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martes, 28 de junio de 2022

Lumbreras


 

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

 (Miguel de Cervantes.)


Me topé el otro día con la frase “leer siempre lo mismo es peor que no leer”, por lo que, como esto va a ser más de lo mismo, eximo de leer a quien le cueste o no tenga interés. Y de paso puede seguir en su inopia cultural e intelectual, llena de emoticones, galletas chinas, frases simplistas, canciones infantiles, ritmos tribales, tiktoks, reels, stories,y demás bellas artes del siglo XXI. ¿Dónde fueron a parar la arquitectura, la pintura, la escultura, la música, la literatura, la danza y el cine? ¿Cuántos de tus conocidos han ido últimamente a un museo, han leído un libro, han asistido a un concierto de verdad o han visto una película seria? ¿Y tú mismo? Buf, vaya pregunta a estas alturas. La respuesta obvia que espero de todos vosotros es un “¿Y a ti que cojones te importa, sabiondo? Que presumes de sabio sin serlo. Es decir, que eres un lumbreras.

Aquí es donde quería llegar: yo siempre he asociado y utilizado la palabra lumbreras en su sentido peyorativo, y en plural. Es decir, como un insulto hacia alguien que va de listo, que mete la pata, que es un sabelotodo. Y creo que a muchos de vosotros os pasará lo mismo.

Pero resulta que la palabra lumbrera, ya presente en el “Vocabulario español-latino de Antonio de Nebrija” en 1495, y en la RAE desde 1734 (estos datos son gracias a la tan útil e interesante web del proyecto IEDRA, como ya he comentado en varios de mis escritos), original y “oficialmente” no tiene una acepción negativa, sino todo lo contrario: “3. f. Persona que brilla por su inteligencia y conocimientos excepcionales”.

Pero con el tiempo esta palabra mutó en su intencionalidad, y se empezó a utilizar, casi siempre en plural, de forma despectiva. Tal como la conocía yo. Es decir, de una palabra polisémica (que tiene varios significados), paso a ser una antisemia, a significar lo contrario de su acepción original.

Suerte que hace mucho, mucho tiempo que perdí los celos, tan humanos por otro lado, a cualquier persona que sepa más que yo, o el propio miedo al conocimiento, ese complejo infundado que lleva al menosprecio o el insulto hacia aquél que sabe más y encima lo demuestra. Y ahí radica quizás la diferencia principal entre el singular y el plural del palabro de marras: la lumbrera es una persona que brilla por sus conocimientos, mientras que el lumbreras es un sabelotodo que te restriega día si día también palabras o hechos, recién aprendidas o conocidos, para sentirse más importante, más sabio y más protagonista de la fiesta.

Y aquí me asalta la gran duda: ¿yo mismo en qué lado de la balanza caigo, en el singular o en el plural? ¿En la femenina lumbrera o el masculino lumbreras? Porque encima, en su cambio de significado, se produce un cambio de género (esto son genéros, no las invenciones de las locas del coño y sus lerdos secuaces). Sinceramente, no lo tengo muy claro. Me encanta aprender palabras nuevas, conseguir tocar un nuevo acorde, acabarme un libro, aunque cada vez me cueste más, usar indistintamente durante una jornada laboral 3 idiomas diferentes (y hasta cuatro cuando me llaman desde las oficinas de Barcelona y usamos el catalán), cocinar un buen plato, andar 17 km del tirón sin derrumbarme, pero no me vanaglorio de ello. Lo veo tan normal, tan habitual después de 32 años de vida laboral usando varias lenguas, de acordes mal tocados y palabras mal utilizadas, de aprendizaje y mejora, de superación y hasta a veces de esfuerzo, que sería una pena y casi una imposibilidad ocultarlo.

Algo que pasa, por ejemplo, cuando te das cuenta de que hablas de cosas que los interlocutores o bien no entienden o que bien les interesan un pepino. Intentas adaptarte a la situación, lo que muchas veces te lleva a caer en el triste pozo de las conversaciones banales y superficiales, cuando no cutres y soeces. Charlas de las que por otro lado tampoco reniego, que no todo van a ser disquisiciones culturales de alto contenido intelectual. ¡Válgame, Dios! Tampoco soy yo aquí un sabio doctor, ni profesor emérito de nada. Una persona más, curiosa, inquieta, joven de espíritu y mayor de envoltorio. Y enamorado de los idiomas que unen (y no de las lenguas que separan, como ya titulé un artículo hace bastante tiempo).

Enamorado, en general.

Del amanecer, del frío y del calor, de la penumbra y de la luz, de las palabras y sus significados, de su origen y sus acepciones, de esa canción y aquella fotografía, del día y de la noche, de las miradas sinceras, de bonitas sonrisas, de bellos ojos, si verdes, mejor, de los sueños y de las realidades, de palabras y de silencios, de descansos y esfuerzos. De ilusiones y planes. De cambios de planes. De derrotas y victorias. Enamorado de la vida, en general. Lo que venga después, se verá. Dios proveerá. O el destino. Que cada cual lo llame como le salga del pijo. Como bien dicen por aquí en Madrid.




lunes, 22 de octubre de 2018

La última conversación

Imagen original de Tiffany Schmierer. 


Me cuesta recordar cuando mantuve la última conversación. Y eso que suelo hablar bastante con amigos, conocidos y hasta desconocidos (con estos últimos sobre todo a altas horas de la madrugada). Pero ese intercambio de palabras dista mucho de poder denominarse conversación. Más bien lo definiría como una concatenación de monólogos, interrumpidos obviamente por algún “y yo más”, “eso ya lo sabía”, “es mentira” o “tú qué coño sabes”. Igual en el Camino, en las largas y tranquilas horas que median entre la llegada al albergue y el reparador sueño para afrontar la siguiente etapa, sí que se entablan conversaciones. Al tratarse de desconocidos, normalmente de otras latitudes y hablando en otra lengua, que se juntan en un ambiente extraño, cuando no hostil, la propensión a conversar, es decir, a hablar y escuchar por turnos, crece de forma exponencial. Y hasta dicen por ahí que, en verano, en los tramos del Camino saturados de jóvenes en la flor de la vida, la tercera acepción de “conversación” según el diccionario de la Real Academia, se hace realidad. No lo dudo. Yo también anduve por esos lares, fui más joven que ahora y tuve alguna que otra relación carnal. Con amor, eso sí.


El otro día me agencié en un bar el suplemento “Papel” de “El Mundo” por un artículo muy interesante titulado “La era del yoísmo: cómo el culto al ego nos ha vuelto insoportables”, cuya lectura no hizo más que reafirmarme en que esa maldita enfermedad del “yo”, del narcisismo, ya es imparable (el suplemento, por cierto, se lo llevó una chica guapa y simpática llamada Patricia). Tan imparable que llega hasta el punto que un personaje mediático como el insoportable Cristiano Ronaldo llegue a afirmar cosas como: “Mi hijo igual sabrá jugar al fútbol, pero jamás será tan bueno como yo”. Asqueroso y enfermizo.

Dice el autor en el anteriormente nombrado artículo: “En la sociedad actual, ser una persona sin empatía, egoísta, manipuladora y sin escrúpulos -características todas del narcisista- puede ayudar a ascender en ciertos sectores laborales”.  ¡Cuánta verdad! Quien no conoce a personas que encajan en esta definición, a los déspotas trepas que pululan por todas las empresas, instituciones y, en número muy, pero que muy elevado, en los partidos políticos, cuyo único objetivo en la vida es triunfar y figurar, y que para ello son capaces de mentir, inventar, manipular, insultar, tergiversar y hasta matar. El declive de la sociedad en mayúsculas. Aunque lo disfracen de democracia, de competitividad, de libertad y hasta de meritocracia: pocos líderes empresariales, sociales o políticos deben sus puestos, sus emolumentos y su fama a sus conocimientos o su esforzado trabajo. No hace falta que dé ejemplos, los tenemos cada día en los medios, en portada, soltando sandeces ante las hipnotizadas e incultas audiencias, cuyos balidos de estúpidas ovejas mueven todo el cotarro de la superficialidad, la banalidad, la carencia de valores y, por ende, del dinero fácil que extraen de esa fuente dorada e inagotable que son sus mentes vacías y sus ruinosos microcréditos (“La inflación narcisista del yo fue la hermana gemela de la inflación crediticia”, como bien dicen en el referido artículo).

¿Cómo vamos a esperar mantener una conversación con alguien en este entorno artificial y sucio que solamente adora al becerro de oro, las tetas grandes, los coches rápidos y el efímero protagonismo de un tuit, un Snapchat o un video exitoso en Youtube?

¿Cómo vas a conversar con alguien que ni se interesa por tus palabras ni tampoco espera respuestas, que ni tiene ni le interesa la cultura, y cuyo máximo placer es poder subir a las redes una fotografía del plato que está comiendo antes de haberlo ni siguiera probado?

¿Cómo vas a pretender conversar con alguien que, mientras intentas razonar, está buscando en Google (y a hurtadillas) la respuesta a cualquier carencia cultural o intelectual suya, con el único fin de saber más que tú en una trivial discusión sobre nimias e infantiles paparruchas (gracias Cristina por esta bonita palabra)?

Nuestra sociedad, nuestra civilización, otrora cuna de historiadores, descubridores, científicos, filósofos, ha acabado siendo una sucia pocilga habitada por sandios, inútiles y vividores. 
Y dirigida por plagiadores, malandrines y zafios rufianes.

Bien pensado, mejor que no haya conversación. Por lo menos con toda esta chusma que está destrozando nuestra cultura milenaria. Sin duda es mejor y más gratificante disfrutar del silencio, del ruido del viento, del goteo de la lluvia en la terraza, de una buena lectura o de una pieza musical de antaño.
¡Qué ni la música de hoy vale un pimiento!






lunes, 8 de mayo de 2017

#Soyunborrego

Dedicado a María José T. Hoy el día brilla un poco más. A pesar de todo.

Como hace ya unas semanas que me persiguen las referencias al efecto Dunning-Kruger (hoy mismo Juan Manuel de Prada lo usa como apellido del retrasado socialista Pedro Sánchez), pues no voy a ser menos que los brillantes autores que citan este trastorno psicológico para hablar de las “eminencias” patrias. Faltaría. Porque en el fondo, tal como título este comentario, yo también soy un borrego. Como la mayoría. Aunque lo intente disfrazar o disimular haciéndome el interesante, remando (en teoría) contracorriente, criticando la necedad y la incultura de los demás, leyendo (en muchos casos a regañadientes) obras interesantes o mirando canales de televisión “serios” (es decir, alemanes). Un ardid que en el fondo no es nada más que acabar siendo otro borrego. Quizás no de la misma raza, quién sabe si con un poco más de intelecto, pero borrego al fin y al cabo.

Ahí está el factor clave del efecto Dunning-Kruger. No importa tanto el punto inicial del gráfico, en el que se cruzan los menos doctos con el mayor complejo de superioridad. En ese punto está la mayoría de borregos de nuestra sociedad. Lo realmente valioso es quedarse en el valle de la curva, asumiendo que no sabes nada y que cada día hay algo nuevo que aprender. Pero llegar a ese punto, o por lo menos mantenerse, es harto difícil.

El propio y casi siempre certero Jorge Bustos habla hoy del mismo trastorno, eso sí, sin citarlo. A cuento de las elecciones presidenciales celebradas ayer en Francia nos dice el autor  “…el abstencionista a menudo se juzga superior al vulgo engañado por un sistema que no le representa, pero solo es otro esclavo mudo de la corriente mayoritaria”.

¡Cuánta razón, pardiez! Como me siento reflejado en estas palabras. Y retratados a tantos otros conocidos y amigos míos que por mucho que practiquemos la humildad, digamos públicamente que en el fondo no dominamos nada, nos arroguemos estar en el punto más bajo de la curva de Dunning-Kruger: bien sabemos todos que nos creemos poseedores de la verdad, que con lo poco que sabemos nos sentimos superiores a la mayoría de seres que nos rodean. Con lo que volvemos a estar en el punto inicial de la curva.

Como el pez que se muerde la cola. Decían los eminentes psicólogos en su estudio (que ganó el premio Nobel, por cierto): “La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás.”

Quizás la única manera de no creerse superior a los demás sería vivir aislado, cual ermitaño, sin acceso a las noticias, a los medios en general, sin mensajería instantánea, correo o redes sociales. Porque mientras sigamos inmersos en esta sociedad, en manos de los “millennials” y sus gadgets, bombardeados día y noche por noticias verdaderas, falsas, sesgadas o manipuladas; con líderes políticos y sociales ("influencers" se llaman a sí mismos) que en cualquier otra época hubieran acabado como esclavos o pasto de las llamas, con lunáticos que son “tendencia” y tecnologías absorbentes que cada día que pasa nos convierten más y más en meros juguetes en manos de la mercadotecnia y las grandes corporaciones; con todo este maldito mundo moderno rodeándonos y acabando poco a poco con las pocas neuronas que nos quedan.
¿Cómo no nos vamos a creer superiores?

¿O quizás lo seamos? (Viendo a estos, por ejemplo)



Chi lo sa

viernes, 4 de noviembre de 2016

La brecha

Podría haber titulado este artículo “The gap”, en línea con la pesada manía de los “quiero y no puedo” de usar palabras inglesas ante audiencias hispanohablantes, pero sigo en mi línea de apoyo y promoción de la lengua del Quijote. Idioma que por cierto no es el catalán, por mucho que el “Instituto de Nueva Historia” intente convertir a toda eminencia histórica en nativo de pura cepa. Es decir, como Gabriel Rufián pero al revés (ni es eminencia histórica ni es de raza autóctona, aunque algo de burro catalán si que tiene).  

Porque al igual que una persona que corre no es un “runner”, ni una que llega a la meta un “finisher”, los consejos de tus amigos no son “tips”, no montamos “parties” en vez de fiestas, ni nos saltamos el recreo para hacer un “break”, nuestro conocimiento no mejora por mucho “know-how” que nos arroguemos, ni resumimos nuestra jornada en un “briefing”. Por mucho “win-win”, obviando nuestra lengua y llenándola de palabras extranjeras, no gana nadie. Ni mejora nuestro "nivel medio" de inglés. Para no hablar de aberraciones como la ´tan manida “gamificación”. 
Pero dejemos el tema para otro momento: es una guerra perdida, otra brecha insuperable.


Que es a lo que iba. A las brechas. Que ya manda huevos llamarlo “gap” cuando vamos sobrados de sinónimos: abertura, agujero, angostura, boquete, hueco, rotura, rendija, fisura, grieta y muchos, muchos más.

Esa grieta que se está creando entre la educación y la cultura y la realidad de nuestra sociedad. Solamente comparando cualquier programa de una cadena de televisión pública centroeuropea, como por ejemplo 3Sat, con la bazofia que nos ofrecen las televisiones públicas españolas (de las privadas ya ni hablo), uno ya se da cuenta de que a la que cante un gallo caeremos al precipicio. 
Y seremos esos seres imbéciles, incultos, manejables y carentes de valores que tanto les interesan a los poderosos, a los gobiernos, a la casta, a los populistas, a la banca y a los lobbies. ¡A gastar, borrego, que son dos días!

O ese profundo boquete creado en la mente de los jóvenes, que les impide entender el amor con sexo, que es lo natural, y que en cambio persiguen el sexo sin amor, incitados por series, concursos, “famosos”, y por desgracia hoy en día hasta por un nuevo sistema educativo en el que se alaban, promocionan y protegen todas las posibles desviaciones sexuales con esa patente de corso llamada “transgénero”.  Esa maldita afición a lo “políticamente correcto” que da ganas de mandar todo a tomar viento y enfilar nuevos horizontes a vela hinchada.

Y qué decir de la rotura que han creado cuatro ladrones manipuladores entre los catalanes de verdad y los separatistas enrabiados, que obnubilados por 40 años de contraeducación confunden a churras con merinas (de nuevo se me aparece el espectro Gabriel Rufián), algo que llega hasta los veletas de Ciudadanos, que no tienen nada mejor que hacer que pedir que el día de Sant Jordi de Cataluña sea declarado patrimonio de la Unesco, cuando antes deberían serlo las celebraciones y tradiciones en dicho día en países como Bulgaria, Etiopía, Georgia, Inglaterra o Portugal, o en antiguos reinos como Aragón o Mallorca. Pero no, hay que complacer de alguna manera al catalanismo para seguir optando a cotas o cuotas de poder.  Que ambas les satisfacen.

Para no entrar en temas realmente importantes (todo lo anterior lo doy por perdido), como es la fisura entre lo que antaño se llamaba música, léase el Rock’n’Roll, y las letras, ritmos e intérpretes de nuevas modas insoportables como el maldito Reggaeton y todo lo que le rodea. 
Si Elvis levantara la cabeza se volvería rápidamente al gueto sin tiempo a comprar un arma y robar un coche. “And his mama cries”.

Y así podría seguir, renegando de esa angostura que se ha creado entre la España que quise y la patraña que es hoy en día.

Pero no creo que me dé (sigo siendo diacrítico) tiempo, que el hueco entre lo vivido y lo que me queda por andar por estas tierras tan queridas y a la vez tan odiadas cada vez se hace más profundo.



Lo dicho, demasiadas brechas, aberturas, agujeros, angosturas, boquetes, huecos, roturas, rendijas, fisuras y grietas. 



Como diría la Blasa: ¡Señor, llévame pronto!






¡Buen fin de semana a todos, que falta nos hace!

miércoles, 9 de octubre de 2013

Idiomas que unen, lenguas que separan

Cuanto me duele ver una sociedad plurilingüe, como lo es la española, tirar por la borda las bondades y las ventajas que ello supone, por simples intereses crematísticos, temporales y anacrónicos.  Más aún cuando los propios impulsores de un monolingüismo uniforme y dictatorial, como en el caso de Cataluña, usan en muchos casos el idioma que quieren apartar o devaluar como lengua propia, tanto en su vida particular como laboral.  Es decir, que están mintiendo a los ciudadanos, pregonando una cosa pero haciendo totalmente lo contrario (un claro ejemplo de ello es la escolarización de sus vástagos en caras escuelas extranjeras y de renombre, a fin de evitarles el suplicio de una educación dirigida y anular con ello sus perspectivas laborales futuras). De ahí emana lo artificioso y antinatural de cualquier nacionalismo, que intenta utilizar bienes profundos, culturales e históricos para pescar en las aguas revueltas de una sociedad inculta y manejable. Sociedad la nuestra que, vistos los resultados del reciente informe de “Evaluación de la Competencia de los adultos" (Programme for the International Assessment of Adult Competencies ,PIAAC, en inglés), es más fácil de engañar, amaestrar y manipular que cualquier chimpancé de circo o caballo de la Escuela Española de Equitación de Viena.

Los idiomas, y lo he dejado patente en muchos de mis escritos, abren las mentes, facilitan la comunicación y el enriquecimiento personal, permiten conocer a tu interlocutor y su cultura, entender su manera de ser y de pensar, en definitiva, unen. Y como bien sabéis vosotros, mis pocos pero fieles lectores, puedo hablar con propiedad de estos temas, ya que he tenido la ventaja de criarme en un ambiente familiar trilingüe, al que a lo largo de mi vida y formación se han ido incorporando 3 idiomas adicionales, lo cual me permite hoy en día comunicarme y entenderme en 6 lenguas diferentes, en algunas con un nivel nativo, en otras con un nivel inferior, pero en cualquier caso muy superior al falso “nivel medio de inglés” que relumbra en la mayoría de los curriculums de los jóvenes españoles y que, según recientes estudios, es equivalente al nivel de un niño de 6 años del país en el que se habla el idioma en cuestión.

Todo esto viene a cuento de un episodio vivido este fin de semana pasado en Madrid, en concreto en la parroquia católica alemana de la capital, a la que asistí a misa dominical buscando un poco de recogimiento y un mucho de acercamiento al mundo germano del que he perdido contacto desde que me instalé en esta magnífica urbe llamada Madrid.  En un ambiente agradable, una iglesia preciosa y con bastantes fieles en las bancadas, la mayoría de ellos por cierto jóvenes con niños, los dos curas oficiantes me sorprendieron positivamente con una misa casi bilingüe, intercalando lecturas en español antes del Evangelio y rematando todo con una homilía interesante, y de nuevo bilingüe, comparando la expresión “Gnade” alemana con su traducción española “Gracia”. No entraré en más detalles sobre este discurso, pero sí que me quedo con la cara de satisfacción de todos, con la atención que prestaban grandes y chicos a las palabras del párroco  y con el ambiente multicultural que impregnaba todo.

Si a esto sumamos la sorpresa final, en forma de “Oktoberfest” o “Fiesta de la Cerveza” que se celebraba en la sala anexa al finalizar la misa, y a la que raudo y veloz me apunté y conseguí convocar a unos cuantos amigos más, el día fue más que redondo.

Españoles bajitos vestidos de tiroleses, alemanes de considerable altura atendiendo a los clientes en un perfecto castellano pero con sus erres guturales que tanto me recuerdan a mi madre que en paz descanse, familias con hijos intercalando palabras y palabros en ambos idiomas, un camarero español pidiéndome ayuda al estrenar un barril de Paulaner, perdido ante la misión de llenar un Maßkrug alemán (jarra de litro), música folclórica a un volumen tolerable y alegría y bienestar por doquier, con mis amigos que se presentaron prestos y sin dilación a compartir unas jarritas y unas buenas salchichas; todo ello contribuyó a que me sintiera a gusto, sin esa tensión que impregna la vida diaria en España y Cataluña con sus disputas nacionalistas y partidistas, cortas de mira y poco humanas, haciendo mal uso de la historia, de la cultura y de los idiomas para separar en vez de unir.

Usando sus viperinas lenguas para fomentar el odio al foráneo. Al enemigo de turno creado de forma artificial para justificar sus propios actos e intereses ocultos.

Lo dicho, idiomas que unen y lenguas que separan.


Vaya diferencia

.

lunes, 5 de marzo de 2012

Madrid, España.

Igual es un poco pronto para rendir homenaje a esta gran ciudad y sus gentes, que me han acogido como si fuera uno más de ellos, sin extrañeza, sin desconfianza, con alegría y generosidad, pero no puedo dejar de escribir estas primeras líneas hoy mismo, en vez de esperar a que pasen meses o años. Este “defecto”, que arrastro desde niño, de no poder guardar nada en secreto, de querer compartir de inmediato cualquier descubrimiento o sentimiento, no puede desaparecer de golpe, por mucho que me esfuerce, por lo que aquí va mi primer homenaje a la Villa y Corte, que seguro que será el preludio de muchos más artículos en este mi modesto blog, que desde sus inicios hace más de 7 años tiene el título de “Mi querida España…”: encabezado que ahora viene a reafirmarse con mi presencia y residencia en el centro mismo de esa España a la que tanto adoro y que es el eje sobre el que pivota mi vida desde que tengo consciencia. Y de eso ya hace unos cuantos años.

No voy a contar aquí nada que no conozcan mis lectores habituales. Las características positivas de esta urbe tan acogedora son por todos conocidas, y cualquier exageración de sus bondades, de su riqueza cultural, de la simpatía de sus habitantes, de la calidad de sus servicios públicos, de su oferta cultural o lúdica, de sus rincones notorios y famosos en todo el mundo y de aquellos desconocidos para la mayoría, de la riqueza gastronómica y de todo lo demás que estoy viendo (y lo que me queda por ver), no es charlatanería interesada, sino simplemente una confirmación de la realidad.

Es por ello que todo lo que escriba aquí no tenga como objetivo principal descubrir al lector algo nuevo, sino más bien la “malvada” intención de recordárselo, de restregárselo (con todo cariño) por la cara, para ponerle los dientes largos e incitarle a venir por aquí cuanto antes.

No será tarea difícil: después de dejar atrás mi ciudad de nacimiento y de residencia durante más de 40 años, Barcelona, capital de provincia (esto de las CCAA sigue sin gustarme, y visto el mal resultado social y económico que han generado, creo que mucha gente pensará lo mismo) muy importante de nuestra patria e historia común, estandarte de la españolidad bien entendida durante siglos, vanguardia cultural y empresarial en otras épocas, rica en idiomas, en tradiciones, en gastronomía, en un sinfín de temas, pero venida a menos en estos últimos decenios (que no siglos) por culpa de los sucios intereses creados por las minorías burguesas nacionalistas, ávidas de acumular beneficios económicos a su alrededor, utilizando para ello cualquier resquicio de simpleza, inocencia o incultura de los ciudadanos, hasta el punto de inventarse mitos y leyendas para engañar al inmigrante y al ciudadano poco leído, en definitiva, al votante, a fin de perpetuarse en el poder, cual ociosa corte medieval alrededor de un conde cualquiera, que no rey, que nunca tuvieron; pues después de abandonar esa ciudad, cualquier cosa que veo, siento, oigo, descubro, huelo, en definitiva, vivo, en esta mi nueva casa, me sabe a gloria.

A los que no sois de Barcelona, o la conozcáis solamente de forma superficial, de visitas esporádicas o de oídas, os parecerán muy extraños mis comentarios críticos sobre mi patria chica. Pero os aseguro que si fuerais nacidos en Cataluña, en Barcelona, y sufrierais la impotencia de ver como vuestro hogar, vuestras calles, vuestra infancia, vuestro idioma catalán original, vuestras tradiciones y recuerdos, son barridos por olas, que no tsunamis, de insensatez, de inmigración africana fomentada (para evitar la equivalente de tierras hermanas de Sudamérica, por aquello del idioma común que quieren extirpar del corazón de los catalanes) y descontrolada, de politización absurda y ladrona, de dictadura nacionalista, de contra-educación subvencionada con tus impuestos, de falsedad oficial, de imposición del pensamiento único, de patético “forofismo” culé instrumentalizado hasta en los colegios de primaria, de fanatismo tribal y excluyente, en resumen, de tamaña estupidez que enrojecería de vergüenza ajena a muchas generaciones de grandes barceloneses ya fallecidos, no os extrañarías ni un ápice, y pensaríais, en mayor o menor medida, lo mismo que yo. Y lo proclamaríais a los cuatro vientos para conseguir, a base de ruido e insistencia, que Barcelona vuelva a ser lo que era.

Pero mientras tanto, mientras Barcelona, y con ella toda Cataluña, languidece bajo el yugo estúpido-ramplón-interesado del nacionalismo y de la patética izquierda retrógrada, yo iré conociendo Madrid.

Sin acritud hacia mis orígenes, pero con una ilusión tremenda de sentirme, a las pocas semanas, como en casa, aunque físicamente esté a 609 kilómetros de mi lugar de nacimiento, y con mi corazón latiendo a un ritmo mucho más acelerado, por la emoción que me embarga a cada paso que doy por este mi nuevo hogar.

¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,

rompeolas de todas las Españas! (A.Machado)

P.D.: Quede dedicado este primer comentario sobre Madrid a todos mis amigos que he dejado en Barcelona, y, sobre todo, a toda la buena gente que he reencontrado y a la nueva que he conocido en este poco tiempo que llevo en esta gran ciudad. No quiero ni pensar en todo lo bueno que tengo por delante, pero no dudéis que os haré partícipe de todo. Para esto tengo estas páginas publicadas en esa “nube” tan abstracta que todo el mundo nombra, pero que aquí, en medio de la piel de toro, se torna visible y protectora, y adquiere unos colores que son parte de mí existencia: una combinación roja y gualda que ilumina mis despertares y acompaña mis atardeceres.



miércoles, 2 de noviembre de 2011

Del Siglo de Oro al siglo del moro

Sepa de entrada el lector que el título de este artículo no pretende echar pestes sobre ningún colectivo de inmigrantes ni ser reflejo de posibles ideas racistas de un servidor, en el caso de que las tuviera, sino que ha sido elegido por el simple hecho de evidenciar de forma gráfica y clara la intención de estas líneas.  Y sabedor de que una imagen vale más que mil palabras y que el titular de un artículo es por desgracia lo más leído del mismo, por lo menos en este nuestro querido país, pues aprovecho este defecto para por lo menos atraer e interesar un poquito más al lector.  Aunque tampoco mentiría mucho si contrapusiera la época dorada de la cultura española, los siglos XVI y XVII, a la nula educación, higiene, voluntad de integración o formación de la mayoría de los inmigrantes del norte de África que vagan por nuestras ciudades y a los que históricamente siempre hemos llamado moros. Y lo de vagar no es un decir: yo tengo el “privilegio”, bueno, más bien la desgracia,  de vivir cerca de una mezquita “donada” por nuestros inefables políticos progres al “honorable” colectivo de inmigrantes musulmanes y los veo deambular arriba y abajo varias veces al día, algo harto difícil si en sus trabajos tuvieran que cumplir un horario.  Y que no me venga nadie ahora con la cantilena (o cantinela, que ambas valen) de que los vecinos del sur trajeron la cultura, el arte y todo lo bueno a esta península cuando nos invadieron.  Sabedores somos ya, en este Siglo XXI, que ni tanto ni tan poco.  Pero dejemos la historia de España y  la invasión berebere, que no árabe,  para otra ocasión y vayamos al grano.
En los pasados días se han cumplido diez años de la existencia de la archiconocida “Wikipedia”, un proyecto de enciclopedia global y abierta que ha extendido el acceso al conocimiento a una gran parte de la sociedad, adoleciendo eso sí,  según sus detractores, de exactitud y fiabilidad. En los diferentes medios que suelo consultar, se han publicado bastantes artículos sobre el tema, por lo que no incidiré en los problemas propios de un proyecto de “código común” como este, como pueden ser la falta de participación o de financiación, sino  que me centraré en un detalle: es una quimera afirmar que el “acceso al conocimiento” se ha ampliado a la mayor parte de la humanidad. Ya lo decía en otro artículo que publiqué hace unos meses: frente a los ya 7.000 millones de seres humanos,  somos una exigua minoría los que navegamos por Internet, de esta minoría aún son menos aquellos que leen algo, aunque sean los titulares: de hecho está demostrado y cuantificado que los usos principales que damos a la Red son el acceso a pornografía,  a juegos, a imágenes y a descargas gratuitas. Lo de leer más allá de un titular queda para esa pequeña “elite” que aspira a algo más en la vida que a cubrir sus instintos básicos y animales.  Por lo que, por mucho que la Wikipedia lleve diez años, existan unos cientos de miles de editores (en 240 idiomas) y hasta 136 bibliotecarios  en español (aquellos que se dedican a corregir y editar los artículos), eso no significa que el nivel cultural medio de nuestra sociedad haya crecido en esta última década.
Yo más bien estoy convencido que todo ha ido a menos, sobre todo aquí en la península ibérica: que la sociedad culta, aquella que lee y entiende, aquella que no memoriza sino que relaciona, está perdiendo terreno a marchas forzadas frente a la “masa”, al consumidor de titulares, imágenes y “chutes” de actualidad que entran por un lado, satisfacen un instinto primario, y salen por el otro orificio sin dejar ni el mínimo rastro en las neuronas del individuo.
Y no me las voy a dar ni aquí ni ahora de ser parte de esa “élite” capaz de entender. Más bien me siento cada día más pequeño intentando comprender a gente realmente capacitada, a personas que tienen algo importante que contar y transmitir a los demás, algo duradero y que aporta valor a la propia existencia,  llámense Girauta, Albiac, Espada, Pérez-Reverte, Gistau, Arcas, el Trasgo de la Gaceta o Lerín Riera. A este último, por desconocido para la mayoría, os lo recomiendo a todos fervientemente (aquí tenéis el enlace). De los otros nombrados (que no nominados, que eso es cosa de la telebasura) poco os tengo que contar. Hay muchos más, pero tampoco pretendo hacer ahora una lista de todos aquellos columnistas, escritores o pensadores que realmente valen algo. Son los primeros que me han venido a la cabeza. O quizás los que me más me gustan. Chi lo sa.
Y en cuanto al título del artículo, pues eso. Del esplendor cultural del Siglo de Oro español hemos pasado a una sociedad sumida en la decadencia absoluta, en la crisis de valores, en el nulo afán de aprender o aportar algo, en la ley del mínimo esfuerzo, en la corrupción, en el uso de la política como trampolín para el propio enriquecimiento, en el sexo lujurioso, deportivo y competitivo carente de un mínimo de amor o de valor superior, en la importación de mano de obra extranjera, explotada,  para mantener nuestras prebendas y en la entrega a estos nuevos “ciudadanos”, al moro (o al chino, o al paquistaní,o al rumano, o al inglés mafioso, o al ruso violento ), de nuestras creencias, nuestro pasado, nuestra cultura, nuestras calles y edificios, nuestras subvenciones, es decir, de nuestra herencia entera, inventado para ello historias para no dormir que ni Ibáñez Serrador, o  usando recursos públicos, esos que salen de la nada, para iniciativas disfrazadas de igualdad, integración, resarcimiento de pecados del pasado o alianzas de extraterrestres, cuando no teníamos ya bastante con los subvencionados clubs de aventura de los progres llamados ONGs, los programas de máxima audiencia, las porno-telenovelas, la telebasura ,los seriales, las modas artificiales, importadas  y consumistas, como el  maldito Halloween de ayer mismo,  y demás pamplinadas, que por poco que nos giremos o escondamos,  llevarán a la completa desaparición de la cultura occidental, a la trivialización de la existencia humana  y al fin de ese árbol común llamado Europa del que España y los españoles fueron semilla en siglos pasados y que, por desgracia, se han tornado en segadora, cuando no plaga, en este Siglo XXI que por desgracia nos está tocando vivir.

viernes, 1 de julio de 2011

El saber si que ocupa lugar

La muy raída expresión “Sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates pero plasmada en papel por primera vez por su discípulo Platón, siempre ha sido el arma defensiva perfecta en los momentos en los que los conocimientos de tu interlocutor te superan. El problema es que en muchos casos este recurso se convierte en el alibi general para no tener que aprender nada, para saltarse a la torera el esfuerzo mental que significa escuchar (que no oír), procesar, entender y a poder ser, analizar y memorizar.

Admito aquí y ahora que soy de los que han abusado durante muchos años de estas y otras excusas para ocultar o justificar mi falta de conocimientos en determinados temas. La humildad se adquiere con el tiempo y todos sabemos muy bien que de joven lo peor que te puede pasar es quedar empequeñecido ante los compañeros, ya sea físicamente, recibiendo más golpes que los demás, emocionalmente (para no llamarlo directamente sexualmente) , quedándote siempre sin la guapa del baile y dándole la tarde al camarero de turno con tus cansinos lamentos , o intelectualmente, perdido con la boca abierta cual pez fuera del agua ante una conversación de tus amigos en la que no pillas ni las preposiciones. Esta etapa, circunscrita normalmente a la juventud, se supera gracias a Dios conforme pasan los años y vas adquiriendo un determinado nivel de formación que te permite afrontar las conversaciones con tus “peers” con cierta tranquilidad. Ya sea estudiando, leyendo, o simplemente formándote en tu puesto de trabajo y en la vida diaria, el bagaje cultural va creciendo y esa inseguridad juvenil va dando paso a una confianza en ti mismo que solamente se rompe cuando te enfrentas a alguien muy superior a ti.

El quid de la cuestión llega en este preciso instante: volver a caer en el paso atrás, en esconderte debajo de la manta, en la excusa del no saber nada, o asumir, con toda sinceridad, que de esto o aquello no tienes ni santa idea. Y querer aprender. A mí personalmente me ha costado lo suyo. Poco triunfador en la parte social, digo sexual, y del montón en la parte física, he usado mis conocimientos durante muchos años como único escudo para defenderme ante el resto de la humanidad. Y ha funcionado. Tuve la suerte de criarme simultáneamente en dos culturas, la española y la alemana, algo que te da una amplitud de miras que ninguna persona monolingüe puede entender, incorporando posteriormente el idioma y las tradiciones catalanas por raigambre familiar, la cultura anglosajona con el inglés y el imperio “cultural” de los EEUU, un poquito del idioma y del mundo francés por 2 años de estudios en Alemania en los que dicho idioma era el que se estudiaba como segunda lengua y el italiano por mis más de 15 años de relación con mi antigua familia política, medio italiana y medio española. Con este punto de partida, más 3 años de universidad, cursos diversos que no vale la pena detallar, trabajos como traductor y ya (como pasa el tiempo) 20 años de carrera en una multinacional, he sido capaz de llegar a cierto nivel intelectual que me permite estar a la par con la mayoría de mis conocidos, cuando no superarlos.

Pero, lo más importante, ha sido la evolución interna, igual influenciado por el recuerdo de mi madre, que tenía una verdadera obsesión por aprender y por saber, que me ha llevado a disfrutar con cada cosa que aprendo, a querer saber más cada día, a investigar, a leer, a escuchar. A saber escuchar. Esta fase me ha llegado tarde, aunque visto lo que me rodea creo que le pasa a mucha gente (y a otros muchos no les llegará nunca, por cierto). Hay momentos en los que te estancas, te quedas parado, y otros en los que vuelves a arrancar con más brío que antes, buscando esa formación y esos conocimientos que te permiten ser un poco más persona y entender bastante mejor todo lo que sucede a tu alrededor. Yo estoy en ello. Intento enseñar al que no sabe, sin parecer un sabelotodo ni hacerlo de forma humillante, y al mismo tiempo quiero e intento aprender de todo aquel que me aporte algo.

De ambos hay muchos, aunque últimamente, viendo la evolución de la sociedad, el nivel cultural de la juventud, la ínfima calidad de nuestras cadenas televisivas y sus programas de máxima audiencia, las sandeces de los acampados, la incapacidad de nuestros gobernantes y demás desgracias que se ciernen cual negros nubarrones sobre nuestra querida España, nimbos que están a punto de descargar la tormenta final que se llevará por delante siglos de historia de la humanidad (tormenta que por cierto no iría nada mal para limpiar un poco el patio), creo que los ignorantes y vagos están ganando por goleada.

Suerte que siempre quedan clavos a los que asirnos, llámense tertulias en el bar, discusiones políticas en el Camino, o debates y juegos literarios en las redes sociales, en los que, a pesar de no llegar al nivel mínimo exigido, si que puedo deleitarme con el conocimiento de los demás y aprender un poquito. Y admirar los conocimientos, la humildad y la educación de personas como Juan Carlos Girauta (o J.García Codina o Luis F Echeverría), virtudes que en muchas ocasiones a mi me faltan.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La farsa de cada año

Por repetitivo al final casi todo acaba cansando. Salvo temas excepcionales y trascendentales, como pueden ser la fe, el amor, el matrimonio, la amistad, la paternidad (aquí por desgracia hablo de oídas) o la camaradería real, el resto de hechos en la vida de una persona van perdiendo su encanto conforme se convierten en una rutina que se realiza por inercia, sin apetencia de ningún tipo.

Y la peor de estas rutinas, en mi opinión (nada de humilde opinión: es la mía y de humilde tengo bien poco), es la gran farsa de las elecciones: las promesas, las urnas, los sondeos, las papeletas, los debates, los insultos, la publicación de trapos sucios a diestro y siniestro, el gasto en publicidad, la omnipresencia en los medios de frikis, mentirosos profesionales, corruptos de nacimiento, analistas de tres al cuarto, periodistas analfabetos funcionales o completos y popes de la libertad, igualdad y fraternidad, sumado al resto de parafernalia “democrática” que rodea estas repetitivas y totalmente inútiles escenificaciones de un proceso que ni es democrático, ni aporta nada al bien común, ni soluciona los problemas de los seres humanos., me dan cada vez más asco.

Y más aún por suceder en mi patria, en España. El nivel intelectual de esta, en otros tiempos gran nación, ha quedado reducido a un mínimo tan exiguo que sinceramente da vergüenza ser español. Si comparo lo que sucede en el día a día de España con lo que pasa en otros países, por ejemplo en Alemania, en muchas ocasiones me pondría a llorar. No hay ni punto de comparación en nada, pero en absolutamente nada, entre España y un país civilizado, culto y preparado para avanzar en la evolución del ser humano y de los sistemas que rigen nuestra convivencia.

La inmensa mayoría de la sociedad española es chabacana (no por ser esto una lengua que se habla en algunas ciudades filipinas, sino por grosera y de mal gusto; véase la Real Academia), ruin, inculta, viciosa, simplista, analfabeta, egoísta, sucia física y mentalmente y encima mal educada.

Esto queda reflejado en cualquier índice, rating o kpi (como gusta llamarse hoy en día a los ratios de gestión de cualquier tipo) que se publican sobre nuestro país; los programas de televisión que se ven, los rankings de taquilla de los cines, los libros más vendidos, el nivel de nuestras universidades, el porcentaje de aprobados en los colegios, el porcentaje dedicado a la investigación, etc. etc. etc.

Para que seguir. Es algo que sabemos todos (todos aquellos que leemos esto y no somos parte del grupo antes citado). La reserva espiritual e intelectual de España.

Y a pesar de ello, inasequibles al desaliento, amigos, conocidos y camaradas, insisten en la ilusión, en la lucha, militan en partidos, se preparan para las elecciones, asisten a mítines, colaboran en el redactado de programas electorales, en definitiva, sueñan con una España mejor. Benditos ellos que aún creen.

Adelante amigos. Seguid en la lucha. A mí me cuesta cada vez más. Solamente veo la farsa de cada año.

miércoles, 27 de mayo de 2009

500 años de historia (para hablar de tetas y estudiar Igualdad)

Podría encabezar este artículo con cualquier otra cifra, 1.000 años, 2.000 años o bastantes más, si quisiera hacer referencia a la evolución de las diferentes culturas y civilizaciones del planeta tierra, pero me quedo en los 500 años por conmemorarse hoy el V centenario de una de las unidades militares más antiguas del mundo, el Regimiento de Infantería Soria nº 9. No voy a entrar en detalles sobre esta unidad, existe suficiente material al alcance de cualquiera para empaparse de las hazañas del Tercio de Nápoles a lo largo de estos 500 años. (Un breve resumen lo podéis encontrar en http://www.ejercito.mde.es/organizacion/soria9/).
De lo que quería hablar es de los 500 años que han transcurrido desde entonces. No hay duda de que las civilizaciones nacen, evolucionan, llegan a su apogeo, caen después en un lento o rápido declive y acaban pereciendo. Permanecen en la memoria aquellas culturas que dejan al resto de la humanidad una herencia de logros, hazañas, descubrimientos, avances sociales y tecnológicos. Quien no conoce hoy en día algún legado de las ancestrales culturas chinas, del Japón, del mundo germánico o de la hispanidad, para no hablar de babilonios, griegos o romanos. En mayor o menor medida somos todos deudores de estas civilizaciones, nuestra vida diaria se sustenta en dichos avances sociales, médicos, culturales, tecnológicos y hasta políticos (este último punto bastante discutible).
En el caso de España, y volviendo a los 500 años del título, la aportación a la evolución de la humanidad en estos 5 siglos es impresionante. Si tomamos como inicio del Siglo de Oro el descubrimiento de América en 1492 y alargamos la influencia hispana hasta el siglo XIX, no hay ciencia o arte a la que nuestros predecesores no hayan aportado gloria eterna. La literatura, la música, la geografía, la cartografía, física o medicina, la cultura en general y cualquier ámbito de la sociedad actual, en todo el mundo y en nuestro propio país, están impregnadas de 500 años de evolución.
Pero todo llega a su fin, tal como comentaba, y después de llegar a la cima, a culminar un apoteósico avanzar por la historia, estudiando, investigando, descubriendo, formando, aprendiendo, siendo en resumen seres humanos con intelecto y alma, y no un conglomerado de células que se han unido al azar o de forma sistemática a lo largo de los siglos, llegamos a nuestros días, al siglo XXI, punto de inflexión en nuestra historia. Puede ser que existan personas que no lo vean, por desgracia bastantes, personas ciegas a las que la cultura se las trae al pairo, a las que no les puedes hablar de evolución, de herencia cultural, del orgullo de una nación o de los avances que hemos aportado a la humanidad, pero los hechos son innegables, España, gloria durante siglos, se hunde en la absoluta mediocridad. La población es inculta, la sociedad es pobre en valores morales, espirituales y en los últimos tiempos hasta económicos, y para rizar el rizo nos gobiernan analfabetos, no ya funcionales, sino completos. Gente zafia, vacía, carente de la más mínima base cultural, inhumanos, falsos, egoístas, materialistas, en fin, gentuza. Nuestros gobernantes, nuestros ministros y últimamente sobre todo nuestras ministras, están demostrando que la evolución de cualquier sociedad o cultura tiene un límite, que el declive al final llega. Pongámonos todos tetas, neguemos la evidencia, contrastada por todos los estudios científicos del mundo, de que un feto es un ser humano, estudiemos la nueva carrera de Igualdad, y seremos por fin lo que han pretendido desde un inicio, todos iguales: igual de incultos, igual de lerdos, igual de materialistas, igual de esclavos. Y ellos seguirán allí, viviendo como reyes, ajenos al destrozo que han hecho a 500 y más años de cultura hispana, que se venera y respeta allende nuestras fronteras mucho más que en nuestra propia patria.
Qué pena.