viernes, 16 de octubre de 2026

Un Camino a medias

 



El Camino de Santiago siempre te da sorpresas, como la vida a Pedro Navaja, de eso no hay ninguna duda. Después de veintiséis años de deambular por carreteras y caminos, de subir a los altos y bajar a los valles, de visitar pequeñas aldeas y sufrir grandes ciudades, de andar en absoluta soledad a odiar al mundo por la masa aborregada de turigrinos, de lesionarme y precisar asistencia, de conocer a gente encantadora, la mayoría, a encontrarme con elementos despreciables, con picaros y vividores, de rezar y también de maldecir; después de tantas y variadas experiencias, el tramo de este año no iba a quedarse atrás.

Planificado como cada año desde 1999 con mucha antelación, con la intención de caminar desde León a Sarria durante ocho días, de entrada una inesperada citación judicial me obligó a recortar mis andares a la mitad, mientras que mis compañeros sí que pudieron completar lo previsto. Y ya hay que ser muy gafe para que te demanden por cuatro posts en X y que el juicio caiga justamente en esa semana tan importante para mi, en las únicas vacaciones que me tomo durante el año. Castigo del señor, supongo, por portarme mal y expresar mi opinión con cierta rudeza. Según el demandante, claro está, porque comparado con las barbaridades que se leen a diario en las RR.SS., desde amenazas a insultos, publicados por personas anónimas, por supuestas periodistas y hasta por ministros del actual y criminal gobierno, lo que escribí yo es una nimiedad, sin eco alguno en la sociedad.  Y esto me da cierta esperanza de que finalmente la justicia me dé la razón y salga absuelto. Dios (y la juez) dirán.

Pero hablemos del camino en sí.

Martes 29 de septiembre, (Madrid-León) Virgen del Camino       - San Martín del Camino.17 km

La alegría inicial fue saber que volveríamos a andar los tres peregrinos habituales; había dudas sobre si Jaime podría acompañarnos, pero al final se pudo apuntar. Sin él se hubiera roto la Comunidad de estos dos últimos años, de una nueva peregrinación por el Camino Francés que iniciamos juntos en Roncesvalles en marzo de 2025. Y que pensamos acabar en Santiago de Compostela en enero del año que viene. Cinco tramos del que ya nos queda solamente el último, el de la llegada a destino, el de abrazar al santo patrón, el de recibir una nueva Compostela, el de rezar por los nuestros y por todos los españoles. Miedo me da lo que pueda pasar en estos tres meses y medio de espera que quedan, teniendo en cuenta que se nos vienen encima unas elecciones cruciales, que tenemos a un demente sátrapa moviendo todos los hilos para perpetuarse en el poder, que una parte de nuestra nación, Ceuta, sigue invadida y que nadie puede garantizar que España exista como tal en enero del 2027. ¡Recemos, luchemos y no desfallezcamos! Que nos jugamos todo a una carta. Y si la carta cae boca abajo, y con triquiñuelas, amenazas, amnistías y hasta asesinatos planificados, el dictador se vuelve a imponer, adiós a España, adiós el futuro de nuestra patria.

Salimos pues un martes desde Chamartín, estación renovada por fin después de muchos años, aún falta de servicios pero ya más adecuada a las muchedumbres que lo utilizan cada día. Las cortas dos horas de trayecto las pasamos como es habitual en el vagón restaurante, desayunando, admirando el paisaje castellano, charlando y esperando que el tiempo nos acompañe. Sin incidencias llegamos a destino, a León, y hasta el revisor proclamó feliz que habíamos llegado antes de tiempo. Quise tirar un poco del hilo, del habitual nefasto funcionamiento de RENFE, pero entre risas nos contestó que prefería no decir nada, que le quedaba poco para jubilarse. El buen hombre era feliz por cumplir correctamente con su cometido. Algo que tendría que ser lo normal, pero que debido a la inexistente gestión de la compañía por parte del ministro cromañón, se ha convertido en un milagro. Hoy mismo, mientras redacto estas líneas, miles de personas se han quedado tiradas en medio de la nada entre Madrid y Barcelona por el enésimo incidente en nuestra antaño empresa de bandera. Dios guíe a los votantes y nos saquemos de encima a todos estos corruptos e inútiles socialistas el próximo 29 de noviembre. A esa banda criminal que ha acabado con todo aquello de lo que podíamos sentirnos orgullosos. Hasta el punto de acabar con nuestra propia nación.

Ya en León pasamos del tren a un autobús urbano, para saltarnos los 4 km de polígonos industriales, y a las 12:45 nos sentamos en el bar Covadonga de la población Virgen del Camino, a esperar a Jaime que llegaba andando desde el centro. Y aquí sucedió la primera desgracia, pequeña molestia, de este Camino un tanto accidentado: mordí una alita de pollo, y uno de mis recién estrenados dientes, un incisivo, implantados a un módico precio de 10.000€ unos meses antes, voló cual dardo por los aires, acabando por suerte en medio de la mesa. Mi sorpresa y rabia rayó el pánico: ni habíamos empezado a andar, fuera llovía, y yo con pinta de cuñado desdentado en medio de un pueblo. Pero sin duda los milagros existen: a pocos metros del bar había una clínica dental, la dentista me coló ante los paisanos que esperaban, y en poco más de media hora me dejó listo para revista. Llamándose el pueblo la Virgen del Camino, y el bar Covadonga, solamente hubiera faltado que la morena dentista se llamara Montserrat (morena sí que lo era). Esa triple aparición mariana me hubiera llevado sin duda a dejarlo todo e ingresar en un monasterio, pero no, la buena y profesional chica se llamaba Sheila. Gracias, maja, me has salvado de acabar mis días enclaustrado, rezando y dándole al canto gregoriano. Algo que, por otro lado, tampoco estaría nada mal.

Arreglada la boca, y con Jaime ya con nosotros, nos pusimos en marcha, bajo una constante lluvia, y a las tres de la tarde hicimos la primera parada en Valverde de la Virgen. En el bar de marras había un grupo de señores de mi edad, lustro arriba lustro abajo, ataviados con simbología peregrina, pero que nos comentaron entre risas que hacían el Camino en coche, y de bar en bar. Tampoco es mala opción, y no son los únicos que hacen el Camino de esta manera, sin esconderse y simular ser peregrinos, sino dedicados al disfrute terrenal de viandas y bebercios locales y al consecuente estado espiritual que producen dichas bebidas. Nada que objetar: más aún, estoy seguro de que acabaré dando tumbos por España de la misma forma. Si hay que morir, que sea con honra, bien bebido y comido y en nuestra santa tierra española.

El siguiente tramo de ocho km se me hizo eterno, me torcí el pie, sin darme cuenta pasé de largo de un bar en el que pararon mis compañeros, y me planté solo en Villadangos del Páramo, donde pretendía admirar a iglesia de Santiago y contemplar la batalla de Clavijo tallada y policromada en la puerta de acceso, pero mi gozo acabo en el pozo (la iglesia no abría hasta las 8 de la tarde), o mejor dicho, en el bar de la plaza del ayuntamiento, presidida por una bella escultura de bronce de doña Urraca. Ahí esperé a la pareja, y en cuanto llegaron decidí ahorrarme los 4 km restantes, mi pie dolía bastante y tenía una parada de ALSA delante de mis narices, que me ahorró una hora larga de pateada, por lo que me planté en San Martín del Camino a las 7 de la tarde, con un albergue lleno a rebosar de extranjeros, algún italiano ya en estado etílico, negociando con la hospitalera si podía llevarse el vaso de güisqui a la calle, y una habitación correcta en un antiguo granero convertido en casita en medio de un jardín asilvestrado, con sus gallinas sueltas y la vegetación sin cuidar. Todo muy bucólico, pero correcto.  En cuanto nos juntamos los tres, cenamos en un bar cercano, llamado “Lo Nuestro”, degustando unos buenos huevos fritos con picadillo, mientras veíamos el partido de la selección nacional. Una tortilla adicional para Jaime cerró esta primera jornada, extraña por los horarios y accidentada por la caída de un diente y la torcedura de mi pie derecho. En fin, de eso va el Camino. Son cosas que seguro no te pasarán si te quedas clavado en el sofá arreglando el mundo entre paseos a la cocina y al baño. Cada uno elige su camino.

Miércoles, 30 de septiembre, San Martín del Camino-Astorga, 23,5 km

A las 7 en pie, y a las 7:45 desayunamos en el bar de enfrente del local de la cena, poniéndonos en marcha sin previsión de lluvia, aunque al final sí que nos cayó. A las 10 de la mañana entramos en la histórica villa de Hospital de Órbigo, donde hicimos las fotos de rigor con el puente más largo del Camino Francés, famoso tanto por su hospital de peregrinos fundado por los Caballeros de San Juan de Jerusalén (de ahí la cruz de Malta en su escudo), como por el histórico Paso Honroso de 1434, un famoso duelo de honor y torneo caballeresco protagonizado por el noble leonés Don Suero de Quiñones. Según resume la IA estos hechos: “En el verano de 1434 (Año Santo Jacobeo), Don Suero de Quiñones y nueve caballeros compañeros decidieron custodiar el puente de Hospital de Órbigo para retar a todos los caballeros que por allí pasaran. Lo hacían como promesa de amor hacia la dama Doña Leonor de Tovar y como "prisión de amor" simbólica (llevando una argolla al cuello). Durante un mes se enfrentaron a decenas de caballeros de toda Europa hasta romper el número de lanzas pactado, una hazaña que quedó inmortalizada en las crónicas de la época e incluso se menciona en Don Quijote de la Mancha”.

Después de la sesión fotográfica, homenajeando a Ceuta, tierra patria invadida por el moro, tomamos algo, compramos unos bocadillos para nuestro sustento durante el siguiente tramo, un morito que estaba liando sus porritos con unos chavales locales delante de la tienda me miró con cara de mal rollo y comentó algo susurrando a sus colegas, a lo que yo contesté diciendo que no le había entendido bien, lo que provocó que se levantaran y abandonaran el lugar con cara de pocos amigos. Algo feo o insultante habría dicho, entiendo, si no, ¿a qué venía largarse de golpe? En fin, a mí, plim. Mi pie dolía cada vez más, y el empedrado de esta bella localidad no ayudaba nada, por lo que me rendí a la evidencia que así sería incapaz de llegar Astorga; ellos siguieron andando y yo tuve que tirar de nuevo de la omnipresente ALSA, cuya capilaridad, puntualidad, atención del personal y precio hay que loar siempre. Raro es que esta empresa funcione tan bien y no haya caído aún en manos de algún inútil amiguete del sátrapa. Que siga así, por el bien de los habitantes de la verdadera España, la rural y trabajadora, la creyente y cada vez más odiadora del maligno y corrupto socialismo. Y eso que esta zona de España tendía más hacia la izquierda hace unos años. Al final, todo el mundo ve la luz y se da cuenta de quienes hacen el bien y, sobre todo, de quienes son los malvados.

Mientras mis compañeros afrontaban los 20 km restantes, esperé al bus de turno, bajo una intermitente lluvia, y antes de la 1 ya me planté en Astorga. La parada, por ley de Murphy, al otro lado de donde teníamos el apartamento, pero sin prisas y con el persistente dolor en el pie, llegué a destino, me instalé, apliqué el Voltdadol forte al pie y lo vendé lo mejor que pude. Ojalá hubieran estado las gacelas enfermeras (saludos Rocío y Lurdes) de hace unos años, con sus mágicas manos y su alegría seguro que me hubiera recuperado mejor.

A las 16:15 llegó Edu, poco después Jaime. Aseados y preparados, salimos a pasear por la bonita Asturica Augusta, bella y cuidada ciudad, con sus colinas, algo que parece ser preceptivo para cualquier ciudad romana. Como la propia Roma y también nuestra querida y ahora invadida Ceuta, cuyo nombre proviene del latín “Septem Fratres” (que significa "Siete Hermanos"), en referencia a las siete colinas o montes de la región.

Nos costó bastante encontrar un sitio apropiado para cenar, y al final acabamos en el gastrobar de las 3 brujas llamado “La Paloma”. Lo de brujas es por estar la taberna en manos de 3 chicas, suponemos que amigas de infancia, cuyas fotos decoraban la pared, y entre las que al parecer no había buen rollo, por lo menos ese día, con discusiones constantes entre la camarera y la cocinera, lo que nos tuvo esperando 70 minutos hasta que llegaron las buenas hamburguesas que disfrutamos con un correcto vino local. Poco más dio de sí el día, de vuelta al apartamento, y a descansar, cada uno en su propia habitación. Un verdadero lujo.

Jueves, 1 de octubre, Astorga-Foncebadón, 25,8 km

A las 6:30 estamos en pie, café y pan de leche en el apartamento, más los huevos duros que va consumiendo poco a poco Jaime (por lo que cuenta, finalizado el Camino, ganó 2,5 kg de peso en este tramo), y salimos. Mi pie parece que ha mejorado, pero veo imposible realizar la etapa entera, más aún cuando es bastante dura y la segunda más larga de este año. Veremos. El tramo es agradable y no llueve, por lo que de un tirón hacemos los primeros 10 km. Ando un rato a solas con un australiano (cada año conozco a alguno de las antípodas), espigado y dicharachero, y la agradable conversación, en la que estamos de acuerdo en todo, hasta en el tema de la invasión musulmana, me lleva distraído hasta Santa Catalina de Somoza. Mii gozo en un pozo: el esfuerzo ha sido excesivo, y hasta aquí he llegado hoy. Como ya dice el título, un camino a medias. En 26 años jamás había tenido que tirar de soporte tantas veces…, sea por la torcedura del pie o la falta de entrenamiento, pero estaba siendo un verdadero suplicio. En fin, es lo que hay. La edad y la vida sedentaria no perdonan.

Desayunamos en el Albergue Hospedería San Blas, con una chica risueña y cachonda, con la que paso un buen rato esperando al taxi mientras mis compañeros siguen caminando. De los 25,8 km previstos solamente he podido andar 12, pero algo es algo.

Me adelanto pues hasta Rabanal del Camino, con la mala suerte que el bar del albergue está cerrado por descanso semanal, y la taberna de los lugareños no abre por ahora, me quedo pues tirado en la nada desde las 11 de la mañana hasta las 14:00 que llegarán Edu y Jaime.

Pero al final la suerte me sonríe un poco, y a las 12:30 aparece el búlgaro que regenta el bar de un albergue realmente bonito, lo que permite relajarme un rato en la bella terraza, con mis cervecitas y curioseando un poco. Gente mayor, todos extranjeros, salen y entran de las habitaciones, recogen o dejan sus mochilas, consumen o hablan con la hospitalera…, todo muy animado para no ser un final de etapa clásico. Igual el secreto radica en que existe un pequeño monasterio con siete hermanos benedictinos, cuyos cantos gregorianos se han hecho famosos y me son recomendados por todos. Si lo llegamos a saber igual nos hubiéramos quedado aquí, más aún después de ver en lo que se ha convertido Foncebadón.

A las 2 llegan los compañeros, y vamos directamente a la “Hostería El Refugio”, donde teníamos mesa reservada para degustar el famoso cocido maragato. Está realmente bueno, pero volver a ponerse a andar después de esta comilona se me antoja una misión imposible, por lo que al acabar recurro de nuevo a Christian, el taxista local, para que me salve de los 6 km que faltan hasta destino. La charla con él, muy entretenida, me cuenta anécdotas locales, entre ellas la de un listillo, un pícaro, que, disfrazado de peregrino, con un triciclo y dos perritos, sube y baja cada día a Foncebadón para provocar la empatía o la pena de los peregrinos y ganarse una pasta en donativos. Como ha sucedido durante tantos siglos y ya sale reflejado en el Codex Calixtinus, que habla de los comerciantes, los asaltadores, los pícaros y las mujeres de mal vivir que se aprovechan de los peregrinos en estos montes aislados. Poco ha cambiado, por lo que veo.

Foncebadón me recibe como si fuera el Rocío o cualquier fiesta popular masificada. Donde antes (pasé por aquí hace más de 20 años) solamente estaba la iglesia, un albergue y alguna casa en ruinas, un lugar oscuro y místico, ahora te encuentras con una decena de hostales y pensiones, bonitos edificios estilo alpino alineados todos en la única calle de la aldea y con sus terrazas a rebosar de gente bebiendo, riendo y celebrando estar en un lugar mitificado por Paulo Coelho y convertido ahora en un show que se asemeja más a un après-ski de una estación de esquí alpina que a un lugar de descanso de creyentes camino a la tumba de un apóstol de Nuestro Señor. La imparable y triste comercialización y masificación del Camino continúa. Miedo me da pensar en el 2027, que es año santo, que sin duda traerá a cientos de miles de turigrinos a seguir desvirtuando este sacro camino que antaño fue.

Después de instalarme en el Refugio del Druida, que de refugio no tiene nada y los únicos druidas son los guiris bebiendo en la terraza bajo la dirección de un napolitano, propietario de un pub inglés en Nápoles y claramente el director del cotarro, me acomodo también en la terraza, solo pero cercano a la ruidosa mesa multiculti, y me dedico a escuchar y tomar nota mental de las cosas que voy oyendo. Una inglesa extrañamente guapa y la más simpática de la ruidosa banda, me pide cortesmente permiso para coger un silla y hasta me invita a unirme a la tertulia, pero declino educadamente. No estoy para mucha fiesta, y menos para competir con un italiano lanzado a conquistar todo aquello que su patria jamás consiguió. Al rato se me sientan al lado dos chicas / señoras (se hace difícil adivinar la edad cuando todos vamos disfrazados de una u otra manera), se llaman Virginia, aunque yo entiendo Novicia, y Carmen. Comentan mi tatuaje, hablan de sus cosas y hasta sueltan lo suficientemente alto para que lo oiga, que Tinder no sirve para nada y que el Camino es su último tren a Katanga. Bien triste es oír esto, más aún cuando la Novicia me explica que es argentina y psicoanalista. Así le va. Aparecen mis compañeros de fatigas, se arreglan y se unen al descanso en la terraza, escuchamos un poco de música, yo con Sabina, y un español muy simpático sentado al lado confiesa su pasión por el de Úbeda, lo que me lleva a poner un par de canciones más del gran poeta jienense. Cada uno tiene su debilidad.

Entre chupitos de hierbas, demasiados creo, acaba la tarde, renuncio a la cena y me retiro a la habitación. La noche, terrible, con ardor y malestar sin parar, y siendo mi única preocupación no tener que vomitar ni despertar a Edu que descansa plácidamente. Por suerte no suceden ni una cosa ni la otra, y al final consigo conciliar el sueño

Viernes, 2 de octubre, Foncebadón-Ponferrada, 26,8 km

A las 7 en pie y arreglados, desayunamos en nuestra pensión del druida. Mi pie vuelve a doler mucho, lo que sumado a la desastrosa noche que he pasado, no promete mucho. Haré lo que pueda.

Salimos a oscuras, y los 2 km iniciales de subida a la Cruz de Ferro no son tan duros como esperaba. Pero la decepción al llegar a este enclave mitificado del Camino estaba anunciada: comercialización sin fin. El montículo de piedras ahora tiene sus caminitos para poder subir y hacerse la foto de rigor, un gran aparcamiento para coches y autobuses y una larga cola (eso que no son ni las 9 de la mañana) en la pequeña ermita para poder sellar. La destrucción de este símbolo, consolidado en el siglo XI gracias al eremita Gaucelmo, quien levantó la cruz original para orientar a los peregrinos durante las habituales y duras nevadas invernales (estamos a 1.500 metros de altura); de esa cruz que fue creciendo durante siglos con las piedras que los peregrinos traían de su casa, es muy triste. Quizás es la muestra más palpable de que todo lo que era el Camino de Santiago se ha ido al garete. Por lo menos en su parte exterior. Lo que cada uno viva y sienta en su interior, jamás se lo podrán cargar. Aunque la masificación, la falta de religiosidad, la competitividad, la frivolización y la banalización de esta ruta de Fe, no ayuden mucho.

Después de esta decepción, bajamos sin problemas hasta Manjarín, donde antaño reinaba el último templario Tomás, figura emblemática del Camino. Y que tristemente falleció en enero de este año. Instalado ahí desde 1993, fue haciéndose famoso al mismo ritmo que su refugio se llenaba de suciedad. El templario llevó hasta las últimas consecuencias lo de la vida medieval: sin agua corriente, sin higiene…, pero eso no quita ni su buena intención ni estropea su leyenda. Aquí tenéis un enlace que explica un poco su historia.

El hombre que merodeaba por ahí me comentó al nombrar a Tomás: “ahora el último templario soy yo”. No he investigado quién es, igual un familiar, pero tampoco me importa. No es Tomás.

Edu y Jaime avanzan a buen ritmo, y yo me voy retrasando cada vez más, con un trazado terrible, como ya se sabía y consta en todas las guías, en bajada continua y lleno de piedras, lo que me llevó a ir alternando entre la senda y la carretera. Destrozado por la bajada, consigo llegar a El Acebo de San Miguel a las 10:45 de la mañana. Han sido 12 km, toda una hazaña teniendo en cuenta mi estado, y hasta aquí he llegado. Imposible continuar, por lo que mis compañeros parten solos a las 11 de la mañana y yo llamo a un taxista local, Luis, y me siento al sol a esperar el rescate.

Llega el transporte, y ya sentado en el coche se apunta un matrimonio obeso de Kansas, creo recordar. Le comento por lo bajani al chófer que si nos va a cobrar a cada uno el total del trayecto, y con un guiño me dice “tú, tranquilo”.  Los 15 kilómetros hasta Ponferrada pasan volando, charlando con Luis, cuyo hijo trabaja en Airbus en Alemania, es licenciado en historia y le convenció de que en estos momentos solamente se puede votar a Vox. De nuevo, como el año anterior, la clase trabajadora, la gente humilde, aplicando el sentido común. Y como tenía la intuición de que en algún momento podría usarla, le regalé una pulsera del sindicato Solidaridad, con la inscripción “Autónomo cabreado”- Ilusionado, sorprendido y agradecido, la colgó de inmediato del retrovisor, mientras los obesos de Kansas no se enteraban de nada. Fue realmente un corto pero agradable viaje, que me hizo olvidar todos mis males. Llegados a Ponferrada, descarga a los yanquis, les cobra la tarifa oficial de 35€, y me acerca a nuestra pensión, donde me dice socarronamente, “¿Diez euros te parece correcto?”. Entre risas le di 20. Lo mínimo que podía hacer por su excelente servicio.

La pensión correcta, el recepcionista muy simpático, su abuelo que andaba por ahí con el himno nacional sonando en el móvil, lo que me lleva a recordar al chico que justo había sido el día del Caudillo, lo que aprovecha él para pegar un grito a su abuelo: “Feliz día del Caudillo, abuelo, con retraso”, lo que me saca una amplia sonrisa.

Me instalo, me arreglo, me pongo crema en el pie torcido, y me paso el resto del día esperando a la pareja, que llegan bien tarde, como es lógico, y después de recuperarse ellos, paseamos un poco por el centro, tomamos unas cervezas debajo del castillo templario, y nos volvemos pronto a la pensión.

Para mi se acabó, un camino diferente, un medio camino como lo he titulado, marcado tanto por el comunista que me ha demandado y me obliga dejarlo aquí para volar a Sevilla, como por mi mal estado físico. A ver si para enero estoy mejor preparado. En mis manos (y pies) está.

Gracias, Edu y Jaime, por la compañía y la paciencia. Nos vemos en enero. ¡Ultreia!

P.S. Para rematar este tramo tan extraño, vuelvo a Madrid, vuelo a Sevilla, y resulta que el funcionario judicial se había olvidado de convocar al fiscal, lo que significa que todo para nada: juicio pospuesto. La pérdida de 4 etapas del Camino, el gasto en vuelos y hotel, todo para acabar como un perro apaleado deambulando por la capital hispalense y tener que repetir el viaje dentro de unas semanas. En fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario