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lunes, 25 de junio de 2018

Kanaken on tour



El viernes 22 de junio tocaba viajar vía Berlín a Leipzig, la llamada “ciudad de la literatura y la música”, para ver de nuevo a los Böhse Onkelz en acción. Con un tiempo desapacible y un notable cansancio acumulado, debido sobre todo al partido de la selección del miércoles anterior y a la posterior fiesta privada de reconciliación que acabó a las tantas de la madrugada en mi nuevo hogar, el viernes a las cuatro de la mañana nos pusimos en marcha rumbo a la capital de Alemania.

Berlín, esa ciudad mitificada por tantos, ciudad de nacimiento de mi madre y otrora capital de un reino que iba a durar varios milenios, pero que acabó pasto de las fuerzas de ocupación y de sus hordas de violadores, nos recibió con lluvia y frío. Nichtsdestotrotz (en cristiano “a pesar de todo”) sentía una enorme ilusión de pisar tierras germanas, de reencontrarme con esa parte de mi sangre, cultura y herencia, y de disfrutar de unos días de risas, música y buenas cervezas. 
Risas y música hubo, pero en cuanto a las cervezas, como bien puntualizó a la vuelta el amigo Ramiro, fue un desastre. Ni las pocas que tomamos en Berlín ni las muchas que probamos en Leipzig cumplían con lo esperado. Se salvaron algunas, la siempre segura y muniquesa Agustiner del primer bar y la Ur-Krostizer de la comida del sábado. Esta última una clásica cerveza sajona de una fábrica fundada en 1534, es decir 18 años después de la promulgación de la norma de pureza (Reinheitsgebot). Y aunque no llegue a la antigüedad de la imaginaria nación catalana, que por lo que dicen los enfermos “lazis” iluminados ya va por los dos milenios, se dejaba tomar. En resumen, donde esté una Mahou que se aparten las demás.

La visita a Berlín fue lo más parecido al temido “Blitzkrieg” del tito Adolfo que uno pueda imaginar. Paseo en coche, mini receso con fotografías en la Puerta de Brandemburgo, y salida de la ciudad enfilando la autopista a Leipzig. Ni la toma de Holanda en 1940 duró tan poco. 

El viaje por una de las tantas autopistas que cruzan el Reich de norte a sur y de este a oeste (o como rezaba la primera estrofa ahora prohibida de la “canción de los alemanes”, del himno nacional hoy mutilado: “Von der Maas bis an die Memel, von der Etsch bis an den Belt”), se tornó en un martirio debido a las inclemencias del tiempo y a las múltiples obras que interrumpían cada tantos kilómetros las ansias de Antonio de pisar a fondo. Pero no hay mal que por bien no venga: esta vez no pasamos el miedo de circular por encima de los 220 km por hora. Aunque al final el trayecto de 188 km que nos separaba de Leipzig se nos hizo pesado. ¡Qué le vamos a hacer! El verano se usa en todo el mundo para realizar esas obras que las inclemencias del tiempo impiden en otras épocas del año. Y a nosotros nos tocaron. Las obras y de paso también las lluvias. Menuda bienvenida a la vieja Sajonia. A Sachsen.

Bajo la incesante lluvia entramos en la triste y gris ciudad de Leipzig. Se trataba de mi primera visita a la otrora llamada DDR (la RDA en español), la parte oriental de Alemania ocupada por el pernicioso y genocida comunismo, y no hizo más que confirmar mis sospechas: el retraso social, cultural, económico y hasta de comportamiento y aspecto físico, sigue latente. Edificios gigantescos en estado ruinoso, amplias avenidas con nula vida y menos decoración y unos habitantes huraños y carentes de un mínimo de empatía, daban muestra de que aún queda mucho por hacer en esta parte de la otrora gran nación. O por recuperar. Que nunca se sabe cuándo volverá a salir el sol. 
Teniendo en cuenta que Leipzig era conocida años ha por ser cuna o lugar de creación de inmortales escritores como Goethe y Schiller, o de magistrales compositores como Bach y Wagner, su imagen actual deprime bastante. Lo único que se salva, como en casi todas las ciudades alemanas, es el coqueto y bien cuidado centro peatonal, con sus iglesias y plazas, sus cafés y restaurantes bien decorados, sus inevitables tiendas de marcas globales y la incesante circulación de autóctonos y turistas en busca del suvenir en forma de fotografía o postal, de una Bratwurst o una Currywurst a pie de calle, de una cerveza decente y de una camiseta de Zara a buen precio. La maldita globalización que convierte cualquier rincón del mundo en el mismo parque temático: un poco de cultura local, normalmente superficial y a todas luces artificial y un mucho de moda y accesorios a buen precio. La sociedad para borregos que nos ha impuesto el Sistema. Como si viajas por Italia. O por Francia. O por Tailandia. O por España. Más de lo mismo. Lamentable.

Llegamos al hotel y en vista de la falta de alegría del entorno nos dedicamos al “dolce far niente” en los salones del hotel a la espera de la llegada del resto de la banda. En cuanto nos juntamos todos hubo reparto de abrazos, camisetas y fanzines y un feliz reencuentro con un gran amigo (después de una a todas luces injusta ausencia de dos años), y con el tranvía que teníamos a la puerta del hotel nos dirigimos al concierto, que se celebraba en la “Messe” de Leipzig, es decir, en el recinto ferial.



Llegados al lugar, nos encontramos con el otro grupo de amigos que venían de Barcelona (gracias Miguel Angel por acogerme una noche en vuestro hotel), pillamos la pertinente pulsera de acceso y nos encaminamos al descampado en el que se celebraba el concierto de este año. El “Barrio” con sus tenderetes, tatuadores y un pequeño escenario (en el que tocaban varias bandas, entre ellas los propios Onkelz haciéndose pasar por banda de versiones, sin que nosotros lo supiéramos (yo por lo menos no lo sabía y lo he descubierto en una buena crónica que publicó ayer por la tarde el periódico local y que podéis leer traducida de forma automática por Google aquí: https://goo.gl/pyPVHK ), abrían paso al escenario principal, en el que nos situamos de forma estratégica entre una barra y una pantalla y no demasiado lejos de los rudimentarios y sobrecargados aseos. La experiencia de tantos años de conciertos de “La Familia” se nota.


Del concierto poco hay que decir. Siendo seguidores acérrimos de esta banda importaron poco los errores, el cambio total del “setlist” que con tanta ilusión había incluido en el fanzine o las intermitentes lluvias que nos acompañaron en las 2 horas y pico de eternas y sagradas canciones. Algún vómito, alguna bofetada, alguna ensaimada volando y muchas risas nos acompañaron mientras coreábamos (“la Familia” en su perfecto alemán) las tan conocidas canciones. Y al igual que en los conciertos de otras grandes bandas, el contraste entre la letra de su canción "Religion"hablando mal de nuestra fe,  y la liturgia sustitutiva que significan cada una de sus canciones fue brutal. Ni los músicos ni los seguidores quieren saber nada de la religión, sus ritos y sus cánticos, pero cada una de sus canciones genera bien ensayados movimientos, gritos y coreografías seguidos por miles de personas sin rechistar, más bien disfrutándolo. Está claro que las sociedades no pueden vivir sin religiones, y en este caso la “Fe” se llama “Böhse Onkelz”, los oficiantes son la banda, los creyentes nosotros, los sacramentos se toman con una cerveza en la mano, las confesiones se celebran orinando frente a una valla y el agua bendita cae del cielo. Lo más parecido a una misa de domingo. Aunque fuera viernes.

Sin más incidencias que destacar finalizó este primer concierto y nos encaminamos a la estación del tranvía para volver al centro. La entrada en los abarrotados vagones fue terrible, una verdadera batalla, y encima acabó con un desagradable incidente entre un borracho alemán que se dedicó todo el viaje a insultarnos, provocarnos y buscar seriamente un conflicto. Al principio aún intenté ejercer de traductor, pedirle disculpas (que no hacían falta), e intentar calmarle, pero el inaguantable elemento no paraba de insultar, llamándonos de todo, desde cerdos hasta violadores, acabando por usar una palabra que hace tiempo que no oía, “Kanaken”, la forma despectiva que utilizan los alemanes para referirse a los inmigrantes, en especial a los turcos. Por suerte la experiencia y paciencia de la mayoría del grupo evitó males mayores, ya que la chispa pudo prender en cualquier momento y acabar en tragedia. Sin mayores problemas, pero con un amargo regusto, llegamos de vuelta al hotel.
Así acabó el primer día.

El sábado nos volvió a recibir con un cielo encapotado y la lluvia cayendo sin cesar, y poco más pudimos hacer que pasear por el centro, probar alguna salchicha y hacer tiempo hasta la tarde. Intentamos comer en el “Agustiner”, pero fue imposible por falta de mesas (y por la negativa del soso camarero a juntar 2 mesas de cuatro), y finalmente acabamos en un restaurante más normal, con una comida normal, una cerveza normal (pero tolerable, la Ur-Krostizer nombrada al principio), una camarera más guapa de lo normal y muy educada y una cuenta normal teniendo en cuenta lo que tomamos. Todo normal. Menos el agua del florero que se tomó uno. Aunque fuera por fuerza mayor.
Y fuimos a por la segunda parte. Esta vez unos cuantos fuimos en coche por tener que salir directamente hacia Berlín al acabar el concierto, nos encontramos de nuevo ante la bonita “M” de Matapaloz, se unieron los que llegaban ese día desde Berlín y vivimos el segundo concierto sin mayores sorpresas, con muchas y queridas canciones, con menos cervezas y más errores de los músicos, y la noche acabó de forma correcta. Lo bonito, al igual que en el concierto del año anterior, fue tener al lado a una familia de pelo rizado y sonrisa en los labios en la que padre, madre e hijo adolescente compartieron la noche cantando, bailando y disfrutando. De padres a hijos. Familia y tradición. Lo que nos gusta a todos.


Otro Matapaloz, otra ciudad, la misma historia. Y las que quedan. Dios mediante.

De la vuelta poco que contar. Autopista eterna, aeropuerto cerrado y espera interminable desde las 2 hasta las 7, salida puntual y llegada a una calurosa ciudad de Madrid a media mañana. Cansados, agarrotados, roncos, hambrientos. Quizás un poco resacosos. Aunque menos. La calidad de la cerveza y la ausencia de alcohol de mayor graduación ayudó a reducir el consumo. O igual fue la edad. O ambas cosas.

Volveremos. Sin duda. Los “Kanaken” seguiremos de gira. Y si hace falta con nuevas camisetas. Y con fanzines. Y con adhesivos y banderas. Se llama vivir.

P.D.: Muchísimas gracias a todos por la compañía, las risas y la paciencia. Un placer viajar, beber y cantar con vosotros.


martes, 14 de junio de 2011

La vida es música

Soy bastante reincidente (para no decir pesado) con el tema de la buena música, pero tampoco tengo porqué esconderlo.  Y más a mi edad. Bien pensado tampoco le exigimos a ningún diario que cambie su línea editorial, ni aceptaríamos que de golpe la cerveza supiera a zumo de pepinos, que las patatas bravas de toda la vida fueran una pasta triturada de brotes de soja alemanes o que nuestro querido Real Club Deportivo Español de pronto jugará con otra camiseta ajena a nuestra historia centenaria. Sigo yo por lo tanto en mis trece hablando de una de mis grandes aficiones, la música “clásica”, entendida esta  como aquella música que para la gente de mi edad significa el principio de todo, la transición del blues, el country, el swing y el jazz hacia el rock and roll y sus posteriores variantes.

Superado ya el ecuador de mi vida puedo mirar atrás con bastante amplitud de miras y conocimientos, con miles de canciones escuchadas, con cientos  de letras aprendidas de memoria y co
n bastantes acordes tocados  con mayor o menor maestría.  Y con una rabia y unos celos (que jamás negaré)  de haberme quedado a mitad del camino, al otro lado del escenario, sin haber cumplido el sueño de todo “rockero” de poder hacer bailar, soñar, reír y llorar a unos cuantos amigos al son de mis propias canciones. 
Pero esto tampoco es grave. Cada persona tienes sus limitaciones, unos cantan bien, otros saben bailar, algunos nos defendemos escribiendo y otros son unos genios haciéndonos reír. De todo tiene que haber en la viña del señor. También los hay que no aportan absolutamente nada al bien común, más que dolor, desesperación y tristeza. Pero de “esos” no pienso hablar. Bastante triste debe de ser su propia existencia para encima pasárselo por los morros. 
Hablemos pues de aquellas personas que hacen algo bueno por los demás. Que les insuflan ánimos cuando están decaídos, que les ayudan a alzarse cuando han perdido el equilibrio, o que simplemente les animan una tarde cualquiera con unas buenas letras, sus apropiados acordes, algún que otro punteo espectacular y los siempre bienvenidos invitados sorpresa que redondean una tarde de rock’ñ’roll en un ambiente distendido, familiar y relajado (por cierto, que buenos el saxo y el trompeta).
Como si te pusieras tu disco preferido en casa, pero mejor. Mucho mejor, diría yo, ya que aparte de la música consigues llenar tu interior con el calor humano de las personas que te rodean, con la complicidad que significa conocer a los artistas y poder tararear las canciones con ese “orgullo” de sentirte parte, aunque pequeña, del espectáculo (y con las cervezas frescas de rigor que no pueden faltar en ocasiones tan especiales). 


Es lo que siempre han sentido los “fans”, los seguidores de grupos musicales. La culminación de cualquier apego a un grupo o a una canción es poder disfrutarlo en “vivo y en directo”, como decíamos antaño, de poder “tocar” a tus ídolos, de verles a pocos metros de distancia entonando esa canción que consideras tuya desde hace tiempo, pero cuya propiedad compartes con todas y cada una de las demás personas que te rodean. Ni el “time sharing” en el turismo, ni el novedoso “car sharing” de las grandes urbes podrán compararse jamás con el “live-sharing”, que es el placer de disfrutar con otras personas de grandes melodías que nos hacen vivir, sentir y soñar. Y desear con ganas que llegue la siguiente actuación de algún artista que nos guste (llámense Leonard Cohen, los Eagles, Nacha Pop o,  como el sábado pasado, Justo y los Pecadores para poder mantener la afirmación innegable de  que la vida es música.


lunes, 12 de enero de 2009

Una tarde de “concierto”…

Una tarde de “concierto”…
El sábado pasado me dediqué a uno de los entretenimientos cada vez más frecuentes en mi vida, el “dolce far niente” en absoluta soledad, entendido esto como el estado de relajación, contemplativo, en el que simplemente hago aquello que me pide el cuerpo y no tengo nadie a mi lado. Como podrás imaginar, querido lector, en estos casos no siempre consigo hacer todo aquello que me gustaría, no por falta de ganas sino por la ausencia de posibilidades, pero si que me permito leer alguna cosa placentera, ver alguna película en la que ganan los buenos de verdad (aunque sea difícil encontrar alguna), y, sobre todo, repasar mi modesta colección de cedés, piratas en su mayoría, seleccionar uno y escucharlo con tranquilidad.
Estaba yo en eso el sábado pasado cuando me topé con un concierto en directo de unos conocidos, llamados “Justo y los Pecadores”. Me permito decir conocidos aunque no tenga el placer de conocer en persona a los “pecadores”, pero si que traté en otra época a Justo, el cantante, con el que compartí alguna aventura en aquellos gloriosos años 80, inolvidable década que su buena música me hizo recordar con una cercanía imposible de explicar a aquellos que no la vivieron.
De golpe me sentí trasladado a otra época, a mi juventud, a unos tiempos en los que cada día representaba una nueva aventura, a momentos en los que no soñabas con el pasado sino que disfrutabas con el presente y te ilusionaba lo que pudiera traer el futuro. Me vi a mi mismo montado en mi añorada Vespa Primavera atacando las Costas de Garraf, me vinieron a la mente grandes recuerdos del servicio militar en Córdoba, que compartí con increíbles amigos del resto de España y un radiocassette estéreo que por lo menos pesaba 3 kilos (Google mediante era exactamente el mismo que el de la imagen que adjunto); recordé grandes conciertos en el insuperable Madrid de los 80, de Alaska, de Nacha Pop, de los Nikis.., eché de menos el “Pippermint” y el “Flores de Mayo”, en resumen, me lo pase pipa. (Esta expresión sonará rara a los jóvenes, pero sinceramente la prefiero al consabido "de puta madre").
Quien me lo iba a decir que un triste sábado se convertiría por la magia de unas buenas combinaciones de Sol, Re y Do, con algún Re7 intercalado, y de unas letras muy en línea con mis recuerdos, en una gloriosa tarde de invierno.Ahora me falta tener algún día la suerte de verlos actuar en directo y agradecerles en persona los buenos ratos que me han hecho pasar.
Gracias Justo, gracias Pecadores.P.D. Como muestra un botón: elige cualquiera de las canciones que puedes escuchar aquí, aunque yo te recomendaría “Bienvenidos al Bar”. http://www.justoylospecadores.com/videos.htm