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martes, 14 de junio de 2011

La vida es música

Soy bastante reincidente (para no decir pesado) con el tema de la buena música, pero tampoco tengo porqué esconderlo.  Y más a mi edad. Bien pensado tampoco le exigimos a ningún diario que cambie su línea editorial, ni aceptaríamos que de golpe la cerveza supiera a zumo de pepinos, que las patatas bravas de toda la vida fueran una pasta triturada de brotes de soja alemanes o que nuestro querido Real Club Deportivo Español de pronto jugará con otra camiseta ajena a nuestra historia centenaria. Sigo yo por lo tanto en mis trece hablando de una de mis grandes aficiones, la música “clásica”, entendida esta  como aquella música que para la gente de mi edad significa el principio de todo, la transición del blues, el country, el swing y el jazz hacia el rock and roll y sus posteriores variantes.

Superado ya el ecuador de mi vida puedo mirar atrás con bastante amplitud de miras y conocimientos, con miles de canciones escuchadas, con cientos  de letras aprendidas de memoria y co
n bastantes acordes tocados  con mayor o menor maestría.  Y con una rabia y unos celos (que jamás negaré)  de haberme quedado a mitad del camino, al otro lado del escenario, sin haber cumplido el sueño de todo “rockero” de poder hacer bailar, soñar, reír y llorar a unos cuantos amigos al son de mis propias canciones. 
Pero esto tampoco es grave. Cada persona tienes sus limitaciones, unos cantan bien, otros saben bailar, algunos nos defendemos escribiendo y otros son unos genios haciéndonos reír. De todo tiene que haber en la viña del señor. También los hay que no aportan absolutamente nada al bien común, más que dolor, desesperación y tristeza. Pero de “esos” no pienso hablar. Bastante triste debe de ser su propia existencia para encima pasárselo por los morros. 
Hablemos pues de aquellas personas que hacen algo bueno por los demás. Que les insuflan ánimos cuando están decaídos, que les ayudan a alzarse cuando han perdido el equilibrio, o que simplemente les animan una tarde cualquiera con unas buenas letras, sus apropiados acordes, algún que otro punteo espectacular y los siempre bienvenidos invitados sorpresa que redondean una tarde de rock’ñ’roll en un ambiente distendido, familiar y relajado (por cierto, que buenos el saxo y el trompeta).
Como si te pusieras tu disco preferido en casa, pero mejor. Mucho mejor, diría yo, ya que aparte de la música consigues llenar tu interior con el calor humano de las personas que te rodean, con la complicidad que significa conocer a los artistas y poder tararear las canciones con ese “orgullo” de sentirte parte, aunque pequeña, del espectáculo (y con las cervezas frescas de rigor que no pueden faltar en ocasiones tan especiales). 


Es lo que siempre han sentido los “fans”, los seguidores de grupos musicales. La culminación de cualquier apego a un grupo o a una canción es poder disfrutarlo en “vivo y en directo”, como decíamos antaño, de poder “tocar” a tus ídolos, de verles a pocos metros de distancia entonando esa canción que consideras tuya desde hace tiempo, pero cuya propiedad compartes con todas y cada una de las demás personas que te rodean. Ni el “time sharing” en el turismo, ni el novedoso “car sharing” de las grandes urbes podrán compararse jamás con el “live-sharing”, que es el placer de disfrutar con otras personas de grandes melodías que nos hacen vivir, sentir y soñar. Y desear con ganas que llegue la siguiente actuación de algún artista que nos guste (llámense Leonard Cohen, los Eagles, Nacha Pop o,  como el sábado pasado, Justo y los Pecadores para poder mantener la afirmación innegable de  que la vida es música.


jueves, 2 de junio de 2011

Sobre premios y premiados: hablando de Leonard Cohen

Nunca he sido un incondicional de los grandes premios internacionales, llámense Nobel, Príncipe de Asturias o Karlspreis (Premio Carlomagno). Mi instintiva suspicacia hacia la mayoría de centros de poder, lobbies, organizaciones supranacionales, no gubernamentales, supuestamente caritativas, igualitarias, interplanetarias y demás mafias esparcidas a lo largo y ancho de la tierra,  me ha hecho dudar desde pequeño, inducido también por la cultura y el ancho de miras de mi madre (RIP),  de casi todas aquellas instituciones que en nombre de supuestas buenas intenciones, valores  y altruismos varios han premiado a este o aquel personaje por actos, hechos u obras en muchos casos desconocidas para el normal de los mortales e incomprensibles en la mayoría de las ocasiones.  Cuando no insultantes y ridículas. 
Valgan como  muestra estos botones, que digo, premios: los nobel de la Paz para Obama, Al Gore, Willy Brandt, Arafat, Begin  o Al-Sadat creo que son harto discutibles, los Carlomagno para Kissinger, Giscard d'Estaing o el Euro (¿un premio a una moneda?) seguro que nos permitirían entablar una larga discusión y los Príncipe de Asturias  de las Artes a Tàpies, Woody  Allen o Santiago Calatrava a mí personalmente me parecen fuera de lugar, aunque en el espinoso tema del arte todos sepamos que llegar a un consenso es bastante difícil. Igual de espinoso que definir el “Arte” en sí, como hemos visto recientemente con el arte del toreo, que en una parte de nuestra otrora gran nación se ha convertido en delito mientras que en el país vecino se ha elevado a la categoría de patrimonio cultural.
Pero ayer claudiqué y me alegré muchísimo por el Premio Príncipe de Asturias otorgado al escritor, poeta y también cantante canadiense Leonard Cohen.  Esta última faceta, la de cantante, es la que conocemos la inmensa mayoría, pero si se repasa su historial creativo veremos que antes de nada fue escritor, y de gran éxito.  Me enteré de la concesión del  premio de forma instantánea gracias a la red social de los pajaritos pio pio, en inglés Twitter, que se inundó en pocos minutos de mensajes de alegría y convirtió a esta figura de la canción que ha acompañado  a la gente de mi generación desde los años 70 en el tema del momento.  Por una vez me sentí premiado yo mismo, algo que seguro le habrá sucedido a muchas más personas, dado que mi relación con este artista va más allá de una simple afición a su música, sus letras o sus siempre increíbles comentarios entre canción y canción cuando actúa en directo.

Mis recuerdos de infancia le incluyen a él desde un lejano  1972, cuando aún niño compré mi primer disco,  llamado “Songs from a Room”, en ese material hoy desconocido llamado vinilo, elepé que por cierto sigo guardando en algún baúl o maleta en el altillo de casa. Anda por ahí también una biografía del Sr. Cohen con anotaciones en los laterales hechas por mi hermana, de las cuales recuerdo una muy expresiva, en la que dice “No te he visto nunca pero parece que te conozca desde siempre”, y hasta tengo grabaciones en las hoy míticas casetes en las que mi tío, ya fallecido, canta el “Suzanne” o yo mismo me arranco,  con mi voz avejentada antes de tiempo, con un “Lady Midnight” o un “The Butcher “ bastante aceptables para mis capacidades musicales.
Creo que pocas veces volveré a compartir el criterio de organismo alguno por la concesión de un premio, por lo que, por primera vez, y sin que sirva de precedente, apruebo esta decisión tomada por el jurado.  Y al mismo tiempo me siento un poco dolido de que mi nuevo diario de referencia, La Gaceta,  encabece su segunda página con un, en mi opinión,  inapropiado y hasta feo pie de foto titulado “Premio inadecuado”. Suerte que en las páginas interiores se hace justicia a este genio de la depresión, la tristeza y la soledad en compañía a los sones de canciones inolvidables. Congratulations Mr. Cohen!