lunes, 8 de abril de 2019

Nacionalismo, populismo y religión.


Una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto”
George Orwell, Notas sobre el nacionalismo

No va nada mal que, en estos momentos, a punto de iniciarse la campaña electoral oficial (aunque realmente la campaña empezó el fatídico 2 de junio de 2018, día en el que el falso y ególatra Pedro cum Fraude llegó al poder con la mochila llena de sucias maniobras e incontables mentiras), se publique un estudio sobre la enseñanza de la religión en las diferentes regiones de España.


Como era de esperar, las regiones en las que se limita, excluye y hasta persigue la enseñanza de la religión católica, son aquellas en las que dominan una o ambas de las dos fuerzas malignas que quieren acabar con nuestros valores, nuestras historia y, sobre todo, con nuestro futuro.

Tanto el rancio populismo izquierdista, culpable de los mayores desastres sociales y culturales de la historia, además de la muerte de cientos de millones de personas, como el maldito nacionalismo que se sitúa por encima del bien y del mal arrogándose rango de verdad y eternidad, tienen muy claro quien es su principal enemigo. La lucha contra los valores emanados de nuestra herencia griega, romana y cristiana es continuada e implacable: es la única manera que tienen para llegar al poder los enemigos de la persona, de la libertad y de la justicia.

Decía Orwell en su “Notas sobre el nacionalismo” lo siguiente: “Todo nacionalista acaricia la idea de que el pasado puede alterarse. Pasa la mayor parte del tiempo en un mundo fantástico en el que las cosas suceden como deberían suceder, y, cuando es posible, no duda en transferir fragmentos de su mundo a los libros de historia”.

¡Qué acertada definición de lo que estamos sufriendo hoy en día en España! Ese mundo fantástico en el que residen los dementes Torra, Puigdemont y demás enfermos, o los falsos e hipócritas nazis del PNV que van de sensatos y superiores cuando su trayectoria es el mayor ejemplo de manipulación histórica y social (y sangrienta) sufrida en Europa en los últimos siglos, junto a los demagogos populistas de izquierda que repiten sin cansar su mantra igualitario, libertario y renovador, cuando cualquier persona sensata sabe que ni persiguen la igualdad, ni creen en la libertad, ni dejarán más rastro de su apestosa presencia en nuestra sociedad que miseria, injusticia y privilegios para unos pocos acólitos (véase la situación actual de Venezuela).

¿Y qué podemos hacer para evitar este desastre y salvar los muebles de nuestra patria, nuestra historia, nuestra herencia y con ello garantizar un futuro a nuestros hijos y nietos?

Pues yo diría que está bastante claro: luchar en el día a día por nuestros valores y contra la indecencia que representan la mayoría de los partidos políticos. Leer, estudiar, entender, escribir, debatir, dar ejemplo, enseñar…, en definitiva, ayudar a las personas de cerebro huero, abducidas por las mentiras, la superficialidad y la mediocridad de las malignas y manipuladoras cadenas de televisión y radio, dedicadas en cuerpo y alma a minar los valores y cimientos de nuestra sociedad para conseguir el máximo provecho económico, a 
costa de convertir a la audiencia en simples ovejas consumidoras de bazofia.

Y aquellos que votáis, hacedlo conscientemente, sabedores de que estamos ante una de las últimas oportunidades de salvar la que otrora fue reserva espiritual de Occidente, faro de libertad, justicia e igualdad. Nuestra patria. Nuestro pasado. Nuestro presente. Y Dios mediante, nuestro futuro. Por España, todo por España.



miércoles, 20 de marzo de 2019

Operación tinte


Después de mi artículo de ayer, en el que hablaba de la operación de blanqueo (lejía Conejo de por medio) de los delitos y faltas de los golpistas separatistas en Cataluña (nótese que no digo de los golpistas catalanes, a ver si la gente allende del Ebro entiende de una vez que la mayoría de los catalanes ni somos golpistas, ni odiamos a España ni padecemos demencia), hoy toca hablar de lo contrario, de la operación tinte, del proceso de ennegrecer con medias verdades, completas mentiras y noticias falsas a los contrincantes políticos.

Sabemos muy bien que los de siempre, los manipuladores, embaucadores y mentirosos, no dan puntada sin hilo. Y en cuestión de echar mierda sobre los demás somos, por desgracia, campeones del mundo. Hasta destacamos hablando mal sobre nosotros mismos, como bien demuestran la persistencia de la leyenda negra acerca de la historia de España, los prejuicios hacia los vecinos del norte, del sur, del este y del oeste de nuestra patria, la expresión “panchito” para referirse a los otrora conciudadanos de las provincias de ultramar, los chistes sobre Lepe, las chanzas sobre la siesta continuada en Andalucía, los prejuicios sobre la racanería de los catalanes y la chulería de los madrileños o las risas sobre los ridículos peinados y las pobladas cejas de las mozas de las provincias vascongadas (esto último quizás sea lo único acertado).

Ya lo decía el escritor catalán Joaquín Bartrina:” Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol; / si os alaba Inglaterra, será inglés, / si os habla mal de Prusia, es un francés, / y si habla mal de España, es español”.

Entre amigos nos reímos mucho del “y tú qué”, “y tú más” que solemos usar cuando somos incapaces de responder a nuestro interlocutor con argumentos, con sensatez, con conocimiento de causa y con educación. Pero por desgracia justamente esto es uno de nuestros grandes defectos: somos incapaces de aceptar que algo no lo sabemos, de digerir una derrota, de que el contrario sea mejor que nosotros o que nos hayamos equivocado en algo. Y de esta triste manera de ser solamente dista un pequeño paso hasta el insulto, la tergiversación, la manipulación y la difamación.

Y así andamos ahora, en plena vorágine electoral, con las espadas alzadas, las lenguas afiladas y los documentalistas trabajando a destajo para encontrar el mínimo error o la mayor equivocación en la vida pasada del contrario (o de su familia, sus vecinos, sus allegados, sus antepasados o sus animales de compañía), y así poder insultar, exagerar y vilipendiar a cámara y micrófono abiertos  hasta quedar roncos de voz y llenos del placer que al parecer produce hacer daño al prójimo. Daño al contrario y sobre todo réditos electorales. Que de eso se trata en estas semanas previas a unas importantes y trascendentales elecciones generales.

Y si a todo este proceso de hurgar tanto en lo público como en lo más íntimo de la vida de los adversarios políticos, añadimos la mentira estratégicamente planificada y organizada, la complicidad de los medios afines, los medios económicos disponibles sin control alguno (como el abusivo uso de las instituciones del estado para su campaña electoral que está haciendo Pedro "cum fraude" Sánchez) y la creación de bulos y noticias falsas usando las facilidades técnicas de nuestro entorno social tan altamente conectado, pues poco podemos hacer para evitar que una persona de historial blanco y virginal se convierta en un ser de color gris ceniza, y un contrincante político con algunas mínimas manchas grises en su por lo demás admirable currículum acabe más negro que un túnel sin tren expreso (Sabina dixit).

Añadamos a esta maldad “democrática” la recién aprobada “ley de protección de datos” que permite a las formaciones trazar perfiles ideológicos de sus potenciales votantes en las redes sociales y lanzar publicidad por sistemas electrónicos de mensajería, sin que podamos oponernos, y que obviamente fue refrendada por unanimidad por todos los partidos políticos (listillos todos ellos), pues qué queréis que os diga.

Esto acaba de empezar: nos quedan 39 largos días y sus correspondientes noches de sucia, perversa y poco humana campaña electoral, en la que quien más quien menos repartirá o recibirá estopa. Sin piedad. Con toda la maldad posible. Sea verdad o no lo sea, eso no importa. Lo que prima (y aquí enlazo con mi artículo anterior) es el resultado: conseguir mis votos y mis privilegios. 

A los demás, a su nombre, su integridad, su familia, su honor y su salud, que les den morcilla.

Asco de sistema, asco de democracia, asco de políticos. Asco en general.

martes, 19 de marzo de 2019

Operación lejía


Ya estamos. A los que tenemos un mínimo de intelecto y cultura y conocemos el objetivo último que persigue cualquier político, la operación de blanqueo de los golpistas separatistas no nos sorprende un ápice. Y por mucho que me repita y algunos conocidos me llamen cansino, hay que proclamarlo a los cuatro vientos, cien veces, o mil, hasta que todo el mundo lo entienda: los políticos no son personas altruistas y preparadas que se ponen al servicio de la sociedad que los elige por sus capacidades y sus buenas intenciones. Por lo menos no lo son los políticos al uso, léase los socialistos, los blandengues populares, los populistas manipuladores, los patéticos comunistas o los mentirosos, poseídos y racistas nacionalistas. Todos estos grupos de vividores que se agrupan alrededor de una bandera sin historia, un logotipo infantil, una historia milenaria inventada, una herencia manipulada, un falso mandamiento de la sociedad, una veleta anaranjada al viento, un ridículo himno o veinte promesas que no piensan cumplir, no pretenden otra cosa que o bien mantenerse en el poder o bien llegar a él. Y sanseacabó.

Obviamente (por ahora) no existe solución a este grave problema. En las falsamente llamadas “democracias” occidentales, los que mandan no son los ciudadanos con sus votos: mandan los lobbies, ya sean económicos (la banca y las multinacionales) o políticos (los partidos políticos y sus matrices internacionales), que utilizando los medios de comunicación cautivos y los amplios resortes del poder que les entregamos como borregos cada tantos años en esa simulación de libertad que llaman elecciones, se perpetúan en el poder, manteniendo así su hegemonía social y económica mientras se ríen en nuestra cara día tras día.

Cientos de veces habré hablado y escrito sobre el valor añadido de un político, sobre ese cero a la izquierda que representan estos tan bien pagados “intermediarios” entre el ser humano, la voluntad popular, las necesidades de la sociedad y las actuaciones reales para mejorar la vida de las personas. 

¿Qué aporta un político al bien común?
¿Una buena gestión de los recursos de un país?
¿Una buena dirección de las empresas públicas en aras de mejorar las condiciones de vida de la población?
¿Un esfuerzo diario por mejorar y con ello ayudar al resto de la sociedad?

Anda ya. Eso lo hacían los dirigentes en la antigua Grecia, o los buenos reyes (que los hubo), o los tribunos romanos antes del declive del Imperio Romano (al que debemos tantas cosas, por cierto), o los buenos pastores de la Iglesia (que los hubo y los sigue habiendo), antes de su conversión en enfermos dictadores, minoritarios pero asquerosos pederastas, déspotas iluminados o revolucionarios trasnochados.

Hoy en día no queda nadie bueno de verdad, salvo algunos misioneros en remotos países, expuestos a ser degollados por integristas sin que a la sociedad occidental le importe un pimiento (el mismo día de la masacre en Nueva Zelanda murieron asesinados 200 y pico cristianos a manos de islamistas y nadie se hizo eco de ello), algún que otro profesor de pueblo lleno de bondad e ideales, una decena de periodistas independientes, un puñado de intelectuales desconocidos por la amplia mayoría de la sociedad y que predican en el desierto intelectual en el que se ha convertido el mundo occidental y quizás una pequeña parte de la juventud que parece que se está despertando y que pretende rebelarse contra la mediocridad general, el letargo de la sociedad y la inacción de la anterior generación. Sin olvidarnos de los amigos de verdad, los camareros de los bares, los sumilleres en los restaurantes y los cocineros que preparan un buen arroz, que son la única reserva cultural, espiritual y social que nos queda.

Por lo demás, un pozo negro.  Y que encima pretenden blanquear ahora que estamos en periodo electoral. Lo que podríamos llamar “operación lejía”. O para ser más creativos “Operación Conejo”, por ser dicha marca la primera lejía que se hizo popular en nuestro país allá por el 1889, hace nada menos que 130 años.  Época para más inri de nefasto recuerdo, de la Regencia, del Pacto del Pardo, de inestabilidad, de corrupción…, en resumen, de preludio a las desgracias que derivaron de todo ello, la pérdida de las últimas provincias de ultramar, la Semana Trágica de Barcelona, la huelga de 1917 y finalmente la maldita segunda república, el golpe de estado de la izquierda asesina y genocida y el levantamiento militar de los últimos patriotas para salvar los pocos muebles que quedaban enteros en nuestra patria.

Pues así andamos de nuevo, en esa inexorable repetición de los mismos errores. De dejarnos embaucar por los intermediarios, los políticos, para al final salir perdiendo.

Los golpistas catalanes están ya a remojo en los barriles de lejía que han situado en todas las estratégicas esquinas de la piel de toro. En Cibeles, en las maniobras de Sociedad Civil Catalana, en el Orinal (también llamado Nou Camp), en las interferencias masónicas del gabacho Valls en la política española, en el descafeinado juicio por el “procés” que acabará sin duda en generosos indultos o en las maquiavélicas intenciones del PSOE de Sánchez y su afán por alargar su estancia en la Moncloa a costa de desmembrar lo que queda de España.

Al racista PNV le darán lo que haga falta, sea quien sea el que se lleve el pato al agua el 28 de abril. El PP de Galicia está emulando lo peor de CiU en Cataluña, apartando la lengua mayoritaria y común de la sociedad para ganarse los favores de los enfermos nacionalistas, en Valencia llevan tiempo intentando ser más estúpidos que los separatistas catalanes (y están a punto de conseguirlo), en Andalucía todas las promesas de los veletas de Ciudadanos y los inanes dirigentes populares han caído en saco roto y en el resto de España la sociedad solamente está pendiente del calendario laboral y del próximo puente que puedan disfrutar en nuestras costas, prados, valles o montañas.
Cerrando los ojos a la triste realidad. Ojos que no ven, corazón que no siente. Como no entiendo y no me interesa la política, pues nada, a ver la tele, a consumir y a vivir que son dos días.

Y aprovechándose de esta sociedad aletargada y carente de intelecto, los malditos partidos ficharán a cualquier figura que les pueda aportar esos cuatro votos que les faltan para conseguir su sueño dorado, su concejalía en un ayuntamiento, su asiento en el parlamento autonómico o su escaño en el Congreso o en el Senado. Desde actores, pasando por militares de uno u otro signo, deportistas, astronautas, músicos o “influencers” (antes llamados cantamañanas). Cualquier personajillo, personaje o hasta eminencia es útil para alcanzar sus últimos y únicos objetivos: vivir bien, ganarse una pensión vitalicia y observar el hundimiento de una de las naciones que más han aportado a la historia del mundo desde la barrera, con un libro plagiado, una carrera no estudiada, un master inexistente, un currículum hinchado, una mansión en Waterloo, unas embajadas inventadas e ilegales en Europa y los EE.UU., un chalet en la sierra o en la costa y un coche oficial o un avión a su disposición. Cada uno con sus caprichos, sus obsesiones, sus anhelos y sus locuras.

¿Y aún os creéis que alguno de todos estos lamentables y nefastos actores llamados políticos buscan el bien común?

Yo no me creo nada. Sigo siendo, como tantos otros, una humilde “vox clamantis in deserto”.  En ese desierto que cada ene años intentan blanquear con lejía para ocultar la realidad. En ese maldito "año del conejo” que estamos viviendo. Ni que fuéramos chinos. Y nos vuelvan a engañar como les sucedió a ellos en el Perú del siglo XIX (y ahora nos están devolviendo a base de productos falsificados, gato por liebre en los platos, sonrisas engañosas y una lenta pero continua colonización dirigida por el poder de Pekín).

martes, 12 de marzo de 2019

La picaresca


Hace un par de semanas tuve el honor de hospedar en mi casa al gran Don Alberto (gracias por la vista amigo), y como suele pasar cuando nos vemos, acabamos hablando de casi todo, del bien y del mal, de los tontos y los sumamente estúpidos, de los malditos rojos y las gordas feminazis, de los vividores y los vagos, todo ello bien regado con cervezas (bastantes) y finalmente disfrutando de varias películas vistas en más de una ocasión, en ese eterno “déjà vu” que buscamos y disfrutamos conscientemente cuando nos vemos. No tenemos edad para experimentos, sabemos muy bien lo que nos gusta, y en consecuencia hacemos lo que nos apetece, con quien queremos y en el lugar que más nos rota. Y no es por hurañía que evitemos el contacto con demasiada gente, con esa patulea que por desgracia puebla nuestra patria, sino una simple y consciente decisión. 
Mejor solo que mal acompañado, como se suele decir.

Y entre pitos y flautas (expresión cuyo origen sigue siendo un misterio, aunque muchos estudiosos opten por este origen), anécdotas y risas, volvió a aparecer la tan común y al mismo tiempo tan odiada palabra: la picaresca. Lo que practican los pícaros. Que son muchos. Demasiados.

El grave problema es la evolución de las acepciones de la palabra en cuestión, y con ello, en mi modesta opinión, la justificación o excusa que usan todos los pícaros que nos rodean. Del “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir” original de la novela picaresca del siglo XVI hemos pasado al “listo y espabilado”, mutando la palabra de su vertiente negativa hasta casi convertirse en un valor. Tendríamos que proponer a la RAE que como mínimo invierta el orden de las dos primeras acepciones de la palabra en su diccionario, para adecuarlo a la realidad, aunque creo que sería una tarea harto difícil. 

Nuestra sociedad occidental, y en este caso no hablo solamente de España, sino de la mayoría de los países que nos rodean (no vayamos a creer que tenemos la exclusiva de la picaresca), ha ido perdiendo progresivamente sus valores fundamentales, como son la lealtad, el amor, el esfuerzo, la ética, la estética, la solidaridad, la caridad o el honor, sustituyéndolos por una nueva escala de pseudovalores que son culpables de la decadencia y la falta de rumbo de la mayoría de las personas. Y de su picaresca. Hablamos aquí de supuestos valores como la riqueza, el poder, el tamaño del coche, la casa, el yate, los pechos o el pene, la cantidad de mujeres o hombres que has poseído, los siniestros falsos que has simulado, el importe que has conseguido defraudar a Hacienda en el último ejercicio o las horas, días, meses y hasta años que te has podido escaquear del trabajo (como se ha descubierto en múltiples casos de funcionarios públicos).

Y puestos a poner ejemplos de la generalizada picaresca en nuestro país, estos últimos años dan para escribir varios libros. Aunque lo de los libros en el fondo sería inútil por dos razones: aquí no lee ni el tato, y menos aún los pícaros, y en el caso de que leyesen cualquier libro de este tipo simplemente les serviría como manual de instrucciones para su siguiente acto indigno.

Para evitar indigestiones, depresiones y ataques de ira solamente citaré unos pocos y recientes ejemplos, tanto patrios como ajenos a nuestra pícara tierra:

  • El fraudulento, limitado, mentiroso y egocéntrico presidente por accidente Sánchez Castejón convoca las elecciones justamente el día en el que cumple el mínimo de jornadas en el cargo para cobrar una pensión vitalicia de más de 90.000 euros.
  • Su tan trabajadora esposa Begoña asiste a una mal llamada “huelga” (¿contra qué empresa o institución que les explota laboralmente se estaban manifestando?) feminista, cuando cobra un sueldazo por no hacer nada y está disfrutando de una vida de lujo a costa de nuestros impuestos.
  • Riveleta y sus secuaces organizan un pucherazo en las primarias de Ciudadanos en Castilla y León para colocar a su candidata y el tiro les sale por la culata.
  • En Andalucía  existen 2.250 asociaciones feministas por 778 municipios. Es decir, 2,9 asociaciones de vividoras por municipio. ¿Cuánto le queda de verdad a las mujeres, hombres o niños acosados o en peligro? Cero patatero. 
  • Ana Pastor se inventa una nueva empresa, Newtral, para vigilar las noticias falsas, y de entrada miente sobre los años de trabajo en esta honorable tarea. Falsa ella, falsa su empresa. 
  • Portugal reclama la hazaña de Magallanes de haber dado la vuelta al mundo, cuando los hechos demuestran lo contrario: España financió y lideró la expedición, él cambió su apellido, renegó de su origen portugués, en su testamento dejó escrito que sus herederos fueran por siempre españoles y encima la flota portuguesa intentó por todos los medios evitar la hazaña de nuestra gloriosa marina.
  • El ex presidente de Greepeace reconoce que el cambio climático es una exageración, cuando no una gran mentira.
  • Maduro se inventa un ciberataque internacional a su sistema eléctrico mientras sigue robando y el pueblo llano muere de hambre, sed y falta de electricidad. Y para mas inri la gestión del sistema eléctrico de Venezuela es analógica, es decir, no puede ser atacado remotamente, por mucho "hacker imperialista" que lo intente.

Y así podría seguir hasta llenar cientos de páginas. Aunque también se puede resumir con una tira del siempre magnífico Dilbert



Pero eso nos llevaría a hablar del marketing, la constante y abusiva mentira de los publicitarios, las falacias de los bancos y las aseguradoras o las promesas electorales de los partidos políticos. Y siendo martes no sería de recibo estropear lo que queda de semana. Ya retomaré el tema en otro momento.


Y citando a Matilde Asensi en esta magnífica entrevista: “No permito que nada indigno entre en mi vida y eso incluye la política”.

Y la picaresca, añadiría yo.

viernes, 15 de febrero de 2019

El mesonero



Distribución del apellido "Mesonero" por provincias.
Como bien sabemos y nos confirma el diccionario de la Real Academia, un mesonero es una “persona que posee o tiene a su cargo un mesón”, siendo un mesón un “establecimiento típico, donde se sirven comidas y bebidas”.  Se trata de una palabra antigua, mencionada por primera vez en un diccionario en 1495 (casi nada), con raíces etimológicas en la “maison” francesa y la “mansio” latina.

Una profesión noble y antigua (no tanto como las meretrices, pero por ahí andará), cuyo legado no son solamente las 3.000 personas españolas que hoy en día aún mantienen “Mesonero” como apellido, como se puede comprobar en la web del INE, sino sobre todo los otros cientos de miles de esforzados mesoneros que en la actualidad nos siguen atendiendo y sirviendo.

¡Qué sería de España sin nuestros mesones y mesoneros! (Ampliado obviamente a todos sus sinónimos, como pueden ser taberna, hostal, venta, fonda, posada, bodega, restorán/restaurante, bar, pub o ambigú). Pero no solamente tenemos muchas expresiones en nuestra rica lengua para denominar los locales en los que se puede beber y comer, lo nuestro es más fuerte aún: España es el país con más bares por habitante del mundo (un bar por cada 175 habitantes según las últimas cifras disponibles), lo que significa unos 260.000 locales, con más de 1,6 millones de empleados. Tenemos por lo tanto más locales dedicados al buen yantar y beber que en todos los EE.UU. de América, y hasta hay un bulo (fake news dirían hoy los modernos iletrados) que corre por España desde hace años, que afirma que tres calles de Zaragoza ciudad tienen más bares que toda Holanda. Igual esto es un poco exagerado, pero habiendo estado varias veces en la triste y húmeda Holanda, “chi lo sa”, igual hasta es verdad. Si los habitantes de Flandes en su momento no hubieran sido unos traidores herejes y siguieran formando parte del glorioso Imperio Español, otro gallo les cantaría: de sol y playa quizás no disfrutarían, pero por la falta de mesones no se tendrían que preocupar. Dicho esto, no dudo de que una de las razones de que seamos el segundo país del mundo en número de turistas que nos visitan, es la abundancia, variedad y calidad de nuestra hostelería (sin obviar nuestro clima, nuestras playas, nuestra historia, nuestros monumentos, nuestro salero, el diverso y rico paisaje de la piel de toro y la increíble belleza de nuestras mujeres).

¿Y qué hace un buen mesonero? La respuesta más simple podría ser: servirnos comida y bebida y cobrarnos algo a cambio. Pero la realidad va mucho más allá: un buen mesonero tiene muchas cualidades que a primera vista igual pasan desapercibidas, como también tiene sus defectos, que no todo es oro lo que brilla, pero no creo que sea momento de sacar los trapos sucios de esta noble profesión, más aún cuando estoy escribiendo un homenaje al mejor amigo del hombre (junto al perro, claro está, no vaya a ser que los del PACMA me llamen la atención por olvidarme de los canes).

Llevándolo al mundo y el lenguaje empresarial, a la cadena de valor y a sus procesos subyacentes, temas a los que me dedico desde hace años y que soy incapaz de dejar de lado ni aun hablando de un tema tan mundano, las tareas de un buen mesonero abarcan desde la selección del local y del personal, la decoración y la limpieza de las instalaciones, la calidad de los productos, la acertada selección de los proveedores, los precios ajustados al buen servicio y al valor real de lo que se ofrece a los clientes, la destreza en la preparación, el buen gusto en la presentación de los platos, la rapidez en el servicio, la variedad de la oferta o la constancia en los sabores y las presentaciones, hasta actos y actitudes mucho menos visibles pero igual de importantes, como el respeto a cada uno de los clientes, el trato amable, personalizado y familiar, la confianza que inspira, clave para que los clientes vuelvan, la buena memoria para conocer las preferencias de los comensales y tantos otros detalles que consiguen que optemos justamente por ese local y no por el vecino.

Un mesonero que se precie conoce el nombre de todos y cada uno de sus clientes habituales, está al día de sus problemas, de su situación familiar, de sus alegrías y desengaños, y ya sea por puro interés crematístico, por instinto o por verdadera bondad, no hay español que no aprecie ese momento en el que una persona externa a la familia se preocupa de sus necesidades básicas. En algún otro artículo mío ya lo decía: el mejor psicólogo para un español de verdad es Manolo, el camarero del bar de la esquina. Sin pretensiones, sin pesados discursos teóricos, sin caras terapias ni gilipolleces varias, te cura cualquier ansiedad, tristeza, ardor de estómago, resfriado, mareo, antojo o descomposición en un abrir y cerrar de ojos.

Valga pues todo lo dicho anteriormente como homenaje a todos esos mesoneros que nos alegran la vida: a los Manolos, los Pacos, los Juanes, a los “chaval ponme una caña”, a los “caballero me pondría una tapita”, hasta a los anónimos “tú, ponme algo” de los locales que desconocemos y que al rato (siempre y cuando sea un mesonero de pro) ya se convierten en parte de nuestra vida, nos enseñan el álbum de fotos de su boda y nos guardan el taburete de la esquina para nuestra semanal charla, escapada o terapia.

No puede faltar una mención especial a Jesús Espinosa, su hermano Javier y todo el resto del encantador y profesional personal de “La Parrilla”, que al fin y al cabo son los que me han inspirado para escribir esta pequeña reflexión.

Y como bien hemos cantado, cantamos y cantaremos todos en algún momento, esté o no esté la tuna presente:

Cuando yo me muera, tengo ya dispuesto,
en el testamento que me han de enterrar,
que me han de enterrar.
En una bodega al pie de una cuba,
con un grano de uva en el paladar,
en el paladar.

viernes, 18 de enero de 2019

Campi qui pugui


Este dicho popular catalán equivale al “´sálvese quien pueda” en nuestro querido idioma común, ese idioma castellano o español que es el segundo más hablado del mundo y cuya enseñanza están limitando, que no prohibiendo, en varias taifas de nuestra nación.

Pero visto como están empezando a abandonar el barco las ratas golpistas ante el próximo juicio que pondrá, Dios mediante, a cada uno en su sitio, tampoco es preocupante. 

Entre el descalabro del separatismo catalán, con sus peleas internas, sus negaciones, sus locuras y sus “pelotas fuera” y el profundo cambio que se avecina en el resto de España gracias a la irrupción de nuevas opciones políticas, sumado al hundimiento ya casi definitivo de los retrógrados populistas de Podemos y los vividores del PSOE, pues se vislumbra una nueva luz en el horizonte.

Y no es que esté cantando victoria, por favor, que la lucha acaba de empezar y la estupidez inculcada a jóvenes y mayores en los últimos cuatro decenios, unida al odio inoculado cual virus letal a los niños en guarderías, escuelas, clubes deportivos, centros de excursionismo y hasta parroquias, no se curan de golpe.

Tenemos por delante tiempos duros de limpieza, de educación, de recuperación de la libertad y la sensatez, de volver a los valores reales, de acabar con el populismo, la manipulación, los chiringuitos, el nepotismo, la desigualdad, el separatismo, la dictadura de género y tantas otras desgracias que nos han dejado estos últimos 40 años.

Pero no decaeremos. Lucharemos como hemos hecho siempre. Por nuestra historia, por el bien común, por la libertad, por la justicia y por el futuro de las nuevas generaciones. Por España.

miércoles, 2 de enero de 2019

El año de los idiotas


Acabó el nefasto año 2018 (nefasto para Cataluña y con ello para España, es decir, para todos nosotros) con un Mosso proclamando la verdad a los cuatro vientos con el ya mítico “La república no existe, idiota”, y empezó el 2019 con el impresentable y mentiroso presidente por accidente Sánchez Castejón afirmando que el viaje al FIB (para disfrute de su santa y trabajadora esposa) en Falcon, la apertura del aeropuerto de Castellón, los traslados, las copas, las dietas y las entradas costaron solamente 283 €. ¡Vaya chollo! Ni que fuera el Black Friday o el día del inicio de las rebajas de enero del Corte Inglés.

Lo grave es la diferencia entre ambas afirmaciones: el realista y lúcido miembro de las fuerzas de seguridad del Estado dijo la verdad, mientras que el presidente ocupa nos volvió a mentir. Con toda la desfachatez del mundo. Con todo el morro. Sin ruborizarse lo más mínimo. Tratándonos como si los idiotas fuéramos nosotros. Cuando hoy en día hasta el tato sabe quiénes son los idiotas sin tener que recurrir al diccionario de la Real Academia: los “tontos o cortos de entendimiento” y los “engreídos sin fundamento para ello”.

Y aquí es cuando el abanico se abre y podemos llenar el cubo de la idiotez con todos los esperpénticos personajes que pululan por nuestra patria destrozando siglos de evolución, de sensatez y de cordura: desde el presidente por accidente, pasando por el fugado Puigdemont, el demente Torra, el zampabollos Rufián, la antigua reina de Andalucía Susanita, los decadentes populistas de Podemos y los miles de aquejados de fiebre amarilla, hasta la tan limitada Pedroche y su ridícula vestimenta en la celebración de las campanadas de fin de año. No hay cubo lo suficientemente grande en España para meter a toda esta “troupe” de ridículos personajes y verter su fétido contenido en alguna profunda sima. Si es a la “Fosa de las Marianas”, mucho mejor. Aunque dudo que sus 11.034 metros de profundidad sean suficientes para alejar estos deshechos humanos de nuestra vida y poder iniciar este nuevo año libres de polvo y paja (y de idiotas).

Hace más de año y medio ya titulé un artículoDiscurso a los idiotas de España”. Y por desgracia hemos ido a peor. Parece que la dejadez, la complacencia, la falta de valores y la gandulería de la sociedad española han llegado a un punto en el que colectivamente nos importa un pepino todo lo que sucede a nuestro alrededor. “Ande yo caliente y ríase la gente”. 

Y como la inteligencia siempre reside en el ser individual mientras que la masa siempre es y será idiota, pues se nos presenta un año nefasto. Otro más. Y van tantos ya.

Que Dios nos coja confesados.  Y nos libre de una vez de tanto idiota.

Feliz año amigos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Alguien voló sobre el nido de la Moncloa



A veces parece que en España de golpe nos hemos olvidado de las tres primeras acepciones de la palabra “loco” que nos ofrece el diccionario de la RAE (o de las primeras dos de la palabra “locura”). Dicho de forma más clara: nos hemos olvidado de la peligrosidad de la locura.

De un tiempo acá no sólo hemos aceptado la palabra “loco” como algo positivo, que describe a alguien diferente, divertido, valiente o creativo, sino que hemos cometido colectivamente el grave error de tolerar que personas claramente aquejadas de locura o demencia ocupen puestos de relevancia, tanto social como sobre todo política.

Y no es algo que haya sucedido en las últimas semanas, meses o años: la última y más grave entrada de la locura en la vida colectiva española se produjo el 16 de abril de 2004, ese nefasto día en el que un personaje loco de atar llamado José Luis Rodríguez Zapatero fue investido presidente del gobierno de España.
¡Ay pobre España, si llegas a saber lo que se avecinaba otras papeletas hubieras elegido!

La desgracia de un loco es dar con otro

Y de aquellos polvos vienen estos lodos. Me imagino las constantes diatribas de Begoña (la tan trabajadora inquilina actual del Palacio de la Moncloa) a su marido durante el mandato de ZP: “Si éste puede ser presidente, por qué no lo intentas tú”, “Ya te vale Pedro, el zumbado ese en la Moncloa y nosotros en este cuchitril”, “Pedro, tú lo vales, eres más guapo, más listo, y nuestras hijas serán más guapas que Laura y Alba”. Y por desgracia, a base de insistir entre plato y plato y entre polvo y polvo (algo que las mujeres dominan con eficacia), el falso doctor cogió al toro por los cuernos, maniobró con maquiavélicas tácticas y femenina estrategia hasta que una sucia maniobra plagada de mentiras le aupó al poder.
   
Quien con locos anda cuerdo, está peor que ellos.

¿Y cuál ha sido la reacción del pueblo español? ¿O la de los dirigentes de los demás partidos políticos? ¿O la de los propios compañeros de partido del susodicho demente? Pues poca cosa hemos hecho entre todos. Algunos más que otros, pero en cualquier caso no se ha producido la reacción unitaria y claramente fundamentada de echar al ocupa de su mansión y convocar con suma urgencia elecciones generales. El miedo a perder privilegios de unos, el constante apoyo de los medios afines, la indefinición de la mayoría de los partidos de la oposición (Vox clamantis in deserto), la descarada manipulación de las encuestas por parte del CIS y el chantaje de populistas, nacionalistas y filoterroristas, han permitido a Pedro “cum fraude” y su tan trabajadora señora seguir disfrutando de los privilegios del cargo y de los viajes en avión a  conciertos, bodas, bautizos y banquetes, todo ello a cargo de nuestros impuestos y nuestra inocencia. O ceguera.

Obrar mucho y hablar poco; que lo demás es de loco.

¡Ay el refranero español, cuánta razón tiene! Porque si es por hablar, nuestro actual presidente por accidente se llevaría el premio gordo, la pedrea y hasta los reintegros. Y en cuanto a obrar, pues todo lo contrario. Algo que en el fondo es de lo poco que tenemos que agradecer al personaje. Porque si llega a obrar, es decir, a hacer todo lo que ha dicho, y todo de lo que se ha desdicho a los pocos días, horas o minutos, este nuestro querido país parecería un erial. Pocas veces en la historia se habrá visto a una persona tan cambiante, tan volátil, tan oportunista y tan veleta. Y pensar que llamamos (y cargados de razón) veleta a Rivera y sus ciudadanos, pero lo de Falconetti (como le llama la poca prensa seria de España) roza la locura. Demencia total y absoluta. Lo que hoy es blanco por la tarde será gris, lo que ayer era bueno para España mañana será malo, lo que ayer prometía, hoy lo niega. Y así día tras día, semana tras semana, mes tras mes, y si no le paramos los pies entre todos de una santa vez, es capaz de regalar Gibraltar a los bárbaros, Cataluña a los iluminados, las Vascongadas a los herederos de los terroristas y destrozar lo que queda de España mientras él surca los cielos cual estrella del rock.

Cuatro locos que andan sueltos traen al mundo revuelto

Y lo peor, su dejadez ante los flagrantes (recordemos que flagrante significa “evidente, que no admite refutación”) y graves delitos que se están cometiendo desde hace años y de forma continuada en Cataluña. En mi Cataluña, en nuestra Cataluña, en esa región tan bonita, importante y parte esencial de España. En ese antiguo condado de la Corona de Aragón que lideró tantos aspectos de nuestra historia: de las guerras hasta el comercio, de la literatura a la música, de la revolución industrial al emprendimiento, del deporte a la investigación. Todos los aspectos básicos de una sociedad avanzada, solidaria, culta y tolerante tenían antaño su reflejo y su presencia en las ricas tierras catalanas. Ahora no queda nada. Cuatro o más locos que con tal de no asumir su enfermedad e ingresar voluntariamente en una institución médica, siguen agujereando los cimientos de nuestra patria común, de la realidad histórica y de la convivencia de la sociedad.

Un loco junto al fuego jamás lo deja quieto

Otro refrán que la clava. No es de recibo, y menos para el presidente de un supuesto estado democrático y de derecho, tolerar, cuando no animar, los constantes insultos, atropellos, ilegalidades y locuras que diariamente se están produciendo en Cataluña. Se aproxima el 21 de diciembre, fecha elegida por el loco narcisista de la Moncloa para someterse de nuevo a las exigencias del resto de zumbados que pululan por Cataluña. Ya ni digo que gobiernan, o dirigen, algo que dejaron de hacer hace años, simplemente campan a sus anchas. Con sus falsos ayunos, sus cachorros violentos, sus iluminados ideólogos y sus sumisos y bien untados medios de comunicación. Arde Cataluña, arde España, y al presidente del gobierno de todos los españoles no se le ocurre nada más que echar leña al fuego, prometer blanco hoy y dar negro mañana, derrochar millones de euros del dinero público (que no es de nadie, María del Carmen Calvo Poyato dixit) para celebrar un inútil Consejo de Ministros en Barcelona y destrozar las cercanas fiestas a cientos de policías y Guardias Civiles cuando existen 17.000 Mossos, en teoría fuerzas del orden, en Cataluña. De locos, oiga.

Mal de locura, sólo la muerte lo cura

Obviamente no le deseo la muerte a nadie. Todo se andará, y la ley de vida es igual de cruel para unos que para otros. Pero mientras tanto, mientras los locos anden sueltos, vivos y haciendo daño a la sociedad, que alguien tome las medidas oportunas, los encierre, los cure o los mande a freír espárragos. Para algo existen las leyes. Y la sensatez. Y las instituciones psiquiátricas.

Quien enferma de locura, no tiene cura.

Zapatero fue un error, Pedro Sánchez es peor. Y ambos están locos. De atar.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cataluña: diario de una guerra


Día 1. El alzamiento.


Amanece en Barcelona. En la lejanía, en las preciosas islas Baleares que en días claros se pueden distinguir desde el Tibidabo usando unos simples prismáticos, algunos ya habrán desayunado. Por lo menos los lugareños. Los guiris en cambio estarán a punto de recogerse, vadeando entre vómitos, excrementos y bikinis abandonados tras otra noche de sexo sin amor, peleas y un consumo abusivo de alcohol y drogas. Cosas de los bárbaros del norte, que lo único que nos aportan son cuantiosos beneficios económicos (que por otro lado no son baladí). Una suciedad que por cierto se debe en parte a la falta de los tan básicos servicios municipales de limpieza. Desde que el conocimiento del catalán se ha ido imponiendo a martillazos para poder ejercer cualquier función pública, cada vez más servicios están dejando de funcionar: empezó con la enseñanza, pasó a la sanidad y ahora ha llegado a algo tan básico y necesario como la limpieza municipal. Suerte tenemos que los turistas ingleses ni se dan cuenta del lamentable estado de playas y paseos. Otro cantar son los alemanes, que poco a poco están abandonando las islas por otros destinos igual de bonitos, pero más limpios… y seguros. Pero volvamos al amanecer en Barcelona.


La noche anterior había sido movida. Los guerrilleros catalanes de los CDR, divididos en varias columnas según el lujoso móvil que usan (la columna Samsung Galaxy en el sur al mando de Helena Torra y la columna Iphone en el norte, dirigida por Guillem Torra, ambos hijos guerreros del padre con el ADN superior), se habían desplegado por buena parte del territorio catalán bloqueando carreteras, puentes y otras infraestructuras necesarias para el correcto funcionamiento de pueblos y ciudades, comercios e industrias. La nula resistencia de los Mossos (siguiendo órdenes del gobierno regional, es decir, de papá Torra) y la apatía de las pocas unidades de la Guardia Civil y la Policía Nacional que aún están desplegadas en las cuatro provincias de la región (siguiendo órdenes del gobierno central) había permitido que los violentos jóvenes camparan a sus anchas. Pasaron la noche fumando porros, comiendo butifarras, cantando canciones de los Pets y de Sopa de Cabra y “festejando” unos con otros. Aunque al final hubo pocas relaciones carnales. Entre le fealdad de ellas y la estupidez de ellos poca libido había en el ambiente.


A las 7 de la mañana el “sargento” Quim Torra (esa fue su graduación durante el servicio militar en el IMEC) se calza las botas, encaja su gorra, empuña el CETME que se llevó de recuerdo de su estancia en el regimiento de Infantería Palma 47, y al frente de su escolta personal sale del Palau de la Generalitat, a asaltar la historia, la realidad social y la sensatez, cegado por el odio que siente hacia las hienas españolas. Detrás suyo se arrastra el cabo Bentanachs, también conocido como la serpiente, el cobarde o el bocazas. Echando bilis por la boca, con las caras desencajadas de rabia, Torra, Bentanachs y su guardia de corps formada por Toni Alba, Joel Joan, Lluis Llach, Josep Guardiola y Gerard Piqué, se dirigen a toda prisa a los vehículos preparados en la Plaza de San Jaime.

Los motores de los envejecidos y tan contaminantes tractores resuenan con furia mientras los voluntarios fijan en los laterales de los imponentes carros de combate traídos de todas las veguerías  los tirachinas, las banderas negras, las mangueras para rociar con ratafía a los enemigos y las bengalas que sobraron del último partido del Barza.

La emoción se palpa en el ambiente. Pilar Rahola, Elsa Artadi, Karmele Marchante, Cris Gallifantes y Miriam Nogueras gritan como posesas mientras se desnudan, mostrando sus tangas estrellados, sus ligas cuatribarradas y sus sujetadores amarillos. 

La guerra ha empezado. Por fin serán libres. Por fin acabarán con los bestias españolas con forma humana y demostrarán al mundo que un cráneo de Ávila no será nunca como uno de la plana de Vic 
(continuará, o no, ya se verá).



Nota: Aunque el anterior relato suene a broma (de mal gusto), ha estado (o está) en un tris de convertirse en realidad. Por mucho que ahora los impresentables y cobardes separatistas hayan empezado a recular, a desdecirse de lo afirmado, a negar la mayor y a proclamar que ellos son pacifistas y que la comparación con Eslovenia se ha interpretado mal: bien sabemos que hace mucho tiempo que están buscando ese brote de violencia que les permita seguir lloriqueando inventando agravios, apelando a las Naciones Unidas y hasta a la Confederación de Planetas Imaginarios, mientras siguen viviendo del cuento y destrozando nuestra querida Cataluña, y con ello a nuestra amada España.


España no es Yugoslavia. 
Cataluña no es Eslovenia. 
Malditos enfermos. Malditos iluminados. Malditos lazis.

martes, 27 de noviembre de 2018

Mientras tanto en España


Iba a escribir sobre  lo sucedido en España durante mi corta estancia la semana pasada en Berlín, haciendo referencia en el título a dicha ciudad, pero el maestro Fernando Aramburu se me ha adelantado, tanto en el encabezamiento como con la imagen que lo acompaña y la acertada descripción de la ciudad: Berlín en otoño, gris y fría, pero Berlín, al fin y al cabo.

Ante este contratiempo (que no plagio) decidí cambiar de tercio y titular este artículo en inglés, “Meanwhile in Spain”, pero bien pensado tampoco hubiera sido lo correcto. Casi caigo en la estúpida moda de los “cosmopaletos” españoles de intercalar palabras en otros idiomas para darse un aire de cultura y formación. Cuando solamente hay que rascar un poco (muy poco) para descubrir que de idiomas extranjeros no tienen ni papa, por no hablar de doctorados, másteres, cultura general, historia o hasta de su propio idioma. Suerte que la Real Academia acaba de editar su novedoso “Libro de estilo de la lengua española”, libro que sin duda comprarán todos nuestros políticos, tertulianos y presentadores de televisión. O quizás no. Viendo que la tirada inicial es de 10.000 ejemplares, y restando el que me voy a comprar el día de su publicación, quedarán 9.999. Y dudo mucho que se agoten. España ya no es país de corrección, de cultura, de sintaxis, de ortografía, de amplio léxico, de señorío, de galantería y de buenos modales.  España es por desgracia un estercolero poblado por sinvergüenzas, plagiadores, defraudadores y legiones de cabezas huecas llenas de serrín. Llenas de aserraduras, pero bien pagadas. 

El triste lastre que nos ahoga: cientos de miles de personas inútiles y sin preparación alguna que cobran más que médicos, científicos, investigadores, agricultores, ganaderos, pescadores, taxistas, albañiles, trabajadores de la industria, conductores, autónomos, sanitarios, profesores, barrenderos, bedeles, buenos curas, consultores, militares, policías, Guardias Civiles (¡EquiparaciónYA!) o cirujanos realmente cualificados, y que encima nos insultan día sí, día también, con sus sandeces, sus meteduras de pata, sus arrebatos barriobajeros, su enfermizo narcisismo y su nula aportación al bien común. Y todo ello por culpa de la maldita partitocracia que ha permitido que unos cuantos vendedores de sandías y melones de mercadillos de barrio se hayan convertido en los dirigentes de la sociedad, manipulando a las iletradas ovejas y destrozando siglos de evolución, de valores y de imperial y gloriosa historia.

Ojalá volvieran las cortes reales de otros siglos, en las que por mucho que nos tocara un rey lelo (de los que por cierto hemos tenido bastantes) siempre había mentes privilegiadas que se encargaban del buen gobierno y de aportar el conocimiento, la sensatez y la visión de futuro necesarios para hacer que la patria, y con ello la sociedad, evolucionara (como en su momento el dúo formado por el Marqués de la Ensenada y el ilustre marino Jorge Juan, por dar un ejemplo).

¿Y qué ha pasado en nuestra querida España en estos pocos días de ausencia? Pues que os voy a contar, más de lo mismo. Ese sinvivir al que nos vemos abocados desde hace tantos años por culpa de todos esos personajes circenses, sin menospreciar a los verdaderos artistas del circo, esa grotesca realidad que deja atrás cualquier esperpento de Valle-Inclán. Sería recomendable que la Real Academia enmendara cuanto antes la definición de este género literario para añadir esta nueva acepción:
Esperpento: 4. m. absurda, triste y grotesca realidad social y política en España a principios del siglo XXI”.

Desde las cada vez más groseras actuaciones de Rufián y los demás golpistas, esputos incluidos, hasta las nuevas etapas de la “vuelta al mundo con 84 escaños” del falso doctor y su falsa esposa, con la final y ridícula actuación en supuesta defensa de la españolidad de Gibraltar y su posterior y patética justificación ante la prensa del mundo, todo han sido desatinos. Como siempre.
Y en este caso ha sido aún más doloroso que lo habitual: que nuestro presidente por accidente dilapide nuestro dinero en viajes inútiles, que mienta todos los días de la semana, fines de semana y fiestas de guardar incluidos, ya casi no me afecta, es una enfermedad con la que tenemos que convivir hasta que extirpemos las causas, pero que nos tengamos que arrodillar, nuevamente, ante la pérfida Albión y aguantar las risas y chanzas de los tabloides ingleses, de Picardo y de la propia y asquerosa Theresa May, ya colma la paciencia de cualquier español de bien.

Como bien parodió la Monthy Python en su momento, “We will always fight to keep China British”.

Mientras tanto, en España, el falso doctor seguirá viajando y mintiendo, Begoña seguirá sin trabajar, Rufián seguirá siendo un poligonero maleducado y Puigdemont seguirá escondido en Waterloo dándole a los mejillones y meditando sobre un cambio de peinado. 

Y por si hubiera dudas sobre los constantes desatinos de nuestro presidente, podéis tirar de la completa relación que publicó ayer la siempre acertada Cayetana Álvarez de Toledo. La España de siempre.

En Berlín llovía.
En nuestra patria en cambio caen lagrimones del cielo.
De tristeza, de pena, de rabia y de odio.

P.D. Como bien sabéis, jamás recomendaré votar a un partido, ese ente antinatural y maligno, aunque a día de hoy en España se escuche una Voz alta y clara que se alza en medio de la mediocridad. Allá vosotros.