martes, 18 de octubre de 2016

Una vez más, al Camino.

El águila vuela sola; 
el cuervo en bandadas.
El necio tiene necesidad de compañía
 y el sabio, de soledad





Vuelve el clásico de cada año. Y no hablo de un partido en la cumbre, ni de la esperada comida navideña en familia (que este año sin duda será extraña por el fallecimiento de mi padre): hablo del Camino de Santiago y mi anual tramo por las tierras de España, buscando el no sé qué o simplemente cumpliendo un rito cual dogma de fe. Ese “Walk, eat, sleep, repeat” de la camiseta que descubrí en el tramo del año pasado. Aunque como siempre intentando intercalar algún “think”, “speak”, “sing” y sobre todo “drink”. No vaya a ser que me quede deshidratado y acabe tirado en algún recodo del camino esperando la aparición de las aves carroñeras.


Empezaba pues la ruta en Salamanca, donde dejé mi último tramo de la Vía de la Plata hace 3 años, recorrido éste que inicié años antes con Carlos y Lupe y que Dios mediante acabaré un día de estos. Esta vez salía hacia lo desconocido con un compañero nuevo, Ed, que en muchos momentos me recordaba al añorado Carlos Oriente (¡Presente!): por su tranquilidad, fortaleza y parquedad en palabras y su suma presteza a la hora de compartir un trago o ayudar a los demás. Sin Matrix esta vez, después de 2 años compartiendo lo bueno y lo malo desde Roncesvalles hasta Burgos, pero con las mismas ganas y curiosidad de ver nuevos paisajes, conocer a gente extraña, departir con los lugareños y olvidar por unos días el tedio y la presión del resto del año.

Y así nos plantamos, en una etapa inicial realmente prescindible en lo que al paisaje se refiere (bien lo pone en la guía austriaca del peregrino Ernst: “se recomienda hacer este tramo en autobús), en Calzada de Valdunciel, después de 16,5 km de aburrido y feo recorrido, en cuyo albergue ya nos encontramos con los primeros peregrinos: desconocidos al llegar y parte de nuestras vidas al separarnos. Como pasa con todas las personas que vas encontrando por los variables senderos de la vida y del Camino. Aparecen, aportan o restan algo a tu vida, y siguen sus andares, dejando en su lugar esos recuerdos que son base de nuestra existencia. Los buenos y los malos. Hacemos tiempo hasta que aparece la hospitalera y tomamos unas cervezas en un bar cercano (EL Bar, para ser más exactos).  Registro y sello con Susana, o Susi, una inexperta hospitalera que se estrenaba justamente ese día y que con sus bonitos ojos azules y peinado a lo “garçon” me recordó a otra Susi de Madrid. ¡Me gustan las Susis de pelo corto! Román, gallego y con unas ganas de hablar terribles (y de meterse con los curas), nos cuenta que viene andando desde Gibraltar, mientras que José calla y otorga: ayuda a la hospitalera con los formularios oficiales. Cada uno a lo suyo. El resto del día, lo
clásico. Conversaciones, paseos arriba y abajo, cena de menú correcto en el bar viendo al RCD Español y vuelta con el albergue ya en silencio y las 8 camas ocupadas. Los ya nombrados, 3 catalanes y una francesa con aires de bruja despistada. Algo que se confirmaría en los siguientes días.


Diana a las 6:30, después de una noche dura (¿serán las cervezas, la litera, la edad, el tabaco o la suma de todos estos factores lo que me impide dormir a gusto?). Mientras el resto de peregrinos se van a desayunar nosotros tiramos millas a las 7:15. Un claro “repeat” en lo aburrido de la etapa y a las 11:30 ya nos encontramos delante del Albergue FyM en el Cubo del Vino. Curioso nombre cuyo origen sigue siendo discutido sin que nadie pueda dar una respuesta fehaciente. Ni la Wikipedia. Que ya es decir. La Eme del nombre del Albergue es de Mercedes, la activa y dicharachera hospitalera que ha convertido la antigua casa familiar en un curioso albergue con 13 camas repartidas en varias habitaciones, un salón  y un solo baño, pero lleno de fotografías de anteriores peregrinos, una bonita recepción a base de chorizo y cerveza bien fría y el ofrecimiento directo de lavarnos la ropa gratuitamente. Así da gusto. Muchas gracias por todo Mercedes.
Conocemos al matrimonio de Sudáfrica, en concreto de Durban. Se llaman Pauline y Morrell Rosseau, y a las primeras de cambio tengo la intuición de que son “del palo”. Salgo de dudas en cuanto responden a mis primeras preguntas: “por suerte el CNA está a punto de perder la mayoría” y que los “campos de fútbol del Mundial están siendo utilizados asiduamente por los equipos de rugby. Que el fútbol ahí es cosa de negros”.  En posteriores conversaciones nos enteraríamos de que son hospitaleros y que hacen algún Camino cada año (y vía Internet ya de vuelta en casa descubrí que son de la hermandad del Camino de Sudáfrica, que ella dirige una escuela femenina católica, que él es ingeniero en la Bosch y que el Papa les otorgó la condecoración Benemerenti en el 2013. Cuando el río suena…). Agradables y educados. “Rara avis” que en el trabajo o en la gran ciudad no sueles encontrarte.
Pero volvamos a lo mundano: al bar. A beber. El pertinente paseo por el pueblo nos permite descubrir que hay 2 bares y que, por fin, se cumple la ley no escrita de Ed. Un botellín, 1 Euro. “Asín si”, como proclama mi compañero de aventuras. Algo que sumado a la mortadela, alimento primordial, básico e imprescindible, parece ser su guía vital. Y tampoco le voy a quitar la razón: con botellines de Mahou y mortadela con aceitunas más de uno ha capeado las fuertes tempestades de la vida. Cargados pues con las viandas, pan, mortadela y cervezas,  retornamos al albergue para comer ahí, y dedicamos la tarde al descanso, a comprobar que el segundo bar cumple la ley del €, que el tonto que existe en cada pueblo (y que suele ser el más listo de todos) salta de un bar a otro para contar sus penas y a prepararnos para cenar a las 20:30 en el segundo turno en casa de la hospitalera.  Cena curiosa donde las haya, compartida con Román y José, en el propio comedor de la casa de la hospitalera Mercedes, con la madre sentada en primera fila escudriñando todos nuestros gestos, los niños corriendo arriba y abajo, el marido relatando sus penas y problemas con la Sanidad Pública y un ambiente entre película española de los 60 y una versión pacífica de Puerto Hurraco. Todo rematado con un buen licor casero y con la francesa yendo siempre en la dirección opuesta a los demás. Otro día más, nuevas historias para recordar.

Llegamos pues a la tercera jornada, poco tiempo en la vida normal pero lleno de detalles y anécdotas cuando compartes 24 horas al día con propios y extraños. Para rematar su suma amabilidad, Mercedes nos acompañó hasta la salida del pueblo para no equivocarnos con el sendero. Por fin cambió un poco el paisaje, y pasamos de monótonos y uniformes toboganes a un sendero con más arbolado y mayor variación vegetal. Tampoco era la Selva de Irati, pero como todo en la vida es relativo nos alegraron los arbustos y pequeños árboles que fuimos bordeando. Dos cortas paradas, una de ellas para señalizar con Morrell un cruce que debido a la vegetación inducía a error, y a las 11 de la mañana ya estábamos de nuevo en destino. Ed tiene razón en decir que estas etapas saben a poco, acostumbrado a largas marchas por la montaña. Pero a mí ya me va bien. No estoy yo para esfuerzos excesivos, ni tampoco es lo que busco. “Chi va piano, va sano e va lontano”, como proclaman por Itálica, o como se suele decir cuando se habla del Camino de Santiago o de la vida: “lo importante no es llegar, es caminar”. Y en eso estábamos. A las 11, para variar, nos plantamos en destino, esta vez en una minúscula aldea llamada Villanueva de Campeán, cuyos máximos reclamos son el único bar, un encantador albergue con una entrada pensada para Hobbits o familiares de Torrebruno y un muy dejado convento franciscano llamado “San Francisco del Soto”, patrimonio cultural en estado ruinoso (como comentaría posteriormente Morrell, muchas de las casas del pueblo tenían piedras del convento en sus paredes y cimientos). Abandonado tras la fatídica desamortización de Mendizabal, por lo que vimos “in situ”, pasó a ser la cantera particular de los parroquianos. Por lo menos pudieron darle un buen uso a las piedras y asegurarse el calor del hogar con ellas. En otros lares sin duda hubieran acabado llenas de pintadas, orines y proclamas anticlericales. En esa España que todos conocemos y que basa su día a día en el odio y la envidia al prójimo, sin dar ejemplo ni aportar nada más que rabia y una total carencia de valores. Esa España que queremos porque no nos gusta (tenía que soltar esta frase que tanto me agrada, y aquí encaja perfectamente). La bruja francesa apareció de la nada, se sumó un peludo con pinta de guarro, los 2 españoles decidieron seguir su Camino y nosotros nos dedicamos a pasar la tarde entre cervezas, charlas con los lugareños, muy salados por cierto, y la sorprendente aparición de una bandada de águilas (de ahí la introducción a este artículo, dado que como bien comentó el sabio del lugar las águilas suelen ir solas, aunque en esta ocasión debía haber algún animal muerto en las cercanías para que se juntaran hasta 6 águilas sobre nuestras cabezas). Una verdadera lástima no haber dispuesto de una cámara en condiciones…, pero bueno, las vimos. No todo es compartir y publicar al instante: como bien leía esta mañana en un artículo de opinión de un diario de tirada nacional (aunque empeñado desde hace años en cargarse a nuestra Nación), “en el nuevo presente informativo la noticia es “aquello que se comparte de inmediato”.
Poco más dio de sí el día, botellines a un Euro, unos dardos, más botellines, unos bocadillos cansados de esperar la hora de la cena (“Agotados de esperar el fin” como bien canta Jorge Ilegal) y una retirada al mini albergue a horas “intempestivas”, es decir, a las 8 de la tarde. Como si estuviéramos en el norte del continente en pleno invierno.

Habiendo entrado en el saco de dormir a las 20:00 no es de extrañar que a las 6 de la mañana del día siguiente estuviéramos ya todos despiertos, desayunando unos lo que compraron el día anterior y salvando yo mi donut de la mochila de Morrell, que en su afán de dejar el albergue impoluto se lo había guardado.  Andamos lo más lento posible ya que el único bar a unos 5 km no abría hasta las 9,
nos cruzamos de nuevo con un rebaño de ovejas separatistas, y por fin a las 9:10 tomamos un exquisito café en el Perdigón / San Marcial. Un tramo por carretera y volvimos a retomar la senda, con la depresión del Duero y la histórica ciudad de Zamora delante de nuestras narices, aunque faltaran 3 horas para llegar. Nos encontramos de nuevo con la extraña francesa en un puesto lleno de carteles de la “Fundación Ramos de Castro para el Estudio y la Promoción del Hombre”, carteles y mojones con esta inscripción que ya nos habían extrañado en las anteriores etapas. Con escritos tanto en español como en hebreo (aquí yo dudaba si era árabe o hebreo), decididamente la tachamos de contraria a nuestras ideas, algo que posteriormente se confirmó buscando un poco por la Red. Una fundación dedicada al acercamiento entre España e Israel definitivamente no encaja para nada en el Camino. Por lo menos a mi buen entender y sentir. Que es lo que al fin y al cabo me importa. No va a importarme la opinión de un progre atontado amigo de un estado genocida. O la de un matón de tres al cuarto. O la del tonto del pueblo. Aunque seguramente ésta última sería la mejor opinión de las tres. 
La llegada a Zamora es realmente espectacular, con un frontal del castillo, iglesias y todo el casco antiguo elevado sobre el río Duero y sus verdes orillas, frontera y protección natural de la ciudad. 
La temprana hora nos obligó a pasear un rato por la ciudad a la espera de la apertura del albergue, tiempo que dedicamos como es natural a tomar algunas cervezas, disfrutar de la cuidada, limpia e histórica ciudad  y a organizar una comida en común. Los sudafricanos se apuntaron de inmediato, los franceses se hicieron los remolones (aunque al final acabarían comiendo más que nadie), y no quedaba más que hacer que esperar la apertura del refugio para esta noche. Y vaya refugio: unanimidad absoluta entre todos los “veteranos” del Camino. Uno de los más bonitos, si no el que más, de todos los visitados en estos últimos 17 años. Tres plantas de un edificio histórico construido casi sobre la muralla de la ciudad,
habitaciones amplias, baños de sobras, cocina y comedor de lujo y hasta un ascensor para gente necesitada.
Entre cervezas, charlas y chanzas preparamos una buena ensalada y espaguetis, ese menú clásico de cualquier excursión, y compartimos mesa con los ya nombrados sudafricanos, los reticentes franceses, un alemán (educado como suelen ser mis paisanos y que directamente se prestó a limpiar la cocina) y un italiano bastante cascado llegados a última hora y un bicigrino (Juanón) de lo más simpático y agradable (la primera vez en todos estos años que intimo un poco más con alguien que va en bicicleta, forma de hacer el Camino que sigo considerando muy ajena al espíritu peregrino. Al igual que su creciente comercialización o el puente "Tibetano" que quieren colgar en no sé que tramo del Camino del Norte. Poco a poco acabando con la realidad histórica del Camino y convirtiéndolo en una ruta multiculti para simples excursionistas.Un verdadero asco,). 

Y habiendo una guitarra colgada en la pared estaba claro que la cosa acabaría en un ameno “sing-along”, en el que volví a destrozar algún clásico, coseché algún misericordioso aplauso y conseguí que los pocos que éramos pasáramos una buena sobremesa. El maestro Ed podría haberse lanzado un poco más y haber demostrado su maestría a la guitarra, pero bueno, tuvo la educación y generosidad de dejarme disfrutar. Poco más quedaba por descubrir, visitamos la ciudad en un paseo agradable, con conversaciones sobre estilos arquitectónicos, castillos y viejos reinos, la Reconquista y futuras escapadas a Irlanda, compramos algún recuerdo y con ello finalizó de facto el Camino de este año.






Quedaba aún una última, monótona y corta etapa de 19 km hasta Montamarta (el nombre se las trae… ), que al día siguiente rematamos, y una vuelta a casa en autobús con esa mezcla de tristeza por no poder seguir y de alegría por poder contarlo una año más. 

Y van 17 tramos. Quién lo hubiera dicho en el ya tan lejano 1999 que casi veinte años después seguiría dando tumbos por las diversas tierras de nuestra Patria en pos de descanso espiritual, algo de aventura y descubrimiento de cientos de lugares emblemáticos, paisajes espectaculares (de eso este año quizás menos, pero Zamora compensó el resto del monótono recorrido), personajes curiosos y de mis propias capacidades y carencias. Una lección de vida es el Camino, y ahí seguiremos mientras los pies aguanten.

Un especial agradecimiento a Ed por la compañía de este año. Por mi podemos repetir cuando quieras.


Recordatorio: como ya comento al principio del escrito, la vuelta a la realidad después del Camino fue bastante movida: el primer día un gran concierto de Loquillo rodeado de buenos amigos, pero al segundo día se produjo el repentino e inesperado fallecimiento de mi padre. Este hecho trastocó mis planes, me obligó a viajar de forma urgente a Cataluña y ha retrasado hasta hoy la publicación de este pequeño relato del Camino. Sirvan pues también estas líneas como homenaje a mi padre (el primer Camino en el 1999 ya fue en homenaje a mi madre fallecida en 1998). La última conversación con él una semana antes acabó con su clásico “gruñido”: “¿Pero qué vas a hacer el Camino todos los años?”, a lo que contesté” “Si, mientras mi cuerpo aguante”. Y así será. El año que viene no tendré que justificarme de nuevo, pero en cambio él velará por mí desde el cielo, o por lo menos me vigilará con ojo crítico para poder echarme en cara cualquier traspié u error. Como si aún estuviera entre nosotros.







miércoles, 22 de junio de 2016

Eurocopa


Suenan los primeros compases de la Marcha Real, ese nuestro himno patrio que pese a haber tenido ya 4 letras diferentes sigue anclado en el “lo lo lolo lo lolo lo” popular, universal y transversal; se alza el telón de la copa de Europa de selecciones nacionales, saltan los jugadores al campo y aparecen por doquier esos aficionados disfrazados, alegres y bulliciosos que suelen acompañar a nuestro equipo. Aunque este año haya causado baja el mítico ciudadrealeño Manolo Cáceres Artesero, el “del Bombo” (cosas de la edad y los achaques asociados), seguimos disfrutando de toreros, toros, flamencas, travestidos, obispos, Guardias Civiles y demás personajes arquetipos de nuestra sociedad, animando los estadios, las calles y los bares de Europa al son de Paquito el Chocolatero, el Eviva España (nacido por cierto en Bélgica) y otras “joyas” musicales que son parte de la banda sonora de nuestras vidas.


Y como no puede ser de otra forma, en esta España fratricida en la que lo más importante siempre es meterse con el vecino, soltar un “y tú qué” para recibir de respuesta el “y tú más”, aparecen también los comentarios, apuntes y artículos sobre lo poco valiosa que es esta  pachanga patriotera, sobre la superioridad moral de los verdaderos “patriotas” que trabajan día y noche para engrandecer nuestra nación, sobre lo patéticos que somos los aficionados al fútbol y sobre el tiempo malgastado en animar a una selección que en el fondo se nutre de mercenarios y renegados, ávidos de dinero y carentes del mínimo sentido del respeto hacia nuestra historia imperial y milenaria y nuestra revolución pendiente.
Nadie puede negar esa inicial vergüenza ajena que sentimos la mayoría cuando vemos aparecer a 10 fornidos machotes vestidos de toreros, sudando de lo lindo y vocalizando con evidentes problemas las complicadas letras de nuestros himnos, pero, “qué carajo” (que por cierto significa miembro viril): 

¿Quiénes somos nosotros para criticar a un grupo de personas que se juntan para disfrazarse y animar a un equipo de fútbol? 

¿Qué sabemos de su vida diaria, de los esfuerzos que han realizado y las penurias que han pasado para poder permitirse el alquiler del traje, el billete de tren, la entrada al campo y el relleno de su bota de vino?

No es nada nuevo: a mi edad he tenido que aguantar ciento y un discursos sobre el verdadero patriotismo, sobre la estupidez del fútbol, las charangas y las borracheras o la violencia en las gradas, frente a la noble militancia, el esfuerzo, la lucha diaria… y al final siempre acabo reafirmándome en lo mismo: 
sin lugar a dudas existen personas despreciables y sin preparación alguna que utilizan el fútbol para descargar sus complejos en esa desagradable violencia gratuita contra los demás; folclóricos disfrazados que salen una vez al año del armario para chupar un poco de cámara y dar una imagen lastimosa de nuestro pueblo; manipuladores de partidos políticos que aprovechan las competiciones deportivas para arañar algún voto al incauto aficionado y dirigentes que se apuntan al carro sea cual sea el evento con el fin de apurar su posición
de privilegio y sus asociadas dádivas.

¡Sin duda que existen! Existen en el fútbol porque existen en nuestra sociedad.

Pero luego está esa mayoría normalita, sin pretensiones, que trabaja día a día, que defiende a su patria en el puesto de trabajo, cuidando a sus hijos, a sus padres, que en su tiempo libre igual escribe bonitos poemas o apasionantes novelas históricas , que ayuda en la parroquia, o realiza otro tipo de labor social, que compone música, o pinta, o milita en un partido político o en un sindicato (de los de verdad, no los de las mariscadas) , que hace pintadas por las noches reclamando justicia, o reparte comida a los españoles necesitados, que anda por el Camino de Santiago ayudando a toda persona con la que se cruza, que dona sangre cada 2 meses o diseña camisetas reivindicativas con cuya recaudación mantiene vivo un local social, que mantiene un despacho de abogados que da trabajo a decenas de personas, o gestiona una bodega que alegra las horas del vermú de mucha gente... ¿Qué sé yo?

Igual se trata simplemente de personas humildes y honestas, a las que les gustan los éxitos de sus conciudadanos. Ya sea en el fútbol, en las motos, los coches o el balón volea; ganemos un concurso internacional de música o seamos el primer país en donaciones de órganos del mundo; los que nos emocionamos viendo a nuestro ejército ayudando en misiones internacionales, o viendo la botadura de una nueva fragata para nuestra gloriosa Armada; que disfrutamos con la publicación exitosa de una novela sobre la historia de España o con un “Oscar” a una película española (bueno, esto quizá menos, teniendo en cuenta el tipo de chusma falsa y “roja” (de pico que no de cartera ni de estilo de vida) que suele ganar dichos premios), en resumen, los que nos alegramos de ser españoles y ejercemos como tales.

Como decía el anuncio de las Cajas de Ahorro Confederadas de hace algunos años:

“Estamos con la gente con toda la gente, la buena gente
Estamos con la gente que vive la vida sinceramente...”



¡VAMOS ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!


miércoles, 1 de junio de 2016

Voy al bar

Si la frecuencia de publicación de artículos en mi humilde blog tiene algo que ver con mi vida diaria, sin lugar a dudas este año está siendo un poco extraño. Porque 2 artículos en más de 5 meses son realmente pocos (aunque sean 2 más que mis polvos, otro tema que tendría que hacerme mirar). Será porque tengo demasiadas cosas en la cabeza, porque no consigo quitarme de encima un estado perenne de ansiedad o porque mi vida restante parece ya definida y sin visos de mejorar. 
O quizás exista una opción positiva: igual mi silencio se deba a que en estos últimos meses mi vida social ha sufrido un repunte positivo, he asistido a muchos y buenos conciertos y encima he encontrado refugio en algunos bares agradables, rodeado de personas abiertas y tolerantes, envuelto en una mezcla nebulosa de aceite, alcohol y tabaco y disfrutando del momento sin pensar en el mañana. Como bien dice Jorge Ilegal en una de sus últimas canciones: “haciendo en el bar, la verdadera patria, con que puedes contar.” Será una mezcla de ambas opciones. Un “carpe diem” mezclado con un “que me quiten lo bailado”.

Son 3 meses de silencio pero plagados de anécdotas, que si me hubiese aplicado y tomado nota de ellas darían para algún que otro libro; aunque lo de tener que competir con autores de renombre como Belén Esteban sinceramente me quita las ganas de publicar nada. Si el nivel lector de nuestra patria ha llegado a esos extremos (que la susodicha sea la que vende más libros en cualquier feria)  prefiero seguir haciendo el bufón en los garitos antes que perder un solo segundo en llenar las blancas cuartillas de reflexiones que no entendería ni la mitad de nuestra población (tirando muy muy alto).

Hago un pequeño receso para ir a comer, solo y con el ABC en ristre, y me topo, como anillo al dedo (o por culpa del karma como dirían los nerds o los hípsters de turno, los primeros por haber leído demasiado y los segundos por sabiondos cual maestros liendre que de todo saben y nada entienden) con un artículo del siempre rompedor y acertado David Gistau titulado “El Bar” (me imagino que a partir de mañana este artículo estará disponible en línea, por ahora habrá que conformarse con este resumen). En este comentario, que versa sobre el nuevo vídeo electoral de Ciudadanos, Gistau empieza definiendo claramente la relación entre el español medio y el bar: “…cualquier intento español de hacer «Cheers» degenera en el bar de la esquina con banderín de fútbol, palillo entre los dientes y tragaperras. Es una asociación de ideas que constituye la única transversalidad, la única coincidencia doctrinal: la visión del español promedio como un tipo que huele a fritanga y tardará un rato en acertar a meter la llave en la cerradura cuando regrese a casa”.  

No anda equivocado David (y por lo tanto también acierto yo con éste mi pequeño artículo) acerca de la realidad patria: “La cutrez de bar de la esquina con la que ven a la gente estos urbanitas es tal que cuando se burlan de Rajoy acusándolo de leer sólo el Marca lo que logran es hacerlo más semejante a su español promedio, que no es de Schopenhauer, sino del Marca, de lo que se habla en ese bar. El alarde intelectual siempre penalizó al político.” 

Ni que lo diga. Si quieres ganarte a ese español promedio no le vengas con filosofía, con rigor histórico, con palabras desconocidas o con valores éticos y morales. Háblale de fútbol, de marcas de cerveza, prepárale unos buenos callos y déjale leer el Marca bien manchado de aceite y trozos de la buena tortilla de patatas que preparaste por la mañana.

Tendrás su voto asegurado. Y a un cliente contento que volverá a tu bar como si volviera a su hogar, como tan acertadamente cantaban “Justo y los Pecadores” en el ya lejano año 2001 en su inolvidable disco “De bares y amores”.

Desde que cumplí los 16 años han pasado más de 13.600 días y unos 1.945 fines de semana. Y sin temor a equivocarme (o a perjurar como esos “bribones reinantes” nuestros) puedo prometer y prometo que por lo menos 1.900 de ellos los he pasado en algún bar, garito, taberna, posada, chiringuito, mesón, pub, ambigú, tasca, bufé, café, boite, discoteca, fonda, vinatería, cantina, merendero o figón.

Que visto que nuestra lengua no anda corta en sinónimos para describir los lugares del buen yantar y beber,  no seré yo el que deje de probar sus delicias semana si semana también. La sangre obliga. O el lugar en el que resido. “Ius soli” o “ius sanguinis”, tanto monta, monta tanto. Como Isabel y Fernando.

Y en estos últimos tiempos el refugio ante la adversidad, la soledad, la mediocridad y la estupidez general han sido varios locales, aunque tengo que destacar a uno en particular: la cafetería Peñagrande del barrio de la Coma de Madrid. Siguiendo esa tradición de ofrecer tapas, y de las buenas, con todas y cada una de las cervezas que te tomes, algo que se está perdiendo a marchas forzadas en esta sociedad tan asquerosamente globalizada, con unos propietarios encantadores sonriendo cuando toca y también cuando no toca, con la clientela habitual de todos los bares castizos que se precien, con su máquina de tabaco, su tragaperras, el diario Marca (o el AS) mal doblado y aceitoso (y normalmente del día anterior) y con sus sábados especiales en los que las manos de santo de Juanito nos deleitan
con unos callos espectaculares, unos caracoles de aúpa, trocitos de pollo empanado que realmente contienen pollo y saben a gloria (malditos nuggets artificiales), poco más se puede pedir a un bar. Y encima seguro que verás a Juanpe, a o Chache, o a Quique, o a Santi, o a Jorge, o si te sonríe la suerte a todos ellos de golpe.

Lo cantaron siempre nuestros juglares, desde el imperial “Iremos al bar”, al “Bienvenido al bar” de Justo y los Pecadores, el “Bares que lugares” de Gabinete o el impresionante y ya citado anteriormente “Voy al bar” de Los Ilegales:

En el bar, 
La gente; el humo al aire, 
La sublime belleza y consumo brutal. 

En el bar, 
Se bebe la venganza, 
la pena y la alegría, 
que agita al personal. 

¡Turbia inquietud! 
¡Impertinente y Punk! 
Abortos infelices, de la revolución. 

¡Hey! 

Y luego vas y lo cascas.


P.D. No puedo cerrar sin mencionar al bar “De Tapeo Rock” en Zaragoza. Mucho de lo escrito arriba es aplicable a dicho local. Un saludo chicos.


jueves, 11 de febrero de 2016

Dontancredismo y gilipollez

Lo que por desgracia define últimamente a España son dos características sumamente peligrosas: el dontancredismo y la gilipollez.  Ambas particularidades, por cierto también comunes  por otros lares (véase a Merkel gestionando el caso de los falsos refugiados y los repudiables hechos de Colonia en Nochevieja o a Hollande permitiendo la humillación y detención de un ilustre general de la Legión Extranjera en  una manifestación antiinmigración),  van a llevar a nuestra histórica nación al abismo más profundo.  

Y ya puestos, teniendo en cuenta lo que nos rodea, el nivel cultural de nuestros conciudadanos y el aberrante futuro multiculti y empobrecido que nos espera, tampoco me preocupa mucho.  

Si hay que tirarse al vacío, (o tirar a alguien al precipicio), defender nuestra milenaria historia y evitar a nuestros hijos y nietos una España rota, zafia, pobre y en manos de titiriteros que se arrogan representar a la cultura y la verdad, pues adelante. No será la primera vez que los españoles avancemos, sin miedo a la muerte y cantando bellas canciones, mientras todo a nuestro alrededor se derrumba.  Y sería de nuevo para defender nobles ideales, como en Krasny Bor hace 73 años, batalla en la que 4.500 valientes soldados neutralizaron una ofensiva rusa de más de 44.000 hombres, 100 carros y 800 cañones.  O como en la batalla de Lepanto, o la de las Navas de Tolosa, todas ellas actuaciones heroicas de nuestro pueblo que nos han permitido (a España y la cultura occidental) subsistir, crecer, evolucionar y por ende vivir unos cuantos siglos más bajo una noble bandera, en unión, paz y prosperidad.

Pero todo esto se acabó. España, Europa y la civilización occidental están finiquitadas. Lo hablaba el otro día con mi amiga y compañera de trabajo Teresa: esto se hunde, y no queda lugar en nuestro planeta hacia el cual girar nuestra mirada y encaminar nuestros pasos.  Ni Canadá, como solté en la conversación,  es ya una alternativa esperanzadora. Con llegada al poder de Trudeau, vástago de otro personaje nefasto, ese país,  hasta hace poco correcto y último refugio de los valores occidentales, ha tomado también la senda de la estúpida tolerancia, de la gilipollez y el suicidio colectivo.

Y en nuestro patrio suelo, Rajoy y el Borbón,  pintados de blanco cual Don Tancredo y esperando alelados a que pase la tormenta que ellos mismos han generado; el patriarca y capo mafioso Pujol usando el castellano para seguir mintiendo cual bellaco ante los jueces españoles; los miembros del Partido Popular de Valencia adelantándose a las sentencias y pidiendo descuentos de grupo antes de abarrotar las cárceles levantinas, y, para rematar, los nuevos “gobernantes”, para llamarles de alguna manera, los gilipollas, demostrando una vez más con sus actuaciones que mi lema preferido sigue vigente: contra la derecha, revolución, contra la izquierda, educación.

Porque entre la Colau, que la está metiendo doblada a diestra y siniestra sin importarle raza, género o afinidad política, el mesías Pablo Iglesias que está arramplando con todo lo que puede (en línea con cualquier izquierdista que se precie)  y que simplemente busca la redistribución de la riqueza entre los suyos, la responsable de “cultura” de Madrid Celia Mayer y sus amiguetes titiriteros del patio Maravillas; Errejón, su hermano y su novia liándola parda y masturbándose pensando en sus futuras tropelías, las feministas que solamente ven violaciones cuando las realizan hombres de raza blanca y toleran los continuos abusos de los falsos inmigrantes sin levantar la voz, y, sobre todo, los millones de españoles atontados que creen que la vida son cuatro cutre-programas de televisión, las majaderías de unos cuantos presentadores de telediarios más manipuladores que los embaucadores de la Puerta del Sol con su burundanga y esa anunciada lluvia de dinero que caerá del cielo por la gracia de ZPedro y Pablo y de la izquierda “culta y liberadora”; entre todo esta fauna que nos rodea, poco queda por hacer.

Buscar el precipicio y lanzarse al vacío.

O la versión hispana y guerrera: buscar ese precipicio, asegurarnos de que es lo suficientemente profundo, y lanzar a toda esta ralea al fondo sin contemplaciones.


En nuestras manos está.





jueves, 7 de enero de 2016

La oscura Navidad

Difícil nos lo han puesto en este cambio de año para encararlo con ilusión, buenos propósitos, tolerancia y amor. El lado oscuro, tan en boga en estos días por el estreno de la séptima entrega de la saga de la Guerra de las Galaxias que hasta hemos visto desfilando a las tropas imperiales en el Carnaval de Reyes organizado por la indecente y senil alcaldesa Manuela Carmena, está triunfando por doquier, cubriendo con su manto negro lo poco que queda de la cultura y la civilización occidental tal como la conocemos. Y no me quiero ni recrear en los despropósitos de la nueva clase “política” española desmontando las tradiciones navideñas, cual Ferrán Adría asesinando a la tan patria tortilla de patatas que en otros tiempos vencía sin desvestirse a las tóxicas hamburguesas del McDonald’s, pues de todo ese pasteleo revanchista, infantil y descerebrado ya se ha hablado y escrito suficientemente en los últimos días.


Quiero ir un poco más allá, alzar la mirada al cielo y preguntar a voz en grito: “¿Dios mío, dios mío, por qué nos has abandonado?” ¿Realmente merecemos este castigo divino de ver tambalearse todas las columnas que sustentaban nuestra en teoría avanzada civilización bajo el peso de la idiotez, la incultura, la maldad, el sexo animal, el consumismo, el revanchismo, la puerilidad, la falsedad y la violencia en nombre de hechos pasados, polvos no echados, derrotas no asumidas, envidias no superadas, soflamas de telepredicadores, violentas y primitivas guerras religiosas y una completa banalización de nuestra existencia alrededor del “ahora me toca a mí”, “ya verás ahora”, “te vas a enterar de lo que vale un peine”, “y tú qué y yo más” y la adoración final y definitiva del negro y su pene gigante?


Tenía yo previsto escribir un bonito artículo sobre la espléndida y bonita Navidad pasada con la familia, en la siempre acogedora casa de mi prima, con cortos pero intensos encuentros con entrañables amigos en el Bar-Bero y en la bodega Víctor de siempre y una postrera escapada a las bonitas tierras de Teruel para rematar unas fiestas como tienen que ser, cargadas de amistad, de cariño, de simpatía, de ilusión, pero la intención se fue el carajo. Como casi todo en España. Y en Europa.

¿Cómo voy a escribir algo bonito si todo lo que nos rodea produce un hedor vomitivo? ¿De qué serviría describir una bonita fiesta navideña en familia cuando al abrir la puerta de casa, echar una mirada a la tableta o enchufar el televisor te enfrentas al peor Belcebú imaginable?

Cabalgatas de Reyes convertidas en desfiles carnavalescos y hasta pornográficos que hicieron llorar a más de un niño y  que tendrían que hacer reflexionar a los padres sobre la conveniencia o no de dar el poder a mequetrefes incultos cargados de odio o a viejas comunistas chocheantes más falsas que unas Adidas en los chinos; fiestas de fin de año en ciudades  alemanas convertidas en cacerías organizadas de las “hembras” occidentales por parte de los “buenos refugiados” y que ya suman un saldo superior a 300 mujeres agredidas y humilladas; mentiras continuadas de los nuevos gobernantes electos de la sociedad española, con Potemos, Bildu y demás bandas de asesinos y malhechores a la cabeza del esperpento; un vergonzoso golpe de estado encubierto en Venezuela, el otrora más rico país de Sudamérica; lágrimas de cocodrilo del cada día más negro presidente de los EEUU al hablar sobre el control de las armas cuando preside el país en el que más no nacidos mueren ejecutados; mentiras sobre mentiras, en vez de campanas sobre campanas, sobre la verdadera culpabilidad de Arabia Saudí, los EEUU e Israel en el auge del terrorismo islámico y la invasión de Europa por las hordas primitivas y medievales disfrazadas de refugiados que nos van a llevar de vuelta a los tiempos oscuros en un abrir y cerrar de ojos…. ¿Sigo?

Mejor dejarlo aquí. E irnos a Rusia. O a Corea del Norte.

Está todo tan podrido y veo tan pocas posibilidades de que el mundo occidental pueda recuperarse de su decadencia y definitivo declive,  que lo único que nos queda es intentar sobrevivir lo mejor posible, llevarnos por delante a algún hijo de puta y maldecir el momento en el que nos dejamos arrebatar todos las conquistas sociales y los avances culturales y tecnológicos por la barbarie, las idolatrías, el dinero, el sexo fácil, la violencia gratuita, la música insoportable de los panchitos y las sagas hollywoodienses de superhéroes que han conseguido convertir nuestro ya limitado cerebro  en un simple repositorio temporal de instintos primitivos y burdos conocimientos superficiales, destinados simplemente a ayudar a interpretar nuestro papel de esclavos del capital, del mal y de la mediocridad.


El maldito lado oscuro.

Que Dios nos coja confesados.


miércoles, 28 de octubre de 2015

La última sardina de la banasta

Al final lo han conseguido. En su frenética huida hacia ningún lado (salvo hacia los paraísos fiscales), los nacionalistas catalanes han sido capaces, en estricto orden cronológico, de:

  • Inventarse una nación milenaria
  • Sacarse de la manga una bandera, un himno y una historia que no se sostienen ni con veinte tubos de pegamento Imedio (¿será culpa del origen ciudadrealeño, léase español,  del inventor don Gregorio Imedio, que todo este pastiche no acabe de pegar?)
  • Atontar y manipular a varias generaciones de españoles residentes en Cataluña tergiversando el pasado, el presente y hasta el futuro, con la imposición de unos planes de estudio basados en una mitología imaginaria más cercana a la Tierra Media de Tolkien que a la cultura occidental emanada de las herencias griega, romana y cristiana.
  • Enfrentar a ciudadanos, a vecinos y a hermanos hasta llegar a destrozar matrimonios y familias enteras,  sembrando en la sociedad el maligno virus del odio al prójimo, en este caso al orco español.
  • Esquilmar una de las regiones más ricas de España y de Europa, tanto cultural como materialmente, robando por doquier, aplicando porcentajes de comisión a todo acto, venta, iniciativa, producto, invento y hasta pensamiento que tuviera la mala suerte de crecer, existir, producirse o realizarse dentro del "limes" de su cortijo particular.
  • Hasta llegar al punto de inflexión, al “point of no return”, al “de perdidos al río” de nuestro refranero, que se ha traducido en la redacción y publicación de un panfleto carente de la mínima sensatez, en el que, resumida en 9 puntos, a cual más infantil y carente de valor jurídico que el anterior, declaran su intención de proclamar en breve la República Catalana.


Si hasta me dan pena. Cataluña es mi tierra; mi familia y gran parte de mis conocidos y amigos siguen residiendo ahí (algunos a regañadientes, eso sí), y lo paso muy mal viendo como a unos los han atontado en el colegio, en la universidad y en el trabajo hasta creerse a pie juntillas las leyendas de una antigua nación catalana invadida por los malignos españoles y franceses que solamente se han dedicado a robar, destrozar y violar a sus virginales “pubillas”, y como a los otros, los sensatos, los estudiosos, los luchadores que a pesar de la manipulación han conseguido mantener la mente clara, como a esos los han estigmatizado, marcado a fuego cual vacuno y encerrado en sus guetos “españoles”, ninguneados en el mundo cultural y social, perseguidos en el ámbito político y destrozados en el ámbito económico en el que solamente podían triunfar los acólitos al régimen, los amigos de las 300 familias de la corte catalana asentada alrededor del bufón Artur Mas, o las silenciosas ovejas resignadas a pagar el 3% de rigor para poder simplemente subsistir.

Con lo fácil que sería para todos tomarse un día de asueto, comprar un libro de historia en cualquier librería de la otrora capital de las letras y la cultura hispánica, y empaparse un poco de la historia de Cataluña, de España, de Europa, del nacionalismo y de sus oscuros y monetarios objetivos.

¿Pero claro, quien pierde el tiempo hoy en día leyendo algo? 
En un país en el que el 30% de la población no lee ni un libro al año sería como pedirle peras al olmo. 
O como exigirle sensatez a la OMS cuando se pone a hablar de lo mala que es la carne para el ser humano (en otra ocasión fue el aceite, y mañana “chi lo sa”, igual nos salen con que el pescado azul era demasiado azul para nuestra salud, o que la acidez de estómago viene del agua embotellada, como le pasa a mi amigo Ramis).

Aquí, en esta región, en este país y en esta sociedad occidental que se asoma al abismo de la desaparición atrapada entre las mentiras de los medios de comunicación al servicio de intereses particulares (ya sean nacionalistas, populistas o empresariales) y la invasión ya nada silenciosa del radicalismo musulmán en forma de avalanchas de refugiados creadas artificialmente por gobiernos, sectas, grupos de presión y lobbies varios, ya queda poco por hacer.




No queda ni la última sardina en la banasta.



Es el fin de una era.






jueves, 15 de octubre de 2015

Mejor caminando

No hay duda. Por lo menos en mi caso. Desde el ya tan lejano año 99 del siglo pasado, Año Santo Jacobeo en el que realicé mi primer tramo del Camino de Santiago acompañado por varios camaradas (que a estas alturas sigo viendo y tratando, aunque menos de lo que quisiera), hasta hoy, año del señor de 2015, los únicos momentos del año en los que consigo desprenderme de la carga psicológica que significa vivir en este país llamado España, en este continente llamado Europa y en este mundo lleno de mentira, zafiedad y desastre, son los días en los que me calzo las botas, me ajusto la mochila y enfilo las largas rectas del Camino sumido en mis pensamientos y disfrutando del silencio, el paisaje y el contacto con desconocidos.

Algo incomprensible si lo analizáramos de forma objetiva: cambiar una cómoda cama por “unas extrañas estructuras de madera con colchones” (tal cual dicho por una peregrina refiriéndose a las literas de un albergue); un baño limpio con agua a su justa temperatura por una ducha encharcada de cuyo grifo no sabes que sorpresa va a regar tu molido cuerpo; interminables rectas de duro asfalto o pedregosa tierra por un cómodo asiento en mi coche; gigantescas ampollas por unos pies suaves e intactos o un cansancio físico insoportable por el relajante “perreo” en el sofá de casa, no tiene mucho sentido. Cualquier persona que no haya caminado por dichas sendas lo llamaría sin duda masoquismo. O locura.

Pues bendita sea esa locura que me lleva año tras año a volver a afrontar esos interminables kilómetros entre impresionantes paisajes, edificios majestuosos testigos de nuestra historia (y de esa civilización cristiana que está a punto de perecer a manos de los invasores disfrazados de refugiados), hasta llegar a pequeñas aldeas o grandes ciudades, encontrar alojamiento, descansar, alimentarme, recuperarme y volver a empezar al día siguiente con la misma agradable meditación, cuyo mantra se reduce en la mayoría de los casos a maldecir las botas, al asfalto, al pesado de turno o a los toboganes del tramo que parece no tener fin. No son sílabas o palabras sagradas, pero mantra al fin y al cabo. Rutina que alguien graciosamente estampó en una camiseta vista por ahí.  

Y no iba a ser diferente esta vez: acompañado por segundo año consecutivo por Marta, ya no esa sonriente y simpática desconocida del tramo anterior sino una persona parte ya de mi vida en lo bueno y en lo malo, absorta en sus propios pensamientos y dudas, andando su propio camino, pero agradable compañera peregrina al fin y al cabo, el corto tramo de este año volvió a estar cargado de altibajos, de sorpresas, de momentos placenteros y de desfallecimientos físicos y emocionales. 

Personajes variopintos, desde un gallego iluminado que transportaba una cocina completa (amén de todo lo que iba recogiendo en los albergues, según sospecha confesa de unos caminantes alemanes), hasta un cantante burgalés venido a menos cuyo entretenimiento principal es amenizar las tardes de los peregrinos en un acogedor albergue de Belorado (sitio altamente recomendable, por cierto) a base de canciones populares, vino blanco e higos recién recogidos, pasando por las siempre presentes y solitarias asiáticas, ya sean coreanas, japonesas o Dios sabe de qué ex –colonia británica (cuyos conquistadores por cierto no fueron tan sanguinarios como los malísimos españoles genocidas en el continente americano, como dijeron hace pocos días los gobernantes analfabetos Ada Colau y Kichi)
hasta agradables e inesperadas sorpresas como la aparición de un gran amigo, Eduardo Oriente, para acompañarnos en uno de los tramos más bellos de este año, el que lleva desde Belorado hasta el mágico San Juan de Ortega, todo volvió a ser como cualquier otro año en el Camino: sorprendente, aleccionador, diferente.

Un San Juan, por cierto, que por una vez tuvo poco de mágico y mucho de cruda realidad: albergue cerrado al llegar, posadero, al tiempo que alcalde, impertinente y tal dolor en los pies que ni pude asistir a la misa del peregrino, quedándome cual derrotado abuelito vislumbrando ya los futuros autocares del IMSERSO, sentado en la calle con los pies en un barreño de agua y rellenándolo de sal cada tanto para mantener la temperatura y con ello aliviar mis molidos pies.



¿Pero de qué voy a quejarme?

¿De unas ampollas llenas de sangre que cubrían la planta y el talón de ambos pies?
¿De comentarios simplistas y estúpidos de un chaval que tuvo la suerte de cara al nacer en una minúscula aldea como San Juan de Ortega y con ello la posibilidad de quedarse con la posada, el hotel, la alcaldía y toda la magia del lugar?
¿De la soledad acompañada durante muchos y largos kilómetros solamente por el propio latir del corazón, los pinchazos en los pies y algún pájaro de especie desconocida trazando círculos sobre nuestras cabezas cual depredador en busca del desfallecimiento o descuido de su víctima?
¿De noches ruidosas, mantas polvorientas o infumables desvíos por asfalto debidos a las obras de una autovía que pone en peligro mil años de ruta jacobea y contra cuya construcción deberíamos protestar todos los que amamos este mágico itinerario?
¿De qué dicha maldita autovía haya propiciado que las rocas en las que homenajeamos al añorado Carlos Oriente hayan desaparecido para servir de soporte a una vía rápida que solamente traerá tráfico y contaminación a estos idílicos paisajes?
¿De no encontrar el lugar ideal para que Marta pueda cumplir su sueño y abrir su propio albergue?

De nada me quejo.

Y si tuviera que lamentar algo del tramo de este año solamente podría ser lo corto que se me hizo. Aunque gracias a Dios los escasos 130 km andados quedaron compensados al final por 2 días muy completos en Burgos, con Marta, con desfiles y actos dedicados al Cid Campeador, comidas y cenas agradables y con la ilusión de volver a empezar la cuenta atrás para seguir avanzando (en cuanto las circunstancias me lo permitan) por la vía de las estrellas hacia ese fin del mundo que se me antoja cada vez más próximo y al mismo tiempo cada vez más deseado.

Porque, sinceramente, visto lo que me brinda la realidad personal, social, cultural, económica y política actual, cualquier cosa se me antoja mejor. 

Hasta el Apocalipsis. O andar por el Camino.

Buen Camino Marta. Buen Camino amigos.



¡Ultreia et suseia!







Quiso volar igual que las gaviotas,
libre en el aire, por el aire libre
y los demás dijeron, ""¡pobre idiota,
no sabe que volar es imposible!"".

Mas él alzó sus sueños hacia el cielo
y poco a poco, fue ganando altura
y los demás, quedaron en el suelo
guardando la cordura.

Y construyó, castillos en aire
a pleno sol, con nubes de algodón,
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.

Y construyó ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocó al duende de las cosas
que tiene mucho que ver con el amor.

En los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
""No vaya a ser que fuera contagioso...""
tratar de ser feliz de aquella forma.

La conclusión, es clara y contundente,
lo condenaron por su chifladura
a convivir de nuevo con la gente,
vestido de cordura.

Por construir castillos en el aire
a pleno sol, con nubes de algodón
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.

Y por abrir ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocar al duende de las cosas
que tienen mucho que ver con el amor.

Acaba aquí la historia del idiota
que por el aire, como el aire libre,
quiso volar igual que las gaviotas...,
pero eso es imposible..., ¿o no?...

viernes, 25 de septiembre de 2015

Empieza el Camino 2015

Como pone en el título, empieza.

Es decir, salgo mañana hacia tierras riojanas para emprender la marcha anual.

Pero ya que he conseguido atraerte, aprovecho para recordarte lo que España espera de ti el próximo domingo. 

En tus manos está salvar nuestra historia milenaria.

Del Camino ya hablaré a mi vuelta. ;-)


Visca Catalunya! ¡Viva España!