Mostrando entradas con la etiqueta Black Friday. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Black Friday. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de diciembre de 2019

Sapere aude, Greta.


He puesto a Greta en el título para atraer a los incautos lectores, ya que con una simple expresión en latín hubieran pasado de largo, al igual que hago yo ante un gimnasio, una tienda vegana o un lupanar. Lo que viene a llamarse un “clickbait”, un ciberanzuelo como lo ha bautizado la Fundeu. Si luego el contenido no tiene nada que ver con lo que has anunciado en el cebo, qué más da. Lo que importa son los clics.

“Sapere aude”, “atrévete a saber” en nuestro idioma común. Este lema que han hecho suyo tantas universidades del mundo, cobra en estos días un significado especial en nuestra querida Villa y Corte, en Madrid (que de Corte cada vez tiene menos, visto el desprecio y hasta la suplantación que está haciendo el presidente en funciones de nuestro verdadero y constitucional jefe del Estado, su majestad el rey Felipe VI). Porque por arte de birlibirloque nuestro funesto plagiador mayor nos ha traído a la capital de España la edición 25 de la COP, siglas cuyo significado me imagino que desconoce la mayoría de los nuevos expertos en emergencia climática, emisiones nocivas y energías renovables, y que en concreto quiere decir “La Conferencia de las Partes”, que es el órgano supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). Y han hecho bien en no llamarlo CMNUCC, porque más de uno se hubiera atragantado intentado pronunciarlo. Por no decir entenderlo. Pero eso ya es harina de otro costal. Hoy en día no hay que entender nada, lo importante es hacer ver que sabes, soltar cuatro perogrulladas, gritar e insultar y si hace falta, llorar desconsoladamente, como si te hubieran robado tu tesoro más preciado.

Discutía yo hace unas semanas con mi cuñada y mi hermano sobre el histerismo climático, la suma sacerdotisa Greta y todo el paripé que están montando para al final no avanzar ni un paso en la protección del planeta (teniendo en cuenta que los países más contaminantes del mundo no participan en este circo mediático). El argumento de mi familia de que este teatro “por lo menos remueve las conciencias” me pareció razonable, siempre y cuando estuviera acompañado de una mínima intención de saber algo, de informarse, de conocer la realidad de nuestro clima, de acceder a fuentes independientes y solventes, de buscar la verdad.


Pero por desgracia no es así. El afán de saber, de aprender, de avanzar, hace tiempo que se perdió en nuestra podrida y esclava sociedad. Hoy en día lo que vale es el momento, el “like”, el clic, la moda, el placer inmediato de sentirte parte de algo, de creerte el protagonista de un hecho importante, ya sea compartiendo una foto, anunciando lo que estás comiendo en un restaurante de moda antes de siquiera probarlo, usando una nueva palabra en inglés sin tener ni papa de dicho idioma o soltando histéricas soflamas contra el sistema, las empresas, los “fascistas” y los estados, en aras de salvar el planeta. 
Planeta por el que jamás se han preocupado, comiendo comida preparada, consumiendo y gastando sin parar, circulando en coches humeantes, abusando de los dispositivos móviles con lo que ello conlleva de contaminación o destrozando el medio ambiente con toda su basura en la enésima manifestación o botellón que les ha permitido saltarse sus clases o sus obligaciones laborales. 

El nuevo “estilo Greta”. Que más o menos es lo mismo que hacen los múltiples tertulianos en televisión, los iletrados políticos y los supuestos periodistas. Personas sin formación, sin argumentos, sin conocimiento alguno, pero que se jactan de saber de todo, ya sea de leyes, de geopolítica, de economía, de deporte, de música, de comida vegetariana o del cambio climático. Sabedores que su público, los millones de ovejas aleladas que les siguen y escuchan en horas de máxima audiencia, aún tienen menos conocimientos que ellos mismos. Que ya es decir.

El saber da miedo. Y encima significa un esfuerzo. Significa buscar fuentes diversas, significa abrir un libro y leer frases enteras sin “emojis”, significa confrontar opiniones, significa escuchar sin interrumpir, significa activar las neuronas y utilizar el cerebro para algo más que satisfacer tus instintos básicos.

¡Por Dios! No pidamos esto a los ciudadanos, a los niños, a los jóvenes, hasta a los adultos de carné, pero infantiles mentalmente.

Pensar, leer, escribir, resumir, discernir, escuchar, preguntar, analizar, comparar, entender. Esos bonitos verbos que por desgracia han caído en desuso.

Lo que se lleva hoy en día es asentir sin pensar, compartir sin entender, votar sin valorar, copiar, plagiar, interrumpir, negar, gritar, obviar, odiar, insultar y menospreciar.

Y esta semana toca el mantra de la emergencia climática. Pasados ya “Halloween”, el “Black Friday” y el “Cyber Monday”, hay que llenar las cabezas huecas con algún contenido. De alguna forma hay que puentear las tres semanas que faltan hasta que llegue la Navidad. Esa fiesta consumista que tan poco tiene que ver con su origen, su significado y sus valores. 

Si hasta he llegado a leer a algún retrasado influencer “regre” quejarse de que aún existan belenes “religiosos”.



Lo dicho, sapere aude.

O púdrete en tu supina ignorancia.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Malditas fiestas de finales de diciembre

Iba a titular este artículo “Maldita Navidad”, pero al final he decidido dejarlo en “fiestas de finales de diciembre”.  Como si las llamara fiestas del Q4, que así se denomina el último trimestre en el tan globalizado argot empresarial: porque vistos los escaparates, los anuncios y la tan colorista y al tiempo patética decoración de nuestras ciudades desde principios de Noviembre, poco tienen que ver estas fiestas con el último mes del año y con el misterio navideño. Ya hace bastantes lustros que (por desgracia e imposición de la economía global) la celebración antaño mística y religiosa empieza el “Black Friday”, el viernes posterior al “Día de Acción de Gracias” yanqui, y acaba, por lo menos en el mundo hispano, con la fiesta de los Reyes (y Reinas, por lo menos en Madrid) Magos el seis de enero. 
Del Q4 al Q1 y tiro porque me toca. O mejor dicho, gasto aunque no me toque.

Y a pesar de tener preparada (y a punto de mandar) mi anual felicitación navideña, que suelo enviar a familiares, amigos y también a simples conocidos, esta vez se me antoja más artificial y rutinaria que nunca. No son tiempos de alegría, de felicidad, de amistad o de jolgorio, y mucho menos aún lo son de fe, de solidaridad, de caridad, de comprensión, de generosidad, de justicia, de sinceridad, de altruismo o de amor.

¿Qué sentido tiene entonces felicitar unas fiestas “de paz y amor”, (en las que por cierto, por si alguno lo ha olvidado, se celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret), cuando nuestra sociedad se ha convertido en un maldito estercolero en el que las ratas campan a sus anchas y asesinan por la espalda a ciudadanos por el simple hecho de lucir una bandera de España (¡Víctor Laínez, presente!), los mafiosos políticos catalanes dan golpes de estado y se fugan (con todos los gastos pagados por nosotros) a otros países,  los gobernantes roban y mienten en todas y cada una de las nefastas autonomías del país, los periodistas inventan y manipulan sin ni siquiera saber hablar o escribir con corrección, los verdaderos valores ya no existen, la religión católica es el objetivo predilecto de los ataques e insultos de la nueva “clase” política y sus voceros y “tot plegat” se reduce a un superficial y exagerado consumismo y a eliminar con saña cualquier atisbo de religiosidad de estas fiestas?


¡Si hasta la tarjeta de felicitación navideña de nuestro “Jefe del Estado” ha dejado de contener cualquier referencia al sentido religioso de estas fechas! Y eso que por herencia sigue ostentando, entre otros muchos, el título de “Rey Católico” y “Rey de Jerusalén”. ¿Rey? ¿Católico? Anda y que le zurzan a él y a su familia.


¿Qué podemos hacer entonces? ¿No gastar ni comprar regalos a nuestros seres queridos aduciendo estas razones puristas, cuando en el fondo no lo hacemos por falta de parné? ¿Aislarnos del mundanal ruido de las cajas registradoras, de los apuntes en nuestra cuenta corriente y las transacciones por Paypal, darnos de baja de Amazon Prime y encerrarnos en casa buscando el tesoro perdido de unas fiestas tradicionalmente familiares, emocionantes y llenas de buenos sentimientos?

No tengo repuestas. Ni las tengo hoy, en el año 2017, ni las tenía hace 20 años, ni supongo que las tendré en el cada vez más corto futuro que tengo por delante.

Es misión imposible escapar a esta sociedad decadente, a la imposición de modas, a la absurda persecución de inducidas necesidades, a no caer en las redes del oxímoron “nuevas tradiciones” que cada año nos coloca alguna figura nueva en el antes reducido imaginario de pastores, reyes, el buey, el burro y la Sagrada Familia, como si se tratase de una eterna trilogía de Hollywood que cada año nos tiene que sorprender con otro animal, duende, elfo o gnomo tan poco navideño como el supuesto nacimiento montado por Inmaculada Colau (aunque suene a chanza así se llama la inculta, vaga y ahora también bisexual alcaldesa: por interés te quiero Andrés, o Andrea) en Barcelona o la decoración de la bruja Carmena en las calles peatonales (y unidireccionales) de Madrid.


Tan unidireccionales como el oscuro camino por el que deambula nuestra sociedad: la absoluta carencia de valores espirituales, de creencias, de respeto, de trascendencia, de humanidad, de honor, de piedad, de fe.

De soñar y trabajar por un glorioso mañana recordando nuestro pasado griego, romano y cristiano, defendiendo valores eternos, trabajando por el prójimo, dándole amor y cobijo, hemos pasado a la feroz lucha por ser el país más zafio, chabacano y ruin del hemisferio norte.

Eso sí, gastando a espuertas lo que no tenemos para algo que realmente no necesitamos. 
No vaya a ser que el crecimiento de nuestro PIB no se ajuste a las previsiones y nos caiga una bronca de los malvados amos de Mordor, aka Bruselas: esos sucios ogros que lo único que han conseguido es destrozar nuestro modo de vida, nuestra cultura y nuestra economía en aras del beneficio económico de unos pocos (y sus más que generosos emolumentos). 

Y encima cobijando y dando coba al rastrero, falso y cobarde Fuigdemont y los suyos. ¡Qué asco!






Apa, bones festes.



P.D.: No creáis que no veo la viga en mi propio ojo y solamente la paja en el ajeno. También sucumbo, como todos, a las imposiciones “sociales” de estas fiestas. Pero aún así intentaré llevarlas con dignidad, disfrutando de los momentos verdaderamente navideños, de las reuniones familiares en la cena de Nochebuena y de la siempre espectacular “Escudella y carn d’olla” del día de Navidad, sintiendo y demostrando bondad y amor por las personas queridas.