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lunes, 9 de julio de 2012

Eme: de manipulación, mentiras y minería



Nota previa:

Ante la polémica surgida entre algunos de mis lectores por el contenido de este artículo, quiero resaltar lo siguiente: mi intención no era defender algo indefendible, como la calidad de nuestro carbón o la viabilidad del sector, ni dar pie a pensar que yo pueda alinearme con los fantoches trasnochados de la izquierda de visa de oro y guitarra en ristre, los de la “ceja”, ni posicionarme al lado de los líderes sindicales de Rolex dorado y cruceros de lujo que aprovechan ocasiones como la que estamos viviendo para sacar provecho para su causa perdida y anacrónica, sino que simplemente quería resaltar lo nimio del importe necesario para mantener a estas 4.000 familias hasta el límite ya establecido (por ley y por imposición Europea) en 2018, la inoportunidad absoluta de esta polémica en estos momentos tan difíciles para nuestro país, la mentira, manipulación y corrupción que sufre el sector minero desde hace años, la bajada de pantalones que ha tenido que realizar España ante Europa desde los lejanos años 80 desmontando todo el tejido industrial para mayor gloria de las empresas norteñas y la innegable hombría y razón del colectivo minero español en la lucha contra la injusticia, hombría de la que solamente se aprovecha, "as usual", la izquierda ruidosa y ruin. El que haya entendido algo diferente o bien no me conoce o bien ha leído en diagonal y con muchas prisas.


Artículo original: 
Entre las verdades que escribe un amigo mío en su excelente artículo titulado “¿Crisis,qué crisis?” y mi vano intento de encontrar una aproximación real a la situación de la minería en España,  recurriendo a cuantas fuentes de información he podido, ha sido un fin de semana terrible. Si a ello le sumamos la acostumbrada soledad, la falta de dinero, en línea con la mayoría de nuestros compatriotas (exceptuando claro está a los políticos, los ejecutivos ladrones, los proxenetas y a los traficantes, colectivos estos que no conocen la crisis ni por referencias) y un calor nocturno asfixiante, podríamos hablar de un fin de semana perdido, como tantos otros. Pero tampoco es cuestión de lamentarse: el sábado hubo un rato bueno, con un par de cervezas, en inmejorable compañía (gran Ramiro) y escuchando música clásica, léase rock de verdad, hablando sobre Jethro Tull y artistas de su talla, y el domingo se alegró un poquito con un paseo por el Rastro de Madrid acompañado de seres queridos. Algo es algo. Y tal como están las cosas el que no se conforme con estos mínimos placeres lo lleva claro. Porque peores tiempos nos tocará vivir. Sin duda.

Pero estas mínimas alegrías no compensan el desasosiego que me causa ver que, como siempre, la verdad no aparece por ningún lado, ni se la espera, y que estamos sujetos a las mentiras que nos cuenten los medios, los políticos, los lobbies, los bancos, los sindicatos o cualquier otra institución, colectivo o mafia que se dedica por su propia naturaleza a vivir de los demás, sin aportar nada y poniendo la mano, con su racket, su usura, sus ratings, sus comisiones o su nepotismo. Esta sociedad, llamada eufemísticamente Estado Social y de Derecho, que de social cada vez tiene menos y en la que el derecho desapareció hace tiempo en aras de la manipulación de la ley por parte del poder político.
Heme pues en casa intentando cuadrar las cuentas del problema minero, sumando y restando, googleando y comparando, sin llegar a un resultado mínimamente satisfactorio.
¿Hablamos de un recorte de 300 millones de euros, con un mafioso llamado Victorino Alonso llenándose los bolsillos y un gobierno de rodillas ante la UE por este ridículo importe, pero solicitando al mismo tiempo ayudas por importes de miles de millones de euros para un sistema bancario corrupto?
¿Hablamos de 300 millones cuando colocar a las impresentables Bibiana Aido y Leire Pajín ha costado más o menos lo mismo?
¿Hablamos de 300 millones cuando los gobernantes de Andalucía han trincado bastante más con sus EREs falsos?
¿Hablamos de 300 millones cuando los gastos en embajadas de reyezuelos locales superan con creces este importe?
Si fuera así, y parece que lo es, sería el momento de seguir el ejemplo de los mineros, único colectivo en España que realmente se enfrenta al poder con argumentos y con huevos, con perdón, y echarnos todos a la calle para limpiar de una santa vez esta tierra de ociosos mangantes y manipuladores profesionales.  Debería de ser el momento de acabar con la sumisión a las leyes del mercado, ente inexistente pero más presente en nuestro día a día que el coco en los cuentos infantiles, a las imposiciones del pirata anglosajón, a la oscura y obscena gestión del mundo por parte de las multinacionales, los grupos de presión y las “sectas” del siglo XXI, al buenismo socialdemócrata, al latrocinio del progresismo inculto y a la insulsa, inútil y fatua  existencia de la derecha democrática, que vive de grandes promesas y mínimos cumplimientos.
En tiempos revueltos, como estos,  en época de mentiras, de manipulación y de mamones, si fuéramos hombres de bien, españoles recios, idealistas y sensatos, como los que hace 800 años plantaron cara al invasor en las Navas de Tolosa, estaríamos todos al lado de la minería. Sin dudarlo.
Pero estos tiempos ya pasaron. Lo nuestro son los partidos de fútbol, la telebasura, las verbenas populares y poco más.
La palabra revolución pasó a los libros de historia. A esos libros que ya nadie lee, por mucho que lleve su lector de libros electrónicos cargado con miles de obras de la literatura universal que jamás entendería, para acabar leyendo los pies de fotos del AS o el Sport, que  es a lo máximo que llegan las mentes de los españoles. Por lo menos de la mayoría de ellos.

Allá nosotros con nuestra conciencia, pero que nadie hable con pasión de España,  o de Europa. Son cosas del pasado que nos hemos dejado robar. Por la Roja. Por la insensatez. Por la comodidad. Por la desidia. Por la superficialidad. Por el vicio. Por la incultura. Por la cobardía.

lunes, 11 de junio de 2012

Palabras impronunciables


Como bien estamos viendo en estos últimos días con el debate sobre el rescate, la ayuda, la subvención, el préstamo o como quieran llamarlo,  que las autoridades Europeas (léase nosotros mismos, digo yo, al ser parte de la UE) han concedido a los bancos españoles, que no a  España como nación, la importancia no radica en el hecho en sí, sino más bien en como lo presentamos y como lo llamamos. Mi admirado Carlos Esteban se me ha adelantado desde “La Gaceta” con un, "as usual", buen artículo titulado “No le llames"rescate", llámale Lola”, por lo que no incidiré demasiado en las diferentes maneras que ha elegido la prensa para mentar el préstamo,  usurero a más no poder, que ha sido concedido a una parte de la banca española para arreglar sus propios desaguisados. Tampoco entraré en discusiones teológicas sobre lo pecaminoso de todo el proceso, atendiéndonos a la Sagrada Escritura (cf. Lc 6,35; Mt 5,42), dado que la usura es un pecado insuperable, omnipresente  y asumido por el sistema capitalista desde hace siglos (como tantos otros “pecados” que ya solamente lo son en los libros de historia o en las sesiones de catequesis, pero nunca en la conciencia de los ciudadanos). Me dedicaré pues a correr un tupido velo sobre el particular y hablaré un poco sobre otros apodos que nuestra sociedad actual suele utilizar para esconder la realidad. Es decir, sobre el lenguaje “políticamente correcto”, o mejor dicho, sobre la poca hombría y decencia para decir las cosas de forma clara.
Los negros, subsaharianos. Obviamente, cuando te presentan a un doctor en medicina negro,   delegado por la Universidad de Boston en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de España, se te hace raro llamarle de esa forma. Vaya cara se le quedaría al pobre al oír que su procedencia la marca el límite del desierto el Sáhara.
Los inmigrantes del Magreb son claramente nuestros “queridos vecinos del sur”. O en Cataluña “els nous catalans”. Y por desgracia no del sur de la península ibérica, sino del sur de nuestro barrio o hasta del sur de nuestra escalera de vecinos. En ciertas regiones de España se han convertido en mayoría en muchas poblaciones, con su nulo respeto hacia nuestras tradiciones, su propensión a delinquir y vivir del cuento y su inexistente intención de integración: pero “moros” no se les puede llamar. Por Alá.
Los terroristas asesinos, pues nada de eso. Dependiendo del político, del contertulio o del medio de comunicación, pasarán de ser unos represaliados políticos y presos dispersados a denominarse luchadores por la libertad, defensores de milenarias tradiciones, gudaris o mil sandeces más inventadas para ocultar la realidad: una panda de asesinos a sueldo, traficantes y matones que han conseguido imponer su ley en una vasta parte de nuestra geografía a base de tiros en la nuca y la connivencia interesada de los medios de comunicación y los partidos políticos, afines o no.
Los ERE, expedientes de regulación de empleo, no son más que una forma suave de endiñarnos por detrás despidos masivos e improcedentes avalados por la autoridad competente. Hecha la ley, hecha la trampa. Como no.
A los maricones, ni nombrarlos. No vaya a ser que me asocien al lúcido y querido obispo de Alcalá de Henares y se me echen encima las huestes de Shangay Lily para demostrarme con sus comportamientos blasfemos, violentos e insultantes que ellos son libres, felices,  buena gente y amantes de la naturaleza. Será de la contra naturaleza, digo yo.
Y, para rematar, a la Selección Nacional Absoluta de Fútbol de la Real Federación Española de Fútbol del Reino de España, denominación quizás un poco larga pero a mi entender la oficial, aunque me conformaría con lo de Selección Española, pues a llamarla “La Roja”, para no herir las susceptibilidades de nadie, mantener viva la maquinaria de la mercadotecnia y vender el máximo de camisetas y demás gadgets, sin nombrar a la nación representada por los futbolistas en los torneos internacionales.

Ya os podéis ir todos a freír espárragos,  políticos bien hablantes, con los “préstamos” bancarios , con vuestros amigos del sur y sus colegas subsaharianos, acompañados por los gudaris por la libertad con apellidos muy castizos como Pérez o Fernández y envueltos en la camiseta de “La Roja”, que no tiene nada que ver con España, y después de condenar a miles de ciudadanos con un despido improcedente en su empresa para disfrute y cobro de comisiones de los gestores  del eufemismo llamado ERE, bien apuntaladas vuestras relaciones con consejeros amigos en todas las grandes instituciones financieras y políticas, y cobrando rentas vitalicias por 7 míseros años de nulo esfuerzo acompañado de comidas, viajes, dietas  y posteriores tertulias bien pagadas.
Y  encima sin poder llamaros a todos lo que de verdad siento dentro: maricones, que sois todos unos maricones.

Menos apodos y eufemismos. Las cosas claras. 

martes, 1 de julio de 2008

La Roja, 2ª parte

La Roja, 2ª parte
A pesar de sentir una alegría inmensa que invade mi corazón y el resto de órganos de mi maltrecho cuerpo, sigo en mis trece y me reafirmo en todo lo que dije en mi artículo anterior. Es más, insisto y lo amplío.
La conquista de un Campeonato de Europa, ya sea en fútbol como antes de ayer, ya sea en cualquier otra disciplina deportiva, me enorgullece. Me reafirma en mis sentimientos patrióticos y en mi amor a una bandera y a una historia común. Y encima ver la alegría de la mayoría de mis compatriotas, por encima de regionalismos, nacionalismos, partidismos y demás ismos, pues que quieres que te diga, tampoco está nada mal.
Pero hay un regusto, un tufillo que asciende desde las cloacas de nuestro sistema político y social, que me sigue dando que pensar. La utilización mediatizada de este triunfo por parte de los actores de siempre y encima para sus propios y oscuros intereses, pues no me gusta.

No puedo aceptar el súbito protagonismo de Zapatero, aludiendo a la primera gran victoria en democracia, como si el éxito de la selección se le deba a él.
No puedo entender la chabacanería de algunos de los jugadores, de la Familia Real y de los medios de comunicación.
No puedo compartir la simplicidad de nuestra sociedad, que con esta victoria parece que va a perdonar al PSOE y sus aliados todos los pecados cometidos contra esa “patria” que ahora ensalzan y aprovechan en su propio interés.
No puedo aceptar que cargos electos nacionalistas hayan apaleado a jóvenes en Vitoria por llevar la camiseta de la selección.
No puedo aceptar que los Mossos tengan que cargar con botes de humo y bolas de goma en alguna plaza de Barcelona, sin que haya habido más provocación que la de cantar “Soy Español”.
No acepto que Mossos de paisano se incauten de mi bastón de peregrino aduciendo que es un arma prohibida.
Por todo ello, y para que el éxito deportivo sea manipulado y utilizado por enemigos declarados de España, preferiría no ganar.
Para sufrir mayor persecución policial en las regiones dominadas por las dictaduras nacionalistas, preferiría no ganar.
Para tener que compartir de golpe mesa y mantel con personas que jamás han utilizado la palabra España, y menos unida a un Viva o a un Arriba, preferiría no ganar.

Pero, que desgracia, hemos ganado. Y a pesar de todo me alegro.
Por mi gente, por la que piensa y siente como yo.
Por la gente humilde que no sabe de manipulaciones ni de las mil tretas del poder.
Por los jóvenes que por primera vez han oído plazas enteras cantar el himno nacional.
Por las patadas en sus partes que habrán significado para el ¿Sr? Laporta los gritos de Viva España de Xavi o de Puyol.
Por todos aquellos que siempre han deseado las victorias de España y pensaban que morirían sin verlo.
Por mi padre que si leyera esto me entendería y por mi madre que descansa en paz desde hace años pero que seguro se alegraría por sus hijos y su patria adoptiva.
Pero, sobre todo, por todas las víctimas del terrorismo y sus familiares, que por una vez han podido portar una bandera en señal de alegría y no de duelo.
Vaya por ellos mi brindis. Viva España.

miércoles, 25 de junio de 2008

La roja

La roja
Inconsecuentes, simples, exagerados, emocionales. Así somos los españoles. O por lo menos una gran mayoría.
Inconsecuentes porque nos dedicamos día tras día a renegar de nuestra patria soportando los ataques nacionalistas sin rechistar, aguantando las maniobras políticas del PSOE que están desmontando nuestra patria común, votando a determinados partidos sin valorar el contenido que subyace a estas alternativas políticas y sin analizar en profundidad la esencia anti española de su ideario, para luego salir a la calle con la camiseta roja e hincharnos a gritar vivas a España y a derramar lágrimas por una victoria in extremis.
Simples porque con un poco de “panem et circenses”, es decir, con un poco de espectáculo futbolero y la reducción de 200 euros en el IRPF creemos que nos han salvado la vida y que vivimos la época de mayor gloria de nuestra patria.
Exagerados porque convertimos una simple victoria deportiva en la excusa para abrazarnos, besarnos, regalar nuestra camiseta al primero que pasa, cantar el “Lo lo lo lo” y arrodillarnos en cualquier plaza de España o del extranjero para alabar a Dios por la dicha que nos ha concedido.
Emocionales porque somos de abrazo y lágrima fácil. Personas que no siguen el fútbol, que no han gritado un ¡Viva España! desde las épocas en las que según ellos les obligaban a hacerlo, moviéndose cual saltimbanquis entre la multitud, abrazando a diestro y siniestro sin pararse a pensar ni un momento en quien es la persona que tienen delante, en que igual dicha persona aprueba el aborto, tolera monumentos dedicados a terroristas, es pederasta o maltrata a su familia.
Así SON algunos ciudadanos españoles.
Pero gracias a Dios existimos otros.
Los que nos despertamos todos y cada uno de los días del año queriendo a España por encima de todo, pues la llevamos en el corazón.Los que no hemos tenido que ir corriendo al Corte Inglés a por la camiseta roja porque ya tenemos varias en casa.Los que no votamos a partidos que han hecho de la destrucción de la nación Española su objetivo principal.
Los que amamos desde pequeños la victoria de nuestros colores, ya sea en el futbol, en waterpolo, en Perejil o en la guerra de la Independencia.
En definitiva, los que cantamos el himno de España con su letra entera, que existe, de principio a fin y sin saltarnos ninguna estrofa.
Así SOMOS y así MORIREMOS.