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martes, 8 de octubre de 2019

Malditos seáis los que nos robasteis nuestra tierra.


Han pasado dos años desde el intento de golpe de estado de los secesionistas catalanes. Dos años que las personas normales, los españoles de Cataluña, o los catalanes de España, hemos pasado sufriendo, maldiciendo y aguantando el chaparrón incesante de una maliciosa minoría separatista que, usando los medios de comunicación públicos y amparados por el poder autonómico en clara connivencia , sigue haciendo la vida imposible al buen ciudadano de Barcelona, de Tarragona, de Lérida y de Gerona (si escribiera en catalán diría Lleida o Girona, pero no sería de recibo usar endónimos cuando en nuestra culta, amada y común lengua española existe el correspondiente exónimo). Y si además estas cuatro provincias son parte de España desde su propio nacimiento como condados del Reino de Aragón, qué os voy a decir…

Dos largos años que llevamos esperando por un lado una sentencia proporcionada y justa a los delitos cometidos (es decir, una sentencia dura por la gravedad de los hechos), pero también dos largos años en los que nada ha cambiado, en los que los partidos políticos, casi todos ellos, han ido variando su discurso, han comenzado a minimizar los hechos acaecidos en 2017 y todo el prólogo que empezó en 2011, y siguiendo sus propios objetivos de poder, de prebendas, de escaños y concejalías, con el fin último de influir en el poder judicial, de crear empatía hacia los golpistas y de ganarse el favor de sus futuros votantes pactando y negociando, han seguido vendiendo nuestra tierra y con ello nuestra alma al mejor postor. Como el repugnante enano Iceta. Y tantos otros.

Ya ni queda la infantil ilusión de Ciudadanos, que nació para ampararnos y ha acabado siendo parte del nefasto sistema, diluidos en guerras partidistas, con sus líderes bien colocados en Madrid y sus bases hartas de tanto veleta y tanto cuento chino.

Desde el piso familiar en la avenida de Sarriá o la casa en Roda de Bará, las tardes en el Turó Parc o subiendo por la Diagonal hasta la Rosaleda, las cervezas en el Pippermint o las partidas de billar en la sala de juegos de la calle Calvet, mis veraneos en Castelldefels, Cambrils, Calella de Palafrugell o la Escala, la casa familiar de vago recuerdo en Hospitalet o la de asueto veraniego con olor a ovejas y paseos a la fuente en Vallirana, las excursiones dominicales a comer costillas al Montseny o pato en Viladrau,  las paellas servidas en la arena de la Barceloneta, las subidas en vespa a Vallvidrera, los paseos por el Barrio Gótico con un suizo y unos melindros como premio, los cócteles en el Berimbau del Borne o las mañanas, tardes y noches en el campo de fútbol de Sarriá, hasta los años escolares en la calle Copérnico, la avenida del Doctor Andreu, ahora Tibidado,  y finalmente en Esplugas, todo ello, toda mi infancia, nuestra infancia, juventud y hasta edad madura, han pasado a mejor vida. Son recuerdos, bonitos todos ellos, pero por desgracia irrecuperables.

A base de envenenar, manipular, reescribir la historia e imponer una dictadura nacionalista nacida para amparar a una burguesía racista, explotadora y ladrona, usando para ello la contraeducación desde la tierna infancia en guarderías y “esplais”, los grupos excursionistas y las agrupaciones religiosas en la pubertad, las facultades universitarias en la juventud y los medios de comunicación esclavos en la edad adulta, los malvados y dementes separatistas nos han quitado todo. Nos han robado nuestro pasado, nuestro presente y el futuro de nuestros hijos y nietos.


Cada vez somos más exiliados catalanes que hemos preferido acabar nuestros días en otras provincias españolas, como antes sucedió con muchos compatriotas de las provincias vascongadas, obligados por el hedor y la violencia de los separatistas, la sucia y traidora cooperación necesaria de los en teoría constitucionalistas partidos mayoritarios, la silenciosa y hereje colaboración de la Iglesia y la omnipresente manipulación de “tot plegat” por parte de la CCRTV, la maldita TV3 y sus bien pagados lacayos.

Ruego a Dios que la justicia terrenal, o en el caso de unas igual ya pactadas penas simbólicas o hasta una amnistía general, pues entonces la justicia divina, caiga sobre vosotros cual losa de granito y acabe de una vez con el daño que habéis hecho a millones y millones de buenas personas. 

A tantos catalanes que ya ni tenemos ganas de volver a lo que fue nuestra casa.

Malditos seáis los que nos robasteis nuestra tierra.




miércoles, 10 de abril de 2019

Que se hable de VOX, aunque sea bien

There is only one thing in life worse than being talked about, and that is not being talked about. 
Oscar Wilde

Escuchando ayer "La Linterna" de la Cope, y en concreto la intervención siempre entretenida y didáctica de Fernando Vilches, profesor titular de Lengua Española de la Universidad Rey Juan Carlos, salió a colación la frase “que se hable de mí, aunque sea para bien”. Intrigado, a la par que divertido, la apunté para usarla como introducción a esta entrada.

No hay duda de que la mayoría de nosotros diríamos lo contrario, es decir, “que se hable de mí, aunque sea mal”. Es sin duda la expresión más común, y entiendo que también la más lógica, quizás basada en la famosa frase de Oscar Wilde que cito arriba: “hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti y es que no hablen de ti”. 
Y tal cual es una estrategia usada por infinidad de empresas, organismos, partidos políticos y particulares. Mercadotecnia pura y dura. O marketing, como se dice hoy en día, relegando a nuestro rico idioma, como en tantos otros casos, con el absurdo fin de sentirse moderno, culto y cosmopolita.

Esta publicidad de shock, bien conocida en marcas como Benetton o Ryanair y en campañas oficiales de prevención de accidentes (justamente en estos últimos días la DGT ha lanzado una campaña de este estilo ante los masivos desplazamientos previstos para la Semana Santa), sin duda alguna es efectiva, aunque también pienso que es algo muy visto y cuya eficacia no dudo que ha ido a menos. ¿Quién no se acuerda de la primera campaña de Ciudadanos, con un Albert Rivera en cueros engañándonos con lo de “sólo nos importan las personas” (cuando realmente quería decir “sólo me importo yo”)? El anuncio sin duda fue efectivo, aunque visto ahora, desde la distancia y el descubrimiento de la realidad que había detrás de muchos de los fundadores de dicho partido, no fue nada más que un eslogan engañoso que encubría un narcisismo y un afán de poder enfermizos. De eso se trataba, obviamente. De vender un producto, ya sea con argumentos y datos reales, con falsas promesas o con hechos manipulados.

Tres cuartos de lo mismo ha sido la campaña orquestada durante años alrededor de la inexistente república catalana, su justificación histórica y su supuesta mayoría social (lo de inexistente sin duda un hecho objetivo, como bien ha argumentado en sus alegaciones el bueno y sensato Mosso sancionado ayer con 14 días de inhabilitación por decir la pura verdad).

Y qué os voy a contar después de lo visto en la sumamente sucia precampaña electoral: no quiero ni imaginarme como va a ser la campaña en sí, ni los miles de bulos, intrigas y manipulaciones que vamos a tener que soportar en los próximos quince días, como ya decía en un reciente comentario mío. Suerte tengo que la mitad de ese tiempo lo pasaré andando por tierras gallegas en pos de mi quinta Compostela, ajeno al mundanal ruido, a la bajeza moral y a la maldad intrínseca de nuestro sistema político.

Pero hay esperanza. La verdadera y sensata España está despertando, los actos de los partidos tradicionales están pinchando, las encuestas, por muy cocinadas que estén, no se las cree ni un pardillo y lerdo espectador de la Secta, y empiezan a sonar tambores de resistencia, de alegría, de verdad y de una nueva y brillante luz al final del camino (lo de los tambores es por gentileza de Ignacio Garriga).



Digamos pues como el inmortal genio Salvador Dalí: “que se hable de mí, aunque sea para bien”.


martes, 19 de marzo de 2019

Operación lejía


Ya estamos. A los que tenemos un mínimo de intelecto y cultura y conocemos el objetivo último que persigue cualquier político, la operación de blanqueo de los golpistas separatistas no nos sorprende un ápice. Y por mucho que me repita y algunos conocidos me llamen cansino, hay que proclamarlo a los cuatro vientos, cien veces, o mil, hasta que todo el mundo lo entienda: los políticos no son personas altruistas y preparadas que se ponen al servicio de la sociedad que los elige por sus capacidades y sus buenas intenciones. Por lo menos no lo son los políticos al uso, léase los socialistos, los blandengues populares, los populistas manipuladores, los patéticos comunistas o los mentirosos, poseídos y racistas nacionalistas. Todos estos grupos de vividores que se agrupan alrededor de una bandera sin historia, un logotipo infantil, una historia milenaria inventada, una herencia manipulada, un falso mandamiento de la sociedad, una veleta anaranjada al viento, un ridículo himno o veinte promesas que no piensan cumplir, no pretenden otra cosa que o bien mantenerse en el poder o bien llegar a él. Y sanseacabó.

Obviamente (por ahora) no existe solución a este grave problema. En las falsamente llamadas “democracias” occidentales, los que mandan no son los ciudadanos con sus votos: mandan los lobbies, ya sean económicos (la banca y las multinacionales) o políticos (los partidos políticos y sus matrices internacionales), que utilizando los medios de comunicación cautivos y los amplios resortes del poder que les entregamos como borregos cada tantos años en esa simulación de libertad que llaman elecciones, se perpetúan en el poder, manteniendo así su hegemonía social y económica mientras se ríen en nuestra cara día tras día.

Cientos de veces habré hablado y escrito sobre el valor añadido de un político, sobre ese cero a la izquierda que representan estos tan bien pagados “intermediarios” entre el ser humano, la voluntad popular, las necesidades de la sociedad y las actuaciones reales para mejorar la vida de las personas. 

¿Qué aporta un político al bien común?
¿Una buena gestión de los recursos de un país?
¿Una buena dirección de las empresas públicas en aras de mejorar las condiciones de vida de la población?
¿Un esfuerzo diario por mejorar y con ello ayudar al resto de la sociedad?

Anda ya. Eso lo hacían los dirigentes en la antigua Grecia, o los buenos reyes (que los hubo), o los tribunos romanos antes del declive del Imperio Romano (al que debemos tantas cosas, por cierto), o los buenos pastores de la Iglesia (que los hubo y los sigue habiendo), antes de su conversión en enfermos dictadores, minoritarios pero asquerosos pederastas, déspotas iluminados o revolucionarios trasnochados.

Hoy en día no queda nadie bueno de verdad, salvo algunos misioneros en remotos países, expuestos a ser degollados por integristas sin que a la sociedad occidental le importe un pimiento (el mismo día de la masacre en Nueva Zelanda murieron asesinados 200 y pico cristianos a manos de islamistas y nadie se hizo eco de ello), algún que otro profesor de pueblo lleno de bondad e ideales, una decena de periodistas independientes, un puñado de intelectuales desconocidos por la amplia mayoría de la sociedad y que predican en el desierto intelectual en el que se ha convertido el mundo occidental y quizás una pequeña parte de la juventud que parece que se está despertando y que pretende rebelarse contra la mediocridad general, el letargo de la sociedad y la inacción de la anterior generación. Sin olvidarnos de los amigos de verdad, los camareros de los bares, los sumilleres en los restaurantes y los cocineros que preparan un buen arroz, que son la única reserva cultural, espiritual y social que nos queda.

Por lo demás, un pozo negro.  Y que encima pretenden blanquear ahora que estamos en periodo electoral. Lo que podríamos llamar “operación lejía”. O para ser más creativos “Operación Conejo”, por ser dicha marca la primera lejía que se hizo popular en nuestro país allá por el 1889, hace nada menos que 130 años.  Época para más inri de nefasto recuerdo, de la Regencia, del Pacto del Pardo, de inestabilidad, de corrupción…, en resumen, de preludio a las desgracias que derivaron de todo ello, la pérdida de las últimas provincias de ultramar, la Semana Trágica de Barcelona, la huelga de 1917 y finalmente la maldita segunda república, el golpe de estado de la izquierda asesina y genocida y el levantamiento militar de los últimos patriotas para salvar los pocos muebles que quedaban enteros en nuestra patria.

Pues así andamos de nuevo, en esa inexorable repetición de los mismos errores. De dejarnos embaucar por los intermediarios, los políticos, para al final salir perdiendo.

Los golpistas catalanes están ya a remojo en los barriles de lejía que han situado en todas las estratégicas esquinas de la piel de toro. En Cibeles, en las maniobras de Sociedad Civil Catalana, en el Orinal (también llamado Nou Camp), en las interferencias masónicas del gabacho Valls en la política española, en el descafeinado juicio por el “procés” que acabará sin duda en generosos indultos o en las maquiavélicas intenciones del PSOE de Sánchez y su afán por alargar su estancia en la Moncloa a costa de desmembrar lo que queda de España.

Al racista PNV le darán lo que haga falta, sea quien sea el que se lleve el pato al agua el 28 de abril. El PP de Galicia está emulando lo peor de CiU en Cataluña, apartando la lengua mayoritaria y común de la sociedad para ganarse los favores de los enfermos nacionalistas, en Valencia llevan tiempo intentando ser más estúpidos que los separatistas catalanes (y están a punto de conseguirlo), en Andalucía todas las promesas de los veletas de Ciudadanos y los inanes dirigentes populares han caído en saco roto y en el resto de España la sociedad solamente está pendiente del calendario laboral y del próximo puente que puedan disfrutar en nuestras costas, prados, valles o montañas.
Cerrando los ojos a la triste realidad. Ojos que no ven, corazón que no siente. Como no entiendo y no me interesa la política, pues nada, a ver la tele, a consumir y a vivir que son dos días.

Y aprovechándose de esta sociedad aletargada y carente de intelecto, los malditos partidos ficharán a cualquier figura que les pueda aportar esos cuatro votos que les faltan para conseguir su sueño dorado, su concejalía en un ayuntamiento, su asiento en el parlamento autonómico o su escaño en el Congreso o en el Senado. Desde actores, pasando por militares de uno u otro signo, deportistas, astronautas, músicos o “influencers” (antes llamados cantamañanas). Cualquier personajillo, personaje o hasta eminencia es útil para alcanzar sus últimos y únicos objetivos: vivir bien, ganarse una pensión vitalicia y observar el hundimiento de una de las naciones que más han aportado a la historia del mundo desde la barrera, con un libro plagiado, una carrera no estudiada, un master inexistente, un currículum hinchado, una mansión en Waterloo, unas embajadas inventadas e ilegales en Europa y los EE.UU., un chalet en la sierra o en la costa y un coche oficial o un avión a su disposición. Cada uno con sus caprichos, sus obsesiones, sus anhelos y sus locuras.

¿Y aún os creéis que alguno de todos estos lamentables y nefastos actores llamados políticos buscan el bien común?

Yo no me creo nada. Sigo siendo, como tantos otros, una humilde “vox clamantis in deserto”.  En ese desierto que cada ene años intentan blanquear con lejía para ocultar la realidad. En ese maldito "año del conejo” que estamos viviendo. Ni que fuéramos chinos. Y nos vuelvan a engañar como les sucedió a ellos en el Perú del siglo XIX (y ahora nos están devolviendo a base de productos falsificados, gato por liebre en los platos, sonrisas engañosas y una lenta pero continua colonización dirigida por el poder de Pekín).

martes, 12 de marzo de 2019

La picaresca


Hace un par de semanas tuve el honor de hospedar en mi casa al gran Don Alberto (gracias por la vista amigo), y como suele pasar cuando nos vemos, acabamos hablando de casi todo, del bien y del mal, de los tontos y los sumamente estúpidos, de los malditos rojos y las gordas feminazis, de los vividores y los vagos, todo ello bien regado con cervezas (bastantes) y finalmente disfrutando de varias películas vistas en más de una ocasión, en ese eterno “déjà vu” que buscamos y disfrutamos conscientemente cuando nos vemos. No tenemos edad para experimentos, sabemos muy bien lo que nos gusta, y en consecuencia hacemos lo que nos apetece, con quien queremos y en el lugar que más nos rota. Y no es por hurañía que evitemos el contacto con demasiada gente, con esa patulea que por desgracia puebla nuestra patria, sino una simple y consciente decisión. 
Mejor solo que mal acompañado, como se suele decir.

Y entre pitos y flautas (expresión cuyo origen sigue siendo un misterio, aunque muchos estudiosos opten por este origen), anécdotas y risas, volvió a aparecer la tan común y al mismo tiempo tan odiada palabra: la picaresca. Lo que practican los pícaros. Que son muchos. Demasiados.

El grave problema es la evolución de las acepciones de la palabra en cuestión, y con ello, en mi modesta opinión, la justificación o excusa que usan todos los pícaros que nos rodean. Del “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir” original de la novela picaresca del siglo XVI hemos pasado al “listo y espabilado”, mutando la palabra de su vertiente negativa hasta casi convertirse en un valor. Tendríamos que proponer a la RAE que como mínimo invierta el orden de las dos primeras acepciones de la palabra en su diccionario, para adecuarlo a la realidad, aunque creo que sería una tarea harto difícil. 

Nuestra sociedad occidental, y en este caso no hablo solamente de España, sino de la mayoría de los países que nos rodean (no vayamos a creer que tenemos la exclusiva de la picaresca), ha ido perdiendo progresivamente sus valores fundamentales, como son la lealtad, el amor, el esfuerzo, la ética, la estética, la solidaridad, la caridad o el honor, sustituyéndolos por una nueva escala de pseudovalores que son culpables de la decadencia y la falta de rumbo de la mayoría de las personas. Y de su picaresca. Hablamos aquí de supuestos valores como la riqueza, el poder, el tamaño del coche, la casa, el yate, los pechos o el pene, la cantidad de mujeres o hombres que has poseído, los siniestros falsos que has simulado, el importe que has conseguido defraudar a Hacienda en el último ejercicio o las horas, días, meses y hasta años que te has podido escaquear del trabajo (como se ha descubierto en múltiples casos de funcionarios públicos).

Y puestos a poner ejemplos de la generalizada picaresca en nuestro país, estos últimos años dan para escribir varios libros. Aunque lo de los libros en el fondo sería inútil por dos razones: aquí no lee ni el tato, y menos aún los pícaros, y en el caso de que leyesen cualquier libro de este tipo simplemente les serviría como manual de instrucciones para su siguiente acto indigno.

Para evitar indigestiones, depresiones y ataques de ira solamente citaré unos pocos y recientes ejemplos, tanto patrios como ajenos a nuestra pícara tierra:

  • El fraudulento, limitado, mentiroso y egocéntrico presidente por accidente Sánchez Castejón convoca las elecciones justamente el día en el que cumple el mínimo de jornadas en el cargo para cobrar una pensión vitalicia de más de 90.000 euros.
  • Su tan trabajadora esposa Begoña asiste a una mal llamada “huelga” (¿contra qué empresa o institución que les explota laboralmente se estaban manifestando?) feminista, cuando cobra un sueldazo por no hacer nada y está disfrutando de una vida de lujo a costa de nuestros impuestos.
  • Riveleta y sus secuaces organizan un pucherazo en las primarias de Ciudadanos en Castilla y León para colocar a su candidata y el tiro les sale por la culata.
  • En Andalucía  existen 2.250 asociaciones feministas por 778 municipios. Es decir, 2,9 asociaciones de vividoras por municipio. ¿Cuánto le queda de verdad a las mujeres, hombres o niños acosados o en peligro? Cero patatero. 
  • Ana Pastor se inventa una nueva empresa, Newtral, para vigilar las noticias falsas, y de entrada miente sobre los años de trabajo en esta honorable tarea. Falsa ella, falsa su empresa. 
  • Portugal reclama la hazaña de Magallanes de haber dado la vuelta al mundo, cuando los hechos demuestran lo contrario: España financió y lideró la expedición, él cambió su apellido, renegó de su origen portugués, en su testamento dejó escrito que sus herederos fueran por siempre españoles y encima la flota portuguesa intentó por todos los medios evitar la hazaña de nuestra gloriosa marina.
  • El ex presidente de Greepeace reconoce que el cambio climático es una exageración, cuando no una gran mentira.
  • Maduro se inventa un ciberataque internacional a su sistema eléctrico mientras sigue robando y el pueblo llano muere de hambre, sed y falta de electricidad. Y para mas inri la gestión del sistema eléctrico de Venezuela es analógica, es decir, no puede ser atacado remotamente, por mucho "hacker imperialista" que lo intente.

Y así podría seguir hasta llenar cientos de páginas. Aunque también se puede resumir con una tira del siempre magnífico Dilbert. 



Pero eso nos llevaría a hablar del marketing, la constante y abusiva mentira de los publicitarios, las falacias de los bancos y las aseguradoras o las promesas electorales de los partidos políticos. Y siendo martes no sería de recibo estropear lo que queda de semana. Ya retomaré el tema en otro momento.


Y citando a Matilde Asensi en esta magnífica entrevista: “No permito que nada indigno entre en mi vida y eso incluye la política”.

Y la picaresca, añadiría yo.

viernes, 4 de noviembre de 2016

La brecha

Podría haber titulado este artículo “The gap”, en línea con la pesada manía de los “quiero y no puedo” de usar palabras inglesas ante audiencias hispanohablantes, pero sigo en mi línea de apoyo y promoción de la lengua del Quijote. Idioma que por cierto no es el catalán, por mucho que el “Instituto de Nueva Historia” intente convertir a toda eminencia histórica en nativo de pura cepa. Es decir, como Gabriel Rufián pero al revés (ni es eminencia histórica ni es de raza autóctona, aunque algo de burro catalán si que tiene).  

Porque al igual que una persona que corre no es un “runner”, ni una que llega a la meta un “finisher”, los consejos de tus amigos no son “tips”, no montamos “parties” en vez de fiestas, ni nos saltamos el recreo para hacer un “break”, nuestro conocimiento no mejora por mucho “know-how” que nos arroguemos, ni resumimos nuestra jornada en un “briefing”. Por mucho “win-win”, obviando nuestra lengua y llenándola de palabras extranjeras, no gana nadie. Ni mejora nuestro "nivel medio" de inglés. Para no hablar de aberraciones como la ´tan manida “gamificación”. 
Pero dejemos el tema para otro momento: es una guerra perdida, otra brecha insuperable.


Que es a lo que iba. A las brechas. Que ya manda huevos llamarlo “gap” cuando vamos sobrados de sinónimos: abertura, agujero, angostura, boquete, hueco, rotura, rendija, fisura, grieta y muchos, muchos más.

Esa grieta que se está creando entre la educación y la cultura y la realidad de nuestra sociedad. Solamente comparando cualquier programa de una cadena de televisión pública centroeuropea, como por ejemplo 3Sat, con la bazofia que nos ofrecen las televisiones públicas españolas (de las privadas ya ni hablo), uno ya se da cuenta de que a la que cante un gallo caeremos al precipicio. 
Y seremos esos seres imbéciles, incultos, manejables y carentes de valores que tanto les interesan a los poderosos, a los gobiernos, a la casta, a los populistas, a la banca y a los lobbies. ¡A gastar, borrego, que son dos días!

O ese profundo boquete creado en la mente de los jóvenes, que les impide entender el amor con sexo, que es lo natural, y que en cambio persiguen el sexo sin amor, incitados por series, concursos, “famosos”, y por desgracia hoy en día hasta por un nuevo sistema educativo en el que se alaban, promocionan y protegen todas las posibles desviaciones sexuales con esa patente de corso llamada “transgénero”.  Esa maldita afición a lo “políticamente correcto” que da ganas de mandar todo a tomar viento y enfilar nuevos horizontes a vela hinchada.

Y qué decir de la rotura que han creado cuatro ladrones manipuladores entre los catalanes de verdad y los separatistas enrabiados, que obnubilados por 40 años de contraeducación confunden a churras con merinas (de nuevo se me aparece el espectro Gabriel Rufián), algo que llega hasta los veletas de Ciudadanos, que no tienen nada mejor que hacer que pedir que el día de Sant Jordi de Cataluña sea declarado patrimonio de la Unesco, cuando antes deberían serlo las celebraciones y tradiciones en dicho día en países como Bulgaria, Etiopía, Georgia, Inglaterra o Portugal, o en antiguos reinos como Aragón o Mallorca. Pero no, hay que complacer de alguna manera al catalanismo para seguir optando a cotas o cuotas de poder.  Que ambas les satisfacen.

Para no entrar en temas realmente importantes (todo lo anterior lo doy por perdido), como es la fisura entre lo que antaño se llamaba música, léase el Rock’n’Roll, y las letras, ritmos e intérpretes de nuevas modas insoportables como el maldito Reggaeton y todo lo que le rodea. 
Si Elvis levantara la cabeza se volvería rápidamente al gueto sin tiempo a comprar un arma y robar un coche. “And his mama cries”.

Y así podría seguir, renegando de esa angostura que se ha creado entre la España que quise y la patraña que es hoy en día.

Pero no creo que me dé (sigo siendo diacrítico) tiempo, que el hueco entre lo vivido y lo que me queda por andar por estas tierras tan queridas y a la vez tan odiadas cada vez se hace más profundo.



Lo dicho, demasiadas brechas, aberturas, agujeros, angosturas, boquetes, huecos, roturas, rendijas, fisuras y grietas. 



Como diría la Blasa: ¡Señor, llévame pronto!






¡Buen fin de semana a todos, que falta nos hace!

jueves, 21 de mayo de 2015

Regeneración democrática y otros cuentos infantiles

Los que llevamos toda nuestra vida inmersos de alguna manera en la lucha política, con fases de mucha actividad y otras más contemplativas (pero no por ello menos críticas), y que encima tenemos ese convencimiento de estar intelectualmente por encima de la mayoría inculta y atontada que nos rodea, no salimos de nuestro asombro ante el panorama político actual. Por lo menos es mi caso.

No es que me sorprendan los políticos de toda la vida, esos viejos conocidos que dedican los quince días de campaña a soltar perogrulladas, medias verdades o completas mentiras, a fin de arañar un puñado de votos que les permita seguir disfrutando de amplios privilegios en este paraíso “partitocráctico” en el que se ha convertido nuestra querida España. Que va. 
A éstos los tenemos identificados desde los lejanos años setenta del siglo pasado. Son aquellos que,  enarbolando banderas separadoras y de tristes recuerdos y al grito de democracia, libertad, amnistía y autonomía, se apoderaron en exclusiva de esos valores universales y del derecho a llamarse justos y demócratas; esos mismos que llevan ya más de 40 años viviendo del cuento, es decir, de nuestro trabajo y esfuerzo diario  en forma de impuestos, prometiendo y no cumpliendo ni una de las grandes proclamas que han ido soltando a lo largo de estos decenios. Eso sí, a cuerpo de rey, cual Bribón listillo, deficiente y mujeriego, mientras la estructura de ese sólido edificio milenario llamado España, esa patria común de millones de personas y en su época ejemplar Imperio mundial (imperio del bien, por cierto, frente a otras naciones imperialistas que lo único que dejaron atrás fueron muertos y odio eterno), se ha ido desmantelando en beneficio de los intereses globales del capital, los lobbies, las logias, las multinacionales, la globalización, los productos transgénicos de Monsanto, el sionismo y los demás poderes ocultos que nos tienen bien presos en sus maléficas redes.

Nada nuevo hasta aquí. Esta obra de teatro, sus personajes, su attrezzo y la trama de la tragicomedia que interpretan,  ya los conocemos desde que se inició esa mal llamada  transición, que mejor deberíamos llamar destrucción, o desmembración, o hecatombe, o cualquier otra  de las equivalencias que nos ofrece nuestra tan rico idioma español.

Lo nuevo, lo que me sorprende, son esos inteligentes, visionarios y sagaces compatriotas que de golpe han descubierto que este sistema es corrupto, que los partidos políticos son estructuras de poder ligadas a intereses particulares y que la libertad y la justicia brillan por su ausencia en nuestra casa común. Es decir, personas con sensatez, con intelecto, que por fin han dicho basta (un poco tarde teniendo en cuenta que son más de 40 años de insensatez), y que de una forma u otra luchan por encontrar una alternativa a este sistema injusto, inmoral y corrupto llamado pomposamente “estado social y democrático de derecho”. Ya me diréis, queridos lectores,  dónde encontrar lo social, lo democrático y lo de derecho en nuestra patria. Si no es en un viaje alucinógeno a base de psicotrópicos, en una farra más tradicional a base de vinos y destilados (o en una salida a comer a Colmenar Viejo), no veo yo justicia ni democracia por ningún lado.

Pero por desgracia, esta minoritaria parte de la sociedad que se ha hartado de la mentira, la manipulación y la explotación (eso sí, cuando les han tocado los cuartos, porque en tiempos de bonanza aquí no se movía ni el tato, a no ser que fuera para irse al bar a tomar un botellín a la salud del sistema que tan bien les protegía y tan poco les exigía), ha dejado que nuevos redentores se apoderen de sus ideales, su lucha y sus ilusiones, creando partidos y  movimientos súper guays, que, como era de esperar, han acabado siendo simples calcos de lo que ya tenemos. O peores. Porque los pasados 40 años de servicio de colocación que han llevado a cabo los partidos tradicionales tienen su peso, y desalojar a cientos de miles de amigos, familiares y acólitos para colocar a los nuevos candidatos, asesores, consejeros, amiguetes y colegas, nos va a costar un ojo en la cara. O ambos. Ni Vox, ni Ciudadanos, ni UpyD, ni Podemos, ni ninguno de los demás grupúsculos que han emergido en estos años aportan nada nuevo. Por mucho que Ciudadanos proclame que no es “ni de izquierdas ni de derechas”. O que los asesores de Podemos dejen caer sutilmente que Pablo Iglesias admira a José Antonio. O que Vox sea el único partido que alza la voz a favor de la vida y contra el aborto, sabedor de que no va rascar nada y que no tendrá que cumplir ni una de sus promesas. Al final todos se han integrado (o han tenido que integrarse) en el sistema “social, democrático y de derecho” de tal forma, que directamente han heredado todo lo malo que esta falsa democracia contiene. 

La inexistencia de valores, el interés particular, el afán de protagonismo, la buena vida, el compadreo por encima de las siglas, la subrogación de los intereses patrios a los intereses del capital, es decir,  se han entregado a la sumisión, la sodomía, el latrocinio, la prevaricación, las prebendas y los privilegios. ¡Que ahora nos toca a nosotros! ¡Y que nos quiten lo bailado, como tanto le gusta decir a los españoles!

¿Y dónde radica el problema? Pues que el Sistema es malo “per se”, con intención, y se sostiene a sí mismo: es de ilusos pensar que desde dentro se pueda acabar con él. Más aún cuando las tentaciones que acechan al idealista pero iluso ciudadano en el momento en el que se adentra en el ruedo democrático,  son peores que cualquier manzana que una bella Eva pudiera ofrecernos. Solamente las  podrían superar las 72 vírgenes del paraíso yihadista. (Algo que por desgracia también está pasando. Y sobre todo en las “democracias” occidentales.)

El Sistema ha creado a sus esclavos, carentes de cualquier valor superior, encadenados a lo material, a lo que dicta la mayor herramienta del poder, la telebasura, a lo efímero, a lo sucio, a lo intrascendente. Y cada tantos años les deja jugar un rato con las papeletas, corear sus eslóganes, contestar a las encuestas, asistir a los mítines, creer en las promesas y hacer el paripé en las urnas. 

¡Venga ciudadanía, hoy jugamos a ser libres, a creer en algo y a cambiar el mundo! Y en cuanto nos hayáis votado, ahí os quedaréis. Pobres, esclavos y tontos. Eso sí, con muchos gadgets, modas, drogas, sexo, violencia y sobre todo consumo. Que hay que mantener en marcha la máquina de generar dinero para que un 1% de la sociedad mundial domine al restante 99%.

¿No será que los “valores” que anuncia, vende, proclama y dice defender y representar nuestro estado “democrático, social y de derecho” no son tales?

¿A votar? Anda y que os den.



P.D. Como siempre un abrazo a los que a pesar de todo lo intentan. A los idealistas de verdad. A la buena gente. A los que buscan el bien común. ¡Ánimo y suerte!