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martes, 3 de diciembre de 2019

Sapere aude, Greta.


He puesto a Greta en el título para atraer a los incautos lectores, ya que con una simple expresión en latín hubieran pasado de largo, al igual que hago yo ante un gimnasio, una tienda vegana o un lupanar. Lo que viene a llamarse un “clickbait”, un ciberanzuelo como lo ha bautizado la Fundeu. Si luego el contenido no tiene nada que ver con lo que has anunciado en el cebo, qué más da. Lo que importa son los clics.

“Sapere aude”, “atrévete a saber” en nuestro idioma común. Este lema que han hecho suyo tantas universidades del mundo, cobra en estos días un significado especial en nuestra querida Villa y Corte, en Madrid (que de Corte cada vez tiene menos, visto el desprecio y hasta la suplantación que está haciendo el presidente en funciones de nuestro verdadero y constitucional jefe del Estado, su majestad el rey Felipe VI). Porque por arte de birlibirloque nuestro funesto plagiador mayor nos ha traído a la capital de España la edición 25 de la COP, siglas cuyo significado me imagino que desconoce la mayoría de los nuevos expertos en emergencia climática, emisiones nocivas y energías renovables, y que en concreto quiere decir “La Conferencia de las Partes”, que es el órgano supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). Y han hecho bien en no llamarlo CMNUCC, porque más de uno se hubiera atragantado intentado pronunciarlo. Por no decir entenderlo. Pero eso ya es harina de otro costal. Hoy en día no hay que entender nada, lo importante es hacer ver que sabes, soltar cuatro perogrulladas, gritar e insultar y si hace falta, llorar desconsoladamente, como si te hubieran robado tu tesoro más preciado.

Discutía yo hace unas semanas con mi cuñada y mi hermano sobre el histerismo climático, la suma sacerdotisa Greta y todo el paripé que están montando para al final no avanzar ni un paso en la protección del planeta (teniendo en cuenta que los países más contaminantes del mundo no participan en este circo mediático). El argumento de mi familia de que este teatro “por lo menos remueve las conciencias” me pareció razonable, siempre y cuando estuviera acompañado de una mínima intención de saber algo, de informarse, de conocer la realidad de nuestro clima, de acceder a fuentes independientes y solventes, de buscar la verdad.


Pero por desgracia no es así. El afán de saber, de aprender, de avanzar, hace tiempo que se perdió en nuestra podrida y esclava sociedad. Hoy en día lo que vale es el momento, el “like”, el clic, la moda, el placer inmediato de sentirte parte de algo, de creerte el protagonista de un hecho importante, ya sea compartiendo una foto, anunciando lo que estás comiendo en un restaurante de moda antes de siquiera probarlo, usando una nueva palabra en inglés sin tener ni papa de dicho idioma o soltando histéricas soflamas contra el sistema, las empresas, los “fascistas” y los estados, en aras de salvar el planeta. 
Planeta por el que jamás se han preocupado, comiendo comida preparada, consumiendo y gastando sin parar, circulando en coches humeantes, abusando de los dispositivos móviles con lo que ello conlleva de contaminación o destrozando el medio ambiente con toda su basura en la enésima manifestación o botellón que les ha permitido saltarse sus clases o sus obligaciones laborales. 

El nuevo “estilo Greta”. Que más o menos es lo mismo que hacen los múltiples tertulianos en televisión, los iletrados políticos y los supuestos periodistas. Personas sin formación, sin argumentos, sin conocimiento alguno, pero que se jactan de saber de todo, ya sea de leyes, de geopolítica, de economía, de deporte, de música, de comida vegetariana o del cambio climático. Sabedores que su público, los millones de ovejas aleladas que les siguen y escuchan en horas de máxima audiencia, aún tienen menos conocimientos que ellos mismos. Que ya es decir.

El saber da miedo. Y encima significa un esfuerzo. Significa buscar fuentes diversas, significa abrir un libro y leer frases enteras sin “emojis”, significa confrontar opiniones, significa escuchar sin interrumpir, significa activar las neuronas y utilizar el cerebro para algo más que satisfacer tus instintos básicos.

¡Por Dios! No pidamos esto a los ciudadanos, a los niños, a los jóvenes, hasta a los adultos de carné, pero infantiles mentalmente.

Pensar, leer, escribir, resumir, discernir, escuchar, preguntar, analizar, comparar, entender. Esos bonitos verbos que por desgracia han caído en desuso.

Lo que se lleva hoy en día es asentir sin pensar, compartir sin entender, votar sin valorar, copiar, plagiar, interrumpir, negar, gritar, obviar, odiar, insultar y menospreciar.

Y esta semana toca el mantra de la emergencia climática. Pasados ya “Halloween”, el “Black Friday” y el “Cyber Monday”, hay que llenar las cabezas huecas con algún contenido. De alguna forma hay que puentear las tres semanas que faltan hasta que llegue la Navidad. Esa fiesta consumista que tan poco tiene que ver con su origen, su significado y sus valores. 

Si hasta he llegado a leer a algún retrasado influencer “regre” quejarse de que aún existan belenes “religiosos”.



Lo dicho, sapere aude.

O púdrete en tu supina ignorancia.


miércoles, 22 de agosto de 2018

El trujamán



El descanso veraniego (aunque por su cada vez más corta duración podríamos llamarlo asueto) suele ser la época del año en la que los españoles leen más. Sobre todo en el caso de las féminas, tal como indican todas las encuestas, algo que quizás se deba a sus ganas de evadirse, a la carencia de tiempo libre durante el resto del año o simplemente a que su mente tiene otras prioridades frente a la simpleza del cerebro masculino. Y escribo esto convencido de que no hay diferencias entre hombre y mujer, sino entre personas, pero como está tan de moda enfrentar a ambos sexos en una estúpida contraposición, por no hablar de la suprema majadería (carente de cualquier base científica) de los múltiples géneros que van apareciendo cual setas en un húmedo bosque (creo que ya se han comido el alfabeto entero con el LGTBHIJKXZ), pues me apunto al carro y lo dejo caer. A estas alturas no voy a ser menos que los parlanchines, los “influencers”, los descerebrados podemitas, los garrulos nacionalistas y su nueva historia (ese perfecto oxímoron), los indigentes culturales Rufián, Garzón y Sánchez Castejón o que inútiles seudointelectuales como la Fallarás o la Talegón.

Mis lecturas para el verano se reducían a dos libros: “Devastación”, de mi amigo y camarada Juan Ricart, y “6 relatos ejemplares 6” de Elvira Roca Barea. Intenté empezar por “Devastación” pero tengo que reconocer que me fue imposible. La temática sombría (aunque tristemente real) no pegaba mucho con el espíritu alegre y veraniego, por lo que momentáneamente queda aparcado para los días grises, que no negros, que se avecinan (Juan, prometo continuar la lectura sin dilación). La segunda opción en cambio, “6 relatos ejemplares 6”, ha sido una gran y muy agradable sorpresa. Después de haber leído el anterior, exitoso y denso ensayo de la autora (“Imperiofobia y leyenda negra”) no me esperaba una prosa tan rica y unas historias tan entretenidas, divertidas e interesantes. Lectura ligera para la época de relax, pero con un trasfondo histórico que engancha. Os recomiendo encarecidamente su lectura.

Y leyendo este libro volví a descubrir, desde sus primeras páginas, nuevas palabras que con sumo interés apunté y busqué en el diccionario (cómodamente a mano gracias a la tecnología y al omnipresente amigo Google). Y me quedé prendado de la expresión que encabeza este artículo, trujamán. Entiendo que muchos de vosotros ya conocíais esta palabra, sobre todo aquellos de vosotros que sois lectores habituales, cultos y formados, pero yo la desconocía. Hasta publiqué un tuit al respecto. “Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, como bien expresa nuestro refranero. Y nunca es tarde para aprender, entender, descubrir.

Trujamán, según el diccionario de la Real Academia, tiene dos acepciones: “Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios”, e Intérprete” como segunda y más conocida definición. Tal cual leía su enunciación me sentí representado por ambas, aunque bastante más en el papel de intérprete. Y también pensé en el juego que daría esta expresión a amigos y enemigos: de trujamán a truchamán hay poco recorrido, pero gracias a Dios las variantes existentes cubren con creces la posible creatividad del gracioso de turno, que a falta de cultura solamente aporta chistes fáciles, cuando no insultos y desprecios. Son pues sinónimos de trujamán las expresiones dragomán, truchimán y trujimán. Y hasta podría usarse la más conocida “lenguaraz”, no por deslenguado, sino por hablar dos o más lenguas. En mi caso claramente aplicable. Mal que les pese a algunos soy un quintuple lenguaraz por los idiomas que uso y domino (en mayor o menor medida).

Este descubrimiento, junto a otras palabras que no soltaré ahora pero que guardo en un archivo llamado “palabras nuevas y raras” que mantengo desde hace años y que seguro usaré en algún escrito en el futuro, me llevó a reflexionar sobre la triste obsesión de tantas personas en aparentar saber algo, incapaces de mantener una conversación sin ser el protagonista, obsesionados en ser el centro de atención a base de contestar con un “si, pero, bla, bla, bla”, o directamente con un “no es así, bla bla bla”, como si el saber más o menos sea un desprestigio a ocultar o negar. Y hablo por experiencia: de joven tenía la misma obsesión, como casi todo el mundo, de ser alguien, de ser el protagonista, de sentirme importante, y todo ello me llevaba en muchos casos a ser un resabido, un sabelotodo.
¡Ojalá hubiera existido Internet en los años 80, sin duda hubiera sido el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro: el protagonista absoluto en todos los eventos

Pero esto te puede pasar cuando eres joven, en la adolescencia, quizás entre los 12 y los 18 años. Lo que no puede ser es que ya maduro, adulto, cuando no viejo a punto de jubilarte, sigas obsesionado con saber todo, con tener el coche más rápido, el miembro más largo, la piel más tersa, la ropa más cara o los títulos más prestigiosos (masters falsos y demás). Denota una falta de madurez, una inseguridad y una obsesión por el infantil “y yo más” y “tú qué” que al final no es que se haga pesada y cansina, al final hasta da pena y produce tristeza. Ver a personas cuyo único objetivo en la vida es inventarse su pasado, su presente y hasta su futuro, obsesionadas por no quedar mal, por ser el protagonista, es penoso. Y la culpa de ello, aparte de las propias limitaciones de las personas (que todos seamos iguales ante Dios no significa que todos tengamos la misma capacidad intelectual), recae obviamente en la sociedad que hemos creado, en la exaltación de lo superficial, lo monetario, lo físico, lo material, lo efímero, frente a los valores naturales, profundos, reales y eternos.

El capitalismo salvaje, y con ello el consumismo, la obsolescencia programada, las modas inducidas y la desvirtuación de las necesidades reales del ser humano, han creado y siguen creando estas mentes vacías, dóciles, limitadas, dirigibles, en resumen, esclavas de intereses totalmente espurios que solamente sirven a los intereses de los que manejan los hilos en la oscuridad. Ovejas aleladas al servicio del mal, ya sea capitalista, populista, nacionalista o consumista, ya sea una multinacional, una secta, un partido político o una religión mal interpretada y peor aplicada.

No creo que necesite dar ejemplos. Desde las largas colas nocturnas para comprar el nuevo modelo de teléfono móvil hasta la plantada obsesiva de lazos y cruces amarillos,la mención continua de un tal Francisco Franco que murió hace casi 43 años, la negación de la historia o la invención de la misma (Colón era catalán dicen los enfermos lazis), los programas de TV zafios cuando no vomitivos como Sálvame, todo ello son síntomas de esa inmadurez, de ese infantilismo, de esa limitación intelectual que padece la sociedad.

Despertad. Despertemos todos. Y leed (que no leer, que para algo existe el imperativo). En caso contrario, pues idos a la mierda (“iros” en cuanto la RAE acepte la nueva variante por imposición popular, o populista).


lunes, 12 de febrero de 2018

El tonto del pueblo


Por edad pocos de vosotros recordaréis la serie “Crónicas de un pueblo” que se emitió en TVE entre 1971 y 1974. Pero seguro que os han hablado de ella vuestros padres o abuelos, o quizás hayáis visto algún reportaje o leído algún artículo sobre esta “supuesta” antigualla, que por arte de magia siempre acaba volviendo a nuestras vidas. Como “Verano Azul”. O “Curro Jiménez”. Hay cosas eternas, inmutables: como la biología o la historia, que por mucho que intenten reescribirlas, manipularlas, obviarlas o negarlas, al final siempre prevalecen. Verdades. Y esto le duele mucho a determinados elementos. Y elementas. A los progres sobre todo. Y a los autodenominados “intelectuales de izquierdas” (¿oxímoron?) , que no son más que catetos que aprovechan su mínima preparación para manipular y engañar a los demás catetos.

Dicha serie costumbrista narraba la vida cotidiana de un pueblo, con sus anécdotas y sus problemas, sus alegrías y sus penas, reflejando la realidad social a través del elenco de personajes que aparecían en cada uno de los episodios: el cura, el Guardia Civil, el cartero, el alcalde, el maestro…, en resumen, todos aquellos arquetipos que permiten describir la realidad social de una época y de paso inyectar en los ciudadanos la necesaria dosis de educación y de moral. Así los episodios se convertían en pequeñas fábulas que abrían los ojos a las personas, les hacían reír, llorar, pero también reflexionar, lo cual les ayudaba a entender.

Lo que no recuerdo muy bien es si en la serie aparecía el tonto del pueblo. Igual no. Tampoco eran momentos idóneos para retratar una España negra, inculta, palurda, retrógrada y llena de tontos del pueblo. La época olía a apertura, a transición, a cambios, a una “supuesta” libertad, a Europa, y no hubiera sido de recibo echar piedras sobre nuestro propio tejado dando detalles de nuestro evidente retraso social y cultural. O quizás no fuera retraso, visto lo que tenemos que aguantar hoy en día en esta, según dicen, sociedad avanzada y culta. Ahí cada cual.

Pero dejando a un lado esa entrañable serie, bien sabemos todos que los clásicos personajes que deambulan por los pueblos (y por los barrios de las ciudades, no vayáis a creer que por vivir en la ciudad se arregla todo) siguen ahí, invariables, inmutables, insustituibles. El bocazas, el listillo, el santo (y casi siempre primo al mismo tiempo), el borrachín, el niño bien, la guapa recatada y la menos guapa pero de moral distraída. Y, como protagonista absoluto, culpable de todos los males, victima propiciatoria de todas las bromas, teníamos, y seguimos teniendo, al tonto del pueblo. Con su boina mal calada, sus pantalones o bien demasiado cortos o bien extremadamente anchos, sus orejas de soplillo, sus uñas con una ancha banda de mugrienta suciedad como si fuera de luto todos los días, su tartamudez, cojera, ceguera o cualquier otro defecto físico.

Era y es el personaje necesario en toda sociedad que se precie. Alguien a quien echar las culpas, a quien hacer responsable de nuestros fracasos, de los hurtos, del calor y del frío, de nuestra propia incapacidad, de nuestros traumas y de nuestros complejos. Como los niños asilvestrados que de tanto en cuanto aparecían en algunas sociedades y que de inmediato se convertían en el chivo expiatorio de todos los males y culpas del lugar. Como Kaspar Hauser en Baviera a principios del siglo XIX.

Pero se da el caso que en muchas ocasiones ese “tonto del pueblo” de tonto no tenía nada. Era diferente, era callado, igual era un poco feo, tendría algún defecto físico o hasta psíquico (igual no era nada más que autista o quizás un superdotado), o simplemente era una persona tímida o soñadora. Cualquier situación es posible. Pero por desgracia, como bien sabemos, la sociedad como conjunto marca a las personas, las estigmatiza, las señala, las aparta, las humilla. Injustamente en muchos casos. Igual en la mayoría de ellos.

Hasta que gracias a Dios llegamos a nuestra gloriosa, culta, tolerante y avanzada época. A nuestros días. Al año del señor de 2018. Al mes de Febrero.  Y de pronto ya nadie nos puede echar en cara de que somos injustos por llamar a alguien tonto. De estigmatizar a alguien por sus defectos, por su apariencia, por su dicción incomprensible, por su incultura o por su falta de higiene personal. 
Por fin tenemos la evidencia de que verdaderamente existen los tontos del pueblo. Bueno, me corrijo para que las mujeres no se quejen de su visibilidad: definitivamente existen las tontas del pueblo

Hemos tardado muchos siglos en descubrirlo, pero ahí está la evidencia.

Por lo menos una tonta del pueblo existe. Y encima es muy tonta. Y se llama Irene. Irene Montero. O Montera. La portavoza. 




P.D. Seamos justos. Basta de discriminación positiva. También existen los tontos del pueblo. 



martes, 4 de julio de 2017

Paletos y cosmopaletos

En el fondo quería escribir un corto relato sobre la muy agradable visita de Alberto y Marta a mi casa durante el pasado fin de semana. Pero visto que casi todo lo que hicimos y vivimos no da para un buen artículo, y más aún si tengo que empezar a ocultar un poco de aquí y un poco de allá para no enseñar todas mis cartas, pues mejor será dejarlo y dedicar estas líneas a hablar de las personas altamente limitadas. ¡Que haberlas, haylas! Y aunque no hable del pequeño Nicolás, de los mocasines sin calcetines, de las camisas a rayas con la vuelta de mangas y cuello en blanco, del himno del PP, de Pepe el parapléjico poli-consumidor, de los ídolos de plata, los judíos destrozados, de la maestría a la guitarra, de lo poco que nos gusta enseñar los tatuajes o del momento clave de nuestras noches en el que toca regalar algo a la persona que tienes a tu lado, seguro que a ambos les hará gracia leer esta pequeña reflexión. Digo yo.


Bien sabemos que los paletos siempre han existido. Y tal como los define el diccionario de la RAE, es decir, alguien “poco educado y de modales y gustos poco refinados”, o “rústico y sin habilidad para desenvolverse en ambientes urbanos”, no hay duda de que todos conocemos a bastantes. Pero a pesar de su falta de educación, modales o cultura, a mí siempre me han inspirado más simpatía, ternura y hasta pena que otra cosa. Nadie tenía (en otras épocas) la culpa de haber nacido en un pueblo, de no haber podido formarse en un buen colegio, de no haber heredado aficiones como la escritura o la lectura o de no haber podido viajar. En otras épocas, digo, ya que hoy en día todo lo anterior me sonaría a burda excusa. En pleno siglo XXI nadie puede ya justificar su ignorancia, su no saber estar, su grosería y su mala educación con dichos argumentos. Cualquier pueblo de nuestra geografía ofrece hoy en día casi las mismas posibilidades que una gran ciudad: la educación es obligatoria y de calidad (bueno, calidad lo que se llama calidad…) , viajar ya no cuesta la herencia del abuelo (se llame Florenci o Fulgencio) y, encima, la digitalización y el abaratamiento de las comunicaciones permiten a cualquier "mindundi" acceder a un mínimo de cultura y conocimiento. Si es que se da cuenta y lo desea, claro está. Porque ahí radica el nuevo y grave problema: hoy en día la mayoría de personas son incapaces de entender o asimilar que son paletos. Se han subido al burro de la “culturilla” televisiva, de las cuatro perogrulladas que les llegan por Whatsapp y de saber recitar las alineaciones del Real Madrid o el Barza sin equivocarse, después de repasar en el bar artículos súper complejos (de 2 inmensos y eternos párrafos) del diario AS o del Sport, para al final de la mañana y después de varios botellines erigirse en personas cultas, preparadas y capaces de contestarte con un “eso ya lo sé” o “nada nuevo para mí” a cualquier pregunta complicada que les plantees. O de atreverse a retarte a una partida de Trivial en la máquina del bar, juego al que a base de borracheras y horas de tedio y soledad le han dado ya 50 veces la vuelta y cuyas respuestas conocen por el color y la posición en la pantalla. ¡Cultura en mayúsculas a 1 euro la partida!

Pues estos nuevos “paletos” son mayoría en nuestra sociedad. Sin duda. Simplemente hay que mirar que programas lideran las audiencias en la televisión, las ventas de los periódicos, la relación de monumentos o museos más visitados del país, las películas que triunfan en el cine o a los partidos políticos a los que votan, para darse cuenta que vivimos en un mundo culturalmente acabado. Listo para ser engullido por cualquier enemigo que se lance sobre los restos de nuestra sociedad. Ya sea el capitalismo salvaje, la dictadura de género LGTBI, el integrismo islámico, el populismo manipulador o la masonería camuflada de democracia y liberalismo en estado puro.

Pero aún hay algo peor. Mucho peor a mi entender. Son los cosmopaletos. Palabra que no acuño yo, sino que ya ha sido usada en bastantes artículos, editoriales y comentarios por personas bastante más preparadas y cultas que yo. Hasta leí una posible definición que encaja como anillo al dedo: “el cosmopaletismo es la tendencia a mostrar un cosmopolitismo forzado que revela precisamente el carácter aldeano que se pretende ocultar”.  Es decir, en vez del cosmopolita de otras épocas, una persona que “se ha movido o se mueve por muchos países y se muestra abierta a sus culturas y costumbres”, tenemos hoy en día al nuevo paleto, al cosmopaleto, que usando expresiones extranjeras y repitiendo sandeces que ha oído, que no escuchado, en televisión, se cree de golpe el rey del mambo, políglota, culto, ciudadano del mundo y poseedor de la verdad absoluta.

Es decir: el Agapito de turno que en vez irse a correr con sus deportivas se va a hacer running con sus sneakers, que celebra Halloween en vez de la festividad de Todos los Santos, que se gasta su semanada en un black, red o blue Friday en vez de esperar a las rebajas de verano del Corte Inglés. Los limitados jóvenes formados por la LOGSE que en vez de ir de una santa vez al psiquiatra acuden a un coach, que prefieren decir que compran productos low-cost cuando lo que les falta es parné para comprar algo de calidad, que ante una party lanzan un crowdfunding en vez de hacer la clásica recolecta entre la peña para montar la fiesta, que en vez de resumirte la reunión te hacen un debriefing, un forward en vez de un reenvío y hablan de tu look desfasado en vez de mirarse en el espejo y darse cuenta de que parecen los payasos de antaño.

Y así podría seguir hasta el infinito. Hasta llegar al punto de decir “This is the end”.  Que en cristiano no significa nada más que nuestro mundo se ha acabado. 
Adiós a nuestra cultura, adiós a los cosmopolitas que aportaban algo, adiós al placer de la lectura, del aprendizaje de idiomas extranjeros, de los viajes, al inmenso beneficio de saber por saber y no para sentirte superior al prójimo, a los modales, a la hospitalidad, a la educación, a la humildad, al saber estar y a la modestia.


Malditos los nuevos paletos, los cosmopaletos y todo el asqueroso e inhumano sistema que los ha engendrado con el único fin de dominarlos a todos.

 ¡Maldito Sauron y malditos los cosmopaletos!


jueves, 11 de febrero de 2016

Dontancredismo y gilipollez

Lo que por desgracia define últimamente a España son dos características sumamente peligrosas: el dontancredismo y la gilipollez.  Ambas particularidades, por cierto también comunes  por otros lares (véase a Merkel gestionando el caso de los falsos refugiados y los repudiables hechos de Colonia en Nochevieja o a Hollande permitiendo la humillación y detención de un ilustre general de la Legión Extranjera en  una manifestación antiinmigración),  van a llevar a nuestra histórica nación al abismo más profundo.  

Y ya puestos, teniendo en cuenta lo que nos rodea, el nivel cultural de nuestros conciudadanos y el aberrante futuro multiculti y empobrecido que nos espera, tampoco me preocupa mucho.  

Si hay que tirarse al vacío, (o tirar a alguien al precipicio), defender nuestra milenaria historia y evitar a nuestros hijos y nietos una España rota, zafia, pobre y en manos de titiriteros que se arrogan representar a la cultura y la verdad, pues adelante. No será la primera vez que los españoles avancemos, sin miedo a la muerte y cantando bellas canciones, mientras todo a nuestro alrededor se derrumba.  Y sería de nuevo para defender nobles ideales, como en Krasny Bor hace 73 años, batalla en la que 4.500 valientes soldados neutralizaron una ofensiva rusa de más de 44.000 hombres, 100 carros y 800 cañones.  O como en la batalla de Lepanto, o la de las Navas de Tolosa, todas ellas actuaciones heroicas de nuestro pueblo que nos han permitido (a España y la cultura occidental) subsistir, crecer, evolucionar y por ende vivir unos cuantos siglos más bajo una noble bandera, en unión, paz y prosperidad.

Pero todo esto se acabó. España, Europa y la civilización occidental están finiquitadas. Lo hablaba el otro día con mi amiga y compañera de trabajo Teresa: esto se hunde, y no queda lugar en nuestro planeta hacia el cual girar nuestra mirada y encaminar nuestros pasos.  Ni Canadá, como solté en la conversación,  es ya una alternativa esperanzadora. Con llegada al poder de Trudeau, vástago de otro personaje nefasto, ese país,  hasta hace poco correcto y último refugio de los valores occidentales, ha tomado también la senda de la estúpida tolerancia, de la gilipollez y el suicidio colectivo.

Y en nuestro patrio suelo, Rajoy y el Borbón,  pintados de blanco cual Don Tancredo y esperando alelados a que pase la tormenta que ellos mismos han generado; el patriarca y capo mafioso Pujol usando el castellano para seguir mintiendo cual bellaco ante los jueces españoles; los miembros del Partido Popular de Valencia adelantándose a las sentencias y pidiendo descuentos de grupo antes de abarrotar las cárceles levantinas, y, para rematar, los nuevos “gobernantes”, para llamarles de alguna manera, los gilipollas, demostrando una vez más con sus actuaciones que mi lema preferido sigue vigente: contra la derecha, revolución, contra la izquierda, educación.

Porque entre la Colau, que la está metiendo doblada a diestra y siniestra sin importarle raza, género o afinidad política, el mesías Pablo Iglesias que está arramplando con todo lo que puede (en línea con cualquier izquierdista que se precie)  y que simplemente busca la redistribución de la riqueza entre los suyos, la responsable de “cultura” de Madrid Celia Mayer y sus amiguetes titiriteros del patio Maravillas; Errejón, su hermano y su novia liándola parda y masturbándose pensando en sus futuras tropelías, las feministas que solamente ven violaciones cuando las realizan hombres de raza blanca y toleran los continuos abusos de los falsos inmigrantes sin levantar la voz, y, sobre todo, los millones de españoles atontados que creen que la vida son cuatro cutre-programas de televisión, las majaderías de unos cuantos presentadores de telediarios más manipuladores que los embaucadores de la Puerta del Sol con su burundanga y esa anunciada lluvia de dinero que caerá del cielo por la gracia de ZPedro y Pablo y de la izquierda “culta y liberadora”; entre todo esta fauna que nos rodea, poco queda por hacer.

Buscar el precipicio y lanzarse al vacío.

O la versión hispana y guerrera: buscar ese precipicio, asegurarnos de que es lo suficientemente profundo, y lanzar a toda esta ralea al fondo sin contemplaciones.


En nuestras manos está.





miércoles, 28 de octubre de 2015

La última sardina de la banasta

Al final lo han conseguido. En su frenética huida hacia ningún lado (salvo hacia los paraísos fiscales), los nacionalistas catalanes han sido capaces, en estricto orden cronológico, de:

  • Inventarse una nación milenaria
  • Sacarse de la manga una bandera, un himno y una historia que no se sostienen ni con veinte tubos de pegamento Imedio (¿será culpa del origen ciudadrealeño, léase español,  del inventor don Gregorio Imedio, que todo este pastiche no acabe de pegar?)
  • Atontar y manipular a varias generaciones de españoles residentes en Cataluña tergiversando el pasado, el presente y hasta el futuro, con la imposición de unos planes de estudio basados en una mitología imaginaria más cercana a la Tierra Media de Tolkien que a la cultura occidental emanada de las herencias griega, romana y cristiana.
  • Enfrentar a ciudadanos, a vecinos y a hermanos hasta llegar a destrozar matrimonios y familias enteras,  sembrando en la sociedad el maligno virus del odio al prójimo, en este caso al orco español.
  • Esquilmar una de las regiones más ricas de España y de Europa, tanto cultural como materialmente, robando por doquier, aplicando porcentajes de comisión a todo acto, venta, iniciativa, producto, invento y hasta pensamiento que tuviera la mala suerte de crecer, existir, producirse o realizarse dentro del "limes" de su cortijo particular.
  • Hasta llegar al punto de inflexión, al “point of no return”, al “de perdidos al río” de nuestro refranero, que se ha traducido en la redacción y publicación de un panfleto carente de la mínima sensatez, en el que, resumida en 9 puntos, a cual más infantil y carente de valor jurídico que el anterior, declaran su intención de proclamar en breve la República Catalana.


Si hasta me dan pena. Cataluña es mi tierra; mi familia y gran parte de mis conocidos y amigos siguen residiendo ahí (algunos a regañadientes, eso sí), y lo paso muy mal viendo como a unos los han atontado en el colegio, en la universidad y en el trabajo hasta creerse a pie juntillas las leyendas de una antigua nación catalana invadida por los malignos españoles y franceses que solamente se han dedicado a robar, destrozar y violar a sus virginales “pubillas”, y como a los otros, los sensatos, los estudiosos, los luchadores que a pesar de la manipulación han conseguido mantener la mente clara, como a esos los han estigmatizado, marcado a fuego cual vacuno y encerrado en sus guetos “españoles”, ninguneados en el mundo cultural y social, perseguidos en el ámbito político y destrozados en el ámbito económico en el que solamente podían triunfar los acólitos al régimen, los amigos de las 300 familias de la corte catalana asentada alrededor del bufón Artur Mas, o las silenciosas ovejas resignadas a pagar el 3% de rigor para poder simplemente subsistir.

Con lo fácil que sería para todos tomarse un día de asueto, comprar un libro de historia en cualquier librería de la otrora capital de las letras y la cultura hispánica, y empaparse un poco de la historia de Cataluña, de España, de Europa, del nacionalismo y de sus oscuros y monetarios objetivos.

¿Pero claro, quien pierde el tiempo hoy en día leyendo algo? 
En un país en el que el 30% de la población no lee ni un libro al año sería como pedirle peras al olmo. 
O como exigirle sensatez a la OMS cuando se pone a hablar de lo mala que es la carne para el ser humano (en otra ocasión fue el aceite, y mañana “chi lo sa”, igual nos salen con que el pescado azul era demasiado azul para nuestra salud, o que la acidez de estómago viene del agua embotellada, como le pasa a mi amigo Ramis).

Aquí, en esta región, en este país y en esta sociedad occidental que se asoma al abismo de la desaparición atrapada entre las mentiras de los medios de comunicación al servicio de intereses particulares (ya sean nacionalistas, populistas o empresariales) y la invasión ya nada silenciosa del radicalismo musulmán en forma de avalanchas de refugiados creadas artificialmente por gobiernos, sectas, grupos de presión y lobbies varios, ya queda poco por hacer.




No queda ni la última sardina en la banasta.



Es el fin de una era.






martes, 10 de septiembre de 2013

España, que difícil es quererte

Conforme pasan los años, esa ilusión que arrastro desde pequeño, el amor a una España grande, libre, justa, culta, competente y ejemplar, se va diluyendo cual azucarillo en un café con leche. Bebida que por cierto en estos últimos días está muy en boga gracias a la impagable (para llamarla de alguna forma) intervención de Ana Botella en la masónica y esperpéntica reunión del COI celebrada en Buenos Aires. 

Buenos Aires: ¿Dónde si no se podría haber celebrado una reunión cargada de mentiras y manipulaciones y plagada de comisionistas, aduladores, vividores, prostituyentes pagando y meretrices bailando un tango antes de cobrar, que en la antaño llamada Real de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre y hogaño convertida en reducto de judíos, psicoanalistas, dentistas, aduladores y demás gentes de mal vivir? Si Pedro de Mendoza levantara la cabeza se volvería a embarcar raudo y veloz en dirección a su querida España, aunque tal como están las cosas hoy en día en la península ibérica igual el remedio hubiera sido peor que la enfermedad. Pero dejemos la historia contrafactual y volvamos a nuestra cruda realidad, es decir, al Siglo XXI, la Vía Catalana, el inexistente nivel cultural de los españoles, el “I have a dream” del reyezuelo Arturo y las sandeces del impresentable y balbuceante alcalde de Barcelona, que sin lugar a dudas haría mejor compartiendo pesebre con cualquier burro autóctono catalán que hablando en público para vergüenza propia y ajena.

No haré más leña del árbol caído, ni pienso recrearme en los problemas lingüísticos de determinados personajes, la nula capacidad de comunicación de nuestro actual presidente del gobierno o la simplista y engañosa mercadotecnia del editor de “El Mundo”, siempre en pos del dinero fácil a costa de la inocencia de los lectores (recordemos el 11-M, como paradigma de las maneras de hacer de dicho medio). Para ello ya tenemos las redes sociales, que están echando humo de tanto insulto, chiste fácil y críticas a diestro y siniestro; eso sí, en textos simples, burdos, faltones y sobre todo cargados de faltas de ortografía. Fiel reflejo de nuestra querida patria, que a falta de cultura se ha convertido en líder mundial en el uso de teléfonos inteligentes (en la mayoría de los casos bastante más que sus propietarios), consumo de drogas varias y arraigo de la prostitución en polígonos, clubes de alterne y parques públicos. Eso sí, el nivel cultural y académico brilla por su ausencia, en todos los ámbitos, por lo que en el fondo se me antoja peor la reacción barriobajera y cutre de los creativos de “memes”, animaciones, foto-montajes y demás sandeces que los propios hechos acaecidos allende el gran charco.

Porque dicha derrota,  más predecible que el enésimo fracaso de los teléfonos con Windows 8, en el fondo solamente aporta cosas buenas a nuestro país: menos gastos, menos vividores representando a nuestro país con su patética imagen y su poca preparación, menos comisiones bajo mano y obras públicas por adjudicar y, sobre todo, menos daño a los pobres inocentes, en su mayoría niños, que siguen creyendo en los Reyes Magos y las Olimpiadas como paradigma del deporte sano y la convivencia mundial en armonía e igualdad. Puaj.

Porque vistas las caras de los jóvenes, y algunos no tan jóvenes, en los alrededores de la Puerta de Alcalá a los pocos minutos de conocerse la derrota, el único sentimiento que se apoderó de mí es el de odio eterno a los manipuladores, los mentirosos, los intermediarios y los profesionales de la adulación y la comisión (y al fútbol moderno, por añadidura). 

Es decir, mi profundo y justificado desprecio hacia todos los que mienten, magrean, saquean, utilizan y destrozan a nuestra querida patria. No hace falta que os diga quiénes son. Por algo no votáis muchos de vosotros.

España, que difícil es quererte.


P.D. Tal como me dijo una amiga ayer, espero que en este artículo siga cuidando las palabras y el contenido y sea certero en lo que digo. ;-)


lunes, 13 de mayo de 2013

Nacionalismo, incultura, manipulación y mentira


Vaya por delante que las tan grotescas abreviaturas LAPAO y LAPAPYP no aparecen por ningún lado en el  “Proyecto de Ley de uso,protección y promoción de las lenguas y modalidades lingüísticas propias deAragón” que actualmente se está tramitando en las Cortes de Aragón.

Estas expresiones se las han sacado de la manga los de siempre, es decir, aquellos que ahora no tienen el poder, ni en Aragón ni en España, con el interesado apoyo de sus voceros habituales (esos medios  de comunicación  que solamente existen gracias a las subvenciones oficiales y que encima no los lee ni el tato,  si no fuera porque se los regalan y tienen  suplementos a color sobre deportes y famosos, cartillas para alguna sartén u olla exprés o cupones de descuento). 
Y si llegan a estar en el poder, hubieran sido los de la acera de enfrente. That’s Spain.

Como suele ser habitual en este nuestro país tan dado a las confrontaciones  locales, a los reinos de taifas, bares y clubes sociales, al odio eterno al vecino del quinto y a Paco “el Merengue” (o Manolo “el cule”) del bar de la esquina, esta semana pasada tocaba meterse con el Gobierno de Aragón y su proyecto de Ley de Lenguas.

Y como es de recibo en esta nación iletrada, garrula y cainita, en la que lo que importa nunca son el bien común, la sensatez, la verdad o la realidad histórica, sino el puro interés crematístico y oportunista de los miles de políticos profesionales, de los sindicalistas ociosos, de los creadores de opinión sin ninguna clase de preparación o estudios, del nacionalismo excluyente o del centralismo avasallador  y de sus asalariados seudoperiodistas, pues esta semana tocaba meterse, sin ton ni son, con un proyecto de ley que simplemente intenta poner freno a ese pancatalanismo feroz que lleva ya varios decenios intentando imponer su lengua propia a todas las demás variantes de la misma que se hablan en nuestra península, y allende de ella. 
Que le pregunten sino a los mallorquines, menorquines, valencianos y a los habitantes de la Vall d’Aran, después de tanta imposición, persecución e intromisión, si ellos hablan catalán o su propia lengua o dialecto.

Obviamente saltarán, se enfadarán y defenderán a capa y espada que lo suyo no es catalán, que es otra cosa. Y no lo harán, en la mayoría de los casos, por su preparación en filología y su conocimiento profundo de la historia de sus idiomas o dialectos, sino simplemente como reacción a un intento externo de apoderarse de algún bien cultural suyo, de manipularlo y de ser engullidos cual calçot con romesco por algún catalán de rancio abolengo llamado Fernández i Pérez, siendo el hecho diferencial claramente la “i” la latina que enlaza sus dos apellidos tan catalanes (o lapaoneses).

Y como dictan las leyes físicas, ante una acción llega la reacción, y estando este nuestro país tan lleno de tontos que no cabe ni uno más, pues a tirar piedras al vecino de al lado, a quemar las iglesias del barrio de enfrente y a quejarse de manipulación e imposición, cuando ellos mismos lo hacen día si día también. Pero en su caso vale. Como no. Lo dicen Mas,  Rosell y Junqueras. Es por lo tanto dogma.

Así están, en pleno siglo XXI, usando un bien cultural, un idioma, una lengua, para crear polémicas artificiales, enfrentarse al contrario y abonar el terreno para la siguiente confrontación electoral, en la que atacarán con furia a los que hablen LAPAO, por fachas, y los insultarán con vehemencia llamándoles retrógrados, inquisidores o simplemente “fills de puta espanyols”.

Eso sí, lo harán en su español limitado, ese español de 100 palabras que Vaughan debería incluir en su método de aprendizaje del español, igual todo ello adornado con alguna interjección en catalán en plan "culturilla", como calçot, alioli, “som mes que un club”, "cop de falç" o “amics de l’Espinaler”.

Porque bien sabemos todos que el idioma les importa un carajo, que ellos mismos ni saben hablar ni lo pretenden, que su conocimiento lingüístico se agota en los diálogos de los programas basura que suelen mirar o como mucho en la participación desde el sofá en el concurso del Pasapalabra,  con el Google y la Wikipedia abiertos en su tableta o móvil y aún así no pasando de la segunda letra.

Lo que ya decía al principio: simples garrulos.

En catalán, garrulos.

Y en LAPAO, garrulos.