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jueves, 2 de septiembre de 2010

El último torero

Por fin había llegado el ansiado día. O por desgracia. Miguel tomaba hoy su alternativa en la plaza de Toros Monumental de Barcelona, apadrinado por el héroe de las dos últimas temporadas taurinas en nuestra ciudad, Serafín Marín y teniendo como testigo a Enrique Guillén. Vaya dos figuras que le habían caído del cielo. Serafín, amigo suyo desde hace años y compañero de fatigas en la Escuela Taurina de Cataluña, era sin duda el exponente máximo de lo que había soñado Miguel desde pequeño. Persona humilde, nacida en Montcada i Reixach, lo dio todo desde su infancia por su máxima ilusión: ser torero y sobre todo serlo en su ciudad natal, en esta Barcelona antes tan taurina y ahora abocada a la decisiones del arbitrario poder de gente inculta, tan poco respetuosa con la historia y la tradición secular de nuestra fiesta y fanatizada por las ruidosas minorías y los políticos de siempre. Cuantas tardes habían pasado juntos en la escuela de Hospitalet, y cuantos buenos consejos le había dado durante su etapa de formación en esa gloriosa escuela que en su día fundaran Luis Alcántara y sus amigos. Y qué decir de Enrique Guillén, el último torero que tomó la alternativa en Barcelona. A Miguel ya le entraban mareos solamente al pensar en que se iba a convertir, con toda probabilidad, en el último torero que debutara en Cataluña, y por lo tanto en el sucesor de Enrique. ¿Daría el callo? ¿Estaría a la altura de lo que significaba esta herencia y de lo que le iba a pedir el público? ¿O acabaría corriendo delante de los fanáticos de siempre sin siquiera tener el derecho a defenderse como sí pudo hacer en su día Enrique dándole un par de mamporros a cuatro chalados de Esquerra?

Todos estos pensamientos daban vueltas y vueltas por la cabeza de Miguel mientras apuraba el almuerzo. En la habitación contigua oía los comentarios de su madre y su hermana, que estaban preparando su traje, y cuando en algún instante callaban, algo harto difícil, le llegaba un ligero rumor del rosario que estaba rezando su abuela en la pequeña terraza que daba a la calle Barcelona. Su padre, como no, había bajado al bar, sede también de la peña taurina del barrio, para “calentar motores”, como lo llamaba él. Es decir, para tomarse un par de cañas con sus amigos y calmar así sus nervios y su sed. Tampoco hacía nada malo. Si no fuera por su ayuda y sus sacrificios durante los últimos años jamás hubiera llegado este momento. Miguel aún recordaba el día en el que sus padres vendieron el coche para comprarle el traje de luces. Por lo que les dieron por su SEAT Toledo compraron lo mínimo, y no todo de primera mano. La chaquetilla, la taleguilla y las medias eran nuevas, pero tanto el corbatín, como la montera y el capote de paseo habían pasado ya por diversas manos, pero a base de remiendos y mucho cariño, sobre todo por parte de su abuela, relucían como si los hubieran traído directamente de alguna tienda de Sevilla o de Pamplona. Y eso que según los políticos no había crisis y Cataluña y España iban muy bien. Sería para ellos, porque en la familia de Miguel habían pasado de vivir relativamente tranquilos a sufrir cada fin de mes y hasta a tener que vender el coche que recibió su padre como parte de la prejubilación de la SEAT. Y todo por comprar su traje de luces. En el fondo Miguel se sentía un poco avergonzado. Ojalá le saliera una buena faena y pudiera devolver a todo su familia los favores y sacrificios con alguna oreja y una opípara cena en Casa Leopoldo, o en el bar de abajo. Que a su familia tampoco se le caían los anillos por comer en un local humilde. Lo habían hecho toda la vida.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos al abrirse de repente la puerta del piso y aparecer su padre. “Venga familia, apurad que nos vamos. Que ya tenemos a la Guardia Urbana esperando abajo”. El ayuntamiento de Barcelona se había prestado, sorpresivamente, a cederles una pareja de policías para escoltarles hasta la plaza, y en el fondo estaban bastante agradecidos, ya que en los últimos tiempos, sobre todo al final de la anterior temporada, se habían producido bastantes incidentes con los violentos de la Plataforma Antitaurina. No contentos con haber conseguido la prohibición de las corridas en Cataluña en el 2010, estos se habían dedicado los dos últimos años a atacar cualquier vestigio del mundo taurino en nuestra región, asaltando peñas, liberando novillos y toros de diversas ganaderías y hasta poniendo una bomba incendiaria en las taquillas de la Monumental en la última corrida de la “Feria de la Libertad”, antes llamada de la Mercé, del año anterior. Vaya contradicción, pensaba Miguel. Una feria llamada “de la libertad” atacada por unos energúmenos al grito de “libertad para los toros”. En el fondo era para echarse a reír, si no fuera por la gravedad de la situación. Esto ya eran palabras mayores. De los actos de protesta en los años 2009 o 2010, que se limitaban a cuatro cánticos y a una mínima exhibición de banderas, los “anti” habían pasado a la acción directa y violenta, encima tolerada por la autoridad, asustando, persiguiendo y agrediendo a todo lo que rodea el mundo del toro y que olía a España. Pero Miguel no tenía miedo. Ni a los antitaurinos, ni a los toros. Lo único que le preocupaba en este momento era llegar cuanto antes a la plaza y pisar el ruedo. “Vamos mamá, cierra la ventana y dile a la abuela que deje de rezar, que nos vamos. Ya rezará esta noche en la parroquia, que para eso está”.

Miguel se sentó en el asiento de atrás del taxi junto a sus padres. Los dos motoristas de la Guardia Urbana abrieron la marcha y con las luces encendidas enfilaron el camino hacia el centro de Barcelona. Varios coches de los amigos de su padre les seguían, y en ellos viajaba el resto de la familia. El padre miraba de reojo a su hijo, y Miguel hacía lo mismo con su padre, pero ambos callaban. Vaya nervios que le estaban entrando. Si por lo menos estuviera su abuela podrían seguir el rosario con ella, aunque seguro que les costaría bastante. Aunque seguían asistiendo a misa los domingos el tema de las oraciones les iba un poco grande a los dos. “Si salgo triunfal de esta prometo aprender unas cuantas oraciones” se dijo a si mismo Miguel mientras giraban por la calle Badal para ir a coger la Gran Vía. El poco tráfico les permitió llegar en pocos minutos a la confluencia de la Gran Vía con Marina. Todo parecía bastante tranquilo, aunque en el lado montaña se apreciaba un pequeño grupo de los antitaurinos con sus pancartas y sus tenderetes. En los últimos años habían encontrado el filón de oro y se dedicaban a vender de todo, desde camisetas y banderas hasta toreros en miniatura para hacer “rituales de vudú”, como constaba en las etiquetas. La Guardia Urbana les abrió paso y llegaron sin problemas a la entrada de la calle Diputación. En una de las terrazas del edificio de enfrente se apreciaba una gran pancarta con la inscripción: “Los Toros son Libertad”. Por lo menos uno está conmigo”, pensó Miguel. Al bajar del taxi se le acercó Pedro, su mozo de espadas. Su semblante no era que digamos de gran alegría, aunque intentara disimularlo. “¿Qué te pasa Pedro?” le espetó el padre de Miguel. “Nada señor, un runrún que tengo en el estómago y que no se me pasa”. Se dirigieron juntos al bar para refrescarse un poco. Tenían tiempo de sobra, ya que gracias a los urbanos se habían plantado en la Plaza en un santiamén. Esto de ir con escolta realmente era un chollo, pensó Miguel. Con lo que tardaba normalmente en atravesar Barcelona en el metro. Cuanto tiempo perdido en las entrañas de Barcelona sin ver el sol, que por cierto hoy resplandecía más que nunca. Un buen presagio, seguro. Porque el sol seguía siendo el mismo, pesara a quien pesara, y este sol había iluminado el albero de esta plaza durante más de un siglo. Y hoy le tocaba iluminarle a él en el día de su alternativa. El día más grande en la vida de cualquier torero.


Mientras su padre apuraba unas cañas en la barra, Miguel y Pedro se asomaron al ruedo. Se veía poca gente, aunque pancartas había para dar y regalar. Se veían de todo tipo, desde las ya clásicas de “Desde España con amor” que llevaban ya 2 años presidiendo el tendido cero hasta cosas curiosas como “L’ Europe catholique avec vous” y una en inglés con la frase “Hemingway lives”. Miguel se animó un poco. Seguía con esos temblores y ese frío en la nuca, pero por lo menos sabía que no iba a estar sólo. Si venían de Francia y de los Estados Unidos sería por algo. Sería para verle triunfar a él.

Venga hijo, a la capilla” le gritó su padre sin moverse de la barra. “Que ya toca”. Miguel se giro lentamente echando una última mirada al coso. Tantos años de espera, tantas ilusiones, tantas estrecheces y en estos dos últimos años tantos miedos, tantos insultos, tanta política. ¿Habría valido la pena?


En la puerta de la capilla esperaban su madre y su abuela. Su padre se las llevó del brazo y Miguel entró sólo. Hasta Pedro, su mozo, se quedó expectante en la puertezuela. Se arrodilló ante el crucifijo y las variadas estampas e intentó rezar una Padrenuestro. Le costó un poco empezar, pero al final le salió de corrido, como si de golpe su abuela se lo hubiera chivado por encima del hombro. Se santiguó y salió de nuevo. Pedro seguía ahí, con su semblante serio y cara de pocos amigos. “Pedro, cambia de cara de una vez, que esto no es funeral” le dijo Miguel, mientras avanzaban por el pasillo.

De pronto se oyeron unos gritos. Los dos se quedaron parados, mirando a su alrededor. No se veía a nadie, pero el ruido iba en aumento. “Fora, fora, espanyols assassins”. Mort al torero, visca el bou lliure”. Mierda, pensaron al unísono. Esto se complicaba. Aceleraron su paso para llegar de nuevo al bar. Sabían que ahí seguirían su padre y el resto de la cuadrilla apurando sus bebidas antes del gran momento. Pero al doblar la esquina se encontraron con una muchedumbre que gritaba de todo, histérica, enarbolando banderas de los antiaurinos, y hasta les acompañaban algunos encapuchados con bastones en las manos. ¿Cómo habían llegado hasta ahí? ¿Quién les había dejado pasar?


Miguel y Pedro se quedaron helados. Y de golpe los encapuchados les vieron. Intentaron retroceder por el mismo pasillo pero no había escapatoria. Por detrás de ellos se habían desplegado más elementos del grupo, y en un santiamén les rodeó una jauría de gente gritando, cual perros enfurecidos. “Si por lo menos llevara mi estoque”, pensó Miguel. Un primer golpe le hizo caer al suelo. La mirada se le nublaba y solamente alcanzó a ver como entre varios estaban apaleando a Pedro. “Una espasa, porteu una espasa oyó gritar, y con un ojo entreabierto alcanzó a ver el filo de una espada brillando bajo un rayo de sol que se colaba por una rendija. El rayo de sol le hizo recordar de golpe toda su vida. Ante sus nublados ojos pasaron imágenes del colegio, del trabajo, de su primera novia, de su primera capea en Tarragona, de la Escuela Taurina, de sus padres, de su abuela en la terraza y de las excursiones a Madrid en el SEAT de su padre. Miguel quedó tendido en un charco de sangre, mientras la turba se alejaba corriendo del lugar. “El último torero” pensó, mientras la sangre brotaba de su chaquetilla. De oro y rojo iba a hacer el paseíllo. Oro por el sol, rojo por la sangre.

jueves, 5 de agosto de 2010

Mi Barcelona, ¿dónde está mi Barcelona?

No nos pilla de nuevo el ataque furibundo y políticamente manipulado a la Fiesta Nacional, es decir, a los espectáculos taurinos con muerte del toro, que hemos sufrido en estos últimos tiempos en Barcelona. No ahondaré demasiado en este tema, glosado ya de mil y una maneras y por ciento y un intelectuales, comentaristas, toreros, artistas, gente de bien todos ellos, en estas semanas que han pasado desde la prohibición decretada por esa inútil institución llamada “Parlament de Catalunya”.

Desde que tengo uso de conciencia o consciencia, sinónimos según la RAE, en mi ciudad natal, en mi querida Barcelona, siempre hemos vivido enfrentados aquellos que la consideramos parte intrínseca de España y de su historia, y los otros, los que sin rigor histórico, sin contemplaciones y sin otra ambición que arañar privilegios económicos, se han dedicado a desmontar una realidad irrefutable enfrentando a Barcelona y el resto de la región con la totalidad de España.

Conseguir beneficios monetarios ha sido y es el único fin de los enemigos de mi Barcelona, de mi Cataluña, ya sea como en otras épocas escalando los peldaños del poder del anterior régimen, en sus sindicatos y demás instituciones, agrupándose en mutuas, cámaras de comercio o círculos de poder variopintos, hasta las fáciles maniobras actuales por obra y gracia del sistema “democrático” y la ley electoral española, que permite el sinsentido que las minorías locales aplasten a la mayoría natural, a la historia y a la verdad absoluta con cuatro votos obtenidos bajo siglas grandilocuentes como solidaridad, libertad, igualdad, socialismo, unidad etc., votos robados al inculto e inocente votante que no llega a más y se cree a pie juntillas cualquier cosa que un político le prometa.

He sufrido en mi propio cuerpo el estigma de ser de un equipo diferente al Barza, de haber nacido en la Zona Alta, de haberme ido voluntario al servicio militar rechazando un “excedente de cupo”, de haber militado en Falange, de haber querido ser militar o Guardia Civil, de haber sido del SEU (el nuevo, se entiende) o de haber ondeado sin complejos la bandera de España, de mi patria, en cualquier ocasión que se prestaba a ello. Y no es de ahora, son ya más de 35 años de los 47 que acabo de cumplir en los que de forma consciente he estado librando día a día, paso a paso, una batalla continua contra una forma de presentar a Barcelona y Cataluña que nada tiene que ver con el amor que siento por ella ni con su realidad histórica.


Mi Barcelona es y ha sido taurina desde siempre, y no porque mi abuelo fuera el encargado con su empresa de construcción del mantenimiento de las Plazas de Toros y cines del Sr. Balañá, sino por una tradición centenaria como ciudad cuna de las mejores estrellas de la tauromaquia.


Mi Barcelona ha tenido siempre más de un equipo de fútbol, pero la sana rivalidad deportiva nunca ha cristalizado y siempre se ha tratado de una guerra abierta entre el deporte de verdad, el del RCD Español, del Júpiter, del Europa o de la Penya (aunque sea de Badalona sirva como ejemplo), frente al interés político, y por ende económico, masón (por secreto, anticristiano y mafioso) y sectario, del FC Barcelona.

Mi Barcelona tenía en su época, por casualidad desde el año que nací, en 1963, una réplica de la carabela la Santa María de Cristóbal Colón anclada en el puerto, junto a las Golondrinas, hasta que un intento de atentado de cachorros de Terra Lliure en 1987 y un posterior y sospechoso incendio acabaran con su existencia, fuera desmantelada, vendida y trasladada a Kobe, en Japón. Ya me diréis que pinta una réplica de la carabela de Colón en esa ciudad japonesa. Aunque quien sabe, con lo insistentes que son los separatistas creando mitos, leyendas y falsas historias igual nos demuestran finalmente que Colón era Colom, antepasado del ínclito Ángel Colom, luchador infatigable por el bien de Catalunya y el favor de mancebos, a poder ser moros, e intenten recuperar la Nao, anclándola de nuevo en nuestro puerto y decorándola con mil y una señeras, sin saber que de esta forma estarían devolviéndole sus emblemas originales, los de la Corona de Aragón de nuestro gran Fernando II , que junto a Isabel permitió que España iniciara la gesta de conquistar el mundo sin derramar ni una milésima parte de la sangre que usaron otras potencias en sus devaneos por el globo.

Mi Barcelona tenía a Copito de Nieve, traído de una de nuestras últimas colonias, Guinea, país que desde que lo dejamos ha ido de mal en peor y en el cual aún hoy, basándose en los relatos de padres y abuelos, nos echan tanto de menos como yo a mi Barcelona que se nos va. Con su conversión en Floquet de Neu llegó su fin, y pocos años duró ya el pobre viendo en lo que se estaba convirtiendo su Barcelona de adopción.

Así podría seguir con mil y un historias más de nuestra querida ciudad, que poco a poco va dejando de ocupar mi corazón y abriendo paso a un ansia loca por alzar el vuelo y largarme de una santa vez…

Mi Barcelona, ¿dónde está mi Barcelona?

martes, 19 de junio de 2007

Una temporada redonda

Una temporada redonda

Acabo de comentar a una amiga que no veo desde hace más de 16 años que entre en mi blog y me doy cuenta que desde Marzo no he escrito nada. Es realmente imperdonable, teniendo en cuenta el tiempo libre que tengo, el poco deporte que hago y las noches que tiro por la borda viendo pasar el tiempo en la barra de un bar. Pero hoy no va de autocrítica. Hoy estoy feliz. Me he desayunado (que raro suena así, pero es correcto) como siempre leyendo El Mundo, y he tenido el placer de pasar por encima de las caras de los jugadores del Barza destrozados y acabar leyendo a mi admirado Sánchez Dragó comentando la reaparición de José Tomás del domingo pasado en la Monumental de Barcelona. (Lector: si tienes tiempo de pillar el Mundo de hoy, día 19 de Junio de 2007, edición de Barcelona, te recomiendo leer el artículo en cuestión. Está en la página 71). No tuve el placer de asistir a este acontecimiento, y vistas las críticas y los comentarios, me doy cuenta que se me ha vuelto a escapar un momento histórico. Otro más. Creo que esto de perderse cosas importantes nos pasa a todos. No tenemos el don de la omnipresencia, por suerte o por desgracia, y seleccionamos a bote pronto que hacer en cada momento de nuestra vida. Mi elección el domingo fue ir a ver a mi equipo, el Real Club Deportivo Español, como pequeño homenaje a una temporada redonda en todos los sentidos. Como diría mi amigo Sebastián, los que contamos los años por temporadas (o cursos escolares, que viene a ser lo mismo), hemos disfrutado de lo lindo. Hemos derrotado al Barza, ese equipo del que dicen que es catalán pero que no representa más que a una minoría atontada y manipulada de la sociedad catalana, hemos visto ganar la liga al Madrid (¡Hala Madrid!), hemos viajado por Europa y hemos llegado a la final de la UEFA con un señorío que nos honra, y, finalmente, como ciudad, hemos podido albergar uno de los hitos de la historia del toreo reciente. Claro que puestos a pedir la temporada aún podría haber sido mejor: podría haberse hecho justicia en el caso del 11-M, podrían desaparecer la ETA y ANV, Zapatero, sus ministros incultos y algún adlátere más, podría ver a alguien enamorarse de mí, podrían no existir las enfermedades, las injusticias, podría tocarme la lotería, podría publicar un libro y tener éxito, podría…Tantas cosas. Pero, insisto, la temporada ha estado muy bien, Espero que la vida me permita disfrutar de otras temporadas como esta, o, ya puestos, mucho mejores. Y, copiando literalmente a Sánchez Dragó: España, ¡carajo!, y ya está.