jueves, 10 de octubre de 2019

Casposos


Oí el otro día al volver de Vistalegre algún comentario entre jocoso y maleducado llamándonos casposos. Y a pesar de que me entró por un oído y me salió por el otro, cual AVE al máximo de potencia entre Zaragoza y Lérida, algo ofendido sí que me sentí. Me explico.

Aparte de la definición oficial de mi querido DRAE, es decir, “que tiene caspa”, casposo también es una expresión coloquial y despectiva muy común para referirse a una persona u objeto “que llama la atención por estar anticuada o pasada de moda”.

A partir de esta definición, casposas pueden ser tantas cosas, ideas o maneras de actuar, que siempre dependerá de quien use la expresión y en que contexto la utilice para insultar a alguien o describir algo.

En España llevamos ya más de cuarenta años de democracia (o por lo menos así llaman a nuestro sistema político), lo que vienen a ser más de cuarenta años en los que se ha denominado casposos de forma insistente y sistemática a todos aquellos que no comulgan con las ideas y convicciones propias del pensamiento único de la arrogante progresía, la izquierda cavernícola y de los adeptos a las nuevas y tan dañinas “religiones”: climáticas, de género, animalistas, veganas, amigas de las pseudociencias, vegetarianas, seguidoras del Reiki, de la talasoterapia, terraplanistas, adoradores  de Mr. Spock, asaltantes del área 51, furibundos antivacunas o oenejetas colaboradores de mafias esclavistas.

Con el sucio, iletrado y amoral policía “Torrente” como arquetipo del ser “casposo”, los supuestos progresistas han tachado y tachan como “lleno de caspa” a todo lo que no cuadra con su manera de entender la vida, la historia o la sociedad. O que no entienden. Y en su suprema ignorancia se quedan tan panchos insultando a una gran parte de la sociedad.

Ser cazador es casposo, ser religioso es casposo, leer es de casposo, amar a tu patria es casposo, ser heterosexual es casposo, aborrecer el sexo sin amor es casposo, peregrinar es casposo, tener un coche diesel es casposo, ir en Vespa es casposo, leer la prensa (menos El País, claro está) es casposo, respetar al prójimo es casposo, rezar es casposo, regalar flores es casposo, dar las gracias y pedir algo por favor es casposo, trabajar para vivir es casposo, madrugar es casposo, comer carne es casposo, llevar un Fred Perry es casposo, jugar al billar de carambolas es casposo, odiar el reguetón es casposo, no mirar series en Netflix es casposo, en fin, nuestra vida es casposa. Y mucho. Según “ellos”, claro está.

Pero puestos a analizar la realidad, lo verdaderamente casposo es todo lo contrario.

  • Casposo es llevar una camiseta del Che Guevara, un asesino de homosexuales, déspota y violento.
  • Casposo es cantar la “Internacional”, himno del peor sistema político que ha sufrido el ser humano y culpable de cientos de millones de muertos.
  • Casposo es enarbolar la tricolor bandera republicana, símbolo de una república dictatorial, asesina y única causante de la triste Guerra Civil que sufrió España el siglo pasado
  • Casposo es negar los avances médicos y científicos y renegar por ejemplo de las vacunas.
  • Casposo es vivir seis meses a tutiplén a costa de los impuestos de los demás, por trabajar unas ridículas veinte peonadas en Andalucía gracias al PER (que tan bien sabe explotar el PSOE para arramplar con los votos cautivos).
  • Casposo es levantar el puño en una manifestación mientras en la otra aguantas un móvil de última generación
  • Casposo es llamar “bestias con taras en el ADN” a los ciudadanos de otras regiones de España.
  • Casposo es implorar ayuda a Dios desde el monasterio de Montserrat para conseguir una independencia que no desea ni un 30% de la población, y encima rodeado de monjes pederastas o encubridores de ellos.
  • Casposo es exhumar a Franco para contentar a la galería mientras pestilentes estatuas de La Pasionaria, el Che o Carrillo jalonan nuestras calles y plazas.
  • Casposo es militar en UGT o CC.OO. sin haber trabajado en la vida.
  • Casposa es la ley de Memoria Histórica que pretende reescribir la historia a gusto de una izquierda caduca, rencorosa y vengativa.
  • Casposo es tener a terroristas y sus cómplices en nuestras instituciones.
  • Casposo es permitir una exposición con los lamentables cuadros del asesino etarra Bienzobas
  • Casposo es repartir trabajos y prebendas a cambio de votos, como por ejemplo en  Huévar del Aljarafe,
  • Casposo es usar los medios del estado para tu propio placer y beneficio, como hace nuestro presidente por accidente día sí y día también.
  • Casposo es escuchar música que en sus letras humilla a las mujeres.
  • Casposo es tolerar que el sistema explote a una niña enferma como Greta Thunberg.
  • Casposo es defender al retrógrado, machista y violento islam e insultar al cristianismo.
  • Casposos son Monedero, Errejón, la Talegón, Montero e Iglesias.
  • Casposas son La Sexta, Tele5 y Antena 3.
  • Casposo es Iñaki Gabilondo.

Señores y señoras: lo que es verdaderamente casposo es ser un giliprogre de izquierdas a estas alturas de la historia.

Lo que no es casposo es creer en la libertad, la justicia, la patria, el esfuerzo, la igualdad, la solidaridad, la belleza, el amor, la familia, la caridad o la generosidad.

O asistir a un mitin con una bandera de España en la mano y otra en el corazón.

Todo esto no es ser casposo, simplemente es ser una persona cabal. Y de bien. Del siglo XXI.


martes, 8 de octubre de 2019

Malditos seáis los que nos robasteis nuestra tierra.


Han pasado dos años desde el intento de golpe de estado de los secesionistas catalanes. Dos años que las personas normales, los españoles de Cataluña, o los catalanes de España, hemos pasado sufriendo, maldiciendo y aguantando el chaparrón incesante de una maliciosa minoría separatista que, usando los medios de comunicación públicos y amparados por el poder autonómico en clara connivencia , sigue haciendo la vida imposible al buen ciudadano de Barcelona, de Tarragona, de Lérida y de Gerona (si escribiera en catalán diría Lleida o Girona, pero no sería de recibo usar endónimos cuando en nuestra culta, amada y común lengua española existe el correspondiente exónimo). Y si además estas cuatro provincias son parte de España desde su propio nacimiento como condados del Reino de Aragón, qué os voy a decir…

Dos largos años que llevamos esperando por un lado una sentencia proporcionada y justa a los delitos cometidos (es decir, una sentencia dura por la gravedad de los hechos), pero también dos largos años en los que nada ha cambiado, en los que los partidos políticos, casi todos ellos, han ido variando su discurso, han comenzado a minimizar los hechos acaecidos en 2017 y todo el prólogo que empezó en 2011, y siguiendo sus propios objetivos de poder, de prebendas, de escaños y concejalías, con el fin último de influir en el poder judicial, de crear empatía hacia los golpistas y de ganarse el favor de sus futuros votantes pactando y negociando, han seguido vendiendo nuestra tierra y con ello nuestra alma al mejor postor. Como el repugnante enano Iceta. Y tantos otros.

Ya ni queda la infantil ilusión de Ciudadanos, que nació para ampararnos y ha acabado siendo parte del nefasto sistema, diluidos en guerras partidistas, con sus líderes bien colocados en Madrid y sus bases hartas de tanto veleta y tanto cuento chino.

Desde el piso familiar en la avenida de Sarriá o la casa en Roda de Bará, las tardes en el Turó Parc o subiendo por la Diagonal hasta la Rosaleda, las cervezas en el Pippermint o las partidas de billar en la sala de juegos de la calle Calvet, mis veraneos en Castelldefels, Cambrils, Calella de Palafrugell o la Escala, la casa familiar de vago recuerdo en Hospitalet o la de asueto veraniego con olor a ovejas y paseos a la fuente en Vallirana, las excursiones dominicales a comer costillas al Montseny o pato en Viladrau,  las paellas servidas en la arena de la Barceloneta, las subidas en vespa a Vallvidrera, los paseos por el Barrio Gótico con un suizo y unos melindros como premio, los cócteles en el Berimbau del Borne o las mañanas, tardes y noches en el campo de fútbol de Sarriá, hasta los años escolares en la calle Copérnico, la avenida del Doctor Andreu, ahora Tibidado,  y finalmente en Esplugas, todo ello, toda mi infancia, nuestra infancia, juventud y hasta edad madura, han pasado a mejor vida. Son recuerdos, bonitos todos ellos, pero por desgracia irrecuperables.

A base de envenenar, manipular, reescribir la historia e imponer una dictadura nacionalista nacida para amparar a una burguesía racista, explotadora y ladrona, usando para ello la contraeducación desde la tierna infancia en guarderías y “esplais”, los grupos excursionistas y las agrupaciones religiosas en la pubertad, las facultades universitarias en la juventud y los medios de comunicación esclavos en la edad adulta, los malvados y dementes separatistas nos han quitado todo. Nos han robado nuestro pasado, nuestro presente y el futuro de nuestros hijos y nietos.


Cada vez somos más exiliados catalanes que hemos preferido acabar nuestros días en otras provincias españolas, como antes sucedió con muchos compatriotas de las provincias vascongadas, obligados por el hedor y la violencia de los separatistas, la sucia y traidora cooperación necesaria de los en teoría constitucionalistas partidos mayoritarios, la silenciosa y hereje colaboración de la Iglesia y la omnipresente manipulación de “tot plegat” por parte de la CCRTV, la maldita TV3 y sus bien pagados lacayos.

Ruego a Dios que la justicia terrenal, o en el caso de unas igual ya pactadas penas simbólicas o hasta una amnistía general, pues entonces la justicia divina, caiga sobre vosotros cual losa de granito y acabe de una vez con el daño que habéis hecho a millones y millones de buenas personas. 

A tantos catalanes que ya ni tenemos ganas de volver a lo que fue nuestra casa.

Malditos seáis los que nos robasteis nuestra tierra.




lunes, 7 de octubre de 2019

El futuro nos pertenece


Como bien entenderéis no he podido evitarlo y me he levantado al alba presto a escribir un poco sobre lo vivido ayer en Vistalegre, en el multitudinario acto de VOX, ese partido político que poco a poco está convenciendo a los españoles de que no todo está perdido. 
Echando una rápida mirada a las crónicas sobre el evento en los principales medios, no hay nada que me sorprenda. Desde la simpleza de “El País” hablando de los votos de los nostálgicos del franquismo (teniendo en cuenta la media de edad de los asistentes me pregunto seriamente como se puede tener nostalgia de algo que no se ha conocido), hasta las típicas crónicas de los diarios digitales, llenas de ironía y el sarcasmo: parece que todos ellos tuvieran su relato bien preparado y escrito bastante antes de la celebración del exitoso evento. Y que el mismo relato les podría servir para hablar del acto de ayer, de un partido de la selección nacional de fútbol o de la misa dominical del Valle de los Caídos. Poca imaginación, muchos clichés y sobre todo mucho miedo. Miedo a la verdad. A la realidad social. A las demandas reales de los ciudadanos.

¿Y esto que significa? Bien claro está: la izquierda, el nefasto progresismo iletrado y la prensa esclava de la mentira y dedicada a la manipulación y la tergiversación en busca de cuatro clics y cinco “likes”, se han quedado sin argumentos. Les pasa con VOX lo mismo que le pasa a un niño pequeño cuando le pillas robando chuches en una tienda: no saben que decir, se enrocan en infantiles excusas y atacan al portador de la verdad con espurios argumentos que ya no cuelan.

Es lo que tiene decir la verdad: saben muy bien los histéricos que critican a VOX, que todos y cada un de los argumentos de los oradores tienen una base irrefutable. Y esto les pone muy nerviosos, ven peligrar su falso relato, ven derrumbarse el castillo de naipes marcados en el que basan su discurso sobre la historia de España, le están viendo las orejas al lobo y no saben como remediarlo. Como el pequeño descubierto con el bolsillo lleno de dulces hurtados.

 ¡Que os han pillado, charlatanes!

¡Que la historia es una y no la podéis reescribir a vuestro antojo!

¡Que la situación actual de España, atacada por enemigos internos y externos, como bien se explicó ayer, es terrible!

¡Que el separatismo está al acecho y amenaza con acabar con una de las más grandes naciones del mundo!

¡Que el estado de las autonomías no es asumible: el coste de las múltiples administraciones que no aportan nada al ciudadano no se puede seguir aceptando!

¡Que la inmigración ilegal tolerada y hasta fomentada por el poder actual está llenando nuestros pueblos y nuestras ciudades de delincuentes juveniles, violadores y potenciales terroristas, sin que ni uno de los “migrantes” (por cierto, migrar migran las aves, los búfalos y demás animales, no las personas, por lo menos en este nuestro siglo XXI) tenga la mínima intención de integrarse o trabajar para ganarse la vida!

Y no solamente la izquierda está asustada ante la llegada de la sensatez y la verdad: la derecha de siempre, la que pacta con separatistas, nacionalistas y hasta con el diablo para mantener sus cuotas de poder, sabe muy bien que su tiempo se acaba. Que la sociedad española ya no aguanta tanto pactismo, tantas promesas sin cumplir, tanto mamoneo, tanta corrupción, tantos plagios, tantos cambios de rumbo, tantas veletas girando al viento que sopla cada mañana, sin importarles si es de levante o de poniente.

Y vuelvo a aclararlo a los que no me conocen: no soy militante de VOX ni de ningún otro partido, más aún, no he votado a ningún partido político en mi vida, y mi última participación en un proceso electoral fue el referéndum de entrada en la OTAN de marzo de 1986. Sigo fiel a mis principios y no soy capaz de meter una papeleta en una urna sin sentir que traiciono mis valores fundamentales.

Pero también tengo la capacidad intelectual, la formación y la experiencia suficientes para discernir entre el bien y el mal, entre las opciones políticas retrógradas y dañinas para nuestro presente y sobre todo nuestro futuro, para saber quien miente y quien dice la verdad, para entender que estamos ante una encrucijada que no permite ni un paso atrás. Que España y Europa, el mundo occidental, están en claro peligro de desparecer, de pasar a ser historia y dejar el campo libre a un nuevo y oscuro mundo que tenemos que evitar de cualquier forma.

Todos nosotros. Los españoles de bien. Los que madrugamos, trabajamos, pagamos impuestos, respetamos al mayor, protegemos a la familia, ayudamos al prójimo y queremos a todas las personas de bien. A las que no son de bien, pues ni agua. A esas, a las gentes mentirosas, egoístas, violentas, gandules, interesadas, sucias, manipuladoras, vengativas y envidiosas, a esas no las queremos a nuestro lado. Cuanto más lejos, mejor.

Porque el futuro nos pertenece.




miércoles, 25 de septiembre de 2019

La mentira sistemática


Lenin la patentó, la Segunda República la explotó,
ZP la revivió y Pedro Sánchez la institucionalizó.

Todos sabemos que la mentira nos rodea. Y que se trata de un arma infalible para conseguir los objetivos perseguidos. No se trata de nada nuevo, es algo que nos ha acompañado desde los albores de la civilización. Se mentía en la Edad de Piedra, tanto en el Paleolítico como en el Mesolítico y el Neolítico, Edad ésta en la que las mentiras ya se empezaron a pulir como las piedras, en la Edad del Bronce, en la Edad del Hierro, en la Antigua, en la Media, en la Moderna…, y desde entonces hasta nuestros días, hasta la Edad Contemporánea.  Cierto es también que, durante la evolución de las sociedades primitivas hasta nuestro mundo actual, la aparición de las religiones convirtió el hecho de mentir en algo malo, en un pecado (tampoco en todas las religiones ni en la misma medida), pero no por ello se ha conseguido erradicar ese mal que es parte intrínseca del ser humano.

No me arrogo ser versado en filosofía, más aún, no me precio de ser experto en nada, pero sí que entiendo que la evolución desde las edades oscuras hasta hoy en día ha traído consigo la aparición de valores morales o éticos, gracias sobre todo a las culturas griega y romana y en especial al cristianismo (que no al islamismo o al judaísmo, que por desgracia mantienen preceptos contrarios a la moral y la ética tal como la entendemos nosotros). Valores que han permitido el avance de la sociedad, la aparición de la moral, de la justicia, de la libertad, y con ello la mejora de la convivencia, en resumen, que han permitido llegar a donde estamos hoy en día.

Pero cuando ya habíamos dado el enorme salto cualitativo de pasar de ser seres primitivos, violentos, caníbales, promiscuos, falsos, egoístas y mentirosos, a convertirnos en personas cabales, con cierto grado de cultura y con una serie de valores superiores, como la lealtad, la honradez, la tolerancia, la fidelidad, el respeto, la solidaridad o la generosidad, por nombrar algunos, llegó la involución.

Y no me refiero a la Edad Media o a la Edad Moderna, ni pretendo hablar de la evolución social desde antes del nacimiento de Cristo hasta los siglos XVIII o XIX. Me vendría muy grande desgranar la historia de la humanidad. Doctos pensadores y millares de libros hay a los que podéis recurrir para entender “el perquè de tot plegat”, como decimos en Cataluña (el porqué de todo), o si queréis atajar podéis tirar del excelente aunque polémico resumen de Dietrich Schwanitz titulado “La cultura: todo lo que hay que saber” (un resumen en 816 páginas de TODO lo que hay que saber: según el autor, claro está); voy directamente al principios del siglo XX. 

Un siglo que abandonamos hace bien poco pero que sigue marcando nuestra realidad. A no ser que seas un “millennial” de las generaciones Y o Z y no te enteres de nada ni tengas interés por nada más que por consumir y disfrutar.

A lo que iba: a la mentira.

Como dijo (entre muchas otras barbaridades) el aborrecible Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, “la mentira es un arma revolucionaria”. Y tan pancho se quedó, arrastrando al mundo entero a la desgracia que aún sufrimos hoy en día. A la mentira como principal herramienta para llegar al poder, para mantenerse en él y para vivir como un rey a costa de los demás.

Esa maldita mentira que Lenin patentó, la Segunda República explotó, ZP revivió y Pedro Sánchez institucionalizó.

Para desgracia nuestra y de las futuras generaciones. Todo, absolutamente todo lo que dice y hace nuestro fraudulento, plagiador y enfermo presidente por accidente, es mentira. Desde que se levanta hasta que se acuesta en su cómodo colchón, durmiendo a pierna suelta junto su vaga y vividora señora, Pedro Sánchez no hace nada más que engañar. Hasta podríamos creer que miente más que respira. Miente a su partido, mientre a sus teóricos aliados, miente a la sociedad, miente al sol y a la luna, a las nubes que vigila su mentor y maestro ZP, a la UNO, a las dos y a las tres. Y lo peor de todo es que le importa un pepino. No tiene ni un ápice de moral o de vergüenza. Solamente existe un propósito en su vida: su ego. El YO en mayúsculas como objetivo único e intocable de su cómoda vida. Y la mentira como motor. Un motor muy, pero que muy contaminante. Acompañado de palmeros, mentirosos a tiempo parcial o total, y, sobre todo, de infinidad de espejos en los que admirarse a todas horas; su plan de negocio, su “roadmap” como gustan tanto soltar los consultores, su objetivo vital, su meta, son solamente uno: disfrutar, figurar, vivir del cuento y explotar al máximo los días que permanezca en este mundo.

No tiene miramientos, no tiene sentimientos, es un ser carente de cualquier valor, esos que detallaba más arriba y que nacieron fruto de una evolución de millares de años. Un avance social, cultural y humano que se fue al garete cuando apareció la izquierda y el tan mal llamado progresismo, y con ellos el hablar por hablar y el mentir como lema vital. Un progresismo que poco tiene que ver con el progreso. Es una vuelta atrás. Una involución. Estamos tirando por la borda siglos y siglos de avances. Y seguiremos igual si no le remediamos de alguna manera.

Pero no será tarea fácil: no hablamos solamente de Pedro “cumfraude” Sánchez. La inmensa mayoría de la clase “dirigente”, los políticos y sus lacayos, padece la misma enfermedad, miente igual y persigue los mismos objetivos.

La mentira está institucionalizada en la izquierda, en el centro, en gran parte de la derecha, en la recta y en la curva, en el nacionalismo, en el histerismo climático, en el revanchismo, en el guerracivilismo, en el veganismo, en el LGTBIsmo, en el periodismo, en el globalismo…, en todos los repugnantes “ismos” que poco a poco conseguirán devolvernos al sitio de dónde salimos: a las oscuras y frías cavernas.

Igual tiene que ser así.



lunes, 23 de septiembre de 2019

Vividores


El pasado fin de semana volví a disfrutar de un clásico de nuestro cine patrio, “Los tramposos”, película del año 1959 dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada, entre otros, por unos insuperables Tony Leblanc y Antonio Ozores. Este filme relata las andanzas de dos “simpáticos” embaucadores que se dedican a todo el amplio abanico de timos conocidos: desde el trile de la bolita hasta el cuento de la estampita, prueban de todo para ganarse la vida. De todo menos trabajar, claro está. Pero gracias a las sublimes interpretaciones y al inmediato cariño y complicidad que generan en el público, el detalle de que no intenten trabajar queda diluido, convirtiéndose la picaresca y el mal vivir de los protagonistas en algo aceptable, y con ello imitable.

Y así seguimos, sesenta años después, rodeados de timadores. Pero por desgracia existen grandes diferencias entre el año 1959 y nuestro presente: la minoría que delinquía (porque de eso se trata, de delitos) en aquel entonces se ha convertido en seis decenios casi, casi en una mayoría.  Veamos.

Titulo esta entrada “vividores”, en vez de escribir directamente timadores, o delincuentes, que es lo que debería poner. Y lo hago con intención: como ya he escrito en infinidad de artículos, en esta nuestra España venida a menos somos campeones en suavizar, ocultar o silenciar los malos e ilegales comportamientos. Palabras como picaresca, o en este caso vividor, tienen una connotación positiva, convirtiéndose por desgracia en virtud más que pecado. Los héroes de la sociedad ya no son los médicos, los policías, los bomberos, los dirigentes o los religiosos y misioneros; por el contrario, los ídolos, los referentes para la juventud y hasta para una gran parte de los teóricamente adultos, son todos aquellos personajes que consiguen triunfar sin dar un palo al agua. Y de esta tipología de seres inmundos que no aportan nada positivo a la sociedad, los que yo suelo llamar de “valor añadido cero patatero”, vamos sobrados en esta piel de toro antes poblada por héroes altruistas, científicos, descubridores, artistas, sabios dirigentes, valientes guerreros y humildes servidores del prójimo. Hoy en día estamos rodeados de mangantes en todos y cada uno de los ámbitos sociales. En el mundo laboral, en el ámbito religioso, en el periodismo, en el séptimo arte (que de arte cada vez tiene menos), y, destacando por encima de todos estos estamentos, en la política, sufrimos la triste presencia de garrapatas, defraudadores, arribistas, ladrones, mentirosos, bocazas, incultos, iletrados y aprovechados, en resumen, de malditos vividores.

Echemos una vista a nuestro alrededor, a los protagonistas de las noticias, de los programas de televisión, a los que cortan el bacalao hoy en día, a los que se llevan sueldos astronómicos frente a los miserables jornales que siguen cobrando los verdaderos trabajadores (como por ejemplos los miembros de la Guardia Civil y la Policía Nacional, o nuestros sacrificados y nobles soldados): políticos corruptos, presidentes dedicados al plagio y al buen vivir, periodistas untados al servicio de partidos políticos que solamente sirven de trampolín para la chusma de la sociedad, clérigos y monjas a sueldo de los dementes, racistas y malignos nacionalismos, consejeros delegados al servicio de lobbies, catedráticos dedicados a regalar titulaciones por cuatro reales, jueces vendidos al mejor postor, tertulianos carentes de formación, neuronas y educación hablando hoy del medio ambiente, mañana de digitalización y pasado de neurociencia, sin tener ni papa de ninguno de los temas sobre los que osan opinar, o presentadores de televisión incultos e iletrados que no saben hacer la o con un canuto.

No hace falta ni que detalle nombres y apellidos de todos y cada uno de estos personajes, bien los conocemos todos. Pero aun así me permitiré recordar algunos nombres, no vaya a ser que hoy me quede sin descargar mi ira sobre la chusma que nos rodea: la falsa monja Caram, la sucia alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, nuestro caradura mayor, el presidente por accidente Falconetti, Pablo Iglesias y consorte, García Ferreras, Monedero, Errejón, Ortuzar, Quim Torra, Escobar, Alonso, Sémper, el arzobispo Planellas,  Lluis Llach, Amenabar, Almodóvar, Alberto Garzón, el traficante esclavista Oscar Camps, Feijóo, Rufían, Adri Lastre, Ximo Puig…una lista interminable.

Y paro aquí para evitar esas terribles arcadas que me producen todos estos malditos vividores.

Y no valen argumentos como que siempre ha habido pícaros, ladrones y mangantes. Claro que los ha habido siempre. Y los habrá. Igual que meretrices. Y sus hijos. Es algo inevitable y bien visible. Pero lo que no es de recibo y tenemos que combatir de alguna forma es que estos deshechos, estas garrapatas, sean los que dirijan nuestros destinos, vivan a cuerpo de rey y se rían en nuestra cara mientras todo se derrumba a nuestro alrededor.

Allá cada uno como los combata. Escribiendo, estudiando, trabajando noblemente, rezando, patrullando, limpiando, ayudando al prójimo, o quizás votando algo coherente y serio el próximo 10 de noviembre.

It’s up to you, como dirían los ingleses y los paletos que no saben idiomas, pero utilizan cada día más expresiones foráneas, en vez de usar y cuidar nuestro rico y precioso idioma español.

Tú mismo. Luchemos por algo superior, que vaya más allá, en latín plus ultra, o aceptemos el desastre, las penurias y la desaparición de una sociedad cuya construcción ha costado milenios.



martes, 17 de septiembre de 2019

La Mercè


Ante la próxima fiesta patronal de Barcelona, Nuestra Señora de las Mercedes, abreviada la Mercè en catalán, me vuelvo a soliviantar ante la falsedad y la estupidez de tantos, tantas y tantes (del cartel de este año no quiero ni escribir, se me hincharía la vena y acabaría insultando a diestro y siniestro).

Al igual que sucede en Navidad, en la Fiesta de los Reyes, en Semana Santa o cualquier simple y llano domingo, muchos nos preguntamos: ¿qué rayos celebráis? O mejor aún, habría que preguntárselo a ellos, a los que celebran por todo lo alto todas y cada una de nuestras fiestas religiosas, sin tener ni puñetera idea del porqué ni el por quién; lo único que saben es el para qué: para descansar, divertirse, consumir o viajar en la mayoría de los casos; para molestar, insultar, blasfemar y delinquir en muchos otros.

Y la contestación de que son “tradiciones” o “costumbres” despojadas de cualquier contenido religioso, se la pueden meter donde les quepa. En su cerebro, por ejemplo, que anda sobrado de espacio.  Porque tradiciones y costumbres ha habido y sigue habiendo de todo tipo, pero ni por asomo celebramos todas ellas. Por lo menos en nuestro amenazado mundo occidental. Otra cosa sería hablar de las primitivas, bestiales y humillantes tradiciones del islam o de tribus primitivas africanas, americanas o asiáticas. Esas ¿tradiciones? que a la chita callando se están recuperando y promocionando en todo el mundo con el apoyo de la enferma progresía y su constante involución que amenaza con llevarnos de vuelta a tiempos oscuros.

Hoy mismo he leído dos cartas al director (en La Vanguardia y en el ABC) en las que el autor se queja de la falta del anuncio de la solemne misa en nuestra preciosa basílica consagrada a la Mercè, acto clave y principal de las fiestas ignorado en los programas oficiales de las fiestas patronales de Barcelona. 

No es la primera vez, ni por desgracia será la última, en la que nuestra sucia, vaga, inculta e impresentable alcaldesa omite a conciencia cualquier referencia religiosa en los festivos ligados a la Iglesia Católica que celebramos a lo largo del año. Claro que no se trata de celebraciones musulmanas, o budistas, ni años nuevos chinos o la conmemoración de la liberación por parte de los Omaticaya de la luna Pandora. Pero no lo hace solamente Inmaculada Colau (¿no habrá pensado en cambiarse de una vez el nombre por algo menos religioso, por ejemplo “Imbécil”?), sino todos los dementes progres que por desgracia pululan por nuestra querida España. 

Del Cabo de Gata hasta Finisterre tenemos a ineptos gobernantes, en todas nuestras múltiples administraciones, que dedican gran parte del tiempo a desmontar, manipular o tergiversar todo lo nuestro, todo lo conseguido, descubierto, creado e instaurado durante siglos y siglos de evolución. Nuestra historia, nuestra fe, nuestra cultura, nuestra ciencia, nuestro arte, nuestras tradiciones, nuestros hábitos (véase en ese sentido la ridícula campaña de El País estos últimos días explicándonos todo lo que hacemos mal desde tiempos inmemoriales), en resumen, nuestra avanzada civilización es, según todos estos retrógrados iluminados, un gran fracaso, y hay que volver atrás, a los sacrificios humanos, la esclavitud (como ya practican cerca de nuestras playas los traficantes africanos y sus cómplices del OpenArms y similares oenejetas), la ablación genital, la idolatría, la poligamia y hasta el canibalismo.

Si no creemos en la aparición simultanea de la Virgen a san Pedro Nolasco, al rey Jaime I de Aragón y a San Raimundo de Peñafort en el año del Señor de 1218, pues no pasa nada. No lo celebramos y sanseacabó.

Yo tampoco me fustigo hasta sangrar cada nueve de septiembre, el día de la Ashura, para conmemorar un ayuno de Moisés, ni me emborracho y me pongo alegre por obligación el día del Purim judío, para celebrar que Haman no matara a todos los judíos en Persia hace no sé cuántos siglos, ni me enlazo los jueves a las plantas de mi jardín para conectar con Eywa.


Pero claro, yo no soy “ImbécilAda” Colau. Esta demente lo celebra todo. Con tal de emborracharse, algo que al parecer es muy común en ella y que el otro día hasta fue filmado en directo en las fiestas del barrio de Gracia en Barcelona.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Once de septiembre


El undécimo día del mes de septiembre (que no el onceavo, como suelen decir muchos de nuestros tan poco ilustres y tan iletrados presidentes, diputados, políticos, famosos, influencers y tertulianos varios) es un día histórico por multitud de sucesos, hechos, nacimientos y defunciones. Como casi todos los días del año: la historia universal conocida y documentada (la historia “registrada”) de nuestro mundo occidental (al que por desgracia le queda poco antes de sucumbir a la invasión islámica-africana planificada y ejecutada por esas fuerzas ocultas que existen pero que pocos se atreven a nombrar) abarca ya bastantes siglos, siendo quizás el siglo IV antes de Cristo el momento inicial de la puesta por escrito de hechos, personas y lugares, con la obra “Las historias” de Heródoto, por lo que sin duda en cualquier día de estos veinticinco siglos documentados sucedieron hechos lo suficientemente importantes como para pasar a la historia. Para muestra un botón: podemos tirar de la tan denostada, pero al mismo tiempo tan usada Wikipedia, elegir a voleo cualquier día del año (nuestro cumpleaños, por ejemplo), y, oh sorpresa, mira cuantas cosas pasaron ese día. Como sucede, por ejemplo, con el 11 de septiembre.

No voy a listar ahora todo lo importante que sucedió este día a lo largo de los siglos: el que tenga interés que use la red de redes para este menester, pero sí que me vais a permitir comentar unos cuantos hechos realmente relevantes acaecidos en esta fecha.

El once de septiembre del noveno año d.C., una variopinta unión de tribus germanas bajo el mando de Hermann (Arminius para los romanos), líder de los cheruscos, derrotó en el bosque de Teutoburgo, sito en el noroeste de Alemania, entre Bielefeld y Paderborn, a varias legiones, infligiendo una tan severa derrota a Roma, que consiguió cambiar la historia, frenar la expansión de las hasta entonces casi invencibles huestes del Senatus Populusque Romanus y con ello facilitar la evolución o quizás el propio nacimiento de Germania como nación. Un hecho relevante, sin duda. Un hecho histórico. 
Doce siglos más tarde, el 11 de septiembre de 1297, en el Puente de Sterling, Escocia, un (gracias a Mel Gibson) archiconocido líder llamado William Walllace, derrotó a las tropas inglesas en defensa de su país, Escocia, invadido un año antes por los siempre pesados y bárbaros ingleses y su afán de conquistar y aniquilar a otras naciones (en vez de descubrir, colonizar, civilizar, integrar y hacer crecer, esas cosas que hacía el Reino de España, cuando era imperio y era español). Fue una victoria importante, pero sin pasar a ser un hecho trascendente en la historia de Inglaterra y Escocia: un año más tarde el rey inglés Eduardo I se vengó de tamaña humillación, previo pacto con Francia para poder disponer de suficientes tropas, y aplastó a los valientes “highlanders” en otra batalla, la de Falkirk. Ingleses y escoceses siguieron dándose de palos durante siglos, estando viva, aún hoy en día, la lucha por la independencia de Escocia, aunque ya no a base de garrotazos, sino en forma de pacíficos referéndums (legales y justificados, por cierto).

Sigamos con otro hecho relevante sucedido un 11 de septiembre. En 1683 el Sacro Imperio Romano Germánico, liderado por los Habsburgo, y la Liga Santa, formada por polacos y lituanos, plantaron cara en la batalla de Kahlenberg a las tropas otomanas, en el llamado segundo asedio a Viena, asestándoles un golpe definitivo y frenando, por fin, los continuos intentos de dominio de Europa por parte de las fuerzas orientales, ergo islámicas. Un siglo antes, y gracias al Imperio Español,  ya se consiguió parar esa siempre amenazante invasión otomana en la mítica batalla de Lepanto, en la que Don Juan de Austria, Alvaró de Bazán y Alejandro Farnesio, entre otros, pararon los pies al invasor de forma aplastante, destrozando su armada y salvando así al mundo occidental. Claro que en esa época la casa real en España era la de los Habsburgo en su pleno apogeo, no como en la batalla de Kahlenberg, época en la que en nuestra patria reinaba Carlos II, último rey de dicha dinastía, y por lo tanto paso previo al definitivo declive del imperio español que se produjo por culpa de la entrada de los Borbones en nuestra historia. Con ellos perdimos nuestras posesiones, como bien cantan los Nikis, y a la decisiva batalla ya ni nos presentamos, simplemente aportamos dinero. Aunque peor fue la actuación de Francia, cuyo nefasto rey Luis XIV, en su eterna guerra con Austria, ni siquiera aportó dinero. Por algo en esa época le apodaban el “rey moro”.


O los más cercanos y terribles hechos del 11 de septiembre de año 2001, en el que terroristas islámicos atentaron con sus pilotos suicidas en Nueva York y en Washington contra el corazón del mundo occidental, dejando más de 3.000 muertos, haciéndonos ver que la amenaza del islam sigue tan vigente como en Lepanto o en Kahlenberg. 
O como hoy en día en nuestras fronteras en Ceuta y Melilla y en el Mare Nostrum, que de “Nostrum” cada vez tiene menos. Ahora está en manos de piratas, oenegés comisionistas y gobiernos colaboracionistas que traerán sin duda la derrota final y definitiva de nuestro mundo, de la Europa griega, romana, cristiana e hispana.

Si no lo evitamos, claro está.

P.D.
Anda, casi se me olvida: el 11 de septiembre de 1714, durante la Guerra de Sucesión Española, en la que se enfrentaban partidarios de los Habsburgo y de los Borbones por la corona española, la ciudad española de Barcelona, que apoyaba a los Habsburgo, capituló ante Felipe V, lo que significó la consolidación en el poder de la casa de Borbón en España, y con ello el inicio del fin del justo, civilizador y glorioso imperio español en el que no se ponía el sol.

Lo que cuenten los cuatro dementes separatistas catalanes acerca del 11 de septiembre es otra cosa. Una tergiversación de la verdad (como tantas otras) a manos del nacionalismo, para justificar sus tejemanejes, su supuesta (y a todos luces inexistente) superioridad cultural, moral y racial, y sobre todo sus jugosas comisiones. Malditos y majaretas lazis.






miércoles, 28 de agosto de 2019

La calle de la Luna


Me dormía ayer con una sensación de profundo vacío, de final de verano, como hace tiempo que no me pasa. Había acabado el libro que da título a esta entrada, y tomando las últimas notas al tiempo que pegaba el enésimo pósit sobre otro párrafo más que por alguna razón quiero recordar, intenté pasar a la sesión de tertulia radiofónica habitual para acelerar el encuentro con Morfeo, pero me fue imposible. 
Entre la rabia de que todo hubiese acabado (el verano, el libro y las desventuras del protagonista), las ganas de poder escribir esta pequeña reseña y, sobre todo, poder recomendar vehementemente su lectura, ni prestaba atención al tertuliano de turno ni conseguía conciliar el sueño. Así he acabado, sentado ante el teclado dos horas antes del inicio de mi horario laboral habitual (ya podría venir hoy algún mandado de la Inspección de Trabajo a comprobar si hago horas extra), con la ciudad de Madrid plácidamente durmiendo, la M-30 más vacía que el cerebro de Bea Talegón y los primeros rayos de sol asomando por Levante.

Y hete aquí que lo primero que veo antes de ponerme a redactar, es un trino de un querido y admirado amigo alabando el libro y pidiendo una pronta segunda parte. Ya tenía yo durante toda la semana la sensación de que no estaba solo disfrutando de la lectura, que de alguna forma estaba viviéndolo todo como si fuera un cliente más de La Barrena (el bar habitual de los protagonistas). Y encima acompañado por Juanjo. ¿Qué más se puede pedir a un libro?

Seré sincero: en estos momentos me muevo entre la rabia de no haber leído antes esta novela, de que ya no queden páginas por disfrutar, y, sobre todo, intentado sofocar un fuerte sentimiento de envidia nada sana de no haberla escrito yo (por desgracia yo no tengo a un amigo que me insista en ponerme manos a la obra, y “nuestro” Carlos particular, que igual lo habría hecho, por desgracia nos dejó hace unos años, d.e.p.). 
Porque vivirla, sin duda que lo he hecho. Y mucho. Ha sido como un largo «Déjà vu», como revivir mi juventud: rodeado de personas muy cercanas, escuchando melodías más que conocidas, viviendo de nuevo muchas aventuras casi olvidadas y hasta deseando volver a estar con Natalia (la casi novia idealizada del protagonista), antes de que todo a mi alrededor se derrumbe definitivamente (sobre todo esta nuestra querida España que cada día veo más cerca de desaparecer en un mar de estupidez, egoísmo y maldad).

Pero como bien canta Garth Brooks, hay muchas veces que tenemos que alegrarnos de que Dios no haya contestado a nuestras plegarias. Porque en ese caso igual estaríamos casados con la persona equivocada, viviríamos en el sitio erróneo o ejerceríamos una absurda profesión que no nos llena nada.

O hubiéramos escrito una novela aburrida, sin contenido, sin pasado, presente ni futuro.

No como esta espléndida obra que acabo de terminar y que me ha llenado, me ha hecho amar, odiar, reír y que, sobre todo, me ha inyectado ese chute de vida que cada tanto nos hace falta.

Sometimes I thank God for unanswered prayers
Remember when you're talkin' to the man upstairs
And just because he doesn't answer doesn't mean he don't care
Some of God's greatest gifts are unanswered prayers


P.D. Muchas gracias, Kiko. He disfrutado mazo. No tardes con la segunda parte, como bien te pide Juanjo.

martes, 13 de agosto de 2019

Greta Majareta


El descanso veraniego significa muchas cosas: relajamiento, diversión, viajes, rotura de la monotonía, amores tan intensos como fugaces, incendios forestales fortuitos y provocados y, como no, los divertimentos españoles por excelencia: playa, sol, chiringuitos, siestas XL, fiestas populares, conciertos, paellas, barbacoas, discusiones con los familiares y, en muchos casos, la lectura. Igual peco de optimista y lo de leer ha quedado relegado a los pies de las fotografías en Instagram, los memes en Facebook y los hilos inútiles entre igual-pensantes en Twitter, pero en lo que a mí respecta, sigue siendo la parte del año en la que reservo más tiempo al tan olvidado (y sin duda necesario) placer de leer.

He dedicado por lo tanto mi corto descanso estival a leer un libro muy entretenido sobre el Poprock español de los 80 (Nos vimos en los bares, de Itxu Díaz, muy recomendable para cualquier melómano nacido entre 1963 y 1975) y a seguir disfrutando de “La divertida aventura de las palabras” de Fernando Vilches, estando a la espera de Amazon Prime para empezar mañana (con mucho retraso, lo reconozco, y desde aquí me disculpo) otro libro que promete, “La calle de la luna”, del tan admirado Kiko Méndez-Monasterio.

También nos sirve el estío para tomarnos todo con un poco de humor, para olvidar la trascendencia del día a día, las deudas, los presumibles problemas laborales, la crisis económica que se avecina (y que nuestro iletrado y mentiroso presidente por accidente ya está negando, siguiendo la estela del nefasto ZP) y la trágica catástrofe social que se avecina con la invasión africana dirigida y promocionada por oscuros intereses capitalistas y ejecutada por infantiles (cuando no falsas y ávidas de dinero y protagonismo) oenegés, subvencionadas con nuestros impuestos por la progresía gobernante. 

Esa funesta clase política que reparte el dinero de todos (esa lluvia dorada que cae del cielo para colmar sus egos), sin cumplir ni de asomo con su obligación, que es simple y llanamente trabajar para mejorar nuestra vida y sacar adelante nuestra Patria. Trabajar. Un verbo que desconocen la inmensa mayoría de los diputados de izquierdas, gran parte de los de derechas y, como no, todos los populistas y nacionalistas. Para trabajar ya está el pueblo, dirán para sus adentros, que ellos están para manipular, figurar, gastar y disfrutar. De eso va la política en este siglo XXI, que presumo traerá el fin de esta ruin sociedad (fin que en el fondo espero con ilusión justiciera).

¡Uy, que casi se me olvida la “emergencia climática”! Pasada ya la moda del calentamiento global (según anunció a diestra y siniestra el impresentable Al Gore en el ya lejano año 2006, hoy en día tendríamos que estar todos más asados que un “pollo al ast”), la hipócrita progresía (a la que me gusta llamar “hiprogresía”) se ha sacado de la manga este nuevo concepto “aterrador” para mover sus hilos, conseguir sus subvenciones, editar sus libelos, y, por ende, enriquecerse a costa de la estupidez de la sociedad, esa masa tan manipulable (por su nesciencia) como la plastilina Jovi.

Y dentro de esta execrable (y poco científica) campaña catastrofista, destaca sin lugar a duda una figura: la “activista” sueca Greta Thunberg, a la que he dedicado el título de este artículo. Una adolescente, enferma de Asperger y con cierto aire de haberse quedado a medio camino de la acondroplasia, manipulada por sus padres e icono y suma sacerdotisa de la nueva religión climática. 

No voy a entrar en el negocio que mueve esta marioneta, ni en las buenas intenciones que pueda albergar, ni en la presunta nula influencia de sus padres, ni en sus proclamas de que no se lleva ni un duro, ni en la gravedad del síndrome de Asperger que padece: para ello hay multitud de artículos (en todos los idiomas) disponibles en la Red, escritos serios redactados por científicos, médicos y psiquiatras. El que desee saber algo más sobre las añagazas que usa todo el movimiento creado alrededor de este triste personaje que se informe de forma concienzuda. 

El reconcomio que me produce este pequeño monstruo creado y utilizado con egoísmo por parte de su familia, los partidos "progres" y las miles de oenegés que dependen a partes iguales del dinero público en forma de subvenciones y de las donaciones de los incautos, no me permite escribir más sobre ella. Ya tengo suficiente con verla aparecer en la prensa o en televisión, como si fuera un pequeño e impertinente Poltergeist ecologista que vuelve cada día para interrumpir mi sagrada siesta estival.

Me quedo con la graciosa ocurrencia que he usado como título, “Greta Majareta”, cuya autoría desconozco y que apareció por primera vez en Twitter en abril de este año, pero que en resumen cumple con el objetivo de cualquier apelativo, alias, apodo o mote: lo clava.


P.D.: De Richard Gere y su patético espectáculo en alta mar, rodeado de morenos mancebos cargados de cadenas de oro y teléfonos móviles de a 1.000 € la pieza, ni pienso hablar. Es tan vomitivo todo lo que rodea el tráfico de seres humanos de Open Arms y similares que prefiero callar.



jueves, 25 de julio de 2019

Nacer, vivir, morir, recordar


A Nicolás. In memoriam.
Nuevo día, nueva suerte
Mira hacia adelante, nunca hacia atrás
Porque el día de hoy, ayer aún era mañana.
Böhse Onkelz

Desde la tierna infancia vamos haciéndonos a la idea. Todos moriremos. Unos antes, siempre a destiempo, otros más tarde, y los que más en línea con la realidad perecedera de nuestro organismo y nuestra presencia pasajera en el mundo. Y no hay vuelta de hoja.

A partir de esto cada cultura, cada sociedad, cada religión, cada persona, se agarra a un consuelo: una fe, una filosofía, a cualquier palo ardiendo, todo con tal de intentar superar ese miedo innato a desaparecer.

Y ahí es donde nos equivocamos todos. A la muerte no hay que tenerle miedo, dado que es inevitable. Hay que tener miedo a no vivir de forma correcta, a no aprovechar el tiempo que nos da el destino (que nos otorga Dios a los creyentes), a pasar por este mundo tan raro sin aportar nada, a hacer daño a la gente, a no haber repartido sonrisas, a no haber amado, a no dejar un buen recuerdo.

A mi edad por desgracia ya he visto morir a mis abuelos, a mis padres, a bastantes y muy grandes amigos, pero todos siguen ahí. Les recuerdo como si los hubiera visto ayer. A cada uno de ellos. Con sus manías y sus defectos, sus virtudes y su simpatía, su ayuda, su consuelo, su compañía. Lo mismo que espero que recuerden de mí cuando llegue la hora.

Hoy es 25 de julio, día del Apóstol Santiago, patrón de España. Como muchos sabéis, un día especial para mí. Soy peregrino, desde hace muchos años, y ese espíritu de avanzar, ese “ultreia et suseia” que proclamamos los peregrinos cuando nos encontramos (Siempre adelante, siempre más allá), jamás me abandonará. 

Y justamente hace tres meses volví a llegar a Santiago de Compostela, andando, y como es costumbre, pedí al apóstol por el bien de todos, y dediqué una oración especial a mi amigo Nico. Esa misma tarde contacté con él, se lo comenté, y su contestación risueña fue: “Pues tú sigue rezando, que me ha ido muy bien, y las pruebas han salido perfectas”. Con optimismo, con alegría, como era él.

Pero pasados solamente tres cortos meses y justamente en el día de Santiago ha fallecido. ¡Maldita sea!

Dios le acoja a su lado, con su alegría, su simpatía y su característica sonrisa.

Y me corrijo. No ha fallecido. Ha pasado a ser un bello e imborrable recuerdo. 

Uno más de tanta buena gente que se ha quedado por el camino terrenal y ha pasado a ser parte de nuestra memoria.


Porque nadie muere mientras sea recordado.  




jueves, 13 de junio de 2019

En este mundo raro

Pregunté el porqué a tantas cosas
lo que escuché no me gustó
la ignorancia es a veces hermosa
inocente como el amor
en este mundo raro
que tanto se complica
y no tengo claro
lo que significa
porque este mundo es raro
y nadie me lo explica

Buscaba yo un título apropiado para esta pequeña reflexión, que versa sobre los sinsentidos, las mentiras y las contradicciones del juicio a los golpistas catalanes, y solamente me vino a la cabeza la bonita canción de Alvaro Urquijo “En este mundo raro”. Igual estoy blasfemando al usar una canción melódica y romántica de mis queridos “Secretos” para verter mi rabia, mi desconcierto, mi repugnancia y mi odio sobre estos malditos delincuentes, pero bueno, sirva lo bello de la canción como compensación a todo lo malo que sufrimos por culpa de dichos personajes, e ilustren los títulos de algunas canciones de dicho LP mis comentarios.


Hablemos pues del patético espectáculo de los golpistas separatistas en su último alegato antes del definitivo “muchas gracias, visto para sentencia” del gran y admirado juez Marchena. Un mundo raro en el que parecen vivir los encausados, ya que son capaces de pedir clemencia y perdón y en la misma frase anunciar que volverán a cometer los mismos delitos. O bien son realmente dementes (como sospechamos tantos españoles) o bien han sido abducidos por alguna fuerza sobrenatural y maligna. O ambas cosas, sobre todo escuchando a Cuixart y a Sánchez

Cuando el bueno de Marchena solamente les pedía una cosa muy simple: “Sólo quiero que me digas la verdad, y los dos buscaremos el remedio” (otra de las canciones del disco nombrado anteriormente). 

Pero erre que erre, los encausados siguen agarrándose a la sinrazón, como si entonaran la canción Desapareces, que dice así: “El orgullo me cegó. Lo que vi se me olvidó. Sin rumbo y sin control, ahora dudo”. Ya no estoy seguro si les ciega el orgullo, la incultura, el fanatismo, el odio o el revanchismo, o si simplemente son peleles en manos de las fuerzas oscuras de Cataluña (al mando de Jordi “Sauron” Pujol y su prole).

Y mientras tanto los leguleyos defensores negando la mayor y afirmando que todo iba en broma, que nadie buscaba la independencia, que no hubo violencia, que todo fue un farol. Como cantan los Secretos en la canción “Soñadores”, pero haciendo daño, mucho daño, al resto de la sociedad: “jugué, mentí, hice promesas que sabía que jamás iba a cumplir”. Así estamos. En manos de mentirosos y cobardes. Y una parte de la sociedad española ciega como los peces de la portada del disco, nadando sin rumbo en un mar de mentiras, trapicheos, alucinaciones, connivencias y comisiones.

Solamente nos queda la esperanza de que, pasado el verano, esa época del año que para nosotros los mortales dura unos quince días, mientras los políticos disfrutan de un mínimo de tres meses de descanso (duro es su trabajo, ciertamente), el otoño nos reciba con una sentencia justa, es decir, con una condena completa de todos los acusados. Y sin posteriores indultos políticos para pagar los favores. Aunque eso ya es soñar imposibles (bien lo estamos viendo con el reparto de alcaldías, comunidades, concejalías y ministerios, algo que no saldrá gratis).

Y que cada uno de los malditos golpistas, de los sembradores de odio, de los racistas, de los ladrones, de los dementes, acabe solito en su celda entonando “Trenes perdidos”:

“Y cuando estoy solo
me siento vacío
soñando el viaje de los trenes perdidos”.


Haberlo pensado antes. Listillos.



P.D. Volverá a ocurrir, y os volverán a procesar, sentenciar y encerrar.