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miércoles, 22 de agosto de 2018

El trujamán



El descanso veraniego (aunque por su cada vez más corta duración podríamos llamarlo asueto) suele ser la época del año en la que los españoles leen más. Sobre todo en el caso de las féminas, tal como indican todas las encuestas, algo que quizás se deba a sus ganas de evadirse, a la carencia de tiempo libre durante el resto del año o simplemente a que su mente tiene otras prioridades frente a la simpleza del cerebro masculino. Y escribo esto convencido de que no hay diferencias entre hombre y mujer, sino entre personas, pero como está tan de moda enfrentar a ambos sexos en una estúpida contraposición, por no hablar de la suprema majadería (carente de cualquier base científica) de los múltiples géneros que van apareciendo cual setas en un húmedo bosque (creo que ya se han comido el alfabeto entero con el LGTBHIJKXZ), pues me apunto al carro y lo dejo caer. A estas alturas no voy a ser menos que los parlanchines, los “influencers”, los descerebrados podemitas, los garrulos nacionalistas y su nueva historia (ese perfecto oxímoron), los indigentes culturales Rufián, Garzón y Sánchez Castejón o que inútiles seudointelectuales como la Fallarás o la Talegón.

Mis lecturas para el verano se reducían a dos libros: “Devastación”, de mi amigo y camarada Juan Ricart, y “6 relatos ejemplares 6” de Elvira Roca Barea. Intenté empezar por “Devastación” pero tengo que reconocer que me fue imposible. La temática sombría (aunque tristemente real) no pegaba mucho con el espíritu alegre y veraniego, por lo que momentáneamente queda aparcado para los días grises, que no negros, que se avecinan (Juan, prometo continuar la lectura sin dilación). La segunda opción en cambio, “6 relatos ejemplares 6”, ha sido una gran y muy agradable sorpresa. Después de haber leído el anterior, exitoso y denso ensayo de la autora (“Imperiofobia y leyenda negra”) no me esperaba una prosa tan rica y unas historias tan entretenidas, divertidas e interesantes. Lectura ligera para la época de relax, pero con un trasfondo histórico que engancha. Os recomiendo encarecidamente su lectura.

Y leyendo este libro volví a descubrir, desde sus primeras páginas, nuevas palabras que con sumo interés apunté y busqué en el diccionario (cómodamente a mano gracias a la tecnología y al omnipresente amigo Google). Y me quedé prendado de la expresión que encabeza este artículo, trujamán. Entiendo que muchos de vosotros ya conocíais esta palabra, sobre todo aquellos de vosotros que sois lectores habituales, cultos y formados, pero yo la desconocía. Hasta publiqué un tuit al respecto. “Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, como bien expresa nuestro refranero. Y nunca es tarde para aprender, entender, descubrir.

Trujamán, según el diccionario de la Real Academia, tiene dos acepciones: “Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios”, e “Intérprete” como segunda y más conocida definición. Tal cual leía su enunciación me sentí representado por ambas, aunque bastante más en el papel de intérprete. Y también pensé en el juego que daría esta expresión a amigos y enemigos: de trujamán a truchamán hay poco recorrido, pero gracias a Dios las variantes existentes cubren con creces la posible creatividad del gracioso de turno, que a falta de cultura solamente aporta chistes fáciles, cuando no insultos y desprecios. Son pues sinónimos de trujamán las expresiones dragomán, truchimán y trujimán. Y hasta podría usarse la más conocida “lenguaraz”, no por deslenguado, sino por hablar dos o más lenguas. En mi caso claramente aplicable. Mal que les pese a algunos soy un quintuple lenguaraz por los idiomas que uso y domino (en mayor o menor medida).

Este descubrimiento, junto a otras palabras que no soltaré ahora pero que guardo en un archivo llamado “palabras nuevas y raras” que mantengo desde hace años y que seguro usaré en algún escrito en el futuro, me llevó a reflexionar sobre la triste obsesión de tantas personas en aparentar saber algo, incapaces de mantener una conversación sin ser el protagonista, obsesionados en ser el centro de atención a base de contestar con un “si, pero, bla, bla, bla”, o directamente con un “no es así, bla bla bla”, como si el saber más o menos sea un desprestigio a ocultar o negar. Y hablo por experiencia: de joven tenía la misma obsesión, como casi todo el mundo, de ser alguien, de ser el protagonista, de sentirme importante, y todo ello me llevaba en muchos casos a ser un resabido, un sabelotodo.
¡Ojalá hubiera existido Internet en los años 80, sin duda hubiera sido el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro: el protagonista absoluto en todos los eventos! 

Pero esto te puede pasar cuando eres joven, en la adolescencia, quizás entre los 12 y los 18 años. Lo que no puede ser es que ya maduro, adulto, cuando no viejo a punto de jubilarte, sigas obsesionado con saber todo, con tener el coche más rápido, el miembro más largo, la piel más tersa, la ropa más cara o los títulos más prestigiosos (masters falsos y demás). Denota una falta de madurez, una inseguridad y una obsesión por el infantil “y yo más” y “tú qué” que al final no es que se haga pesada y cansina, al final hasta da pena y produce tristeza. Ver a personas cuyo único objetivo en la vida es inventarse su pasado, su presente y hasta su futuro, obsesionadas por no quedar mal, por ser el protagonista, es penoso. Y la culpa de ello, aparte de las propias limitaciones de las personas (que todos seamos iguales ante Dios no significa que todos tengamos la misma capacidad intelectual), recae obviamente en la sociedad que hemos creado, en la exaltación de lo superficial, lo monetario, lo físico, lo material, lo efímero, frente a los valores naturales, profundos, reales y eternos.

El capitalismo salvaje, y con ello el consumismo, la obsolescencia programada, las modas inducidas y la desvirtuación de las necesidades reales del ser humano, han creado y siguen creando estas mentes vacías, dóciles, limitadas, dirigibles, en resumen, esclavas de intereses totalmente espurios que solamente sirven a los intereses de los que manejan los hilos en la oscuridad. Ovejas aleladas al servicio del mal, ya sea capitalista, populista, nacionalista o consumista, ya sea una multinacional, una secta, un partido político o una religión mal interpretada y peor aplicada.

No creo que necesite dar ejemplos. Desde las largas colas nocturnas para comprar el nuevo modelo de teléfono móvil hasta la plantada obsesiva de lazos y cruces amarillos,la mención continua de un tal Francisco Franco que murió hace casi 43 años, la negación de la historia o la invención de la misma (Colón era catalán dicen los enfermos lazis), los programas de TV zafios cuando no vomitivos como Sálvame, todo ello son síntomas de esa inmadurez, de ese infantilismo, de esa limitación intelectual que padece la sociedad.

Despertad. Despertemos todos. Y leed (que no leer, que para algo existe el imperativo). En caso contrario, pues idos a la mierda (“iros” en cuanto la RAE acepte la nueva variante por imposición popular, o populista).


jueves, 8 de febrero de 2018

Expaña


Siempre he tenido la intención de escribir un artículo, un relato corto o hasta un libro dedicado a la letra EÑE, tan característica y representativa de nuestro querido idioma (aunque no sea una letra exclusiva de nuestra lengua, ya que también es parte de muchos otros alfabetos como el asturiano, el aimara, el bretón, el bubi, el gallego, el chamorro, el mapuche, el filipino, el quechua, el guaraní, el otomí, el mixteco, el papiamento, el rohingya, el tagalo, el tártaro de Crimea, el euskera, el zapoteco y de otras muchas lenguas minoritarias).
Si hasta he pensado infinidad de veces en tatuarme una preciosa eñe en alguna parte de mi avejentada piel.

Como bien canta “Hispánica”:
Tinta negra en mi piel
Son recuerdos del ayer
Una vida, un sentimiento, una historia y un porqué
Tinta negra en mi piel
Aún recuerdo lo que fue
Una idea, una lucha, un deber

Porque más allá de ser una letra muy nuestra, la eñe es claramente un símbolo del hispanismo, de ese concepto integrador y motor de la evolución social, científica y cultural durante los muchos siglos en los que el Imperio español aportó tantas cosas buenas a la humanidad (frente a las mentiras de la “Leyenda negra”, auspiciada, inventada y utilizada a destajo como arma contra nosotros por ingleses y franceses, nuestros históricos y tan mentirosos enemigos). La maldita envidia de unos y de otros. Pero bueno, eso es harina de otro costal sobre lo que se han escrito un sinfín de tratados. Tampoco soy yo una autoridad para desgranar la historia de España y de Europa en un simple comentario en este cuaderno de bitácora. Suficientes maestros y eruditos tiene el hispanismo para alumbrar lo bueno de nuestra historia. Como por ejemplo María Elvira Roca Barea en su magnífico ensayo “Imperiofobia y leyenda negra”.

Pero por desgracia hoy iba a escribir sobre otra cosa. Sobre el prefijo “EX”. Y sobre Expaña, título de este artículo, que refleja la maldita realidad en la que vivimos: España ya no existe. Por lo menos la España que fue, que amamos, que soñamos y que visto lo que hay se perderá irremediablemente en la vorágine de la Europa actual y en la basura de sociedad carente de valores en la que nos ha tocado vivir. Y ya es extraño que la “Real Academia de la Lengua” acepte tantas nuevas (y muchas veces ridículas) palabras y no añada de una vez “Expaña” a su tan preciado diccionario. Si ya existen en el DRAE más de 8.800 palabras que empiezan con el prefijo “ex”, no nos viene de una más, digo yo.

 Expaña con una única acepción:
1. m. Nación que una vez fue y que entre todos se cargaron.

Vamos pues a por el maldito prefijo “ex”.

Una Expaña expuesta a las excentricidades (siendo benévolo) de mil y un payasos (siendo más benévolo aún).
Una Expaña en la que los exabruptos de políticos, pseudoartistas, pseudoperiodistas y demás ralea sobrepasan día sí día también la mínima educación en un país antaño culto y educado.
La exasperación que produce aguantar las sandeces que sueltan inútiles como Rufián, Irene Montero, Eche-Nike, personajes que parece que usen el excretor en vez de la boca.
La exuberancia con la que vive el fugado iluminado Puigdemont en Waterloo (acaba de pedir unos pocos millones de Euros para mantener su alto nivel de vida, su mansión y sus cenas a base de buenos vinos, mejillones y jamón patrio).
Las mil y una excusas que usan tanto Podemos como Ciudadanos para cambiar la ley electoral, cuando lo único que les interesa es cambiar a una nueva fórmula de cálculo que les beneficie. Como su excéntrica petición de que puedan votar los mayores de 16 años. Cuando ellos mismos, léase Pablo, su cortesana Irene, Iñigo y demás vagos populistas tienen menos madurez que los renacuajos de cualquier charca inmunda.
La pendiente excomunión de Sor Lucía Caram y demás religiosos (los monjes de Montserrat los primeros) al servicio del rancio separatismo.
La cansina e insistente petición por parte de los casposos comunistas de la exhumación de cadáveres asesinados por uno de los bandos de la guerra civil, ocultando al mismo tiempo la existencia de muchos miles más en el otro bando. Poca cosa más explícita puede haber que pasear un rato por el camposanto de Paracuellos.
El excluidor racismo y clasismo de los nacionalistas catalanes y vascos.
La rebuscada y falsa exégesis que se han sacado de la manga los populistas asturianos para aupar el asturiano a lengua cooficial y con ello poder empezar a clasificar y separar a la sociedad sin que ni un experto lingüista, sociólogo o historiador les dé la razón. Y a mangonear con subvenciones hasta la extenuación.
El continuo extravío de dinero, de pruebas judiciales, de testigos y de imputados en los miles de juicios por corrupción pendientes a lo largo y ancho de la península ibérica.
El fanático extremismo nacionalista de otros siglos que está enfrentando a los ciudadanos en cualquier rincón de España, desde Cataluña, pasando por Baleares y Valencia hasta Galicia o Asturias.
La expropiación de la voluntad real de un pueblo a base de pactos bajo mano, chanchullos, connivencias y prebendas de todo tipo.
Los experimentos educativos y sociales que han conseguido en pocos lustros convertir los dos únicos sexos existentes en un sinfín de desviaciones y enfermedades que quieren aupar a rango de ley de la naturaleza a golpe de invenciones y mentiras.




En fin, para que seguir.

Acabaría extenuado, excitado y exaltado.
Y con ello expuesto a que con la nueva ley de memoria histérica que nos quieren imponer me tacharan de extremista, explosivo o extemporal.
Y tuviera que vivir expatriado en alguno de los pocos países que aún se resisten a perder sus orígenes occidentales cristianos y europeos. Como Hungría. O Polonia.

Porque por lo que atañe a nuestra patria, lo dicho:

EXPAÑA.