El Camino de Santiago siempre te
da sorpresas, como la vida a Pedro Navaja, de eso no hay ninguna duda. Después
de veintiséis años de deambular por carreteras y caminos, de subir a los altos
y bajar a los valles, de visitar pequeñas aldeas y sufrir grandes ciudades, de
andar en absoluta soledad a odiar al mundo por la masa aborregada de turigrinos,
de lesionarme y precisar asistencia, de conocer a gente encantadora, la
mayoría, a encontrarme con elementos despreciables, con picaros y vividores, de
rezar y también de maldecir; después de tantas y variadas experiencias, el
tramo de este año no iba a quedarse atrás.
Planificado como cada año desde
1999 con mucha antelación, con la intención de caminar desde León a Sarria
durante ocho días, de entrada una inesperada citación judicial me obligó a
recortar mis andares a la mitad, mientras que mis compañeros sí que pudieron
completar lo previsto. Y ya hay que ser muy gafe para que te demanden por
cuatro posts en X y que el juicio caiga justamente en esa semana tan importante
para mi, en las únicas vacaciones que me tomo durante el año. Castigo del
señor, supongo, por portarme mal y expresar mi opinión con cierta rudeza. Según
el demandante, claro está, porque comparado con las barbaridades que se leen a
diario en las RR.SS., desde amenazas a insultos, publicados por personas
anónimas, por supuestas periodistas y hasta por ministros del actual y criminal
gobierno, lo que escribí yo es una nimiedad, sin eco alguno en la sociedad. Y esto me da cierta esperanza de que
finalmente la justicia me dé la razón y salga absuelto. Dios (y la juez) dirán.
Pero hablemos del camino en sí.
Martes 29 de septiembre, (Madrid-León) Virgen
del Camino - San Martín del Camino.17
km
La alegría inicial fue saber que
volveríamos a andar los tres peregrinos habituales; había dudas sobre si Jaime
podría acompañarnos, pero al final se pudo apuntar. Sin él se hubiera roto la Comunidad
de estos dos últimos años, de una nueva peregrinación por el Camino Francés que
iniciamos juntos en Roncesvalles en marzo de 2025. Y que pensamos acabar en
Santiago de Compostela en enero del año que viene. Cinco tramos del que ya nos
queda solamente el último, el de la llegada a destino, el de abrazar al santo
patrón, el de recibir una nueva Compostela, el de rezar por los nuestros y por
todos los españoles. Miedo me da lo que pueda pasar en estos tres meses y medio
de espera que quedan, teniendo en cuenta que se nos vienen encima unas
elecciones cruciales, que tenemos a un demente sátrapa moviendo todos los hilos
para perpetuarse en el poder, que una parte de nuestra nación, Ceuta, sigue
invadida y que nadie puede garantizar que España exista como tal en enero del
2027. ¡Recemos, luchemos y no desfallezcamos! Que nos jugamos todo a una
carta. Y si la carta cae boca abajo, y con triquiñuelas, amenazas, amnistías y
hasta asesinatos planificados, el dictador se vuelve a imponer, adiós a España, adiós el
futuro de nuestra patria.
Salimos pues un martes desde
Chamartín, estación renovada por fin después de muchos años, aún falta de servicios pero
ya más adecuada a las muchedumbres que lo utilizan cada día. Las cortas dos
horas de trayecto las pasamos como es habitual en el vagón restaurante,
desayunando, admirando el paisaje castellano, charlando y esperando que el
tiempo nos acompañe. Sin incidencias llegamos a destino, a León, y hasta el
revisor proclamó feliz que habíamos llegado antes de tiempo. Quise tirar un
poco del hilo, del habitual nefasto funcionamiento de RENFE, pero entre risas
nos contestó que prefería no decir nada, que le quedaba poco para jubilarse. El
buen hombre era feliz por cumplir correctamente con su cometido. Algo que
tendría que ser lo normal, pero que debido a la inexistente gestión de la compañía
por parte del ministro cromañón, se ha convertido en un milagro. Hoy mismo,
mientras redacto estas líneas, miles de personas se han quedado tiradas en
medio de la nada entre Madrid y Barcelona por el enésimo incidente en nuestra
antaño empresa de bandera. Dios guíe a los votantes y nos saquemos de encima a
todos estos corruptos e inútiles socialistas el próximo 29 de noviembre. A esa
banda criminal que ha acabado con todo aquello de lo que podíamos sentirnos
orgullosos. Hasta el punto de acabar con nuestra propia nación.
Ya en León pasamos del tren a un
autobús urbano, para saltarnos los 4 km de polígonos industriales, y a las
12:45 nos sentamos en el bar Covadonga de la población Virgen del Camino, a esperar a
Jaime que llegaba andando desde el centro. Y aquí sucedió la primera desgracia,
pequeña molestia, de este Camino un tanto accidentado: mordí una alita de
pollo, y uno de mis recién estrenados dientes, un incisivo, implantados a un
módico precio de 10.000€ unos meses antes, voló cual dardo por los aires,
acabando por suerte en medio de la mesa. Mi sorpresa y rabia rayó el pánico: ni
habíamos empezado a andar, fuera llovía, y yo con pinta de cuñado desdentado en
medio de un pueblo. Pero sin duda los milagros existen: a pocos metros
del bar había una clínica dental, la dentista me coló ante los paisanos que
esperaban, y en poco más de media hora me dejó listo para revista. Llamándose
el pueblo la Virgen del Camino, y el bar Covadonga, solamente
hubiera faltado que la morena dentista se llamara Montserrat (morena sí
que lo era). Esa triple aparición mariana me hubiera llevado sin duda a
dejarlo todo e ingresar en un monasterio, pero no, la buena y profesional chica
se llamaba Sheila. Gracias, maja, me has salvado de acabar mis días
enclaustrado, rezando y dándole al canto gregoriano. Algo que, por otro lado,
tampoco estaría nada mal.
Arreglada la boca, y con Jaime ya
con nosotros, nos pusimos en marcha, bajo una constante lluvia, y a las tres de
la tarde hicimos la primera parada en Valverde de la Virgen. En el bar de
marras había un grupo de señores de mi edad, lustro arriba lustro abajo,
ataviados con simbología peregrina, pero que nos comentaron entre risas que
hacían el Camino en coche, y de bar en bar. Tampoco es mala opción, y no son
los únicos que hacen el Camino de esta manera, sin esconderse y simular ser
peregrinos, sino dedicados al disfrute terrenal de viandas y bebercios locales
y al consecuente estado espiritual que producen dichas bebidas. Nada que
objetar: más aún, estoy seguro de que acabaré dando tumbos por España de la
misma forma. Si hay que morir, que sea con honra, bien bebido y comido y en
nuestra santa tierra española.
El siguiente tramo de ocho km se me hizo eterno, me torcí el pie, sin darme cuenta pasé de largo de un bar en el que pararon mis compañeros, y me planté solo en Villadangos del Páramo, donde pretendía admirar a iglesia de Santiago y contemplar la batalla de Clavijo tallada y policromada en la puerta de acceso, pero mi gozo acabo en el pozo (la iglesia no abría hasta las 8 de la tarde), o mejor dicho, en el bar de la plaza del ayuntamiento, presidida por una bella escultura de bronce de doña Urraca. Ahí esperé a la pareja, y en cuanto llegaron decidí ahorrarme los 4 km restantes, mi pie dolía bastante y tenía una parada de ALSA delante de mis narices, que me ahorró una hora larga de pateada, por lo que me planté en San Martín del Camino a las 7 de la tarde, con un albergue lleno a rebosar de extranjeros, algún italiano ya en estado etílico, negociando con la hospitalera si podía llevarse el vaso de güisqui a la calle, y una habitación correcta en un antiguo granero convertido en casita en medio de un jardín asilvestrado, con sus gallinas sueltas y la vegetación sin cuidar. Todo muy bucólico, pero correcto. En cuanto nos juntamos los tres, cenamos en un bar cercano, llamado “Lo Nuestro”, degustando unos buenos huevos fritos con picadillo, mientras veíamos el partido de la selección nacional. Una tortilla adicional para Jaime cerró esta primera jornada, extraña por los horarios y accidentada por la caída de un diente y la torcedura de mi pie derecho. En fin, de eso va el Camino. Son cosas que seguro no te pasarán si te quedas clavado en el sofá arreglando el mundo entre paseos a la cocina y al baño. Cada uno elige su camino.
Miércoles, 30 de septiembre, San Martín del
Camino-Astorga, 23,5 km
A las 7 en pie, y a las 7:45
desayunamos en el bar de enfrente del local de la cena, poniéndonos en marcha
sin previsión de lluvia, aunque al final sí que nos cayó. A las 10 de la mañana
entramos en la histórica villa de Hospital de Órbigo, donde hicimos las fotos
de rigor con el puente más largo del Camino Francés, famoso tanto por su
hospital de peregrinos fundado por los Caballeros de San Juan de Jerusalén (de
ahí la cruz de Malta en su escudo), como por el histórico Paso Honroso de 1434,
un famoso duelo de honor y torneo caballeresco protagonizado por el noble
leonés Don Suero de Quiñones. Según resume la IA estos hechos: “En el verano
de 1434 (Año Santo Jacobeo), Don Suero de Quiñones y nueve caballeros
compañeros decidieron custodiar el puente de Hospital de Órbigo para retar a
todos los caballeros que por allí pasaran. Lo hacían como promesa de amor hacia
la dama Doña Leonor de Tovar y como "prisión de amor" simbólica
(llevando una argolla al cuello). Durante un mes se enfrentaron a decenas de
caballeros de toda Europa hasta romper el número de lanzas pactado, una hazaña
que quedó inmortalizada en las crónicas de la época e incluso se menciona en
Don Quijote de la Mancha”.
Después de la sesión fotográfica,
homenajeando a Ceuta, tierra patria invadida por el moro, tomamos algo,
compramos unos bocadillos para nuestro sustento durante el siguiente tramo, un
morito que estaba liando sus porritos con unos chavales locales delante de la
tienda me miró con cara de mal rollo y comentó algo susurrando a sus colegas, a
lo que yo contesté diciendo que no le había entendido bien, lo que provocó que
se levantaran y abandonaran el lugar con cara de pocos amigos. Algo feo o
insultante habría dicho, entiendo, si no, ¿a qué venía largarse de golpe? En
fin, a mí, plim. Mi pie dolía cada vez más, y el empedrado de esta bella
localidad no ayudaba nada, por lo que me rendí a la evidencia que así sería
incapaz de llegar Astorga; ellos siguieron andando y yo tuve que tirar de nuevo
de la omnipresente ALSA, cuya capilaridad, puntualidad, atención del personal y
precio hay que loar siempre. Raro es que esta empresa funcione tan bien y no
haya caído aún en manos de algún inútil amiguete del sátrapa. Que siga así, por
el bien de los habitantes de la verdadera España, la rural y trabajadora, la
creyente y cada vez más odiadora del maligno y corrupto socialismo. Y eso que
esta zona de España tendía más hacia la izquierda hace unos años. Al final,
todo el mundo ve la luz y se da cuenta de quienes hacen el bien y, sobre todo, de
quienes son los malvados.
Mientras mis compañeros
afrontaban los 20 km restantes, esperé al bus de turno, bajo una intermitente
lluvia, y antes de la 1 ya me planté en Astorga. La parada, por ley de Murphy,
al otro lado de donde teníamos el apartamento, pero sin prisas y con el
persistente dolor en el pie, llegué a destino, me instalé, apliqué el Voltdadol
forte al pie y lo vendé lo mejor que pude. Ojalá hubieran estado las gacelas
enfermeras (saludos Rocío y Lurdes) de hace unos años, con sus mágicas
manos y su alegría seguro que me hubiera recuperado mejor.
A las 16:15 llegó Edu, poco
después Jaime. Aseados y preparados, salimos a pasear por la bonita Asturica
Augusta, bella y cuidada ciudad, con sus colinas, algo que parece ser
preceptivo para cualquier ciudad romana. Como la propia Roma y también nuestra
querida y ahora invadida Ceuta, cuyo nombre proviene del latín “Septem
Fratres” (que significa "Siete Hermanos"), en referencia a las
siete colinas o montes de la región.
Nos costó bastante encontrar un
sitio apropiado para cenar, y al final acabamos en el gastrobar de las 3 brujas
llamado “La Paloma”. Lo de brujas es por estar la taberna en manos de 3
chicas, suponemos que amigas de infancia, cuyas fotos decoraban la pared, y
entre las que al parecer no había buen rollo, por lo menos ese día, con
discusiones constantes entre la camarera y la cocinera, lo que nos tuvo
esperando 70 minutos hasta que llegaron las buenas hamburguesas que disfrutamos
con un correcto vino local. Poco más dio de sí el día, de vuelta al
apartamento, y a descansar, cada uno en su propia habitación. Un verdadero
lujo.
Jueves, 1 de octubre, Astorga-Foncebadón, 25,8
km
A las 6:30 estamos en pie, café y
pan de leche en el apartamento, más los huevos duros que va consumiendo poco a
poco Jaime (por lo que cuenta, finalizado el Camino, ganó 2,5 kg de peso en este
tramo), y salimos. Mi pie parece que ha mejorado, pero veo imposible realizar
la etapa entera, más aún cuando es bastante dura y la segunda más larga de este
año. Veremos. El tramo es agradable y no llueve, por lo que de un tirón hacemos
los primeros 10 km. Ando un rato a solas con un australiano (cada año conozco a
alguno de las antípodas), espigado y dicharachero, y la agradable conversación,
en la que estamos de acuerdo en todo, hasta en el tema de la invasión
musulmana, me lleva distraído hasta Santa Catalina de Somoza. Mii gozo en un
pozo: el esfuerzo ha sido excesivo, y hasta aquí he llegado hoy. Como ya dice
el título, un camino a medias. En 26 años jamás había tenido que tirar
de soporte tantas veces…, sea por la torcedura del pie o la falta de
entrenamiento, pero estaba siendo un verdadero suplicio. En fin, es lo que hay.
La edad y la vida sedentaria no perdonan.
Desayunamos en el Albergue
Hospedería San Blas, con una chica risueña y cachonda, con la que paso un buen
rato esperando al taxi mientras mis compañeros siguen caminando. De los 25,8 km
previstos solamente he podido andar 12, pero algo es algo.
Me adelanto pues hasta Rabanal
del Camino, con la mala suerte que el bar del albergue está cerrado por
descanso semanal, y la taberna de los lugareños no abre por ahora, me quedo
pues tirado en la nada desde las 11 de la mañana hasta las 14:00 que llegarán Edu
y Jaime.
Pero al final la suerte me sonríe
un poco, y a las 12:30 aparece el búlgaro que regenta el bar de un albergue
realmente bonito, lo que permite relajarme un rato en la bella terraza, con mis
cervecitas y curioseando un poco. Gente mayor, todos extranjeros, salen y
entran de las habitaciones, recogen o dejan sus mochilas, consumen o hablan con
la hospitalera…, todo muy animado para no ser un final de etapa clásico. Igual
el secreto radica en que existe un pequeño monasterio con siete hermanos
benedictinos, cuyos cantos gregorianos se han hecho famosos y me son
recomendados por todos. Si lo llegamos a saber igual nos hubiéramos quedado
aquí, más aún después de ver en lo que se ha convertido Foncebadón.
A las 2 llegan los compañeros, y
vamos directamente a la “Hostería El Refugio”, donde teníamos mesa
reservada para degustar el famoso cocido maragato. Está realmente bueno, pero
volver a ponerse a andar después de esta comilona se me antoja una misión
imposible, por lo que al acabar recurro de nuevo a Christian, el taxista local,
para que me salve de los 6 km que faltan hasta destino. La charla con él, muy entretenida, me cuenta anécdotas locales, entre ellas la de un listillo, un
pícaro, que, disfrazado de peregrino, con un triciclo y dos perritos, sube y
baja cada día a Foncebadón para provocar la empatía o la pena de los peregrinos
y ganarse una pasta en donativos. Como ha sucedido durante tantos siglos y ya
sale reflejado en el Codex Calixtinus, que habla de los comerciantes,
los asaltadores, los pícaros y las mujeres de mal vivir que se aprovechan de
los peregrinos en estos montes aislados. Poco ha cambiado, por lo que veo.
Foncebadón me recibe como si
fuera el Rocío o cualquier fiesta popular masificada. Donde antes (pasé por
aquí hace más de 20 años) solamente estaba la iglesia, un albergue y alguna
casa en ruinas, un lugar oscuro y místico, ahora te encuentras con una decena
de hostales y pensiones, bonitos edificios estilo alpino alineados todos en la
única calle de la aldea y con sus terrazas a rebosar de gente bebiendo, riendo
y celebrando estar en un lugar mitificado por Paulo Coelho y convertido ahora
en un show que se asemeja más a un après-ski de una estación de esquí alpina
que a un lugar de descanso de creyentes camino a la tumba de un apóstol de
Nuestro Señor. La imparable y triste comercialización y masificación del Camino
continúa. Miedo me da pensar en el 2027, que es año santo, que sin duda
traerá a cientos de miles de turigrinos a seguir desvirtuando este sacro camino
que antaño fue.
Después de instalarme en el
Refugio del Druida, que de refugio no tiene nada y los únicos druidas son los
guiris bebiendo en la terraza bajo la dirección de un napolitano, propietario
de un pub inglés en Nápoles y claramente el director del cotarro, me acomodo
también en la terraza, solo pero cercano a la ruidosa mesa multiculti, y me
dedico a escuchar y tomar nota mental de las cosas que voy oyendo. Una inglesa
extrañamente guapa y la más simpática de la ruidosa banda, me pide cortesmente permiso para coger un silla y hasta me invita a unirme a la tertulia, pero
declino educadamente. No estoy para mucha fiesta, y menos para competir con un
italiano lanzado a conquistar todo aquello que su patria jamás consiguió. Al
rato se me sientan al lado dos chicas / señoras (se hace difícil adivinar la
edad cuando todos vamos disfrazados de una u otra manera), se llaman Virginia,
aunque yo entiendo Novicia, y Carmen. Comentan mi tatuaje, hablan de sus cosas
y hasta sueltan lo suficientemente alto para que lo oiga, que Tinder no sirve
para nada y que el Camino es su último tren a Katanga. Bien triste es oír esto,
más aún cuando la Novicia me explica que es argentina y psicoanalista. Así le
va. Aparecen mis compañeros de fatigas, se arreglan y se unen al descanso en la
terraza, escuchamos un poco de música, yo con Sabina, y un español muy
simpático sentado al lado confiesa su pasión por el de Úbeda, lo que me lleva a
poner un par de canciones más del gran poeta jienense. Cada uno tiene su
debilidad.
Entre chupitos de hierbas,
demasiados creo, acaba la tarde, renuncio a la cena y me retiro a la
habitación. La noche, terrible, con ardor y malestar sin parar, y siendo mi
única preocupación no tener que vomitar ni despertar a Edu que descansa
plácidamente. Por suerte no suceden ni una cosa ni la otra, y al final consigo
conciliar el sueño
Viernes, 2 de octubre, Foncebadón-Ponferrada,
26,8 km
A las 7 en pie y arreglados, desayunamos en nuestra pensión del druida. Mi pie vuelve a doler mucho, lo que
sumado a la desastrosa noche que he pasado, no promete mucho. Haré lo que
pueda.
Salimos a oscuras, y los 2 km
iniciales de subida a la Cruz de Ferro no son tan duros como esperaba. Pero la decepción
al llegar a este enclave mitificado del Camino estaba anunciada: comercialización
sin fin. El montículo de piedras ahora tiene sus caminitos para poder subir y
hacerse la foto de rigor, un gran aparcamiento para coches y autobuses y una
larga cola (eso que no son ni las 9 de la mañana) en la pequeña ermita para
poder sellar. La destrucción de este símbolo, consolidado en el siglo XI
gracias al eremita Gaucelmo, quien levantó la cruz original para
orientar a los peregrinos durante las habituales y duras nevadas invernales
(estamos a 1.500 metros de altura); de esa cruz que fue creciendo durante siglos
con las piedras que los peregrinos traían de su casa, es muy triste. Quizás es
la muestra más palpable de que todo lo que era el Camino de Santiago se ha ido
al garete. Por lo menos en su parte exterior. Lo que cada uno viva y sienta en
su interior, jamás se lo podrán cargar. Aunque la masificación, la falta de
religiosidad, la competitividad, la frivolización y la banalización de esta ruta
de Fe, no ayuden mucho.
Después de esta decepción, bajamos
sin problemas hasta Manjarín, donde antaño reinaba el último templario Tomás, figura
emblemática del Camino. Y que tristemente falleció en enero de este año. Instalado
ahí desde 1993, fue haciéndose famoso al mismo ritmo que su refugio se llenaba
de suciedad. El templario llevó hasta las últimas consecuencias lo de la vida
medieval: sin agua corriente, sin higiene…, pero eso no quita ni su buena
intención ni estropea su leyenda. Aquí tenéis un enlace
que explica un poco su historia.
El hombre que merodeaba por ahí
me comentó al nombrar a Tomás: “ahora el último templario soy yo”. No he investigado
quién es, igual un familiar, pero tampoco me importa. No es Tomás.
Edu y Jaime avanzan a buen ritmo,
y yo me voy retrasando cada vez más, con un trazado terrible, como ya se sabía
y consta en todas las guías, en bajada continua y lleno de piedras, lo que me
llevó a ir alternando entre la senda y la carretera. Destrozado por la bajada,
consigo llegar a El Acebo de San Miguel a las 10:45 de la mañana. Han sido
12 km, toda una hazaña teniendo en cuenta mi estado, y hasta aquí he llegado.
Imposible continuar, por lo que mis compañeros parten solos a las 11 de la mañana
y yo llamo a un taxista local, Luis, y me siento al sol a esperar el rescate.
Llega el transporte, y ya sentado
en el coche se apunta un matrimonio obeso de Kansas, creo recordar. Le comento
por lo bajani al chófer que si nos va a cobrar a cada uno el total del trayecto,
y con un guiño me dice “tú, tranquilo”. Los
15 kilómetros hasta Ponferrada pasan volando, charlando con Luis, cuyo hijo
trabaja en Airbus en Alemania, es licenciado en historia y le convenció de que
en estos momentos solamente se puede votar a Vox. De nuevo, como el año
anterior, la clase trabajadora, la gente humilde, aplicando el sentido común. Y
como tenía la intuición de que en algún momento podría usarla, le regalé una
pulsera del sindicato Solidaridad, con la inscripción “Autónomo
cabreado”- Ilusionado, sorprendido y agradecido, la colgó de inmediato del retrovisor,
mientras los obesos de Kansas no se enteraban de nada. Fue realmente un corto pero
agradable viaje, que me hizo olvidar todos mis males. Llegados a Ponferrada,
descarga a los yanquis, les cobra la tarifa oficial de 35€, y me acerca a
nuestra pensión, donde me dice socarronamente, “¿Diez euros te parece correcto?”.
Entre risas le di 20. Lo mínimo que podía hacer por su excelente servicio.
La pensión correcta, el recepcionista
muy simpático, su abuelo que andaba por ahí con el himno nacional sonando en el
móvil, lo que me lleva a recordar al chico que justo había sido el día del
Caudillo, lo que aprovecha él para pegar un grito a su abuelo: “Feliz día del Caudillo,
abuelo, con retraso”, lo que me saca una amplia sonrisa.
Me instalo, me arreglo, me pongo crema
en el pie torcido, y me paso el resto del día esperando a la pareja, que llegan
bien tarde, como es lógico, y después de recuperarse ellos, paseamos un poco
por el centro, tomamos unas cervezas debajo del castillo templario, y nos volvemos
pronto a la pensión.
Para mi se acabó, un camino diferente,
un medio camino como lo he titulado, marcado tanto por el comunista que
me ha demandado y me obliga dejarlo aquí para volar a Sevilla, como por mi mal
estado físico. A ver si para enero estoy mejor preparado. En mis manos (y pies)
está.
Gracias, Edu y Jaime, por la compañía
y la paciencia. Nos vemos en enero. ¡Ultreia!
P.S. Para rematar este tramo
tan extraño, vuelvo a Madrid, vuelo a Sevilla, y resulta que el
funcionario judicial se había olvidado de convocar al fiscal, lo que significa
que todo para nada: juicio pospuesto. La pérdida de 4 etapas del Camino, el
gasto en vuelos y hotel, todo para acabar como un perro apaleado deambulando
por la capital hispalense y tener que repetir el viaje dentro de unas semanas.
En fin.

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