaba lo que no está escrito, hasta el punto que de la habitación de al lado se acercó un asiático para cerciorarse que se trataba de ruidos humanos, y comenzaba la aventura. Con nieve, según las predicciones. Por la mañana se vería…

 

Primera etapa (Roncesvalles – Zubiri, 21,4 km,)


Después la ruidosa noche, sin pegar ojo más que unas horas, a las 5:40 ya estábamos en pie, y después de prepararnos sin prisas, a las 6:45 partimos hacia esta nueva aventura, cayendo los primeros copos de nieve justo al salir, mientras nos entreteníamos con las fotos de rigor de los carteles de tráfico que marcan la distancia a Santiago. 790 km que nos quedan por delante, a saber en cuantos tramos. Por ahora haremos esta semana hasta Logroño. Dios dirá lo que vendrá después. Previsores que somos, no llevábamos nada comestible en las mochilas, por lo que la preciosa marcha entre la nieve que cuajaba paso a paso y que acabó cubriendo casi toda la etapa de ese manto blanco tan inusual en nuestros caminos, y hasta que no llegamos a Espinal no encontramos una máquina de café y pudimos calentarnos un poco. Esto nos ayudó a llegar sin problemas a Viscarret, lugar en el que acertamos de pleno con la elección del bar: Españita por los cuatro costados. Comida casera de cuchara a las 10 de la mañana, paisanos jugando al mus, simpatía por doquier y una decoración “Spanish Flamenco y Olé Style” apropiada para la marea de extranjeros que suelen pasar por aquí. Un buen desayuno, bocadillos, huevos y queso a discreción como detalle de la casa, y a por el alto del Erro. Aquí empecé a notar mi declive físico, convirtiéndose cada pequeño repecho en un verdadero martirio. Y en un lastre para mis dos compañeros, que se pasarían el resto de la semana esperándome cada tanto con paciencia y solidaridad. Las chanzas sobre un carricoche para el año que viene no se hicieron esperar. A este paso acabaré robándole la silla motorizada a Echeminga. Para el uso que le da esa siniestra rata, mejor que sirva de ayuda a un veterano peregrino.

Superado el alto y con unos 10 km más recorridos, llegamos a la pensión sobre el río Arga a las 15:00. Mientras me instalaba, Edu y Jaime fueron a por suministros, y en cuanto estuvimos duchados, cambiados y recuperados, decidimos cruzar el pueblo entero para ir al único bar abierto, el clásico punto de encuentro de carretera de lugareños aburridos, camioneros cansados, peregrinos perdidos y un camarero muy poco apropiado para el entorno: un hermafrodita de libro, alegre y dicharachero y que nos atendió de maravilla. Hasta el punto de que Jaime derramó de la emoción el “riquísimo” vino (con gaseosa) que tomamos comiendo chistorras con huevos, algo imprescindible en esta localidad, famosa justamente por sus chistorras (aunque probaríamos algunas mejores durante la semana).  Saciados ya, compramos todas las cervezas que había en la gasolinera lindante y volvimos al cobijo del albergue a la sesión de tardeo peregrino.

Compartimos pues mesa, lumbre, altavoz y buena música con los demás peregrinos: un grupo de coreanos sorbiendo espaguetis en un vaso de Duralex con ayuda de sus palillos y con las tres “valquirias” a las que entré sin problemas en su idioma materno, algo que siempre ayuda. Teníamos pues a Brunilda, la mayor y más agraciada, a Helmwige, más bien fea y pelopaja, y a Gerhilde, la más joven y obsesionada con explicar a sus “hermanas” que le dolían los pechos por culpa de la mochila, sabiendo que yo entendía todo lo que hablaban entre ellas. La multé por chatear mientras comía, se dio cuenta que tenía razón, dejó el móvil y se zampó dos grandes platos de pasta, mientras que nosotros le dimos a la música, acabando la sesión como siempre con tres monologuistas, cada loco con su tema e intentando mostrar el último video o poner tal o cual canción. Lo de estar enganchados a las pantallas, a la inmediatez y lo efímero, nos impidió entrar en profundas conversaciones con las alemanas. Y menos aún con los coreanos. Nunca sabremos si nos perdimos algo. En cualquier caso fue una tarde agradable, y perdonado el desliz del vino a Jaime al contarnos quienes fueron sus antepasados, nos retiramos a descansar.

 

Segunda etapa (Zubiri - Pamplona, 20,4 km.)


A las 7:30 desayuno en el bar vecino (de un albergue, caro y con los enchufes tapados para evitar cargas de móviles), y en marcha. Siendo lunes, la esperanza de encontrar más servicios nos animaba un poco, aunque tampoco fue así. Ni en Larrasoaña, a 5 km de fácil camino con pocos repechos, ni en ninguna de las siguientes poblaciones encontramos nada abierto, hasta el punto de que un paisano en Irotz nos quitó la última esperanza: hasta Pamplona no hay nada abierto. Tampoco fue para tanto, y por fin, después de más de 16 km, llegamos Arre y Villava, y el bar Paradise hizo justicia a su nombre, aunque poco nos demoramos ahí, entre el frío, la intermitente lluvia y las ganas de llegar, nos conformamos con dos cervezas y reemprendimos el camino para rematar la entrada a Pamplona. La histórica ciudad, capital de uno de los grande reinos hispanos, cuna de bravos reyes y valientes y nobles súbditos, monumental y tan conocida por todos por las retransmisiones de los Sanfermines, y tan diferente en invierno, con las calles vacías, los bares cerrados, el suelo mojado y la plaza del ayuntamiento convertida en una minúscula plaza de una casita de muñecas. La visita al local de un armenio, marcado y señalado por los perros etarras de siempre por haber celebrado un acto de VOX en su local, no fue exitosa, picamos unos pinchos, nada del otro mundo, y a otra cosa, mariposa. Seguimos el trazado del camino por el casco urbano hasta nuestra pensión, y visto el tiempo lluvioso y la tardía hora, decidimos cerrar la etapa a las seis de la tarde y nos retiramos cada uno a su nido, emplazándonos al café a las 7:30 del día siguiente en la cafetería del hotel que teníamos enfrente, conocido por haber sido la residencia de la familia real durante los tratamientos médicos de Don Juan en el cercano y famoso hospital universitario. Una etapa de transición, sin contacto con otros peregrinos, sin demasiado alcohol pero con interesantes momentos y constantes explicaciones de Jaime, sobre tal o cual hecho, rey, escudo o edificio. Nada como andar con un guía local, amante de su tierra y docto en la historia de Navarra y de España.

 

Tercera etapa (Pamplona – Puente de la Reina, 23,9 km.)


Reunidos de nuevo los tres ante unos cafés, a las 8 salimos de Pamplona, con la lluvia como compañera y el Alto del Perdón como gran obstáculo del día, por lo menos para mí, aunque realmente me costó todo el camino. La subida Cizur Menor, con equivocación de dirección incluida, ya fue un tormento, y a las 10:30 paramos a desayunar en Zariquiegui, con las viandas y las bebidas que habíamos comprado la noche antes. Mi decisión de cargar con el pan, el queso y el fuet tuvo su compensación: por mucho que me alejara de los dos atletas que me precedían, tenia claro que en algún recoveco del camino me esperarían. Ya no solo por solidaridad, sino también por hambre. Y así fue el resto del camino. Andando en soledad, y reuniéndonos cada tanto para recuperar fuerzas. Como tiene que ser el Camino. Sufrimiento, hambre, sed y soledad, compensados al poco tiempo con charlas, pan, cerveza y embutidos. Castigo y premio. Esa meritocracia que se ha perdido del todo, en la que todos exigimos y pocos damos. Bien ganados pues los bocados a la intemperie. La bajada del Alto del Perdón, desagradable como siempre. Charla con un sabio paisano en Uterga, última parada en Óbanos a las 15:00, en bar rural muy acogedor, con chistorras tan buenas que acabamos tomando dos raciones, y a las cuatro ya llegamos a Puente de la Reina, con al albergue de los padres reparadores recordándome mis anteriores visitas con Carlos Oriente. ¡Presente! Jaime se queda en el albergue y nosotros nos instalamos en el cuco hotel Bidean, decorado cual albergue alpino, con música chill-out y una habitación pequeña pero muy correcta. Dejándonos llevar por las guías, fuimos al restaurante conocido por sus menús de peregrino, y estuvimos desde las seis hasta las siete y media haciendo tiempo hasta que abrieron la cocina. Cada uno con su móvil, incluida la extraña pareja de chicos, quizás padre e hijo, y poca conversación. Por no hablar de las hamburguesas, una de carne de Angustias, como la bautizó Edu, y que sinceramente comí a disgusto. Quién sabe lo que contenían, más aún vista la suciedad general del local. Pero sobrevivimos, hicimos unas ultimas hierbas en las salita de nuestro hotel, y retirada a la habitación para dormitar mientras el Real Madrid se batía con el Atléti en la Champions.

 

Cuarta etapa (Puente de la Reina - Estella, 21,6 km.)


A las 6 de la mañana ya estamos en la panadería / cafetería de enfrente, cruasanes y cafés, a las 7 se incorpora Jaime, y sin demasiados problemas nos plantamos a las 9 de la mañana en Mañeru, donde desayunamos la tortilla de rigor, con alguna cerveza para facilitar la digestión y oxigenar las piernas. A Jaime se le ha abierto su “camel bag” durante el camino, por lo que tenemos claro que lo mejor es llevar una bota tradicional. La tradición manda. Odio al mundo moderno. Para evitar un estrecho camino de bajada y subida opto por la variante ciclista, y me triquiñuela acaba en un tramo adicional de 2 km, pero finalmente nos juntamos, saco por fin la bandera de los tercios que llevaba como regalo para Jaime, foto de conquistadores y afrontamos la subida a Lorca juntos, aunque no hay premio y está todo cerrado. Seguimos por lo tanto y en Villatuerta, a 4 km de destino, encontramos por fin refugio en el bar del polideportivo y nos tomamos un descanso, son las dos y diez. Hacia las 3 y media llegamos al precioso albergue de Curtidores, a la entrada de Estella, y mientras Jaime visita el museo carlista y compra su billete de vuelta, nosotros nos dedicamos a la lavadora y la secadora, al borde de río y en un edificio histórico restaurado con estilo y equipado de maravilla. Aunque nos quedamos sin monedas y por lo tanto sin beber hasta la vuelta de Jaime. Paseo por Estella, dudas varias en la elección del restaurante, y al final cenamos en el tradicional bar San Juan, ahora regentado por una china mayor, con risottos, entrecots y bacalao. La comida, normalita, el servicio, atento, y de vuelta al albergue, donde pasé una noche dura, ya no sé si por el esfuerzo, el risotto que me repetía o el irremediable declive físico por mi edad y mi poco sana vida. En fin, es culpa mía. Acabó la etapa, descansamos lo que pudimos, y a por la siguiente. El “walk, eat, sleep, repeat” de cada año que le había comentado a la joven valquiria unos días antes, y que ella complementó con un “shit”, algo muy feo, más aún en boca de una joven alemana. En fin, tiempos modernos y falta de educación y de etiqueta. Y por cierto, lo de valquirias no implica belleza ni gracia, simplemente lo usamos cono alias para unas alemanas, que más bien eran feas. Que nadie crea que andábamos acompañados por bellezas teutonas. Esas las vemos en sueños, como mucho.


Quinta etapa (Estella - Los Arcos, 21,3 km.)


Después de la mala noche, no me veo en condiciones de andar mucho. Salimos pronto, desayuno en cafetería que abre a las 5, y después de 2 km. en Ayegui, decido retirarme, buscar un bus y esperar a la pareja en Los Arcos. Un paisano muy agradable al que preguntamos por los buses se ofrece a llevarme y a las 9 de la mañana ya estoy en el hotel de los Arcos, mientras que a mis dos compañeros les quedan varias horas de mojado y duro camino. Por lo menos les he liberado de las constantes esperas, por lo que andan a un buen ritmo, y hacia la una, si no recuerdo mal, ya llegan cansados pero enteros. Yo he dedicado la mañana a descansar, a tomar unas rabas y unas cervezas y a escudriñar un poco los alrededores. Jaime pilla habitación, comemos de maravilla en el restaurante que comparte edificio con el hotel Mónaco, y pasamos el resto de la tarde entre las habitaciones, y un posterior paseo por el pueblo y la parada final en el bar de enfrente para tomar una rabas y unas bolas de carne, lo último antes de retirarnos. Por ahora hemos puesto pocos motes: el gordo infame roncador de Roncesvalles, la alemana cagona y un nuevo personaje, el Brasas, al que ya nombro al principio, que me ve la cruz de San Andrés e intenta explicarnos su origen. Misión imposible, por lo que la lección de Jaime acaba con sus ansias de protagonismo, y se va con sus sabidurías a otra parte. Una pena haberme retirado, pero me encuentro mejor y creo que llegaré sin problemas. Queda una etapa, encima corta ya que solamente iremos hasta Viana. Ultima población de Navarra, que hemos cruzado de norte a sur en cinco días. El siguiente tramo ya será por las bellas tierras riojanas. Sin duda uno de los tramos más bonitos de todos los caminos. Pero eso será en septiembre. Aquí aún nos queda un día para rematar la faena y cortar las dos orejas.

 

Sexta y última etapa (Los Arcos – Viana, 18 km.)


A las seis de la mañana estamos en pie, nos pasamos media hora buscando el mando de la tele, y a las 6:30 estamos en el bar del hotel desayunando. Llueve un poco, pero siendo la última etapa, y encima corta, no me preocupa demasiado. La caminata, con momentos soleados, música hispánica y céltica, con repechos asumibles, es de las más bonitas de todo el camino de este año. Paramos a las 9:15 en Sansol, dejamos al propietario del ultramarinos sin pan, comemos queso, cervezas y cafés, cargamos más pan y bebida en las mochilas, y seguimos ruta sin ningún sobresalto. Hacemos una pequeña parada en Torres del Río, me quedo en el albergue de la Pata de Oca del italiano mientras Jaime y Edu visitan la iglesia románica del Santo Sepulcro, me invita a un anís mientras me pregunta si aún soy activo sexualmente, una pregunta fuera de lugar y momento, regalo un par de cigarrillos a un joven alemán que viaja literalmente con la casa a cuestas (él mismo acepta que está un poco loco, con una  mochila enorme y otras cuatro bolsas adicionales, que por lo que veo contienen desde ropa sucia a envases vacíos), y a 5 km. de Viana hacemos la última parada en un bosque, con sillas para los tres reyes, piedras y muchas fotos y recuerdos de peregrinos anteriores. Todo un santuario.

A las dos llegamos a Viana, sello en la oficina de turismo, y hacemos tiempo en el primer bar que pillamos hasta las cuatro, hora del bus y del final del Camino de este año. Jaime se vuelve a casa, que tiene concierto, y nosotros bajamos a Logroño, buscamos el feo y desagradable albergue, según Eduardo Oriente en la peor parte de la ciudad, y nos juntamos con él en el Laurel, donde disfrutamos del encuentro entre cervezas, pinchos, vinos, empanadillas, jamón y demás delicatessen de un casco antiguo que rebosa bares y vida. La alegría y emoción de volver a ver a Eduardo, los planes para septiembre, incluyendo las siempre generosas ofertas de Eduardo, que nos abre su corazón y su casa, como solamente hacen los camaradas, rematan un camino diferente, pero bastante más auténtico que el del año anterior. Sin turigrinos, sin masificación, con más esfuerzo y menos bares, pero con momentos inolvidables, paisajes brumosos, nieve, esfuerzo y ganas de continuar cuanto antes. Y con la incorporación de Jaime que ha sido una agradable sorpresa. Repetiremos, sin duda.

Los tres reyes, que no son ni Melchor, Gaspar y Baltasar llegando a Belén, ni tampoco Alfonso VIII, Pedro II y Sancho VII cargando contra el moro invasor en las Navas de Tolosa. Simplemente tres camaradas, peregrinos por los caminos de España. Como bien cantaba Cecilia:

“No me propongo destino
No quito puestos a nadie
Porque mi puesto es el aire
Como el olor del buen vino

Sabiendo que nunca es tarde
Mi pie siempre en el estribo
Y cada paso que piso, un paso menos que dar
El caso es andar, el caso es andar

No me pertenece el paisaje, voy sin equipaje por la noche larga
Quiero ser peregrino por los caminos de España”.

¡Ultreia!