martes, 3 de mayo de 2022

Dame una sonrisa

 

There is a crack, a crack in everything
That's how the light gets in

(Leonard Cohen)


Preparar una fiesta sorpresa con 5 meses de antelación es algo complicado, sin duda. Más aún en estos tiempos que corren, en los que prima la inmediatez de tal modo que un chiste o una sonrisa duran menos que los míticos “peces de hielo en un güisqui on the rocks”. Pobres pececillos, por cierto, que siempre se derriten antes de tiempo por citarlos tantas veces. Y creo que en los últimos días los he gastado de por vida de tanto nombrarlos. Así no hay quien se tome una copa en condiciones. Y si encima te cuesta 8 euros (de eso hablaremos más adelante).

Y por culpa de esta antelación en la planificación del evento, las entradas y salidas de miembros al grupo creado para su organización fueron constantes. La montaña rusa de los sentimientos que vivimos la mayoría en nuestras vidas, quedó claramente reflejada en estos constantes vaivenes: hubo más movimientos en el grupo de Whatsapp que en la cuenta corriente de un ludópata. Que ya es decir.

Al final los más pragmáticos optaron por abandonar el grupo y esperar pacientemente hasta la fecha, mientras que los más implicados y sacrificados mantuvieron el tipo hasta el final. Gracias a todos ellos por el inmenso esfuerzo, que redundó en una gran fiesta de cumpleaños. 

En especial a Mamen, Marta, Ana y Eloy, verdaderos artífices del entrañable evento. Y que merecen nuestro gran aplauso y un eterno agradecimiento. Gracias majas y majete.

La fiesta tuvo, como cualquier suceso en la vida, sus luces y sus sombras, pero aquí no estamos para hablar de sombras ni tampoco he venido a hablar de mi libro: valga lo que sigue simplemente para relatar las partes alegres, divertidas, entrañables y hasta emocionantes que vivimos el sábado 30 de abril en un local de cuyo nombre no quiero acordarme. Las partes que recuerdo yo; las fiestas son tantas y tan diversas como personas que asisten, cada uno de nosotros la vivió de otra manera, tendrá sus recuerdos y sus anécdotas, pero por desgracia o por fortuna no soy ni omnipresente, ni tengo cámaras ocultas vigilando a la parroquia (como Rosi), ni conseguí jamás instalar el sistema de vigilancia Pegasus en vuestros móviles. Ahí van pues mis recuerdos…

Nota: aunque alguno me lo haya pedido, no pienso crear un audio libro con este pequeño artículo. Que los que me lo reclamaron o son muy vagos o simplemente lo piden para putear a don Emilio. 

La víspera del día D, tuve que romper mi germana y quizás ya senil norma de acostarme pronto, y esperar a Don Alberto, que se quedaba a dormir en Rommeland 3, mi nuevo refugio estilo Cuéntame, con sus camas empotradas, sus lámparas vintage, sus estampitas de la Virgen y su inmenso espejo con marco dorado. Y como no, su duro colchón, que no solo destroza mi espalda, sino que encima acaba con mis sueños. 

Llegó el invitado a su hora, con hambre y ganas de hablar. Pues dicho y hecho, adiós a la compra semanal, adiós al Rua vieja y bienvenidas las largas y entretenidas charlas (con pocas faltas ortográficas, como remarcó Alberto). “Y a dormir ya, que la fiesta es mañana”.

Empezó el día con eso que unos llaman casualidad, otros destino y los más modernos serendipia: puse mi emisora de referencia de la radio alemana, como entenderéis una acorde a mi edad, llamada “Oldies but Goldies”, y una de las primeras canciones que sonó fue “Lola”, de los Kinks. Primeras risas, sobre todo pensando en la letra de canción: ¿no hablará de mi Lola, verdad, don Ray Davies? Por no ser suficientemente divertido y sorprendente oír está canción, al poco sonó el “American Pie” de Don McLean, canción preferida de Mamen. Si esto no es destino, que baje Dios, lo vea y lo confirme. O admita que ha sido él.

Nos reunimos varios en el nuevo local social, el Envite, mezcla de psiquiátrico, parroquia, hogar del jubilado y bar al uso, con su tele, su tragaperras, sus tapas, su viejo gruñón y el habitual de cazalla matinal leyendo el MARCA al final de la barra. Alberto se atrevió a echarle un pulso a Constan, y nos plantamos en el local de la fiesta sorpresa por el 50 cumpleaños de don R. (sigo sin acordarme del nombre del local). 
Bonito reencuentro con los grandes (de cuerpo y corazón) amigos de Barcelona, con los queridos colmenareños, con los encantadores madrileños  y con todos los demás. Corta espera, operación ocultación en el castillo, y primer desencuentro con una de las protagonistas del evento: la mujer del pijama. Intenté colgar la bandera del Mágico y me negó el permiso alegando que ellos “no se podían posicionar con ninguna opción política”. ¿Dónde está la opción política en la bandera de tu patria o en la bandera de tu equipo de fútbol? Lerda. Y la fiesta ni había empezado. Vamos mal.

Y llegó el homenajeado. Aún no tengo claro si sabía algo, lo intuía o no. O si sabía que Mamen tenía tantos hermanos. Poco hablé con él durante la fiesta. Pero bueno, puso cara de sorpresa. Y de alegría. De eso se trataba. De sacar una sonrisa. A él, a todos.

A partir de aquí, música, alegría, fiesta, fotos, entradas y salidas a la terraza, y, el exquisito catering gourmet que nos sirvieron. Lo de exquisito y gourmet obviamente con retintín: vaya timo. No he querido ni recuperar la foto de la carta que aprobamos y bien pagamos. Poco, nada bueno y servido a desgana y con malos modos. Aquí llegó el desencuentro número dos con la susodicha: estando sentados fuera unos cuantos, en amena charla al sol, salió furibunda y casi gritando nos dijo que entráramos a comer. No pude resistirme y le llamé la atención diciendo que “los clientes somos nosotros, que se calme y que ya vamos”. Y a punto estuve de preguntarle si su pijama era la toalla del baño, robada en un hotel de Benidorm.

Si no le gusta la hostelería, que monte una funeraria. O se haga podóloga.

Después de la virtual comida (ni el filete que pidió Cris por ser celíaca tenía el mínimo nivel aceptable), llegó la hora del vídeo clip creado con mimo, estilo y gracia por Ana. Buen trabajo, guapa. Gracias en nombre de todos.

El vídeo, como digo, muy bonito, una buena banda sonora, fotos emotivas y vídeos graciosos, y con una sola pega: yo salía poco. 😊 Y a los que me silbaban desde el fondo, pues ya sabéis, ¡Bufones y orgullosos, oi!, por ello aparezco tanto. Por nada más. Bufones ya los había en la Edad Media. Y las mujeres barbudas. Y bardos. Y la vieja bruja de los gatos. Y osos (esto encima sigue siendo verdad, porque uno andaba por ahí. Encima muy bien amaestrado: sabía bailar, cantaba de maravilla y en varios idiomas y nos hizo pasar ratos geniales a todos. Como siempre. Pon un oso en tu vida. Y no el de Tous.

Ante la falta de verdaderas ganas de ver el partido de fútbol (por casualidad se enfrentaban nuestros dos equipos, por lo que un empate también nos iba bien), y siguiendo nuestra tradición de vieja escuela, cantamos lo de “que no nos gusta el fútbol, que nos gusta el bar” y adelantamos la hora del concierto. Encima así lo hacíamos coincidir con la hora de la barra libre, en la que miss Pijama la Borde nos volvió a sorprender cambiando de los buenos y fríos tercios de pago a las cañas templadas de barril en vaso de plástico. Y no quiero ni preguntar si el barril era Mahou o quizás Cruzcampo, ese líquido apto para todo, limpiar, fregar, derramar..., menos para tomar. En ese bar de cuyo nombre me estoy empezando a acordar. En este momento a ella sí que la acabé por bautizar. La Vinagre del Pijama. Que ni es de Modena ni es fina lencería.

El concierto de Edu, Iván y sus amigos estuvo genial, como era de esperar. Con una lista de canciones, un setlist, que me ocultaron hasta el último día, adecuado para el público presente, y una ejecución perfecta, cantamos, bailamos y desafinamos hasta reventar (hay algún video en el que los cánticos desafinados duelen más que el maullido del gato que está triste y azul). A petición del público, y como estaba escrito, el cincuentón nos cantó varias canciones, que todos seguimos emocionados.

Sesión de fotos, emociones, abrazos, y a partir de aquí, fiesta de las de verdad: grupos aquí, grupos allá. Sombra aquí, sombra allá. Beso aquí, beso allá. Alguien dice que cantaron lo de que se besen, que se besen. Yo no me acuerdo. De lo de los cánticos. De lo del beso sí. Y creo que fueron más que uno. O quizás lo soñé.

Grandes charlas en la terraza. una con Oxi sobre música, guitarras de 12 cuerdas y el “Wieder mal ’nen Tag verschenkt” de los Onkelz (Otro día desperdiciado), muchas, largas y entretenidas con Isra (le debí de dar mucho la lata, porque estuvo malo hasta el lunes), chanzas y chistes sobre los cantantes heavies ochenteros, su outfit y sus tatuajes (comparados con la espalda de Alberto, por ejemplo), gente entrañable, un chico que llevaba un logotipo del Real Madrid muy discreto en el pecho (yo cada vez lo veía más grande), una sesión particular de cante jondo y bailes populares por parte del Oso, el detalle de Fredy en regalarme la camiseta (gracias, líder), abrazos de extraños que me tocaron más en pocos minutos que mi ex mujer en 8 años…y ver a Sabio por una vez sin libro y conversando es impagable.

Una fiesta genial, aparición de personajes curiosos (uno mezcla de Paco Clavel y el Mago Tamariz), alguien vendiendo muñecas barriguitas, amores y desamores, sonrisas y lágrimas, un romántico 😉 paseo de vuelta hasta el coche, caminata que casi vale como una etapa del Camino de Santiago, y dos días para recuperarme y poder escribir esto.

Sonrisas hubo, por lo que algunos las dieron. O las dimos. Y besos. Que también dimos. Gracias a todos por el gran rato pasado.

Y no olvidemos lo más importante: lo que nos reunió en ese lugar de cuyo nombre estoy a punto de acordarme, fue el cumpleaños de Ramiro. Muchas felicidades cincuentón. Ya casi me pillas.

 

Dame una sonrisa…

 

P.D.: Ahora me acuerdo del nombre del puto bar. Se llamaba Cadillac Solitario. Digo llamaba porque la parte de Cadillac ya ha quedado eliminada. Desde ya se llama Solitario. Porque nadie tendría que volver ahí… que nosotros somos más del Simca 1000. De nuevo una rima. Estoy sembrado.

P.D.D.: Aclaración de la cita de arriba de la canción “Anthem” de Leonard Cohen, en sus propias palabras:

“En esta vida no se hacen las cosas perfectas, ni en el matrimonio, ni en el trabajo, ni en nada, ni en el amor a Dios, ni en el amor a la familia o a la patria. La cosa es imperfecta.

Y lo que es peor, hay una grieta en todo lo que puedes unir o armar: Objetos físicos, objetos mentales, relaciones, construcciones de cualquier tipo. Pero ahí es donde entra la luz, y ahí está la resurrección y ahí está el retorno, ahí está el arrepentimiento”.

P.D.D.Por si queréis colaborar con una causa muy, pero que muy justa, aquí podeís valorar el puto bar. No por el bar, más bien por el avinagrado y desagradable trato.



martes, 19 de abril de 2022

Muface café

 “Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito”. Aristóteles

Cuando ya confundes el bar Mufasa con la mutua Muface solamente caben dos explicaciones:  o has bebido demasiado o estás obnubilado por otras razones. En mi caso quizás se junten ambos factores. Demasiado alcohol y la emoción de compartir mesa, risas y el sol de primavera con Rosario Flores, perdón, con Lola. Una primera cita a la antigua: rodeado de consejeras, alcahuetas y viejos gruñones envidiosos. Regodeándome, pero menos. Porque en este caso soy uno de los protagonistas de la fiesta. Y eso es algo nuevo, emocionante pero sumamente complejo. Como si me pidieran ahora que resolviera una compleja ecuación: después de tantos años, tantas cervezas y tanta soledad (infravalorada, como suelo decir, pero rápidamente denostada ante la sonrisa de una bella mujer. A lo Groucho: “tengo mis principios, pero si quiere los cambio”.), lo de enfrentarse a lo más bonito de la vida se vuelve complicado. Tiraremos de manual, como ya le dije a Lola. Y en este caso no es la Lola virtual del bar de Pérez-Reverte, esta vez se trata de algo real. De (bonito) cuerpo presente. ¡Qué miedo!

Un Pérez-Reverte que por cierto ha caído enteros en los últimos tiempos: su arrogancia, su mainstreaming nada encubierto y su insaciable hambre de dinero y protagonismo empiezan a cansar (en línea con el pesado cocinero Andrés, como ya dejé caer en mi anterior diatriba). Aunque sus novelas (de Reverte) sigan siendo entretenidas. Como lo son las de otros tantos autores. Ni es el primero, ni es el mejor. Aunque se lo crean él y sus escribanos que las redactan (dicen por ahí que él ya ni escribe…, pero bueno, ante tanto bulo ya ni quiero saber si es verdad o no).


Y la mesa que compartimos no es una mesa cualquiera: hablo de la terraza del bar Envite, una mezcla de bar al uso (con olor a fritanga, como dice la señora de Manel) con un centro de rehabilitación, psiquiátrico, ONG y lugar de retiro de dinosaurios varios. Lo que en cualquier pueblo sería una mezcla del hogar del jubilado, el zoo y el manicomio. Simplemente imaginad que yo soy el más normal del local 😉 para entender de que hablo. Claro, claro.

Y tampoco es algo nuevo (no lo de ser yo el más cuerdo, digo lo de un bar curioso). Hay muchos artículos míos que hablan de bares, ya que, como bien canta Jorge Ilegal (al que veremos en directo en breve), “el bar, la verdadera patria, con que puedes contar”. Los bares han sido y serán nuestro refugio patrio. En otras latitudes, las personas con problemas o aburridas se van a la montaña, se ponen a correr como si les persiguiera el mismísimo Pablo Iglesias, se encierran en un monasterio, van al psicoanalista, se hacen veganos, abrazan cualquier fe por muy ridícula que sea, echan las cartas, invocan a los espíritus con la güija o directamente se tiran de un precipicio; mientras que en España tenemos la mágica solución a todos esos males mentales: el bar.

Algo que hoy en día hasta las sacrificadas esposas aceptan con un aliviado “por lo menos no molesta en casa y gastamos menos en electricidad”. Algo ganamos todos. Que no está la vida para aguantar demasiado. Como los meses son cada vez más largos para tan poco sueldo, cualquier ahorro es bienvenido. Empecemos pues dando ejemplo y no malgastemos ni luz ni tiempo, acudamos a nuestro garito preferido y consumamos productos locales. Seguro que nuestra inversión en dichos negocios aportará bastante más (a los contertulios, a los propietarios, a los clientes y al atónito público) que desperdiciándola en una falsa ONG dedicada a traficar con seres humanos, un partido político mentiroso o un falso sindicato de aficionados al marisco y la sopa boba.

Parafraseando la cita aristotélica del inicio: “Somos lo que bebemos día a día. De modo que la dipsomanía no es un acto sino un hábito”.

Como años ha, con buen ritmo y mejor letra, nos cantaba Gabinete Caligari:

Mozo, ponga un trozo
De bayonesa y un café,
Que a la señorita la invita Monsieur

Y dos alondras nos observan
Sin gran interés
El camarero está leyendo el "As"
Con avidez

Los bares, que lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor
Del amor en un bar.

 



* La bayonesa de la letra, que lo he tenido que buscar.




 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 5 de abril de 2022

La delgada línea

Andábamos el otro día por Colmenar Viejo disfrutando de las siempre deliciosas tapas del bar Tarifa (local muy recomendable, por cierto, tanto por la calidad de sus productos como por la atención de sus empleados y la impecable y tan querida ambientación y decoración ) , cuando la conversación derivó hacia la corrección de los actos, los valores, lo bueno y lo malo, es decir, que acabamos hablando sobre esa delgada línea que siempre separa lo bueno de lo malo.

Nadie puede negar que, ante cualquier acto, hecho o pensamiento, existe una delgada línea que separa lo correcto de lo incorrecto. Como si fuera cualquier escala con valores por encima o por debajo del eje, el limes romano que separaba la sociedad evolucionada de los bárbaros, la chulería de la mala educación, la defensa propia de la violencia irracional, la nota de corte en unas oposiciones o la evaluación de los resultados escolares entre aprobados y suspensos. Bueno, esto último parece que ya pertenece a la historia, vista la reciente aprobación de la nuevas y dictatoriales normas sobre la educación que se sacan de la manga los dementes del gobierno actual. Esos impresentable que están sin duda por debajo de esa línea que separa el conocimiento de la indigencia mental, el intelecto de la estupidez y la verdad de la mentira.

Nos adentramos pues, mientras el rico hígado y los callos con garbanzos iban formando el necesario colchón para poder ingerir una cerveza tras otra,  en ese laberinto que significa establecer lo que es éticamente correcto, dónde acaba la galantería y empieza el acoso, en qué punto pasas de ser un “latin lover” a ser un depravado sexual, si la zalamería siempre persigue un oscuro (o visible) objetivo…

Igual la disquisición filosófica ya empezó una horas antes cuando, a pesar de resaca, malestar general y un tiempo endemoniado, tuvimos los arrestos de madrugar (a las 10 de la mañana, tampoco os asustéis), coger el coche y subir a este querido municipio, parte del antiguo “Real de Manzanares” incorporado por Alfonso X el Sabio a la corona de Castilla. Si habíamos quedado con unos amigos, pues cumpliríamos con la palabra dada. De eso se trata, digo yo. De estar por encima del eje, de estar en el lado positivo de la escala. Bien podríamos haber echado la marcha atrás, haber inventando una o mil excusas y habernos quedado tranquilamente en casa, disfrutando de la calefacción, el sofá y los entretenimientos apropiados. Que para unos podrían haber sido cuatro episodios de una burda serie televisiva, para otros un par de buenos LPs de esa inmortal y necesaria música que siempre nos acompañará, y para otros hasta la lectura de un buen libro. Y aquí ya no meto cizaña ni valoro lo que cada uno haga en su tiempo libre. Todos somos libres y podemos dedicar nuestro tiempo y nuestra existencia a lo que nos salga de los cataplines. Aunque muchas veces perdamos el tiempo en simplezas, en vez de dedicarlo a cualquier actividad que genere valor, conocimiento y bienestar mental y físico. O de generar felicidad y aportar compañía al prójimo que tenemos olvidado.

Otra línea que pocas veces cruzamos en la dirección correcta, porque el esfuerzo de pensar en alguien más que en nosotros mismos también ha pasado a la historia. Para la mayoría de la sociedad, digo, porque lo creamos o no también hay personas que se desviven por los demás, que cruzan la frontera que separa el egoísmo del altruismo, y que, sin aspavientos, fotos en Instagram, reportajes repartiendo comida en Ucrania o tuits egocéntricos resaltando su inmensa generosidad, hacen el bien. 
Aunque de estos poco sabremos: la caridad con publicidad deja de serlo, se convierte en un simple “egotrip”. Como las insistentes campañas de las falsarias y vomitivas ONG…, más pendientes de la foto y las comisiones que del hecho en sí. Traficantes de esclavos del siglo XXI, armados con móviles de última generación y miles de engañados seguidores en sus redes sociales.

Esa delgada línea que separa los innecesarios y exagerados celos o la puntual rabia, de la necesaria y obligada defensa de tu pareja, como le pasó recientemente a Will Smith.

Esa delgada línea que separa al omnipresente Andrés y su interés, de la generosidad sin espera de recompensa.

Esa delgada línea que separa la verdad de la mentira. Línea que, por cierto, no existe para la inmensa mayoría de los políticos, ya sean de la peste roja o los hermanitos Pinzones, léase el PP y el PSOE, marineros compinchados que llevan 40 años navegando en las sucias cloacas de la mentira, la connivencia y la corrupción.

Aunque ahora vislumbremos en la lejanía un puente que nos permitará superar estas infectas y turbulentas aguas fecales que generan los partidos que están destrozando España. Un necesario puente sobre aguas turbulentas, como bien cantaban Paul y Art.

Un puente que nos ayude a cruzar esa línea que separa el bien del mal; la verdad de la mentira; la esperanza de la desesperación; la primavera sonriente del otoño decadente; un brillante, culto y noble futuro del frustrante, sucio, zafio y “regre” presente.

La vida de la muerte.

P.D. Sin olvidar esa delgada línea que separa al verdadero Kiko Veneno de su doble, quien se prestó sin dudarlo a una fotografía de grupo en esa mañana lluviosa, pero amena, divertida y como siempre enriquecedora. Aunque no fuera él. 😀

 

 

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

Pedro V “El Demente”

La sabiduría popular no sólo crea dichos y refranes, también es la que acaba asignando un mote a las personas. En especial a los gobernantes, en el caso de nuestra milenaria patria obviamente a los reyes, que son los que nos han solido gobernar y representar casi siempre, salvo cortos y poco exitosos periodos “republicanos”, tiempos de buenos y malos validos, épocas de fieles o traidores virreyes o cortos periodos de militares golpistas (o salvadores de la patria, dependiendo del color del cristal por el que se mire).

Hemos tenido por lo tanto en nuestra tan convulsa historia de todo: reyes o reinas “Mayores”, “Fuertes”, “Católicos”, “Sabios”, “Bravos”, “Batalladores”, “Deseados”, “Santos”, “Emplazados”, “Dolientes”, “Locas”, “Hermosos”, “Hechizados” y muchos otros apodos, que describían de forma resumida lo que el pueblo, o los “influencers” de la época, opinaban del respectivo gobernante. Generadores de opinión que, a diferencia de los de hoy, en otras y gloriosas épocas, eran de las pocas personas con intelecto y cultura y que encima sabían leer y escribir. Algo de lo que hoy carecen la mayoría de los personajes públicos con cierta ascendencia sobre la ciudadanía.

En cuanto a reyes llamados Pedro, hemos tenido al “Cruel”, al “Católico” al “Ceremonioso o del Punyalet” y al “Grande”, hasta que de oscuras cavernas y a base de engaños, triles, manipulaciones y otras sucias maniobras, surgió de lo más profundo del infierno, como si fuera un huargo criado en Isengard, un tal Pedro Sánchez Castejón, el cual en pocos años se proclamó rey de todos, todas y todes, y a quien el pueblo inicialmente apodó “el mentiroso”.

No andaban equivocados los sufridos ciudadanos con este mote, pero el tiempo y la absoluta locura y maldad del personaje acabaron asignándole el único epíteto que se merece: “el Demente”. Pedro V, “El Demente”, cuyos problemas psicológicos están fuera de toda duda y que en cualquier país medianamente serio sería inhabilitado por su grave enfermedad e internado en un hospital psiquiátrico en la más remota y aislada isla. Que a falta de una Santa Elena patria bien podría ser el islote de Perejil, pero se me antoja demasiado cercano. Aunque a falta de cualquier lujo, edificio histórico con cientos de espejos, palacio reformado con su solárium o playa privada para disfrute de sus amigotes, bienvenido sea Perejil.

Pedro V “el Demente”, el cual, al poco tiempo de llegar al poder, hizo suyo el “L'État, c'est moi” de Luis XIV de Francia, confundiendo churras con merinas, es decir, elevando el cargo de presidente del gobierno a sumo mandatario, sacerdotisa mayor, gobernador general, propietario de toda tierra del Reino de España y malvado dictador para el que solamente existe una persona en su vida virtual: él mismo. Y sus compinches, por supuesto, que han engrosado en pocos años las filas de los paniaguados, cual plaga de marabunta ignorante pero generosamente pagada. La patética e impresentable corte del mentiroso, del enfermo, del demente.

No creo que sea necesario repasar las mentiras del personaje, que se cuentan por miles, ya que todas y cada una de sus promesas, declaraciones o actuaciones, han sido burdas mentiras. Y ya no se trata de que sea un mentiroso compulsivo, que de esos existen muchos, se trata de un real peligro para la supervivencia de todos nosotros y para el futuro de nuestros hijos y nietos. Si es que hay futuro. O hijos y nietos. Porque teniendo en cuenta el índice de natalidad de los españoles y la tolerada y masiva inmigración ilegal que estamos sufriendo, en unos cuantos años pocos ciudadanos originariamente españoles estarán sometidos a la demencia de este engendro humano.

Algo que tampoco creo que le importe mucho: mientras pueda mantener sus privilegios y su amplia corte de untados aduladores, que le quiten lo bailado.

Pedro V “el Demente”, el rey de los espejos y las mentiras, de los biopics y los viajes en Falcon, de los palacios y palacetes, culpable de todas las desgracias que están acabando con todo lo que ha significado y significa España.

La única esperanza, la exigua luz que se ve al final del túnel, es que parece que también ha acabado con la paciencia de los ciudadanos.

Gracias a Dios, parece que España ha despertado. Parece. Y es lo que toca.

¡Echémosle! ¡YA!

 

 

viernes, 4 de marzo de 2022

Políticos

Empecé a tomar notas para este artículo cuando el guirigay del Partido Popular por los supuestos delitos del holograma Ayuso estaba en su punto álgido, en plena guerra de egos, con fontaneros, voceros, traidores, aduladores y conseguidores ejerciendo cada uno su papel, y mira por dónde, en dos escasas semanas dicha guerra fratricida ha pasado a mejor vida con la llegada del Frente de la Juventud del PP, lo que el estimado Javier García Isac llama el PP vintage, para poner orden, echar a los díscolos y defender su dorado y cómodo “statu quo” hasta el final.

Pero eso es el pasado: ya tenemos otras guerras sobre la mesa, la interna del sucio gobierno de Sánchez por sus reiteradas mentiras hacia un lado y hacia el otro, y la verdadera, que no es guerra sino invasión, la que están librando, sobre suelo europeo, los valientes ucranianos contra el eterno invasor rojo. Sí sí, rojo, como el vinillo de Rioja, pero en malo. Pasado, avinagrado, malo.

Nuestra realidad ya supera cualquier moda efímera, Wordle, Ramona, meme gracioso o video de TikTok con millones de reproducciones: cae la noche y ya es historia, te levantas y cualquier mención a lo que ayer fue tendencia te convierte en un ser extraño, pureta y anticuado. Si hasta el COVID parece ya una leyenda, como la buena música, los periodistas profesionales y preparados, un director deportivo decente en el RCD Español o un político honrado y honorable. Criaturas mitológicas todas ellas. Hablemos pues de estos últimos. De los políticos. Que a eso he venido.

A escribir un poco sobre esos oscuros pajarracos que viven del cuento desde que se levantan hasta que se acuestan, adulándonos, comprándonos, manipulándonos, engañándonos o traicionándonos, siempre dependiendo de la fase de su siniestra e improductiva carrera en la que estén: si tocan elecciones, si tocan depuraciones, si tocan comisiones, si tocan corrupciones, si tocan traiciones o si tocan dimisiones. Un algoritmo no demasiado complicado para los cada vez menos preparados, pero bien espabilados políticos de alta cuna y baja cama. O viceversa. Hipócritas de sol a sol.

Aunque de esas últimas, las dimisiones, pocas se vean. ¿Quién renunciaría a la “dolce vita” de un político? A sus buenos sueldos y la nula presión laboral, a una vida social completa y gratuita, con el futuro asegurado de una manera u otra, ya sea aferrándose al sillón o utilizando las múltiples puertas que, oh milagro, se les abren a los políticos profesionales de par en par: sentimentales, sexuales, laborales, giratorias, automáticas, trampillas, de carne y hueso, madera o hierro forjado, con doble candado o blindadas, con descendencia vinculante o ascendencia interesante; puertas, al fin y al cabo.

Nunca he podido con estos timadores profesionales. Y mira que llevo vinculado a la “acción” política desde mi ya lejana juventud, desde finales de los 70, pero la desconfianza sigue ahí. Quizás sea justamente por ello: por perro viejo. He visto pasar movimientos, coaliciones, partidos, escisiones; he visto pasar a jóvenes idealistas, a ancianos anclados en su guerra, a inocentes seguidores de la moda (juvenil), a incombustibles luchadores, a intelectuales, a personas santas, pero también a vividores amantes del local social y sus prerrogativas, a lerdos de todo color y pelaje, a personas tóxicas, a agentes dobles, a simples ovejas, a separadores y a separatistas. De todo hay en la viña del señor. Y por desgracia el ámbito político se presta tanto a la picaresca, el trapicheo, el birlibirloque y demás aficiones patrias, que seguiré diciendo “vade retro” ante cualquier grupo de interés del que tenga la mínima sospecha. Léase, todos. Hasta en la asociación de vecinos hay gente extraña.


 ¿Y ahora qué, me pregunto?

 ¿Ha llegado por fin el momento de la sensatez, del sentido común, del patriotismo sano y del altruismo real?

¿Estamos a tiempo de limpiar de fango todo este sistema pseudo democrático que permite gobiernos totalitarios e imposiciones de demencias colectivas gracias a los votos de golpistas y terroristas?

 ¿Serán, o seremos, capaces esta vez de empezar la casa por sus cimientos, actuar con legalidad, mantener la palabra y cumplir lo jurado ante el pueblo español?

¿Nos quitaremos de encima de una maldita vez la partitocracia del PPPSOE?

¿Antepondremos España a nuestros egoístas intereses personales, locales, regionales, de partido, hermandad, club de fútbol, cofradía o logia?

No sé yo. Como dijo Maquiavelo: “la política no tiene relación alguna con la moral”.

lunes, 24 de enero de 2022

Un poco de música

He preferido esperar unos días a que la "Meat Loaf manía" se calme para escribir esto. Por aquello de no parecerme a los cientos de tertulianos, políticos y periolistos treintañeros que de golpe se han declarado fans incondicionales del fallecido cantante desde que nacieron. O antes.

Porque ya es sorprendente que por un disco premiado, realmente logrado e inolvidable como el “Bat out of Hell”, publicado en 1977, la fama de Michael Lee Aday, su nombre real, haya llegado a nuestros días con tamaño impacto para que abra y cierre telediarios y programas de variedades. Un verdadero mito, como para otros imbéciles puede ser el misógino asesino Che Guevara, el bailarín Leroy de “Fama”, un reguetonero machete en ristre o Rosalía y sus soeces y burdas canciones. Allá cada cual con sus idolatrías.

Pocos conocerán mucho más de este artista (ni yo conocía tantos detalles), sus 12 discos o su participación en cientos de películas o programas de televisión, como mucho les sonará su estelar papel como Eddie en la película de culto “Rocky Horror Picture Show”, en la que, por cierto, el amigo Meat Loaf acaba convertido en deliciosos filetes para los invitados a la fiesta de Frank’n’Furter, el incomparable travestí interpretado por Tim Curry. Película que por cierto de tanto en tanto sigo mirando, y cuyas letras y escenas me sé de cabo a rabo. Y es que la admirable Susan Sarandon sigue nublándome la vista y provocando juveniles suspiros que hace años están en el baúl del quise y no pude que tenemos todos en casa.

Pero bueno, viendo el revuelo creado, sin duda ha muerto una estrella, un mito, casi un “one hit wonder”, cuya música nos ha acompañado a tantos boomers desde los lejanos setenta. Y de ahí quizás su inmensa fama: nosotros los boomers, nacidos entre 1950 y 1970, aparte de ser multitud, somos a estas alturas los más propensos a los recuerdos, la melancolía y el repaso de nuestra vida pasada, existencia que pasito a pasito se acerca a su final. Si estamos vivos, claro está, porque la sangría entre nuestras filas por culpa del virus y su pésima gestión ha sido terrible. Como también lo ha sido entre los músicos: si repasas la lista de los 854 artistas fallecidos en el 2021 alucinas…, aunque solamente conozcas a uno de cada diez. Por lo menos en mi caso, y eso que me las doy de melómano, aunque no sea más que un simple aficionado.

Un repaso a nuestras vidas que en muchos casos está ligado a la música. A esas canciones que nos han marcado a todos (a cada uno las suyas, se entiende), y que yo mismo recuerdo cada tanto con algún tuit utilizando alegremente la etiqueta #Musicwasmyfirstlove, hashtag que obviamente nadie sigue ni reutiliza. Esto de no ser un influencer tiene estas cosas, como si lo escribiera un pobre pollo desafortunado llamado Calimero o Tristón, el llorica amigo de Leoncio.

La música tiene eso, es un resorte infalible que activa nuestro cerebro de una forma muy intensa, quizás mayor que una fotografía, un relato de hechos pasados, el olor al cocido de la abuela o una buena borrachera. ¿Quién de nosotros no se pone en guardia cuando oye lo de “On a hot summer night, would you offer your throat to the wolf with the red roses”? … y de inmediato empieza a mover el cuerpo tarareando “You Took The Words Right Out Of My Mouth”. Una melodía que nos traslada a nuestra época dorada: la adolescencia, la juventud, al tiempo de ilusiones, de sueños, de hormonas hiperactivas, de amores y desamores. De nerviosas esperas a la chica deseada, de la inseguridad a pedirle bailar un lento y de las semanas posteriores llorando cual pimpollo con la casete, etiquetada obviamente “Canciones Tristes”, echando humo en el loro. El fin del mundo, uno más de tantos que vamos viviendo a lo largo de nuestras vidas. Cuando bien sabemos que fin solamente hay uno, impredecible e inevitable. Los demás nos los creamos nosotros, en esa exageración de los sentimientos tan normal en la juventud y tan artificial a estas alturas, ya solamente inducida por aceleradores químicos o por un simple y decadente masoquismo. La edad, amigos, que no perdona.

Pero que diantres: si tenemos la música. Ese imborrable recuerdo, ese amor, esa locura de fiesta, aquel viaje, la rabia del fracaso, la emoción del triunfo… todo ello ligado a tres acordes, cuatro estrofas y un refrán que no olvidaremos jamás; mientras que hoy en día el nombre de las personas que te acaban de presentar a la media hora ya se ha fugado por las rendijas cada vez más amplias que se abren camino entre las neuronas de tu cerebro. Como dijo en su día Luis Aragonés: “no me presentéis a nadie más, ya conozco a suficientes personas”. Una forma muy suya de asumir y explicar que al rato no se va a acordar (y una frase que uso por enésima vez en mis artículos…, lo que digo, las neuronas que cada vez están más aisladas).

Empezó pues el día que ha inspirado este artículo con la noticia del fallecimiento de Meat Loaf, y como era laborable y el teletrabajo permite estas cosas, escuché el Bat ouf of Hell I y II mientras me dedicaba a mis tareas profesionales. Y del repaso de dichos discos, ese mágico gatillo que es la música empezó a hacer de las suyas, llevándome a uno de esos viajes nostálgicos que solamente pueden generar las notas de una canción o algún psicotrópico de calidad. Salté por extraña razón a Carlos Nuñez (creo que salía nombrado en algún artículo), y de ahí a Paddy Moloney, adorado e irrepetible líder de los Chieftains, también fallecido recientemente, en concreto en octubre pasado. ¡Qué pena lo de Paddy! La simpatía y cercanía hechas música, la preservación del patrimonio musical irlandés y celta en general sin malvadas intenciones separadoras, no como sucede por otros lares con sus tradiciones “milenarias” que no le hacen tilín a nadie. Un grupo de música tan integrador, tan abierto, tan simpático, tan eterno, que dio pie a una frase común entre músicos de todo el mundo: si no has tocado con los Chieftains, no eres nadie. Algo que por desgracia ya no podrá ser, porque me imagino que los amigos disolverán la banda después de la ascensión de Paddy al cielo de los celtas. Una pena.

Y por cierto, este jueves musical llegó como digno colofón al fin de semana anterior, un melódico viaje que empezó en una peluquería hablando sobre el día en el que murió la música, ergo de Buddy Holly, Don McLean y su American Pie, hasta acabar en una completa sesión de tarde/noche (como antaño, con servicio de bombonería en el intermedio), en esta ocasión acompañado por Don R, en la que pasamos mentalmente por todas las fiestas, viajes, alegrías y sinsabores de nuestras vidas, escuchando a Eric Clapton, pasando por Dire Straits, Céltica, Supertramp y Böhse Onkelz, acabando el empacho de recuerdos y cervezas con un concierto completo de José Luis Perales. Soberbio, por cierto.

Y también acabamos con todas las cervezas, el güisqui y los cubitos de hielo. Conociéndonos no creo que nadie lo ponga en duda.

La música, ancla en nuestro cerebro, sintonía de nuestros viajes inacabados, asidero infalible ante cualquier tormenta, refugio en momentos tristes y fiesta idealizada cuando la euforia nos embarga.

 

#Musicwasmyfirstlove

 

 

 

jueves, 20 de enero de 2022

El Cabo de Creus


Este pequeño artículo tendría que titularse “Cabo de Cruces”, para ser correcto y consecuente con mis usuales y furibundas críticas a los iletrados que utilizan los endónimos cuando hablan en un idioma que posee un exónimo, léase decir Girona cuando en español se llama Gerona o Aachen cuando en español la ciudad carolingia se llama Aquisgrán; pero desvirtuaría mis recuerdos de infancia y con ello todo este comentario (y eso que la ONU, esa zarpa del NOM que se mete en todo y quiere esclavizarnos sometiéndonos su maligno globalismo, hace tiempo recomendó no traducir los endónimos). Ellos sabrán el porqué. ¿De ahí lo de Beijing o lo de Myanmar por Pekín y Birmania? Ni idea. Tampoco me desvela, por cierto.

Quede pues así: hablemos del Cabo de Creus.


El Cabo de Creus, aparte de ser “el punto más oriental de la península ibérica, situado al norte del golfo de Rosas”, era una librería, papelería y quiosco de prensa situada en la confluencia de la Avenida de Sarriá con la calle Loreto de la Ciudad Condal, Barcelona. Ocupaba el local esquinero del edificio construido en 1961 por la Caja de Ahorros de Barcelona, que se extiende desde el número 28, esquina Infanta Carlota, hasta el 38, número de dicha librería en la esquina con Loreto y también de mi casa familiar desde 1962, año arriba año abajo, hasta 1992.

Por curiosidad me asomo al nomenclátor de mi ciudad natal para averiguar un poco más sobre el origen del nombre de ambas calles:

Calle Loreto: En esta calle estaba situado antiguamente el colegio de las monjas de Loreto de la Congregación de la Sagrada Familia de Burdeos, para chicas, establecido en 1863. Loreto es una ciudad de las Marcas (Ancona), Italia, centro de peregrinajes marianos”

Y la Avenida de Sarriá, denominada así desde 1961, “conduce al antiguo municipio de Sarrià, anexado a la ciudad en 1921”. Y durante muchos años llamada “Carretera” de Sarriá. Aún hoy en día los mayores suelen usar esta denominación.

Sorprende mucho que la calle Loreto ya existiera en 1942 y el colegio desde 1863…tema más que interesante para investigar un poco, más aún teniendo en cuenta los desmanes anticatólicos de los años previos sufridos por la gente creyente en Barcelona.

Y como en España somos muy de patrones protectores, pero en cambio protestamos cualquier acto de un patrón empleador, pues la empresa que gestionaba el canódromo existente en la esquina de enfrente (el mítico pero desconocido Canódromo Loreto) se encomendó a Santa María de Loreto. El vicio de la ludopatía (y sus ingentes beneficios) encomendado a la Virgen. Esa confusa doble moral que aún pervive por estos lares, como los viciosos puteros con inmensos crucifijos adornando su velloso pecho (Ábalos style), los padres de familia que justifican sus noches con travestis con un “pero los domingos voy a misa con mi familia” (frase verídica de un conocido que sin duda algún lector recordará) o los enfervorecidos y beodos rocieros (una minoría, que no se me alteren sus señorías) saltando una valla para llegar a la Virgen.

Estamos situados pues en el Cabo de Creus, con Loreto al Norte, Sarriá al oeste, Loreto Plus al sur y el centro de la ciudad al este. Lo de Loreto plus es por una frase inolvidable de mi padre, que rezaba: “Loreto, la mejor calle de Barcelona: 1 cine, 3 restaurantes de lujo, 2 peluquerías, un hotel y dos barras americanas”. Ahí cada cual con sus preferencias vitales. Y bien pensado, a la mayoría tampoco le haríamos ascos.

Desde este punto estratégico partían pues mis pasos cada mañana: si era domingo, me tocaba bajar a comprar el Alcázar e ir a por un Montecristo (del 4) al Can Fayos o al Sandor. Siempre y cuando la noche antes el azar no bendijera a mi padre en alguna lujosa timba (el Círculo Ecuestre, el Tiro Pichón, la Hermandad de Alféreces Provisionales…) de la “gente de orden” con un rojo, par y pasa, y sobrados de dinero (temporalmente), nos fuéramos a comer al Tritón, el propio Can Fayos, el Cinco Villas o la Manigua. Este último restaurante por cierto era uno de los preferidos de la familia si jugaba nuestro querido RCD Español en Sarriá. En los años 70, eso sí. A partir de ahí llegó el declive y la desaparición de todo el entorno del mítico restaurante, sobreviviendo solamente la antigua sala de fiestas y en esa época ya lúgubre bareto colindante, el “Flores de Mayo”, local que para muchos de nosotros fue cuartel general, academia, confesionario, hospital y refugio durante varios años. Un cuartel general y un equipo de fútbol, el Real Club Deportivo Español, del que todo la familia, o casi toda, éramos y somos fervientes seguidores. Y de casta le viene al galgo: como nos contaba mi abuelo, nuestro bisabuelo fue durante años el masovero de la Masía de Can Rabia, antes de que su terreno diera paso a nuestro añorado campo gracias a la familia de la Riva.

En laborable, soplando vientos de levante, mis pasos se encaminaban hacia el oeste, al Colegio Alemán de Esplugas hasta1981 y posteriormente al Abat Oliva de Pedralbes y la Facultad de Derecho de la Diagonal; a Esplugas nos llevaban por turnos las madres alemanas del barrio, que eran varias (hasta el punto de que los hijos teníamos nuestro equipo de fútbol que jugaba en el pequeño campo del centro del Turó Park. Y que, como se entiende, se llamaba “Blau-Weiss”, blanquiazul en germano). Ejercían pues nuestras madres con toda naturaleza lo del car-sharing pero versión años setenta. Tampoco es que hayan inventado nada nuevo en estos últimos 40 años: como el sundrying, léase tender la ropa al sol, o el tan novedoso y ridículo trash cooking que se han sacado de la manga últimamente. Que no es nada más que aprovechar los restos de comidas anteriores. Vamos, como los canalones por San Esteban. ¡Gilipollas! Y atentos, que nuestro ninistro de consumo, el lerdo comunista de salón Garzón, ahora ha empezado a promocionar las fiambreras, los táper. Nunca en la historia hemos tenido a tal lumbreras intentando regir nuestras vidas y decidiendo lo que es bueno y lo que no para nuestra salud, el clima, el bienestar de los animales y la vida en general. Por un módico sueldo de 75.000€, eso sí. Que su esfuerzo, su iniciativa y su genialidad tienen que recompensarse debidamente.

En el Cabo de Creus esperábamos a mi padre a que saliera con el coche del parquin de Infanta Carlota, justo delante del monumento a José Antonio Primo de Rivera, erigido en 1964 por suscripción popular (es un decir), y derruido en el 2006. Destrucción que se llevó a cabo invocando la Ley de Memoria Histórica, y que tuvo la repuesta de algunos valientes que se enfrentaron a las grúas y sus operarios, hasta que la policía disolvió la pequeña resistencia a su manera habitual, es decir, a porrazos. Lo gracioso es que se derribó el monumento, se eliminó el estanque…, pero se mantuvieron (y creo que siguen ahí) las farolas que alumbraron el entorno en su inauguración y durante los siguientes 42 años. Farolas que por cierto no son las clásicas del barrio, ya que fueron “requisadas” unos días antes de alguna calle de la Zona Franca, a fin de darle más brillo al evento. Lo sé de muy buena tinta: mi padre obtuvo la subcontrata para el desmontaje y montaje de dichas luminarias, y dirigió la operación, que se realizó con nocturnidad, pero sin alevosía, para evitar quejas de vecinos o críticas infundadas (o fundadas, depende como lo mires).

El Cabo de Creus, faro de mi vida y de tantos y tantos recuerdos que darían para todo un libro. Las tardes subiendo al Pippermint, al Up&Down, al bar Tomás en mayor de Sarriá, al Barbero de Mandri, el paseo casi diario hasta el campo de Sarriá, tema que daría para una pequeña enciclopedia, las misas en la parroquia alemana de la calle Porvenir o en la iglesia redonda (San Gregorio Taumaturgo), los pollos al ast del Kikiriki, el vil asesinato de Frédéric Roquier, qepd, a escasos metros del Cabo, el Corrientes 348 con sus provoletas y su chimichurri, la casa del estimado y añorado Miguelón. En fin, toda una vida.

 Continuará. O no. Nunca se sabe.



miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ante la próxima Navidad

Si fuera un borrego descerebrado de esos que hoy en día pueblan este antaño próspero, creyente, trabajador y culto continente llamado Europa, tendría que haber titulado este comentario “ante las próximas fiestas”. Porque como bien sabéis la Comisión Europea intentó ayer (por el 30 de noviembre) desterrar la palabra Navidad y obligarnos a usar en cambio algo tan genérico como “fiesta”. Suerte que el tiro les salió por la culata: ante la avalancha de lógicas protestas han retirado el folleto que contenía tamañas estupideces (¿cómo justificarían sino sus felicitaciones “oficiales” por el Ramadán, el Año Nuevo Chino, las Luminarias judías o el nacimiento de Luke Skywalker?). Aunque sea para la galería y en breve los malos vuelvan al ataque con sus demencias encaminadas a acabar con nuestra herencia cristiana e imponer su nueva cosmovisión totalitaria. De eso no nos salva ni el tato. A no ser que nos levantemos de una vez, al unísono, emulando a Polonia y Hungría, y echemos de nuestras vidas a la maldita ralea que puebla los despachos de Bruselas, Estrasburgo y demás sedes de la secta globalista.

Una Navidad que se avecina con las ya conocidas preocupaciones de gran parte de nuestra sociedad: la grave situación económica, el constante dislate con la supuesta pandemia y sus incongruentes, infundadas e ineficaces medidas para combatirla y la creciente inseguridad en nuestras calles. Casi nada. Los pilares de nuestra existencia, la libertad, la salud, la cobertura económica y la seguridad, están en juego y todos nosotros somos funambulistas viendo el cercano y profundo precipicio en un cada vez más difícil equilibrio. Equilibrio físico y psicológico. No llegamos a fin de mes, no comemos lo que nos apetece, no visitamos a nuestros familiares y amigos, no nos sentimos seguros paseando por las calles, no calentamos la casa lo suficiente para sentirnos abrigados…, en resumen, no vivimos. Porque languidecer bajo un régimen autoritario, con el miedo metido en vena en generosas y diarias dosis, con los acreedores haciendo cola en la puerta, con las vacunas caducando y nuevas apareciendo día sí día también, con hambre, sed y frío…no puede llamarse vivir. Digo yo.

Pero aún hay algo peor a todo esto: nuestra propia culpa. Porque si lo analizamos con objetividad, la culpa de la propia sociedad occidental de todo lo que está sucediendo es clara. Y demostrable. Datos y no relatos. El buenismo, el igualitarismo, el falso progresismo y el globalismo han ido minando poco a poco todas las bases de nuestra sociedad, desapareciendo con ellos los valores fundamentales necesarios para garantizar la supervivencia de una cultura avanzada: la unidad, la solidaridad, la caridad, la fe, la laboriosidad, la fidelidad…, tantas piezas necesarias y ya inexistentes, que al final va a ser imposible recomponer el puzle, lo que significa un desastroso presente y un mucho peor futuro para todos nosotros.  

“…Y al llegar aquí (los inmigrantes) ¿qué ven? El caos de un mundo sin principios, sin autoridad, sin decencia. Y hacen lo que no hacemos nosotros, naturalmente, y violentan toda esta podredumbre nuestra. Violencia que nos subleva, pero a la que no tenemos nada que oponer: ninguna verdad, ninguna…”.

Esto anterior es parte de un  hilo en Twitter de nuestro admirado Coronel Pakez. Léanlo si les place y lo verán todo más claro.

Somos nosotros mismos, cada uno en su justa medida, que hemos permitido los desmanes de una burocracia europea dedicada al bien de unos pocos a costa de la larga y fructífera historia del mundo occidental.

Somos nosotros mismos los que miramos a otro lado cuando los inmigrantes ilegales cometen delitos, no vaya a ser que nos traten de racistas.

Somos nosotros mismos los que sucumbimos ante viernes negros consumistas, martes combativos a favor del colectivo del abecedario, miércoles del tofu en salsa y sábados de burdo y soez sexo televisado.

Somos nosotros mismo los que toleramos que nos gobiernen mentirosos compulsivos y que tengamos parlamentarios maleducados y altamente limitados intelectualmente como por ejemplo Rufián. Por citar al gordito líder de la banda de despreciables garrapatas.

Somos nosotros mismos los que no leemos, no comparamos, no analizamos, no pensamos y no protestamos.

Somos nosotros mismos los que hemos renunciado a ser personas y hemos preferido ser ovejas en un redil bien alto y vigilado.

Somos nosotros los que nos hemos suicidado lenta pero inexorablemente.