viernes, 20 de marzo de 2015

Digitalizados

Por mucho que le dé vueltas al tema, aún no tengo muy claro si la creciente digitalización de la sociedad es positiva o si por el contrario se trata de un paso atrás en la evolución del ser humano.  Como supongo que le pasará a la mayoría de mis lectores, hay días en los que doy gracias a Dios por las ventajas que nos ha traído la digitalización, mientras que en otros momentos llego a detestar ese constante “estado de conexión” que en muchos casos se asemeja a la esclavitud de otras épocas.  Y no dudo de que Charlie Chaplin, si aún viviera,  rodaría un remake de “Tiempos Modernos”, criticando en este caso no la industrialización del trabajo sino la digitalización de las relaciones sociales. Material hay,  hasta para una trilogía.

Retomo pues el mismo tema que ya usé como leitmotiv hace casi 3 años en otro artículo, titulado “No sin mi móvil”, pero con un largo recorrido por medio en cuanto a la evolución de la digitalización en la sociedad, a mis conocimientos  al respecto y al propio uso que le estoy dando en mis quehaceres diarios. Porque tres años son una eternidad si hablamos de innovación y tecnología: habiéndome dedicado los últimos cuatro meses a investigar con profundidad tecnologías innovadoras y a la plasmación de la situación en informes técnicos para diversas instituciones financieras,  doy fe de que la innovación ya no se mide en años o meses, sino más bien en tramos de semanas, días y hasta horas. Valga como ejemplo esta curiosa pero muy explícita iniciativa que muestra todo lo que sucede en el entorno digital segundo a segundo. Si todo esto sucede en tan poco tiempo, como no van a inventarse diariamente nuevos servicios, plataformas, aplicaciones, dispositivos o tecnologías.

Bien sabéis algunos que  siempre he seguido con interés iniciativas como “la vuelta al campo” y el abandono de la vida urbana  o corrientes sociales como los “downshifters”, evoluciones por otro lado cíclicas en nuestro mundo,  que cada tantos decenios llega a un momento de saturación social, tecnológica o política,  abriéndose fugas de agua en forma de revoluciones, involuciones, guerras o simples movimientos alternativos, como los hippies en los sesenta, los terroristas en los setenta, los movimientos ecologistas en los ochenta o los ya nombrados “downshifters” en los noventa.  Y prefiero no hablar de cosas peores, como la vuelta al integrismo radical en el mundo musulmán o el resurgimiento de anacrónicos nacionalismos y de burdos populismos que intentan hacernos olvidar todo lo malo que trajo consigo el marxismo-leninismo.

¿Pero será posible parar esta digitalización de la sociedad? ¿O, planteado de otra manera, tendría algún sentido echarle el freno de mano a la hiper-conectividad y a la conversión de todo lo que nos rodea (hasta nuestras prendas) en continuos emisores de datos que van a parar  a manos de hábiles analistas de la información para su uso comercial o a ocultos archivos particulares o gubernamentales para incrementar el control sobre lo que hacemos, dónde estamos, qué soñamos  y con quién dormimos?

Lo dudo. El otro día, a modo de prueba del algodón, me puse a anotar durante unos minutos todas mis interacciones digitales. ¿Qué pasó? Pues que al poco rato, después de enviarme a mí mismo (desconfiando de mi propia memoria) unos cuantos correos electrónicos con mis notas, lo tuve que dejar.  Era tan constante el uso de aplicaciones, utilidades, portales, buscadores y demás facilidades digitales que nos brindan  (o nos imponen) los ene dispositivos que son ya parte del mobiliario de cada hogar, como antes podían serlo lámparas o ceniceros, que acabé rendido ante la evidencia: esto no hay quien lo detenga. Como bien firma sus correos mi compañero Juancho, “el mundo es móvil, no lo pares”.

Los pocos minutos de prueba dieron el siguiente  resultado (y seguro que me dejo muchas cosas en el tintero):

·      desactivar el sonido de varios grupos en el programa de mensajería por pesados)
·      mirar unas cuantas veces el saldo bancario en la banca online (como si esperara ese ingreso sorpresa del espacio que nunca acaba de llegar)
·       encontrar la ubicación de  un pueblo con Google Maps
·       buscar la letra y los acordes de una canción de la Creedence
·       afinar la guitarra con el afinador digital incluido en el programa de acordes y trasponiendo los mismos a un tono que pueda entonar con aceptable acierto (harto difícil, como bien sabéis los Rommelanders)
·       mirar los titulares de la prensa diaria (como si fuera necesario hacerlo cada hora)
·       manejar el reproductor multimedia del PC desde la tableta   (no me vaya a herniar levantándome del sofá)
·    buscar una receta para la cena (teniendo la nevera vacía poco sentido tenía hacerlo en ese momento)
·        bajar el último disco de Mark Knopfler 3 días antes de su publicación
·         intentar sintonizar un partido de futbol de pago a través de un portal pirata
·        borrar decenas de boletines de noticias de mi correo (preguntándome en la mayoría de los casos sobre la razón de haberme abonado a dicho newsletter)
·       hacer un par de fotos a una lata de cerveza (como prueba fehaciente de que estaba bebiendo y brindando)
·        grabar un corto video de una actuación musical en la tele para publicarlo en una red social
·        “hablar” mientras tanto por Whatsapp con Matrix (sin lugar a dudas lo más valioso de todo)
·       buscar en Google palabras de un concurso televisivo (perdiendo obviamente comba de las siguientes definiciones)
·      buscar varias palabras desconocidas del libro que estaba leyendo en la aplicación de la RAE, copiarlas y pasarlas a un archivo de nuevas palabras que mantengo en mi PC
·     y finalmente fotografiar una página del mismo libro por la belleza e interés de alguna frase,  con la intención de tuitearla a la menor ocasión.  


Hasta aquí llegué. Por lo menos dejé de apuntar lo que iba haciendo, lo que no significa ni por asomo que dejara de usar mis múltiples dispositivos  para dejar constancia ante el resto de la humanidad (con mi actividad y su consecuente huella digital) de que estoy vivo, de que tengo una gran vida social y de que estoy a la última en todo. Impronta digital que a los pocos minutos ya estaba siendo aprovechada por los servicios de publicidad de los diferentes portales para cubrir mi pantalla de anuncios de música, viajes, recetas, cursos de lengua castellana y servicios de comida a domicilio. 

Aunque igual tendrían que perfeccionar un poco el algoritmo usado en el portal (para mostrar anuncios en base a mi actividad en la red) e incluir servicios de psiquiatría o terapias relajantes en algún santuario budista.

O mejor ofertas de escapadas a las tierras del Norte.  Que eso sí que tiene vida y calor. Y alimenta. Tanto el alma como la tripa.


Conclusión: la misma que hace 3 años. Démosle el mejor uso posible a todo este entorno digital pero sin perder el norte. Mejor encontrándolo.

Intercalemos  cada tanto algo mundano, tradicional, antiguo, a poder ser analógico, con su parte física y con un valor  tangible de vida real que acabe convirtiéndose en un bello recuerdo.

Un beso, una canción, unas risas, un paseo, un abrazo, un brindis, una charla sin teclado, una buena comida, un anochecer en silencio, un descanso en compañía.




P.D.: Habiendo llegado la primavera habrá que poner en marcha otra cuenta atrás. Digo yo.








jueves, 22 de enero de 2015

¡Que viene el coco!

Como ya es habitual en los últimos y para mí tan felices meses (creo que ya no hace falta que explique el porqué), cada vez que puedo arranco el coche, enfilo la A1 y me dirijo hacia el Norte a disfrutar de las tierras castellanas, su rica historia, su espectacular paisaje y sus riquísimos productos.  
Y obviamente de la mejor de las posibles compañías. Porque por mucha morcilla, oreja, lechazo, monumento  o espectacular paisaje que pueda tener mi cada vez más querida Castilla, sin el acicate de encontrarme con una persona increíble y encantadora no creo que me lanzara a la carretera de forma tan alegre y continuada. Tirando de dichos populares: “más tira moza que soga”.


Y hablando de proverbios y dichos, estando yo circulando por una solitaria carretera provincial entre prados nevados y estatuas del Cid Campeador, cual Quijote a punto de toparse de morros con los molinos imaginados gigantes y acompañado en este caso no por mi fiel escudero Sancho sino por esa persona especial y omnipresente  en mis últimos relatos (y en mis sueños, para qué negarlo), tuve que pegar una frenada en seco, meter la marcha atrás y cerciorarme de que había leído bien un cartel dejado atrás. 

Efectivamente, el pueblo se llamaba “Quintanilla del Coco”.  Para variar, me picó la curiosidad, con esa obsesión mía de aprender cada día algo, característica ésta que igual de joven tenía como objetivo principal el hacerme el sabiondo e interesante ante los demás,  pero que con el paso del tiempo se ha convertido en un verdadero placer (“a la vejez viruelas”, como bien expresa otra paremia de uso común), disfrutando con cada descubrimiento del “conocimiento” como grandeza de nuestra existencia, por lo que a la vuelta de esta nueva y genial escapada me puse a investigar un poco el origen de la palabra “coco” y el porqué de este nombre para una pequeña población de la Sierra de la Demanda.

Sacrílego sería yo si circulando por el “Camino de la Lengua Castellana” y con el Monasterio de Santo de Domingo de Silos como destino no me hubiera interesado por el origen de una palabra tan usada y al mismo tiempo curiosa: porque como bien sabéis todos vosotros, dicha abadía de Santo Domingo alberga las tan famosas “Glosas Silenses”, primeras anotaciones en lengua romance y que junto a las “Glosas Emilianenses” de San Millán de la Cogolla, están consideradas los primeros escritos en lo que iba a convertirse a lo largo de los siglos en nuestro idioma común,  en la universal lengua castellana o española.


“Qué viene el coco”. Cuantas veces habremos oído esta expresión: desde nuestra tierna infancia en boca de nuestros padres, pasando por los comentarios jocosos referentes a algún profesor en el colegio, hasta las alertas ante la cercanía de las lecheras de los maderos o las predicciones agoreras ante cualquier calamidad que se avecina, como sucedió hace poco con el brote de ébola,  lo del “coco” siempre ha sido una expresión común y sin ningún misterio para nosotros.  

¿Si hasta uno de los grabados de la serie Caprichos de Goya se llama literalmente así como nos va a intrigar esta expresión?  

Aunque bien pensado, dudo mucho que la mayoría de nuestros conciudadanos sepan quién fue Goya o conozcan sus grabados, salvo que los hayan visto en la estación de metro del mismo nombre de la Villa y Corte. Pero el nivel cultural de este otrora gran y culto país es harina de otro costal. Mejor no mentarlo. Como a la bicha.

Pues misterio igual no, pero una curiosa historia etimológica sí que tiene el palabro. Veamos:

El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece bastantes acepciones para la palabra “coco”: desde la fruta tropical por todos conocida, la propia cabeza en lenguaje coloquial o diferentes aves e insectos, hasta el “fantasma que asusta a los niños” origen de este artículo.  

Pero si vamos más allá y buceamos en la etimología de la palabra nos encontramos con algunas sorpresas: el coco,  fruto del árbol homónimo, por ejemplo, se llama así debido al parecido con el “coco” primitivo y rural, un personaje con una cabeza en forma de calabaza con 3 agujeros, similares a los que tiene el fruto, que aterrorizaba a los niños (y no al revés como podríamos pensar). 

Escribía así allá en 1526 el ínclito Gonzalo Fernández de Oviedo: 

“El nombre de coco se les dixo porque aquel lugar por donde está asida en el árvol aquesta fructa, quitado el peçón,dexa allí un hoyo, y encima de aquél tiene otros dos hoyos naturalmente, e todos tres, vienen a hazerse como un jesto o figura de un monillo que coca, e por esso se dixo coco”. 

En este antiguo y curioso texto encontramos además otra acepción de la palabra: “hacer cocos” significa hacer muecas y “hacerse cocos” pueden ser ciertas señas entre enamorados. Y al lector que ahora aproveche para recordarme que la palabra coco también significa ser muy feo, que calle. Que le veo venir con la chanza esa de que “pareces un coco”. En cualquiera caso aceptaría el uso coloquial de “vaya cocos”, siempre y cuando pueda comprobar la veracidad de la exclamación. Aunque mejor dejarlo aquí.

Ampliado pues nuestro conocimiento acerca del “coco”, volvamos al principio, a Quintanilla del Coco. Pues resulta, por lo que he podido investigar, que en este caso el nombre de esta pequeña población no tiene nada que ver con el feo personaje que asusta a los niños, sino con el gorgojo, un “insecto coleóptero de pequeño tamaño, con la cabeza prolongada en un pico o rostro, en cuyo extremo se encuentran las mandíbulas”, como lo define la RAE. El gorgojo es un productor de grana, y la grana era un tinte muy habitual (para el color granate) en el periodo medieval. De ahí el nombre, junto a lo de Quintanilla, que es una expresión muy común en dichas tierras burgalesas para designar poblaciones y cuyo origen es la granja en latín, la “quintana”. Resultado final: que la granja del coco no escondía personajes terribles sino simplemente una fábrica de tinte. Curioso.

Dejado atrás este cartel seguimos ruta hasta Santo Domingo de Silos, parando antes para fotografiar una preciosa estatua del Cid, todo ello al son de un excelente disco recién aparecido en el mercado y que encajaba como anillo al dedo con el paisaje. Hispánica se titula, y os recomiendo a todos y cada uno de vosotros que os hagáis con él. Musicalmente impecable y con unas letras impresionantes, en línea con anteriores obras de uno de los músicos artífices de esta joya y coronado con una gran portada y un acabado perfecto, ha sido sin lugar a dudas una guinda no esperada a esta excursión tan excepcional (¡¡Bravo Eduardo!!)

Queda por decir que la visita al claustro de Santo Domingo también tuvo sus anécdotas, como el guía robotizado que recitaba de memoria más que explicaba, con un tono de voz uniforme y sin apenas modulación y hasta enlazando las descripciones arquitectónicas con las indicaciones a los visitantes, al estilo de “aquí ven una columna decorada con imágenes de los santos tal y cual y ya pueden salir por la puerta del fondo”.  
Esta frase final ya me convenció definitivamente de que el pobre chico lo que hace es repetir la cantinela día sí día no,  sin saber realmente lo que dice. Pero no quise someterle a la tortura de interrumpirle y preguntar algo. Tan desalmado no soy. Si alguno de mis lectores pasa por Santo Domingo y visita el claustro que haga la prueba del algodón. A ver cómo reacciona el chaval.

Y los cánticos gregorianos de los monjes que también pudimos disfrutar, comentando entre sonrisas la entrada de todos y cada uno de ellos a la iglesia, como si estuviéramos en una rueda de reconocimiento intentado identificar al verdadero “Coco”, también valieron la pena. Cortos, al tratarse de la “Sexta” y no de una misa completa, pero suficientes para enriquecer un poco más un día completo.


Poco más que contaros, pero mucho más lo vivido el resto del fin de semana. En línea con las anteriores escapadas.

Placer, alegría, calidez, simpatía, complicidad, felicidad. Todas esas cosas que uno va buscando en la vida y que de golpe caen del cielo de forma sorpresiva y gratificante.  Como las indisposiciones y los vómitos. Pero de eso no hay que dar más detalles. Son cosas que le pueden pasar a cualquiera. 
Estoy seguro que hasta el Coco vomita de vez en cuando. Por lo menos el de Barrio Sésamo, que por lo que recuerdo no paraba de hacer el loco, brincar y saltar. 


Para acabar, un mensaje personal al “Coco”: si vienes a por mí ya sabes dónde encontrarme, o bien en Burgos, o bien yendo y viniendo.  

O en un vagón del AVE, ya que se rumorea que la nueva línea de alta velocidad Madrid-Burgos tendrá paradas en Rommeland, Gamonal, Prado y Rivendel.  

¿O lo habré soñado?




martes, 30 de diciembre de 2014

Burning Christmas

Extraña Navidad que por desgracia ya ha pasado. 
Extraña porque este año no ha sido la tradicional, en familia y con el añorado cocido catalán, y por desgracia porque ya ha pasado y ha sido la Navidad más deseada de mi vida. Por lo menos hasta donde consigo recordar. Sabiendo lo selectivo que puede ser el cerebro, capaz de arrinconar recuerdos buenos y malos, no dudo que en algún otro momento de mi infancia o juventud haya sentido una ilusión parecida, pero no consigo recordarlo.

Fiestas estas las navideñas que como sabéis algunos de mis lectores suelo relatar cada año, o bien alabando lo bonito y detallista del evento en casa de mi tía, o bien criticando la falta de espíritu navideño real: el amor, el cariño, la solidaridad, la generosidad o el agradecimiento que se convierten por imposiciones externas en afán de gastar, en reencuentros forzados, en opulentas comidas y en asistencias a misa con una total falta de convencimiento o sentimiento religioso. Esa doble moral o falta de cultura que lleva a la gente a convertir una celebración familiar y de amor en una necesidad imperiosa de aparentar, consumir y comprar todo aquello que nos van inyectando desde los medios con tanta antelación que hasta se han llegado a ver este año anuncios “navideños” cuando los lugareños aún se bañaban en las playas del Levante español. Anuncios adelantados y exageradamente comerciales y sin valor humano si los comparamos con el de Campofrío de este año, que justo antes de fiestas consiguió emocionar a más de uno. O el de Manolo de la lotería, aunque éste último haya triunfado más por sus variantes graciosas que por su innegable fondo emocional.

Pero bueno, este año no me voy a dedicar a criticar a nuestra perdida y materialista sociedad. Tampoco hay que perder la esperanza: hay mucha buena gente que no ha sido abducida por el sistema, que se ilusiona por Navidad con toda naturalidad, que  la celebra en familia y con cariño, que prefiere el momento al montante de los regalos, la compañía de los suyos a la muchedumbre de las calles y las sonrisas sinceras de pequeños y grandes a las risas artificiales de los “famosos” de la tele. Y que son felices por Navidad. Como lo he sido yo este año.

Pendiente de una cuenta atrás de varias semanas, cual calendario de adviento o cartilla de recluta marcando los días que faltan para la celebración o la licencia,  llegó la semana de Navidad en la que se me juntaba una mudanza a un nuevo hogar con la esperada visita de una increíble persona del Norte que ha entrado en mi vida como una racha de viento fresco que trae alegría y felicidad. Matrix, para entendernos. Casi nada para afrontar las fiestas. Como si yo no fuera ya lo suficientemente emocional para encima añadir sentimientos tan intensos a la siempre complicada Navidad. Ya te digo. O anda que no. Lágrimas anunciadas podríamos llamarlo.

Una preciosa Nochebuena en “familia”, es decir, con la familia Ramiro Torres, que después de tantos años igual es más familia que la sanguínea. Sin afán de criticar a mi familia, pero la normalidad, naturalidad y sinceridad con la que me acogen estos magníficos amigos año si año también es tan gratificante que no se echa de menos nada. Te sientes como en casa. Arropado y acompañado. Como por los mensajes de Cris y mi hermano preguntando por mi estado. O por la continua y tan natural y agradable conversación con Matrix,  desmontando a todas horas la pesadilla de la cuenta atrás, que al final se convirtió en un acelerado cronómetro ayudado por su  constante compañía. Gracias peque.

Después de una misa de Navidad en la parroquia alemana, corta, con poca asistencia y nada especial, y un menú navideño un poco extraño, a base de huevos al microondas, con la nueva casa adecentada, decorada y ya convertida en el nuevo
Rommeland, como han bautizado a mi casa mis amigos, ya solamente quedaba esperar al día de San Esteban, segundo día de Navidad en muchos países y regiones de España, como en Cataluña, para disfrutar de Madrid en buena compañía. Y de un concierto por la noche que prometía. Como así fue. Pero ya llegaremos a él.

Teniendo el intercambiador de autobuses a 15 minutos de casa y sabiendo que el autobús de ALSA llegaba a las 12:15, obviamente me planté en la estación a las 11 de la mañana. No fuera a ser que se me escape. A partir de aquí, llegó la Navidad. Y sin ningún atisbo de exageración. Si entendemos como decía antes las fiestas navideñas como momentos de alegría, de felicidad, de cariño, hasta de amor si se me permite, pues ahí empezó. En una ruidosa y llena estación de autobuses.

Un agradable paseo por el barrio de las letras de Madrid, con paradas aquí y allá para beber alguna caña, como en la Dolores o el Naturbier (por aquello de la cerveza artesanal y encima alemana) de la plaza Santa Ana,  y un pequeño problema final para encontrar el parking, culminó con la llegada a casa,  con regalos navideños emotivos y bonitos y un rato de descanso antes de volver a salir.

Y llegó el concierto de Burning. Sin prisas, con algunas cervezas antes para hacer tiempo, disfrutamos de un gran espectáculo, entre la espada y la pared, es decir, entre el público que abarrotaba la sala y el segurata de turno que controlaba nuestros continuos intentos de fumar. Y que a la postre se portó muy bien perdonando la “infracción” hasta en 3 ocasiones sin llegar a amenazarnos con la expulsión. Gracias amigo. Eso se llama espíritu navideño. 
Gran concierto, buena sonoridad como decía el Perchas, cantando a voz en grito todas las canciones, fueran conocidas y me supiera la letra o no, y una vuelta a casa extraña, cargada por un lado de felicidad y por otro de una inoportuna tristeza. 


Aún le doy vueltas a mis juguetonas y resistentes neuronas sobre el qué, cuándo y dónde se rompió temporalmente la magia. Temporalmente, por suerte. Pero hizo crac.

Nada extraño tampoco. La compañía, la convivencia, la verborrea, la bebida, la música, la fiesta, la extrañeza.., todo ello son factores que influyen en los sentimientos, hay subidas, hay bajadas, hay silencios y ruidos, hay sonrisas y lágrimas. Se llama vida. Se llama caminar.

Así acabó una gran noche, con las notas de “No es extraño” de Burning resonando y su letra llevada hasta el final “hallándome en casa sentado en el suelo y hablando con la pared”. Lágrimas anunciadas, como decía al principio.

El resto del fin de semana, perfecto. Mejor imposible. Sin prisas, sin horarios, sin planes, hasta sin autobús de vuelta. Hablando, riendo, bebiendo, comiendo, paseando. Cosas simples, momentos, comentarios. En compañía. Con un grado de complicidad y amistad suficiente para reir de los mismos chistes, maldecir a las mismas personas que andan demasiado lento, buscar al unísono las aceras vacías u optar por un bar tranquilo para disfrutar de una simple cerveza. 

Nada más ni nada menos. Un final de la Navidad diferente. Pero reconfortante. Y feliz.


De eso iba la Navidad creo recordar. De ser y hacer feliz. Lo soy y lo intento.





martes, 9 de diciembre de 2014

El Kiwi

Casi todos conocemos la fruta llamada Kiwi. Muy de moda en los últimos decenios, se trata de una planta trepadora originaria de China que posteriormente se ha ido introduciendo en muchos países, entre los que destaca Nueva Zelanda. Y de ahí viene su nombre (cosa que obviamente desconocía y he tenido que investigar, como creo que pasará a muchos de mis lectores): como en Nueva Zelanda el pájaro “no volador” endémico se llama Kiwi en el idioma aborigen maorí, y la fruta de la planta Kiwi se parece un poco al cuerpo del pájaro Kiwi, pues le pusieron este nombre al dulce fruto. 
Y de esta guisa se ha extendido por todo el mundo: se usa en postres, en helados, en ensaladas, me imagino que también en los tan variados y ridículos Gin Tonics y, para mayor sorpresa, 
hasta para dar un toque especial a los puerros de Sahagún, herencia éstos últimos de los monjes benedictinos que procedentes de Cluny se asentaron en esta región bajo el reinado de Alfonso VI de León. Aunque me imagino que por esa época, el siglo XI, siglo de Cruzadas, poco Kiwi habrían probado monjes, caballeros, nobles y sirvientes. Pero nunca se sabe: igual algún habitante muy espabilado de esta región tan bonita de España se adelantó en un siglo a Marco Polo y se trajo unas semillas de kiwis desde la lejana China. No olvidemos que los españoles seguimos usando la expresión “Ancha es Castilla”, que viene a significar que “como nadie nos ve al estar tan poco habitada podemos hacer lo que queramos sin que nos pillen, sin presiones ni obligaciones”. Pues siendo tan fácil ocultarte por esos lares no cuesta mucho imaginar a un lugareño cruzando el globo en busca del complemento ideal a los puerros, sin que alguien note su larga ausencia. 
Como aquel marido que dijo lo de “bajo a por tabaco un momento” y no volvió hasta pasados 20 años. Igual es el mismo que se trajo la fruta exótica. 

¿Y a qué viene hablar de Kiwis? Pues a esa cosa llamada casualidad, cuando no “serendipia”, extraña palabra basada en la “serendipity” del idioma inglés que ha incorporado recientemente la RAE a la 23ª edición del diccionario y que viene a significar algo así como un “hallazgo afortunado e inesperado”.

Viajé al Norte con mi Zippo de rigor, en este caso uno con un pájaro Kiwi de adorno que me regaló un amigo que estuvo por las antípodas hace unos años, y en el par de días de estancia se dieron dos coincidencias: durante una conversación acabamos Matrix y yo hablando del Kiwi pájaro, no recuerdo el porqué,  y en un excelente restaurante de Sahagún, llamado “Asador el Ruedo II -  Bar España”, nos sirvieron puerros con Kiwi antes del anhelado (y por cierto excelente) lechazo que nos metimos entre pecho y espalda. Y yo con el Zippo de marras. Cuando tengo más de 20 Zippos diferentes preparados en mi caja para ir variando según mi estado de ánimo o el destino de la salida. Lo dejamos en casualidad. Pero divertida, en cualquier caso.  

Para no hablar de los dobles nombres de los bares y restaurantes. Otro misterio por descubrir que queda pendiente para la siguiente escapada: ¿por qué diantres tantos bares de la zona tienen dos nombres? ¿Tradición local, disputas familiares, triquiñuelas para engañar al fisco? Dios sabrá.

Nosotros nos quedamos un poco extrañados. Igual tendríamos que haber indagado un poco, pero estando ocupados todo el rato en pedir otra Mahou (y otra, y otra..)  se nos pasó. Prometo solemnemente indagar en otra ocasión e informaros a todos. Menos a policías o inspectores fiscales. No seré yo el que traicione o meta en un lío a un simpático habitante de una de las cuatro provincias que recorrimos en los tan cortos 3 días de esta reciente escapada.

Porque gracias a nuestro innato sentido de la orientación y encima ayudados por el inevitable navegador de Google, fuimos capaces en poco más de una hora de partir desde Palencia, pasar por León, tocar Burgos y rozar Valladolid, para acabar en el mismo pueblo desde el que habíamos partido. Cosas del paisaje y el momento, del sol, de la música, de lo a gusto que estábamos y de lo buenas que estaban la cervezas. Conociendo Castilla. En toda su anchura. Y felices. En resumen, libres.


Rizando un poco más el rizo, y sin ningún tipo de maldad o sorna, lo del Kiwi también podría aplicarse a una de las primeras personas que conocimos en Villada. Santi se llamaba, persona impedida y en silla de ruedas que portaba una concha del Camino y al que obviamente, por aquello del espíritu peregrino que siempre llevas dentro, entré al instante para charlar un poco. Desconozco si de nacimiento o debido a un accidente, pero el joven tenía tal grado de invalidez en brazos y manos que ni podía beber de forma autónoma. Cual Kiwi incapaz de volar al carecer de alas. Pero ello no fue impedimento para compartir una caña con él, darle de beber y pasar un rato agradable hablando del Camino y la Cruz de Hierro, punto más alto del Camino Francés situado entre Foncebadón y Manjarín, lugar clave y místico de la ruta jacobea y del que nos contó el chico que lo había visitado recientemente. En dicho lugar los peregrinos suelen echar una piedra traída desde casa y de espaldas a la cruz, simbolizando con ello el dejar atrás el pasado. La pena es que no coincidiéramos otra vez con Santi: hubiera estado genial despedirnos de él.


Hasta aquí lo del Kiwi. No intentaré ahora buscar los tres pies al gato (expresión por cierto incorrecta, ya que deberían ser cinco, aunque por culpa de Cervantes y su Quijote el pobre gatito ha quedado en el compendio de dichos populares amputado de por vida de dos de sus extremidades) y relacionar alguna cosa más con los pequeños pajaritos de Nueva Zelanda o la verdosa fruta china tan poco propia de nuestros lares pero tan popular en la cocina actual.

El resto de las anécdotas de este fin de semana tan espectacular y bonito son más mundanas: lectura de dos periódicos haciendo tiempo en el bar Viena, uno de ellos en ambas direcciones, haciendo honor a la palabra cagaprisas recién aprendida y plantándome en Burgos 2 horas antes de lo previsto, croquetas de bacalao exquisitas hasta sin bacalao, habitantes reincidentes que te encontrabas en todos los bares del pueblo, un baño espectacular con suelo radiante que invitaba más a una fiesta que a darle su uso natural como ducha (o a ambas cosas al mismo tiempo), cervezas artesanas estilo belga (igual herencia también de los monjes de Cluny), es decir, afrutadas en demasía para mi gusto, visitas relámpago desde el coche sin ni siquiera apagar el motor, un lechazo espectacular ya nombrado antes,  un sorprendente museo de la Semana Santa de Sahagún, un hotel rural encantador recomendable a todos luces (el Señorío, en Villada, Palencia), una dicha continua por la grata compañía, la complicidad y el bienestar, con un estado general de felicidad que no recuerdo haber vivido en muchos, muchos, pero que muchos años, cuando no decenios (y no digo jamás por aquello del gafe, no vaya a ser que despierte de mi sueño de golpe),  una casual y final visita a Castrojeriz que compensó con creces por su cuidado y coqueto núcleo urbano y su simbología peregrina presente en todos lados, pueblo en el que por cierto lo único extraño, por su ubicación geográfica,  fue ver anunciadas gambas en todos los bares, y una vuelta a casa cargado de ilusión y en un estado de júbilo embriagador.


Como si al pobre e impedido kiwi le crecieran alas de golpe. Y pudiera volar en total libertad sobre los campos de Castilla admirando su belleza desde lo alto. Y que tuviera, claro está, una peque y adorable kiwi femenina al lado para ir piando un poco. 

Que la alegría no solamente da alas. 
También suelta la lengua. Como a mí.





lunes, 24 de noviembre de 2014

Matrix

Sin lugar a dudas todos vosotros, pacientes y fieles lectores, conocéis la trilogía de Matrix, esa película futurista inspirada en el concepto clásico de la ciencia ficción del mundo virtual frente al real, o yendo más lejos, basada directamente en la alegoría filosófica del “Mito de la Caverna” de Platón, en el que se enfrentan dos realidades, la de unos hombres atados de espaldas que solamente conocen el mundo por las sombras que se reflejan en la pared, y el mundo real, al que no han tenido jamás acceso. No entraré mucho más en el tema filosófico, que sinceramente me viene muy grande y va más allá de mi capacidad intelectual, sino en la propia idea de los mundos virtuales, los mundos que creemos habitar, los mundos que creamos en sueños, el abuso de las redes sociales como alternativa a las relaciones naturales y la realidad que en el fondo ignoramos o queremos ignorar. Para hablar de filosofía ya tengo a mi amigo Javier, profesor universitario de dicha especialidad y como le describe otro amigo, un “cerebro andante”. Yo me quedo con lo de andar, que eso se me da más o menos bien, pero lo del cerebro y su capacidad intelectual ya es otro cantar.

Pero si que me inspiro en dicha película para desgranar un poco la irrealidad que nos rodea. Todos y cada uno de nosotros, por lo menos aquellos que usamos nuestro cerebro en un porcentaje lo suficientemente alto para no ser simples animales con sus instintos primarios, nos debatimos de forma continuada entre la realidad que vivimos, la que quisiéramos vivir y la que vamos creando por episodios en nuestros sueños.  Ahí nacen la mayoría de sentimientos humanos: la ilusión y la desilusión, el optimismo y el pesimismo, la envidia y la admiración, el amor y el odio.

Y si a esto sumamos la bestial e imparable irrupción de las redes sociales, que en muchos casos más que herramientas sociales se están convirtiendo en generadoras de un mundo paralelo, en el que la posible relación social y personal real se convierte en un espejismo enmarcado por emoticones, noticias banales, medias tintas, chorradas virales, dobles o múltiples identidades, ocultación del estado en el Whatsapp, timos oportunos de los siempre atentos piratas para supuestamente eliminar los dobles tics azules de la última versión de dicho programa de mensajería,  nervios por la tardanza de un mensaje, celos por ver la hora del último mensaje del interlocutor cuando contigo acabó de hablar unas horas antes y todos los demás traumas nacidos de la mano de las nuevas tecnologías, pues vamos bien apañados todos.

Y no soy yo el que lo dice: prestigiosos psiquiatras, como Bert te Wildt, médico del departamento de psiquiatría y psicoterapia clínica de la Universidad de Hannover nos explican: “Para cualquier persona que quiere apartarse de la vida real dolido, decepcionado  o  con miedo, las redes sociales se pueden convertir en un peligro”. Al igual que en los juegos de ordenador, es bastante fácil generar vivencias positivas en los nuevos medios, pero cuanto más nos sumergimos en este mundo virtual, mayor es el peligro de perder las relaciones sociales en el mundo real.

¿Qué hacer entonces? ¿Dejar de soñar? ¿Obviar los avances tecnológicos y dejar de lado las redes sociales? ¿Desinstalar los programas de mensajería del móvil? ¿Llamar a un psiquiatra? ¿Asistir a terapias de grupo estilo alcohólicos anónimos con un ”Hola, me llamo Ernesto, y llevo 3 horas sin chatear – Clap, clap clap”? ¿Darse a la bebida? ¿Votar a Podemos a ver si revienta todo? ¿Tirarnos de un puente?

Ni tanto ni tan poco. Digo yo. Aparte de que por suerte no estoy ni dolido, ni decepcionado ni con miedo. Con la debida mesura, como en casi todo, y con un poco de sensatez, deberíamos de ser capaces casi todos (los tarados, los psicópatas, los violentos, los materialistas, los falsos, los mentirosos  y demás enfermos obviamente quedan excluidos) de aprovechar lo bueno de los avances tecnológicos, de convertir las nuevas herramientas en elementos enriquecedores en vez de distorsionadores. Simplemente se trata de mantener el mismo espíritu, la misma sinceridad, la misma confianza, pero usando esos nuevos canales de comunicación que nos brinda la tecnología.

Dudo mucho que cuando en su día se inventó el teléfono,  la gente se lanzara a las primeras de cambio a mentir a destajo, a inventarse viajes o retrasos, a manipular la realidad buscando fines ocultos. Tampoco sucedió así cuando apareció el correo electrónico. Ambos desarrollos se convirtieron simplemente en nuevas herramientas para acelerar las comunicaciones, para tener un contacto casi inmediato con los seres queridos o con los interlocutores del trabajo.

Eso sí, si estás mal de la azotea, tienes problemas psicológicos o de identidad, eres un mentiroso compulsivo o  desconoces las palabras sinceridad, confianza o respeto, pues no le eches la culpa a la tecnología. Es tu mente la que no carbura bien. Llama a psiquiatras a mil y háztelo mirar.

Démosle pues un voto de confianza a la mensajería, a los chats, a las redes sociales. Con cabeza. Con naturalidad. Y en su justa medida.

Yo por lo menos lo he hecho. Me he dejado atrapar por Matrix. Y lo disfruto a cada segundo. 

Llena el tiempo de forzada separación, alumbra los momentos de soledad, hace resonar risas virtuales en el silencio del hogar, acorta el ancho del sofá y facilita la espera hasta el siguiente encuentro.  

Y si añado los sueños, que no son más que realidades aplazadas que en algún momento viviré, pues a disfrutar.

Porque todo eso también es real. Existe. Y los sueños son parte de la vida. Y molan. Mucho.

Como Matrix.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Return to Burgos

Estimado lector: de entrada no hagas mucho caso al título. Este relato bien podría haberse llamado “Cuando  celebrar el santo se convierte en algo único” o “Para qué necesito sushi si tenemos chorizo”. 
Variantes encontraría miles para describir un fin de semana de ensueño, hasta podría usar una de las respuestas del Conejo Blanco a Alicia en el País de las Maravillas:

-- Alicia: ¿cuánto tiempo es para siempre?

-- Conejo blanco: a veces, sólo un segundo…


Porque segundos de esos que son para siempre los acabo de vivir. Es decir, existen. Por lo tanto, soy muy del Conejo Blanco. (Película, en la versión de Tim Burton,  que por cierto habría que ver en una de las próximas sesiones de cine dominical).
Pero lo más acertado ha sido titularlo como lo he hecho. Why? Pues porque se trata de la continuación de un relato anterior, inédito en esta humilde bitácora,  que escribí para una persona muy especial hace apenas un mes.

Un segundo capítulo en el que los protagonistas son los mismos, en el que tanto el atrezzo como el escenario no han variado un ápice, en el que las risas y las cervezas han vuelto a fluir con total libertad  (y en la justa y adecuada cantidad), pero durante el cual, a diferencia del anterior, los momentos de tristeza y melancolía se han visto reducidos considerablemente. Siguen ahí, como durante toda la vida, latentes y prestos a emerger en cualquier momento, pero frenados en esta ocasión por una mayoría aplastante de pequeños instantes de inmensa alegría, de largos ratos de placentera calma, de complicidad y sintonía, de canciones y recuerdos, de vida. Y de morcilla, chorizo, salchichón y tomates. Que no falten.



Si convocara un referéndum parecido a la pachanga de Bob Esponja&Friends celebrada este pasado fin de semana en mi querida Cataluña, y votara yo mismo varias veces, mis sobrinos, mi hermano, todos los peregrinos que he conocido  y algún amigo íntimo, y la pregunta versara sobre si la felicidad existe y si quieres volverla a vivir, el SI/SI arrasaría de forma espectacular. Y yo podría declarar sin miedo mi independencia. Mi independencia frente a la tristeza, la estupidez, el aburrimiento, la falsedad, los prejuicios y la maldad. Y la felicidad se independizaría del resto del mundo y se instalaría en la provincia de Burgos. No haría falta ni ir al IKEA ni pedir ayuda a la luchadora gente de Gamonal.

Pues heme aquí, de nuevo en Burgos, feliz como un inglés borracho quemándose en cualquier playa española o como un turista alemán soltando un “Olé” en cualquier Tablao Flamenco de nuestra geografía. O como un “periquito” cuando el Barça pierde en un partido de petanca de categoría senior. Mientras pierda…

Y no pudo empezar mejor el fin de semana que visitando el mítico bar del “Patillas”. Siendo como somos un país de bares (y por desgracia también de otras muchas cosas menos honrosas, como la corrupción, la mentira como profesión, el puterío, la soberbia, la envidia, la picaresca o la vaguería), no podía dejar pasar esta ocasión. Tampoco sería la primera vez que visito “EL” bar en mayúsculas, ese lugar de tantos pueblos y ciudades españolas que no te puedes perder por nada del mundo: si soy sincero, muchos de mis viajes o excursiones han tenido como objetivo tal o cual restaurante, bar, antro o garito. Y así lo hacemos la mayoría de españoles. Llamémoslo finamente “turismo gastronómico” o coloquialmente “irnos de fiesta”. Todos sabemos de qué estamos hablando.


El bar del “Patillas”, tal como me lo esperaba. Imprescindible. Ni hace falta que os lo describa. Cualquier blog sobre bares auténticos os dará un retrato mucho más detallado que yo, más aún cuando estuve en un horario demasiado temprano para poder disfrutar del espectáculo musical que se suele organizar. Decoración histórica, instrumentos de cuerda de todo tipo a disposición de los clientes, edificio en ruinas y local entre “decadente” y “vintage”. Como suelo decir últimamente: guay y correcto. Sobre todo esto último. No sé porque, pero se ha convertido en mi expresión más usada, supongo que en parte por el desencanto con la mayoría de las realidades de nuestra sociedad: incorrectas casi todas. Y no las vuelvo a listar. Los que me leéis ya sabéis por qué pie cojeo. Y todo lo que detesto de una civilización venida a venos.

Acabada la visita al bar,  la primera noche acabó tranquilamente entre música, un intensivo estudio del menú preparado para el fin de semana y una cena agradable, bien regada y en buena compañía.  Más que buena. Y si no recuerdo mal, viví como espectador el “Síndrome de los Biorritmos del Norte”, es decir, súbitas e inesperadas bajadas de tensión. Y lo llamo síndrome porque más adelante se repetiría en otra persona del mismo clan de estas tierras burgalesas.

Al día siguiente, excursión histórico-cultural-gastronómica. Aunque pesara más el objetivo de comernos un lechazo que la interesante historia de las ciudades que íbamos a visitar, Covarrubias y Lerma, al final se cumplieron los tres objetivos y descubrí de la mano de mi encantadora y risueña guía local,  dos joyas de nuestra piel de toro, ricas en hechos históricos, monumentos bien conservados, manjares dignos de reyes y bares con nombres como mínimo graciosos.


¿Qué os voy a contar de Lerma, a vosotros fieles lectores que sabéis mucho más de historia de España que yo? El llamado “Escorial” de la Corte de Burgos, ciudad Ducal del válido del rey Felipe III, con su plaza ducal, sus murallas, sus posadas, con el único Parador Nacional de la provincia ubicado en el propio palacio ducal  y toda ella en un estado de conservación ideal. 
Vista la temprana hora no tocaba comer aún, por lo que la estancia se redujo a un corto paseo, la compra de morcillas locales y unas cervezas para ir abriendo apetito. Ahí quedó el lechazo esperando mejor ocasión. Léase cuanto antes.

La siguiente parada fue Covarrubias. Conocida como la “Cuna de Castilla”,  la preciosa villa me volvió a sorprender  con su perfecto estado de revista, su tranquilidad y su cargado legado histórico. Desde los íberos originales, pasando por la época romana,  el rey visigodo Chindasvinto y los árabes hasta Fernán González, conde de Castilla y Álava, esta villa resume más de 10 siglos de nuestra historia común.  De nuestro pasado. Y si encima añadimos los simpáticos bares para echar la caña antes de comer, el Chumi y el Tiky, y para rematar una “Olla podrida” perfecta en Casa Galín, poco más se puede pedir. Añadamos la historia de Cristina de Noruega, su boda con el infante Felipe de Castilla, su muerte por tristeza  y su entierro en la Colegiata de San Cosme y San Damián de la localidad, hechos que desconocía de cabo a rabo y que he tenido que investigar a posteriori, y tenemos un día más digno de recordar. Y algo nuevo y sumamente interesante sobre nuestra historia aprendido sobre el terreno. Que nunca es tarde.

Y de Covarrubias, histórica por todos los lados, directos al barrio de Gamonal, actual como el que más y seguro que histórico para futuras generaciones. Cuna de protestas de movimientos vecinales,  harto justificables ante la corrupción imperante en el ayuntamiento de Burgos, y barrio original de Marta, nos recibió con lluvia y un
partido televisado del Barça. 
Pero estos factores externos no le quitaron ni un gramo de su valor como barrio, ni empañaron el buen rato en el bar tomando un (¿o dos? ¿O más? ) pacharán y pasando una agradable tarde de charla, risas y videos virales en los móviles.  De ahí, acompañados por la prima Sandra y su pareja, rematamos la tarde en casa entre música, cervezas, burbujas y submarinos, y algún bajón de tensión del síndrome mencionado más arriba, para acabar con películas y una noche agradable, colofón perfecto a un gran día en esta maravillosa tierra que día a día me va gustando más.

Y aún quedaba otro día. Y otra noche. Claro que podría ponerme a pedir 19 días y 500 noches, como bien canta nuestro gran poeta Sabina, pero igual no es momento para ser exigente.  Más aún cuando los segundos de felicidad estaban siendo continuos y completos. Como bien explicaba el Conejo Blanco.

Domingo, paseo matinal, tapeo y relax. Un clásico en Burgos y  en cualquier otra ciudad que se precie. Hasta puede ser que lo hagan en Albacete, a pesar de ser tan fea que el dicho popular es  “Albacete, corre y vete”.

Y eso hicimos. Paseando con tranquilidad, disfrutando de la mañana, parando en el bar delante del Albergue de Peregrinos, parada convertida ya en tradición y que en cada repetición vuelve a ganar valor, como en esta ocasión, en la que nos atendieron dos nuevos camareros, chica y chico, ambos agradables y con una pinta de ser buena gente que te cagas. Dudo que dejemos pasar un día sin acercarnos. El Camino manda.

Después de la cervecita matinal, dimos un garbeo por el centro, parando en “Las Espuelas del Cid” donde tomamos unos calamares pasables, tirando a grasos y escasos, y en “La Perla Arandina”,  lugar también parte ya de la ruta estándar y que os recomiendo a todos, y en el que esta vez la oreja, rebozada, aún rompía más que en la anterior visita.

Y no podía acabar la estancia con una última parada en el Antioquía, ya camino a casa, una rápida cerveza y una tarde de cine clásico, una cena de menú clásico y una noche de sueños cumplidos.

Por todo lo relatado supongo que se ahora se entenderá mejor el título. Return to Burgos.

Como si me toca escribir un capítulo cada mes, o cada semana. Ojalá.

Ahí estaré presto a contar lo vivido. Y con ello revivirlo.



martes, 14 de octubre de 2014

Siempre hacia adelante

No es momento de florituras. Ni de romperme la cabeza buscando las palabras apropiadas. Sobran.
Por suerte siempre existe alguna canción que expresa mucho mejor lo que sientes. 
En este caso una de BAP, escuchada esta mañana en la oscuridad y soledad castellana y traducida sin demasiada alegría.

Enlace a la canción


Hacia adelante

A veces estoy sentado y me pregunto
Si todo tuvo que pasar como pasó
Y me digo que de alguna forma tendrá que seguir – siempre hacia adelante

Tu fotografía aún cuelga de la pared
y literalmente me pone enfermo.
Aún resuena tu voz en mis oídos
y solamente me pregunto
si todo lo vivido en los últimos días contigo
no ha significado nada.

Quédate donde estás
agárrate a cualquier cosa
Y sigue como eras
- siempre hacia adelante

A veces me doy cuenta de lo bien que sienta
construir castillos en el aire y creer en las casualidades
cuando ya no se planifica ni se espera nada.
Simplemente sucede.

Es entonces cuando intentas olvidar todo,
ya que no aporta nada, 
porque sino el azul del cielo se vuelve gris
y todo se vuelve demasiado pesado
porque en cada pensamiento hay una imagen tuya -  mejor que te vayas.

Quédate donde estás
agárrate a cualquier cosa
Y sigue como eras
- siempre hacia adelante

Fue bonito, fue bueno
Igual al final un poco corto
las mil y una noches, con rayos y truenos,
una película sin final, en la que nada es como tendría que ser – siempre hacia adelante.