There is a crack, a crack in everything
That's how the light gets in
(Leonard Cohen)
Preparar una fiesta
sorpresa con 5 meses de antelación es algo complicado, sin duda. Más aún en
estos tiempos que corren, en los que prima la inmediatez de tal modo que un chiste
o una sonrisa duran menos que los míticos “peces de hielo en un güisqui on the
rocks”. Pobres pececillos, por cierto, que siempre se derriten antes de tiempo por
citarlos tantas veces. Y creo que en los últimos días los he gastado de por
vida de tanto nombrarlos. Así no hay quien se tome una copa en condiciones. Y
si encima te cuesta 8 euros (de eso hablaremos más adelante).
Y por culpa de esta antelación
en la planificación del evento, las entradas y salidas de miembros al grupo
creado para su organización fueron constantes. La montaña rusa de los
sentimientos que vivimos la mayoría en nuestras vidas, quedó claramente reflejada
en estos constantes vaivenes: hubo más movimientos en el grupo de Whatsapp que
en la cuenta corriente de un ludópata. Que ya es decir.
Al final los más pragmáticos
optaron por abandonar el grupo y esperar pacientemente hasta la fecha, mientras
que los más implicados y sacrificados mantuvieron el tipo hasta el final. Gracias
a todos ellos por el inmenso esfuerzo, que redundó en una gran fiesta de cumpleaños.
En especial a Mamen, Marta, Ana y Eloy, verdaderos artífices del entrañable evento.
Y que merecen nuestro gran aplauso y un eterno agradecimiento. Gracias majas y majete.
La fiesta tuvo, como
cualquier suceso en la vida, sus luces y sus sombras, pero aquí no estamos para
hablar de sombras ni tampoco he venido a hablar de mi libro: valga lo que sigue
simplemente para relatar las partes alegres, divertidas, entrañables y hasta emocionantes
que vivimos el sábado 30 de abril en un local de cuyo nombre no quiero acordarme.
Las partes que recuerdo yo; las fiestas son tantas y tan diversas como personas
que asisten, cada uno de nosotros la vivió de otra manera, tendrá sus recuerdos
y sus anécdotas, pero por desgracia o por fortuna no soy ni omnipresente, ni tengo
cámaras ocultas vigilando a la parroquia (como Rosi), ni conseguí jamás
instalar el sistema de vigilancia Pegasus en vuestros móviles. Ahí van pues mis
recuerdos…
Nota: aunque alguno me lo haya
pedido, no pienso crear un audio libro con este pequeño artículo. Que los que
me lo reclamaron o son muy vagos o simplemente lo piden para putear a don Emilio.
La víspera del día D,
tuve que romper mi germana y quizás ya senil norma de acostarme pronto, y
esperar a Don Alberto, que se quedaba a dormir en Rommeland 3, mi nuevo refugio
estilo Cuéntame, con sus camas empotradas, sus lámparas vintage, sus estampitas
de la Virgen y su inmenso espejo con marco dorado. Y como no, su duro colchón,
que no solo destroza mi espalda, sino que encima acaba con mis sueños.
Llegó el invitado a su
hora, con hambre y ganas de hablar. Pues dicho y hecho, adiós a la compra
semanal, adiós al Rua vieja y bienvenidas las largas y entretenidas charlas (con
pocas faltas ortográficas, como remarcó Alberto). “Y a dormir ya, que la fiesta
es mañana”.
Empezó el día con eso
que unos llaman casualidad, otros destino y los más modernos serendipia: puse
mi emisora de referencia de la radio alemana, como entenderéis una acorde a mi
edad, llamada “Oldies but Goldies”, y una de las primeras canciones que
sonó fue “Lola”, de los Kinks. Primeras risas, sobre todo pensando en la letra
de canción: ¿no hablará de mi Lola, verdad, don Ray Davies? Por no ser suficientemente
divertido y sorprendente oír está canción, al poco sonó el “American Pie”
de Don McLean, canción preferida de Mamen. Si esto no es destino, que baje Dios,
lo vea y lo confirme. O admita que ha sido él.

Nos reunimos varios en
el nuevo local social, el Envite, mezcla de psiquiátrico, parroquia,
hogar del jubilado y bar al uso, con su tele, su tragaperras, sus tapas, su
viejo gruñón y el habitual de cazalla matinal leyendo el MARCA al final de la
barra. Alberto se atrevió a echarle un pulso a Constan, y nos plantamos en el
local de la fiesta sorpresa por el 50 cumpleaños de don R. (sigo sin acordarme
del nombre del local).
Bonito reencuentro con los grandes (de cuerpo y corazón)
amigos de Barcelona, con los queridos colmenareños, con los encantadores
madrileños y con todos los demás. Corta
espera, operación ocultación en el castillo, y primer desencuentro con una de
las protagonistas del evento: la mujer del pijama. Intenté colgar la
bandera del Mágico y me negó el permiso alegando que ellos “no se podían posicionar
con ninguna opción política”. ¿Dónde está la opción política en la bandera de
tu patria o en la bandera de tu equipo de fútbol? Lerda. Y la fiesta ni había
empezado. Vamos mal.
Y llegó el homenajeado.
Aún no tengo claro si sabía algo, lo intuía o no. O si sabía que Mamen tenía tantos
hermanos. Poco hablé con él durante la fiesta. Pero bueno, puso cara de
sorpresa. Y de alegría. De eso se trataba. De sacar una sonrisa. A él, a todos.
A partir de aquí, música,
alegría, fiesta, fotos, entradas y salidas a la terraza, y, el exquisito catering
gourmet que nos sirvieron. Lo de
exquisito y gourmet obviamente con
retintín: vaya timo. No he querido ni recuperar la foto de la carta que
aprobamos y bien pagamos. Poco, nada bueno y servido a desgana y con malos
modos. Aquí llegó el desencuentro número dos con la susodicha: estando sentados
fuera unos cuantos, en amena charla al sol, salió furibunda y casi gritando nos
dijo que entráramos a comer. No pude resistirme y le llamé la atención diciendo
que “los clientes somos nosotros, que se calme y que ya vamos”. Y a
punto estuve de preguntarle si su pijama era la toalla del baño, robada en un
hotel de Benidorm.
Si no le gusta la
hostelería, que monte una funeraria. O se haga podóloga.
Después de la virtual
comida (ni el filete que pidió Cris por ser celíaca tenía el mínimo nivel
aceptable), llegó la hora del vídeo clip creado con mimo, estilo y gracia por
Ana. Buen trabajo, guapa. Gracias en nombre de todos.
El vídeo, como digo,
muy bonito, una buena banda sonora, fotos emotivas y vídeos graciosos, y con
una sola pega: yo salía poco. 😊 Y a los que me silbaban desde el fondo, pues ya sabéis,
¡Bufones y orgullosos, oi!, por ello aparezco tanto. Por nada más. Bufones
ya los había en la Edad Media. Y las mujeres barbudas. Y bardos. Y la vieja
bruja de los gatos. Y osos (esto encima sigue siendo verdad, porque uno
andaba por ahí. Encima muy bien amaestrado: sabía bailar, cantaba de maravilla
y en varios idiomas y nos hizo pasar ratos geniales a todos. Como siempre. Pon
un oso en tu vida. Y no el de Tous.
Ante la falta de verdaderas
ganas de ver el partido de fútbol (por casualidad se enfrentaban nuestros dos
equipos, por lo que un empate también nos iba bien), y siguiendo nuestra
tradición de vieja escuela, cantamos lo de “
que no nos gusta el fútbol, que nos
gusta el bar” y adelantamos la hora del concierto. Encima así lo hacíamos coincidir
con la hora de la barra libre, en la que miss
Pijama la Borde nos volvió
a sorprender cambiando de los buenos y fríos tercios de pago a las cañas templadas
de barril en vaso de plástico. Y no quiero ni preguntar si el barril era Mahou
o quizás Cruzcampo, ese líquido apto para todo, limpiar, fregar, derramar...,
menos para tomar. En ese bar de cuyo nombre me estoy empezando a acordar. En
este momento a ella sí que la acabé por bautizar. La Vinagre del Pijama. Que ni
es de Modena ni es fina lencería.
El concierto de
Edu,
Iván y sus amigos estuvo genial, como era de esperar. Con una lista de
canciones, un setlist, que me ocultaron hasta el último día, adecuado para el público
presente, y una ejecución perfecta, cantamos, bailamos y desafinamos hasta
reventar (hay algún video en el que los cánticos desafinados duelen más que el
maullido del gato que está triste y azul). A petición del público, y como estaba
escrito, el cincuentón nos cantó varias canciones, que todos seguimos emocionados.
Sesión de fotos,
emociones, abrazos, y a partir de aquí, fiesta de las de verdad: grupos aquí,
grupos allá. Sombra aquí, sombra allá. Beso aquí, beso allá. Alguien dice que
cantaron lo de que se besen, que se besen. Yo no me acuerdo. De lo de los cánticos.
De lo del beso sí. Y creo que fueron más que uno. O quizás lo soñé.
Grandes charlas en la
terraza. una con
Oxi sobre música, guitarras de 12 cuerdas y el “
Wieder mal
’nen Tag verschenkt” de los Onkelz (Otro día desperdiciado), muchas, largas
y entretenidas con
Isra (le debí de dar mucho la lata, porque estuvo malo hasta el
lunes), chanzas y chistes sobre los cantantes heavies ochenteros, su outfit y
sus tatuajes (comparados con la espalda de Alberto, por ejemplo), gente
entrañable, un chico que llevaba un logotipo del Real Madrid muy discreto en el
pecho (yo cada vez lo veía más grande), una sesión particular de cante jondo y
bailes populares por parte del
Oso, el detalle de
Fredy en regalarme la
camiseta (gracias, líder), abrazos de extraños que me tocaron más en pocos
minutos que mi ex mujer en 8 años…y ver a Sabio por una vez sin libro y conversando es impagable.
Una fiesta genial, aparición
de personajes curiosos (uno mezcla de Paco Clavel y el Mago Tamariz), alguien vendiendo
muñecas barriguitas, amores y desamores, sonrisas y lágrimas, un romántico 😉 paseo de vuelta hasta
el coche, caminata que casi vale como una etapa del Camino de Santiago, y dos días
para recuperarme y poder escribir esto.
Sonrisas hubo, por lo
que algunos las dieron. O las dimos. Y besos. Que también dimos. Gracias a
todos por el gran rato pasado.
Y no olvidemos lo más
importante: lo que nos reunió en ese lugar de cuyo nombre estoy a punto de acordarme,
fue el cumpleaños de Ramiro. Muchas felicidades cincuentón. Ya casi me
pillas.
Dame una sonrisa…
P.D.: Ahora me acuerdo del
nombre del puto bar. Se llamaba Cadillac Solitario. Digo llamaba porque la
parte de Cadillac ya ha quedado eliminada. Desde ya se llama Solitario. Porque
nadie tendría que volver ahí… que nosotros somos más del Simca 1000. De nuevo
una rima. Estoy sembrado.
P.D.D.: Aclaración de la cita de arriba de la canción “Anthem” de Leonard
Cohen, en sus propias palabras:
“En esta vida no se hacen las cosas perfectas, ni en el
matrimonio, ni en el trabajo, ni en nada, ni en el amor a Dios, ni en el amor a
la familia o a la patria. La cosa es imperfecta.
Y lo que es peor, hay una grieta en todo lo que puedes unir o
armar: Objetos físicos, objetos mentales, relaciones, construcciones de
cualquier tipo. Pero ahí es donde entra la luz, y ahí está la
resurrección y ahí está el retorno, ahí está el arrepentimiento”.
P.D.D.Por si queréis colaborar con una causa muy, pero que muy justa, aquí podeís valorar el puto bar. No por el bar, más bien por el avinagrado y desagradable trato.