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viernes, 20 de marzo de 2015

Digitalizados

Por mucho que le dé vueltas al tema, aún no tengo muy claro si la creciente digitalización de la sociedad es positiva o si por el contrario se trata de un paso atrás en la evolución del ser humano.  Como supongo que le pasará a la mayoría de mis lectores, hay días en los que doy gracias a Dios por las ventajas que nos ha traído la digitalización, mientras que en otros momentos llego a detestar ese constante “estado de conexión” que en muchos casos se asemeja a la esclavitud de otras épocas.  Y no dudo de que Charlie Chaplin, si aún viviera,  rodaría un remake de “Tiempos Modernos”, criticando en este caso no la industrialización del trabajo sino la digitalización de las relaciones sociales. Material hay,  hasta para una trilogía.

Retomo pues el mismo tema que ya usé como leitmotiv hace casi 3 años en otro artículo, titulado “No sin mi móvil”, pero con un largo recorrido por medio en cuanto a la evolución de la digitalización en la sociedad, a mis conocimientos  al respecto y al propio uso que le estoy dando en mis quehaceres diarios. Porque tres años son una eternidad si hablamos de innovación y tecnología: habiéndome dedicado los últimos cuatro meses a investigar con profundidad tecnologías innovadoras y a la plasmación de la situación en informes técnicos para diversas instituciones financieras,  doy fe de que la innovación ya no se mide en años o meses, sino más bien en tramos de semanas, días y hasta horas. Valga como ejemplo esta curiosa pero muy explícita iniciativa que muestra todo lo que sucede en el entorno digital segundo a segundo. Si todo esto sucede en tan poco tiempo, como no van a inventarse diariamente nuevos servicios, plataformas, aplicaciones, dispositivos o tecnologías.

Bien sabéis algunos que  siempre he seguido con interés iniciativas como “la vuelta al campo” y el abandono de la vida urbana  o corrientes sociales como los “downshifters”, evoluciones por otro lado cíclicas en nuestro mundo,  que cada tantos decenios llega a un momento de saturación social, tecnológica o política,  abriéndose fugas de agua en forma de revoluciones, involuciones, guerras o simples movimientos alternativos, como los hippies en los sesenta, los terroristas en los setenta, los movimientos ecologistas en los ochenta o los ya nombrados “downshifters” en los noventa.  Y prefiero no hablar de cosas peores, como la vuelta al integrismo radical en el mundo musulmán o el resurgimiento de anacrónicos nacionalismos y de burdos populismos que intentan hacernos olvidar todo lo malo que trajo consigo el marxismo-leninismo.

¿Pero será posible parar esta digitalización de la sociedad? ¿O, planteado de otra manera, tendría algún sentido echarle el freno de mano a la hiper-conectividad y a la conversión de todo lo que nos rodea (hasta nuestras prendas) en continuos emisores de datos que van a parar  a manos de hábiles analistas de la información para su uso comercial o a ocultos archivos particulares o gubernamentales para incrementar el control sobre lo que hacemos, dónde estamos, qué soñamos  y con quién dormimos?

Lo dudo. El otro día, a modo de prueba del algodón, me puse a anotar durante unos minutos todas mis interacciones digitales. ¿Qué pasó? Pues que al poco rato, después de enviarme a mí mismo (desconfiando de mi propia memoria) unos cuantos correos electrónicos con mis notas, lo tuve que dejar.  Era tan constante el uso de aplicaciones, utilidades, portales, buscadores y demás facilidades digitales que nos brindan  (o nos imponen) los ene dispositivos que son ya parte del mobiliario de cada hogar, como antes podían serlo lámparas o ceniceros, que acabé rendido ante la evidencia: esto no hay quien lo detenga. Como bien firma sus correos mi compañero Juancho,el mundo es móvil, no lo pares”.

Los pocos minutos de prueba dieron el siguiente  resultado (y seguro que me dejo muchas cosas en el tintero):

·      desactivar el sonido de varios grupos en el programa de mensajería por pesados)
·      mirar unas cuantas veces el saldo bancario en la banca online (como si esperara ese ingreso sorpresa del espacio que nunca acaba de llegar)
·       encontrar la ubicación de  un pueblo con Google Maps
·       buscar la letra y los acordes de una canción de la Creedence
·       afinar la guitarra con el afinador digital incluido en el programa de acordes y trasponiendo los mismos a un tono que pueda entonar con aceptable acierto (harto difícil, como bien sabéis los Rommelanders)
·       mirar los titulares de la prensa diaria (como si fuera necesario hacerlo cada hora)
·       manejar el reproductor multimedia del PC desde la tableta   (no me vaya a herniar levantándome del sofá)
·    buscar una receta para la cena (teniendo la nevera vacía poco sentido tenía hacerlo en ese momento)
·        bajar el último disco de Mark Knopfler 3 días antes de su publicación
·         intentar sintonizar un partido de futbol de pago a través de un portal pirata
·        borrar decenas de boletines de noticias de mi correo (preguntándome en la mayoría de los casos sobre la razón de haberme abonado a dicho newsletter)
·       hacer un par de fotos a una lata de cerveza (como prueba fehaciente de que estaba bebiendo y brindando)
·        grabar un corto video de una actuación musical en la tele para publicarlo en una red social
·        “hablar” mientras tanto por Whatsapp con Matrix (sin lugar a dudas lo más valioso de todo)
·       buscar en Google palabras de un concurso televisivo (perdiendo obviamente comba de las siguientes definiciones)
·      buscar varias palabras desconocidas del libro que estaba leyendo en la aplicación de la RAE, copiarlas y pasarlas a un archivo de nuevas palabras que mantengo en mi PC
·     y finalmente fotografiar una página del mismo libro por la belleza e interés de alguna frase,  con la intención de tuitearla a la menor ocasión.  


Hasta aquí llegué. Por lo menos dejé de apuntar lo que iba haciendo, lo que no significa ni por asomo que dejara de usar mis múltiples dispositivos  para dejar constancia ante el resto de la humanidad (con mi actividad y su consecuente huella digital) de que estoy vivo, de que tengo una gran vida social y de que estoy a la última en todo. Impronta digital que a los pocos minutos ya estaba siendo aprovechada por los servicios de publicidad de los diferentes portales para cubrir mi pantalla de anuncios de música, viajes, recetas, cursos de lengua castellana y servicios de comida a domicilio. 

Aunque igual tendrían que perfeccionar un poco el algoritmo usado en el portal (para mostrar anuncios en base a mi actividad en la red) e incluir servicios de psiquiatría o terapias relajantes en algún santuario budista.

O mejor ofertas de escapadas a las tierras del Norte.  Que eso sí que tiene vida y calor. Y alimenta. Tanto el alma como la tripa.


Conclusión: la misma que hace 3 años. Démosle el mejor uso posible a todo este entorno digital pero sin perder el norte. Mejor encontrándolo.

Intercalemos  cada tanto algo mundano, tradicional, antiguo, a poder ser analógico, con su parte física y con un valor  tangible de vida real que acabe convirtiéndose en un bello recuerdo.

Un beso, una canción, unas risas, un paseo, un abrazo, un brindis, una charla sin teclado, una buena comida, un anochecer en silencio, un descanso en compañía.




P.D.: Habiendo llegado la primavera habrá que poner en marcha otra cuenta atrás. Digo yo.








lunes, 24 de noviembre de 2014

Matrix

Sin lugar a dudas todos vosotros, pacientes y fieles lectores, conocéis la trilogía de Matrix, esa película futurista inspirada en el concepto clásico de la ciencia ficción del mundo virtual frente al real, o yendo más lejos, basada directamente en la alegoría filosófica del “Mito de la Caverna” de Platón, en el que se enfrentan dos realidades, la de unos hombres atados de espaldas que solamente conocen el mundo por las sombras que se reflejan en la pared, y el mundo real, al que no han tenido jamás acceso. No entraré mucho más en el tema filosófico, que sinceramente me viene muy grande y va más allá de mi capacidad intelectual, sino en la propia idea de los mundos virtuales, los mundos que creemos habitar, los mundos que creamos en sueños, el abuso de las redes sociales como alternativa a las relaciones naturales y la realidad que en el fondo ignoramos o queremos ignorar. Para hablar de filosofía ya tengo a mi amigo Javier, profesor universitario de dicha especialidad y como le describe otro amigo, un “cerebro andante”. Yo me quedo con lo de andar, que eso se me da más o menos bien, pero lo del cerebro y su capacidad intelectual ya es otro cantar.

Pero si que me inspiro en dicha película para desgranar un poco la irrealidad que nos rodea. Todos y cada uno de nosotros, por lo menos aquellos que usamos nuestro cerebro en un porcentaje lo suficientemente alto para no ser simples animales con sus instintos primarios, nos debatimos de forma continuada entre la realidad que vivimos, la que quisiéramos vivir y la que vamos creando por episodios en nuestros sueños.  Ahí nacen la mayoría de sentimientos humanos: la ilusión y la desilusión, el optimismo y el pesimismo, la envidia y la admiración, el amor y el odio.

Y si a esto sumamos la bestial e imparable irrupción de las redes sociales, que en muchos casos más que herramientas sociales se están convirtiendo en generadoras de un mundo paralelo, en el que la posible relación social y personal real se convierte en un espejismo enmarcado por emoticones, noticias banales, medias tintas, chorradas virales, dobles o múltiples identidades, ocultación del estado en el Whatsapp, timos oportunos de los siempre atentos piratas para supuestamente eliminar los dobles tics azules de la última versión de dicho programa de mensajería,  nervios por la tardanza de un mensaje, celos por ver la hora del último mensaje del interlocutor cuando contigo acabó de hablar unas horas antes y todos los demás traumas nacidos de la mano de las nuevas tecnologías, pues vamos bien apañados todos.

Y no soy yo el que lo dice: prestigiosos psiquiatras, como Bert te Wildt, médico del departamento de psiquiatría y psicoterapia clínica de la Universidad de Hannover nos explican: “Para cualquier persona que quiere apartarse de la vida real dolido, decepcionado  o  con miedo, las redes sociales se pueden convertir en un peligro”. Al igual que en los juegos de ordenador, es bastante fácil generar vivencias positivas en los nuevos medios, pero cuanto más nos sumergimos en este mundo virtual, mayor es el peligro de perder las relaciones sociales en el mundo real.

¿Qué hacer entonces? ¿Dejar de soñar? ¿Obviar los avances tecnológicos y dejar de lado las redes sociales? ¿Desinstalar los programas de mensajería del móvil? ¿Llamar a un psiquiatra? ¿Asistir a terapias de grupo estilo alcohólicos anónimos con un ”Hola, me llamo Ernesto, y llevo 3 horas sin chatear – Clap, clap clap”? ¿Darse a la bebida? ¿Votar a Podemos a ver si revienta todo? ¿Tirarnos de un puente?

Ni tanto ni tan poco. Digo yo. Aparte de que por suerte no estoy ni dolido, ni decepcionado ni con miedo. Con la debida mesura, como en casi todo, y con un poco de sensatez, deberíamos de ser capaces casi todos (los tarados, los psicópatas, los violentos, los materialistas, los falsos, los mentirosos  y demás enfermos obviamente quedan excluidos) de aprovechar lo bueno de los avances tecnológicos, de convertir las nuevas herramientas en elementos enriquecedores en vez de distorsionadores. Simplemente se trata de mantener el mismo espíritu, la misma sinceridad, la misma confianza, pero usando esos nuevos canales de comunicación que nos brinda la tecnología.

Dudo mucho que cuando en su día se inventó el teléfono,  la gente se lanzara a las primeras de cambio a mentir a destajo, a inventarse viajes o retrasos, a manipular la realidad buscando fines ocultos. Tampoco sucedió así cuando apareció el correo electrónico. Ambos desarrollos se convirtieron simplemente en nuevas herramientas para acelerar las comunicaciones, para tener un contacto casi inmediato con los seres queridos o con los interlocutores del trabajo.

Eso sí, si estás mal de la azotea, tienes problemas psicológicos o de identidad, eres un mentiroso compulsivo o  desconoces las palabras sinceridad, confianza o respeto, pues no le eches la culpa a la tecnología. Es tu mente la que no carbura bien. Llama a psiquiatras a mil y háztelo mirar.

Démosle pues un voto de confianza a la mensajería, a los chats, a las redes sociales. Con cabeza. Con naturalidad. Y en su justa medida.

Yo por lo menos lo he hecho. Me he dejado atrapar por Matrix. Y lo disfruto a cada segundo. 

Llena el tiempo de forzada separación, alumbra los momentos de soledad, hace resonar risas virtuales en el silencio del hogar, acorta el ancho del sofá y facilita la espera hasta el siguiente encuentro.  

Y si añado los sueños, que no son más que realidades aplazadas que en algún momento viviré, pues a disfrutar.

Porque todo eso también es real. Existe. Y los sueños son parte de la vida. Y molan. Mucho.

Como Matrix.


jueves, 14 de marzo de 2013

Desinformación digital


Curioso es este mundo que nos ha tocado vivir, o sufrir, en el que la mayoría de los logros y avances tecnológicos acaban convirtiéndose en tumbas de valores ancestrales.

En otras épocas, cualquier evolución, descubrimiento o invento de la humanidad, ya fueran  sociales, artísticos, gastronómicos, geográficos o tecnológicos, significaban un avance en el desarrollo de la sociedad. Pensemos en cualquier invento o descubrimiento, llámense el fuego, la electricidad o la penicilina, la preparación del foie-gras y el Cassoulet en Francia, el descubrimiento de la pasta por Marco Polo, el avistamiento del continente americano por parte de las carabelas al mando de Colón (genovés o catalán o mallorquín, según con quién hables o qué leas), o, más de nuestra época, el teléfono o la televisión.

Cualquiera de estos hechos significó en su momento un empuje al desarrollo, al comercio, a la mejora de la calidad de vida, en resumen, aportaban algo en ese crecer y avanzar constante que debería de ser parte y objetivo de la evolución del ser humano.

Pero por desgracia, esta asociación de “evolución es igual a desarrollo o mejora de la sociedad”  ha pasado a mejor vida con la llegada de la era digital y el consiguiente acceso a la información (tanto en forma pasiva como consumidor,  como en forma activa como generador), a todo “quisqui” (del latín quisque, cada uno), sin que el pájaro (o pájara)  en cuestión precise una previa y mínima formación o una autorización real o moral para hacer públicas sus ideas u opiniones.

Los hechos demostrables, las verdades innegables, la historia y hasta la propia y candente actualidad,  han pasado a ser simples conceptos variables, eso sí, digitalizados, accesibles 24x7x365 en modo multicanal, multi-dispositivo y multi-todo, en manos de cualquier persona, sepa o no de lo que escribe (o sepa propiamente escribir), y, en el peor (por real) de los casos, en manos de máquinas que gracias a sus algoritmos interpretan, manipulan, ordenan, segmentan, asocian, eliminan o añaden según convenga al creador de la rutina de cálculo.


Valga como muestra un botón, que ojalá fuera ejemplarizante, lo sucedido ayer durante la elección del nuevo Papa: desde el momento en que el humo blanco asomó por la chimenea de la Capilla Sixtina,  simbolizando con ello que los cardenales reunidos habían elegido al nuevo sucesor de Pedro con dos tercios de los votos, los motores de indexación de los grandes buscadores de Internet, los editores anónimos (o no tanto, ya que dicen las malas lenguas que tanto la CIA como el Vaticano son las máximos “correctores” de este proyecto social) de la Wikipedia, las reglas de cálculo de las casas de apuestas y los buscadores semánticos sobre texto no estructurado de las redacciones de los medios de comunicación, empezaron a echar humo intentando ser los primeros en acertar con el nombre del Papa.

Sin mencionar a los millones de seres solitarios que soltaban su limitado bagaje intelectual en las dichosas redes sociales, sin respeto alguno por la verdad, por la importancia del momento para los creyentes católicos o la idoneidad de sus comentarios ofensivos o jocosos hacia miles de millones de seres humanos. 

Y todo ello con el añadido mercantil de la publicidad asociada a toda la navegación por Internet, alma mater esta mercadotecnia de todo el tinglado agrupado bajo las siglas “www”, que más que “world wide web” deberían ser “wwc”, es decir, “what we clic”, motor principal (por lucrativo) de la evolución tecnológica de los últimos decenios.

No se trata de decir verdades, de aportar algo a la ciencia, a la cultura, al bien común. Se trata simplemente de ser el primero, de generar el suficiente tráfico digital para que el ratio de “clic-through” de los anuncios alcance ese margen necesario para que el negocio de la publicidad siga disfrutando de sus beneficios contantes y sonantes, pero sin que la humanidad se beneficie en nada de todo el montaje.

Obviamente, nadie acertó con sus predicciones en esa larga hora que medió entre la salida del humo hacia el cielo romano y la aparición del nuevo Papa Francisco en el ventanal de la colegiata.

Por mucho “Big Data”, servicios en Cloud, capacidad de cálculo, granjas de servidores en batería, algoritmos cuánticos, manipulación interesada o desinformación planificada, nadie estaba preparado para este resultado.

Y yo que estaba ilusionado con que el Papa fuera negro y llegara por fin ese apocalipsis anunciado y tan necesario, me encuentro ahora con un Papa argentino y futbolero.  

Dios nos coja confesados.

Entre las redes sociales, la publicidad personalizada hasta en la sopa y las previsiblemente eternas, floridas y psicoanalíticas homilías del Santo Padre, para no ser menos que los millones de argentinos parlanchines, no habrá donde esconderse.

P.D. Ruego se tome este último párrafo como pura ironía. No he tenido ninguna intención de insultar al Santo Padre, ni menos aún a los Argentinos, que a pesar de algún pequeño defecto que puedan tener (como todo ser humano) siguen siendo parte de esa gran patria Hispana de la que formo parte.



martes, 17 de enero de 2012

Cristo me sigue

Soltado así a bote pronto, más aún como título de un artículo, suena bastante fuerte. Parece la clásica expresión de un integrista, de un miembro de la tan “religiosa” familia Ruiz Mateos, de un abducido por una secta evangelista o de un taxista de cualquier metrópoli española, sudamericana o asiática en la que la España imperial dejó su huella católica, apostólica y romana; esforzado conductor este que honra el recuerdo de glorias pasadas y previene los malos farios decorando su vehículo con imágenes del Redentor, colas de zorro, un muñeco de Elvis Presley sumamente inquieto y algún que otro abalorio más.

Pero se trata de algo mucho más simple: una cuenta de Twitter que responde al nombre de “Jesus Christ”, a la que otorgué mi confianza dándole al botón de seguir y que inmediatamente me correspondió con su recíproco seguimiento. Ante tantas cuentas, usuarios, grupos de fans, juegos, eventos, listas de distribución, clubes y campañas virales de solidaridad con los hipopótamos que todos los usuarios de redes sociales vemos pasar ante nuestros ojos, ésta en concreto me llamó la atención de inmediato. Por el nombre, por la imagen del avatar, pero, sobre todo, por lo que removió en mi interior cual ardor de estómago antes de ser tratado con el Almax de rigor.

Esa necesidad de espiritualidad, de religiosidad, de valores trascendentales, que tan poco se ven y viven en nuestra sociedad actual, y menos aún en el mundo virtual de las redes sociales, debió de ser lo que me impulsó a darle al botón izquierdo de mi ratón y aceptar sin dudar esta nueva “amistad” que me brindaba esa pantalla que, a pesar de estar configurada a 1024x768 y con 16 millones de colores, no es nada más que un trozo de cristal enmarcado por plástico que me aleja de la vida real en vez de acercarme a ella.

Para ser sincero no tengo demasiado interés en esta cuenta (Dios me perdone), ni en saber quién está detrás. Lleno está el mundo de falsos profetas, y hasta este mismo usuario de Twitter cita a San Marcos en uno de sus tuits: “Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar.

Lo que sí me ha importado del hecho relatado es esa sacudida en mi interior. Ese pequeño golpe a mi conciencia que me ha hecho reflexionar hasta el punto de compartirlo con vosotros, mis lectores.

Será por la educación religiosa que recibí, por mi sincera y meditada fe en Dios, o por los remordimientos que siento muchas veces por la falta de seriedad, de entrega al prójimo, de generosidad, de paciencia, de sinceridad o de humildad que deberían de impregnar el día a día de cada uno de nosotros, y que solamente florecen, por lo menos en mi caso, en escasas ocasiones.

¿Quién sabe si no ha sido una señal para que despierte y me aplique un poco en ser más bueno (léase cristiano)? No de boquilla, de puterío semanal con posterior y teatral misa dominical y confesión simulada, sino de hechos concretos.

Teniendo en cuenta que hay gente que se cree las leyendas Mayas sobre el fin del mundo, las sandeces de la Cienciología, las gilipolleces de Dan Brown, apoya las alianzas de civilizaciones de Zapatero y la conjunción planetaria de Pajín o jura y perjura que el asesino Santiago Carrillo es un santo, ¿por qué no voy a creer en Jesucristo nuestro Señor?

Me parece bastante más factible y serio que todo lo demás.

martes, 12 de julio de 2011

¿Nos bajamos del “País de las Maravillas”? Sobre la irrealidad de las redes sociales

El otro día me quedé sorprendido con el titular de uno de los principales diarios españoles: hablaba del triunfo de un #hashtag sobre otro, creo recordar que refiriéndose al debate sobre el estado de la nación. Y no es que se citara este tema en las páginas interiores, en la sección de tecnología o en el apartado de medios y comunicación; que va, salía en portada, en un recuadro resaltado y a color. Por favor, recapacitemos un poco, todos, y pongamos los pies sobre la tierra. ¿Cuántas personas en España saben lo que es un #hashtag? Según uno de los últimos estudios que he encontrado en la Red sobre el tema se calcula que en España existen unos 800.000 usuarios de Twitter, con una edad media entre 28 y 33 años, y cuya mayor parte (73%) trabaja en temas relacionados con las nuevas tecnologías. Es decir, la representatividad de este colectivo frente a la sociedad española en general es ínfima, que no nula. Si rascáramos un poco seguro que descubriríamos que en España existen más camareros que se llaman Manolo (los que se llaman “Jefe” ni los cuento), más chicas con pechos implantados que se llaman Vanessa y que son adictas a la telebasura o más inmigrantes latinoamericanos paseando con camisetas del Bar$a, que usuarios entendidos en las nuevas tecnologías capaces de comprender la consabida palabra #hashtag.(Que no es más que una palabra resaltada con una almohadilla, a modo de etiqueta, para que el buscador interno de twitter sea capaz de indexarla y situarla dentro de un ranking de palabras usadas con asiduidad.) Utilizadas con frecuencia por una pequeña (pero que muy pequeña) parte de la sociedad (en la que lógicamente me incluyo). Pero nada más.

Esta trampa, en la que caemos casi todos, de creer que nuestro microcosmos, nuestro entorno personal, es el reflejo del mundo exterior, nos lleva directamente al aislamiento, a desvirtuar la situación real de la sociedad.

Y no nos viene de nuevo, ni es culpa de los avances tecnológicos, de la irrupción de Internet o del despegue meteórico de las redes sociales. Es algo intrínseco al ser humano. Tendemos a crearnos una imagen de la realidad en base a nuestra propia vida, a nuestra familia, nuestro entorno; cimentada en aquello que vemos, oímos, olemos y en algunos casos, cada vez menos, leemos. La abrumadora mayoría de la sociedad española se cree a pie juntillas lo que dicen en los programas y canales de televisión que ven (prefiero no sacar a relucir aquí los índices de audiencia de la televisión en España, creo que sería demasiado deprimente siendo martes y con toda la semana por delante), no dudan de que Rubalcaba es una persona sincera y capaz, de que Pepiño Blanco es un trozo de pan, de que Ortega Cano es inocente o de que el Bar$a es un club de fútbol español. Y si se trata de la minoría de habitantes de esta península que leen algún diario o revista, tampoco podemos echar las campanas al vuelo. Basta con repasar los estudios de la OJD, restar las trampas (o directamente mentiras) que siempre incluyen, para darnos cuenta de que vivimos en un país de iletrados y catetos más fáciles de manipular que un jovenzuelo en un local de alterne. Se trata de una simple cuestión aritmética.

Y seguirán sin saber lo que es un #hashtag. Y nosotros seguiremos en nuestro “País de las Maravillas” creyendo que nuestros cientos (o miles) de seguidores en nuestra red social preferida, son representativos de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Para eso mejor que la Reina Roja nos haga cortar nuestras cabezas.

De aquí al batacazo de volver a ver perder a la derecha unas elecciones o de presenciar cómo se hunde definitivamente la economía española hay un paso. Seamos un poco realistas. Salgamos del gueto en el que se han convertido nuestra pantalla y nuestro teclado y afrontemos la realidad.

O, bien pensado, mejor que no lo hagamos. Porque en ese caso solamente nos quedaría una opción: recoger los bártulos, llenar nuestras maletas y abandonar España a su triste destino.

Sigamos pues con los #hashtags, nuestros seguidores y nuestros retuits (como los retutes caniqueros de nuestra infancia). De todas las drogas que ayudan a olvidar la realidad que nos rodea seguramente es la menos perniciosa. Porque tampoco estamos ya para tirar de peyote, estramonio o chutes de nuez moscada. Que ya tenemos una edad.