Mostrando entradas con la etiqueta Cataluña es España. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cataluña es España. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de mayo de 2024

La nostra Catalunya

 

Don Justo Conde Esteve

En la foto, Don Justo Conde,  autor de los diseños de los trofeos por encargo del Sr. Meler.


Mi infancia son recuerdos de mi querida Barcelona,

y un barrio libre a pies del Tibidabo;

mi juventud, cincuenta años en tierras catalanas”.

 

Ante las próximas elecciones del 12 de mayo en Cataluña, tenía que escribir algo. Y hasta me he permitido parafrasear a don Antonio Machado, nuestro gran poeta sevillano, al que el infame, corrupto y demente Pedro Sánchez hizo nacer en Soria, en una más de sus carencias culturales. Por no hablar de las (carencias) éticas y morales.

Como bien sabrán la mayoría de mis lectores, el torneo de fútbol “Nostra Catalunya” se celebró entre los años 1974 y 1990 en el estadio de Sarriá, organizado por el Real Club Deportivo Español. Hablamos de una época en la que el RCD Español era la principal, que no única, resistencia al pensamiento único y sucio, al naZionalismo y al separatismo fomentado por la corrupta burguesía catalana, y cuya principal bandera de enganche era el FC Barcelona, un club racista y clasista fundado por un suizo y mantenido y premiado a base de chantajes, corruptelas y engaños durante toda su negra historia. Y para luchar contra esa dictadura nazionalculerda, se organizaba este entrañable torneo, en el que se daba relevancia y presencia a otros equipos catalanes, como el Gimnàstic de Tarragona, Girona FC, UE Lleida, la UE Sant Andreu o el CE L’Hospitalet.

Eran tiempos en los que el himno del RCD Español era bilingüe, en el que ser catalán no significaba dejar de ser español, en el que la libertad y la tolerancia se respiraban solamente por encima de la Diagonal, mientras que en la parte oscura de Barcelona, maquinaba el rancio separatismo en busca de prebendas y beneficios para las cuatro familias adineradas de siempre, las mismas que bajo Franco se alinearon con el régimen. Siempre buscando el beneficio de unos pocos a costa de la pasividad y la ignorancia de muchos. Lo que viene a ser el nacionalismo.

Pero, quién lo iba a decir, cuarenta años después, la sociedad catalana, tan española como la de cualquier otra región del Reino de España, se ha quitado de encima esa losa que significa el nazionalismo excluyente, y se ha lanzado a las calles con valor y alegría, a luchar por lo que es de todos, a recuperar esa Cataluña que nos han querido robar pero que jamás doblegarán.

Y viendo la campaña electoral de VOX, la emoción que me embarga es mayúscula. No por ser las siglas de un partido, que como bien sabemos todos suelen ser algo temporal, como sucedió con Ciudadanos, sino por la ilusión que desprenden sus protagonistas, por la realidad y la verdad de su discurso, por su lucha incansable contra la degradación de esta parte de nuestra patria tan bella pero tan manipulada por sucios intereses nacionalistas. Tan sucios que prefieren una Cataluña en manos de islamistas violentos, de violadores y ladrones, antes que abandonar su demencia separatista, recuperar el “seny” y volver a ser esa preciosa parte de España.

Pero nuestra Cataluña, la nostra Catalunya, está resurgiendo cual flor en primavera, gracias al empeño y la lucha sin cuartel de muchas personas, mayores y jóvenes, que no aceptan ni aceptarán jamás la rendición ante el poder oscuro del sucio naZionalismo. Me enorgullece sobremanera ver a tantos amigos de infancia y de juventud alzando la bandera de la libertad y la igualdad, como si fuera el año 1980. Y ahí siguen, impasibles, inquebrantables, leales, apoyados por esa juventud catalana que no ha sucumbido a las barbaridades y mentiras vertidas durante tantos años por intoxicadores, por racistas, por corruptos y por terroristas.

Quien de nosotros, los “exiliados” por una razón u otra, no echa de menos las excursiones a Poblet o al Montseny, comer en Santa Fé o en “Los Patos” en Viladrau, subir a Calella a disfrutar de las habaneras, pasear por las Ramblas, bajar, sin miedo a ser atracado, a la granja de Chiquillo, jugar en el Turó Park, subir al Merbeyé, parar en Barbero o en el Mandri, disfrutar de unas mixtas en el Tomás de Sarriá, tomar una jarra de litro en el Pippermint, o simplemente subir por la Diagonal hasta la Rosaleda disfrutando de un soleado día primaveral. Por no hablar de visitar a una de mis tías, ya sea en la calle Escuelas Pías, en Doctor Ferrán o en Vilafortuny.

Comprar en el mercado de Galvany, ir a misa de Gallo en la iglesia “Redonda”, comer un arroz en la Barceloneta, pasar la tarde en el Víctor con los camaradas, tomar unas cañas en el Vaso de Oro, ir al Juan Sebastián Bar, jugar a billar en el bar Velódromo, cantar canciones en el Cau, asistir a una capea en Tortosa, comer calçots en Valls, ir a cazar y comprar aceite en Lérida… una lista interminable de recuerdos de infancia, de juventud, de toda una vida alegre y dichosa en una región tan amada como es Cataluña.

Mi tierra, nuestra tierra, vilipendiada, utilizada y destrozada en los últimos cuarenta años por aquellos que se arrogan un catalanidad pura, racial, excluyente y por ende sucia y maligna.

No, señores, esa no es “la nostra Catalunya”.

La Cataluña que vamos a recuperar es todo lo anterior, todo lo que llevamos dentro, es nuestro pasado y será, sin duda, nuestro futuro.

Y ese futuro pasa por votar en conciencia. No hace falta ni que diga a quien.

martes, 15 de octubre de 2019

Hispanismo versus nacionalismo


He esperado tres días en ponerme a escribir esta pequeña entrada: desde el pasado sábado, 12 de octubre, día de la Hispanidad, hasta hoy, 15 de octubre, he tenido la santa paciencia (y me ha costado lo suyo) de no dejarme llevar por la ilusión y la alegría que significó la asistencia al desfile de las Fuerzas Armadas, el haberme encontrado por pura casualidad con Alba y de paso haber conocido a Sergi y Ruth, simpáticos pericos catalanes y nuevos miembros de la creciente colonia de exiliados en esta bella Villa y Corte llamada Madrid (y quién sabe si los futuros presidenta y secretario de la Peña Españolista de Madrid).

¿Y a qué se ha debido esta espera? Pues es muy simple: coincidía este fin de semana festivo con la filtración de la sentencia del “procés” (ya me gustaría saber quién ha sido el chivato que se ganó las albricias anunciando la buena nueva a los golpistas) y todo lo que ello conllevaba: la rabia por la sentencia, los previsibles incidentes que iban a producirse y la gran pena que siento al saber que esta pesadilla no tienes visos de acabar, sino que más bien parece que se va a eternizar, con todo el dolor y el drama que ello conlleva. Por todo esto no me puse a escribir el mismo sábado: habría resultado un simple y superficial relato del desfile, de sus anécdotas, de las lógicas risas y las pertinentes cervezas al intenso sol que acabó quemándonos las espaldas, pero manco de la trascendencia de la sentencia contra los golpistas separatistas y de todo lo que ello significa como contrapunto a la alegría del día de la Hispanidad. Hubiera sido un relato del Yin sin el Yang, del Bien sin el Mal. Y por desgracia, el mal sigue existiendo. Y en este caso se llama “nacionalismo”.

Empecemos por lo bonito. Por el lado bueno de la historia. Por el “hispanismo”: un sentimiento, una filosofía y una manera de entender la vida como algo positivo, algo que une, que representa muchos siglos de evolución, de historia, de cultura, de esfuerzo común, de unidad en la diversidad. Asimilable a lo que significa el “españolismo” (ser seguidor del RCD Españyol) al mundo del fútbol.

Había quedado con algunos amigos en la estatua de Indalecio Prieto en Nuevos Ministerios, una elección como mínimo controvertida, teniendo en cuenta lo siniestro del personaje en cuestión: golpista contra el gobierno legitimo de la república en 1934, culpable de innumerables muertes y expoliador de museos y fortunas particulares, para acabar fugándose a Méjico con todo lo arramplado. Pero la suerte hizo que me tropezará unos cientos de metros más al norte con la amiga Alba y que lo de vernos en la funesta estatua quedara olvidado a las primeras de cambio. 
Y fue todo un acierto: al rato se nos unieron dos amigos de Barcelona, pericos ambos, y a partir de aquí el rato que pasamos a escasos metros del palco de autoridades intentando atisbar a la soldadesca, a las autoridades y descubrir que vestido llevaba Letizia, voló entre risas, fotografías y pequeñas anécdotas que anoté para ilustrar un poco este escrito ya previsto de antemano. A nuestro lado, por ejemplo, se sentaron dos matrimonios originarios de Castelldefels (Castefa para los insiders), una casualidad como tantas otras, teniendo en cuenta que por ahí andaban cientos de miles de españoles intentando pillar un lugar con un mínimo de visibilidad. Sus sonrisas cómplices ante  nuestros cánticos de “Puigdmemont a prisión” contrastaban con las caras de no entender nada de las japonesas que teníamos a nuestra derecha, y que a pesar de todo aplaudían con educación y recato todo aquello que a nosotros nos emocionaba: la Patrulla Águila, los helicópteros de rescate marítimo, los cazas, los imponentes Airbus o los paracaidistas descendiendo desde lo alto con nuestra querida enseña nacional (dejo para la parte fea del relato hablar del cabo Pozo). Hubo foto con un voluntario que se autoproclamó ser la “cabra” de la Legión, grandes risas avisando a un joven matrimonio que teníamos delante de que estaban asesinando a su pequeño oso panda con las ruedas del carrito (ni que fuera Borja), acabando la agradable mañana con un distendido refrigerio en una terraza cercana, un tuit anunciando a Tomás Guasch la buena nueva sobre su “nuera” y planificando ya futuras citas, entre ellas un asalto directo a las tropas enemigas del Bar Capuccino.

Una gran mañana, soleada, con risas, cánticos, complicidad, respeto y amistad. Y por lo que me cuentan desde Barcelona, ahí el día transcurrió de forma similar: sol, alegría, unidad, igualdad y libertad. Com Déu mana. Como tiene que ser.

Pero claro, todo sueño tiene su triste despertar. Y el nefasto nacionalismo que tantas desgracias ha causado en Europa en los últimos siglos, siempre acecha. La sentencia del procés, que ya empezaba a embrutecer todo lo bonito vivido el sábado, acabó por amargarnos el domingo y remató el siempre maldito lunes con los intolerables incidentes en Barcelona y Gerona. Y, sobre todo, con la benevolente pena impuesta, que permitirá a la Generalitat soltar a los golpistas antes de las próximas Navidades.

Una sentencia perfecta para Pedro Sánchez (que éste privilegiado alumno de Maquiavelo ha presionado e influido descaradamente en la abogacía del estado, en la fiscalía y hasta en los magistrados está fuera de toda duda), con el racista demente Quim Torra revolviendo el hato y lanzando a la adoctrinada juventud catalana a la calle sin contemplaciones; sentencia que culminó de forma nefasta estos duros años pasados desde el intento de golpe de estado de 2017, para disgusto de la mayoría de los catalanes y del resto de españoles. 
¿Cómo pagar los favores (en forma de votos) al separatismo sin tener que indultar a los condenados? Pues muy fácil: forzando una sentencia por sedición, y con ello las más que seguras medidas de gracia que podrá aplicar la Generalitat sin que nadie pueda oponerse. Todo calculado. Y pactado. A espaldas de los ciudadanos. Riéndose de la separación de poderes. Ninguneando a la mayoría de los ciudadanos de Cataluña que no son separatistas. Las treinta monedas de plata de siempre.

Y a esta desgracia de epílogo del fin de semana habría que añadir las intolerables, asquerosas, y penosas bromas sobre el bueno del Cabo Pozo, que tuvo la mala suerte de chocar con una farola antes de poder tomar tierra con la bandera nacional (maldita sea mil veces la impresentable Anabel Alonso), cuando se ha pasado toda su vida sirviendo con honor a nuestra patria; el vil y traidor puñetazo de un tal Joan Leandro Ventura a una señora ya entrada en años por el simple hecho de ondear una bandera de su tierra en Tarragona, o el abuso de un corpulento mozo separatista arrebatando la bandera y cogiendo por el cuello a una chiquilla en el Paseo de Gracia de Barcelona; y, para rematar, la indecente, asocial, injusta e intolerable ocupación de las calles, las estaciones y el aeropuerto por parte de las huestes de los enfermos separatistas.

Solamente faltaban los no por esperados igual de asquerosos comunicados del maldito Barza, del payaso Guardiola y del iletrado Xavi, la inacción de los Mossos, el apoyo de Pablo Iglesias y demás ratas a los nazis catalanistas y la sectaria programación de TV3, para acabar maldiciendo este maldito lunes 14 de octubre, que quedará en los anales de la historia como una más de tantas traiciones a nuestra patria, a la libertad y la justicia.

Y encima dos días después de nuestra gran fiesta común.

Hispanismo frente a nacionalismo. El bien frente al mal. Y lo que nos queda.




lunes, 9 de octubre de 2017

Dame unas Ray-Ban y me harás feliz (BCN, 8 de Octubre 2017)


Una crónica del 8 de Octubre.

Como suele ser, el título de un artículo, novela, obra de teatro, estudio o ensayo intenta resumir el contenido del mismo, dar una pista sobre lo que sigue o bien buscar la sorpresa y la curiosidad del lector. Como en un eslogan publicitario o en un lema de campaña. En mi caso la inspiración ha sido doble: por un lado un final de jornada emotivo con unas gafas Ray-Ban volando por los aires en otoñal alegría delante de la Delegación de Gobierno en Barcelona con las Fuerzas de Seguridad del Estado mirando entre incredulidad y divertida complicidad y por otro lado un artículo en "El Mundo" del como siempre genial Pepe Albert de Paco sobre la manifestación de ayer, en el que por pura casualidad aparecen otras gafas Ray-Ban en un contexto similar.

Ocho de octubre de 2017, en Barcelona, Cataluña, España (no añado Europa por el nulo aprecio que tengo a esa ruin unión económica destructora de la auténtica civilización Occidental. Tema sobre el que hoy no quiero escribir para no estropear el momento).

Ocho de octubre de 2017, fecha de la que sin duda se hará pingüe uso (corrijo, ya se está haciendo) con buenas y menos buenas intenciones. Como en su momento con el “Espíritu de Ermua”, al que el Partido Popular ya quiere equipar con el 8-O, algo nada sorprendente y que acabo de ver en la prensa. Ya estamos. Es quizás lo único negativo que diré del día de ayer, pero tengo un extraño retortijo en mis entrañas de que la euforia sentimental inicial y el uso interesado de la jornada acaben en los anales de nuestra historia como otro bonito intento de salvar a España (y van tantos), impulso que a los pocos meses se diluye como cualquier juvenil amor de verano. 
Ojalá no sea así y se convierta en un amor sincero, adulto y longevo. Y no digo eterno porque bien sabemos que amores de esos existen pocos. Y menos con tantos intervinientes y tantos intereses externos.

Tras una decisión nocturna y repentina de asistir al acto de Barcelona y encontrar de milagro una plaza en autocar gracias a las redes sociales, al amigo Nacho y sobre todo a la existencia de un sorprendente grupo en Facebook creado el 3 de octubre, hace apenas 6 días, para promocionar el acto del 8-O. Grupo que a día y hora de estar escribiendo estas líneas tiene 386.148 miembros. Y en este caso no hay hackers rusos usando bots para manipular los datos, no es TV3% hablando de la asistencia a un acto de la ANC, ni son los perfiles falsos de Podemos inundando las redes con machacones mensajes hasta cansar o subyugara al personal: es decir, manipulando. 

No señores, son personas reales. Como tú y yo. Habitantes de Cataluña. Y de España. Que viene a ser lo mismo. Que ya cansa lo de hablar de catalanes por un lado y españoles por otro. Son catalanes por un lado y otros españoles por el otro. Que ser catalán es ser español. Como lo es ser gallego, extremeño, vasco o madrileño. ¿Cuesta tanto asumirlo? Y ya no digo entenderlo. Bien sabemos que hay mucho lumbreras por ahí que no tiene esta capacidad intelectual. Y no quiero nombrar a los rufianes. Todos los conocéis.

Un duro viaje nocturno, entre extraños (a excepción del amigo Nacho, más las nuevas amistades (encantado Oscar) que nacieron en la última fila del autobús, para mí el lugar tradicional en cualquier desplazamiento, mezcla de confesionario, púlpito y refugio) y con un chófer o bien cansado o bien poco preparado para un viaje nocturno, dando intermitentes bandazos y que acabó comiéndose una señal y dejar el frontal del autocar con mejor aspiración que cualquiera de los últimos coches de Fernando Alonso, la aventura culminó con una entrada festiva por la Diagonal, sonando los clásicos de cualquier evento lúdico/patrio con el añadido del Mediterráneo de Serrat. Canción y persona que a mí personalmente no me dicen mucho, y menos en este entuerto y a estas alturas, pero que tampoco voy a criticar ahora cuando está en camino de convertirse en el himno de esta nueva revuelta patria. 

Solamente falta que hagan una remasterización y saquen un doble CD con los “Mayores éxitos democráticos” para ganarse unos doblones, con perlas como “Libertad sin ira” de Jarcha, el “Habla pueblo habla” de Vino Tinto y la imprescindible y cansina “Puerta de Alcalá” de Ana y Victor. Aderezado todo con el himno del PP como Bonus Track.  Y no quiero ser malpensado. Hoy no. Mañana, Dios dirá.

Pero todo cambió. De la noche al día. De la oscuridad entre extraños al brillante sol barcelonés entre amigos, camaradas, jóvenes, menos jóvenes y también las futuras generaciones españolas en sus cochecitos acompañando a sus ilusionados padres. Como la guapa Candela y otros cientos o miles (2 o 3 decenas según TV3%) de niños y niñas de Cataluña. Y en el recuerdo todos los que nos han dejado y que hubieran disfrutado del día con y como nosotros. Hermanos, abuelos, padres, amigos y camaradas que no han podido disfrutar de una jornada inolvidable. Como Marc Bonastre, Carlos Oriente, el pequeño pero gran padre de Rocío y también el mío, fallecido hace un año y que a su manera me imbuyó el amor a España, su diversidad y sobre todo su unidad. Seguro que todos ellos hoy sonríen un poco más, allá donde estén.

Como no podía ser de otra manera partimos de la Plaza Artós de nuestro querido barrio de Sarriá, punto de encuentro y cuna del levantamiento popular contra los enemigos de Cataluña, de España y de la sensatez. Como si fuera Móstoles un día cualquiera del mes de mayo. Y como bien glosó hace unos días mi estimado Juanjo en su artículo sobre los “Héroes de la Plaza Artós. No hace falta que añada más a lo que él escribe. Claro y sobre todo real. Muy real. 

Tan real que la bajada desde la zona alta de Barcelona hasta confluir con el resto de los miles de manifestantes (de cifras ni pienso hablar, estoy por encima de trileros y manipuladores. So many steps beyond) fue de los momentos más emotivos vividos en los últimos años. Centeneras de jóvenes acompañados por algunos adultos (como yo mismo) que nos debatíamos entre el estupor, la sana envidia y el orgullo de poder formar parte de esta explosión popular por la que hemos luchado tantos y tantos años. Una reacción que nace de la verdad, de la pureza de los sentimientos, la alegría desbordante de la juventud y la cultura e inteligencia de la que por desgracia otros tantos carecen.
IN - INTE- INTELIGENCIA. Un grito que desconocía, coreado durante el precioso paseo por lo que antaño fue mi cuna, mi barrio y mi vida y que me hizo sonreír y añadirlo a mi repertorio de forma inmediata. San Juan Bosco, la Diagonal, Francesc Macía (oficialmente, aunque siempre la llamaremos Calvo Sotelo), más Diagonal, saludos a voz en grito al Grande de España y tan poco español Conde de Gódo que tan poco ha hecho y menos está haciendo por España, encuentro con más amigos en el cruce con Aribau y unificación con los millares de manifestantes en el Paseo de Gracia. Como bien dijo Nacho: “Vaya puta locura”.

Cantando sin parar los ya conocidos “En pie, si eres español”, “Catalunya es España”, “Catalanitat es hispanitat”, “Yo soy catalán, catalán y español” y el básico, necesario y legalmente exigible “Puigdemont a prisión” (¿Inane Rajoy, a qué demonios esperas?) los 4,5 km de caminata con esta columna de jóvenes luchadores por la normalidad, la sensatez, el respeto y la tan clara y mayoritaria hispanidad de Cataluña fueron eso, una bendita locura.



Por no hablar del reencuentro con tantas y tantas personas queridas. 
Como era de esperar fue imposible abrazar y besar a todos (ni a mi propia familia que andaba unida por las calles de nuestra ciudad y a la que pidiendo disculpas tengo que saludar desde aquí), ni tomar las preceptivas cervezas y recuperar en tan pocas horas los 6 años de ausencia, solamente interrumpidos por cortas y muy esporádicas visitas.

Gracias a Dios, y pese a haberme quedado con las ganas de poder reencontrarme con muchos más de mis amigos, el resto de la jornada con Alberto, Paco, Carlos, David y Rocío fue tan bonito como las impresionantes estampas de mi querida Barcelona teñida de rojo y gualda y las cuatro barras.


Y para rematar, el reencuentro (que ya relato al principio) con mi “sobrino” Manel,  puso el broche de oro a un día inolvidable. Abrazados delante de la delegación del gobierno, con las Ray-Ban volando por los aires y estrellándose en el suelo ante la incrédula, risueña y cómplice mirada de policías y Guardias Civiles que llenaban las aceras y las terrazas vecinas, la realidad superó cualquier sueño.

Estaba en Barcelona, el sol brillaba, la gente sonreía, cantaba, bailaba y gritaba “Viva España” y “Visca Catalunya”, como algunos llevamos haciendo desde hace tantos años. Pero con una gran diferencia: estaba vez estaba rodeado de miles, cientos de miles de personas. De aquí y de allá. Sobre todo de aquí. Por mucho que los adoctrinadores de siempre quieran manipular la verdad. Y usen fotografías de otros años y otros actos. Y censuren, corten y tergiversen. Me la trae al pairo. Los conozco. Son los de siempre. Los malos.

Como malos son los partidos políticos que ya están haciendo suyo este movimiento popular nacido en la mayoría de los hogares catalanes que han dicho basta al racismo y a la imposición de mentiras,  disfrazándolas de históricas y mayoritarias, con la bien engrasada maquinaria del poder del 3% y sus politizados y vendidos medios.

Para no nombrar al patético e impresentable titiritero Pablo Iglesias apareciendo por Barcelona sin que nadie le hubiera invitado. A medrar y mentir como siempre. Así le fue a su vuelta en el AVE. “Ratas a la carrera” como acertadamente se titula un tuit que muestra el vídeo en el que se ve al maldito intoxicador corriendo y escabulléndose por la estación del tren ante el acoso de la verdadera España a la que no ha conseguido engañar.

Y, por favor, no nos olvidemos de una cosa: esta manifestación no la organizaron los partidos políticos. Ni Ciudadanos, ni el PP, ni el PSC ni nadie.

Fue la sociedad civil, el pueblo español, el de Cataluña y el del resto de España, que se levantó diciendo hasta aquí hemos llegado. Como en Móstoles. Como en el Bruc.

Y que llenó las preciosas calles de la Ciudad Condal de vida e ilusión. De valor y de inteligencia. De banderas de amor y no de odio. De todo lo que no aportan los otros, los de la imposición del pensamiento único, las mentiras y los intereses ocultos cubiertos por sucias banderas de latrocinio y traición
.
Seamos pues ingenuos. Cual jóvenes enamorados. Soñemos con la alegre primavera que a inicios de otoño nos ha deparado esta jornada inolvidable, como bien la ha definido mi amigo Miguel Angel.

Mañana ya despertaremos.


P.D. Un agradecimiento especial a todos los catalanes de corazón de otras partes de España que nos acompañaron en este despertar del seny. Y de la verdad. Y a los anónimos organizadores de los intempestivos pero necesarios viajes a mí querida ciudad natal.









jueves, 14 de agosto de 2014

Barcelona, año 2015

Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía forzadamente.  Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.


Después del referéndum de Noviembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos de Escocia, Irlanda, Kosovo, Guinea Ecuatorial, el barrio de Igueldo de San Sebastián y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas. 

Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular,  no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.

Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual grilletes de un condenado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la gigantesca estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos: no había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas, Junqueras y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros.
Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’Interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.

Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.

-         --  ¿Estáis bien chicos?
-         --  Si papi, tot be, menys això d'anar al cole.

Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.

Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del
antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (después de haber sido expulsada Cataluña de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.

A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese roto la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
      
      - Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja en parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.





miércoles, 10 de octubre de 2012

12 de Octubre. Toca España.


Estamos a escasas 48 horas de celebrar, un año más, la “Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad”, denominada en los demás idiomas de nuestra patria Festa Nacional d'Espanya, en catalán y en valenciano, Festa Nacional de España en gallego; Espainiako Jai Nazionala, en vascuence y Hèsta Nacionau d'Espanha, en aranés.
No se trata de una fiesta facha, de derechas, ni de una fiesta centralista, de la gente de Madrit, como gusta pronunciarse en Cataluña el nombre de la capital, ni menos aún de una imposición de una fuerza colonial sobre regiones conquistadas a sangre y fuego por los enemigos españoles. Se trata simple y llanamente de celebrar nuestra pertenencia a una milenaria nación en un día tan simbólico como es el 12 de Octubre, día en el que en el lejano año del señor de 1492 un marinero andaluz, Rodrigo de Triana, gritó “¡Tierra a la vista!”, hecho que cambio la historia de toda la humanidad y que contribuyó al crecimiento del Imperio Español y de toda la civilización occidental.


Milenaria nación forjada a base de conquistas y de reconquistas, de uniones y separaciones, de reyes y presidentes, de generales y parlamentarios, de héroes y de mártires, pero, al fin y al cabo,  patria nuestra en la que hemos nacido y a la que pertenecemos todos y cada uno de los andaluces, murcianos, vascos, catalanes, gallegos, extremeños, madrileños, castellanos, leoneses, navarros, riojanos, ceutíes, melillenses, canarios, valencianos, mallorquines y asturianos. Y hasta aquí llego con las lecciones de historia.
No es lugar ni momento para entrar en largas y tediosas discusiones sobre la conquista del Nuevo Mundo, sobre la leyenda negra vertida sobre España por el mundo anglosajón, sobre el franquismo y su utilización del concepto de España como opresor de la libertad de los ciudadanos españoles y como unificador forzoso y forzado de ideas y  sentimientos diversos,  o sobre pretendidas nacionalidades históricas previas a la común, historias estas en la mayoría de los casos inventadas y tergiversadas por una minoría que simplemente busca su propio provecho.  Para discutir sobre estos temas, que son historia y por lo tanto, pasado,  hay mejores foros y momentos más apropiados.

Hoy toca hablar de presente y sobre todo de futuro.

Toca hablar de una nación que, en pleno Siglo XXI,  pertenece a un ente superior,  llamado Unión Europea, en el que tenemos que defendernos panza arriba para no ser arrollados por los intereses de las grandes potencias del continente para no convertirnos en siervos del primer mundo.
Toca hablar de una nación que tiene que liberarse del yugo de los partidos políticos y sus intereses, que nunca coinciden con el bien común por la propia definición contra-natura de un partido político.
Toca hablar de una nación que tiene que deshacerse de los separatistas, que lo son por puro  interés económico, y de los separadores que lo son por puro desconocimiento de la realidad de una España grande y plural.
Toca hablar de una nación que tiene que recuperar la senda de la seriedad, del trabajo, del esfuerzo, de la ejemplaridad, de la cultura y de la valentía; todos ellos rasgos de nuestra nación que fue forjada con el esfuerzo de ilustres personajes: escritores, guerreros, pensadores, filósofos y hasta grandes reyes y militares.
Toca hablar de nuestra España real, de una España en crisis, de una España a la que le sobran muchas garrapatas y vividores y a la que le faltan líderes reales, sinceros, entregados a una causa común.
Toca hablar de una nación venida a menos por la incultura de la mayoría, alelada por medios de comunicación de intereses oscuros y esclavizadores; hundida por el pelotazo de constructores y banqueros; y arruinada por los gastos superfluos de nuestras administraciones, con funciones duplicadas y multiplicadas por ene regiones y una legión de asesores amigos improductivos.
Toca hablar de una nación en manos de “sectas”, “mafias” o “castas” que simplemente persiguen su propio beneficio y supervivencia, sin tener en cuenta a la ciudadanía y sus necesidades reales.
Toca hablar de una España con ciudadanos que aporten valor frente a los vividores del valor añadido cero.

Toca hablar de la España real, de ti, de tus hijos y de tus futuros nietos.

Toca proclamar a los cuatro vientos que somos Españoles, con mayúsculas, herederos de una historia; y hacer llegar nuestros cánticos orgullosos a todos los rincones de nuestra amada Piel de Toro, en catalán, en castellano, en vascuence,en gallego o en aranés, es decir, en un idioma español.

Dentro de 48 horas toca España. Toca 12 de Octubre. Nos toca a todos.





martes, 9 de octubre de 2012

Barcelona, año 2015


Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían de sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía de forma forzada. Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al Colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.
Después del referéndum de Septiembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos del Reino  Unido, Irlanda, Holanda, Finlandia y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas.
Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.
Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual soga de un ahorcado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la enorme estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos. No había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros. Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.
Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.
  •          ¿Estáis bien chicos?
  •          Si papi, tot be, menys lo de anar al Cole.


Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.
Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (al haber sido expulsada de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.
A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese rotor la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
  •          Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Els Quatre Gats (o de ilusión también se vive)


Con sumo gozo y máxima ilusión estoy asistiendo al “imparable” movimiento anti nacionalista que se está produciendo en las Redes Sociales. Imparable, eso sí,  en el limitadísimo ámbito que representan las dos grandes redes sociales del momento, es decir, Facebook y Twitter. Obvio a Tuenti por lógicas razones de edad. No fuera a ser que aparte de charnego y facha me llamaran pederasta.
Porque, queridos lectores, no nos llamemos a engaño. A estas alturas de la manipulación nacionalista, con más de 30 años de planificada estrategia desinformativa, de contra-educación,  de invenciones y tergiversaciones, de inculcación del odio a España en la mente abierta, limpia y noble de niños, jóvenes y enfermos de Alzheimer, poco podemos hacer.

¿Qué podemos esperar de cuatro grupos en Facebook, unos cuantos hashtags en Twitter y una serie de buenos artículos en blogs, diarios digitales y foros a los que solamente acuden los acólitos como nosotros?

La fuerza que nos podría ayudar, la  intelectualidad catalana, que existe, y  los líderes de opinión catalanes, que también existen, desistieron hace tiempo de su lucha contra el pensamiento único. 
Los más inconformistas, los más libres, ya cruzaron el Rubicón, en este caso el Ebro, dejando atrás su querida tierra por la persecución y la presión psicológica impuesta por el Gran Hermano catalanista. 
Los menos osados, los acomodados, entraron hace tiempo en un letargo inducido por el entorno y por su propia tibieza, limitándose a seguir viviendo, y en muchos casos cobrando,  sin oponerse al “mainstream” dictatorial. Se olvidaron de sus ideales, de su origen, y se refugiaron en su hogar, acurrucados ante su “llar de foc”, leyendo a Eugeni d’Ors o Josep Pla en la intimidad, al estilo de Aznar y sus íntimos momentos en catalán.
Quedan pues solamente los cuatro valientes, los que, contra viento y marea, mantienen alzada la bandera de la catalanidad no excluyente ni racista, la verdadera historia común con el resto de España y la estricta separación de intereses económicos, partidistas  y sectarios de la cultura, la convivencia y la riqueza idiomática. No hace falta que los nombre. Todos sabemos quién sigue luchando por una Catalunya española y con “seny”.

El problema es que son cuatro gatos. Y marcados con un parche de la Bandera de España más grande que cualquier estrella de David amarilla portada jamás por los judíos. Y la regla de tres sobre esa bandera rojigualda ya la aprenden en los Esplais y en el colegio: si eres español, eres facha, odias a Catalunya y te comes a los buenos niños catalanes crudos o “a l’ast”, dependiendo si la comilona cae entre semana o en Domingo, día especial en el que  la vorágine española se lleva a cabo acompañada de misa, toros, partidos del RCD Español o del Madrid y pasodobles amenazantes y aniquiladores de la Sagrada Sardana.



¿Pero, quién sabe, igual la virtualidad de las redes sociales nos da una sorpresa a todos, y el próximo 12 de Octubre la verdadera Catalunya alza de una santa vez su voz, sale a la calle y proclama a los cuatros vientos que “els catalans som espanyols”?

Como reza el título de este artículo, de ilusión también se vive.

Y de lucha. Seguid así amigos. A por ellos, que son pocos y manipuladores.


Apúntate. Estás a tiempo.