lunes, 5 de julio de 2010

Que poco me gusta el Mundial de Fútbol

Pues eso. Como cada vez que triunfamos en algún deporte, los españolitos de a pie, tan patriotas ellos, salen hasta de debajo de las piedras. Y por mucho que me guste ondear la bandera de España, lucir su camiseta y cantar el himno nacional, siempre me queda ese regusto a simplicidad y estupidez. ¿Cómo puede ser que durante todo un año los catalanes traguemos con partidos políticos que ningunean a España, cómo puede ser tan estúpida la gente que cuando hay elecciones siguen votando a partidos políticos que hacen del odio a España su leitmotiv y ahora en cambio lucen esas camisetas de la roja? No se puede estar solamente a las maduras, en los temas superficiales, en los triunfos deportivos, y el resto del año obviar a la patria, cerrar los ojos y mirar a otro lado. Hay que estar a las duras, hay que ser consecuente con lo que se predica. Querer a España no significa solamente animarla durante 90 minutos, pintarse la cara con los colores de nuestra querida bandera, tomarse 10 cervezas y entonar el penoso loroloroloroloro desconociendo que nuestro himno tiene no una sino varias letras oficiales.

Para querer a España de verdad hay que amarla en el día a día, estudiando, trabajando, ayudando a los necesitados, visitándola, cuidándola, respetándola, pero, sobre todo, dando la cara y luchando palmo a palmo, casa a casa, barrio a barrio, ciudad a ciudad y elecciones tras elecciones por sus símbolos, su idioma, su historia y su grandeza. No podemos aceptar durante 340 días al año que multen a los negocios por no rotular en catalán, que a los niños les obliguen a hablar en catalán hasta en los recreos, que el 50% de las películas de estreno tenga que ser en catalán, para desgracia y ruina de la industria cinematográfica, y luego, de golpe, durante los 20 escasos días que dura un mundial, ser el español más patriota.

Como diría una buena amiga mía, España es bastante más que un partido de fútbol, que una carrera de motos o que un triunfo de Nadal en Wimbledon. En otras épocas, gloriosas épocas en mi opinión, España se definía como una unidad de destino en lo universal. No es una frase dicha en vano, ni demagógica. Es una definición bien clara de que España es algo más. Es nuestra madre, es el resultado de 2.000 años de historia conjunta, de luchas y hazañas inigualables por cualquier otra nación del mundo, son biografías de cientos de guerreros, científicos, poetas, artistas, intelectuales, religiosos, descubridores, emprendedores, en resumen, de hombres y mujeres luchadores por una causa común, son ellos los que nos permiten disfrutar hoy en día de estos simples partidos de fútbol con orgullo, llorar con la piel de gallina cuando suena el himno nacional o saltar como condenados cuando metemos un gol. España no es la Roja, España no son 11 jugadores y un entrenador. España es una herencia que Dios nos ha permitido disfrutar. Y España somos la suma de todos aquellos que la queremos de verdad, que la respetamos desde el alba hasta el anochecer, de Lunes a Domingo, y como se dice hoy en día, los que la amamos 365 días x 24 horas. España. Siempre. Lo demás, puro circo.



martes, 15 de junio de 2010

La boda de mi prima (I’ve got a feeling)

Notas previas:

Para mis lectores habituales: Este largo relato es un poco diferente a lo que suelo escribir, por lo que si os aburrís lo entenderé bien y os permito dejarlo a medias.

Para los que asistieron a la boda: Cada uno de vosotros lo habrá vivido de otra forma, y seguro que hay otros mil detalles que podría haber incluido, pero espero que a pesar de todo paséis un rato ameno.

Para la familia, en especial para Sandra y Santy: todo lo que sigue va por esta estupenda pareja que formáis. Muchas gracias por haberme dejado compartir estos días maravillosos con vosotros.

Para todos: Os recomiendo imprimir este artículo y leerlo con calma, sentados en un sitio cómodo y con unas hierbas ibicencas en la copa. Y si suena buena música, mejor que mejor.

Ahí vamos…

I’ve got a feeling, that tonight it’s gonna be a good night. Así empieza la canción de moda de los Black Eyed Peas, y por una vez la canción del verano ha acertado. Por lo menos en lo que a mí respecta. Pero lo vivido en Ibiza el fin de semana pasado no ha sido simplemente una buena noche, han sido 3 días geniales cargados de alegría (teniendo a toda la familia Alegría rondando por ahí tampoco es de extrañar), de risas, de felicidad y de momentos inolvidables que me harán cantar por siempre la dichosa canción, pero con una pequeña variante, cambiaré el “good” por el “best” y lo dejaré en “it’s been the BEST night”. Los afortunados que tuvisteis la gran suerte de asistir a esta boda única entenderéis muy bien lo que escribo, a los demás intentaré describiros un poco lo vivido entre el 10 y el 13 de Junio en la isla de Ibiza. Como es de entender esta descripción se basará en mis propias vivencias y sentimientos, que poco (o en algunos casos mucho) tendrá que ver con la impresión que se puedan haber llevado los demás participantes en este memorable evento. Pero seguro que cada uno de los más de 80 jóvenes de “carnet” y el resto de jóvenes de “espíritu” sentirá cosas similares. Me jugaría un mojito y hasta unas hierbas ibicencas a que es así.

La gran aventura comienza un jueves al mediodía, ya que estamos citados el viernes por la mañana en el puerto de Ibiza para coger un catamarán a Formentera. Embarco en Barcelona sin conocer a nadie, pero intuyo que algunas de las personas que están en la cola son parte de los invitados. Una pena no conocerlos, por cierto, ya que una de las “figuras” de todo el fin de semana, y en parte causante de todo el lio, es hermano del novio y está justo detrás mío embarcando hacia Ibiza: fue precisamente esta persona la que propició hace unos años que la pareja que está a punto de casarse se conociera. Pero esto es harina de otro costal, son historias que sucedieron hace años entre Australia y Barcelona y que no vienen al caso (o quizás si). En el aeropuerto me recogen mi tía, mi prima y el futuro marido y después de una corta visita a su casa en la que admiro no solamente la construcción en sí y la tranquilidad del idílico paraje sino también los progresos de la pequeña Alexa, que sonriendo como siempre ya empieza a dar sus primeros pasitos con un mínimo de ayuda, nos acercamos al hotel. Un rápido check-in y al chiringuito a comer algo en “petit comité”. La cosa ya pinta bien, a pesar de tratarse de un hotel del Grupo Playasol cuyo propietario acaba de ser encarcelado por múltiples fraudes en la operación “Trueno”. En este caso el nombre que le han dado los investigadores es bastante apropiado, porque la historia de este empresario ha estallado como una caja de truenos: el clásico pelotazo de los 80 con más de 70 hoteles en propiedad, aderezado con personal ilegal, hacinamiento en zulos, camareras con cláusulas de favores sexuales, más de 15 millones de Euros defraudados a Hacienda y millones de euros escondidos en bolsas de basura para la compra de terrenos en su pueblo natal. La (por desgracia) tan repetida historia de empresarios que se han enriquecido en España gracias a su simpatía, su populismo y el apoyo de políticos y autoridades corruptas. Pero dejemos de lado a este defraudador y volvamos a lo nuestro. Decía que la cosa pinta bien. El hotel tiene una situación privilegiada, casi a ras del agua, y una cómoda pasarela de madera bordea la playa en ambas direcciones, con la ciudad de Ibiza al fondo y pequeños veleros anclados en las verdes y tranquilas aguas de la playa de Talamanca. Realmente bucólico, si se pudiera aplicar esta palabra a un paisaje marino. Comemos mejillones, gambas y pescado con arroz en un acogedor chiringuito que por ahora no se ha visto afectado por la Ley de Costas (me pregunto qué va a ser de nuestras playas sin estos locales que son el paradigma del veraneo en España), y gracias a un par (¿o fueron cuatro?) de sangrías de cava y algunas hierbas ibicencas la conversación se convierte en un presagio de lo que va a dar de sí el fin de semana y nos reímos bastante. En un momento de euforia miro a Santy, miro a Fina, y le comento a mi tía: “Ha valido la pena esperar, verdad? Y tanto, me contesta…”. Llamamos a los “tiets” que faltan, es decir, a mi padre y tía Montse, y ya tenemos la primera anécdota del día: “Traidora, traidora” grita mi prima desde su silla (se entiende que es por no haber venido), y la respuesta de nuestra tía no puede ser otra: “¿Ya habéis bebido, verdad?” Risas, unas cuantas fotos (que pena que luego se perdiera la cámara) y a descansar, que por la noche hay cena “light” para los jóvenes. Por primera vez en este viaje echo de menos mi clásica libretilla que suelo llevar encima cuando hago mi tramo anual del Camino de Santiago y en la que suelo apuntar las anécdotas que van sucediendo. Mi memoria ya no da para tanto y es una pena, porque seguro que me olvido de algún detalle. Lo de descansar, es un decir. Al llegar al hotel nos encontramos con algunos invitados que ya pululan por ahí, y nos juntamos unos cuantos en una mesa para disfrutar de la sobremesa. Se nos unen Gisèle y Jens que han venido desde Alemania y una simpática pareja de franceses que también son “herencia” de la estancia de mi prima en Australia y entre hierbas ibicencas que van cayendo cual hojas de los árboles alargamos la conversación hasta casi las 8. (Estas hierbas se irán convirtiendo poco a poco en el “leitmotiv” de toda la boda y hasta aparecerán en el discurso de mi prima durante la ceremonia nupcial). Nos damos un margen de 1 horita antes de reencontrarnos en la piscina, y hacia las 9:30 nos ponemos en marcha hacia el centro de Ibiza. Como hemos quedado en el centro de la ciudad de Ibiza seguimos las recomendaciones de los autóctonos y cogemos un pequeño “vaporetto” que por el módico precio de 1 euro te deja en el mismo centro de la capital, a pocos metros del local en el que hemos quedado. Paseamos un rato ente tenderetes hippies, gente extraña y guiris de todos los colores y sexos (eso de que solamente existen 2 sexos parece no poder aplicarse a esta isla y en muchos casos tengo serias dudas sobre lo que ocultan los pareos y demás prendas veraniegas que lucen los paseantes, pero no me pongo a investigar. No vaya a ser que me lleve una sorpresa a las primeras de cambio), y nos reunimos con el resto en la pizzería Pinocho. (http://www.pizzeriapinocho.com/html/es/galeria.html) La “reserva” es muy sui generis, como al parecer todo en Ibiza, ya que hay que ir esperando a que la gente vaya vaciando las mesas y tomarlas al asalto. Al final conseguimos sentarnos todos y cenamos pasta y pizza entre presentaciones, pequeñas charlas introductorias y un ligero sentimiento de que se avecina algo grande. Todo el mundo está risueño, todo son buenas caras y ganas de disfrutar del momento. La alegría natural de mi prima parece que se contagia bastante más que la mítica gripe “A”, que al final se quedó en “a” minúscula y no pasó de ser un resfriado invernal de lo más light de los últimos años. La felicidad que rodea a este grupo de gente sí que es una epidemia. Y de las fuertes. Después de la cena visitamos un local de copas, de cuyo nombre por desgracia no me acuerdo, y la presunta cena “light” se convierte en un buen aperitivo de lo que nos espera al día siguiente. Conozco a mucha gente pero no me acuerdo de la mitad de los nombres. Como ya decía, tendré que volver al tema de la libretilla y tomar apuntes a escondidas. No vaya a ser que la gente me llame desmemoriado y quieran practicar conmigo algún tratamiento de memoria histórica o histérica. Cogemos unos cuantos taxis a última hora y de vuelta al hotel. La pequeña fuente que decora la recepción del hotel se convierte en improvisado “meeting point” reconvertido en “lava pies” y sin más dilación que algunas chanzas e intentos desesperados de encontrar algo bebible en el hotel nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones (yo por lo menos, pero no pondría la mano en el fuego por los demás y seguro que alguno se “equivocó” con el número de su puerta). Pero estos errores no creo que sean malos, peores cosas hacen por el mundo que quedan sin castigo.

Y llega el viernes. Me despierto bastante pronto y con el día nublado, “pero algo me dice, que voy a pasármelo bien (muy bien)”. Despacho en pocos minutos el bufet libre del hotel con la normal y única selección que se puede hacer en un hotel de playa de 3 estrellas: huevos con beicon y un poco de zumo, y ni tocar el grisáceo café laxante o los embutidos de tercera que parece que los fabriquen solamente para que los guiris se preparen sus sándwiches para pasar el día sin gastar y amortizar aún más su pulsera de todo incluido. Al jamón de york solamente le falta el sello del Grupo Playasol incrustado entre las duras vetas de grasa y el queso es una masa deforme inyectada sobre una bandeja de plástico. (Para quesos, los de la boda, pero aún no hemos llegado a esa parte de la historia). Como me sobran casi 2 horas me voy a pasear un poco y me recorro todo el puerto de Marina Botafoch en busca de la prensa del día, que por cierto se mueve entre nublado, más nublado y muy nublado. Tengo serias dudas de que el sol haga acto de presencia, pero yerro de cuajo. Me olvidaba que la agencia que ha ayudado a mi prima se llama “Remedios sin Receta” y que su realmente insuperable servicio no incluye solamente profesionalidad, simpatía y saber hacer sino también un timing perfecto con el tiempo y un pacto secreto con el sol que algún día tendrían que desvelar y compartir con los demás mortales. Si alguna vez precisas una agencia que sepa organizar eventos inolvidables no dudes en contactar con estos cracks. (http://www.remediosinreceta.com/) Lo han bordado.

El catamarán tiene previsto salir hacia las 11:30, pero a esa hora se ve a muy poca gente por el embarcadero. Está el personal de la agencia cargando la embarcación con viandas y bebidas (más de lo segundo) y algún despistado como yo que no ha tenido en cuenta que por la mañana en Ibiza todo va a un ritmo bastante más lento que en los demás lugares. Si no me acuerdo mal partimos hacia las 12:30 después de algunos amagos de chaparrón y poco sol a la vista. La subida al catamarán incluye el primer “obsequio” de los novios, un precioso pareo/toalla para cada uno, blanco para los chichos, violeta para las féminas. Sandra y Santy han pensado realmente en todo. Que monos. Las instrucciones de la “encargada” del barco, una señora alemana de mediana edad, son bastante simples: los zapatos se quedan en un banco a la izquierda, los fumadores se sirvan usar solamente el lado derecho de la embarcación (deduzco que los depósitos de combustible quedan debajo de los zapatos), no saltar en marcha al agua, no usar las telas del solarium como trampolines y cuando lleguemos a Formentera “recordad todos que a las 5 hay que estar de vuelta “albaco”. Primeras risas por el acento de esta simpática mujer e iniciamos la travesía hacia la isla de Formentera. Hay un par de empleados más del propio barco, dos simpáticos sudamericanos encargados de la barra y un DJ muy especial (que resultará ser muy bueno, como cabía esperar) que nos amenizará el día. Al rato comienzan a carburar los “cocteleros”: empiezan a servir un mojito tras otro, que vamos consumiendo al mismo ritmo que van saliendo de las diestras manos de los camareros. Un primo menor de edad que se ha colado en el barco me pide poder tomar un trago de mi primer mojito, no se lo niego, pero decido que lo más apropiado es que se tome uno entero. ¿Dónde vas con un traguito con todo lo que nos queda de viaje? A las 2 horas me arrepiento de esta iniciativa tan “generosa”, ya que vivo en directo la primera “potada” del día, que acaba solucionada con un buen baño en las frías aguas de Formentera y una siesta en el lateral del barco bajo mi atenta mirada (solo faltaría que se cayera al agua dormido).

El vaivén del barco, la excelente música del DJ Sergio (http://ragde.com/web/sergioserrano/index2.html) y el bailoteo de todos convierten el viaje en una fiesta de risa fácil, conversaciones amenas y algún que otro pequeño tropezón en el suelo mojado de la cubierta. Una pequeña cura a un chico que se ha clavado un cristal en el pie, arreglado por las diestras manos de la alemana con un poco de betadine y un guante de plástico a modo de calcetín y la realmente triste desaparición de mi cámara de fotos son las únicas notas negativas del día en alta mar. Anclados durante varias horas delante de la playa de Ses Salines damos buena cuenta de los más de 500 mojitos que al final se sirvieron y de alguna que otra sandia rellena de un misterioso líquido embriagador que acaba por rematar hasta el último “mi cuit” que nos persigue. Los “mi cuit” son gaviotas que nos siguen nadando para pillar los restos de comida y que he bautizado así porque parecen patitos. Al final les sale redondo el viaje (se lo deben saber), ya que reciben al vuelo bastantes patas de pollo de la comida que nos sirven. Es que hay poca hambre y mucha sed. Y un sol que flipas (lo dicho, la agencia se las sabe todas). La vuelta a Ibiza es tranquila, y en el muelle nos espera el comité de bienvenida, ansioso de saber cómo nos ha ido. Padres, tíos, amigos nos reciben vigilantes para observar cualquier balanceo fuera de lo normal, pero al final desisten. Los 76 héroes del catamarán parece que nos movamos al unísono, y la razón es obvia: el oleaje nos ha mareado a todos un poco (¿oleaje has dicho? Si el mar parece una balsa…). Nos disolvemos con algún pequeño incidente en las rocas que bordean el muelle (una caída tonta debida de nuevo, digo yo, al oleaje) (¿ya estás mejor, Gisèle?). De vuelta al hotel intentamos comer algo en un chiringuito, pero lo que ofrecen no entusiasma a nadie, y como casi todos hemos vuelto con hambre (cuanto daría ahora por los muslos de pollo que tan alegremente se disputaban las gaviotas hace unas horas), montamos una pequeña reunión en la terraza del hotel y decidimos llamar a Telepizza. Las 8 o 10 pizzas desaparecen en un santiamén y algunos nos retiramos a descansar. Doy por sobreentendido que el sector juvenil seguirá un rato con la fiesta (como así fue), pero para mí el día ya sido tan placentero que no necesito emociones adicionales. Mañana toca boda, y visto el ambiente promete bastante.

Es sábado, me levanto pronto y paso de nuevo por la tortura del bufet libre del hotel. El manido recurso de los huevos con beicon me sirve para llenar un poco el estómago, que a pesar de las pizzas de la noche sigue gruñendo cual perro antidroga en el aeropuerto de Bangkok y doy una vuelta por la playa a por la prensa, haciendo tiempo hasta la llegada de mi hermano. Hacia el mediodía llega el resto de mi familia, hermano, cuñada y mis dos increíbles sobrinitos, que cada día son menos “itos”. Como pasa el tiempo…, aunque es fácil de entender: viéndolos en tan pocas ocasiones los saltos en la edad sorprenden cada vez que los ves. Dentro de poco aparecerán con sus respectivas novietas y mi dentadura reposará en un vaso lleno de polident o cualquier otro desinfectante, vaso que en épocas gloriosas habría contenido hierbas ibicencas, orujo o cualquier otro elixir de eterna juventud. Qué le vamos a hacer, es ley de vida.

Pasamos lo que queda de la mañana desayunando, intercalamos una corta visita al mercadillo hippy de las Dalias y un largo baño de los niños en la piscina del hotel, esperando la hora de salida hacia casa de mi tía para asistir a la lectura del poema y la sesión de fotos familiares.

Hacia las 5 partimos, ya todos de blanco, rumbo a la residencia Alegría-Martí, dónde nos esperan los demás. Realment fem goig. Un poco de cava, fotos de todo tipo, desde todos los ángulos y con todas las combinaciones posibles de primos, hermanos, cuñados, padre y tíos, y llega el momento de la entrega de ramo y lectura del poema por parte de Pablo. Acompañado a la guitarra por otro de los invitados (cuanto daría yo por tener memoria fotográfica y poder recordar los nombres de las 100 y pico personas que me presentaron ayer…), el íntimo acto resume lo que estamos viviendo desde hace ya 2 días: un ambiente de amistad, simpatía, alegría y complicidad que pocas veces he visto. Todo muy normal, sin estridencias, sin gritos, sin exageraciones ni teatro, simplemente bonito. Mi prima Sandra está preciosa. Muy, pero que muy guapa, aunque esto lo sabéis todos los que estuvisteis en la boda. Acabada esta parte del ritual de las bodas nos subimos en las furgonetas para, ahora sí, dirigirnos a la cala en la que se celebrará la ceremonia y posterior cena. El viaje no se nos hace largo, y después de media horita avistamos ya el increíble entorno en el que se celebrará la unión. Se trata de Cala Comte, o Conta, o Compte (si googueleas salen estas tres acepciones). No podía ser mejor: una idílica cala, con las islas la Conillera y des Bosc enfrente, delante un altar sobre el acantilado, y como no podía ser de otra manera, en el momento de llegar aparece un resplandeciente sol al fondo. Solamente faltaría que el sol proyectara las sonrisas de Sandra y Santy sobre la playa (si lo leen los amigos de Remedios sin Receta que tomen nota, hubiera sido la guinda a un evento tan perfecto). De nuevo los bonitos detalles: esta vez se trata de un pai pai para las señoras, por si hiciera demasiado calor. Van llegando los autobuses cargados de gente guapa vestida de blanco, y ya ubicados todos sobre el acantilado nos prestamos a asistir a la ceremonia “civil”. No voy a entrar ahora en la discusión sobre estas bodas civiles que imitan hasta el último detalle una celebración religiosa. Falta solamente que nos den la comunión al final en forma de tarta de almendras y la misa sería completa. Olvidadlo, que temas así los dejo para mis artículos habituales, cargados de crítica, cinismo, rabia y demás. Hoy estoy feliz, contento y positivo. Hacen la entrada los 3 niños, con la pequeña Alexa en el centro, estrenándose en este tema tan cansado que se llama andar (cuanto daríamos nosotros hoy en día porque nos llevaran en brazos), y el momento es realmente emotivo. Los primeros aplausos y alguna que otra lágrima de emoción dan paso al discurso de la funcionaria que oficia la ceremonia, la cual inicia el acto con una bienvenida en varios idiomas, con un sorprendentemente correcto francés y alemán, e intercala una bonita leyenda sobre la isla que tenemos al frente. Aprendemos todos que no se llama Conillera por lo de los conejos en catalán, sino que el origen etimológico se debe a la palabra cueva en latín y a la multitud de cuevas que agujerean dicho islote. Siguen los discursos propios de los novios, del padrino Pablo, omnipresente en los momentos clave, y entre fuertes aplausos los novios son declarados marido y mujer y ceden su lugar a una multitud de testigos que tienen que firmar en el preceptivo libro. Da gusto verlos, parecen una pareja de cine de los años 20, e irradian una felicidad que contagia a todos y que nos hace mirar al fondo, hacia el sol que se está poniendo entre ambas islitas, como si de una película se tratara. Lo dicho, un sueño hecho realidad.

Se abre la fase del aperitivo, que como era de esperar es de una calidad sublime. Degustación de quesos digna del mejor Relais&Chateaux francés, jamón del mejor inalcanzable por las colas que se forman inicialmente, y delicatesen de todo tipo que van siendo servidas por un perfecto servicio vestido de negro para contrastar con los 200 hombrecitos y mujercitas vestidos de blanco virginal. Por una vez hasta yo mismo me siento guapo, viéndome rodeado por bellezas de ambos sexos, que se superan uno a otro en educación, simpatía y saber estar. Pasamos así todos un rato increíble, asistiendo a una puesta de sol digna de las mejores ocasiones, degustando manjares y bebiendo vinos y cavas que fluyen por nuestro cuerpo alegrando nuestro interior para estar a la altura del momento tan bello que tenemos el privilegio de compartir. Al final del aperitivo nos sorprende el ya marido, Santy, con una actuación musical, dedicándole una canción a Sandra, y poco a poco nos vamos sentando en las mesas que nos han asignado, cada una con el nombre de una cala de Ibiza y localizable en los mapas que tenemos todos en las mesas. No solamente disfrutamos de la comida, sino que encima aprendemos un poco de geografía. Toma ya. De la cena poco voy a contar: con lo bueno que estaba todo no podía ser de otra manera, y los deliciosos platos y el excelente servicio acompañan las interesantes (por lo menos en mi caso) conversaciones de las mesas. Por cierto, para aquellos que nos estuvieron o no se acuerdan del nombre del restaurante (como me ha pasado a mí), se trata del Ses Roques. ( http://www.minube.com/rincon/restaurante-ses-roques-a13609). Acabada la cena se rompe por fin el protocolo y la gente se va acercando poco a poco a la barra y la pista de baile. A partir de este momento empieza el desmelene total. Arreglados todos con un nuevo obsequio de los contrayentes, un elegante foulard blanco, por si acaso nos entra frío, y acompañados por una banda sonora acertada en todas y cada una de las canciones, pasamos la noche bailando, cantando y disfrutando, sin límites de edad, sin problemas de relación, disfrutando como niños pequeños de esta boda que va a dejar un recuerdo imborrable en todos y cada uno de nosotros. Admiramos los juegos de luces que van iluminando las rocas y el altar, que va pasando de un azul a un violeta, fundiendo el increíble paisaje en un escenario tan acogedor y mágico que solamente recordarlo ya embriaga. Pero la noche aún nos depara la última sorpresa insuperable: después de la canción que Santy dedicó a Sandra a la hora del aperitivo, mi prima nos sorprende a todos, y sobre todo a su ya marido, con un videoclip de lo más original: el “Words don’t come easy” con ella misma de protagonista. Ya lo digo, original, bien hecho, profesional, y con Santy temblando y con ganas de coger a su recién estrenada mujer e irse a casa corriendo.

La mayoría de los comentarios apuntan en la misma dirección: “ha sido la mejor boda de mi vida”. Esperemos que lo haya sido para Sandra y Santy, que realmente se lo merecen. Sorry, corrijo lo último, sabemos a ciencia cierta que ha sido la mejor boda para ellos. Como para nosotros. Gracias Sandra. Gracias Santy. Si os volvéis a casar (esto lo digo por un amigo común que tenemos Sandra y yo y que se ha casado 3 veces con la misma mujer) o celebráis aniversarios pensad en mí. No me lo perdería por nada del mundo. Y este mágico y entrañable cuento acaba con todo el mundo reunido en medio de la pista, saltando y botando al ritmo de una canción que hasta ahora no me gustaba, pero que nos ha acompañado durante estos 2 o 3 mágicos días en esta isla que ahora sí que he aprendido a querer, canción que por tanto no podré dejar de tararear durante mucho, mucho tiempo…

I’ve gotta feeling...

That tonight's gonna be a good night...

Tonight's the night

Let's live it up...

I got my money

Let's spend it up

Go out and smash it

Like Oh My God

Jump off that sofa

Let's get get OFF

I hasn't been just a good night, it has been the BEST night.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Silencio forzado

Llevo casi 2 meses sin escribir nada en mi blog. Los que me conocéis sabéis que me he tenido que dedicar a otras tareas.
Ahora estoy a punto de volver a iniciar un tramo del Camino de Santiago, en este Año Santo, y seguro que a la vuelta las palabras volverán a fluir.

¡ Ultreia et Suseia !


martes, 9 de marzo de 2010

¿RCDE, funeral for a friend?

Que nadie se asuste. Que yo sepa y gracias a Dios, no ha fallecido ningún amigo. Es algo más simbólico, hablo de ese amigo al que solemos o solíamos cantar todos juntos, llamado Español.

Reina en nuestro querido Club un ambiente de funeral. Hay mal ambiente en el Club y fuera del Club, en la grada y fuera de la grada, en las peñas y fuera de las peñas, en los Ultras y fuera de los Ultras. Un cúmulo de sucesos, como por ejemplo las múltiples y pésimas gestiones de la directiva, en especial con nuestro querido y emblemático Tamudo, los fichajes desastrosos, el poco respeto hacia la cantera y el trabajo de sus responsables, las continuas y obsesivas persecuciones de la bandera Española, los traspasos gratuitos que se convierten en pérdidas millonarias y demás hechos acaecidos en estos últimos tiempos, están llevado a la desesperación a más de uno. Flota en el aire la temida frase “Todo tiene un final, todo termina”.

Y eso que los socios y seguidores de este simple, familiar y modesto club de fútbol llamado Real Club Deportivo Español, somos personas hechas a prueba de bombas, que las hemos pasado canutas en muchos momentos de nuestra centenaria historia, pero que siempre hemos resurgido, unidos, alegres, confiados y optimistas.
Y aunque últimamente alguno se obstine en eliminar la eñe de nuestro nombre, o se obceque en reducirlo a unas siglas políticamente correctas, RCDE, que pueden significar cualquier cosa, como por ejemplo “Realmente Cansado De Esto”, sinceramente creo, o más bien de todo corazón espero, que las aguas vuelvan a su cauce.

Hay capital humano suficiente, hay personas sensatas dispuestas a seguir la lucha y hasta nacen nuevas peñas y plataformas para recuperar lo que nos están robando, la ilusión y la humildad de ser un equipo modesto entre los grandes.

Y no dudo ni un instante que todo volverá a su justo sitio. No hay fuerza capaz de borrar de un plumazo 100+ años de historia cargada de ilusión, emotividad y de personas bien dispuestas a luchar.

Nos corresponde este puesto, y orgullosos de ello hemos de estar. Y no podemos escaparnos. Es nuestro sino. Igual que hemos nacido en una ciudad, nos hemos criado en el seno de una familia, hemos ido a determinado colegio, igual que todo esto también hemos sido del Real Club Deportivo Español desde nuestra infancia y en muchos casos desde nuestro nacimiento. Podremos apartarnos, verlo desde el burladero, seguirlo por la prensa, pero no por ello dejaremos de ser uno más de los empecinados seguidores blanquiazules. Sino que se lo cuenten a la nueva sección de los Anisados.

Contra viento y marea, como rezaba la mítica pancarta.

lunes, 22 de febrero de 2010

Carisma frente a soberbia

La soberbia es para los creyentes (cristianos) y según la definición generalizada, el peor de los pecados capitales. Todo mal comienza ahí, en el momento en el que Lucifer quiere igualarse a Dios. A renglón seguido van apareciendo los demás pecados capitales, que por si acaso siempre va bien recordar: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira y la envidia. No voy a dármelas ahora de filósofo ni entraré en discusiones eternas sobre la soberbia como sinónimo de orgullo y su valoración positiva en otras corrientes filosóficas (Nietzsche por ejemplo). Hablo de la soberbia como mal endémico del ser humano.

Cualquier proyecto en común corre innumerables riesgos de fracasar. Por falta de planificación, por indefinición, es decir, por carecer de un objetivo claro, por ser similar a otros proyectos ya existentes y quedar así diluido en la nada, pero, sobre todo, por la falta de un liderazgo carismático. No me refiero a la necesidad de que exista una única persona, claramente identificada y notoria, como condición “sine qua non “para que un proyecto triunfe, sino a la falta de carisma general que pueda hacer de contrapeso a la soberbia particular de personas que participan en el proyecto en concreto.

Sabemos de sobras lo difícil que es no caer en la soberbia (y en los demás pecados capitales). Porque a casi todos nos llega el momento en la vida en el que nos creemos poseedores de la verdad absoluta. Perdemos el norte creyendo que no hay nada ni nadie que nos pueda enseñar nada nuevo. Nadie nos puede hacer sombra, porque dentro de nuestro círculo íntimo, sea lo reducido o amplio que sea, hemos triunfado, hemos conseguido rodearnos de medianías o de acólitos, de personas que no nos discuten ni una coma de lo que decimos, que asienten cual ovejas atontadas a todo lo que decimos sin un atisbo de crítica. Y somos felices. Creemos que hemos triunfado porque nos hemos creado un grupo a nuestra medida. Hemos caído en la soberbia absoluta. Porque nos arrogamos nosotros mismos unos valores y unos triunfos que en el fondo solamente nos devuelve el espejo de nuestro propio ego, pero que no tienen su equivalencia en el valor real que tenemos dentro de la sociedad en la que nos movemos.

Lo que realmente valemos o podemos aportar a nuestros proyectos, a nuestro entorno, a nuestro trabajo, a nuestra lucha política o a cualquier otra actividad idealista y reivindicativa, no lo decidimos ni valoramos nosotros mismos delante de un espejito mágico que siempre nos devolverá aquello que nosotros queremos ver, al más guapo del barrio.

Lo que realmente valemos y aportamos al proyecto en común vendrá avalado por el carisma que tengamos. Por el magnetismo de nuestra personalidad que nos permita eliminar los “egos” soberbios de otros miembros del proyecto común mediante argumentos, actitudes ejemplares y un liderazgo basado en la ilusión, el conocimiento y el saber hacer, y todo ello desde la máxima humildad.

Si somos personas asociativas, si realmente tenemos ideales y participamos en proyectos de futuro junto a otras personas, dejemos de lado de una santa vez el YO en mayúsculas reflejado por el querido espejo y usemos el que nos otorgue el grupo como resultado de nuestro buen hacer por el proyecto en común.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Unplugged

Así es como denominan en el mundo anglosajón a los conciertos “acústicos”, literalmente “desenchufados”. Tampoco es nada nuevo, ya que es algo que siempre hemos vivido, desde jóvenes, teniendo en cuenta que en la mayoría de los casos nadie disponía entonces (ni dispone ahora) de la infraestructura necesaria en su casa para poder realizar conciertos “enchufados”, es decir, con micrófonos, amplificadores y altavoces. Y de estos conciertos, o encuentros con los amigos guitarra en mano, es de los que quiero hablar.

Tanto en Alemania como en los demás países del Norte de Europa es muy típico reunirse alrededor de un fuego, en casa de amigos o en locales públicos, para compartir un rato tocando cada uno un instrumento y cantando canciones conocidas por todos. Los anglosajones lo suelen llamar un “singalong”, que según el diccionario de la Universidad de Princeton se podría traducir como “un grupo informal cantando canciones populares”, aunque me gusta más aún la definición de la versión inglesa de la Wikipedia, que lo especifica como “cantar en grupo o en fiestas de forma menos formal que en un coro, pudiendo usar un cancionero. Los géneros que se suelen cantar son canciones patrióticas, himnos y “drinking songs”. Esto último seguro que a muchos lectores les sonará mucho, porque a pesar de no ser anglosajones la tradición española también contempla el canto en común de canciones de “beber”. Pues no vayamos a creer ahora que esto de cantar en grupo lo han inventado ellos, los bárbaros del Norte. Sin ir más lejos en nuestra querida España tenemos la secular tradición de la Tuna, que a pesar de tener un origen etimológico poco “correcto”, dado que proviene de la despectiva palabra tunante” (según la RAE un pícaro o bribón), es una tradición muy española que nos emociona a muchos, cuyas canciones seguimos con fervor y que es parte de nuestro patrimonio nacional, cultural y espiritual.

¿Y a qué viene todo esto? Pues resulta que el fin de semana pasado participé en 2 “singalongs” improvisados, uno en casa de mi prima y otro durante una calçotada (tradición catalana en la que se degustan cebolletas del tipo “Blanca Tardana de Lérida” a mansalva como excusa para poder beber) en casa de un amigo. En ambos casos la diversión fue máxima, y teniendo en cuenta que ni canto bien ni soy un as con la guitarra esto dice mucho a favor de estos eventos. Es una pena que la gente joven esté perdiendo esta afición, porque la creatividad musical y la unión que genera el compartir la música en general es un valor que debería preservarse para las futuras generaciones. Pocas cosas hay que hagan aflorar los buenos sentimientos como lo hace la música, y si encima puedes sentirte partícipe de ella, si puedes cantar o tocar un instrumento, aunque sea el bombo, seguro que sentirás emociones que de otra forma no puedes conseguir. Siempre he pensado que al sistema educativo español le falta incidir un poco más en las asignaturas de música (aquí hablo de oídas, realmente desconozco hasta dónde se llega hoy en día con la educación musical en la formación elemental), algo que si sucede por ejemplo en la educación germana, en la que todos los alumnos aprenden a tocar un instrumento, bien o mal, aparte de adquirir nociones básicas de solfeo y de historia de la música.

Promovamos pues el canto y la música en unión con los amigos, sin verlo como una cosa antigua o trasnochada, porque no hay nada mejor que acompañar el beber con la compañía y las canciones apropiadas.

jueves, 21 de enero de 2010

Goodbye Danin!

Al igual que sucede en la película cuyo título he fusilado, parece que nuestra actual directiva nos quiera hacer creer que vivimos en otros tiempos. Pero nosotros no somos la señora Christiane que ha salido del coma y a la que hay que engañar haciendo ver que seguimos en el pasado “glorioso”, nosotros estamos bien despiertos y sabemos que los viejos éxitos de nuestro actual presidente ya no son válidos para justificar el desaguisado que se está montando últimamente con nuestro querido RCD Español. Las Copas del Rey ganadas y la brillante participación en la Copa de la UEFA del 2006/2007 no son crédito suficiente para destrozar nuestra historia centenaria con continuas actuaciones que lo único que aportan es desprestigio a nuestra hasta ahora, y durante 109 años, muy respetada institución. No hace falta que os nombre todas las humillaciones que hemos sufrido en los últimos tiempos los socios del Español, empezando por la catalanización forzada de una masa social ajena y hasta contraria a estas iniciativas, pasando por la suscripción por parte de nuestro presidente de un editorial común de la prensa en defensa del Estatuto, la presencia de esteladas en actos del equipo, la persecución de banderas de España en nuestro estadio, la continua y sistemática persecución de la hinchada más animosa y fiel de España por los servicios de la STASI bajo el mando del Sr. Boticario, el último episodio con un trato intimidador y represor hacia una afición rival educada y amiga como es y siempre ha sido la de Santa Coloma, hasta la última bomba de los trapicheos, para llamarlos suavemente, de nuestros mandatarios ocultando dinero al fisco e imputados por el juez Baltasar Garzón en la operación Pretoria; repito, no hace falta todo esto para pedir de voz en grito, con todas nuestras fuerzas, que nos unamos de una santa vez y echemos a estos déspotas del Club. No queremos a estos personajillos que utilizan nuestro nombre y nuestros sentimientos para enriquecerse o promocionarse particularmente. Que hablan, roban, defraudan y engañan en nombre del Real Club Deportivo Español, sin haber consultado ni una vez a la masa social sobre sus opiniones reales, y encima cobrando un más que buen sueldo por ello. Pensad que hoy en día ya hay muchos jóvenes que dudan entre ser Controlador Aéreo o empleado del Español. Con esto está todo dicho. Queremos volver a ser un equipo orgulloso de su nombre, de sus jugadores, de su historia, de sus colores, de su presidente y de todos y cada uno de sus empleados. Como era antes. Y como tiene que volver a ser. Cambiemos la historia de verdad, y no la maquillemos como en la película que da pie al título, en la que unos hijos bien intencionados intentaban ocultar la realidad a su madre para no hacerle daño. Los tiempos de Dani y su cuadrilla han pasado, pasemos página y recuperemos el orgullo de ser seguidor, socio y accionista del Real Club Deportivo Español. ¡Dani, vete ya! Goodbye Danin. Que te vaya bonito, pero en otro sitio.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ya pasó la Navidad, y tantas otras cosas

Me pongo a buscar en mi blog un artículo sobre la Navidad que escribí hace un tiempo,y grande es mi sorpresa al ver que ya han pasado 4 años. Aún no tengo muy claro por qué en la vida de una persona hay épocas en las que pasa todo deprisa, muy deprisa, y en cambio en otras ocasiones pasamos por tramos en los que todo se eterniza. Supongo que se deberá, como casi todo, a nuestra propia psique, a nuestro cerebro que procesa todos y cada uno de los estímulos externos que asimilamos con nuestros 5 sentidos (¿O son más?), los mezcla y produce la foto final de cada momento de nuestra vida. Si nuestra mente está en un estado de constante búsqueda, de intranquilidad, el tiempo pasa volando y los años van cayendo cual mensajes navideños por SMS que llegan a tu móvil y que en muchos casos ya ni lees. Me imagino que en un estado de placer general, de calma, de recogimiento, el presente debe de adquirir otro valor, la dimensión temporal será tratada de otra forma por nuestras miles de neuronas conectadas por infinitos circuitos y los hechos de la vida pasarán con mayor calma y profundidad por nuestra mente. Pero por desgracia no me encuentro en dicha situación de calma, todo pasa de largo con una velocidad pasmosa, como si un viento huracanado quisiera adelantar a mi propio envejecimiento para llegar a la meta antes de tiempo. Y eso que, como la mayoría de mis lectores ya sabéis, cada año “peregrino” por alguno de los caminos que llevan a Santiago intentando aplicarme a mí mismo el ideal del caminante, el que dice que lo importante no es llegar a la meta sino el “camino” en sí. Supongo que será así, que la vida no debería basarse en una búsqueda continua y desesperada de algo, de un premio final, sino que debería ser un constante disfrutar del momento. Algo sumamente difícil. Criados desde pequeños en la eterna insatisfacción, en el consumismo, guiados por celos y envidias, poco margen damos a nuestro cerebro para que envíe las señales de calma y felicidad al resto de nuestro organismo. Cuanta sana envidia tengo de personas que son capaces de encontrar la tranquilidad y la felicidad a base de recogimiento, ya sea filosofando o dándole a la oración. Cual ermitaño o monje que disfruta de todos y cada uno de los segundos de su existencia sin que un ansia interna le lleve a querer adelantar a su propia vida por el carril de la izquierda, sin uso de intermitente y sin echar una mirada al retrovisor. Probemos pues, en este año nuevo que ya se aproxima, a disfrutar del momento, sin mirar más allá, sin hacer caso al reloj, sin soñar estúpidamente con metas inalcanzables o hechos que jamás se producirán. Intentemos vivir. Si nos dejan.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Con Peter Pan por el norte de España

Si partimos de la base que después de la maduración el siguiente estado es irremediablemente la caducidad, prefiero quedarme como estoy. Claro que el otro lado de la moneda sería decir que no aprenderé jamás, que siempre me dejo llevar por sueños infantiles e ilusiones desbordadas que en pocas ocasiones acaban convirtiéndose en realidad, pero esto ya lo tengo asumido desde hace mucho tiempo.

Viene a cuento todo esto por mi reciente viaje a tierras del norte, a las vascongadas. Me planté el viernes pasado en Irún a bote pronto, sin avisar a ninguna de las personas que pretendía visitar. Me había montado mi película yo solo, después de haber conocido a un grupo de personas muy simpáticas y entrañables durante el Camino de Santiago de este año. Sin tener suficiente con haber compartido una semana de camino, de penurias, de albergues, de risas y de llantos, mi corazón, mi mente o quizás mi cuerpo, me pedían más. No aceptaba, como niño que sigo siendo, que toda la magia pudiera desaparecer de un día al otro, con el toque de silbato del tren o la bocina del autocar que me traía de vuelta a casa. El eterno Peter Pan. Sabedor de antemano que todo podía acabar en una gran desilusión cargue el coche con unos cuantos CDs apropiados, léase unos lentos para la posible melancolía y alguno animado para no dormirme y carretera y manta. El viaje me fue de maravilla, sin contratiempos, y disfrutando de bellísimos paisajes me planté en una humilde pero céntrica pensión de Irún a las 4 de la tarde del viernes. Como estaba escrito, la chica que me había robado la tranquilidad y llevado a desafiar el aguante de los 19 años de mi coche, tenía otros planes. Ni iba a poder verla esa noche ni se mostraba muy emocionada porque hubiese aparecido por ahí. En el fondo era normal, pero cuando eres un soñador siempre te queda esa pequeña esperanza que la persona contraria sienta o piense algo similar a lo que sientes tú. Pero no me amilané. Gracias a Dios tenía algún contacto más en esta ciudad fronteriza, aparte de algún que otro paraje que quería visitar para recordar un viaje realizado con toda mi familia en el año 1976. Ha llovido bastante desde entonces, pero parece que nada ha cambiado. Aún conservo alguna fotografía amarillenta de aquel viaje, mal pegada en un álbum de fotos usando aquellas antiguas esquinas autoadhesivas que eran la último en modernidad por esa época, con un comentario escrito debajo “paisaje de camino hacia las vascongadas…”. Sorprendente que por aquel entonces, con 13 tiernos añitos que tenía, ya me dedicaba a comentar las fotos. Que poco he cambiado. Aproveché pues la tarde para visitar el propio Irún y Biarritz, en Francia, y a media tarde quedé con un amigo de Barcelona que lleva ya un tiempo viviendo en esta bonita villa guipuzcoana. Me recibieron tanto él como su novia con una simpatía arrolladora, y eso que con ella no tenía mucho “feeling” después de habernos visto un par de veces en Barcelona. En el bar de su propiedad me lo pasé de muerte, me acogieron como a uno más de la pandilla y la posterior gira de “potes” y pinchos (más de los primeros que de los sólidos), con visita sorpresa a la otra amiga del Camino que estaba trabajando en su Pub, fue digna de recordar. Gente abierta y simpática en todos lados, entorno clásico de las pequeñas ciudades, es decir, todo el mundo en la calle, todos los bares a rebosar, y un ambiente alegre y colorido que me hizo olvidar mi decepción inicial por unas horas.


Al día siguiente, con la lógica y buscada resaca, comimos en el propio Irún para luego visitar Fuenterrabia, un sitio digno de ser visitado una o mil veces por la belleza de su costa, su impresionante casco antiguo amurallado y las vistas sobre la impresionante bahía compartida con los malditos gabachos (que bonita sería Francia sin ellos); rematamos la excursión con una cervecita en el bar al lado del antiguo faro que corona el término municipal. A la vuelta conseguí ver por fin al objeto de mis sueños, y los pocos minutos que estuvimos juntos compensaron con creces el viaje y el infantil impulso que me llevó a cruzar media España sabedor que iba directamente al matadero de las ilusiones. La noche fue un calco de la anterior, tanto en lo bueno (la grata compañía que tuve en todo momento a mi lado) como en lo malo (los pocos minutos que pude ver a Laurita y Susana, las 2 chicas que había conocido en el Camino.


Volveré, eso lo tengo claro. No pienso madurar, y menos ahora que he llegado a un punto en mi vida en el que ya solamente hago aquello que de verdad deseo, sin darle vueltas al “por qué”, al “que pasará”, al “cuidado que sufrirás” o a las posibles consecuencias. Tampoco hago nada malo. Me encariño, me entrego y sigo los dictados de mi corazón. Y en el siguiente pronto que me dé incluiré Zarautz en la visita. Ahí queda la tercera “brujita” que falta por visitar. O una aldea gallega. Que hay un diablillo suelto por ahí que también hay que volver a ver.


Gracias a Pazos y Rosi por la acogida, a Lauri por el gran librito que ha montado con las fotos y a Susana por haber sido el acicate que me ha permitido conocer Irún.


sábado, 10 de octubre de 2009

Buenas noches amigos

Solamente es la traducción de una canción en alemán.., pero hago mía su letra...

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Gracias por los días y las noches
Que he pasado bajo vuestro techo
Por cada vaso que bebí y cada plato que pusisteis al lado de los vuestros,
como si no hubiera nada más normal en el mundo.

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Gracias por el tiempo que pasamos charlando
Por vuestra paciencia cuando existía más de una opinión
Por no preguntar nunca cuando voy o cuando vengo
Por la puerta siempre abierta en la que ahora estoy

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Por la libertad que habita siempre como invitada en vuestra casa
Por no preguntar nunca lo que aporta o si vale la pena
Igual es por eso que desde fuera parece que en vuestras ventanas la luz brilla con más calor

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Versión original de Reinhard Mey:

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im stehen.

Für den Tag, für die Nacht unter eurem Dach habt Dank, für den Platz an eurem Tisch, für jedes Glas, das ich trank, für den Teller, den ihr mir zu den euren stellt, als sei selbstverständlicher nichts auf der Welt.


Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.

Habt Dank für die Zeit, die ich mit euch ver-plaudert hab
und für eure Geduld, wenn's mehr als eine Meinung gab,
dafür, daß ihr nie fragt, wann ich komm oder geh, für die stets offene Tür, in der ich jetzt steh.

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.

Für die Freiheit, die als steter Gast bei euch wohnt, habt Dank, daß ihr nie fragt, was es bringt, ob es lohnt, vielleicht liegt es daran, daß man von draußen meint, daß in euren Fenstern das Licht wärmer scheint.

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Tocar el cielo

Sorprendido estaba él. Y con una felicidad en el cuerpo que hacía años que no recordaba. De golpe su vida parecía encaminarse hacia una normalidad absoluta. Estabilidad laboral, estabilidad emocional, amistades sinceras, retorno de amigos que por diversas razones habían estado fuera de la ciudad durante un tiempo, un nuevo estadio para su equipo del alma, en fin, esos detalles que hacen feliz a cualquier persona.
Los síntomas eran los mismos, los sudores, los nervios, la emoción, se repetían en un orden parecido al de otras ocasiones. Ya muy lejanas, eso sí, pero presentes en su corazón. La música volvió a cobrar su sentido original, que es acompañar a las personas en los momentos alegres o tristes, los libros de recetas para preparar alguna cena romántica volvieron a su sitio natural, que es la cocina y no un cajón perdido del armario y la guitarra que estaba abandonada en un rincón volvió a sonar con las canciones de siempre. Aparecieron los álbumes de fotos, los planes de excursiones, de viajes, de conciertos, de una vida tranquila y sosegada disfrutando de las cosas buenas que nos brinda este mundo tan duro y complejo.
Por desgracia volvió a echar las campanas al vuelo. No era la primera vez en su vida que pasaba por una situación similar y recordando anteriores experiencias intentó abstraerse un poco de la excesiva ilusión. Misión imposible. No era la primera ocasión (aunque igual si la última, por aquello de que la edad no perdona) en la que creía haber tocado el cielo, y como ser humano que siempre vuelve a tropezar en la misma piedra, se estampó contra la pared. Contra esa oscura pared que siempre aparece delante de uno cuando cree haber llegado al destino soñado.
De golpe las amistades ya no lo eran tanto, en el fondo cada uno seguía yendo a la suya, la alegre inauguración del nuevo estadio se nubló con la muerte del joven capitán del equipo, y el amor que creía haber encontrado de golpe se tornaba extraño, duro, muy diferente a lo que le habían vendido en la tienda de sus ilusiones. Igual era amor, pero tan opuesto a lo que conocía que le costaba mucho entenderlo. Y recordó un pequeño y simple poema que escribió 5 años atrás, la última vez que creyó tocar el cielo y en la que acabó a las puertas del infierno, sentado en un rincón, solo, triste y sin ganas de seguir viviendo.
Tiempo al tiempo, que todo llega,
y por cada mácula oscura
Que algún día fue una emoción
Otra vivencia penetrará
Con aire fresco y a toda vela
Para traernos una nueva ilusión
¿Era esto lo que se merecía en su vida? ¿No tenía derecho a un poquito de alegría y de paz?
¿Qué diantres tenía que hacer para dejar de sufrir, no ya para tocar el cielo sino para quedarse con un trozo, aunque fuera pequeño?
Quien lo sabe. Siguió su camino. Como siempre. Soñando. Esperando que al siguiente despertar las nubes le dejaran ver un poco de luz en lo alto. Eso no se lo quitaría nadie; soñar. Poca cosa para la mayoría de las personas que ya solo creen en los valores materiales y en el consumo sin freno de la despensa de la vida. Pero suficiente para él. ¡Qué remedio!

martes, 18 de agosto de 2009

Caminos

Después de un verano tan intenso, teniendo en cuenta que solamente me he permitido 3 días de vacaciones, la cabeza me estalla. Doy vueltas y más vueltas a las múltiples, alegres, tristes y hasta surrealistas escenas vividas estas últimas semanas y conforme pienso cada vez me encuentro más perdido. Los argumentos que usaría cualquier amigo para hacerme ver que la vida es mucho más simple de lo que parece caerán en saco roto. Uno es como es, como ha crecido y se ha formado y pocas características de las personas pueden cambiar de la noche a la mañana, menos aún cuando ya tienes una cierta edad y tu carácter se forjado de una manera determinada.
Hay personas curtidas, duras, a las que parece que nada les afecte. Viven en un mundo frío, materialista, buscando el placer inmediato, encerrándose a continuación en su castillo de piedra infranqueable a cualquier acercamiento. Difícil es encontrar el camino correcto para acceder a dicha fortaleza. Algo cerrado a cal y canto no se abre a la fuerza. Si se intenta, revienta. Pero si no lo intentas abrir, revientas tu mismo. Aquí está el quid de la cuestión.
Luego estamos los soñadores. Los que a pesar de todo seguimos teniendo fe. Fe en los amigos, en el destino, en la ilusión, en los sueños, en el amor con esa definición tan bonita de “dar sin esperar recibir”. Los que somos capaces de consolar a unos niños que están llorando la muerte de nuestro capitán (Dani Jarque DEP) explicándoles que el camino sigue, que los recuerdos perdurarán, que la vida tiene sus desgracias pero que siempre hay que mirar hacia adelante, mientras por dentro nosotros mismos estamos destrozados. Los que se sobreponen a sus propios sentimientos intentando aliviar el mal ajeno. A muchos les sonará cursi, pero no por ello deja de ser una verdad aplastante. ¿Quién no se ha sentido feliz de verdad haciendo sonreír a un niño, o a un amigo, o a un amante; quien no disfruta ayudando a una persona necesitada? (Bueno, aquí igual me paso un poco, porque también existen “bestias” en el mundo, que no sienten nada más que ganas de comer, dormir, defecar, copular y poco más. Suerte que no conozco a muchos así, ni ganas que tengo.."Mala gente que camina y va apestando la tierra...")
Caminos, como titulo este comentario, los hay muchos. Y todos tienen en común una cosa: no permiten regresar. Varias veces he comentado ya temas similares: si lo analizas bien ni pasado ni presente existen: cualquier hecho, situación, mirada, grito, palabra, cualquier sentimiento, placer, odio, malestar o alegría, tal cual sucede desaparece. Y solamente te queda la senda, abierta de par en par, para que sigas avanzando. Y ese avance, ese camino que es la vida, es imparable. De nada sirve echar la vista atrás, como bien decía nuestro poeta, y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar. A caminar, amigos, a caminar
He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas,
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adonde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra.

(Antonio Machado)

lunes, 10 de agosto de 2009

21 lágrimas

Ayer nos reunimos todos en el nuevo estadio del Real Club Deportivo Español. Por una vez la razón no era un simple y lúdico partido de fútbol, sino el homenaje a un jugador, nuestro capitán, fallecido a destiempo, en un lugar lejano, unido en el instante de su muerte a su mujer y su futuro hijo por un simple y absurdo hilo telefónico, en la plenitud de su vida, con perspectivas de futuro inmejorables y toda la gloria por conquistar.
Y ahí, en ese nuevo estadio que acabamos de estrenar, que aún nos es extraño a todos, que no conocemos, que por el momento no nos provoca emociones porque carecemos de recuerdos de momentos inolvidables vividos en él, ahí, en Cornellá-el Prat, como lo siguen llamando, o en el Nou Sarriá, como nos gustaría a muchos que se llamara, nos juntamos decenas, cientos, miles de seguidores del Español para darle el último adiós a un chico joven que por desgracia no verá crecer a su vástago ni disfrutará de todo lo bonito que la vida le deparaba.
Y ese último adiós se bañó en lágrimas. Como tiene que ser. Los seres humanos lloramos, en mayor o menor medida, y lo hacemos por dolor, por alegría o por tristeza. Ayer tocaba tristeza. Y tocaba llorar.
Existen personas de lloro fácil, que por cualquier banalidad dejan escapar unas lágrimas y que, en casos más serios, se derrumban sin contención posible echando por los ojos sus sentimientos de rabia, dolor o tristeza.
También existen personas más templadas, que han sufrido lo suficiente en su vida para no llorar a la primera ocasión, personas que sienten y sufren igual que los demás pero que no expresan sus emociones de la misma forma que las anteriores. Personas curtidas en sufrimientos, personas que han perdido a familiares, que han sufrido maltratos o que han vivido tales decepciones en la vida que el recuerdo de estas les impide llorar a rienda suelta a la primera ocasión.
Finalmente tenemos a los duros. Personas que no lloran ni llorarán jamás. Están de vuelta de todo. Han perdido la fe y la esperanza. Ya no creen en nada porque las han visto de todos los colores. El dolor y la tristeza ya no consiguen arrancarles ni una simple lágrima, quedándose atascados los sentimientos en su interior, mordiendo sus entrañas sin que nadie se percate, a veces ni ellos mismos, de lo que están sintiendo. Podemos llamarles pragmáticos, o consecuentes, o realistas, o fríos, o escépticos.
Pues ayer estaban todos ahí: los del lloro fácil, que si ya se derrumban viendo un gol en el último minuto imaginaros como estaban ayer. Los templados, que al saber que en la vida existen dramas a mansalva, lloraron lo justo y necesario que les permite su idiosincrasia. Y los duros, que paseaban entre banderas, velas, lloriqueos y abrazos sin soltar ni una sola gota. Sufrirían igual, me imagino, que los demás, pero no se les notaba.
A, se me olvidaba, también estábamos nosotros. Los que lloramos porque queremos, porque somos pericos. Los que hemos compartido tantas emociones que con ver un álbum de fotografías de algún desplazamiento ya empezamos a sentir un cosquilleo. Los que nos encontramos a ex jugadores de nuestro equipo y nos parece que hayan juntado Navidad, Reyes y nuestro cumpleaños. Los que subimos por la antigua carretera de Sarriá y giramos la vista a la izquierda al llegar a la altura de nuestro anterior campo para no llorar o maldecir a alguien. Los que oímos la palabra Leverkusen y nos cagamos en la madre de todas las madres. Los que llevamos en nuestro equipaje algún playmobil blanquiazul u otro gadget que no conseguimos perder de ninguna manera, y mira que perdemos cosas. Los que gritaremos Dani, Dani, igual que antes gritamos Guijarro, o Mauri, o Canito, o muchos otros nombres. Los que lloramos por alegría y por pena al mismo tiempo. Los que no tenemos nada que esconder. Los que odiamos al Barza y lloramos de alegría cuando pierde. Los que nos sentimos unidos desde hace años, generaciones en muchos casos, por algo tan simple como una afición deportiva. Los que amamos al Real Club Deportivo Español. Y a sus jugadores, a su historia y su bandera. Y a sus ex-jugadores fallecidos.
Y a Dani Jarque. Caigan por él las 21 lágrimas de hoy.

jueves, 16 de julio de 2009

La travesía

Desde que yo era muy pequeño, toda mi familia y yo nos embarcábamos hacia principios de Septiembre en un barco llamado “El Español”. Era un barco familiar, ni demasiado grande ni demasiado pequeño, en el cual año tras año se producía el reencuentro con muchísima gente que tenía la misma afición. Atrás quedaban los meses de soledad en tierra, adormilados por el sol y el tedio del estío, cansados de los familiares pesados, de la arena en todos las rendijas de la casa y de nuestros cuerpos, de los bocadillos pringados en la playa saturada de personas desconocidas, de las colas en los chiringuitos, de la sangría poco cargada, de las camisetas sin mangas de los lolailos de otros barcos odiados y hartos de nunca conseguir llegar a tiempo a por la pelota de Nivea que tiraban año tras año desde avionetas o helicópteros. Gracias a Dios estos meses pasaban volando, y el gran día de la travesía se solía preparar con más de un mes antelación en un encuentro entre barcos amigos, que tenían nombres históricos o mitológicos como Júpiter, San Andrés, Europa . Atracaban ese día en el protegido puerto de Sarriá estos pequeños barquitos, con sus simpáticas tripulaciones autóctonas, y junto a nuestro bajel surcaban las aguas de ese mar tan nuestro que a las pocas semanas se nos abriría de par en par para nuestra travesía anual. Se limpiaban las cubiertas, se presentaba el nuevo mascarón de proa, que junto a nuestros colores blanco y azul siempre nos deparaba alguna sorpresa, se ajustaba el aparejo, se presentaba la nueva tripulación, y al finalizar se inscribía en el cuaderno de bitácora el nombre del barquito mejor preparado y engalanado. Aún en tierra disfrutábamos de bandas y majorettes, cánticos y desfiles, y con la misma ilusión de cada año nos preparábamos para la gran travesía. El capitán de nuestro velero pronunciaba un discurso lleno de esperanza, y nos emplazaba a todos a luchar contra los elementos, unidos, para compartir un viaje lleno de aventuras y desventuras, con el común objetivo de llegar a buen puerto, sanos y salvos, y poder seguir así con nuestra tradición anual.
Nos importaba poco la velocidad de nuestra embarcación, el oleaje producido por los adelantamientos de los grandiosos buques de otras aficiones, los siniestros ataques nocturnos de las tripulaciones enemigas para secuestrar a nuestros mejores marinos o el continuo embarrancar en las diferentes playas que enfilábamos a lo largo de nuestra travesía. Siempre salíamos a flote; la unión entre la tripulación, los oficiales, el capitán y nosotros, los pasajeros, era natural, forjada en años de convivencia, de sentimientos comunes, de amor por nuestro pequeño barquito en el cual todo el mundo remaba en la misma dirección, sin protagonismos ni motines, sin intentos de imitar al resto de la flota pero si cuidando al máximo nuestro pequeño tesoro pintado de azul y blanco.Pero llegaron malos tiempos. La envidia de unos y la codicia de otros propiciaron que nuestro pequeño puerto de Sarriá, en el cual anclábamos nuestras anuales ilusiones, quedara destrozado en una tarde de tormenta tropical. Aún recuerdo los truenos que se llevaron por delante muelles, dársenas y esclusas. Boyas y balizas flotaban por el agua, y finalmente cayó el faro y con ello la ilusión de muchos, muchísimos años.
Aún riéndose de nosotros las demás aficiones desde lo alto de sus puentes de mando conseguimos rescatar a nuestro pequeño barquito, y nos lo echamos al hombro en busca de un nuevo puerto en el que anclar nuestros corazones y reparar aletas, alerones y brazolas. En estos momentos ya empezaron a producirse los primeros motines y deserciones. Amigos de toda la vida se rindieron ante la evidencia que nuestro barquito sin su puerto no era nada, que en el gran mar que teníamos por delante poco podríamos hacer. Aún así lo intentamos, encontramos un puerto nuevo, muy grande y frío para nosotros, y nos instalamos en sus tinglados para repasar nuestra querida embarcación y prepararla para los nuevos retos, aunque en nuestro interior seguíamos soñando con el pequeño y recogido puertecito de Sarria, con su calor familiar tan intenso que cada vez que lo oíamos nombrar se nos escapaba una lágrima por nuestras mejillas enrojecidas por la rabia y el dolor.
Fueron duros años de lucha contra los elementos. Año tras año y tormenta tras tormenta nuestro navío amenazaba con irse a pique, la tripulación cambiaba, los oficiales también, el capitán ya no era de la casa, de los de siempre, sino alguien desconocido que se subió por la borda en un momento de descuido, pero, a pesar de todo, resistimos. Fueron abandonando el barco muchos pasajeros de toda la vida, hartos de soñar con algo que no volvería, los oficiales se rebelaron, algunos abandonaron y cambiaron la mar por una isla solitaria en la cual contar su dinero, otros nuevos se subieron al bote para ver si podían integrarse en esta agrupación tan familiar, y poco a poco hasta el último pasajero perdió la esperanza de volver a navegar en su pequeño barquito partiendo del acogedor puertecito que durante tantos años fue nuestra casa.
Pero los milagros existen, y en una de las últimas etapas de la última travesía, cuando ya toda la madera del barco gemía como si fuera a reventar en mil pedazos, cuando ya ni las burdas podían mantener firmes los mástiles del “Español”, un vigía nos gritó desde lo alto del palo mayor: “Puerto a la vista”. Conforme avanzábamos empezamos a distinguir las letras que ondeaban a la entrada del puerto…, primero vimos que acababa en “á” y al unísono pensamos todos “mira, como Sarriá”. Sabíamos que no era nuestro pequeño puerto arrasado años atrás, pero la emoción que nos embargaba nos convertía en simples niños que creen en hadas, duendes y cuentos con final feliz. Como era de esperar, no se llamaba así, sino “Cornellà”, pero bueno, tenía un aire a lo que habíamos tenido antaño. Y de golpe nos sentimos de nuevo marinos, nos embriagó la ilusión de echarnos de nuevo a la mar, de luchar contra los elementos, de navegar en libertad, contra viento y marea, en nuestro querido “Español”, para volver a ser lo que habíamos sido siempre, una pequeña familia dispuesta a afrontar unida esta nueva travesía.

martes, 7 de julio de 2009

Una gran responsabilidad, un gran honor

Como podéis ver todos en el encabezamiento de mi discreto cuaderno de bitácora, llamado blog por culpa de la globalidad imperante, en la cual todo aquello que no se exprese en inglés parece anticuado o rancio (cuando nuestro común idioma es de los más ricos y vivos), incluyo el siguiente subtítulo “¡España ha sido, es y será, pero depende de nosotros!”. Esta frase no está ahí para hacer bonito ni para dármelas de filósofo, sino que viene a expresar un sentimiento que he compartido toda mi vida con amigos y camaradas. Hay algún otro artículo por ahí abajo en el que hago referencia a dicho sentimiento: las ganas de luchar por unos ideales, por nuestra patria común; la constancia en nuestra forma de ser, no solamente mía sino de la mayoría de mis conocidos, el concepto de la vida como una lucha persistente por defender algo mejor, por ayudar a alcanzar mayores cotas de justicia, de libertad, de gloria y de honor para esta nuestra gran patria llamada España.
Cada uno lucha a su manera. Unos en su trabajo, cumpliendo con sus obligaciones y ayudando a los demás a progresar en su vida, con su liderazgo, sus consejos y su ejemplo; otros en su vida familiar, dando amor y educación a sus hijos; algunos toreando contra viento y marea en Barcelona, como el incomparable diestro José Tomás volvió a hacer el domingo pasado en nuestra querida plaza de toros Monumental de Barcelona, y muchos otros militando en partidos políticos, agrupaciones culturales o equipos deportivos; sacrificando su tiempo libre en acciones de voluntariado, ayudando en su parroquia los domingos, o simplemente cuidando a sus familiares necesitados o prestando soporte económico a personas que realmente lo necesitan. Mil formas hay para ayudar a nuestra empresa común que se llama España, y, cómo no, otras miles de maneras existen de no hacer nada por ella. De estas segundas prefiero no hablar demasiado, acabaría insultando a los patriotas de fin de semana, a la España del fútbol y la borrachera (que muy bien conozco yo), de 20 enes folclóricos que acaban convertidos en una tira de fotos de un “feisbuc” o en un video subtitulado en el “youtube” , no, de estas no quiero hablar. Quiero simplemente nombrar a las otras maneras de querer a España, que “haberlas, haylas”. Escribir en un diario, sacrificarse como edil de un partido en un ayuntamiento de la profunda Cataluña, ser locutor en una radio perseguida y estigmatizada, cantar y editar discos patrióticos, diseñar camisetas sin otro afán que ver nuestra bandera luciendo sobre bellos cuerpos en nuestras playas o como crear este nuevo espacio digital para mantener viva una cabecera histórica como “El Alcázar”, que aunque ya tenga poco que ver con el diario fundado durante el histórico asedio al Alcázar de Toledo y el posterior periódico que se mantuvo en pie hasta 1987, y que bastantes de mis lectores jamás habrán llegado a leer, sigue siendo un nombre importante y honroso; todo esto son actos que ennoblecen, que demuestran que en España sigue habiendo corazones que laten al unísono, almas que no entienden la vida sin lucha, en definitiva, personas, seres humanos, que no estamos aquí en este mundo de paso para consumir, disfrutar, robar y menospreciar, sino que queremos dejar para la posteridad un mundo con valores, con honor, con cultura, con historia, un legado para otras generaciones que puedan disfrutar y enorgullecerse de llamarse Españoles. Como me enorgullezco yo de poder escribir mis pequeños artículos en este cuaderno y que encima aparezcan enlazados bajo una cabecera tan preciada como “El Alcázar”. Lo dicho, una gran responsabilidad, un gran honor.

martes, 23 de junio de 2009

Sexo, fútbol y redes sociales

Lleva días rondándome la cabeza esta expresión, parafraseando el título de una película (Sex, Lies and Videotape) en su momento exitosa pero que jamás conseguí ver hasta el final. Sinceramente ni me acuerdo del contenido, pero tampoco importa, el título me vale como introducción.
Con los años que llevo metido en el mundo de Internet por razones laborales he sido testigo privilegiado de la evolución tecnológica, que ha permitido convertir los laboratorios de un círculo cerrado de científicos privilegiados que eran capaces de comunicarse a distancia, en un inmenso parque de atracciones en el cual no te cobran entrada, en un gigante patio de recreo en el que tienes a tu disposición todos los juegos posibles y donde encima te permiten hablar el idioma que quieres, sin comisarios políticos persiguiéndote a la esquina en la que querías dar el primer beso a tu primera novia para obligarte a pedir un “petó” en vez de un beso.
No quiero hablar de todo aquello tan consabido del mundo de Internet, del acceso generalizado a la cultura (¿Mande?), de la libertad de ser quien quieres y no quién eres, de las facilidades que tienes para estudiar, buscar, contactar, soñar, pero también de engañar, suplantar, exagerar, ocultar o negar cualquier cosa gracias al anonimato que permiten por ejemplo las redes sociales, sino del buen uso que se le puede dar, en determinados momentos, a estas herramientas de comunicación inmediata y masiva.
Pongamos el ejemplo tan simple como puede ser un partido de fútbol de la selección española. Hace años se anunciaba en el diario, se transmitía por la primera cadena de televisión (tampoco tenías mucho más, igual podías ver al recientemente fallecido David Carradine haciendo Kung Fu en el UHF y poco más), y todos los ciudadanos de España disfrutaban del partido, que en muchos casos acababa en derrota y encima siempre era en blanco y negro. Hoy en día el proceso es muy diferente, los medios de comunicación te bombardean con el evento, la publicidad se sube al carro de los colores nacionales y las calles de los pueblos y ciudades de España se llenan de pantallas gigantes …., ay, perdón, y las calles de algunos pueblos y ciudades del estado español se llenan de pantallas para disfrutar en comunidad las victorias de nuestra selección, transmitida en alta resolución, con colores deslumbrantes, himnos pegadizos y alegría generalizada que como máximo desemboca en una historia de amor imposible o en una borrachera superable a base de descanso, espidifen y buenos alimentos.
En otros pueblos y ciudades de ese “estado” español no sucede lo mismo. Manipulada su historia por una minoría nacionalista dispuesta a renegar de sus propios orígenes españoles para mantenerse en el poder, atontados los ciudadanos con un sistema escolar que esconde la verdad, convierte leyendas en dogma, les quita su idioma y les convierte en puras marionetas adictas a la telebasura, las tetas de plástico y las pastillas del día después, los partidos de selección nacional se ocultan, se silencian. No hay pantallas, no hay plazas para compartir unos sentimientos, y si alguien lo intenta siempre aparece algún desgraciado, seguro cobrador de subvenciones del gobierno nacionalista para estudiar el complejo proceso reproductor del cabrito catalán de la Alta Ribagorça, y acaba con las ilusiones de grandes y pequeños quemando la pantalla y jodiendo la marrana.
Pero, o milagro, quedan reductos de personas normales, unas nacidas aquí y otras venidas de regiones vecinas, que se sienten tan españolas como las bellas cordobesas, las simpáticas vallisoletanas o las preciosas Aguileñas (Murcia). Y contactan a través de las redes sociales. Y localizan un punto de encuentro en el que podrán disfrutar juntas de un simple partido de fútbol. Tampoco es pedir mucho. Y lo ven. Y la selección gana. Y por unos momentos las risas, las chanzas, los cánticos y la alegría compartida de un montón de gente, conocidos por un lado y desconocidos hasta 90 minutos antes por el otro, el de las redes sociales, te hacen sentir bien, te producen sensaciones de unidad, de solidaridad, de amor a una historia, un idioma y un carácter común, te hacen andar erguido y orgulloso de ser español, de ver un partido de tu selección en tu ciudad natal, Barcelona, y de conocer a gente que vale la pena.
Que dure el sueño. Del sexo ya hablaremos otro día. O de la guitarra.