lunes, 29 de agosto de 2011

No hay tutía

No hay manera. De año en año, mes a mes, semana a semana y día a día hago esfuerzos sobrehumanos para poner buena cara, para intentar ser positivo y ver un resquicio de luz entre tanto nubarrón que cubre no ya mi “terruña”, es decir, mi ciudad de Barcelona y mi tan querida  Cataluña, sino que se ha posado cual “cumulonimbus”  amenazante sobre toda esa gran España que tanto queremos y a la que tan pocos favores hacemos. Ríete tu del huracán “Irene” ante lo que estamos sufriendo en esta península tan agraciada en lo geográfico y tan desgraciada en lo social y político.
Mi hermano me regaña por el tono negativo de todo lo que escribo, una compañera de trabajo  me propone irme de viaje a cualquier resort playero “todo incluido” a intentar superar mi “supuesta” depresión y recuperar con ello la alegría de vivir, y muchos más me llaman monotemático y consideran que estoy obsesionado con la situación política y social de España, que no hay para tanto. 
Pero ni unos ni otros entienden realmente lo que pasa.  O no lo quieren ver. Están tan desinformados por leer y fiarse de los medios de comunicación “oficiales”, los del poder, los políticamente correctos, los de los partidos, ya sea del que actualmente gobierna o del que haya de venir (que no aportará cambios sustanciales a ningún “kpi” realmente importante de nuestra sociedad ), que cualquier atisbo de crítica, de desilusión o de fatalismo ante la situación de nuestro país lo tachan de exagerado y obsesivo.
Para explicarlo hay ejemplos veraniegos, y  muchos. Para dar y tomar. Aquí unos pocos.
Ejemplo primero: Los otrora dignísimos “Indignados” de los primeros días, léase del 15 de Mayo al 16 de Mayo, han desparecido y han sido derribados desde dentro por la ultra izquierda más rancia, anacrónica, dictatorial e intolerante que se ha visto en los últimos decenios en Europa. No hablo de revueltas de inmigrantes inadaptados, como en Francia hace unos años o en Inglaterra durante este verano, sino de una supuesta rebelión social recuperadora e invocadora de una “tercera vía”, que se ha quedado en agua de borrajas (o de cerrajas) barrida por los anti-sistema, los perroflautas, los infiltrados de los sindicatos, es decir, los vividores y receptores de prebendas y subvenciones varias a costa del dinero público, que no es de nadie (¿o de todos?) y los cuatro o cinco ricachos ¿artistas? izquierdosos que se apuntan a cualquier verbena en la que puedan tirar de prejuicios, de frases hechas contra la derecha, de invocaciones guerracivilistas,  y con ello vender alguna de sus obras y poder  seguir viviendo como burgueses, eso si, indignados y de izquierdas. Eso siempre.
Segundo ejemplo: Los lamentables hechos acaecidos durante la Jornada Mundial de la Juventud, en la que una minoría de pordioseros, traficantes y liberados sindicales se ha dedicado a insultar, agredir y menospreciar a ciudadanos jóvenes venidos de 193 países del mundo, con el beneplácito de las autoridades y la tolerancia “contra natura” de unos policías que acabarán, tiempo al tiempo,  cual Guardia Civil destacado en las vascongadas en los años 80,  ingresados en un psiquiátrico con la duda existencial si son ellos los malos o los buenos; estos sucesos tampoco es que aclaren mucho la tempestad que se cierne sobre España.
Tercer y último ejemplo: Y encima ver que un partido político de Cataluña de nuevo cuño, al que se han apuntado multitud de camaradas en busca del voto útil, amigos que hasta antes de ayer se llenaban la boca (y en la mayoría de los casos, todo hay que decirlo, de todo corazón) de palabras como justicia social, grandeza, nobleza, unidad nacional, y, sobre todo, ESPAÑA, ESPAÑA, ESPAÑA; pues ver que dicho partido va a rendir homenaje a una persona, llamada Heribert Barrera, cuya vida ha estado consagrada a la lucha contra España y contra nuestras ideas en general, izquierdista, exiliado durante el franquismo y luchador activo contra nuestro concepto de patria y de sociedad (¿masón?), pues que queréis que os diga, no me inspira a escribir ni una nueva “Oda a la Alegría” ni un libro de chistes sobre Lepe. Por muy buenos que fueran los chistes. Me deprime.
Y me llena de estupefacción y de rabia.
Pasmado por todo lo que está pasando en este país, cuya trayectoria se parece cada día más a la fatídica que tomó el Titanic en su primer y último recorrido, y enfadado por ver a tantas personas en el fondo muy válidas, a la mayoría de la sociedad, atrapadas en un mundo de mentiras, de falsos ideales, de incultura y materialismo, obnubiladas por el último cotilleo, por poseer la última versión del Iphone o por poder disfrutar de la telebasura, eso sí, en alta resolución (HD para los que ya no hablan ni español), pero carentes del mínimo rigor o de ganas por esforzarse en entender la verdad de todo, la trascendencia de nuestra propia existencia e intentar mejorar la sociedad de alguna manera.
Lo dicho. No hay tutía. O atutía, como se escribía originalmente el ungüento milagroso. Esto no lo arregla nadie. Por lo tanto, yo tampoco me siento inspirado para  escribir cuentos de hadas ni reescribir Bambi sin que muera la madre. Seguiré con mis obsesiones y mi fatalismo. Es lo que hay.


jueves, 25 de agosto de 2011

La guitarra y la flauta

Aviso previo:
Este artículo no ha quedado como pretendía. Es decir, no me acaba de gustar. La razón que me impulsó a escribirlo fueron los lamentables incidentes protagonizados por cuatro amargados anti todo durante la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid en este mes de Agosto. Y ante tantos artículos bien escritos opté por darle un tono más didáctico, como si fuera una fábula, para no caer en el recurso fácil de insultar y blasfemar. Que para esto ya les tenemos a ellos.
Visto el resultado final este escrito no ha salido como esperaba, ha quedado un artículo simpático, pero nada más. Por coherencia conmigo mismo no lo pienso borrar, pero que sepa el lector que mi intención no era esta. Seguiré escribiendo, aprendiendo y con suerte, mejorando. Si a pesar de ello lo lees, bienvenido seas.



Un relato para niños y "menos" niños

Con lo tranquila que estaba yo en mi rincón preferido de la casa, oculta tras una vieja y raída cortina y por lo tanto lejos de la vista de los pequeños diablillos (y sobre todo de sus múltiples amigos que suelen aparecer los domingos por la tarde), van los amos de la casa y se les ocurre montar un viaje a un país de Europa,  llamado España. No es que me molestara  lo del viaje, estoy bastante acostumbrada a quedarme tranquila en mi rincón mientras la familia se va de vacaciones a la costa, pero es que esta vez habían decidido llevarme con ellos. Que pereza, dios mío. Me parece que la última vez que me sacaron de casa fue hace 10 años, el día en el que se casaron los vecinos,  jornada en la cual a mis amos les tocó amenizar la fiesta con sus cánticos y mis sones.  Anda, disculpad, que  se me ha pasado comentarlo: yo soy una guitarra.

Nada del otro mundo, una guitarra acústica normalita, plebeya como a veces me llaman mis amos. Poco que ver con las esnobs del vecindario, las Gibson, Fender, Ovation y demás.  Pero sigo sonando bastante bien,  mi mástil tiene poca desviación y las cuerdas aguantan lo que le echen (bueno, excepto a la pandilla de los diablillos y su poca sensibilidad con los instrumentos antiguos). Por esta razón me tienen escondida.  Por cierto, mis amos se llaman Paul y Mary. Ya sé que no son nombres muy originales, pero aquí en el recóndito “Outback” de Australia casi todos se llaman igual. Así acaban confundiéndose cuando montan sus juergas a base de carne de canguro, cervezas, más carne de canguro y más cervezas. Y mira que hay nombres. Tampoco entenderé jamás la obsesión que tienen con la cerveza, y suerte que lo de ponerse a cantar y tocarme se les ha ido pasando conforme han ido apareciendo en sus vidas los retoños. Ahora se tienen que dedicar a vigilarles a ellos y ya no disponen de tanto tiempo para entonar sus canciones de campamento, sentados alrededor de la hoguera y, cómo no, bebiendo cervezas sin parar. Ahí he salido ganando, que ya me tocaba. Han sido muchos años de trajín, y una ya no está para aguantar las versiones caseras del “How many roads” o del “We shall overcome” durante mucho rato. Aunque, modestia aparte, sigan sonando bastante bien.  Pues eso, que nos fuimos todos de viaje, a Europa nada menos, los amos, sus hijos y yo.

El suave traqueteo del avión se interrumpió de golpe, y al poco rato caí sobre la cinta transportadora con un suave “chof”.  Podría haber sido peor. He sobrevivido momentos más duros a lo largo de mi vida, en furgonetas de todo tipo, en  canoas, barcos, motos y hasta tractores.  Impaciente por ver la luz, me quedé pensativa recordando los años pasados junto a mis amos, los primeros acordes de Paul, la rítmica pandereta de Mary (¿qué habrá sido de ella?),  el debut oficial  en la parroquia del pueblo, las largas noches de acampada, los románticos achuchones en la oscuridad,.. toda una vida.  Ensimismada en mis recuerdos me armé de paciencia, porque seguro que no me sacarían de la funda hasta que llegáramos  al destino. Por lo que había oído en las conversaciones previas al viaje íbamos a una reunión mundial de jóvenes. Como si Paul y Mary fueran jóvenes. Anda que me río. ¿Si yo me siento vieja y ellos me compraron antes de casarse y engendrar a los tres diablillos, a que viene esto ahora?  ¿Reunión de jóvenes? Espero que no les de por tirar de repertorio trasnochado y me destrocen con su mítico “Dust in the Wind” y similares. Que aguantar un par de acordes vale, pero sufrir un largo punteo en mis carnes a estas alturas no sería de recibo.
Pasado un rato un murmullo cada vez más fuerte me sacó de mi viaje en el tiempo. - Venga, abrid la funda de una vez, me dije a mi misma. Y, que alegría, se hizo la luz. Sorprendida miré a mí alrededor. Estábamos en una gran sala, parecía un gimnasio, como el del colegio de los hijos de Paul y Mary, pero muchísimo más grande. Estaba llena a rebosar de jóvenes, de sacos de dormir, de mochilas, de pequeños monstruitos corriendo arriba y abajo, y, cáspita, a poca distancia hasta pude apreciar dos o tres guitarras, algunos tambores y hasta me pareció ver a lo lejos una trompeta bastante nueva.  Que ilusión, no era el único instrumento musical. Mientras mis amos iban y venían, daban de comer a los pequeños y hablaban con todo el mundo, me preguntaba de dónde había salido tanta gente y  también en qué idiomas hablaban. Porque no entendía mucho (más bien nada) de lo que decían. Eso sí, divertidas debían de ser las conversaciones, porque todo eran risas, abrazos y acrobáticos saltos entre mochilas de mil colores. Al rato se empezaron a oír los primeros acordes y Paul no tardó en agarrarme por el mástil, retorcer mis blancas clavijas y con maestría se unió a la canción que estaban cantando los del grupo de al lado. “Oh happy day, oh happy day, when Jesus washed.” Saqué lo mejor de mi renqueante madera. Esta canción me encantaba, y hacía años que nadie la hacía sonar conmigo como protagonista. Así estuvimos bastante rato, de canción en canción, y cada vez se iba uniendo más gente. Realmente parecía una de esas fiestas que celebraban Paul y Mary hace años en el bosque, pero con muchos más amigos.  Me imagino que esta España debe de ser muy grande, porque que yo recordara jamás había sonado para tantos jóvenes a la vez.  Y que bien cantaban.
Al cabo de varias horas se hizo el silencio en la gran sala, y entre risitas y murmullos cada vez más tenues me quedé dormida, contenta y feliz por esta fiesta inesperada.
Al día siguiente se movilizó todo el mundo a primera hora. Mientras mis amos hacían cola para ir a los baños,  una chica muy simpática que conocimos la noche anterior se dedicaba a vigilar de reojo a los diablillos,  al tiempo que recogía su mochila y estiraba su chillón saco de dormir.  Me desperecé y miré a mi alrededor. Todo el mundo estaba en pie, sonriendo, cerrando y abriendo bolsas, como preparándose  para ir de excursión. Pues qué bien. Ya tenía ganas yo de ver este país tan extraño, dónde duermen todos juntos en una gran sala y cantan durante horas. Antes de que Paul cerrara la funda pude apreciar que mis amigas, las demás guitarras, ya estaban colgadas a hombros de sus respectivos dueños.  - Ojalá las vuelva a ver, pensé,  mientras nos poníamos en marcha.
Estuvimos dando vueltas durante mucho tiempo, escaleras arriba, escaleras abajo. Por el fuerte ruido y los frenazos creo que cogimos algún tipo de tren, aunque no oí en ningún momento un sílbato como el del antiguo ferrocarril que pasa por nuestro pueblo. Imaginé que serían trenes diferentes. Como el país.  Durante el resto del día me tuvieron encerrada en la funda, pero por las conversaciones intuí que todos estaban disfrutando de un gran día. Mis amos, los niños y la multitud de amigos que tenían en este lejano país,  visitaron museos, parques, se fueron a confesar (dudo que contaran todo lo que yo les  he visto hacer en los últimos años, aunque, bien pensado, tampoco había mucho pecado, más bien fiestas eternas y algún exceso con las omnipresentes cervezas). Finalmente, ya entrada la tarde, empecé a oír ruidos de un gentío que se me antojaba mayor que el de la noche anterior. ¿Sería otro gimnasio, más grande aún?  Intente atisbar algo a través de los pequeños agujeros de la funda, pero solamente veía sombras de gente que pasaba, arriba y abajo, sin cesar.
 – Venga, sacadme de una vez, quise gritar.  Nada, no había manera. Avanzamos aún durante mucho rato rodeados de cánticos, risas, conversaciones ininteligibles, y constante saludos de Paul y Mary a mucha gente que no me sonaba de nada. ¿De dónde conocían a tantos extraños?
Finalmente paramos, me apoyaron en el suelo y todos, mis amos, los diablillos y bastante gente extraña, se sentaron. Y por fin abrieron la funda. Cegada por la luz miré a mi alrededor. Y me quedé de piedra.  Habían decenas, cientos, que digo, miles de personas, casi todas jóvenes, mirara dónde mirara. Arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha. Un mar de gente. Vaya con Paul y Mary, que callado se lo tenían. Lo máximo que había visto yo habían sido los cuarenta  amigos en la última boda, y aquí había por lo menos, no sé, ¿cien mil personas? Y guitarras. Conté por lo menos veinte sin mover mucho la vista. Vaya fiesta.
Nos pasamos lo que quedaba del día ahí, Paul y Mary hablando con todo el mundo, los pequeños corriendo, jugando, riendo, y a mí ya ni me metieron en la funda.  Era como una más de ellos, y pude disfrutar de un día memorable. Canciones antiguas, melodías nuevas, voces extrañas, idiomas desconocidos y un sentimiento de felicidad en todas las miradas.
De golpe, al llegar la noche, todo el mundo se calló. Supuse que habría llegado alguien importante, como cuando el “Father John”  entra en la parroquia de mi pueblo y todos se levantan.  Me quedé quieta, sin dejar que vibrara ninguna de mis seis cuerdas, y esperé pacientemente.  Se oyeron discursos, de nuevo en idiomas que no entendía, la gente contestaba y luego también sonó algo de música. Parecía como una misa, pero a lo grande. Y con muchísima más gente.  Simpático este país, pensé. Se reúnen a miles, cantan, bailan, y todo ello sin peleas, discusiones o gritos. Esto las otras guitarras del pueblo, por muy Fender que se llamen, seguro que no la habrán visto. Ya les contaré, ya.
Y de golpe empezó a llover. A toda velocidad me encerraron en la funda, y ya no pude ver nada. Oía las gotas caer sobre la gente, los fuertes truenos me hicieron estremecer, los reflejos de rayos creaban extrañas luces en el interior de la funda, pero sorpresivamente nadie se movió. Hasta siguieron cantando. Eso sí, sin las guitarras (sobre todo sin mí) no sonaba tan bien como antes. Pero un descanso tampoco me iba mal.  No sé muy bien cuanto duró la tormenta, pero cuando Paul me volvió a sacar de la funda todo el mundo seguía ahí. Las camisetas mojadas, los pelos chorreando, el suelo embarrado, algunos sacos de dormir llenos hasta los topes de agua, pero nadie ponía mala cara. Y al rato volvieron las risas, los cánticos, y todo siguió igual, y estuvieron así  durante toda la noche.

Sin que nadie se durmiera asomaron los primeros rayos del sol por el horizonte. Yo no salía de mi asombro. Si ayer, al llegar por la tarde, creí haber visto a miles de personas, ahora, a plena luz, no daba abasto para contar las personas que nos rodeaban.  Nadie se lo creerá en el pueblo, pero os puedo asegurar que había más de un millón de personas. O dos.


Y miles  de banderas de múltiples colores.  A lo lejos hasta pude distinguir alguna bandera de nuestro país, de Australia. ¿Serían vecinos del pueblo? Me quedé con lo duda.

Entre gritos de la gente, vítores atronadores y anuncios por los altavoces, que ayer ni había percibido, muy al fondo el “Father John” de este país empezó a celebrar una misa. Ya lo había pensado ayer, esto era como una misa en el pueblo, pero a lo grande. Pero que muy grande. Paul, Mary  y el resto de la gente siguieron la misa con mucha atención, y hasta los diablillos se portaron bien, por una vez, y se mantuvieron sentaditos y quitecitos sobre sus pequeños sacos de dormir.  Eso sí, cuando llegó el momento de darse la paz, casi me destrozan. Vaya peligro. Parecía que todo el mundo quisiera abrazar al más lejano. Y aquí no se daban solamente la mano, no, se besaban y todo. Que modernos, pensé, y con miedo a un pisotón involuntario aparté la vista hasta que pasó todo y cada uno volvió a su sitio.
Acabada la misa todo el mundo se empezó a abrazar, y lentamente comenzaron a llenar sus mochilas, a recoger sus cosas y a caminar, ordenadamente, hacia la salida.  Paul me colgó de su hombro, y poco a poco fuimos dejando atrás este escenario tan extraño. Yo aún seguía dándole vueltas al tema. Cientos de miles de personas, todos juntos, durmiendo un día en un gimnasio, otro en un descampado, y todos tan amigos. ¿Cómo serán entonces las bodas en este país? ¿O los cumpleaños? Ni me lo imagino.
Se repitieron los mismos ruidos que a la ida. Escalera abajo, escalera arriba, el tren sin silbato, y las conversaciones a mi alrededor que seguía sin entender.  Paramos en una plaza muy bonita, presidida con un inmenso reloj en el centro, y mis amos aprovecharon para dar de comer a los pequeños y acabar de despedirse de todos esos amigos que nunca antes me habían presentado. Por una rendija desconocida de la funda, que supongo que fue  resultado de algún tropezón nocturno, atisbé en la lejanía a varias de las guitarras de ayer. Estaban como yo, colgadas de los hombros de sus amos, que también estaban despidiéndose de otros grupos.  Se veía a todo el mundo contento. Y hasta seguían oyéndose canciones a lo lejos.
De golpe oí unos gritos extraños a mi derecha. Mis amos y todos los demás también se giraron sorprendidos. Eran los primeros gritos que oíamos desde que llegamos a este país tan curioso (y simpático, todo hay que decirlo). Bajo un portal llegué a distinguir a un grupo de personas, todas vestidas de negro, con unos extraños peinados en punta y altas botas que se me antojaron un poco fuera  de lugar en medio del calor estival, y que nos miraban con cara enfadada y gritaban no se qué.   Paul y Mary cogieron a sus hijos, dieron un último abrazo a un par de chicos con los que estaban hablando, y bajamos a toda prisa por unas escaleras.


En el último instante aún conseguí ver, en manos de una de esas personas tan extrañas vestidas de negro, a una pequeña flauta. Pobrecita. Estaba sucia, ennegrecida, triste. Intenté hacer sonar mis cuerdas para llamar su atención, pero fue imposible. Me siguió con su melancólica mirada mientras nos alejábamos. Y ahí acabó todo. El vuelo a Australia, la llegada a casa, la vuelta a mi rincón de siempre.
Y aún hoy me acuerdo de la pobre flauta.  Con lo bien que me lo pasé en este viaje, ¿por qué a ella se la veía tan triste y dejada? ¿Por qué no estuvo con nosotros? ¿Por qué no nos dejaron disfrutar de su dulce sonido? Nunca lo sabré.

martes, 16 de agosto de 2011

A mitad del verano, el final

Verano solitario, ciudad en calma y sus calles vacías. Los vecinos, ausentes, y con ello un merecido 'hasta luego' a sus jaranas,  a sus peloteras, al ruido penetrante de sus tareas domésticas.  Nada en contra, faltaría más, siendo ellos una familia numerosa con tres hijos adolescentes, multitud de primos y un grupo de baile del barrio, esforzado pero sin futuro triunfal a la vista; pero se agradece, el silencio.
Los cuatro bares de la calle, cerrados a cal y canto. Como por santa tradición corresponde a cualquiera de los barrios obreros de las grandes urbes españolas. Éxodo anual a los orígenes, a Extremadura, Teruel, Andalucía o Murcia. A las tierras que vieron partir a los dueños de dichos bares hace décadas,  con lo puesto y en busca de mayor prosperidad. Esa nueva tierra prometida que ahora les niega el pan de cada día, cuando no su propia identidad y libertad. Que poca ilusión sentirán de aquí unos días cuando las noches estrelladas de Agosto se agoten, el último toro de la feria del pueblo enfile los corrales y la cruda realidad les alcance. Suerte que en la mayoría de los pueblos ese toro no se llamará “Ratón” ni dejará familiares destrozados por culpa del alcohol y la inconsciencia. Que el pobre toro, ni negligente ni culpable.
Volverán a pisar la ruinosa estación de RENFE,  repleta de familiares, cercanos o lejanos; que lo de bajarse al pueblo en coche se ha convertido en un lujo al alcance de pocos. Eso sí, la bolsa de embutidos y hortalizas del pueblo seguirá retornando a las capitales llena a rebosar, pero los corazones de sus portadores palpitarán a un ritmo  inverso al natural. A contrapunto de la alegría. Lo bueno se quedará en el pueblo cuando el triste, angustioso día a día de la capital, asome a la vuelta de la esquina. Barcelona, Madrid, Bilbao. Destinos forzados de gran parte de nuestra población. Y así llevamos unos largos 70 años. Ni poniendo aeropuertos en La Mancha o trenes de alta velocidad en Toledo arreglaremos este desaguisado. Desarraigo en tu propia patria. Triste.
Y la playa, ese oasis de libertad mitificado hasta la saciedad: abarrotada.

Salvo a horas intempestivas. Horas que aprovecho para soñar despierto y trasladarme mentalmente (hoy se diría virtualmente) a otros lugares, fuera de mi alcance ahora y se supone que para el resto de mi vida.  Y como no van a estar llenas a rebosar nuestras costas si son la salvación de miles de familias. Reconversión forzada de desayuno y almuerzo en un único ágape a base de bocadillos a ras de arena, aceitunas rellenas y bebidas sin frío ni alma. Y a ver pasar los días limitando los gastos al máximo. 
¿Dónde están las mañanas de chiringuito, de olor a calamares, de cerveza con limón y paella en el segundo o tercer turno, hora en que los guiris, rojos cual gambas de Huelva pasadas por la plancha del implacable sol español, están a punto de cenar? Glorioso horario del sur de Europa. Horario que la Merkel o el gabacho de turno nos intentarán limitar a ciencia cierta. Por celos, que no por productividad. Tiempo al tiempo.
Cohetes, ruido y alegría para celebrar la Virgen de Agosto. La Asunción. Día en que, según la  tradición católica, la madre de todos,  la madre de nuestro Señor, fue llevada al cielo. Igual un presagio de que después del 15 de Agosto la vida terrenal deja de tener valor.  Pio XII lo convirtió en dogma. Por algo lo hizo. No hay vuelta de hoja. Lo bueno se acaba a mitad del estío.
Poco nos queda. Quizás el reencuentro con los compañeros de clase (ops, eso ya pasó hace décadas). O quién sabe, el poder relatar, con pocos detalles por si a alguno se le ocurriera  investigar, la historia de amor veraniego que vivimos todos. O quisimos vivir.
Nada, que no cuela. Otro simple intento de memoria selectiva: las historias de amor también se quedaron atrás.
Quizás nos salve un torneo de fútbol de verano. No pido ya un Águilas-Lorca, el clásico por excelencia, el más antiguo de España, con sus merecidos homenajes a los socios más queridos y fieles.

(Felicidades Sebastián)  Cualquier torneo de pacotilla puede servir.  Todo se acepta con tal de superar victorioso el ecuador del verano.  Media parte que significa su cercano final. Y por ende afrontar el otoño con las alforjas vacías, los sueños rotos y las ilusiones enterradas entre cuatro paredes,  que conforme pasen los días nos irán aprisionando  cual celda de castigo.
Feliz final de verano a todos. Disfrutad de lo que os queda.
P.D. Como contrapeso al tono derrotista anterior, tengo que reconocer que ayer disfruté de un día GENIAL. En mayúsculas. Con mis cada vez más listos, divertidos y sorprendentes sobrinos, mi cuñada y  sus atentos y generosos padres, rematado con una comida excelente en una  masía auténtica, alejada de los circuitos turísticos. Y eso que está a tiro de piedra de Lloret del Mal, antes llamado de Mar. No pienso dar más detalles. Mariano, lo prometido es deuda.  No vaya a ser que os roben este secreto tan bien guardado durante 45 años. Muchas gracias por todo. Compensa con creces la realidad que se avecina.


viernes, 5 de agosto de 2011

Prohibido girar

Lo que está sucediendo en España con el movimiento de los indignados del #15m, es decir, con la utilización alevosa y partidista del descontento de la sociedad por parte del partido en el poder (que no del gobierno, ya que este dejó de mandar en el preciso momento en el que malo de la película, un tal Alfredo,  ejecutó su golpe de estado interno y externo y pasó a dominar todos los resortes del poder en esta otrora brillante nación) y con el acceso al poder de los terroristas de Bildu,  gracias a la connivencia de este mismo partido, el PSOE  con su poder judicial esclavo,  no es de recibo.



A los “mitificados” indignados, que han acabado convertidos en una mala secuela de la serie de películas de Mad Max, se les da la cancha que haga falta, se les anima y se les protege, por mucho que ayer recibieran un poco de estopa a cargo de las Fuerzas de Seguridad (que por cierto ya les tocaba.) Y como el inefable Alfredo es un experto en dar una de cal y una de arena, pues les promete al mismo tiempo un lugar fijo, a poder ser un prado con chiringuito,  para poder sentarse con sus perritos, desparasitarse mutuamente, liarse unos canutillos, tocar la flauta y seguir riéndose del resto de la sociedad.
¿Cómo podemos aceptar que una sociedad que ronda los 50 millones de personas esté en manos de unos pocos centenares de pandilleros ociosos que campan a sus anchas por la Villa de Madrid sin que nadie se atreva a hablar claro, a explicarles que su libertad acaba justamente en el cruce bloqueado por ellos en el que cualquier persona quiere girar a la derecha para ir a cenar? (Va por ti, @Lupe_).
¿Y por otro lado, cómo podemos tolerar que los cómplices y los propios asesinos de ETA se hayan aupado al poder, campen a sus anchas por las provincias vascongadas,  insulten a las víctimas y se rían en nuestra cara sin que podamos reaccionar de ninguna otra forma que abandonando el escenario de las fiestas de nuestros pueblos y recluyéndonos en nuestras casas, cual gulag patrio rodeado de alambres y vigilado por estos seres repugnantes que también se llenan la boca de palabras como libertad,  pero que en vez de babas rebosan la sangre de casi mil inocentes muertos en aras de sus estúpidos, anacrónicos y falsos postulados?
Nada nuevo sobre la faz de la tierra.  Este tipo de gente, tanto los que mueven los hilos del poder en estos momentos, como los que alborotan por las calles de Madrid o Vitoria, son de la misma calaña. Son los que se llenan la bocaza (desde hace más de un siglo ya) de conceptos sumamente serios y respetables, como libertad, igualdad y democracia, hasta que la rabia les sale a borbotones por todos sus orificios, cual baba viscosa, cuando alguien osa pensar algo diferente a ellos o reclamar su parte de libertad. En ese preciso instante todas las mentiras que han ido soltando en su dulce y manipulador juego de controlar a las masas a base de ñoñerías, frases hechas, falacias, manipulaciones históricas y demás tácticas, se tornan en ataques de histeria, amenazas, persecuciones y en el peor de los casos, y la historia lo confirma, en arrestos, desapariciones o muertes. 
La izquierda, la mentirosa izquierda de siempre, que nunca ha movido un dedo más que por su propio interés. Que nunca ha creído en la libertad del hombre, ni en la igualdad, ni en la justicia. Que siempre ha aspirado a dominar al prójimo, a controlarlo todo, en aras de unos cacareados ideales que ni entienden, ni cumplen ni persiguen.
Y la mayoría de la sociedad, impasible, atontada con intención por los medios controlados por el mal, lo ve pasar todo como si fuera parte del juego. Como si la democracia y la libertad solamente signifiquen que una parte, la que manda en ese momento, pueda hacer lo que le venga en gana, mientras que la otra tiene que esperar su llegada al poder para vengarse y hacer tres cuartos de lo mismo. Venga ya. Esto no es democracia ni por asomo. Esto es una vil dictadura partidista, cuando no bipartidista. Como en muchas de las democracias del mundo.
Y esto es así porque les interesa a ellos. A los que “aman” mucho la libertad cuando se cita en las canciones de sus bardos de turno o cuando la pueden exprimir en discursos patéticos, carentes de fondo y forma,  ante la perplejidad de cualquier persona sensata, pero consiguiendo la infantil aprobación de su adicto público hipnotizado en su incultura.
Pero cuidado, cuando los demás reclamamos esa libertad verdadera, se ponen como fieras, nos insultan, nos tachan de todo, hasta de haber matado a Chanquete, y recurren a mil y una tretas para seguir en el poder con su libertad de jodernos a los demás.
Fuera. Fuera la casta política. Fuera la mentira. Fuera la falsa libertad. Todos queremos girar por donde nos plazca. O seguir recto y avanzar realmente para acabar con este sucedáneo de sociedad libre que han matado entre todos.


viernes, 15 de julio de 2011

Indignos indignados

Ayer por la noche estaba dudando entre perder un solo minuto escribiendo sobre los “indignados”, al cumplirse dos meses de sus indignantes actos de indignación, o optar por indignarme directamente en mi cama imaginando la risas que deben causar estos indignados a los habitantes de la constelación planetaria que nos anunció Leire la del biquini hace unos años. Claro que si después de tantos avistamientos de OVNIS a lo largo de los siglos se les hubiera ocurrido aparecer a los extraterrestres por las plazas de España hace dos meses, nuestros queridos visitantes se hubieran vuelto a sus galaxias indignados de verdad. Y no te digo nada si hubieran aterrizado en el lazareto de Mahón en el momento del primer baño de la sana ministra, que no ministra de Sanidad. El resultado habría convertido la llegada de los extraterrestres en “Mars Attacks“en una simple discusión entre amigos.
Pero como soy hombre fácil (lectoras, no olvidéis esto) y encima me ha calentado un travieso Trasgo con sus referencias a los indignantes indignados, no me he podido resistir.

Veamos: el mega movimiento de los indignados, que según ellos iba a convertirse en un movimiento global, que no interplanetario, ha quedado reducido a unos pocos blogs, unas marchas sobre Madrid para su toma el próximo día 24 de Julio al grito de “No quiero trabajar pero sí cobrar” o “Mama recárgame el móvil que sigo de fiesta en la plaza”, excursiones estas financiadas por los de siempre, por aquellas organizaciones que subvencionan nuestros ministros con el dinero de todos, que según ellos no es de nadie, y que según sus propios datos suman no más de 500 personas. Si a esto le añadimos el nulo éxito de sus cuentas en las redes sociales, con escasos 3.000 seguidores en Facebook y 2.000 en Twitter (en comparación con cualquier otra iniciativa en las redes sociales estas cifras son una minucia), pues sinceramente es para indignarse (pensando en el mucho ruido que hicieron y las pocas nueces que han resultado).

Mientras tanto, en la España real, que no es la misma que la de estos personajes y menos aún la de nuestro “ínclito” presidente en funciones ZP o la de su futuro sucesor, el mentiroso y manipulador profesional Alfredo Pepunto Rubalcaba, han sucedido tantas cosas realmente indignantes que no hay blog capaz de acoger todos los detalles sobre el expolio, tanto económico como moral, que ha sufrido España en estos últimos meses a cargo de la pandilla de la ceja y sus acólitos.

Desde la legalización de Bildu, aupando con ello al poder a los asesinos de ETA, pasando por las cuentas de la SGAE, protegida por la ministra Sinde(cencia) y parte importante de la trama conspiratoria del PSOE en estos últimos años, hasta las cuentas falseadas, ocultadas y negadas en la mayoría de ayuntamientos y gobiernos de las comunidades autónomas a los que por fin ha tenido acceso otro partido fuera del partido único que nos ha sometido a todos durante años, que no décadas, los insultos de Bono hacia los medios de comunicación, la indecencia del gasto de 100 millones para colocar a la ahijada Aído en la ONU (con un dúplex cuyo alquiler asciende a 5.000 dólares mensuales) o la desfachatez de la Pajín con sus vacaciones pagadas religiosamente con “nuestro” dinero, han sucedido tantas cosas realmente indignantes en nuestra patria que hasta me indigna internamente usar esta palabra.

Ridículos e indignos indignados que no habéis tenido los arrestos de levantar la voz por las cosas realmente indignantes que suceden en nuestro país, podéis iros con vuestra falsa, superficial, carente de fondo y forma, teatral y ridícula indignación a tomar las plazas que queráis. Que una plaza de respeto o cariño en mi corazón o en mi mente, y en la de cualquier ciudadano mínimamente formado y serio, no la conseguiréis jamás. Indignado estoy yo.


martes, 12 de julio de 2011

¿Nos bajamos del “País de las Maravillas”? Sobre la irrealidad de las redes sociales

El otro día me quedé sorprendido con el titular de uno de los principales diarios españoles: hablaba del triunfo de un #hashtag sobre otro, creo recordar que refiriéndose al debate sobre el estado de la nación. Y no es que se citara este tema en las páginas interiores, en la sección de tecnología o en el apartado de medios y comunicación; que va, salía en portada, en un recuadro resaltado y a color. Por favor, recapacitemos un poco, todos, y pongamos los pies sobre la tierra. ¿Cuántas personas en España saben lo que es un #hashtag? Según uno de los últimos estudios que he encontrado en la Red sobre el tema se calcula que en España existen unos 800.000 usuarios de Twitter, con una edad media entre 28 y 33 años, y cuya mayor parte (73%) trabaja en temas relacionados con las nuevas tecnologías. Es decir, la representatividad de este colectivo frente a la sociedad española en general es ínfima, que no nula. Si rascáramos un poco seguro que descubriríamos que en España existen más camareros que se llaman Manolo (los que se llaman “Jefe” ni los cuento), más chicas con pechos implantados que se llaman Vanessa y que son adictas a la telebasura o más inmigrantes latinoamericanos paseando con camisetas del Bar$a, que usuarios entendidos en las nuevas tecnologías capaces de comprender la consabida palabra #hashtag.(Que no es más que una palabra resaltada con una almohadilla, a modo de etiqueta, para que el buscador interno de twitter sea capaz de indexarla y situarla dentro de un ranking de palabras usadas con asiduidad.) Utilizadas con frecuencia por una pequeña (pero que muy pequeña) parte de la sociedad (en la que lógicamente me incluyo). Pero nada más.

Esta trampa, en la que caemos casi todos, de creer que nuestro microcosmos, nuestro entorno personal, es el reflejo del mundo exterior, nos lleva directamente al aislamiento, a desvirtuar la situación real de la sociedad.

Y no nos viene de nuevo, ni es culpa de los avances tecnológicos, de la irrupción de Internet o del despegue meteórico de las redes sociales. Es algo intrínseco al ser humano. Tendemos a crearnos una imagen de la realidad en base a nuestra propia vida, a nuestra familia, nuestro entorno; cimentada en aquello que vemos, oímos, olemos y en algunos casos, cada vez menos, leemos. La abrumadora mayoría de la sociedad española se cree a pie juntillas lo que dicen en los programas y canales de televisión que ven (prefiero no sacar a relucir aquí los índices de audiencia de la televisión en España, creo que sería demasiado deprimente siendo martes y con toda la semana por delante), no dudan de que Rubalcaba es una persona sincera y capaz, de que Pepiño Blanco es un trozo de pan, de que Ortega Cano es inocente o de que el Bar$a es un club de fútbol español. Y si se trata de la minoría de habitantes de esta península que leen algún diario o revista, tampoco podemos echar las campanas al vuelo. Basta con repasar los estudios de la OJD, restar las trampas (o directamente mentiras) que siempre incluyen, para darnos cuenta de que vivimos en un país de iletrados y catetos más fáciles de manipular que un jovenzuelo en un local de alterne. Se trata de una simple cuestión aritmética.

Y seguirán sin saber lo que es un #hashtag. Y nosotros seguiremos en nuestro “País de las Maravillas” creyendo que nuestros cientos (o miles) de seguidores en nuestra red social preferida, son representativos de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Para eso mejor que la Reina Roja nos haga cortar nuestras cabezas.

De aquí al batacazo de volver a ver perder a la derecha unas elecciones o de presenciar cómo se hunde definitivamente la economía española hay un paso. Seamos un poco realistas. Salgamos del gueto en el que se han convertido nuestra pantalla y nuestro teclado y afrontemos la realidad.

O, bien pensado, mejor que no lo hagamos. Porque en ese caso solamente nos quedaría una opción: recoger los bártulos, llenar nuestras maletas y abandonar España a su triste destino.

Sigamos pues con los #hashtags, nuestros seguidores y nuestros retuits (como los retutes caniqueros de nuestra infancia). De todas las drogas que ayudan a olvidar la realidad que nos rodea seguramente es la menos perniciosa. Porque tampoco estamos ya para tirar de peyote, estramonio o chutes de nuez moscada. Que ya tenemos una edad.

viernes, 1 de julio de 2011

El saber si que ocupa lugar

La muy raída expresión “Sólo sé que no sé nada”, atribuida a Sócrates pero plasmada en papel por primera vez por su discípulo Platón, siempre ha sido el arma defensiva perfecta en los momentos en los que los conocimientos de tu interlocutor te superan. El problema es que en muchos casos este recurso se convierte en el alibi general para no tener que aprender nada, para saltarse a la torera el esfuerzo mental que significa escuchar (que no oír), procesar, entender y a poder ser, analizar y memorizar.

Admito aquí y ahora que soy de los que han abusado durante muchos años de estas y otras excusas para ocultar o justificar mi falta de conocimientos en determinados temas. La humildad se adquiere con el tiempo y todos sabemos muy bien que de joven lo peor que te puede pasar es quedar empequeñecido ante los compañeros, ya sea físicamente, recibiendo más golpes que los demás, emocionalmente (para no llamarlo directamente sexualmente) , quedándote siempre sin la guapa del baile y dándole la tarde al camarero de turno con tus cansinos lamentos , o intelectualmente, perdido con la boca abierta cual pez fuera del agua ante una conversación de tus amigos en la que no pillas ni las preposiciones. Esta etapa, circunscrita normalmente a la juventud, se supera gracias a Dios conforme pasan los años y vas adquiriendo un determinado nivel de formación que te permite afrontar las conversaciones con tus “peers” con cierta tranquilidad. Ya sea estudiando, leyendo, o simplemente formándote en tu puesto de trabajo y en la vida diaria, el bagaje cultural va creciendo y esa inseguridad juvenil va dando paso a una confianza en ti mismo que solamente se rompe cuando te enfrentas a alguien muy superior a ti.

El quid de la cuestión llega en este preciso instante: volver a caer en el paso atrás, en esconderte debajo de la manta, en la excusa del no saber nada, o asumir, con toda sinceridad, que de esto o aquello no tienes ni santa idea. Y querer aprender. A mí personalmente me ha costado lo suyo. Poco triunfador en la parte social, digo sexual, y del montón en la parte física, he usado mis conocimientos durante muchos años como único escudo para defenderme ante el resto de la humanidad. Y ha funcionado. Tuve la suerte de criarme simultáneamente en dos culturas, la española y la alemana, algo que te da una amplitud de miras que ninguna persona monolingüe puede entender, incorporando posteriormente el idioma y las tradiciones catalanas por raigambre familiar, la cultura anglosajona con el inglés y el imperio “cultural” de los EEUU, un poquito del idioma y del mundo francés por 2 años de estudios en Alemania en los que dicho idioma era el que se estudiaba como segunda lengua y el italiano por mis más de 15 años de relación con mi antigua familia política, medio italiana y medio española. Con este punto de partida, más 3 años de universidad, cursos diversos que no vale la pena detallar, trabajos como traductor y ya (como pasa el tiempo) 20 años de carrera en una multinacional, he sido capaz de llegar a cierto nivel intelectual que me permite estar a la par con la mayoría de mis conocidos, cuando no superarlos.

Pero, lo más importante, ha sido la evolución interna, igual influenciado por el recuerdo de mi madre, que tenía una verdadera obsesión por aprender y por saber, que me ha llevado a disfrutar con cada cosa que aprendo, a querer saber más cada día, a investigar, a leer, a escuchar. A saber escuchar. Esta fase me ha llegado tarde, aunque visto lo que me rodea creo que le pasa a mucha gente (y a otros muchos no les llegará nunca, por cierto). Hay momentos en los que te estancas, te quedas parado, y otros en los que vuelves a arrancar con más brío que antes, buscando esa formación y esos conocimientos que te permiten ser un poco más persona y entender bastante mejor todo lo que sucede a tu alrededor. Yo estoy en ello. Intento enseñar al que no sabe, sin parecer un sabelotodo ni hacerlo de forma humillante, y al mismo tiempo quiero e intento aprender de todo aquel que me aporte algo.

De ambos hay muchos, aunque últimamente, viendo la evolución de la sociedad, el nivel cultural de la juventud, la ínfima calidad de nuestras cadenas televisivas y sus programas de máxima audiencia, las sandeces de los acampados, la incapacidad de nuestros gobernantes y demás desgracias que se ciernen cual negros nubarrones sobre nuestra querida España, nimbos que están a punto de descargar la tormenta final que se llevará por delante siglos de historia de la humanidad (tormenta que por cierto no iría nada mal para limpiar un poco el patio), creo que los ignorantes y vagos están ganando por goleada.

Suerte que siempre quedan clavos a los que asirnos, llámense tertulias en el bar, discusiones políticas en el Camino, o debates y juegos literarios en las redes sociales, en los que, a pesar de no llegar al nivel mínimo exigido, si que puedo deleitarme con el conocimiento de los demás y aprender un poquito. Y admirar los conocimientos, la humildad y la educación de personas como Juan Carlos Girauta (o J.García Codina o Luis F Echeverría), virtudes que en muchas ocasiones a mi me faltan.

jueves, 16 de junio de 2011

Vaya mierda de siglo XXI

Con cada día que pasa se confirma más la frase que solemos soltar a menudo en nuestras tertulias de barra, ante pinchos de tortilla y las cañas de rigor. “Ojalá hubiera nacido en otra época”. Nuestros sueños de gloria, de impartir justicia, de luchar por una causa noble, de defender valores superiores, de conseguir la justicia social o de simplemente proteger a la doncella vilipendiada, nunca nos han abandonado.

Cual Peter Pan en el país de Nunca Jamás, nos negamos a madurar y seguimos impertérritos con nuestros sueños juveniles. Sentimos en nuestro profundo interior que estamos llamados a desempeñar una tarea más alta y bastante más enriquecedora que el simple envejecer, viendo pasar las facturas, las cuotas de la hipoteca, las ligas del sempiterno Bar$a, la anual y veraniega reposición de Verano Azul, la canción del verano de Georgie Dann, los amores fallidos y la muerte de los familiares que nos preceden (en el mejor de los casos).

No queremos despertar y darnos de bruces con una realidad que hace tiempo dejó atrás cualquier atisbo de idealismo y que simplemente se mantiene en pie gracias a la maraña de intereses económicos de unos pocos y las subestructuras sociales y políticas creadas a su alrededor para mantener al antaño ciudadano libre, ahora llamado ya genéricamente en el mundo empresarial FTE (Full Time Equivalent), dominado y endeudado, por la tanto, esclavizado.

Esclavizados hasta el punto de no poder defender nuestro honor.

Dominados por la errónea o desvirtuada aplicación de las leyes de tal forma que los culpables se tornan inocentes;
  • de que tengan más derechos cuatro okupas antisistema que los ciudadanos de a pie o las fuerzas del orden;
  • de que reciba más prebendas cualquier “pobre” y “perseguido” inmigrante de dudoso pasado que un súbdito de su cada vez menos graciosa majestad el Rey de España con 25 años de cotización a la Seguridad Social;
  • de que un voto de catalanes, vascos o gallegos tenga más peso que la opinión de los habitantes de, por ejemplo, Extremadura, tierra noble y cuna de conquistadores;
  • de que los medios públicos y aquellos afines a sus intereses sectarios puedan disfrutar de ventajas fiscales, contables y legales de por vida, pudiendo estar en quiebra y seguir pagando altos sueldos a sus directivos, mientras que los medios de comunicación independientes son perseguidos hasta hacerlos desfallecer, dejando con ello el campo abierto a la manipulación absoluta por parte del poder.
¿Dónde están las épocas de las presuras, en las que por el simple hecho de poder trabajar la porción de tierra que marcaras obtenías su propiedad, y con ello la protección de la Iglesia y del noble del lugar?
¿Dónde la tradición visigoda mantenida luego por los reyes astures de poder elegir al siguiente Rey, sin que se le otorgue ese privilegio por el simple derecho de sangre?
¿Dónde habitan las Órdenes Militares a las que apuntarnos para defender nuestra fe frente a los infieles que nos invaden (y que obtienen terrenos municipales para sus mezquitas mientras nuestras iglesias son atacadas)?
¿Dónde está el glorioso ejército español con su leva obligatoria y su juramento a la Bandera, que por lo menos nos permitía sentirnos defensores de algo y de alguien durante 12 o 15 meses?

¿Dónde montan guardia los honorables Guardias Civiles con sus históricos tricornios,  que cumpliendo con su juramento de lealtad por lo menos tenían los arrestos para levantarse de tanto en tanto intentando ser fieles a la palabra dada en defensa de su patria España?

¿Y finalmente, dónde están los políticos idealistas que realmente se apuntan a un partido con vistas a darlo todo por la sociedad a la que quieren representar, incluyendo el propio sacrificio?

Fácil respuesta: ya no existen. Ninguna de las figuras antes mencionadas habita ya entre nosotros. Son recuerdos de un pasado, de otros siglos, que por desgracia no nos vieron nacer. A nosotros nos tocó el siglo XXI. Vaya mierda de siglo.

martes, 14 de junio de 2011

La vida es música

Soy bastante reincidente (para no decir pesado) con el tema de la buena música, pero tampoco tengo porqué esconderlo.  Y más a mi edad. Bien pensado tampoco le exigimos a ningún diario que cambie su línea editorial, ni aceptaríamos que de golpe la cerveza supiera a zumo de pepinos, que las patatas bravas de toda la vida fueran una pasta triturada de brotes de soja alemanes o que nuestro querido Real Club Deportivo Español de pronto jugará con otra camiseta ajena a nuestra historia centenaria. Sigo yo por lo tanto en mis trece hablando de una de mis grandes aficiones, la música “clásica”, entendida esta  como aquella música que para la gente de mi edad significa el principio de todo, la transición del blues, el country, el swing y el jazz hacia el rock and roll y sus posteriores variantes.

Superado ya el ecuador de mi vida puedo mirar atrás con bastante amplitud de miras y conocimientos, con miles de canciones escuchadas, con cientos  de letras aprendidas de memoria y co
n bastantes acordes tocados  con mayor o menor maestría.  Y con una rabia y unos celos (que jamás negaré)  de haberme quedado a mitad del camino, al otro lado del escenario, sin haber cumplido el sueño de todo “rockero” de poder hacer bailar, soñar, reír y llorar a unos cuantos amigos al son de mis propias canciones. 
Pero esto tampoco es grave. Cada persona tienes sus limitaciones, unos cantan bien, otros saben bailar, algunos nos defendemos escribiendo y otros son unos genios haciéndonos reír. De todo tiene que haber en la viña del señor. También los hay que no aportan absolutamente nada al bien común, más que dolor, desesperación y tristeza. Pero de “esos” no pienso hablar. Bastante triste debe de ser su propia existencia para encima pasárselo por los morros. 
Hablemos pues de aquellas personas que hacen algo bueno por los demás. Que les insuflan ánimos cuando están decaídos, que les ayudan a alzarse cuando han perdido el equilibrio, o que simplemente les animan una tarde cualquiera con unas buenas letras, sus apropiados acordes, algún que otro punteo espectacular y los siempre bienvenidos invitados sorpresa que redondean una tarde de rock’ñ’roll en un ambiente distendido, familiar y relajado (por cierto, que buenos el saxo y el trompeta).
Como si te pusieras tu disco preferido en casa, pero mejor. Mucho mejor, diría yo, ya que aparte de la música consigues llenar tu interior con el calor humano de las personas que te rodean, con la complicidad que significa conocer a los artistas y poder tararear las canciones con ese “orgullo” de sentirte parte, aunque pequeña, del espectáculo (y con las cervezas frescas de rigor que no pueden faltar en ocasiones tan especiales). 


Es lo que siempre han sentido los “fans”, los seguidores de grupos musicales. La culminación de cualquier apego a un grupo o a una canción es poder disfrutarlo en “vivo y en directo”, como decíamos antaño, de poder “tocar” a tus ídolos, de verles a pocos metros de distancia entonando esa canción que consideras tuya desde hace tiempo, pero cuya propiedad compartes con todas y cada una de las demás personas que te rodean. Ni el “time sharing” en el turismo, ni el novedoso “car sharing” de las grandes urbes podrán compararse jamás con el “live-sharing”, que es el placer de disfrutar con otras personas de grandes melodías que nos hacen vivir, sentir y soñar. Y desear con ganas que llegue la siguiente actuación de algún artista que nos guste (llámense Leonard Cohen, los Eagles, Nacha Pop o,  como el sábado pasado, Justo y los Pecadores para poder mantener la afirmación innegable de  que la vida es música.


lunes, 6 de junio de 2011

Diez años sin Servicio Militar Obligatorio

A la mayoría de jóvenes de hoy en día ni les sonará lo del Servicio Militar, y menos aún obligatorio.  Y más extraño aún les parecerá a casi todos, jóvenes y mayores, que a estas alturas del siglo XXI aún hablemos de esto  y hasta lo conmemoremos con actos y desfiles.  Pero a pesar de ello estoy seguro que entre mis lectores se encuentran personas que comprenderán lo que me ha movido a escribir este artículo o hasta compartirán mis sentimientos en mayor o menor medida.

Como casi cada año las Asociaciones y Hermandades  Militares en Cataluña organizan, con todo el apoyo de las autoridades militares, un acto de homenaje, convivencia, recuerdo  y conmemoración.  Una vez  se celebró en recuerdo a los caídos por España, otra como homenaje a la Bandera y en esta ocasión, enmarcado dentro de los actos del Día de las Fuerzas Armadas, en recuerdo a los 10 años de la abolición del servicio militar y como conmemoración del centenario de la fundación de las Tropas Regulares Indígenas.

A bastante distancia de Barcelona, ya casi tocando tierra gabacha, es decir, enemiga (sólo hay que ver el trato que dieron ayer a Rafa Nadal los impresentables espectadores franchutes en Roland Garros para no olvidar jamás quién es nuestro enemigo allende los pirineos), en concreto en San Clemente Sasebas, nos reunimos las mismas agrupaciones de cada evento. Antiguos Regulares, Legionarios, Somatenes, Guardias Civiles, Paracaidistas, Miembros de Operaciones Especiales, Aviadores de la República y los 12 fieles y valientes que seguimos honrando a una de las unidades más gloriosas, admiradas y valientes que ha dado la historia militar de nuestra patria, la División Azul, a través de la Fundación del mismo nombre que realiza un trabajo fundamental para preservar el recuerdo de las impresionantes hazañas de la en Alemania denominada “Einheit spanischer Freiwilliger”, la División 250 de la Wehrmacht.

Bajo un sol radiante que hizo su aparición al unísono con el Teniente General que presidía el acto, y después de una bonita alocución del portavoz de las asociaciones y un bastante peor, por breve y “atrompicado”, discurso de dicho Teniente General, las asociaciones desfilamos como en nuestros mejores tiempos al ritmo del izquierda, derecha, izquierda,  un paso que conforme avanzan los años cada vez se nos antoja más complejo. Para no hablar de la dificultad de ponernos de acuerdo sobre el braceo de rigor, que al final, y  a pesar de todo, quedó bastante apañado, evitándonos la vergüenza de parecer simples marionetas o airgamboys en sus últimos suspiros previos al desfile definitivo hacia el cubo de la basura.

Salvado con relativo honor el desfile y emocionados después de haber podido cantar en persona, acompañados por la banda del cuartel y homenajeando con ello a todos los caídos por España, el precioso himno “La muerte nos es el final”,  llegó la hora deseada de apertura de los barriles de cerveza, esperada con ansiedad sobre todo por nuestros queridos amigos de la Hermandad de Caballeros Legionarios, que no acababan de entender el porqué de la limitación horaria al consumo de alcohol, y que en lucida previsión ya habían parado en la autopista para hacer acopio de las suficientes reservas líquidas para sobrevivir dos horas cara al sol.

Un bonito aterrizaje de varios paracaidistas del cercano centro de Ampuriabrava, cada uno portando una diferente bandera alusiva al acto, varias exposiciones de  material militar ubicadas alrededor del inmenso patio del antiguo centro de instrucción y la espera al segundo turno de comida entre charlas, chanzas y alegría, culminaron este bonito acto que esperamos poder repetir en los próximos años.
Sobre  la calidad del “rancho” que compartimos todos en el comedor del cuartel, la deficiente (por decir algo) organización del reparto de la comida, la enorme distancia entre el comedor y los aseos,  las extrañas actividades lúdicas anunciadas en el cartel de la cantina, que incluían bailes “latinos” impartidos por  la soldado Levys y algún que otro detalle sin importancia no hace falta hablar.

Para criticar ya tenemos a los de siempre, que seguro que son incapaces de comprender actos de esta índole, nuestra asistencia y la emoción que sentimos escuchando  marchas militares y viendo ondear al viento nuestra bandera nacional, a pocos kilómetros de Francia y en medio del precioso, catalán y por ello tan español,  Ampurdán.

P.D. No dejéis de hacer clic en este enlace al himno la "Muerte no es el final", se trata de una versión especial que seguro será de vuestro agrado



Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
del compañero perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la Fe su esperanza.

En tu palabra confiamos
con la certeza que Tú
ya lo has devuelto a la vida,
ya lo has llevado a la luz.
Ya lo has devuelto a la vida,
ya lo has llevado a la luz


Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.

Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.


jueves, 2 de junio de 2011

Sobre premios y premiados: hablando de Leonard Cohen

Nunca he sido un incondicional de los grandes premios internacionales, llámense Nobel, Príncipe de Asturias o Karlspreis (Premio Carlomagno). Mi instintiva suspicacia hacia la mayoría de centros de poder, lobbies, organizaciones supranacionales, no gubernamentales, supuestamente caritativas, igualitarias, interplanetarias y demás mafias esparcidas a lo largo y ancho de la tierra,  me ha hecho dudar desde pequeño, inducido también por la cultura y el ancho de miras de mi madre (RIP),  de casi todas aquellas instituciones que en nombre de supuestas buenas intenciones, valores  y altruismos varios han premiado a este o aquel personaje por actos, hechos u obras en muchos casos desconocidas para el normal de los mortales e incomprensibles en la mayoría de las ocasiones.  Cuando no insultantes y ridículas. 
Valgan como  muestra estos botones, que digo, premios: los nobel de la Paz para Obama, Al Gore, Willy Brandt, Arafat, Begin  o Al-Sadat creo que son harto discutibles, los Carlomagno para Kissinger, Giscard d'Estaing o el Euro (¿un premio a una moneda?) seguro que nos permitirían entablar una larga discusión y los Príncipe de Asturias  de las Artes a Tàpies, Woody  Allen o Santiago Calatrava a mí personalmente me parecen fuera de lugar, aunque en el espinoso tema del arte todos sepamos que llegar a un consenso es bastante difícil. Igual de espinoso que definir el “Arte” en sí, como hemos visto recientemente con el arte del toreo, que en una parte de nuestra otrora gran nación se ha convertido en delito mientras que en el país vecino se ha elevado a la categoría de patrimonio cultural.
Pero ayer claudiqué y me alegré muchísimo por el Premio Príncipe de Asturias otorgado al escritor, poeta y también cantante canadiense Leonard Cohen.  Esta última faceta, la de cantante, es la que conocemos la inmensa mayoría, pero si se repasa su historial creativo veremos que antes de nada fue escritor, y de gran éxito.  Me enteré de la concesión del  premio de forma instantánea gracias a la red social de los pajaritos pio pio, en inglés Twitter, que se inundó en pocos minutos de mensajes de alegría y convirtió a esta figura de la canción que ha acompañado  a la gente de mi generación desde los años 70 en el tema del momento.  Por una vez me sentí premiado yo mismo, algo que seguro le habrá sucedido a muchas más personas, dado que mi relación con este artista va más allá de una simple afición a su música, sus letras o sus siempre increíbles comentarios entre canción y canción cuando actúa en directo.

Mis recuerdos de infancia le incluyen a él desde un lejano  1972, cuando aún niño compré mi primer disco,  llamado “Songs from a Room”, en ese material hoy desconocido llamado vinilo, elepé que por cierto sigo guardando en algún baúl o maleta en el altillo de casa. Anda por ahí también una biografía del Sr. Cohen con anotaciones en los laterales hechas por mi hermana, de las cuales recuerdo una muy expresiva, en la que dice “No te he visto nunca pero parece que te conozca desde siempre”, y hasta tengo grabaciones en las hoy míticas casetes en las que mi tío, ya fallecido, canta el “Suzanne” o yo mismo me arranco,  con mi voz avejentada antes de tiempo, con un “Lady Midnight” o un “The Butcher “ bastante aceptables para mis capacidades musicales.
Creo que pocas veces volveré a compartir el criterio de organismo alguno por la concesión de un premio, por lo que, por primera vez, y sin que sirva de precedente, apruebo esta decisión tomada por el jurado.  Y al mismo tiempo me siento un poco dolido de que mi nuevo diario de referencia, La Gaceta,  encabece su segunda página con un, en mi opinión,  inapropiado y hasta feo pie de foto titulado “Premio inadecuado”. Suerte que en las páginas interiores se hace justicia a este genio de la depresión, la tristeza y la soledad en compañía a los sones de canciones inolvidables. Congratulations Mr. Cohen!