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lunes, 11 de octubre de 2021

Numerología ante el 12 de octubre

En tiempos de continuas mentiras oficiales, encuestas manipuladas y memorias histéricas varias que intentan cambiar el presente y el pasado (para asegurar el futuro placentero de una minoría de descerebrados populistas y naZionalistas), quizás toque volver a una pseudociencia, la numerología, para rematar la demencia que no sólo nos rodea, sino que sobre todo y por desgracia nos desgobierna.

Nos explica la Wikipedia, esa enciclopedia abierta en la que todo el mundo puede añadir, corregir, manipular e inventar contenido (esta cuenta de Twitter, permite por ejemplo seguir todas las ediciones realizadas anónimamente desde instituciones oficiales españolas… y en horario laboral, por cierto), gigantesca recopilación del saber que al final ha acabado siendo una fuente fidedigna para la mayoría de los temas gracias a la supervisión y corrección por parte de abonados, estudiosos, expertos, prestigiosas instituciones y muchos particulares (y lógicamente también controlada gobiernos, logias, multinacionales, autoridades religiosas, partidos políticos y demás asociaciones con fines comunes, ocultos o declarados), dice pues la Wiki que la numerología es un “un conjunto de creencias o tradiciones que pretende establecer una relación oculta entre los números, los seres vivos y las fuerzas físicas o espirituales…”.

Se trata por lo tanto una pseudociencia, como la astrología, creencias que, a pesar de carecer de cualquier base científica, siguen muy presentes en todas las culturas y son algo que tenemos interiorizado todos, heredado de generación en generación. Como los refranes y dichos populares, pero simplificado con números que supuestamente significan algo. Como la esotérica cábala judía, a cuyas "verdades" aún sucumben hoy en día famosos, iluminados y drogadictos de todo tipo. Por otro lado, también tenemos las fechas de hechos históricos, como el que conmemoramos hoy, o la correlación de números con letras, algo usado para recrear nombres o frases usando la respectiva posición de una letra dentro del alfabeto, como el 88 que usan los neonazis para hacer referencia a la letra hache, es decir, al “Heil Hitler”. Por cierto, aquí tenemos una reciente y clara demostración de la vigencia de esta simbología numérica: Austria prohibió el uso de los números 18 (Adolf Hitler) y 88 en las matrículas hace unos años (también eliminó la combinación de letras IS, en referencia al ISIS, o de las SS, por las Schutzstaffeln del Tercer Reich). Por no hablar de la planta 13 en los rascacielos o la relación de victorias de Ángel Nieto, número eliminado por su asociación a la mala suerte, algo imposible de eliminar de la mente occidental.

Y como mañana será 12 de octubre, una fecha clave para nosotros, los españoles, y por extensión para todos los europeos y los hermanos hispanoamericanos, voy a hablar un poco de fechas, de números, de su significado y su importancia.

Tranquilos, obviaré incidir en los números simbólicos más conocidos y utilizados por todos nosotros, como el 7, el 13, el 21, el 666, el 777 o el 1582 (esos Nikis); me centraré en tres números: el 1, el 12 y el 52. Pero no desde un enfoque religioso, mágico o adivinatorio. De eso que se encarguen predicadores, magos, chamanes, imanes, antipapas, médiums, camellos y demás intermediarios entre nuestra mente y el más allá desconocido; lo mío es más simple y va relacionado con la fecha de mañana, con nuestra organización administrativa provincial (y también de un grupo de luchadores) y con el uno, el primero, el principal, símbolo de inicio y, ante todo, de unidad.

Doce de octubre, XII en números romanos, día del descubrimiento de América por una expedición marítima hacia lo desconocido que emprendió el Reino de España el 3 de agosto de 1492 desde el puerto fluvial de Palos (en Huelva, la provincia 21 de nuestra patria, España, número asociado a tantas cosas que no es preciso que detalle aquí ni ahora. Para eso está Google, para lo demás, Mastercard).

Doce de octubre, XII en números romanos, una de las fechas más importantes de la historia de nuestra civilización occidental, o quizás la que más para toda la humanidad, evento clave para la evolución social, económica y cultural del mundo de poniente, para el nacimiento del hispanismo, para la existencia de tantas naciones hermanas en el por entonces nuevo continente y por desgracia también para la desaparición de las tribus indias del norte del continente, exterminadas sin piedad por los colonos del norte europeo, en especial por anglosajones, holandeses y alemanes. Aunque esto empezaría siglos después del desembarco español en el nuevo mundo. Por mucha leyenda negra creada en oscuras habitaciones del frío, bárbaro y desapacible norte de Europa, por simple envidia e intereses económicos. Leyenda negra que, ante la desmemoria histérica que el globalismo de la Agenda 2030 intenta imponer con su indigenismo y demás sandeces, está siendo rebatida en grandes obras y por prestigiosos escritores a ambos lados de ese océano atlántico que no nos separa, sino que nos une, como Elvira Roca Barea aquende y recientemente Marcelo Gullo Omodeo allende los mares. Esos mares que cruzó Marco buscando a su madre, para que los menos leídos pero teleadictos lo entiendan.

El cincuenta y dos, 52, LII en números romanos, algo ya eliminado del currículo formativo de esta nueva sociedad que están creando. Y destrozando. Número que, sin cábalas, trampantojos o interpretaciones, simplemente es la suma de cincuenta provincias y dos ciudades autónomas, unidades administrativas que componen nuestra nación, España. A las que con añoranza histórica muchos sumaríamos los cinco virreinatos
americanos y demás provincias de ultramar. Pero la historia, pasado es. Y no se puede reescribir, cambiar o tergiversar. Aunque tantos y tan variados malvados y dementes se dediquen a ello noche y día. Allende y aquende, como ya dije antes.

El cincuenta y dos, 52, LII en números romanos, que por casualidad es el número de valientes que están defendiendo, unidos bajo las siglas de VOX y desde sus escaños en el Congreso, la unidad de España, la justicia, la libertad y el futuro de nuestros hijos y nietos. Pero esto es pura casualidad, que nadie busque ahora asociaciones místicas. Podrían bien ser 50 o 53. O quizás 99 en un futuro próximo. Nunca se sabe.

Y llegamos por fin al número más importante. Volvemos al inicio. 

Al uno, 1, I en números romanos. Al "alpha" numérico, que no es lo mismo que alfanumérico. A un número que no solamente significa el principio de todas las cosas, de todas las cuentas, de todas las historias, sino que simboliza también y sobre todo la unidad. Esa unidad que es necesaria para que todo funcione. Ese 1 del “todos a una”. El uno de la solidaridad, de la cooperación, de la unión en una empresa común. Un número que siempre une y nunca separa, un guarismo indivisible. Y que por lo tanto también simboliza la unidad de España. Y que nadie se ponga nervioso, tire de prejuicios y leyendas negras, remueva a los muertos en sus tumbas, tape verdades y publique mentiras sin base histórica, simples relatos para acompañar sus malvados planes de futuro, y se atreva a recordar y maldecir con saña el antiguo lema de “Una, grande y libre” y empiece a llamarme franquista, fascista o cualquier otro epíteto similar.

Aunque me importa bien poco lo que digan los demás; porque al fin y al cabo se trata de un lema precioso  que no significa nada más que lo que enuncia (que es mucho, por otro lado), sin tener que elucubrar, leer las estrellas, consultar antiguas escrituras, pagar a un vidente, sobornar a un alquimista o pegarse una ronda de peyote: una, grande y libre, simple, llana y comprensible hasta para iletrados políticos y tertulianos desquiciados, quiere decir: unidad, grandeza y libertad. Que es lo que queremos todos para nuestra querida patria. Y por lo que suspiran y luchan tantos españoles en las 50 provincias y dos ciudades autónomas que componen nuestras nación. LII en números romanos. Cincuenta y dos, como el número actual de diputados de VOX. Suerte que odio las pseudociencias. Y en especial la numerología. Se trata de una simple casualidad.

Feliz 12 de octubre, queridos compatriotas. Feliz 12 de octubre, hispanos de allende los mares.

¡Viva España! ¡Viva la Hispanidad!







jueves, 14 de agosto de 2014

Barcelona, año 2015

Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía forzadamente.  Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.


Después del referéndum de Noviembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos de Escocia, Irlanda, Kosovo, Guinea Ecuatorial, el barrio de Igueldo de San Sebastián y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas. 

Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular,  no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.

Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual grilletes de un condenado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la gigantesca estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos: no había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas, Junqueras y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros.
Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’Interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.

Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.

-         --  ¿Estáis bien chicos?
-         --  Si papi, tot be, menys això d'anar al cole.

Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.

Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del
antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (después de haber sido expulsada Cataluña de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.

A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese roto la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
      
      - Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja en parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.





jueves, 26 de septiembre de 2013

¡Queremos decidir, referéndum ya!

Aunque mi ex mujer me vuelva a tachar, con una cínica sonrisilla en la comisura de los labios,  de “españolito” por escribir este artículo, en línea con esa soberbia y complejo de superioridad de los progres de los años 60 y 70, fieros y valientes luchadores anti-franquistas (de boquilla) todos ellos, pero bien apoltronados hoy en día a la sombra de un sistema que dicen despreciar pero del que maman a borbotones y gracias al cual viven como reyes, es decir, como el otro pájaro borbollón y bribón que entre resbalón, revolcón y operación va esquilmando nuestras cuentas y nuestra buena imagen, sin cumplir con su deber de Jefe de Estado y sus responsabilidades marcadas en la Constitución (el artículo  2 del Título preliminar, para poner un ejemplo), no puedo dejar de escribir estas pocas líneas para descargar mi rabia y, quien sabe, igual abrir los ojos a alguna oveja descarriada

Y en lo que será un claro “déjà vu” para aquellos pocos lectores asiduos que tengo (ya escribí hace un año un artículo con el mismo título que, releído esta mañana, con toda modestia, me parece muy bueno), tengo que volver a insistir en el tema del tan cacareado referéndum y el “queremos decidir” de los separatistas catalanes.

Pues claro que queremos decidir. Si después de sufrir esta pseudo-democracia durante más de 40 años, de aguantar esta partitocracia antisocial y nada representativa, que lo único que ha creado es una casta de vividores incultos que se proclaman políticos, encima nos van a quitar lo único bueno que tiene la Constitución Española del 1978 (junto con el escudo que la encabeza, que sin duda va a ser proscrito con la interpretación que hagan los “imparciales” jueces del nuevo Código Penal), y que es la Ley Orgánica 2/1980 de 18 de Enero sobre la regulación de las distintas modalidades de referéndum, es decir, el derecho a votar de forma directa sin que por medio aparezcan los innecesarios partidos políticos (aunque desde el “backstage” lo sigan manipulando con los espacios publicitarios  gratuitos, proporcionales a su representación parlamentaria, que les otorga la misma ley), estaríamos apañados. Y eso que la única vez que voté, en concreto en  el referéndum del 1986 sobre la permanencia en la OTAN, el tiro me salió por la culata y del “de entrada  no” pasamos a ser puras marionetas de los yanquis en sus múltiples guerras,  inventadas y provocadas todas ellas para preservar su hegemonía económica mundial.

Los catalanes, los españoles, queremos decidir. Queremos que se plantee un referéndum con todas las de la ley, ya sea por el artículo 92, el 152, el 167 o el 168 de la Carta Magna, ceñido a las circunscripciones provinciales previstas, con un control férreo de la aplicación del artículo 14 sobre las campañas de propaganda, y una aplicación real del artículo 15 sobre la duración de la misma, que no deberá ser superior a veinte días (a diferencia de la campaña actual que lleva a cabo el aprendiz de rey Artur Mas, cuya duración ya suma varios años, cuando no decenios si contamos a sus predecesores).

Un referéndum en el que TODOS los españoles, los que viven en las provincias catalanas y los que habitan cualquier otra de las 50 provincias y 2 ciudades autónomas que componen nuestro Estado, puedan expresar libremente su opinión sobre la pertenencia o no de Cataluña a la nación Española (una pregunta por otro lado bastante estúpida en términos históricos y sociológicos, pero que por tan manida ha pasado a ser dogma ya no solamente para los “inventores de historias e historietas” catalanes sino también para el resto de los españoles).

Queremos una consulta popular en la que la pregunta que se plantee sea clara, concreta y libre de posibles interpretaciones malintencionadas (algo por otro lado harto difícil estando en manos de políticos su redacción).

Más aún cuando el ínclito Arturo está empezando a girar la tortilla, a manipular a la gente, cambiando el discurso anti España por el discurso anti Estado. Paso previo para lavar la cabeza a las serviles ovejas catalanas y convencerlas de que no se plantea la independencia de España sino la liberación del yugo y el constante robo por parte del Estado español (otra falacia demostrable con cifras, pero ocultada de forma consciente y continuada a la población catalana).

Sutil maniobra de pura mercadotecnia que inició ayer el tan poco honorable presidente de la Generalidad de Cataluña, en aras de cubrirse las espaldas y poder seguir negociando, a escondidas, sin luz ni taquígrafos, con Mariano Rajoy, otro gran culpable, junto con el Rey,  de la situación a la que hemos llegado por la desidia, los intereses partidistas y el poco patriotismo que inspiran en el fondo sus actuaciones.

Porque por mucho que nos vendan humo con su participación en el próximo acto unitario del 12 de Octubre en Barcelona tanto el Partido Popular como Ciudadanos, no hay ni un partido político (de los parlamentarios) que realmente busque el bien común, y en este caso mantener la unidad de España. Lo único que buscan es mantener su cuota de poder, su estatus y sus privilegios.

Lo demás, mentiras. Y lo siento por esos lectores míos que siguen engañándose a sí mismos con su apoyo a dichas entidades antinaturales. Ellos son conscientes  de esta verdad, pero se escudan en el mal menor, en la comodidad, en la imposibilidad de darle un vuelco a la situación, cuando es momento de revuelta y revolución, como bien proclaman mis admirados amigos del MSR.

Al PP, a Ciutadans, a UpyD y al PSOE les importa un santo rábano la unidad de España. 
Igual que a CiU, ERC y PSC les da igual lo que suceda con Cataluña. Todos ellos persiguen sus propios objetivos. 
Sus jugosos ingresos por no hacer nada. Su “dolce vita” a costa del resto de la sociedad.

Sus escaños, sus sueldos y sus inaceptables privilegios.

Que no os engañen, amigos míos.


¡Viva España!




martes, 9 de octubre de 2012

Barcelona, año 2015


Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían de sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía de forma forzada. Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al Colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.
Después del referéndum de Septiembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos del Reino  Unido, Irlanda, Holanda, Finlandia y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas.
Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.
Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual soga de un ahorcado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la enorme estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos. No había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros. Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.
Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.
  •          ¿Estáis bien chicos?
  •          Si papi, tot be, menys lo de anar al Cole.


Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.
Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (al haber sido expulsada de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.
A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese rotor la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
  •          Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Els Quatre Gats (o de ilusión también se vive)


Con sumo gozo y máxima ilusión estoy asistiendo al “imparable” movimiento anti nacionalista que se está produciendo en las Redes Sociales. Imparable, eso sí,  en el limitadísimo ámbito que representan las dos grandes redes sociales del momento, es decir, Facebook y Twitter. Obvio a Tuenti por lógicas razones de edad. No fuera a ser que aparte de charnego y facha me llamaran pederasta.
Porque, queridos lectores, no nos llamemos a engaño. A estas alturas de la manipulación nacionalista, con más de 30 años de planificada estrategia desinformativa, de contra-educación,  de invenciones y tergiversaciones, de inculcación del odio a España en la mente abierta, limpia y noble de niños, jóvenes y enfermos de Alzheimer, poco podemos hacer.

¿Qué podemos esperar de cuatro grupos en Facebook, unos cuantos hashtags en Twitter y una serie de buenos artículos en blogs, diarios digitales y foros a los que solamente acuden los acólitos como nosotros?

La fuerza que nos podría ayudar, la  intelectualidad catalana, que existe, y  los líderes de opinión catalanes, que también existen, desistieron hace tiempo de su lucha contra el pensamiento único. 
Los más inconformistas, los más libres, ya cruzaron el Rubicón, en este caso el Ebro, dejando atrás su querida tierra por la persecución y la presión psicológica impuesta por el Gran Hermano catalanista. 
Los menos osados, los acomodados, entraron hace tiempo en un letargo inducido por el entorno y por su propia tibieza, limitándose a seguir viviendo, y en muchos casos cobrando,  sin oponerse al “mainstream” dictatorial. Se olvidaron de sus ideales, de su origen, y se refugiaron en su hogar, acurrucados ante su “llar de foc”, leyendo a Eugeni d’Ors o Josep Pla en la intimidad, al estilo de Aznar y sus íntimos momentos en catalán.
Quedan pues solamente los cuatro valientes, los que, contra viento y marea, mantienen alzada la bandera de la catalanidad no excluyente ni racista, la verdadera historia común con el resto de España y la estricta separación de intereses económicos, partidistas  y sectarios de la cultura, la convivencia y la riqueza idiomática. No hace falta que los nombre. Todos sabemos quién sigue luchando por una Catalunya española y con “seny”.

El problema es que son cuatro gatos. Y marcados con un parche de la Bandera de España más grande que cualquier estrella de David amarilla portada jamás por los judíos. Y la regla de tres sobre esa bandera rojigualda ya la aprenden en los Esplais y en el colegio: si eres español, eres facha, odias a Catalunya y te comes a los buenos niños catalanes crudos o “a l’ast”, dependiendo si la comilona cae entre semana o en Domingo, día especial en el que  la vorágine española se lleva a cabo acompañada de misa, toros, partidos del RCD Español o del Madrid y pasodobles amenazantes y aniquiladores de la Sagrada Sardana.



¿Pero, quién sabe, igual la virtualidad de las redes sociales nos da una sorpresa a todos, y el próximo 12 de Octubre la verdadera Catalunya alza de una santa vez su voz, sale a la calle y proclama a los cuatros vientos que “els catalans som espanyols”?

Como reza el título de este artículo, de ilusión también se vive.

Y de lucha. Seguid así amigos. A por ellos, que son pocos y manipuladores.


Apúntate. Estás a tiempo.