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jueves, 21 de mayo de 2015

Regeneración democrática y otros cuentos infantiles

Los que llevamos toda nuestra vida inmersos de alguna manera en la lucha política, con fases de mucha actividad y otras más contemplativas (pero no por ello menos críticas), y que encima tenemos ese convencimiento de estar intelectualmente por encima de la mayoría inculta y atontada que nos rodea, no salimos de nuestro asombro ante el panorama político actual. Por lo menos es mi caso.

No es que me sorprendan los políticos de toda la vida, esos viejos conocidos que dedican los quince días de campaña a soltar perogrulladas, medias verdades o completas mentiras, a fin de arañar un puñado de votos que les permita seguir disfrutando de amplios privilegios en este paraíso “partitocráctico” en el que se ha convertido nuestra querida España. Que va. 
A éstos los tenemos identificados desde los lejanos años setenta del siglo pasado. Son aquellos que,  enarbolando banderas separadoras y de tristes recuerdos y al grito de democracia, libertad, amnistía y autonomía, se apoderaron en exclusiva de esos valores universales y del derecho a llamarse justos y demócratas; esos mismos que llevan ya más de 40 años viviendo del cuento, es decir, de nuestro trabajo y esfuerzo diario  en forma de impuestos, prometiendo y no cumpliendo ni una de las grandes proclamas que han ido soltando a lo largo de estos decenios. Eso sí, a cuerpo de rey, cual Bribón listillo, deficiente y mujeriego, mientras la estructura de ese sólido edificio milenario llamado España, esa patria común de millones de personas y en su época ejemplar Imperio mundial (imperio del bien, por cierto, frente a otras naciones imperialistas que lo único que dejaron atrás fueron muertos y odio eterno), se ha ido desmantelando en beneficio de los intereses globales del capital, los lobbies, las logias, las multinacionales, la globalización, los productos transgénicos de Monsanto, el sionismo y los demás poderes ocultos que nos tienen bien presos en sus maléficas redes.

Nada nuevo hasta aquí. Esta obra de teatro, sus personajes, su attrezzo y la trama de la tragicomedia que interpretan,  ya los conocemos desde que se inició esa mal llamada  transición, que mejor deberíamos llamar destrucción, o desmembración, o hecatombe, o cualquier otra  de las equivalencias que nos ofrece nuestra tan rico idioma español.

Lo nuevo, lo que me sorprende, son esos inteligentes, visionarios y sagaces compatriotas que de golpe han descubierto que este sistema es corrupto, que los partidos políticos son estructuras de poder ligadas a intereses particulares y que la libertad y la justicia brillan por su ausencia en nuestra casa común. Es decir, personas con sensatez, con intelecto, que por fin han dicho basta (un poco tarde teniendo en cuenta que son más de 40 años de insensatez), y que de una forma u otra luchan por encontrar una alternativa a este sistema injusto, inmoral y corrupto llamado pomposamente “estado social y democrático de derecho”. Ya me diréis, queridos lectores,  dónde encontrar lo social, lo democrático y lo de derecho en nuestra patria. Si no es en un viaje alucinógeno a base de psicotrópicos, en una farra más tradicional a base de vinos y destilados (o en una salida a comer a Colmenar Viejo), no veo yo justicia ni democracia por ningún lado.

Pero por desgracia, esta minoritaria parte de la sociedad que se ha hartado de la mentira, la manipulación y la explotación (eso sí, cuando les han tocado los cuartos, porque en tiempos de bonanza aquí no se movía ni el tato, a no ser que fuera para irse al bar a tomar un botellín a la salud del sistema que tan bien les protegía y tan poco les exigía), ha dejado que nuevos redentores se apoderen de sus ideales, su lucha y sus ilusiones, creando partidos y  movimientos súper guays, que, como era de esperar, han acabado siendo simples calcos de lo que ya tenemos. O peores. Porque los pasados 40 años de servicio de colocación que han llevado a cabo los partidos tradicionales tienen su peso, y desalojar a cientos de miles de amigos, familiares y acólitos para colocar a los nuevos candidatos, asesores, consejeros, amiguetes y colegas, nos va a costar un ojo en la cara. O ambos. Ni Vox, ni Ciudadanos, ni UpyD, ni Podemos, ni ninguno de los demás grupúsculos que han emergido en estos años aportan nada nuevo. Por mucho que Ciudadanos proclame que no es “ni de izquierdas ni de derechas”. O que los asesores de Podemos dejen caer sutilmente que Pablo Iglesias admira a José Antonio. O que Vox sea el único partido que alza la voz a favor de la vida y contra el aborto, sabedor de que no va rascar nada y que no tendrá que cumplir ni una de sus promesas. Al final todos se han integrado (o han tenido que integrarse) en el sistema “social, democrático y de derecho” de tal forma, que directamente han heredado todo lo malo que esta falsa democracia contiene. 

La inexistencia de valores, el interés particular, el afán de protagonismo, la buena vida, el compadreo por encima de las siglas, la subrogación de los intereses patrios a los intereses del capital, es decir,  se han entregado a la sumisión, la sodomía, el latrocinio, la prevaricación, las prebendas y los privilegios. ¡Que ahora nos toca a nosotros! ¡Y que nos quiten lo bailado, como tanto le gusta decir a los españoles!

¿Y dónde radica el problema? Pues que el Sistema es malo “per se”, con intención, y se sostiene a sí mismo: es de ilusos pensar que desde dentro se pueda acabar con él. Más aún cuando las tentaciones que acechan al idealista pero iluso ciudadano en el momento en el que se adentra en el ruedo democrático,  son peores que cualquier manzana que una bella Eva pudiera ofrecernos. Solamente las  podrían superar las 72 vírgenes del paraíso yihadista. (Algo que por desgracia también está pasando. Y sobre todo en las “democracias” occidentales.)

El Sistema ha creado a sus esclavos, carentes de cualquier valor superior, encadenados a lo material, a lo que dicta la mayor herramienta del poder, la telebasura, a lo efímero, a lo sucio, a lo intrascendente. Y cada tantos años les deja jugar un rato con las papeletas, corear sus eslóganes, contestar a las encuestas, asistir a los mítines, creer en las promesas y hacer el paripé en las urnas. 

¡Venga ciudadanía, hoy jugamos a ser libres, a creer en algo y a cambiar el mundo! Y en cuanto nos hayáis votado, ahí os quedaréis. Pobres, esclavos y tontos. Eso sí, con muchos gadgets, modas, drogas, sexo, violencia y sobre todo consumo. Que hay que mantener en marcha la máquina de generar dinero para que un 1% de la sociedad mundial domine al restante 99%.

¿No será que los “valores” que anuncia, vende, proclama y dice defender y representar nuestro estado “democrático, social y de derecho” no son tales?

¿A votar? Anda y que os den.



P.D. Como siempre un abrazo a los que a pesar de todo lo intentan. A los idealistas de verdad. A la buena gente. A los que buscan el bien común. ¡Ánimo y suerte!


martes, 20 de noviembre de 2012

Muertes paralelas



Siendo hoy 20 de Noviembre, fecha que a gran parte de la juventud no le dice nada (igual para la juventud del PP si que es un día sagrado por la victoria de su líder “Pinocho” Rajoy el año pasado), pero que para mis camaradas coetáneos  y mi mismo significa mucho, tanto ideológica como sentimentalmente, por haber sido siempre un día de homenaje, de recuerdo, pero también de viajes y reencuentros, no se me ha ocurrido título más apropiado para esta reflexión que “Muertes paralelas” (título por cierto de una de las últimas novelas de Sánchez-Dragó en la que relata las muertes de su padre y de José Antonio Primo de Rivera, y cuya lectura es altamente recomendable).
Habiendo visto ayer la Junta General de Accionistas del RCD Español; siendo hoy un día triste en el que al recuerdo del consentido asesinato de José Antonio se une inexorablemente la presencia eterna de nuestro común amigo y camarada Carlos Oriente,  con quien tantos, que no todos, 20 enes compartí; y unido todo ello a la densa niebla que cubre hoy la ciudad de Madrid, destino habitual de esos nuestros viajes anuales de camaradería, lucha y reivindicación, no cabía mejor encabezamiento que el que he utilizado.

Esos fallecimientos paralelos que abren este escrito son por un lado la muerte social y económica de Cataluña, de la que ya no nos salvará nadie salvo aparición milagrosa de algún español de bien, no vendido a intereses partidistas o económicos, valiente, noble, capaz de hacer aplicar las leyes  “que dicen por ahí” que rigen nuestra democracia pero que no cumple ni Dios en este país,  salvo los primos asalariados de la clase media que mantenemos a flote esta patria venida a menos con nuestros impuestos, nuestro trabajo  y nuestra honradez, y por otro la lamentable y anunciada muerte del Real Club Deportivo Español, entidad más que centenaria, nacida del pueblo y para el pueblo ante una injusticia impuesta por los gerifaltes de turno en 1900 (el judío Hans Gamper, fundador del otro equipo de la ciudad de Barcelona y que impedía jugar en “su” equipo a jugadores locales, léase españoles, y que por su nacionalismo feroz tuvo que exiliarse por orden del padre de José Antonio), club señero del deporte barcelonés, catalán y español, y parte del corazón de muchas personas, tanto en Cataluña como en el resto de España (hace no pocos años nuestro querido Club salió como el equipo más querido como segundo equipo en el ámbito nacional).
Por mucha negación del nuevo presidente, Collet  (personaje que si no hiciera llorar hasta haría gracia como paradigma del vividor, del trepas, del aprovechado que llega a presidente de una entidad de rancio abolengo con una mano por delante y otra por detrás con un gin-tonic bien agarrado, sin apenas saber hablar y con más deudas que el gobierno catalán), con la boca chica y sin los arrestos para levantarse de su silla, a la pregunta sobre el mantenimiento futuro del nombre “Espanyol” de nuestro querido club, declaración que por otro lado ha quedado grabada y pesará como una losa sobre la mente servil, nacionalista y arribista del “Vago de Argentona “, los que conocemos la realidad económica, social y accionarial de esta entidad sabemos que los 112 años de ilusión colectiva, de tradición familiar, de lucha contramarea, de revuelta contra la sumisión intelectual frente al pensamiento único y la esclavitud económica frente a la burguesía catalana y sus títeres en la banca y la industria, están sentenciados, finiquitados, enterrados.

A no ser que nos levantemos, al igual que lo hemos hecho en los últimos meses en defensa de la españolidad de Cataluña (para que luego los grandes partidos políticos, as usual, se hayan apuntado el tanto en busca de esos votos que son su elixir de la “cómoda” vida eterna), o lo hacemos en defensa de la justicia social militando en partidos o asociaciones ajenas al pensamiento único y a la mentira de esta tan mal llamada democracia, y luchemos por la continuidad de nuestra historia, de nuestra tradición, de nuestro querido Real Club Deportivo Español.

Está en nuestras manos., seremos los de siempre y tampoco necesitamos a nadie más.

Ya estás tardando:
¡COLLET DIMISIÓN!


P.D. ¡José Antonio, presente!


lunes, 18 de abril de 2011

Esto me suena a chino

Esta expresión, muy usada por estos lares, no conlleva un tono peyorativo. Creo yo. Es muy propia de nuestro país y la usamos cuando queremos expresar que no entendemos algo. En otros lugares usan expresiones similares, algunas con su “base” histórica, como en Inglaterra, donde dicen „that's Greek to me“, cuyo origen podría ser el dicho romano „Graecum est, non legitur“ – “ es griego, por eso es ilegible”, o en Alemania, cuyos habitantes recurren con frecuencia a la expresión “Das kommt mir spanisch vor”, que significa literalmente “esto me suena a español”. Sobre esta expresión existen varias "teorías" etimológicas: una hace referencia a la época de Carlos I, Rey de España y Emperador de Alemania (como Carlos V), cuyas costumbres “españolas” extrañaban mucho al entorno protestante alemán, cosa que llevó a acuñar esta expresión a la gente que frecuentaba su Corte; otra en cambio hace referencia a una tal Lola Montez, que ni se llamaba Lola ni era española, sino una embaucadora irlandesa que estuvo engañando al rey Luis I de Baviera durante un tiempo a finales del siglo XIX.

Pero no quería hablar del origen de la expresión, aunque tenga su interés, sino de su renovado y extendido uso actual. En Alemania y los demás países germano-parlantes esta expresión SI que tiene asociado cierto tono “negativo”, pudiéndose asimilar en España a “esto me suena a una chapuza” o expresiones similares. Es decir, que cuando un alemán suelta esta expresión es que no lo ve muy claro, que ve gato escondido dónde espera una liebre. Y, por desgracia, se trata de un giro idiomático que ha vuelto a ponerse de moda en Alemania, tanto en las conversaciones en la calle como, sobre todo, en los noticiarios de televisión y en la prensa escrita. Está claro que en Europa vuelven a hablar en tono despectivo de España. No sólo en Alemania, sino en todos los demás países de nuestro entorno.

¿Y todo esto por qué? La pregunta seguro que ofende a cualquiera de mis lectores, ya que todos conocemos la respuesta. Pues porque España ha venido a menos. Decía un pensador y político muy admirado por mí, llamado José Antonio, que “España ha venido a menos por una triple división: por la división engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los partidos y por la división engendrada por la lucha de clases.” Esto lo decía en los años 30 del siglo pasado, pero si trasladamos esta expresión a nuestros días la podemos usar casi sin modificarla. Si me apuráis podríamos sustituir el tema de la lucha de clases por la inexistencia de cultura, por la pereza, por la superficialidad, o cualquier otro de los defectos de los que adolece nuestra patria en estos días (que son muchos), pero los dos primeros enunciados siguen tan vigentes hoy en día como las ganas de fiesta de los españoles o nuestra pasión por la siesta. Los nacionalismos con sus oscuros intereses económicos, que son los únicos que tienen aunque se disfracen de iluminados salva-patrias inexistentes, y la fiera lucha de los partidos políticos, sean del signo que sean, por una parte del rico pastel que significa llegar a cualquiera de las “ene” administraciones que mantenemos todos los españoles con nuestros impuestos, son los causantes de que vayamos de mal en peor. En definitiva, son culpables de que nuestra integración en la primera división mundial haya sido una ilusión pasajera, rota estrepitosamente con la llegada al poder de los socialistas, que a base de incultura, desconocimiento, analfabetismo funcional, dislexia, mentiras, latrocinios, nepotismo y demás “virtudes” igualitarias y democráticas, han conseguido que en Alemania, Suiza y Austria vuelva a ser común oír la susodicha expresión de que “me suena a español”. Y esto duele mucho. Por lo menos a mí.

Los socialistas nos han dado gato por liebre, nos han engañado y se han cargado un sueño de grandeza que nos merecíamos desde hace mucho tiempo. Y encima no podemos recurrir al conjuro de otras épocas, cuando para asegurarse de que no les daban gato por cabrito (o por liebre) recitaban ante el plato de carne:

“Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta al plato.”

miércoles, 29 de octubre de 2008

Han pasado 75 años y que poco ha cambiado

Han pasado 75 años y que poco ha cambiado

“Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.” Así inició José Antonio Primo de Rivera el discurso fundacional de Falange Española, celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid tal día como hoy, un 29 de Octubre, del año 1933.
Esta frase inicial anteponía a todo lo demás la gratitud a los asistentes y nombraba el laconismo militar como el valor de saber resumir en pocas palabras los sentimientos y las verdades.
Eran tiempos convulsos y violentos, en los que sentirse arropado por un grupo de amigos se convertía en un valor, en una seguridad, en un hecho importante y sentido. De ahí esas “gracias” iniciales del discurso dirigidas a los camaradas y amigos reunidos en la sala del teatro.
También eran tiempos de lucha, de ideales, de fe en una transformación de la sociedad, de amor al prójimo ante las adversidades que se estaban viviendo en nuestra patria, de ilusión en participar en cualquier iniciativa que significara arreglar las cosas, de aportar algo ante el caos y la maldad reinante, de buscar valores que se estaban perdiendo a pasos agigantados, de alzar la voz ante las injusticias, ante la manipulación, ante la negación del ser humano, del cristianismo y de la justicia social, ante el aplastante peso de un modelo de sociedad dictatorial enmascarada de democrática. De ahí el laconismo “militar” de su estilo.
Porque el concepto del militar (y su laconismo) aún se asociaba a un valor real, el ejército seguía siendo uno de los pilares básicos de la sociedad, a sus miembros se les seguía respetando y su existencia era una de las pocas garantías de supervivencia de la sociedad. (Gracias a Dios esto quedó confirmado posteriormente con la correcta, honrosa y justa intervención de los militares en la realidad española, asumiendo su defensa como si de una niña huérfana se tratase y salvándola de la desaparición como ente superior existente desde muchos siglos atrás)
Desde ese preciso momento en el que José Antonio pronunció su discurso no quiero ni imaginarme cuantos comentarios, ensayos, resúmenes, doctorados, trabajos y estudios se habrán realizado sobre su contenido, ni cuantas mentiras, manipulaciones y falacias han intentado distorsionar un mensaje tan sentido, tan claro, tan cristiano y tan humano.
Podríamos desglosar aquí uno a uno los diversos puntos que va relatando José Antonio, y nos daríamos cuenta que poco o nada ha cambiado en los últimos 75 años. Más aún, las cosas no han ido a mejor, sino a peor, a mucho peor. Hoy no solamente tenemos a los partidos políticos intermediando entre la riqueza para ellos y la miseria para el resto de la sociedad (no creo que haga falta recordar al lector los últimos gastos en “obras sociales” de los dirigentes políticos, llámense MP3, reposapiés o reformas en sus respectivos “despachos”), sino que encima estamos viviendo el colapso total del indecente sistema liberal-capitalista, algo que hace 75 años ya se palpaba, y que ahora ha llegado a su punto álgido mostrando en toda su desnudez la falta de escrúpulos de los gerifaltes del poder económico, que son capaces de llevarse varios millones de euros como compensación a su gran logro de arruinar un banco centenario y dejar a miles de empleados en la calle y a millones de inversores en la ruina.
Dejo en manos del lector que siga buscando las coincidencias entre la situación que describe José Antonio en su discurso y la realidad que hoy estamos afrontando en España.
Si no es un tonto del carajo, un votante socialista abducido por las mentiras sobre la 8ª economía del mundo o un estudiante de universidad que ya ha sufrido la des-educación y acabará siendo licenciado en derecho sin saber ni leer ni escribir, algo que se llama licenciado-analfabeto-funcional, no tendrá problemas en entender el discurso e interiorizar todas las verdades que contiene.
Y si no lo entiende, que le den. Que siga mirando la telebasura, que lea el Qué, El Periódico de Catalunya, el País o cualquier otro medio impreso para atontar al pueblo, que siga votando a los partidos políticos y que sea pobre de espíritu y de bienes como miembro de pleno derecho de la 8ª potencia económica de la Alianza de las Civilizaciones.
No sigo más: simplemente dejo aquí anexado el discurso fundacional. Que cada cual aguante su vela, que apechugue con sus propios actos y que los enfrente a los ideales que proclama alegremente en actos, fiestas, misas y banquetes. Pero por favor, si no entiende o no quiere entender el mensaje profundo del discurso, que no use el nombre de José Antonio en vano y sin sentirlo.

José Antonio no se lo merece.


DISCURSO DE LA FUNDACION DE FALANGE ESPAÑ0LA
(Discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)
Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.
Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.
Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.
Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.
De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.
Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema ,tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.
Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal". Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.
Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.
El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.
No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.
Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.
Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos en una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas. Y así, nosotros hemos tenido que llorar en el fondo de nuestra alma cuando recorríamos los pueblos de esa España maravillosa, esos pueblos en donde todavía, bajo la capa más humilde, se descubren gentes dotadas de una elegancia rústica que no tienen un gesto excesivo ni una palabra ociosa, gentes que viven sobre una tierra seca en apariencia, con sequedad exterior, pero que nos asombra con la fecundidad que estalla en el triunfo de los pámpanos y los trigos. Cuando recorríamos esas tierras y veíamos esas gentes, y las sabíamos torturadas por pequeños caciques, olvidadas por todos los grupos, divididas, envenenadas por predicaciones tortuosas, teníamos que pensar de todo ese pueblo lo que él mismo cantaba del Cid al verle errar por campos de Castilla, desterrado de Burgos:
¡Dios, qué buen vasallo si ovierá buen señor!
Eso vinimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en ese día: ese legítimo soñar de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera, ha de ser un señor que no sea, al propio tiempo, esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase.
El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas. Porque en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertiría se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que estas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas.
La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.
Y con eso ya tenemos todo el motor de nuestros actos futuros y de nuestra conducta presente, porque nosotros seríamos un partido más si viniéramos a enunciar un programa de soluciones concretas. Tales programas tienen la ventaja de que nunca se cumplen. En cambio, cuando se tiene un sentido permanente ante la Historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué caso nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo programa de abrazos y de riñas.
He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla.
Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.
Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unimos en grupos artificiales, empiezan por desunimos en nuestras realidades auténticas?
Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.
Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.
Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.
Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta –como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión– funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.
Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.
Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de "todo menos la violencia"– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.
Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanamos en edificar.
Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles: sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello que no nos interesa como señoritos; venimos a luchar porque a muchos de nuestras clases se les impongan sacrificios duros y justos, y venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes. Y así somos, porque así lo fueron siempre en la Historia los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra Patria misma, supieron arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras, por aquello que precisamente, como a tales señoritos, no les importaba nada.
Y0 creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!
En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos; nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo, triunfo que –¿para qué os lo voy a decir?– no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí vuestra España, ni está ahí nuestro marco. Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.