miércoles, 22 de agosto de 2018

El trujamán



El descanso veraniego (aunque por su cada vez más corta duración podríamos llamarlo asueto) suele ser la época del año en la que los españoles leen más. Sobre todo en el caso de las féminas, tal como indican todas las encuestas, algo que quizás se deba a sus ganas de evadirse, a la carencia de tiempo libre durante el resto del año o simplemente a que su mente tiene otras prioridades frente a la simpleza del cerebro masculino. Y escribo esto convencido de que no hay diferencias entre hombre y mujer, sino entre personas, pero como está tan de moda enfrentar a ambos sexos en una estúpida contraposición, por no hablar de la suprema majadería (carente de cualquier base científica) de los múltiples géneros que van apareciendo cual setas en un húmedo bosque (creo que ya se han comido el alfabeto entero con el LGTBHIJKXZ), pues me apunto al carro y lo dejo caer. A estas alturas no voy a ser menos que los parlanchines, los “influencers”, los descerebrados podemitas, los garrulos nacionalistas y su nueva historia (ese perfecto oxímoron), los indigentes culturales Rufián, Garzón y Sánchez Castejón o que inútiles seudointelectuales como la Fallarás o la Talegón.

Mis lecturas para el verano se reducían a dos libros: “Devastación”, de mi amigo y camarada Juan Ricart, y “6 relatos ejemplares 6” de Elvira Roca Barea. Intenté empezar por “Devastación” pero tengo que reconocer que me fue imposible. La temática sombría (aunque tristemente real) no pegaba mucho con el espíritu alegre y veraniego, por lo que momentáneamente queda aparcado para los días grises, que no negros, que se avecinan (Juan, prometo continuar la lectura sin dilación). La segunda opción en cambio, “6 relatos ejemplares 6”, ha sido una gran y muy agradable sorpresa. Después de haber leído el anterior, exitoso y denso ensayo de la autora (“Imperiofobia y leyenda negra”) no me esperaba una prosa tan rica y unas historias tan entretenidas, divertidas e interesantes. Lectura ligera para la época de relax, pero con un trasfondo histórico que engancha. Os recomiendo encarecidamente su lectura.

Y leyendo este libro volví a descubrir, desde sus primeras páginas, nuevas palabras que con sumo interés apunté y busqué en el diccionario (cómodamente a mano gracias a la tecnología y al omnipresente amigo Google). Y me quedé prendado de la expresión que encabeza este artículo, trujamán. Entiendo que muchos de vosotros ya conocíais esta palabra, sobre todo aquellos de vosotros que sois lectores habituales, cultos y formados, pero yo la desconocía. Hasta publiqué un tuit al respecto. “Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, como bien expresa nuestro refranero. Y nunca es tarde para aprender, entender, descubrir.

Trujamán, según el diccionario de la Real Academia, tiene dos acepciones: “Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios”, e Intérprete” como segunda y más conocida definición. Tal cual leía su enunciación me sentí representado por ambas, aunque bastante más en el papel de intérprete. Y también pensé en el juego que daría esta expresión a amigos y enemigos: de trujamán a truchamán hay poco recorrido, pero gracias a Dios las variantes existentes cubren con creces la posible creatividad del gracioso de turno, que a falta de cultura solamente aporta chistes fáciles, cuando no insultos y desprecios. Son pues sinónimos de trujamán las expresiones dragomán, truchimán y trujimán. Y hasta podría usarse la más conocida “lenguaraz”, no por deslenguado, sino por hablar dos o más lenguas. En mi caso claramente aplicable. Mal que les pese a algunos soy un quintuple lenguaraz por los idiomas que uso y domino (en mayor o menor medida).

Este descubrimiento, junto a otras palabras que no soltaré ahora pero que guardo en un archivo llamado “palabras nuevas y raras” que mantengo desde hace años y que seguro usaré en algún escrito en el futuro, me llevó a reflexionar sobre la triste obsesión de tantas personas en aparentar saber algo, incapaces de mantener una conversación sin ser el protagonista, obsesionados en ser el centro de atención a base de contestar con un “si, pero, bla, bla, bla”, o directamente con un “no es así, bla bla bla”, como si el saber más o menos sea un desprestigio a ocultar o negar. Y hablo por experiencia: de joven tenía la misma obsesión, como casi todo el mundo, de ser alguien, de ser el protagonista, de sentirme importante, y todo ello me llevaba en muchos casos a ser un resabido, un sabelotodo.
¡Ojalá hubiera existido Internet en los años 80, sin duda hubiera sido el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro: el protagonista absoluto en todos los eventos

Pero esto te puede pasar cuando eres joven, en la adolescencia, quizás entre los 12 y los 18 años. Lo que no puede ser es que ya maduro, adulto, cuando no viejo a punto de jubilarte, sigas obsesionado con saber todo, con tener el coche más rápido, el miembro más largo, la piel más tersa, la ropa más cara o los títulos más prestigiosos (masters falsos y demás). Denota una falta de madurez, una inseguridad y una obsesión por el infantil “y yo más” y “tú qué” que al final no es que se haga pesada y cansina, al final hasta da pena y produce tristeza. Ver a personas cuyo único objetivo en la vida es inventarse su pasado, su presente y hasta su futuro, obsesionadas por no quedar mal, por ser el protagonista, es penoso. Y la culpa de ello, aparte de las propias limitaciones de las personas (que todos seamos iguales ante Dios no significa que todos tengamos la misma capacidad intelectual), recae obviamente en la sociedad que hemos creado, en la exaltación de lo superficial, lo monetario, lo físico, lo material, lo efímero, frente a los valores naturales, profundos, reales y eternos.

El capitalismo salvaje, y con ello el consumismo, la obsolescencia programada, las modas inducidas y la desvirtuación de las necesidades reales del ser humano, han creado y siguen creando estas mentes vacías, dóciles, limitadas, dirigibles, en resumen, esclavas de intereses totalmente espurios que solamente sirven a los intereses de los que manejan los hilos en la oscuridad. Ovejas aleladas al servicio del mal, ya sea capitalista, populista, nacionalista o consumista, ya sea una multinacional, una secta, un partido político o una religión mal interpretada y peor aplicada.

No creo que necesite dar ejemplos. Desde las largas colas nocturnas para comprar el nuevo modelo de teléfono móvil hasta la plantada obsesiva de lazos y cruces amarillos,la mención continua de un tal Francisco Franco que murió hace casi 43 años, la negación de la historia o la invención de la misma (Colón era catalán dicen los enfermos lazis), los programas de TV zafios cuando no vomitivos como Sálvame, todo ello son síntomas de esa inmadurez, de ese infantilismo, de esa limitación intelectual que padece la sociedad.

Despertad. Despertemos todos. Y leed (que no leer, que para algo existe el imperativo). En caso contrario, pues idos a la mierda (“iros” en cuanto la RAE acepte la nueva variante por imposición popular, o populista).


martes, 24 de julio de 2018

Summer in the city o el esplín del verano


Todos sabemos que el cuento de quedarse en verano en la ciudad disfrutando de la tranquilidad, la ausencia de tráfico, la facilidad de aparcamiento o la posibilidad de visitar museos y monumentos sin hacer colas es justamente eso, un cuento.  Por no hablar de los romances y aventuras que dicen que se suelen vivir en esta época del año. Como si el estío en la gran ciudad fuera un continuo “Sueño de una noche de verano” en el que Hermias, Helenas, e Hipólitas danzan ligeras de ropa a nuestro alrededor cautivadas por nuestra simpatía y encanto.

Esa soltería veraniega mitificada en España con la expresión “estar de Rodríguez”, que bien define la RAE como “hombre casado que se queda trabajando mientras su familia está fuera, normalmente de veraneo”, y que al final acaba siempre en tediosas tardes delante del televisor, largos paseos para encontrar una panadería o un bar abierto en el barrio y un spleen absoluto que se va apoderando del pobre Rodríguez, del Martínez, del Pérez y hasta del Martí. Si por lo menos tuviéramos un avión Falcon a mano para cumplir con nuestra agenda cultural. Pero ni eso. Como mucho tenemos a amigos detectives que de forma altruista nos financian alguna que otra fiesta. Bienvenidas sean.  

Hot town summer in the city
Back of my neck getting dirty and gritty
Been down, isn't it a pity
Doesn't seem to be a shadow in the city
All around people looking half dead
Walking on the sidewalk hotter than a match head

cantaban los Lovin’ Spoonful en 1966 (canción posteriormente versionada con éxito por Joe Cocker en 1994), en una más de tantas canciones veraniegas que han marcado nuestra vacaciones desde pequeños. Esos “hits” de sol, playa y felicidad que en muchos casos solamente servían para dulcificar la realidad de los meses veraniegos:  un calor insoportable, la marabunta cubriendo la playa y la prometida felicidad atrapada en algún embotellamiento a la salida de la ciudad o a la entrada del lugar de veraneo.  

Y eso que, rememorando mi infancia, adolescencia y juventud, los veranos tampoco fueron tan malos. En clara dependencia de donde caía la bola de la ruleta en las semanas previas a la época estival, si en rojo, par y pasa o en negro, impar y no pasa, las vacaciones familiares siempre tenían algo de sorpresa. Como las vueltas de la maldita bolita. De no hacer nada y quedarnos encerrados en el piso de la Avenida de Sarriá con el triste consuelo de poder ir a bañarnos a “Piscinas y Deportes”, a disfrutar de una torre o apartamento de lujo en la cercana costa distaban pocos números. Pero como
la mente infantil y juvenil es más olvidadiza que la expresidenta Cifuentes con las pruebas de su máster, que el rey felón con sus comisiones y demás tropelías o que el nuevo ladronzuelo Rubial con el origen del dinero para las reformas de su piso, al final los recuerdos que han perdurado de los veranos son todos positivos.

Desde los divertidos y frescos veranos en el hotelito “Burg Waldeck” en Heiligkreuzsteinach, en el Odenwald alemán, pasando por los apartamentos en Gavá o Castelldefels, alguna estancia excepcional en Calella de Palafrugell o Begur, los inolvidables veranos en Vilafortuny en casa de mis tíos José María y Montse, hasta los dos veranos trabajando como “student helper” en Elstree, Newbury, Inglaterra, o la temporada gloriosa de animador turístico en Arenal d’en Castell en Menorca, todos y cada uno de estos periodos estivales han dejado recuerdos imborrables. Po no hablar de los maravillosos 9 años disfrutando de “l’estate” en el Bondano, en Marina di Massa, entre playa, agua hirviendo para la pasta, paseos por los “mercatinos”, la batalla de sandias por “Ferragosto", los concursos de pizzas y las siempre bonitas excursiones por las “Cinque Terre” o los Alpes Apuanos. Tempus fugit.




De ahí que me invada ese esplín (adaptación al español hecha por la RAE) que nombraba arriba, expresión francesa de origen inglés que viene a significar más o menos una “melancolía sin causa precisa”. Cuya etimología viene de la falsa creencia de que el bazo (spleen) segregaba una bilis negra maligna. Pues no será el bazo, ni será la bilis, pero la melancolía sin causa precisa sí que está presente. Y no por ser verano. Creo que es un estado ya perenne del que solamente nos librará la muerte. O la lotería.

Pero bueno, dejémonos de esplines y demás tristezas varias. Tiremos de las canciones del verano, de los recuerdos, de la ilusión de recibir la semana que viene la visita del ilustre Perales y de la posterior semana que, Dios mediante, pasaré bien acompañado en la playa disfrutando de arroces varios, sardinas y cervezas bien frías en sus jarras de barro.

Y quién sabe… igual será otra canción la que marque el verano del 2018. Nunca se sabe.

Feliz verano tengáis todos.

Summer loving had me a blast
Summer loving happened so fast
I met a girl crazy for me
Met a boy cute as can be
Summer days drifting away to oh oh the summer nights


lunes, 25 de junio de 2018

Kanaken on tour



El viernes 22 de junio tocaba viajar vía Berlín a Leipzig, la llamada “ciudad de la literatura y la música”, para ver de nuevo a los Böhse Onkelz en acción. Con un tiempo desapacible y un notable cansancio acumulado, debido sobre todo al partido de la selección del miércoles anterior y a la posterior fiesta privada de reconciliación que acabó a las tantas de la madrugada en mi nuevo hogar, el viernes a las cuatro de la mañana nos pusimos en marcha rumbo a la capital de Alemania.

Berlín, esa ciudad mitificada por tantos, ciudad de nacimiento de mi madre y otrora capital de un reino que iba a durar varios milenios, pero que acabó pasto de las fuerzas de ocupación y de sus hordas de violadores, nos recibió con lluvia y frío. Nichtsdestotrotz (en cristiano “a pesar de todo”) sentía una enorme ilusión de pisar tierras germanas, de reencontrarme con esa parte de mi sangre, cultura y herencia, y de disfrutar de unos días de risas, música y buenas cervezas. 
Risas y música hubo, pero en cuanto a las cervezas, como bien puntualizó a la vuelta el amigo Ramiro, fue un desastre. Ni las pocas que tomamos en Berlín ni las muchas que probamos en Leipzig cumplían con lo esperado. Se salvaron algunas, la siempre segura y muniquesa Agustiner del primer bar y la Ur-Krostizer de la comida del sábado. Esta última una clásica cerveza sajona de una fábrica fundada en 1534, es decir 18 años después de la promulgación de la norma de pureza (Reinheitsgebot). Y aunque no llegue a la antigüedad de la imaginaria nación catalana, que por lo que dicen los enfermos “lazis” iluminados ya va por los dos milenios, se dejaba tomar. En resumen, donde esté una Mahou que se aparten las demás.

La visita a Berlín fue lo más parecido al temido “Blitzkrieg” del tito Adolfo que uno pueda imaginar. Paseo en coche, mini receso con fotografías en la Puerta de Brandemburgo, y salida de la ciudad enfilando la autopista a Leipzig. Ni la toma de Holanda en 1940 duró tan poco. 

El viaje por una de las tantas autopistas que cruzan el Reich de norte a sur y de este a oeste (o como rezaba la primera estrofa ahora prohibida de la “canción de los alemanes”, del himno nacional hoy mutilado: “Von der Maas bis an die Memel, von der Etsch bis an den Belt”), se tornó en un martirio debido a las inclemencias del tiempo y a las múltiples obras que interrumpían cada tantos kilómetros las ansias de Antonio de pisar a fondo. Pero no hay mal que por bien no venga: esta vez no pasamos el miedo de circular por encima de los 220 km por hora. Aunque al final el trayecto de 188 km que nos separaba de Leipzig se nos hizo pesado. ¡Qué le vamos a hacer! El verano se usa en todo el mundo para realizar esas obras que las inclemencias del tiempo impiden en otras épocas del año. Y a nosotros nos tocaron. Las obras y de paso también las lluvias. Menuda bienvenida a la vieja Sajonia. A Sachsen.

Bajo la incesante lluvia entramos en la triste y gris ciudad de Leipzig. Se trataba de mi primera visita a la otrora llamada DDR (la RDA en español), la parte oriental de Alemania ocupada por el pernicioso y genocida comunismo, y no hizo más que confirmar mis sospechas: el retraso social, cultural, económico y hasta de comportamiento y aspecto físico, sigue latente. Edificios gigantescos en estado ruinoso, amplias avenidas con nula vida y menos decoración y unos habitantes huraños y carentes de un mínimo de empatía, daban muestra de que aún queda mucho por hacer en esta parte de la otrora gran nación. O por recuperar. Que nunca se sabe cuándo volverá a salir el sol. 
Teniendo en cuenta que Leipzig era conocida años ha por ser cuna o lugar de creación de inmortales escritores como Goethe y Schiller, o de magistrales compositores como Bach y Wagner, su imagen actual deprime bastante. Lo único que se salva, como en casi todas las ciudades alemanas, es el coqueto y bien cuidado centro peatonal, con sus iglesias y plazas, sus cafés y restaurantes bien decorados, sus inevitables tiendas de marcas globales y la incesante circulación de autóctonos y turistas en busca del suvenir en forma de fotografía o postal, de una Bratwurst o una Currywurst a pie de calle, de una cerveza decente y de una camiseta de Zara a buen precio. La maldita globalización que convierte cualquier rincón del mundo en el mismo parque temático: un poco de cultura local, normalmente superficial y a todas luces artificial y un mucho de moda y accesorios a buen precio. La sociedad para borregos que nos ha impuesto el Sistema. Como si viajas por Italia. O por Francia. O por Tailandia. O por España. Más de lo mismo. Lamentable.

Llegamos al hotel y en vista de la falta de alegría del entorno nos dedicamos al “dolce far niente” en los salones del hotel a la espera de la llegada del resto de la banda. En cuanto nos juntamos todos hubo reparto de abrazos, camisetas y fanzines y un feliz reencuentro con un gran amigo (después de una a todas luces injusta ausencia de dos años), y con el tranvía que teníamos a la puerta del hotel nos dirigimos al concierto, que se celebraba en la “Messe” de Leipzig, es decir, en el recinto ferial.



Llegados al lugar, nos encontramos con el otro grupo de amigos que venían de Barcelona (gracias Miguel Angel por acogerme una noche en vuestro hotel), pillamos la pertinente pulsera de acceso y nos encaminamos al descampado en el que se celebraba el concierto de este año. El “Barrio” con sus tenderetes, tatuadores y un pequeño escenario (en el que tocaban varias bandas, entre ellas los propios Onkelz haciéndose pasar por banda de versiones, sin que nosotros lo supiéramos (yo por lo menos no lo sabía y lo he descubierto en una buena crónica que publicó ayer por la tarde el periódico local y que podéis leer traducida de forma automática por Google aquí: https://goo.gl/pyPVHK ), abrían paso al escenario principal, en el que nos situamos de forma estratégica entre una barra y una pantalla y no demasiado lejos de los rudimentarios y sobrecargados aseos. La experiencia de tantos años de conciertos de “La Familia” se nota.


Del concierto poco hay que decir. Siendo seguidores acérrimos de esta banda importaron poco los errores, el cambio total del “setlist” que con tanta ilusión había incluido en el fanzine o las intermitentes lluvias que nos acompañaron en las 2 horas y pico de eternas y sagradas canciones. Algún vómito, alguna bofetada, alguna ensaimada volando y muchas risas nos acompañaron mientras coreábamos (“la Familia” en su perfecto alemán) las tan conocidas canciones. Y al igual que en los conciertos de otras grandes bandas, el contraste entre la letra de su canción "Religion"hablando mal de nuestra fe,  y la liturgia sustitutiva que significan cada una de sus canciones fue brutal. Ni los músicos ni los seguidores quieren saber nada de la religión, sus ritos y sus cánticos, pero cada una de sus canciones genera bien ensayados movimientos, gritos y coreografías seguidos por miles de personas sin rechistar, más bien disfrutándolo. Está claro que las sociedades no pueden vivir sin religiones, y en este caso la “Fe” se llama “Böhse Onkelz”, los oficiantes son la banda, los creyentes nosotros, los sacramentos se toman con una cerveza en la mano, las confesiones se celebran orinando frente a una valla y el agua bendita cae del cielo. Lo más parecido a una misa de domingo. Aunque fuera viernes.

Sin más incidencias que destacar finalizó este primer concierto y nos encaminamos a la estación del tranvía para volver al centro. La entrada en los abarrotados vagones fue terrible, una verdadera batalla, y encima acabó con un desagradable incidente entre un borracho alemán que se dedicó todo el viaje a insultarnos, provocarnos y buscar seriamente un conflicto. Al principio aún intenté ejercer de traductor, pedirle disculpas (que no hacían falta), e intentar calmarle, pero el inaguantable elemento no paraba de insultar, llamándonos de todo, desde cerdos hasta violadores, acabando por usar una palabra que hace tiempo que no oía, “Kanaken”, la forma despectiva que utilizan los alemanes para referirse a los inmigrantes, en especial a los turcos. Por suerte la experiencia y paciencia de la mayoría del grupo evitó males mayores, ya que la chispa pudo prender en cualquier momento y acabar en tragedia. Sin mayores problemas, pero con un amargo regusto, llegamos de vuelta al hotel.
Así acabó el primer día.

El sábado nos volvió a recibir con un cielo encapotado y la lluvia cayendo sin cesar, y poco más pudimos hacer que pasear por el centro, probar alguna salchicha y hacer tiempo hasta la tarde. Intentamos comer en el “Agustiner”, pero fue imposible por falta de mesas (y por la negativa del soso camarero a juntar 2 mesas de cuatro), y finalmente acabamos en un restaurante más normal, con una comida normal, una cerveza normal (pero tolerable, la Ur-Krostizer nombrada al principio), una camarera más guapa de lo normal y muy educada y una cuenta normal teniendo en cuenta lo que tomamos. Todo normal. Menos el agua del florero que se tomó uno. Aunque fuera por fuerza mayor.
Y fuimos a por la segunda parte. Esta vez unos cuantos fuimos en coche por tener que salir directamente hacia Berlín al acabar el concierto, nos encontramos de nuevo ante la bonita “M” de Matapaloz, se unieron los que llegaban ese día desde Berlín y vivimos el segundo concierto sin mayores sorpresas, con muchas y queridas canciones, con menos cervezas y más errores de los músicos, y la noche acabó de forma correcta. Lo bonito, al igual que en el concierto del año anterior, fue tener al lado a una familia de pelo rizado y sonrisa en los labios en la que padre, madre e hijo adolescente compartieron la noche cantando, bailando y disfrutando. De padres a hijos. Familia y tradición. Lo que nos gusta a todos.


Otro Matapaloz, otra ciudad, la misma historia. Y las que quedan. Dios mediante.

De la vuelta poco que contar. Autopista eterna, aeropuerto cerrado y espera interminable desde las 2 hasta las 7, salida puntual y llegada a una calurosa ciudad de Madrid a media mañana. Cansados, agarrotados, roncos, hambrientos. Quizás un poco resacosos. Aunque menos. La calidad de la cerveza y la ausencia de alcohol de mayor graduación ayudó a reducir el consumo. O igual fue la edad. O ambas cosas.

Volveremos. Sin duda. Los “Kanaken” seguiremos de gira. Y si hace falta con nuevas camisetas. Y con fanzines. Y con adhesivos y banderas. Se llama vivir.

P.D.: Muchísimas gracias a todos por la compañía, las risas y la paciencia. Un placer viajar, beber y cantar con vosotros.


jueves, 26 de abril de 2018

Agotados de esperar el fin


Viejas caras, nuevas caras,
pero las mismas cabezas.
¿Qué les empujará?
No viven, solo esperan.
Están agotados de esperar.

Du sollst mit dem Tode zufrieden sein,
Warum machst du dir das Leben zur Pein?

Decía Goethe en uno de sus famosos aforismos: “Confórmate con la muerte y no conviertas tu vida en una tortura”. 
¡Qué fácil decirlo y qué difícil cumplirlo! Tan difícil que ni el genio alemán siguió su propia recomendación de acelerar su muerte y aguantó vivito y coleando hasta los 82 años para morir de un vulgar infarto.
Maldita y cíclica es la desesperación que nos ataca de tanto en tanto. De pequeños, de jóvenes, de adultos, de ancianos: no hay edad en la que por hache o por be de golpe nos sentimos vacíos, cansados, vagando sin rumbo, buscando razones a la sinrazón, maldiciendo a diestro y siniestro, renegando de la vida, de los amigos, del clima, del tráfico, de la supuesta cerveza que nos han querido colar en un bar y de la última rubia que vino a probar el asiento de atrás.

Pero hay cosas peores. Mucho peores. Porque nuestra desesperación, la del yoyó, la del materialista y exagerado egocentrismo, se ha convertido en un mal general. Ya no somos personas individuales que estamos hartas de esperar el fin, es la sociedad en su totalidad la que deambula por este planeta antaño llamado azul, implorando que llegue el anunciado apocalipsis cuanto antes. Un planeta negruzco, lleno de humo, de maldad, de sombras, de penumbra, de nubarrones oscuros que tornan el precioso azul celestial y el verde del mar en una amalgama de grisáceas mentiras y negras realidades.

Solamente hay que fijarse en las absurdas y rocambolescas historias que estamos viviendo hoy en día en Cataluña y en el resto de España: empezando por el cuento del “prusés” y el maldito montaje separatista, que no es más que una burda campaña para encubrir 30 largos años de latrocinio, pasando por la nueva historia española y mundial (esa desmemoria histérica) que cuatro lelos mal formados están redactando a toda prisa para justificar la inversión de la verdad con un “donde dije digo, digo Diego”; los tejemanejes, las rencillas, las mentiras y las puñaladas traperas de una clase política y unos sindicatos que obviamente no representan a nadie desde hace muchos años; la existencia de cargos públicos muy bien pagados pero con menos cerebro que el pulpo Paul, como Echenique, Colau, Rufián, Tardá, Pablo Iglesias y su concubina Irene Montero, o cualquier otro de los 350 diputados del Congreso, los 266 senadores y los miles de alcaldes y concejales. ¡Qué aquí no se salva ni el tato!

Dejémonos de siglas, de ideologías y de banderas. Son todos de la misma banda: ni los hermanos Dalton, ni Ali Babá y los 40 ladrones, ni Al Capone, ni el Lute, ni el Vaquilla, ni el Dioni, ni Ruiz Mateos y su prole, ni los líderes de la nefasta, asesina y ladrona Segunda República Española, ni los mangantes de Matesa o del Fórum Filatélico, ni Idi Amín en su peor época, ni las tan abundantes y falsas oenegés de foto lacrimógena (y seguro que falsa), comida y comisión: ninguna de estas bandas de malhechores llega al nivel de la chusma que nos dirige, manipula y roba hoy en día. De forma estructurada, normalizada, jerarquizada y supuestamente elegida por nosotros, el estado, la clase política y su entramado político-financiero-asociado-interesado nos llevan por donde quieren, se ríen de nosotros en sus reuniones de trabajo, sus consejos de administración, sus congresos, sus comisiones, sus cursos de formación, sus falsas primarias, sus sesiones de coaching ejecutivo, sus viajes solidarios…es decir, en sus continuas fiestas y bacanales, y cada tantos años se disfrazan de corderitos para soltar sus cuatro frases infantiles (pero adecuadas y dirigidas a esta nuestra sociedad inculta e idiotizada), para seguir viviendo unos años más (y mejor) a costa nuestra.

Nuestro día a día en esta sociedad tan enferma se reduce al sensacionalismo, al meme del día, a lo superficial, a lo efímero. Al clásico “y yo más” y el “y tú qué”, a denunciar a tu mejor amigo para ganarte el favor de alguien, a guardar vídeos o información comprometida para poder chantajear en el momento oportuno, a mentir sin pudor alguno ante los cómplices medios de comunicación (cuando no instigados y dirigidos directamente por ellos y su imperiosa necesidad de ganar audiencia), a cambiar de bancada, de bandera, de religión y hasta de sexo por un par de duros y algún enchufe de provecho (en esta triste Expaña cambiamos de todo menos de equipo de fútbol, esa sagrada fe patria que está por encima de todo lo demás). Así nos va.

Nuestro día a día gira en torno a todo lo superfluo, cuando la vida de un ser humano en una sociedad teóricamente avanzada debería de centrarse en valores eternos, en el amor al prójimo, en la familia, en la cultura, en la ciencia, en la música, en el honor, en la solidaridad, en la generosidad, en la empatía, en la aportación de algunos granos de arena al bien común.

¿El bien común? A quién cojones le importa el bien común. De lo que se trata es de vivir lo mejor posible… y a poder ser sin trabajar. Poca diferencia hay hoy en día entre los mafiosos, los delincuentes profesionales, los pícaros de toda la vida, los embaucadores, los vividores y los cientos de miles de políticos que pasean sus cochazos y sus modelitos (comprados con el sudor de nuestra frente y nuestros impuestos) por nuestra sagrada tierra, soltando nauseabundas y variables mentiras, cual veletas en lo alto del campanario. Y si sumamos a toda esta cohorte de garrapatas de la sociedad a los líderes del entramado económico, a los poderes ocultos de la banca internacional, a la masonería, a los organizadores de Eurovisión y a los burdos cantantes que nos representan este año, a los dictadores de Bruselas y su falsa Europa, a los bares que sirven Heineken o a los estados racistas e imperialistas. ¿Qué bien común vamos a encontrar? Cero patatero.

No vivimos, solo esperamos. Estamos agotados de esperar.

P.D. Pero mientras esperamos y desesperamos siempre podemos intentar hacer sonreír a alguien, beber una o varias cervezas de verdad, escuchar unas buenas canciones y conocer a personas que aportan algo a la sociedad. Como nos pasó por ejemplo el otro día en una clase / exhibición de swing.  O en el entrañable bar la Isla. Valor añadido.


lunes, 19 de febrero de 2018

Acomplejados


Como suele pasar en nuestra santa tierra, cada vez que aflora el patriotismo por algún lado, ya sea por un éxito deportivo, una reacción popular frente al separatismo excluyente o como en este caso por una simple y bien intencionada versión cantada de nuestro himno nacional, se arma la de Dios.

Los alérgicos a cualquier cosa que suene a España que se rebelan cual enfermos psicóticos y buscan ridiculizar el hecho, sea el que fuere, con tal de no tener que comulgar con los “patrioteros”, los “fachas” y los casposos derechistas que según ellos son los que andan detrás de cualquier gesto que demuestre amor por nuestra tierra.

Los “intelectuales” de siempre, los de la “gauche divine”, del diario “El País” o del “Jotdown”,  que en su incomprensible complejo de superioridad se creen los únicos portadores de valores universales y dueños absolutos de la historia, la inteligencia, la cultura y de esa “su” España,  que en el fondo se limita a cuatro frases hechas de filosofía barata, dos o tres poetas idolatrados (de los que igual no conocen ni sus obras completas) , cuatro o cinco oenegés de poca utilidad real (cuando no corruptas y viciosas) pero de mucha y rentable imagen pública, una carrera  universitaria o musical labrada con el dinero de sus padres de alta cuna, un par de discos de Bob Dylan que igual ni han escuchado enteros, sus clases de pilates o de meditación, su comida vegana (aunque a escondidas se atiborren de jamón del caro), sus viajes a la India o el Nepal para tuitear fotos sensibleras con camisetas de Ghandi o Martin Luther King, y la asistencia a algún que otro festival de cine o de teatro de dudoso nivel pero buenos canapés.

Los retrógrados comunistas, los violentos separatistas, los filoterroristas, los terroristas de pleno derecho y demás seres inmundos que por desgracia pululan por nuestra piel de toro, que dentro de su inutilidad total y su nula aportación al bien común, utilizan hechos de este tipo para cargar contra todos y todas, insultar a diestro y siniestro y sacar su envidia, su rabia y su maldad por todos los poros de su cuerpo, en línea con la falta de higiene física y mental que llevan arrastrando desde hace siglos.

Y finalmente los aprovechados, los políticos profesionales, que por carecer de verdaderos ideales se agarran a cualquier clavo ardiendo con el único objetivo de arañar un voto aquí y otros pocos allá. Y si el clavo ardiendo coincide, como en este caso, con una situación de claro auge del patriotismo popular y sensato del verdadero pueblo español, mejor que mejor para sus tan poco nobles intereses. Es decir, para perpetuarse en el poder usando todas las artimañas posibles, usando canciones, éxitos  deportivos, empresariales o culturales para un único y poco patriótico fin. Su partido y las prebendas asociadas.

Y en el fondo todos ellos no son más que unos tristes acomplejados, incapaces de sentir como el pueblo llano, de llorar sin intención sino simplemente por emoción, seres sin la hombría suficiente para mostrar sus sentimientos, reconocer sus culpas, liberarse de sus demonios, de su incultura y de su materialismo y de abrazar, de forma sincera, sana y simple, el amor a España

Que nos es nada más que eso: el amor a la tierra que nos vio nacer, a la que debemos todo y de la que tenemos que sentirnos orgullosos.

Y por la que trabajamos día a día.

¡Viva España!



P.D.: Solamente les ha faltado a Albert Rivera y Mariano Rajoy decir que siempre han sido muy del rugby.

P.P.D: Hoy martes día 20/2/18 el siempre genial José María Nieto publica esta viñeta en el ABC. Complementa y al mismo tiempo resume perfectamente lo escrito arriba.


P.P.P.D.: Gracias Marta por esta letra, que por mucho que la tachen de cursi, interesada o infantil, nos ha gustado a muchos compatriotas tuyos. A mí por lo menos.


Vuelvo a casa, a mi amada tierra
la que vio nacer un corazón aquí.
Hoy te canto, para decirte cuanto orgullo hay en mí,
por eso resistí.
Crece mi amor cada vez que me voy,
pero no olvides que sin ti no se vivir.
Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón
y no pido perdón.
Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí,
honrarte hasta el fin.
Como tu hija llevaré ese honor,
llenar cada rincón con tus rayos de sol.
Y si algún día no puedo volver,
guárdame un sitio para descansar al fin.

lunes, 12 de febrero de 2018

El tonto del pueblo


Por edad pocos de vosotros recordaréis la serie “Crónicas de un pueblo” que se emitió en TVE entre 1971 y 1974. Pero seguro que os han hablado de ella vuestros padres o abuelos, o quizás hayáis visto algún reportaje o leído algún artículo sobre esta “supuesta” antigualla, que por arte de magia siempre acaba volviendo a nuestras vidas. Como “Verano Azul”. O “Curro Jiménez”. Hay cosas eternas, inmutables: como la biología o la historia, que por mucho que intenten reescribirlas, manipularlas, obviarlas o negarlas, al final siempre prevalecen. Verdades. Y esto le duele mucho a determinados elementos. Y elementas. A los progres sobre todo. Y a los autodenominados “intelectuales de izquierdas” (¿oxímoron?) , que no son más que catetos que aprovechan su mínima preparación para manipular y engañar a los demás catetos.

Dicha serie costumbrista narraba la vida cotidiana de un pueblo, con sus anécdotas y sus problemas, sus alegrías y sus penas, reflejando la realidad social a través del elenco de personajes que aparecían en cada uno de los episodios: el cura, el Guardia Civil, el cartero, el alcalde, el maestro…, en resumen, todos aquellos arquetipos que permiten describir la realidad social de una época y de paso inyectar en los ciudadanos la necesaria dosis de educación y de moral. Así los episodios se convertían en pequeñas fábulas que abrían los ojos a las personas, les hacían reír, llorar, pero también reflexionar, lo cual les ayudaba a entender.

Lo que no recuerdo muy bien es si en la serie aparecía el tonto del pueblo. Igual no. Tampoco eran momentos idóneos para retratar una España negra, inculta, palurda, retrógrada y llena de tontos del pueblo. La época olía a apertura, a transición, a cambios, a una “supuesta” libertad, a Europa, y no hubiera sido de recibo echar piedras sobre nuestro propio tejado dando detalles de nuestro evidente retraso social y cultural. O quizás no fuera retraso, visto lo que tenemos que aguantar hoy en día en esta, según dicen, sociedad avanzada y culta. Ahí cada cual.

Pero dejando a un lado esa entrañable serie, bien sabemos todos que los clásicos personajes que deambulan por los pueblos (y por los barrios de las ciudades, no vayáis a creer que por vivir en la ciudad se arregla todo) siguen ahí, invariables, inmutables, insustituibles. El bocazas, el listillo, el santo (y casi siempre primo al mismo tiempo), el borrachín, el niño bien, la guapa recatada y la menos guapa pero de moral distraída. Y, como protagonista absoluto, culpable de todos los males, victima propiciatoria de todas las bromas, teníamos, y seguimos teniendo, al tonto del pueblo. Con su boina mal calada, sus pantalones o bien demasiado cortos o bien extremadamente anchos, sus orejas de soplillo, sus uñas con una ancha banda de mugrienta suciedad como si fuera de luto todos los días, su tartamudez, cojera, ceguera o cualquier otro defecto físico.

Era y es el personaje necesario en toda sociedad que se precie. Alguien a quien echar las culpas, a quien hacer responsable de nuestros fracasos, de los hurtos, del calor y del frío, de nuestra propia incapacidad, de nuestros traumas y de nuestros complejos. Como los niños asilvestrados que de tanto en cuanto aparecían en algunas sociedades y que de inmediato se convertían en el chivo expiatorio de todos los males y culpas del lugar. Como Kaspar Hauser en Baviera a principios del siglo XIX.

Pero se da el caso que en muchas ocasiones ese “tonto del pueblo” de tonto no tenía nada. Era diferente, era callado, igual era un poco feo, tendría algún defecto físico o hasta psíquico (igual no era nada más que autista o quizás un superdotado), o simplemente era una persona tímida o soñadora. Cualquier situación es posible. Pero por desgracia, como bien sabemos, la sociedad como conjunto marca a las personas, las estigmatiza, las señala, las aparta, las humilla. Injustamente en muchos casos. Igual en la mayoría de ellos.

Hasta que gracias a Dios llegamos a nuestra gloriosa, culta, tolerante y avanzada época. A nuestros días. Al año del señor de 2018. Al mes de Febrero.  Y de pronto ya nadie nos puede echar en cara de que somos injustos por llamar a alguien tonto. De estigmatizar a alguien por sus defectos, por su apariencia, por su dicción incomprensible, por su incultura o por su falta de higiene personal. 
Por fin tenemos la evidencia de que verdaderamente existen los tontos del pueblo. Bueno, me corrijo para que las mujeres no se quejen de su visibilidad: definitivamente existen las tontas del pueblo

Hemos tardado muchos siglos en descubrirlo, pero ahí está la evidencia.

Por lo menos una tonta del pueblo existe. Y encima es muy tonta. Y se llama Irene. Irene Montero. O Montera. La portavoza. 




P.D. Seamos justos. Basta de discriminación positiva. También existen los tontos del pueblo. 



jueves, 8 de febrero de 2018

Expaña


Siempre he tenido la intención de escribir un artículo, un relato corto o hasta un libro dedicado a la letra EÑE, tan característica y representativa de nuestro querido idioma (aunque no sea una letra exclusiva de nuestra lengua, ya que también es parte de muchos otros alfabetos como el asturiano, el aimara, el bretón, el bubi, el gallego, el chamorro, el mapuche, el filipino, el quechua, el guaraní, el otomí, el mixteco, el papiamento, el rohingya, el tagalo, el tártaro de Crimea, el euskera, el zapoteco y de otras muchas lenguas minoritarias).
Si hasta he pensado infinidad de veces en tatuarme una preciosa eñe en alguna parte de mi avejentada piel.

Como bien canta “Hispánica”:
Tinta negra en mi piel
Son recuerdos del ayer
Una vida, un sentimiento, una historia y un porqué
Tinta negra en mi piel
Aún recuerdo lo que fue
Una idea, una lucha, un deber

Porque más allá de ser una letra muy nuestra, la eñe es claramente un símbolo del hispanismo, de ese concepto integrador y motor de la evolución social, científica y cultural durante los muchos siglos en los que el Imperio español aportó tantas cosas buenas a la humanidad (frente a las mentiras de la “Leyenda negra”, auspiciada, inventada y utilizada a destajo como arma contra nosotros por ingleses y franceses, nuestros históricos y tan mentirosos enemigos). La maldita envidia de unos y de otros. Pero bueno, eso es harina de otro costal sobre lo que se han escrito un sinfín de tratados. Tampoco soy yo una autoridad para desgranar la historia de España y de Europa en un simple comentario en este cuaderno de bitácora. Suficientes maestros y eruditos tiene el hispanismo para alumbrar lo bueno de nuestra historia. Como por ejemplo María Elvira Roca Barea en su magnífico ensayo “Imperiofobia y leyenda negra”.

Pero por desgracia hoy iba a escribir sobre otra cosa. Sobre el prefijo “EX”. Y sobre Expaña, título de este artículo, que refleja la maldita realidad en la que vivimos: España ya no existe. Por lo menos la España que fue, que amamos, que soñamos y que visto lo que hay se perderá irremediablemente en la vorágine de la Europa actual y en la basura de sociedad carente de valores en la que nos ha tocado vivir. Y ya es extraño que la “Real Academia de la Lengua” acepte tantas nuevas (y muchas veces ridículas) palabras y no añada de una vez “Expaña” a su tan preciado diccionario. Si ya existen en el DRAE más de 8.800 palabras que empiezan con el prefijo “ex”, no nos viene de una más, digo yo.

 Expaña con una única acepción:
1. m. Nación que una vez fue y que entre todos se cargaron.

Vamos pues a por el maldito prefijo “ex”.

Una Expaña expuesta a las excentricidades (siendo benévolo) de mil y un payasos (siendo más benévolo aún).
Una Expaña en la que los exabruptos de políticos, pseudoartistas, pseudoperiodistas y demás ralea sobrepasan día sí día también la mínima educación en un país antaño culto y educado.
La exasperación que produce aguantar las sandeces que sueltan inútiles como Rufián, Irene Montero, Eche-Nike, personajes que parece que usen el excretor en vez de la boca.
La exuberancia con la que vive el fugado iluminado Puigdemont en Waterloo (acaba de pedir unos pocos millones de Euros para mantener su alto nivel de vida, su mansión y sus cenas a base de buenos vinos, mejillones y jamón patrio).
Las mil y una excusas que usan tanto Podemos como Ciudadanos para cambiar la ley electoral, cuando lo único que les interesa es cambiar a una nueva fórmula de cálculo que les beneficie. Como su excéntrica petición de que puedan votar los mayores de 16 años. Cuando ellos mismos, léase Pablo, su cortesana Irene, Iñigo y demás vagos populistas tienen menos madurez que los renacuajos de cualquier charca inmunda.
La pendiente excomunión de Sor Lucía Caram y demás religiosos (los monjes de Montserrat los primeros) al servicio del rancio separatismo.
La cansina e insistente petición por parte de los casposos comunistas de la exhumación de cadáveres asesinados por uno de los bandos de la guerra civil, ocultando al mismo tiempo la existencia de muchos miles más en el otro bando. Poca cosa más explícita puede haber que pasear un rato por el camposanto de Paracuellos.
El excluidor racismo y clasismo de los nacionalistas catalanes y vascos.
La rebuscada y falsa exégesis que se han sacado de la manga los populistas asturianos para aupar el asturiano a lengua cooficial y con ello poder empezar a clasificar y separar a la sociedad sin que ni un experto lingüista, sociólogo o historiador les dé la razón. Y a mangonear con subvenciones hasta la extenuación.
El continuo extravío de dinero, de pruebas judiciales, de testigos y de imputados en los miles de juicios por corrupción pendientes a lo largo y ancho de la península ibérica.
El fanático extremismo nacionalista de otros siglos que está enfrentando a los ciudadanos en cualquier rincón de España, desde Cataluña, pasando por Baleares y Valencia hasta Galicia o Asturias.
La expropiación de la voluntad real de un pueblo a base de pactos bajo mano, chanchullos, connivencias y prebendas de todo tipo.
Los experimentos educativos y sociales que han conseguido en pocos lustros convertir los dos únicos sexos existentes en un sinfín de desviaciones y enfermedades que quieren aupar a rango de ley de la naturaleza a golpe de invenciones y mentiras.




En fin, para que seguir.

Acabaría extenuado, excitado y exaltado.
Y con ello expuesto a que con la nueva ley de memoria histérica que nos quieren imponer me tacharan de extremista, explosivo o extemporal.
Y tuviera que vivir expatriado en alguno de los pocos países que aún se resisten a perder sus orígenes occidentales cristianos y europeos. Como Hungría. O Polonia.

Porque por lo que atañe a nuestra patria, lo dicho:

EXPAÑA.

miércoles, 10 de enero de 2018

Carta a los tabarnienses

Queridos hermanos:

Mucho se ha escrito ya sobre el fenómeno de Tabarnia (el último y acertado comentario sobre el particular lo publicó hace bien poco el buen amigo Jorge Buxadé en su blog, adelantándose en horas a estas líneas que redacto en este momento).

A saber: la campaña de una Tabarnia autónoma que englobe las comarcas más productivas y menos nacionalistas de Cataluña es una idea bien argumentada que surgió hace bastantes años, en la que se ponen en tela de juicio las desigualdades existentes en Cataluña en cuanto a la aportación a la riqueza y al bien común y a la recepción de sus platos de lentejas en forma de subvenciones a cambio de apoyos y sobre todo votos. 

Y como el maldito nacionalismo va exactamente de esto, durante muchos decenios no ha dudado en aprovecharse de los defectos de la ley electoral vigente en Cataluña y de la facilidad para repartir prebendas, en aras de ganarse el voto cautivo y sumiso de las regiones interiores de Cataluña.

Y todo ello con unos objetivos muy claros: enmascarar su mafioso y bien organizado latrocinio y de paso ocultar y silenciar la realidad social de esta bella región española llamada Cataluña. Bien aderezado el montaje con leyendas, mitos, invenciones, sangrantes mentiras y la infinita  desfachatez de los “líderes” nacionalistas y separatistas para vender la moto a los incautos y abducidos ciudadanos y lucrarse de manera exagerada y hasta vomitiva, enarbolando para ello una sucia, inventada y partidista bandera de confrontación y fanatismo.

Y no seré yo el que critique este “revival” de la idea de Tabarnia, más aun siendo tabarniense de nacimiento, ni su reciente y bien ruidosa explosión en las redes sociales y los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Como ya se ha comentado y analizado en infinidad de artículos de prensa, la campaña de Tabarnia ha servido, y mucho, para desmontar uno a uno los simples e infantiles argumentos del separatismo catalán, respondiendo a sus sinrazones con sus mismas armas. Un nítido espejo para su estupidez en el que se han visto reflejados de tal manera que hasta se han puesto nerviosos, como si fueran niños pequeños a los que han pillado robando caramelos.

Pero, en mi modesta opinión, toca parar. No seamos ingenuos e infantiles (y listos) utilizando esta gracia hasta el hastío, explotando su repercusión social, inventando (y vendiendo) banderas, escudos y seguro que pronto también sudaderas, fundas para móviles y en cuanto llegue el buen tiempo toallas, playeras, hamacas y sombrillas.

No hay chiste, ocurrencia, eslogan o idea táctica, por muy buenos que sean, que puedan estirarse hasta el infinito, ya que dejarán de tener sentido, serán copiados (véase el nacimiento de Ribernia, de Vasconia y demás clones tabarnienses) y extremadamente fáciles de ridiculizar y desmontar.

Porque al igual que hemos podido acabar con el nacionalismo y sus mentiras a base de verdades, cifras, argumentos, historia, cultura e intelecto, cualquier persona mínimamente preparada (esto no incluye obviamente a Rufi, Marta y el resto de la banda, título de un futuro artículo) podría acabar con la campaña de Tabarnia en un abrir y cerrar de ojos.

Como símil podríamos usar lo que dice San Pablo en su carta a los Gálatas:

“Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, porque si me pongo a reconstruir lo que he destruido, me declaro a mí mismo transgresor de la Ley.”.

No podemos echar por tierra el tremendo esfuerzo llevado a cabo en los últimos decenios por miles y miles de catalanes y españoles de otras regiones, con su explosiva culminación en octubre del año pasado en las manifestaciones civiles en Barcelona y la victoria (en número de votos) en las últimas elecciones autonómica de la razón, la libertad y la justicia frente a la anacrónica barbarie separatista, siguiendo “in aeternum” con el jueguecito tan divertido de Tabarnia, del yo más, del tú qué y de la estúpida confrontación.

Y me permito citar de nuevo a San Pablo:

Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor.  Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros

Esos deseos carnales que simbolizan el egoísmo, el egocentrismo, el yo frente al nosotros, no tienen nada que ver con el espíritu de libertad, de unión, de solidaridad y de justicia que la sociedad civil catalana, sin la ayuda de los siempre interesados partidos políticos, ha sacado a relucir en estos últimos meses.

Una sociedad civil cansada de desigualdades, de imposiciones, de separatismos, de injusticias, de favoritismos, de robos y de confrontaciones inventadas y dirigidas.

Barcelona es Barcelona, Tarragona es Tarragona, Gerona es Gerona y Lérida es Lérida. Y todas ellas son provincias españolas de la bonita, histórica y querida región catalana, parte intrínseca de nuestra milenaria nación, España.

Como lo son La Coruña, Álava, Albacete, Alicante, Almería, Asturias, Ávila, Badajoz, Islas Baleares, Burgos, Cáceres, Cádiz, Cantabria, Castellón, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Granada, Guadalajara, Guipúzcoa, Huelva, Huesca, Jaén, La Rioja, Las Palmas, León, Lugo, Madrid, Málaga, Murcia, Navarra, Orense, Palencia, Pontevedra, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria, Santa Cruz de Tenerife, Teruel, Toledo, Valencia, Valladolid, Vizcaya, Zamora, Zaragoza, Ceuta y Melilla.

Como bien reza el lema del escudo de Tabarnia presentado “en sociedad” hace pocos días:


Acta est fabula.



 La función ha terminado.


La de Tabarnia también.


P.D.: Y que conste que la maravillosa idea de Tabarnia ha conseguido bastantes más firmas que votos  han arañado algunos de los enfermos partidos que quieren dividir nuestra sociedad y nuestra patria.