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miércoles, 10 de abril de 2019

Que se hable de VOX, aunque sea bien

There is only one thing in life worse than being talked about, and that is not being talked about. 
Oscar Wilde

Escuchando ayer "La Linterna" de la Cope, y en concreto la intervención siempre entretenida y didáctica de Fernando Vilches, profesor titular de Lengua Española de la Universidad Rey Juan Carlos, salió a colación la frase “que se hable de mí, aunque sea para bien”. Intrigado, a la par que divertido, la apunté para usarla como introducción a esta entrada.

No hay duda de que la mayoría de nosotros diríamos lo contrario, es decir, “que se hable de mí, aunque sea mal”. Es sin duda la expresión más común, y entiendo que también la más lógica, quizás basada en la famosa frase de Oscar Wilde que cito arriba: “hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti y es que no hablen de ti”. 
Y tal cual es una estrategia usada por infinidad de empresas, organismos, partidos políticos y particulares. Mercadotecnia pura y dura. O marketing, como se dice hoy en día, relegando a nuestro rico idioma, como en tantos otros casos, con el absurdo fin de sentirse moderno, culto y cosmopolita.

Esta publicidad de shock, bien conocida en marcas como Benetton o Ryanair y en campañas oficiales de prevención de accidentes (justamente en estos últimos días la DGT ha lanzado una campaña de este estilo ante los masivos desplazamientos previstos para la Semana Santa), sin duda alguna es efectiva, aunque también pienso que es algo muy visto y cuya eficacia no dudo que ha ido a menos. ¿Quién no se acuerda de la primera campaña de Ciudadanos, con un Albert Rivera en cueros engañándonos con lo de “sólo nos importan las personas” (cuando realmente quería decir “sólo me importo yo”)? El anuncio sin duda fue efectivo, aunque visto ahora, desde la distancia y el descubrimiento de la realidad que había detrás de muchos de los fundadores de dicho partido, no fue nada más que un eslogan engañoso que encubría un narcisismo y un afán de poder enfermizos. De eso se trataba, obviamente. De vender un producto, ya sea con argumentos y datos reales, con falsas promesas o con hechos manipulados.

Tres cuartos de lo mismo ha sido la campaña orquestada durante años alrededor de la inexistente república catalana, su justificación histórica y su supuesta mayoría social (lo de inexistente sin duda un hecho objetivo, como bien ha argumentado en sus alegaciones el bueno y sensato Mosso sancionado ayer con 14 días de inhabilitación por decir la pura verdad).

Y qué os voy a contar después de lo visto en la sumamente sucia precampaña electoral: no quiero ni imaginarme como va a ser la campaña en sí, ni los miles de bulos, intrigas y manipulaciones que vamos a tener que soportar en los próximos quince días, como ya decía en un reciente comentario mío. Suerte tengo que la mitad de ese tiempo lo pasaré andando por tierras gallegas en pos de mi quinta Compostela, ajeno al mundanal ruido, a la bajeza moral y a la maldad intrínseca de nuestro sistema político.

Pero hay esperanza. La verdadera y sensata España está despertando, los actos de los partidos tradicionales están pinchando, las encuestas, por muy cocinadas que estén, no se las cree ni un pardillo y lerdo espectador de la Secta, y empiezan a sonar tambores de resistencia, de alegría, de verdad y de una nueva y brillante luz al final del camino (lo de los tambores es por gentileza de Ignacio Garriga).



Digamos pues como el inmortal genio Salvador Dalí: “que se hable de mí, aunque sea para bien”.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Alguien voló sobre el nido de la Moncloa



A veces parece que en España de golpe nos hemos olvidado de las tres primeras acepciones de la palabra “loco” que nos ofrece el diccionario de la RAE (o de las primeras dos de la palabra “locura”). Dicho de forma más clara: nos hemos olvidado de la peligrosidad de la locura.

De un tiempo acá no sólo hemos aceptado la palabra “loco” como algo positivo, que describe a alguien diferente, divertido, valiente o creativo, sino que hemos cometido colectivamente el grave error de tolerar que personas claramente aquejadas de locura o demencia ocupen puestos de relevancia, tanto social como sobre todo política.

Y no es algo que haya sucedido en las últimas semanas, meses o años: la última y más grave entrada de la locura en la vida colectiva española se produjo el 16 de abril de 2004, ese nefasto día en el que un personaje loco de atar llamado José Luis Rodríguez Zapatero fue investido presidente del gobierno de España.
¡Ay pobre España, si llegas a saber lo que se avecinaba otras papeletas hubieras elegido!

La desgracia de un loco es dar con otro

Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Me imagino las constantes diatribas de Begoña (la tan trabajadora inquilina actual del Palacio de la Moncloa) a su marido durante el mandato de ZP: “Si éste puede ser presidente, por qué no lo intentas tú”, “Ya te vale Pedro, el zumbado ese en la Moncloa y nosotros en este cuchitril”, “Pedro, tú lo vales, eres más guapo, más listo, y nuestras hijas serán más guapas que Laura y Alba”. Y por desgracia, a base de insistir entre plato y plato y entre polvo y polvo (algo que las mujeres dominan con eficacia), el falso doctor cogió al toro por los cuernos, maniobró con maquiavélicas tácticas y femenina estrategia hasta que una sucia maniobra plagada de mentiras le aupó al poder.
   
Quien con locos anda cuerdo, está peor que ellos.

¿Y cuál ha sido la reacción del pueblo español? ¿O la de los dirigentes de los demás partidos políticos? ¿O la de los propios compañeros de partido del susodicho demente? Pues poca cosa hemos hecho entre todos. Algunos más que otros, pero en cualquier caso no se ha producido la reacción unitaria y claramente fundamentada de echar al ocupa de su mansión y convocar con suma urgencia elecciones generales. El miedo a perder privilegios de unos, el constante apoyo de los medios afines, la indefinición de la mayoría de los partidos de la oposición (Vox clamantis in deserto), la descarada manipulación de las encuestas por parte del CIS y el chantaje de populistas, nacionalistas y filoterroristas, han permitido a Pedro “cum fraude” y su tan trabajadora señora seguir disfrutando de los privilegios del cargo y de los viajes en avión a  conciertos, bodas, bautizos y banquetes, todo ello a cargo de nuestros impuestos y nuestra inocencia. O ceguera.

Obrar mucho y hablar poco; que lo demás es de loco.

¡Ay el refranero español, cuánta razón tiene! Porque si es por hablar, nuestro actual presidente por accidente se llevaría el premio gordo, la pedrea y hasta los reintegros. Y en cuanto a obrar, pues todo lo contrario. Algo que en el fondo es de lo poco que tenemos que agradecer al personaje. Porque si llega a obrar, es decir, a hacer todo lo que ha dicho, y todo de lo que se ha desdicho a los pocos días, horas o minutos, este nuestro querido país parecería un erial. Pocas veces en la historia se habrá visto a una persona tan cambiante, tan volátil, tan oportunista y tan veleta. Y pensar que llamamos (y cargados de razón) veleta a Rivera y sus ciudadanos, pero lo de Falconetti (como le llama la poca prensa seria de España) roza la locura. Demencia total y absoluta. Lo que hoy es blanco por la tarde será gris, lo que ayer era bueno para España mañana será malo, lo que ayer prometía, hoy lo niega. Y así día tras día, semana tras semana, mes tras mes, y si no le paramos los pies entre todos de una santa vez, es capaz de regalar Gibraltar a los bárbaros, Cataluña a los iluminados, las Vascongadas a los herederos de los terroristas y destrozar lo que queda de España mientras él surca los cielos cual estrella del rock.

Cuatro locos que andan sueltos traen al mundo revuelto

Y lo peor, su dejadez ante los flagrantes (recordemos que flagrante significa “evidente, que no admite refutación”) y graves delitos que se están cometiendo desde hace años y de forma continuada en Cataluña. En mi Cataluña, en nuestra Cataluña, en esa región tan bonita, importante y parte esencial de España. En ese antiguo condado de la Corona de Aragón que lideró tantos aspectos de nuestra historia: de las guerras hasta el comercio, de la literatura a la música, de la revolución industrial al emprendimiento, del deporte a la investigación. Todos los aspectos básicos de una sociedad avanzada, solidaria, culta y tolerante tenían antaño su reflejo y su presencia en las ricas tierras catalanas. Ahora no queda nada. Cuatro o más locos que con tal de no asumir su enfermedad e ingresar voluntariamente en una institución médica, siguen agujereando los cimientos de nuestra patria común, de la realidad histórica y de la convivencia de la sociedad.

Un loco junto al fuego jamás lo deja quieto

Otro refrán que la clava. No es de recibo, y menos para el presidente de un supuesto estado democrático y de derecho, tolerar, cuando no animar, los constantes insultos, atropellos, ilegalidades y locuras que diariamente se están produciendo en Cataluña. Se aproxima el 21 de diciembre, fecha elegida por el loco narcisista de la Moncloa para someterse de nuevo a las exigencias del resto de zumbados que pululan por Cataluña. Ya ni digo que gobiernan, o dirigen, algo que dejaron de hacer hace años, simplemente campan a sus anchas. Con sus falsos ayunos, sus cachorros violentos, sus iluminados ideólogos y sus sumisos y bien untados medios de comunicación. Arde Cataluña, arde España, y al presidente del gobierno de todos los españoles no se le ocurre nada más que echar leña al fuego, prometer blanco hoy y dar negro mañana, derrochar millones de euros del dinero público (que no es de nadie, María del Carmen Calvo Poyato dixit) para celebrar un inútil Consejo de Ministros en Barcelona y destrozar las cercanas fiestas a cientos de policías y Guardias Civiles cuando existen 17.000 Mossos, en teoría fuerzas del orden, en Cataluña. De locos, oiga.

Mal de locura, sólo la muerte lo cura

Obviamente no le deseo la muerte a nadie. Todo se andará, y la ley de vida es igual de cruel para unos que para otros. Pero mientras tanto, mientras los locos anden sueltos, vivos y haciendo daño a la sociedad, que alguien tome las medidas oportunas, los encierre, los cure o los mande a freír espárragos. Para algo existen las leyes. Y la sensatez. Y las instituciones psiquiátricas.

Quien enferma de locura, no tiene cura.

Zapatero fue un error, Pedro Sánchez es peor. Y ambos están locos. De atar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Idos a cagar


Ante la madre de todos los debates, es decir, en vísperas del histórico, único y decisivo debate en pro de la salvación de la patria española, andaba yo (y espero que algunos cientos de miles más), con la mosca detrás de la oreja. Aunque más que una mosca, por el ruido elevado, incesante y penetrante,  creo que se trataba de un moscardón, de aquellos que cazan abejas y arruinan la apicultura por donde pasan.

El “mainstreaming” oficial, el de los lobbys, léase los grandes partidos, los medios de comunicación afines, las instituciones financieras aliadas, las constructoras,  los gestores de gasolineras, los sastres, las oeneges , las fundaciones  sin ánimo de lucro, las sicavs y los demás centros de poder,  asociados todos ellos con el único fin de mantener su posición de privilegio ante el resto de la sociedad,  esa “corriente principal” ya había decidido de antemano quién, cómo y cuándo se celebraría el debate, el color de las corbatas, el modelo de mocasines, los temas que se abordarían y aquellos “problemillas” que se obviarían para no asustar y ahuyentar al votante.

Cualquiera de los columnistas de prestigio, (como por ejemplo hoy Jimenez Losantos y Raúl del Pozo), ha coincidido en destacar el absoluto vacío de esta absurda escenificación fruto del bipartidismo, de ese ente que hoy en día empezamos a llamar la “casta política”, que no lucha ya por arreglar algo, sino simplemente por el múltiplo en euros que le otorgará cada uno de los votos que robe al insensato, por poco preparado, elector.

¿Sinceramente alguien cree que sea de recibo que se gasten 80 millones de las antiguas pesetas en montar un escenario para que dos marionetas se enfrenten en un preparado debate hablando un poquitín de de todo,  menos de aquello que realmente importa?  Estoy por repasar el vídeo del debate para ampliar con el zoom al máximo la parte superior de la imagen y poder detectar los hilos casi invisibles de los titiriteros que movían las manos de uno, y los papeles del otro, mientras que el moderador ya ni necesitaba hilos, dado su papel meramente decorativo del magno evento.

Ya lo deja bien claro Losantos hoy en El Mundo: la corrupción, no existe en España. La sumisión a los terroristas, y con ello la derrota y humillación de las víctimas, tampoco. Para no hablar de desahucios, violencia en la calle, invasión de inmigrantes con nula intención de adaptarse, beneficios astronómicos de la banca y sueldos e indemnizaciones millonarias a sus peores gestores, o nepotismos de última hora, colocando a “corre-cuita”, como decimos aquí en  Cataluña, (aún España), hasta al primo más tonto, la prima más desaliñada y al cuñado más cleptómano, en cualquier puesto de las múltiples administraciones que sufrimos, en sus empresas asociadas o en embajadas tan exóticas que ni Tintín las visitará en las próximas secuelas de su gran película estrenada hace unas semanas.
Qué fácil es manipular cuando tienes la sartén por el mango. Qué bonito y entretenido es intercambiar cromos en el patio, una vez cada cuatro años, asumiendo hoy el papel  de opositor y mañana el de gobernante, como si se tratara de un simple juego infantil.  
Juego, al que por cierto, no dejan entrar a nadie más. No vayan a quedarse sin el placer y el poder de hacer y deshacer a su antojo.

Los demás, a verlo desde la barrera, desde el grupo mixto mezclados con etarras, enfermizos nazionalistas catalanes o incorregibles comunistas ciegos y sordos, desde  la cola del INEM o  el comedor de beneficencia, desde la cafetería del hospital, tiritando de frío  por no haber camas para el acompañante o desde cualquier lejano país al que han tenido que emigrar,como en los años 60, por carecer de futuro en su propia tierra.


Lo dicho,idos a cagar. (1)






(1). Verbo ir, según la RAE.



viernes, 4 de noviembre de 2011

Elecciones y excepciones

Llevo ya más de 30 años de militancia, si se puede llamar de esta forma a una actividad política mínima, extraparlamentaria, en partidos minoritarios, que no marginales,  y centrada  casi en exclusiva en proclamar a los cuatro vientos  (si es en la barra del bar, mejor),  mi disconformidad con el sistema político actual y mi aspiración a conseguir un sistema político más justo y más cercano a los valores eternos que considero básicos para una sociedad avanzada.  Es de cajón que esto y la nada absoluta se asemejan mucho, sobre todo si la escala para su ponderación la ponemos en las metas y logros alcanzados.  Detalle éste que tampoco me preocupa, dado que cualquier utopía por definición “es irrealizable en el momento de su formulación” (RAE), y por lo tanto equiparable a la nada, al vacío, al agujero negro del espacio que todo se traga y nada devuelve (y si se llegara a realizar dejaría de ser utopía). Llevo por lo tanto 30 años siendo un soñador.

En estos seis lustros he compartido la anteriormente nombrada actividad (para ser sinceros más bien inactividad) con muchos camaradas y amigos, de los cuales una parte residual ha seguido la senda del soñador, refugiándose en ilusiones preciosas pero irrealizables, mientras que la mayoría o bien ha dejado de lado cualquier lucha más allá de la necesaria para la propia supervivencia, o bien ha puesto los pies en el suelo, renunciando a buscar una alternativa política al actual régimen, aceptando el mal menor del sistema político que nos rige, aún a sabiendas que no es bueno, ni justo, ni apropiado, y lanzándose a la batalla escabrosa de bregar desde dentro del sistema para intentar mejorarlo.  Lo describo de esta forma tan “poética” sabedor que no todo son rosas en esta vida, y que en muchos casos (quién sabe en qué proporción) la entrada en el ruedo político no se ha debido al altruismo, al idealismo, sino más bien al interés personal de colocarse en el mejor puesto posible para vivir de las prebendas, los regalos, las relaciones y las subvenciones de la mega-estructura de la sociedad democrática, en la que por cada persona que aporta algo hay cientos detrás rascándose la pancha y viviendo a cuerpo de rey a costa de nuestros impuestos.
De estos pocos que han seguido por la vía política “oficial”, estructurada alrededor de partidos políticos legalizados y registrados, algunos han optado por la opción más consecuente con nuestros ideales, fundando, fusionando, desmontando, coaligando, torpedeando, atacando o defendiendo “ene”  mini-partidos revolucionarios, sociales, patrióticos, unificados, auténticos, ortodoxos, y otros han ido a buscar refugio en aquellos partidos mayoritarios que de una u otra forma cubren, aunque sea parcialmente, sus ideales y aspiraciones de luchar por una sociedad mejor.
“Chapeau” por todos ellos. Por lo menos lo intentan o han intentado.  
En estos treinta largos años que han pasado solamente he votado una vez, en el referéndum del año 1986 sobre la permanencia en la OTAN,  sin haber cometido aún el para mi pecado mortal de depositar en una urna una burda papeleta con las siglas de un partido político, ente que no considero representativo del ser humano ni adecuado para regir sus destinos.  Hoy en día ya ni participaría en un referéndum,  acto que representa la mayor tomadura de pelo dentro del sistema democrático, ya que delega de forma cobarde la incapacidad de los elegidos para desempeñar una función de liderazgo en la masa anónima, que es la misma que le ha encargado una tarea muy seria, la de gobernar. Como si un responsable financiero de una multinacional o de un banco, ante la crisis financiera actual, reuniera a todos sus empleados, desde el repartidor de cartas hasta el guardia jurado del parking, para tomar las decisiones necesarias. Inconcebible e intolerable. Como el amago de Papandreu ,  que ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio y que de forma tan genial describían ayer en “El Mundo” tanto Arcadi Espada (lector, no te pierdas este artículo, está a la mitad de esta página enlazada, titulado “Una broma de pueblo”) como, en menor medida, Salvador Sostres.

Y seguiré sin votar.

Termino con una dedicatoria. Todo este artículo nació ayer en mi cabeza, tirado en el sofá, cuando cogí mi teléfono móvil  y lancé a la nube invisible que nos rodea y que contiene todo, un SMS con el siguiente mensaje,, dirigido a una querida amiga, destacada ejemplo de la parte buena explicada anteriormente:  “Mucha suerte en la campaña. ¡A por ellos!”

Jamás hubiera pensado que animaría a alguien ante el inicio de una campaña electoral.  Pero en este caso no me he podido resistir, se trata de una persona que rompe todos los tabúes y prejuicios que tengo hacia los partidos políticos y las demás sandeces del sistema.  España se merece que salga elegida. (Y si es capaz de cambiar el sistema, mejor aún).  ¡Mucha suerte Elisabeth!

P.D. Elisabeth es candidata del Partido Popular al Senado.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La farsa de cada año

Por repetitivo al final casi todo acaba cansando. Salvo temas excepcionales y trascendentales, como pueden ser la fe, el amor, el matrimonio, la amistad, la paternidad (aquí por desgracia hablo de oídas) o la camaradería real, el resto de hechos en la vida de una persona van perdiendo su encanto conforme se convierten en una rutina que se realiza por inercia, sin apetencia de ningún tipo.

Y la peor de estas rutinas, en mi opinión (nada de humilde opinión: es la mía y de humilde tengo bien poco), es la gran farsa de las elecciones: las promesas, las urnas, los sondeos, las papeletas, los debates, los insultos, la publicación de trapos sucios a diestro y siniestro, el gasto en publicidad, la omnipresencia en los medios de frikis, mentirosos profesionales, corruptos de nacimiento, analistas de tres al cuarto, periodistas analfabetos funcionales o completos y popes de la libertad, igualdad y fraternidad, sumado al resto de parafernalia “democrática” que rodea estas repetitivas y totalmente inútiles escenificaciones de un proceso que ni es democrático, ni aporta nada al bien común, ni soluciona los problemas de los seres humanos., me dan cada vez más asco.

Y más aún por suceder en mi patria, en España. El nivel intelectual de esta, en otros tiempos gran nación, ha quedado reducido a un mínimo tan exiguo que sinceramente da vergüenza ser español. Si comparo lo que sucede en el día a día de España con lo que pasa en otros países, por ejemplo en Alemania, en muchas ocasiones me pondría a llorar. No hay ni punto de comparación en nada, pero en absolutamente nada, entre España y un país civilizado, culto y preparado para avanzar en la evolución del ser humano y de los sistemas que rigen nuestra convivencia.

La inmensa mayoría de la sociedad española es chabacana (no por ser esto una lengua que se habla en algunas ciudades filipinas, sino por grosera y de mal gusto; véase la Real Academia), ruin, inculta, viciosa, simplista, analfabeta, egoísta, sucia física y mentalmente y encima mal educada.

Esto queda reflejado en cualquier índice, rating o kpi (como gusta llamarse hoy en día a los ratios de gestión de cualquier tipo) que se publican sobre nuestro país; los programas de televisión que se ven, los rankings de taquilla de los cines, los libros más vendidos, el nivel de nuestras universidades, el porcentaje de aprobados en los colegios, el porcentaje dedicado a la investigación, etc. etc. etc.

Para que seguir. Es algo que sabemos todos (todos aquellos que leemos esto y no somos parte del grupo antes citado). La reserva espiritual e intelectual de España.

Y a pesar de ello, inasequibles al desaliento, amigos, conocidos y camaradas, insisten en la ilusión, en la lucha, militan en partidos, se preparan para las elecciones, asisten a mítines, colaboran en el redactado de programas electorales, en definitiva, sueñan con una España mejor. Benditos ellos que aún creen.

Adelante amigos. Seguid en la lucha. A mí me cuesta cada vez más. Solamente veo la farsa de cada año.

lunes, 2 de marzo de 2009

Sobre derrotas y victorias

Hay derrotas que duelen menos y victorias que dejan indiferente. Me explico. Esta semana mi equipo de fútbol del alma ha sufrido su enésima derrota en casa. De ello no me puedo alegrar, pero si con este revés hago daño al otro equipo de la ciudad, el de los suizos, pues el dolor queda en menos y se puede superar con un poco de sarcasmo y un mucho de alcohol (o viceversa).
Por otro lado tenemos las victorias, como la conseguida este domingo pasado por el Partido Popular en las elecciones gallegas (lo de las provincias vascongadas no lo puedo considerar una victoria). ¿Debería alegrarme de este triunfo? La lógica me obliga a pensar que ya va bien que gane la derecha en Galicia, que así acabaremos con la dictadura del socialismo apegado al lujo y el derroche (una contradicción en sí) y del nacionalismo inculto y vengativo que siguiendo los ejemplos de Cataluña y las Vascongadas iba en camino de conseguir convertir a toda la juventud de una región en borregos seguidores de historias inventadas y leyendas manipuladas, hablando mal un dialecto creado a toda velocidad asegurando que es “gallego” y fracasando en el resto de asignaturas de su plan de estudios.
Pero por desgracia la lógica tiene poco que ver con la política, y más si cabe en un sistema partitocrático como el nuestro, en el que el interés máximo de los políticos es cumplir con el sagrado dogma de que “si sirve a los intereses del partido me sirve a mí, y por lo tanto a España, que soy yo”.
Albergo dudas, y serias, de que esta victoria en Galicia y el posible “cambio” de tendencia en las provincias vascongadas aporten algo a las necesidades de los ciudadanos de España, y menos aún al concepto de España en sí, que seguirá en grave peligro hasta que no aparezca una oposición ya no al partido gobernante de turno, sino al sistema de “casta política” hacia el que está derivando esta apócrifa democracia. En mi opinión no hay partido alguno (de los “big players” como dirían en el mundo empresarial) que realmente quiera cambiar algo por el bien de la patria y sus ciudadanos, lo que pretende esa “unión temporal de intereses” es seguir ahí, con su parte del pastel, que no por ser en ocasiones pequeña deja de ser apetecible y que a los pocos años volverá con toda seguridad un poco mayor en tamaño y prebendas asociadas. Coma yo mi pastel, sea gobernando o ejerciendo de ¿oposición?, y que lo demás se derrumbe a mi alrededor. (O ande yo caliente y ríase la gente)
Así de contradictorios son mis sentimientos ante una derrota, la deportiva, y una victoria, la política, que sinceramente me deja frío. (Podría haber acabado con alguna expresión soez al estilo del difunto actor gallego-catalán (rip), el cual si fuera creyente a las puertas del cielo seguro que usaría el idioma Español, idioma con el que triunfó como actor y al que menospreció en público tantas veces.)

lunes, 10 de marzo de 2008

Las niñas que se cargaron a España

Las niñas que se cargaron a España
Hemos estado aguantando durante varias semanas los chistes y las chanzas sobre la ya defenestrada niña de Rajoy, un personaje que poco ha aportado a la solución de los problemas de nuestra patria y en cambio ha dado el suficiente juego a los enemigos de España para convertirla en una figura ridícula, en un objetivo claro del bullying escolar (si es que aún iba al colegio) o del mobbing laboral (si ya se había incorporado al mundo del trabajo). A serpientes como son los socialistas y sus adláteres en España no se les puede poner en bandeja un bocado tan apetitoso. Atacan, mordisquean, juegan, torturan y al final, matan y engullen sin ningún miramiento. En esto (de atacar, torturar y matar) los amantes de la libertad y la democracia no han cambiado mucho en los últimos 100 años y mucho me temo que irá a peor.
Y por si no tuviéramos bastante con esta pobre niña, desgraciada donde las haya por ser expuesta a las risas de compañeros, amigos y de todo un país sin miramiento alguno, aparece su yang, su personaje opuesto, para rematar la faena. Sandra, chica de las de hoy en día, llena de piercings, fría e impasible, sin un gesto de pena o de dolor en su cara, con un afán de protagonismo como si estuviera en un casting de Gran Hermano o subproducto similar, manipulada en su incultura hasta el final por los dirigentes socialistas, risueña y cariñosa en sus apariciones públicas hablando de libertad y democracia como si hablara de música o de la ropa de moda, en fin, poco afectada por la muerte de su padre pero muy emocionada con la popularidad conseguida, si, esta chica, remata la faena de destrucción de España iniciada hace 4 años por el PZOE con sus simplistas y superficiales declaraciones, a mi entender claramente dirigidas por el aparato del partido socialista con Patxi Lopez a la cabeza.
Y al lado de esta “niña” del PZOE su institutriz, Maria Teresa Fernández de la Vega, disfrazada para la ocasión como cadáver andante, sin una pizca de esos maquillajes que gasta tanto ni un tono de color en su ropa normalmente cara y de las tiendas más en boga, interpretando el papel de persona afectada para tocar la fibra sensible de los electores e inclinar la balanza definitivamente hacia el lado oscuro, hacia el fin de España y la victoria letal del PZOE.
Amigos míos, 2 niñas se han cargado España, una buena a la que no han dejado ni respirar ni hablar desde el momento en que nació y otra, mala, a la que han hecho hablar tal ventrílocuos poniendo en su boca rodeada de clavos y espinas palabras altisonantes como libertad, democracia y socialismo. Y todo ello durante la jornada de reflexión. Así se manipula y así se ganan las elecciones. Nada nuevo sobre la faz de la tierra.