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lunes, 11 de octubre de 2021

Numerología ante el 12 de octubre

En tiempos de continuas mentiras oficiales, encuestas manipuladas y memorias histéricas varias que intentan cambiar el presente y el pasado (para asegurar el futuro placentero de una minoría de descerebrados populistas y naZionalistas), quizás toque volver a una pseudociencia, la numerología, para rematar la demencia que no sólo nos rodea, sino que sobre todo y por desgracia nos desgobierna.

Nos explica la Wikipedia, esa enciclopedia abierta en la que todo el mundo puede añadir, corregir, manipular e inventar contenido (esta cuenta de Twitter, permite por ejemplo seguir todas las ediciones realizadas anónimamente desde instituciones oficiales españolas… y en horario laboral, por cierto), gigantesca recopilación del saber que al final ha acabado siendo una fuente fidedigna para la mayoría de los temas gracias a la supervisión y corrección por parte de abonados, estudiosos, expertos, prestigiosas instituciones y muchos particulares (y lógicamente también controlada gobiernos, logias, multinacionales, autoridades religiosas, partidos políticos y demás asociaciones con fines comunes, ocultos o declarados), dice pues la Wiki que la numerología es un “un conjunto de creencias o tradiciones que pretende establecer una relación oculta entre los números, los seres vivos y las fuerzas físicas o espirituales…”.

Se trata por lo tanto una pseudociencia, como la astrología, creencias que, a pesar de carecer de cualquier base científica, siguen muy presentes en todas las culturas y son algo que tenemos interiorizado todos, heredado de generación en generación. Como los refranes y dichos populares, pero simplificado con números que supuestamente significan algo. Como la esotérica cábala judía, a cuyas "verdades" aún sucumben hoy en día famosos, iluminados y drogadictos de todo tipo. Por otro lado, también tenemos las fechas de hechos históricos, como el que conmemoramos hoy, o la correlación de números con letras, algo usado para recrear nombres o frases usando la respectiva posición de una letra dentro del alfabeto, como el 88 que usan los neonazis para hacer referencia a la letra hache, es decir, al “Heil Hitler”. Por cierto, aquí tenemos una reciente y clara demostración de la vigencia de esta simbología numérica: Austria prohibió el uso de los números 18 (Adolf Hitler) y 88 en las matrículas hace unos años (también eliminó la combinación de letras IS, en referencia al ISIS, o de las SS, por las Schutzstaffeln del Tercer Reich). Por no hablar de la planta 13 en los rascacielos o la relación de victorias de Ángel Nieto, número eliminado por su asociación a la mala suerte, algo imposible de eliminar de la mente occidental.

Y como mañana será 12 de octubre, una fecha clave para nosotros, los españoles, y por extensión para todos los europeos y los hermanos hispanoamericanos, voy a hablar un poco de fechas, de números, de su significado y su importancia.

Tranquilos, obviaré incidir en los números simbólicos más conocidos y utilizados por todos nosotros, como el 7, el 13, el 21, el 666, el 777 o el 1582 (esos Nikis); me centraré en tres números: el 1, el 12 y el 52. Pero no desde un enfoque religioso, mágico o adivinatorio. De eso que se encarguen predicadores, magos, chamanes, imanes, antipapas, médiums, camellos y demás intermediarios entre nuestra mente y el más allá desconocido; lo mío es más simple y va relacionado con la fecha de mañana, con nuestra organización administrativa provincial (y también de un grupo de luchadores) y con el uno, el primero, el principal, símbolo de inicio y, ante todo, de unidad.

Doce de octubre, XII en números romanos, día del descubrimiento de América por una expedición marítima hacia lo desconocido que emprendió el Reino de España el 3 de agosto de 1492 desde el puerto fluvial de Palos (en Huelva, la provincia 21 de nuestra patria, España, número asociado a tantas cosas que no es preciso que detalle aquí ni ahora. Para eso está Google, para lo demás, Mastercard).

Doce de octubre, XII en números romanos, una de las fechas más importantes de la historia de nuestra civilización occidental, o quizás la que más para toda la humanidad, evento clave para la evolución social, económica y cultural del mundo de poniente, para el nacimiento del hispanismo, para la existencia de tantas naciones hermanas en el por entonces nuevo continente y por desgracia también para la desaparición de las tribus indias del norte del continente, exterminadas sin piedad por los colonos del norte europeo, en especial por anglosajones, holandeses y alemanes. Aunque esto empezaría siglos después del desembarco español en el nuevo mundo. Por mucha leyenda negra creada en oscuras habitaciones del frío, bárbaro y desapacible norte de Europa, por simple envidia e intereses económicos. Leyenda negra que, ante la desmemoria histérica que el globalismo de la Agenda 2030 intenta imponer con su indigenismo y demás sandeces, está siendo rebatida en grandes obras y por prestigiosos escritores a ambos lados de ese océano atlántico que no nos separa, sino que nos une, como Elvira Roca Barea aquende y recientemente Marcelo Gullo Omodeo allende los mares. Esos mares que cruzó Marco buscando a su madre, para que los menos leídos pero teleadictos lo entiendan.

El cincuenta y dos, 52, LII en números romanos, algo ya eliminado del currículo formativo de esta nueva sociedad que están creando. Y destrozando. Número que, sin cábalas, trampantojos o interpretaciones, simplemente es la suma de cincuenta provincias y dos ciudades autónomas, unidades administrativas que componen nuestra nación, España. A las que con añoranza histórica muchos sumaríamos los cinco virreinatos
americanos y demás provincias de ultramar. Pero la historia, pasado es. Y no se puede reescribir, cambiar o tergiversar. Aunque tantos y tan variados malvados y dementes se dediquen a ello noche y día. Allende y aquende, como ya dije antes.

El cincuenta y dos, 52, LII en números romanos, que por casualidad es el número de valientes que están defendiendo, unidos bajo las siglas de VOX y desde sus escaños en el Congreso, la unidad de España, la justicia, la libertad y el futuro de nuestros hijos y nietos. Pero esto es pura casualidad, que nadie busque ahora asociaciones místicas. Podrían bien ser 50 o 53. O quizás 99 en un futuro próximo. Nunca se sabe.

Y llegamos por fin al número más importante. Volvemos al inicio. 

Al uno, 1, I en números romanos. Al "alpha" numérico, que no es lo mismo que alfanumérico. A un número que no solamente significa el principio de todas las cosas, de todas las cuentas, de todas las historias, sino que simboliza también y sobre todo la unidad. Esa unidad que es necesaria para que todo funcione. Ese 1 del “todos a una”. El uno de la solidaridad, de la cooperación, de la unión en una empresa común. Un número que siempre une y nunca separa, un guarismo indivisible. Y que por lo tanto también simboliza la unidad de España. Y que nadie se ponga nervioso, tire de prejuicios y leyendas negras, remueva a los muertos en sus tumbas, tape verdades y publique mentiras sin base histórica, simples relatos para acompañar sus malvados planes de futuro, y se atreva a recordar y maldecir con saña el antiguo lema de “Una, grande y libre” y empiece a llamarme franquista, fascista o cualquier otro epíteto similar.

Aunque me importa bien poco lo que digan los demás; porque al fin y al cabo se trata de un lema precioso  que no significa nada más que lo que enuncia (que es mucho, por otro lado), sin tener que elucubrar, leer las estrellas, consultar antiguas escrituras, pagar a un vidente, sobornar a un alquimista o pegarse una ronda de peyote: una, grande y libre, simple, llana y comprensible hasta para iletrados políticos y tertulianos desquiciados, quiere decir: unidad, grandeza y libertad. Que es lo que queremos todos para nuestra querida patria. Y por lo que suspiran y luchan tantos españoles en las 50 provincias y dos ciudades autónomas que componen nuestras nación. LII en números romanos. Cincuenta y dos, como el número actual de diputados de VOX. Suerte que odio las pseudociencias. Y en especial la numerología. Se trata de una simple casualidad.

Feliz 12 de octubre, queridos compatriotas. Feliz 12 de octubre, hispanos de allende los mares.

¡Viva España! ¡Viva la Hispanidad!







miércoles, 22 de agosto de 2018

El trujamán



El descanso veraniego (aunque por su cada vez más corta duración podríamos llamarlo asueto) suele ser la época del año en la que los españoles leen más. Sobre todo en el caso de las féminas, tal como indican todas las encuestas, algo que quizás se deba a sus ganas de evadirse, a la carencia de tiempo libre durante el resto del año o simplemente a que su mente tiene otras prioridades frente a la simpleza del cerebro masculino. Y escribo esto convencido de que no hay diferencias entre hombre y mujer, sino entre personas, pero como está tan de moda enfrentar a ambos sexos en una estúpida contraposición, por no hablar de la suprema majadería (carente de cualquier base científica) de los múltiples géneros que van apareciendo cual setas en un húmedo bosque (creo que ya se han comido el alfabeto entero con el LGTBHIJKXZ), pues me apunto al carro y lo dejo caer. A estas alturas no voy a ser menos que los parlanchines, los “influencers”, los descerebrados podemitas, los garrulos nacionalistas y su nueva historia (ese perfecto oxímoron), los indigentes culturales Rufián, Garzón y Sánchez Castejón o que inútiles seudointelectuales como la Fallarás o la Talegón.

Mis lecturas para el verano se reducían a dos libros: “Devastación”, de mi amigo y camarada Juan Ricart, y “6 relatos ejemplares 6” de Elvira Roca Barea. Intenté empezar por “Devastación” pero tengo que reconocer que me fue imposible. La temática sombría (aunque tristemente real) no pegaba mucho con el espíritu alegre y veraniego, por lo que momentáneamente queda aparcado para los días grises, que no negros, que se avecinan (Juan, prometo continuar la lectura sin dilación). La segunda opción en cambio, “6 relatos ejemplares 6”, ha sido una gran y muy agradable sorpresa. Después de haber leído el anterior, exitoso y denso ensayo de la autora (“Imperiofobia y leyenda negra”) no me esperaba una prosa tan rica y unas historias tan entretenidas, divertidas e interesantes. Lectura ligera para la época de relax, pero con un trasfondo histórico que engancha. Os recomiendo encarecidamente su lectura.

Y leyendo este libro volví a descubrir, desde sus primeras páginas, nuevas palabras que con sumo interés apunté y busqué en el diccionario (cómodamente a mano gracias a la tecnología y al omnipresente amigo Google). Y me quedé prendado de la expresión que encabeza este artículo, trujamán. Entiendo que muchos de vosotros ya conocíais esta palabra, sobre todo aquellos de vosotros que sois lectores habituales, cultos y formados, pero yo la desconocía. Hasta publiqué un tuit al respecto. “Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, como bien expresa nuestro refranero. Y nunca es tarde para aprender, entender, descubrir.

Trujamán, según el diccionario de la Real Academia, tiene dos acepciones: “Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios”, e “Intérprete” como segunda y más conocida definición. Tal cual leía su enunciación me sentí representado por ambas, aunque bastante más en el papel de intérprete. Y también pensé en el juego que daría esta expresión a amigos y enemigos: de trujamán a truchamán hay poco recorrido, pero gracias a Dios las variantes existentes cubren con creces la posible creatividad del gracioso de turno, que a falta de cultura solamente aporta chistes fáciles, cuando no insultos y desprecios. Son pues sinónimos de trujamán las expresiones dragomán, truchimán y trujimán. Y hasta podría usarse la más conocida “lenguaraz”, no por deslenguado, sino por hablar dos o más lenguas. En mi caso claramente aplicable. Mal que les pese a algunos soy un quintuple lenguaraz por los idiomas que uso y domino (en mayor o menor medida).

Este descubrimiento, junto a otras palabras que no soltaré ahora pero que guardo en un archivo llamado “palabras nuevas y raras” que mantengo desde hace años y que seguro usaré en algún escrito en el futuro, me llevó a reflexionar sobre la triste obsesión de tantas personas en aparentar saber algo, incapaces de mantener una conversación sin ser el protagonista, obsesionados en ser el centro de atención a base de contestar con un “si, pero, bla, bla, bla”, o directamente con un “no es así, bla bla bla”, como si el saber más o menos sea un desprestigio a ocultar o negar. Y hablo por experiencia: de joven tenía la misma obsesión, como casi todo el mundo, de ser alguien, de ser el protagonista, de sentirme importante, y todo ello me llevaba en muchos casos a ser un resabido, un sabelotodo.
¡Ojalá hubiera existido Internet en los años 80, sin duda hubiera sido el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro: el protagonista absoluto en todos los eventos! 

Pero esto te puede pasar cuando eres joven, en la adolescencia, quizás entre los 12 y los 18 años. Lo que no puede ser es que ya maduro, adulto, cuando no viejo a punto de jubilarte, sigas obsesionado con saber todo, con tener el coche más rápido, el miembro más largo, la piel más tersa, la ropa más cara o los títulos más prestigiosos (masters falsos y demás). Denota una falta de madurez, una inseguridad y una obsesión por el infantil “y yo más” y “tú qué” que al final no es que se haga pesada y cansina, al final hasta da pena y produce tristeza. Ver a personas cuyo único objetivo en la vida es inventarse su pasado, su presente y hasta su futuro, obsesionadas por no quedar mal, por ser el protagonista, es penoso. Y la culpa de ello, aparte de las propias limitaciones de las personas (que todos seamos iguales ante Dios no significa que todos tengamos la misma capacidad intelectual), recae obviamente en la sociedad que hemos creado, en la exaltación de lo superficial, lo monetario, lo físico, lo material, lo efímero, frente a los valores naturales, profundos, reales y eternos.

El capitalismo salvaje, y con ello el consumismo, la obsolescencia programada, las modas inducidas y la desvirtuación de las necesidades reales del ser humano, han creado y siguen creando estas mentes vacías, dóciles, limitadas, dirigibles, en resumen, esclavas de intereses totalmente espurios que solamente sirven a los intereses de los que manejan los hilos en la oscuridad. Ovejas aleladas al servicio del mal, ya sea capitalista, populista, nacionalista o consumista, ya sea una multinacional, una secta, un partido político o una religión mal interpretada y peor aplicada.

No creo que necesite dar ejemplos. Desde las largas colas nocturnas para comprar el nuevo modelo de teléfono móvil hasta la plantada obsesiva de lazos y cruces amarillos,la mención continua de un tal Francisco Franco que murió hace casi 43 años, la negación de la historia o la invención de la misma (Colón era catalán dicen los enfermos lazis), los programas de TV zafios cuando no vomitivos como Sálvame, todo ello son síntomas de esa inmadurez, de ese infantilismo, de esa limitación intelectual que padece la sociedad.

Despertad. Despertemos todos. Y leed (que no leer, que para algo existe el imperativo). En caso contrario, pues idos a la mierda (“iros” en cuanto la RAE acepte la nueva variante por imposición popular, o populista).


viernes, 9 de junio de 2017

Discurso a los idiotas de España

Preámbulo:

Ahora que he llegado a esa edad que Platón consideraba la idónea para gobernar, como bien puntualizaba Joaquín Leguina en su artículo del día 8 de Junio pasado, me permito lanzar al viento (porque llegar a una gran audiencia en este país se me antoja harto difícil, más aún si el texto se extiende más allá de medio folio), estas reflexiones, que no son más que un compendio de lo que pienso, siento y deseo. Y de la verdad que nos rodea. Por mucho que los vendidos medios de comunicación os quieran lavar la cabeza y mientan en la mayoría de los casos.

A muchos de mis fieles lectores os sonarán bastantes temas, ya que es una letanía que llevo cantando desde joven (y replicando en este blog desde el año 2004), por lo que os pido disculpas por ser pesado y repetitivo. (Siempre podéis dejar de leer en este momento y luego decirme que os gustó mucho mi artículo. No pienso preguntar por su contenido ni examinar a nadie). Pero esto es lo que hay, nuestra España está hecha unos zorros y la sociedad occidental en un tris de desaparecer en aras del beneficio económico de las multinacionales, los bancos y las sociedades opacas (y hasta secretas), cuya complicidad con la inmigración masiva (necesaria para mantener sus expectativas de beneficio) está fuera de toda duda.

Y sabedor de que lo que yo piense, escriba o proclame a la mayoría de la sociedad ni le llegará, a los “milennials” les entrará por un oído y les saldrá por el otro (¿Cómo van a escuchar los “milennials” la opinión de un “milenario"?), y a los pocos que lo lean muchas de mis afirmaciones les parecerán exageradas,  por lo menos me quedaré con la satisfacción de haber intentado abrir los ojos a algún que otro lector perdido en esta España adolescente en la que hoy en día “.. un macho alfa del tres al cuarto pretende enseñar al mundo que su corta vida, su escaso esfuerzo intelectual y su mínima experiencia le avalan para echar abajo la Constitución y las leyes.” (Leguina dixit). Y con ello cargarse siglos de nuestra noble e imperial historia patria.




Que en España no van bien las cosas, al parecer desde tiempos remotos, lo saben ya los españoles desde que nacen. Hay y existen mil interpretaciones, mil explicaciones, acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto de nada. Bástenos saber que sobre España no pesa maldición alguna, y que los españoles no somos un pueblo incapacitado y mediocre. No hay en nosotros limitación, ni tope, ni cadenas de ningún género que nos impidan incrustar de nuevo a España en la Historia universal. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años.

Idiotas. Hace pocos meses titulé un artículo mío “Imbéciles”. Tanto monta, monta tanto. La absoluta mayoría de nosotros, españolitos de a pie, lo somos. Idiotas e imbéciles. O cualquiera de los sinónimos que nos ofrece nuestra rica y querida lengua para describir a personas carentes de intelecto: babieca, memo, bobo, pasmado, pazguato, papanatas, tontaina, bobalicón, estúpido, majadero, simple, tonto, patoso, tarado, gaznápiro, memo, palurdo, ceporro, lelo, torpe, necio, ignorante, inculto, rudo, adoquín, zote, zopenco o zoquete. (Igual convendría incluir una adenda al DRAE con nombres de “influencers” actuales como ejemplos de idiota, para que podamos entender mejor a lo que me refiero: Pablo Iglesias, Irene Montero, Rita Maestre, Gabriel Rufián, Echenique, Kichi, Willy Tolerdo, Albert Rivera, Puigdemont, Mariano Rajoy, Borbones y Bardems varios, Wyomings y similares, Rahola, Lucía Caram, en fin, una lista interminable). 

¡No será por nombres y sinónimos que me quede sin definir la triste esencia de nuestra sociedad! Para algo tenemos uno de los idiomas más ricos y completos del mundo, aparte de ser la segunda lengua más hablada del planeta. Aunque vistas muchas de las recientes adiciones al diccionario de la Real Academia, igual el español deje de ser una lengua rica y propia y pase a ser un batiburrillo de extranjerismos tan propios de la perniciosa globalización en la que estamos inmersos. Para no hablar de la discriminación, cuando no eliminación, de nuestra lengua común en alguna de las taifas de esta nuestra tierra tan querida, que tanto costó reconquistar y unir y que están malvendiendo a precio de saldo los ladrones de turno.

Somos ceporros hasta el punto de que nos hemos dejado convencer de que no somos nadie, de que nuestra existencia como nación, como Patria, es una quimera. De que todo lo serio, valioso y duradero se cuece fuera de nuestras fronteras, allende los Pirineos o más allá de los mares que bañan la Piel de Toro. De que lo único importante en esta vida es sobrevivir, si puede ser sin trabajar demasiado, usando la picaresca española como alibi continuo. Sin ningún aliciente más que conseguir llegar a fin de mes, de disfrutar de alguna tarde al sol sentado en el chiringuito de la playa, de echar un polvo aunque sea sin amor y de verlas venir a partir del siguiente lunes. Y al siguiente viernes, más de lo mismo. (Si no media un partido de fútbol, que en eso sí que somos líderes absolutos). 

Solamente nos falta la renta social garantizada para que el suicidio colectivo sea un hecho y España como nación desparezca de la faz de la tierra. Porque de los libros ya desapareció hace tiempo, como bien se puede comprobar en el material educativo de los colegios en muchas partes de España. En Cataluña, en las islas Baleares, en las Vascongadas, en Navarra y próximamente en Andalucía, la historia que se les explica a los más jóvenes no tiene absolutamente nada que ver con la realidad, son adaptaciones oportunistas para justificar los trapicheos y las carencias culturales y sociales de los gobernantes actuales. De esos millones de “políticos” inútiles que pululan a nuestro alrededor sin to ni son, restando en vez de sumando. Pero viviendo como reyes. Así nos va.

Y todo esto viene de lejos. Hablamos de los siglos XV al XIX. Cuatro siglos que marcaron nuestra historia en lo bueno y en lo malo. Son cuatro siglos en los que el resto de las potencias mundiales (“occidentales” para ser más exactos) se dedicaron de forma maliciosa, organizada y estructurada a echar pestes sobre España, sobre el Imperio Español, sobre nuestros logros, nuestra hegemonía militar, cultural y espiritual, con el único fin de arañar un poco (o la mayor parte) del pastel y superarnos cultural, militar y económicamente. No me extenderé en los detalles de estas campañas, para ello simplemente os recomiendo leer el excelente libro de Maria Elvira Roca Barea titulado “Imperiofobia y la leyenda negra”. Una obra maestra, sin duda, en la que la autora desgrana los tejemanejes, las mentiras, las envidias y las conspiraciones de nuestros “amigos” europeos, en especial Francia e Inglaterra, a fin de maquillar su historia y mancillar la nuestra. Acciones todas ellas que simple y llanamente pretendían acabar con todo lo bueno que significó el imperio español y con ello alzarse a las posiciones dominantes en la Vieja Europa.

Pero lo peor de todo no estriba en que los “enemigos” se inventen historias y creen leyendas negras, eso es parte de la guerra (sucia, pero guerra al fin y al cabo) entre naciones, lo realmente trágico es que a base de insistir hayan conseguido que nosotros mismos, los españoles, nos lo hayamos creído. (Y no viene de ahora: bien claro queda en la cita inicial de este escrito, extraída, como la mayoría ya sabéis, del “Discurso a las juventudes de España” de Ramiro Ledesma Ramos, del año ¡1935!).

La manipulación llega hasta tal punto que cualquier ciudadano europeo aún hoy en día, en pleno Siglo XXI, se cree a pies juntillas las barbaridades que franceses, holandeses o ingleses llegaron a inventarse (y siguen, y siguen) sobre nosotros y nuestra tierra. O que donnadies separatistas y nacionalistas de nuestra propia patria hagan uso de esa leyenda negra buscando con ello su propio beneficio. No creo que haga falta nombrar a todos los merluzos que nadan por esas sucias aguas de los nuevos reinos de Narnia insultando a España, a su historia, a su herencia cultural, intentando separar su propia evolución histórica y su pertenencia natural a la nación española con argumentos simplistas, cuando no inventados (con el ínclito “Institut Nova Història” como editor de la nueva enciclopedia de la historia apócrifa) , como si fueran los redactores de burdos tabloides ingleses. Con tal de poder robar un poco (o un mucho), declararse superiores al resto de ciudadanos de España y poder con ello vivir a la sopa boba, se las trae bien floja cualquier razón, cualquier estudio serio, cualquier hecho real y probado que tiraría por la borda sus infantiles argumentos.


España ha sido dirigida y gobernada por gentes, grupos e ideas a quienes caracteriza una mentalidad de liquidadores, de herederos y de cobardes.

Aquí tenemos otra frase lapidaria del ya nombrado discurso de Ramiro Ledesma Ramos. ¡Qué actual suena verdad! Nadie diría que estemos ante unas palabras escritas hace 82 años. Pero por desgracia es así. Ochenta y dos años perdidos, tirados por la borda. Y los que vendrán si no espabilamos. O movemos el culo, como bien gráficamente decimos hoy en día. Porque nadie me podrá negar que los sucesivos gobiernos que hemos sufrido desde el año 1978 no han hecho más que destrozar nuestra herencia, vender nuestro patrimonio y nuestra libertad, liquidar nuestra industria y entregarnos a la esclavitud cultural, militar y económica. Y hablo de todos los gobiernos, hayan sido, sean o se proclamen de izquierdas o de derechas. Nada les diferencia en su propósito final: ostentar el poder, aprovechar el momento para su propio beneficio y prometer sin cumplir,  para arañar algunos años más de “dolce vita” y utilizar las facilidades y las relaciones que generan los cargos políticos para su lucro personal. Ya pueden llamarlo (esos “cosmopaletos” a los que les gusta tirar de palabras en inglés sin antes haber aprendido su propia lengua) de forma pomposa “networking”, todos sabemos muy bien que en lengua española se llama nepotismo. Con todas sus letras. Y consecuencias.

Que os voy a contar de las tropelías que sufrimos en España: “famiglias” de mafiosos como los Pujol, partidos corruptos hasta la médula como el PSOE y el PP (la misma mierda es), gobernantes de “derechas” permitiendo y fomentando el aborto y la ideología de género, perroflautas y guarros sin formación ni educación convirtiendo las instituciones en patios de colegio, bancos y cajas de ahorros dirigidas por los herederos de Alí Baba y rescatados con los impuestos de los españoles o con jugadas “maestras” como la del Banco Popular de esta misma semana, en la que ganan los de siempre y pierde, como no, la clase media y obrera de España: nosotros, los primos que con nuestros votos y nuestros impuestos mantenemos vivo el maldito sistema que nos está ahogando. Los idiotas.

A comienzos del siglo XVII, ya corría por Europa un plan de desgajamiento y balcanización del territorio peninsular, Europa tiraba de Cataluña. Llegó a haber allí virreyes franceses. Se logró no obstante vencer ese proceso canceroso y se conservó la unidad de España. Ha sido la única victoria desde la culminación del Imperio. Aunque empalidecida en el Oeste con la no asimilación de Portugal y avergonzada en el Sur con Gibraltar en manos de Inglaterra.

Y así llegamos al tercer y más pernicioso factor que está acabando con nuestra patria: el maldito nacionalismo. Y como no, arriba tenéis la cita al respecto, nuevamente del discurso de Ramiro. Y seguimos igual, o peor. Aturdidos y manipulados los adolescentes ciudadanos de las provincias vascongadas y de Cataluña (ya mismo los de las islas Baleares, vistos los incidentes en las pruebas de la Selectividad de esta semana, los valencianos y quién sabe si también los andaluces, sobre todo cuando lean “El Principito” en andalú), con ya casi cuarenta años de contra-educación, de tergiversación de la historia, con leyendas convertidas en hechos irrefutables (sobre todo en mi querida Cataluña) , idiomas artificiales sacados de la chistera de la rancia y racista burguesía vasca encabezada por el enfermo Sabino Arana y con el recuerdo (ni olvido ni perdono) de un terrorismo brutal y sanguinario que ha dejado más de 800 muertos tirados en el frío suelo patrio. Viles asesinatos que poco a poco, con la connivencia del Sistema, de la partitocracia, de la derecha y la izquierda, de la Corona, de la Iglesia y de todos los mangantes juntos, están cayendo en el olvido y hasta convirtiéndose en míticos y nobles luchadores contra el opresor español, con la paulatina asignación a las sucias ratas etarras de cargos públicos, la celebración de homenajes, la petición y concesión de acercamientos, indultos y ayudas económicas. El mundo al revés.


En España estamos ante ese fenómeno. Vivimos una asfixiante monopolización de la vida pública por parte de leguleyos, burócratas, renunciadores y lisiados mentales de profesión.

No hace falta que venga a contarlo yo. Todos sabemos que la vida pública vuelve a estar en manos de la chusma, igual que hace 82 años. Lisiados mentales de profesión, como bien los llamaba Ramiro.

Y nosotros, los idiotas, tan panchos. Esperando que nos caiga del cielo la lotería primitiva, que los problemas se evaporen con el sudor de nuestra última borrachera y que los asesinos islamistas pasen de largo y no nos molesten en nuestros meses sagrados de chiringuito y tinto de verano.

Practicando la tan romana “damnatio memoriae” con nosotros mismos, con nuestra historia, nuestro presente y hasta con nuestro futuro.

¿Qué hay que hablar mal de España? ¿Qué hay que robar? Pues yo más.

Que para eso somos españoles.

Suerte que en nuestra Patria quedan, aunque cada vez menos, ejemplos de valor y nobleza. Como Ignacio Echeverría. Descansa en paz valiente. Que tu ejemplo cunda en esta sociedad y levantemos el vuelo entre todos, recobrando la sensatez, recuperando los valores occidentales y cristianos, la moral y la justicia.



Y salvemos a España y a Europa de su tan cercana desaparición.

martes, 14 de marzo de 2017

La historia os juzgará

Por muchas mentiras que nos cuenten en el presente que (por desgracia) vivimos, por muchas falsedades cortoplacistas que se inventen los mangantes de turno, al final la historia pone a cada en su sitio. Y más aún en la actualidad, en una época de digitalización absoluta en la que todo lo que sucede queda registrado, grabado, copiado y archivado en soportes accesibles a todo el mundo y, sobre todo,  carentes de caducidad física. O casi.

¿Pero nos servirá de algo? ¿Qué nos importará como individuos que se descubra algún hecho manipulado en otros tiempos, si no llegaremos a ver a los culpables condenados o a los inocentes absueltos?

Pues mira por donde, yo creo que servirá de algo. Por lo menos nuestros hijos, nietos o biznietos podrán algún día respirar tranquilos y ver que no estábamos locos y que los malos eran otros. Se tarde unos meses, años o siglos. Y desde el cielo los luceros de los que ya se fueron, nosotros incluidos, brillarán de alegría por ver triunfar la verdad. Y eso ya vale mucho.

Vienen a cuento estas reflexiones por varias razones, todas ellas de peso. Tenemos por un lado las graves mentiras del 11-M, el peor atentado terrorista sufrido por Europa en los últimos decenios. Hay que remontarse a los bombardeos aliados sobre Yugoslavia en 1999 o a la bárbara destrucción de ciudades japonesas y alemanas (Hamburgo, Dresden, Hiroshima, Nagasaki) por parte de los mismos adalides de la libertad en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para encontrar un hecho similar. Y cruel. Y cargado de falsedades. Y manipulado hasta la saciedad por aquellos que ostentan el poder. Ya sea político o mediático. O ambas cosas. Trece años han pasado ya, con los pocos inculpados puestos en libertad, las pruebas sin aparecer, el relato oficial sin tener sentido y la justicia brillando por su ausencia.

Pero tiempo al tiempo. En España hay suficientes personas enteras, luchadoras, nobles, constantes e idealistas que seguirán investigando.  Por la justicia. Por la verdad.

Como han hecho los investigadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, que acaban de publicar el libro “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular”, exhaustivo y profesional estudio de las bien localizadas y, esta vez sí, documentadas y cuantificadas manipulaciones de las elecciones de 1936 por parte del Frente Popular (es decir, la gran farsa comunista que precipitó una justa reacción militar ante el golpe de estado que habían perpetrado las huestes del mal). No desgranaré detalles del libro (algo imposible, por cierto, ya que sale al mercado hoy mismo), ni repetiré lo que ya han escrito plumas serias sobre el tema, o han comentado preparadas y cultas autoridades en la materia en las pocas emisoras radiofónicas serias que quedan en España. Simplemente dejo caer, como ya digo al principio de este comentario: al final la historia pone a cada uno su sitio.

Para no hablar por otro lado de la famosa “Leyenda Negra” que pesa sobre la historia de España, leyenda inventada, sacada de contexto, exagerada y manipulada por los históricos enemigos de España (los ingleses, los holandeses y los protestantes a la cabeza), que con máximo detalle desmonta página tras página Elvira Roca Barea en su último libro “Imperiofobia y Leyenda Negra”.  Dejando al descubierto que el supuesto “genocidio” perpetrado por los españoles durante el descubrimiento y la conquista de América no es más que una gran y bien elaborada mentira de los demás países, celosos del éxito español e incapaces de aportar a la historia universal algo tan bonito, valioso y duradero como la hispanidad.

O quizás valdría nombrar a la “Santa Inquisición”, parte de dicha leyenda negra, institución tan seria, avanzada y justa que en 260 años solamente condenó al 1,8% de las personas imputadas en los 44.674 juicios celebrados. En Inglaterra durante un periodo similar condenaron a muerte a más de 260.000 personas. Y en Alemania quemaron a decenas de miles de brujas aún en menos tiempo.

Pero claro, los malos fueron los españoles. Que viene el coco. O el Duque de Alba, “amenaza” que aún se cierne sobre los niños holandeses si no se compartan o se niegan a ir a la cama.

Y viene a cuento este comentario, sobre todo, por las constantes, continuadas y cansinas mentiras de los principales “actores” de este nefasto presente que estamos viviendo en España: los Iglesias, Monedero, Echenique, Otegui, Cifuentes, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Bárcenas, Toledo, Bono, Wyoming, Maestre, Cristina, Urgandarin, Montero, Soraya, Mas, Pujol, Luis Enrique, Aytekin… esa lista interminable de embaucadores, con sus medios afines liderando la gran estafa, dejándonos en herencia un sinfín de medias verdades, horrendas mentiras, baratas manipulaciones y vomitivas actuaciones, todo ello llana y simplemente para cubrir su falta de valores, proteger su único y principal objetivo, el poder y el dinero, ocultar su carencia de ética y, obviamente, su desconocimiento absoluto de la estética.


Pero, malditos todos, que sepáis: la historia os juzgará.