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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Seguimos caminando

Por límite el horizonte
Y por frontera la mar
Por no tener ni tengo norte
Y no sé lo que es llegar
El caso es andar
(Cecilia, 1973)



Un año más, y suman ya dieciocho los tramos del Camino de Santiago iniciados, sufridos y acabados. Lejano queda el primero, en el año 1999, con mi madre recién fallecida, su esquela en la mochila, graves e insuperables problemas matrimoniales a punto de quebrar una relación que no pudo ser como hubiera deseado (¡mea culpa!) y ese primer contacto con el polvo, el sufrimiento, el paisaje y la historia de un milenario camino de peregrinación. Y como cada año, la siempre corta caminata, unos 145 km este año, ha estado plagada de anécdotas, experiencias y, sobre todo, de ese sentimiento de libertad, de liberación de la carga del día a día y de una necesaria introspección buscando ese sentido de la vida tan intangible y misterioso como los méritos de Mariano Rajoy el inane, Pedro Sánchez el limitado, Gabriel Rufián, Puigdemont, Iglesias, Echenique, Monedero, Colau o cualquiera de los demás personajillos que cobran un sueldazo y viven a cuerpo de rey sin aportar nada a la sociedad. A no ser disgustos. Y generando al mismo tiempo graves enfrentamientos sociales.

Este año mis espaldas tenían que soportar pues una carga adicional: la situación política y social en mi patria chica, Cataluña, y por ende en mi querida España, pesaba como una losa en la como siempre demasiado cargada mochila. Y sigue pesando.
Malditos sean los manipuladores que con tal de esconder sus vergüenzas y ocultar sus latrocinios son capaces de destrozar una gloriosa historia común! 
Y pobre la juventud adoctrinada que sigue al mentiroso pastor cual oveja alelada sin darse cuenta que al final del camino lo que hay es un precipicio sin fondo.

Andando por lo tanto por la vega del río Tera, principal afluente del Esla que a su vez nutre de agua al majestuoso Duero, este año partimos desde Montamarta, localidad zamorana muy cercana a la capital de la provincia, con la Puebla de Sanabria como meta. Hablo en plural ya que volvía a disfrutar de la siempre agradable compañía de Edu, al igual que el año pasado (y esperando que en el futuro sigamos compartiendo penas y alegrías, cervezas y vinos, ruidos y silencios, conversaciones y discusiones… y hasta enfados).

Y empezó todo en un taxi que nos acercó desde Zamora hasta el punto de partida, taxista “piratilla” por cierto que se saltó el turno del compañero al que habíamos llamado y usurpó su puesto para ganarse unas perras. La clásica “picaresca” española que tanto me gusta citar en mis artículos como un ejemplo más de la falta de valores en nuestra sociedad. Porque aunque la primera acepción de pícaro en el DRAE sea la de “listo y espabilado” bien sabemos todos que en la mayoría de los casos hay que aplicar la segunda acepción, que reza: “tramposo y desvergonzado”. Como los políticos impresentables citados anteriormente. Buscando el beneficio propio a costa de los demás. Como el taxista.
Sin hospitalero que nos recibiera y con casi todas las camas ocupadas, nos instalamos, paseamos por el pueblo para hacer tiempo, compramos lo necesario para una cena ligera y conocimos a Félix y Javier, ambos residentes en Quintanar de la Orden, veteranos peregrinos y personas interesantes con las que conversar y compartir anécdotas y conocimientos. No puedo decir lo mismo de un friki peregrino, de esos que como bien dijo Javier parecen feriantes con todo lo que llevan colgado al cuello o de la mochila. Buscando protagonismo y sabiendo todo mejor que los demás, su destino estaba escrito: quedarse solo. De madrugada le cayó una buena bronca de parte de una chica a la que despertó con su té a las 4:30 de la mañana, con un ¡te odio! que resonó en todo el albergue, y también nosotros decidimos al final de etapa hacer un quiebro, cambiar el destino y con ello no tener que volver a compartir techo con él.

Nuestra salida a la primera etapa no pudo ser más desastrosa, dejando el dicho español de “a quien madruga Dios le ayuda” en agua de borrajas (originalmente cerrajas según estudiosos lingüistas). Empezamos a andar a las 6:20 de la mañana, pero por desgracia, y a pesar de mi guía, la brújula y la en teoría fácil orientación mirando el firmamento, en vez de ir hacia el norte fuimos andando en círculo, lo que añadió unos 6 km a una primera etapa que presumíamos fácil y cómoda. Suerte que Edu tuvo la sensatez de parar en seco nuestro deambular sin rumbo (el “no arrow no way” acabaría siendo un lema del Camino de este año), dimos marcha atrás y retomamos el camino correcto a los pies de una antigua fortaleza de la Orden de Santiago. De ahí a Fontanillas de Castro fueron unas largas tres horas esperando encontrar un bar anunciado en las guías pero, maldito día llevábamos, la posada estaba más cerrada que la mente de Irene Montero. Dentro de la desgracia por esta vez nos sonrío la diosa fortuna y justo cuando íbamos a retomar la marcha, hambrientos y sedientos, apareció la propietaria, limpió el local de los excesos de la noche anterior y nos sirvió un refrigerio a base de bocadillos y cervezas. ¡Alabados sean el Señor, el bocadillo de lomo y la Mahou bien fría!

Saciados y descansados seguimos hasta Riego del Camino, tomamos unas cervezas con nuestros conocidos Félix y Javier y decidimos seguir la ruta normal hasta la Granja de la Moreruela y ahí tomar un taxi, desplazarnos hasta Tábara (ya habíamos barajado esta población como meta inicial) y dejar atrás dicho pueblo, sus fiestas, su poco afamado albergue y sobre todo al friki nombrado anteriormente. ¡Sabia decisión supongo, aunque nunca sabremos cómo hubiera sido a la inversa! De nuevo tiramos de taxista pícaro (en este caso ya ni era taxista sino un simple lugareño que nos oyó hablar y se ofreció a llevarnos por unos módicos 25 euros hasta destino. Un euro por kilómetro parecía ser la tarifa oficial de la región (igual que el precio de un botellín). ¡Asín si, como ya decía Edu el año anterior! La llegada a Tábara nos sorprendió con la procesión de la Virgen del Carmen, elegimos el albergue privado que incluía la cena por 15€ , aguantamos la bronca de un peregrino por dejar la mochila en la cama, mientras nos duchábamos desapareció una pareja que ya estaba instalada (intuimos que era la misma chica enfadada del día anterior…, al parecer un poco antropofóbica), paseo, preciosa iglesia románica en un región con claro pasado templario, cena en el albergue viendo una parte del partido del Madrid, llegada de unos gabachos y una holandesa sudorosa y hasta maloliente, y poco más. Disfrutamos de una noche tranquila y a las 7 de la mañana ya estábamos en pie para seguir nuestra aventura. Ni 24 horas llevábamos en marcha y ya había pasado de todo un poco. Cosas del Camino y de la cercanía intensa y continuada con extraños y en un ambiente desconocido. Como dirían psicólogos, tutores o entrenadores (ahora llamados coach por aquello de la modernidad): estábamos claramente fuera de nuestra zona de confort. Como Arturito Mas contando anonadado sus ahorrillos para enfrentarse a la multa de más de cinco millones de euros que va a tener que apoquinar en breve. ¡Por listillo! ¡O mejor, por ladrón! 
(Como bien describe J.M. Nieto en su viñeta de ayer)
La segunda etapa empezó de maravilla, de aquellas etapas que no se olvidan: sin asfalto, naturaleza exuberante, sin cobertura en los móviles y en un silencio absoluto cruzando una sierra en la que igual aún se escondían “antiguos maquis y hasta sefardíes” (esta frase la soltó el taxista de la víspera, será cosa de la soledad y del vino de la región. 
Al oírla me vino a la memoria la escena del ermitaño en “La Vida de Brian”. Eso sí, con bandera roja y negra y soltando la letanía del “no pasarán”). Llegamos a Bercianos a las 11:15. Ni tienda ni bar social. Edu se apresuró a escribir en mi bloc: Your guide is a fucking shit.  ¡Gracias por apreciar mi trabajo y la buena intención! Pero como Dios es justo, a los pocos segundos de sentenciar mi trabajo con su tajante frase apareció la amiga olorosa holandesa (se presentó como Mandy) con una lugareña que portaba las llaves del local social, nos abrió y pudimos disfrutar de un refrigerio a base de queso y las omnipresentes cervezas (en todos lados frías a más no poder, algo sorprendente pero de agradecer). Los amigos Félix y Javier también se unieron, dimos algo de comer a la holandesa (daba la sensación de que no gasta ni come nada), y al rato salimos para rematar el día, llegando a Santa Croya de Tera a las 13.40. La hospedería de esta etapa se llamaba Casa Anita y nos recibió la simpática Conchita en un albergue / hotelillo rural muy bien montado pero exagerado en tamaño y servicios para el entorno y la afluencia de peregrinos (hecho confirmado posteriormente por la propietaria que nos comentó que lo dejaba después de 18 años, que no era rentable). Comida a base de platos combinados en el “Chiringuito”, sorpresa por la cantidad de agua y el espléndido campo de fútbol con una hierba que envidiaría cualquier equipo de primera, y por fin se nos ocurrió un nombre para la banda: “Conchita no tiene …”. Lo dejo ahí, no creo que haga falta entrar en detalles.


Paseamos hasta la vecina Santa Marta, que alberga en la fachada de su iglesia la que dicen que es la representación  más antigua de Santiago Peregrino de España (afirman que es del Siglo XIII, aunque a nosotros nos pareció bastante más moderna, o como mínimo restaurada), y de vuelta al centro. Compramos algo para cenar, las guapas hermanitas hospitaleras nos prestaron una guitarra y le dimos un poco a la música. Aunque la fiesta quedó interrumpida por un nuevo episodio de falta de higiene de los bárbaros del norte: apareció una señora holandesa de unos 65 años llena de picaduras de chinches, quejándose de los albergues y reclamando ayuda para limpiar su equipaje. Lo que tendría que hacer es quemar el saco de dormir y dejar de transportar a los bichitos de albergue en albergue. Para rematar, la soberbia de un holandés que la acompañaba llegó hasta el punto de llamar a unos amigos farmacéuticos en ¡Noruega! para que nos instruyeran en cómo se eliminan los/las chinches (mientras tanto iba vacilando, detallando las varias carreras que tenía y lo bien que tocaba y cantaba el “Let it be” de los Beatles. Patético.). Edu dejó caer un muy acertado: “Pues haber estudiado biología (por lo de los chinches)”. Como si España fuera un país del Tercer Mundo en el que la higiene brilla por su ausencia. Tendría que haberle recomendado echar una mirada a las estadísticas de ventas de productos de higiene personal en los diferentes países europeos. Se hubiera llevado un buen chasco. Maldito engreído (y no sería su única salida de tono como se verá más adelante). Otra solución sería que se juntaran todos estos sucios del norte con las chicas de la CUP de Barcelona y se dedicaran a olerse el sobaquillo en sucia hermandad. ¡Dios me perdone por estos insultos, pero por sus aires (y olores) se lo merecen! Aguantar la prepotencia holandesa en mi propia tierra es para añusgarse. ¡Viva el Duque de Alba!



Y vamos a por la tercera etapa. ¡Solamente habían pasado 3 días desde el inicio de la aventura anual y las anécdotas y vivencias se acumulaban! Que enriquecedora diferencia frente a la monotonía del día a día en la gran ciudad. Claro que es algo no apto para todos los públicos: ruidos, olores, incomodidades, sed, hambre, dolor, hastío, impaciencia…, sentimientos a los que los urbanitas no estamos habituados. Pero que al mismo tiempo son fuente de muchas enseñanzas. A determinados personajes (a esos que insulto a menudo: los malditos políticos que se están cargando nuestro país con sus mentiras, sus comisiones, sus robos descarados o sus iluminadas teorías sobre naciones milenarias y diferencias raciales entre iguales) les iría pero que muy bien pasar unos cuantos días sufriendo bajo el peso de una mochila, compartiendo aseos con desconocidos y durmiendo en literas inestables. Otro gallo nos cantaría si conocieran en primera persona lo que significan el esfuerzo, la paciencia, la tolerancia, la solidaridad y la generosidad.

A las ocho de la mañana ya estábamos en camino, sabedores que hasta las 11 de la mañana no habría tregua ni lugar donde repostar. Por fin, en el bar La Trucha de Olleros, hicimos parada y fonda y nos juntamos con Astérix y Obélix. Al final acabé bautizando de esta guisa (con todo cariño) a los compañeros Félix y Javier. Objetivamente tienen un aire a los famosos galos del cómic, tanto físicamente como por su carácter.  Después de un desayuno nada frugal (tortillas y embutidos del lugar) seguimos hasta Villar de Farfón, con un tramo de asfalto duro donde los haya, donde hicimos un pequeño receso en un curioso albergue en medio de la nada, regentado por un joven sudafricano (Craig) muy creyente (por no decir integrista: el albergue se llama Rehoboth, nombre de un pozo que se nombra en el libro del Génesis del Antiguo Testamento). Sin tiempo ni de disfrutar del refresco que nos ofreció el hospitalero a cambio de la voluntad me vi inmerso en una conversación sobre la posibilidad de la resurrección física y la fe en general. Suerte que llegaron los galos y emprendimos la marcha al poco rato. El resto de la etapa fue por un precioso camino boscoso, en el que un zorro cruzó nuestra senda, y hacia las cuatro de la tarde llegamos a Rionegro del Puente, con un albergue muy bonito pero escaso en duchas y aseos (como en la mayoría de los casos), y localidad sede de la Cofradía o Hermandad de Nuestra Señora de la Carballeda. Los historiadores consideran a esta hermandad una de las primeras del Camino, y sitúan sus orígenes entre el siglo XIV y XV. Los miembros se llaman los “Falifos”, cuyo origen parece ser una prenda que se destinaba a la venta para recaudar fondos para la cofradía. Hasta aquí llega lo que pude entender, si estuviera Astérix / Félix seguro que ampliaría la historia con más detalles. Algo que hacía con casi todo lo que veíamos o hablábamos, era una fuente de conocimiento que daba placer tener al lado. Poco más dio de sí el día: paseo, cena de menú muy correcto en el bar Palacio y a descansar.

Llegado el miércoles nos levantamos al alba y a las 7 ya estábamos andando. La noche anterior nos anunciaron que el albergue previsto inicialmente en San Salvador estaba cerrado, por lo que nos enfrentamos de nuevo a una etapa larga, de más de 28 km. A las 9 desayunamos en un hotel de carretera en Mombuey (que Edu conocía de algún viaje anterior), y aprovechamos que había negocios abiertos para comprar lo necesario para cocinar en el siguiente albergue (o en el que tocara). Después de hora y media bastante tranquila paramos en un bonito pueblecito a dar buena cuenta del pan, las cervezas y el chorizo que llevamos a cuestas y coincidimos con una nueva pareja de peregrinos, esta vez alemanes, que iban con toda la calma del mundo disfrutando el paisaje. Al rato cruzó delante de nosotros, a menos de 50 metros, un nutrido rebaño de corzos (más tarde, al volver a estar los cuatro juntos y tener yo mis dudas consultamos en el DRAE las diferentes denominaciones de grupos de animales: manadas, bandadas, rebaños.. y piaras (la única que tenía bien clara: “manada de cerdos o de políticos”). Creo que desde la última vez que fui a un Safari Parc no había visto tantos animales salvajes juntos. Y eso debió ser por los años 70 del siglo pasado.  Un poco más adelante vimos a lo lejos a un anciano francés (82 años), al que apodaba Gimli por su estatura, y que comenzó a tambalearse con una mochila que medía casi lo mismo que él. Interesándonos por su estado nos comentó que no podía más, que llamaría a un taxi en el siguiente pueblo y que se retiraba. Pobre hombre. Echamos una mirada a la iglesia del pueblo y conversamos brevemente con un cura sacado de los comics de antaño: fuerte como un roble y multón como un Guardia Civil. ¡Que si por qué llevo un tatuaje, que cómo es que un madrileño y un catalán se hablan! Miedo me daba imaginar sus homilías, y así debían sentir todos los habitantes de la aldea, ya que pese a ser miércoles acudían en masa a la misa de 11. Despachado el último tramo llegamos al albergue / polideportivo de Asturianos hacia las 12; ahí nos estaba esperando Obélix, ya que por seguir lesionado había tenido que volver a usar un transporte mecanizado para cubrir la etapa.

Al rato se fue llenando el refugio, situado en un paraje precioso, con un inmenso roble en la puerta, un campo de tiro y hasta un frontón de tamaño reglamentario. Se nota (como bien nos comentaron los lugareños en varios bares) que por aquí hay dinero. Y bastante. Preciosas y cuidadas casas e instalaciones deportivas dignas de villas de mayor tamaño. La ya conocida holandesa de los bichos, bautizada Mama Chinches desde el día anterior, apareció también con sus antipáticos acompañantes, y siguiendo su pesada obsesión vació toda su mochila en el césped dejando que los chinches se desperdigaran por todos lados. Y encima se le ocurrió pedir a la propietaria del bar si podía dejar el saco de dormir en la nevera de los helados para rematar la plaga. ¡Anda ya! Suerte que cacé al viento sus intenciones y me chivé a la posadera, que me sonrió agradecida. El enemigo holandés volvió a soltar una de sus impertinencias: ¿Lo de tener los pies heridos es una tradición española?, sin que me dignara en recordarle todas las derrotas sufridas por su “pueblo superior” a manos de nuestros míticos Tercios de Flandes. Ni lo entendería. Ni valía la pena. Que siga con sus chulerías y sus chinches. Que a todo cerdo le llega su San Martín. O su Ambrosio Spinola como en Breda.


Cenamos, discusión absurda con Edu, de esas que no sabes ni a qué vienen, y pasadas las 9 ya me fui a descansar. Ya solamente nos quedaba una etapa, y para variar me sabía a poco lo vivido. ¡El año que viene haremos lo posible para alargar el tramo! Por lo menos es nuestra intención.

Ya era jueves, día de la última etapa. De Asturianos a Puebla de Sanabria, un paseo de poco más de 15 km. A las 7 estábamos en pie, y a las 8 caminando por la santa tierra española (al no abrir el bar del pueblo optamos por ir tirando). Me alejé del grupo y me hice toda la etapa en absoluta soledad. Supongo que se debía a la pequeña discusión de la noche anterior. O quizás al bajón por saber que se acababa el Camino de hogaño. O a una mezcla de ambas cosas. Llegué al albergue tocadas las 12 del mediodía, con Javier en la puerta y la buena noticia de que Mama Chinches y sus muchachos habían pasado de largo y seguían al siguiente pueblo. ¡Qué alivio! Me acerqué al supermercado a comprar los ingredientes que faltaban para preparar la comida en común planificada y al rato llegaron Félix y Edu.
Esta vez los macarrones no me salieron nada bien (maldita sal gruesa), pero por lo menos seguimos la tradición de cocinar un día para los demás y pudimos compartir mesa y charla con los irreductibles galos.  Paseamos por el bonito pueblo para bajar el exceso de sal, y a la vuelta nos encontramos con Mandy, la holandesa, que de golpe pasó de ser la olorosa a ser una fiel aliada: hablando sobre los antipáticos holandeses y Mama Chinches me comentó que no los traga…, y hablando sobre España e Inglaterra soltó una frase inesperada en boca de una persona de su nacionalidad: “Los españoles integraron en América, los ingleses mataron”.

De golpe ya no la veía como una sudada holandesa y a mis ojos se convirtió en una simpática y hasta guapa amiga. Si nuestro Camino hubiera seguido unos días más seguro que hubiera sucumbido a sus encantos. Y hasta a sus efluvios.

¡Ultreia et suseia!
Buen Camino a todos.


P.D.: Ayer se cumplió un año del fallecimiento de mi padre. Le recordé en la misa en Puebla de Sanabria, al igual que recé por todos mis familiares, amigos y camaradas. 
Por los presentes y por los ausentes. D.E.P. 
Y siendo el día que es, no puedo olvidar ni dejar de gritar: ¡Carlos Oriente, presente!





martes, 18 de octubre de 2016

Una vez más, al Camino.

El águila vuela sola; 
el cuervo en bandadas.
El necio tiene necesidad de compañía
 y el sabio, de soledad





Vuelve el clásico de cada año. Y no hablo de un partido en la cumbre, ni de la esperada comida navideña en familia (que este año sin duda será extraña por el fallecimiento de mi padre): hablo del Camino de Santiago y mi anual tramo por las tierras de España, buscando el no sé qué o simplemente cumpliendo un rito cual dogma de fe. Ese “Walk, eat, sleep, repeat” de la camiseta que descubrí en el tramo del año pasado. Aunque como siempre intentando intercalar algún “think”, “speak”, “sing” y sobre todo “drink”. No vaya a ser que me quede deshidratado y acabe tirado en algún recodo del camino esperando la aparición de las aves carroñeras.


Empezaba pues la ruta en Salamanca, donde dejé mi último tramo de la Vía de la Plata hace 3 años, recorrido éste que inicié años antes con Carlos y Lupe y que Dios mediante acabaré un día de estos. Esta vez salía hacia lo desconocido con un compañero nuevo, Ed, que en muchos momentos me recordaba al añorado Carlos Oriente (¡Presente!): por su tranquilidad, fortaleza y parquedad en palabras y su suma presteza a la hora de compartir un trago o ayudar a los demás. Sin Matrix esta vez, después de 2 años compartiendo lo bueno y lo malo desde Roncesvalles hasta Burgos, pero con las mismas ganas y curiosidad de ver nuevos paisajes, conocer a gente extraña, departir con los lugareños y olvidar por unos días el tedio y la presión del resto del año.

Y así nos plantamos, en una etapa inicial realmente prescindible en lo que al paisaje se refiere (bien lo pone en la guía austriaca del peregrino Ernst: “se recomienda hacer este tramo en autobús), en Calzada de Valdunciel, después de 16,5 km de aburrido y feo recorrido, en cuyo albergue ya nos encontramos con los primeros peregrinos: desconocidos al llegar y parte de nuestras vidas al separarnos. Como pasa con todas las personas que vas encontrando por los variables senderos de la vida y del Camino. Aparecen, aportan o restan algo a tu vida, y siguen sus andares, dejando en su lugar esos recuerdos que son base de nuestra existencia. Los buenos y los malos. Hacemos tiempo hasta que aparece la hospitalera y tomamos unas cervezas en un bar cercano (EL Bar, para ser más exactos).  Registro y sello con Susana, o Susi, una inexperta hospitalera que se estrenaba justamente ese día y que con sus bonitos ojos azules y peinado a lo “garçon” me recordó a otra Susi de Madrid. ¡Me gustan las Susis de pelo corto! Román, gallego y con unas ganas de hablar terribles (y de meterse con los curas), nos cuenta que viene andando desde Gibraltar, mientras que José calla y otorga: ayuda a la hospitalera con los formularios oficiales. Cada uno a lo suyo. El resto del día, lo
clásico. Conversaciones, paseos arriba y abajo, cena de menú correcto en el bar viendo al RCD Español y vuelta con el albergue ya en silencio y las 8 camas ocupadas. Los ya nombrados, 3 catalanes y una francesa con aires de bruja despistada. Algo que se confirmaría en los siguientes días.


Diana a las 6:30, después de una noche dura (¿serán las cervezas, la litera, la edad, el tabaco o la suma de todos estos factores lo que me impide dormir a gusto?). Mientras el resto de peregrinos se van a desayunar nosotros tiramos millas a las 7:15. Un claro “repeat” en lo aburrido de la etapa y a las 11:30 ya nos encontramos delante del Albergue FyM en el Cubo del Vino. Curioso nombre cuyo origen sigue siendo discutido sin que nadie pueda dar una respuesta fehaciente. Ni la Wikipedia. Que ya es decir. La Eme del nombre del Albergue es de Mercedes, la activa y dicharachera hospitalera que ha convertido la antigua casa familiar en un curioso albergue con 13 camas repartidas en varias habitaciones, un salón  y un solo baño, pero lleno de fotografías de anteriores peregrinos, una bonita recepción a base de chorizo y cerveza bien fría y el ofrecimiento directo de lavarnos la ropa gratuitamente. Así da gusto. Muchas gracias por todo Mercedes.
Conocemos al matrimonio de Sudáfrica, en concreto de Durban. Se llaman Pauline y Morrell Rosseau, y a las primeras de cambio tengo la intuición de que son “del palo”. Salgo de dudas en cuanto responden a mis primeras preguntas: “por suerte el CNA está a punto de perder la mayoría” y que los “campos de fútbol del Mundial están siendo utilizados asiduamente por los equipos de rugby. Que el fútbol ahí es cosa de negros”.  En posteriores conversaciones nos enteraríamos de que son hospitaleros y que hacen algún Camino cada año (y vía Internet ya de vuelta en casa descubrí que son de la hermandad del Camino de Sudáfrica, que ella dirige una escuela femenina católica, que él es ingeniero en la Bosch y que el Papa les otorgó la condecoración Benemerenti en el 2013. Cuando el río suena…). Agradables y educados. “Rara avis” que en el trabajo o en la gran ciudad no sueles encontrarte.
Pero volvamos a lo mundano: al bar. A beber. El pertinente paseo por el pueblo nos permite descubrir que hay 2 bares y que, por fin, se cumple la ley no escrita de Ed. Un botellín, 1 Euro. “Asín si”, como proclama mi compañero de aventuras. Algo que sumado a la mortadela, alimento primordial, básico e imprescindible, parece ser su guía vital. Y tampoco le voy a quitar la razón: con botellines de Mahou y mortadela con aceitunas más de uno ha capeado las fuertes tempestades de la vida. Cargados pues con las viandas, pan, mortadela y cervezas,  retornamos al albergue para comer ahí, y dedicamos la tarde al descanso, a comprobar que el segundo bar cumple la ley del €, que el tonto que existe en cada pueblo (y que suele ser el más listo de todos) salta de un bar a otro para contar sus penas y a prepararnos para cenar a las 20:30 en el segundo turno en casa de la hospitalera.  Cena curiosa donde las haya, compartida con Román y José, en el propio comedor de la casa de la hospitalera Mercedes, con la madre sentada en primera fila escudriñando todos nuestros gestos, los niños corriendo arriba y abajo, el marido relatando sus penas y problemas con la Sanidad Pública y un ambiente entre película española de los 60 y una versión pacífica de Puerto Hurraco. Todo rematado con un buen licor casero y con la francesa yendo siempre en la dirección opuesta a los demás. Otro día más, nuevas historias para recordar.

Llegamos pues a la tercera jornada, poco tiempo en la vida normal pero lleno de detalles y anécdotas cuando compartes 24 horas al día con propios y extraños. Para rematar su suma amabilidad, Mercedes nos acompañó hasta la salida del pueblo para no equivocarnos con el sendero. Por fin cambió un poco el paisaje, y pasamos de monótonos y uniformes toboganes a un sendero con más arbolado y mayor variación vegetal. Tampoco era la Selva de Irati, pero como todo en la vida es relativo nos alegraron los arbustos y pequeños árboles que fuimos bordeando. Dos cortas paradas, una de ellas para señalizar con Morrell un cruce que debido a la vegetación inducía a error, y a las 11 de la mañana ya estábamos de nuevo en destino. Ed tiene razón en decir que estas etapas saben a poco, acostumbrado a largas marchas por la montaña. Pero a mí ya me va bien. No estoy yo para esfuerzos excesivos, ni tampoco es lo que busco. “Chi va piano, va sano e va lontano”, como proclaman por Itálica, o como se suele decir cuando se habla del Camino de Santiago o de la vida: “lo importante no es llegar, es caminar”. Y en eso estábamos. A las 11, para variar, nos plantamos en destino, esta vez en una minúscula aldea llamada Villanueva de Campeán, cuyos máximos reclamos son el único bar, un encantador albergue con una entrada pensada para Hobbits o familiares de Torrebruno y un muy dejado convento franciscano llamado “San Francisco del Soto”, patrimonio cultural en estado ruinoso (como comentaría posteriormente Morrell, muchas de las casas del pueblo tenían piedras del convento en sus paredes y cimientos). Abandonado tras la fatídica desamortización de Mendizabal, por lo que vimos “in situ”, pasó a ser la cantera particular de los parroquianos. Por lo menos pudieron darle un buen uso a las piedras y asegurarse el calor del hogar con ellas. En otros lares sin duda hubieran acabado llenas de pintadas, orines y proclamas anticlericales. En esa España que todos conocemos y que basa su día a día en el odio y la envidia al prójimo, sin dar ejemplo ni aportar nada más que rabia y una total carencia de valores. Esa España que queremos porque no nos gusta (tenía que soltar esta frase que tanto me agrada, y aquí encaja perfectamente). La bruja francesa apareció de la nada, se sumó un peludo con pinta de guarro, los 2 españoles decidieron seguir su Camino y nosotros nos dedicamos a pasar la tarde entre cervezas, charlas con los lugareños, muy salados por cierto, y la sorprendente aparición de una bandada de águilas (de ahí la introducción a este artículo, dado que como bien comentó el sabio del lugar las águilas suelen ir solas, aunque en esta ocasión debía haber algún animal muerto en las cercanías para que se juntaran hasta 6 águilas sobre nuestras cabezas). Una verdadera lástima no haber dispuesto de una cámara en condiciones…, pero bueno, las vimos. No todo es compartir y publicar al instante: como bien leía esta mañana en un artículo de opinión de un diario de tirada nacional (aunque empeñado desde hace años en cargarse a nuestra Nación), “en el nuevo presente informativo la noticia es “aquello que se comparte de inmediato”.
Poco más dio de sí el día, botellines a un Euro, unos dardos, más botellines, unos bocadillos cansados de esperar la hora de la cena (“Agotados de esperar el fin” como bien canta Jorge Ilegal) y una retirada al mini albergue a horas “intempestivas”, es decir, a las 8 de la tarde. Como si estuviéramos en el norte del continente en pleno invierno.

Habiendo entrado en el saco de dormir a las 20:00 no es de extrañar que a las 6 de la mañana del día siguiente estuviéramos ya todos despiertos, desayunando unos lo que compraron el día anterior y salvando yo mi donut de la mochila de Morrell, que en su afán de dejar el albergue impoluto se lo había guardado.  Andamos lo más lento posible ya que el único bar a unos 5 km no abría hasta las 9,
nos cruzamos de nuevo con un rebaño de ovejas separatistas, y por fin a las 9:10 tomamos un exquisito café en el Perdigón / San Marcial. Un tramo por carretera y volvimos a retomar la senda, con la depresión del Duero y la histórica ciudad de Zamora delante de nuestras narices, aunque faltaran 3 horas para llegar. Nos encontramos de nuevo con la extraña francesa en un puesto lleno de carteles de la “Fundación Ramos de Castro para el Estudio y la Promoción del Hombre”, carteles y mojones con esta inscripción que ya nos habían extrañado en las anteriores etapas. Con escritos tanto en español como en hebreo (aquí yo dudaba si era árabe o hebreo), decididamente la tachamos de contraria a nuestras ideas, algo que posteriormente se confirmó buscando un poco por la Red. Una fundación dedicada al acercamiento entre España e Israel definitivamente no encaja para nada en el Camino. Por lo menos a mi buen entender y sentir. Que es lo que al fin y al cabo me importa. No va a importarme la opinión de un progre atontado amigo de un estado genocida. O la de un matón de tres al cuarto. O la del tonto del pueblo. Aunque seguramente ésta última sería la mejor opinión de las tres. 
La llegada a Zamora es realmente espectacular, con un frontal del castillo, iglesias y todo el casco antiguo elevado sobre el río Duero y sus verdes orillas, frontera y protección natural de la ciudad. 
La temprana hora nos obligó a pasear un rato por la ciudad a la espera de la apertura del albergue, tiempo que dedicamos como es natural a tomar algunas cervezas, disfrutar de la cuidada, limpia e histórica ciudad  y a organizar una comida en común. Los sudafricanos se apuntaron de inmediato, los franceses se hicieron los remolones (aunque al final acabarían comiendo más que nadie), y no quedaba más que hacer que esperar la apertura del refugio para esta noche. Y vaya refugio: unanimidad absoluta entre todos los “veteranos” del Camino. Uno de los más bonitos, si no el que más, de todos los visitados en estos últimos 17 años. Tres plantas de un edificio histórico construido casi sobre la muralla de la ciudad,
habitaciones amplias, baños de sobras, cocina y comedor de lujo y hasta un ascensor para gente necesitada.
Entre cervezas, charlas y chanzas preparamos una buena ensalada y espaguetis, ese menú clásico de cualquier excursión, y compartimos mesa con los ya nombrados sudafricanos, los reticentes franceses, un alemán (educado como suelen ser mis paisanos y que directamente se prestó a limpiar la cocina) y un italiano bastante cascado llegados a última hora y un bicigrino (Juanón) de lo más simpático y agradable (la primera vez en todos estos años que intimo un poco más con alguien que va en bicicleta, forma de hacer el Camino que sigo considerando muy ajena al espíritu peregrino. Al igual que su creciente comercialización o el puente "Tibetano" que quieren colgar en no sé que tramo del Camino del Norte. Poco a poco acabando con la realidad histórica del Camino y convirtiéndolo en una ruta multiculti para simples excursionistas.Un verdadero asco,). 

Y habiendo una guitarra colgada en la pared estaba claro que la cosa acabaría en un ameno “sing-along”, en el que volví a destrozar algún clásico, coseché algún misericordioso aplauso y conseguí que los pocos que éramos pasáramos una buena sobremesa. El maestro Ed podría haberse lanzado un poco más y haber demostrado su maestría a la guitarra, pero bueno, tuvo la educación y generosidad de dejarme disfrutar. Poco más quedaba por descubrir, visitamos la ciudad en un paseo agradable, con conversaciones sobre estilos arquitectónicos, castillos y viejos reinos, la Reconquista y futuras escapadas a Irlanda, compramos algún recuerdo y con ello finalizó de facto el Camino de este año.






Quedaba aún una última, monótona y corta etapa de 19 km hasta Montamarta (el nombre se las trae… ), que al día siguiente rematamos, y una vuelta a casa en autobús con esa mezcla de tristeza por no poder seguir y de alegría por poder contarlo una año más. 

Y van 17 tramos. Quién lo hubiera dicho en el ya tan lejano 1999 que casi veinte años después seguiría dando tumbos por las diversas tierras de nuestra Patria en pos de descanso espiritual, algo de aventura y descubrimiento de cientos de lugares emblemáticos, paisajes espectaculares (de eso este año quizás menos, pero Zamora compensó el resto del monótono recorrido), personajes curiosos y de mis propias capacidades y carencias. Una lección de vida es el Camino, y ahí seguiremos mientras los pies aguanten.

Un especial agradecimiento a Ed por la compañía de este año. Por mi podemos repetir cuando quieras.


Recordatorio: como ya comento al principio del escrito, la vuelta a la realidad después del Camino fue bastante movida: el primer día un gran concierto de Loquillo rodeado de buenos amigos, pero al segundo día se produjo el repentino e inesperado fallecimiento de mi padre. Este hecho trastocó mis planes, me obligó a viajar de forma urgente a Cataluña y ha retrasado hasta hoy la publicación de este pequeño relato del Camino. Sirvan pues también estas líneas como homenaje a mi padre (el primer Camino en el 1999 ya fue en homenaje a mi madre fallecida en 1998). La última conversación con él una semana antes acabó con su clásico “gruñido”: “¿Pero qué vas a hacer el Camino todos los años?”, a lo que contesté” “Si, mientras mi cuerpo aguante”. Y así será. El año que viene no tendré que justificarme de nuevo, pero en cambio él velará por mí desde el cielo, o por lo menos me vigilará con ojo crítico para poder echarme en cara cualquier traspié u error. Como si aún estuviera entre nosotros.