Ha pasado solamente un mes de calendario gregoriano desde que escribí mi último artículo, aunque en mi vida particular este mes ha adquirido una importancia bastante superior. Ha sido el mes de mi adiós a 40 (y tantos) años de vida (ya empiezo a recortar cual artista de la farándula, cuando la mayoría sabéis que Whitney Houston y yo compartimos año de nacimiento; que no destino, espero) en Barcelona, ciudad situada al noreste de España, en una bella región llamada Cataluña, que linda al norte con esa tierra gabacha y envidiosa llamada Francia y con la minúscula Andorra (hogar fiscal durante muchos años de la ahora tan sufrida Arancha) , al sur con Castellón, al oeste con las tres provincias de Aragón y al este con el Mare Nostrum.
Un adiós que me pesa poco por muchas razones, que no creo que os tenga que detallar en demasía. Sería hacer leña del árbol caído (que es como está Cataluña en estos momentos, caída, hundida, arruinada, colonizada por marroquíes y chinos, sojuzgada por un residual pero salvaje (por agonizante) nacionalismo y abandonada por las multinacionales, los artistas, los intelectuales y la gente de bien (salvo contadas excepciones que todos conocemos, como por ejemplo Juan Carlos Girauta, Justo Conde y su banda, Javier “Predi” Arcas, Sebas Cerdán, Manel “Bolsicas”, Elisabeth, Lupe, Carlos O., Pere Capdevila, Agus, Edu García, David, Bruni, Rocío, Waffen y mis demás contados pero buenos amigos, esos que me leen alguna que otra vez e igual me echan de menos).
No me pesa la despedida: si en cambio me embarga una sensación de alegría, de haber llegado a una meta parcial y de estar ante una nueva oportunidad, de curiosidad y de pasiones juveniles renacidas. Frente al “miedo al cambio”, tan cacareado en los cursos para directivos y tan presente en nuestra blandengue, ociosa y entregada sociedad, afronto estos primeros días en mi nuevo hogar con una ilusión tremenda, cual jovenzuelo en un intercambio universitario o mozo en su destino militar, que solía estar en las antípodas de su hogar, por sabia (y muy criticada) decisión de los gobernantes de otras épocas.
Instalado ya en mi nuevo domicilio, he sobrevivido los primeros tres días sin sobresaltos, adecentando las diferentes habitaciones, luchando con la desconocida calefacción por hilo radiante, decorando el salón, conectando el imprescindible equipo de música, afinando mi querida guitarra Ovation y disfrutando con los mensajes de error del receptor de televisión ante su “desconocimiento” de los canales memorizados en otras épocas y por otro lares (léase TV3, la seva, y los demás canales politizados y manipuladores de mi patria chica).
Y he cumplido con el acto, casi ritual, que definitivamente demuestra que has cambiado de hogar.
No penséis que hablo de sexo consentido (o hasta con sentido y sentimiento, que también existe), no amigos, hablo de algo mucho más terrenal y necesario, pero que indiscutiblemente es la prueba de que no estás de paso, que lo que ocupas no es la temporal e inane habitación de un hotel, sino que te has instalado en un nuevo lugar para quedarte: he puesto la primera lavadora y he tendido la ropa con vistas al nuevo “Skyline” de Madrid.
En definitiva, “ja sóc aquí!”, como dijo mi paisano Tarradellas en otro momento y en otro lugar.
“Ja sóc a Madrit”. Y de aquí, al cielo.
Os espero a todos. Mi casa es la vuestra. Ya lo sabéis.
P.D. Quiero agradecer profunda y públicamente a Raúl , Ricardo y Paloma la inestimable ayuda que me han prestado desinteresadamente en la difícil tarea de encontrar mi nuevo hogar. Sin ellos aún estaría enganchado a Idealista y Micasa sufriendo por mi futuro!!



