lunes, 18 de julio de 2022

Los de siempre

 A Fernando Ginesta. ¡Presente!

Preámbulo: mientras estoy escribiendo esto me interrumpen con la triste noticia de la repentina muerte de Fernando. Malditos caprichos del destino. Dedicado a él, por supuesto, todo este artículo. Nadie mejor que él para ilustrar esta pequeña reflexión. Descansa en paz, querido amigo.



Ya he escrito en varias ocasiones (llevo 18 años publicando en este blog, que se dice pronto) sobre los amigos, los seguidores en las redes sociales, los conocidos, los camaradas, el número máximo de amigos íntimos que se pueden tener y temas similares: y por algo será.

Porque nuestra vida, al fin y al cabo, se basa en las relaciones familiares y sociales. Salvo que seas un eremita encantado de gritar Jehová a los cuatro vientos, como nuestro querido amigo de “La vida de Brian”, o un demente como Pedro Sánchez, al que le bastan unos cuantos espejos bien distribuidos en uno de sus palacetes veraniegos y la compañía de sus amigotes palmeros para ser feliz. Palacios que por cierto son propiedad del Estado, pero como este déspota malvado hizo suyo el tópico de “l'état c'est moi” del Rey Sol, pues todos estos edificios históricos han pasado a engrosar su patrimonio particular. De ahí su enfermiza obsesión de mantenerse en el poder contra viento y marea. Le importa un pepino que todo se derrumbe a su alrededor, que se queme el bosque, que se arruinen las familias, que España sea el hazmerreir de moros y cristianos: mientras sobrevivan él y los suyos y pueda seguir volando en su Falcon a cualquier destino que se le ocurra a Begoño/a, el/la experta en no sé qué, titular de falsas cátedras y editora de la guía “Lonely Planet para Dummies y vividores”, que por cierto esta semana ha incluido un lago nudista en el pirineo catalán para disfrute de la familia y sus 25 íntimos. No vaya a ser que pasen calor, pobrecitos. Los de siempre. Los caraduras. Los jetas. Los hijos de la gran puta.

Siento haberme desviado del tema: no quería hablar de estos cortesanos de graduado escolar y rodilleras gastadas, quería hablar de la buena gente, de esos conocidos o amigos que ves de tanto en tanto, a veces de decenio en decenio, pero que siguen ahí. Y que cuando te encuentras con ellos parece que fue ayer que estuvisteis juntos, aunque quizás hayan pasado varios años desde coincidisteis por última vez. Es lo que me pasó el otro día con mi tan querida Almudena y su marido Federico. Y sin duda fue algo buscado: no quizás encontrarme con Almu, pero si que tenía la seguridad de que, en la inauguración de un Frankfurt en Madrid, al estilo de los nuestros de BCN, de la mano de la esposa de Jaume Vives Vives, a algún amigo me encontraría, a alguien de los de siempre. Y así fue. Y esa magia, ese momento de encontrarte con un ser querido y que de inmediato el tiempo transcurrido sin verle pase a mejor vida y te sientas feliz, arropado, ilusionado, cual niño a la vuelta de vacaciones al ver a su proyecto de novia, cual recluta en la mili disfrutando de su primer permiso, como encontrarte a un periquito rural en un partido del Real Club Deportivo Español en un campo jamás visitado, o iniciar en solitario una etapa del Camino de Santiago y que la calle del albergue se llame “Oriente” y sientas su protectora presencia… esos son los momentos mágicos. Como el largo rato que compartí con Alberto y Pedro. De bar en bar, de cerveza en cerveza (de alguna manera había que digerir las excelentes salchichas que nos sirvieron).  
Y quizás por ello, por caprichos del destino, al acabar la agradable velada en dicho local, que os recomiendo fervientemente, camino del metro me crucé con el inigualable mago Tamariz y su familia. Justamente el día antes había leído un artículo sobre él, sobre su nuevo espectáculo que presentaba junto a su hija, y, chan ta ta chán, ahí estaba. Risueño como siempre. Otro de los de siempre. Aunque jamás hubiera hablado con él. Hasta ahora. 

Llevaba yo varios días, o quizás semanas, tomando notas para este artículo. Y creo que fue a raíz de un artículo futbolero que publicó “el Mundo”, escrito por Jesús Beltrán (si si, de los Beltrán de toda la vida, que son varios y encantadores todos), que decidí dedicar mis reflexiones a todos esos conocidos, amigos y camaradas, a los que más bien tratas poco, a los que ves de pascuas a ramos, pero que están ahí, en tu subconsciente, en tu vida pasada, en tus recuerdos, y que jamás dejan de ser parte de tu vida. Aunque quizás no hayáis sido amigos íntimos, o llevéis largas temporadas sin compartir una cerveza, existen esas personas en tu circulo de amistades, que permanecen. Y te dan sorpresas y alegrías. Como ver a Juanjo como diputado impartiendo lecciones a tanto lerdo que puebla nuestra santa tierra. O admirar a Chiquillo trabajando duramente y sin acercarse ni en broma a la bandeja de cruasanes. O disfrutando de la maestría oratoria y la lucidez de Buxadé. O leer un libro de Juan Ricart. En fin, que os voy a contar. La mayoría de los lectores sois del mismo grupo, de los de siempre. En algunos casos compartiendo mi vida desde el año 1979. O 1980. Y algunos de vosotros lleváis algunos años más juntos (mis dos años pasados en Friburgo entre 1977 y 1979 me alejaron quizás un poco, pero recuperé rápido el tiempo perdido).

Y tal vez por ello, cuando alguna de estas queridas personas por desgracia fallece, ni lo asumes. Ni te lo crees. Como los encuentros cada vez van siendo más espaciados, tu cerebro, o quizás tu corazón, es incapaz de procesar que ya no está: sabes muy bien que un día u otro te lo volverás a encontrar.

En un parque, en un bosque, en un campo de fútbol, en un concierto, en una iglesia, en un albergue, en un bar (en mi caso quizás lo más probable). Y si no es ahí, sin duda te lo encontrarás en el cielo. Que es donde nos veremos todos. Y encima sin la molesta presencia de aquellos que jamás pasarán el filtro de San Pedro.

Va por todos vosotros. Por los de siempre. Por Fernando.



¡Sólo los mejores mueren jóvenes!



martes, 28 de junio de 2022

Lumbreras


 

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

 (Miguel de Cervantes.)


Me topé el otro día con la frase “leer siempre lo mismo es peor que no leer”, por lo que, como esto va a ser más de lo mismo, eximo de leer a quien le cueste o no tenga interés. Y de paso puede seguir en su inopia cultural e intelectual, llena de emoticones, galletas chinas, frases simplistas, canciones infantiles, ritmos tribales, tiktoks, reels, stories,y demás bellas artes del siglo XXI. ¿Dónde fueron a parar la arquitectura, la pintura, la escultura, la música, la literatura, la danza y el cine? ¿Cuántos de tus conocidos han ido últimamente a un museo, han leído un libro, han asistido a un concierto de verdad o han visto una película seria? ¿Y tú mismo? Buf, vaya pregunta a estas alturas. La respuesta obvia que espero de todos vosotros es un “¿Y a ti que cojones te importa, sabiondo? Que presumes de sabio sin serlo. Es decir, que eres un lumbreras.

Aquí es donde quería llegar: yo siempre he asociado y utilizado la palabra lumbreras en su sentido peyorativo, y en plural. Es decir, como un insulto hacia alguien que va de listo, que mete la pata, que es un sabelotodo. Y creo que a muchos de vosotros os pasará lo mismo.

Pero resulta que la palabra lumbrera, ya presente en el “Vocabulario español-latino de Antonio de Nebrija” en 1495, y en la RAE desde 1734 (estos datos son gracias a la tan útil e interesante web del proyecto IEDRA, como ya he comentado en varios de mis escritos), original y “oficialmente” no tiene una acepción negativa, sino todo lo contrario: “3. f. Persona que brilla por su inteligencia y conocimientos excepcionales”.

Pero con el tiempo esta palabra mutó en su intencionalidad, y se empezó a utilizar, casi siempre en plural, de forma despectiva. Tal como la conocía yo. Es decir, de una palabra polisémica (que tiene varios significados), paso a ser una antisemia, a significar lo contrario de su acepción original.

Suerte que hace mucho, mucho tiempo que perdí los celos, tan humanos por otro lado, a cualquier persona que sepa más que yo, o el propio miedo al conocimiento, ese complejo infundado que lleva al menosprecio o el insulto hacia aquél que sabe más y encima lo demuestra. Y ahí radica quizás la diferencia principal entre el singular y el plural del palabro de marras: la lumbrera es una persona que brilla por sus conocimientos, mientras que el lumbreras es un sabelotodo que te restriega día si día también palabras o hechos, recién aprendidas o conocidos, para sentirse más importante, más sabio y más protagonista de la fiesta.

Y aquí me asalta la gran duda: ¿yo mismo en qué lado de la balanza caigo, en el singular o en el plural? ¿En la femenina lumbrera o el masculino lumbreras? Porque encima, en su cambio de significado, se produce un cambio de género (esto son genéros, no las invenciones de las locas del coño y sus lerdos secuaces). Sinceramente, no lo tengo muy claro. Me encanta aprender palabras nuevas, conseguir tocar un nuevo acorde, acabarme un libro, aunque cada vez me cueste más, usar indistintamente durante una jornada laboral 3 idiomas diferentes (y hasta cuatro cuando me llaman desde las oficinas de Barcelona y usamos el catalán), cocinar un buen plato, andar 17 km del tirón sin derrumbarme, pero no me vanaglorio de ello. Lo veo tan normal, tan habitual después de 32 años de vida laboral usando varias lenguas, de acordes mal tocados y palabras mal utilizadas, de aprendizaje y mejora, de superación y hasta a veces de esfuerzo, que sería una pena y casi una imposibilidad ocultarlo.

Algo que pasa, por ejemplo, cuando te das cuenta de que hablas de cosas que los interlocutores o bien no entienden o que bien les interesan un pepino. Intentas adaptarte a la situación, lo que muchas veces te lleva a caer en el triste pozo de las conversaciones banales y superficiales, cuando no cutres y soeces. Charlas de las que por otro lado tampoco reniego, que no todo van a ser disquisiciones culturales de alto contenido intelectual. ¡Válgame, Dios! Tampoco soy yo aquí un sabio doctor, ni profesor emérito de nada. Una persona más, curiosa, inquieta, joven de espíritu y mayor de envoltorio. Y enamorado de los idiomas que unen (y no de las lenguas que separan, como ya titulé un artículo hace bastante tiempo).

Enamorado, en general.

Del amanecer, del frío y del calor, de la penumbra y de la luz, de las palabras y sus significados, de su origen y sus acepciones, de esa canción y aquella fotografía, del día y de la noche, de las miradas sinceras, de bonitas sonrisas, de bellos ojos, si verdes, mejor, de los sueños y de las realidades, de palabras y de silencios, de descansos y esfuerzos. De ilusiones y planes. De cambios de planes. De derrotas y victorias. Enamorado de la vida, en general. Lo que venga después, se verá. Dios proveerá. O el destino. Que cada cual lo llame como le salga del pijo. Como bien dicen por aquí en Madrid.




lunes, 20 de junio de 2022

Canciones

Las olas rompen el castillo de arena
La ceremonia de la desolación
Soy un extraño en el paraíso
Soy el juguete de la desilusión
Estoy ardiendo y siento frío

 

Lo prometido es deuda: vaya dedicado este artículo a Bea. Por abrirme las puertas de su hogar de par en par sin pedir nada a cambio. Y juro por Snoopy que jamás volveré a nombrar a tu abuela, aunque esté muy guapa en el cuadro que preside vuestro acogedor salón. 😉


Tengo un amigo que dice conocer a otro tipo que tiene un problema de erección. O de eyaculación precoz. O de lo que sea. Algo así suelen decir en los anuncios de la clínica Boston y demás centros médicos dedicados a solucionar problemas de esta índole. Describiendo de forma casi irónica la lógica vergüenza de los hombres ante situaciones tan incómodas. Que por suerte aún no aplican en mi caso, pero todo se andará. Que la edad no perdona. Aunque igual muera empalmado, como dicen que les pasa a los ajusticiados en la horca.

Pero a mí no me hace falta escudarme en un conocido de un amigo de mi primo para decir lo que pienso y describir lo que siento. Aquí escribo yo y hablo de mí. Y no de mi novela, que está pendiente de ser escrita. Hablo de mis andares por la vida y por España. Para eso creé este blog hace ya 18 años. Y ha llovido mucho desde entonces, aunque poco haya cambiado. Ni el clima, aunque los abducidos por Greta y su locos seguidores insistan en lo del cambio climático. Menos pelo, menos sueldo, menos vida por delante, y más recuerdos, buenos y malos, que me llevaré a la tumba.

Al lío pues: como bien sabemos, el dardo más mortífero no es el de los indios amazónicos, untado en curare o cualquier otra savia de la infinidad de plantas que contienen elementos tóxicos, no, lo más dañino para cualquier persona es la frase “Tenemos que hablar”. En cuanto la lees (con el contrasentido de que esta frase suela llegar escrita cuando incluye el verbo hablar), un sudor frio se apodera de ti, un escalofrío recorre tu cuerpo y, al igual que sucede con los venenos extraídos de las plantas, tus músculos se paralizan y asumes con resignación que ha llegado el final de algo.

Pero por desgracia no es tan fácil cambiar de estado mental, como hacerlo en las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. Por lo menos para los de mi generación o mi manera ser. No tengo esa capacidad de hacer clic y pasar de estar “en una relación”, o “feliz””, a saltar de golpe al “libre”, “tranquilo” o “buscando nuevas metas”. Así no funciona mi cerebro. Más aún después de haber estado tan bien acompañado después de 22 años de soledad. Aunque desearía que fuera así, que tuviera esa aptitud para olvidar, desconectar, hacer borrón y cuenta nueva y a otra cosa, mariposa. A partir de aquí, no tengo ni la más mínima idea de cuanto tardaré en olvidar los pasados dos meses. Igual será cuestión de semanas o quizás tendré ese dardo clavado el resto de mi vida. Teniendo en cuenta que estoy en la parte final de la misma, cabe esta posibilidad. “Chi lo sa”. O Dios dirá.

Volvemos pues a la soledad, a la terapia musical y al apoyo de los amigos. Que para eso están. Ambos. Al ritual de encerrarte, de mirar fotos de tiempos mejores con los ojos humedecidos sin haber cortado cebollas en juliana, de escuchar todas aquellas canciones que expresan lo que sientes en este momento, a recurrir a los amigos para descargar tu rabia o tristeza, al hombro en el que apoyarte o a la barra de bar en la que emborracharte. Siempre con la intención de no llegar al patético paseo con la cofradía del santo reproche, como tan bien nos canta Sabina (del que tiramos bastante el sábado pasado en casa de Bea, Edu, Carlos, Inés y Soto, por cierto), además de escuchar, bailar, reir y llorar con Calamaro, Urrutia, los Secretos, Loquillo, Estirpe y demás poetas patrios de alegrías y de penas.

Para que vamos a inventar la rueda si todo está escrito y cantado. Hoy en día esto se soluciona con un grito suplicante a Siri, Echo o Alexa, un “sube el volumen”, un “busca esto o aquello”, y todo arreglado. O estropeado. Que estas terapias muchas veces son más dañinas que sanadoras. Pero inevitables. Hasta que el asistente de voz de marras deja de contestar porque ya eres incapaz de vocalizar correctamente. Lo que tiene mezclar lágrimas con alcohol.  “Lo siento, no le he entendido”. Ese es el momento clave para apagar la música.

Y de dejar de darle más vueltas a la tortilla, que al final acabará siendo una crepe con el diámetro de un sombrero mexicano.

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar” escribió Antonio Machado, nacido en Sevilla, aunque nuestro demente, inculto y lerdo presidente Sánchez situara su alumbramiento en Soria. Es lo que pasa cuando te suena una canción de Gabinete Caligari sin entender nada. Me jugaría cualquier miembro de mí vetusto, pero aún vivo cuerpo, a que tampoco sabe por qué se llama así esta recordada y querida banda.

Una más de las gilipolleces dichas por este siniestro personaje, autócrata, demente, embaucador, plagiador y mentiroso, pero, gracias a Dios, próximo a desaparecer de nuestras vidas.

Para acabar, y como cantaba Albert Hammond y también, y tan bien, versionan los Secretos en su disco “Algo prestado”:

 

Échame a mí la culpa

De lo que pase

Cúbrete tú la espalda

Con mi dolor

Que allá en el otro mundo

En vez de infierno encuentres gloria

Y que una nube de tu memoria

Me borre a mí

 

Suerte, querida ojos verdes. Cuídate.


  

lunes, 13 de junio de 2022

Aurea mediocritas

 

Y arriba los corazones
Palpitan en las cornisas
Y andan a trompicones
Casi muertos de risa
(Antonio Flores)


Para los que no tuvisteis la suerte de estudiar latín (o bien no os acordáis de nada), el título significa “mediocridad dorada”. Una expresión que recoge tal cual en latín el diccionario de la Real Academia, y cuya definición reza así: “estado de quien vive satisfecho con su relativo bienestar, sin envidia ni codicia”.

Esta frase es por cierto de Horacio (poeta romano, para los de la ESO, y no un cantante latino de pseudo música simplista), de cuya mente creativa y privilegiada salieron otras expresiones que aún perduran, como Beatus ille , el placer de la vida simple y rural, ahora convertida en hoteles rurales de lujo con cobertura 5G para publicar bucólicas fotos en las redes sociales y sentarse atontado delante del televisor del salón sin siquiera pisar el bien cuidado jardín del hotel, o el tan manido Carpe Diem, aprovechar el día, el presente, que por desgracia a fecha de hoy se ha convertido en el “beber hasta reventar y si se presta, fornicar sin amar”.

Pero no queramos confundir este estado, el de la dorada mediocridad, con la resignación. Es simplemente asumir adónde has llegado y disfrutar de la realidad, desechando sueños infantiles que jamás se cumplirán: saber lo que hay, no buscar metas imposibles, y dentro de esa “mediocridad dorada”, que tampoco está tan mal, intentar sobrevivir.

Porque a pesar de la desgracia del envejecimiento y la consiguiente degradación física, que es inmutable y parte de nuestra existencia, está la vejez intelectual. Y esa no está ligada a la edad física.

Como bien dijo Agapito Maestre hace poco (con otras palabras, eso sí), todos conocemos a personas que ya eran viejos de jóvenes y luego estamos los que seguimos siendo jóvenes de viejos.

Personas “viejas” que siempre están con la misma letanía, como en esta anécdota que explican de Ortega: “A Josep M. de Sagarra i de Castellarnau, escritor barcelonés, cuando iba por Madrí e iba de tertulia, como era de un pesimista subido, siempre le decía Ortega y Gasset cuando se lo encontraba: "Hombre, Sagarra, aparte de mal ¿cómo estás?"  

Quien no conoce a alguien así…. muertos en vida. A falta de esas «hormonas de la felicidad», que al fin y al cabo son las que generan los sentimientos agradables en nuestro cerebro, como la dopamina, la serotonina, las endorfinas y sobre todo la oxitocina, cuyos niveles aumentan con las muestras de afecto físico, como los besos, los abrazos y la actividad sexual. Y que, a falta de su generación natural, muchas personas buscan en su versión sintetizada químicamente o existente en productos naturales, léase en el alcohol, las plantas o las drogas, ya sean legales, distribuidas y bien cobradas por las farmacéuticas o ilegales,igualmente bien cobradas, pero por los camellos.

Hasta aquí mi corta reflexión. Tampoco tengo muy claro a que se debe esta diatriba entre triste y esperanzada, entre pesimista y optimista. Supongo que será el calor. O la soledad. Que duele cuando no es buscada. O tot plegat, como decimos en Cataluña

Que al final pareceré yo mismo un viejo carcamal, más roto que la pantalla del Iphone de un adolescente. Y todo el discurso previo se quedaría en agua de borrajas, en un hablar por hablar para llamar la atención. Como los que te cuentan que ayer “casi se suicidan”. Y con ello perdería mi papel en este mundo tan raro, el de intentar ayudar a los demás hasta donde lleguen mis fuerzas.

Contad conmigo. Sigo con fuerzas. Y arriba los corazones. En latín “sursum corda”.

Expresión que por cierto aún se usa en la misa diaria de rito católico, y que llevó a la variante popular ““de aquí no me va a mover ni el sursuncorda”, es decir, de aquí no me muevo ni que me diga el cura que “levantemos los corazones”.

 

 

 

 

martes, 3 de mayo de 2022

Dame una sonrisa

 

There is a crack, a crack in everything
That's how the light gets in

(Leonard Cohen)


Preparar una fiesta sorpresa con 5 meses de antelación es algo complicado, sin duda. Más aún en estos tiempos que corren, en los que prima la inmediatez de tal modo que un chiste o una sonrisa duran menos que los míticos “peces de hielo en un güisqui on the rocks”. Pobres pececillos, por cierto, que siempre se derriten antes de tiempo por citarlos tantas veces. Y creo que en los últimos días los he gastado de por vida de tanto nombrarlos. Así no hay quien se tome una copa en condiciones. Y si encima te cuesta 8 euros (de eso hablaremos más adelante).

Y por culpa de esta antelación en la planificación del evento, las entradas y salidas de miembros al grupo creado para su organización fueron constantes. La montaña rusa de los sentimientos que vivimos la mayoría en nuestras vidas, quedó claramente reflejada en estos constantes vaivenes: hubo más movimientos en el grupo de Whatsapp que en la cuenta corriente de un ludópata. Que ya es decir.

Al final los más pragmáticos optaron por abandonar el grupo y esperar pacientemente hasta la fecha, mientras que los más implicados y sacrificados mantuvieron el tipo hasta el final. Gracias a todos ellos por el inmenso esfuerzo, que redundó en una gran fiesta de cumpleaños. 

En especial a Mamen, Marta, Ana y Eloy, verdaderos artífices del entrañable evento. Y que merecen nuestro gran aplauso y un eterno agradecimiento. Gracias majas y majete.

La fiesta tuvo, como cualquier suceso en la vida, sus luces y sus sombras, pero aquí no estamos para hablar de sombras ni tampoco he venido a hablar de mi libro: valga lo que sigue simplemente para relatar las partes alegres, divertidas, entrañables y hasta emocionantes que vivimos el sábado 30 de abril en un local de cuyo nombre no quiero acordarme. Las partes que recuerdo yo; las fiestas son tantas y tan diversas como personas que asisten, cada uno de nosotros la vivió de otra manera, tendrá sus recuerdos y sus anécdotas, pero por desgracia o por fortuna no soy ni omnipresente, ni tengo cámaras ocultas vigilando a la parroquia (como Rosi), ni conseguí jamás instalar el sistema de vigilancia Pegasus en vuestros móviles. Ahí van pues mis recuerdos…

Nota: aunque alguno me lo haya pedido, no pienso crear un audio libro con este pequeño artículo. Que los que me lo reclamaron o son muy vagos o simplemente lo piden para putear a don Emilio. 

La víspera del día D, tuve que romper mi germana y quizás ya senil norma de acostarme pronto, y esperar a Don Alberto, que se quedaba a dormir en Rommeland 3, mi nuevo refugio estilo Cuéntame, con sus camas empotradas, sus lámparas vintage, sus estampitas de la Virgen y su inmenso espejo con marco dorado. Y como no, su duro colchón, que no solo destroza mi espalda, sino que encima acaba con mis sueños. 

Llegó el invitado a su hora, con hambre y ganas de hablar. Pues dicho y hecho, adiós a la compra semanal, adiós al Rua vieja y bienvenidas las largas y entretenidas charlas (con pocas faltas ortográficas, como remarcó Alberto). “Y a dormir ya, que la fiesta es mañana”.

Empezó el día con eso que unos llaman casualidad, otros destino y los más modernos serendipia: puse mi emisora de referencia de la radio alemana, como entenderéis una acorde a mi edad, llamada “Oldies but Goldies”, y una de las primeras canciones que sonó fue “Lola”, de los Kinks. Primeras risas, sobre todo pensando en la letra de canción: ¿no hablará de mi Lola, verdad, don Ray Davies? Por no ser suficientemente divertido y sorprendente oír está canción, al poco sonó el “American Pie” de Don McLean, canción preferida de Mamen. Si esto no es destino, que baje Dios, lo vea y lo confirme. O admita que ha sido él.

Nos reunimos varios en el nuevo local social, el Envite, mezcla de psiquiátrico, parroquia, hogar del jubilado y bar al uso, con su tele, su tragaperras, sus tapas, su viejo gruñón y el habitual de cazalla matinal leyendo el MARCA al final de la barra. Alberto se atrevió a echarle un pulso a Constan, y nos plantamos en el local de la fiesta sorpresa por el 50 cumpleaños de don R. (sigo sin acordarme del nombre del local). 
Bonito reencuentro con los grandes (de cuerpo y corazón) amigos de Barcelona, con los queridos colmenareños, con los encantadores madrileños  y con todos los demás. Corta espera, operación ocultación en el castillo, y primer desencuentro con una de las protagonistas del evento: la mujer del pijama. Intenté colgar la bandera del Mágico y me negó el permiso alegando que ellos “no se podían posicionar con ninguna opción política”. ¿Dónde está la opción política en la bandera de tu patria o en la bandera de tu equipo de fútbol? Lerda. Y la fiesta ni había empezado. Vamos mal.

Y llegó el homenajeado. Aún no tengo claro si sabía algo, lo intuía o no. O si sabía que Mamen tenía tantos hermanos. Poco hablé con él durante la fiesta. Pero bueno, puso cara de sorpresa. Y de alegría. De eso se trataba. De sacar una sonrisa. A él, a todos.

A partir de aquí, música, alegría, fiesta, fotos, entradas y salidas a la terraza, y, el exquisito catering gourmet que nos sirvieron. Lo de exquisito y gourmet obviamente con retintín: vaya timo. No he querido ni recuperar la foto de la carta que aprobamos y bien pagamos. Poco, nada bueno y servido a desgana y con malos modos. Aquí llegó el desencuentro número dos con la susodicha: estando sentados fuera unos cuantos, en amena charla al sol, salió furibunda y casi gritando nos dijo que entráramos a comer. No pude resistirme y le llamé la atención diciendo que “los clientes somos nosotros, que se calme y que ya vamos”. Y a punto estuve de preguntarle si su pijama era la toalla del baño, robada en un hotel de Benidorm.

Si no le gusta la hostelería, que monte una funeraria. O se haga podóloga.

Después de la virtual comida (ni el filete que pidió Cris por ser celíaca tenía el mínimo nivel aceptable), llegó la hora del vídeo clip creado con mimo, estilo y gracia por Ana. Buen trabajo, guapa. Gracias en nombre de todos.

El vídeo, como digo, muy bonito, una buena banda sonora, fotos emotivas y vídeos graciosos, y con una sola pega: yo salía poco. 😊 Y a los que me silbaban desde el fondo, pues ya sabéis, ¡Bufones y orgullosos, oi!, por ello aparezco tanto. Por nada más. Bufones ya los había en la Edad Media. Y las mujeres barbudas. Y bardos. Y la vieja bruja de los gatos. Y osos (esto encima sigue siendo verdad, porque uno andaba por ahí. Encima muy bien amaestrado: sabía bailar, cantaba de maravilla y en varios idiomas y nos hizo pasar ratos geniales a todos. Como siempre. Pon un oso en tu vida. Y no el de Tous.

Ante la falta de verdaderas ganas de ver el partido de fútbol (por casualidad se enfrentaban nuestros dos equipos, por lo que un empate también nos iba bien), y siguiendo nuestra tradición de vieja escuela, cantamos lo de “que no nos gusta el fútbol, que nos gusta el bar” y adelantamos la hora del concierto. Encima así lo hacíamos coincidir con la hora de la barra libre, en la que miss Pijama la Borde nos volvió a sorprender cambiando de los buenos y fríos tercios de pago a las cañas templadas de barril en vaso de plástico. Y no quiero ni preguntar si el barril era Mahou o quizás Cruzcampo, ese líquido apto para todo, limpiar, fregar, derramar..., menos para tomar. En ese bar de cuyo nombre me estoy empezando a acordar. En este momento a ella sí que la acabé por bautizar. La Vinagre del Pijama. Que ni es de Modena ni es fina lencería.

El concierto de Edu, Iván y sus amigos estuvo genial, como era de esperar. Con una lista de canciones, un setlist, que me ocultaron hasta el último día, adecuado para el público presente, y una ejecución perfecta, cantamos, bailamos y desafinamos hasta reventar (hay algún video en el que los cánticos desafinados duelen más que el maullido del gato que está triste y azul). A petición del público, y como estaba escrito, el cincuentón nos cantó varias canciones, que todos seguimos emocionados.

Sesión de fotos, emociones, abrazos, y a partir de aquí, fiesta de las de verdad: grupos aquí, grupos allá. Sombra aquí, sombra allá. Beso aquí, beso allá. Alguien dice que cantaron lo de que se besen, que se besen. Yo no me acuerdo. De lo de los cánticos. De lo del beso sí. Y creo que fueron más que uno. O quizás lo soñé.

Grandes charlas en la terraza. una con Oxi sobre música, guitarras de 12 cuerdas y el “Wieder mal ’nen Tag verschenkt” de los Onkelz (Otro día desperdiciado), muchas, largas y entretenidas con Isra (le debí de dar mucho la lata, porque estuvo malo hasta el lunes), chanzas y chistes sobre los cantantes heavies ochenteros, su outfit y sus tatuajes (comparados con la espalda de Alberto, por ejemplo), gente entrañable, un chico que llevaba un logotipo del Real Madrid muy discreto en el pecho (yo cada vez lo veía más grande), una sesión particular de cante jondo y bailes populares por parte del Oso, el detalle de Fredy en regalarme la camiseta (gracias, líder), abrazos de extraños que me tocaron más en pocos minutos que mi ex mujer en 8 años…y ver a Sabio por una vez sin libro y conversando es impagable.

Una fiesta genial, aparición de personajes curiosos (uno mezcla de Paco Clavel y el Mago Tamariz), alguien vendiendo muñecas barriguitas, amores y desamores, sonrisas y lágrimas, un romántico 😉 paseo de vuelta hasta el coche, caminata que casi vale como una etapa del Camino de Santiago, y dos días para recuperarme y poder escribir esto.

Sonrisas hubo, por lo que algunos las dieron. O las dimos. Y besos. Que también dimos. Gracias a todos por el gran rato pasado.

Y no olvidemos lo más importante: lo que nos reunió en ese lugar de cuyo nombre estoy a punto de acordarme, fue el cumpleaños de Ramiro. Muchas felicidades cincuentón. Ya casi me pillas.

 

Dame una sonrisa…

 

P.D.: Ahora me acuerdo del nombre del puto bar. Se llamaba Cadillac Solitario. Digo llamaba porque la parte de Cadillac ya ha quedado eliminada. Desde ya se llama Solitario. Porque nadie tendría que volver ahí… que nosotros somos más del Simca 1000. De nuevo una rima. Estoy sembrado.

P.D.D.: Aclaración de la cita de arriba de la canción “Anthem” de Leonard Cohen, en sus propias palabras:

“En esta vida no se hacen las cosas perfectas, ni en el matrimonio, ni en el trabajo, ni en nada, ni en el amor a Dios, ni en el amor a la familia o a la patria. La cosa es imperfecta.

Y lo que es peor, hay una grieta en todo lo que puedes unir o armar: Objetos físicos, objetos mentales, relaciones, construcciones de cualquier tipo. Pero ahí es donde entra la luz, y ahí está la resurrección y ahí está el retorno, ahí está el arrepentimiento”.

P.D.D.Por si queréis colaborar con una causa muy, pero que muy justa, aquí podeís valorar el puto bar. No por el bar, más bien por el avinagrado y desagradable trato.



martes, 19 de abril de 2022

Muface café

 “Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito”. Aristóteles

Cuando ya confundes el bar Mufasa con la mutua Muface solamente caben dos explicaciones:  o has bebido demasiado o estás obnubilado por otras razones. En mi caso quizás se junten ambos factores. Demasiado alcohol y la emoción de compartir mesa, risas y el sol de primavera con Rosario Flores, perdón, con Lola. Una primera cita a la antigua: rodeado de consejeras, alcahuetas y viejos gruñones envidiosos. Regodeándome, pero menos. Porque en este caso soy uno de los protagonistas de la fiesta. Y eso es algo nuevo, emocionante pero sumamente complejo. Como si me pidieran ahora que resolviera una compleja ecuación: después de tantos años, tantas cervezas y tanta soledad (infravalorada, como suelo decir, pero rápidamente denostada ante la sonrisa de una bella mujer. A lo Groucho: “tengo mis principios, pero si quiere los cambio”.), lo de enfrentarse a lo más bonito de la vida se vuelve complicado. Tiraremos de manual, como ya le dije a Lola. Y en este caso no es la Lola virtual del bar de Pérez-Reverte, esta vez se trata de algo real. De (bonito) cuerpo presente. ¡Qué miedo!

Un Pérez-Reverte que por cierto ha caído enteros en los últimos tiempos: su arrogancia, su mainstreaming nada encubierto y su insaciable hambre de dinero y protagonismo empiezan a cansar (en línea con el pesado cocinero Andrés, como ya dejé caer en mi anterior diatriba). Aunque sus novelas (de Reverte) sigan siendo entretenidas. Como lo son las de otros tantos autores. Ni es el primero, ni es el mejor. Aunque se lo crean él y sus escribanos que las redactan (dicen por ahí que él ya ni escribe…, pero bueno, ante tanto bulo ya ni quiero saber si es verdad o no).


Y la mesa que compartimos no es una mesa cualquiera: hablo de la terraza del bar Envite, una mezcla de bar al uso (con olor a fritanga, como dice la señora de Manel) con un centro de rehabilitación, psiquiátrico, ONG y lugar de retiro de dinosaurios varios. Lo que en cualquier pueblo sería una mezcla del hogar del jubilado, el zoo y el manicomio. Simplemente imaginad que yo soy el más normal del local 😉 para entender de que hablo. Claro, claro.

Y tampoco es algo nuevo (no lo de ser yo el más cuerdo, digo lo de un bar curioso). Hay muchos artículos míos que hablan de bares, ya que, como bien canta Jorge Ilegal (al que veremos en directo en breve), “el bar, la verdadera patria, con que puedes contar”. Los bares han sido y serán nuestro refugio patrio. En otras latitudes, las personas con problemas o aburridas se van a la montaña, se ponen a correr como si les persiguiera el mismísimo Pablo Iglesias, se encierran en un monasterio, van al psicoanalista, se hacen veganos, abrazan cualquier fe por muy ridícula que sea, echan las cartas, invocan a los espíritus con la güija o directamente se tiran de un precipicio; mientras que en España tenemos la mágica solución a todos esos males mentales: el bar.

Algo que hoy en día hasta las sacrificadas esposas aceptan con un aliviado “por lo menos no molesta en casa y gastamos menos en electricidad”. Algo ganamos todos. Que no está la vida para aguantar demasiado. Como los meses son cada vez más largos para tan poco sueldo, cualquier ahorro es bienvenido. Empecemos pues dando ejemplo y no malgastemos ni luz ni tiempo, acudamos a nuestro garito preferido y consumamos productos locales. Seguro que nuestra inversión en dichos negocios aportará bastante más (a los contertulios, a los propietarios, a los clientes y al atónito público) que desperdiciándola en una falsa ONG dedicada a traficar con seres humanos, un partido político mentiroso o un falso sindicato de aficionados al marisco y la sopa boba.

Parafraseando la cita aristotélica del inicio: “Somos lo que bebemos día a día. De modo que la dipsomanía no es un acto sino un hábito”.

Como años ha, con buen ritmo y mejor letra, nos cantaba Gabinete Caligari:

Mozo, ponga un trozo
De bayonesa y un café,
Que a la señorita la invita Monsieur

Y dos alondras nos observan
Sin gran interés
El camarero está leyendo el "As"
Con avidez

Los bares, que lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor
Del amor en un bar.

 



* La bayonesa de la letra, que lo he tenido que buscar.




 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 5 de abril de 2022

La delgada línea

Andábamos el otro día por Colmenar Viejo disfrutando de las siempre deliciosas tapas del bar Tarifa (local muy recomendable, por cierto, tanto por la calidad de sus productos como por la atención de sus empleados y la impecable y tan querida ambientación y decoración ) , cuando la conversación derivó hacia la corrección de los actos, los valores, lo bueno y lo malo, es decir, que acabamos hablando sobre esa delgada línea que siempre separa lo bueno de lo malo.

Nadie puede negar que, ante cualquier acto, hecho o pensamiento, existe una delgada línea que separa lo correcto de lo incorrecto. Como si fuera cualquier escala con valores por encima o por debajo del eje, el limes romano que separaba la sociedad evolucionada de los bárbaros, la chulería de la mala educación, la defensa propia de la violencia irracional, la nota de corte en unas oposiciones o la evaluación de los resultados escolares entre aprobados y suspensos. Bueno, esto último parece que ya pertenece a la historia, vista la reciente aprobación de la nuevas y dictatoriales normas sobre la educación que se sacan de la manga los dementes del gobierno actual. Esos impresentable que están sin duda por debajo de esa línea que separa el conocimiento de la indigencia mental, el intelecto de la estupidez y la verdad de la mentira.

Nos adentramos pues, mientras el rico hígado y los callos con garbanzos iban formando el necesario colchón para poder ingerir una cerveza tras otra,  en ese laberinto que significa establecer lo que es éticamente correcto, dónde acaba la galantería y empieza el acoso, en qué punto pasas de ser un “latin lover” a ser un depravado sexual, si la zalamería siempre persigue un oscuro (o visible) objetivo…

Igual la disquisición filosófica ya empezó una horas antes cuando, a pesar de resaca, malestar general y un tiempo endemoniado, tuvimos los arrestos de madrugar (a las 10 de la mañana, tampoco os asustéis), coger el coche y subir a este querido municipio, parte del antiguo “Real de Manzanares” incorporado por Alfonso X el Sabio a la corona de Castilla. Si habíamos quedado con unos amigos, pues cumpliríamos con la palabra dada. De eso se trata, digo yo. De estar por encima del eje, de estar en el lado positivo de la escala. Bien podríamos haber echado la marcha atrás, haber inventando una o mil excusas y habernos quedado tranquilamente en casa, disfrutando de la calefacción, el sofá y los entretenimientos apropiados. Que para unos podrían haber sido cuatro episodios de una burda serie televisiva, para otros un par de buenos LPs de esa inmortal y necesaria música que siempre nos acompañará, y para otros hasta la lectura de un buen libro. Y aquí ya no meto cizaña ni valoro lo que cada uno haga en su tiempo libre. Todos somos libres y podemos dedicar nuestro tiempo y nuestra existencia a lo que nos salga de los cataplines. Aunque muchas veces perdamos el tiempo en simplezas, en vez de dedicarlo a cualquier actividad que genere valor, conocimiento y bienestar mental y físico. O de generar felicidad y aportar compañía al prójimo que tenemos olvidado.

Otra línea que pocas veces cruzamos en la dirección correcta, porque el esfuerzo de pensar en alguien más que en nosotros mismos también ha pasado a la historia. Para la mayoría de la sociedad, digo, porque lo creamos o no también hay personas que se desviven por los demás, que cruzan la frontera que separa el egoísmo del altruismo, y que, sin aspavientos, fotos en Instagram, reportajes repartiendo comida en Ucrania o tuits egocéntricos resaltando su inmensa generosidad, hacen el bien. 
Aunque de estos poco sabremos: la caridad con publicidad deja de serlo, se convierte en un simple “egotrip”. Como las insistentes campañas de las falsarias y vomitivas ONG…, más pendientes de la foto y las comisiones que del hecho en sí. Traficantes de esclavos del siglo XXI, armados con móviles de última generación y miles de engañados seguidores en sus redes sociales.

Esa delgada línea que separa los innecesarios y exagerados celos o la puntual rabia, de la necesaria y obligada defensa de tu pareja, como le pasó recientemente a Will Smith.

Esa delgada línea que separa al omnipresente Andrés y su interés, de la generosidad sin espera de recompensa.

Esa delgada línea que separa la verdad de la mentira. Línea que, por cierto, no existe para la inmensa mayoría de los políticos, ya sean de la peste roja o los hermanitos Pinzones, léase el PP y el PSOE, marineros compinchados que llevan 40 años navegando en las sucias cloacas de la mentira, la connivencia y la corrupción.

Aunque ahora vislumbremos en la lejanía un puente que nos permitará superar estas infectas y turbulentas aguas fecales que generan los partidos que están destrozando España. Un necesario puente sobre aguas turbulentas, como bien cantaban Paul y Art.

Un puente que nos ayude a cruzar esa línea que separa el bien del mal; la verdad de la mentira; la esperanza de la desesperación; la primavera sonriente del otoño decadente; un brillante, culto y noble futuro del frustrante, sucio, zafio y “regre” presente.

La vida de la muerte.

P.D. Sin olvidar esa delgada línea que separa al verdadero Kiko Veneno de su doble, quien se prestó sin dudarlo a una fotografía de grupo en esa mañana lluviosa, pero amena, divertida y como siempre enriquecedora. Aunque no fuera él. 😀

 

 

 

miércoles, 23 de marzo de 2022

Pedro V “El Demente”

La sabiduría popular no sólo crea dichos y refranes, también es la que acaba asignando un mote a las personas. En especial a los gobernantes, en el caso de nuestra milenaria patria obviamente a los reyes, que son los que nos han solido gobernar y representar casi siempre, salvo cortos y poco exitosos periodos “republicanos”, tiempos de buenos y malos validos, épocas de fieles o traidores virreyes o cortos periodos de militares golpistas (o salvadores de la patria, dependiendo del color del cristal por el que se mire).

Hemos tenido por lo tanto en nuestra tan convulsa historia de todo: reyes o reinas “Mayores”, “Fuertes”, “Católicos”, “Sabios”, “Bravos”, “Batalladores”, “Deseados”, “Santos”, “Emplazados”, “Dolientes”, “Locas”, “Hermosos”, “Hechizados” y muchos otros apodos, que describían de forma resumida lo que el pueblo, o los “influencers” de la época, opinaban del respectivo gobernante. Generadores de opinión que, a diferencia de los de hoy, en otras y gloriosas épocas, eran de las pocas personas con intelecto y cultura y que encima sabían leer y escribir. Algo de lo que hoy carecen la mayoría de los personajes públicos con cierta ascendencia sobre la ciudadanía.

En cuanto a reyes llamados Pedro, hemos tenido al “Cruel”, al “Católico” al “Ceremonioso o del Punyalet” y al “Grande”, hasta que de oscuras cavernas y a base de engaños, triles, manipulaciones y otras sucias maniobras, surgió de lo más profundo del infierno, como si fuera un huargo criado en Isengard, un tal Pedro Sánchez Castejón, el cual en pocos años se proclamó rey de todos, todas y todes, y a quien el pueblo inicialmente apodó “el mentiroso”.

No andaban equivocados los sufridos ciudadanos con este mote, pero el tiempo y la absoluta locura y maldad del personaje acabaron asignándole el único epíteto que se merece: “el Demente”. Pedro V, “El Demente”, cuyos problemas psicológicos están fuera de toda duda y que en cualquier país medianamente serio sería inhabilitado por su grave enfermedad e internado en un hospital psiquiátrico en la más remota y aislada isla. Que a falta de una Santa Elena patria bien podría ser el islote de Perejil, pero se me antoja demasiado cercano. Aunque a falta de cualquier lujo, edificio histórico con cientos de espejos, palacio reformado con su solárium o playa privada para disfrute de sus amigotes, bienvenido sea Perejil.

Pedro V “el Demente”, el cual, al poco tiempo de llegar al poder, hizo suyo el “L'État, c'est moi” de Luis XIV de Francia, confundiendo churras con merinas, es decir, elevando el cargo de presidente del gobierno a sumo mandatario, sacerdotisa mayor, gobernador general, propietario de toda tierra del Reino de España y malvado dictador para el que solamente existe una persona en su vida virtual: él mismo. Y sus compinches, por supuesto, que han engrosado en pocos años las filas de los paniaguados, cual plaga de marabunta ignorante pero generosamente pagada. La patética e impresentable corte del mentiroso, del enfermo, del demente.

No creo que sea necesario repasar las mentiras del personaje, que se cuentan por miles, ya que todas y cada una de sus promesas, declaraciones o actuaciones, han sido burdas mentiras. Y ya no se trata de que sea un mentiroso compulsivo, que de esos existen muchos, se trata de un real peligro para la supervivencia de todos nosotros y para el futuro de nuestros hijos y nietos. Si es que hay futuro. O hijos y nietos. Porque teniendo en cuenta el índice de natalidad de los españoles y la tolerada y masiva inmigración ilegal que estamos sufriendo, en unos cuantos años pocos ciudadanos originariamente españoles estarán sometidos a la demencia de este engendro humano.

Algo que tampoco creo que le importe mucho: mientras pueda mantener sus privilegios y su amplia corte de untados aduladores, que le quiten lo bailado.

Pedro V “el Demente”, el rey de los espejos y las mentiras, de los biopics y los viajes en Falcon, de los palacios y palacetes, culpable de todas las desgracias que están acabando con todo lo que ha significado y significa España.

La única esperanza, la exigua luz que se ve al final del túnel, es que parece que también ha acabado con la paciencia de los ciudadanos.

Gracias a Dios, parece que España ha despertado. Parece. Y es lo que toca.

¡Echémosle! ¡YA!