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martes, 4 de febrero de 2020

Anacronismos


El patético vividor Gabriel Rufián tiene esa extraña facilidad de ponerme a huevo replicas a las soberanas estupideces que dice. Claro que no es sólo él: en esta España nuestra del siglo XXI vamos sobrados de lerdos y lerdas iletradas, pero sin duda el glotón mal vestido se lleva la palma día sí, día también.

Lo de Gabriel se asemeja mucho a las míticas carambolas de Fernando VII, que al parecer no tenía la misma habilidad jugando al billar que nuestro cuatro veces campeón del mundo a tres bandas, el gran Dani Sánchez (originario del mismo pueblo que Rufián, por cierto), por lo que se las dejaban en bandeja para no alterarle. O para adularle. Y no acaban aquí las comparaciones entre ambos personajes, ya que el rey felón Fernando era gordo, con tendencia a la obesidad, poco agraciado y un gran aficionado a la carne y el cocido. También dicen que era astuto y que se rodeaba de gente vulgar. Parecidos razonables.


Decía ayer el infame diputado Rufián que el Rey no les representa, que la monarquía es una institución anacrónica. Y para más inri soltaba sus majaderías acompañado por la “crème de la crème“ de nuestros políticos, léase Laura Borràs, la golpista racista catalana, Oskar Matute, un maldito etarra,  Mireia Vehí, una pija burguesa convertida en antisistema a la sombra de la fugada  Anna Gabriel y finalmente Néstor Rego, un comunista trasnochado con constantes y húmedos sueños de ser terrorista y sembrar el mal. Ni que fueran los hermanos Dalton al completo. Aunque faltaría “Ma Dalton”, papel que podrían encarnar tanto Nuria de Gispert como Pilar Rahola (por aquello de viejas, locas, violentas y enfermas).

Agarradme mi copa de buen güisqui, que le voy a resumir al tonto del haba Rufián todo lo que es anacrónico. Empezando por su propia existencia.

Anacrónico es querer imponer la voluntad de una minoría al resto de la sociedad. Es decir, toda la demencia del “prusés” catalán, engendrado y alimentado por los ladrones señoritos de la burguesía catalana para esconder sus miserias y seguir expoliando a la buena y trabajadora sociedad catalana.

Anacrónico es utilizar un idioma como arma arrojadiza, herramienta de chantaje y salvoconducto para dividir a la sociedad, crear muros inexistentes y mangonear con asociaciones de protección o recuperación de algo que no necesita ayuda de ningún político interesado. Un idioma es algo superior, inherente a la población que lo habla, con su nacimiento, su evolución, su uso y hasta su desaparición. No existe filólogo o persona con un mínimo de cultura que pueda negarlo. Otra cosa ya sería hablar de enfermos racistas como los hermanos Arana y sus herederos, o los “historiadores” del Instituto de Nueva Historia catalán, que fueron y son capaces de reescribir la historia universal con tal de imponer sus enfermizas paranoias a la sociedad.

Anacrónico es vivir sin trabajar, sin aportar nada a la sociedad. Algo que hacen la mayoría de nuestros políticos, pero que se agrava en casos tan flagrantes como los partidos separatistas o los antisistema de la CUP, que con toda desfachatez declaran no creer en el sistema, en España o en la democracia, pero al mismo tiempo no dudan de cobrar sus generosos sueldos y sus prebendas adicionales en forma de descuentos, dispositivos digitales de última generación, bonos para el taxi y, si les dejan, hasta invitaciones para disfrutar de los parques de atracciones de la región y corticoles para las compras de temporada.

Anacrónico es ser parte de una banda de inútiles sin oficio ni beneficio, cual corte medieval alrededor del mandamás de turno, chantajeado y esclavo de sus apestosos votos, pasando el día ejerciendo de bufones, de correveidiles, de cortesanas o de forzudos, cobrando un intolerable dineral por insultar y menospreciar al pueblo español.

Anacrónico es vivir en una mentira permanente, usando la falsedad, la manipulación, el ocultismo y la tergiversación con el único fin de mantenerse en el poder. Estos malignos sistemas ya los sufrimos en Europa en los siglos pasados, y no es de recibo que la involución de los necios nos lleve de vuelta a las cavernas comunistas y nacionalistas que tanto mal hicieron al mundo occidental.

Anacrónicos son el matonismo y la chulería barriobajera, cuando no la amenaza violenta y asesina de los filo-terroristas, que utilizan para imponer sus ideas retrógradas, excluyentes y carentes de cualquier valor, a una sociedad atontada y esclavizada por sus medios afines. Medios dominados y comprados con malas artes a fin de manipular y utilizar la incultura de la masa para su propio beneficio.

Anacrónicos son la cleptocracia, la institucionalización de la corrupción, el nepotismo y el clientelismo, rasgos característicos del socialismo, el nacionalismo y el maligno comunismo.

Anacrónico es usar el feminismo como bandera de enganche en una sociedad tan avanzada como la nuestra, en la que hombre y mujer tienen los mismos derechos y obligaciones, no desde hace pocos años, sino desde hace un siglo largo de igualdad y justicia entre ambos sexos. Por no mencionar que aparte de anacrónico todo el montaje de la ideología de género es tan anti-científico como renegar de las vacunas o creer a pies juntillas lo que digan marionetas como Greta Thunberg y demás oenejetas, todos ellos socios, familiares y amigos de la ralea populista que se está adueñando de la sociedad.

Anacrónicos son el reggaetón, las batucadas y gran parte de la “música” de Rosalía, que nos devuelven a los bailes, tambores y gritos guturales de épocas prehistóricas.

Anacrónico es el maldito populismo, que no es una ideología sino una simple herramienta para alcanzar el poder, ya sea de izquierdas, de derechas, nacionalista, comunista, socialista o ecologista. Simples banderas de enganche para captar acólitos, apropiarse de sus votos y alzarse con el poder, la gloria y, sobre todo, el dinero contante y sonante que generan los nobles trabajadores.

Anacrónico es ir de la mano de terroristas, racistas, golpistas y demás gente de mal vivir.

Anacrónico es no tener estudios (o no haberlos interiorizado), no tener cultura, no saber leer ni escribir, no tener ni un mínimo de educación, no saber vestir, no saber estar.

Anacrónico eres tú, Gabriel Rufián.




viernes, 8 de noviembre de 2019

La maldita España xenófoba


Ahora que hasta el faro intelectual de occidente llamado Adriana Lastra (igual “Lastre” le iría mejor como apellido) ha descubierto la palabra fascista y ha interiorizado que todos los que no comulguen con las directrices de su partido (iba a decir “con las ideas” pero, como bien es sabido, los actuales “socialistas” españoles carecen de ideas, de ideales, de honradez y del mínimo exigible de cultura) somos fascistas, pues tendremos que pasar al siguiente adjetivo: xenófobos. Palabra por cierto harto complicada de vocalizar: igual por ello la utilizan tan poco las lumbreras del PSOE, los vividores de Unidas Mamemos y los demás grupos de garrapatas que están destrozando nuestra patria a marchas forzadas.

Los xenófobos, los que odian o temen (fobia) a los extranjeros o extraños (xeno), que por desgracia pueblan partes de nuestra amada tierra, son el verdadero cáncer de nuestra sociedad. Y este hecho me entristece mucho, más aún cuando la herencia hispana que atesoramos todos conlleva todos los valores que posteriormente se convirtieron en “Derechos Humanos Universales”, lease la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad, la nacionalidad et al, como ya dejó escrito Isabel la Católica en su testamento: “Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien.”


¿Cómo ha podido suceder algo así? ¿Qué ha pasado en estos últimos años que ha propiciado que la nación más justa, más tolerante, más libre, más avanzada y más culta, como ha sido España con su Imperio, se haya convertido en tan poco tiempo en una pocilga llena a rebosar de violentos racistas, de odiadores profesionales, de malditos y repugnantes xenófobos?

Nada complicado es contestar a esta pregunta: por culpa de los intereses de las minorías burguesas catalanas y vascas (como en su momento la avariciosa burguesía criolla en las provincias de ultramar). Instaladas en sus reinos mitológicos sacados de la chistera por sus dementes padres fundadores (los Arana Bros., los Badia Bros., Companys, Pujol…), bien cubiertas social y económicamente por sus latrocinios, sus oscuros negocios y sus chantajes a los sucesivos gobiernos centrales, las minorías burguesas catalana y vascuence han amaestrado, manipulado y sodomizado a esa parte importante de la sociedad española, convirtiéndola en el peor ejemplo de la xenofobia europea de los últimos 30 años. Y ahí no quedará: el odio al vecino es contagioso, sus tentáculos son extremadamente largos, y ya empieza a florecer en Valencia, en Galicia, en las Baleares, en Navarra, y dentro de poco, si no lo impedimos, contaminará Asturias, Andalucía, Canarias, León y hasta Aragón. Suerte que siempre nos quedarán Murcia y Extremadura como salvaguarda del hispanismo, la sensatez, el esfuerzo, la honradez y el valor.

El odio al extraño, al diferente, al habitante de la región colindante y al vecino del quinto segunda, ha calado profundamente en nuestra sociedad. Ese “tsunami” de maldad que tan bien queda reflejado en la película “La Ola” (mira que son lerdos los lazis y van y eligen justamente este nombre para su movimiento terrorista/racista), se ha apoderado de las mentes de adultos, jóvenes y niños, sin que nadie con mando en tropa en España haya querido remediarlo. Ni el Partido Popular ni el PSOE han intentado en ningún momento atajar esta epidemia, cortar la cabeza a esta serpiente envenenada llamada nacionalismo.
No les convenía, ni les conviene: dependen de sus cuatro miserables votos para seguir gobernando, y siendo este su único fin y objetivo en la vida, cómo van a ser tan tontos de matar a la gallina de los huevos dorados. O de perseguir al malvado reptil.

Está claro que nuestra patria, España, está siendo intoxicada poco a poco. Que la xenofobia promovida por los movimientos nacionalistas ha calado fuerte en vastas partes de nuestra hermosa piel de toro.

Y que solamente hay una manera de curar esta enfermedad: la extirpación de los tumores ya existentes, la aplicación de quimio y radioterapia a los órganos que rodean a esos tumores (que no son otra cosa que las televisiones mal llamadas públicas ETB y TV3), la recuperación de las competencias de educación y seguridad (entre otras), que deben ser únicas para todos los ciudadanos españoles,  y el inmediato encarcelamiento de todos los delincuentes que promueven el odio racista en nuestro país.

Urge un cambio para acabar con la xenofobia y la violencia en España.

Y el próximo domingo día 10 de noviembre tenemos la oportunidad.

Acabemos de una santa y definitiva vez con la maligna serpiente del nazionalismo y recuperemos la grandeza y la libertad de España.


¡ESPAÑA, SIEMPRE!












martes, 15 de octubre de 2019

Hispanismo versus nacionalismo


He esperado tres días en ponerme a escribir esta pequeña entrada: desde el pasado sábado, 12 de octubre, día de la Hispanidad, hasta hoy, 15 de octubre, he tenido la santa paciencia (y me ha costado lo suyo) de no dejarme llevar por la ilusión y la alegría que significó la asistencia al desfile de las Fuerzas Armadas, el haberme encontrado por pura casualidad con Alba y de paso haber conocido a Sergi y Ruth, simpáticos pericos catalanes y nuevos miembros de la creciente colonia de exiliados en esta bella Villa y Corte llamada Madrid (y quién sabe si los futuros presidenta y secretario de la Peña Españolista de Madrid).

¿Y a qué se ha debido esta espera? Pues es muy simple: coincidía este fin de semana festivo con la filtración de la sentencia del “procés” (ya me gustaría saber quién ha sido el chivato que se ganó las albricias anunciando la buena nueva a los golpistas) y todo lo que ello conllevaba: la rabia por la sentencia, los previsibles incidentes que iban a producirse y la gran pena que siento al saber que esta pesadilla no tienes visos de acabar, sino que más bien parece que se va a eternizar, con todo el dolor y el drama que ello conlleva. Por todo esto no me puse a escribir el mismo sábado: habría resultado un simple y superficial relato del desfile, de sus anécdotas, de las lógicas risas y las pertinentes cervezas al intenso sol que acabó quemándonos las espaldas, pero manco de la trascendencia de la sentencia contra los golpistas separatistas y de todo lo que ello significa como contrapunto a la alegría del día de la Hispanidad. Hubiera sido un relato del Yin sin el Yang, del Bien sin el Mal. Y por desgracia, el mal sigue existiendo. Y en este caso se llama “nacionalismo”.

Empecemos por lo bonito. Por el lado bueno de la historia. Por el “hispanismo”: un sentimiento, una filosofía y una manera de entender la vida como algo positivo, algo que une, que representa muchos siglos de evolución, de historia, de cultura, de esfuerzo común, de unidad en la diversidad. Asimilable a lo que significa el “españolismo” (ser seguidor del RCD Españyol) al mundo del fútbol.

Había quedado con algunos amigos en la estatua de Indalecio Prieto en Nuevos Ministerios, una elección como mínimo controvertida, teniendo en cuenta lo siniestro del personaje en cuestión: golpista contra el gobierno legitimo de la república en 1934, culpable de innumerables muertes y expoliador de museos y fortunas particulares, para acabar fugándose a Méjico con todo lo arramplado. Pero la suerte hizo que me tropezará unos cientos de metros más al norte con la amiga Alba y que lo de vernos en la funesta estatua quedara olvidado a las primeras de cambio. 
Y fue todo un acierto: al rato se nos unieron dos amigos de Barcelona, pericos ambos, y a partir de aquí el rato que pasamos a escasos metros del palco de autoridades intentando atisbar a la soldadesca, a las autoridades y descubrir que vestido llevaba Letizia, voló entre risas, fotografías y pequeñas anécdotas que anoté para ilustrar un poco este escrito ya previsto de antemano. A nuestro lado, por ejemplo, se sentaron dos matrimonios originarios de Castelldefels (Castefa para los insiders), una casualidad como tantas otras, teniendo en cuenta que por ahí andaban cientos de miles de españoles intentando pillar un lugar con un mínimo de visibilidad. Sus sonrisas cómplices ante  nuestros cánticos de “Puigdmemont a prisión” contrastaban con las caras de no entender nada de las japonesas que teníamos a nuestra derecha, y que a pesar de todo aplaudían con educación y recato todo aquello que a nosotros nos emocionaba: la Patrulla Águila, los helicópteros de rescate marítimo, los cazas, los imponentes Airbus o los paracaidistas descendiendo desde lo alto con nuestra querida enseña nacional (dejo para la parte fea del relato hablar del cabo Pozo). Hubo foto con un voluntario que se autoproclamó ser la “cabra” de la Legión, grandes risas avisando a un joven matrimonio que teníamos delante de que estaban asesinando a su pequeño oso panda con las ruedas del carrito (ni que fuera Borja), acabando la agradable mañana con un distendido refrigerio en una terraza cercana, un tuit anunciando a Tomás Guasch la buena nueva sobre su “nuera” y planificando ya futuras citas, entre ellas un asalto directo a las tropas enemigas del Bar Capuccino.

Una gran mañana, soleada, con risas, cánticos, complicidad, respeto y amistad. Y por lo que me cuentan desde Barcelona, ahí el día transcurrió de forma similar: sol, alegría, unidad, igualdad y libertad. Com Déu mana. Como tiene que ser.

Pero claro, todo sueño tiene su triste despertar. Y el nefasto nacionalismo que tantas desgracias ha causado en Europa en los últimos siglos, siempre acecha. La sentencia del procés, que ya empezaba a embrutecer todo lo bonito vivido el sábado, acabó por amargarnos el domingo y remató el siempre maldito lunes con los intolerables incidentes en Barcelona y Gerona. Y, sobre todo, con la benevolente pena impuesta, que permitirá a la Generalitat soltar a los golpistas antes de las próximas Navidades.

Una sentencia perfecta para Pedro Sánchez (que éste privilegiado alumno de Maquiavelo ha presionado e influido descaradamente en la abogacía del estado, en la fiscalía y hasta en los magistrados está fuera de toda duda), con el racista demente Quim Torra revolviendo el hato y lanzando a la adoctrinada juventud catalana a la calle sin contemplaciones; sentencia que culminó de forma nefasta estos duros años pasados desde el intento de golpe de estado de 2017, para disgusto de la mayoría de los catalanes y del resto de españoles. 
¿Cómo pagar los favores (en forma de votos) al separatismo sin tener que indultar a los condenados? Pues muy fácil: forzando una sentencia por sedición, y con ello las más que seguras medidas de gracia que podrá aplicar la Generalitat sin que nadie pueda oponerse. Todo calculado. Y pactado. A espaldas de los ciudadanos. Riéndose de la separación de poderes. Ninguneando a la mayoría de los ciudadanos de Cataluña que no son separatistas. Las treinta monedas de plata de siempre.

Y a esta desgracia de epílogo del fin de semana habría que añadir las intolerables, asquerosas, y penosas bromas sobre el bueno del Cabo Pozo, que tuvo la mala suerte de chocar con una farola antes de poder tomar tierra con la bandera nacional (maldita sea mil veces la impresentable Anabel Alonso), cuando se ha pasado toda su vida sirviendo con honor a nuestra patria; el vil y traidor puñetazo de un tal Joan Leandro Ventura a una señora ya entrada en años por el simple hecho de ondear una bandera de su tierra en Tarragona, o el abuso de un corpulento mozo separatista arrebatando la bandera y cogiendo por el cuello a una chiquilla en el Paseo de Gracia de Barcelona; y, para rematar, la indecente, asocial, injusta e intolerable ocupación de las calles, las estaciones y el aeropuerto por parte de las huestes de los enfermos separatistas.

Solamente faltaban los no por esperados igual de asquerosos comunicados del maldito Barza, del payaso Guardiola y del iletrado Xavi, la inacción de los Mossos, el apoyo de Pablo Iglesias y demás ratas a los nazis catalanistas y la sectaria programación de TV3, para acabar maldiciendo este maldito lunes 14 de octubre, que quedará en los anales de la historia como una más de tantas traiciones a nuestra patria, a la libertad y la justicia.

Y encima dos días después de nuestra gran fiesta común.

Hispanismo frente a nacionalismo. El bien frente al mal. Y lo que nos queda.




miércoles, 25 de septiembre de 2019

La mentira sistemática


Lenin la patentó, la Segunda República la explotó,
ZP la revivió y Pedro Sánchez la institucionalizó.

Todos sabemos que la mentira nos rodea. Y que se trata de un arma infalible para conseguir los objetivos perseguidos. No se trata de nada nuevo, es algo que nos ha acompañado desde los albores de la civilización. Se mentía en la Edad de Piedra, tanto en el Paleolítico como en el Mesolítico y el Neolítico, Edad ésta en la que las mentiras ya se empezaron a pulir como las piedras, en la Edad del Bronce, en la Edad del Hierro, en la Antigua, en la Media, en la Moderna…, y desde entonces hasta nuestros días, hasta la Edad Contemporánea.  Cierto es también que, durante la evolución de las sociedades primitivas hasta nuestro mundo actual, la aparición de las religiones convirtió el hecho de mentir en algo malo, en un pecado (tampoco en todas las religiones ni en la misma medida), pero no por ello se ha conseguido erradicar ese mal que es parte intrínseca del ser humano.

No me arrogo ser versado en filosofía, más aún, no me precio de ser experto en nada, pero sí que entiendo que la evolución desde las edades oscuras hasta hoy en día ha traído consigo la aparición de valores morales o éticos, gracias sobre todo a las culturas griega y romana y en especial al cristianismo (que no al islamismo o al judaísmo, que por desgracia mantienen preceptos contrarios a la moral y la ética tal como la entendemos nosotros). Valores que han permitido el avance de la sociedad, la aparición de la moral, de la justicia, de la libertad, y con ello la mejora de la convivencia, en resumen, que han permitido llegar a donde estamos hoy en día.

Pero cuando ya habíamos dado el enorme salto cualitativo de pasar de ser seres primitivos, violentos, caníbales, promiscuos, falsos, egoístas y mentirosos, a convertirnos en personas cabales, con cierto grado de cultura y con una serie de valores superiores, como la lealtad, la honradez, la tolerancia, la fidelidad, el respeto, la solidaridad o la generosidad, por nombrar algunos, llegó la involución.

Y no me refiero a la Edad Media o a la Edad Moderna, ni pretendo hablar de la evolución social desde antes del nacimiento de Cristo hasta los siglos XVIII o XIX. Me vendría muy grande desgranar la historia de la humanidad. Doctos pensadores y millares de libros hay a los que podéis recurrir para entender “el perquè de tot plegat”, como decimos en Cataluña (el porqué de todo), o si queréis atajar podéis tirar del excelente aunque polémico resumen de Dietrich Schwanitz titulado “La cultura: todo lo que hay que saber” (un resumen en 816 páginas de TODO lo que hay que saber: según el autor, claro está); voy directamente al principios del siglo XX. 

Un siglo que abandonamos hace bien poco pero que sigue marcando nuestra realidad. A no ser que seas un “millennial” de las generaciones Y o Z y no te enteres de nada ni tengas interés por nada más que por consumir y disfrutar.

A lo que iba: a la mentira.

Como dijo (entre muchas otras barbaridades) el aborrecible Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, “la mentira es un arma revolucionaria”. Y tan pancho se quedó, arrastrando al mundo entero a la desgracia que aún sufrimos hoy en día. A la mentira como principal herramienta para llegar al poder, para mantenerse en él y para vivir como un rey a costa de los demás.

Esa maldita mentira que Lenin patentó, la Segunda República explotó, ZP revivió y Pedro Sánchez institucionalizó.

Para desgracia nuestra y de las futuras generaciones. Todo, absolutamente todo lo que dice y hace nuestro fraudulento, plagiador y enfermo presidente por accidente, es mentira. Desde que se levanta hasta que se acuesta en su cómodo colchón, durmiendo a pierna suelta junto su vaga y vividora señora, Pedro Sánchez no hace nada más que engañar. Hasta podríamos creer que miente más que respira. Miente a su partido, mientre a sus teóricos aliados, miente a la sociedad, miente al sol y a la luna, a las nubes que vigila su mentor y maestro ZP, a la UNO, a las dos y a las tres. Y lo peor de todo es que le importa un pepino. No tiene ni un ápice de moral o de vergüenza. Solamente existe un propósito en su vida: su ego. El YO en mayúsculas como objetivo único e intocable de su cómoda vida. Y la mentira como motor. Un motor muy, pero que muy contaminante. Acompañado de palmeros, mentirosos a tiempo parcial o total, y, sobre todo, de infinidad de espejos en los que admirarse a todas horas; su plan de negocio, su “roadmap” como gustan tanto soltar los consultores, su objetivo vital, su meta, son solamente uno: disfrutar, figurar, vivir del cuento y explotar al máximo los días que permanezca en este mundo.

No tiene miramientos, no tiene sentimientos, es un ser carente de cualquier valor, esos que detallaba más arriba y que nacieron fruto de una evolución de millares de años. Un avance social, cultural y humano que se fue al garete cuando apareció la izquierda y el tan mal llamado progresismo, y con ellos el hablar por hablar y el mentir como lema vital. Un progresismo que poco tiene que ver con el progreso. Es una vuelta atrás. Una involución. Estamos tirando por la borda siglos y siglos de avances. Y seguiremos igual si no le remediamos de alguna manera.

Pero no será tarea fácil: no hablamos solamente de Pedro “cumfraude” Sánchez. La inmensa mayoría de la clase “dirigente”, los políticos y sus lacayos, padece la misma enfermedad, miente igual y persigue los mismos objetivos.

La mentira está institucionalizada en la izquierda, en el centro, en gran parte de la derecha, en la recta y en la curva, en el nacionalismo, en el histerismo climático, en el revanchismo, en el guerracivilismo, en el veganismo, en el LGTBIsmo, en el periodismo, en el globalismo…, en todos los repugnantes “ismos” que poco a poco conseguirán devolvernos al sitio de dónde salimos: a las oscuras y frías cavernas.

Igual tiene que ser así.



lunes, 8 de abril de 2019

Nacionalismo, populismo y religión.


Una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto”
George Orwell, Notas sobre el nacionalismo

No va nada mal que, en estos momentos, a punto de iniciarse la campaña electoral oficial (aunque realmente la campaña empezó el fatídico 2 de junio de 2018, día en el que el falso y ególatra Pedro cum Fraude llegó al poder con la mochila llena de sucias maniobras e incontables mentiras), se publique un estudio sobre la enseñanza de la religión en las diferentes regiones de España.


Como era de esperar, las regiones en las que se limita, excluye y hasta persigue la enseñanza de la religión católica, son aquellas en las que dominan una o ambas de las dos fuerzas malignas que quieren acabar con nuestros valores, nuestras historia y, sobre todo, con nuestro futuro.

Tanto el rancio populismo izquierdista, culpable de los mayores desastres sociales y culturales de la historia, además de la muerte de cientos de millones de personas, como el maldito nacionalismo que se sitúa por encima del bien y del mal arrogándose rango de verdad y eternidad, tienen muy claro quien es su principal enemigo. La lucha contra los valores emanados de nuestra herencia griega, romana y cristiana es continuada e implacable: es la única manera que tienen para llegar al poder los enemigos de la persona, de la libertad y de la justicia.

Decía Orwell en su “Notas sobre el nacionalismo” lo siguiente: “Todo nacionalista acaricia la idea de que el pasado puede alterarse. Pasa la mayor parte del tiempo en un mundo fantástico en el que las cosas suceden como deberían suceder, y, cuando es posible, no duda en transferir fragmentos de su mundo a los libros de historia”.

¡Qué acertada definición de lo que estamos sufriendo hoy en día en España! Ese mundo fantástico en el que residen los dementes Torra, Puigdemont y demás enfermos, o los falsos e hipócritas nazis del PNV que van de sensatos y superiores cuando su trayectoria es el mayor ejemplo de manipulación histórica y social (y sangrienta) sufrida en Europa en los últimos siglos, junto a los demagogos populistas de izquierda que repiten sin cansar su mantra igualitario, libertario y renovador, cuando cualquier persona sensata sabe que ni persiguen la igualdad, ni creen en la libertad, ni dejarán más rastro de su apestosa presencia en nuestra sociedad que miseria, injusticia y privilegios para unos pocos acólitos (véase la situación actual de Venezuela).

¿Y qué podemos hacer para evitar este desastre y salvar los muebles de nuestra patria, nuestra historia, nuestra herencia y con ello garantizar un futuro a nuestros hijos y nietos?

Pues yo diría que está bastante claro: luchar en el día a día por nuestros valores y contra la indecencia que representan la mayoría de los partidos políticos. Leer, estudiar, entender, escribir, debatir, dar ejemplo, enseñar…, en definitiva, ayudar a las personas de cerebro huero, abducidas por las mentiras, la superficialidad y la mediocridad de las malignas y manipuladoras cadenas de televisión y radio, dedicadas en cuerpo y alma a minar los valores y cimientos de nuestra sociedad para conseguir el máximo provecho económico, a 
costa de convertir a la audiencia en simples ovejas consumidoras de bazofia.

Y aquellos que votáis, hacedlo conscientemente, sabedores de que estamos ante una de las últimas oportunidades de salvar la que otrora fue reserva espiritual de Occidente, faro de libertad, justicia e igualdad. Nuestra patria. Nuestro pasado. Nuestro presente. Y Dios mediante, nuestro futuro. Por España, todo por España.



miércoles, 28 de octubre de 2015

La última sardina de la banasta

Al final lo han conseguido. En su frenética huida hacia ningún lado (salvo hacia los paraísos fiscales), los nacionalistas catalanes han sido capaces, en estricto orden cronológico, de:

  • Inventarse una nación milenaria
  • Sacarse de la manga una bandera, un himno y una historia que no se sostienen ni con veinte tubos de pegamento Imedio (¿será culpa del origen ciudadrealeño, léase español,  del inventor don Gregorio Imedio, que todo este pastiche no acabe de pegar?)
  • Atontar y manipular a varias generaciones de españoles residentes en Cataluña tergiversando el pasado, el presente y hasta el futuro, con la imposición de unos planes de estudio basados en una mitología imaginaria más cercana a la Tierra Media de Tolkien que a la cultura occidental emanada de las herencias griega, romana y cristiana.
  • Enfrentar a ciudadanos, a vecinos y a hermanos hasta llegar a destrozar matrimonios y familias enteras,  sembrando en la sociedad el maligno virus del odio al prójimo, en este caso al orco español.
  • Esquilmar una de las regiones más ricas de España y de Europa, tanto cultural como materialmente, robando por doquier, aplicando porcentajes de comisión a todo acto, venta, iniciativa, producto, invento y hasta pensamiento que tuviera la mala suerte de crecer, existir, producirse o realizarse dentro del "limes" de su cortijo particular.
  • Hasta llegar al punto de inflexión, al “point of no return”, al “de perdidos al río” de nuestro refranero, que se ha traducido en la redacción y publicación de un panfleto carente de la mínima sensatez, en el que, resumida en 9 puntos, a cual más infantil y carente de valor jurídico que el anterior, declaran su intención de proclamar en breve la República Catalana.


Si hasta me dan pena. Cataluña es mi tierra; mi familia y gran parte de mis conocidos y amigos siguen residiendo ahí (algunos a regañadientes, eso sí), y lo paso muy mal viendo como a unos los han atontado en el colegio, en la universidad y en el trabajo hasta creerse a pie juntillas las leyendas de una antigua nación catalana invadida por los malignos españoles y franceses que solamente se han dedicado a robar, destrozar y violar a sus virginales “pubillas”, y como a los otros, los sensatos, los estudiosos, los luchadores que a pesar de la manipulación han conseguido mantener la mente clara, como a esos los han estigmatizado, marcado a fuego cual vacuno y encerrado en sus guetos “españoles”, ninguneados en el mundo cultural y social, perseguidos en el ámbito político y destrozados en el ámbito económico en el que solamente podían triunfar los acólitos al régimen, los amigos de las 300 familias de la corte catalana asentada alrededor del bufón Artur Mas, o las silenciosas ovejas resignadas a pagar el 3% de rigor para poder simplemente subsistir.

Con lo fácil que sería para todos tomarse un día de asueto, comprar un libro de historia en cualquier librería de la otrora capital de las letras y la cultura hispánica, y empaparse un poco de la historia de Cataluña, de España, de Europa, del nacionalismo y de sus oscuros y monetarios objetivos.

¿Pero claro, quien pierde el tiempo hoy en día leyendo algo? 
En un país en el que el 30% de la población no lee ni un libro al año sería como pedirle peras al olmo. 
O como exigirle sensatez a la OMS cuando se pone a hablar de lo mala que es la carne para el ser humano (en otra ocasión fue el aceite, y mañana “chi lo sa”, igual nos salen con que el pescado azul era demasiado azul para nuestra salud, o que la acidez de estómago viene del agua embotellada, como le pasa a mi amigo Ramis).

Aquí, en esta región, en este país y en esta sociedad occidental que se asoma al abismo de la desaparición atrapada entre las mentiras de los medios de comunicación al servicio de intereses particulares (ya sean nacionalistas, populistas o empresariales) y la invasión ya nada silenciosa del radicalismo musulmán en forma de avalanchas de refugiados creadas artificialmente por gobiernos, sectas, grupos de presión y lobbies varios, ya queda poco por hacer.




No queda ni la última sardina en la banasta.



Es el fin de una era.






viernes, 25 de septiembre de 2015

Empieza el Camino 2015

Como pone en el título, empieza.

Es decir, salgo mañana hacia tierras riojanas para emprender la marcha anual.

Pero ya que he conseguido atraerte, aprovecho para recordarte lo que España espera de ti el próximo domingo. 

En tus manos está salvar nuestra historia milenaria.

Del Camino ya hablaré a mi vuelta. ;-)


Visca Catalunya! ¡Viva España!






jueves, 14 de agosto de 2014

Barcelona, año 2015

Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía forzadamente.  Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.


Después del referéndum de Noviembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos de Escocia, Irlanda, Kosovo, Guinea Ecuatorial, el barrio de Igueldo de San Sebastián y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas. 

Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular,  no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.

Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual grilletes de un condenado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la gigantesca estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos: no había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas, Junqueras y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros.
Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’Interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.

Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.

-         --  ¿Estáis bien chicos?
-         --  Si papi, tot be, menys això d'anar al cole.

Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.

Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del
antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (después de haber sido expulsada Cataluña de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.

A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese roto la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
      
      - Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja en parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.





lunes, 3 de marzo de 2014

Badajoz no está en Osona

Entiendo que el críptico título de este artículo sembrará dudas acerca de su contenido. Intencionado es, por lo menos así conseguiré despertar la curiosidad de algún lector y con ello que lea más allá del titular, algo por desgracia poco habitual en un país de iletrados y alelados consumidores de titulares de un tamaño de fuente mínimo de 36 puntos, televisión barata, música repetitiva y placeres materiales carentes del mínimo contenido espiritual.
Este fin de semana pasado ha estado plagado de detalles, en lo bueno y en lo malo (cual compromiso de matrimonio), que me han  llevado a reflexionar un poquito sobre las personas, la amistad, el saber estar, la fidelidad, la compasión, la solidaridad.  Y a intentar trasladar esos pensamientos a una hoja de papel. Tarea harto difícil, por otro lado, al tratarse de sentimientos inconexos y puntuales, que tal como los sientes vuelven a desparecer. Como esos enamoramientos de barra y nocturnidad de los que al día siguiente te arrepientes mientras intentas echar de la cama al ser extraño que tienes a tu lado (en el peor de los casos)  y, haciendo el máximo ruido posible,  buscas el último y salvador “Espidifén” en todos los rincones de la casa, incluidas maletas y mochilas, objetos estos que suelen ser el refugio final de mecheros, medicinas, pañuelos, esponjas limpiabotas  y kits de costura requisados en el último hotel. Por lo menos en mi caso. 
Y no ha sido tanto una sesuda reflexión, sino más bien una nueva constatación de la enorme diferencia entre las personas normales, léase buenas, y los "joputas" que por desgracia tanto abundan en la sociedad actual.
Todo empezó con una comida “informal” con unos cuantos compañeros de trabajo en un mesón gallego en Boadilla del Monte (local ciertamente muy recomendable por su excelente relación calidad / precio, llamado O’Carro). Entre parrochas con pimientos de padrón, pulpo a feira,  fabas con almejas y unos buenos entrecots, el ágape (en su 2ª acepción de la Real Academia, porque ni somos de los primeros cristianos ni la comida tuvo un carácter religioso), el ambiente fue distendido, sin tensiones ni bandos enfrentados, la conversación fluyó de forma natural y sin más pretensiones que disfrutar de unos buenos manjares y pasar un rato agradable. Y así fue.
En algunos momentos me sentí trasladado a una de tantas comidas vividas con desconocidos peregrinos en los mesones de las pequeñas poblaciones que visitas en los diversos tramos del Camino de Santiago, en las que sin ningún tipo de intención comercial (o sexual)  oculta, sin jerarquías,  objetivos o tensiones simplemente se disfruta del lugar y del momento.  Gente normal reunida alrededor de una buena mesa. Primer momento dulce del fin de semana.
Salidos del restaurante, cada mochuelo se dirigió a su olivo, como es menester, y en mi caso, y dada la proximidad con Majadahonda, localidad en la que reside un amigo, me acerqué a visitarle. No habiendo autobuses hasta bastante rato más tarde, un simpático taxista que quizás advirtió mi cara de circunstancias y de frio debido al viento de la sierra que amenazaba con enfriar ese estómago recién calentado, se ofreció a llevarme por unos módicos 10 euros (cuando según él el precio con taxímetro oficial ronda los 15).  
Un detalle de agradecer, que me permitió plantarme en casa de mi amigo en pocos minutos y disfrutar de una agradable sobremesa que al final se alargó más de lo debido, supongo que por la necesidad de ayudar al proceso digestivo con los líquidos etílicos de rigor. No fuera a ser que me sentaran mal los manjares engullidos por una falta de componentes purificadores y disolventes. Llegado el momento de recular y volver a casa resultó que ya solamente quedaba un último autobús de línea, y que encima no estaba claro si ya había pasado por la estación o aún estaba por llegar. Por suerte no era el único en esta situación un poco desesperante, más aún si el remanente en mi cartera no daba para muchas alegrías, y una simpática chica con la que entablé conversación me propuso compartir un taxi hasta Madrid, vistas las pocas probabilidades de que el autobús de línea nos rescatara. En un visto y no visto nos plantamos en Moncloa, cada cual cogió su línea de metro correspondiente, y cual aparición mariana dicha señorita desapareció de mi vista y de mi vida. La escasa media hora que compartimos volvió a ser uno de esos momentos especiales, en los que dos desconocidos se ayudan mutuamente sin ninguna segunda intención, sin egoísmo y con una naturalidad tan poco frecuente en la vida diaria. Y hete aquí la primera razón para el título de este artículo: de la chica no recuerdo mucho, si era fea o agraciada (me imagino que más bien lo primero, sino hubiera insistido un poco más), mucho menos su nombre, pero si su ciudad de origen: era de Badajoz y trabajaba los fines de semana en un restaurante en Madrid para sacarse un pequeño sobresueldo. Obviamente podría haber sido de cualquier otro lugar, hasta catalana o vasca, pero la casualidad quiso que fuera de una de las provincias más agradables y sorprendentes que he conocido en los últimos años, habiéndola recorrido a pie de cabo a rabo siguiendo la Vía de la Plata. Tanto la provincia de Badajoz como la de Cáceres son unas joyas en todos los sentidos: su paisaje, sus pequeñas poblaciones, sus dehesas llenas de manjares andantes en forma de preciosos cerdos ibéricos, vacas blancas cacereñas, vacas retintas y ovejas merinas negras, sus ríos, riachuelos y cascadas,  sus valles y sus altos, pero, sobre todo, sus gentes, abiertas, sin pretensión alguna, con esa nobleza que atesoran las zonas rurales de nuestra piel de toro, tierras de honorables y cultos creadores, valientes conquistadores y bellas damas. Y de personas desprendidas prestas a ayudar al extraño sin pedir nada a cambio. Como otro compañero de trabajo originario de estas bellas tierras, que con la fidelidad como lema intenta siempre ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. Ejemplo hecho hombre de lo descrito con anterioridad.
Más momentos dulces del fin de semana. Para el sábado pintaban bastos. Uno más de los para mí ya tradicionales fines de semana en soledad, sin recursos económicos para grandes dispendios, sin planes concretos y limitados al descanso, la música y la lectura. Que bien pensado tampoco está nada mal, aunque se eche de menos un poco más de vida social y de calor humano. Pero como las alegrías surgen en el momento menos esperado, se juntaron una invitación de un amigo para celebrar el cumpleaños de su mujer, con el regalo por parte de un jugador de mi adorado RCD Español de 2 entradas para asistir al partido en Getafe. Visita relámpago al cumpleaños, que debido a la extensa y juguetona prole se celebraba en una guardería, con un rato de agradable conversación en mi idioma materno con un expatriado de Köln (Colonia) , buenas cervezas y mejores tapas, sobre todo las pechuguitas “villeroy” (del excelente restaurante Juan Luis de la calle Santa Engracia),
y un posterior y eterno desplazamiento con varios transbordos a Getafe, donde, como ya se está volviendo tradición,  pude disfrutar de la compañía de unos buenos amigos y un soporífero partido de esos que hacen afición a la inversa. Suerte tuvimos que se unieron al grupo varios grandes camaradas de Barcelona, por lo que a pesar del pobre espectáculo pasamos un rato agradable entre  “Shandys” (la única bebida con ligeros aromas alcohólicos, como bien nos explicaron los camareros del bar del campo), cánticos y recuerdos de un pasado en común que nunca se olvida. Tercer momento positivo.

Y ahora llegamos a la segunda parte del título y con ello a lo asqueroso y feo del fin de semana. Vaya por delante que en este caso pagan justos por pecadores, y que la comarca de Osona es una de las más bellas de mi querida patria chica, de ese Cataluña tan bonita y española que algunos mequetrefes manipuladores han conseguido convertir en objeto de odio y desprecio por parte del resto de los españoles, cuando ni su población ni su riqueza de todo tipo, cultural, paisajista e histórica, se merecen tal agravio,  causado esto encima por cuatro dementes amantes únicamente de sus privilegios y sus chanchullos.  
Pero para desgracia de esta comarca, y en concreto para San Hipólito de Voltregá, recibo el domingo un enlace a un reportaje sobre uno de sus habitantes y para más inri responsable de la sección local de “Omnium Cultural”, una de las históricas asociaciones pantalla culpables de todo el desaguisado separatista y receptora de mil y una subvenciones de los sucesivos desgobiernos tripartitos, nacionalistas y últimamente directamente separatistas; un malnacido que resulta ser uno de los autores confesos y condenados por el asesinato de un joven socio del RCD Español hace 23 años, y que encima se jacta en sus discursos y escritos de su hazaña  y anuncia más represalias contra los “fascistas” españoles. 

No había peor manera de acabar el fin de semana, más aún cuando venía de estar en compañía de varios socios del RCD Español que al igual que yo vivieron muy de cerca la desgracia de dicho asesinato y la constante chulería de los condenados durante el juicio y su posterior estancia entre rejas (a todas luces muy corta, visto el nulo arrepentimiento del perro rabioso éste). Que ahora tengamos que soportar a monstruos como éste campando  a sus anchas en instituciones financiadas por el poder nacionalista y encima amenazando a futuro al resto de la sociedad catalana que no comulgue con sus fanáticas, estúpidas, falsas e indocumentadas ideas, no es de recibo.

Dios no quiera que este movimiento separatista que tanto daño está haciendo cristalice en un enfrentamiento civil, porque claro está que despreciables seres como éste serán los que causen los peores estragos.

Siempre y cuando no acabemos antes con el perro para evitar la rabia.


Queda claro. Badajoz no está en Osona. Ni la rabia. Ni el perro.


miércoles, 9 de octubre de 2013

Idiomas que unen, lenguas que separan

Cuanto me duele ver una sociedad plurilingüe, como lo es la española, tirar por la borda las bondades y las ventajas que ello supone, por simples intereses crematísticos, temporales y anacrónicos.  Más aún cuando los propios impulsores de un monolingüismo uniforme y dictatorial, como en el caso de Cataluña, usan en muchos casos el idioma que quieren apartar o devaluar como lengua propia, tanto en su vida particular como laboral.  Es decir, que están mintiendo a los ciudadanos, pregonando una cosa pero haciendo totalmente lo contrario (un claro ejemplo de ello es la escolarización de sus vástagos en caras escuelas extranjeras y de renombre, a fin de evitarles el suplicio de una educación dirigida y anular con ello sus perspectivas laborales futuras). De ahí emana lo artificioso y antinatural de cualquier nacionalismo, que intenta utilizar bienes profundos, culturales e históricos para pescar en las aguas revueltas de una sociedad inculta y manejable. Sociedad la nuestra que, vistos los resultados del reciente informe de “Evaluación de la Competencia de los adultos" (Programme for the International Assessment of Adult Competencies ,PIAAC, en inglés), es más fácil de engañar, amaestrar y manipular que cualquier chimpancé de circo o caballo de la Escuela Española de Equitación de Viena.

Los idiomas, y lo he dejado patente en muchos de mis escritos, abren las mentes, facilitan la comunicación y el enriquecimiento personal, permiten conocer a tu interlocutor y su cultura, entender su manera de ser y de pensar, en definitiva, unen. Y como bien sabéis vosotros, mis pocos pero fieles lectores, puedo hablar con propiedad de estos temas, ya que he tenido la ventaja de criarme en un ambiente familiar trilingüe, al que a lo largo de mi vida y formación se han ido incorporando 3 idiomas adicionales, lo cual me permite hoy en día comunicarme y entenderme en 6 lenguas diferentes, en algunas con un nivel nativo, en otras con un nivel inferior, pero en cualquier caso muy superior al falso “nivel medio de inglés” que relumbra en la mayoría de los curriculums de los jóvenes españoles y que, según recientes estudios, es equivalente al nivel de un niño de 6 años del país en el que se habla el idioma en cuestión.

Todo esto viene a cuento de un episodio vivido este fin de semana pasado en Madrid, en concreto en la parroquia católica alemana de la capital, a la que asistí a misa dominical buscando un poco de recogimiento y un mucho de acercamiento al mundo germano del que he perdido contacto desde que me instalé en esta magnífica urbe llamada Madrid.  En un ambiente agradable, una iglesia preciosa y con bastantes fieles en las bancadas, la mayoría de ellos por cierto jóvenes con niños, los dos curas oficiantes me sorprendieron positivamente con una misa casi bilingüe, intercalando lecturas en español antes del Evangelio y rematando todo con una homilía interesante, y de nuevo bilingüe, comparando la expresión “Gnade” alemana con su traducción española “Gracia”. No entraré en más detalles sobre este discurso, pero sí que me quedo con la cara de satisfacción de todos, con la atención que prestaban grandes y chicos a las palabras del párroco  y con el ambiente multicultural que impregnaba todo.

Si a esto sumamos la sorpresa final, en forma de “Oktoberfest” o “Fiesta de la Cerveza” que se celebraba en la sala anexa al finalizar la misa, y a la que raudo y veloz me apunté y conseguí convocar a unos cuantos amigos más, el día fue más que redondo.

Españoles bajitos vestidos de tiroleses, alemanes de considerable altura atendiendo a los clientes en un perfecto castellano pero con sus erres guturales que tanto me recuerdan a mi madre que en paz descanse, familias con hijos intercalando palabras y palabros en ambos idiomas, un camarero español pidiéndome ayuda al estrenar un barril de Paulaner, perdido ante la misión de llenar un Maßkrug alemán (jarra de litro), música folclórica a un volumen tolerable y alegría y bienestar por doquier, con mis amigos que se presentaron prestos y sin dilación a compartir unas jarritas y unas buenas salchichas; todo ello contribuyó a que me sintiera a gusto, sin esa tensión que impregna la vida diaria en España y Cataluña con sus disputas nacionalistas y partidistas, cortas de mira y poco humanas, haciendo mal uso de la historia, de la cultura y de los idiomas para separar en vez de unir.

Usando sus viperinas lenguas para fomentar el odio al foráneo. Al enemigo de turno creado de forma artificial para justificar sus propios actos e intereses ocultos.

Lo dicho, idiomas que unen y lenguas que separan.


Vaya diferencia

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