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miércoles, 8 de enero de 2020

Año I, día 2.


Para desgracia de todos nosotros el nuevo año, que no la nueva década, no empezó el 1 de enero, como marca el calendario gregoriano por el que aún nos regimos en el mundo occidental, al que visto lo visto le queda menos vida que lágrimas a los neo-comunistas vividores de Podemos. El desgraciado año nuevo empezó ayer, día 2 del nuevo régimen y día 8 del calendario aún vigente. Porque de aquí nada igual se les ocurre adoptar el calendario chino, lo que nos llevaría al 4.717, o peor aún, y más en línea con sus patrocinadores iraníes, al año 1.441 del calendario musulmán. Del calendario hebreo ni hablar, eso lo dejan para los malotes extremistas pro-Israel de VOX.


Porque el falso progresismo de los nuevos aliados del Frente Popular que han tomado la Moncloa al asalto a base de mentiras, triquiñuelas, sobornos turolenses, amistades asesinas y ocultaciones varias (igual que hicieron en 1934), está bastante más cerca del siglo XV que del XXI, por mucho que se les llene la boca de palabras como progreso, libertad, justicia, igualdad y demás gritos infantiles que no llegarían a oír ni su propio eco en el más profundo de todos los valles. Arengas y proclamas al viento que mejor les sienta, el de la demagogia, la mentira, el egoísmo, el revanchismo y el nepotismo.

Hemos pasado varios años insistiendo en la similitud de los dirigentes de Ciudadanos con las veletas, algo innegable por otro lado, pero quizás no hemos insistido lo suficiente en algo mucho peor: la mentira permanente, institucionalizada, aceptada y refrendada por las masas enfervorizadas al grito de “¿Qué hay de lo mío?”, “Muerte el capital” o “Chalés para todos”. Marxismo en su pleno esplendor: mentir, manipular, tergiversar y matar si hiciera falta. Todo vale para llegar al poder. Y así ha sido.

Han mentido desde el primer día, sobre todo el falso doctor, ese ser abominable capaz de mentir varias veces en una misma frase, cambiar totalmente de opinión a la mañana siguiente y coger su avión particular al tercer día, para, bajo secreto de estado, visitar algún exótico destino al dictado de las largas noches de insomnio de Begoño devorando las guías de “Lonely Planet”.

Han manipulado usando para ello tanto los medios de comunicación privados (cautivos y afines), como la televisión pública, que, de ser un referente y un refugio para muchos de los españoles, ha acabado siendo un instrumento más de adoctrinamiento, manipulación y noticias sesgadas. Como una Sexta, una TV3, un Newtral o un “Maldito Bulo”, pero encima pagado con nuestros impuestos. Tanto los impuestos de los 10.920.950 votos representados en los 167 escaños que dieron el SI, como los de la mayoría social, cuyos 11.360.610 votos representados en 165 escaños que votaron NO, han quedado diluidos en un sucio y contaminado mar de acuerdos bajo mano, cesiones de poder, incumplimientos legales y desprecio absoluto a la democracia, la Constitución, la justicia, al propio estado y su máximo representante, su majestad el Rey Felipe VI. Aquí podría parafrasear a la ilustre, culta y elegante diputada de ERC, Montse Bassa, y decir que me importan un comino el Rey y la Constitución, pero no es así.

Han sobornado y tergiversado. No hace falta que entre en detalles. Desde subvencionar a las empresas del único diputado de “Teruel Existe”, por cierto, residente en Valencia, hasta pucherazos en muchas localidades y recuentos poco claros de los resultados electorales.

Y han matado. De forma indirecta, quizás, pero con el mismo grado de maldad y culpabilidad que sus socios terroristas de Bildu. Si los aceptan como socios, aceptan sus pecados. Y sus más de 850 viles asesinatos.

Y así hemos llegado, como tantas otras veces en nuestra historia, a tener que elegir bando. Y volvemos a estar, también como otras tantas veces, sin poder recurrir a una tercera vía que se acerque más a nuestros ideales y que al mismo tiempo tenga alguna posibilidad de triunfo.

En estos momentos no hay tercera vía que valga, salvo que optemos por el suicidio colectivo, la invocación del Apocalipsis o plegarias masivas para que estalle una guerra definitiva entre los EE. UU. e Irán y con ello reviente todo de una santa vez.

O estamos con España y con este sistema democrático que por mucho que nos disguste es lo mejor que podemos soñar en este momento, o estamos contra España, contra la historia, la verdad, la justicia, la igualdad y la decencia.






miércoles, 11 de diciembre de 2019

El maldito IVA del 0 por ciento


Aunque muchos sigamos pensando que IVA significa solamente “Impuesto sobre el valor añadido”, ese gravamen impuesto a todos los españoles en 1986 por indicación de la Comunidad Económica Europea y regulado en la ley fundamental 37/1992, hay otra definición a dichas siglas cuando su tasa es del cero por ciento, por desgracia mucho más costosa para el bienestar, el presente y el futuro de todos nosotros que cualquier tramo entre el 4 y el 21%.

Se trata de los “Imbéciles de valor añadido 0”. Para entendernos: los IVA al 0% son todas aquellas personas que no aportan nada al bien común, al crecimiento, a la cultura, al bienestar, a la paz, a la felicidad, a la riqueza, al prestigio, al arte, a la gastronomía, a la medicina, al deporte, a la docencia, a la gobernabilidad, a la justicia, a la ciencia en general…, es decir, los cenizos y vividores que sobran en cualquier sociedad. Esos seres tóxicos que todo lo que tocan lo destrozan. Esos malvados que solamente viven por y para sí mismos, sin mirar a izquierdas o derechas, al frente o hacia atrás, arriba o abajo, los que se pasan el día regodeándose ante el espejo, tocándose con autocomplaciente pasión y disfrutando de su feliz día a día destrozando todo lo que hay a su alrededor.

Y para nuestra desgracia, en esta histórica y gran nación llamada España, cuna de tantas personas que han aportado a lo largo de los siglos su esfuerzo, su bondad, su capacidad intelectual o su liderazgo para engrandecer a la sociedad, para avanzar y crecer, pues resulta que tenemos “IVAS0” para dar y tomar. Tantos como “billetes para asar una vaca” tenía el sindicalista Juan Lanzas, implicado en el tan pernicioso y vil como ocultado y silenciado caso de los EREs en Andalucía.

La relación es interminable: desde el presidente en funciones, el falso doctor Pedro Sánchez, pasando por el enano bailongo Iceta y sus ocho históricas naciones (que de históricas tienen tanto como Bardem de ecologista, Greta Majareta de científica, Ramoncín de músico, la Fallarás de culta, la Secta y Newtral de objetividad u Otegui de ser humano), hasta los malvados asesinos de ETA que ahora se permiten dar charlas sobre derechos humanos en las universidades de las provincias vascongadas: vivimos rodeados de tantos elementos tóxicos que es harto extraño que nuestro país no hay desaparecido del mapa hace muchos, muchos años.

Y aunque el gran Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen jamás dijera que “España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”, la persona que se sacó el chascarrillo de la manga no andaba equivocada: los españolitos de a pie, todo corazón y bondad, parecen hechos de otro material, y sin saber cómo, siempre conseguimos salir a flote, reinventarnos, salvar los muebles y recuperar nuestra estabilidad, nuestra grandeza y nuestro prestigio.

Esperemos que en estos graves momentos en los que la cuerda de nuestra propia existencia está tensada al máximo, alguien (o quizás todos juntos) consiga parar la locura que se ha apoderado de nuestra clase política. Sinceramente no tengo claro quién o qué puede ser ese salvador, esa persona, institución o autoridad, que sea capaz de frenar la oligofrenia del presidente en funciones que nadie votó.

¿Quizás sea el rey? ¿O los partidos constitucionalistas? ¿Los pocos miembros del PSOE con cerebro y agallas (dicen por ahí que existen)? ¿Los partidos minoritarios con sus votos puestos a subasta en la lonja del Congreso? ¿Los miembros del Consejo de Estado? ¿La Junta de Jefes del Estado Mayor? ¿La Conferencia Episcopal? ¿Luis Enrique?

Buf. No veo a nadie capaz de arreglar el desaguisado.

Y no quiero volver a mentar al deseado, ese meteorito salvador al que, desesperado ante tanta sinrazón, recurro cada tanto.

Menos ahora, cuando estamos a pocos días de celebrar la Navidad y yo de poder disfrutar de unos días en familia, con la escudella, la carn d’olla, el capón y las posteriores copas navideñas por los barrios de Sarriá y San Gervasio, en la siempre agradable compañía de la buena gente de Barcelona.

Los que enriquecen a la sociedad. Con su generosidad, simpatía, paciencia y bondad.

Que comparado con lo que aportan los imbéciles de valor añadido cero, es mucho. Muchísimo.

P.D. Sirva este pequeño artículo como recuerdo y homenaje a Miguel Ángel Gómez Martínez, un amigo de muchos de nosotros, recientemente fallecido a demasiado temprana edad: sin duda un ejemplo de persona con valor añadido, buena, simpática, generosa, paciente y bondadosa. ¡Miguelón, presente!

miércoles, 20 de marzo de 2019

Operación tinte


Después de mi artículo de ayer, en el que hablaba de la operación de blanqueo (lejía Conejo de por medio) de los delitos y faltas de los golpistas separatistas en Cataluña (nótese que no digo de los golpistas catalanes, a ver si la gente allende del Ebro entiende de una vez que la mayoría de los catalanes ni somos golpistas, ni odiamos a España ni padecemos demencia), hoy toca hablar de lo contrario, de la operación tinte, del proceso de ennegrecer con medias verdades, completas mentiras y noticias falsas a los contrincantes políticos.

Sabemos muy bien que los de siempre, los manipuladores, embaucadores y mentirosos, no dan puntada sin hilo. Y en cuestión de echar mierda sobre los demás somos, por desgracia, campeones del mundo. Hasta destacamos hablando mal sobre nosotros mismos, como bien demuestran la persistencia de la leyenda negra acerca de la historia de España, los prejuicios hacia los vecinos del norte, del sur, del este y del oeste de nuestra patria, la expresión “panchito” para referirse a los otrora conciudadanos de las provincias de ultramar, los chistes sobre Lepe, las chanzas sobre la siesta continuada en Andalucía, los prejuicios sobre la racanería de los catalanes y la chulería de los madrileños o las risas sobre los ridículos peinados y las pobladas cejas de las mozas de las provincias vascongadas (esto último quizás sea lo único acertado).

Ya lo decía el escritor catalán Joaquín Bartrina:” Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español”.

Entre amigos nos reímos mucho del “y tú qué”, “y tú más” que solemos usar cuando somos incapaces de responder a nuestro interlocutor con argumentos, con sensatez, con conocimiento de causa y con educación. Pero por desgracia justamente esto es uno de nuestros grandes defectos: somos incapaces de aceptar que algo no lo sabemos, de digerir una derrota, de que el contrario sea mejor que nosotros o que nos hayamos equivocado en algo. Y de esta triste manera de ser solamente dista un pequeño paso hasta el insulto, la tergiversación, la manipulación y la difamación.

Y así andamos ahora, en plena vorágine electoral, con las espadas alzadas, las lenguas afiladas y los documentalistas trabajando a destajo para encontrar el mínimo error o la mayor equivocación en la vida pasada del contrario (o de su familia, sus vecinos, sus allegados, sus antepasados o sus animales de compañía), y así poder insultar, exagerar y vilipendiar a cámara y micrófono abiertos  hasta quedar roncos de voz y llenos del placer que al parecer produce hacer daño al prójimo. Daño al contrario y sobre todo réditos electorales. Que de eso se trata en estas semanas previas a unas importantes y trascendentales elecciones generales.

Y si a todo este proceso de hurgar tanto en lo público como en lo más íntimo de la vida de los adversarios políticos, añadimos la mentira estratégicamente planificada y organizada, la complicidad de los medios afines, los medios económicos disponibles sin control alguno (como el abusivo uso de las instituciones del estado para su campaña electoral que está haciendo Pedro "cum fraude" Sánchez) y la creación de bulos y noticias falsas usando las facilidades técnicas de nuestro entorno social tan altamente conectado, pues poco podemos hacer para evitar que una persona de historial blanco y virginal se convierta en un ser de color gris ceniza, y un contrincante político con algunas mínimas manchas grises en su por lo demás admirable currículum acabe más negro que un túnel sin tren expreso (Sabina dixit).

Añadamos a esta maldad “democrática” la recién aprobada “ley de protección de datos” que permite a las formaciones trazar perfiles ideológicos de sus potenciales votantes en las redes sociales y lanzar publicidad por sistemas electrónicos de mensajería, sin que podamos oponernos, y que obviamente fue refrendada por unanimidad por todos los partidos políticos (listillos todos ellos), pues qué queréis que os diga.

Esto acaba de empezar: nos quedan 39 largos días y sus correspondientes noches de sucia, perversa y poco humana campaña electoral, en la que quien más quien menos repartirá o recibirá estopa. Sin piedad. Con toda la maldad posible. Sea verdad o no lo sea, eso no importa. Lo que prima (y aquí enlazo con mi artículo anterior) es el resultado: conseguir mis votos y mis privilegios. 

A los demás, a su nombre, su integridad, su familia, su honor y su salud, que les den morcilla.

Asco de sistema, asco de democracia, asco de políticos. Asco en general.