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martes, 1 de septiembre de 2020

España, un triste tablero de juego

(Con razón me acaba de corregir un buen amigo y fiel lector: son diecisiete tristes tableros de juego).

Visto el nuevo y esperpéntico espectáculo que protagonizó ayer nuestro presidente por accidente, ese vomitivo y despreciable “Fraudillo” ventrílocuo que solamente escupe discursos redactados por sus bien untados lacayos, juntando a sus “amigos” del mundo empresarial para soltar una más de sus diatribas inconexas, cada vez lo veo más negro.

En los últimos decenios ya habíamos alcanzado el cénit de la estupidez en nuestra alelada juventud, y por pura desidia les hemos dejado hacer y deshacer, en aras de una falsa libertad y un aún más falso progreso, con lo que esta generación sin preparación, sin valores, sin experiencia laboral, sin ton ni son, sin objetivos ni recuerdos, sin pasado ni futuro, ha tomado el poder.

Se lo pusimos fácil: planes de educación erráticos y cambiantes, libertinaje absoluto disfrazado de libertad, eliminación de cualquier valor de antaño, como pueden ser el honor, los modales, el amor, la fidelidad, la cultura, la compasión, el esfuerzo, la solidaridad, la paciencia o la caridad, y la paralela generación artificial de nuevos “valores” acordes al nivel intelectual de la ciudadanía, todo ello con el único objetivo de manipular, dominar y regir el destino del amaestrado rebaño.

La riqueza, la fama, las tetas grandes y el pene erecto permanentemente cual macaco en celo, el coche deportivo a pagar a plazos durante veinte años, el “no-uniforme” de marca muy cara, la fugaz fama en programas de telebasura, la aparición de los llamados “influencers”, esos personajes barriobajeros que con su bazofia poligonera quieren sustituir a los comunicadores filósofos o pensadores de antaño, con la picaresca y la mentira como pilares fundamentales de su nuevo decálogo de valores,  han generado esa nueva biblia apócrifa o manual de instrucciones para ser alguien en la “sociedad”, y con ello han propiciado este declive de nuestra querida patria y de gran parte del mundo occidental.

La mentira, como dije en escritos anteriores, ya cotiza en bolsa por encima de cualquier otra acción, se ha convertido en una más de las posibles maneras de actuar. Ha perdido toda connotación negativa, ha sido interiorizada por gran parte de la sociedad y se ha convertido en la herramienta estrella para triunfar de forma cómoda y rápida en cualquier entorno social, laboral o político.

La verdad anda de romanía mientras perversos personajillos salidos de la nada rigen los destinos de todos nosotros. Políticos de tres al cuarto conchabados para mantener su estatus y su cuota de poder contra viento y marea, desde los “regres” de la rancia extrema izquierda hasta los melifluos socialdemócratas de siglas variadas (PPSOECS) y mismos objetivos, muchos de ellos sin una mínima experiencia que justifique sus cargos y funciones, se ríen en nuestras caras, nos mienten día sí día también, trabajan el mínimo posible y aprovechan todas las ventajas y prebendas que ellos mismos se han otorgado.

Juegan con nuestro pasado, con nuestro presente y con el futuro de toda una nación, sentados delante de la mesa de juego en el que se ha convertido la antaño llamada Piel de Toro. Y no se trata un tablero de los añorados juegos reunidos Geyper, ni de un tapete verde para jugar al remigio o al mus, ni de una elegante mesa de billar francés: el tablero ante el que se regodean todos estos siniestros personajes es un gran mapa de nuestra vida, pero con múltiples casillas trampa, como si fuera el juego de la Oca, malos dados y peores casillas que acabarán con nuestro bienestar, nuestra salud, nuestros ahorros, nuestras propiedades, nuestros valores y nuestra esperanza.

Los impresentables que rigen nuestro destino, esos ministros que nadie ve y cuyas funciones o logros desconocemos, andan cazcaleando alrededor de la mesa de juego, alrededor del mapa de nuestra querida España, partiéndose el culo, despreciándonos, disfrutando de la “dolce vita”, haciéndose los importantes y llenando su casa de autorretratos y reportajes sobre sus logros, redactados obvia- y servilmente por sus asesores, mientras el pueblo languidece cual presa abatida, pisoteada y devorada por una jauría de hienas hambrientas.

Rompamos la partida. Volquemos el tablero y que todas las fichas rueden por el suelo, levantemos el tapete y barajemos de nuevo las cartas, hagamos treinta carambolas seguidas en la mesa de billar para ganar la partida, pero, por favor, hagamos algo. Cada uno como pueda.

Que estos malditos nos van a arruinar la vida. O ya lo han hecho.


Y no se trata de un juego más, se trata de la partida más importante de nuestra existencia: nuestra propia nación, nuestra propia vida.

 



 

 

 

 

 

 

 

martes, 11 de agosto de 2020

Agosto

Otrora en nuestra querida España (y en muchos otros países mediterráneos) el octavo mes del año, el mes “augusto” de los romanos, mantenía su carácter “sagrado”, lo que en términos terrenales se convertía en un amado ritual. Con el inicio de las vacaciones llegaba todo aquello vivido desde joven y repetido año tras año: la revisión de los niveles del coche, la agobiante guerra contra el saturado tráfico radial hacia nuestros mares, el calor (deseado y odiado al mismo tiempo), la playa, la visita al pueblo, la reunificación familiar (en muchos casos forzada pero gracias a Dios temporal), los chiringuitos, las diversas y apetitosas paellas, las sardinas sufriendo ensartadas o a la parrilla, la sangría o el tinto de verano, la crema solar grado máximo, (“Ferragosto” y la obligatoria sandía en Italia), las fiestas mayores, los petardos, alguna excursión “cultural”, algo de lectura, amores de “boite”, pub, “dancing” o terraza, tan eternos como rápidamente olvidados, la refrescante tormenta y su correspondiente cambio de planes (que abarcaban desde los juegos de mesa hasta la visita a la tumba del abuelo), la canción del verano, simple y por ello inolvidable, la ligereza en el vestir y, en definitiva, el relax en la disciplina y los horarios diarios. La “dolce vita”. Y la paga extra, obviamente. 

Otra más de las herencias franquistas que tanto odian, pero tan a gusto aceptan y disfrutan los idiotas habituales.

Pero en este desgraciado agosto nada ha sido igual. Ni por asomo. De la misma forma que no fueron iguales los pasados meses de marzo, abril, mayo, junio o julio. Atentos: estamos hablando de seis meses de nuestra vida. ¡Seis meses, seis! Que no es moco de pavo. Y los que nos quedan, supongo. Ya ni me atrevo a hacer predicciones. Ante la desinformación, la manipulación, la mentira, los vaivenes informativos y las más que probables conspiraciones, ¿quién es el guapo que se atreve a predecir como serán el otoño, el invierno y el resto de nuestra existencia? Ni Rappel. Ni Nostradamus. Igual solamente nos sirva Fernando Sermón. Porque este muñeco al servicio del déspota de turno quizás sea la fuente más fiable: pasará justamente lo contrario de lo que él anuncie entre risas y chanzas. En línea con las directrices de su enfermo titiritero, el innombrable, malvado y repugnante Fraudez. Burlándose de nosotros. Mintiendo con todo descaro. Como decía esta mañana en un tuit: la mentira cotiza al alza.

“Ande yo caliente, y jódase la gente”. O muérase.

El peor país en la gestión de la “plandemia”, una salvaje, organizada, tolerada y bien comisionada invasión de jóvenes inmigrantes ilegales y violentos, muchos de ellos infectados con la COVID-19 en origen, confinamientos selectivos sin ton ni son, cortinas de humo en forma de malintencionados ataques a la monarquía y a la gestión en aquellas comunidades en las que no manda el Frente Popular: mentira tras mentira, manipulación tras manipulación, todo ello para tapar su corrupción, su perfidia, su maldad innata, su revanchismo y su odio. Y sus abyectas intenciones que pasan por la destrucción de todo lo que nos es querido.

Así andamos en este nada sagrado mes de agosto, en el que las perseidas que serán visibles entre hoy y pasado mañana, más que lágrimas de San Lorenzo deberían pasar a llamarse las lágrimas de España.



miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cataluña: diario de una guerra


Día 1. El alzamiento.


Amanece en Barcelona. En la lejanía, en las preciosas islas Baleares que en días claros se pueden distinguir desde el Tibidabo usando unos simples prismáticos, algunos ya habrán desayunado. Por lo menos los lugareños. Los guiris en cambio estarán a punto de recogerse, vadeando entre vómitos, excrementos y bikinis abandonados tras otra noche de sexo sin amor, peleas y un consumo abusivo de alcohol y drogas. Cosas de los bárbaros del norte, que lo único que nos aportan son cuantiosos beneficios económicos (que por otro lado no son baladí). Una suciedad que por cierto se debe en parte a la falta de los tan básicos servicios municipales de limpieza. Desde que el conocimiento del catalán se ha ido imponiendo a martillazos para poder ejercer cualquier función pública, cada vez más servicios están dejando de funcionar: empezó con la enseñanza, pasó a la sanidad y ahora ha llegado a algo tan básico y necesario como la limpieza municipal. Suerte tenemos que los turistas ingleses ni se dan cuenta del lamentable estado de playas y paseos. Otro cantar son los alemanes, que poco a poco están abandonando las islas por otros destinos igual de bonitos, pero más limpios… y seguros. Pero volvamos al amanecer en Barcelona.


La noche anterior había sido movida. Los guerrilleros catalanes de los CDR, divididos en varias columnas según el lujoso móvil que usan (la columna Samsung Galaxy en el sur al mando de Helena Torra y la columna Iphone en el norte, dirigida por Guillem Torra, ambos hijos guerreros del padre con el ADN superior), se habían desplegado por buena parte del territorio catalán bloqueando carreteras, puentes y otras infraestructuras necesarias para el correcto funcionamiento de pueblos y ciudades, comercios e industrias. La nula resistencia de los Mossos (siguiendo órdenes del gobierno regional, es decir, de papá Torra) y la apatía de las pocas unidades de la Guardia Civil y la Policía Nacional que aún están desplegadas en las cuatro provincias de la región (siguiendo órdenes del gobierno central) había permitido que los violentos jóvenes camparan a sus anchas. Pasaron la noche fumando porros, comiendo butifarras, cantando canciones de los Pets y de Sopa de Cabra y “festejando” unos con otros. Aunque al final hubo pocas relaciones carnales. Entre le fealdad de ellas y la estupidez de ellos poca libido había en el ambiente.


A las 7 de la mañana el “sargento” Quim Torra (esa fue su graduación durante el servicio militar en el IMEC) se calza las botas, encaja su gorra, empuña el CETME que se llevó de recuerdo de su estancia en el regimiento de Infantería Palma 47, y al frente de su escolta personal sale del Palau de la Generalitat, a asaltar la historia, la realidad social y la sensatez, cegado por el odio que siente hacia las hienas españolas. Detrás suyo se arrastra el cabo Bentanachs, también conocido como la serpiente, el cobarde o el bocazas. Echando bilis por la boca, con las caras desencajadas de rabia, Torra, Bentanachs y su guardia de corps formada por Toni Alba, Joel Joan, Lluis Llach, Josep Guardiola y Gerard Piqué, se dirigen a toda prisa a los vehículos preparados en la Plaza de San Jaime.

Los motores de los envejecidos y tan contaminantes tractores resuenan con furia mientras los voluntarios fijan en los laterales de los imponentes carros de combate traídos de todas las veguerías  los tirachinas, las banderas negras, las mangueras para rociar con ratafía a los enemigos y las bengalas que sobraron del último partido del Barza.

La emoción se palpa en el ambiente. Pilar Rahola, Elsa Artadi, Karmele Marchante, Cris Gallifantes y Miriam Nogueras gritan como posesas mientras se desnudan, mostrando sus tangas estrellados, sus ligas cuatribarradas y sus sujetadores amarillos. 

La guerra ha empezado. Por fin serán libres. Por fin acabarán con los bestias españolas con forma humana y demostrarán al mundo que un cráneo de Ávila no será nunca como uno de la plana de Vic… 
(continuará, o no, ya se verá).



Nota: Aunque el anterior relato suene a broma (de mal gusto), ha estado (o está) en un tris de convertirse en realidad. Por mucho que ahora los impresentables y cobardes separatistas hayan empezado a recular, a desdecirse de lo afirmado, a negar la mayor y a proclamar que ellos son pacifistas y que la comparación con Eslovenia se ha interpretado mal: bien sabemos que hace mucho tiempo que están buscando ese brote de violencia que les permita seguir lloriqueando inventando agravios, apelando a las Naciones Unidas y hasta a la Confederación de Planetas Imaginarios, mientras siguen viviendo del cuento y destrozando nuestra querida Cataluña, y con ello a nuestra amada España.


España no es Yugoslavia. 
Cataluña no es Eslovenia. 
Malditos enfermos. Malditos iluminados. Malditos lazis.