lunes, 22 de junio de 2015

Catalunya es casa teva

Ayer me pilló al descuido el anuncio que el supuesto gobierno de la autonomía catalana (digo supuesto por lo de gobernar, porque por lo que nos consta a todos,  en los últimos años la Generalitat ha hecho de todo menos gobernar, siempre y cuando no nos refiramos a la 4ª acepción de la RAE, que dice lo siguiente: 4. tr.  Manejar a alguien, ejercer una fuerte influencia sobre él.), lanzó a principios de año en su anual campaña de promoción turística, dirigida sobre todo al turismo del resto de España. Turismo de cercanía que por cierto le es imprescindible para subsistir y poder afrontar sus enormes gastos en temas tan importantes para la sociedad catalana como las embajadas ninguneadas en el mundo o la compra de pitos (a través de alguno de sus intermediarios subvencionados) para insultar al Rey, a la bandera común y al Himno Nacional Español. Dinero que necesita recaudar con suma urgencia, ya que el que recibe a raudales del resto de España no alcanza para sus prioridades manipuladoras, ni obviamente para solucionar temas nimios y secundarios como la Sanidad, la hambruna infantil o el deficiente transporte público, pero tampoco son estos asuntos prioritarios para la banda de Arturo y los 40 Pujoles. Su parque móvil es amplio, como bien sabemos, comida no les falta, aunque se limite a las humildes viandas del Semon y en cuanto a la salud no creo que tengan problemas de asistencia médica privada y de calidad en los barrios altos de Barcelona en los que residen.


Lanza pues la Generalitat su campaña anual bajo el título “Catalunya es casa teva”, en cristiano “ven, gasta y lárgate”. Porque dudo que existan muchos compatriotas de esta santa tierra hispana que consideren "su casa" a un lugar en el que suceden cosas como las siguientes:
  • Que tus hijos no puedan estudiar en el idioma oficial de su país, el español.
  •  Que los rótulos en locales y servicios públicos estén en una gran variedad de idiomas, menos en español.
  • Que un presentador de la televisión pública catalana (por cierto con los sueldos más altos de todas las televisiones europeas) llame a los españoles “cabrones de mierda y panda de sarnosos
  • Que se inunde el paisaje de esta tierra tan bella con banderas partidistas y separadoras como lo es la inventada señera estrellada.
  • Que tus hijos sean excluidos de las actividades lúdicas escolares por llevar la camiseta de la selección nacional o la del RCD Español, club más que centenario fundado por catalanes en 1900
  • Que a grandes deportistas  españoles originarios de Cataluña se les insulte por mostrar la bandera nacional en las celebraciones de sus victorias
  • Que el “president” se mofe de los símbolos españoles en una final de Copa retransmitida a todo el mundo.
  • Que una pseudo monja visionaria y otro espécimen argentino-extraterrestre con hábitos e ínfulas de sabiduría insulten a diestro y siniestro sin que nadie les pare los pies, ni el gran Papa Francisco del que tanto esperamos algunos.
  • Que a los niños se les manipule desde su más tierna edad con historias inventadas y se les inculque el odio al español como si todo el que sea de allende del Ebro fuera Satán encarnado
  • Que se prohíban las fiestas taurinas “españolas” de tan larga tradición en Cataluña pero permitiendo al mismo tiempo las “animaladas” que se realizan en los, estos si, milenarios “correbous”  catalanes.
  • Que los partidos en el poder hayan robado a destajo durante más de 30 años, no se arrepientan, se vanaglorien de ello y encima sigan ostentando cargos y mangoneando a la clase trabajadora
  • Que…
  • Que..

Me parece que no hace falta seguir.  En mi “casa” o en aquellos lugares en los que me siento como en casa, y que son casi todos los que visito, no sucede nada de lo antedicho. Ni se me insulta, ni se me menosprecia, ni se me ataca, ni se me persigue.  Ni en Madrid, ni en León, ni en Burgos, ni en Colmenar Viejo, ni en Pradoluengo, ni en Francia, ni en Sevilla, ni en Valencia, ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni en Italia, ni en las Vascongadas.., creo que ni en Marte me tratarían así (si ahí existiera vida y alguna cosa de las que nos han contado los yanquis en los últimos siglos fuera verdad).

Igual lo más parecido a Cataluña que pudiéramos encontrar ahora en cuanto a hospitalidad y simpatía serían las partes de Irak e Siria controladas por el Estado Islámico. Pero no tengo pensado irme ahí de vacaciones. Ni a Cataluña.

Y eso que es mi tierra, que nací en la calle Copérnico de Barcelona, me crie en la Avenida de Sarriá, fui al colegio en la Avenida del Doctor Andreu, ahora Tibidabo,  y en Esplugas, estudié en Pedralbes y la Diagonal,  veranee en la Costa Brava, tengo una casa en la Costa Dorada y sueño muchas veces con los parajes tan bonitos que tiene mi añorada Cataluña.



Es tan esperpéntico y ridículo todo que ya ni el vídeo de Epi y Blas explicando lo que es el separatismo catalán me hace gracia. Y mira que antes me hacía sonreír.

¿Cataluña nuestra casa?

Anda ya..

lunes, 15 de junio de 2015

Algo prestado

Y allá en el otro mundo
En vez de infierno 
Encuentres gloria,
Y que una nube de tu memoria 
Me borre a mí.


Algo prestado: reza así el título del último disco de los Secretos, en referencia a que las canciones que interpretan no son originales suyas, si no versiones de clásicos del rock (y de un precioso bolero que conocemos todos en alguna de sus varias versiones). Y encabezo de la misma forma este comentario mío, pero quizás llevado más allá, hacia una idea filosófica acerca de  la vida en sí, a que cualquier momento de nuestra existencia es simplemente una cesión temporal, un préstamo que nos da el destino para disfrutar del momento, sabedores de que será efímero como todo lo bueno en la vida. Pero también como lo malo. Porque al igual que los momentos de plenitud y de felicidad son escasos y cortos, las temporadas malas, aunque parezcan eternas y llegadas para destrozarnos lo que nos queda de vida, al final también pasan, y abren camino a nuevos momentos de alegría.

Ley de vida, a la que solamente podemos oponer ilusión y paciencia. Ilusión por los sueños y por lo que tenga que venir, y paciencia para superar esos baches incontables que jalonan nuestro camino.
Y claro, asistir de esta guisa, con el corazón encogido, el humor por los suelos y la cabeza hecha un lío, a un concierto de los Secretos cargado de recuerdos y nostalgia, puede provocar serios daños a la salud. 
¿O quizás bienes? Porque no cabe duda de que las 2 (a todos luces demasiado cortas)  horas en compañía de Álvaro, Ramón, Jesús, Juanjo y Santi en la sala el Hangar de Burgos el pasado sábado 13 de Junio, tuvieron esa innegable parte medicinal que gracias a Dios aporta la música a nuestras azarosas vidas.

Arrancando con una de las nuevas canciones, el bolero que nombro arriba y que pone la  piel de gallina a cualquier persona (bueno, me imagino que habrá por ahí gente insensible, o materialista,  que se quedarían igual al escucharla, pero como este artículo no va con ellos, que les den. Que se queden perdidos en su mundo material mientras los demás valoramos los buenos sentimientos por encima de todo), la emérita banda española fue desgranando uno a uno todos los éxitos de su tan larga y fructífera carrera musical. Larga, longeva y brillante trayectoria que permite, como también pasa en los conciertos de muchas otras bandas de los años ochenta, como Burning, Loquillo y otras, que tres generaciones de la misma familia compartan acordes, estribillos, torpes pasos de baile, risas y lágrimas, en una unión que va más allá de las diferencias de edad. Y de las diferencias de aspecto, de situación personal , de origen o de ideas políticas: simplemente se disfruta de forma conjunta de esas melodías que nos han marcado a todos, que hacen brotar recuerdos, revivir aventuras, asociar el estribillo  a una persona que fue parte de nuestra vida, o relacionar ese punteo a la guitarra de Ramón con algún recuerdo  perdido en esos recovecos de nuestro cerebro que solamente se abren al son de las buenas canciones.

Imposible recordar, que ya no listar, todas las canciones que se fueron sucediendo, entre gritos de ilusión, miradas de complicidad entre completos desconocidos, paseos a la barra a por bebida  y una creciente sonrisa que poco a poco fue iluminando la cara de todos los asistentes,barriendo las lágrimas de tristeza y emoción. En línea con su habitual manera de actuar ante su fiel público, los queridos amigos de “Los Secretos” no se dejaron nada en el tintero, se entregaron en cuerpo y alma a hacernos cantar, bailar, recordar, llorar y reír.

Si hasta el “Gafas” de mi camiseta estuvo en un tris de cambiar de semblante y llorar.., pero al final tuvo la suficiente fortaleza para seguir sonriendo al mundo.


Y todo ello nos permitió volver a constatar que con buena música y mejor compañía  es posible capear cualquier chaparrón, abrir el corazón y gritar a los cuatro vientos que la vida es bella, que simplemente hay que seguir andando en pos de la felicidad, sorteando obstáculos, saltando vallas, realizando giros inesperados y alimentando con planes, sueños e ilusiones ese Camino que aún nos queda por recorrer.


¡¡ Venga Matrix, que tú puedes!! ¡¡A por ellos!!




 P.D. Para los curiosos he creado una lista de reproducción en Youtube con las versiones originales del nuevo disco de Los Secretos, en su mismo orden. Que la disfrutéis. Enlace aquí.


jueves, 21 de mayo de 2015

Regeneración democrática y otros cuentos infantiles

Los que llevamos toda nuestra vida inmersos de alguna manera en la lucha política, con fases de mucha actividad y otras más contemplativas (pero no por ello menos críticas), y que encima tenemos ese convencimiento de estar intelectualmente por encima de la mayoría inculta y atontada que nos rodea, no salimos de nuestro asombro ante el panorama político actual. Por lo menos es mi caso.

No es que me sorprendan los políticos de toda la vida, esos viejos conocidos que dedican los quince días de campaña a soltar perogrulladas, medias verdades o completas mentiras, a fin de arañar un puñado de votos que les permita seguir disfrutando de amplios privilegios en este paraíso “partitocráctico” en el que se ha convertido nuestra querida España. Que va. 
A éstos los tenemos identificados desde los lejanos años setenta del siglo pasado. Son aquellos que,  enarbolando banderas separadoras y de tristes recuerdos y al grito de democracia, libertad, amnistía y autonomía, se apoderaron en exclusiva de esos valores universales y del derecho a llamarse justos y demócratas; esos mismos que llevan ya más de 40 años viviendo del cuento, es decir, de nuestro trabajo y esfuerzo diario  en forma de impuestos, prometiendo y no cumpliendo ni una de las grandes proclamas que han ido soltando a lo largo de estos decenios. Eso sí, a cuerpo de rey, cual Bribón listillo, deficiente y mujeriego, mientras la estructura de ese sólido edificio milenario llamado España, esa patria común de millones de personas y en su época ejemplar Imperio mundial (imperio del bien, por cierto, frente a otras naciones imperialistas que lo único que dejaron atrás fueron muertos y odio eterno), se ha ido desmantelando en beneficio de los intereses globales del capital, los lobbies, las logias, las multinacionales, la globalización, los productos transgénicos de Monsanto, el sionismo y los demás poderes ocultos que nos tienen bien presos en sus maléficas redes.

Nada nuevo hasta aquí. Esta obra de teatro, sus personajes, su attrezzo y la trama de la tragicomedia que interpretan,  ya los conocemos desde que se inició esa mal llamada  transición, que mejor deberíamos llamar destrucción, o desmembración, o hecatombe, o cualquier otra  de las equivalencias que nos ofrece nuestra tan rico idioma español.

Lo nuevo, lo que me sorprende, son esos inteligentes, visionarios y sagaces compatriotas que de golpe han descubierto que este sistema es corrupto, que los partidos políticos son estructuras de poder ligadas a intereses particulares y que la libertad y la justicia brillan por su ausencia en nuestra casa común. Es decir, personas con sensatez, con intelecto, que por fin han dicho basta (un poco tarde teniendo en cuenta que son más de 40 años de insensatez), y que de una forma u otra luchan por encontrar una alternativa a este sistema injusto, inmoral y corrupto llamado pomposamente “estado social y democrático de derecho”. Ya me diréis, queridos lectores,  dónde encontrar lo social, lo democrático y lo de derecho en nuestra patria. Si no es en un viaje alucinógeno a base de psicotrópicos, en una farra más tradicional a base de vinos y destilados (o en una salida a comer a Colmenar Viejo), no veo yo justicia ni democracia por ningún lado.

Pero por desgracia, esta minoritaria parte de la sociedad que se ha hartado de la mentira, la manipulación y la explotación (eso sí, cuando les han tocado los cuartos, porque en tiempos de bonanza aquí no se movía ni el tato, a no ser que fuera para irse al bar a tomar un botellín a la salud del sistema que tan bien les protegía y tan poco les exigía), ha dejado que nuevos redentores se apoderen de sus ideales, su lucha y sus ilusiones, creando partidos y  movimientos súper guays, que, como era de esperar, han acabado siendo simples calcos de lo que ya tenemos. O peores. Porque los pasados 40 años de servicio de colocación que han llevado a cabo los partidos tradicionales tienen su peso, y desalojar a cientos de miles de amigos, familiares y acólitos para colocar a los nuevos candidatos, asesores, consejeros, amiguetes y colegas, nos va a costar un ojo en la cara. O ambos. Ni Vox, ni Ciudadanos, ni UpyD, ni Podemos, ni ninguno de los demás grupúsculos que han emergido en estos años aportan nada nuevo. Por mucho que Ciudadanos proclame que no es “ni de izquierdas ni de derechas”. O que los asesores de Podemos dejen caer sutilmente que Pablo Iglesias admira a José Antonio. O que Vox sea el único partido que alza la voz a favor de la vida y contra el aborto, sabedor de que no va rascar nada y que no tendrá que cumplir ni una de sus promesas. Al final todos se han integrado (o han tenido que integrarse) en el sistema “social, democrático y de derecho” de tal forma, que directamente han heredado todo lo malo que esta falsa democracia contiene. 

La inexistencia de valores, el interés particular, el afán de protagonismo, la buena vida, el compadreo por encima de las siglas, la subrogación de los intereses patrios a los intereses del capital, es decir,  se han entregado a la sumisión, la sodomía, el latrocinio, la prevaricación, las prebendas y los privilegios. ¡Que ahora nos toca a nosotros! ¡Y que nos quiten lo bailado, como tanto le gusta decir a los españoles!

¿Y dónde radica el problema? Pues que el Sistema es malo “per se”, con intención, y se sostiene a sí mismo: es de ilusos pensar que desde dentro se pueda acabar con él. Más aún cuando las tentaciones que acechan al idealista pero iluso ciudadano en el momento en el que se adentra en el ruedo democrático,  son peores que cualquier manzana que una bella Eva pudiera ofrecernos. Solamente las  podrían superar las 72 vírgenes del paraíso yihadista. (Algo que por desgracia también está pasando. Y sobre todo en las “democracias” occidentales.)

El Sistema ha creado a sus esclavos, carentes de cualquier valor superior, encadenados a lo material, a lo que dicta la mayor herramienta del poder, la telebasura, a lo efímero, a lo sucio, a lo intrascendente. Y cada tantos años les deja jugar un rato con las papeletas, corear sus eslóganes, contestar a las encuestas, asistir a los mítines, creer en las promesas y hacer el paripé en las urnas. 

¡Venga ciudadanía, hoy jugamos a ser libres, a creer en algo y a cambiar el mundo! Y en cuanto nos hayáis votado, ahí os quedaréis. Pobres, esclavos y tontos. Eso sí, con muchos gadgets, modas, drogas, sexo, violencia y sobre todo consumo. Que hay que mantener en marcha la máquina de generar dinero para que un 1% de la sociedad mundial domine al restante 99%.

¿No será que los “valores” que anuncia, vende, proclama y dice defender y representar nuestro estado “democrático, social y de derecho” no son tales?

¿A votar? Anda y que os den.



P.D. Como siempre un abrazo a los que a pesar de todo lo intentan. A los idealistas de verdad. A la buena gente. A los que buscan el bien común. ¡Ánimo y suerte!


viernes, 8 de mayo de 2015

¿Elecciones?

Y a mí qué me importa. Supongo que digo esto por tradición: nunca he sido amigo del paripé (que gran palabra para describir un proceso electoral)  de los quince días de mentiras, de promesas incumplibles, de exageraciones y de amores interesados,  que simplemente allanan el camino y justifican “legalmente” otros cuatro años de desgobierno, de sinrazón, de corrupción, de nepotismo y de poco, que no nulo, valor añadido para nuestra sociedad.

Prefiero mantenerme en mis trece, seguir dudando del sistema y no participar en el juego. Así he llegado a una ya madura edad, sin haber usado jamás una urna para dar el voto a unas siglas que simplemente representan intereses partidistas, y así moriré, que tampoco falta tanto.  Y asumo al mismo tiempo cualquier crítica que pudiera lloverme por parte de bienintencionados camaradas y amigos que, siendo tan descreídos como yo, luchan desde dentro del sistema por conseguir mejorar nuestra sociedad. 


“Chapeau”  y admiración por ellos, por lo menos por los que lo hacen con buenas y altruistas intenciones.  Que tampoco es oro todo lo que reluce, y más de uno de nuestros conocidos simplemente apuesta a caballo ganador, cual veleta al viento, buscando en la política esos ingresos y privilegios que en la vida real no consigue. Allá cada uno con su conciencia. Los buenos, admirables, los malos, más odiosos aún que los incultos e infantiles adoradores de esta falsa democracia. Esos ya purgan sus penas creyéndose a pie juntillas todas las sandeces que el sistema y sus medios de comunicación esclavos  les  hacen creer, sin dejar que la luz y la libertad ilumine sus tristes existencias de ovejas sumisas y consumistas.

Poco más que decir, mi intención era escribir un artículo sobre música, sobre el "revival" de los grupos ochenteros, pero tenía que soltar mi discursillo anti elecciones de cada año. Sea para justificarme ante mí mismo o ante los que luchan desde dentro del sistema.


Y me quedo con lo dicho por algunos de esos  músicos de los ochenta que protagonizarán mi siguiente artículo, si es que llega: como por ejemplo Carlos Goñi de Revólver en una reciente entrevista: “No sé qué habría que hacer, pero aunque no creo que todos los políticos sean corruptos, sí que tenemos la peor añada de nuestra historia. Justo en el momento menos indicado, con una crisis tremenda en diversos ámbitos: nacionalista, económica..., o Loquillo, que últimamente está sembrado tanto musicalmente como en sus entrevistas: tengo claro que soy un disidente, y voy a seguir siéndolo. Seguiré “disparando” a izquierda y derecha, contra todo lo que no es justo.


Mucha suerte a los que estáis en la lucha política con nobles intenciones. Que los resultados os sean favorables. 
O “May the fourth be with you”, para los incondicionales de la Guerra de las Galaxias.





A los que estáis en política para pillar, mangonear y vivir del cuento, que os den por ahí.


viernes, 20 de marzo de 2015

Digitalizados

Por mucho que le dé vueltas al tema, aún no tengo muy claro si la creciente digitalización de la sociedad es positiva o si por el contrario se trata de un paso atrás en la evolución del ser humano.  Como supongo que le pasará a la mayoría de mis lectores, hay días en los que doy gracias a Dios por las ventajas que nos ha traído la digitalización, mientras que en otros momentos llego a detestar ese constante “estado de conexión” que en muchos casos se asemeja a la esclavitud de otras épocas.  Y no dudo de que Charlie Chaplin, si aún viviera,  rodaría un remake de “Tiempos Modernos”, criticando en este caso no la industrialización del trabajo sino la digitalización de las relaciones sociales. Material hay,  hasta para una trilogía.

Retomo pues el mismo tema que ya usé como leitmotiv hace casi 3 años en otro artículo, titulado “No sin mi móvil”, pero con un largo recorrido por medio en cuanto a la evolución de la digitalización en la sociedad, a mis conocimientos  al respecto y al propio uso que le estoy dando en mis quehaceres diarios. Porque tres años son una eternidad si hablamos de innovación y tecnología: habiéndome dedicado los últimos cuatro meses a investigar con profundidad tecnologías innovadoras y a la plasmación de la situación en informes técnicos para diversas instituciones financieras,  doy fe de que la innovación ya no se mide en años o meses, sino más bien en tramos de semanas, días y hasta horas. Valga como ejemplo esta curiosa pero muy explícita iniciativa que muestra todo lo que sucede en el entorno digital segundo a segundo. Si todo esto sucede en tan poco tiempo, como no van a inventarse diariamente nuevos servicios, plataformas, aplicaciones, dispositivos o tecnologías.

Bien sabéis algunos que  siempre he seguido con interés iniciativas como “la vuelta al campo” y el abandono de la vida urbana  o corrientes sociales como los “downshifters”, evoluciones por otro lado cíclicas en nuestro mundo,  que cada tantos decenios llega a un momento de saturación social, tecnológica o política,  abriéndose fugas de agua en forma de revoluciones, involuciones, guerras o simples movimientos alternativos, como los hippies en los sesenta, los terroristas en los setenta, los movimientos ecologistas en los ochenta o los ya nombrados “downshifters” en los noventa.  Y prefiero no hablar de cosas peores, como la vuelta al integrismo radical en el mundo musulmán o el resurgimiento de anacrónicos nacionalismos y de burdos populismos que intentan hacernos olvidar todo lo malo que trajo consigo el marxismo-leninismo.

¿Pero será posible parar esta digitalización de la sociedad? ¿O, planteado de otra manera, tendría algún sentido echarle el freno de mano a la hiper-conectividad y a la conversión de todo lo que nos rodea (hasta nuestras prendas) en continuos emisores de datos que van a parar  a manos de hábiles analistas de la información para su uso comercial o a ocultos archivos particulares o gubernamentales para incrementar el control sobre lo que hacemos, dónde estamos, qué soñamos  y con quién dormimos?

Lo dudo. El otro día, a modo de prueba del algodón, me puse a anotar durante unos minutos todas mis interacciones digitales. ¿Qué pasó? Pues que al poco rato, después de enviarme a mí mismo (desconfiando de mi propia memoria) unos cuantos correos electrónicos con mis notas, lo tuve que dejar.  Era tan constante el uso de aplicaciones, utilidades, portales, buscadores y demás facilidades digitales que nos brindan  (o nos imponen) los ene dispositivos que son ya parte del mobiliario de cada hogar, como antes podían serlo lámparas o ceniceros, que acabé rendido ante la evidencia: esto no hay quien lo detenga. Como bien firma sus correos mi compañero Juancho,el mundo es móvil, no lo pares”.

Los pocos minutos de prueba dieron el siguiente  resultado (y seguro que me dejo muchas cosas en el tintero):

·      desactivar el sonido de varios grupos en el programa de mensajería por pesados)
·      mirar unas cuantas veces el saldo bancario en la banca online (como si esperara ese ingreso sorpresa del espacio que nunca acaba de llegar)
·       encontrar la ubicación de  un pueblo con Google Maps
·       buscar la letra y los acordes de una canción de la Creedence
·       afinar la guitarra con el afinador digital incluido en el programa de acordes y trasponiendo los mismos a un tono que pueda entonar con aceptable acierto (harto difícil, como bien sabéis los Rommelanders)
·       mirar los titulares de la prensa diaria (como si fuera necesario hacerlo cada hora)
·       manejar el reproductor multimedia del PC desde la tableta   (no me vaya a herniar levantándome del sofá)
·    buscar una receta para la cena (teniendo la nevera vacía poco sentido tenía hacerlo en ese momento)
·        bajar el último disco de Mark Knopfler 3 días antes de su publicación
·         intentar sintonizar un partido de futbol de pago a través de un portal pirata
·        borrar decenas de boletines de noticias de mi correo (preguntándome en la mayoría de los casos sobre la razón de haberme abonado a dicho newsletter)
·       hacer un par de fotos a una lata de cerveza (como prueba fehaciente de que estaba bebiendo y brindando)
·        grabar un corto video de una actuación musical en la tele para publicarlo en una red social
·        “hablar” mientras tanto por Whatsapp con Matrix (sin lugar a dudas lo más valioso de todo)
·       buscar en Google palabras de un concurso televisivo (perdiendo obviamente comba de las siguientes definiciones)
·      buscar varias palabras desconocidas del libro que estaba leyendo en la aplicación de la RAE, copiarlas y pasarlas a un archivo de nuevas palabras que mantengo en mi PC
·     y finalmente fotografiar una página del mismo libro por la belleza e interés de alguna frase,  con la intención de tuitearla a la menor ocasión.  


Hasta aquí llegué. Por lo menos dejé de apuntar lo que iba haciendo, lo que no significa ni por asomo que dejara de usar mis múltiples dispositivos  para dejar constancia ante el resto de la humanidad (con mi actividad y su consecuente huella digital) de que estoy vivo, de que tengo una gran vida social y de que estoy a la última en todo. Impronta digital que a los pocos minutos ya estaba siendo aprovechada por los servicios de publicidad de los diferentes portales para cubrir mi pantalla de anuncios de música, viajes, recetas, cursos de lengua castellana y servicios de comida a domicilio. 

Aunque igual tendrían que perfeccionar un poco el algoritmo usado en el portal (para mostrar anuncios en base a mi actividad en la red) e incluir servicios de psiquiatría o terapias relajantes en algún santuario budista.

O mejor ofertas de escapadas a las tierras del Norte.  Que eso sí que tiene vida y calor. Y alimenta. Tanto el alma como la tripa.


Conclusión: la misma que hace 3 años. Démosle el mejor uso posible a todo este entorno digital pero sin perder el norte. Mejor encontrándolo.

Intercalemos  cada tanto algo mundano, tradicional, antiguo, a poder ser analógico, con su parte física y con un valor  tangible de vida real que acabe convirtiéndose en un bello recuerdo.

Un beso, una canción, unas risas, un paseo, un abrazo, un brindis, una charla sin teclado, una buena comida, un anochecer en silencio, un descanso en compañía.




P.D.: Habiendo llegado la primavera habrá que poner en marcha otra cuenta atrás. Digo yo.








jueves, 22 de enero de 2015

¡Que viene el coco!

Como ya es habitual en los últimos y para mí tan felices meses (creo que ya no hace falta que explique el porqué), cada vez que puedo arranco el coche, enfilo la A1 y me dirijo hacia el Norte a disfrutar de las tierras castellanas, su rica historia, su espectacular paisaje y sus riquísimos productos.  
Y obviamente de la mejor de las posibles compañías. Porque por mucha morcilla, oreja, lechazo, monumento  o espectacular paisaje que pueda tener mi cada vez más querida Castilla, sin el acicate de encontrarme con una persona increíble y encantadora no creo que me lanzara a la carretera de forma tan alegre y continuada. Tirando de dichos populares: “más tira moza que soga”.


Y hablando de proverbios y dichos, estando yo circulando por una solitaria carretera provincial entre prados nevados y estatuas del Cid Campeador, cual Quijote a punto de toparse de morros con los molinos imaginados gigantes y acompañado en este caso no por mi fiel escudero Sancho sino por esa persona especial y omnipresente  en mis últimos relatos (y en mis sueños, para qué negarlo), tuve que pegar una frenada en seco, meter la marcha atrás y cerciorarme de que había leído bien un cartel dejado atrás. 

Efectivamente, el pueblo se llamaba “Quintanilla del Coco”.  Para variar, me picó la curiosidad, con esa obsesión mía de aprender cada día algo, característica ésta que igual de joven tenía como objetivo principal el hacerme el sabiondo e interesante ante los demás,  pero que con el paso del tiempo se ha convertido en un verdadero placer (“a la vejez viruelas”, como bien expresa otra paremia de uso común), disfrutando con cada descubrimiento del “conocimiento” como grandeza de nuestra existencia, por lo que a la vuelta de esta nueva y genial escapada me puse a investigar un poco el origen de la palabra “coco” y el porqué de este nombre para una pequeña población de la Sierra de la Demanda.

Sacrílego sería yo si circulando por el “Camino de la Lengua Castellana” y con el Monasterio de Santo de Domingo de Silos como destino no me hubiera interesado por el origen de una palabra tan usada y al mismo tiempo curiosa: porque como bien sabéis todos vosotros, dicha abadía de Santo Domingo alberga las tan famosas “Glosas Silenses”, primeras anotaciones en lengua romance y que junto a las “Glosas Emilianenses” de San Millán de la Cogolla, están consideradas los primeros escritos en lo que iba a convertirse a lo largo de los siglos en nuestro idioma común,  en la universal lengua castellana o española.


“Qué viene el coco”. Cuantas veces habremos oído esta expresión: desde nuestra tierna infancia en boca de nuestros padres, pasando por los comentarios jocosos referentes a algún profesor en el colegio, hasta las alertas ante la cercanía de las lecheras de los maderos o las predicciones agoreras ante cualquier calamidad que se avecina, como sucedió hace poco con el brote de ébola,  lo del “coco” siempre ha sido una expresión común y sin ningún misterio para nosotros.  

¿Si hasta uno de los grabados de la serie Caprichos de Goya se llama literalmente así como nos va a intrigar esta expresión?  

Aunque bien pensado, dudo mucho que la mayoría de nuestros conciudadanos sepan quién fue Goya o conozcan sus grabados, salvo que los hayan visto en la estación de metro del mismo nombre de la Villa y Corte. Pero el nivel cultural de este otrora gran y culto país es harina de otro costal. Mejor no mentarlo. Como a la bicha.

Pues misterio igual no, pero una curiosa historia etimológica sí que tiene el palabro. Veamos:

El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece bastantes acepciones para la palabra “coco”: desde la fruta tropical por todos conocida, la propia cabeza en lenguaje coloquial o diferentes aves e insectos, hasta el “fantasma que asusta a los niños” origen de este artículo.  

Pero si vamos más allá y buceamos en la etimología de la palabra nos encontramos con algunas sorpresas: el coco,  fruto del árbol homónimo, por ejemplo, se llama así debido al parecido con el “coco” primitivo y rural, un personaje con una cabeza en forma de calabaza con 3 agujeros, similares a los que tiene el fruto, que aterrorizaba a los niños (y no al revés como podríamos pensar). 

Escribía así allá en 1526 el ínclito Gonzalo Fernández de Oviedo: 

El nombre de coco se les dixo porque aquel lugar por donde está asida en el árvol aquesta fructa, quitado el peçón,dexa allí un hoyo, y encima de aquél tiene otros dos hoyos naturalmente, e todos tres, vienen a hazerse como un jesto o figura de un monillo que coca, e por esso se dixo coco”. 

En este antiguo y curioso texto encontramos además otra acepción de la palabra: “hacer cocos” significa hacer muecas y “hacerse cocos” pueden ser ciertas señas entre enamorados. Y al lector que ahora aproveche para recordarme que la palabra coco también significa ser muy feo, que calle. Que le veo venir con la chanza esa de que “pareces un coco”. En cualquiera caso aceptaría el uso coloquial de “vaya cocos”, siempre y cuando pueda comprobar la veracidad de la exclamación. Aunque mejor dejarlo aquí.

Ampliado pues nuestro conocimiento acerca del “coco”, volvamos al principio, a Quintanilla del Coco. Pues resulta, por lo que he podido investigar, que en este caso el nombre de esta pequeña población no tiene nada que ver con el feo personaje que asusta a los niños, sino con el gorgojo, un “insecto coleóptero de pequeño tamaño, con la cabeza prolongada en un pico o rostro, en cuyo extremo se encuentran las mandíbulas”, como lo define la RAE. El gorgojo es un productor de grana, y la grana era un tinte muy habitual (para el color granate) en el periodo medieval. De ahí el nombre, junto a lo de Quintanilla, que es una expresión muy común en dichas tierras burgalesas para designar poblaciones y cuyo origen es la granja en latín, la “quintana”. Resultado final: que la granja del coco no escondía personajes terribles sino simplemente una fábrica de tinte. Curioso.

Dejado atrás este cartel seguimos ruta hasta Santo Domingo de Silos, parando antes para fotografiar una preciosa estatua del Cid, todo ello al son de un excelente disco recién aparecido en el mercado y que encajaba como anillo al dedo con el paisaje. Hispánica se titula, y os recomiendo a todos y cada uno de vosotros que os hagáis con él. Musicalmente impecable y con unas letras impresionantes, en línea con anteriores obras de uno de los músicos artífices de esta joya y coronado con una gran portada y un acabado perfecto, ha sido sin lugar a dudas una guinda no esperada a esta excursión tan excepcional (¡¡Bravo Eduardo!!)

Queda por decir que la visita al claustro de Santo Domingo también tuvo sus anécdotas, como el guía robotizado que recitaba de memoria más que explicaba, con un tono de voz uniforme y sin apenas modulación y hasta enlazando las descripciones arquitectónicas con las indicaciones a los visitantes, al estilo de “aquí ven una columna decorada con imágenes de los santos tal y cual y ya pueden salir por la puerta del fondo”.  
Esta frase final ya me convenció definitivamente de que el pobre chico lo que hace es repetir la cantinela día sí día no,  sin saber realmente lo que dice. Pero no quise someterle a la tortura de interrumpirle y preguntar algo. Tan desalmado no soy. Si alguno de mis lectores pasa por Santo Domingo y visita el claustro que haga la prueba del algodón. A ver cómo reacciona el chaval.

Y los cánticos gregorianos de los monjes que también pudimos disfrutar, comentando entre sonrisas la entrada de todos y cada uno de ellos a la iglesia, como si estuviéramos en una rueda de reconocimiento intentado identificar al verdadero “Coco”, también valieron la pena. Cortos, al tratarse de la “Sexta” y no de una misa completa, pero suficientes para enriquecer un poco más un día completo.


Poco más que contaros, pero mucho más lo vivido el resto del fin de semana. En línea con las anteriores escapadas.

Placer, alegría, calidez, simpatía, complicidad, felicidad. Todas esas cosas que uno va buscando en la vida y que de golpe caen del cielo de forma sorpresiva y gratificante.  Como las indisposiciones y los vómitos. Pero de eso no hay que dar más detalles. Son cosas que le pueden pasar a cualquiera. 
Estoy seguro que hasta el Coco vomita de vez en cuando. Por lo menos el de Barrio Sésamo, que por lo que recuerdo no paraba de hacer el loco, brincar y saltar. 


Para acabar, un mensaje personal al “Coco”: si vienes a por mí ya sabes dónde encontrarme, o bien en Burgos, o bien yendo y viniendo.  

O en un vagón del AVE, ya que se rumorea que la nueva línea de alta velocidad Madrid-Burgos tendrá paradas en Rommeland, Gamonal, Prado y Rivendel.  

¿O lo habré soñado?




martes, 30 de diciembre de 2014

Burning Christmas

Extraña Navidad que por desgracia ya ha pasado. 
Extraña porque este año no ha sido la tradicional, en familia y con el añorado cocido catalán, y por desgracia porque ya ha pasado y ha sido la Navidad más deseada de mi vida. Por lo menos hasta donde consigo recordar. Sabiendo lo selectivo que puede ser el cerebro, capaz de arrinconar recuerdos buenos y malos, no dudo que en algún otro momento de mi infancia o juventud haya sentido una ilusión parecida, pero no consigo recordarlo.

Fiestas estas las navideñas que como sabéis algunos de mis lectores suelo relatar cada año, o bien alabando lo bonito y detallista del evento en casa de mi tía, o bien criticando la falta de espíritu navideño real: el amor, el cariño, la solidaridad, la generosidad o el agradecimiento que se convierten por imposiciones externas en afán de gastar, en reencuentros forzados, en opulentas comidas y en asistencias a misa con una total falta de convencimiento o sentimiento religioso. Esa doble moral o falta de cultura que lleva a la gente a convertir una celebración familiar y de amor en una necesidad imperiosa de aparentar, consumir y comprar todo aquello que nos van inyectando desde los medios con tanta antelación que hasta se han llegado a ver este año anuncios “navideños” cuando los lugareños aún se bañaban en las playas del Levante español. Anuncios adelantados y exageradamente comerciales y sin valor humano si los comparamos con el de Campofrío de este año, que justo antes de fiestas consiguió emocionar a más de uno. O el de Manolo de la lotería, aunque éste último haya triunfado más por sus variantes graciosas que por su innegable fondo emocional.

Pero bueno, este año no me voy a dedicar a criticar a nuestra perdida y materialista sociedad. Tampoco hay que perder la esperanza: hay mucha buena gente que no ha sido abducida por el sistema, que se ilusiona por Navidad con toda naturalidad, que  la celebra en familia y con cariño, que prefiere el momento al montante de los regalos, la compañía de los suyos a la muchedumbre de las calles y las sonrisas sinceras de pequeños y grandes a las risas artificiales de los “famosos” de la tele. Y que son felices por Navidad. Como lo he sido yo este año.

Pendiente de una cuenta atrás de varias semanas, cual calendario de adviento o cartilla de recluta marcando los días que faltan para la celebración o la licencia,  llegó la semana de Navidad en la que se me juntaba una mudanza a un nuevo hogar con la esperada visita de una increíble persona del Norte que ha entrado en mi vida como una racha de viento fresco que trae alegría y felicidad. Matrix, para entendernos. Casi nada para afrontar las fiestas. Como si yo no fuera ya lo suficientemente emocional para encima añadir sentimientos tan intensos a la siempre complicada Navidad. Ya te digo. O anda que no. Lágrimas anunciadas podríamos llamarlo.

Una preciosa Nochebuena en “familia”, es decir, con la familia Ramiro Torres, que después de tantos años igual es más familia que la sanguínea. Sin afán de criticar a mi familia, pero la normalidad, naturalidad y sinceridad con la que me acogen estos magníficos amigos año si año también es tan gratificante que no se echa de menos nada. Te sientes como en casa. Arropado y acompañado. Como por los mensajes de Cris y mi hermano preguntando por mi estado. O por la continua y tan natural y agradable conversación con Matrix,  desmontando a todas horas la pesadilla de la cuenta atrás, que al final se convirtió en un acelerado cronómetro ayudado por su  constante compañía. Gracias peque.

Después de una misa de Navidad en la parroquia alemana, corta, con poca asistencia y nada especial, y un menú navideño un poco extraño, a base de huevos al microondas, con la nueva casa adecentada, decorada y ya convertida en el nuevo
Rommeland, como han bautizado a mi casa mis amigos, ya solamente quedaba esperar al día de San Esteban, segundo día de Navidad en muchos países y regiones de España, como en Cataluña, para disfrutar de Madrid en buena compañía. Y de un concierto por la noche que prometía. Como así fue. Pero ya llegaremos a él.

Teniendo el intercambiador de autobuses a 15 minutos de casa y sabiendo que el autobús de ALSA llegaba a las 12:15, obviamente me planté en la estación a las 11 de la mañana. No fuera a ser que se me escape. A partir de aquí, llegó la Navidad. Y sin ningún atisbo de exageración. Si entendemos como decía antes las fiestas navideñas como momentos de alegría, de felicidad, de cariño, hasta de amor si se me permite, pues ahí empezó. En una ruidosa y llena estación de autobuses.

Un agradable paseo por el barrio de las letras de Madrid, con paradas aquí y allá para beber alguna caña, como en la Dolores o el Naturbier (por aquello de la cerveza artesanal y encima alemana) de la plaza Santa Ana,  y un pequeño problema final para encontrar el parking, culminó con la llegada a casa,  con regalos navideños emotivos y bonitos y un rato de descanso antes de volver a salir.

Y llegó el concierto de Burning. Sin prisas, con algunas cervezas antes para hacer tiempo, disfrutamos de un gran espectáculo, entre la espada y la pared, es decir, entre el público que abarrotaba la sala y el segurata de turno que controlaba nuestros continuos intentos de fumar. Y que a la postre se portó muy bien perdonando la “infracción” hasta en 3 ocasiones sin llegar a amenazarnos con la expulsión. Gracias amigo. Eso se llama espíritu navideño. 
Gran concierto, buena sonoridad como decía el Perchas, cantando a voz en grito todas las canciones, fueran conocidas y me supiera la letra o no, y una vuelta a casa extraña, cargada por un lado de felicidad y por otro de una inoportuna tristeza. 


Aún le doy vueltas a mis juguetonas y resistentes neuronas sobre el qué, cuándo y dónde se rompió temporalmente la magia. Temporalmente, por suerte. Pero hizo crac.

Nada extraño tampoco. La compañía, la convivencia, la verborrea, la bebida, la música, la fiesta, la extrañeza.., todo ello son factores que influyen en los sentimientos, hay subidas, hay bajadas, hay silencios y ruidos, hay sonrisas y lágrimas. Se llama vida. Se llama caminar.

Así acabó una gran noche, con las notas de “No es extraño” de Burning resonando y su letra llevada hasta el final “hallándome en casa sentado en el suelo y hablando con la pared”. Lágrimas anunciadas, como decía al principio.

El resto del fin de semana, perfecto. Mejor imposible. Sin prisas, sin horarios, sin planes, hasta sin autobús de vuelta. Hablando, riendo, bebiendo, comiendo, paseando. Cosas simples, momentos, comentarios. En compañía. Con un grado de complicidad y amistad suficiente para reir de los mismos chistes, maldecir a las mismas personas que andan demasiado lento, buscar al unísono las aceras vacías u optar por un bar tranquilo para disfrutar de una simple cerveza. 

Nada más ni nada menos. Un final de la Navidad diferente. Pero reconfortante. Y feliz.


De eso iba la Navidad creo recordar. De ser y hacer feliz. Lo soy y lo intento.





martes, 9 de diciembre de 2014

El Kiwi

Casi todos conocemos la fruta llamada Kiwi. Muy de moda en los últimos decenios, se trata de una planta trepadora originaria de China que posteriormente se ha ido introduciendo en muchos países, entre los que destaca Nueva Zelanda. Y de ahí viene su nombre (cosa que obviamente desconocía y he tenido que investigar, como creo que pasará a muchos de mis lectores): como en Nueva Zelanda el pájaro “no volador” endémico se llama Kiwi en el idioma aborigen maorí, y la fruta de la planta Kiwi se parece un poco al cuerpo del pájaro Kiwi, pues le pusieron este nombre al dulce fruto. 
Y de esta guisa se ha extendido por todo el mundo: se usa en postres, en helados, en ensaladas, me imagino que también en los tan variados y ridículos Gin Tonics y, para mayor sorpresa, 
hasta para dar un toque especial a los puerros de Sahagún, herencia éstos últimos de los monjes benedictinos que procedentes de Cluny se asentaron en esta región bajo el reinado de Alfonso VI de León. Aunque me imagino que por esa época, el siglo XI, siglo de Cruzadas, poco Kiwi habrían probado monjes, caballeros, nobles y sirvientes. Pero nunca se sabe: igual algún habitante muy espabilado de esta región tan bonita de España se adelantó en un siglo a Marco Polo y se trajo unas semillas de kiwis desde la lejana China. No olvidemos que los españoles seguimos usando la expresión “Ancha es Castilla”, que viene a significar que “como nadie nos ve al estar tan poco habitada podemos hacer lo que queramos sin que nos pillen, sin presiones ni obligaciones”. Pues siendo tan fácil ocultarte por esos lares no cuesta mucho imaginar a un lugareño cruzando el globo en busca del complemento ideal a los puerros, sin que alguien note su larga ausencia. 
Como aquel marido que dijo lo de “bajo a por tabaco un momento” y no volvió hasta pasados 20 años. Igual es el mismo que se trajo la fruta exótica. 

¿Y a qué viene hablar de Kiwis? Pues a esa cosa llamada casualidad, cuando no “serendipia”, extraña palabra basada en la “serendipity” del idioma inglés que ha incorporado recientemente la RAE a la 23ª edición del diccionario y que viene a significar algo así como un “hallazgo afortunado e inesperado”.

Viajé al Norte con mi Zippo de rigor, en este caso uno con un pájaro Kiwi de adorno que me regaló un amigo que estuvo por las antípodas hace unos años, y en el par de días de estancia se dieron dos coincidencias: durante una conversación acabamos Matrix y yo hablando del Kiwi pájaro, no recuerdo el porqué,  y en un excelente restaurante de Sahagún, llamado “Asador el Ruedo II -  Bar España”, nos sirvieron puerros con Kiwi antes del anhelado (y por cierto excelente) lechazo que nos metimos entre pecho y espalda. Y yo con el Zippo de marras. Cuando tengo más de 20 Zippos diferentes preparados en mi caja para ir variando según mi estado de ánimo o el destino de la salida. Lo dejamos en casualidad. Pero divertida, en cualquier caso.  

Para no hablar de los dobles nombres de los bares y restaurantes. Otro misterio por descubrir que queda pendiente para la siguiente escapada: ¿por qué diantres tantos bares de la zona tienen dos nombres? ¿Tradición local, disputas familiares, triquiñuelas para engañar al fisco? Dios sabrá.

Nosotros nos quedamos un poco extrañados. Igual tendríamos que haber indagado un poco, pero estando ocupados todo el rato en pedir otra Mahou (y otra, y otra..)  se nos pasó. Prometo solemnemente indagar en otra ocasión e informaros a todos. Menos a policías o inspectores fiscales. No seré yo el que traicione o meta en un lío a un simpático habitante de una de las cuatro provincias que recorrimos en los tan cortos 3 días de esta reciente escapada.

Porque gracias a nuestro innato sentido de la orientación y encima ayudados por el inevitable navegador de Google, fuimos capaces en poco más de una hora de partir desde Palencia, pasar por León, tocar Burgos y rozar Valladolid, para acabar en el mismo pueblo desde el que habíamos partido. Cosas del paisaje y el momento, del sol, de la música, de lo a gusto que estábamos y de lo buenas que estaban la cervezas. Conociendo Castilla. En toda su anchura. Y felices. En resumen, libres.


Rizando un poco más el rizo, y sin ningún tipo de maldad o sorna, lo del Kiwi también podría aplicarse a una de las primeras personas que conocimos en Villada. Santi se llamaba, persona impedida y en silla de ruedas que portaba una concha del Camino y al que obviamente, por aquello del espíritu peregrino que siempre llevas dentro, entré al instante para charlar un poco. Desconozco si de nacimiento o debido a un accidente, pero el joven tenía tal grado de invalidez en brazos y manos que ni podía beber de forma autónoma. Cual Kiwi incapaz de volar al carecer de alas. Pero ello no fue impedimento para compartir una caña con él, darle de beber y pasar un rato agradable hablando del Camino y la Cruz de Hierro, punto más alto del Camino Francés situado entre Foncebadón y Manjarín, lugar clave y místico de la ruta jacobea y del que nos contó el chico que lo había visitado recientemente. En dicho lugar los peregrinos suelen echar una piedra traída desde casa y de espaldas a la cruz, simbolizando con ello el dejar atrás el pasado. La pena es que no coincidiéramos otra vez con Santi: hubiera estado genial despedirnos de él.


Hasta aquí lo del Kiwi. No intentaré ahora buscar los tres pies al gato (expresión por cierto incorrecta, ya que deberían ser cinco, aunque por culpa de Cervantes y su Quijote el pobre gatito ha quedado en el compendio de dichos populares amputado de por vida de dos de sus extremidades) y relacionar alguna cosa más con los pequeños pajaritos de Nueva Zelanda o la verdosa fruta china tan poco propia de nuestros lares pero tan popular en la cocina actual.

El resto de las anécdotas de este fin de semana tan espectacular y bonito son más mundanas: lectura de dos periódicos haciendo tiempo en el bar Viena, uno de ellos en ambas direcciones, haciendo honor a la palabra cagaprisas recién aprendida y plantándome en Burgos 2 horas antes de lo previsto, croquetas de bacalao exquisitas hasta sin bacalao, habitantes reincidentes que te encontrabas en todos los bares del pueblo, un baño espectacular con suelo radiante que invitaba más a una fiesta que a darle su uso natural como ducha (o a ambas cosas al mismo tiempo), cervezas artesanas estilo belga (igual herencia también de los monjes de Cluny), es decir, afrutadas en demasía para mi gusto, visitas relámpago desde el coche sin ni siquiera apagar el motor, un lechazo espectacular ya nombrado antes,  un sorprendente museo de la Semana Santa de Sahagún, un hotel rural encantador recomendable a todos luces (el Señorío, en Villada, Palencia), una dicha continua por la grata compañía, la complicidad y el bienestar, con un estado general de felicidad que no recuerdo haber vivido en muchos, muchos, pero que muchos años, cuando no decenios (y no digo jamás por aquello del gafe, no vaya a ser que despierte de mi sueño de golpe),  una casual y final visita a Castrojeriz que compensó con creces por su cuidado y coqueto núcleo urbano y su simbología peregrina presente en todos lados, pueblo en el que por cierto lo único extraño, por su ubicación geográfica,  fue ver anunciadas gambas en todos los bares, y una vuelta a casa cargado de ilusión y en un estado de júbilo embriagador.


Como si al pobre e impedido kiwi le crecieran alas de golpe. Y pudiera volar en total libertad sobre los campos de Castilla admirando su belleza desde lo alto. Y que tuviera, claro está, una peque y adorable kiwi femenina al lado para ir piando un poco. 

Que la alegría no solamente da alas. 
También suelta la lengua. Como a mí.