Mostrando entradas con la etiqueta Prejuicios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prejuicios. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de febrero de 2018

El tonto del pueblo


Por edad pocos de vosotros recordaréis la serie “Crónicas de un pueblo” que se emitió en TVE entre 1971 y 1974. Pero seguro que os han hablado de ella vuestros padres o abuelos, o quizás hayáis visto algún reportaje o leído algún artículo sobre esta “supuesta” antigualla, que por arte de magia siempre acaba volviendo a nuestras vidas. Como “Verano Azul”. O “Curro Jiménez”. Hay cosas eternas, inmutables: como la biología o la historia, que por mucho que intenten reescribirlas, manipularlas, obviarlas o negarlas, al final siempre prevalecen. Verdades. Y esto le duele mucho a determinados elementos. Y elementas. A los progres sobre todo. Y a los autodenominados “intelectuales de izquierdas” (¿oxímoron?) , que no son más que catetos que aprovechan su mínima preparación para manipular y engañar a los demás catetos.

Dicha serie costumbrista narraba la vida cotidiana de un pueblo, con sus anécdotas y sus problemas, sus alegrías y sus penas, reflejando la realidad social a través del elenco de personajes que aparecían en cada uno de los episodios: el cura, el Guardia Civil, el cartero, el alcalde, el maestro…, en resumen, todos aquellos arquetipos que permiten describir la realidad social de una época y de paso inyectar en los ciudadanos la necesaria dosis de educación y de moral. Así los episodios se convertían en pequeñas fábulas que abrían los ojos a las personas, les hacían reír, llorar, pero también reflexionar, lo cual les ayudaba a entender.

Lo que no recuerdo muy bien es si en la serie aparecía el tonto del pueblo. Igual no. Tampoco eran momentos idóneos para retratar una España negra, inculta, palurda, retrógrada y llena de tontos del pueblo. La época olía a apertura, a transición, a cambios, a una “supuesta” libertad, a Europa, y no hubiera sido de recibo echar piedras sobre nuestro propio tejado dando detalles de nuestro evidente retraso social y cultural. O quizás no fuera retraso, visto lo que tenemos que aguantar hoy en día en esta, según dicen, sociedad avanzada y culta. Ahí cada cual.

Pero dejando a un lado esa entrañable serie, bien sabemos todos que los clásicos personajes que deambulan por los pueblos (y por los barrios de las ciudades, no vayáis a creer que por vivir en la ciudad se arregla todo) siguen ahí, invariables, inmutables, insustituibles. El bocazas, el listillo, el santo (y casi siempre primo al mismo tiempo), el borrachín, el niño bien, la guapa recatada y la menos guapa pero de moral distraída. Y, como protagonista absoluto, culpable de todos los males, victima propiciatoria de todas las bromas, teníamos, y seguimos teniendo, al tonto del pueblo. Con su boina mal calada, sus pantalones o bien demasiado cortos o bien extremadamente anchos, sus orejas de soplillo, sus uñas con una ancha banda de mugrienta suciedad como si fuera de luto todos los días, su tartamudez, cojera, ceguera o cualquier otro defecto físico.

Era y es el personaje necesario en toda sociedad que se precie. Alguien a quien echar las culpas, a quien hacer responsable de nuestros fracasos, de los hurtos, del calor y del frío, de nuestra propia incapacidad, de nuestros traumas y de nuestros complejos. Como los niños asilvestrados que de tanto en cuanto aparecían en algunas sociedades y que de inmediato se convertían en el chivo expiatorio de todos los males y culpas del lugar. Como Kaspar Hauser en Baviera a principios del siglo XIX.

Pero se da el caso que en muchas ocasiones ese “tonto del pueblo” de tonto no tenía nada. Era diferente, era callado, igual era un poco feo, tendría algún defecto físico o hasta psíquico (igual no era nada más que autista o quizás un superdotado), o simplemente era una persona tímida o soñadora. Cualquier situación es posible. Pero por desgracia, como bien sabemos, la sociedad como conjunto marca a las personas, las estigmatiza, las señala, las aparta, las humilla. Injustamente en muchos casos. Igual en la mayoría de ellos.

Hasta que gracias a Dios llegamos a nuestra gloriosa, culta, tolerante y avanzada época. A nuestros días. Al año del señor de 2018. Al mes de Febrero.  Y de pronto ya nadie nos puede echar en cara de que somos injustos por llamar a alguien tonto. De estigmatizar a alguien por sus defectos, por su apariencia, por su dicción incomprensible, por su incultura o por su falta de higiene personal. 
Por fin tenemos la evidencia de que verdaderamente existen los tontos del pueblo. Bueno, me corrijo para que las mujeres no se quejen de su visibilidad: definitivamente existen las tontas del pueblo

Hemos tardado muchos siglos en descubrirlo, pero ahí está la evidencia.

Por lo menos una tonta del pueblo existe. Y encima es muy tonta. Y se llama Irene. Irene Montero. O Montera. La portavoza. 




P.D. Seamos justos. Basta de discriminación positiva. También existen los tontos del pueblo. 



miércoles, 19 de enero de 2011

Bilbao (o las ideas preconcebidas)

Andaba yo con la mosca detrás de la oreja ante la convención anual de mi empresa que se iba a celebrar en Bilbao. Siendo como soy un “facha” (para todos aquellos que son incapaces de separar el amor que uno pueda sentir por su patria de los arquetipos y prejuicios anclados en los años 30 del siglo pasado y en toda la etapa de transición que abarca desde final de los 70 hasta hoy en día, ya que yo me denominaría patriota, sin ninguna acepción política y menos aún peyorativa) nunca había sentido un fervor exagerado por conocer Bilbao. Las imágenes preconcebidas o heredadas de dicha ciudad se limitaban a un entorno oscuro, mojado, hostil, industrial, lleno de gente “enemiga”, descuidada, violenta, soberbia y montada en el burro de la raza superior y el odio al foráneo, sobre todo si es español. Sin hablar del entorno terrorista de la sanguinaria ETA y sus lacayos de la “kale borroka”, que no es más que el gamberrismo organizado y escudado en un nacionalismo exacerbado, fomentado por políticos solamente interesados en mantener sus privilegios y secundado mayoritariamente por hijos de inmigrantes que para sentirse integrados tienen que ser más papistas que el papa, o más naZionalistas que el lehendakari.

“Anda la hostia, pues”, como dirían los autóctonos de mi ciudad destino. Pues resulta que, bendecido todo con un tiempo soleado y extrañamente agradable tratándose del mes de Enero, y sobrevolando unos paisajes preciosos coloreados en cientos de tonalidades de verde, con caseríos desperdigados por los montes como las manchas de una piel de vaca y rematado el entorno por acantilados y rías dignos de aparecer en cualquier revista de turismo que se precie, paisaje que como bien comentó un compañero al llegar parecía más el Tirol que un escenario español, nos plantamos en una ciudad limpia y acogedora como pocas.


Y que mejor me podía pasar que poder conocer una parte la ciudad de la mano de una persona autóctona, nacida en el propio Bilbao y conocedora de sus encantos, sus rincones secretos y sus Gildas (un pincho que nos supo a gloria a todos). Y si encima esta persona es aficionada a los viajes, tiene una cultura que sobrepasa en creces la media y le gusta explicar detalles y compartir sus pasiones con los demás: mejor, imposible. (Gracias Luis)

Los exteriores del Guggenheim con su perro “Puppy” cuidando de la caseta, la ría con sus preciosos y nuevos paseos que la bordean, las calles del centro, el “mítico” edificio desde el cual se precipitó James Bond en una de sus películas (valga esto como un guiño a nuestro guía), el antiguo almacén de vinos de Bilbao (¡a los habitantes se les quedó “pequeño” y eso que ocupa una extensión considerable, digamos que del tamaño de un campo de fútbol!) , llamado la Alhóndiga y reconvertido en un original y precioso centro cultural y multifuncional, así como la simpatía de la guía, de los camareros, la delicia de sus pinchos y el ambiente en general, me hicieron recapacitar de inmediato y sobre todo arrepentirme de no haber venido antes por estos lares.

A ciencia cierta que repetiré, ya sin prejuicios (o con menos) pero seguro que con muchas ganas de conocer un poco más esta parte de las provincias vascongadas, que por ideas preconcebidas he dejado de lado demasiado tiempo. Y como todos sabemos, tempus fugit.”

Por todo ello, una recomendación: si no la conoces, déjate caer por Bilbao en cuanto puedas.