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viernes, 16 de octubre de 2026

Un Camino a medias

 



El Camino de Santiago siempre te da sorpresas, como la vida a Pedro Navaja, de eso no hay ninguna duda. Después de veintiséis años de deambular por carreteras y caminos, de subir a los altos y bajar a los valles, de visitar pequeñas aldeas y sufrir grandes ciudades, de andar en absoluta soledad a odiar al mundo por la masa aborregada de turigrinos, de lesionarme y precisar asistencia, de conocer a gente encantadora, la mayoría, a encontrarme con elementos despreciables, con picaros y vividores, de rezar y también de maldecir; después de tantas y variadas experiencias, el tramo de este año no iba a quedarse atrás.

Planificado como cada año desde 1999 con mucha antelación, con la intención de caminar desde León a Sarria durante ocho días, de entrada una inesperada citación judicial me obligó a recortar mis andares a la mitad, mientras que mis compañeros sí que pudieron completar lo previsto. Y ya hay que ser muy gafe para que te demanden por cuatro posts en X y que el juicio caiga justamente en esa semana tan importante para mi, en las únicas vacaciones que me tomo durante el año. Castigo del señor, supongo, por portarme mal y expresar mi opinión con cierta rudeza. Según el demandante, claro está, porque comparado con las barbaridades que se leen a diario en las RR.SS., desde amenazas a insultos, publicados por personas anónimas, por supuestas periodistas y hasta por ministros del actual y criminal gobierno, lo que escribí yo es una nimiedad, sin eco alguno en la sociedad.  Y esto me da cierta esperanza de que finalmente la justicia me dé la razón y salga absuelto. Dios (y la juez) dirán.

Pero hablemos del camino en sí.

Martes 29 de septiembre, (Madrid-León) Virgen del Camino       - San Martín del Camino.17 km

La alegría inicial fue saber que volveríamos a andar los tres peregrinos habituales; había dudas sobre si Jaime podría acompañarnos, pero al final se pudo apuntar. Sin él se hubiera roto la Comunidad de estos dos últimos años, de una nueva peregrinación por el Camino Francés que iniciamos juntos en Roncesvalles en marzo de 2025. Y que pensamos acabar en Santiago de Compostela en enero del año que viene. Cinco tramos del que ya nos queda solamente el último, el de la llegada a destino, el de abrazar al santo patrón, el de recibir una nueva Compostela, el de rezar por los nuestros y por todos los españoles. Miedo me da lo que pueda pasar en estos tres meses y medio de espera que quedan, teniendo en cuenta que se nos vienen encima unas elecciones cruciales, que tenemos a un demente sátrapa moviendo todos los hilos para perpetuarse en el poder, que una parte de nuestra nación, Ceuta, sigue invadida y que nadie puede garantizar que España exista como tal en enero del 2027. ¡Recemos, luchemos y no desfallezcamos! Que nos jugamos todo a una carta. Y si la carta cae boca abajo, y con triquiñuelas, amenazas, amnistías y hasta asesinatos planificados, el dictador se vuelve a imponer, adiós a España, adiós el futuro de nuestra patria.

Salimos pues un martes desde Chamartín, estación renovada por fin después de muchos años, aún falta de servicios pero ya más adecuada a las muchedumbres que lo utilizan cada día. Las cortas dos horas de trayecto las pasamos como es habitual en el vagón restaurante, desayunando, admirando el paisaje castellano, charlando y esperando que el tiempo nos acompañe. Sin incidencias llegamos a destino, a León, y hasta el revisor proclamó feliz que habíamos llegado antes de tiempo. Quise tirar un poco del hilo, del habitual nefasto funcionamiento de RENFE, pero entre risas nos contestó que prefería no decir nada, que le quedaba poco para jubilarse. El buen hombre era feliz por cumplir correctamente con su cometido. Algo que tendría que ser lo normal, pero que debido a la inexistente gestión de la compañía por parte del ministro cromañón, se ha convertido en un milagro. Hoy mismo, mientras redacto estas líneas, miles de personas se han quedado tiradas en medio de la nada entre Madrid y Barcelona por el enésimo incidente en nuestra antaño empresa de bandera. Dios guíe a los votantes y nos saquemos de encima a todos estos corruptos e inútiles socialistas el próximo 29 de noviembre. A esa banda criminal que ha acabado con todo aquello de lo que podíamos sentirnos orgullosos. Hasta el punto de acabar con nuestra propia nación.

Ya en León pasamos del tren a un autobús urbano, para saltarnos los 4 km de polígonos industriales, y a las 12:45 nos sentamos en el bar Covadonga de la población Virgen del Camino, a esperar a Jaime que llegaba andando desde el centro. Y aquí sucedió la primera desgracia, pequeña molestia, de este Camino un tanto accidentado: mordí una alita de pollo, y uno de mis recién estrenados dientes, un incisivo, implantados a un módico precio de 10.000€ unos meses antes, voló cual dardo por los aires, acabando por suerte en medio de la mesa. Mi sorpresa y rabia rayó el pánico: ni habíamos empezado a andar, fuera llovía, y yo con pinta de cuñado desdentado en medio de un pueblo. Pero sin duda los milagros existen: a pocos metros del bar había una clínica dental, la dentista me coló ante los paisanos que esperaban, y en poco más de media hora me dejó listo para revista. Llamándose el pueblo la Virgen del Camino, y el bar Covadonga, solamente hubiera faltado que la morena dentista se llamara Montserrat (morena sí que lo era). Esa triple aparición mariana me hubiera llevado sin duda a dejarlo todo e ingresar en un monasterio, pero no, la buena y profesional chica se llamaba Sheila. Gracias, maja, me has salvado de acabar mis días enclaustrado, rezando y dándole al canto gregoriano. Algo que, por otro lado, tampoco estaría nada mal.

Arreglada la boca, y con Jaime ya con nosotros, nos pusimos en marcha, bajo una constante lluvia, y a las tres de la tarde hicimos la primera parada en Valverde de la Virgen. En el bar de marras había un grupo de señores de mi edad, lustro arriba lustro abajo, ataviados con simbología peregrina, pero que nos comentaron entre risas que hacían el Camino en coche, y de bar en bar. Tampoco es mala opción, y no son los únicos que hacen el Camino de esta manera, sin esconderse y simular ser peregrinos, sino dedicados al disfrute terrenal de viandas y bebercios locales y al consecuente estado espiritual que producen dichas bebidas. Nada que objetar: más aún, estoy seguro de que acabaré dando tumbos por España de la misma forma. Si hay que morir, que sea con honra, bien bebido y comido y en nuestra santa tierra española.

El siguiente tramo de ocho km se me hizo eterno, me torcí el pie, sin darme cuenta pasé de largo de un bar en el que pararon mis compañeros, y me planté solo en Villadangos del Páramo, donde pretendía admirar a iglesia de Santiago y contemplar la batalla de Clavijo tallada y policromada en la puerta de acceso, pero mi gozo acabo en el pozo (la iglesia no abría hasta las 8 de la tarde), o mejor dicho, en el bar de la plaza del ayuntamiento, presidida por una bella escultura de bronce de doña Urraca. Ahí esperé a la pareja, y en cuanto llegaron decidí ahorrarme los 4 km restantes, mi pie dolía bastante y tenía una parada de ALSA delante de mis narices, que me ahorró una hora larga de pateada, por lo que me planté en San Martín del Camino a las 7 de la tarde, con un albergue lleno a rebosar de extranjeros, algún italiano ya en estado etílico, negociando con la hospitalera si podía llevarse el vaso de güisqui a la calle, y una habitación correcta en un antiguo granero convertido en casita en medio de un jardín asilvestrado, con sus gallinas sueltas y la vegetación sin cuidar. Todo muy bucólico, pero correcto.  En cuanto nos juntamos los tres, cenamos en un bar cercano, llamado “Lo Nuestro”, degustando unos buenos huevos fritos con picadillo, mientras veíamos el partido de la selección nacional. Una tortilla adicional para Jaime cerró esta primera jornada, extraña por los horarios y accidentada por la caída de un diente y la torcedura de mi pie derecho. En fin, de eso va el Camino. Son cosas que seguro no te pasarán si te quedas clavado en el sofá arreglando el mundo entre paseos a la cocina y al baño. Cada uno elige su camino.

Miércoles, 30 de septiembre, San Martín del Camino-Astorga, 23,5 km

A las 7 en pie, y a las 7:45 desayunamos en el bar de enfrente del local de la cena, poniéndonos en marcha sin previsión de lluvia, aunque al final sí que nos cayó. A las 10 de la mañana entramos en la histórica villa de Hospital de Órbigo, donde hicimos las fotos de rigor con el puente más largo del Camino Francés, famoso tanto por su hospital de peregrinos fundado por los Caballeros de San Juan de Jerusalén (de ahí la cruz de Malta en su escudo), como por el histórico Paso Honroso de 1434, un famoso duelo de honor y torneo caballeresco protagonizado por el noble leonés Don Suero de Quiñones. Según resume la IA estos hechos: “En el verano de 1434 (Año Santo Jacobeo), Don Suero de Quiñones y nueve caballeros compañeros decidieron custodiar el puente de Hospital de Órbigo para retar a todos los caballeros que por allí pasaran. Lo hacían como promesa de amor hacia la dama Doña Leonor de Tovar y como "prisión de amor" simbólica (llevando una argolla al cuello). Durante un mes se enfrentaron a decenas de caballeros de toda Europa hasta romper el número de lanzas pactado, una hazaña que quedó inmortalizada en las crónicas de la época e incluso se menciona en Don Quijote de la Mancha”.

Después de la sesión fotográfica, homenajeando a Ceuta, tierra patria invadida por el moro, tomamos algo, compramos unos bocadillos para nuestro sustento durante el siguiente tramo, un morito que estaba liando sus porritos con unos chavales locales delante de la tienda me miró con cara de mal rollo y comentó algo susurrando a sus colegas, a lo que yo contesté diciendo que no le había entendido bien, lo que provocó que se levantaran y abandonaran el lugar con cara de pocos amigos. Algo feo o insultante habría dicho, entiendo, si no, ¿a qué venía largarse de golpe? En fin, a mí, plim. Mi pie dolía cada vez más, y el empedrado de esta bella localidad no ayudaba nada, por lo que me rendí a la evidencia que así sería incapaz de llegar Astorga; ellos siguieron andando y yo tuve que tirar de nuevo de la omnipresente ALSA, cuya capilaridad, puntualidad, atención del personal y precio hay que loar siempre. Raro es que esta empresa funcione tan bien y no haya caído aún en manos de algún inútil amiguete del sátrapa. Que siga así, por el bien de los habitantes de la verdadera España, la rural y trabajadora, la creyente y cada vez más odiadora del maligno y corrupto socialismo. Y eso que esta zona de España tendía más hacia la izquierda hace unos años. Al final, todo el mundo ve la luz y se da cuenta de quienes hacen el bien y, sobre todo, de quienes son los malvados.

Mientras mis compañeros afrontaban los 20 km restantes, esperé al bus de turno, bajo una intermitente lluvia, y antes de la 1 ya me planté en Astorga. La parada, por ley de Murphy, al otro lado de donde teníamos el apartamento, pero sin prisas y con el persistente dolor en el pie, llegué a destino, me instalé, apliqué el Voltdadol forte al pie y lo vendé lo mejor que pude. Ojalá hubieran estado las gacelas enfermeras (saludos Rocío y Lurdes) de hace unos años, con sus mágicas manos y su alegría seguro que me hubiera recuperado mejor.

A las 16:15 llegó Edu, poco después Jaime. Aseados y preparados, salimos a pasear por la bonita Asturica Augusta, bella y cuidada ciudad, con sus colinas, algo que parece ser preceptivo para cualquier ciudad romana. Como la propia Roma y también nuestra querida y ahora invadida Ceuta, cuyo nombre proviene del latín “Septem Fratres” (que significa "Siete Hermanos"), en referencia a las siete colinas o montes de la región.

Nos costó bastante encontrar un sitio apropiado para cenar, y al final acabamos en el gastrobar de las 3 brujas llamado “La Paloma”. Lo de brujas es por estar la taberna en manos de 3 chicas, suponemos que amigas de infancia, cuyas fotos decoraban la pared, y entre las que al parecer no había buen rollo, por lo menos ese día, con discusiones constantes entre la camarera y la cocinera, lo que nos tuvo esperando 70 minutos hasta que llegaron las buenas hamburguesas que disfrutamos con un correcto vino local. Poco más dio de sí el día, de vuelta al apartamento, y a descansar, cada uno en su propia habitación. Un verdadero lujo.

Jueves, 1 de octubre, Astorga-Foncebadón, 25,8 km

A las 6:30 estamos en pie, café y pan de leche en el apartamento, más los huevos duros que va consumiendo poco a poco Jaime (por lo que cuenta, finalizado el Camino, ganó 2,5 kg de peso en este tramo), y salimos. Mi pie parece que ha mejorado, pero veo imposible realizar la etapa entera, más aún cuando es bastante dura y la segunda más larga de este año. Veremos. El tramo es agradable y no llueve, por lo que de un tirón hacemos los primeros 10 km. Ando un rato a solas con un australiano (cada año conozco a alguno de las antípodas), espigado y dicharachero, y la agradable conversación, en la que estamos de acuerdo en todo, hasta en el tema de la invasión musulmana, me lleva distraído hasta Santa Catalina de Somoza. Mii gozo en un pozo: el esfuerzo ha sido excesivo, y hasta aquí he llegado hoy. Como ya dice el título, un camino a medias. En 26 años jamás había tenido que tirar de soporte tantas veces…, sea por la torcedura del pie o la falta de entrenamiento, pero estaba siendo un verdadero suplicio. En fin, es lo que hay. La edad y la vida sedentaria no perdonan.

Desayunamos en el Albergue Hospedería San Blas, con una chica risueña y cachonda, con la que paso un buen rato esperando al taxi mientras mis compañeros siguen caminando. De los 25,8 km previstos solamente he podido andar 12, pero algo es algo.

Me adelanto pues hasta Rabanal del Camino, con la mala suerte que el bar del albergue está cerrado por descanso semanal, y la taberna de los lugareños no abre por ahora, me quedo pues tirado en la nada desde las 11 de la mañana hasta las 14:00 que llegarán Edu y Jaime.

Pero al final la suerte me sonríe un poco, y a las 12:30 aparece el búlgaro que regenta el bar de un albergue realmente bonito, lo que permite relajarme un rato en la bella terraza, con mis cervecitas y curioseando un poco. Gente mayor, todos extranjeros, salen y entran de las habitaciones, recogen o dejan sus mochilas, consumen o hablan con la hospitalera…, todo muy animado para no ser un final de etapa clásico. Igual el secreto radica en que existe un pequeño monasterio con siete hermanos benedictinos, cuyos cantos gregorianos se han hecho famosos y me son recomendados por todos. Si lo llegamos a saber igual nos hubiéramos quedado aquí, más aún después de ver en lo que se ha convertido Foncebadón.

A las 2 llegan los compañeros, y vamos directamente a la “Hostería El Refugio”, donde teníamos mesa reservada para degustar el famoso cocido maragato. Está realmente bueno, pero volver a ponerse a andar después de esta comilona se me antoja una misión imposible, por lo que al acabar recurro de nuevo a Christian, el taxista local, para que me salve de los 6 km que faltan hasta destino. La charla con él, muy entretenida, me cuenta anécdotas locales, entre ellas la de un listillo, un pícaro, que, disfrazado de peregrino, con un triciclo y dos perritos, sube y baja cada día a Foncebadón para provocar la empatía o la pena de los peregrinos y ganarse una pasta en donativos. Como ha sucedido durante tantos siglos y ya sale reflejado en el Codex Calixtinus, que habla de los comerciantes, los asaltadores, los pícaros y las mujeres de mal vivir que se aprovechan de los peregrinos en estos montes aislados. Poco ha cambiado, por lo que veo.

Foncebadón me recibe como si fuera el Rocío o cualquier fiesta popular masificada. Donde antes (pasé por aquí hace más de 20 años) solamente estaba la iglesia, un albergue y alguna casa en ruinas, un lugar oscuro y místico, ahora te encuentras con una decena de hostales y pensiones, bonitos edificios estilo alpino alineados todos en la única calle de la aldea y con sus terrazas a rebosar de gente bebiendo, riendo y celebrando estar en un lugar mitificado por Paulo Coelho y convertido ahora en un show que se asemeja más a un après-ski de una estación de esquí alpina que a un lugar de descanso de creyentes camino a la tumba de un apóstol de Nuestro Señor. La imparable y triste comercialización y masificación del Camino continúa. Miedo me da pensar en el 2027, que es año santo, que sin duda traerá a cientos de miles de turigrinos a seguir desvirtuando este sacro camino que antaño fue.

Después de instalarme en el Refugio del Druida, que de refugio no tiene nada y los únicos druidas son los guiris bebiendo en la terraza bajo la dirección de un napolitano, propietario de un pub inglés en Nápoles y claramente el director del cotarro, me acomodo también en la terraza, solo pero cercano a la ruidosa mesa multiculti, y me dedico a escuchar y tomar nota mental de las cosas que voy oyendo. Una inglesa extrañamente guapa y la más simpática de la ruidosa banda, me pide cortesmente permiso para coger un silla y hasta me invita a unirme a la tertulia, pero declino educadamente. No estoy para mucha fiesta, y menos para competir con un italiano lanzado a conquistar todo aquello que su patria jamás consiguió. Al rato se me sientan al lado dos chicas / señoras (se hace difícil adivinar la edad cuando todos vamos disfrazados de una u otra manera), se llaman Virginia, aunque yo entiendo Novicia, y Carmen. Comentan mi tatuaje, hablan de sus cosas y hasta sueltan lo suficientemente alto para que lo oiga, que Tinder no sirve para nada y que el Camino es su último tren a Katanga. Bien triste es oír esto, más aún cuando la Novicia me explica que es argentina y psicoanalista. Así le va. Aparecen mis compañeros de fatigas, se arreglan y se unen al descanso en la terraza, escuchamos un poco de música, yo con Sabina, y un español muy simpático sentado al lado confiesa su pasión por el de Úbeda, lo que me lleva a poner un par de canciones más del gran poeta jienense. Cada uno tiene su debilidad.

Entre chupitos de hierbas, demasiados creo, acaba la tarde, renuncio a la cena y me retiro a la habitación. La noche, terrible, con ardor y malestar sin parar, y siendo mi única preocupación no tener que vomitar ni despertar a Edu que descansa plácidamente. Por suerte no suceden ni una cosa ni la otra, y al final consigo conciliar el sueño

Viernes, 2 de octubre, Foncebadón-Ponferrada, 26,8 km

A las 7 en pie y arreglados, desayunamos en nuestra pensión del druida. Mi pie vuelve a doler mucho, lo que sumado a la desastrosa noche que he pasado, no promete mucho. Haré lo que pueda.

Salimos a oscuras, y los 2 km iniciales de subida a la Cruz de Ferro no son tan duros como esperaba. Pero la decepción al llegar a este enclave mitificado del Camino estaba anunciada: comercialización sin fin. El montículo de piedras ahora tiene sus caminitos para poder subir y hacerse la foto de rigor, un gran aparcamiento para coches y autobuses y una larga cola (eso que no son ni las 9 de la mañana) en la pequeña ermita para poder sellar. La destrucción de este símbolo, consolidado en el siglo XI gracias al eremita Gaucelmo, quien levantó la cruz original para orientar a los peregrinos durante las habituales y duras nevadas invernales (estamos a 1.500 metros de altura); de esa cruz que fue creciendo durante siglos con las piedras que los peregrinos traían de su casa, es muy triste. Quizás es la muestra más palpable de que todo lo que era el Camino de Santiago se ha ido al garete. Por lo menos en su parte exterior. Lo que cada uno viva y sienta en su interior, jamás se lo podrán cargar. Aunque la masificación, la falta de religiosidad, la competitividad, la frivolización y la banalización de esta ruta de Fe, no ayuden mucho.

Después de esta decepción, bajamos sin problemas hasta Manjarín, donde antaño reinaba el último templario Tomás, figura emblemática del Camino. Y que tristemente falleció en enero de este año. Instalado ahí desde 1993, fue haciéndose famoso al mismo ritmo que su refugio se llenaba de suciedad. El templario llevó hasta las últimas consecuencias lo de la vida medieval: sin agua corriente, sin higiene…, pero eso no quita ni su buena intención ni estropea su leyenda. Aquí tenéis un enlace que explica un poco su historia.

El hombre que merodeaba por ahí me comentó al nombrar a Tomás: “ahora el último templario soy yo”. No he investigado quién es, igual un familiar, pero tampoco me importa. No es Tomás.

Edu y Jaime avanzan a buen ritmo, y yo me voy retrasando cada vez más, con un trazado terrible, como ya se sabía y consta en todas las guías, en bajada continua y lleno de piedras, lo que me llevó a ir alternando entre la senda y la carretera. Destrozado por la bajada, consigo llegar a El Acebo de San Miguel a las 10:45 de la mañana. Han sido 12 km, toda una hazaña teniendo en cuenta mi estado, y hasta aquí he llegado. Imposible continuar, por lo que mis compañeros parten solos a las 11 de la mañana y yo llamo a un taxista local, Luis, y me siento al sol a esperar el rescate.

Llega el transporte, y ya sentado en el coche se apunta un matrimonio obeso de Kansas, creo recordar. Le comento por lo bajani al chófer que si nos va a cobrar a cada uno el total del trayecto, y con un guiño me dice “tú, tranquilo”.  Los 15 kilómetros hasta Ponferrada pasan volando, charlando con Luis, cuyo hijo trabaja en Airbus en Alemania, es licenciado en historia y le convenció de que en estos momentos solamente se puede votar a Vox. De nuevo, como el año anterior, la clase trabajadora, la gente humilde, aplicando el sentido común. Y como tenía la intuición de que en algún momento podría usarla, le regalé una pulsera del sindicato Solidaridad, con la inscripción “Autónomo cabreado”- Ilusionado, sorprendido y agradecido, la colgó de inmediato del retrovisor, mientras los obesos de Kansas no se enteraban de nada. Fue realmente un corto pero agradable viaje, que me hizo olvidar todos mis males. Llegados a Ponferrada, descarga a los yanquis, les cobra la tarifa oficial de 35€, y me acerca a nuestra pensión, donde me dice socarronamente, “¿Diez euros te parece correcto?”. Entre risas le di 20. Lo mínimo que podía hacer por su excelente servicio.

La pensión correcta, el recepcionista muy simpático, su abuelo que andaba por ahí con el himno nacional sonando en el móvil, lo que me lleva a recordar al chico que justo había sido el día del Caudillo, lo que aprovecha él para pegar un grito a su abuelo: “Feliz día del Caudillo, abuelo, con retraso”, lo que me saca una amplia sonrisa.

Me instalo, me arreglo, me pongo crema en el pie torcido, y me paso el resto del día esperando a la pareja, que llegan bien tarde, como es lógico, y después de recuperarse ellos, paseamos un poco por el centro, tomamos unas cervezas debajo del castillo templario, y nos volvemos pronto a la pensión.

Para mi se acabó, un camino diferente, un medio camino como lo he titulado, marcado tanto por el comunista que me ha demandado y me obliga dejarlo aquí para volar a Sevilla, como por mi mal estado físico. A ver si para enero estoy mejor preparado. En mis manos (y pies) está.

Gracias, Edu y Jaime, por la compañía y la paciencia. Nos vemos en enero. ¡Ultreia!

P.S. Para rematar este tramo tan extraño, vuelvo a Madrid, vuelo a Sevilla, y resulta que el funcionario judicial se había olvidado de convocar al fiscal, lo que significa que todo para nada: juicio pospuesto. La pérdida de 4 etapas del Camino, el gasto en vuelos y hotel, todo para acabar como un perro apaleado deambulando por la capital hispalense y tener que repetir el viaje dentro de unas semanas. En fin.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Veinticinco años siguiendo las flechas amarillas

 


Kierkegaard: «Solamente se cansa uno de lo nuevo, pero no de las cosas antiguas».

Y añade Enrique García-Máiquez: «Qué verdad; y yo estoy agotado».


Prefacio

Como suele pasar con los posts de don Enrique García-Máiquez, todos valen su peso en oro (al igual que sus artículos y sus libros, se entiende). Me quedo pues con uno suyo para encabezar este relato, post que me pilló a mitad del tramo del Camino de este año, y que marqué de inmediato como favorito por resumir lo que estaba sintiendo este año caminando por las bellas, variadas e inmortales tierras de España. Y no digo vaciadas, porque las están llenando de falsos refugiados, de jóvenes y bárbaros inmigrantes ilegales que son un peligro para nuestra patria, mientan lo que mientan desde el gobierno, la pseudo oposición del PP y todos sus medios cautivos. Y una carga económica ni asumible ni tolerable.

Agotado, sí, pero no de caminar, de sufrir dolores varios, de desniveles poco aptos para mi forma física o de camas incómodas y aseos rudimentarios. Todo esto son gajes del oficio y parte intrínseca de esta ruta milenaria. Y son por lo tanto cosas antiguas que no cansan, como bien dice Kierkegaard.

Lo que cansa son las cosas nuevas, y esas agotan mucho, como añade García-Máiquez: el camino cada vez se parece más a un verbena popular, a un Rocío con desniveles y raciones de pulpo, a una Semana Santa sevillana sin rezos ni penitencia, a una carrera popular, a una yincana entre puestos de frikis y listos varios o a una excursión del IMSERSO para enseñar a ligar en la tercera edad. Como canta Jorge Ilegal: agotado de esperar el fin.

Nota: el pasado 25 de julio, como todos sabéis día del Santo Patrón de España, Santiago Apóstol, la gran periodista Cristina Sol de Informa Radio me invitó a hablar en directo sobre lo que significa el Camino de Santiago. Aunque sumamente honrado por el detalle, rechacé participar, y cedí mi puesto a una persona mucho más capaz que yo, Daniel Notario, que encima lo hizo de maravilla. Visto lo visto en el tramo de este año, hice bien. Me hubiera dedicado a maldecir a muchos, en vez de alabar los profundos valores de este camino de fe y esperanza.

 


El mundanal ruido

Viaje en tren a Vigo, 19 de septiembre 2024

Partimos el jueves diecinueve de septiembre a las ocho de la mañana desde Chamartín, en un Alvia de nuestra querida, puntual, cómoda e histórica RENFE, mutada en los últimos años en una empresa tercermundista en claro declive, dejada en manos de amiguetes del tirano Sánchez, hasta el punto de que su acrónimo ha pasado a ser TENFE en las redes sociales. Como todo lo que toca Sánchez, hasta el orgullo patrio que llegó a ser nuestra red ferroviaria, ha acabado sumida en el lodo socialista, con retrasos e incidentes continuos y una quiebra económica pese a la continua inyección de dinero por parte del gobierno, dinero dedicado en exclusiva, por lo que parece, a cubrir los sueldos de los empleados y los bonus de los altos directivos, dejando de lado el mantenimiento y las inversiones necesarias. Un triste reflejo de lo que está pasando en España.

Pero nosotros tuvimos suerte, el viaje transcurrió sin incidentes, con los habituales paseos al coche restaurante, las cervezas Águila, las bonitas vistas de Castilla la Vieja y una llegada puntual a Vigo, “ciudad de las luces de navidad” del excéntrico alcalde, que bien podría emular al dictador Nicolás Maduro adelantando el encendido al mes de octubre. Ya puestos.

La pensión elegida estaba bien situada y reservada meses atrás, aunque no tuve la previsión de leer ni una reseña, algo que sin duda tendría que haber hecho: delante está situada una discoteca, al parecer muy popular y concurrida, y pese a ser jueves, la juventud estuvo gritando, bailando y liándola desde las doce de la noche hasta pasadas las 6 de la mañana. Sin parar. Y como lo de cristales aislantes estilo Climalit no ha llegado aún a este alojamiento, como tampoco la limpieza de las habitaciones, el exterminio de chinches o el acondicionamiento correcto del baño, pues lo de dormir fue imposible. Antes de las seis ya estábamos en pie, prestos a iniciar este nuevo tramo del Camino, en mi caso el vigésimo cuarto (solamente fallé el año de la plandemia), desde aquel inolvidable primer Camino del año 1999 que realicé con grandes amigos que gracias a Dios sigo viendo y tratando. Van por ellos también mis rezos y peticiones al Apóstol, por Chiquillo, Santi, Salva y Agustín. Y como no, por Carlos Oriente, que en paz descanse. Fiel camarada y escudero durante muchos años de Camino. ¡Presente!

 

Expectación

Vigo-Redondela, 20 de septiembre de 2024, 17 km

Salimos pues a las seis de la mañana de un silencioso Vigo, con la juventud por fin en la cama y los operarios municipales limpiando las calles. Callejeando bajo una ligera lluvia, buscando la senda de las aguas para al final acabar en la corta pero cómoda vía verde, en la que nos pilló una lluvia más intensa, y que finalizaba unos kilómetros más tarde, plantándonos en el barrio del Cruceiro de Chapela a las ocho y media, buena hora para hacer la primera parada. La agradable charla en el bar Cruceiro, las explicación de la propietaria sobre lo que es la “Fiesta de la Coca”, la cerveza con empanada a esta temprana hora y la pena de saber que hoy venía un pulpeiro a este acogedor bar y que nosotros ya estaríamos lejos, culminaron esta pausa y seguimos adelante por el arcén de la carretera nacional, y bien pronto llegamos a Redondela. El albergue parroquial no abría hasta la una, por lo que nos instalamos en la terraza de “La barraca de Freddy”, haciendo tiempo, mientras dudaba si conectarme a una conferencia online con mi empresa, ya que por la noche me habían comunicado que el actual proyecto se anulaba y que, por lo tanto, mi trabajo cambiaría a la vuelta. Fui capaz de resistirme y en un ejercicio de desintoxicación laboral y digital, seguí descansando, charlando con Edu, mandando un mensaje a Eva, una amiga antigua compañera de trabajo, para quedar por la tarde y disfrutando de esa extraña y tan deseada sensación de libertad que da el Camino: solamente piensas en andar, admirar el paisaje, comer, beber, descansar y volver a empezar, dejando atrás el mundanal ruido y el permanente estado online que nos está volviendo locos a todos.

Albergue parroquial correcto y lleno, bien cuidado y hasta con ascensor para los mayores, que obviamente usé varias veces, y el ritual de cada etapa: preparación de la litera, ducha, cambio de ropa, y de vuelta al bar previo a comer un excelente plato combinado. Siesta cortita, visita a la preciosa iglesia de Santiago, y a media tarde llegaron Eva y su marido Rafa, con los que compartimos una agradable tarde entre charlas y cervezas. A las nueve, retiro peregrino y al sobre.

 

Un guía particular

Redondela-Pontevedra, 21 de septiembre 2024, 20 km

Recordaba esta segunda etapa de mis dos anteriores caminos portugueses por la belleza del paisaje, por la tranquilidad de la bella Arcade amaneciendo, por el puente de Sampaio y las lógicas conversaciones (e insultos) sobre la guerra con el Francés y la batalla que se libró aquí en junio de 1809, y todo fue tal cual. Lo único que se me había olvidado son las constantes subidas y bajadas de esta etapa, por lo que físicamente lo pasé mal. Pero como nuestro cerebro tiene esa capacidad de archivar lo malo en una región recóndita y permitir aflorar solamente los buenos recuerdos, lo del cansancio y el sufrimiento pasó a mejor vida en cuanto llegamos al bar Fermín. Al tratarse de una etapa corta, este punto del tramo, a menos de cuatro kilómetros de la meta, es un punto de encuentro de los cientos de peregrinos que vimos este año, todos descansando, consumiendo y haciendo tiempo para llegar a destino con los albergues abiertos. La cantidad de peregrinos nos sorprendió, más aún por las fechas y el mal tiempo, pero echando una mirada a las estadísticas de la Oficina de atención al peregrino de Santiago, lo entendimos: el Camino Portugués ya es el segundo tramo en número de peregrinos, turigrinos y hasta putigrinas (esta expresión no la había oído, pero la vi pintada por el camino y tomé nota de ella). ¿Por qué la pintaría el autor? ¿Por propia experiencia, por ver pasar tantas peregrinas alegrando su monótona vida, por despecho? Nunca lo sabremos. En cualquier caso no es algo que haya visto en mis 25 años caminando por España, si encima tenemos presente que la gran mayoría de los peregrinos son personas mayores, hasta más que yo.

A las doce y media nos plantamos delante de la pensión, esperamos bajo una suave llovizna la apertura, llamando la atención varias veces a una pareja de listos de que había una cola previa para entrar, check-in habitual, y a tomar la primera ración de pulpo de este año, que por ende iba a ser la única. Y encima nos pareció cara. Al poco rato nos vinieron a recoger Eva y Rafa, y nos brindaron una agradable tarde enseñándonos Pontevedra. ¿Qué mejor que unos guías locales y amigos para conocer esta preciosa ciudad? Hicimos pues la famosa ruta denominada “Buscando una Keler desesperadamente”, y no puedo más que alabar este bonito centro urbano. Y agradecer a Rafa las detalladas explicaciones sobre calles y monumentos. Claro que jugaba con ventaja, es de ahí, y su abuelo y tío hasta tienen calles dedicadas. Un centro urbano peatonal limpio, restaurado con estilo, cómodo de visitar y lleno de historia. Esa grandeza de España, su diversidad y su gloriosa historia común, que se siente en cualquier rincón de la piel de toro. Sea una gran urbe, una aldea, un puente, un castillo, una playa o un bar. Nuestra Españita querida. Compramos cuatro cosas en un Aldi y nos retiramos a la pensión a escuchar el partido de mi querido RCD Español contra el Real Madrid por la radio, a sabiendas de que el resultado iba a ser malo para mi equipo. Algo que en este momento tampoco es que me preocupase demasiado. El Camino tiene esa magia: consigue aislarte de tus preocupaciones diarias, de tus filias y fobias, y pasas a un estado de ingravidez mental, de recogimiento y de liberación. O dicho de forma más mundana: ya no te importa nada más que andar, meditar para no sentir los dolores varios, ver un bar a lo lejos, llegar cuanto antes, comer, beber y descansar. Lo del “Walk, eat, sleep, repeat” de los guiris, pero intercalando más bares en una etapa que ellos en todo un mes. Y volver a empezar. Hasta el punto de que levantarte pronto se convierte en una ilusión, sufrir dolores en una tradición y beber una cerveza fresca en una bendición. Esto último, por cierto, lo mantenemos durante todo el año, para no desconectar del espíritu jacobeo.

  

La verbena popular

Pontevedra-Caldas de Reis, 22 de septiembre de 2024, 23 km

Sin prisas nos levantamos a las siete, ya que el bar de la pensión abría a y media, y después de un buen café con su cruasán, iniciamos la marcha hacia Caldas de Reis. Un combinado de asfalto y bosque, con una cada vez mayor presencia de peregrinos de todo tipo, sexo, condición, tamaño y educación (o falta de ella), nos llevó al Mesón del Pulpo en Barro, al lado de la Capilla de San Amaro, situado en una plaza llena a rebosar de supuestos peregrinos, cuyo grueso lo formaban un grupo de unas treinta charos, con su macho alfa dirigiéndolas a son de silbato. Sin mochila, equipadas todas con sus bolsas de “Mujeres rurales en lucha” o algo así, con tintes rojos y morados, dedicándose a lo que suelen hacer todos los zánganos de falsos sindicatos, partidos corruptos e inútiles y costosas ONG: vivir del cuento. El arquetipo de charos, hasta el punto de que la emblemática Charo convertida en meme desde hace tiempo en las redes sociales, andaba por ahí. Dejo constancia de ello con esta imagen. Por cierto, en este enlace tenéis varias definiciones de esta subespecie humana que ha colonizado nuestras tierras, a cuál más acertada y aplicable a esta tropa.

Hicimos tiempo a que despareciera la marabunta, y seguimos nuestra ruta, esta vez ya con el altavoz en marcha y disfrutando de buena música y tramos verdes, con sus riachuelos, sus puentes y su relativa autenticidad, si no fuera por la constante presencia de grupos de peregrinos. Siendo justos, ellos pensarían lo mismo, y si encima rompíamos el silencio con nuestra música, hasta el punto de que tres peregrinas asiáticas que iban rezando un rosario se cansaron y cortésmente pararon y nos dieron la suficiente ventaja para poder seguir con sus rezos. A nuestro favor hay que decir que muchos otros peregrinos alababan nuestra selección musical, y hasta tarareaban la canción en cuestión cuando se producían los inevitables y continuos adelantamientos, tan normales en el Camino. Como en cualquier etapa, que no carrera, al final todos llegamos más o menos a la misma hora a destino, pero los ritmos de cada uno, y sobre todo las paradas en boxes, hacen que los encuentros y reencuentros sean constantes. Como una carrera de Fórmula 1, vamos. Sin azafatas, pero con cervezas.

Avanzamos, intentamos tomar algo en una preciosa terraza, pero un único camarero desganado y de poca educación lo hizo imposible. Edu lo intentó durante veinte minutos, pero cuando no hay ganas, pasa esto. Que se dedique a otra cosa, se haga podólogo o ermitaño, pero si tienes abierto un inmenso local para atender a los peregrinos y paseantes, ponle algo de interés. Aunque sea por la recaudación. En fin, nos quedamos sin beber, pero a los pocos kilómetros apareció el bar Oasis, en el cual no sólo bebimos y robamos unos pimientos de padrón que una guiri asustada dejó sin tocar después de probar uno, sino que aprovechamos para comer un buen plato de raxo de cerdo con patatas, antes de afrontar los últimos seis kilómetros del día.

Llegamos sin problema a Caldas de Reyes, al unísono con las dos lechonas rockeras (según ellas) y la belga de mediana edad, a la que asignamos de inmediato el papel de alcahueta, pero que por suerte iban a otra de las pensiones del edificio, y después de pasar el fichaje habitual, descargamos, descansamos un rato y a media tarde dimos el paseo por el centro, vimos las fuentes termales públicas, a los guiris relajando sus piernas en el lavadero termal que los lugareños suelen usar para echar la pota los fines de semana, algo que me comentó un policía municipal en mi anterior visita, y poco más. Compra en el súper, al que acudimos con la idea fija de pillar unos Jumpers, snacks tipo ganchitos que no conocíamos pero que Eva nos metió en la cabeza la tarde anterior, y a descansar. Antes de dormirnos se me ocurrió un nombre para la pensión del primer día en Vigo: “You’ll never sleep alone”. Por lo de las chinches. Apuntado quedó para la reseña en Booking, aunque al final mi comentario fue más light y menos directo.

 


La nostalgia

Caldas de Reis-Padrón, 23 de septiembre de 2024, 19 km

Salimos a las seis y media, y después de un buen trecho por pistas de tierra llegamos a las ocho a un café de carretera, sorprendentemente lleno de italianos que no habíamos visto hasta ahora, desayunando huevos, salchichas y bocadillos varios, mientras que nosotros nos limitamos al café con bollería. A partir de aquí nos dedicamos a caminar con la música a buen volumen, hasta el punto de que parecíamos los animadores turísticos de la ruta. Casi como los heavies de la Gran Vía de Madrid, solamente faltó que se pararan a hacernos unas fotos y nos echaran unas monedas. Algo que tendríamos que considerar para el futuro, viendo la cantidad de puestos, frikis tocando la guitarra y demás curiosidades que cada vez abundan más en el Camino. Solamente faltan las Santas Calabazas, al estilo de “la Vida de Brian” y los rockeros peregrinos, herederos de los bardos medievales.

La siguiente parada, de nuevo repleta de gente, fue en un bar con jardín llamado O Camiño de Eira en San Miguel de Valga, con una selección musical excepcional (a ratos parecía la corta pero buena setlist de RockFM), la gente tarareando y hasta cantando las canciones, por lo que, entre el buen ambiente y el sol, cayeron tres estrellas, de esas que nos acompañan tanto de noche, como sobre todo de día. Comenté alguna canción con una yanqui bajita, redondita y bailonga, hablamos del reciente fallecimiento del mayor de los Jackson Five, y solamente se le torció la cara cuando nombré el pueblo de Springfield. Por su reacción, era una seguidora de Kemala Harris. Hasta que ella misma entendió que yo hablaba de la ciudad de los Simpson y no del pueblo que recientemente se ha hecho famoso por la invasión haitiana y su preferencia por la carne gatuna, algo que la tropa woke de la Harris obviamente niega, como hacen aquí nuestros corruptos gobernantes sobre el aumento de la delincuencia por culpa de la invasión de primitivos y bárbaros inmigrantes ilegales. A ambos lados del océano cuecen las misma habas. Las de la mentira, la manipulación y la degradación paulatina de nuestra civilización, que se encuentra a un paso del precipicio.

Llegamos a Padrón sin más incidencias destacadas, conseguimos abrir las puertas de la pensión perteneciente a una red llamada “Ecorooms”, totalmente desasistido y sin huella de carbono 😖 y, como averigüe más adelante, receptora de una generosa subvención a cuenta de los famosos fondos Next Generation que va recibiendo nuestro gobierno regularmente, y cuyo destino sigue reclamando la Unión Europea, de forma repetida e infructuosa a nuestro gobierno, con el corrupto silencio habitual de los socialistas como respuesta. ¿Cuánto habrá desviado a sus cuentas particulares la mafiosa famiglia Sánchez Gómez de esta lluvia de miles de millones? Mejor ni saberlo. Ya saldrá. Cuando les echemos a patadas. ¡Qué ya está bien, hombre!

Ayudamos a unos americanos que iban un poco bebidos y eran incapaces de abrir la cerradura y que compartían el baño con nosotros, algo que en la descripción de la pensión queda ocultado en la letra pequeña: “Vuestro baño es el número 1”, rezaba el mensaje automatizado que nos llegó por Whatsapp. Lo que no decía es que también lo era para otras habitaciones. Y tanta automatización llegó hasta el punto de que la redondita yanqui, que tenía reserva en el mismo hospedaje, renunció a su habitación después de varios intentos de abrir la puerta de su baño y de intentar comunicarse con el bot vía Whatsapp, pilló otro hotel por teléfono y despareció rauda y veloz. Bien pudo ser un apretón, pero cuando conseguimos abrir su baño ya no contestó a nuestros mensajes. Cenamos una lasaña a medias, queso y fuet, tiramos las hamburguesas prefabricadas y vomitivas de aspecto, y al zulo.

Hasta aquí la estancia en Padrón, con el arreglo gratuito de las gafas de Edu y con la nostalgia ya en el alma, sabiendo que al día siguiente acabaría nuestro tramo anual. Y con el cuerpo molido pero ya adaptado al ejercicio diario. A descansar, que quedaba la etapa más larga. O eso pensábamos antes de conciliar el sueño

El reencuentro

Padrón – Santiago, 24 de septiembre de 2024, bus + 7 km

Pensando en que era la etapa más larga, a las cinco estábamos en pie, pero nos recibió una mañana de fuerte lluvia, lo que nos obligó a replantear el plan del día. No veíamos factible hacer los 26 kilómetros en estas circunstancias, por lo que desayunamos con calma en la pensión con las bolsas de desayuno sorpresa que había preparadas e iban incluidas en el precio, y miramos los horarios de los autobuses. Pillamos uno que partía a las siete de la mañana y que 25 minutos más tarde nos dejó en Milladoiro, con Santiago de Compostela a tiro de piedra, a menos de 7 km., y con la tranquilidad de saber que a pesar de que continuaba lloviendo, llegaríamos sin problemas. Y así fue.

La entrada en Santiago fue diferente a la de otros años: un martes y a las nueve y pico de la mañana, con la ciudad dormida, una neblina cubriendo la ciudad y algún que otro peregrino madrugador haciendo tiempo de bar en bar, de tienda en tienda. Hasta nosotros echamos una mirada a dos de ellas: una de sillas de rueda, pensando en el futuro, y otra llamada “Pijus Magnifikus”, que nos sacó una sonrisa y que estaba llena de cosas frikis que siempre divierten, desde espadas láser hasta máscaras y miniaturas de series y pelis conocidas. Como maliciosamente apunté, hasta vendían pequeños Ramiros de bolsillo. Siempre se le echa de menos. Subimos pues por la Rúa Franco, del bar París hasta el Dakkar, calle extrañamente vacía y en un silencio poco habitual, solamente interrumpido por los camiones de Estrella Galicia proveyendo a los locales ante la cercana avalancha peregrina. Esta vez nos salvamos de las eternas colas, recogimos nuestras credenciales, y como manda la tradición, nos fuimos al Ourense, de los pocos bares antiguos y visitado por autóctonos que queda en lo que es el entorno de la masificada feria peregrina del Obradoiro, la catedral y sus aledaños.

Edu descubrió, guías online mediante, un restaurante cercano, casa Manolo, un local bien grande, a pocos metros de la catedral, gestionado por eficaces y bien organizados hispanoamericanos, lleno ya desde su apertura a la una, pero con un menú sorprendentemente bueno y con un precio, teniendo en cuanta la ubicación, el servicio y la calidad de la comida, más que correcto. Si no recuerdo mal nos salió a 17€ por barba, y el codillo que tomé estaba realmente bueno. Fast-food, obviamente, pero de calidad, servido con agilidad y bien estudiada simpatía. Una mina para los propietarios y un buen servicio para los hambrientos peregrinos. Que tome nota el imbécil de la etapa de Caldas, que más que dar servicio parecía querer arruinar el negocio familiar. Igual hasta fue el autor de la pintada de “putigrinas” y desde entonces, despechado y abandonado, se venga de un amor no correspondido, haciendo esperar a todos los peregrinos que intentan tomar algo.

Volvimos al Ourense a pasar la sobremesa a la espera de que llegara Chris, peregrino inglés de 73 años que conocimos hace dos años, trabamos amistad con una pareja cordobesa, hasta el punto de que le pidieron el teléfono a Edu, algo extraño a sabiendas que lo más probable es que no los veamos nunca más, y finalmente apareció Chris, un feliz reencuentro, que redondeamos con varias cervezas juntos mientras él se comía una merluza con patatas, y los guiris de al lado se metían una paella prefabricada con un café con leche, siendo casi las 4 de la tarde. Cosas de los bárbaros anglosajones, y de los posaderos españoles que bien explotan esta falta de conocimientos, gusto y estilo de los bárbaros del norte.

Y aquí acabó la aventura, Chris de vuelta al Seminario Menor, nosotros a la estación, y ya fijando las fechas para el siguiente tramo. Que por una vez será a finales de invierno, buscando la aventura y sobre todo la tranquilidad y la soledad, algo imposible hoy en día en estas partes finales del Camino, masificadas y convertidas en una imparable verbena popular.


 

Epílogo

¿Cómo cerrar un relato como el de este año, que no ha sido un tramo más, sino el 25 aniversario de mi deambular por España siguiendo esas flechas amarillas que he utilizado como título? Como entenderás, estimado lector, los recuerdos de tantos Caminos anteriores, de Carlos Oriente que en paz descanse, de peregrinos de cruce fugaz y ya olvidados pero también de verdaderas amistades que han perdurado más allá de la semana de caminata juntos, como Rolf, Chris o las gacelas Rocío y Lurdes, que esperamos volver a ver el año que viene,  la progresiva degradación del Camino, la masificación y la falta de esa complicidad de antaño, de grupos reducidos pero conocidos; hay tantos sentimientos, recuerdos, dolores,  lágrimas y sonrisas, y, sobre todo, cervezas, acumuladas en veinticinco años y ya más de 4.000 kilómetros con mochila en ristre, la mirada lejos y la frente levantada, que podría escribir un libro. Pero libros sobre el Camino ya existen demasiados. Y películas. Y guías, servicios de transporte, hoteles de lujo, frikis, vendedores de motos, trucos y picarescas. Como cualquier tradición o moda que triunfa, acaba siendo explotada sin perdón. Es como funciona el sistema, sola hay que fijarse en otros eventos, vías, rutas o tradiciones españolas: desde la Semana Santa sevillana, pasando por la rompida de Calanda o la Tomatina de Buñol hasta los Sanfermines de Pamplona, todo se ha convertido en una fiesta pagana, como cantan los rockeros de Mago de Öz. No de una forma tan extrema ni anticlerical como lo describen ellos, pero sí que siento esa dosis de rabia por la transformación del Camino, por la falta de seriedad, de solidaridad, de recogimiento, de religiosidad y de Fe. Algo que por otro lado tampoco es de esperar en los últimos 100 km del Camino, que son los más recorridos y por tanto masificados: como dato muy indicativo, de los 2.714 peregrinos que llegaron ayer, el 95% solamente había recorrido los últimos 100 km. E intuyo, por lo visto este año, que de estos 2.500 una gran parte eran turigrinos, sin mochila, sin sufrimiento, sin agobios ni prisas. Como si fuera una carrera popular cualquiera. O la ruta del Inca. O la ruta de vinos de un pueblo cualquiera. Y con prisas para pillar mesa, con picaresca para adelantarte en la cola, con andares competitivos, con móviles en ristre, haciendo la foto antes de siquiera echar una mirada al paisaje, con guiris publicando fotografías de su “tapa” de sandía con tortilla, mientras el chorizo con café con leche se enfría. Seres en constante egotrip, obsesionados por compartir en las redes y con ello sentirse admirados, recordados o queridos. Compartiendo antes de sentir, muriendo antes de vivir.

Entiendo que se hagan fotografías, son parte del Camino y fuente de recuerdos imborrables, pero de ahí a llevar el móvil clavado en un palo filmando todo el rato, hasta yendo al excusado, no sé yo si eso es hacer el Camino de Santiago.

Otra cosa es llevar un dron que te sigue, evitar a la gente, ser discreto y solitario, no tocar a nadie y crear bellos reportajes (miradlo y disfrutad).  Pero claro, no todos son como el amigo Rolf, al que conocimos el año pasado y tenemos en gran aprecio.

Y ya que he nombrado a la banda de rock Mago de Öz, igual también se podría utilizar como símil para el Camino de Santiago la eterna discusión sobre la “Yellow Brick Road”, la carretera de ladrillos amarillos (en vez de flechas) de la novela original “El Mago de Oz”.

Un camino que unos dicen que es un recorrido personal de obstáculos para mejorar, aprender, distinguir el bien del mal y realizarte como ser humano, camino que recorre risueña, emocionada e intrigada la pequeña Dorothy en la susodicha novela, o bien es una carretera, un camino, plagado de tentaciones, maldad, vicios, oro, rencillas y envidias, del que mejor es regresar, como lo interpreta de forma totalmente contraria Bernie Taupin en su letra de una de las mejores baladas cantadas por Elton John, el “Goodbye yellow brick road”. El Yin y el yang. El peregrino o el turigrino.

Pero nosotros no le vamos a decir adiós a nuestro camino de flechas amarillas. Al contrario, ya tenemos planificados dos nuevos tramos para el año entrante.

Eso sí, lejos de Santiago y en temporada baja.

A intentar volver al Camino original. Y a lo que significa. Y a lo que aporta. A nuestras raíces cristianas e hispanas.

¡Ultreia!