miércoles, 17 de diciembre de 2008

Felices Fiestas (a mis amigos, de los que estoy muy orgulloso)

Felices Fiestas (a mis amigos, de los que estoy muy orgulloso)
En estos tiempos de fiestas “navideñas”, por llamarlas de alguna forma, afloran en todos nosotros sentimientos que durante el resto del año quedan ocultos por el trajín del día a día, la obsesión por sobrevivir a la semana laboral y al saldo bancario, por exprimir al máximo los fines de semana y por buscar la falsa pero necesaria felicidad en actividades poco recomendables para la salud, tanto física como mental.
Son momentos de reencuentros, de comidas, cenas y demás eventos que, en algunos casos, vienen forzados por nuestro entorno laboral y social, pero en otros, los menos, son motivados por sentimientos reales, por ganas de volver a ver a personas queridas, por compartir recuerdos y vivencias después de meses de separación.
Nosotros, es decir mis lectores y yo, no somos de la clase de gente que se deja llevar por el consumismo, por la fiesta comercial, por el regalo superficial inducido por la publicidad “navideña” del Corte Inglés, las burbujas de Freixenet o el Turrón El Lobo, sino que somos personas sentimentales, que llevamos muchos años compartiendo vivencias y transitando por el largo y muchas veces tortuoso camino que es la vida (…that leads to your door ©JPG&R ) , y que realmente tenemos ganas de volver a vernos, de obsequiarnos mutuamente con algún detalle, por pequeño que sea, y de abrazarnos como hemos hecho tantas veces en los últimos 10, 15, 20 o 30 años.

Y aquí quería llegar: por desgracia (o suerte) ya no tenemos 18 añitos, sino bastantes más, pero por extraño que suene aún seguimos siendo, en muchos casos, amigos. Unos nos vemos más a menudo, otros solamente una vez al año (suele ser por casualidad en la sierra de Madrid a finales de Noviembre), pero estamos ahí. Algunos coincidimos en el colegio, otros en la universidad, pero la mayoría tenemos en común incontables tardes de actividad conjunta, sea política, deportiva o social (¡aquí entran nuestros queridos locales de ocio!). Y esas tardes de unión, en las que cada uno tenía sus ideales, sus planes de futuro, sus ansias de lucha por un mundo mejor, sus aspiraciones políticas, han dado sus frutos. Como en cualquier otro colectivo algunos miembros se han quedado por el camino, otros han abandonado sus ideales juveniles y se han dejado llevar por la cruda realidad del sistema capitalista y su nulo componente ético y social, pero la mayoría, por lo menos en nuestro caso, ha seguido manteniendo alzada su pequeña bandera, ha seguido su lucha de una forma u otra. Nuestro círculo de amistades incluye personas que se han dedicado la política, a la docencia, a la carrera laboral en alguna empresa, a la formación de una familia como Dios manda, al deporte o a otras actividades, pero que han seguido creyendo en ideales que se forjaron en nuestra juventud, en un sentido de la vida más allá del propio transitar sin sentido, en un afán de lucha y de buscar algo más allá del día a día, del propio placer. Este espíritu combativo, de aspirar a cambiar algo, este “idealismo” que normalmente se tiene de joven pero que con la edad se va desvaneciendo de la misma forma que nuestro atractivo físico y nuestra entereza moral, sigue palpitando en todos nosotros. Me enorgullece sobremanera encontrarme con amigos que hace 25 años ya estaban ahí rebatiendo mis argumentos, con los que hace 15 años ya discutía sobre el bien y el mal, con los que hace 10 patrullaba las calles en la hora maldita en la que los bares están a punto de cerrar (© JS), con los que en los últimos 5 años compartí victorias deportivas, con los que hace menos de una semana tomé unas cañas y con los que durante estas fiestas podré volver a brindar. Brindar por un año nuevo que nos traiga un mundo mejor, sin falsos predicadores (solamente existe uno verdadero, y es muy grande) que usan preciosas palabras para emocionar al inculto pero que se olvidan luego de aplicar dichas promesas, y alzar la copa por una gran España ejemplar frente al resto del mundo (que en el fondo me importa un pito).
Me importan mi Patria y mis seres queridos, mis amigos, de los cuales me enorgullezco cada vez que me los vuelvo a encontrar.Brindo por ellos, por vosotros, por mis amigos. Que tengáis unas buenas fiestas, y que a los malos de la película (que todos conocemos), se les atragante el Turrón del Lobo o lo que tomen.
Yo me tomaré una ración de vuestra amistad, que vale más que nada.
¡¡ Feliz Navidad…!!

martes, 25 de noviembre de 2008

Cuestión de principios

Cuestión de principios
Ante
la invitación a una cena de un partido político, a pesar de estar organizada por amigos, compañeros y en su momento camaradas, tengo que contestar que no creo en los partidos políticos, rechazarla y no asistir al convite.

Ante la persecución de los símbolos religiosos que se está llevando a cabo en España, auspiciada por el poder oficial, y sin duda alguna por otros poderes “ocultos”, los que realmente manejan los hilos de las marionetas que se autoproclaman demócratas, me rebelo y vuelvo a asistir a misa en los días de precepto.
Ante la negación de la libertad de expresión que se está produciendo en Cataluña con el cierre de emisoras contrarias al pensamiento único, a manos del instrumento represor denominado CAC, creado en teoría para todo lo contrario, para vigilar la calidad, libertad, rigor y buen hacer de los medios audiovisuales, me planto y sintonizo la COPE como única alternativa al embobamiento y adoctrinamiento global al que estamos siendo sometidos los ciudadanos de Cataluña y demás regiones de España dominadas por un nacionalismo que a pesar de ser minoritario se ha hecho con las riendas del poder.

Ante la persecución de los símbolos nacionales que se ha producido estos días en toda España invocando la ley de memoria histórica, que más que ley es una sentencia vengativa que obliga a las fuerzas del orden, con sus banderas nacionales bien cosidas a la hombrera, a pisotear esas mismas banderas, a pegar a jóvenes y mayores, a actuar contra natura y contra el juramento de defender a España y su unidad que prestaron en su momento, me vuelvo a rebelar y luzco con orgullo pulseras, banderas, camisetas, adhesivos y todo elemento que pueda que incluya los sagrados colores de la bandera de mi patria.

Ante la mentira histórica que nos quiere hacer creer que nuestra democracia es sinónimo de libertad, simplemente seguiré proclamando lo que realmente pienso. Esto no es democracia, todo es una gran farsa para tener al pueblo engañado, al poder económico comprado, al poder judicial sobornado, al poder legislativo maniatado y al poder político endiosado y lleno a rebosar de incapaces, analfabetos, retorcidos, vengativos, payasos, egoístas y mentirosos. Por todo ello, proclamo que soy y seguiré siendo 0% demócrata.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Han pasado 75 años y que poco ha cambiado

Han pasado 75 años y que poco ha cambiado

“Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.” Así inició José Antonio Primo de Rivera el discurso fundacional de Falange Española, celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid tal día como hoy, un 29 de Octubre, del año 1933.
Esta frase inicial anteponía a todo lo demás la gratitud a los asistentes y nombraba el laconismo militar como el valor de saber resumir en pocas palabras los sentimientos y las verdades.
Eran tiempos convulsos y violentos, en los que sentirse arropado por un grupo de amigos se convertía en un valor, en una seguridad, en un hecho importante y sentido. De ahí esas “gracias” iniciales del discurso dirigidas a los camaradas y amigos reunidos en la sala del teatro.
También eran tiempos de lucha, de ideales, de fe en una transformación de la sociedad, de amor al prójimo ante las adversidades que se estaban viviendo en nuestra patria, de ilusión en participar en cualquier iniciativa que significara arreglar las cosas, de aportar algo ante el caos y la maldad reinante, de buscar valores que se estaban perdiendo a pasos agigantados, de alzar la voz ante las injusticias, ante la manipulación, ante la negación del ser humano, del cristianismo y de la justicia social, ante el aplastante peso de un modelo de sociedad dictatorial enmascarada de democrática. De ahí el laconismo “militar” de su estilo.
Porque el concepto del militar (y su laconismo) aún se asociaba a un valor real, el ejército seguía siendo uno de los pilares básicos de la sociedad, a sus miembros se les seguía respetando y su existencia era una de las pocas garantías de supervivencia de la sociedad. (Gracias a Dios esto quedó confirmado posteriormente con la correcta, honrosa y justa intervención de los militares en la realidad española, asumiendo su defensa como si de una niña huérfana se tratase y salvándola de la desaparición como ente superior existente desde muchos siglos atrás)
Desde ese preciso momento en el que José Antonio pronunció su discurso no quiero ni imaginarme cuantos comentarios, ensayos, resúmenes, doctorados, trabajos y estudios se habrán realizado sobre su contenido, ni cuantas mentiras, manipulaciones y falacias han intentado distorsionar un mensaje tan sentido, tan claro, tan cristiano y tan humano.
Podríamos desglosar aquí uno a uno los diversos puntos que va relatando José Antonio, y nos daríamos cuenta que poco o nada ha cambiado en los últimos 75 años. Más aún, las cosas no han ido a mejor, sino a peor, a mucho peor. Hoy no solamente tenemos a los partidos políticos intermediando entre la riqueza para ellos y la miseria para el resto de la sociedad (no creo que haga falta recordar al lector los últimos gastos en “obras sociales” de los dirigentes políticos, llámense MP3, reposapiés o reformas en sus respectivos “despachos”), sino que encima estamos viviendo el colapso total del indecente sistema liberal-capitalista, algo que hace 75 años ya se palpaba, y que ahora ha llegado a su punto álgido mostrando en toda su desnudez la falta de escrúpulos de los gerifaltes del poder económico, que son capaces de llevarse varios millones de euros como compensación a su gran logro de arruinar un banco centenario y dejar a miles de empleados en la calle y a millones de inversores en la ruina.
Dejo en manos del lector que siga buscando las coincidencias entre la situación que describe José Antonio en su discurso y la realidad que hoy estamos afrontando en España.
Si no es un tonto del carajo, un votante socialista abducido por las mentiras sobre la 8ª economía del mundo o un estudiante de universidad que ya ha sufrido la des-educación y acabará siendo licenciado en derecho sin saber ni leer ni escribir, algo que se llama licenciado-analfabeto-funcional, no tendrá problemas en entender el discurso e interiorizar todas las verdades que contiene.
Y si no lo entiende, que le den. Que siga mirando la telebasura, que lea el Qué, El Periódico de Catalunya, el País o cualquier otro medio impreso para atontar al pueblo, que siga votando a los partidos políticos y que sea pobre de espíritu y de bienes como miembro de pleno derecho de la 8ª potencia económica de la Alianza de las Civilizaciones.
No sigo más: simplemente dejo aquí anexado el discurso fundacional. Que cada cual aguante su vela, que apechugue con sus propios actos y que los enfrente a los ideales que proclama alegremente en actos, fiestas, misas y banquetes. Pero por favor, si no entiende o no quiere entender el mensaje profundo del discurso, que no use el nombre de José Antonio en vano y sin sentirlo.

José Antonio no se lo merece.


DISCURSO DE LA FUNDACION DE FALANGE ESPAÑ0LA
(Discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)
Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.
Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.
Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.
Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.
De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.
Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema ,tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.
Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal". Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.
Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento (nosotros no recatamos ninguna verdad), el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que sólo les daba promesas de derechos, pero no se cuidaba de proporcionarles una vida justa.
Ahora, que el socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases.
El socialismo, sobre todo el socialismo que construyeron, impasibles en la frialdad de sus gabinetes, los apóstoles socialistas, en quienes creen los pobres obreros, y que ya nos ha descubierto tal como eran Alfonso García Valdecasas; el socialismo así entendido, no ve en la Historia sino un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados. Todo eso dice el socialismo. No hay más que producción, organización económica. Así es que los obreros tienen que estrujar bien sus almas para que no quede dentro de ellas la menor gota de espiritualidad.
No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia; aspira a llegar en la injusticia a tantos grados más allá cuantos más acá llegaran en la injusticia los sistemas liberales.
Por último, el socialismo proclama el dogma monstruoso de la lucha de clases; proclama el dogma de que las luchas entre las clases son indispensables, y se producen naturalmente en la vida, porque no puede haber nunca nada que las aplaque. Y el socialismo, que vino a ser una crítica justa del liberalismo económico, nos trajo, por otro camino, lo mismo que el liberalismo económico: la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres.
Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos en una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas. Y así, nosotros hemos tenido que llorar en el fondo de nuestra alma cuando recorríamos los pueblos de esa España maravillosa, esos pueblos en donde todavía, bajo la capa más humilde, se descubren gentes dotadas de una elegancia rústica que no tienen un gesto excesivo ni una palabra ociosa, gentes que viven sobre una tierra seca en apariencia, con sequedad exterior, pero que nos asombra con la fecundidad que estalla en el triunfo de los pámpanos y los trigos. Cuando recorríamos esas tierras y veíamos esas gentes, y las sabíamos torturadas por pequeños caciques, olvidadas por todos los grupos, divididas, envenenadas por predicaciones tortuosas, teníamos que pensar de todo ese pueblo lo que él mismo cantaba del Cid al verle errar por campos de Castilla, desterrado de Burgos:
¡Dios, qué buen vasallo si ovierá buen señor!
Eso vinimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en ese día: ese legítimo soñar de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera, ha de ser un señor que no sea, al propio tiempo, esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase.
El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas. Porque en el fondo, la derecha es la aspiración a mantener una organización económica, aunque sea injusta, y la izquierda es, en el fondo, el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertiría se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que estas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas.
La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.
Y con eso ya tenemos todo el motor de nuestros actos futuros y de nuestra conducta presente, porque nosotros seríamos un partido más si viniéramos a enunciar un programa de soluciones concretas. Tales programas tienen la ventaja de que nunca se cumplen. En cambio, cuando se tiene un sentido permanente ante la Historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué caso nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo programa de abrazos y de riñas.
He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla.
Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.
Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que, para unimos en grupos artificiales, empiezan por desunimos en nuestras realidades auténticas?
Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.
Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones a realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecernos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.
Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serio, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.
Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta –como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión– funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.
Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su Historia.
Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de "todo menos la violencia"– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.
Esto es lo que pensamos nosotros del Estado futuro que hemos de afanamos en edificar.
Pero nuestro movimiento no estaría del todo entendido si se creyera que es una manera de pensar tan sólo; no es una manera de pensar: es una manera de ser. No debemos proponemos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer prebendas; no imagine nadie que aquí nos reunimos para defender privilegios. Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros, para decirles: sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha precisamente por aquello que no nos interesa como señoritos; venimos a luchar porque a muchos de nuestras clases se les impongan sacrificios duros y justos, y venimos a luchar por que un Estado totalitario alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes. Y así somos, porque así lo fueron siempre en la Historia los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra Patria misma, supieron arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras, por aquello que precisamente, como a tales señoritos, no les importaba nada.
Y0 creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!
En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos; nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo, triunfo que –¿para qué os lo voy a decir?– no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí vuestra España, ni está ahí nuestro marco. Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato; pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada. Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas.

lunes, 13 de octubre de 2008

Ella
Está ahí, repeliendo mis miradas sin aportar nada. Triste compañera de piso me he buscado. Es capaz de estar día tras día callada, escuchando y viendo todo, sin soltar un triste “aquí estoy yo” para animarte el día. Y eso que es nueva, recién estrenada, decorada con cuadros y fotografías cargadas de recuerdos, impoluta, cálida bajo la luz de las lámparas y alegre y brillante al salir el sol. Igual debería darle un repaso, agarrar un spray del color más chillón que encuentre, estilo chándal brillante de mercadillo, y llenarla de pintadas insultantes y obscenas. O meterle un par de cabezazos. A ver si le duele más que a mí. Lo dudo. Estoy seguro que seguirá ahí, desafiando con su tranquilidad y silencio cualquier intento de pedir respuestas. Tampoco puedo esperar otra cosa. La hicieron para eso. Para estar quieta, firme y en silencio. Es una pared. La pared de mi salón. Que le den.

martes, 19 de agosto de 2008

Plurilingüismo en el metro de Barcelona

Plurilingüismo en el metro de Barcelona
Estamos a mediados de agosto, y hoy he acabado mi jornada laboral alrededor de las 2 de la tarde. El sofoco que he sentido al salir a la calle solamente es comparable al que me produjo mi último intento de aproximación, con muy claras intenciones, a una mujer de buen ver. Acabó de la misma forma que finalizará el que siento ahora. Refrescándome de alguna forma e intentando pensar en otra cosa. Al no tener a mano una bebida con mucho hielo opto por el refresco vía aire acondicionado del metro de Barcelona.
El metro, la aventura de cada día. Es realmente sorprendente que un transporte público, aséptico, neutral, útil y necesario pero carente de interés, pueda aportar día tras día emociones, reacciones y sentimientos que normalmente sólo florecen al ver una película, admirar un cuadro o escuchar una buena obra musical. Aunque el hecho de hoy no tiene nada de emocionante y si un mucho de desconcierto. A la tercera parada los altavoces anuncian unas obras en la línea que impiden descender en determinada estación. La alocución inicial es en catalán, lengua autóctona de esta región e idioma materno y de uso cotidiano de un 30 o 40 por ciento de la población de la comunidad, tirando alto. En la capital me imagino que este porcentaje se vería reducido bastante, pero oficialmente no existen datos. No vaya a ser que se les vea el plumero y resulte que en Barcelona se habla más castellano que catalán. Acabado el anuncio espero la versión en castellano, ya menos acalorado gracias a los chorros de aire helado que solamente se interrumpen al abrirse las puertas. A cascarla. Sin tiempo a diferenciar los idiomas siguen las versiones pregrabadas en diversas lenguas, enlazadas como si se tratara de un churro del libro Guiness de los records cocinado en Madrid durante las fiestas de San Isidro. Con mucho esfuerzo e imaginación deduzco que el anuncio se ha emitido en chino, en árabe, en paquistaní y alguna otra lengua que sinceramente no puedo catalogar. Me precio de hablar unos cuantos idiomas, pero me voy dando cuenta de que me servirán de poco en el futuro. Ni el alemán, ni el inglés, ni el francés, ni el italiano me serán de utilidad. Y que decir del castellano, idioma al que fuera de España denomino y denominan español. Idioma universal, hablado por 500 millones de personas, lengua utilizada en las grandes obras literarias durante muchos siglos y forma de comunicación de millones de personas en la época del Imperio Español en el que nunca se ponía el sol. Vivan los Nikis. Observo con atención a los demás pasajeros del vagón. Sin lugar a dudas hay ingleses, detectables por las camisetas del Barça que han comprado a sus niños rapados al cero y por el color a gamba pasada de los brazos y las espaldas tatuadas de sus mujeres. Localizo a algunos alemanes (o suizos, o austríacos) por la portada de sus guías de Lonely Planet, y a varios italianos con su uniforme de verano, siguiendo el fiel dictado de la moda y el disfraz permanente que resume su “modus vivendi”. Este año tocan gafas sobredimensionadas, polos de Martina y, el que puede, un Iphone 3G expuesto en la palma de la mano para el disfrute de los demás pasajeros. No veo a más extranjeros. Una familia española cercana a mi ni presta atención a los altavoces. Están discutiendo sobre el número de medallas que se llevará España en las olimpiadas. Si supieran que para la prensa local serán “de facto” medallas “catalanas” por entrenarse muchos de los deportistas en esta región, pondrían otra cara. No hay ni árabes, que deben de estar aportando su granito de arena a la Operación Estrecho, ni paquistaníes con su cabeza cubierta ni chinos jugando con su móvil al ritmo de su idioma tan acelerado e incomprensible y buscando de reojo algún gato para completar su Chop Suey de la tarde.
Al llegar a casa me resisto a buscar los datos estadísticos del turismo que visitó Barcelona el año anterior. Tampoco hace falta. De todos es conocido (“fama est”, en latín), que en agosto nuestra ciudad es el destino preferido de chinos, paquistaníes, moros y demás pudientes invitados. Y el resto del año, también.
En el fondo, no sé de qué me quejo. El servicio de megafonía ha rayado la perfección. No van a cambiar por un mes las alocuciones. A los turistas que les den. Lo que importa son los habitantes de la región. O nación. O como quieran llamarlo. La plurilingüe. La del catalán, el árabe, el mandarín y el no sé qué. Y al castellano, o español, que le den morcilla.

miércoles, 23 de julio de 2008

Acto en memoria de los caídos por Dios y por España: descripción y reflexión.

Acto en memoria de los caídos por Dios y por España: descripción y reflexión.


El pasado 19 de Julio de 2008 se celebró en el foso de Santa Elena del Castillo de Montjuich de Barcelona un emotivo acto en memoria de los caídos entre los años 1936 y 1939, con un homenaje especial a los 350 ejecutados por las fuerzas revolucionarias y de izquierda en dicho castillo. Con la lectura de sus nombres y de pequeñas anécdotas relacionadas con alguno de ellos y bajo un sol de justicia, un reducido número de familiares y amigos de los fallecidos honraron su memoria escuchando la brillante alocución del Excmo.Sr. Don Felio Villarrubias* y celebrando la Santa Misa frente a los muros que siguen mostrando los impactos de las balas que acabaron injusta y vilmente con sus vidas, todo ello bajo un cielo azul que con toda seguridad se les abrió de par en par en el mismo momento de ascender a él para estar sentados al lado de nuestro Señor.
Hasta aquí la descripción.
Pasemos pues a la reflexión.
Al acto descrito anteriormente asistieron alrededor de 30 personas. Según el último censo del INE, Barcelona y su área metropolitana aglutinan una población de más de 5 millones de personas. Por otro lado, el pasado 29 de Junio varios millares de personas se concentraron en calles y plazas de la capital catalana, ciudad que durante muchos siglos fue abanderada de la causa española y noble defensora de una patria común forjada bajo el mismo cielo azul que brillaba el pasado 19 de Julio, para celebrar de forma alegre y ruidosa la victoria de nuestra selección de fútbol.

¿No deberíamos sentir una gran vergüenza?

¿No deberíamos plantearnos que algo no está funcionando en nuestra sociedad?

¿Nuestra conciencia ha quedado reducida a la parte lúdica y superficial de la vida, como puede ser un partido de fútbol, olvidando temas tan importantes como la muerte de inocentes y su obligado homenaje?

¿Dónde está la gente de bien, dónde las familias, los hijos y nietos de los fusilados, de los asesinados por profesar la fe católica o por ser de “orden”?

¿Es de recibo cerrar los ojos, olvidar la historia y tolerar que las nuevas generaciones (aquí incluyo de forma expresa a las juventudes de determinado partido político que ha renunciado a defender la verdad histórica y se ha apuntado al carro de la conveniencia y la manipulación interesada en aras de mantener unos pingües privilegios económicos resultantes de su integración en el sistema político imperante) estén ausentes de actos tan importantes?
Estoy seguro que a todas estas preguntas la mayoría contestaremos con un “mea culpa”, pero poco más. Aceptaremos de inmediato que es una vergüenza, que hay que hacer algo, que ya no tenemos conciencia ni ética, pero no haremos nada. Y la excusa fácil la usaremos sin dudar: que estamos solos, que cada vez somos menos, que los tiempos han cambiado, que hay que pasar página, que los buenos tiempos no volverán y que hemos perdido la batalla.
Malditas respuestas. Despertemos. Luchemos.

Si somos capaces de salir a la calle con nuestra bandera para celebrar una victoria deportiva, seámoslo también para homenajear a personas que sacrificaron su vida por esos mismos colores.

Si firmamos un manifiesto por la lengua común, la española, usemos esta lengua para elevar nuestras oraciones a Dios por el descanso eterno de aquellos que no merecían morir de esta forma.

Si sabemos que la Ley de la Memoria Histórica es partidista, unilateral y sesgada, seamos activos y participemos en aquellos actos que reivindican la verdadera y sangrienta memoria de los hechos acaecidos entre 1933 y 1939.
Seamos íntegros, seamos consecuentes con lo que predicamos, seamos buenos españoles.


Nota: Don Felio A. Villarrubias Solanes es experto en protocolo, destacado escritor y entre muchos otros cargos ha sido director honorario de los cursos de Protocolo de la Universidad de Oviedo, en La Granda y jefe de protocolo de la Fundación Príncipe de Asturias.

martes, 1 de julio de 2008

La Roja, 2ª parte

La Roja, 2ª parte
A pesar de sentir una alegría inmensa que invade mi corazón y el resto de órganos de mi maltrecho cuerpo, sigo en mis trece y me reafirmo en todo lo que dije en mi artículo anterior. Es más, insisto y lo amplío.
La conquista de un Campeonato de Europa, ya sea en fútbol como antes de ayer, ya sea en cualquier otra disciplina deportiva, me enorgullece. Me reafirma en mis sentimientos patrióticos y en mi amor a una bandera y a una historia común. Y encima ver la alegría de la mayoría de mis compatriotas, por encima de regionalismos, nacionalismos, partidismos y demás ismos, pues que quieres que te diga, tampoco está nada mal.
Pero hay un regusto, un tufillo que asciende desde las cloacas de nuestro sistema político y social, que me sigue dando que pensar. La utilización mediatizada de este triunfo por parte de los actores de siempre y encima para sus propios y oscuros intereses, pues no me gusta.

No puedo aceptar el súbito protagonismo de Zapatero, aludiendo a la primera gran victoria en democracia, como si el éxito de la selección se le deba a él.
No puedo entender la chabacanería de algunos de los jugadores, de la Familia Real y de los medios de comunicación.
No puedo compartir la simplicidad de nuestra sociedad, que con esta victoria parece que va a perdonar al PSOE y sus aliados todos los pecados cometidos contra esa “patria” que ahora ensalzan y aprovechan en su propio interés.
No puedo aceptar que cargos electos nacionalistas hayan apaleado a jóvenes en Vitoria por llevar la camiseta de la selección.
No puedo aceptar que los Mossos tengan que cargar con botes de humo y bolas de goma en alguna plaza de Barcelona, sin que haya habido más provocación que la de cantar “Soy Español”.
No acepto que Mossos de paisano se incauten de mi bastón de peregrino aduciendo que es un arma prohibida.
Por todo ello, y para que el éxito deportivo sea manipulado y utilizado por enemigos declarados de España, preferiría no ganar.
Para sufrir mayor persecución policial en las regiones dominadas por las dictaduras nacionalistas, preferiría no ganar.
Para tener que compartir de golpe mesa y mantel con personas que jamás han utilizado la palabra España, y menos unida a un Viva o a un Arriba, preferiría no ganar.

Pero, que desgracia, hemos ganado. Y a pesar de todo me alegro.
Por mi gente, por la que piensa y siente como yo.
Por la gente humilde que no sabe de manipulaciones ni de las mil tretas del poder.
Por los jóvenes que por primera vez han oído plazas enteras cantar el himno nacional.
Por las patadas en sus partes que habrán significado para el ¿Sr? Laporta los gritos de Viva España de Xavi o de Puyol.
Por todos aquellos que siempre han deseado las victorias de España y pensaban que morirían sin verlo.
Por mi padre que si leyera esto me entendería y por mi madre que descansa en paz desde hace años pero que seguro se alegraría por sus hijos y su patria adoptiva.
Pero, sobre todo, por todas las víctimas del terrorismo y sus familiares, que por una vez han podido portar una bandera en señal de alegría y no de duelo.
Vaya por ellos mi brindis. Viva España.

miércoles, 25 de junio de 2008

La roja

La roja
Inconsecuentes, simples, exagerados, emocionales. Así somos los españoles. O por lo menos una gran mayoría.
Inconsecuentes porque nos dedicamos día tras día a renegar de nuestra patria soportando los ataques nacionalistas sin rechistar, aguantando las maniobras políticas del PSOE que están desmontando nuestra patria común, votando a determinados partidos sin valorar el contenido que subyace a estas alternativas políticas y sin analizar en profundidad la esencia anti española de su ideario, para luego salir a la calle con la camiseta roja e hincharnos a gritar vivas a España y a derramar lágrimas por una victoria in extremis.
Simples porque con un poco de “panem et circenses”, es decir, con un poco de espectáculo futbolero y la reducción de 200 euros en el IRPF creemos que nos han salvado la vida y que vivimos la época de mayor gloria de nuestra patria.
Exagerados porque convertimos una simple victoria deportiva en la excusa para abrazarnos, besarnos, regalar nuestra camiseta al primero que pasa, cantar el “Lo lo lo lo” y arrodillarnos en cualquier plaza de España o del extranjero para alabar a Dios por la dicha que nos ha concedido.
Emocionales porque somos de abrazo y lágrima fácil. Personas que no siguen el fútbol, que no han gritado un ¡Viva España! desde las épocas en las que según ellos les obligaban a hacerlo, moviéndose cual saltimbanquis entre la multitud, abrazando a diestro y siniestro sin pararse a pensar ni un momento en quien es la persona que tienen delante, en que igual dicha persona aprueba el aborto, tolera monumentos dedicados a terroristas, es pederasta o maltrata a su familia.
Así SON algunos ciudadanos españoles.
Pero gracias a Dios existimos otros.
Los que nos despertamos todos y cada uno de los días del año queriendo a España por encima de todo, pues la llevamos en el corazón.Los que no hemos tenido que ir corriendo al Corte Inglés a por la camiseta roja porque ya tenemos varias en casa.Los que no votamos a partidos que han hecho de la destrucción de la nación Española su objetivo principal.
Los que amamos desde pequeños la victoria de nuestros colores, ya sea en el futbol, en waterpolo, en Perejil o en la guerra de la Independencia.
En definitiva, los que cantamos el himno de España con su letra entera, que existe, de principio a fin y sin saltarnos ninguna estrofa.
Así SOMOS y así MORIREMOS.

lunes, 10 de marzo de 2008

Las niñas que se cargaron a España

Las niñas que se cargaron a España
Hemos estado aguantando durante varias semanas los chistes y las chanzas sobre la ya defenestrada niña de Rajoy, un personaje que poco ha aportado a la solución de los problemas de nuestra patria y en cambio ha dado el suficiente juego a los enemigos de España para convertirla en una figura ridícula, en un objetivo claro del bullying escolar (si es que aún iba al colegio) o del mobbing laboral (si ya se había incorporado al mundo del trabajo). A serpientes como son los socialistas y sus adláteres en España no se les puede poner en bandeja un bocado tan apetitoso. Atacan, mordisquean, juegan, torturan y al final, matan y engullen sin ningún miramiento. En esto (de atacar, torturar y matar) los amantes de la libertad y la democracia no han cambiado mucho en los últimos 100 años y mucho me temo que irá a peor.
Y por si no tuviéramos bastante con esta pobre niña, desgraciada donde las haya por ser expuesta a las risas de compañeros, amigos y de todo un país sin miramiento alguno, aparece su yang, su personaje opuesto, para rematar la faena. Sandra, chica de las de hoy en día, llena de piercings, fría e impasible, sin un gesto de pena o de dolor en su cara, con un afán de protagonismo como si estuviera en un casting de Gran Hermano o subproducto similar, manipulada en su incultura hasta el final por los dirigentes socialistas, risueña y cariñosa en sus apariciones públicas hablando de libertad y democracia como si hablara de música o de la ropa de moda, en fin, poco afectada por la muerte de su padre pero muy emocionada con la popularidad conseguida, si, esta chica, remata la faena de destrucción de España iniciada hace 4 años por el PZOE con sus simplistas y superficiales declaraciones, a mi entender claramente dirigidas por el aparato del partido socialista con Patxi Lopez a la cabeza.
Y al lado de esta “niña” del PZOE su institutriz, Maria Teresa Fernández de la Vega, disfrazada para la ocasión como cadáver andante, sin una pizca de esos maquillajes que gasta tanto ni un tono de color en su ropa normalmente cara y de las tiendas más en boga, interpretando el papel de persona afectada para tocar la fibra sensible de los electores e inclinar la balanza definitivamente hacia el lado oscuro, hacia el fin de España y la victoria letal del PZOE.
Amigos míos, 2 niñas se han cargado España, una buena a la que no han dejado ni respirar ni hablar desde el momento en que nació y otra, mala, a la que han hecho hablar tal ventrílocuos poniendo en su boca rodeada de clavos y espinas palabras altisonantes como libertad, democracia y socialismo. Y todo ello durante la jornada de reflexión. Así se manipula y así se ganan las elecciones. Nada nuevo sobre la faz de la tierra.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Madrid no es Gerasa

Madrid no es Gerasa
Después de varias semanas, perdón, meses, sigo sin sentir una necesidad angustiosa de escribir. En mi interior se han generado un vacío y un odio de tal magnitud que harían falta unos cuantos milagros para volver a sentirme feliz, querido y queriente, integrado en mi entorno, orgulloso de haber nacido en Barcelona y de ser español. Y no hablo de milagros “menores”, como la curación del leproso o la conversión del agua en vino durante la boda de Caná, milagro que por cierto tampoco desecharía, sino de milagros en mayúsculas, como la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím. Si pudiéramos cambiar la Betania natal de Lázaro por nuestra querida España y la persona a resucitar fuera cualquier personaje que durante nuestra milenaria historia lo dio todo por su patria, entonces si que podría encontrar algún consuelo. No voy a recitar ahora los nombres de las personas que valdría la pena que resucitaran, que son muchos, por lo que lo dejo a la imaginación del lector. En cualquier caso, partiendo de la base que nosotros siempre hemos dicho que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la veracidad de esta expresión ha quedado demostrada definitivamente con la llegada al poder del señor de la ceja, no creo que sea difícil encontrar uno o varios candidatos a resucitar.
Decía que no siento la necesidad angustiosa de escribir, pero si de muchas otras cosas. Significando exactamente aquello que dice la Real Academia, tengo ganas de reprender, de educar, de explicar, de castigar, de encerrar, de convertir, de sentenciar y, por qué no, de ajusticiar a mucha gente. El mundo que yo quiero no incluye espectáculos esperpénticos como lo es el día a día de la puta democracia española, ni figuras salidas de las peores pesadillas como son los ministros del gobierno, los líderes de cualquier formación política actual o los protagonistas de los espacios televisivos en las horas de máxima audiencia. El “prime time” ese, que así lo llaman en inglés, que será de las pocas palabras en inglés que aprendan en el futuro nuestros jóvenes, ya que es la única palabra que les interesa a aquellos que manipulan nuestra historia, nuestra cultura y, lo que es peor, nuestra propia conciencia. El “prime time” para engañarles con trucos de tahúr, cambiando la A por la Z, convirtiendo a España en una invención de los fachas y en cambio al estado narco-terrorista de Kosovo recién proclamado independiente de Serbia en un ejemplo a seguir para nuestras regiones más históricas. Hoy mismo decía un lector en el único diario que tiene la razón que de poco les va a servir el inglés o cualquier otro idioma en el futuro si las próximas generaciones no sabrán de que hablar. Lo poco que sepan al acabar su educación serán las falacias y mentiras que durante los últimos años se les han estado inculcando y eso no da para hablar demasiado.
Otro tipo de milagro haría falta para arreglar este desaguisado. Si Jesús se hubiera reservado un poco igual podríamos utilizar el milagro del endemoniado de Gerasa y limpiar algunas mentes llenas de furia y odio, pero me parece que llegamos un poco tarde. Ni Madrid es Gerasa ni creo yo que Jesús desperdiciara un milagro en curar al de la ceja, al Gaspi o a cualquiera de estos fantoches endemoniados.
Lo que igual si que haría Jesús es condenarlos y yo, si pudiera, ajusticiarlos.

lunes, 7 de enero de 2008

Estoy vivo
Simplemente aclarar que sigo aquí, al pie del cañón. Lo de escribir algo interesante es otro cantar...aunque no creo que tarde mucho.