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martes, 4 de febrero de 2020

Anacronismos


El patético vividor Gabriel Rufián tiene esa extraña facilidad de ponerme a huevo replicas a las soberanas estupideces que dice. Claro que no es sólo él: en esta España nuestra del siglo XXI vamos sobrados de lerdos y lerdas iletradas, pero sin duda el glotón mal vestido se lleva la palma día sí, día también.

Lo de Gabriel se asemeja mucho a las míticas carambolas de Fernando VII, que al parecer no tenía la misma habilidad jugando al billar que nuestro cuatro veces campeón del mundo a tres bandas, el gran Dani Sánchez (originario del mismo pueblo que Rufián, por cierto), por lo que se las dejaban en bandeja para no alterarle. O para adularle. Y no acaban aquí las comparaciones entre ambos personajes, ya que el rey felón Fernando era gordo, con tendencia a la obesidad, poco agraciado y un gran aficionado a la carne y el cocido. También dicen que era astuto y que se rodeaba de gente vulgar. Parecidos razonables.


Decía ayer el infame diputado Rufián que el Rey no les representa, que la monarquía es una institución anacrónica. Y para más inri soltaba sus majaderías acompañado por la “crème de la crème“ de nuestros políticos, léase Laura Borràs, la golpista racista catalana, Oskar Matute, un maldito etarra,  Mireia Vehí, una pija burguesa convertida en antisistema a la sombra de la fugada  Anna Gabriel y finalmente Néstor Rego, un comunista trasnochado con constantes y húmedos sueños de ser terrorista y sembrar el mal. Ni que fueran los hermanos Dalton al completo. Aunque faltaría “Ma Dalton”, papel que podrían encarnar tanto Nuria de Gispert como Pilar Rahola (por aquello de viejas, locas, violentas y enfermas).

Agarradme mi copa de buen güisqui, que le voy a resumir al tonto del haba Rufián todo lo que es anacrónico. Empezando por su propia existencia.

Anacrónico es querer imponer la voluntad de una minoría al resto de la sociedad. Es decir, toda la demencia del “prusés” catalán, engendrado y alimentado por los ladrones señoritos de la burguesía catalana para esconder sus miserias y seguir expoliando a la buena y trabajadora sociedad catalana.

Anacrónico es utilizar un idioma como arma arrojadiza, herramienta de chantaje y salvoconducto para dividir a la sociedad, crear muros inexistentes y mangonear con asociaciones de protección o recuperación de algo que no necesita ayuda de ningún político interesado. Un idioma es algo superior, inherente a la población que lo habla, con su nacimiento, su evolución, su uso y hasta su desaparición. No existe filólogo o persona con un mínimo de cultura que pueda negarlo. Otra cosa ya sería hablar de enfermos racistas como los hermanos Arana y sus herederos, o los “historiadores” del Instituto de Nueva Historia catalán, que fueron y son capaces de reescribir la historia universal con tal de imponer sus enfermizas paranoias a la sociedad.

Anacrónico es vivir sin trabajar, sin aportar nada a la sociedad. Algo que hacen la mayoría de nuestros políticos, pero que se agrava en casos tan flagrantes como los partidos separatistas o los antisistema de la CUP, que con toda desfachatez declaran no creer en el sistema, en España o en la democracia, pero al mismo tiempo no dudan de cobrar sus generosos sueldos y sus prebendas adicionales en forma de descuentos, dispositivos digitales de última generación, bonos para el taxi y, si les dejan, hasta invitaciones para disfrutar de los parques de atracciones de la región y corticoles para las compras de temporada.

Anacrónico es ser parte de una banda de inútiles sin oficio ni beneficio, cual corte medieval alrededor del mandamás de turno, chantajeado y esclavo de sus apestosos votos, pasando el día ejerciendo de bufones, de correveidiles, de cortesanas o de forzudos, cobrando un intolerable dineral por insultar y menospreciar al pueblo español.

Anacrónico es vivir en una mentira permanente, usando la falsedad, la manipulación, el ocultismo y la tergiversación con el único fin de mantenerse en el poder. Estos malignos sistemas ya los sufrimos en Europa en los siglos pasados, y no es de recibo que la involución de los necios nos lleve de vuelta a las cavernas comunistas y nacionalistas que tanto mal hicieron al mundo occidental.

Anacrónicos son el matonismo y la chulería barriobajera, cuando no la amenaza violenta y asesina de los filo-terroristas, que utilizan para imponer sus ideas retrógradas, excluyentes y carentes de cualquier valor, a una sociedad atontada y esclavizada por sus medios afines. Medios dominados y comprados con malas artes a fin de manipular y utilizar la incultura de la masa para su propio beneficio.

Anacrónicos son la cleptocracia, la institucionalización de la corrupción, el nepotismo y el clientelismo, rasgos característicos del socialismo, el nacionalismo y el maligno comunismo.

Anacrónico es usar el feminismo como bandera de enganche en una sociedad tan avanzada como la nuestra, en la que hombre y mujer tienen los mismos derechos y obligaciones, no desde hace pocos años, sino desde hace un siglo largo de igualdad y justicia entre ambos sexos. Por no mencionar que aparte de anacrónico todo el montaje de la ideología de género es tan anti-científico como renegar de las vacunas o creer a pies juntillas lo que digan marionetas como Greta Thunberg y demás oenejetas, todos ellos socios, familiares y amigos de la ralea populista que se está adueñando de la sociedad.

Anacrónicos son el reggaetón, las batucadas y gran parte de la “música” de Rosalía, que nos devuelven a los bailes, tambores y gritos guturales de épocas prehistóricas.

Anacrónico es el maldito populismo, que no es una ideología sino una simple herramienta para alcanzar el poder, ya sea de izquierdas, de derechas, nacionalista, comunista, socialista o ecologista. Simples banderas de enganche para captar acólitos, apropiarse de sus votos y alzarse con el poder, la gloria y, sobre todo, el dinero contante y sonante que generan los nobles trabajadores.

Anacrónico es ir de la mano de terroristas, racistas, golpistas y demás gente de mal vivir.

Anacrónico es no tener estudios (o no haberlos interiorizado), no tener cultura, no saber leer ni escribir, no tener ni un mínimo de educación, no saber vestir, no saber estar.

Anacrónico eres tú, Gabriel Rufián.




lunes, 18 de abril de 2011

Esto me suena a chino

Esta expresión, muy usada por estos lares, no conlleva un tono peyorativo. Creo yo. Es muy propia de nuestro país y la usamos cuando queremos expresar que no entendemos algo. En otros lugares usan expresiones similares, algunas con su “base” histórica, como en Inglaterra, donde dicen „that's Greek to me“, cuyo origen podría ser el dicho romano „Graecum est, non legitur“ – “ es griego, por eso es ilegible”, o en Alemania, cuyos habitantes recurren con frecuencia a la expresión “Das kommt mir spanisch vor”, que significa literalmente “esto me suena a español”. Sobre esta expresión existen varias "teorías" etimológicas: una hace referencia a la época de Carlos I, Rey de España y Emperador de Alemania (como Carlos V), cuyas costumbres “españolas” extrañaban mucho al entorno protestante alemán, cosa que llevó a acuñar esta expresión a la gente que frecuentaba su Corte; otra en cambio hace referencia a una tal Lola Montez, que ni se llamaba Lola ni era española, sino una embaucadora irlandesa que estuvo engañando al rey Luis I de Baviera durante un tiempo a finales del siglo XIX.

Pero no quería hablar del origen de la expresión, aunque tenga su interés, sino de su renovado y extendido uso actual. En Alemania y los demás países germano-parlantes esta expresión SI que tiene asociado cierto tono “negativo”, pudiéndose asimilar en España a “esto me suena a una chapuza” o expresiones similares. Es decir, que cuando un alemán suelta esta expresión es que no lo ve muy claro, que ve gato escondido dónde espera una liebre. Y, por desgracia, se trata de un giro idiomático que ha vuelto a ponerse de moda en Alemania, tanto en las conversaciones en la calle como, sobre todo, en los noticiarios de televisión y en la prensa escrita. Está claro que en Europa vuelven a hablar en tono despectivo de España. No sólo en Alemania, sino en todos los demás países de nuestro entorno.

¿Y todo esto por qué? La pregunta seguro que ofende a cualquiera de mis lectores, ya que todos conocemos la respuesta. Pues porque España ha venido a menos. Decía un pensador y político muy admirado por mí, llamado José Antonio, que “España ha venido a menos por una triple división: por la división engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los partidos y por la división engendrada por la lucha de clases.” Esto lo decía en los años 30 del siglo pasado, pero si trasladamos esta expresión a nuestros días la podemos usar casi sin modificarla. Si me apuráis podríamos sustituir el tema de la lucha de clases por la inexistencia de cultura, por la pereza, por la superficialidad, o cualquier otro de los defectos de los que adolece nuestra patria en estos días (que son muchos), pero los dos primeros enunciados siguen tan vigentes hoy en día como las ganas de fiesta de los españoles o nuestra pasión por la siesta. Los nacionalismos con sus oscuros intereses económicos, que son los únicos que tienen aunque se disfracen de iluminados salva-patrias inexistentes, y la fiera lucha de los partidos políticos, sean del signo que sean, por una parte del rico pastel que significa llegar a cualquiera de las “ene” administraciones que mantenemos todos los españoles con nuestros impuestos, son los causantes de que vayamos de mal en peor. En definitiva, son culpables de que nuestra integración en la primera división mundial haya sido una ilusión pasajera, rota estrepitosamente con la llegada al poder de los socialistas, que a base de incultura, desconocimiento, analfabetismo funcional, dislexia, mentiras, latrocinios, nepotismo y demás “virtudes” igualitarias y democráticas, han conseguido que en Alemania, Suiza y Austria vuelva a ser común oír la susodicha expresión de que “me suena a español”. Y esto duele mucho. Por lo menos a mí.

Los socialistas nos han dado gato por liebre, nos han engañado y se han cargado un sueño de grandeza que nos merecíamos desde hace mucho tiempo. Y encima no podemos recurrir al conjuro de otras épocas, cuando para asegurarse de que no les daban gato por cabrito (o por liebre) recitaban ante el plato de carne:

“Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta al plato.”