Mostrando entradas con la etiqueta utopía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta utopía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de enero de 2017

Viviendo en Distopía

 La forma más eficaz para destruir a la gente es negar y
destruir su propia comprensión de su historia. -George Orwell.


Leo en alguno de los periódicos que repaso (o engullo) diariamente, que el 90% de los espectadores de “Gran Hermano” desconocen el origen de esta expresión, algo que por otro lado no me sorprende lo más mínimo. En un país (junto a muchos otros países, no vayamos a creer que solamente hay tontos en España) que va por la edición 17 del nefasto y pernicioso programa (que encima bate records de audiencia), no vamos a pedirle peras al olmo y esperar que los cada vez más alelados ciudadanos sepan de literatura. Algo que queda corroborado por los últimos datos sobre los hábitos lectores de nuestra sociedad, publicados ayer mismo, que muestran claramente el declive lector, y con ello intelectual, de nuestra patria. Y si no saben de dónde viene la expresión Gran Hermano mucho me temo que palabras como utopía, ucronía o distopía, les sonarían, si leyeran, a enfermedades infecciosas.  

Queden pues descartados y liberados de seguir leyendo este artículo la mayoría de ciudadanos (que por cierto incluye a las ciudadanas, aunque la imbecilidad reinante añada últimamente el femenino a cualquier expresión genérica) de este país.

A lo que iba: frente a las sociedades ideales, como la isla de Utopía de San Tomás Moro, en la que todo está organizado de forma correcta, enfocado al bien común, con sensatez, con mecanismos de autocontrol, con solidaridad, con Traniboros preparados, un senado capacitado y un príncipe justo, y con una estructura basada en valores e ideales reales, eternos y naturales, nos encontramos hoy en día con el escenario contrario. Y no hablo de una ucronía, es decir, una reconstrucción histórica basada en hechos que no han sucedido, sino en algo muchísimo peor: hemos llegado al punto crítico en la evolución de la humanidad, estamos viviendo en una cacotopía, en esa maldita isla de Distopía que nunca deberíamos de haber descubierto.


Una decadente isla en la que en vez de aprender una profesión y ejercerla con orgullo, el objetivo principal es vivir del cuento, cumplir los horarios laborales aunque sea durmiendo o escondiéndose en los baños, cobrar subvenciones del estado y dedicarse a la “dolce vita” a costa de los demás.

Una maldita isla en la que los representantes de la sociedad, los filarcos y protofilarcos en Utopía, es decir, nuestros actuales cargos políticos de las múltiples administraciones que nos asfixian, dedican su tiempo a la lucha por mantener sus privilegios, a su perpetuación en los círculos de poder y a usar sus cuotas de influencia para beneficio propio y de los suyos (con la mafia Pujol como máximo exponente de la decrepitud del sistema).

Una isla enferma en la que el sexo competitivo, sucio y lascivo se ha convertido en el principal entretenimiento (véase el “juego del muelle” de moda últimamente en la capital del Reino), dejando de lado cualquier sentimiento de amor o cariño, para no hablar de las aberraciones actuales en forma de dictadura LGTBI y contra-educación, hasta el punto que los nuevos libros de primaria hablan ya de niñas con pene y niños con vulva, primer paso antes de legalizar la pedofilia o la zoofilia, algo que ya se vivió en Alemania y Holanda en otras épocas (y a cargo de los mismos progres pseudo-intelectuales de tres al cuarto).

Una isla desquiciada en la que los diferentes oxímoron que se están usando en el escribir y hablar del día a día rayan el ridículo, como por ejemplo los “fraudes legales”, “magistrados corruptos” (frente al buen Magistrado de Utopía), “revolucionarios conservadores”, “narcos religiosos”, “ladrones honestos” o “republicanos monárquicos”.

Una isla inculta en la que la historia verdadera ha sido reemplazada por ucronías creadas por nacionalismos y populismos para engatusar a la gente (con victimas claras como Gabriel Rufián o Rita Maestre), llevarles a su redil y utilizarles en su afán de poder y riqueza.

Una isla por finiquitar en la que el estudio ha perdido todo su valor, a diferencia del concepto de estudios en la ideal isla de Utopía (“..durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de sus labores profesionales.”), con casos tan flagrantes como la epidemia de estudios ridículos e inservibles que se están dando en nuestra sociedad en la actualidad  (gracias María por la aportación).

En fin, una isla que jamás debería de haber sido descubierta, y que me ha traído a la memoria una canción de final de los años 70 del cantante de folk progresivo barcelonés Eduardo Martí, titulada Y ahora que”. Versos que a pesar de hacer referencia a una hipotética guerra nuclear me parecen bastante adecuados para la ocasión, para maldecir esta sociedad distópica que entre todos hemos creado y que no tiene visos de arreglarse.

A no ser que explote la bomba de una vez.

Creyó soñar al ver que amanecía, no supo si atreverse a respirar,
pensó que no podía haber ya vida, si sólo hace un momento, aquello era el final.
Y vio que alrededor no había nada, como si nunca hubiera habido Dios
La guerra se llevó lo que quedaba, de un mundo que trataba de hacerle sombra al sol.

¿Y ahora que? al fin lo conseguimos hacer,destruir,matar y enloquecer.

y al final lo hicimos desaparecer, y ahora que, y ahora que, y ahora que.


P.D. ¡Qué tiempos aquellos en los que Frank Zappa (junto a Steve Vai) aún rebosaba de optimismo y hablaba de Utopia!


viernes, 4 de noviembre de 2011

Elecciones y excepciones

Llevo ya más de 30 años de militancia, si se puede llamar de esta forma a una actividad política mínima, extraparlamentaria, en partidos minoritarios, que no marginales,  y centrada  casi en exclusiva en proclamar a los cuatro vientos  (si es en la barra del bar, mejor),  mi disconformidad con el sistema político actual y mi aspiración a conseguir un sistema político más justo y más cercano a los valores eternos que considero básicos para una sociedad avanzada.  Es de cajón que esto y la nada absoluta se asemejan mucho, sobre todo si la escala para su ponderación la ponemos en las metas y logros alcanzados.  Detalle éste que tampoco me preocupa, dado que cualquier utopía por definición “es irrealizable en el momento de su formulación” (RAE), y por lo tanto equiparable a la nada, al vacío, al agujero negro del espacio que todo se traga y nada devuelve (y si se llegara a realizar dejaría de ser utopía). Llevo por lo tanto 30 años siendo un soñador.

En estos seis lustros he compartido la anteriormente nombrada actividad (para ser sinceros más bien inactividad) con muchos camaradas y amigos, de los cuales una parte residual ha seguido la senda del soñador, refugiándose en ilusiones preciosas pero irrealizables, mientras que la mayoría o bien ha dejado de lado cualquier lucha más allá de la necesaria para la propia supervivencia, o bien ha puesto los pies en el suelo, renunciando a buscar una alternativa política al actual régimen, aceptando el mal menor del sistema político que nos rige, aún a sabiendas que no es bueno, ni justo, ni apropiado, y lanzándose a la batalla escabrosa de bregar desde dentro del sistema para intentar mejorarlo.  Lo describo de esta forma tan “poética” sabedor que no todo son rosas en esta vida, y que en muchos casos (quién sabe en qué proporción) la entrada en el ruedo político no se ha debido al altruismo, al idealismo, sino más bien al interés personal de colocarse en el mejor puesto posible para vivir de las prebendas, los regalos, las relaciones y las subvenciones de la mega-estructura de la sociedad democrática, en la que por cada persona que aporta algo hay cientos detrás rascándose la pancha y viviendo a cuerpo de rey a costa de nuestros impuestos.
De estos pocos que han seguido por la vía política “oficial”, estructurada alrededor de partidos políticos legalizados y registrados, algunos han optado por la opción más consecuente con nuestros ideales, fundando, fusionando, desmontando, coaligando, torpedeando, atacando o defendiendo “ene”  mini-partidos revolucionarios, sociales, patrióticos, unificados, auténticos, ortodoxos, y otros han ido a buscar refugio en aquellos partidos mayoritarios que de una u otra forma cubren, aunque sea parcialmente, sus ideales y aspiraciones de luchar por una sociedad mejor.
“Chapeau” por todos ellos. Por lo menos lo intentan o han intentado.  
En estos treinta largos años que han pasado solamente he votado una vez, en el referéndum del año 1986 sobre la permanencia en la OTAN,  sin haber cometido aún el para mi pecado mortal de depositar en una urna una burda papeleta con las siglas de un partido político, ente que no considero representativo del ser humano ni adecuado para regir sus destinos.  Hoy en día ya ni participaría en un referéndum,  acto que representa la mayor tomadura de pelo dentro del sistema democrático, ya que delega de forma cobarde la incapacidad de los elegidos para desempeñar una función de liderazgo en la masa anónima, que es la misma que le ha encargado una tarea muy seria, la de gobernar. Como si un responsable financiero de una multinacional o de un banco, ante la crisis financiera actual, reuniera a todos sus empleados, desde el repartidor de cartas hasta el guardia jurado del parking, para tomar las decisiones necesarias. Inconcebible e intolerable. Como el amago de Papandreu ,  que ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio y que de forma tan genial describían ayer en “El Mundo” tanto Arcadi Espada (lector, no te pierdas este artículo, está a la mitad de esta página enlazada, titulado “Una broma de pueblo”) como, en menor medida, Salvador Sostres.

Y seguiré sin votar.

Termino con una dedicatoria. Todo este artículo nació ayer en mi cabeza, tirado en el sofá, cuando cogí mi teléfono móvil  y lancé a la nube invisible que nos rodea y que contiene todo, un SMS con el siguiente mensaje,, dirigido a una querida amiga, destacada ejemplo de la parte buena explicada anteriormente:  “Mucha suerte en la campaña. ¡A por ellos!”

Jamás hubiera pensado que animaría a alguien ante el inicio de una campaña electoral.  Pero en este caso no me he podido resistir, se trata de una persona que rompe todos los tabúes y prejuicios que tengo hacia los partidos políticos y las demás sandeces del sistema.  España se merece que salga elegida. (Y si es capaz de cambiar el sistema, mejor aún).  ¡Mucha suerte Elisabeth!

P.D. Elisabeth es candidata del Partido Popular al Senado.