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miércoles, 1 de junio de 2016

Voy al bar

Si la frecuencia de publicación de artículos en mi humilde blog tiene algo que ver con mi vida diaria, sin lugar a dudas este año está siendo un poco extraño. Porque 2 artículos en más de 5 meses son realmente pocos (aunque sean 2 más que mis polvos, otro tema que tendría que hacerme mirar). Será porque tengo demasiadas cosas en la cabeza, porque no consigo quitarme de encima un estado perenne de ansiedad o porque mi vida restante parece ya definida y sin visos de mejorar. 
O quizás exista una opción positiva: igual mi silencio se deba a que en estos últimos meses mi vida social ha sufrido un repunte positivo, he asistido a muchos y buenos conciertos y encima he encontrado refugio en algunos bares agradables, rodeado de personas abiertas y tolerantes, envuelto en una mezcla nebulosa de aceite, alcohol y tabaco y disfrutando del momento sin pensar en el mañana. Como bien dice Jorge Ilegal en una de sus últimas canciones: “haciendo en el bar, la verdadera patria, con que puedes contar.” Será una mezcla de ambas opciones. Un “carpe diem” mezclado con un “que me quiten lo bailado”.

Son 3 meses de silencio pero plagados de anécdotas, que si me hubiese aplicado y tomado nota de ellas darían para algún que otro libro; aunque lo de tener que competir con autores de renombre como Belén Esteban sinceramente me quita las ganas de publicar nada. Si el nivel lector de nuestra patria ha llegado a esos extremos (que la susodicha sea la que vende más libros en cualquier feria)  prefiero seguir haciendo el bufón en los garitos antes que perder un solo segundo en llenar las blancas cuartillas de reflexiones que no entendería ni la mitad de nuestra población (tirando muy muy alto).

Hago un pequeño receso para ir a comer, solo y con el ABC en ristre, y me topo, como anillo al dedo (o por culpa del karma como dirían los nerds o los hípsters de turno, los primeros por haber leído demasiado y los segundos por sabiondos cual maestros liendre que de todo saben y nada entienden) con un artículo del siempre rompedor y acertado David Gistau titulado “El Bar” (me imagino que a partir de mañana este artículo estará disponible en línea, por ahora habrá que conformarse con este resumen). En este comentario, que versa sobre el nuevo vídeo electoral de Ciudadanos, Gistau empieza definiendo claramente la relación entre el español medio y el bar: “…cualquier intento español de hacer «Cheers» degenera en el bar de la esquina con banderín de fútbol, palillo entre los dientes y tragaperras. Es una asociación de ideas que constituye la única transversalidad, la única coincidencia doctrinal: la visión del español promedio como un tipo que huele a fritanga y tardará un rato en acertar a meter la llave en la cerradura cuando regrese a casa”.  

No anda equivocado David (y por lo tanto también acierto yo con éste mi pequeño artículo) acerca de la realidad patria: “La cutrez de bar de la esquina con la que ven a la gente estos urbanitas es tal que cuando se burlan de Rajoy acusándolo de leer sólo el Marca lo que logran es hacerlo más semejante a su español promedio, que no es de Schopenhauer, sino del Marca, de lo que se habla en ese bar. El alarde intelectual siempre penalizó al político.” 

Ni que lo diga. Si quieres ganarte a ese español promedio no le vengas con filosofía, con rigor histórico, con palabras desconocidas o con valores éticos y morales. Háblale de fútbol, de marcas de cerveza, prepárale unos buenos callos y déjale leer el Marca bien manchado de aceite y trozos de la buena tortilla de patatas que preparaste por la mañana.

Tendrás su voto asegurado. Y a un cliente contento que volverá a tu bar como si volviera a su hogar, como tan acertadamente cantaban “Justo y los Pecadores” en el ya lejano año 2001 en su inolvidable disco “De bares y amores”.

Desde que cumplí los 16 años han pasado más de 13.600 días y unos 1.945 fines de semana. Y sin temor a equivocarme (o a perjurar como esos “bribones reinantes” nuestros) puedo prometer y prometo que por lo menos 1.900 de ellos los he pasado en algún bar, garito, taberna, posada, chiringuito, mesón, pub, ambigú, tasca, bufé, café, boite, discoteca, fonda, vinatería, cantina, merendero o figón.

Que visto que nuestra lengua no anda corta en sinónimos para describir los lugares del buen yantar y beber,  no seré yo el que deje de probar sus delicias semana si semana también. La sangre obliga. O el lugar en el que resido. “Ius soli” o “ius sanguinis”, tanto monta, monta tanto. Como Isabel y Fernando.

Y en estos últimos tiempos el refugio ante la adversidad, la soledad, la mediocridad y la estupidez general han sido varios locales, aunque tengo que destacar a uno en particular: la cafetería Peñagrande del barrio de la Coma de Madrid. Siguiendo esa tradición de ofrecer tapas, y de las buenas, con todas y cada una de las cervezas que te tomes, algo que se está perdiendo a marchas forzadas en esta sociedad tan asquerosamente globalizada, con unos propietarios encantadores sonriendo cuando toca y también cuando no toca, con la clientela habitual de todos los bares castizos que se precien, con su máquina de tabaco, su tragaperras, el diario Marca (o el AS) mal doblado y aceitoso (y normalmente del día anterior) y con sus sábados especiales en los que las manos de santo de Juanito nos deleitan
con unos callos espectaculares, unos caracoles de aúpa, trocitos de pollo empanado que realmente contienen pollo y saben a gloria (malditos nuggets artificiales), poco más se puede pedir a un bar. Y encima seguro que verás a Juanpe, a o Chache, o a Quique, o a Santi, o a Jorge, o si te sonríe la suerte a todos ellos de golpe.

Lo cantaron siempre nuestros juglares, desde el imperial “Iremos al bar”, al “Bienvenido al bar” de Justo y los Pecadores, el “Bares que lugares” de Gabinete o el impresionante y ya citado anteriormente “Voy al bar” de Los Ilegales:

En el bar, 
La gente; el humo al aire, 
La sublime belleza y consumo brutal. 

En el bar, 
Se bebe la venganza, 
la pena y la alegría, 
que agita al personal. 

¡Turbia inquietud! 
¡Impertinente y Punk! 
Abortos infelices, de la revolución. 

¡Hey! 

Y luego vas y lo cascas.


P.D. No puedo cerrar sin mencionar al bar “De Tapeo Rock” en Zaragoza. Mucho de lo escrito arriba es aplicable a dicho local. Un saludo chicos.


lunes, 2 de mayo de 2011

El local de moda

Los que me tratáis conocéis de sobras mi afición a los bares. No es algo extraño, teniendo en cuenta que en los años 80 ya ayudé en algún bar, que a final de dicha década (¡del siglo pasado, casi nada!) estuve trabajando “duramente” como animador turístico en Menorca, que en los noventa conseguí regentar mi propio bar musical con bastante éxito y, sobre todo, que siendo español y de Barcelona sería muy raro que no tuviera esta afición tan propia de esta tierra que me vio nacer.

Aún así, y conforme pasan los años, la selección de bares que frecuento ha ido mermando de la misma forma que el aguante de mi hígado, el saldo de mis tarjetas y la capacidad de un local de sorprenderme de una forma tan grata que tenga ganas de volver. Si hago un rápido repaso mental a los locales que sigo visitando de tanto en tanto (es decir, una vez a la semana), me sobra una mano. Son bodegas y bares pequeños, en los que casi todos los clientes son conocidos, lo cual evita por un lado las posibles sorpresas de personas que no se adaptan a mi estilo (o viceversa) y por otro las siempre latentes discusiones con el barman de turno sobre el precio de una copa, la siempre injusta proporción entre el elixir y el refresco, la caída de una copa recién estrenada (y el automático “te lo juro que estaba llena” que siempre tiene que oír el camarero) y, sobre todo, la temible hora de cierre. Hora maldita esta, que todos, sabedores de que tarde o temprano llegará, intentamos olvidar, obviar, negar y hasta sobrepasar a base de copas en el último momento, charlas intensivas con el camarero, postreros paseos al lavabo o un simulado y "profundo" malestar para poder apurar la última gota mientras los sufridos empleados se afanan en limpiar el local maniobrando entre los impertérritos clientes , incapaces estos de cumplir su palabra de “la última y nos vamos”, dada con toda la solemnidad y un cierto retintín bastantes horas antes.

Pero, oh sorpresa, este fin de semana ha sido el del descubrimiento de un nuevo lugar donde ahogar mis penas, escuchar buena música, conocer a gente divertida, bailar, comer y beber bien y encima gastar poco. Situado en la zona alta de Barcelona, con una terraza abierta expresamente en las alturas para burlar la ley antitabaco, con vistas a la montaña del Tibidabo y equipada con todo lo necesario para pasar un buen rato, este local te recibe como si fuera el salón de una casa particular. Las personas que lo regentan son abiertas, amigos de sus amigos, y te hacen sentir como en casa a los pocos minutos de haber pisado el suelo de este nuevo refugio para los soñadores que seguimos buscando la felicidad en la barra del bar. La clientela, bárbara. Exceptuando los intrusos que en todas las fiestas aparecen de la nada, como caídos del cielo o expulsados de un helicóptero de los Navy Seals que buscando a Obama acabó en la Bonanova atraído por la fama del local, y que encima de ser desconocidos se mueven como pez en el agua sin rendir cuentas a nadie y creyendo que el local es de su propiedad, llegando hasta el punto de soltar frases como “¿pero este local no tiene más lavabos?”, pues exceptuando a esta gente el resto de la clientela daba gusto. El paradigma de la “beautiful people”. Personas abiertas, guapas, con ganas de hablar, de bailar, de probar nuevos cócteles, simpáticas, ocurrentes…, y, cómo no, ya pasadas las preceptivas horas bebiendo, pesadas, hiper cariñosas, buscando consuelo, empalagosas, cansadas, solitarias, tristes o alegres, pero siempre bien acompañadas en sus penas o en sus alegrías por los demás clientes, los dueños del local, los excelentes pinchadiscos (sobre todo un tal Marc), y los camareros. Para eso están los locales. Los buenos locales. Y como no podía ser menos, la barra seguro que marcó un antes y después en la vida de muchos de los clientes. Cócteles de todo tipo, a cual mejor, una gran variedad de Gin Tonics, a cual más sorprendente, y dos camareros, a cual más solicito, simpático y abierto. Sin colas, sin quejas y sin problemas con los precios, los cubitos aguados, el güisqui de garrafón o la proporción de alcohol/refresco ya nombrada antes. ¿Qué más se puede pedir a un local? ¿Qué encima acabe todo con un gran recital de chistes y monólogos de una futura estrella llamada Sergi? Pues también. ¿Qué para acabar pueda quedarme a dormir sin miedo a que me despierte la Guardia Urbana por estar tirado en posición extraña en mi coche? Sin problemas.

Hombre, ya puestos podría daros el nombre y la dirección exacta del local. Lo que sucede es que no me acuerdo muy bien. Igual me sentaron mal los sándwiches (que buenos, por cierto), el sushi, el pollo, los Tigretones, las Panteras Rosas o los “pocos” cócteles que probé. Me suena algo como “Ibiza Reloaded”. O “Déjà vu”. Lo dicho, no me acuerdo muy bien, pero seguro que seré capaz de volver a encontrarlo. Y espero que no pase mucho tiempo antes de volver a disfrutar de una fiesta como Dios manda.

"Bares, qué lugares, tan gratos para conversar No hay como el calor del amor en un bar."
Gracias Sandra, gracias Santy.