martes, 14 de mayo de 2019

Una de cal y otra de arena – una crónica del Camino



Este año del señor de 2019 se cumplen veinte años de mi primer Camino de Santiago, que sigo recordando vivamente, como si fuera ayer. Cuatro lustros en los que he seguido caminando por las sendas de esta nuestra querida España sin faltar a mi cita anual más que un año, y por fuerza mayor. Más de 3.500 kilómetros recorridos a pie de este a oeste y de sur a norte, descubriendo a cada paso entornos naturales, poblaciones y personas de lo más variopinto, enriqueciendo mis conocimientos y reafirmando mi inmenso amor por España, por sus gentes, por su historia, sus monumentos, sus recetas, sus secretos y sus increíbles y variados paisajes. Y también por la buena gente venida de fuera, por esos peregrinos extranjeros que suponen un 56% del total (datos de 2018). Aunque no sea oro todo lo que reluce y este año hayamos topado con un grupo de portugueses faltos de sensibilidad, arrogantes, mal educados y ruidosos (eso sí, tan “religiosos” todos ellos que llevaban a su propio cura). Y suerte que nuestro tramo de este año por el Camino Sanabrés no es de los más transitados. No quiero ni imaginarme como debe de estar el Camino Francés en temporada alta. Como se ha escrito en multitud de ocasiones, un día de estos el Camino morirá de éxito. La masiva afluencia, la falta de motivaciones culturales o religiosas, la avalancha de “turigrinos” aprovechando las excelentes infraestructuras de la ruta para pegarse unas vacaciones económicas y divertidas, la suciedad que todos estos cafres dejan a su paso, los madrugones y la lucha por ser el primero y poder optar a una cama en un albergue…, es decir, la paulatina pero constante degradación de una ruta cultural y religiosa, convirtiéndola en una moda más, como lo puede ser el Camino del Inca, la ascensión al Himalaya, un safari en Kenia, la Romería del Rocío, la Tomatina de Buñol, una visita al Santiago Bernabéu o un fin de semana de fiesta en Ibiza. En resumen, una patulea vestida de “Quechua” olvidando el pasado, destrozando el presente y poniendo en peligro el futuro. Nada extraño tampoco, sino un simple reflejo de la sociedad actual. Aunque siempre hay esperanza: como contrapunto a los portugueses, este año caminaban con nosotros un grupo de 20 jóvenes valencianos (de Algemesí) con sus 2 monitores, modélicos todos ellos en su comportamiento, a la par que joviales y simpáticos. Jamás hubiera pensado que un grupo de 22 personas (un fuerte abrazo a todos ellos desde aquí) pudiera ser menos molesto que algún que otro personaje que he conocido en todos estos años. Una de cal y otra de arena, como en casi todo.


Vamos pues con la crónica de estos escasos 120 kilómetros. Como otros años pongo en cursiva las notas tomadas sobre la marcha, sin corrección ni ampliación.

Domingo 21 de abril – Viaje en tren

Orense-Santiago por delante. Son las 10:45 y ya en la estación, compramos latas en colmado (¡sorprendentemente es español!), desayuno en estación tortilla y botijos y primer bote de 50€. Son las 12:30.
Fichado antes de entrar por la navaja, pero me la dejan pasar, viaje bien, se acaban las Mahous y a beber mierda Heineken. La maleta de una chica es autónoma, se mueve de un lado a otro al vaivén del tren. Charla en el bar. Llegada tocaditos, mucha vuelta para encontrar el albergue que ha cambiado de sitio, al final está al lado de la catedral, albergue nuevo de trinca, habitación para dos, en pleno centro. Paseo, pizzas, hay un grupo de jóvenes y poco más.

Aún no se ha inaugurado (faltan pocos meses) la nueva línea férrea de alta velocidad entre Madrid y Galicia y ya echo de menos esos largos viajes en tren tradicional, con sus picos de máxima y ultrasónica velocidad rozando los 150 km/h, los continuos paseos al vagón restaurante, los furtivos cigarrillos en las estaciones de paso y el familiar y adormecedor traqueteo de los desgastados vagones. Pero seamos justos: Galicia se merecía una conexión así, al igual que se lo merece la preciosa Extremadura. Hoy mismo leo en la prensa que de nuevo (y van tantas veces ya) un tren que cubría la ruta Badajoz-Madrid ha sufrido una avería dejando tirados a sus pasajeros, con todo lo que ello implica. ¡Tantas promesas electorales y tan poca vergüenza a la hora de cumplirlas!
El viaje fue pues tal cual lo describo: largo, lento y bien regado. El clásico inicio anual. Cogiendo fuerzas e ingiriendo mucho líquido en previsión de peores situaciones. Y esta vez tampoco íbamos mal encaminados: el tormentoso tiempo que nos depararía la gota fría influyó notablemente en nuestras habituales paradas para repostar y nuestros paseos gastronómico-culturales por los pueblos de destino se limitaron a rápidas escapadas al colmado más cercano para adquirir lo necesario para subsistir.
Llegados a Orense encontramos el nuevo albergue después de varias vueltas a su antigua ubicación y la consulta con varios lugareños, a cual más perdido, pero esta pequeña molestia quedó ampliamente compensada por el nuevo albergue, recién estrenado, limpio, moderno, con habitación individual y a escasos metros del centro histórico de la ciudad. Poco más dio de sí el día: unas pizzas calmaron el hambre y las buenas y fresquitas cervezas acabaron por rematar el domingo.

Lunes 22 de abril – Ourense -Cea – 23,4 km

Noche larga y medio en vela por tanta cerveza y pizza. Pero bien. A las 6:30 en marcha, buen café y churros. Dura subida (para mía) de más de 5 km, y después ya sendas bonitas hasta llegar a las 9:30 a Tamallancos. Hemos vistos a 3 chavales que siguen. Parada y fonda. A las 10:10 seguimos. Una última parada de cerveza y quesos en una tienda de la carretera y seguimos. A las 12:45 ya estamos en CEA, no es el albergue previsto pero esta guay. Está el grupo de jóvenes valencianos (de Algemesí),20 + 2 monitores (Carlos Llombart se llama él), y van a cocinar. Nosotros pulpo de pulpeira en el bar del pueblo, y compra de huevos, pan y tomates para la noche. Pinta bien.
Tarde de música y nubes amenazantes, cerveza Skol mala (después de 2 estrellas buenas), mientras la juventud se ducha, come y vive. El hospitalero parece el patriarca gitano Tío Manolo, con sombrero, americana de pana y un sonotone tamaño King size. Un clásico. Podría ser de la Mina (BCN). Pero educado y correcto. Dice que no hay cubertería porque se la roban, igual la vende él en el mercadillo. Se echa en el sofá a dormir en medio del albergue, roncando a tope. Ni oímos bien a Bon Jovi. No se llama Manolo, es mejor aún, se llama Orlando. Se pega una siesta de verdad: casi 3 horas. Cena bien, tortilla, tomates, y skol de mierda. A última hora aparecen 7 portugueses: viejos, gordos y muy ruidosos. Hay mucha gente este año, y encima tragándome a Bon Jovi. La habitación del minusválido parece un almacén, seguro que hay cuberterías varias. Cenita y a la cama a las 19:25, con mucho follón (los jóvenes menos, sobre todo los portugueses).

¡A quién madruga, Dios le ayuda! Y en este caso sin duda fue así: a las 6:30 ya estábamos andando, y sorprendentemente encontramos varios bares ya abiertos; el que nos tocó en suerte encima nos sirvió un café buenísimo (como en casi todos los sitios que paramos en Galicia), por lo que afrontamos la dura salida de Orense con alegría e ilusión. Y dura lo fue: cada año me cuestan más las subidas, que en este caso se prolongaba durante más de 5 km. Ni las preciosas vistas de Orense, las bonitas y señoriales casas y el más que abundante verde consiguieron hacerme olvidar el sufrimiento de la ascensión. Pero lo conseguí, y a las 9:30 paramos por primera vez a desayunar, con el convencimiento de que lo peor ya estaba superado. Nos basábamos en lo que nos iban diciendo los lugareños: “lo peor ya ha pasado, ya no queda nada, ánimo”. Será que nunca han hecho el Camino andando o quizás sean mentiras piadosas para no desanimarnos, porque ni una vez en tantos años nos han respondido diciendo que nos quedaba un tramo duro. Sin cruzarnos con más que 3 peregrinos (que no volvimos a ver) seguimos nuestra marcha, compramos cerveza y queso en una tienda a pie de carretera para coger fuerzas y sin más sorpresas que la ausencia de peregrinos nos plantamos en Cea antes de la 1 del mediodía. Mi compañero de fatigas Edu ya me había hablado del famoso y buen pan de Cea, algo que corroboramos en cuanto pillamos una hogaza. 


Y no es algo nuevo lo del famoso pan de esta localidad: la primera vez que sale nombrado es en el otorgamiento por parte del rey de Castilla Sancho IV de un privilegio al vecino Monasterio cisterciense de Oseira para “celebrar una feria mensual y disponer del pan de Cea para los monjes” (y seguro que sin pagar la poya correspondiente. De ahí lo de privilegio.). Y dicho documento otorgado en Palencia data del año del señor de 1286. Casi nada.
El albergue nos sorprendió por varias razones: no era el previsto en las guías, estaba ubicado en una antigua finca señorial con sus hórreos y sus cercanos hornos de pan y sus instalaciones eran más que aceptables, exceptuando como casi siempre el número de aseos: 2 aseos para 46 potenciales peregrinos no dan abasto ni padeciendo la mitad de ellos un estreñimiento agudo. Aunque la repuesta del curioso hospitalero (sigue más adelante su descripción) a mi comentario sobre este hecho aún fue más graciosa: “en casa somos 5 y tampoco tenemos más que un aseo”.
Seguimos con la rutina de cada etapa: deshacer la mochila, ocupar la litera cual tropa francesa invasora, ducha rápida y aliviadora y paseo al pueblo a picar algo y realizar las mínimas compras para la cena, antes de la bien merecida siesta.  El ya nombrado hospitalero, el Tío Orlando, nos acompañó al bar, y viendo una “pulpeira” en la puerta maniobrando con sus utensilios y sirviendo el tan querido manjar a varios vecinos, no dejamos escapar la ocasión: una generosa ración recién hecha a pie de calle, por unos módicos 8 € y servida en el bar de enfrente con el buen pan de Cea y las preceptivas cervezas nos alegraron el día, compramos lo necesario para la noche y volvimos al albergue. Al rato apareció Orlando, se quitó su sombrero vaquero, desconectó su sobredimensionado sonotone y se estiró en el sofá que reinaba en medio de la entrada del albergue. 
Estaba claro que se iba a echar una siesta, pero lo que no sabíamos es que dicho descanso iba a durar casi 3 horas, entre fuertes ronquidos, fotos probatorias para este relato y comentarios jocosos sobre el susodicho. Rural, natural, sin pelos en la lengua, pero al fin y al cabo servicial y pragmático. Todo un personaje.
Mientras los “timberos” valencianos echaban su partida, escuchamos un poco de música, dimos otro paseo para “admirar” la extraña escultura de Cristo (con la guasa añadida de preguntarle al vecino sentado en el banco de la plaza sobre qué representaba la escultura) y cuando ya pensábamos en el merecido descanso, hacia las 7, aparecieron los portugueses, con su cura, sus gritos y su absoluto desprecio por los demás. Pocas veces me he encontrado con un grupo que directamente haya generado mi total rechazo. Ni simpáticos, ni guapos, ni educados, ni nada de nada. Y eso que fue el primer encuentro: si llego a saber que la relación con ellos iba a ir a peor conforme pasaran las etapas, quien sabe lo que hubiera hecho. Pero en ese momento aún mantenía mi espíritu peregrino, comprensivo, generoso…, un craso error. Como pronto descubriríamos.
Nos retiramos pronto intentando conciliar el sueño a pesar de la invasión de los vecinos del oeste (hasta se me pasaron las ganas de defender el iberismo y definitivamente decidí que Portugal y España tienen que seguir caminos separados “per saecula seculorum”), y ahí acabó esta primera y curiosa etapa.

Martes 23 de abril, Cea- Castro de Dozón – 20 km

Levantados a las 6, follón, lluvia, los jóvenes a punto de salir y vuelven a entrar para ponerse los chubasqueros, uno lo ha perdido (el despistado del grupo), creo que es el mismo que ha perdido la lentilla en el baño y la cantimplora en el aseo, y a las 6:40 salimos. Vamos por la alternativa de Piñor para evitar el barro en la subida al Monasterio (son 3 km menos). Etapa más dura de lo esperado, sube y baja constante, con frío (3 grados), pero sin problemas a las 10:15 estamos en Castro, parada en bar, birras, chorizo, y aparecen los chavales, el despistado con su paraguas cual Mary Poppins. No hay otra opción que quedarnos, el siguiente albergue está a 18 km. Cae una buena nevada (ya nos había nevado en el alto). (No cuaja, pero fuerte). Albergue muy bien, habitación grande de 12 plazas para nosotros (por ahora, pero al final llegan los pesados portugueses. No respetan nada, ni siesta ni hostias, venga, gritos, llamadas… encima nos piden vaciar la habitación para celebrar misa (que dura más de 1 hora, cuando habían dicho 30 minutos) FUERA YA. Antes hemos comprado panceta, pan y tomates, aunque el bacon no nos sienta bien, demasiado aceite mezclado con Fairy. Sumado a no haber podido hacer siesta un poco rollo todo. A dormir con ruido y llamadas de atención a los pesados.

Después de una noche dura, (a pesar de acostarnos pronto lo de conciliar el sueño fue complicado debido a los innombrables y a la pertinaz lluvia que caía sobre el tejado acristalado que me tocó en suerte) a las 6 ya empezamos a organizar la salida. Nuestros jóvenes amigos ya estaban a punto de comenzar la marcha cuando volvieron a entrar en tropel para cubrirse con los chubasqueros: la anunciada y puntual lluvia obligaba. Uno de ellos no encontraba el suyo e intentamos solucionarlo, pero ni nosotros llevábamos uno de repuesto (inocentemente nos preguntó por ello el buen chico) ni teníamos acceso a la habitación del hospitalero (que por lo que vimos el día anterior estaba llena de material). Carlos, el monitor de los jóvenes, me comentó que cambiarían la ruta original que pasaba por el Monasterio de Oseira, debido al mal tiempo y el camino embarrado que nos podíamos encontrar, por lo que siguiendo su sabio consejo hicimos lo mismo. Eso de quitarte de encima 3 km sin sonrojarte y tener que buscar excusas nos venía de perlas, aunque por el valor histórico y cultural de dicha abadía cisterciense sea una pena no haberla visto. Pero quien sabe, vueltas da la vida y algún día volveremos a pisar estas bellas tierras, comer su excelente pan y realizar la visita pendiente.
Como ya pasó el día anterior, la supuesta “facilidad” de la etapa tenía poco de fácil y más desniveles de lo esperado, lo que sumado a las inclemencias climáticas complicaba un poco el día. Después de un tramo urbano y otro por carretera nos adentramos en unos bellos montes, silenciosos, majestuosos, verdes y … húmedos. Con subidas y bajadas continuadas y pendientes del inestable cielo, cada tanto nos quitábamos los chubasqueros, para volvernos a cubrir al poco rato. Y la dureza aún crecería: cuando andábamos por el supuesto punto más alto de la etapa, a unos 850 metros de altitud, empezó a nevar. ¡2 grados centígrados, nieve, pantalón corto y gafas de sol! Una combinación como mínimo diferente.  Ya podíamos llamar a Cachano con dos tejas que del frío no nos libraba nadie. Y otro detalle: por ahora no habíamos visto ni un animal, ni doméstico ni salvaje (a no ser que los portugueses entren en esta categoría). Acostumbrados a ver de todo en los tramos anteriores, sobre todo corzos, vacas, ovejas y caballos, por ahora lo único que nos encontramos fue una bonita salamandra… muerta. La despoblación de los tramos anteriores, sobre todo desde Puebla de Sanabria hasta Orense, con la Sierra de la Culebra y su abundancia de aves, venados y lobos (de esos para ser sinceros no vimos más que un par disecados y unos cuantos esculpidos en piedra), no tiene nada que ver con las continuas aldeas y pequeños pueblos que jalonan la ruta a partir de Orense. Y como bien sabíamos, conforme avanzáramos hacia Santiago la civilización y sus supuestos adelantos nos devolverían a la cruda realidad de los ruidos, las muchedumbres, los polígonos industriales, las autovías, los precios abusivos y todo lo malo que lleva asociado el progreso. Por no comentar la entrada en Santiago, de la que ya hablaré al final del relato.


Entre el madrugón y la reducción de la etapa en 3 km, y a pesar del viento, la nieve y los toboganes, nos plantamos en Castro a las 10:30 de la mañana. Pensando que el albergue aun distaba unas cuantas leguas, nos acomodamos en un bar de la carretera, en el que la dicharachera posadera nos entretuvo con anécdotas, historias de sus recientes viajes a Ceuta y a Cataluña y su amor a una España diversa pero unida, mientras disfrutábamos de las cervezas de rigor y un buen chorizo que nos puso de tapa.
Al rato aparecieron los valencianos, que por lo que suponemos evitaron el alto nevado y optaron por la carretera, con el despistado que perdió su chubasquero agarrado cual Mary Poppins a un paraguas, y los demás embutidos en sus chubasqueros, pero con amplias sonrisas en sus caras. Irreductibles. Ante las inclemencias del tiempo, ante el esfuerzo, ante todo. ¡Quién tuviera su edad y su alegría!
Y resulta que ya estábamos en destino: el albergue estaba situado a escasos metros del bar, por lo que antes del mediodía estábamos instalados en una amplia habitación con 12 literas, duchados y prestos a comprar lo necesario para cocinar en un local bien acondicionado, amplio y cómodo. La comida no salió muy bien, suponemos que la sartén que usamos tenía restos de detergente o similar, ya que al mezclarse con el aceite se generó una especie de chapapote que destrozó la panceta que compramos, y encima dejó a Edu tocado del estómago y hasta desganado para seguir bebiendo. Lo nunca visto: ni una triste cerveza se tomó durante el resto de la tarde. Que para más inri se convirtió en un suplicio cuando aparecieron los portugueses, ocuparon nuestra habitación, se liaron a charlar, gritar, hablar por teléfono y, en resumen, jodernos (con perdón) la siesta y el resto del día. A petición del cura que los acompañaba, educados y serviciales como somos, les cedimos la habitación para celebrar una corta misa de 30 minutos, aunque nos la volvieron a jugar y estuvieron como mínimo una hora y cuarto encerrados con su celebración. O fue una misa gregoriana o quizás aprovecharon el momento para confesar sus pecados (de los capitales dos les aplicaban de calle: la soberbia y la gula (por la cantidad de comida que cargaban). Y no pongo la mano en el fuego de que fueran culpables de todos ellos, a saber: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Quizás fueran sus visibles pecados la razón última de llevar consigo a un cura. Como si fuera el siglo XV y tuvieran que pagar sus diezmos para seguir pecando. ¡Ay si los viera Lutero: un buen discurso les caería! Un día extraño que acabó con nuestros vanos intentos de descansar y algún que otro grito para que dejaran de molestar. Ni así. Ellos a su bola.

Miércoles 24 de abril – Dozón-Silleda, 29 km

La noche fatal, los portugueses mal educados, da para escribir un libro (a las 5 jodiendo, para luego no salir hasta las 6:45). Salida a las 7, 2 grados, agua nieve y un viento terrible. Pero sobrevivimos, ruta por senderos preciosos, subidas y bajadas, y a las 9:30 estamos en Botos (Estación), están los simpáticos valencianos, que diferencia con los “otros”.  Ultima parada, café, cola y cerveza, y nos quedan 8 km. Sigue sube y baja, bosques, puentes romanos, a las 13 llegamos a Silleda en medio de una terrible tormenta con viento que nos deja empapados. El albergue previsto, Santa Olaia, no está abierto, y optamos por el Gran Albergue Turístico, una casa de 5 pisos reconvertida, y con una reserva que vemos en el libro de 7 portugueses (o Dios). Pedimos a la chica la planta más alejada de ellos. 10€. Secarnos, hacemos lavar y secar la ropa por 7 euros, y ya se verá. La pena es no ver a Alexandra, una portuguesa que nos adelantó pero que andará por otro albergue o pensión. Ha sido un visto y no visto. Menú bueno en el bar del albergue (10,5€) (Huevos, ensalada, lomo, patatas, filete de ternera, ternera estofada). Siesta de 3 y media a 6. A esa hora llegan los portugueses, suerte que están 2 plantas por debajo. De pronto aparece el cura en nuestra planta para ducharse, y le cae la bronca: “A ver si te duchas en silencio, que lleváis 2 días que ya os vale”. Le ha salido del alma a Edu. Tarde y noche sin movernos, lluvia fuera, tele y cervezas en la habitación. Pero poco, no estamos ni para beber.

Si la tarde fue dura y la comida mala, la noche y el despertar aún fueron peores. Los portugueses a lo suyo, sin respeto ni consideración, y así a las 5 de la mañana ya estaban danzando, gritando y desayunando cual posesos. Ni que se llamaran Gargantúa o Pantagruel y fueran a quedarse en los huesos. Después de nuestros gritos de queja de la noche anterior esta vez el enfadado y justificado rugido salió de la habitación de al lado. Durante el día nos enteraríamos de que la persona que intentó poner orden era una chica portuguesa muy simpática, Alexandra, que por desgracia no volvimos a ver más que en dos encuentros fugaces durante la etapa. Una verdadera peregrina: venía solita desde Sevilla y llevaba ya 35 días seguidos caminando. Y a un ritmo que ni el Correcaminos perseguido por el Coyote. O Messi y sus secuaces persiguiendo la Champions League. ¡Ahí se quedó mi posible “enamoramiento” anual! Pocos candidatos había, para decir verdad, porque lo de coger cariño a alguna de las portuguesas rayaba lo imposible. Como explicarles lo que significan el silencio, la solidaridad o el respeto.
 A las 7 de la mañana iniciamos esta etapa, la más larga del tramo de este año, y encima con un tiempo de mil demonios: 2 grados, agua nieve y un viento huracanado que, de forma lenta, pero sin pausa, nos fue calando. Mandé un mensaje a Oscar, que estaba haciendo en paralelo el final del Camino Francés, y me comentó que por ahí también caían copos, rayos y centellas. Una gota fría que nos sorprendió a todos, cuando la semana anterior en Galicia las playas estuvieron abarrotadas a casi 25 grados. Cosas del cambio climático diría la última marioneta de los ambientalistas manipuladores, la tan vergonzosamente utilizada quinceañera Greta Thunberg (a la que un día de estos igual dedico un artículo, junto a las mentirosas oenegés, las asociaciones de género, las aberraciones de Ada Colau, las estupideces de Gabriel Rufián, los desvaríos de los marqueses de Galapagar y el falso, pero bien pagado trabajo “social” de Begoña, la mujer de nuestro nefasto y mentiroso presidente del Gobierno).
A las 9:30 de la mañana paramos ya en un bar para el preceptivo desayuno, y para alegría nuestra estaban los valencianos, que partieron al rato de llegar nosotros. Frugal desayuno (cerveza, coca cola y café) y a por los últimos 8 km del día. Lo de madrugar y salir a andar antes de las 7 se nota: las etapas acaban todas antes del mediodía. Y este año tienen una ventaja adicional: no te cruzas con los portugueses ni por asomo. Es como el demonio, sabes que existe, pero nunca lo ves. Bosques, senderos, subidas, bajadas, un par de puentes medievales y uno de época romana (deducimos), y hacia las 12:45 avistamos ya Silleda, cuando de golpe nos cayó la del pulpo. Una tormenta con viento huracanado nos acompaña durante la entrada a la población de destino, por lo que vamos como locos buscando el albergue previsto, que por desgracia (o no, tampoco tenía muy buena pinta) está cerrado y no abre hasta las 2. Ni nos planteamos esperar y buscamos la alternativa, el llamado “Gran Albergue Turístico de Silleda”. Por la denominación nos esperábamos algo moderno, juvenil, con sus piscinas, jardines, animadoras suecas y demás, pero “nasti de plasti”: se trata de un edificio de los años 70 reconvertido en albergue con 3 habitaciones por cada una de las 5 plantas, cada una de ellas además con su baño y su cocina. Es decir, pisos antiguos reconvertidos. Al registrarnos vemos de reojo que hay una reserva para 7 personas, y dado que el número de contacto es portugués (por su prefijo) lo tenemos claro: son ellos, nuevamente. No hay manera de escaparnos de esta pesada maldición. Ni cortos ni perezosos le explicamos a la hospitalera las “bondades” del grupo y le pedimos que nos ponga en la planta más alejada de ellos. Dicho y hecho, ellos a la 2ª, nosotros a la 4ª (de poco nos serviría, como veréis enseguida). Empapados de arriba abajo, y yo encima sin pantalones de repuesto, optamos por hacer lavar y secar la ropa. Por 7€ no nos moriremos. Comimos en el bar del propio edificio, un menú diario realmente bueno, lo que compensó la mala comida del día anterior. Una buena siesta de 3 a 6 y de golpe oímos  ruidos como si fuéramos Carol Anne Freeling en la película “Poltergeist”: ya están aquí...

Y como a la bicha solamente hay que mentarla para que haga acto de presencia, a los pocos minutos apareció el cura en nuestra planta pidiendo poder ducharse. No le dio tiempo ni de acabar la frase y ya le cayó la respuesta en forma de grito, en este caso pertinente: “A ver si te duchas en silencio, que lleváis 2 días que ya os vale”. Algo así. Su reacción demostró a las claras la asunción de culpabilidad: con la cabeza gacha y un fino hilo de voz solamente llegó a balbucear “claro claro, no se preocupen”. Más tarde hasta me dio pena, pero se me pasó rápido. Teníamos razón nosotros, y no se puede poner siempre la otra mejilla. Menos aún cuando los contrarios son unos caraduras. Poco más dio de sí el día, televisión, perreo en la cama, alguna cerveza y a descansar.


Jueves 25 de abril de 2019, Silleda-Ponte Ulla, 21 km

Penúltima etapa. A las 6 en pie, a las 6:45 aprox. Café y magdalenas y salimos, sigue lloviendo y estamos a 6 grados. Hacia las 10:30 nos encontramos con los valencianos delante de un albergue, les hacemos una foto en grupo y nos dicen que no entremos que el hospitalero es borde. A pesar de ello entramos, y tenían razón. Hay un grupo de abuelos haciendo la ruta sacra, y el italiano borde y maleducado. Ni cantando 2 canciones italianas de Vasco Rossi. Al final le espeto: “¿tu vives de los peregrinos, ¿verdad?”. Ni así, contesta que no. Que le den. Reseña negativa en Google complementando la de Carlos (el monitor), seguimos, sol, granizo, conocemos a los mallorquines (majos), parada en una aldea a comer fuet y tomar las cervezas y a las 12:10 estamos en Puente Ulla. Hostal Pensión de carretera a 12€ muy correcto, sin toallas, hay un DIA cerca y sala con microondas…, nos quedamos.
Paseo al Dia, cuatro cervezas, queso, pavo, vemos a 2 de las chicas valencianas lesionadas esperando a una señora que las sube al albergue, les damos mensaje para Carlos (LinkedIn) y comemos en la salita del hotel albergue. Tarde de siestas, paseo por el mini pueblo, iglesia y puente, y hacemos tiempo en el bar (4 cervezas mientras los flamencos van por la primera), relax y cerveza light en la habitación

Ya es jueves, solamente quedan dos míseras y cortas etapas, y sigue faltando la chispa de la vida (como años ha se anunciaba la Coca-Cola) en el recorrido de este año. Las razones, inescrutables. Como el Camino. Como la vida. Un cúmulo de coincidencias: el mal tiempo, el tramo ya cercano a Santiago, la cantidad de peregrinos, la falta de risas, música y anécdotas dignas de contar…, un poco de todo. Tampoco vamos a esperar que todo salga perfecto siempre, que luzca el sol, que los albergues parezcan hoteles, que la comida salga buena, que nos despierte la noticia que Puigdemont ha sido detenido, que los vagos podemitas se han puesto a trabajar, que el Barza ha perdido (aunque eso lo pude disfrutar como un niño anteayer) o que a Bea Talegón de golpe se le hayan  multiplicado las neuronas (me corrijo: teniendo una sola cualquier multiplicación sería inútil).

La temperatura había subido un poco, pero aun así seguía haciendo fresco, unos 6 grados, y partimos hacia las 6:45 con la lluvia como fiel compañera.. El tramo fue bonito, a excepción de un pequeño despiste al llegar a la autovía, pero nada que nos retrasara demasiado. Entre aldeas, pueblos, campos, frondosos bosques, algún tramo de carretera y un continuo quita y pon del chubasquero, hacia las 10:30 vimos a los amigos valencianos en la puerta de un albergue que tenía muy buena pinta, a punto de partir ellos. Les hicimos una foto en grupo (la que tenéis al principio del artículo) y nos comentaron que en el albergue había un bar, pero que el trato no había sido demasiado agradable. A pesar de ello decidimos parar a tomar algo. 
Entramos y nos encontramos a un grupo de mayores (bastante más que nosotros) que estaban haciendo la vía de la Ribeira Sacra, otra más de tantas rutas “milenarias”, “históricas” y “culturales” que van apareciendo año tras año a la sombra del Camino original. Nada sorprendente por otro lado, teniendo en cuenta el flujo de personas y los ingresos que conlleva la popularización de rutas y senderos varios. Y si miramos allende los Pirineos, los recorridos culturales, gastronómicos, religiosos o lúdico-deportivos son una moda / tradición desde hace más de un siglo, sobre todo en países como Alemania, Italia, Austria y Suiza.
Pedimos pues unas cervezas, conocimos a 3 mallorquines (intuimos que padre, hija y un amigo) muy simpáticos, charlamos un rato y sufrimos la anunciada mala educación del hospitalero, que de modo brusco cobraba con malas caras a los abuelitos, como si tuviera prisa en que nos marcháramos todos. Intenté suavizar el tema hablando un poco de Italia (los dueños eran italianos), puse alguna canción clásica de Vasco Rossi en el móvil haciendo el paripé, pero ni así cambio la actitud altiva y chulesca del elemento en cuestión. Muy en línea con tantos otros italianos que he conocido a lo largo de mi vida: soberbia y arrogancia a partes iguales. Con un complejo de superioridad pocas veces justificado. Una nación de poco recorrido histórico y mucha grandeza inventada (hablo de Italia como nación, no de la imperial y gran Roma de la que culturalmente somos todos afortunados herederos).

Abandonamos pronto el lugar, busqué la referencia del local por Internet para añadir una reseña negativa al albergue, y por sorpresa me encontré una recién publicada: la de Carlos, el monitor de los chavales de Algemesí. Me ahorré por lo tanto un largo escrito y simplemente corroboré lo escrito por él: que el tío del albergue era un borde maleducado. “Clar i catalá”, como dicen en mi tierra.

Seguimos nuestra ruta sin mayores aventuras, paramos en una aldea a tomar un poco de fuet y las cervezas que cargábamos en las mochilas, y a las 12:10 llegamos al pequeño pero coqueto pueblo de Puente Ulla. El albergue / hotel a unos correctos 12€ era ideal y teníamos un DIA a 100 metros, por lo que los planes estaban claros: compra de lo necesario, comida en una salita del hotel y a perrear el resto del día. La cómoda habitación y su espacioso baño invitaban al descanso, y así fue. Salvo un corto paseo al super, en el que coincidimos con 2 chicas del grupo valenciano que lesionadas estaban esperando a una chica del lugar para que las subiera al albergue (habían elegido uno precioso que estaba en medio de la nada, a unos 5 km de suave ascensión), confirmamos con ellas que el italiano del albergue de la mañana era un “fill de puta”, visitamos el pequeño pueblo, algo que nos llevó unos 15 minutos, y poco más dio de sí el día. Cervezas en el bar del albergue viendo las noticias e intentando adivinar que idioma hablaba un trio de extranjeros, y nos retiramos pronto. Ya solamente nos quedaba la última y corta etapa hasta Santiago.

Viernes 26 de abril de 2019 – Puente Ulla – Santiago, 22 km

Último día. A las 6 en pie, chino chano a esperar que el bar abra a las 7, café y cruasán. Buen tramo, subida larga pero soportable, con poca lluvia. Adelantamos 2 veces a los mallorquines, una parada a las 9:30 (el broche bonito de la señora le gusta a Edu...) y una última parada a 4,5 km de Santiago con los mallorquines, cerveza y unos callos con garbanzos bien buenos. Casi casi estamos. Ultimo bote de 30€ (total 180, menos que el año pasado), y a la 1 estamos en Santiago. Festival turístico, lleno de gente, colas, turistas, carteristas…, parece una feria. El triste final del Camino. Lo peor, sin duda. Lo de la alegría por llegar ya no se produce. Por lo menos en mi caso. Vemos a Oscar de BCN, cervezas y bocatas en el sitio más local y menos turístico (bar Orense, detrás del Drakar en la Rua Franco), cuatro souvenirs y 2 horas de cola (con llamada de atención al guardia incluida por la falta de atención en los 10 puestos para sellar de los que solamente hay uno funcionando), Compostela (la quinta), y al albergue de la estación a descansar y hacer tiempo hasta las 5 de la mañana. Mini paseo, muy feo el barrio, unas cervezas, queso para llevar y poco más.
Madrugón, tren y sanseacabó. Hasta septiembre. Oporto nos espera.

Con el mal rollo de saber que afrontábamos la última etapa (y con ello la vuelta a la realidad), y encima sin haber disfrutado como otros años de anécdotas especialmente bonitas, haber conocido con mayor profundidad a otros peregrinos o haber pillado una buena borrachera al son de algún instrumento, a las 6 ya estábamos en pie, pero esperamos a las 7 para salir desayunados con un buen café y un cruasán tamaño XL (y muy bueno). El tramo volvió a ser bonito por el paisaje, algo duro por sus subidas y bajadas, pero soportable. El sol radiante se turnaba con chaparrones de granizo y lluvia, algo constante este año. Adelantamos un par de veces a los mallorquines, paramos en un bar de carretera en el que una señora muy habladora y portadora de un bonito broche con la concha (la buena señora llevaba un año con su albergue, y aún se le notaba la ilusión de ser hospitalera: como el italiano del día anterior, pero al revés. Educada, interesada, habladora..., en resumen, como hay que ser si te dedicas a la hostelería y encima en una ruta de peregrinaje).

Repusimos dinero al bote común (lo del mal clima y la carencia de aventuras o enamoramientos había contribuido claramente a la reducción de gastos: 180€ por barba no está nada mal, son unos módicos 30€ por día (en Madrid con ese dinero ni salgo de casa); hicimos una última parada a 4 km de nuestro destino, la catedral de Santiago, en la que charlamos de nuevo con los mallorquines y nos sorprendieron con unos callos con garbanzos más que dignos, y hacia las 12:45 entramos en la meta de todos los peregrinos, acompañados por una señora mayor que nos hizo de guía el último kilómetro por las callejuelas de la ciudad. Nos encontramos con los valencianos, con el estimado Oscar y sus amigas (perico y amigo de BCN), nos arriesgamos a hacer la cola para recoger la Compostela (algo que nos llevó casi 2 horas de espera, discusión con el guardia encargado por la falta de atención en los 10 ordenadores disponibles y encima volver a ver a los portugueses justo delante nuestro).


Y no por esperado volví a odiar este momento del Camino: el final de la aventura, el choque frontal con las masas de pseudo peregrinos, carteristas, fotógrafos, vendedores de recuerdos y de humo y demás personajes que viven de la continua y tan lucrativa feria del peregrino. Muchos siglos desde que se consolidó esta ruta por la pérdida de Jerusalén, y el mismo mercantilismo e interés monetario que en su origen. Aunque hoy en día el beneficio ya no sea solamente para la Iglesia, como lo fue durante los siglos anteriores, sino que se reparte a partes nada iguales entre los comerciantes, los aprovechados, las autoridades y la propia Iglesia.

Un negocio millonario que siguen cuidando en pueblos y aldeas con el buen trato a los peregrinos, pero que en la capital se convierte en un triste mercadillo en el que la fe, el misticismo, la espiritualidad, la historia, la cultura, el esfuerzo, la bondad, la solidaridad, la convivencia o el amor desparecen de golpe para dar paso al negocio, la horterada, la masificación y la ludificación de todo. Una pena. Como ya he dicho antes: el Camino morirá de éxito. Tarde o temprano. Don dinero es el que manda.

Con este objetivo se diseñó y consolidó el Camino hace siglos, por haberse quedado la Iglesia sin sus cuantiosos ingresos por la obligada visita a Jerusalén, y así morirá, muerto de éxito al son de los doblones de oro.




miércoles, 10 de abril de 2019

Que se hable de VOX, aunque sea bien

There is only one thing in life worse than being talked about, and that is not being talked about
Oscar Wilde

Escuchando ayer "La Linterna" de la Cope, y en concreto la intervención siempre entretenida y didáctica de Fernando Vilches, profesor titular de Lengua Española de la Universidad Rey Juan Carlos, salió a colación la frase “que se hable de mí, aunque sea para bien”. Intrigado, a la par que divertido, la apunté para usarla como introducción a esta entrada.

No hay duda de que la mayoría de nosotros diríamos lo contrario, es decir, “que se hable de mí, aunque sea mal”. Es sin duda la expresión más común, y entiendo que también la más lógica, quizás basada en la famosa frase de Oscar Wilde que cito arriba: “hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti y es que no hablen de ti”. 
Y tal cual es una estrategia usada por infinidad de empresas, organismos, partidos políticos y particulares. Mercadotecnia pura y dura. O marketing, como se dice hoy en día, relegando a nuestro rico idioma, como en tantos otros casos, con el absurdo fin de sentirse moderno, culto y cosmopolita.

Esta publicidad de shock, bien conocida en marcas como Benetton o Ryanair y en campañas oficiales de prevención de accidentes (justamente en estos últimos días la DGT ha lanzado una campaña de este estilo ante los masivos desplazamientos previstos para la Semana Santa), sin duda alguna es efectiva, aunque también pienso que es algo muy visto y cuya eficacia no dudo que ha ido a menos. ¿Quién no se acuerda de la primera campaña de Ciudadanos, con un Albert Rivera en cueros engañándonos con lo de “sólo nos importan las personas” (cuando realmente quería decir “sólo me importo yo”)? El anuncio sin duda fue efectivo, aunque visto ahora, desde la distancia y el descubrimiento de la realidad que había detrás de muchos de los fundadores de dicho partido, no fue nada más que un eslogan engañoso que encubría un narcisismo y un afán de poder enfermizos. De eso se trataba, obviamente. De vender un producto, ya sea con argumentos y datos reales, con falsas promesas o con hechos manipulados.

Tres cuartos de lo mismo ha sido la campaña orquestada durante años alrededor de la inexistente república catalana, su justificación histórica y su supuesta mayoría social (lo de inexistente sin duda un hecho objetivo, como bien ha argumentado en sus alegaciones el bueno y sensato Mosso sancionado ayer con 14 días de inhabilitación por decir la pura verdad).

Y qué os voy a contar después de lo visto en la sumamente sucia precampaña electoral: no quiero ni imaginarme como va a ser la campaña en sí, ni los miles de bulos, intrigas y manipulaciones que vamos a tener que soportar en los próximos quince días, como ya decía en un reciente comentario mío. Suerte tengo que la mitad de ese tiempo lo pasaré andando por tierras gallegas en pos de mi quinta Compostela, ajeno al mundanal ruido, a la bajeza moral y a la maldad intrínseca de nuestro sistema político.

Pero hay esperanza. La verdadera y sensata España está despertando, los actos de los partidos tradicionales están pinchando, las encuestas, por muy cocinadas que estén, no se las cree ni un pardillo y lerdo espectador de la Secta, y empiezan a sonar tambores de resistencia, de alegría, de verdad y de una nueva y brillante luz al final del camino (lo de los tambores es por gentileza de Ignacio Garriga).



Digamos pues como el inmortal genio Salvador Dalí: “que se hable de mí, aunque sea para bien”.


lunes, 8 de abril de 2019

Nacionalismo, populismo y religión.


Una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto”
George Orwell, Notas sobre el nacionalismo

No va nada mal que, en estos momentos, a punto de iniciarse la campaña electoral oficial (aunque realmente la campaña empezó el fatídico 2 de junio de 2018, día en el que el falso y ególatra Pedro cum Fraude llegó al poder con la mochila llena de sucias maniobras e incontables mentiras), se publique un estudio sobre la enseñanza de la religión en las diferentes regiones de España.


Como era de esperar, las regiones en las que se limita, excluye y hasta persigue la enseñanza de la religión católica, son aquellas en las que dominan una o ambas de las dos fuerzas malignas que quieren acabar con nuestros valores, nuestras historia y, sobre todo, con nuestro futuro.

Tanto el rancio populismo izquierdista, culpable de los mayores desastres sociales y culturales de la historia, además de la muerte de cientos de millones de personas, como el maldito nacionalismo que se sitúa por encima del bien y del mal arrogándose rango de verdad y eternidad, tienen muy claro quien es su principal enemigo. La lucha contra los valores emanados de nuestra herencia griega, romana y cristiana es continuada e implacable: es la única manera que tienen para llegar al poder los enemigos de la persona, de la libertad y de la justicia.

Decía Orwell en su “Notas sobre el nacionalismo” lo siguiente: “Todo nacionalista acaricia la idea de que el pasado puede alterarse. Pasa la mayor parte del tiempo en un mundo fantástico en el que las cosas suceden como deberían suceder, y, cuando es posible, no duda en transferir fragmentos de su mundo a los libros de historia”.

¡Qué acertada definición de lo que estamos sufriendo hoy en día en España! Ese mundo fantástico en el que residen los dementes Torra, Puigdemont y demás enfermos, o los falsos e hipócritas nazis del PNV que van de sensatos y superiores cuando su trayectoria es el mayor ejemplo de manipulación histórica y social (y sangrienta) sufrida en Europa en los últimos siglos, junto a los demagogos populistas de izquierda que repiten sin cansar su mantra igualitario, libertario y renovador, cuando cualquier persona sensata sabe que ni persiguen la igualdad, ni creen en la libertad, ni dejarán más rastro de su apestosa presencia en nuestra sociedad que miseria, injusticia y privilegios para unos pocos acólitos (véase la situación actual de Venezuela).

¿Y qué podemos hacer para evitar este desastre y salvar los muebles de nuestra patria, nuestra historia, nuestra herencia y con ello garantizar un futuro a nuestros hijos y nietos?

Pues yo diría que está bastante claro: luchar en el día a día por nuestros valores y contra la indecencia que representan la mayoría de los partidos políticos. Leer, estudiar, entender, escribir, debatir, dar ejemplo, enseñar…, en definitiva, ayudar a las personas de cerebro huero, abducidas por las mentiras, la superficialidad y la mediocridad de las malignas y manipuladoras cadenas de televisión y radio, dedicadas en cuerpo y alma a minar los valores y cimientos de nuestra sociedad para conseguir el máximo provecho económico, a 
costa de convertir a la audiencia en simples ovejas consumidoras de bazofia.

Y aquellos que votáis, hacedlo conscientemente, sabedores de que estamos ante una de las últimas oportunidades de salvar la que otrora fue reserva espiritual de Occidente, faro de libertad, justicia e igualdad. Nuestra patria. Nuestro pasado. Nuestro presente. Y Dios mediante, nuestro futuro. Por España, todo por España.



miércoles, 20 de marzo de 2019

Operación tinte


Después de mi artículo de ayer, en el que hablaba de la operación de blanqueo (lejía Conejo de por medio) de los delitos y faltas de los golpistas separatistas en Cataluña (nótese que no digo de los golpistas catalanes, a ver si la gente allende del Ebro entiende de una vez que la mayoría de los catalanes ni somos golpistas, ni odiamos a España ni padecemos demencia), hoy toca hablar de lo contrario, de la operación tinte, del proceso de ennegrecer con medias verdades, completas mentiras y noticias falsas a los contrincantes políticos.

Sabemos muy bien que los de siempre, los manipuladores, embaucadores y mentirosos, no dan puntada sin hilo. Y en cuestión de echar mierda sobre los demás somos, por desgracia, campeones del mundo. Hasta destacamos hablando mal sobre nosotros mismos, como bien demuestran la persistencia de la leyenda negra acerca de la historia de España, los prejuicios hacia los vecinos del norte, del sur, del este y del oeste de nuestra patria, la expresión “panchito” para referirse a los otrora conciudadanos de las provincias de ultramar, los chistes sobre Lepe, las chanzas sobre la siesta continuada en Andalucía, los prejuicios sobre la racanería de los catalanes y la chulería de los madrileños o las risas sobre los ridículos peinados y las pobladas cejas de las mozas de las provincias vascongadas (esto último quizás sea lo único acertado).

Ya lo decía el escritor catalán Joaquín Bartrina:” Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español”.

Entre amigos nos reímos mucho del “y tú qué”, “y tú más” que solemos usar cuando somos incapaces de responder a nuestro interlocutor con argumentos, con sensatez, con conocimiento de causa y con educación. Pero por desgracia justamente esto es uno de nuestros grandes defectos: somos incapaces de aceptar que algo no lo sabemos, de digerir una derrota, de que el contrario sea mejor que nosotros o que nos hayamos equivocado en algo. Y de esta triste manera de ser solamente dista un pequeño paso hasta el insulto, la tergiversación, la manipulación y la difamación.

Y así andamos ahora, en plena vorágine electoral, con las espadas alzadas, las lenguas afiladas y los documentalistas trabajando a destajo para encontrar el mínimo error o la mayor equivocación en la vida pasada del contrario (o de su familia, sus vecinos, sus allegados, sus antepasados o sus animales de compañía), y así poder insultar, exagerar y vilipendiar a cámara y micrófono abiertos  hasta quedar roncos de voz y llenos del placer que al parecer produce hacer daño al prójimo. Daño al contrario y sobre todo réditos electorales. Que de eso se trata en estas semanas previas a unas importantes y trascendentales elecciones generales.

Y si a todo este proceso de hurgar tanto en lo público como en lo más íntimo de la vida de los adversarios políticos, añadimos la mentira estratégicamente planificada y organizada, la complicidad de los medios afines, los medios económicos disponibles sin control alguno (como el abusivo uso de las instituciones del estado para su campaña electoral que está haciendo Pedro "cum fraude" Sánchez) y la creación de bulos y noticias falsas usando las facilidades técnicas de nuestro entorno social tan altamente conectado, pues poco podemos hacer para evitar que una persona de historial blanco y virginal se convierta en un ser de color gris ceniza, y un contrincante político con algunas mínimas manchas grises en su por lo demás admirable currículum acabe más negro que un túnel sin tren expreso (Sabina dixit).

Añadamos a esta maldad “democrática” la recién aprobada “ley de protección de datos” que permite a las formaciones trazar perfiles ideológicos de sus potenciales votantes en las redes sociales y lanzar publicidad por sistemas electrónicos de mensajería, sin que podamos oponernos, y que obviamente fue refrendada por unanimidad por todos los partidos políticos (listillos todos ellos), pues qué queréis que os diga.

Esto acaba de empezar: nos quedan 39 largos días y sus correspondientes noches de sucia, perversa y poco humana campaña electoral, en la que quien más quien menos repartirá o recibirá estopa. Sin piedad. Con toda la maldad posible. Sea verdad o no lo sea, eso no importa. Lo que prima (y aquí enlazo con mi artículo anterior) es el resultado: conseguir mis votos y mis privilegios. 

A los demás, a su nombre, su integridad, su familia, su honor y su salud, que les den morcilla.

Asco de sistema, asco de democracia, asco de políticos. Asco en general.

martes, 19 de marzo de 2019

Operación lejía


Ya estamos. A los que tenemos un mínimo de intelecto y cultura y conocemos el objetivo último que persigue cualquier político, la operación de blanqueo de los golpistas separatistas no nos sorprende un ápice. Y por mucho que me repita y algunos conocidos me llamen cansino, hay que proclamarlo a los cuatro vientos, cien veces, o mil, hasta que todo el mundo lo entienda: los políticos no son personas altruistas y preparadas que se ponen al servicio de la sociedad que los elige por sus capacidades y sus buenas intenciones. Por lo menos no lo son los políticos al uso, léase los socialistos, los blandengues populares, los populistas manipuladores, los patéticos comunistas o los mentirosos, poseídos y racistas nacionalistas. Todos estos grupos de vividores que se agrupan alrededor de una bandera sin historia, un logotipo infantil, una historia milenaria inventada, una herencia manipulada, un falso mandamiento de la sociedad, una veleta anaranjada al viento, un ridículo himno o veinte promesas que no piensan cumplir, no pretenden otra cosa que o bien mantenerse en el poder o bien llegar a él. Y sanseacabó.

Obviamente (por ahora) no existe solución a este grave problema. En las falsamente llamadas “democracias” occidentales, los que mandan no son los ciudadanos con sus votos: mandan los lobbies, ya sean económicos (la banca y las multinacionales) o políticos (los partidos políticos y sus matrices internacionales), que utilizando los medios de comunicación cautivos y los amplios resortes del poder que les entregamos como borregos cada tantos años en esa simulación de libertad que llaman elecciones, se perpetúan en el poder, manteniendo así su hegemonía social y económica mientras se ríen en nuestra cara día tras día.

Cientos de veces habré hablado y escrito sobre el valor añadido de un político, sobre ese cero a la izquierda que representan estos tan bien pagados “intermediarios” entre el ser humano, la voluntad popular, las necesidades de la sociedad y las actuaciones reales para mejorar la vida de las personas. 

¿Qué aporta un político al bien común?
¿Una buena gestión de los recursos de un país?
¿Una buena dirección de las empresas públicas en aras de mejorar las condiciones de vida de la población?
¿Un esfuerzo diario por mejorar y con ello ayudar al resto de la sociedad?

Anda ya. Eso lo hacían los dirigentes en la antigua Grecia, o los buenos reyes (que los hubo), o los tribunos romanos antes del declive del Imperio Romano (al que debemos tantas cosas, por cierto), o los buenos pastores de la Iglesia (que los hubo y los sigue habiendo), antes de su conversión en enfermos dictadores, minoritarios pero asquerosos pederastas, déspotas iluminados o revolucionarios trasnochados.

Hoy en día no queda nadie bueno de verdad, salvo algunos misioneros en remotos países, expuestos a ser degollados por integristas sin que a la sociedad occidental le importe un pimiento (el mismo día de la masacre en Nueva Zelanda murieron asesinados 200 y pico cristianos a manos de islamistas y nadie se hizo eco de ello), algún que otro profesor de pueblo lleno de bondad e ideales, una decena de periodistas independientes, un puñado de intelectuales desconocidos por la amplia mayoría de la sociedad y que predican en el desierto intelectual en el que se ha convertido el mundo occidental y quizás una pequeña parte de la juventud que parece que se está despertando y que pretende rebelarse contra la mediocridad general, el letargo de la sociedad y la inacción de la anterior generación. Sin olvidarnos de los amigos de verdad, los camareros de los bares, los sumilleres en los restaurantes y los cocineros que preparan un buen arroz, que son la única reserva cultural, espiritual y social que nos queda.

Por lo demás, un pozo negro.  Y que encima pretenden blanquear ahora que estamos en periodo electoral. Lo que podríamos llamar “operación lejía”. O para ser más creativos “Operación Conejo”, por ser dicha marca la primera lejía que se hizo popular en nuestro país allá por el 1889, hace nada menos que 130 años.  Época para más inri de nefasto recuerdo, de la Regencia, del Pacto del Pardo, de inestabilidad, de corrupción…, en resumen, de preludio a las desgracias que derivaron de todo ello, la pérdida de las últimas provincias de ultramar, la Semana Trágica de Barcelona, la huelga de 1917 y finalmente la maldita segunda república, el golpe de estado de la izquierda asesina y genocida y el levantamiento militar de los últimos patriotas para salvar los pocos muebles que quedaban enteros en nuestra patria.

Pues así andamos de nuevo, en esa inexorable repetición de los mismos errores. De dejarnos embaucar por los intermediarios, los políticos, para al final salir perdiendo.

Los golpistas catalanes están ya a remojo en los barriles de lejía que han situado en todas las estratégicas esquinas de la piel de toro. En Cibeles, en las maniobras de Sociedad Civil Catalana, en el Orinal (también llamado Nou Camp), en las interferencias masónicas del gabacho Valls en la política española, en el descafeinado juicio por el “procés” que acabará sin duda en generosos indultos o en las maquiavélicas intenciones del PSOE de Sánchez y su afán por alargar su estancia en la Moncloa a costa de desmembrar lo que queda de España.

Al racista PNV le darán lo que haga falta, sea quien sea el que se lleve el pato al agua el 28 de abril. El PP de Galicia está emulando lo peor de CiU en Cataluña, apartando la lengua mayoritaria y común de la sociedad para ganarse los favores de los enfermos nacionalistas, en Valencia llevan tiempo intentando ser más estúpidos que los separatistas catalanes (y están a punto de conseguirlo), en Andalucía todas las promesas de los veletas de Ciudadanos y los inanes dirigentes populares han caído en saco roto y en el resto de España la sociedad solamente está pendiente del calendario laboral y del próximo puente que puedan disfrutar en nuestras costas, prados, valles o montañas.
Cerrando los ojos a la triste realidad. Ojos que no ven, corazón que no siente. Como no entiendo y no me interesa la política, pues nada, a ver la tele, a consumir y a vivir que son dos días.

Y aprovechándose de esta sociedad aletargada y carente de intelecto, los malditos partidos ficharán a cualquier figura que les pueda aportar esos cuatro votos que les faltan para conseguir su sueño dorado, su concejalía en un ayuntamiento, su asiento en el parlamento autonómico o su escaño en el Congreso o en el Senado. Desde actores, pasando por militares de uno u otro signo, deportistas, astronautas, músicos o “influencers” (antes llamados cantamañanas). Cualquier personajillo, personaje o hasta eminencia es útil para alcanzar sus últimos y únicos objetivos: vivir bien, ganarse una pensión vitalicia y observar el hundimiento de una de las naciones que más han aportado a la historia del mundo desde la barrera, con un libro plagiado, una carrera no estudiada, un master inexistente, un currículum hinchado, una mansión en Waterloo, unas embajadas inventadas e ilegales en Europa y los EE.UU., un chalet en la sierra o en la costa y un coche oficial o un avión a su disposición. Cada uno con sus caprichos, sus obsesiones, sus anhelos y sus locuras.

¿Y aún os creéis que alguno de todos estos lamentables y nefastos actores llamados políticos buscan el bien común?

Yo no me creo nada. Sigo siendo, como tantos otros, una humilde “vox clamantis in deserto”.  En ese desierto que cada ene años intentan blanquear con lejía para ocultar la realidad. En ese maldito "año del conejo” que estamos viviendo. Ni que fuéramos chinos. Y nos vuelvan a engañar como les sucedió a ellos en el Perú del siglo XIX (y ahora nos están devolviendo a base de productos falsificados, gato por liebre en los platos, sonrisas engañosas y una lenta pero continua colonización dirigida por el poder de Pekín).

martes, 12 de marzo de 2019

La picaresca


Hace un par de semanas tuve el honor de hospedar en mi casa al gran Don Alberto (gracias por la vista amigo), y como suele pasar cuando nos vemos, acabamos hablando de casi todo, del bien y del mal, de los tontos y los sumamente estúpidos, de los malditos rojos y las gordas feminazis, de los vividores y los vagos, todo ello bien regado con cervezas (bastantes) y finalmente disfrutando de varias películas vistas en más de una ocasión, en ese eterno “déjà vu” que buscamos y disfrutamos conscientemente cuando nos vemos. No tenemos edad para experimentos, sabemos muy bien lo que nos gusta, y en consecuencia hacemos lo que nos apetece, con quien queremos y en el lugar que más nos rota. Y no es por hurañía que evitemos el contacto con demasiada gente, con esa patulea que por desgracia puebla nuestra patria, sino una simple y consciente decisión. 
Mejor solo que mal acompañado, como se suele decir.

Y entre pitos y flautas (expresión cuyo origen sigue siendo un misterio, aunque muchos estudiosos opten por este origen), anécdotas y risas, volvió a aparecer la tan común y al mismo tiempo tan odiada palabra: la picaresca. Lo que practican los pícaros. Que son muchos. Demasiados.

El grave problema es la evolución de las acepciones de la palabra en cuestión, y con ello, en mi modesta opinión, la justificación o excusa que usan todos los pícaros que nos rodean. Del “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir” original de la novela picaresca del siglo XVI hemos pasado al “listo y espabilado”, mutando la palabra de su vertiente negativa hasta casi convertirse en un valor. Tendríamos que proponer a la RAE que como mínimo invierta el orden de las dos primeras acepciones de la palabra en su diccionario, para adecuarlo a la realidad, aunque creo que sería una tarea harto difícil. 

Nuestra sociedad occidental, y en este caso no hablo solamente de España, sino de la mayoría de los países que nos rodean (no vayamos a creer que tenemos la exclusiva de la picaresca), ha ido perdiendo progresivamente sus valores fundamentales, como son la lealtad, el amor, el esfuerzo, la ética, la estética, la solidaridad, la caridad o el honor, sustituyéndolos por una nueva escala de pseudovalores que son culpables de la decadencia y la falta de rumbo de la mayoría de las personas. Y de su picaresca. Hablamos aquí de supuestos valores como la riqueza, el poder, el tamaño del coche, la casa, el yate, los pechos o el pene, la cantidad de mujeres o hombres que has poseído, los siniestros falsos que has simulado, el importe que has conseguido defraudar a Hacienda en el último ejercicio o las horas, días, meses y hasta años que te has podido escaquear del trabajo (como se ha descubierto en múltiples casos de funcionarios públicos).

Y puestos a poner ejemplos de la generalizada picaresca en nuestro país, estos últimos años dan para escribir varios libros. Aunque lo de los libros en el fondo sería inútil por dos razones: aquí no lee ni el tato, y menos aún los pícaros, y en el caso de que leyesen cualquier libro de este tipo simplemente les serviría como manual de instrucciones para su siguiente acto indigno.

Para evitar indigestiones, depresiones y ataques de ira solamente citaré unos pocos y recientes ejemplos, tanto patrios como ajenos a nuestra pícara tierra:

  • El fraudulento, limitado, mentiroso y egocéntrico presidente por accidente Sánchez Castejón convoca las elecciones justamente el día en el que cumple el mínimo de jornadas en el cargo para cobrar una pensión vitalicia de más de 90.000 euros.
  • Su tan trabajadora esposa Begoña asiste a una mal llamada “huelga” (¿contra qué empresa o institución que les explota laboralmente se estaban manifestando?) feminista, cuando cobra un sueldazo por no hacer nada y está disfrutando de una vida de lujo a costa de nuestros impuestos.
  • Riveleta y sus secuaces organizan un pucherazo en las primarias de Ciudadanos en Castilla y León para colocar a su candidata y el tiro les sale por la culata.
  • En Andalucía  existen 2.250 asociaciones feministas por 778 municipios. Es decir, 2,9 asociaciones de vividoras por municipio. ¿Cuánto le queda de verdad a las mujeres, hombres o niños acosados o en peligro? Cero patatero. 
  • Ana Pastor se inventa una nueva empresa, Newtral, para vigilar las noticias falsas, y de entrada miente sobre los años de trabajo en esta honorable tarea. Falsa ella, falsa su empresa. 
  • Portugal reclama la hazaña de Magallanes de haber dado la vuelta al mundo, cuando los hechos demuestran lo contrario: España financió y lideró la expedición, él cambió su apellido, renegó de su origen portugués, en su testamento dejó escrito que sus herederos fueran por siempre españoles y encima la flota portuguesa intentó por todos los medios evitar la hazaña de nuestra gloriosa marina.
  • El ex presidente de Greepeace reconoce que el cambio climático es una exageración, cuando no una gran mentira.
  • Maduro se inventa un ciberataque internacional a su sistema eléctrico mientras sigue robando y el pueblo llano muere de hambre, sed y falta de electricidad. Y para mas inri la gestión del sistema eléctrico de Venezuela es analógica, es decir, no puede ser atacado remotamente, por mucho "hacker imperialista" que lo intente.

Y así podría seguir hasta llenar cientos de páginas. Aunque también se puede resumir con una tira del siempre magnífico Dilbert



Pero eso nos llevaría a hablar del marketing, la constante y abusiva mentira de los publicitarios, las falacias de los bancos y las aseguradoras o las promesas electorales de los partidos políticos. Y siendo martes no sería de recibo estropear lo que queda de semana. Ya retomaré el tema en otro momento.


Y citando a Matilde Asensi en esta magnífica entrevista: “No permito que nada indigno entre en mi vida y eso incluye la política”.

Y la picaresca, añadiría yo.