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jueves, 5 de febrero de 2026

Hasta pronto


 


A Laura

 

Redactar un panegírico nunca es fácil, embargado de tristeza, rabia y hasta desesperación. Pero sin duda es necesario. Para uno mismo, para los seres queridos, para descargar la pena en un folio en blanco humedecido por las imparables lágrimas, hoja que al rato acabará secándose, pasando a convertirse en una bella página llena de recuerdos de momentos compartidos, de risas y de alegría.

Y, sin duda, cualquier escrito de este tipo tirará de lugares comunes, de frases hechas. De dichos, refranes y aforismos. Para ello están: la sabiduría popular, la herencia de nuestros ancestros, lo que hemos oído decir a nuestros padres y abuelos, es lo que siempre reutilizamos para expresar un sentimiento o describir una situación. Como anteayer, día de San Blas, “en el que cigüeñas verás”. Aunque en nuestro caso no fueran cigüeñas, sino una bella águila imperial vigilándonos desde las alturas. Asegurándose de que cada brindis fuera por ella.

Conforme envejecemos, nuestra época de asistir a eventos de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) acaba y se abre paso la fase de vivir situaciones menos agradables, ya sean peleas, divorcios, accidentes, enfermedades o, por ley de vida, fallecimientos. Y en estos últimos, que no son el final de nada, sino simplemente un impasse hasta volver a reunirnos a la derecha del Padre, nos agrupamos para recordar, rezar y homenajear a alguien querido, a quien echaremos mucho de menos, pero que jamás nos dejará mientras mantengamos su recuerdo vivo en nuestros corazones.

Si nos juntamos en un sepelio será por algo, poca gente conozco que asista a entierros de personas que odia o desprecia (aunque con Pedro Sánchez y cualquier malnacido de su banda, sin duda haría una excepción y me acercaría simplemente para cagarme en su estampa).

Eso hicimos ayer, bajo un cielo nublado nos juntamos para tributar el merecido homenaje a una amiga, una madre, una prima, una persona que siempre tendremos presente. Y que nos acompañará cada vez que nos veamos, cada vez que alcemos nuestras copas hacia el cielo. O cuando escuchemos cualquier canción que en su letra contenga esa frase lapidaria pero tan verdadera: “Sólo los buenos mueren jóvenes”.

“Only the good die young”, entonaremos emocionados, Cada cual con la versión que más le ha marcado, por edad o por gustos musicales, ya sea la de Billy Joel, en mi caso, la de Iron Maiden, en el caso de Ramiro, o la versión alemana de los “Böhse Onkelz”, que sin duda cantaremos juntos, como hemos hecho tantas veces.


Éramos más que amigos, éramos como hermanos.

Durante muchos años cantamos las mismas canciones.

Solo los mejores mueren jóvenes,

tú fuiste la mejor, solo un recuerdo ahora,

dime por qué.

Solo los mejores mueren jóvenes,

El tiempo cura las heridas, pero yo no puedo olvidar.

El tiempo cura las heridas, pero a menudo pienso en ti.

No importa dónde estés, lo sabes tan bien como yo,

algún día nos volveremos a ver, en mis sueños, en nuestras canciones”.

 

Wir waren mehr als Freunde
wir war'n wie Brüder.
Viele Jahre sangen wir die gleichen Lieder.
Nur die Besten sterben Jung,
du warst die Beste
nur noch Erinnerung
sag mir warum.

Nur die Besten sterben jung
nur die Besten sterben jung

Die Zeit heilt wunden, doch vergessen kann ich's nicht.
Die Zeit heilt Wunden, doch ich denke oft an dich.
Ganz egal wo du auch bist, du weißt so gut wie ich,
irgendwann seh'n wir uns wieder, in meinen Träumen in unsern Liedern“.


Y hasta que Dios nos llame a su vera, estará siempre Laura atenta y vigilante diciéndonos: “¡No seáis gilipollas!" Y, sin duda, caerá algún ¡Hala Madrid!

¡Un beso muy fuerte, guapa!


P. D: la canción citada. Y ahí estábamos Ramiro y yo… 💔😢

https://youtu.be/IvqnjdvlkoM?si=jiBHS9qvkX8E12WW





martes, 22 de julio de 2025

Sin sombrilla ni crema solar



De todos los recuerdos de veranos pasados, que son muchos recuerdos y muchos veranos, los que siempre me vuelven a la cabeza cuando empieza a apretar el calor, a vaciarse el barrio, a sonar la sintonía del Tour de Francia y a quedarme más solo que la una, son los concursos fotográficos y los de relatos cortos de los periódicos que solía leer. Hablo obviamente de periódicos en papel, en mi caso de La Vanguardia y de El País, dos cabeceras que lamentablemente han pasado al baúl de los recuerdos. A ese baúl ya ennegrecido que contiene toda una vida y que cobija tanto lo bueno como lo malo, aunque por fortuna sea un cofre mágico, del que al abrirlo siempre asoma lo bueno, mientras que lo malo suele moverse por arte de magia al fondo del mueble. Igual que pasa en nuestro cerebro, que tiene esa capacidad de recordar el primer beso en una verbena de San Juan en la playa de Gavá, pero oculta, por vergüenza o por puro instinto de supervivencia, las ratos malos, el mal sufrido (menos) o el infligido a otras personas (demasiado). Siempre estaré en el debe con los demás, eso ya es inevitable a estas alturas de mi vida, salvo que me tocase la lotería y pudiese compensar mis errores repartiendo billetes a diestro y siniestro. Algo que por otro lado tampoco borraría ni una de mis acciones equivocadas. Que el dinero no lo arregla todo, y menos aún el haber hecho llorar a otra persona. Era algo a lo que recurría con frecuencia mi padre, que en paz descanse. 

Pero volvamos a los buenos recuerdos de veranos pasados. Que para eso está el mágico baúl. Esos relatos cortos de verano en el suplemento del diario que leía con pasión y sana envidia, concursos a los que, inasequible al desaliento (como Jorge, como Juanjo, como Chiquillo…) envié muchas veces algún escrito mío, sin que jamás me tocara premio alguno, salvo una mención de mi blog en La Vanguardia, el mismo cuaderno de bitácora que sigo utilizando veintiún años después, aunque hasta eso tuvo su truco: fue en el momento álgido del despegue de Internet y las redes sociales, y no citaron solamente mi blog: cada semana hablaban de uno, hasta que se volvió algo tan común que dejaron de publicar la sección “El blog de la semana”. Pero bueno, algo es algo, y el placer de ver mi nombre publicado en un entonces aún prestigioso diario como “La Vanguardia Española” del Conde de Godó, no me lo quita nadie. 

Me ahorro comentar la penosa deriva de dicho periódico, es algo de dominio público. Y triste. Como tantas otras cosas que han pasado en nuestra querida España en los últimos cuarenta años. Que en vez de ir a más, ha venido a menos. Y no solamente por esa triple división que tan acertadamente describió José Antonio a la Paramount en enero de 1934. O quizás sí. Porque noventa y un años después, el mal sigue estando en el mismo lado. En ese tridente diabólico que son los separatismos, los partidos políticos y la lucha de clases, esta última sustituida por el wokismo y la estulticia generalizada.

Mis casi diez años pasando una parte del verano en Italia, con el baño diario en la playa, las lecciones culinarias de la familia (política) italiana, el paseo vespertino al muelle, el gelato de rigor, las excursiones por la tan bella riviera apuana, son sin duda un punto y aparte en mis recuerdos, los mejores años de mi vida, del 1985 al 2000. Tirados por la borda por … no sé, supongo que por egoísmo. Por no estar a la altura. Echando la vista atrás, mejor que haya sido así. Mi ex y su familia han sido y son felices. Y eso me alegra. Y mucho. 

Desde entonces, pues tampoco me puedo quejar. He hecho lo que querido, he sido capaz de mantener mis puestos de trabajo, estoy a tiro de piedra de jubilarme y sigo teniendo un círculo de amigos que no me fallan, que están ahí, los vea una vez al mes o una vez cada tantos años. Muchos de ellos amigos desde la juventud, otros nuevos que he ido conociendo en estos últimos catorce años que llevo en la tan noble Villa y Corte llamada Madrid. Y que sin duda serán parte de la primera capa del baúl. De la capa de la alegría y el agradecimiento. 

Las semanitas de agosto en Santa Pola con Ramiro, las escapadas a Colmenar Viejo, las esporádicas visitas de amigos de Barcelona, los partidos del RCD Español, que siempre son momentos de reencuentros, cánticos y hasta de alegría cuando ganamos, la maravillosa gente perica (la mejor gente que hay) que reside por aquí y que ya se ha convertido en una nueva familia, los camaradas de juventud que ahora en muchos casos son diputados, pero que no han cambiado en nada y que sigo viendo con enorme ilusión en actos políticos, el pequeño pero genial círculo en Twitter/X …, todo esto son bendiciones, que quizás no me merezca, pero que disfruto cual cerveza fría recién tirada. 

Son mis veranos, diferentes, sin sombrilla ni crema solar, leyendo, escribiendo, escuchando música, esperando siempre al bendito mes de septiembre, mes que significa calzarme las botas y seguir mi eterno Camino de Santiago, ruta en la que pronto cumpliré 9.000 km de sufrida felicidad, con el recuerdo de peregrinos que se fueron (¡Carlos, presente!), peregrinos que he conocido (saludos y buen camino, Rolf) y el inmenso placer de poder andar con los camaradas que me acompañan hoy en día (gracias Edu y Jaime por la paciencia).

Como dejó escrito Tolkien: “No todos los que deambulan están perdidos”. Y los peregrinos hemos añadido: “…algunos siguen las flechas”.

Y como apunté en mi bloc de notas hace unos meses:

He bebido más que he comido
He llorado más que he reído
He recibido más que he dado
He prometido más que he cumplido
He muerto más que he vivido.
Pero sigo caminando.

 

lunes, 18 de julio de 2022

Los de siempre

 A Fernando Ginesta. ¡Presente!

Preámbulo: mientras estoy escribiendo esto me interrumpen con la triste noticia de la repentina muerte de Fernando. Malditos caprichos del destino. Dedicado a él, por supuesto, todo este artículo. Nadie mejor que él para ilustrar esta pequeña reflexión. Descansa en paz, querido amigo.



Ya he escrito en varias ocasiones (llevo 18 años publicando en este blog, que se dice pronto) sobre los amigos, los seguidores en las redes sociales, los conocidos, los camaradas, el número máximo de amigos íntimos que se pueden tener y temas similares: y por algo será.

Porque nuestra vida, al fin y al cabo, se basa en las relaciones familiares y sociales. Salvo que seas un eremita encantado de gritar Jehová a los cuatro vientos, como nuestro querido amigo de “La vida de Brian”, o un demente como Pedro Sánchez, al que le bastan unos cuantos espejos bien distribuidos en uno de sus palacetes veraniegos y la compañía de sus amigotes palmeros para ser feliz. Palacios que por cierto son propiedad del Estado, pero como este déspota malvado hizo suyo el tópico de “l'état c'est moi” del Rey Sol, pues todos estos edificios históricos han pasado a engrosar su patrimonio particular. De ahí su enfermiza obsesión de mantenerse en el poder contra viento y marea. Le importa un pepino que todo se derrumbe a su alrededor, que se queme el bosque, que se arruinen las familias, que España sea el hazmerreir de moros y cristianos: mientras sobrevivan él y los suyos y pueda seguir volando en su Falcon a cualquier destino que se le ocurra a Begoño/a, el/la experta en no sé qué, titular de falsas cátedras y editora de la guía “Lonely Planet para Dummies y vividores”, que por cierto esta semana ha incluido un lago nudista en el pirineo catalán para disfrute de la familia y sus 25 íntimos. No vaya a ser que pasen calor, pobrecitos. Los de siempre. Los caraduras. Los jetas. Los hijos de la gran puta.

Siento haberme desviado del tema: no quería hablar de estos cortesanos de graduado escolar y rodilleras gastadas, quería hablar de la buena gente, de esos conocidos o amigos que ves de tanto en tanto, a veces de decenio en decenio, pero que siguen ahí. Y que cuando te encuentras con ellos parece que fue ayer que estuvisteis juntos, aunque quizás hayan pasado varios años desde coincidisteis por última vez. Es lo que me pasó el otro día con mi tan querida Almudena y su marido Federico. Y sin duda fue algo buscado: no quizás encontrarme con Almu, pero si que tenía la seguridad de que, en la inauguración de un Frankfurt en Madrid, al estilo de los nuestros de BCN, de la mano de la esposa de Jaume Vives Vives, a algún amigo me encontraría, a alguien de los de siempre. Y así fue. Y esa magia, ese momento de encontrarte con un ser querido y que de inmediato el tiempo transcurrido sin verle pase a mejor vida y te sientas feliz, arropado, ilusionado, cual niño a la vuelta de vacaciones al ver a su proyecto de novia, cual recluta en la mili disfrutando de su primer permiso, como encontrarte a un periquito rural en un partido del Real Club Deportivo Español en un campo jamás visitado, o iniciar en solitario una etapa del Camino de Santiago y que la calle del albergue se llame “Oriente” y sientas su protectora presencia… esos son los momentos mágicos. Como el largo rato que compartí con Alberto y Pedro. De bar en bar, de cerveza en cerveza (de alguna manera había que digerir las excelentes salchichas que nos sirvieron).  
Y quizás por ello, por caprichos del destino, al acabar la agradable velada en dicho local, que os recomiendo fervientemente, camino del metro me crucé con el inigualable mago Tamariz y su familia. Justamente el día antes había leído un artículo sobre él, sobre su nuevo espectáculo que presentaba junto a su hija, y, chan ta ta chán, ahí estaba. Risueño como siempre. Otro de los de siempre. Aunque jamás hubiera hablado con él. Hasta ahora. 

Llevaba yo varios días, o quizás semanas, tomando notas para este artículo. Y creo que fue a raíz de un artículo futbolero que publicó “el Mundo”, escrito por Jesús Beltrán (si si, de los Beltrán de toda la vida, que son varios y encantadores todos), que decidí dedicar mis reflexiones a todos esos conocidos, amigos y camaradas, a los que más bien tratas poco, a los que ves de pascuas a ramos, pero que están ahí, en tu subconsciente, en tu vida pasada, en tus recuerdos, y que jamás dejan de ser parte de tu vida. Aunque quizás no hayáis sido amigos íntimos, o llevéis largas temporadas sin compartir una cerveza, existen esas personas en tu circulo de amistades, que permanecen. Y te dan sorpresas y alegrías. Como ver a Juanjo como diputado impartiendo lecciones a tanto lerdo que puebla nuestra santa tierra. O admirar a Chiquillo trabajando duramente y sin acercarse ni en broma a la bandeja de cruasanes. O disfrutando de la maestría oratoria y la lucidez de Buxadé. O leer un libro de Juan Ricart. En fin, que os voy a contar. La mayoría de los lectores sois del mismo grupo, de los de siempre. En algunos casos compartiendo mi vida desde el año 1979. O 1980. Y algunos de vosotros lleváis algunos años más juntos (mis dos años pasados en Friburgo entre 1977 y 1979 me alejaron quizás un poco, pero recuperé rápido el tiempo perdido).

Y tal vez por ello, cuando alguna de estas queridas personas por desgracia fallece, ni lo asumes. Ni te lo crees. Como los encuentros cada vez van siendo más espaciados, tu cerebro, o quizás tu corazón, es incapaz de procesar que ya no está: sabes muy bien que un día u otro te lo volverás a encontrar.

En un parque, en un bosque, en un campo de fútbol, en un concierto, en una iglesia, en un albergue, en un bar (en mi caso quizás lo más probable). Y si no es ahí, sin duda te lo encontrarás en el cielo. Que es donde nos veremos todos. Y encima sin la molesta presencia de aquellos que jamás pasarán el filtro de San Pedro.

Va por todos vosotros. Por los de siempre. Por Fernando.



¡Sólo los mejores mueren jóvenes!



sábado, 25 de agosto de 2012

Ahora que de casi todo hace ya veinte años


Me permito usar este reciente tuit (sin solicitar el Copyright) de la excelente revista “Jot Down Cultural Magazine”, cuya lectura atenta y continuada recomiendo encarecidamente a todos mis lectores, para titular este artículo  escrito en la agria fase del año en la que toca entonar lo de “El final del verano”, mítica canción del Dúo Dinámico  (¡esta cita va por ti Rafa!).  Desagradable parte del año esta,  que casi siempre implica el fin de algo bueno y la vuelta al tedio, la normalidad, la rutina y, en estos tiempos que corren, el reencuentro con la zozobra, la intranquilidad y la maldita crisis. Crisis económica, crisis de identidad española, crisis de los treinta, los cuarenta o los cincuenta, crisis del cumplimiento del deber de los charlatanes y embaucadores profesionales, esos seres llamados eufemísticamente representantes del pueblo, cuando deberían denominarse simplemente mentirosos, o “los del valor añadido cero”. Suelo recurrir al símil de curas y políticos, los profesionales del habla, o mejor del hablar por hablar, para ilustrar mi absoluto desprecio hacia la clase política, pues aún no he conocido a ningún cantamañanas mantenido con nuestros impuestos que con sus vacíos discursos aporte algo a la sociedad, mientras que en el caso de los curas podría nombrar algunos buenos ejemplos de personas sinceras y altruistas que aportan con sus palabras apoyo y alivio espiritual a personas necesitadas; pero en el caso de los políticos, y ya rozando el medio siglo de vida, me sobran dedos en una mano para enumerarlos. Y con tantas reservas que me jugaría algún dedo más con mi inseparable Zippo emulando la escena de “El hombre del Sur” (o del tributo de Tarantino titulado “El hombre de Hollywood). Mechero este que por cierto llevo usando desde los 17 años, en línea pues, y de largo, con el título de estas líneas. 

Mientras tecleo esta modesta reflexión recibo una llamada desde Cornellá del Llobregat, población del exilio del más auténtico equipo de fútbol que existe en la ciudad de Barcelona, llamada esta de mis grandes y añorados compañeros de fatigas (¡ese Bolsicas!), en esa ardua e inexplicable, pero enriquecedora, tarea de ser aficionado del equipo pequeño en apoyos pero grande en sentimientos. Léase el Real Club Deportivo Español. Y la oportuna llamada se presta como anillo al dedo para ser parte de este relato: han pasado bastante más de 20 años desde que muchos de nosotros nos unimos en esa sana afición y camaradería que significa ser “periquito” en Barcelona. Dando la cara, contra viento y marea, frente al pensamiento único y la manipulación del deporte en aras de beneficios políticos y económicos. Que les den a los del otro lado de la Diagonal.
Y otros tantos decenios han pasado desde que obtuve mi primera dirección de correo electrónico, un número ininteligible y poco personalizado con la coletilla “Compuserve”. Pocos jóvenes de hoy en día serían capaces de imaginarse un mundo sin sus herramientas de comunicación habituales, sus mensajes cortos, sus cuentas de correo, de redes sociales o su usuario en Whatsapp. Si les intentara explicar lo complejo que era escribir a mano, doblar el folio, ensobrarlo, comprar un sello con la cara del Borbón, impuesto e impostor, humedecerlo con la lengua y quedarte con un agrio sabor en el paladar, pegarlo boca abajo en tímida pero habitual medida de protesta, echarlo en el buzón  de la esquina en la rendija de “Provincias y Extranjero” y tener que esperar días o semanas para recibir confirmación de su recepción o en el mejor de los casos hasta una contestación, me tacharían de viejo loco. Tampoco se lo podría echar en cara, algo de viejo y mucho de loco seguro que tengo. (Cuanto gesto de afirmación habrá provocado esta frase en mis lectores: como si lo viera).
Cuatro lustros que han transcurrido también desde que tuve el honor y el placer de casarme con una gran mujer y conocer a una familia igual de grande. Lástima que no supe estar a la altura (o que Dios es sabio)  y dicha unión no duró más de 8 años, pero el recuerdo es imborrable y será parte de mi vida no solamente después de veinte años, sino en todo lo que me quede de vida. Lo cortés no quita lo valiente, como se suele decir en estos casos. Y asumir y reconocer los propios errores y defectos es una obligación moral. E intentar aprender y mejorar es la otra cara de la moneda. En eso estoy, que nunca es tarde.

Menos tiempo hace desde que abandonaron mi casa los primeros invitados que he tenido en mi nuevo hogar, en concreto unas pocas horas,  pero el sentimiento de soledad y tristeza no se cuantifica en tiempo sino en la intensidad del rato disfrutado en buena compañía. Y en este caso parece que hayan pasado años desde que mi casa parecía una comuna hippie, con colchones por el suelo para superar el calor de las habitaciones en esta ola de calor mesetaria, cervezas frescas saliendo de la nevera sin parar y música y películas con sentimiento compartidas por una vez con alguien más que el móvil y las fotos familiares del mueble del salón y todo ello  bajo una romántica luna de Agosto. Muchas gracias por la visita amigos. Aquí tenéis vuestra casa.

Y no tardéis veinte años en volver, que dudo que siga por aquí en el 2032. Lo único que seguirá pendiente será mi hipoteca. Eso seguro.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La década prodigiosa

Cada persona tiene su década prodigiosa, que por lógica evolutiva suele coincidir con la finalización de la pubertad, el inquietante y difícil paso a la juventud y en muchas ocasiones con el fin de la época escolar o estudiantil. Lo de escolar y estudiantil va por aquellos que consiguieron acabar el colegio y pasaron a la universidad, sin por ello olvidar a todos los demás que también tuvieron su década prodigiosa, aunque en su caso fuera en el momento de abandonar el hogar paterno y pasar al mundo laboral.

En mi caso, la década prodigiosa abarca esos maravillosos años que van desde el 1980 al 1992, más o menos. Son esos 10 o 12 años que siguen presentes en todo momento, son los años en los que fui más feliz, en los que cimenté con buena cal y arena las columnas de amistades que aún perduran, donde forjé mi manera de ser y elegí mis compañeros de viaje y el relleno de las alforjas que sigo llevando a cuestas.

Viene todo esto a cuento de un reencuentro hace unas cuantas semanas con un buen amigo del servicio militar, con el que coincidí en el lejano 1985 en la calurosa y genial Córdoba, y de unas cuantas fotos que acabo de volver a ver y que han conseguido emocionarme y valorar de nuevo todo aquello que quedó atrás.

Atrás en el tiempo pero no en el sentimiento y en el recuerdo.

Después de esa década prodigiosa que vivimos todos el presente pasa a ser una rutinaria realidad, bonita en muchos casos, triste en otros, repetitiva en la mayoría de ellos; pero carente de la emoción, la ilusión, la alegría, la frescura, de la idealización y exageración de los sentimientos, del morir por su amor o por los ideales, del soñar despierto y dormir impaciente para volver a levantarte y disfrutar de todos y cada uno de los segundos del día.

Y conforme pasa el tiempo, recurres a dicha década, a tus recuerdos, para sorber un poco del elixir de la vida que al parecer se agotó en esos 10 años maravillosos que todos hemos pasado.

Y vuelves a encontrarte con viejas amistades, que no han cambiando un ápice en su interior, aunque físicamente hayan envejecido (algo que ni notas). Y abres un álbum de fotos y lloras y ríes de emoción y felicidad recordando ese día tan especial, ese concierto de los Nikis en Madrid, esa excursión a la montaña o esa salida a la playa con toda la vida por delante, los mejores compañeros arropándote y las chicas más guapas a tu lado.

Y todo esto sucede por una simple razón: la década prodigiosa de tu vida no desaparece. Es la base, el soporte, la columna, la roca sobre la que has construido el resto de tu vida. Es la red a la que recurres cuando estás a punto de caer, la manta que te envuelve cuando tienes frío, la brillante luz que te ilumina cuando andas por el oscuro túnel de la madurez en soledad.

Qué bonito es tenerla siempre a mano, a esa década que te marcó y te permite seguir soñando cual joven aprendiz de pintor. Y que te ayuda a no olvidar todo lo bonito que te ha dado la vida y a la gente maravillosa que has conocido. Va por ti, Alejandro, estés donde estés. Y por Antonio, por Paloma, por Chus y por todos los demás que a ciencia cierta leyendo esto saben que son parte de esa década. De nuestra década prodigiosa.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Con Peter Pan por el norte de España

Si partimos de la base que después de la maduración el siguiente estado es irremediablemente la caducidad, prefiero quedarme como estoy. Claro que el otro lado de la moneda sería decir que no aprenderé jamás, que siempre me dejo llevar por sueños infantiles e ilusiones desbordadas que en pocas ocasiones acaban convirtiéndose en realidad, pero esto ya lo tengo asumido desde hace mucho tiempo.

Viene a cuento todo esto por mi reciente viaje a tierras del norte, a las vascongadas. Me planté el viernes pasado en Irún a bote pronto, sin avisar a ninguna de las personas que pretendía visitar. Me había montado mi película yo solo, después de haber conocido a un grupo de personas muy simpáticas y entrañables durante el Camino de Santiago de este año. Sin tener suficiente con haber compartido una semana de camino, de penurias, de albergues, de risas y de llantos, mi corazón, mi mente o quizás mi cuerpo, me pedían más. No aceptaba, como niño que sigo siendo, que toda la magia pudiera desaparecer de un día al otro, con el toque de silbato del tren o la bocina del autocar que me traía de vuelta a casa. El eterno Peter Pan. Sabedor de antemano que todo podía acabar en una gran desilusión cargue el coche con unos cuantos CDs apropiados, léase unos lentos para la posible melancolía y alguno animado para no dormirme y carretera y manta. El viaje me fue de maravilla, sin contratiempos, y disfrutando de bellísimos paisajes me planté en una humilde pero céntrica pensión de Irún a las 4 de la tarde del viernes. Como estaba escrito, la chica que me había robado la tranquilidad y llevado a desafiar el aguante de los 19 años de mi coche, tenía otros planes. Ni iba a poder verla esa noche ni se mostraba muy emocionada porque hubiese aparecido por ahí. En el fondo era normal, pero cuando eres un soñador siempre te queda esa pequeña esperanza que la persona contraria sienta o piense algo similar a lo que sientes tú. Pero no me amilané. Gracias a Dios tenía algún contacto más en esta ciudad fronteriza, aparte de algún que otro paraje que quería visitar para recordar un viaje realizado con toda mi familia en el año 1976. Ha llovido bastante desde entonces, pero parece que nada ha cambiado. Aún conservo alguna fotografía amarillenta de aquel viaje, mal pegada en un álbum de fotos usando aquellas antiguas esquinas autoadhesivas que eran la último en modernidad por esa época, con un comentario escrito debajo “paisaje de camino hacia las vascongadas…”. Sorprendente que por aquel entonces, con 13 tiernos añitos que tenía, ya me dedicaba a comentar las fotos. Que poco he cambiado. Aproveché pues la tarde para visitar el propio Irún y Biarritz, en Francia, y a media tarde quedé con un amigo de Barcelona que lleva ya un tiempo viviendo en esta bonita villa guipuzcoana. Me recibieron tanto él como su novia con una simpatía arrolladora, y eso que con ella no tenía mucho “feeling” después de habernos visto un par de veces en Barcelona. En el bar de su propiedad me lo pasé de muerte, me acogieron como a uno más de la pandilla y la posterior gira de “potes” y pinchos (más de los primeros que de los sólidos), con visita sorpresa a la otra amiga del Camino que estaba trabajando en su Pub, fue digna de recordar. Gente abierta y simpática en todos lados, entorno clásico de las pequeñas ciudades, es decir, todo el mundo en la calle, todos los bares a rebosar, y un ambiente alegre y colorido que me hizo olvidar mi decepción inicial por unas horas.


Al día siguiente, con la lógica y buscada resaca, comimos en el propio Irún para luego visitar Fuenterrabia, un sitio digno de ser visitado una o mil veces por la belleza de su costa, su impresionante casco antiguo amurallado y las vistas sobre la impresionante bahía compartida con los malditos gabachos (que bonita sería Francia sin ellos); rematamos la excursión con una cervecita en el bar al lado del antiguo faro que corona el término municipal. A la vuelta conseguí ver por fin al objeto de mis sueños, y los pocos minutos que estuvimos juntos compensaron con creces el viaje y el infantil impulso que me llevó a cruzar media España sabedor que iba directamente al matadero de las ilusiones. La noche fue un calco de la anterior, tanto en lo bueno (la grata compañía que tuve en todo momento a mi lado) como en lo malo (los pocos minutos que pude ver a Laurita y Susana, las 2 chicas que había conocido en el Camino.


Volveré, eso lo tengo claro. No pienso madurar, y menos ahora que he llegado a un punto en mi vida en el que ya solamente hago aquello que de verdad deseo, sin darle vueltas al “por qué”, al “que pasará”, al “cuidado que sufrirás” o a las posibles consecuencias. Tampoco hago nada malo. Me encariño, me entrego y sigo los dictados de mi corazón. Y en el siguiente pronto que me dé incluiré Zarautz en la visita. Ahí queda la tercera “brujita” que falta por visitar. O una aldea gallega. Que hay un diablillo suelto por ahí que también hay que volver a ver.


Gracias a Pazos y Rosi por la acogida, a Lauri por el gran librito que ha montado con las fotos y a Susana por haber sido el acicate que me ha permitido conocer Irún.


sábado, 10 de octubre de 2009

Buenas noches amigos

Solamente es la traducción de una canción en alemán.., pero hago mía su letra...

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Gracias por los días y las noches
Que he pasado bajo vuestro techo
Por cada vaso que bebí y cada plato que pusisteis al lado de los vuestros,
como si no hubiera nada más normal en el mundo.

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Gracias por el tiempo que pasamos charlando
Por vuestra paciencia cuando existía más de una opinión
Por no preguntar nunca cuando voy o cuando vengo
Por la puerta siempre abierta en la que ahora estoy

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Por la libertad que habita siempre como invitada en vuestra casa
Por no preguntar nunca lo que aporta o si vale la pena
Igual es por eso que desde fuera parece que en vuestras ventanas la luz brilla con más calor

Buenas noches amigos,
es hora de que me vaya
Lo que me queda por decir
No dura más que un cigarrillo
Y un último trago de pie.

Versión original de Reinhard Mey:

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im stehen.

Für den Tag, für die Nacht unter eurem Dach habt Dank, für den Platz an eurem Tisch, für jedes Glas, das ich trank, für den Teller, den ihr mir zu den euren stellt, als sei selbstverständlicher nichts auf der Welt.


Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.

Habt Dank für die Zeit, die ich mit euch ver-plaudert hab
und für eure Geduld, wenn's mehr als eine Meinung gab,
dafür, daß ihr nie fragt, wann ich komm oder geh, für die stets offene Tür, in der ich jetzt steh.

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.

Für die Freiheit, die als steter Gast bei euch wohnt, habt Dank, daß ihr nie fragt, was es bringt, ob es lohnt, vielleicht liegt es daran, daß man von draußen meint, daß in euren Fenstern das Licht wärmer scheint.

Gute Nacht Freunde, es wird Zeit für mich zu gehen.
Was ich noch zu sagen hätte, dauert eine Zigarette
und ein letztes Glas im Stehen.