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lunes, 3 de marzo de 2014

Badajoz no está en Osona

Entiendo que el críptico título de este artículo sembrará dudas acerca de su contenido. Intencionado es, por lo menos así conseguiré despertar la curiosidad de algún lector y con ello que lea más allá del titular, algo por desgracia poco habitual en un país de iletrados y alelados consumidores de titulares de un tamaño de fuente mínimo de 36 puntos, televisión barata, música repetitiva y placeres materiales carentes del mínimo contenido espiritual.
Este fin de semana pasado ha estado plagado de detalles, en lo bueno y en lo malo (cual compromiso de matrimonio), que me han  llevado a reflexionar un poquito sobre las personas, la amistad, el saber estar, la fidelidad, la compasión, la solidaridad.  Y a intentar trasladar esos pensamientos a una hoja de papel. Tarea harto difícil, por otro lado, al tratarse de sentimientos inconexos y puntuales, que tal como los sientes vuelven a desparecer. Como esos enamoramientos de barra y nocturnidad de los que al día siguiente te arrepientes mientras intentas echar de la cama al ser extraño que tienes a tu lado (en el peor de los casos)  y, haciendo el máximo ruido posible,  buscas el último y salvador “Espidifén” en todos los rincones de la casa, incluidas maletas y mochilas, objetos estos que suelen ser el refugio final de mecheros, medicinas, pañuelos, esponjas limpiabotas  y kits de costura requisados en el último hotel. Por lo menos en mi caso. 
Y no ha sido tanto una sesuda reflexión, sino más bien una nueva constatación de la enorme diferencia entre las personas normales, léase buenas, y los "joputas" que por desgracia tanto abundan en la sociedad actual.
Todo empezó con una comida “informal” con unos cuantos compañeros de trabajo en un mesón gallego en Boadilla del Monte (local ciertamente muy recomendable por su excelente relación calidad / precio, llamado O’Carro). Entre parrochas con pimientos de padrón, pulpo a feira,  fabas con almejas y unos buenos entrecots, el ágape (en su 2ª acepción de la Real Academia, porque ni somos de los primeros cristianos ni la comida tuvo un carácter religioso), el ambiente fue distendido, sin tensiones ni bandos enfrentados, la conversación fluyó de forma natural y sin más pretensiones que disfrutar de unos buenos manjares y pasar un rato agradable. Y así fue.
En algunos momentos me sentí trasladado a una de tantas comidas vividas con desconocidos peregrinos en los mesones de las pequeñas poblaciones que visitas en los diversos tramos del Camino de Santiago, en las que sin ningún tipo de intención comercial (o sexual)  oculta, sin jerarquías,  objetivos o tensiones simplemente se disfruta del lugar y del momento.  Gente normal reunida alrededor de una buena mesa. Primer momento dulce del fin de semana.
Salidos del restaurante, cada mochuelo se dirigió a su olivo, como es menester, y en mi caso, y dada la proximidad con Majadahonda, localidad en la que reside un amigo, me acerqué a visitarle. No habiendo autobuses hasta bastante rato más tarde, un simpático taxista que quizás advirtió mi cara de circunstancias y de frio debido al viento de la sierra que amenazaba con enfriar ese estómago recién calentado, se ofreció a llevarme por unos módicos 10 euros (cuando según él el precio con taxímetro oficial ronda los 15).  
Un detalle de agradecer, que me permitió plantarme en casa de mi amigo en pocos minutos y disfrutar de una agradable sobremesa que al final se alargó más de lo debido, supongo que por la necesidad de ayudar al proceso digestivo con los líquidos etílicos de rigor. No fuera a ser que me sentaran mal los manjares engullidos por una falta de componentes purificadores y disolventes. Llegado el momento de recular y volver a casa resultó que ya solamente quedaba un último autobús de línea, y que encima no estaba claro si ya había pasado por la estación o aún estaba por llegar. Por suerte no era el único en esta situación un poco desesperante, más aún si el remanente en mi cartera no daba para muchas alegrías, y una simpática chica con la que entablé conversación me propuso compartir un taxi hasta Madrid, vistas las pocas probabilidades de que el autobús de línea nos rescatara. En un visto y no visto nos plantamos en Moncloa, cada cual cogió su línea de metro correspondiente, y cual aparición mariana dicha señorita desapareció de mi vista y de mi vida. La escasa media hora que compartimos volvió a ser uno de esos momentos especiales, en los que dos desconocidos se ayudan mutuamente sin ninguna segunda intención, sin egoísmo y con una naturalidad tan poco frecuente en la vida diaria. Y hete aquí la primera razón para el título de este artículo: de la chica no recuerdo mucho, si era fea o agraciada (me imagino que más bien lo primero, sino hubiera insistido un poco más), mucho menos su nombre, pero si su ciudad de origen: era de Badajoz y trabajaba los fines de semana en un restaurante en Madrid para sacarse un pequeño sobresueldo. Obviamente podría haber sido de cualquier otro lugar, hasta catalana o vasca, pero la casualidad quiso que fuera de una de las provincias más agradables y sorprendentes que he conocido en los últimos años, habiéndola recorrido a pie de cabo a rabo siguiendo la Vía de la Plata. Tanto la provincia de Badajoz como la de Cáceres son unas joyas en todos los sentidos: su paisaje, sus pequeñas poblaciones, sus dehesas llenas de manjares andantes en forma de preciosos cerdos ibéricos, vacas blancas cacereñas, vacas retintas y ovejas merinas negras, sus ríos, riachuelos y cascadas,  sus valles y sus altos, pero, sobre todo, sus gentes, abiertas, sin pretensión alguna, con esa nobleza que atesoran las zonas rurales de nuestra piel de toro, tierras de honorables y cultos creadores, valientes conquistadores y bellas damas. Y de personas desprendidas prestas a ayudar al extraño sin pedir nada a cambio. Como otro compañero de trabajo originario de estas bellas tierras, que con la fidelidad como lema intenta siempre ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. Ejemplo hecho hombre de lo descrito con anterioridad.
Más momentos dulces del fin de semana. Para el sábado pintaban bastos. Uno más de los para mí ya tradicionales fines de semana en soledad, sin recursos económicos para grandes dispendios, sin planes concretos y limitados al descanso, la música y la lectura. Que bien pensado tampoco está nada mal, aunque se eche de menos un poco más de vida social y de calor humano. Pero como las alegrías surgen en el momento menos esperado, se juntaron una invitación de un amigo para celebrar el cumpleaños de su mujer, con el regalo por parte de un jugador de mi adorado RCD Español de 2 entradas para asistir al partido en Getafe. Visita relámpago al cumpleaños, que debido a la extensa y juguetona prole se celebraba en una guardería, con un rato de agradable conversación en mi idioma materno con un expatriado de Köln (Colonia) , buenas cervezas y mejores tapas, sobre todo las pechuguitas “villeroy” (del excelente restaurante Juan Luis de la calle Santa Engracia),
y un posterior y eterno desplazamiento con varios transbordos a Getafe, donde, como ya se está volviendo tradición,  pude disfrutar de la compañía de unos buenos amigos y un soporífero partido de esos que hacen afición a la inversa. Suerte tuvimos que se unieron al grupo varios grandes camaradas de Barcelona, por lo que a pesar del pobre espectáculo pasamos un rato agradable entre  “Shandys” (la única bebida con ligeros aromas alcohólicos, como bien nos explicaron los camareros del bar del campo), cánticos y recuerdos de un pasado en común que nunca se olvida. Tercer momento positivo.

Y ahora llegamos a la segunda parte del título y con ello a lo asqueroso y feo del fin de semana. Vaya por delante que en este caso pagan justos por pecadores, y que la comarca de Osona es una de las más bellas de mi querida patria chica, de ese Cataluña tan bonita y española que algunos mequetrefes manipuladores han conseguido convertir en objeto de odio y desprecio por parte del resto de los españoles, cuando ni su población ni su riqueza de todo tipo, cultural, paisajista e histórica, se merecen tal agravio,  causado esto encima por cuatro dementes amantes únicamente de sus privilegios y sus chanchullos.  
Pero para desgracia de esta comarca, y en concreto para San Hipólito de Voltregá, recibo el domingo un enlace a un reportaje sobre uno de sus habitantes y para más inri responsable de la sección local de “Omnium Cultural”, una de las históricas asociaciones pantalla culpables de todo el desaguisado separatista y receptora de mil y una subvenciones de los sucesivos desgobiernos tripartitos, nacionalistas y últimamente directamente separatistas; un malnacido que resulta ser uno de los autores confesos y condenados por el asesinato de un joven socio del RCD Español hace 23 años, y que encima se jacta en sus discursos y escritos de su hazaña  y anuncia más represalias contra los “fascistas” españoles. 

No había peor manera de acabar el fin de semana, más aún cuando venía de estar en compañía de varios socios del RCD Español que al igual que yo vivieron muy de cerca la desgracia de dicho asesinato y la constante chulería de los condenados durante el juicio y su posterior estancia entre rejas (a todas luces muy corta, visto el nulo arrepentimiento del perro rabioso éste). Que ahora tengamos que soportar a monstruos como éste campando  a sus anchas en instituciones financiadas por el poder nacionalista y encima amenazando a futuro al resto de la sociedad catalana que no comulgue con sus fanáticas, estúpidas, falsas e indocumentadas ideas, no es de recibo.

Dios no quiera que este movimiento separatista que tanto daño está haciendo cristalice en un enfrentamiento civil, porque claro está que despreciables seres como éste serán los que causen los peores estragos.

Siempre y cuando no acabemos antes con el perro para evitar la rabia.


Queda claro. Badajoz no está en Osona. Ni la rabia. Ni el perro.


lunes, 22 de julio de 2013

¿Españoles de mierda?

Poco honorable patria la nuestra en la cual las envidias, los celos, las artimañas, los rencores y los odios tribales son y han sido el motor de la involución de la sociedad, que ha pasado en pocos siglos de ser grande, conquistadora con intención creativa,  colonizadora con un claro y declarado objetivo de unión, evangelizadora con afán de aportar fe, consuelo y alivio y culturizadora con intenciones sumatorias e integradoras, a ser pequeña, ladrona y mezquina.

Y tal como avanza el siglo XXI me da a mí que cada vez será más pequeña, más pícara y menos noble. 

Hasta no ser.

Porque bien sabido es que no todos los habitantes de las provincias vascongadas son asesinos que pistola en ristre rematan por la espalda, o que certificado médico falseado en mano pasean su moribundo cuerpo en fase terminal de bar en bar disfrutando del “carpe diem” en un insulto continuo a todas las víctimas del terrorismo y a España entera;  también es notorio que no todos los andaluces se han beneficiado de EREs fraudulentos ni que se dediquen a vigilar cual perro de presa a sus vecinos para abalanzarse sobre sus predios a las primeras de cambio para arramblar con ellos a precio de saldo, cual subasteros mafiosos tan omnipresentes en nuestra piel de toro. Y tampoco creo que nadie pueda afirmar que todos los habitantes de Huelva, provincia de origen del ínclito tesorero, inversor y alpinista Bárcenas, se dediquen en cuerpo y alma a medrar, invertir lo ajeno, intermediar y cobrar comisiones, o a defender los intereses de regiones remotas, como hizo este bicharraco representando a Cantabria como senador, digo yo que algo lejos esta región de su pueblo natal como para conocer sus  necesidades y poder defender sus intereses con un mínimo de honestidad.

Y, aunque les parezca mentira a algunos separadores que se llenan la boca con la palabra España, personajes con cargos oficiales promocionando en teoría esa “Marca España” que engloba también a mi querida tierra natal Cataluña, resulta que no todos los catalanes son separatistas, ni silban al himno nacional en su tiempo libre, ni plantan banderas estrelladas en los patios de los colegios, ni se benefician de los millones defraudados en el caso Palau o en las concesiones de las iteuves, ni abren la puerta a la invasión islámica en la otrora salvaguarda del mundo occidental llamada Marca Hispánica. 

Vaya diferencia de “Marcas”.

Pero por desgracia en nuestra sociedad, entregada, conformista  y alelada, la tan cacareada y cacareante “minoría ruidosa” acaba siempre imponiéndose a esa “mayoría silenciosa” que calla (luego otorga). Y si encima que padecemos la dictadura de esa minoría ruidosa nacionalista, que controla el poder y los medios en importantes partes de España,  nos crecen los enanos con centralistas que no ven más allá de sus confines mesetarios, mal vamos.

La culpa es compartida. De todos. Y si la mayoría de los españoles optamos por la vida fácil, por cerrar los ojos, por seguir manteniendo a toda esta chusma con nuestros votos y nuestros impuestos, sin pedir un mínimo de decencia a los que nos representan, pues entonces no tenemos el mínimo derecho de quejarnos a estas alturas de que existan separatistas y separadores.

Perfiles ambos que buscan simplemente el enfrentamiento para conseguir sus sucios objetivos.

Incultos, manipuladores y vengativos ambos colectivos,  que  no pretenden otra cosa que su propia notoriedad y su ansiado bienestar a costa del esfuerzo de los demás;  alimentadores de prejuicios, leyendas y mentiras altisonantes lanzadas al aire para en su caída llenar el bolsillo de ruines políticos y cargos nombrados a dedo y poder así seguir pasando los lunes, martes y demás días de la semana  al sol sin hincar los codos y ponerse a trabajar por el bien común.

Eso sí, insultando (a poder ser en la barra del bar de moda ante unas gambas y una cerveza bien fresca), al inocente del barrio, pueblo o región vecinos, sin conocimiento de causa ni razón que lo justifique.

Digo yo que con tantas etiquetas circulando por el ciberespacio cual sentencias dogmáticas,  pero con menor alcance  y vida útil que cualquier mentira piadosa o programa electoral, el único “hashtag” que debería imperar en las redes sociales es el de #AmoaEspañaporquenomegusta.


¿Españoles de mierda?