martes, 17 de julio de 2012

Anoche soñé que España existía

Me imagino que mi sueño se inspiró en la biografía del Cid que estoy leyendo; o quizás se debió a los múltiples y buenos artículos sobre la batalla de las Navas de Tolosa degustados en estos días, o, quién sabe, igual realicé un viaje astral recordando a los chamanes de algún libro de Castaneda y compartí mesa, mantel y tertulia con algún pensador sensato de esos que antes producía esta tierra bendita, llámense Machado, Ledesma Ramos, Pío Baroja o Nino Bravo;  pero si, España existía, como idea, como realidad, como unión de gentes diversas en pos del bien común, como ilusión colectiva y hasta como ente político sensatamente organizado y guiado por los más capaces , dedicados a predicar con el ejemplo del trabajo bien hecho.


Pero, como diría Víctor Hugo,” rayando el alba, a la hora en que el campo palidece”, el sueño se desvaneció, y me di de bruces con  “la realidad grotesca y desatinada”, con el esperpento español popularizado por Don Ramón María,  con el intolerable escenario de un “Ruedo Ibérico” lleno de mentiras, corrupción y desfachatez, con un país en manos de perjuros, de gestores  y administradores que incumplen sus tareas desde el mismo momento en el que en teoría asumen sus responsabilidades, con un presente intolerable y un futuro menos alentador que una noche en el infierno de Dante.  

Pero aquí no hay comedia que valga, por muy divina  que sea.  Esto es un drama. El “Untergang” de la civilización occidental, de los valores cristianos, de la moral, de la seriedad, de la responsabilidad, de la hombría. 
Ha triunfado el mal en forma de avaricia, de inmoralidad, de mangoneo a diestro y siniestro, de sueldos millonarios a miembros encausados de la familia real y a gestores de bancos corruptos, de subvenciones a partidos políticos cuyo contrato de trabajo, léase su programa electoral, no sirve más que para secar las lágrimas de los ingenuos ciudadanos que les votaron y que ahora contemplan inermes como ese panfleto no era más que un papel mojado que los políticos usan como burda toallita perfumada de buenos sueldos, dietas y prebendas para limpiar su poco noble trasero desde el mismo día en el que asumen el poder.


Y hasta saltan, ahora que les tocan la paga de navidad instaurada por un “dictador” y los días moscosos, los miles de empleados de la administración, que no funcionarios de carrera, para reclamar, ¿ahora sí eh? , sus derechos adquiridos a base de mínimos esfuerzos y complicidades máximas con los gobiernos de diferente color pero mismas intenciones a los que han servido tan fielmente durante los últimos 35 años.


Anoche soñé que España existía, pero no fue más que una pesadilla de un verano que con sus altas temperaturas y sus consiguientes incendios está  arrasando la tierra, la sociedad y la historia de esa antaño orgullosa y respetada parte de Europa, que linda al norte con los pirineos, al sur con África, al este con el Mare Nostrum y al oeste con el “finis terrae” de la civilización occidental.


Anoche soñé con la victoria sobre Miramamolín, con el descubrimiento de las Indias, con la invención del submarino de Peral  y hasta con la expansión del Chupa-Chups alrededor del orbe.


Pero, de nuevo, despuntó el sol por el Este, y con resignación me enfrenté a la realidad de los titulares de la prensa, a la intolerable relación de los sueldos de los altos ejecutivos de las multinacionales españolas, que se mueven en un rango entre 17 y 5 millones de Euros, es decir, el salario mínimo de unos 20.000 españoles de bien, al nuevo blindaje económico del Urdanga, príncipe consorte y ladrón, y también a los siempre animosos, constructivos y bonitos comentarios de grandes columnistas, llámense Girauta, Tertsch, Sostres o hasta González Pons (por su Tercera de hoy), que por desgracia los leemos muy pocos y se los lleva el viento cual canción de Ramón Pelegero Sanchís, alias Raimón.


Anoche soñé que España existía, y que de alguna forma podríamos “cobrarnos ese pagaré que firmaron los políticos cuando nos pidieron su voto”, parafraseando aquí a Martin Luther King.  


Pero desperté.




lunes, 9 de julio de 2012

Eme: de manipulación, mentiras y minería



Nota previa:

Ante la polémica surgida entre algunos de mis lectores por el contenido de este artículo, quiero resaltar lo siguiente: mi intención no era defender algo indefendible, como la calidad de nuestro carbón o la viabilidad del sector, ni dar pie a pensar que yo pueda alinearme con los fantoches trasnochados de la izquierda de visa de oro y guitarra en ristre, los de la “ceja”, ni posicionarme al lado de los líderes sindicales de Rolex dorado y cruceros de lujo que aprovechan ocasiones como la que estamos viviendo para sacar provecho para su causa perdida y anacrónica, sino que simplemente quería resaltar lo nimio del importe necesario para mantener a estas 4.000 familias hasta el límite ya establecido (por ley y por imposición Europea) en 2018, la inoportunidad absoluta de esta polémica en estos momentos tan difíciles para nuestro país, la mentira, manipulación y corrupción que sufre el sector minero desde hace años, la bajada de pantalones que ha tenido que realizar España ante Europa desde los lejanos años 80 desmontando todo el tejido industrial para mayor gloria de las empresas norteñas y la innegable hombría y razón del colectivo minero español en la lucha contra la injusticia, hombría de la que solamente se aprovecha, "as usual", la izquierda ruidosa y ruin. El que haya entendido algo diferente o bien no me conoce o bien ha leído en diagonal y con muchas prisas.


Artículo original: 
Entre las verdades que escribe un amigo mío en su excelente artículo titulado “¿Crisis,qué crisis?” y mi vano intento de encontrar una aproximación real a la situación de la minería en España,  recurriendo a cuantas fuentes de información he podido, ha sido un fin de semana terrible. Si a ello le sumamos la acostumbrada soledad, la falta de dinero, en línea con la mayoría de nuestros compatriotas (exceptuando claro está a los políticos, los ejecutivos ladrones, los proxenetas y a los traficantes, colectivos estos que no conocen la crisis ni por referencias) y un calor nocturno asfixiante, podríamos hablar de un fin de semana perdido, como tantos otros. Pero tampoco es cuestión de lamentarse: el sábado hubo un rato bueno, con un par de cervezas, en inmejorable compañía (gran Ramiro) y escuchando música clásica, léase rock de verdad, hablando sobre Jethro Tull y artistas de su talla, y el domingo se alegró un poquito con un paseo por el Rastro de Madrid acompañado de seres queridos. Algo es algo. Y tal como están las cosas el que no se conforme con estos mínimos placeres lo lleva claro. Porque peores tiempos nos tocará vivir. Sin duda.

Pero estas mínimas alegrías no compensan el desasosiego que me causa ver que, como siempre, la verdad no aparece por ningún lado, ni se la espera, y que estamos sujetos a las mentiras que nos cuenten los medios, los políticos, los lobbies, los bancos, los sindicatos o cualquier otra institución, colectivo o mafia que se dedica por su propia naturaleza a vivir de los demás, sin aportar nada y poniendo la mano, con su racket, su usura, sus ratings, sus comisiones o su nepotismo. Esta sociedad, llamada eufemísticamente Estado Social y de Derecho, que de social cada vez tiene menos y en la que el derecho desapareció hace tiempo en aras de la manipulación de la ley por parte del poder político.
Heme pues en casa intentando cuadrar las cuentas del problema minero, sumando y restando, googleando y comparando, sin llegar a un resultado mínimamente satisfactorio.
¿Hablamos de un recorte de 300 millones de euros, con un mafioso llamado Victorino Alonso llenándose los bolsillos y un gobierno de rodillas ante la UE por este ridículo importe, pero solicitando al mismo tiempo ayudas por importes de miles de millones de euros para un sistema bancario corrupto?
¿Hablamos de 300 millones cuando colocar a las impresentables Bibiana Aido y Leire Pajín ha costado más o menos lo mismo?
¿Hablamos de 300 millones cuando los gobernantes de Andalucía han trincado bastante más con sus EREs falsos?
¿Hablamos de 300 millones cuando los gastos en embajadas de reyezuelos locales superan con creces este importe?
Si fuera así, y parece que lo es, sería el momento de seguir el ejemplo de los mineros, único colectivo en España que realmente se enfrenta al poder con argumentos y con huevos, con perdón, y echarnos todos a la calle para limpiar de una santa vez esta tierra de ociosos mangantes y manipuladores profesionales.  Debería de ser el momento de acabar con la sumisión a las leyes del mercado, ente inexistente pero más presente en nuestro día a día que el coco en los cuentos infantiles, a las imposiciones del pirata anglosajón, a la oscura y obscena gestión del mundo por parte de las multinacionales, los grupos de presión y las “sectas” del siglo XXI, al buenismo socialdemócrata, al latrocinio del progresismo inculto y a la insulsa, inútil y fatua  existencia de la derecha democrática, que vive de grandes promesas y mínimos cumplimientos.
En tiempos revueltos, como estos,  en época de mentiras, de manipulación y de mamones, si fuéramos hombres de bien, españoles recios, idealistas y sensatos, como los que hace 800 años plantaron cara al invasor en las Navas de Tolosa, estaríamos todos al lado de la minería. Sin dudarlo.
Pero estos tiempos ya pasaron. Lo nuestro son los partidos de fútbol, la telebasura, las verbenas populares y poco más.
La palabra revolución pasó a los libros de historia. A esos libros que ya nadie lee, por mucho que lleve su lector de libros electrónicos cargado con miles de obras de la literatura universal que jamás entendería, para acabar leyendo los pies de fotos del AS o el Sport, que  es a lo máximo que llegan las mentes de los españoles. Por lo menos de la mayoría de ellos.

Allá nosotros con nuestra conciencia, pero que nadie hable con pasión de España,  o de Europa. Son cosas del pasado que nos hemos dejado robar. Por la Roja. Por la insensatez. Por la comodidad. Por la desidia. Por la superficialidad. Por el vicio. Por la incultura. Por la cobardía.

martes, 3 de julio de 2012

Más que un juego


Querido y admirado Juan Carlos.

Admiro tu valentía de echarte al ruedo del mundo futbolístico el mismo día en el que la mayoría de ciudadanos de España se levantan con una resaca de órdago después de destrozar todas las audiencias medidas hasta el momento durante la celebración de la final de la Euro 2012 en las lejanas Polonia y Ucrania, y de sentirse las personas más dichosas del planeta tierra. Celebración y victoria, que de eso se trata en el deporte. Por muchas campañas sensibilizadoras al estilo de “lo importante es participar”,  sabemos muy bien que nuestra parte animal solamente acepta dos estados: victoria o derrota. 
Y por mucho que lo queramos negar, que nuestro intelecto quiera llevarnos por otros derroteros,  o que los intelectuales de turno hayan denostado durante años el fútbol como el refugio del primitivo, del desarraigado, del inculto y del violento, al final la realidad se ha impuesto y hoy en día ya nadie puede negar que el deporte, en España con el fútbol como principal disciplina, es un motor básico de la sociedad, una distracción para los ciudadanos y, sobre todo, uno de los mercados más importantes para la mercadotecnia, para el juego interesado y partidista con los sentimientos de las personas, y hasta para la manipulación y el blanqueo de importantes sumas de dinero.
Seguro que muchos lectores te tacharán de oportunista, más aún cuando admites no saber demasiado del tema del balompié, aunque conociéndote estoy seguro que han sido otras razones que te han movido a escribir sobre esa sinrazón de 11 personas corriendo detrás de un balón,  cuando se les podría dar uno a cada uno. Tu intento de llevar el triunfo de la selección española a lo que es, a una simple victoria en un partido de fútbol, y de desligar al mismo tiempo al Barça del nacionalismo excluyente, es digno de loar, pero, por desgracia, tanto la historia como la realidad social de este Siglo XXI, que podríamos llamar de las “Pocas Luces”, demuestran todo lo contrario.
No voy a  darte ahora una disertación sobre la historia,  racista y excluyente desde sus inicios, del FCB Barcelona (razón por la cual nació por ejemplo y como reacción el Real Club Deportivo Español), ni las relaciones del nacionalismo y separatismo catalán pasado y actual con el equipo de debajo de la Diagonal,  causas estas de la rivalidad y el odio que le profesan la mayoría de los demás equipos de Catalunya y del resto de España.  Para ello tienes a tu disposición libros y hemerotecas de sobra; siempre y cuando aciertes y encuentres algo mínimamente objetivo, algo harto difícil en un tema tan espinoso como la relación entre el fútbol y la política, fuente natural de odios, violencia y hasta guerras, para desgracia del espíritu lúdico y de compañerismo que debería ser parte intrínseca de cualquier disciplina deportiva.
Pero, mal que nos pese, el fútbol no es rugby, deporte en el cual prima lo deportivo sobre todo lo demás, sino una máquina de generar,  usar y vender cuotas de poder, de manipular sentimientos nobles en aras de intereses particulares y de explotar el instinto animal de rivalidad a muerte de los seres humanos para generar pingües beneficios a sus gestores. Más o menos como los partidos políticos, pero con el desagradable añadido  de disfrazarlo de nobleza deportiva. Llevado todo esto al extremo por los grupos mafiosos llamados UEFA, FIFA o  COI, el deporte no es más que otra manera de explotar los sentimientos del ciudadano en beneficio propio.
Dices que el Barça es un club como otro cualquiera. Yerras. El Barça es un montaje de intereses clasistas, políticos, mafiosos y nacionalistas que han sabido mantener a flote durante más de 100 años enarbolando primero la bandera del anti -españolismo, después la del anti-franquismo, y ahora una mezcla del anti-centralismo-madridismo y anti-españolismo, a fin de conservar sus posiciones privilegiadas a bordo de una máquina aniquiladora de la diversidad deportiva y social en Cataluña y generadora de robots descerebrados que siguen cantando lo de “Mes que un Club”  convencidos de ser parte de algo, cuando solamente son instrumentos de alguien.

Pero por suerte, en el caso de la selección española, por ahora se está manteniendo ese “seny” que tanto les falta a los nacionalistas,  que se las dan de únicos y auténticos catalanes, y de manos de una persona sensata, como Vicente del Bosque, y de un equipo de jóvenes deportistas venidos de todas las regiones, susceptibles de ser manipulados en algunos momentos por sus respectivos reyezuelos locales o sus partidos excluyentes, pero al final sensatos y capaces de ver las ventajas de la unidad frente a las desgracias de la separación, ha triunfado una selección de fútbol, para mayor gloria de nuestra vilipendiada patria, y para disfrute de millones de personas para las que (mal que nos pese a los que pensamos que el deporte debería limitarse a eso, a ser deporte), las victorias de la selección de fútbol son el único bálsamo para curar sus heridas.

Y para toda esta ingente masa vestida de color rojo, color por cierto de la camiseta de España, y no de una empresa eléctrica, una marca de cerveza o un  fabricante de coches, para bien o para mal, esto es más que un juego. Lo es todo.

Con todo mi cariño y admiración, un fuerte abrazo 

miércoles, 13 de junio de 2012

Honi soit qui mal y pense: a vueltas con Gibraltar


La edición de hoy del diario ABC publica una carta abierta de Álvaro de Marichalar y Sáenz de Tejada dirigida al príncipe Eduardo de Inglaterra, en relación a la insultante visita de éste, con su señora,  a esa parte de nuestro territorio nacional que ningún gobernante ha sido capaz de reclamar con verdadera firmeza, no digo ya recuperar, desde que en 1704 fuera usurpada, contra toda ley y honor, por una coalición anglo-holandesa, al mando de un príncipe alemán y  virrey catalán, y con unos 400 catalanes como protagonistas del asalto terrestre. Fieles a su estilo pirata y carente de honor, los ingleses, aprovechando la ocasión, pescaron en las aguas revueltas cuyo uso se les niega ahora a nuestros pescadores  y plantaron sus duras caras y blancos traseros en nuestro peñón para perpetuar su presencia hasta nuestros días.
Leída con atención y curiosidad esta carta, se me revuelve el estómago por su tono amigable, cargado de pacifismo y buenas palabras, muy en línea con el estilo del partido UPyD en el que milita el autor, partido que muchas veces parece más empeñado en aplicar las teorías del  Mahatma Gandhi o en demostrar que el nefasto Juan Jacobo (Rousseau) tenía razón y que todos los hombres somos buenos por naturaleza, que en defender de verdad los intereses patrios. No quiero entrar en una discusión sobre Rousseau o Hobbes, pero que el primero se equivocó ha quedado demostrado de sobras a la lo largo de la historia con las sucesivas actuaciones de los habitantes de la pérfida Albión, seres mentirosos, interesados y carentes de honor donde los haya. Y si encima Álvaro remata su artículo, más apropiado a ser leído por el tan actual y simpático barrendero que imita a Bob Esponja para alegría de los niños o para ser parte de un episodio de la serie de dibujos de la abeja Maya, que para expresar nuestro malestar antes los insultos de los ingleses,  lo remata, como digo, con el lema de la Orden de la Jarretera “Honi soit qui mal y pense”, (“Vergüenza de aquél que de esto piense mal”), apaga y vámonos. Vergüenza ajena siento yo al leer esta carta de amor universal y fraternal en vez de oír el tronar de los cañones españoles que debería retumbar a ambos lados del peñón, desde la “Catalan Bay”, también llamada La Caleta, hasta el “Embarcadero de San Felipe” en la bahía de Algeciras.

Mal vamos en esta nuestra España cuando el último que le echó huevos al asunto fue Ricardo Saénz de Ynestrillas un 6 de Diciembre de 1998 con su “asalto” (y posterior procesamiento) al peñón acompañado por un pequeño grupo de camaradas.
Y por mucho que nuestro avejentado y renqueante jefe del estado, el ínclito matador de elefantes y engatusador de princesas Juanqui de Borbón,  se dé un paseo en los próximos días por los alrededores de Gibraltar, para acabar degustando unos pescaditos de la zona, igual hasta comprados ilegalmente con la mediación de alguna de las 20.000 sociedades pirata de la colonia, o que el tan “enérgico y omnipresente” presidente del gobierno  español (Mariano Rajoy creo que se llama), suelte alguna frase aparentando firmeza pero escondiendo sumisión, como en todas las frases que ha soltado en sus últimas, y escasas, apariciones públicas, seguirán riéndose en nuestro morro la Union Jack y la facha pétrea de la Reina de Inglaterra, restregándonos por nuestra amigable y tolerante cara el lema que preside la bandera de esta última y vergonzosa colonia Europea: Nulli Expugnabilis Hosti ( ‘Ningún Enemigo Nos Expulsará’).

Mientras, don Álvaro de Marichalar y los demás compinches de la abeja Maya y de Bob Esponja seguirán llamando amigos a los ingleses y cantando alegremente la "Balada de John&Yoko" de los Beatles, en cuya letra queda dicho, in saecula saeculorum,  que Gibraltar está "cerca" de España, pero no es parte de ella.



P.D. Por si alguno tiene interés en leer la carta del Sr. Marichalar, clic aquí. 

lunes, 11 de junio de 2012

Palabras impronunciables


Como bien estamos viendo en estos últimos días con el debate sobre el rescate, la ayuda, la subvención, el préstamo o como quieran llamarlo,  que las autoridades Europeas (léase nosotros mismos, digo yo, al ser parte de la UE) han concedido a los bancos españoles, que no a  España como nación, la importancia no radica en el hecho en sí, sino más bien en como lo presentamos y como lo llamamos. Mi admirado Carlos Esteban se me ha adelantado desde “La Gaceta” con un, "as usual", buen artículo titulado “No le llames"rescate", llámale Lola”, por lo que no incidiré demasiado en las diferentes maneras que ha elegido la prensa para mentar el préstamo,  usurero a más no poder, que ha sido concedido a una parte de la banca española para arreglar sus propios desaguisados. Tampoco entraré en discusiones teológicas sobre lo pecaminoso de todo el proceso, atendiéndonos a la Sagrada Escritura (cf. Lc 6,35; Mt 5,42), dado que la usura es un pecado insuperable, omnipresente  y asumido por el sistema capitalista desde hace siglos (como tantos otros “pecados” que ya solamente lo son en los libros de historia o en las sesiones de catequesis, pero nunca en la conciencia de los ciudadanos). Me dedicaré pues a correr un tupido velo sobre el particular y hablaré un poco sobre otros apodos que nuestra sociedad actual suele utilizar para esconder la realidad. Es decir, sobre el lenguaje “políticamente correcto”, o mejor dicho, sobre la poca hombría y decencia para decir las cosas de forma clara.
Los negros, subsaharianos. Obviamente, cuando te presentan a un doctor en medicina negro,   delegado por la Universidad de Boston en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de España, se te hace raro llamarle de esa forma. Vaya cara se le quedaría al pobre al oír que su procedencia la marca el límite del desierto el Sáhara.
Los inmigrantes del Magreb son claramente nuestros “queridos vecinos del sur”. O en Cataluña “els nous catalans”. Y por desgracia no del sur de la península ibérica, sino del sur de nuestro barrio o hasta del sur de nuestra escalera de vecinos. En ciertas regiones de España se han convertido en mayoría en muchas poblaciones, con su nulo respeto hacia nuestras tradiciones, su propensión a delinquir y vivir del cuento y su inexistente intención de integración: pero “moros” no se les puede llamar. Por Alá.
Los terroristas asesinos, pues nada de eso. Dependiendo del político, del contertulio o del medio de comunicación, pasarán de ser unos represaliados políticos y presos dispersados a denominarse luchadores por la libertad, defensores de milenarias tradiciones, gudaris o mil sandeces más inventadas para ocultar la realidad: una panda de asesinos a sueldo, traficantes y matones que han conseguido imponer su ley en una vasta parte de nuestra geografía a base de tiros en la nuca y la connivencia interesada de los medios de comunicación y los partidos políticos, afines o no.
Los ERE, expedientes de regulación de empleo, no son más que una forma suave de endiñarnos por detrás despidos masivos e improcedentes avalados por la autoridad competente. Hecha la ley, hecha la trampa. Como no.
A los maricones, ni nombrarlos. No vaya a ser que me asocien al lúcido y querido obispo de Alcalá de Henares y se me echen encima las huestes de Shangay Lily para demostrarme con sus comportamientos blasfemos, violentos e insultantes que ellos son libres, felices,  buena gente y amantes de la naturaleza. Será de la contra naturaleza, digo yo.
Y, para rematar, a la Selección Nacional Absoluta de Fútbol de la Real Federación Española de Fútbol del Reino de España, denominación quizás un poco larga pero a mi entender la oficial, aunque me conformaría con lo de Selección Española, pues a llamarla “La Roja”, para no herir las susceptibilidades de nadie, mantener viva la maquinaria de la mercadotecnia y vender el máximo de camisetas y demás gadgets, sin nombrar a la nación representada por los futbolistas en los torneos internacionales.

Ya os podéis ir todos a freír espárragos,  políticos bien hablantes, con los “préstamos” bancarios , con vuestros amigos del sur y sus colegas subsaharianos, acompañados por los gudaris por la libertad con apellidos muy castizos como Pérez o Fernández y envueltos en la camiseta de “La Roja”, que no tiene nada que ver con España, y después de condenar a miles de ciudadanos con un despido improcedente en su empresa para disfrute y cobro de comisiones de los gestores  del eufemismo llamado ERE, bien apuntaladas vuestras relaciones con consejeros amigos en todas las grandes instituciones financieras y políticas, y cobrando rentas vitalicias por 7 míseros años de nulo esfuerzo acompañado de comidas, viajes, dietas  y posteriores tertulias bien pagadas.
Y  encima sin poder llamaros a todos lo que de verdad siento dentro: maricones, que sois todos unos maricones.

Menos apodos y eufemismos. Las cosas claras. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Copa del Rey: resumen ejecutivo


Que conste que me he visto forzado a escribir este artículo por dos razones de peso: la primera, porque que de golpe y porrazo aquí opina sobre el  fútbol, la utilización del deporte para defender intereses nacionalistas-aldeanos y sobre la libertad de expresión todo quisque (approved by Moliner), me imagino que para cumplir con su contrato y llenar su respectiva columna con las suficientes letras a tamaño 12, fuente Arial, para cobrar su paga mensual; y por otro lado, por la falsedad de otros tantos columnistas palmeros intentando restarle importancia a un “simple” partido de fútbol (al estilo de Ramos tirando balones fuera), cuando el resto del año es el único tema sobre el que se escribe en España y del que por lo tanto comen, se visten y viven la mitad de ellos.  Solamente me faltaría ver a Homer Simpson comentar el tema, o al bueno de Dilbert olvidar sus problemas existenciales en la empresa y dedicar alguna frase sabrosa a este esperpento tan típicamente español que estamos sufriendo estos días.
Y estando acostumbrado en mis 23 años de vida laboral a leer, y últimamente a escribir, tostones de informes, análisis funcionales, diseños técnicos, ofertas de colaboración o propuestas estratégicas para el siguiente milenio, para al final acabar resumiendo todo el contenido en una o dos transparencias en Powerpoint, a poder ser con poco texto y mucho gráfico, para no cansar la vista de los siempre ajetreados ejecutivos de máximo nivel, que en el fondo lo único que quieren saber es cuánto cuesta y que riesgo corre su dorada poltrona, pues no he podido resistirme a resumir a mis lectores, de forma ejecutiva, el grave problema de la Copa del Rey de Fútbol que Dios y Esperanza mediante no se celebrará el próximo viernes aquí en Madrid.

Resumen ejecutivo:
  • 2 equipos de fútbol de dos regiones ESPAÑOLAS que juegan la liga y la copa ESPAÑOLAS se enfrentan en la capital de ESPAÑA ante la presencia del rey o del príncipe de ESPAÑA para dilucidar cuál de ellos se lleva la Copa de ESPAÑA
  • Los partidos nacionalistas y separatistas de sus respectivas regiones aprovechan la ocasión, con el soporte abierto y público de sus gobiernos regionales,  para fomentar y subvencionar (esto sí que lo hacen de soslayo)  una pitada al máximo representante de la nación a la que pertenecen y al himno que los hermana a todos bajo una misma bandera, por lo menos sobre el papel y ante las leyes.
  • La muy respetable presidenta de la región de Madrid, expresando el sentimiento de muchos, muchísimos ciudadanos de aquende y allende del río Manzanares, opina que en tal situación debería de suspenderse el partido. Algo lógico, comprensible, y encima conforme a las leyes que rigen en España.
  • Los virreyes regionales se sublevan y de golpe reclaman una libertad de expresión que ellos mismos no permiten a nadie en sus respectivas aldeas, y encima piden libertad para insultar y menospreciar a su propio himno, su bandera y su actual jefe de Estado.
  • Los políticos de todo color y pelaje,  y con ellos sus lacayos periodistas,  se rasgan con absoluta falsedad las vestiduras, se hacen los ofendidos e intentan defender lo indefendible, todo con el único fin de agradar a unos y otros, para arramblar con un poco de popularidad y algún que otro voto en sus respectivas aldeas.
  • Los poderes ejecutivo y judicial callan y otorgan. Uno no pone orden para impedir el aquelarre que se aproxima, como sería de desear, y el otro, el judicial, no aplica las leyes existentes, que persiguen y penan cualquier menosprecio de los símbolos de la nación española.

Fin del resumen

Sinceramente creo que hasta el más inepto CEO, CIO, COO, Director General o Consejero Delegado de cualquier multinacional sería capaz de entender este resumen. 
En caso contrario me presto a redactar un voluminoso informe, lleno de referencias, citas, ilustraciones y tablas comparativas, sobre el particular. Aunque espero que no haga falta.
Pero mientras tanto, periodistas del tres al cuarto, políticos mentirosos y payasos animadores del burdo folclore anti-español que tanto triunfa  en las aldeas incultas de la periferia, por favor, dejen de tocar la pelota de fútbol.

La solución es muy fácil: unos a jugar la liga vasca contra el Saint Jean de Pie de Port en un ambiente bucólico, rodeados de troncos, vacas autóctonas y féminas unicejas y poco agraciadas y los otros, a peregrinar al Pi de les Tres Branques a darle a la pelotita contra el Atlétic d’Esparraguera entre pa amb tomaquet, all i oli y el desagradable pitido inicial de cualquier sardana.

Pero mientras estas regiones sean parte de ESPAÑA y sus equipos  jueguen la liga y la copa ESPAÑOLAS, sigan las reglas y compórtense como ciudadanos serios.


En caso contrario, ya saben. Carretera, manta y de excursión a la montaña.

Porque que se apliquen las leyes en este santo país ya ni lo pido. Eso no ocurre desde hace muchos, muchísimos años.


lunes, 21 de mayo de 2012

No sin mi móvil

Han pasado ya más de 4 años desde que se utilizó por primera vez la palabra “Nomophobia” ("no-mobile-phone phobia" ) en la prensa escrita, por lo que es de suponer que desde entonces habrán llovido más artículos sobre este tema que “tuits” del anterior gobierno disculpándose por el desastre de herencia que han dejado (o del actual ejecutivo por las promesas electorales incumplidas). El miedo de estar desconectado, sin cobertura del móvil o sin batería, o de perder al fiel compañero,  es ya un tipo de ansiedad que se estudia en las facultades de psicología, y una realidad que conocemos casi todos. Por mucho que lo queramos negar, o critiquemos a los demás cuando creemos que hacen un uso abusivo de su móvil u ordenador, si nos miramos al espejo seguro que nos descubriremos tecleando a espaldas de nuestra propia imagen el último emoticón para cerrar una frase en el Whatsapp o en cualquiera de los demás canales, redes o programas que utilicemos habitualmente para comunicarnos con nuestros conocidos, al estilo de lo que cantaban los Ilegales con aquello de Hay un tipo dentro del espejo que me mira con cara de conejo (y teclea sin parar)”.  

Y lo de conocidos también es un decir, porque como bien sabemos una gran parte de estos contactos no son nada más que otro nombre de una lista que crece a marchas forzadas cual virus maligno (siempre y cuando no le pongamos remedio con un mínimo control de los impulsivos clics al botón de “Seguir” o “Me gusta”). Hasta da la sensación en determinadas ocasiones  que los programadores han conseguido convertir al ratón en un autómata teledirigido que inexorablemente avanza hacia la zona de pantalla comercialmente interesante para la empresa propietaria del servicio en cuestión. ¿Cómo si no se puede entender que una empresa como Facebook pueda salir a Bolsa por un importe de 105.000 millones de dólares, valor que sitúa a esta “red social” en la posición 60 o por ahí en el ranking por producto interior bruto, superando a países como Croacia, Uruguay, Bielorrusia o Ecuador?

¿Cabe por lo tanto preguntarse si estamos enfermos o debemos asumir esta “dependencia” como una más de las evoluciones de la sociedad que se integra de forma progresiva y acaba siendo parte misma de la esencia de la vida del ser humano en la actualidad, como ya pasó en otras épocas con la electricidad o la televisión? (Aunque minorías como los Amish no hayan querido asumir un avance como la corriente eléctrica, o en curiosas “ciudades” como “Freetown Christiania en Dinamarca vuelva a imperar lo del trueque y el clásico “te cambio a tu mujer por 3 ovejas").
En este artículo he evitado conscientemente usar el nuevo (pero ya viejo) truco de recurrir a Google para  buscar algún artículo sobre el tema,  a sabiendas de lo poco que yo podría aportar a un tema intrincado entre la sociología y la psicología. Doctas personas hay en el mundo para todos los temas, por lo que seguiré el refranero español (algo que nuestro anterior presidente no tuvo el detalle de hacer) y me aplicaré lo de “Zapatero a tus zapatos”.
Lo que si me atrevo a relatar es la utilidad que le estoy dando yo mismo a ese pequeño  dispositivo que me acompaña día y noche en mi aventura en Madrid. Tampoco hago nada del otro mundo que no hagan el resto de usuarios “adictos” al móvil inteligente: sacarle el máximo provecho a las diferentes utilidades que nos brinda; pero imaginarme un cambio de ciudad, de trabajo y la soledad de encontrarte en un entorno desconocido desconectado de golpe de todos tus amigos, sin tener la posibilidad de recurrir a la magia del pequeño amigo, se me hace harto difícil. Aunque en mi caso el tema de la pérdida de amigos se haya visto compensada con creces por el gran recibimiento y la dulce acogida que me ha dado la extensa familia Ramiro Torres (y sus amigos), algo muy diferente a la virtualidad y temporalidad de las relaciones en las redes sociales: personas a las que hacía 20 años que no veía y con las que me siento como en casa, o mejor dicho, bastante mejor que en casa. Esto no hay dispositivo que lo supere, aunque, para ser sinceros, se trata de un caso excepcional en la sociedad actual, en la que priman las prisas, la inmediatez y el “aquí te pillo aquí te mato”, frente a la fidelidad, el amor sincero y la perseverancia, pero eso ya es harina de otro costal, harina por cierto de calidad suprema e irremplazable.
Volviendo al aparatito, la descripción  de un día festivo cualquiera en Madrid (obvio los laborables por carecer de misterio, actividades placenteras o ilusiones: todos sabemos bien que los días de obligada presencia en la empresa son días que están simplemente ahí para rellenar el tiempo que separa los fines de semana) podría ser la siguiente:
Levantarse, consultar el tiempo con un ligero clic, arreglarse y salir a la aventura y el descubrimiento de los alrededores de la mano de tu móvil es lo mejor que se ha inventado desde que desparecieron la OJE (o agrupaciones similares), sus monitores y sus campamentos. Algo así ya solamente se puede encontrar en el “Camino de Santiago”, pero por desgracia no podemos pasarnos la vida de albergue en albergue. La pertinente y necesaria aplicación de los transportes urbanos, excelente en este caso la del Metro de Madrid, te lleva sin pérdida y por el camino más rápido a tu punto de destino, en el que utilizas cualquier aplicación diseñada para turistas que te “geolocaliza” y te muestra todo lo interesante que tienes a tu alrededor, incluyendo no solamente la parte comercial, que prima mucho en esto de las redes sociales, sino también la parte cultural, con enlaces a la historia del lugar, a la descripción de sus monumentos o simplemente al callejero de la ciudad, lo que te facilita, por fin, descubrir (o recordar) quién era Eloy Gonzalo, el mítico Cascorro,  o a quien está dedicada la Plaza de Olavide en Madrid, en la que estás degustando una tapitas con los amigos. Si encima aprovechas esto para examinar a tus conocidos sobre cuánto (o cuan poco) saben de su propia ciudad y esto deriva en una interesante conversación sobre ser turista en tu propia ciudad o lo poco que conocemos de nuestro alrededor y de nuestra historia, mejor que mejor. Inmortalizas el momento con otro ligero movimiento del dedo, haciendo una o varias  fotografías sin preocuparte si el carrete es de 24 o de 36, y encima con el resultado directamente a la vista para mayor disfrute de los contertulios, y, si procede, de otras personas ajenas a la situación a las que les haces llegar, para compartir tu felicidad, la instantánea de ese momento tan especial que estás viviendo. 
Y si de golpe te apetecen unos buenos caracoles, sabedor que en esta ciudad también se consumen, aunque con menos afición y bastante más insípidos que en otras regiones, pues tiras de aplicación y acabas descubriendo un local antiguo, clásico, con unos moluscos gasterópodos ciertamente sabrosos y encima en un local enclavado en el mismo centro del casco histórico de Madrid, léase la calle de Toledo. Rematar esto enviando una foto de los hervidos animalitos en su salsa a un conocido para ponerle los dientes largos no tiene precio. Y cae el primer beso de complicidad que le das a tu móvil, beso por cierto con sabor a guindilla y laurel, ya que el aparatito ha acabado ligeramente pringado de salsa caracoliana. Nada grave. La batería sigue con media carga y la cobertura es excelente. No estás perdido.
Y así podría seguir relatando el resto de mis salidas por Madrid, pero no creo que haga falta entrar en detalle: mis apreciados lectores saben bien de que hablo.
Bien llevado, sin caer en la tentación de ser guiado o teledirigido como una oveja por el Foursquare o similares aplicaciones comerciales, utilizando las facilidades que te brinda la tecnología para aprender, encontrar, compartir y disfrutar, el móvil no tiene precio.
Pero como cualquier herramienta, depende, y mucho, de las diestras manos que lo utilizan. Como la espada o la pluma. Si a un lelo sin preparación le das un bisturí te puede desgraciar cualquier cuerpo, por sano que esté,  en un santiamén, y si a un adolescente (o adulto) inculto, heredero del nefasto sistema educativo que sufre nuestra juventud actual, le regalas a destiempo y sin explicarle los aspectos negativos del artilugio, un móvil de última generación y encima con tarifa plana, los efectos pueden ser más negativos que dejarle ver Telecinco  en casa. Evitar esto se llama educación, y gracias a Dios es una tarea de la que me he salvado al no haber sido padre. Ese Dios, que en su inmensa sabiduría sabe bien lo que se hace: no creo que yo hubiera sido un buen ejemplo para una posible prole, por lo que no me quejo y hago mía la frase de Garth Brooks” Sometimes I thank God, for unanswered prayers”. En esto y en muchos otros temas, como el de conocer a la mujer de tus sueños, o cambiarlo todo por una temporal e intrascendente victoria de tu equipo, todos debemos agradecer a la providencia no haber atendido nuestras suplicas a las primeras de cambio (como ya he explicado en alguno de mis anteriores artículos).
Cabría igual criticar situaciones como ver a una familia entera sentada en el sofá sin mirarse a la cara pero enganchada a varias minúsculas pantallas, para acabar descubriendo que están   jugando al “Apalabrados” entre ellos, en vez de rescatar los “Juegos Reunidos Geyper” que descansan envueltos en moho y polvo en algún trastero, o bendecir  la existencia del aparatito cuando estás solo en casa y de golpe oyes el aviso de tu Whatsapp y ves un mensaje de una persona querida (Lupe, Elisabeth, Chirri, Sebas, Manel..) pero lejana físicamente. Mil historias podríamos contar aquí, para lo bueno y para lo malo.
Pero como en casi todo, depende de uno mismo si le das un buen uso a tu vida (o a la herramienta que el destino pone a tu disposición). Y si no lo haces bien y acabas siendo tan raro que crees que el Iphone es tu hermano pequeño, siempre puedes  ayudar  a los esforzados profesionales de la psicología,  que aunque en muchos casos parezca que están más allá que tú mismo (va con todo mi cariño, Sagrario), sí que necesitan pacientes para seguir comiendo.
Eso sí, intenta que tu terapeuta deje el móvil apagado antes de ponerse a hablar contigo. Si no podéis acabar los dos tumbados en el mismo diván preguntado y respondiendo a base de clics, “Me gusta” y “Ya no me gusta”. Y para eso seguro que ya existe alguna aplicación en el mercado: como mínimo la de “Psiquiatras a mil”, que con un simple clic y la geolocalización activada se pasan por tu domicilio en un santiamén y por un módico precio te pegan una mini charla para curar tus males.



Aunque mejor que eso siempre será usar la aplicación de “Mahou”, que te muestra el bar más cercano que sirva el preciado líquido bien tirado, a su justa temperatura y acompañado de alguna buena tapita y una agradable conversación con los parroquianos.
Por lo menos aquí en Madrid esto funciona. Y muy bien.


Y si la aplicación no encuentra nada, pues al Nacho’s. Que es una garantía, aunque a veces abra un poquito tarde.


P.D. Justo un día después de salir a Bolsa y de publicarse este artículo, las acciones de Facebook han caído un 11%. Igual tienen razón los analistas que afirman que a Facebook le falta entrar en el mercado del teléfono móvil. Ya lo dice este artículo, querido Mark "Montaña de Azúcar", "No sin mi móvil!" 

jueves, 3 de mayo de 2012

La cabeza blanca y el seso por venir

No tengo muy claras las razones por las que este dicho español me ha venido a la mente, pero como los misterios del subconsciente no los conoce nadie (exceptuando quizás a Eduardo Punset, que sabe todo y más, como si fuera el padre de la niña de Catalana Occidente o una versión en androide mal peinado de la Wikipedia), pues la utilizo como leitmotiv inicial de este artículo. Palabra alemana esta última, Leitmotiv, que en España usamos de tanto en tanto pero que en mi idioma materno es de uso común y diario; y con razón: toda nuestra vida gira alrededor de un motivo central que se repite día tras día, ya sea un miedo innato, una manía, un ideal, un objetivo, un vicio, una afición, un odio o un amor ardiente. Se trata de ese motor interno que pone en marcha tanto nuestra mente como nuestro cuerpo, aunque por desgracia en la época que vivimos ya no se trate, en la mayoría de los casos, de motivos positivos, creativos, idealistas o altruistas,  sino de simples triggers o palancas de pura supervivencia: ansiedad, hambre, odio, envidia, desesperación, abatimiento, hastío o miedo.
Malos tiempos para la lírica estamos viviendo, como bien cantaba en 1983 Coppini al frente de la banda Golpes Bajos. Y peor aún, a diferencia de los años ochenta, no se atisba una salida fácil, aunque aburrida, encontrando a un banquero bien retribuido. Hoy hasta los banqueros trabajan y sufren, tienen que justificar sus actos y con suerte son perseguidos por la justicia en el caso de incumplimiento de sus obligaciones. O por lo menos debería de ser así.
Algo que, por desgracia, por ahora no se aplica a los políticos. Estos “seres”, en teoría herederos de las tradiciones griega y romana, en las que los sabios y más preparados eran los que regían el destino del resto de la sociedad, poco preparada en esas épocas y bien dispuesta a ser guiada por personas con la suficiente autoridad moral para asumir tan ardua tarea como es la de contraer la responsabilidad del bienestar de los demás. Esta responsabilidad que hoy se arrogan, sin un mínimo de preparación y sin una verdadera y sincera intención de ayudar, cientos de miles de políticos profesionales que a lo único que aspiran es a colocarse, a colocar a sus familiares y a pillar el colocón a cuenta de nuestros impuestos. Bien colocados están todos ellos, a cubierto de cualquier tempestad, de las cíclicas crisis financieras, de las caídas bursátiles o del incremento de la prima de riesgo. Les importa un rábano. Ellos tienen su sueldo asegurado, por un plazo mínimo de 4 años, más las correspondientes indemnizaciones al finalizar sus mandatos (sin olvidar el fruto que consiguen de esos años de poco trabajo pero mucha cosecha: relaciones, enchufes, concesiones y prebendas, para dar y tomar) , por lo que por muchas crisis que vean pasar están protegidos con ese seguro a todo riesgo que le otorgan los ilusos y aborregados ciudadanos cada tantos años, desfilando en tropel, cual manada de estúpidas ovejas, para depositar en una burda caja, apropiadamente llamada urna (mortuoria), una papeleta con el nombre de cualquiera de los secuaces de Alí Babá. Y da igual como se llamen esos 40 compinches del mayor ladrón (que por casualidad rima con Borbón, aunque no era mi intención nombrar a dicha dinastía que en vez de disfrutar de 4 míseros años de cuento lo hace directamente por decenios o hasta siglos), hoy en día no hay diferencia entre derecha o izquierda, entre liberal o conservador, entre rojos y azules, entre buenos y malos. Todos comparten la misma tarta, la trocean a su antojo y nos endiñan los cuchillos ya usados por donde más nos duele.
Y, como bien sabemos, esto no tiene visos de cambiar, por una simple razón: para los que llevan las riendas de la sociedad es el punto culminante de la evolución de la especie humana: ellos, los que rigen los destinos del mundo, se encuentran muy a gusto en su papel y disfrutan de su privilegiada situación, ya sean políticos, multimillonarios, líderes de opinión, “artistas”  consagrados  o economistas influyentes  ¿para qué van a cambiar la sociedad si viven como reyes aunque no usen trono y no se dediquen a cazar paquidermos al atardecer?


Y seguía Coppini en su canción:

El azul del mar inunda mis ojos
El aroma de las flores me envuelve
Contra las rocas se estrellan mis enojos
Y nuevas sensaciones me devuelven

Por desgracia la única sensación que me devuelven las rocas es que la sociedad tiene la cabeza blanca y el seso por venir. Si es que viene.

jueves, 19 de abril de 2012

20 minutos en el presente


Alguno de mis fieles lectores igual se acuerda de un personaje digitalizado, si es que a los efectos especiales del final de la década de los 80 los podemos llamar así, llamado Max Headroom.  Se trataba de la historia de un reportero que descubría la manipulación oculta que realizaba su cadena de televisión insertando “blipverts” (frente a adverts), mini mensajes camuflados en programas o anuncios, para enviar informaciones subliminales a la audiencia. La película basada en este personaje se llamaba “20 minutos en el futuro”, de ahí el título de mi artículo.
Esta película, posteriormente convertida en serie, no trataba sobre nada nuevo sobre la faz de la tierra: el poder, sea visible u oculto, siempre se ha dedicado a la manipulación de su público, con el fin último de mantenerse en esa posición de privilegio, manejar los hilos de las marionetas a su cargo y vivir de la inocencia, estupidez, incultura y, sobre todo, del esfuerzo de los demás. No hace falta que relate a mis preparados y cultos lectores los cientos de ejemplos conocidos en la historia, los Grandes Hermanos, las estrategias propagandísticas de los sistemas dictatoriales, sobre todo los comunistas y socialistas,  las manipulaciones informativas de los grandes gobiernos sobre hechos históricos, los descuidos de los mezcladores de las televisiones públicas y privadas insertando imágenes de “enemigos” fuera de contexto en reportajes sobre  violencia, maldades o calamidades, algo muy en boga por cierto en nuestras televisiones patrias, o las últimas patrañas inventadas por lady Botox Kirchner y su adlátere (¿y no será más que eso?), el inefable neokeynesiano Axel Kicillof, para justificar el expolio de una multinacional española. Patrañas a las que por cierto los argentinos son muy aficionados: ¿quién no conoce a un argentino guapo, alto, de ojos verdes, dicharachero, pero sobre todo, mentiroso, exagerado y engatusador?
Pero lo que me ha llevado a recordar a Max Headroom y sus coloridos fondos de pantalla no han sido ni las actuaciones teatrales de la nueva Evita, ni la escenificación de arrepentimiento del Borbón que encabeza nuestro estado, actuación esta que ha calmado a las fieras en un santiamén, cuál bálsamo de fierabrás que cura todo, y que ha obrado el milagro de que donde ayer todos decían digo y se rasgaban las vestiduras pidiendo una nueva república, la renuncia del rey,  más tiros a los pies de sus nietos y sexo gratuito con su nuera, por aquello de enseñarle algún juego erótico que no haya probado en su dilatada carrera, hoy dicen Diego y se proclaman orgullosos de su Majestad, como si cuatro palabras balbuceadas solucionaran todos los problemas que nos afectan hoy en día en España y facilitaran olvidar el pasado poco glorioso del actual monarca y su familia; nada de todo esto me ha incitado a escribir esto, sino algo mucho más grave, por lo menos en mi opinión: la absoluta y constante manipulación que lleva a cabo el nacionalismo catalán  en todos los ámbitos. Me explico.
Después de más de 40 años viviendo en Barcelona, mi ciudad de nacimiento, mi patria chica y cuna de mi equipo del alma, el más que centenario Real Club Deportivo Español (esto lo detallo para aquellos tan manipulados que hasta ignoran que Catalunya es más que un Club, que aparte del Bar$a  también existen el Español, el Júpiter, el Europa, el Joventut y cientos más), ahora llevo residiendo desde hace unos meses en Madrid, España (no en otra de las 9 ciudades llamadas igual en el mundo).
Y aquí, a unos pocos cientos de kilómetros de Barcelona,  se siguen los temas políticos, el fútbol, la economía y las noticias de sociedad igual que ahí, pero con una gran diferencia: en la calle, en el día a día, existe una tolerancia absoluta hacia las opiniones de los demás, por muy diversas que sean, y, sobre todo, no se convierte absolutamente cada detalle, cada gesto, cada palabra, cada bandera, cada cántico, en un agravio, en un ataque a la identidad del otro ni en una oscura intención de acabar con algo o con alguien. Las personas no viven obsesionadas, ni todo gira en torno al Madrid, al Atlético, al Rayo o a los catalanes o vascos, ni todas las conversaciones versan sobre lo malo que es tal político, lo explotadores que son los de la región de al lado y lo poco que tenemos que ver históricamente con los vecinos del 4º1ª.
Es como haberse trasladado, por fin,  a un mundo normal, en el que existe la libertad, en el que las diferencias no se convierten en obstáculos infranqueables, en el que las aficiones y las ideas no son sinónimo de odios y venganzas, en el que puedes opinar, contradecir y discutir sin que te tachen de loco, de enfermo, de reaccionario o de fascista.
En resumen, que la obsesiva e insistente manipulación a la que se ven sometidos los ciudadanos en Barcelona, en Cataluña (y supongo que pasará tres cuartos de lo mismo en las vascongadas), y el constante goteo de “blipverts”, de pequeñas manipulaciones de la realidad que van entrando en tu subconsciente, y que al final, a base de insistencia, asumes como normales, han desparecido de golpe de mi vida. Y no ha sido por cambiar de hábitos o de ideas ni por dejar de leer la misma prensa que leía en Barcelona, no, ha sido simplemente por dejar de estar sometido al dictado del nacionalismo que impregna hasta el aire que se respira en mi tan bonita y añorada Barcelona.
Porque ayer tuve el pronto de sintonizar durante unos pocos minutos el canal por satélite de la corporación de radio y televisión catalana, y fue en ese preciso momento cuando de golpe recordé a Max Headroom y comprendí que este periodista virtual se adelantó a la realidad en más de 30 años, y que la cadena perversa para la que trabajaba, que insertaba cuñas imperceptibles en el subconsciente de los ciudadanos, no se llamaba Network 23, sino TV Three.  No doubt.

lunes, 9 de abril de 2012

España, ese gran lupanar


Lupanar,  burdel, congal, prostíbulo, casa de citas, casa de lenocinio, casa de putas, casa de trato, casa pública, quilombo, bar de camareras, night-club, sala de masajes , mancebía o simplemente “el puti”. No será por falta de palabras en nuestra querida lengua española que dejemos de nombrar ese lugar tan visitado por los españoles y tan manido en estos últimos días a raíz de la próxima irrupción del vicio importado directamente desde “Las Vegas”. Si por lo menos el origen del capital inversor viniera de “The meadows”, pero no, hasta el nombre es de proveniencia hispana. Qué le vamos a hacer. Y arriba digo  visitado por “españoles” con toda la intención del mundo.
Porque en la vida hay pocas cosas que me solivianten más que la falsa moral y la hipocresía de los españoles cuando se habla de estos temas. Igual las ayudas arbitrales al Barza (siento ser repetitivo, pero el Villarato está ahí, enquistado en nuestra sociedad al igual que el puterío), la incultura de algunas ex ministras o la desfachatez de bautistas, urdangarines o millets, podrían crispar mis ánimos en un momento dado, pero comparado con la rabia que me producen los discursos fariseos de la inmensa mayoría de mis conciudadanos cuando se habla de la prostitución, serían como un chiste malo de Eugenio (D.E.P.) (si es que tuvo chistes malos).

Los ilustres columnistas de la prensa que suelo leer, la del fondo a la derecha (la de muy al fondo y muy a la derecha), están rasgándose las vestiduras en estas últimas semanas por los artículos, vídeo-reportajes y demás comentarios críticos sobre España y su “tan conocida afición” por los mujeres que fuman, que están publicando tanto en el resto de Europa como en los “castos” EE.UU. de América. 
Pero en vez de quedarse calladitos, que es como están más guapos, estos periodistas sacan a relucir su falsa y exagerada indignación ante los insultos que los países bárbaros del Norte están vertiendo a raudales sobre nuestra casta, pudorosa, religiosa y familiar tierra patria. Desconozco lo que estará diciendo la “otra” prensa, la de la tan culta e intelectual izquierda, pero, sinceramente, y nunca mejor dicho, me la trae floja (discúlpeme el lector por esta expresión, pero no me podrá negar que viene como anillo al dedo).

Seamos serios, queridos amigos nacidos y residentes en la piel de toro. España, por suerte o por desgracia, allá cada cual con sus valores morales, ha sido, es y, salvo que caiga sobre nosotros un Armagedón milagroso y purificante, será un país en el cual la prostitución es parte intrínseca de su propia cultura y de sus raíces. 
No hace falta que hagamos un repaso a nuestra historia, nuestra literatura o cualquier otra de las bellas artes. Todos sabemos muy bien de lo que estamos hablando, desde la literatura medieval, pasando por el recientemente desaparecido Codex Calixtinus y los cuadros de nuestros más ilustres pintores hasta las letras de nuestros “hits” musicales de cualquier época, los españoles siempre hemos considerado la prostitución como parte de nuestras opciones de ocio. Desligando la parte espiritual que debería de ser consustancial a cualquier relación sexual, por lo menos en mi opinión, el sexo de pago ha sido banalizado de tal forma en nuestra cultura desde hace siglos,  que da vergüenza ajena que alguien ahora ponga el grito en el cielo porque los demás países se estén cebando con nosotros.
Y no es que lo hagan en estos precisos momentos por altos valores morales, que en estos temas poco se diferencian los nórdicos de nosotros. Las campañas mediáticas que estamos sufriendo en la actualidad se deben simple y llanamente a los celos que tienen los demás países de que, si todo sigue su cauce previsto, un empresario norteamericano desembarque en Alcorcón o en el Prado del Llobregat para montar un complejo de ocio ligado al juego, el espectáculo y, obviamente, al sexo sin amor. Ahora que escribo Prado del Llobregat en vez de Prat me doy cuenta de lo interesante que sería esta ubicación para los yanquis: un prado es una vega, por lo que podrían llamarlo sin pudor Las Vegas 2. Aunque no quiero enemistarme  con mis nuevos conciudadanos madrileños y votar en contra de los intereses de esta región, por lo que seguiré opinando que es mejor el terreno desértico de la comunidad de Madrid que estropear el área protegida de la desembocadura del río Llobregat, parque natural rico en especies y cuna de la denominación de origen del sabroso pollo de la raza Prat. Tema este último que seguro que acabaría convirtiéndose en un chiste muy fácil, el de la polla del Prat. Con perdón. Otra razón para votar por Alcorcón, aunque rime con..., mejor dejarlo.
Por otro lado, y en brava y gallarda defensa de nuestra sangre y herencia cultural, hay que dejar bien claro que los demás países no andan muy lejos en lo que se refiere al sexo de pago. Desde los mega-prostíbulos más grandes del mundo construidos en Alemania hace unos  años para saciar el hambre de amor de los hinchas futbolísticos, hasta la prostitución institucionalizada en las repúblicas bálticas o Rusia, pasando por la regulada gestión carnal holandesa o la nada discreta vida sexual a lo “bunga bunga” del ínclito presidente italiano Berlusconi, aplaudida y admirada de soslayo por la mayoría de sus conciudadanos, sabemos muy bien que en todos los países cuecen habas.  
Los únicos que igual se podrían salvar en este caso son los ingleses, dado que ellos prefieren la compañía del dios Bacco a cualquier otro placer mundano y ellas nunca han pedido dinero a cambio de favores sexuales, lo hacen directamente, por naturaleza y sin ningún tipo de pudor ni higiene; e igual los portugueses, que siempre afirmarán con rotundidad que en su país no hay mujeres de mal vivir y que tienen que desplazarse a España para ese fin. Algo comprensible teniendo en cuenta que las féminas de dicha nación lucen en su mayoría tal bigote que en el servicio militar portugués nunca tuvieron que recurrir al bromuro para calmar las ansias juveniles de sus reclutas; adorno peludo éste que, salvo desviaciones contra-natura,  acaba con la libido de cualquier hombre hecho y derecho.
En resumen, queridos periodistas, dejad de rasgaros las vestiduras ante los insultos que vengan de allende los pirineos, poneros delante del espejo, y, con toda la sinceridad del mundo, admitid que este país es un país de puteros. Y no acepto la falsa excusa de que en España hay tantas prostitutas porque es necesario saciar a los millones de turistas sexuales que nos visitan cada año con este fin: las cientos de miles de meretrices que pueblan nuestra tierra comen cada día, no solamente en época de vacaciones.

Y tampoco creo que los polígonos industriales de Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia sean parte del paquete turístico contratado en “Trivago” por los extranjeros que nos visitan cada año, ni que el sinfín de casitas con luces rojas de nuestras tan queridas carreteras nacionales, las que parten desde la Puerta del Sol y empiezan por la letra ene, lleven este distintivo para proclamar que “No somos puteros”.  

Más bien creo que la llevan para remarcar lo de “Nosotros primero.”