Mostrando entradas con la etiqueta Orense. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Orense. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de mayo de 2019

Una de cal y otra de arena – una crónica del Camino



Este año del señor de 2019 se cumplen veinte años de mi primer Camino de Santiago, que sigo recordando vivamente, como si fuera ayer. Cuatro lustros en los que he seguido caminando por las sendas de esta nuestra querida España sin faltar a mi cita anual más que un año, y por fuerza mayor. Más de 3.500 kilómetros recorridos a pie de este a oeste y de sur a norte, descubriendo a cada paso entornos naturales, poblaciones y personas de lo más variopinto, enriqueciendo mis conocimientos y reafirmando mi inmenso amor por España, por sus gentes, por su historia, sus monumentos, sus recetas, sus secretos y sus increíbles y variados paisajes. Y también por la buena gente venida de fuera, por esos peregrinos extranjeros que suponen un 56% del total (datos de 2018). Aunque no sea oro todo lo que reluce y este año hayamos topado con un grupo de portugueses faltos de sensibilidad, arrogantes, mal educados y ruidosos (eso sí, tan “religiosos” todos ellos que llevaban a su propio cura). Y suerte que nuestro tramo de este año por el Camino Sanabrés no es de los más transitados. No quiero ni imaginarme como debe de estar el Camino Francés en temporada alta. Como se ha escrito en multitud de ocasiones, un día de estos el Camino morirá de éxito. La masiva afluencia, la falta de motivaciones culturales o religiosas, la avalancha de “turigrinos” aprovechando las excelentes infraestructuras de la ruta para pegarse unas vacaciones económicas y divertidas, la suciedad que todos estos cafres dejan a su paso, los madrugones y la lucha por ser el primero y poder optar a una cama en un albergue…, es decir, la paulatina pero constante degradación de una ruta cultural y religiosa, convirtiéndola en una moda más, como lo puede ser el Camino del Inca, la ascensión al Himalaya, un safari en Kenia, la Romería del Rocío, la Tomatina de Buñol, una visita al Santiago Bernabéu o un fin de semana de fiesta en Ibiza. En resumen, una patulea vestida de “Quechua” olvidando el pasado, destrozando el presente y poniendo en peligro el futuro. Nada extraño tampoco, sino un simple reflejo de la sociedad actual. Aunque siempre hay esperanza: como contrapunto a los portugueses, este año caminaban con nosotros un grupo de 20 jóvenes valencianos (de Algemesí) con sus 2 monitores, modélicos todos ellos en su comportamiento, a la par que joviales y simpáticos. Jamás hubiera pensado que un grupo de 22 personas (un fuerte abrazo a todos ellos desde aquí) pudiera ser menos molesto que algún que otro personaje que he conocido en todos estos años. Una de cal y otra de arena, como en casi todo.


Vamos pues con la crónica de estos escasos 120 kilómetros. Como otros años pongo en cursiva las notas tomadas sobre la marcha, sin corrección ni ampliación.

Domingo 21 de abril – Viaje en tren

Orense-Santiago por delante. Son las 10:45 y ya en la estación, compramos latas en colmado (¡sorprendentemente es español!), desayuno en estación tortilla y botijos y primer bote de 50€. Son las 12:30.
Fichado antes de entrar por la navaja, pero me la dejan pasar, viaje bien, se acaban las Mahous y a beber mierda Heineken. La maleta de una chica es autónoma, se mueve de un lado a otro al vaivén del tren. Charla en el bar. Llegada tocaditos, mucha vuelta para encontrar el albergue que ha cambiado de sitio, al final está al lado de la catedral, albergue nuevo de trinca, habitación para dos, en pleno centro. Paseo, pizzas, hay un grupo de jóvenes y poco más.

Aún no se ha inaugurado (faltan pocos meses) la nueva línea férrea de alta velocidad entre Madrid y Galicia y ya echo de menos esos largos viajes en tren tradicional, con sus picos de máxima y ultrasónica velocidad rozando los 150 km/h, los continuos paseos al vagón restaurante, los furtivos cigarrillos en las estaciones de paso y el familiar y adormecedor traqueteo de los desgastados vagones. Pero seamos justos: Galicia se merecía una conexión así, al igual que se lo merece la preciosa Extremadura. Hoy mismo leo en la prensa que de nuevo (y van tantas veces ya) un tren que cubría la ruta Badajoz-Madrid ha sufrido una avería dejando tirados a sus pasajeros, con todo lo que ello implica. ¡Tantas promesas electorales y tan poca vergüenza a la hora de cumplirlas!
El viaje fue pues tal cual lo describo: largo, lento y bien regado. El clásico inicio anual. Cogiendo fuerzas e ingiriendo mucho líquido en previsión de peores situaciones. Y esta vez tampoco íbamos mal encaminados: el tormentoso tiempo que nos depararía la gota fría influyó notablemente en nuestras habituales paradas para repostar y nuestros paseos gastronómico-culturales por los pueblos de destino se limitaron a rápidas escapadas al colmado más cercano para adquirir lo necesario para subsistir.
Llegados a Orense encontramos el nuevo albergue después de varias vueltas a su antigua ubicación y la consulta con varios lugareños, a cual más perdido, pero esta pequeña molestia quedó ampliamente compensada por el nuevo albergue, recién estrenado, limpio, moderno, con habitación individual y a escasos metros del centro histórico de la ciudad. Poco más dio de sí el día: unas pizzas calmaron el hambre y las buenas y fresquitas cervezas acabaron por rematar el domingo.

Lunes 22 de abril – Ourense -Cea – 23,4 km

Noche larga y medio en vela por tanta cerveza y pizza. Pero bien. A las 6:30 en marcha, buen café y churros. Dura subida (para mía) de más de 5 km, y después ya sendas bonitas hasta llegar a las 9:30 a Tamallancos. Hemos vistos a 3 chavales que siguen. Parada y fonda. A las 10:10 seguimos. Una última parada de cerveza y quesos en una tienda de la carretera y seguimos. A las 12:45 ya estamos en CEA, no es el albergue previsto pero esta guay. Está el grupo de jóvenes valencianos (de Algemesí),20 + 2 monitores (Carlos Llombart se llama él), y van a cocinar. Nosotros pulpo de pulpeira en el bar del pueblo, y compra de huevos, pan y tomates para la noche. Pinta bien.
Tarde de música y nubes amenazantes, cerveza Skol mala (después de 2 estrellas buenas), mientras la juventud se ducha, come y vive. El hospitalero parece el patriarca gitano Tío Manolo, con sombrero, americana de pana y un sonotone tamaño King size. Un clásico. Podría ser de la Mina (BCN). Pero educado y correcto. Dice que no hay cubertería porque se la roban, igual la vende él en el mercadillo. Se echa en el sofá a dormir en medio del albergue, roncando a tope. Ni oímos bien a Bon Jovi. No se llama Manolo, es mejor aún, se llama Orlando. Se pega una siesta de verdad: casi 3 horas. Cena bien, tortilla, tomates, y skol de mierda. A última hora aparecen 7 portugueses: viejos, gordos y muy ruidosos. Hay mucha gente este año, y encima tragándome a Bon Jovi. La habitación del minusválido parece un almacén, seguro que hay cuberterías varias. Cenita y a la cama a las 19:25, con mucho follón (los jóvenes menos, sobre todo los portugueses).

¡A quién madruga, Dios le ayuda! Y en este caso sin duda fue así: a las 6:30 ya estábamos andando, y sorprendentemente encontramos varios bares ya abiertos; el que nos tocó en suerte encima nos sirvió un café buenísimo (como en casi todos los sitios que paramos en Galicia), por lo que afrontamos la dura salida de Orense con alegría e ilusión. Y dura lo fue: cada año me cuestan más las subidas, que en este caso se prolongaba durante más de 5 km. Ni las preciosas vistas de Orense, las bonitas y señoriales casas y el más que abundante verde consiguieron hacerme olvidar el sufrimiento de la ascensión. Pero lo conseguí, y a las 9:30 paramos por primera vez a desayunar, con el convencimiento de que lo peor ya estaba superado. Nos basábamos en lo que nos iban diciendo los lugareños: “lo peor ya ha pasado, ya no queda nada, ánimo”. Será que nunca han hecho el Camino andando o quizás sean mentiras piadosas para no desanimarnos, porque ni una vez en tantos años nos han respondido diciendo que nos quedaba un tramo duro. Sin cruzarnos con más que 3 peregrinos (que no volvimos a ver) seguimos nuestra marcha, compramos cerveza y queso en una tienda a pie de carretera para coger fuerzas y sin más sorpresas que la ausencia de peregrinos nos plantamos en Cea antes de la 1 del mediodía. Mi compañero de fatigas Edu ya me había hablado del famoso y buen pan de Cea, algo que corroboramos en cuanto pillamos una hogaza. 


Y no es algo nuevo lo del famoso pan de esta localidad: la primera vez que sale nombrado es en el otorgamiento por parte del rey de Castilla Sancho IV de un privilegio al vecino Monasterio cisterciense de Oseira para “celebrar una feria mensual y disponer del pan de Cea para los monjes” (y seguro que sin pagar la poya correspondiente. De ahí lo de privilegio.). Y dicho documento otorgado en Palencia data del año del señor de 1286. Casi nada.
El albergue nos sorprendió por varias razones: no era el previsto en las guías, estaba ubicado en una antigua finca señorial con sus hórreos y sus cercanos hornos de pan y sus instalaciones eran más que aceptables, exceptuando como casi siempre el número de aseos: 2 aseos para 46 potenciales peregrinos no dan abasto ni padeciendo la mitad de ellos un estreñimiento agudo. Aunque la repuesta del curioso hospitalero (sigue más adelante su descripción) a mi comentario sobre este hecho aún fue más graciosa: “en casa somos 5 y tampoco tenemos más que un aseo”.
Seguimos con la rutina de cada etapa: deshacer la mochila, ocupar la litera cual tropa francesa invasora, ducha rápida y aliviadora y paseo al pueblo a picar algo y realizar las mínimas compras para la cena, antes de la bien merecida siesta.  El ya nombrado hospitalero, el Tío Orlando, nos acompañó al bar, y viendo una “pulpeira” en la puerta maniobrando con sus utensilios y sirviendo el tan querido manjar a varios vecinos, no dejamos escapar la ocasión: una generosa ración recién hecha a pie de calle, por unos módicos 8 € y servida en el bar de enfrente con el buen pan de Cea y las preceptivas cervezas nos alegraron el día, compramos lo necesario para la noche y volvimos al albergue. Al rato apareció Orlando, se quitó su sombrero vaquero, desconectó su sobredimensionado sonotone y se estiró en el sofá que reinaba en medio de la entrada del albergue. 
Estaba claro que se iba a echar una siesta, pero lo que no sabíamos es que dicho descanso iba a durar casi 3 horas, entre fuertes ronquidos, fotos probatorias para este relato y comentarios jocosos sobre el susodicho. Rural, natural, sin pelos en la lengua, pero al fin y al cabo servicial y pragmático. Todo un personaje.
Mientras los “timberos” valencianos echaban su partida, escuchamos un poco de música, dimos otro paseo para “admirar” la extraña escultura de Cristo (con la guasa añadida de preguntarle al vecino sentado en el banco de la plaza sobre qué representaba la escultura) y cuando ya pensábamos en el merecido descanso, hacia las 7, aparecieron los portugueses, con su cura, sus gritos y su absoluto desprecio por los demás. Pocas veces me he encontrado con un grupo que directamente haya generado mi total rechazo. Ni simpáticos, ni guapos, ni educados, ni nada de nada. Y eso que fue el primer encuentro: si llego a saber que la relación con ellos iba a ir a peor conforme pasaran las etapas, quien sabe lo que hubiera hecho. Pero en ese momento aún mantenía mi espíritu peregrino, comprensivo, generoso…, un craso error. Como pronto descubriríamos.
Nos retiramos pronto intentando conciliar el sueño a pesar de la invasión de los vecinos del oeste (hasta se me pasaron las ganas de defender el iberismo y definitivamente decidí que Portugal y España tienen que seguir caminos separados “per saecula seculorum”), y ahí acabó esta primera y curiosa etapa.

Martes 23 de abril, Cea- Castro de Dozón – 20 km

Levantados a las 6, follón, lluvia, los jóvenes a punto de salir y vuelven a entrar para ponerse los chubasqueros, uno lo ha perdido (el despistado del grupo), creo que es el mismo que ha perdido la lentilla en el baño y la cantimplora en el aseo, y a las 6:40 salimos. Vamos por la alternativa de Piñor para evitar el barro en la subida al Monasterio (son 3 km menos). Etapa más dura de lo esperado, sube y baja constante, con frío (3 grados), pero sin problemas a las 10:15 estamos en Castro, parada en bar, birras, chorizo, y aparecen los chavales, el despistado con su paraguas cual Mary Poppins. No hay otra opción que quedarnos, el siguiente albergue está a 18 km. Cae una buena nevada (ya nos había nevado en el alto). (No cuaja, pero fuerte). Albergue muy bien, habitación grande de 12 plazas para nosotros (por ahora, pero al final llegan los pesados portugueses. No respetan nada, ni siesta ni hostias, venga, gritos, llamadas… encima nos piden vaciar la habitación para celebrar misa (que dura más de 1 hora, cuando habían dicho 30 minutos) FUERA YA. Antes hemos comprado panceta, pan y tomates, aunque el bacon no nos sienta bien, demasiado aceite mezclado con Fairy. Sumado a no haber podido hacer siesta un poco rollo todo. A dormir con ruido y llamadas de atención a los pesados.

Después de una noche dura, (a pesar de acostarnos pronto lo de conciliar el sueño fue complicado debido a los innombrables y a la pertinaz lluvia que caía sobre el tejado acristalado que me tocó en suerte) a las 6 ya empezamos a organizar la salida. Nuestros jóvenes amigos ya estaban a punto de comenzar la marcha cuando volvieron a entrar en tropel para cubrirse con los chubasqueros: la anunciada y puntual lluvia obligaba. Uno de ellos no encontraba el suyo e intentamos solucionarlo, pero ni nosotros llevábamos uno de repuesto (inocentemente nos preguntó por ello el buen chico) ni teníamos acceso a la habitación del hospitalero (que por lo que vimos el día anterior estaba llena de material). Carlos, el monitor de los jóvenes, me comentó que cambiarían la ruta original que pasaba por el Monasterio de Oseira, debido al mal tiempo y el camino embarrado que nos podíamos encontrar, por lo que siguiendo su sabio consejo hicimos lo mismo. Eso de quitarte de encima 3 km sin sonrojarte y tener que buscar excusas nos venía de perlas, aunque por el valor histórico y cultural de dicha abadía cisterciense sea una pena no haberla visto. Pero quien sabe, vueltas da la vida y algún día volveremos a pisar estas bellas tierras, comer su excelente pan y realizar la visita pendiente.
Como ya pasó el día anterior, la supuesta “facilidad” de la etapa tenía poco de fácil y más desniveles de lo esperado, lo que sumado a las inclemencias climáticas complicaba un poco el día. Después de un tramo urbano y otro por carretera nos adentramos en unos bellos montes, silenciosos, majestuosos, verdes y … húmedos. Con subidas y bajadas continuadas y pendientes del inestable cielo, cada tanto nos quitábamos los chubasqueros, para volvernos a cubrir al poco rato. Y la dureza aún crecería: cuando andábamos por el supuesto punto más alto de la etapa, a unos 850 metros de altitud, empezó a nevar. ¡2 grados centígrados, nieve, pantalón corto y gafas de sol! Una combinación como mínimo diferente.  Ya podíamos llamar a Cachano con dos tejas que del frío no nos libraba nadie. Y otro detalle: por ahora no habíamos visto ni un animal, ni doméstico ni salvaje (a no ser que los portugueses entren en esta categoría). Acostumbrados a ver de todo en los tramos anteriores, sobre todo corzos, vacas, ovejas y caballos, por ahora lo único que nos encontramos fue una bonita salamandra… muerta. La despoblación de los tramos anteriores, sobre todo desde Puebla de Sanabria hasta Orense, con la Sierra de la Culebra y su abundancia de aves, venados y lobos (de esos para ser sinceros no vimos más que un par disecados y unos cuantos esculpidos en piedra), no tiene nada que ver con las continuas aldeas y pequeños pueblos que jalonan la ruta a partir de Orense. Y como bien sabíamos, conforme avanzáramos hacia Santiago la civilización y sus supuestos adelantos nos devolverían a la cruda realidad de los ruidos, las muchedumbres, los polígonos industriales, las autovías, los precios abusivos y todo lo malo que lleva asociado el progreso. Por no comentar la entrada en Santiago, de la que ya hablaré al final del relato.


Entre el madrugón y la reducción de la etapa en 3 km, y a pesar del viento, la nieve y los toboganes, nos plantamos en Castro a las 10:30 de la mañana. Pensando que el albergue aun distaba unas cuantas leguas, nos acomodamos en un bar de la carretera, en el que la dicharachera posadera nos entretuvo con anécdotas, historias de sus recientes viajes a Ceuta y a Cataluña y su amor a una España diversa pero unida, mientras disfrutábamos de las cervezas de rigor y un buen chorizo que nos puso de tapa.
Al rato aparecieron los valencianos, que por lo que suponemos evitaron el alto nevado y optaron por la carretera, con el despistado que perdió su chubasquero agarrado cual Mary Poppins a un paraguas, y los demás embutidos en sus chubasqueros, pero con amplias sonrisas en sus caras. Irreductibles. Ante las inclemencias del tiempo, ante el esfuerzo, ante todo. ¡Quién tuviera su edad y su alegría!
Y resulta que ya estábamos en destino: el albergue estaba situado a escasos metros del bar, por lo que antes del mediodía estábamos instalados en una amplia habitación con 12 literas, duchados y prestos a comprar lo necesario para cocinar en un local bien acondicionado, amplio y cómodo. La comida no salió muy bien, suponemos que la sartén que usamos tenía restos de detergente o similar, ya que al mezclarse con el aceite se generó una especie de chapapote que destrozó la panceta que compramos, y encima dejó a Edu tocado del estómago y hasta desganado para seguir bebiendo. Lo nunca visto: ni una triste cerveza se tomó durante el resto de la tarde. Que para más inri se convirtió en un suplicio cuando aparecieron los portugueses, ocuparon nuestra habitación, se liaron a charlar, gritar, hablar por teléfono y, en resumen, jodernos (con perdón) la siesta y el resto del día. A petición del cura que los acompañaba, educados y serviciales como somos, les cedimos la habitación para celebrar una corta misa de 30 minutos, aunque nos la volvieron a jugar y estuvieron como mínimo una hora y cuarto encerrados con su celebración. O fue una misa gregoriana o quizás aprovecharon el momento para confesar sus pecados (de los capitales dos les aplicaban de calle: la soberbia y la gula (por la cantidad de comida que cargaban). Y no pongo la mano en el fuego de que fueran culpables de todos ellos, a saber: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Quizás fueran sus visibles pecados la razón última de llevar consigo a un cura. Como si fuera el siglo XV y tuvieran que pagar sus diezmos para seguir pecando. ¡Ay si los viera Lutero: un buen discurso les caería! Un día extraño que acabó con nuestros vanos intentos de descansar y algún que otro grito para que dejaran de molestar. Ni así. Ellos a su bola.

Miércoles 24 de abril – Dozón-Silleda, 29 km

La noche fatal, los portugueses mal educados, da para escribir un libro (a las 5 jodiendo, para luego no salir hasta las 6:45). Salida a las 7, 2 grados, agua nieve y un viento terrible. Pero sobrevivimos, ruta por senderos preciosos, subidas y bajadas, y a las 9:30 estamos en Botos (Estación), están los simpáticos valencianos, que diferencia con los “otros”.  Ultima parada, café, cola y cerveza, y nos quedan 8 km. Sigue sube y baja, bosques, puentes romanos, a las 13 llegamos a Silleda en medio de una terrible tormenta con viento que nos deja empapados. El albergue previsto, Santa Olaia, no está abierto, y optamos por el Gran Albergue Turístico, una casa de 5 pisos reconvertida, y con una reserva que vemos en el libro de 7 portugueses (o Dios). Pedimos a la chica la planta más alejada de ellos. 10€. Secarnos, hacemos lavar y secar la ropa por 7 euros, y ya se verá. La pena es no ver a Alexandra, una portuguesa que nos adelantó pero que andará por otro albergue o pensión. Ha sido un visto y no visto. Menú bueno en el bar del albergue (10,5€) (Huevos, ensalada, lomo, patatas, filete de ternera, ternera estofada). Siesta de 3 y media a 6. A esa hora llegan los portugueses, suerte que están 2 plantas por debajo. De pronto aparece el cura en nuestra planta para ducharse, y le cae la bronca: “A ver si te duchas en silencio, que lleváis 2 días que ya os vale”. Le ha salido del alma a Edu. Tarde y noche sin movernos, lluvia fuera, tele y cervezas en la habitación. Pero poco, no estamos ni para beber.

Si la tarde fue dura y la comida mala, la noche y el despertar aún fueron peores. Los portugueses a lo suyo, sin respeto ni consideración, y así a las 5 de la mañana ya estaban danzando, gritando y desayunando cual posesos. Ni que se llamaran Gargantúa o Pantagruel y fueran a quedarse en los huesos. Después de nuestros gritos de queja de la noche anterior esta vez el enfadado y justificado rugido salió de la habitación de al lado. Durante el día nos enteraríamos de que la persona que intentó poner orden era una chica portuguesa muy simpática, Alexandra, que por desgracia no volvimos a ver más que en dos encuentros fugaces durante la etapa. Una verdadera peregrina: venía solita desde Sevilla y llevaba ya 35 días seguidos caminando. Y a un ritmo que ni el Correcaminos perseguido por el Coyote. O Messi y sus secuaces persiguiendo la Champions League. ¡Ahí se quedó mi posible “enamoramiento” anual! Pocos candidatos había, para decir verdad, porque lo de coger cariño a alguna de las portuguesas rayaba lo imposible. Como explicarles lo que significan el silencio, la solidaridad o el respeto.
 A las 7 de la mañana iniciamos esta etapa, la más larga del tramo de este año, y encima con un tiempo de mil demonios: 2 grados, agua nieve y un viento huracanado que, de forma lenta, pero sin pausa, nos fue calando. Mandé un mensaje a Oscar, que estaba haciendo en paralelo el final del Camino Francés, y me comentó que por ahí también caían copos, rayos y centellas. Una gota fría que nos sorprendió a todos, cuando la semana anterior en Galicia las playas estuvieron abarrotadas a casi 25 grados. Cosas del cambio climático diría la última marioneta de los ambientalistas manipuladores, la tan vergonzosamente utilizada quinceañera Greta Thunberg (a la que un día de estos igual dedico un artículo, junto a las mentirosas oenegés, las asociaciones de género, las aberraciones de Ada Colau, las estupideces de Gabriel Rufián, los desvaríos de los marqueses de Galapagar y el falso, pero bien pagado trabajo “social” de Begoña, la mujer de nuestro nefasto y mentiroso presidente del Gobierno).
A las 9:30 de la mañana paramos ya en un bar para el preceptivo desayuno, y para alegría nuestra estaban los valencianos, que partieron al rato de llegar nosotros. Frugal desayuno (cerveza, coca cola y café) y a por los últimos 8 km del día. Lo de madrugar y salir a andar antes de las 7 se nota: las etapas acaban todas antes del mediodía. Y este año tienen una ventaja adicional: no te cruzas con los portugueses ni por asomo. Es como el demonio, sabes que existe, pero nunca lo ves. Bosques, senderos, subidas, bajadas, un par de puentes medievales y uno de época romana (deducimos), y hacia las 12:45 avistamos ya Silleda, cuando de golpe nos cayó la del pulpo. Una tormenta con viento huracanado nos acompaña durante la entrada a la población de destino, por lo que vamos como locos buscando el albergue previsto, que por desgracia (o no, tampoco tenía muy buena pinta) está cerrado y no abre hasta las 2. Ni nos planteamos esperar y buscamos la alternativa, el llamado “Gran Albergue Turístico de Silleda”. Por la denominación nos esperábamos algo moderno, juvenil, con sus piscinas, jardines, animadoras suecas y demás, pero “nasti de plasti”: se trata de un edificio de los años 70 reconvertido en albergue con 3 habitaciones por cada una de las 5 plantas, cada una de ellas además con su baño y su cocina. Es decir, pisos antiguos reconvertidos. Al registrarnos vemos de reojo que hay una reserva para 7 personas, y dado que el número de contacto es portugués (por su prefijo) lo tenemos claro: son ellos, nuevamente. No hay manera de escaparnos de esta pesada maldición. Ni cortos ni perezosos le explicamos a la hospitalera las “bondades” del grupo y le pedimos que nos ponga en la planta más alejada de ellos. Dicho y hecho, ellos a la 2ª, nosotros a la 4ª (de poco nos serviría, como veréis enseguida). Empapados de arriba abajo, y yo encima sin pantalones de repuesto, optamos por hacer lavar y secar la ropa. Por 7€ no nos moriremos. Comimos en el bar del propio edificio, un menú diario realmente bueno, lo que compensó la mala comida del día anterior. Una buena siesta de 3 a 6 y de golpe oímos  ruidos como si fuéramos Carol Anne Freeling en la película “Poltergeist”: ya están aquí...

Y como a la bicha solamente hay que mentarla para que haga acto de presencia, a los pocos minutos apareció el cura en nuestra planta pidiendo poder ducharse. No le dio tiempo ni de acabar la frase y ya le cayó la respuesta en forma de grito, en este caso pertinente: “A ver si te duchas en silencio, que lleváis 2 días que ya os vale”. Algo así. Su reacción demostró a las claras la asunción de culpabilidad: con la cabeza gacha y un fino hilo de voz solamente llegó a balbucear “claro claro, no se preocupen”. Más tarde hasta me dio pena, pero se me pasó rápido. Teníamos razón nosotros, y no se puede poner siempre la otra mejilla. Menos aún cuando los contrarios son unos caraduras. Poco más dio de sí el día, televisión, perreo en la cama, alguna cerveza y a descansar.


Jueves 25 de abril de 2019, Silleda-Ponte Ulla, 21 km

Penúltima etapa. A las 6 en pie, a las 6:45 aprox. Café y magdalenas y salimos, sigue lloviendo y estamos a 6 grados. Hacia las 10:30 nos encontramos con los valencianos delante de un albergue, les hacemos una foto en grupo y nos dicen que no entremos que el hospitalero es borde. A pesar de ello entramos, y tenían razón. Hay un grupo de abuelos haciendo la ruta sacra, y el italiano borde y maleducado. Ni cantando 2 canciones italianas de Vasco Rossi. Al final le espeto: “¿tu vives de los peregrinos, ¿verdad?”. Ni así, contesta que no. Que le den. Reseña negativa en Google complementando la de Carlos (el monitor), seguimos, sol, granizo, conocemos a los mallorquines (majos), parada en una aldea a comer fuet y tomar las cervezas y a las 12:10 estamos en Puente Ulla. Hostal Pensión de carretera a 12€ muy correcto, sin toallas, hay un DIA cerca y sala con microondas…, nos quedamos.
Paseo al Dia, cuatro cervezas, queso, pavo, vemos a 2 de las chicas valencianas lesionadas esperando a una señora que las sube al albergue, les damos mensaje para Carlos (LinkedIn) y comemos en la salita del hotel albergue. Tarde de siestas, paseo por el mini pueblo, iglesia y puente, y hacemos tiempo en el bar (4 cervezas mientras los flamencos van por la primera), relax y cerveza light en la habitación

Ya es jueves, solamente quedan dos míseras y cortas etapas, y sigue faltando la chispa de la vida (como años ha se anunciaba la Coca-Cola) en el recorrido de este año. Las razones, inescrutables. Como el Camino. Como la vida. Un cúmulo de coincidencias: el mal tiempo, el tramo ya cercano a Santiago, la cantidad de peregrinos, la falta de risas, música y anécdotas dignas de contar…, un poco de todo. Tampoco vamos a esperar que todo salga perfecto siempre, que luzca el sol, que los albergues parezcan hoteles, que la comida salga buena, que nos despierte la noticia que Puigdemont ha sido detenido, que los vagos podemitas se han puesto a trabajar, que el Barza ha perdido (aunque eso lo pude disfrutar como un niño anteayer) o que a Bea Talegón de golpe se le hayan  multiplicado las neuronas (me corrijo: teniendo una sola cualquier multiplicación sería inútil).

La temperatura había subido un poco, pero aun así seguía haciendo fresco, unos 6 grados, y partimos hacia las 6:45 con la lluvia como fiel compañera.. El tramo fue bonito, a excepción de un pequeño despiste al llegar a la autovía, pero nada que nos retrasara demasiado. Entre aldeas, pueblos, campos, frondosos bosques, algún tramo de carretera y un continuo quita y pon del chubasquero, hacia las 10:30 vimos a los amigos valencianos en la puerta de un albergue que tenía muy buena pinta, a punto de partir ellos. Les hicimos una foto en grupo (la que tenéis al principio del artículo) y nos comentaron que en el albergue había un bar, pero que el trato no había sido demasiado agradable. A pesar de ello decidimos parar a tomar algo. 
Entramos y nos encontramos a un grupo de mayores (bastante más que nosotros) que estaban haciendo la vía de la Ribeira Sacra, otra más de tantas rutas “milenarias”, “históricas” y “culturales” que van apareciendo año tras año a la sombra del Camino original. Nada sorprendente por otro lado, teniendo en cuenta el flujo de personas y los ingresos que conlleva la popularización de rutas y senderos varios. Y si miramos allende los Pirineos, los recorridos culturales, gastronómicos, religiosos o lúdico-deportivos son una moda / tradición desde hace más de un siglo, sobre todo en países como Alemania, Italia, Austria y Suiza.
Pedimos pues unas cervezas, conocimos a 3 mallorquines (intuimos que padre, hija y un amigo) muy simpáticos, charlamos un rato y sufrimos la anunciada mala educación del hospitalero, que de modo brusco cobraba con malas caras a los abuelitos, como si tuviera prisa en que nos marcháramos todos. Intenté suavizar el tema hablando un poco de Italia (los dueños eran italianos), puse alguna canción clásica de Vasco Rossi en el móvil haciendo el paripé, pero ni así cambio la actitud altiva y chulesca del elemento en cuestión. Muy en línea con tantos otros italianos que he conocido a lo largo de mi vida: soberbia y arrogancia a partes iguales. Con un complejo de superioridad pocas veces justificado. Una nación de poco recorrido histórico y mucha grandeza inventada (hablo de Italia como nación, no de la imperial y gran Roma de la que culturalmente somos todos afortunados herederos).

Abandonamos pronto el lugar, busqué la referencia del local por Internet para añadir una reseña negativa al albergue, y por sorpresa me encontré una recién publicada: la de Carlos, el monitor de los chavales de Algemesí. Me ahorré por lo tanto un largo escrito y simplemente corroboré lo escrito por él: que el tío del albergue era un borde maleducado. “Clar i catalá”, como dicen en mi tierra.

Seguimos nuestra ruta sin mayores aventuras, paramos en una aldea a tomar un poco de fuet y las cervezas que cargábamos en las mochilas, y a las 12:10 llegamos al pequeño pero coqueto pueblo de Puente Ulla. El albergue / hotel a unos correctos 12€ era ideal y teníamos un DIA a 100 metros, por lo que los planes estaban claros: compra de lo necesario, comida en una salita del hotel y a perrear el resto del día. La cómoda habitación y su espacioso baño invitaban al descanso, y así fue. Salvo un corto paseo al super, en el que coincidimos con 2 chicas del grupo valenciano que lesionadas estaban esperando a una chica del lugar para que las subiera al albergue (habían elegido uno precioso que estaba en medio de la nada, a unos 5 km de suave ascensión), confirmamos con ellas que el italiano del albergue de la mañana era un “fill de puta”, visitamos el pequeño pueblo, algo que nos llevó unos 15 minutos, y poco más dio de sí el día. Cervezas en el bar del albergue viendo las noticias e intentando adivinar que idioma hablaba un trio de extranjeros, y nos retiramos pronto. Ya solamente nos quedaba la última y corta etapa hasta Santiago.

Viernes 26 de abril de 2019 – Puente Ulla – Santiago, 22 km

Último día. A las 6 en pie, chino chano a esperar que el bar abra a las 7, café y cruasán. Buen tramo, subida larga pero soportable, con poca lluvia. Adelantamos 2 veces a los mallorquines, una parada a las 9:30 (el broche bonito de la señora le gusta a Edu...) y una última parada a 4,5 km de Santiago con los mallorquines, cerveza y unos callos con garbanzos bien buenos. Casi casi estamos. Ultimo bote de 30€ (total 180, menos que el año pasado), y a la 1 estamos en Santiago. Festival turístico, lleno de gente, colas, turistas, carteristas…, parece una feria. El triste final del Camino. Lo peor, sin duda. Lo de la alegría por llegar ya no se produce. Por lo menos en mi caso. Vemos a Oscar de BCN, cervezas y bocatas en el sitio más local y menos turístico (bar Orense, detrás del Drakar en la Rua Franco), cuatro souvenirs y 2 horas de cola (con llamada de atención al guardia incluida por la falta de atención en los 10 puestos para sellar de los que solamente hay uno funcionando), Compostela (la quinta), y al albergue de la estación a descansar y hacer tiempo hasta las 5 de la mañana. Mini paseo, muy feo el barrio, unas cervezas, queso para llevar y poco más.
Madrugón, tren y sanseacabó. Hasta septiembre. Oporto nos espera.

Con el mal rollo de saber que afrontábamos la última etapa (y con ello la vuelta a la realidad), y encima sin haber disfrutado como otros años de anécdotas especialmente bonitas, haber conocido con mayor profundidad a otros peregrinos o haber pillado una buena borrachera al son de algún instrumento, a las 6 ya estábamos en pie, pero esperamos a las 7 para salir desayunados con un buen café y un cruasán tamaño XL (y muy bueno). El tramo volvió a ser bonito por el paisaje, algo duro por sus subidas y bajadas, pero soportable. El sol radiante se turnaba con chaparrones de granizo y lluvia, algo constante este año. Adelantamos un par de veces a los mallorquines, paramos en un bar de carretera en el que una señora muy habladora y portadora de un bonito broche con la concha (la buena señora llevaba un año con su albergue, y aún se le notaba la ilusión de ser hospitalera: como el italiano del día anterior, pero al revés. Educada, interesada, habladora..., en resumen, como hay que ser si te dedicas a la hostelería y encima en una ruta de peregrinaje).

Repusimos dinero al bote común (lo del mal clima y la carencia de aventuras o enamoramientos había contribuido claramente a la reducción de gastos: 180€ por barba no está nada mal, son unos módicos 30€ por día (en Madrid con ese dinero ni salgo de casa); hicimos una última parada a 4 km de nuestro destino, la catedral de Santiago, en la que charlamos de nuevo con los mallorquines y nos sorprendieron con unos callos con garbanzos más que dignos, y hacia las 12:45 entramos en la meta de todos los peregrinos, acompañados por una señora mayor que nos hizo de guía el último kilómetro por las callejuelas de la ciudad. Nos encontramos con los valencianos, con el estimado Oscar y sus amigas (perico y amigo de BCN), nos arriesgamos a hacer la cola para recoger la Compostela (algo que nos llevó casi 2 horas de espera, discusión con el guardia encargado por la falta de atención en los 10 ordenadores disponibles y encima volver a ver a los portugueses justo delante nuestro).


Y no por esperado volví a odiar este momento del Camino: el final de la aventura, el choque frontal con las masas de pseudo peregrinos, carteristas, fotógrafos, vendedores de recuerdos y de humo y demás personajes que viven de la continua y tan lucrativa feria del peregrino. Muchos siglos desde que se consolidó esta ruta por la pérdida de Jerusalén, y el mismo mercantilismo e interés monetario que en su origen. Aunque hoy en día el beneficio ya no sea solamente para la Iglesia, como lo fue durante los siglos anteriores, sino que se reparte a partes nada iguales entre los comerciantes, los aprovechados, las autoridades y la propia Iglesia.

Un negocio millonario que siguen cuidando en pueblos y aldeas con el buen trato a los peregrinos, pero que en la capital se convierte en un triste mercadillo en el que la fe, el misticismo, la espiritualidad, la historia, la cultura, el esfuerzo, la bondad, la solidaridad, la convivencia o el amor desparecen de golpe para dar paso al negocio, la horterada, la masificación y la ludificación de todo. Una pena. Como ya he dicho antes: el Camino morirá de éxito. Tarde o temprano. Don dinero es el que manda.

Con este objetivo se diseñó y consolidó el Camino hace siglos, por haberse quedado la Iglesia sin sus cuantiosos ingresos por la obligada visita a Jerusalén, y así morirá, muerto de éxito al son de los doblones de oro.




jueves, 11 de octubre de 2018

Caminando hacia poniente (de nuevo).


Puebla de Sanabria- Orense, 22 al 28 de septiembre de 2018



A Carlos Oriente y todos los que nos precedieron. ¡Siempre presentes!


Empiezo a redactar este relato un 8 de octubre, una semana después de haber vuelto del Camino de Santiago de este año, y justamente cuando conmemoramos la histórica manifestación contra la irracionalidad, el golpismo y la mentira, celebrada hace un año en Barcelona. Buen día, por lo tanto, ya que el paralelismo entre la reacción popular catalana contra el pensamiento único y la dictadura nacionalista y las experiencias de solidaridad, bondad, esfuerzo, alegría, igualdad e hispanidad del Camino son innegables. El bien y el mal. El esfuerzo, la generosidad y la sinceridad frente a la manipulación, la mentira y el robo. El camino correcto frente al atajo pestilente. La verdad frente a la mentira.

Me ha costado empezar a escribir este año. Igual se deba a que al llegar, un viernes, y previo descanso recuperador de 12 horas en la cama, el resto del fin de semana pasara de una salida teóricamente “light” con Ramis a tomar el vermú y comer en la Oktoberfest de la parroquia católica alemana de Madrid, a convertirse en una fiesta completa, acabando todo ello a altas horas de la madrugada con un buen “colocón” e imágenes difusas de todo lo que puede dar de sí un sábado de juerga. Pero sin nada que reprocharme ni a mí ni a los demás: risas, salchichas, cervezas, música, tómbola, bailes, la conga de Ramis al son de los 300€, pero todo ello de forma correcta, inofensiva, respetuosa y alegre. Como tiene que ser. ¡Malditos güisquis!

Combinaré, al igual que otros años, las notas manuscritas y casi telegráficas tomadas durante el camino con mi aportación “literaria” posterior. Vamos allá.

Sábado 22/9/18

Tren Madrid-Puebla de Sanabria y ruta Puebla de Sanabria-Requejo 12 km.

Salida desde Chamartín. A las 10:30 ya en la estación, desayuno basura, prensa y a esperar a Edu. Tren a Puebla (con cerveza mala y cara, 2,90 la lata). El año que viene compraremos una nevera desechable. Primer bote de 50€. Casi nos equivocamos a la salida de Puebla pero una señora nos corrige y carretera, bosques, carretera. A las 19 estamos en Terroso, iglesia de Santiago, fuente, cura con sotana y muchos feligreses, paradita y a las 19:30 en el albergue. 5 euros, cerveza en el rincón de Maite y a cambiar de bar a ver si dan el fútbol. 1 esloveno, un canario y uno de San Sebastián. Dice que le sueno de algún Camino. Cena huevos fritos con chorizo y ensalada. Vino y gol del Madrid. Queda la segunda parte.

De nuevo nos sentamos en un Alvia, ese proyecto de tren de media distancia que, comparado con las excelencias del AVE, más bien parece una diligencia de otras épocas. ¡Cuánta razón tienen nuestros conciudadanos de Extremadura, de Castilla, de León y de otras tantas partes de España en quejarse de las nefastas comunicaciones en pleno siglo XXI! La maldita y cobarde manía de todos nuestros gobiernos, desde los tecnócratas de Franco hasta nuestros últimos y tan estúpidos presidentes (pensad en ZP, en Mariano, en la media porción Soraya o en el último fichaje, el vividor y amigo de los aviones, los espejos y la autocomplacencia, el doctor cum fraude Pedro Sánchez y su enchufada esposa): todos ellos viles negociantes en manos de los nefastos chantajistas nacionalistas y populistas, vendidos por cuatro votos para seguir gobernando y favoreciendo a contrapartida las infraestructuras, los traspasos de competencias y las subvenciones a los enemigos de la patria, de la igualdad y la justicia. Y de paso dejando de lado al resto de nuestra nación, enriqueciendo a unos y empobreciendo al resto. 
Esperemos que, de una santa vez, España despierte y acabe con esta infausta herencia de taifas, reyezuelos, mentiras, corrupción y falsa historia sobre la que asientan su chantaje.

Poco que contar del viaje y de la primera y corta etapa; los abusivos precios del coche bar del Alvia claman al cielo: pagar 2,90€ por una lata templada de cerveza extranjera (si al agua sucia que embotella Heineken se le puede llamar cerveza) no es de recibo, más aún cuando se trata de un líquido sagrado y necesario para nuestro cuerpo y nuestra mente. El paseo de poco más de 12 kilómetros desde Puebla de Sanabria hasta el primer albergue fue eso, un fácil recorrido entre bellos bosques, riachuelos estancados y carreteras comarcales sin tráfico ni sombra. Está claro que no son horas para andar por tierras de España: de 4 a 7 de la tarde cualquier cristiano antiguo tiene que estar en casa, en su patio o en la cama con el orinal cerca. Hay tradiciones que seguir. Y honrar.

La aldea de Requejo nos recibió con un albergue normalito, pocos peregrinos aún desconocidos repartidos entre los 3 bares y una bella puesta de sol detrás de la siempre presente y bonita iglesia. Cerveza (asín si, a 1€, fresquita y Mahou), cena nada frugal (tampoco opípara, simplemente una ensalada variada y tres huevos con chorizo), partido del Madrid en televisión y a descansar. Intentando adivinar de dónde y cómo son los pocos peregrinos presentes. A sabiendas que en pocas horas se convertirán en conocidos, cuando no amigos, y que con ellos compartiremos muchas horas de ruta. Como siempre pasa. No se trata de una excursión gastronómica, ni de una visita a un bar de un centro comercial: estamos hablando del Camino. En mayúsculas. Otra historia, como bien sabéis los que ya lo habéis disfrutado alguna vez. Y como bien aprenderéis los que estáis a punto de iniciarlo.

Domingo 23/9/18

Requejo de Sanabria – Lubián, 20 km.

La noche dura, ardor hasta el final, casi no duermo … cosas de cenar fuerte . A las 7 en marcha, desayuno café y magdalenas. El canario se llama Manolo y el de Sanse Vicente. A las 9:30 en Padarnelo con el matrimonio escocés (ella irlandesa). Encantadores. Por casualidad su hija nació en la clínica Corachán. Cae el primer apodo: Don Vicente el Vascón y su amigo el doctor (alias Juan el Golosinas). Bárbara irlandesa, Clive escocés. Viven en Edimburgo. A las 11:30 llegamos a Lubián. Albergue con cocina completa, paseo, pueblo muy bonito, compra en súper y lavado de ropa. Música cocinando espaguetis… Camino total. Tarda una eternidad en hervir el agua, pero al final triunfamos con la pasta, 2 platos cada uno y el matrimonio aporta un tomate y una bolsa de aceitunas. 4 litronas mano a mano y aparecen otros españoles que se toman su fabada litoral. Parecen deportistas. Son las 3, toca siesta. Dura, con pesadillas y ruidos varios y el albergue se llena. 2 guarros de Tarrassa con sus porros y otros españoles, 20 personas en total y algunos se han tenido que ir. Paseo, iglesia (restaurada, pero cono chochonas, muy Ecce Homo), café en el bar de Vickie el Vikingo (Tejure), compramos cerveza y de vuelta a sellar entre charlas y chanzas (Nemesia Lubían Lubían se llama la hospitalera… de pura cepa). Segundo bote de 50€. Padre e hijo son de Granada (Orce, con el mejor embutido del mundo, cerca de Vera, de donde es la prima de Pepo) y Valencia. Paseo de nuevo al bar, cerveza y orujo y nos confirman que mañana abrirá Maria de Carracedo a las 6:30. A dormir.

No hemos tardado mucho en juntarnos con algunos de los pocos peregrinos que parten hoy con nosotros. Pocos por una obvia razón: Requejo no es final de etapa, por lo que los presentes ya son muchos. Nos juntamos con Vicente, de San Sebastián, pero originario de Galicia y Dušan, el primer esloveno que conozco. Seguro que caerá alguna conversación interesante, más aún cuando hace unas semanas estuve viendo un documental de 4 horas sobra la guerra de la ex Yugoslavia (si llego a saber que el amigo es profesor de historia ya le hubiera atacado la primera noche con mil preguntas sobre dicho triste conflicto, tan parecido en sus inicios al problema catalán, pero mi natural “timidez” me hizo esperar un poco). La ruta es bastante más dura de lo esperado, con subidas y bajadas constantes y un alto con cruce de un largo túnel de la antigua nacional incluido. Al lado discurre la nueva autovía, aunque en ambas carreteras los coches lucen por su ausencia. Si no recuerdo mal en 20 km habremos visto pasar un máximo de 3 vehículos. Igual se deba a que es domingo. O a que estamos en medio de la nada. A ambas cosas, supongo. 

Pasado el alto paramos en un pequeño pero curioso bar en Padarnelo, y hablamos por primera vez con Bárbara y Clive, un matrimonio irlandés / escocés de pura cepa. Cosas del destino: de jóvenes vivieron en Barcelona y Lérida, hablan un más que aceptable español y encima una de sus hijas nació en la clínica Corachán, sita en Sarriá y en la que nos trataron de cáncer tanto a mi como a mi madre. ¡Qué pequeño es el mundo! Un fácil paseo en bajada nos condujo a Lubián, una preciosa aldea cuidada con esmero (los altos de los alrededores están coronados por innumerables molinos de viento, significando cada uno de ellos 6 millones (de euros o pesetas, no nos aclaramos) de inyección para las arcas del pueblo: y se nota. Casi todas las casas están restauradas con sumo gusto, incluida la bonita iglesia, aunque en esta última las figuras recuerdan más a las muñecas "chochonas" de una feria que a los santos personajes. No llegan a la vergüenza del Ecce Homo de Borja, pero por ahí andan. 

El albergue es de los bonitos: casa antigua pero cuidada, cocina completa, bancos, sombra, castaños y panales de miel en la parte exterior y amplias terrazas para colgar la ropa y la bandera de Tabarnia. Toca dar la nota un poco. Viendo que se puede cocinar y que vamos sobrados de tiempo invitamos al matrimonio escocés a comer y compramos lo necesario para cocinar pasta. La eterna espera hasta conseguir que hierva el agua la amenizamos con música apropiada para los invitados: Rod Stewart para Clive y los Chieftains para Bárbara. Para rematar nos comentan que el primo de Rod tiene un hotel puerta con puerta con su casa en Edimburgo. Lo dicho, el mundo es un pañuelo. La pasta sale buena, acompañada por un buen tomate y unas aceitunas que aportan los guiris y bien regada con 4 o 5 litros de cerveza. Las miradas extrañadas de los demás no hacen mella en nosotros: la cerveza es buena y necesaria para los caminantes. Que ellos lo ignoren no es culpa nuestra. Ya aprenderán.

Después de una reparadora (más o menos) siesta nos sorprende la presencia de una decena de nuevos peregrinos en el albergue. Desde 2 deportistas con su lata de fabada litoral hasta un par de “guarros” fumando porros, hay de todo. El bonito albergue se ha quedado pequeño y nuestra inicial intención de dormir en el salón de la planta baja para partir a primera hora sin molestar queda olvidada. Ya han tomado posesión de las cuatro literas los porretas y un admirable padre granadino con su hijo. Admirable por su edad, su fuerza, su capacidad de andar con la mega ampolla en un pie que nos muestra, y encima simpáticos y divertidos. Gente sana, de un pueblo llamado Orce, famoso por tener el mejor embutido de España. Como otros tantos pueblos de España. Sin abuelas, pero ricos en deliciosas viandas. Esa riqueza no nos la quitará nadie. Ni los separatistas, ni los separadores, ni la maldita globalización y su comida basura ¡Viva el vino y viva el buen jamón!

Un último paseo al bar para asegurarnos de la hora de apertura del día siguiente, café y orujo y a descansar. Nota: Edu me llama la atención sobre el enorme parecido de la simpática camarera con Tejure (de la serie Vickie el Vikingo). Jamás hubiera pensado que los vikingos rondaron por estas tierras
Nos hemos quedado sin ver la famosa lobera o “cortello” del pueblo, aunque por suerte Vicente ha hecho el esfuerzo de acercarse y nos la describe. Como ya ponía en la guía, estamos en tierra de lobos, y hasta la prensa local hablaba ayer mismo de una manifestación en Zamora para alargar el permiso de caza del “canis lupus” unas semanas. La eterna lucha en estas tierras: hasta el punto que la fiesta tradicional de Lubián en otras épocas era atrapar lobos en su gigantesca lobera, atarlos vivos y humillarlos paseándolos por el pueblo en señal de victoria. Aquí lo explica con más detalle D. Felipe Lubián, sin duda familiar de la simpática hospitalera que nos atendió, llamada Nemesia Lubián Lubián. De pura cepa la señora, sin duda.

Lunes 24/9/18

Lubián - La Gudiña – 25 km

A las 6:30 en la puerta del bar, a las 6:50 aparece Maria y tomamos café con bollería (con Vicente y Dušan. A las 7:10 en marcha. (La amiga de Tejure ni es guapa ni tetas ni hostias). Camino duro pero muy bonito. A las 9:30 coronamos el alto y entramos en Galicia. Conocemos a nueva gente, Georg de Aachen y los simpáticos de la marihuana (ya he cambiado de opinión) me han dado un poco. Desayunamos en Vilavella, bocata de tortilla francesa y unas cervezas. (El entrar hemos visto un perro con pinta de lobo, pocos animales por ahora). El resto del camino sube y baja con mucho calor, pero bonito. Llegamos a las 14:00, paramos en el bar Oscar y llamamos al Albergue. Hasta las 7 no abren por desinfección. Algunos deciden ir a pensiones, nosotros hacemos tiempo comiendo hamburguesas, jamón asado, cervezas…. Paseo buscando tienda de zapatos para Vicente y Edu se hace un masaje en un fisio, volvemos al bar a esperar. La conversación va subiendo de tono sexual ;-.) Ya se habla de hacer un tatuaje a Vicente. 
Albergue, espera en el patio con todos, camas, ducha, música en el patio y de paseo con Don Vicente a un hotel al final del pueblo (aún no sabemos para qué), vuelta con luna llena y bonitas fotos y cenamos en el mismo sitio, jamón y calamares, poco más… a dormir.



Confiados en lo que nos dijo Tejure la noche anterior nos plantamos a las 6:30 en la puerta del bar. Por ahí rondaban ya un par de peregrinos estirados (de esos que van a la suya, no hablan, no comparten y te miran por encima del hombro), los cuales por suerte desistieron al rato y partieron en la oscuridad. Como Dios es justo, y más aún cuando estás haciendo el Camino, los chuletas se equivocaron de camino, y después de desayunar nosotros con tranquilidad (acompañados por Dušan y Vicente, es decir, el cuarteto ya fijo para lo que quedaba de Camino), nos topamos de nuevo con ellos. Cosas de las prisas y la soberbia. 

Hoy tocaba abandonar tierras zamoranas y entrar en Galicia por un tramo anunciado como bonito y duro, y así fue. El inicio en descenso constante entre bosques frondosos, puentes de piedra, riachuelos, una bella ermita y una oscuridad absoluta presagiaba un posterior y largo ascenso. Al rato (es decir, hora y media después) nuestros temores se confirmaron: el ascenso fue considerable, duro para algunos (sobre todo para mi), pero la llegada al alto, la entrada en Galicia a las 9:30 de la mañana, las preciosas vistas y el espléndido día que asomaba por detrás de los montes compensaron el esfuerzo previo. Ya de bajada el tramo fue perfecto y, rodeados de verde, con buena música sonando (2 cedés clásicos escuchamos paseando alegremente entre robles y abedules), llegamos sin problemas a Vilavella, donde nos recibió un perro que más bien parecía un lobo. Algún ancestro salvaje tendría, digo yo. Nos juntamos unos cuantos en un bar a tomar unos buenos bocadillos de tortilla a la francesa (con Tabasco que me pasó el mexicano porreta, que de golpe pasó de ser un guarro a un amigo peregrino más), los escoceses sentados con unos canadienses muy estirados y nosotros a lo nuestro, apurando las cervezas para afrontar el resto de la jornada. Un sube y baja constante, alternando caminos agradables y duros tramos de asfalto, nos llevó sin más sorpresas a La Gudiña (en español, si escribiera en gallego obviamente pondría A Gudiña, al igual que escribo Londres en español y London en inglés. Algo que los “lazis” en Cataluña no logran entender: los topónimos se usan, siempre que exista una versión, en el idioma en el que se esté hablando o escribiendo. En español Gerona es Gerona, Nueva York es Nueva York, Lérida es Lérida, y Huesca es Huesca. I en el cas de parlar en català Girona, Nova York, Lleida i Osca). 



La larga y pesada entrada por asfalto a La Gudiña nos deparaba otra sorpresa: el albergue estaba cerrado por fumigación y no abriría hasta las siete de la tarde. Varios peregrinos optaron, dado que eran las 2 de la tarde, por tirar de hoteles y pensiones, pero nosotros, fieles al espíritu peregrino (y considerando el precio de más de 35€ por habitación doble en la pensión más barata), optamos por hacer tiempo comiendo, paseando y charlando hasta que nuestro albergue abriese. La comida en el bar Oscar, a base de hamburguesas, calamares, jamón asado y algún capricho más, transcurrió entre risas y bromas sobre bares de luces rojas y mujeres que duermen de día, hasta el punto que se nos ocurrió buscar en Google “bares de citas en La Gudiña”. A la gracia de que el propio bar en el que estábamos apareciera como primer resultado, se sumó la sorpresa de que a los pocos minutos se presentara en el bar una mujer de mediana edad con pinta de tener la moral distraída, intentando acercarse a nosotros de modo discreto, pero claramente identificable. No tenemos muy claro si el Gran Hermano Google lanzó una alerta para que se presentara, o bien el dueño del bar nos oyó bromear y llamó a una conocida. Más tarde se lo comentaríamos entre risas y nos informó que era una chica portuguesa que iba y venía sin rumbo fijo…, como mínimo sonaba sospechoso. A partir de aquí ya tuvimos la broma a mano y cada dos por tres tiramos de la historia de la portuguesa para “picar” un poco a Don Vicente. Por no hablar del tatuaje que le íbamos a regalar una vez llegados a Orense. Había momentos en los que el bueno de Vicente no sabía a ciencia cierta si le tomábamos el pelo o si íbamos en serio, cambiando su semblante, cual veleta al viento, de la risa al pánico en cuestión de minutos. Por no hablar de Dušan, que alucinaba con lo poco que llegaba a comprender (entre mis parcas traducciones y su conocimiento del español) y nuestro jolgorio general. Si llego a saber que nuestro buen amigo esloveno recientemente había publicado un libro titulado “Amor, pecado y castigo. Imágenes y desarrollo de la moral del amor en Eslovenia hasta el siglo XIX” igual me habría cortado un poco. O quizás no. Ya nos conocéis: somos muy de la broma. 

Dejamos las mochilas en el bar y nos dedicamos a pasear arriba y abajo por la calle principal (al mismo tiempo carretera nacional), buscando por un lado una tienda para que Vicente se comprara unas sandalias, y por otro haciendo tiempo sin ton ni son. Nos cruzamos con un funeral, encontramos un fisioterapeuta que atendió con inmediatez y simpatía las dolencias cervicales de Edu, y finalmente nos dirigimos al Albergue a esperar junto al resto de caminantes la apertura del local y con ello la ansiada ducha y el cambio de ropa y calzado. El rato en el patio tuvo su gracia, conversaciones cruzadas, risas y al voluntarioso mexicano barriendo el polvoriento suelo y convirtiendo de este modo, cual chamán del desierto de Yucatán, la camisa blanca que la peregrina holandesa Anna van den Putten (sin risas, que es su nombre real) había lavado y colgado a secar, en una moderna camiseta color gris marengo

Llegaron a las 7 en punto los empleados de Protección Civil, airearon un poco el local, nos abrieron las puertas y pudimos instalarnos en un albergue amplio, limpio y cómodo. Por no hablar de la amabilidad y gracia de estos dos lugareños, algo extensible a todas las personas con las que nos habíamos cruzado desde que entramos en Galicia: el interés y la simpatía que muestran todos los autóctonos por los peregrinos es de agradecer, y en cierto modo comprensible: el Camino en Galicia lleva años recuperado y firmemente implantado, por no hablar de su aporte a las economías de aldeas, pueblos y ciudades. Y eso se nota en el trato de la gente. Somos parte de su paisaje, de su tiempo de ocio y de su economía familiar. Por no mentar su curiosidad por nuestros países de origen, nuestro recorrido y nuestras razones para andar por ahí cargando peso y desgastando las suelas de las botas. Como una continuación de las peregrinaciones de la Edad Media, en las que los caminantes eran portadores de noticias, novedades… y sobre todo poseedores de dorados doblones para pagar los diezmos correspondientes en Santiago (ese “Voto de Santiago” concedido por Ramiro I de Asturias e reinstaurado oficialmente por Felipe IV un 25 de julio, día del Patrón, de 1643). Esa descarada simonía que siempre ha servido para mantener la parte oscura de la Iglesia.
Un último paseo hasta el final del pueblo a tomar una cerveza en un hotel, a instancias de Vicente (aún nos estamos preguntando por qué diantres fuimos a dicho local), una vuelta disfrutando de una espectacular luna y una ligera cena, de nuevo en el ya mítico bar de citas Oscar, cerraron este día largo, duro, pero bien entretenido. 

Martes 25/9/18

La Gudiña – Campobecerros 20,1 km.

A las 6 en pie, a las 7 desayunando donde la cena. Noche con radio, sin ardor y tranquila. Buen albergue. Apunto mail de padre e hijo Andres y Emilio, para mandar enlace blog. Apuesta sobre la edad de Dušan, ver foto. Al final tiene 55 años, pierde Bárbara. Camino precioso con la montaña en un lado y el embalse Das Portas (río Miño) al otro. La luna poniéndose en un lado y el sol saliendo por el otro. Algo raro de ver. Andamos con Viva México cabrones (Luis y Juan) y Dušan. Etapa genial, bajada final dura de 1 km y albergue de Rosario increíble. En su tienda compramos cebolla, chorizo, pan, pasta (penne) y bebidas y tomates (regalados) y a cocinar, siguen todos de largo menos Bárbara y Clive, Dušan y el tonto resabido. Es navarro. Y tonto. La comida sale buena, pasta y ensalada de la huerta que está a 2 metros de la ventana. Ahora toca café y cobrar la apuesta de la edad de Dušan . Dice Vicente que la portuguesa no es puta.
Clive sabe de todo, es como Google pero en ecológico. “The Green Googlelin·.  Dušan tiene 55 años, hijo de 19 que nos sigue a una etapa, y una hija de 28 doctora dentista, él es historiador. Tarde de risas, futbolín, música y “Saber y Ganar” en la tele: con Googlelin y Dušan no hay quien gane. Ponemos tercer bote, 50€. Hay un perro mata peregrinos, Juas juas. The Killer Dog, O the Pilgrim Killer. El que lo ha dicho es el tonto notas del pueblo, como dice otra lugareña. En todos los pueblos hay uno. Siesta hasta el momento clave: con una garrafa en ristre y a grito pelado una señora mayor irrumpe en el albergue: “¿No habrá nadie durmiendo verdad? A tomar por culo la siesta, y contesto desde mi litera “Ahora si que ya no duerme nadie”. Pues a beber de nuevo. En la puerta de la tienda con Dušan y Ana (la del apellido gracioso). Nos reímos observando a la abuela Esther matando moscas a cámara lenta. Deben llevar 4 años dando vueltas a su cabeza.  Cervezas en el bar, viendo al Mágico, ya algo piripi todos. Ganamos, risas, hacemos cantar a todos (Apañó, Apañó), cena secreto ibérico y al albergue. A las 10 en cama, llegan los nuevos ciclistas media hora después y no molestan nada. A dormir.



Esta cuarta etapa fue sinceramente memorable. Y eso que, con todo lo que sucedió, en el fondo apunté bien poco en mi sempiterno cuadernito. Como comentó Bárbara, las anécdotas de este día darían para un relato aparte. A las 6 ya estábamos en pie, y a las 7 en punto desayunábamos en el mismo lugar de la comida y la cena del día anterior. No quiero pensar mal, pero habiendo varios bares y restaurantes a lo largo de la calle principal no entiendo la fijación de Vicente por repetir en el mismo sitio (por sus aromas portugueses, supongo). Bromas aparte, partimos pues a buena ahora y nos encontramos ante un tramo de los más bonitos que he recorrido en todos estos años (y van ya 18). Andando por la cresta de unos preciosos y verdes montes, con las montañas a un lado (Verín y al fondo Portugal) y el embalse Das Portas (río Miño) al otro, el esfuerzo de la larga subida y la posterior bajada quedó diluido entre el placer de una naturaleza limpia, unas vistas espectaculares y un fenómeno del que pocas veces se puede disfrutar: a nuestra izquierda se ponía la luna tras las lejanas montañas, y a nuestra derecha despuntaba el sol reflejándose en las azules aguas del embalse. Impresionante. Y todo ello en un absoluto silencio, con nada más que algunas pequeñas ventas desperdigadas por el recorrido, y 2 únicas personas que vimos durante nuestra marcha. El último tramo fue tal como estaba anunciado: una fuerte bajada casi campo a través nos dejó a la entrada de la pequeña y cuidada aldea de Campobecerros. Lo único que rompía el idílico ambiente eran las obras de varios túneles para el nuevo AVE, aunque para los lugareños sean una bendición: mejores comunicaciones para el futuro y un tropel de trabajadores durmiendo y haciendo gasto en el pueblo. 

Paramos en la primera (y única) tienda de la localidad, regentada por Rosario, dueña también del precioso albergue. Sentada en una mecedora descansaba su muy anciana madre, intentando ahuyentar las moscas con una destreza que certificaba años de práctica (la misma destreza adquirida por las moscas para evitar con cuatro aladas los ataques furibundos de doña Esther). Algunas risas cayeron observando a la buena señora. Nos instalamos en el albergue (algunos siguieron la ruta, por lo que solamente nos quedamos los cuatro jinetes del apocalipsis, además de Clive y Bárbara, Anna van den Putten y un resabido y desagradable navarro. (Ya volveré a hablar de este personaje más adelante). Visto el impresionante comedor y su cocina bien equipada decidimos volver a cocinar: y como por añadidura la atenta y servicial señora Rosario suele regalar las verduras de su huerta a los peregrinos (de este simpático y generoso detalle ya nos había informado Vicente el día anterior), compramos pan, pasta y bebida y lo combinamos con tomates, cebollas, ajos y pimientos de la huerta casera. Realmente buenos. Como los que compramos en el Alcampo o el Carrefour, pero al revés. Naturales y con un sabor exquisito. 

Durante la comida se nos unieron en la mesa Bárbara y Clive, que en vez de aceptar nuestra nueva invitación a comer pasta optaron por unos bonitos tomates de la huerta y el pan recién llegado en la correspondiente furgoneta. Años llevan en las aldeas con este servicio, mientras que en las grandes urbes nos sorprenden servicios como Amazon Prime. Está todo inventado, aparte de que en las ciudades “nos engañan”, como cada tanto va recordando Edu. Después de comer quedaba pendiente cobrarnos una apuesta: horas antes, durante el trayecto, habíamos apostado sobre la edad que tendría Dušan, y resultó perdedora Bárbara. A por los cafés pues. (Bárbara no es muy ducha en acertar las edades, o quizás demasiado generosa: el primer día le supuso 42 años a Edu y unos 47 a mí. Thanks Barbara!). Tomados los cafés y algún chupito de hierbas decidimos optar por una reparadora siesta, más aun siendo tan pocos en el albergue, algo que garantizaba una tranquilidad poco habitual en el Camino.

El espectro con la garrafa (una historia aparte)

Echados en nuestras literas, cual jovenzuelos de campamentos o reclutas en los ya desaparecidos y con tanta ilusión recordados CIR del ejército español, dormitando, leyendo o escuchando música, nada parecía poder perturbar nuestro merecido descanso. Craso error. Habíamos superado ya casi todos la fase de adormecimiento y algunos hasta disfrutaban ya del ciclo de sueño ligero, cuando unos gritos y ruidos nos despertaron cual avisadora señal del inicio de la invasión francesa. Desde mi litera no llegaba a ver con claridad quien había sido el o la causante de este estruendo, pero si qué entendí con toda claridad el grito de batalla final del intruso: “¿No habrá nadie aquí durmiendo la siesta, verdaaaaaaad?”. Me asomé, y plantada en el medio de la sala, distinguí a una anciana señora, toda ella vestida de negros y grises, con una garrafa vacía en una mano y unas llaves en la otra, gritando divertida y moviendo la garrafa al ritmo de sus gritos, cual cencerro al cuello de una vaca local. No pude más que contestar en un también alto tono de voz; “Ahora sí que ya no duerme nadie, señora”. Me salió del alma. Hasta los amigos guiris se partían de risa. Adiós siesta. Nos levantamos pues a regañadientes, mientras la susodicha señora seguía en la puerta con sus monólogos, sin prestar atención ni a mis comentarios ni al grupo de ciclistas que justamente en ese momento llegaban al albergue. “Nunca hay que dejar la puerta del albergue abierta”, iba murmurando, “hay que hacer como yo, que siempre ando con mis llaves en la mano y mi casa a salvo con la puerta bien cerrada”. Nos acercamos al bar de Rosario a tomar un café y comenté la extraña aparición de la señora con la dueña. Mi retrato de la invasora no sirvió de mucho: la describí como una señora bajita, de negro y de unos 85 años, a lo que me contestó la señora que esa descripción encajaba con la mayoría de los habitantes de la aldea. Esa triste y constante despoblación del medio rural. En cualquier caso, se quedó bastante intrigada, y a los pocos lugareños que pasaron les iba preguntando quién podría ser esa señora que nos desveló a media tarde. Al final se quedó en un misterio. Nadie parecía conocerla. O quizás no querían admitir que era un familiar. O confesarnos que era la tía Aurelia, fallecida hace varios lustros. Nunca lo sabremos.


No nos quedaba otra opción que volver al bar. Y encima jugaba el mágico Real Club Deportivo Español, y no nos íbamos a perder el partido por nada del mundo. Después de muchos, pero muchos, muchos años, nos estamos codeando con los líderes de la categoría. El sitio que nos corresponde. Por historia, por valores, por ser pericos. La mejor gente que hay. Hicimos tiempo tomando algunas cervezas, intercalando hierbas del lugar y unas partidas al futbolín y hasta estuvimos viendo con Dušan y los amigos gaélicos una parte del diario y mítico concurso “Saber y ganar”. El inmortal Hurtado iba planteando sus preguntas, sobre música, sobre historia, y, pese a ser guiris, tanto Clive como Dušan respondieron con acierto a muchas de las cuestiones. Como comentó Barbara, Clive sabe de todo, es como un pequeño Google (aunque físicamente nos sacaba a todos un mínimo de 15 centímetros), y Dušan, siendo historiador, nos sorprendió con alguna respuesta que ni los propios concursantes fueron capaces de contestar. ¡Y todo ello en un idioma extraño para ellos! ¡Cuánto tenemos que aprender en España, qué poco leemos y qué poco sabemos! Sobre todo, las nuevas generaciones. Ya lo dice Claudia a Jorge Juan en un pasaje de la novela “El espía del rey” que estoy leyendo y disfrutando estos días: “Me sorprende ver que en España todo el mundo opina de todo. Desde que estoy en Madrid no he oído a nadie indicar que no tiene conocimientos para formarse una opinión de un determinado tema”. Así nos va. Nivel Rufián. O Talegón. O de cualquier otro de la inmensa piara populista, izquierdista, inculta y altiva. Y resabida. 

Casi se me olvidan dos detalles sobre animales: delante del bar andaba dando vueltas un simpático perro negro, ladrador, pero a todas luces inofensivo, hasta que un tipejo que estaba apoyado en la barra nos espetó que tuviéramos cuidado, que el susodicho can ya había atacado a varios peregrinos. No pudimos hacer más que reírnos a rienda suelta del personaje, que obviamente (como nos confirmó más tarde una lugareña) simplemente quería llamar la atención. Tontos hay en todas partes, como bien dijo la señora. Entre Bárbara y yo bautizamos al momento al simpático perro: The Pilgrimkiller. El mataperegrinos. Por otro lado, y a media cena, un fuerte ruido a cencerros hizo que todos nos levantáramos, como empujados por un resorte, a ver que se cocía en la calle. Urbanitas que somos. El gran y estruendoso suceso no fue más que un simple rebaño de cabras que bajaba de los pastos guiado por el pastor, se supone que para recogerse en su corral. 

Una buena cena con secreto ibérico, vinito y los goles del mágico Español redondearon una jornada memorable. Hasta conseguimos que todos los comensales siguieran nuestros cánticos al finalizar el partido. ¡Apañó, Apañó! Pleno de felicidad me dormí con una sonrisa en los labios y con un ojo entreabierto por si volvía el ruidoso espectro, muy parecido al “Poltergeist” de las leyendas germánicas, que literalmente significa “espíritu que hace ruidos”. Como la señora de negro.

Miércoles 26/9/18

Campobecerros – Alberguería 27,1 km.

A las 4 de la madrugada empiezan los paseos al baño, y a las 6 ya nos movemos. A y media estamos ya en la puerta del bar esperando a que abra, y en punto a las 7 aparece la señora en una especie de negligé, casi sin hablar y hasta con problemas de sordera. Aun así, tomamos nuestros cafés con magdalenas y nos ponemos en marcha los 4 (Don Vicente, Dušan, Edu and me). Camino muy bonito, sube y baja, impresionantes obras del AVE a lo lejos y andando por los bosques con buena música (2 discos enteros, Céltica e Hispánica). En Erias hay un pequeño puesto sin atender con café, galletas y después de una mini parada y una dedicatoria al bufón de Rufián seguimos, y a las 10:20 ya estamos en Laza, mitad de la etapa. Compramos chorizo, queso y cervezas y desayunamos en la calle. Al rato seguimos alternando carretera y caminos hasta Tamicelas. Ante la dureza anunciada del cortafuegos final (4 o 5 km) , paro a un señor del lugar  que pasa con su caballo y carro y le pregunto si por 10€ nos puede subir a Vicente, a mí y las 4 mochilas hasta el albergue. Dice que con el carro a caballo no, pero que con su coche sí. Solucionado.  Albergue y bar de lo más curioso, conchas firmadas a miles… y eso que el hospitalero empezó en 2004. Ducha y a esperar a los valientes. Edu no tarda mucho (45 minutos creo), y Dušan un poco más. Apunto el mail de Dušan: y su móvil. Calimero es Navarro. O viceversa. No tiene amigos.
Un milagro: el hospitalero de Alberguería es del ESPAÑOL de toda la vida. Nos cuenta una anécdota de un peregrino de Gerona que en el 2010 durante el mundial pasó por ahí Gerona y le arrancó la bandera de España…, por lo que hubo bronca. Se va a ganar la bandera de Tabarnia. Llega un (ruso) húngaro mayor y solamente habla alemán. Bela. La holandesa Ana, ataca mucho  . También está Anneliese, de Stuttgart.
Entre el apellido de Anna (van den Putten)  y que Anneliese se apellida Voegele (pajarito), que también significa hacer el amor en alemán, las risas se multiplican. Cocinamos Dušan y yo para todos, sale bueno (pasta con atún), cafés, chupitos y pierde el puto Barza. ¿Qué más queremos? Aparece el Calimero (que se había quejado del precio de la cena) y le multo. Se va indignado. A chuparla. La tele por cierto es UHD 4k (profundidad tiene)  (ver fotos). Pierde el Madrid 3-0 y a dormir.


Sin sobresaltos descansamos hasta las 4 de la madrugada, hora en que empezaron los paseos a los aseos. Por la similar edad de los caminantes, las vejigas y su capacidad de retención también iban a la par. Incluyéndome a mí, obviamente. A las 6 estamos ya listos esperando la apertura del bar. Teniendo en cuenta que la etapa del día iba a ser la más larga del recorrido de este año hubiera sido apropiado partir sin degustar el café, pero no nos pudimos resistir y esperamos hasta las 7 para calentarnos un poco y partir en plena forma. El camino volvió a ser espectacular, subidas y bajas por frondosos bosques, espectaculares vistas, impresionantes obras del AVE a lo lejos y unas horitas de música a pleno volumen sin molestar más que a los centenarios robles y a algún que otro bicho que andaría por los matorrales. Este año ha sido realmente parco, cuando no nulo, en avistamientos de animales salvajes: el perro lobo de hace unos días, el caballo en Lubián, el perro asesino mata peregrinos de Campobecerros, el rebaño de cabras, alguna vaca en la lejanía y poco más. Igual habría que añadir al navarro pesado a la categoría de animal. Para sumar y tal. 

Una corta parada en un pequeño puesto de reposo en la aldea de Erias, con galletas y café a nuestra libre disposición, y un libro de dedicatorias que aproveché para mandar un caluroso saludo a los malditos “lazis” y en especial al gordo e impertinente Gabriel Rufián, y a las 10:30 ya nos plantamos en Laza, más o menos a mitad de etapa. Como nos sobraba pan compramos los necesarios complementos, léase chorizo, queso y cerveza, y desayunamos en plena calle antes de afrontar los siguientes 13 kilómetros. Alternando caminos al lado de la carretera y cruzando bonitas aldeas llegamos sin mayores problemas a Tamicelas. Yo iba bastante molido, Vicente también, y ante el desafío que representaba la última subida, unos 4 o 5 km en vertical por un cortafuego, decidí interpelar a la primera persona que viera a ver si nos podía subir hasta el alto, que coincidía con el final de etapa. Un señor entrado en años se acercó con un caballo tirando de una desvencijada carreta, y mi propuesta de subirnos a Vicente y a mí más las 4 mochilas por unos módicos 10€ la aceptó sin pensárselo 2 veces. Eso sí, liberó al pobre y joven caballo del esfuerzo y nos auxilió con su utilitario.



Llegamos Vicente y yo,

como ancianos sufriendo perlesía, 

cansados y sedientos 
a la bella aldea de Alberguería



Mientras tanto los valientes Dušan y Edu afrontaban ligeros de equipaje y llenos de brío y alegría la para mi terrible y temida subida. ¡Pesan los años! 

Un rústico albergue con todo lo necesario, desde una cocina completa hasta un salón comedor con capacidad para varias decenas de comensales, una guitarra con sus seis cuerdas intactas y hasta utensilios para preparar una queimada, por no hablar de los miles de conchas firmadas que colgaban del techo, presagiaba otra jornada interesante. Y así fue. Vicente y yo hicimos tiempo con algunas cervezas, ducha y decorando la terraza con la bandera de Tabarnia, hasta que poco más de 40 minutos más tarde ya apareció Edu y poco después también Dušan. Los valientes e incombustibles peregrinos ya estaban con nosotros, por lo que nos dedicamos a la tertulia en la terraza del bar del hospitalero, el sorprendente Don Luis. Nos contó que inició su aventura con el bar y el albergue en el 2004, y que desde entonces no ha parado de pedir una concha dedicada a cada uno de los peregrinos que han pasado por sus estancias. Por miles cuelgan de paredes y techos, tanto en el bar como en el albergue, y para sorpresa de todos y a pesar de su ingente número el propietario fue capaz de encontrar al segundo una concha firmada por los “Irreductibles” del RCD Español unos años atrás. 

Algo de truco había: Don Luis es seguidor del Español de toda la vida, ha tenido pubs y bares en Esplugas y en Cornellá, y encima es amigo de Tomás Guasch. ¡Viva Tabarnia! Como os podréis imaginar no tardé ni un minuto en descolgar la bandera de Tabarnia con la que había decorado la terraza del albergue y regalársela, nombrándole de forma “oficiosa” embajador de Tabarnia en Alberguería. Poco a poco vamos conquistando aldeas y corazones. Esto no hay quien lo pare. 



Vistas las facilidades del albergue y teniendo en cuenta que éramos solamente ocho personas propusimos cocinar pasta para todos y cenar juntos en el espléndido salón. Todos se apuntaron, y hasta tuve el detalle (que no se merecía, como veréis más adelante) de invitar al pesado navarro a unirse a nosotros. Mientras el grupo se quedaba al sol apurando cervezas y relajando las piernas, Dušan y yo nos pusimos manos a la obra, cocinamos pasta, añadimos atún, ajo, cebolla y tomate, Vicente preparó la mesa como si fuera una boda y cenamos a gusto todos juntos escuchando música, riendo e intercambiando teléfonos y direcciones de correo. Por los elogios y el completo vaciado de la olla quedó claro que el plato agradó a todos. Tanto que Bela, el húngaro solitario que se unió al grupo ese día, repitió 3 veces. ¡Qué aproveche! 
Recogido todo acabamos en el bar viendo la derrota del Real Madrid, charlando con Don Luis y ahogando nuestras penas en cervezas y chupitos de hierbas. En un momento dado Vicente comentó que el navarro se había quejado del precio de la cena: le parecieron caros 7 euros por 2 cervezas en la terraza, 2 platos de pasta, pan, vino y nuestra compañía. Me enrabietó tanto el comentario que al aparecer el susodicho le espeté un “Tú de qué vas” en tono claramente amenazante. Multa. Salió disparado y ya no volvimos a cruzar palabra alguna con él. Por la noche hasta me dio un poco de pena, pero logré olvidarlo. ¡Qué le den! Por desgracia cada año aparece algún tiparraco de estos: pesado, entrometido, sabelotodo, desagradecido, borde… Me imagino que este tipo de gente hace el Camino porque nadie les aguanta en casa. Pero a pesar de este nimio detalle fue un día completo, diferente y memorable. A dormir tocaba.

Jueves 27/9/18

Alberguería - Xunqueira de Ambía 22 km

A las 6:30 nos levantamos, pero sim prisas, ya que Luis no abre hasta las 8. Hoy en teoría es fácil, 21,8 km. Después del desayuno paseo bonito y a las 10 ya estamos en Vilar del Barrio (hemos salido a las 8:10). Paradita, cafés y seguimos. Camino eterno con una recta interminable, pero bonito. Con la tormenta siguiéndonos, pero sin pillarnos, hasta Bobadela, donde hacemos la última parada, cervezas y olivas picantes, y charla con el hospitalero/bombero/protección civil.  Quedan unos 4 km. Albergue perfecto al entrar en el pueblo, municipal, con Bela que llega, y nos vamos a comer los cuatro el menú al bar Tomás. En la terraza menú correcto (ensalada, pechugas de pollo, cervezas y vino con gaseosa) y una francesita vieja, enana y fea pero simpática en la mesa de al lado. Flanes con nata de postre, y aparece el multado Calimero que nos mira con cara de miedo. En vez de ir al albergue se ha instalado aquí: por algo será. Vaya cagado. Café, orujo, vuelta al albergue y a las 7 de nuevo al pueblo a misa a la preciosa iglesia (me falta averiguar porque tienen la bandera de la Orden de Malta en el altar y las vidrieras). Esta mañana hemos puesto el último bote, 30€, en total pues 180 euros. No está mal. Como cambia cuando cocinas en los albergues y bebes menos. Después de misa subimos al Albergue a sellar en el Nissan del Hospitalero, nos vuelve a bajar y hacemos otros cafés y orujos en una terraza en la que vemos a un peregrino andrógino, que acaba en nuestro albergue (más tarde sabremos que es de Elche... y un poco pesado). A las 10 en la cama. Queda una etapa.


El final del camino se acercaba. Como cada año la “morriña” empezaba a impregnar el aire, y eso que aún nos quedaban dos etapas. Nada nuevo, la intensidad del Camino tiene eso, más aún cuando la realidad que te espera a la vuelta no tiene ni uno de los ingredientes de esta anual peregrinación. Libertad, salud, naturaleza, esfuerzo, solidaridad, recogimiento, silencio…, tantas cosas que echaremos de menos, que más vale mirar al cielo, cerrar los ojos y empezar a pensar en el siguiente tramo. 

Madrugamos como siempre, pero sin prisas esperamos a que Don Luis abriera su curioso e inolvidable bar para tomar nuestro café de rigor y emprender la marcha. Unos pocos kilómetros, 22, nos esperaban, por lo que nos lo tomamos con toda la calma del mundo. En un agradable paseo (a pesar del excesivo asfalto) y sin ninguna dificultad a resaltar nos plantamos en Vilar del Barrio a las 10:30 para tomar un café y afrontar el resto de la etapa calentados por dentro. De ahí hasta Bobadela caminamos por una interminable recta de más de 5 km. con una amenazante tormenta pisándonos los talones, aunque nuestro ritmo se impuso a la naturaleza y cual liebre escapando en zigzag del acoso del lobo llegamos a dicha localidad para hacer la última parada. 
Con unas cervezas en la mano y unas olivas picantes de aperitivo entablamos conversación con el responsable de protección civil, que al mismo tiempo era el hospitalero de nuestro albergue en destino, además de bombero y varias cosas más. Persona muy agradable, bromista y servicial hasta el punto de que se ofreció a llevarnos las mochilas en su todoterreno. Obviamente renunciamos a la tentadora oferta: solamente quedaban 4 km de trayecto, sin altos que coronar, ríos que vadear o puentes que cruzar. Al entrar en Xunqueira nos topamos directamente con el albergue municipal, bien cuidado, completo, con varias duchas y aseos, una buena cocina y un gran salón para descansar y charlar. Aunque poco uso le dimos a estas magníficas instalaciones: nos aseamos, dejamos a Bela a cargo del local y nos fuimos paseando al pueblo a comer algo y admirar lo cuidado del entorno y la belleza de su famosa iglesia (con origen románico y pasado templario). Una comida normalita en la terraza del bar Tomás, durante la cual conocimos a una francesa que estaba dando tumbos por el Camino ella sola con total desparpajo (a pesar de su avanzada edad, su mínima estatura y su poco agraciada cara. Pero ya sabemos que lo importante son los valores interiores), acabó con la entrada sorpresiva del Calimero navarro, que sin atreverse a mirarnos a los ojos se instaló en el local (era hotel también) y se puso a comer solito en la barra interior. En vez de ir al albergue y afrontar su no saber estar,  se escondía de nosotros. ¡A mí, plim! (Dicen algunas fuentes que esta expresión proviene de la referencia al General Prim: cuando a alguien se le preguntaba “¿A quién prefieres para sustituir a Isabel II?", la respuesta común y evasiva, como queriendo decir que les llegaba con el General, era: “A mí, Prim”). 

Cafés, orujos y charla en otro bar y volvimos al albergue a hacer tiempo. A las 7 de la tarde bajamos a la iglesia ya que algunos queríamos asistir a misa, mientras los demás se quedaron fuera charlando con nuestro amigo el hospitalero, el cual se ofreció a subirnos al albergue para sellar después de misa, y volvernos a bajar al pueblo posteriormente para cenar algo. No estamos hablando de grandes distancias, pero ahorrarnos unos 2 km siempre va bien. El último ratito antes de volver a descansar lo pasamos de nuevo en una terraza, compartiendo anécdotas, intentando averiguar el sexo de un peregrino andrógino que se sentó cerca nuestro (resultó ser de Elche, bastante pesado, rozando el nivel del sabihondo navarro), aunque no nos dio tiempo a conocerle a fondo, apartarle y en su caso multarle. Otro año será. (Y quién sabe, igual era una persona encantadora, servicial, culta y divertida. Chi lo sa!). 
Eché una mirada al diario local, que por casualidad hablaba del románico “franquista” que protege el alcalde de Xunqueira, que al parecer se niega a retirar las doce fuentes con el yugo y las flechas que siguen adornando las calles de la bella localidad. Esa maldita ley de “memoria histérica” que lo único que pretende es imponer la mentira de los perdedores a la verdad de nuestra historia patria. Chusma populista, falsa, interesada y engreída. Para al final acabar siendo defraudadores, plagiadores o ladrones. 

Así acabo esta penúltima etapa, acostándonos a las diez y con la vista puesta ya en la finalización del Camino y la planificación del siguiente.

Viernes 28/9/18

Xunqueira de Ambía – Orense 22,3 km.

A las 5:45 suena el despertador de Antela, y a las 6:30 estamos en la puerta del bar que prometió abrir a las 6:40. En punto aparece la simpática chica, cafés y al lío y a por los últimos 22 km de este año. A las 8:40 hacemos la primera parada para esperar a Dušan. Llevamos ya 10 km desde el albergue. A las 11:30 sin sorpresas y con una horrible entrada a Chernobil / Orense llegamos al albergue (hacemos un mínimo de 2 km en subida por dentro de la ciudad). Tomamos unas cervezas en la terraza delante del albergue, Dušan y Vciente dejan sus mochilas en el bar (el albergue no abre hasta la 1) y bajamos por unas escaleras a la catedral. La visita es de pago por lo que nos limitamos sellar, vamos a la plaza mayor y optamos por bajar un poco más hasta el mercado de abastos a picar algo. El pulpo soñado (nos explican que las pulpeiras están solamente el domingo) en el único bar que encontramos sale malo malo, pero bueno, mala suerte, Ultima foto de despedida los 4 con Dušan y pillamos un bus de línea a la estación. Sacamos el billete a Vicente y tomamos unas cervezas finales. Vemos al doble de Luis (embajador de Tabarnia en Alberguería) y en un horrible (por eterno) viaje de vuelta con retraso de 40 minutos llegamos a las 8:45 a Madrid. A las 9 en casa, molido, a las 9:15 en la cama.



Última etapa. Decidimos madrugar para intentar llegar con tiempo a Orense y, si fuera factible, aprovechar las aguas termales de la ciudad antes de emprender el viaje de vuelta a la cruda realidad de la gran urbe, los horarios, los pesados, los políticos, los saldos negativos en el banco y el esplín absoluto que sin lugar a dudas me invadiría a la vuelta. La noche anterior una simpática camarera de un bar nos prometió que a las 6:40 abriría su bar para desayunar, y cual reloj suizo de gama alta abrió en hora y nos atendió con presteza y dulzura. Esa ternura que tienen las gallegas y que las hace tan agradables. Buena tierra, sin duda. Andamos los cuatro a buen ritmo hasta que tuvimos que hacer un alto para esperar a Dušan ante un desvío no previsto en busca de un bar. Solamente eran las 8:40 de la mañana y ya habíamos recorrido más de la mitad de la etapa. En un camino a pie de carretera que ya anunciaba la llegada a una gran ciudad, con los consiguientes polígonos industriales a cruzar y la gris realidad urbana destrozando paso a paso la naturaleza, la belleza y la tranquilidad que habíamos disfrutado durante una semana. Como en todas las etapas del Camino que cruzan grandes ciudades: un contraste que igual en otras épocas, pienso en la Edad Media, significaba un alivio para el peregrino, lugares con vida, servicios, hospitales, portuguesas de vida alegre, seguridad y cobijo, pero que a todos nosotros se nos antojaban más que molestos. 
Pensar en las entradas y salidas de León, Burgos y hasta la propia meta final en Santiago, me volvía a reafirmar en mi idea (y la de casi todos los peregrinos, supongo) de que lo más bonito del Camino no es llegar, sino andar. Como bien canta mi admirada Cecilia en su bella “Andar”, canción que todos los años y en cualquier tramo del Camino acabo cantando, escuchando, recitando y hasta enseñando a algún caminante. Me sale de dentro, me emociona y describe a todas luces lo que para mí significa esta caminata anual. 


Aunque el camino sea estrecho,
El polvo se pegue al cuerpo, 
Aunque los vientos me arrastren, 
Sigo mis sendas sin lastre 

Andar como un vagabundo, 
Sin rumbo fijo, sin meta, 
A vueltas de veleta, 
Al soplo del viento al azar,
El caso es andar


El resto del día tuvo poco misterio. Una interminable subida hasta el albergue donde se quedaría Dušan, unas cervezas en una terraza, una rápida visita a la catedral para sellar (la visita, como en tantos otros lugares, es de pago, por lo que lo dejamos para mejor ocasión), y un intento de tomar una buena ración de pulpo en esta ciudad conocida sobre todo por sus pulpeiras y sus termas. Pulpeiras que para desgracia nuestra solamente están los domingos, por lo que nos tuvimos que conformar con una tapa de pulpo salado, pasado, caro …, en resumen, un pulpo de mierda. Como un gatuperio de la peor taberna del puerto más sucio de las indias españolas en la gloriosa época de descubrimientos, conquistas y fundación del glorioso imperio hispano que tanta falta nos hace en estos días. Unas últimas fotografías delante del mercado de abastos y un corto recorrido en el bus urbano acabaron con los tres (Vicente seguía con nosotros para sacar su billete de vuelta) sentados delante de la estación apurando la última cerveza juntos y planificando ya las próximas escapadas. 


Dios mediante será el Camino Portugués desde Oporto, aunque nunca se sabe por dónde soplarán los vientos del destino y que aguas descargarán las tormentas de la vida.


¡Ultreia et suseia!


P.D.:  Un saludo muy especial a Vicente, a Dušan, a Barbara y Clive, a Andrés y Emilio, a Anna van den Putten, a Anneliese, a Bela y a todos los demás peregrinos (Calimero incluido) que este año se cruzaron en nuestro camino. O nosotros en el suyo. 
 ¡Buen Camino amigos!