jueves, 2 de octubre de 2014

Vanessa y los siete peregrinos

A Marta. Y a  Bea, Javier, Manuel, May y Esther. Y a Vanessa.

Erase una vez una aldea muy pequeña en el pirineo navarro, llamada Roncesvalles (Roncevaux para los del otro lado de la frontera y Orreaga para los lugareños), a la que llegaron 7 peregrinos desde distintos puntos de España. Unos se enfrentaban al Camino y sus misterios por primera vez, otros repetían, pero todos tenían en común una cosa: viajaban solos, con sus alegrías y sus penas,
sus sueños e ilusiones y sus pertrechos bien ordenados en la mochila. Por lo menos el primer día iba todo bien organizado, aunque eso duraría poco. Alguno se olvidó alguna prenda en casa, quizás por haber cometido el error de salir la noche antes de fiesta, ante la ilusión del inicio del Camino; pero gracias a los hospitaleros pudo equiparse no solamente con un jersey, sino que además pudo arramblar con unos vaqueros recién estrenados y alguna prenda más, perteneciente todo ello a peregrinos anteriores que lo habían dejado ahí pensando en futuros caminantes despistados. Un detalle.
Quiso el destino que justamente 4 de estos desconocidos se juntaran en la cola del nuevo Albergue de Peregrinos  y que éste estuviera ocupado al completo por peregrinos venidos de todos los rincones del mundo, por lo que se les asignaron camas contiguas en el antiguo albergue, la Colegiata, al que se dirigieron para ocupar la primera litera de las muchas que probarían y sufrirían en los siguientes días. Entre paseos, salidas a la calle a fumar, asistencia de algunos a la Misa del Peregrino (en esta ocasión muy bonita y emotiva al participar una Coral local) y unos cafés con pastas, poco a poco empezaron a hablar, a ponerse caras y nombres y a compartir inquietudes, experiencias pasadas, chanzas y ocurrencias.  
Con absoluta naturalidad, prueba del tan ibérico carácter abierto de todos ellos y de ese especial sentimiento que impregna todo lo que rodea al Camino de Santiago,  sin preguntar por el porqué de su Camino o  por sus ideales, credos, aficiones, gustos o valores y  sin reparar en detalles como la edad, el aspecto o la vestimenta, pasaron una tarde tranquila esperando la hora de retreta en el Albergue, regentado por holandeses y ambientado con una un poco fuerte pero apropiada música de fondo.
Una vez apagadas las luces, y cual niños pequeños en un campamento de verano, empezaron las risas, los ruidos y las referencias a la “famosa” niña de la vela que pasea muerta por el Albergue, hasta que finalmente todos conciliaron el sueño y se rindieron a la incomodidad de las literas metálicas y los ruidos ambientales de otras decenas de peregrinos.


Entre las 5 de la mañana siguiente, hora en que se levantó el primero de ellos,  y que por lo tanto no sería el enanito dormilón del cuento de Blancanieves,  y las 6:45, se prepararon para iniciar su primera etapa. Ya tenían nombres, por lo que Esther, Marta y Ernesto partieron juntos a la luz de las estrellas, linterna en mano y siguiendo los pasos de muchos otros peregrinos. Mientras tanto Javier, el cuarto peregrino con nombre, decidió esperar a otra amiga que conoció en el viaje.
Sin problemas llegaron a Bruguete, aldea en la que se juntaron ya 5 de ellos, al unirse la conocida de Javier, Beatriz, al grupo, y después de unos cafés prosiguió la tranquila  caminata hacia el destino de la primera jornada. Pese a la tormenta caída por la noche y las negras y húmedas previsiones sobre el tiempo, el día se mantuvo inmaculado y los chubasqueros quedaron a buen recaudo en las mochilas.
Bajo un agradable sol y a pesar de las constantes subidas y bajadas, típicas de estas primeras etapas del Camino Francés, se plantaron en Zubiri a las 13:30, con una única parada para tomar una clara en una terraza situada estratégicamente en un sitio precioso. Afortunado el segundo hijo de la familia que heredó el prado en vez de la casa familiar y las reses. Sin duda ingresa más y trabaja menos.


El refugio del día era una antigua escuela, convertida en albergue municipal, con varias estancias separadas, cocina y baños en el patio y unos cómodos bancos en el frontal para descansar, tomar notas y comentar la primera jornada.  Después de arreglarse, desmontar la mochila por primera vez, descubrir las duchas y lavar algo de ropa se juntaron de nuevo en un pequeño bar,  o más bien “el” bar, ya que no había más,  donde conocieron a los 2 peregrinos que faltaban para completar los 7 que dan título a este relato. May, de Madrid, y Manuel de Barcelona, al que de entrada confundieron con un francés, unos por su aspecto, otros porque hablaba poco y no se reía mucho de las gracias de Ernesto.  ¿Serían ellos dos los enanitos/peregrinos Feliz y Mudito?


Y entre decisiones sobre dónde comer, presentaciones y cervezas,  apareció de golpe Vanessa: con su obsesión  de dar la nota y hacer el bufón en todo momento, Ernesto se presentó como Vanessa, la cual entre risas fue adoptada inmediatamente por todos como un miembro adicional del grupo. Sin quererlo, habían completado el  mágico número 7 y encima tenían a Blancanieves/Vanessa  que los guiaría el resto de las jornadas. O por lo menos les haría compañía.

Quepa recordar en este momento los nombres de los 7 enanitos del cuento original, dado que en un momento u otro todos los peregrinos saldrían reflejados de alguna manera en una de sus personalidades:

A saber, los siete enanitos eran: el Sabio, el Gruñón, el Mocoso, el Tímido/Romántico, el Tontín o mudo, el Dormilón y el Bonachón / Feliz.


Como en todos los cuentos, fábulas o mitologías, caracteres definidos claramente en base a los prototipos de comportamiento de los seres humanos, y por lo tanto apropiados para explicar cuentos, relatar fábulas y acabar con moralejas. Como en los proverbios y los dichos populares en los pueblos. O las greguerías.

La comida en el polideportivo municipal no tuvo nada de especial, un menú normalito, rayando el nivel de un hospital público en época de vacas flacas, pero aderezado con las primeras anécdotas del día, como por ejemplo la de un listo “masajista” que en el primer día de marcha ya había conseguido embaucar a un grupito de alemanas con el objetivo de magrear un poco, o de otro “curandero”  catalán vendiendo sus capacidades mágicas, Reiki Style,  sin duda un cuento chino, como tantos otros que se dan en el Camino desde tiempos inmemoriales.


Curanderos, embaucadores, ladrones, prostitutas, vendedores, salva almas, inquisidores, vividores, bufones y toda la rehala de actores de las “novelas caballerescas”, del Camino en sí y de la propia vida. Cuando no de las “novelas de caballerías”, que además de todos estos personajes incluyen también magos, dragones, ungüentos y hechizos.  Y quién sabe, viendo que ya habían hablado de Rivendel, de que Marta tenía un cierto aire a Hobbit a pesar de gastar orejas de Elfa en alguna ocasión, de las hierbas mágicas que habían podido fumar algunos de ellos  y de que el pacharán tenía pinta de convertirse en su pócima secreta, igual si que se trataba de una novela de caballería, en vez de un simple relato de un corto pero intenso viaje.

Ante la imposibilidad de sacarle una pócima, digo pacharán,  al camarero  y con la invitación por parte del personal de que volvieran más tarde a ver gratuitamente un partido de pelota vasca en beneficio de una asociación pro cáncer, regresaron al albergue y decidieron acercarse al rio que habían cruzado por la mañana a fin de refrescar los pies y pasar la tarde.

Avituallados con lo primordial, es decir, el pacharán, comprado en el mismo bar visitado por la mañana, pasaron un buen rato conociéndose, refrescando los pies y comentando lo vivido hasta el
momento. Habían pasado menos de 24 horas desde el primer encuentro y ya no existían extraños ni timideces. Como si llevaran muchísimo tiempo juntos.  Raro efecto del Camino, los viajes o de cualquier excursión: tantas horas juntos, compartiendo refugio, esfuerzo, hambre, sed, altos y bajos, unen (por ahora) mucho.  Hasta a personas incompatibles en el mundo real, que si se vieran por la calle ni se saludarían.  
Esto es quizás otra de las cosas mágicas del Camino: si no lo hubieran hecho, jamás se hubieran conocido. Llamémoslo destino, o “fate” en inglés. O casualidad para los menos místicos y más terrenales.
Al llegar la hora se dirigieron de nuevo al polideportivo, cuya entrada al final consistía en un donativo de 5 euros a la mencionada asociación pro cáncer, pero con derecho a participar en el sorteo de un lote de productos de la tierra (que no les tocó por bien poco), bocadillos y bebidas al final de los partidos y el gran “honor” de aburrirse como ostras ante lo lento e igualado de los partidos.  Sin menospreciar este deporte, la espera se les hizo larga, pero la paciencia tuvo su premio al final con un vino muy correcto y bocadillos de chistorra a destajo, siendo sobre todo el matrimonio mayor que atendía a los clientes el más atento con ellos, sirviéndoles bocata tras bocata a fin de alimentarlos para el Camino. Con este agradable gesto acabó la estancia entre los lugareños y se volvieron al albergue, donde acabaron de rematar el día en los bancos de madera del exterior, entre risas, la creación de un grupo de Whatsapp, obviamente llamado “Vanesa y los Peregrinos” (aunque tuviera que sacrificarse una ese de Vanesa por la limitación de espacio),  para compartir las fotos y poder contactar en caso de necesidad. Sin olvidarnos de otro peregrino, oficialmente llamado Francesc pero a con un gran parecido a Artur Mas, que se unió al grupo digital de inmediato, y que acabaría siendo un compañero esporádico durante los siguientes días, persona risueña, simpática y con una paciencia total ante las bromas continuas sobre su tocayo. Así finalizó este primer día que prometía un Camino interesante y ameno.

A día siguiente y con la primeras luces del día, es decir alrededor de las 7:30, los 7 peregrinos se pusieron en marcha con un ligero “chirimiri” (por cierto, según la Real Academia,  expresión burgalesa y navarra que significa llovizna o calabobos) que no  hizo necesario sacar los
chubasqueros. El buen rollo se mantenía inalterable  y Ernesto empezó a buscar más la compañía de Marta. ¿Dejaría de ser el peregrino feliz y bromista del día anterior y pasaría a ser ahora el tímido y romántico enanito del cuento original?

Como buenos peregrinos, cada cual iba a su ritmo, y se iban formando grupos, ahora con uno, después con otro, en las subidas fallaba alguno, sobre todo Ernesto, en las bajadas se unía otro y May lo pasaba peor, y así, chino chano y después de una parada en una tienda – bar de Larrasoaña para desayunar a las casi 2 horas de salir, fueron bordeando el río Arga en un precioso paseo, hasta que pararon ya cerca de la meta delante del ayuntamiento de Villava, pueblo de Indurain, para tomar un refrigerio y ponerse  por primera (y que a la postre sería la última) vez el chubasquero.  Lástima que con la tontería se olvidaron de retratarse disfrazados de esa guisa. El perfil  hubiera sido clavado al de los 7 enanitos de la Disney. Por cierto, el hombre del tiempo particular de May casi acierta, había anunciado la tormenta para las 12 y eran las 13:30.

Callejeando bajo una lluvia constante recorrieron los 4 km restantes con una extraña y molesta  sensación por el tráfico y los semáforos. Las horas de aislamiento entre prados, árboles y el río habían sido mucho más gratificantes, pero por lógica en el Camino no se pueden evitar las ciudades: nacieron en muchos casos justamente a raíz de la creación de la ruta de peregrinación y eran y seguirán siendo lugar de parada y fonda para todos los que se dirigen hacia los confines de
las tierras conocidas, hacia el “Finis Terrae” mitológico de nuestros antepasados, o la tumba de Santiago para los cristianos creyentes. O hacia su propio destino.

Sin estar seguros de haber cogido el camino correcto, ya que todo el rato iban viendo símbolos de bicicleta por el suelo, quizás pensados en otras épocas para los carromatos de los nobles y las mulas de los sirvientes, los 7 llegaron alrededor de las 15:00 al Albergue Parroquial Casa Paderborn, el cual hizo justicia a todo lo que habían leído en las diferentes guías que llevaba cada uno de ellos. 
Una casita de montaña, típica alemana o de otros lugares rurales, como bien corrigió Javier a Ernesto, con sus barandillas de madera, sus flores decorando la terraza, y una extraña sensación de paz y tranquilidad.  (El origen de este albergue es el hermanamiento existente entre Pamplona y Paderborn, pequeña ciudad alemana situada al este del estado federal de Nordrhein-Westfalien.)  


Les recibieron unos muy educados hospitaleros, en claro contraste con la señora de la noche anterior, llamados Heinrich y Udo, y por milagro pillaron camas los 7, quedando el albergue completo con la siguiente pareja que apareció por la puerta. Después del relleno de nuestros datos con toda tranquilidad en el salón, agasajados con agua con limón, zumo y galletas, nos dividieron entre chicos arriba y chicas abajo. Ernesto tuvo un pequeño atisbo de convertirse en el peregrino gruñón, pero fue pasajero. Ante el idílico lugar, la hospitalidad, la tranquilidad y el buen ambiente en general no cabían quejas de ningún tipo. Faltaría.

Esperando en la puerta a que todos se arreglarán, desordenaran un poco más sus mochilas, y charlando con Udo y Heinrich,  aparecieron los 3 peregrinos que Ernesto había tachado de entrada como borrokas maleducados, pero que al final resultaron ser de Castellón. Eso sí, la mala educación la mantuvieron sin variar hasta el último día. Estos pájaros andaban sin mochilas, se las hacían llevar en taxi y no sabían ni a que albergue las habían enviado. Daban un poco la imagen de vagabundos medievales en busca de descuidados peregrinos, tesoros o doncellas.


Salvando el desnivel entre el río y la fortaleza en un ascensor, sorprendente por estar en medio de la nada, como bien comprobarían más tarde, pararon a comer unos bocadillos, canelones y ensaladas, apareciendo ahora sí por primera vez el peregrino Gruñón, en este caso encarnado en varios de ellos, por lo complicado de conocer y negociar las raciones y los tamaños de las mismas. Al final salió todo bien, y mientras lloviznaba dieron buena cuenta de la comida-merienda.
Saciados y animados se dedicaron a pasear un buen rato por la siempre bonita ciudad de Pamplona, con sus famosas plazas y calles conocidas en todo el mundo gracias a los Sanfermines y la obra del Nobel de Literatura Ernest Hemingway titulada “Fiesta”. Quién sabe si la afición a escribir de Ernesto no se deba a la coincidencia en el nombre.



Cansados un poco de tanta vuelta  y como intuyendo que la búsqueda del ascensor precisaría de alguna pócima reconfortante, decidieron tomar un pacharán. La resistencia de Manuel duró lo que duran “dos peces de hielo en un güisqui on the rocks”, como nos cantaba Sabina. Después, con la decisión tomada de antemano y acordada con los hospitaleros, de cenar en el albergue, fueron en busca de los ingredientes de la cena. Es decir, vino y algo más. 



Y como Manuel había adoptado hace rato el papel de peregrino feliz y experto en vinos,  las chicas se encargaron de los tomates, el aceite y la vajilla y nuestro “sommelier” particular se hizo cargo de lo importante. Del vino.

Dieron una extraña y larga vuelta hasta encontrar el ascensor de bajada, con lugareños que los mandaban hacia el norte, otros que los enviaban a las antípodas y hasta curiosos habitantes que desconocían la existencia de un ascensor en su ciudad (y eso que existen 2), pero finalmente llegaron al Albergue, con las mesas aún vacías para poder cenar, charlar y compartir un vino con los dos amables alemanes encargados del lugar.

Para rematar un día muy completo se sentaron en la terraza para liquidar la botella de vino sobrante, rato que compartieron con 2 jóvenes alemanes de Bremen, que recién finalizado el colegio se habían cogido un tiempo sabático para hacer el Camino. Muy educados, ellos ante su paquete con muchas cervezas y poco embutido y algunos de los 7 apurando la botella de vino, todos cumplieron el estricto horario alemán y se fueron a dormir a las 10 de la noche.

Al día siguiente, el dulce aroma del café de filtro alemán les despertó a primera hora, a algunos de ellos a las 5:45, olor al que a las 6 se añadieron Cantos Gregorianos. Un despertar diferente que les llevo al agradable desayuno “alemán” en común a base de tostadas, que Udo les iba sirviendo, mantequilla, mermeladas, quesitos, café y zumos.

Reconfortados por la bonita estancia en Pamplona emprendieron su marcha hacia su nuevo destino, Puente de la Reina, sabedores que tenían ante sí una etapa dura. La clásica canción de los enanitos de “Aibó, Aibó, a casa a descansar” se convertía en un “Aibó, Aibó, al monte a caminar”, pero al final la realidad no fue tan grave. 
Después de una salida eternamente larga de Pamplona, subieron alegremente (algunos con más
problemas que otros) al Alto del Perdón, donde un potente viento justificaba con su fuerza la existencia de tantos molinos de energía eólica. Después de algunas fotos con las figuras forjadas de peregrinos tomaron la dura senda de bajada, conocida como rompepiernas, y sin más sobresaltos y 2 cortas paradas llegaron sanos y salvos a Puente de la Reina.

La cola para entrar al albergue de los Padres Reparadores les hizo temer lo peor, pero en un acto de solidaridad patria por una vez el hospitalero les “coló” por delante de los guiris, algo que alegró mucho a Javier,  y les asignaron, antes de identificarse, una habitación con 8 literas. Quedaba pues una cama vacía, quién sabe si pensada para algún otro personaje del cuento, el cazador, el príncipe…, o si sería Vanessa la que se les apareciera por fin, envuelta en una sábana blanca y admirando su supuesta belleza en el espejito mágico de marras.

Asumiendo su papel de enanito peregrino Sabio y líder, Beatriz los fichó a todos y se encargó del registro en el albergue, mientras que los demás se fueron preparando para salir a comer algo. Las mochilas cada vez parecían más llenas, cuando en teoría llevaban los mismos objetos que al inicio. Sería cosa de la Reina Villana que las iba cargando a escondidas.


La comida en la calle Mayor transcurrió con normalidad, salvo los problemas del peregrino gruñón, encarnado de nuevo en May, para conseguir que le sirvieran la Lasaña con Pepsi en vez de un menú. Salvados estos escollos y finalizada la comida, se fueron en busca de los ingredientes para la cena, dado que habían decidido aprovechar las excelentes instalaciones del Albergue para preparar ensaladas y espaguetis.

De vuelta ya en el Albergue, y vista la avalancha que se cernía sobre fuegos, platos, ollas y cubiertos, Ernesto, ahora en papel de Bonachón, decidió preparar la salsa para la pasta durante la tarde, mientras que los demás se dedicaron a descansar en sus literas o en el prado ubicado detrás del Albergue. El rato en la cocina se convirtió para Ernesto en toda una odisea, con los borrokas ocupando la mitad del espacio con su compra, una señora apropiándose de su navaja y haciendo sitio a base de empujones, pero finalmente consiguió dejar la salsa en su punto y pudo unirse a Bea, Esther y Marta en el “chill-out” que se habían montado en el césped.

Ahí pasaron un rato increíble, de los mejores del Camino, por lo menos para Ernesto, como si de una improvisada rave se tratara, escuchando música, tomando cervezas y haciendo tiempo para cenar, mientras que el día fue llegando a su fin con la puesta el sol y la llegada de una brisa bien fresca que invitaba a recogerse y buscar el reconfortante  calor que produce el vino.

Empezó entonces la dura lucha contra los elementos: conseguir hacer hervir agua en un “perolo” tamaño militar. Mientras que unos preparaban las ensaladas y otros ponían la mesa, el agua seguía ahí, sin llegar al punto de ebullición, como un espejo mágico al que Ernesto se asomaba cada pocos segundos cual Reina malvada del cuento original. Por suerte el agua no le devolvió la imagen de Vanessa sonriendo, porque vaya susto se hubiera llevado.

Conseguido por fin el objetivo y con unos espaguetis regulares tirando a sosos, cenaron cómodamente, viendo como de forma mágica la pasta en el plato de Manuel iba creciendo conforme pasaba el tiempo e invitando a un tal Andrea a probarlos, cosa que hizo gustoso con repetición incluida. Por lo menos el comió, porque lo de Manuel seguía siendo un misterio. Así acabó este día para la compañía de los 7.

Los kilómetros y las horas pasados juntos se empezaban a notar. Pequeños roces y divergencias de opinión hicieron ver a todos lo duro de la convivencia, lo intensivas que se pueden volver 48 horas en compañía de semi-extraños, el esfuerzo que hay que hacer para ceder un poco aquí y un poco allá, pero también hicieron florecer lo bonito del Camino, sentirte a gusto en compañía de alguien, generar una sonrisa de otra persona, compartir lo poco que tienes o ayudar al prójimo sin interés alguno.


A la mañana siguiente se desperezaron con más tranquilidad de lo habitual, por lo que hasta las 8 de la mañana no estaban desayunando de nuevo en la calle Mayor. Ante la imposibilidad de cruzar por el conocido y bien bonito puente medieval, tuvieron que conformarse con echarle unas fotos, y prosiguieron su camino hacia Estella, ciudad muy ligada al Carlismo y a la figura de Zumalacárregui, tema por cierto muy del agrado del peregrino Manuel, historiador para más señas, que más adelante visitaría el pequeño museo dedicado al Carlismo en dicha localidad.

La etapa transcurrió con absoluta tranquilidad, andando a dúos o a tríos, con 2 pequeñas paradas en Ciraqui y Villatuerta para reponer fuerzas y sobre todo líquidos, y rondando las 2 de la tarde llegaron a su destino, en este caso a un albergue nuevo, que el peregrino Ernesto, ahora ejerciendo de enanito Sabio,  confundió con el que visitó en otra ocasión. Aún así, la elección volvió a ser acertada, y aunque un poco pequeño, pocas  duchas y con una minúscula cocina, todo quedó compensado con la buena ubicación del refugio y la amabilidad y simpatía de los hospitaleros holandeses, Helga y Paul.

Ubicados y duchados se dirigieron al centro, y comieron en un local cuya decoración yanqui estilo años 50 no encajaba demasiado en la espectacular plaza de Estella. Pero, como no hay mal que por bien no venga, el verde y demasiado moderno look del local quedó olvidado antes unos platos combinados completos, cubos de botellines a 3 euros, el wifi “mágico” para los modernos peregrinos y una vuelta tranquila al albergue para esperar la hora de la misa del peregrino y descansar un poco.

Mientras unos descansaban, Beatriz se dedicó a comprar los ingredientes para volver a cocinar por la noche, en este caso tortillas de patatas, y Marta, Ernesto y Manuel aprovecharon el rato para tomarse su ración de pócima diaria. Sin reparar en el local se metieron de lleno en la boca del lobo, es decir, en la Herriko Taberna local, pero al haber sido detectados por la camarera, una especie de Orco salido de las peores pesadillas de los relatos medievales, no tuvieron más remedio que pedir el pacharán y apurarlo en la terraza entre risas de Marta y Ernesto y un serio disgusto de Manuel.  Manuel hizo su visita al museo, y a las 7 se reunieron los 7 en la parroquia de San Miguel Arcángel. Con un 7 más se hubiera completado el número cabalístico mágico 777, que según que creencias, tendencias o ritos significa Dios, la plenitud o la verdad. Y algo de magia si que tuvo la ceremonia: tanto el momento de darse la paz como la posterior bendición a los peregrinos aportaron esa “espiritualidad”, ese misticismo, que hasta ahora no se había sentido demasiado. A varios de los 7 se les escaparon algunas lágrimas, cada uno por razón diferente, pero seguro que importante.
Después de la misa volvieron al tan cercano albergue para empezar a preparar las tortillas de patatas y las ensaladas. A pesar del poco espacio en la cocina y la complejidad de conseguir preparar las patatas en el microondas, y gracias al esfuerzo de todos, en especial de Esther y Javier, la cena salió perfecta, invitaron a los hospitaleros, hubo chistes sobre Vanessa y un fin de jornada
increíblemente agradable sentados al fresco, fumando y conociendo a un alemán cuya empresa en Denver, Colorado, había quebrado y que venía pedaleando desde su casa. Casi nada. Unos 3.000 km para olvidarse de lo material y disfrutar un poco.

Un día completo tocaba a su fin y ya solamente les quedaban 2 etapas por delante. Ernesto empezó ya a sentir próximo ese fin del Camino, cuando aún quedaban 2 días por disfrutar.  Ese enanito tímido y romántico que se apoderaba de él de tanto en cuanto. Poco apropiado para un mundo deshumanizado, material, frío y finito. Pero en él un sentimiento inevitable. Y nada malo, por otro lado. Peor es robar. O hacer daño. U odiar.O ser político.

A las 6 les despertaron los anfitriones holandeses, y después de un desayuno en común con los demás peregrinos, salieron sin ninguna prisa para llegar a la hora de apertura a la conocida fuente mágica del vino de Irache. Bueno, lo de mágica es un decir, ya que el vino era bastante peleón, y la hora de paso tampoco invitaba a demasiada parada, pero como todo en el Camino,  tuvo su gracia, sus fotos y su recuerdo grabado en la memoria.  
Ante dos variantes que se les presentaron poco después eligieron por mayoría el camino del bosque, sabia decisión por cierto, ya que el tramo fue muy bonito y encima les permitió reducir el trayecto en 2 kilómetros. ¿Sería este el momento en el que aparecieran los animalitos del bosque, parte del cuento de los 7 enanitos?  Lamentablemente, animalitos vieron pocos. Algún pájaro, muchas babosas y poco más. Otra vez será.

Tan bonito y fácil fue el tramo que a las 12 ya llegaron a Los Arcos. Ernesto había propuesto originalmente dormir aquí a fin de esperar a sus 4 amigos que se unirían a él para realizar juntos la última etapa y proseguir al día siguiente hacia Ventosa para realizar el homenaje a su amigo peregrino fallecido.  Entre tiras y aflojas, indecisiones de Ernesto y Marta y decisiones absolutas  e incontestables de Beatriz y Javier, continuaron juntos, después de unos bocadillos y de compartir mesa con el figura masajista de la primera etapa, a quien Ernesto sometería más tarde a un intenso interrogatorio sobre su formación.

Justo antes de llegar a Torres del Rio pararon en Sansol, y visto que el Albergue local tenía una muy buena pinta, Javier y Beatriz se apresuraron a reservar cama para todos y sofás con televisión para ellos. Fue una elección perfecta, el local impresionante, Arancha la hospitalera jovial, dicharachera y servicial, lo que compensó en mucho las pequeñas discusiones y el progresivo proceso de separación de los 7.


Mientras algunos descansaban, Marta, Ernesto y Manuel se fueron a dar una vuelta en busca de algo de comer, objetivo que resulto inútil. Ni el maleducado camarero desdentado del bar “la Sociedad”, que les echó literalmente al grito de que “aquí no hay nada para comer”, ni el chaval que regentaba la tienda que no quiso abrir a pesar de verlos dispuestos a gastar, les permitieron adquirir bocado alguno, por lo que volvieron al albergue a pasar la tarde.

Tarde que tuvo su parte mágica, con Ernesto y Marta construyendo castillos en el aire pensando en un albergue en Burgos, medio en broma medio en serio, otros viendo la tele, tomando vinos, pacharanes, interrogando al masajista, con pruebas de efectos fotográficos de Esther, fotos panorámicas de la casa para soñar con futuros albergues, conversaciones esporádicas con Arancha y una tranquilidad general. Ya no estaban tan unidos como antes, pero a pesar de ello de buen rollo. Con algo de morriña. Mañana sería el último día. Y entre la ya próxima separación y la llegada de la gente de Barcelona, Ernesto se sentía bastante mal.  Suerte que el lugar, la cercanía de Marta y la toma de direcciones y teléfonos de todos ayudaron a apreciar lo bueno y olvidar lo malo. Más aún cuando era inevitable y se sabía de antemano.

Después de una cena de menús muy correctos, el día acabo de forma espléndida sentados Marta, Esther y Ernesto en los bancos al fresco, fumando sus últimos cigarrillos (y por desgracia perdiendo las últimas hierbas mágicas que les quedaban), apurando una última copa de pócima en forma de Pacharán y disfrutando del gran Cat Stevens y sus grandes éxitos.

Como siempre, la música fue ese toque final que da sentido a tantas cosas. Canciones que resumen tus sentimientos mejor que cualquier frase que puedas soltar o escribir. Como el “Whish you were here” de Pink Floyd, que había enriquecido el tramo de subida a la Fuente de Irache. Por lo menos es lo que recordaba Ernesto, aunque puede ser que fuera en cualquier otro momento. Lo importante es que sucedió.

Amanecido el último día, y sin demasiadas prisas, se prepararon para partir. Justo al salir aparecieron los amigos de Ernesto, peregrinos también aunque solamente por unos días, y todos fueron andando con toda tranquilidad hasta Viana. Ahí se produjo el punto de inflexión.

Estando ya cerca el último destino, Logroño, con las mentes de los 7 peregrinos ya puestas en su vida real, en los horarios de los autobuses, Ernesto pensando en la continuación del Camino y el homenaje a su amigo Carlos, que seguramente sería totalmente diferente a lo vivido hasta ahora, Marta organizando la llegada de su amiga Bea y la posible asistencia al concierto de Extremoduro, May valorando seguir alguna etapa más y Manuel pensando en su siguiente vino, el grupo de los 7, que había compartido camino desde Roncesvalles, se partió.
Atrás quedaron Marta y Ernesto, a la espera de los peregrinos venidos de Barcelona, mientras que los otros 5 prosiguieron su camino.

Con una larga parada donde la señora Teresa, ya con 82 años e hija de la mítica señora Felisa que durante decenios saludó, selló credenciales y entretuvo a los peregrinos a la entrada de Logroño, Marta, Ernesto y los nuevos llegaron sin problemas a un albergue en el centro de Logroño, reservado con anterioridad.

Marta y Ernesto, los 2 peregrinos restantes de los 7 iniciales,  se arreglaron, dieron un paseo por el muy animado centro de Logroño, tomaron algunas tapitas, intentaron conseguir las entradas para el concierto de los “bardos” de Extremoduro, siguieron tomando tapitas y vino, y por arte de magia aún consiguieron ver a Manuel, May y Esther para despedirse y desearles lo mejor. Javier y Bea ya habían partido en bus hacia casa. Una pena.


Aquí acabó la aventura de los 7 peregrinos que se conocieron el domingo anterior en esa aldea llamada Roncesvalles. 7 peregrinos y casi 7 días de convivencia.

Marta y Ernesto aún tuvieron la ocasión de compartir algún rato más, algunas copas, alguna caída al suelo y bastante tristeza, alternando Ernesto el carácter de los enanitos Feliz y Romántico del cuento, cual toboganes emocionales similares a los tramos de alguna de las etapas recorridas juntos.

Con la vuelta de cada uno a su casa y soñando alguno con Rivendel, la comarca y los futuros caminos por recorrer y con la inmensa alegría de que el Camino pasa por Burgos, este cuento se acabó.

Por ahora.

Buen Camino a todos.



“How I wish, how I wish you were here.
We're just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year,
Running over the same old ground.
What have we found?
 The same old fears.
Wish you were here.”




























martes, 2 de septiembre de 2014

¡Por una Cataluña libre!

Viendo la evolución de la fantástica, rica y por mi tan querida región de Cataluña, mi patria chica en la que nací, viví, estudié, trabajé, amé y también, no voy a negarlo, odié, vagueé, blasfemé, insulté y golpeé cuando la situación me lo exigió, no me queda más remedio que hacer mío el sueño y anhelo de tantas otras personas como yo y proclamar a los cuatro vientos que quiero una Cataluña libre.

Quiero una Cataluña libre de manipuladores profesionales, también llamados políticos, que usan sus prerrogativas y privilegios para su lucro personal y el de sus allegados.


Quiero una Cataluña libre de jóvenes educados en el odio a sus propias raíces, adoctrinados con medias verdades y mentiras enteras, incapaces de hacer la “o” con un canuto pero expertos en mitología pan catalanista, analfabetos funcionales que distinguen las letras pero no saben juntar una palabra si no es para escribir independencia,  pero que si son capaces de insultar a todo aquel que no piense como ellos con todas las letras del abecedario y encima en mayúsculas.

Quiero una Cataluña libre de garrapatas del sistema, elementos a los que para más inri llaman “anti sistema” , cuando son los que mejor se aprovechan del mismo: no estudian, no trabajan, campan a sus anchas por doquier, bailan, beben, ríen, destrozan, orinan y defecan donde y cuando quieren sin que nadie les tosa ni les llame la atención.  Y todo ello con sus subvenciones, sus prestaciones por desempleo o sus ingresos atípicos, no reglados y no gravados. Es decir, viviendo a costa del Sistema que mantenemos los pocos millones de primos que pagamos religiosamente nuestros impuestos, que renunciamos sin rechistar a más del 50% de nuestros ingresos para mantener el estado social y de derecho del que la burda y sucia tropa de vividores  hace buen uso para cubrir sus primarios instintos animales.


Quiero una Cataluña libre de inmigrantes islamistas violentos y subvencionados, de “personas” que no tienen ni la más mínima intención de adaptarse a nuestra cultura, a nuestras normas sociales, a nuestras tradiciones o a nuestro concepto de higiene. Libre de imanes que incitan a la guerra santa en nuestras propias narices, que predican la violencia contra la mujer y la reconquista de la península ibérica, que nos insultan y amenazan desde las mezquitas que encima les financiamos o hasta regalamos . 

Quiero una Cataluña libre de pandilleros sudamericanos violentos y organizados que de allende los mares nos traen todo lo malo de sus respectivos países, en vez de deleitarnos con sus riquezas culturales, sociales y naturales que engloban ese rico hispanismo del que disfrutábamos en otras épocas.

Quiero una Cataluña libre de la dictadura del pensamiento único, del “Gran Hermano” encarnado por los medios públicos de la CCRTV, con TV3, “la seva”,  como abanderada de la tergiversación, la manipulación y el adoctrinamiento más soez, venenoso y ramplón que se pueda encontrar en el mundo, solamente equiparable a medios como los norcoreanos, los cubanos o los venezolanos.

Quiero una Cataluña libre de iluminados libertadores, de monjas poco devotas e historiadores poco ortodoxos, cuando no charlatanes e inventores de universos mitológicos que ni Lewis y Tolkien juntos habrían podido crear.

Quiero una Cataluña libre de partidos políticos que separan, en una dirección o en otra, que solamente luchan por mantener sus porcentajes de votos y con ello su “dolce vita”,  en cómodos tramos de cuatro años al sol y dos semanas de “arduo” trabajo soltando la tan bien ensayada retahíla de mentiras en campaña que les permita perpetuarse en su nulo valor añadido para la sociedad.

Quiero una Cataluña libre de falsas plataformas cívicas que no son más que burdos caballos de Troya creados por los partidos políticos de siempre, los gobernantes y los de la oposición, para asegurarse un trozo de pastel en el nuevo reparto que se avecina.


Quiero una Cataluña libre de clubes deportivos que se arrogan la exclusividad de toda una región, despreciando a cualquier otra agrupación deportiva por centenaria que sea, y cuyos dirigentes no son más que un calco de los gestores políticos, mal usando los nobles sentimientos que deberían emanar de cualquier deporte para su propio beneficio.

Quiero una Cataluña libre de odio al prójimo, de guetos, de imposiciones, de dictadura chabacana y aldeana, ajena a las necesidades reales de los ciudadanos y al entorno geopolítico al que pertenecemos.

Quiero una Cataluña libre de separatistas, de separadores, de ladrones y de aprovechados.

Quiero una Cataluña española, europea, admirada y respetada por sus logros y su gente.

¡Quiero una Cataluña libre, como lo era hace 30 años!



jueves, 14 de agosto de 2014

Barcelona, año 2015

Matías entró en la cocina donde sus dos hijos ya estaban acabando su desayuno. Hoy empezaba el nuevo curso escolar y los nervios rondaban la pequeña estancia cual bruma matinal. Mientras los pequeños devoraban sus magdalenas y sorbían sus vasos de leche con cara de pocos amigos, Almudena, esposa de Matías y madre de las dos fieras, sonreía forzadamente.  Sabía muy bien lo que les esperaba esta mañana: llegada al colegio, lloriqueos y abrazos, miradas amenazantes por parte de la directora del centro y algún que otro insulto poco disimulado por parte de las demás madres. Nada nuevo podía esperar ante la surrealista situación que estaban viviendo en su querida ciudad.


Después del referéndum de Noviembre del año anterior, celebrado en contra de las leyes imperantes en España, pero con el apoyo oficial e interesado de los gobiernos de Escocia, Irlanda, Kosovo, Guinea Ecuatorial, el barrio de Igueldo de San Sebastián y algunos países más, la región autónoma de Cataluña se había proclamado independiente, a pesar de las sospechas de fraude y el exiguo 50,8 % de los votos obtenidos en las urnas. 

Debido a ello, los niños habían pasado un año complicado, con cambios en sus planes de estudio, con el despido de algunos profesores por su desconocimiento del idioma catalán y con una creciente marginación por haber sido de los pocos que habían solicitado recibir las clases en castellano. Como era de esperar, los resultados de los pequeños fueron desastrosos,  y a pesar de la ayuda de toda la familia de Matías y de una profesora particular,  no consiguieron adaptarse a la enseñanza en catalán. Solo la intermediación de un funcionario de la “Consellería” de Educación, amigo de infancia de Matías, les había permitido conseguir un aplazamiento de la expulsión de los niños, pero ni así consiguieron adaptarse, y el funesto recuerdo del curso anterior pesaba como una losa sobre los pequeños. Y sobre sus padres.

Mientras los niños estaban quietos en la parte trasera del coche, con sus dulces caritas más serias que nunca, Matías conducía absorto reflexionando sobre el sufrimiento gratuito que les estaba haciendo pasar a sus hijos. Tendría que haber pensado más en ellos y haber intentando buscar un trabajo fuera de la región en el momento en el que se produjo la separación efectiva del resto de España, pero sus ganas de lucha y su inconformismo innato le ataban a Barcelona y a Cataluña cual grilletes de un condenado. Igual estaba pecando de egoísmo, pensó, mientras observaba a sus vástagos por el retrovisor. Implicar a sus hijos en una lucha contra la dictadura nacionalista no era lo mejor para su felicidad, eso estaba claro, pero Matías no quería rendirse a las primeras de cambio: esta era su tierra, la de sus antepasados y también la de sus hijos, y nadie tenía el derecho de echarles de aquí. Ni a obligarles a dejar de hablar en castellano. Ni a coartarle el futuro a toda una generación de jóvenes que no tendrían más opciones en el futuro que trabajar en un Parque Temático sobre la Historia Milenaria de Catalunya, encontrar un puesto de funcionario en alguna de las 4 administraciones que había implantado el nuevo gobierno o abandonar su tierra para buscar un futuro mejor allende del Ebro o de los Pirineos. Pocas otras salidas había en Barcelona o en el resto de la República Catalana: las grandes multinacionales se dieron el piro a las primeras de cambio, evitando los excesivos impuestos locales, necesarios para mantener la gigantesca estructura administrativa, además de los aranceles decretados por la UE a las exportaciones catalanas; las medianas empresas locales iban cerrando una tras otra por falta de negocio y por la caída espectacular del consumo de las demás regiones de España,  y el único sector que seguía funcionando en parte, el turístico, estaba copado por la eternamente presente burguesía catalana y su inacabable prole de hijos, nietos, primos y amigos íntimos: no había hotel en Barcelona que no fuera regentado por algún miembro de las familias gobernantes, los Pujol, Maciá, Millet, Gaspart, Laporta, Mas, Junqueras y todo el resto de apellidos de la “mafia” nacionalista, ni restaurante, camping, agencia de viajes o hasta bar que no luciera la etiqueta del “Gremi Catalá d’Hosteleria”, una suerte de “secta” que concedía permisos, cobraba sus cuotas y distribuía los mejores negocios entre sus miembros.
Eso sí, de forma “oficial” y aplicando a pie juntillas  las innumerables leyes de protección de la República dictadas en esta primera legislatura. Leyes elaboradas por el Parlament Catalá, al que por cierto solamente tenían acceso los catalanes con certificado de “pureza” de al menos dos generaciones, y que encima podía legislar por “Decret d’Interés Nacional” sin precisar ni la mayoría simple de los parlamentarios. Una fantochada, como casi todo lo que estaba pasando en esta tierra antes tan rica, abierta y parte de una España que cada vez añoraba más.

Un bocinazo devolvió a Matías a la realidad. Casi se salta un semáforo y atropella a unos viandantes que cruzaban la calle.  Desde el otro lado un Mosso le miraba con cara de pocos amigos, y Matías giró la cabeza hacia sus pequeños. Seguían sin sonreír.

-         --  ¿Estáis bien chicos?
-         --  Si papi, tot be, menys això d'anar al cole.

Había contestado el mayor, Matías junior. Ya era el cuarto Matías en la familia, pero su padre tenía bien claro que sería el último que naciera y viviera en Barcelona. Tenía que plantearse de forma definitiva un cambio de aires, buscar un trabajo fuera de Cataluña y garantizar con ello la felicidad de sus hijos. No podía seguir luchando contra los elementos, más aún cuando su popularidad por haber encabezado una de las plataformas contrarias  a la secesión le impedía el acceso a cualquier puesto de trabajo con mínimas garantías de futuro.

Estaba marcado cual infiel o judío en otras épocas,  y como mucho podía aspirar a seguir ayudando de forma clandestina en empresas  de antiguos amigos y conocidos, que le mantenían como si estuvieran practicando caridad con él. Qué triste existencia.

Giró por la calle y aparcó enfrente del “Col.legi Nacional Guifré el Pilós”. Aún se apreciaban los trazos del
antiguo nombre, Colegio de la Inmaculada, debajo del flamante rótulo enmarcado por una “estelada” de grandes proporciones y una bandera de las Naciones Unidas (después de haber sido expulsada Cataluña de la Unión Europea al gobierno catalán no se le ocurrió nada mejor que usar esta bandera tan poco adecuada junto a su insignia inventada).  

Los semblantes de los peques se tornaron más sombríos que una tormenta veraniega. Matías bajó del coche y abrió la puerta trasera. Pero los niños no se movían. Con su triste cara le imploraban ayuda.

A Matías se le vino el mundo encima: no era de recibo hacer sufrir a estas criaturas. Que culpa tenían ellos de que una pandilla de chalados hubiese roto la armonía en España y condenado con ello a toda una generación de chicos a vivir en un estado de ansiedad constante, insultados, marginados y aislados del resto de sus compañeros.

Se acabó. Sonrió a sus hijos, y les dijo:
      
      - Avui res de cole. Ens anem de festa. Demà ja en parlarem.

Las caras de Matías junior y su hermanito Miquel se iluminaron de golpe, y un ensordecedor « Yupi » broto de sus gargantas.  Matías padre cerró de nuevo la puerta, se acomodó en su asiento y arrancó el motor. No sabía bien hacia dónde ir, pero la decisión estaba tomada.

Todo tiene sus límites y la felicidad y el futuro de sus hijos estaban en juego. Y su libertad.





lunes, 26 de mayo de 2014

Por encima de las nubes


Desde pequeño ha sido una canción que me emociona mucho. Ahora mucho más.



A Sonia, in memoriam.


Por encima de las nubes
(traducción libre de la canción Über den Wolken de Reinhard Mey)

Viento de noreste, pista cero tres
hasta aquí se oyen los motores
como una flecha va pasando
y retumban mis oídos

Y el asfalto mojado vibra
como un velo cae la lluvia
hasta que sube y vuela
en dirección al sol

Por encima de la nubes la libertad debe ser ilimitada
dicen que todos los miedos y todas los preocupaciones,
quedan escondidos debajo, y así
lo que nos parece grande e importante
se convierte en algo vano y pequeño

Le sigo mirando durante mucho tiempo
veo como sube hacia las nubes
hasta que las luces poco a poco
se confunden con el gris de la lluvia

Mis ojos ya no ven
ese pequeño punto
solamente se oye en la lejanía

el monótono susurro de los motores

Ahora todo está en silencio y me marcho
mientras la lluvia penetra en mi chaqueta
alguien prepara un café
en la barraca del control aéreo

En los charcos flota gasolina
brillando como un arco iris
las nubes se reflejan en ellos
como me hubiera gustado volar también

Por encima de la nubes la libertad debe ser ilimitada
dicen que todos los miedos y todas los preocupaciones,
quedan escondidos debajo, y así
lo que nos parece grande e importante
se convierte en algo vano y pequeño




Un brillante lucero que ya nos acompañará para siempre. Descansa en paz amiga.





Aquí la  versión más apropiada que he encontrado. 


Über den Wolken
Wind Nord/Ost Startbahn null drei,
Bis hier hör‘ ich die Motoren.
Wie ein Pfeil zieht sie vorbei,
Und es dröhnt in meinen Ohren,

Und der nasse Asphalt bebt.
Wie ein Schleier staubt der Regen,
Bis sie abhebt und sie schwebt
Der Sonne entgegen.

Über den Wolken muß die Freiheit wohl grenzenlos sein.
Alle Ängste, alle Sorgen, sagt man,
Blieben darunter verborgen und dann
Würde, was uns groß und wichtig erscheint,
Plötzlich nichtig und klein.

Ich seh‘ ihr noch lange nach,
Seh‘ sie die Wolken erklimmen,
Bis die Lichter nach und nach
Ganz im Regengrau verschwimmen.

Meine Augen haben schon
Jenen winz‘gen Punkt verloren.
Nur von fern klingt monoton
Das Summen der Motoren.

Dann ist alles still, ich geh‘,
Regen durchdringt meine Jacke,
Irgend jemand kocht Kaffee
In der Luftaufsichtsbaracke.

In den Pfützen schwimmt Benzin,
Schillernd wie ein Regenbogen.
Wolken spiegeln sich darin.
Ich wär gern mitgeflogen.

Über den Wolken muß die Freiheit wohl grenzenlos sein.
Alle Ängste, alle Sorgen, sagt man,
Blieben darunter verborgen und dann
Würde, was uns groß und wichtig erscheint,
Plötzlich nichtig und klein.


jueves, 10 de abril de 2014

El recortable

Ahora que Cataluña, representada por ese engendro que es “más que un Club”  y que se arrogó hace muchos años la representatividad no solamente de todos los equipos y clubes deportivos del Principado, sino también de la sociedad en general y de sus sentimiento más íntimos en particular, es decir, esa cosa llamada Barça, Barza, Bar$a o familiarmente Puta Barsa, ha quedado fuera de Europa, se da por cumplido el primer paso hacia la independencia.



Por lo menos esta vez no van a poder tachar a los políticos de Madrid de mentirosos: en Europa, ya no están. Por lo menos hasta Septiembre. Y si lo gestionan bien, con su prevista ley de consultas para poder aprobar una consulta que les permita plantear una consulta que les dé capacidad legal para consultar a los ciudadanos..(uf, que me pierdo entre tanta consulta), igual aduciendo lesiones, inclemencias del mal tiempo que manda Madrit o sobredosis de butifarras con judías,  podrían enlazar con la “consulta de las consultas” esa de la señorita Pepis y no volver a jugar en Europa nunca más.  Tampoco se les va a echar de menos, a no ser por esos árbitros asalariados que van a tener que irse con el cuento de los penaltis a otro continente.

Este chiste fácil de “Cataluña fuera de Europa” ha permitido que esa inmensa mayoría creativa (para no llamarla celosa o vengativa) que tenemos en España se haya volcado en crear cientos de "memes" y demás montajes durante toda la noche (espero que sea así y que no haya sido durante la jornada laboral, no vaya a ser que los tan eficientes funcionarios y parlamentarios de la UE vuelvan a echar pestes sobre la productividad española, cuando la suya propia, bien pagada a una media de 15.000 euros mensuales, aún está por descubrir, cual Atlántida perdida en medio de un océano de holgazanería, demagogia y despotismo);  cada uno de ellos más divertido que el anterior.

Pero no va a quedar todo aquí.

Cumplido este primer trámite de la legislación europea, que excluye a los países artificiales nacidos de procesos anticonstitucionales (cuando les interesa, claro está, porque si recordamos la injusticia de Kosovo, parte natural de Serbia se mire por donde se mire…),  e inundadas las redes sociales con fotografías, animaciones y chistes  sobre el tema de la salida de Europa, hay que ir a por más. O a por Mas. Tanto monta, monta tanto.

¿Y qué podríamos darles ahora para rematar la creación de su infantil, absurda, anti histórica y poco rigurosa nacioncita mitológica?

Pues a mí se me ocurren varias opciones, aunque la que se me antoja más graciosa y con mayores expectativas de triunfar es la siguiente: un recortable.

Un recortable llamado: “Construeix-te la teva nació” (“constrúyete tu nación” en cristiano).  Editado por cualquiera de las múltiples editoriales afines al sistema, léase subvencionadas tal cual Federación de Dardos Catalana, que por llevar alrededor del mundo sus 3 dardos y acertar al 501 “double out” en 3 tiradas sin usar una palabra en español , se han llevado la friolera de 1,2 millones de euros,  recortable decía, presentado  en varios fascículos y distribuido por el sistema de correo interno entre “vegueries” creado por la ANC en su previsor intento de garantizar la libre circulación de la información en la nueva (pero milenaria) nación, cual legendario Pony Express que en vez de empezar en Misuri y acabar en California, partiría del Ampurdán y llegaría al Montsia (por ahora), pero utilizando en vez de caballos al burro autóctono catalán, léase el “Ruc Express”.


Me emociona pensar en la inmensa alegría de miles de niños catalanes, puros de alma y corazón, que no de sangre (ya sabemos que catalán es aquel que trabaja en Cataluña, para que se enriquezcan los de siempre, aunque esto último no lo suelen soltar los politiquejos, menos aún en época de elecciones o consultas de escalera de vecinos), cuando cada domingo, después de asistir a la misa local o escuchar la misa conventual desde la Basílica de Montserrat, convertida ya en el centro espiritual de la “Nova Església Ortodoxa Catalana”,  sus padres los suelten para que puedan correr como cervatillos hacia el quiosco de la ANC más cercano para obtener el fascículo de la semana.
Reunidos después en familiar ágape dominical, ante la comida “casher” (el kosher autóctono) bendecida por la Agencia de Pureza Catalana (por cierto, una UTE de Pilar Rahola, Oriol Pujol y Miguel Calçada), consistente en cuatro calçots, media butifarra i un par de carquinyolis de postre, la mágica hora del recortable iluminaría las casas de la mayoría de los ciudadanos de esta nación mítica:

El primer domingo Wilfredo de rodillas recibiendo el escudo mojado en sangre por el rey franco, junto a un burro autóctono;  
al siguiente una primera parte de la montaña de Montserrat y una de las columnas de la Sagrada Familia (anunciada ésta en la revista como construcción variable de la que nunca se entregarán todas sus partes);  
al tercero el Camp Nou completo y con gafas en 3D para poder ver mejor los penaltis, 
al cuarto dos tramos de la vía del tren cremallera de Nuria y una primera hoja del “Pi de les 3 branques”,  
al quinto un huevo de Colón / Colom, obviamente de un pollo de raza Prat, 
al sexto…

Ya os podéis imaginar: con una duración indefinida e inicialmente infinita, siempre en base a las ventas del anterior fascículo, en línea con el plan de negocio de cualquier coleccionable de Planeta Agostini, poco a poco cada uno de los 6 millones (y más, y más y muchos más) de catalanes, podremos ir creando nuestra pequeña nación inventada.

Mientras  tanto, los políticos seguirán cobrando, la familia Pujol seguirá robando y Mas seguirá delirando.

Lo único positivo es que Lara iría haciendo caja con los fascículos. 

Y si, milagro mediante, lo invirtiera para recuperar el control de su antaño querido RCD Español, mejor aún. 
Pero eso ya son sueños mayores. Mayores que lo de la nación milenaria catalana. Que ya es decir.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Honor, deporte y el 11-M

Este 11-M he intentado abstraerme del tema, no recordar los fatídicos sucesos e intentar aquello de “a otra cosa mariposa”, sabedor de que cualquier recuerdo de esas fechas, de los hechos en sí, pero sobre todo de sus consecuencias y de toda la maraña de mentiras, utilizaciones partidistas, amarillismo, sensiblería cara a la galería, ocultaciones y medias verdades, me revuelve las tripas cual “chop suey” (de gato o de perro) a las ene delicias de un inmundo restaurante chino.

Obviamente no he podido pasar del tema.


Ni olvido ni perdono. Esta frase es casi el “leitmotiv” de mi vida, ya no solamente referido a los tristes sucesos del 11 de Marzo del 2004, sino a cualquier acto bárbaro e injusto que ha sufrido y sigue sufriendo la sociedad española. Y aquí caben tanto los muertos y heridos en estos atentados, como los más de 800 asesinados por ETA y la connivencia del poder en tales tropelías, el viaje de Carod –Rovira a Francia para negociar con ETA, las recientes declaraciones de un miembro de Omnium Cultural vanagloriándose del asesinato de un aficionado al fútbol por el simple hecho de ser del RCD Español, los abusos de banqueros robando a inocentes su dinero en forma de preferentes, swaps o cláusulas suelo, la corrupción generalizada de la toda la corrupta clase política, los sobres de Bárcenas, los ERES de Andalucía, la ITV de uno de los hijos de Pujol, los desfalcos de Urdanga y señora, los perjuros y las infidelidades del Bribón, la manipulación educativa de la juventud catalana, etc. etc.

Una lista interminable de hechos asquerosos, egoístas y dañinos que simplemente buscan el placer personal, en forma de venganza, de notoriedad, de poder o de enriquecimiento; actos todos ellos con el denominador común de hacer daño a inocentes.

Como el caso del Guardia Civil Ignacio González de Castro que viajaba en uno de los trenes del 11-M y que milagrosamente salvó la vida, si es que a lo que le ha quedado se le puede llamar vida. Escuchaba anteayer el programa el “Partido de las 12” de la COPE, en vísperas del 11-M, y me quedé literalmente helado siguiendo la entrevista que realizaron a este joven Guardia Civil que, aunque escapó a un fatídico final, nunca superará los hechos vividos, tal como él mismo iba explicando.

Impresionado por lo que iba contando, por la naturalidad de sus explicaciones, por la profunda indefensión y humanidad  que irradiaba, por su sinceridad hablando de los tratamientos, de las secuelas, de su lenta pero constante superación de los traumas y los recuerdos a través del deporte, no pude conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Llegado un punto los presentadores, como corresponde a esta tertulia diaria, llevaron el tema hacia el fútbol y hablando de una camiseta de Fernando Morientes firmada por todos los jugadores del Valencia que en su día le regalaron al joven Nacho, se incorporó a la conversación dicho ex jugador, algo que no solo alegró al pobre Guardia Civil, sino que me puso los pelos de punta tanto a mí como seguro que al resto de los oyentes y los tertulianos. Morientes, Guardia Civil de vocación, hijo, nieto y hermano de miembros del benemérito cuerpo, demostró una vez más su gran valía como persona, su sensibilidad, su capacidad de emocionarse, su humildad, conversando con el afectado como si se conocieran de toda la vida, dándole ánimos e invitándole a una sesión de entrenamiento en Valdebebas para dar una charla a los chavales que ahí se están formando. Nada planificado o intencionado, fue una reacción natural de una persona, honesta y sensible. De un Guardia Civil de corazón, como bien explicó.


Dijo Morientes al afectado, “yo quería ser Guardia Civil pero opté por el deporte y tu en cambio has tenido que dejar el Cuerpo y usar el deporte para recuperarte de los atentados….”

Estos pocos y emocionantes minutos fueron más valiosos para el joven guardia (y seguro que para muchos oyentes), que por culpa de unos desalmados y sus cómplices tuvo que prejubilarse a los 36 años, destrozado, traumatizado, muerto en vida, mucho más valiosos que todo el falso apoyo, soporte o ánimo que haya podido dar ningún ministerio, órgano o partido político en los últimos diez años.

Os recomiendo a todos dedicar unos minutos a escuchar la entrevista (clic aquí), no dudo que sentiréis lo mismo que yo.

Y como bien remató el siempre acertado Tomás Guasch al final de la entrevista, “personas como Morientes hacen que te sientas orgulloso de ser español y de ser su paisano”. 

Y yo añadiría, "y personas como Nacho". Y como tantos Guardias Civiles.

Ni olvido ni perdono.

Viva la Guardia Civil.




P.D. Os dejo algún enlace adicional que habla sobre esta persona. 


lunes, 3 de marzo de 2014

Badajoz no está en Osona

Entiendo que el críptico título de este artículo sembrará dudas acerca de su contenido. Intencionado es, por lo menos así conseguiré despertar la curiosidad de algún lector y con ello que lea más allá del titular, algo por desgracia poco habitual en un país de iletrados y alelados consumidores de titulares de un tamaño de fuente mínimo de 36 puntos, televisión barata, música repetitiva y placeres materiales carentes del mínimo contenido espiritual.
Este fin de semana pasado ha estado plagado de detalles, en lo bueno y en lo malo (cual compromiso de matrimonio), que me han  llevado a reflexionar un poquito sobre las personas, la amistad, el saber estar, la fidelidad, la compasión, la solidaridad.  Y a intentar trasladar esos pensamientos a una hoja de papel. Tarea harto difícil, por otro lado, al tratarse de sentimientos inconexos y puntuales, que tal como los sientes vuelven a desparecer. Como esos enamoramientos de barra y nocturnidad de los que al día siguiente te arrepientes mientras intentas echar de la cama al ser extraño que tienes a tu lado (en el peor de los casos)  y, haciendo el máximo ruido posible,  buscas el último y salvador “Espidifén” en todos los rincones de la casa, incluidas maletas y mochilas, objetos estos que suelen ser el refugio final de mecheros, medicinas, pañuelos, esponjas limpiabotas  y kits de costura requisados en el último hotel. Por lo menos en mi caso. 
Y no ha sido tanto una sesuda reflexión, sino más bien una nueva constatación de la enorme diferencia entre las personas normales, léase buenas, y los "joputas" que por desgracia tanto abundan en la sociedad actual.
Todo empezó con una comida “informal” con unos cuantos compañeros de trabajo en un mesón gallego en Boadilla del Monte (local ciertamente muy recomendable por su excelente relación calidad / precio, llamado O’Carro). Entre parrochas con pimientos de padrón, pulpo a feira,  fabas con almejas y unos buenos entrecots, el ágape (en su 2ª acepción de la Real Academia, porque ni somos de los primeros cristianos ni la comida tuvo un carácter religioso), el ambiente fue distendido, sin tensiones ni bandos enfrentados, la conversación fluyó de forma natural y sin más pretensiones que disfrutar de unos buenos manjares y pasar un rato agradable. Y así fue.
En algunos momentos me sentí trasladado a una de tantas comidas vividas con desconocidos peregrinos en los mesones de las pequeñas poblaciones que visitas en los diversos tramos del Camino de Santiago, en las que sin ningún tipo de intención comercial (o sexual)  oculta, sin jerarquías,  objetivos o tensiones simplemente se disfruta del lugar y del momento.  Gente normal reunida alrededor de una buena mesa. Primer momento dulce del fin de semana.
Salidos del restaurante, cada mochuelo se dirigió a su olivo, como es menester, y en mi caso, y dada la proximidad con Majadahonda, localidad en la que reside un amigo, me acerqué a visitarle. No habiendo autobuses hasta bastante rato más tarde, un simpático taxista que quizás advirtió mi cara de circunstancias y de frio debido al viento de la sierra que amenazaba con enfriar ese estómago recién calentado, se ofreció a llevarme por unos módicos 10 euros (cuando según él el precio con taxímetro oficial ronda los 15).  
Un detalle de agradecer, que me permitió plantarme en casa de mi amigo en pocos minutos y disfrutar de una agradable sobremesa que al final se alargó más de lo debido, supongo que por la necesidad de ayudar al proceso digestivo con los líquidos etílicos de rigor. No fuera a ser que me sentaran mal los manjares engullidos por una falta de componentes purificadores y disolventes. Llegado el momento de recular y volver a casa resultó que ya solamente quedaba un último autobús de línea, y que encima no estaba claro si ya había pasado por la estación o aún estaba por llegar. Por suerte no era el único en esta situación un poco desesperante, más aún si el remanente en mi cartera no daba para muchas alegrías, y una simpática chica con la que entablé conversación me propuso compartir un taxi hasta Madrid, vistas las pocas probabilidades de que el autobús de línea nos rescatara. En un visto y no visto nos plantamos en Moncloa, cada cual cogió su línea de metro correspondiente, y cual aparición mariana dicha señorita desapareció de mi vista y de mi vida. La escasa media hora que compartimos volvió a ser uno de esos momentos especiales, en los que dos desconocidos se ayudan mutuamente sin ninguna segunda intención, sin egoísmo y con una naturalidad tan poco frecuente en la vida diaria. Y hete aquí la primera razón para el título de este artículo: de la chica no recuerdo mucho, si era fea o agraciada (me imagino que más bien lo primero, sino hubiera insistido un poco más), mucho menos su nombre, pero si su ciudad de origen: era de Badajoz y trabajaba los fines de semana en un restaurante en Madrid para sacarse un pequeño sobresueldo. Obviamente podría haber sido de cualquier otro lugar, hasta catalana o vasca, pero la casualidad quiso que fuera de una de las provincias más agradables y sorprendentes que he conocido en los últimos años, habiéndola recorrido a pie de cabo a rabo siguiendo la Vía de la Plata. Tanto la provincia de Badajoz como la de Cáceres son unas joyas en todos los sentidos: su paisaje, sus pequeñas poblaciones, sus dehesas llenas de manjares andantes en forma de preciosos cerdos ibéricos, vacas blancas cacereñas, vacas retintas y ovejas merinas negras, sus ríos, riachuelos y cascadas,  sus valles y sus altos, pero, sobre todo, sus gentes, abiertas, sin pretensión alguna, con esa nobleza que atesoran las zonas rurales de nuestra piel de toro, tierras de honorables y cultos creadores, valientes conquistadores y bellas damas. Y de personas desprendidas prestas a ayudar al extraño sin pedir nada a cambio. Como otro compañero de trabajo originario de estas bellas tierras, que con la fidelidad como lema intenta siempre ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. Ejemplo hecho hombre de lo descrito con anterioridad.
Más momentos dulces del fin de semana. Para el sábado pintaban bastos. Uno más de los para mí ya tradicionales fines de semana en soledad, sin recursos económicos para grandes dispendios, sin planes concretos y limitados al descanso, la música y la lectura. Que bien pensado tampoco está nada mal, aunque se eche de menos un poco más de vida social y de calor humano. Pero como las alegrías surgen en el momento menos esperado, se juntaron una invitación de un amigo para celebrar el cumpleaños de su mujer, con el regalo por parte de un jugador de mi adorado RCD Español de 2 entradas para asistir al partido en Getafe. Visita relámpago al cumpleaños, que debido a la extensa y juguetona prole se celebraba en una guardería, con un rato de agradable conversación en mi idioma materno con un expatriado de Köln (Colonia) , buenas cervezas y mejores tapas, sobre todo las pechuguitas “villeroy” (del excelente restaurante Juan Luis de la calle Santa Engracia),
y un posterior y eterno desplazamiento con varios transbordos a Getafe, donde, como ya se está volviendo tradición,  pude disfrutar de la compañía de unos buenos amigos y un soporífero partido de esos que hacen afición a la inversa. Suerte tuvimos que se unieron al grupo varios grandes camaradas de Barcelona, por lo que a pesar del pobre espectáculo pasamos un rato agradable entre  “Shandys” (la única bebida con ligeros aromas alcohólicos, como bien nos explicaron los camareros del bar del campo), cánticos y recuerdos de un pasado en común que nunca se olvida. Tercer momento positivo.

Y ahora llegamos a la segunda parte del título y con ello a lo asqueroso y feo del fin de semana. Vaya por delante que en este caso pagan justos por pecadores, y que la comarca de Osona es una de las más bellas de mi querida patria chica, de ese Cataluña tan bonita y española que algunos mequetrefes manipuladores han conseguido convertir en objeto de odio y desprecio por parte del resto de los españoles, cuando ni su población ni su riqueza de todo tipo, cultural, paisajista e histórica, se merecen tal agravio,  causado esto encima por cuatro dementes amantes únicamente de sus privilegios y sus chanchullos.  
Pero para desgracia de esta comarca, y en concreto para San Hipólito de Voltregá, recibo el domingo un enlace a un reportaje sobre uno de sus habitantes y para más inri responsable de la sección local de “Omnium Cultural”, una de las históricas asociaciones pantalla culpables de todo el desaguisado separatista y receptora de mil y una subvenciones de los sucesivos desgobiernos tripartitos, nacionalistas y últimamente directamente separatistas; un malnacido que resulta ser uno de los autores confesos y condenados por el asesinato de un joven socio del RCD Español hace 23 años, y que encima se jacta en sus discursos y escritos de su hazaña  y anuncia más represalias contra los “fascistas” españoles. 

No había peor manera de acabar el fin de semana, más aún cuando venía de estar en compañía de varios socios del RCD Español que al igual que yo vivieron muy de cerca la desgracia de dicho asesinato y la constante chulería de los condenados durante el juicio y su posterior estancia entre rejas (a todas luces muy corta, visto el nulo arrepentimiento del perro rabioso éste). Que ahora tengamos que soportar a monstruos como éste campando  a sus anchas en instituciones financiadas por el poder nacionalista y encima amenazando a futuro al resto de la sociedad catalana que no comulgue con sus fanáticas, estúpidas, falsas e indocumentadas ideas, no es de recibo.

Dios no quiera que este movimiento separatista que tanto daño está haciendo cristalice en un enfrentamiento civil, porque claro está que despreciables seres como éste serán los que causen los peores estragos.

Siempre y cuando no acabemos antes con el perro para evitar la rabia.


Queda claro. Badajoz no está en Osona. Ni la rabia. Ni el perro.