jueves, 27 de abril de 2017

Qué alegría cuando me dijeron..

Sigo sin lanzarme a escribir sobre la belleza (a pesar de la insistencia de mi amiga María José), pero por lo menos puedo encabezar este artículo con la palabra alegría. ¡Qué ya es mucho! Y como supongo que lo estáis esperando todos, la canción sigue así:

Qué alegría cuando me dijeron
Entró en el presidio un Pujol
Ya estoy sintiéndome mejor
Sólo faltan su familia y el paredón


(Nota para los amantes de la lengua española: yo sigo acentuando el adverbio “sólo” cuando significa solamente, por mucho que las nuevas normas ortográficas no lo aconsejen. Soy de la vieja escuela.)

Y no creáis ahora que soy un iluso: todos sabemos que el paripé que están montando nuestros tan poco independientes fiscales y jueces no va a servir de mucho. Pasados tantos años desde que se iniciaron las investigaciones alrededor de los tejemanejes, las tropelías, los cohechos, las prevaricaciones y demás delitos y faltas de la “sagrada famiglia catalana”, esa pretendida dinastía llamada Pujol (de una nación inexistente por cierto), poco tiene que rascar nuestro poder judicial. Más aún cuando flota en el aire la amenaza de tirar de la manta del “capo di tutti capi”.





Basándome (con todo el respeto y admiración) en un mítico discurso pronunciado en 1933 por una persona honesta, integra y valiente, podríamos seguir así:

Cuando, en mayo de 1980, un hombre nefasto llamado Jordi Pujol i Soley, asumió el cargo de presidente de la Generalitat, dejó de ser la honradez política una entidad permanente. Fueron más de 23 años, 8.626 días, de mangoneo disfrazado de gobierno, periodo fructífero para la famiglia y su corte de aduladores, pero sumamente desastroso para el bien común. Jordi Pujol i Soley vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones interesadas, ligadas a una módica comisión del 3% (o del 4% como se ha descubierto hace poco).

Jordi Pujol i Soley suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tenemos un intelecto inferior, frente a la jerarquía natural de cada uno de sus hijos, y que ese yo superior (que era él) está dotado de unas prerrogativas infinitas, capaz de robar en cada instante lo tuyo y lo mío, por encima del bien y del mal.

De ahí vino el sistema nacionalista, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de manipulación de la verdad en aras de un beneficio económico. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, dedicó el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a recaudar comisiones, colocar a familiares y amigos y a crear naciones imaginarias, manipular leyendas milenarias y a hacer sonar la flauta por el bien de los suyos.

Vino después la pérdida de la voluntad real de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a participar del expolio del sistema, tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos inventado, manipulando, tergiversando, ocultando, vilipendiando, si era preciso, a los demás ciudadanos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento.

Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados del complot mafioso de la famiglia, ocultó en su domicilio de la calle General Mitre (y en muchos otros lugares) todo lo recaudado y robado durante su mandato.

Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con una Cataluña en ruina moral, una región escindida en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos una Cataluña dividida por todos los odios y por todas las pugnas.


Para descubrir al final que todo fue culpa del avi Florenci.

Como ya cantaba el insoportable bardo oficial Lluis Llach (en boga de nuevo por sus amenazas a los funcionarios de Cataluña):

L'avi Florenci em parlava
de bon matí al portal
mentre el sol esperàvem
i els carros vèiem passar.

Jordi, que no veus la trama
que ens tenim que muntar?
si no podem enganyar-los
ens tocarà ben robar!

Si enganyem tots, la comissió caurà
i molt de temps ens ha de durar,
segur que s’omple, s’omple, s’omple
la butxaca familiar.



¡Qué os den, malditos ladrones!


martes, 14 de marzo de 2017

La historia os juzgará

Por muchas mentiras que nos cuenten en el presente que (por desgracia) vivimos, por muchas falsedades cortoplacistas que se inventen los mangantes de turno, al final la historia pone a cada en su sitio. Y más aún en la actualidad, en una época de digitalización absoluta en la que todo lo que sucede queda registrado, grabado, copiado y archivado en soportes accesibles a todo el mundo y, sobre todo,  carentes de caducidad física. O casi.

¿Pero nos servirá de algo? ¿Qué nos importará como individuos que se descubra algún hecho manipulado en otros tiempos, si no llegaremos a ver a los culpables condenados o a los inocentes absueltos?

Pues mira por donde, yo creo que servirá de algo. Por lo menos nuestros hijos, nietos o biznietos podrán algún día respirar tranquilos y ver que no estábamos locos y que los malos eran otros. Se tarde unos meses, años o siglos. Y desde el cielo los luceros de los que ya se fueron, nosotros incluidos, brillarán de alegría por ver triunfar la verdad. Y eso ya vale mucho.

Vienen a cuento estas reflexiones por varias razones, todas ellas de peso. Tenemos por un lado las graves mentiras del 11-M, el peor atentado terrorista sufrido por Europa en los últimos decenios. Hay que remontarse a los bombardeos aliados sobre Yugoslavia en 1999 o a la bárbara destrucción de ciudades japonesas y alemanas (Hamburgo, Dresden, Hiroshima, Nagasaki) por parte de los mismos adalides de la libertad en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para encontrar un hecho similar. Y cruel. Y cargado de falsedades. Y manipulado hasta la saciedad por aquellos que ostentan el poder. Ya sea político o mediático. O ambas cosas. Trece años han pasado ya, con los pocos inculpados puestos en libertad, las pruebas sin aparecer, el relato oficial sin tener sentido y la justicia brillando por su ausencia.

Pero tiempo al tiempo. En España hay suficientes personas enteras, luchadoras, nobles, constantes e idealistas que seguirán investigando.  Por la justicia. Por la verdad.

Como han hecho los investigadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, que acaban de publicar el libro “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, exhaustivo y profesional estudio de las bien localizadas y, esta vez sí, documentadas y cuantificadas manipulaciones de las elecciones de 1936 por parte del Frente Popular (es decir, la gran farsa comunista que precipitó una justa reacción militar ante el golpe de estado que habían perpetrado las huestes del mal). No desgranaré detalles del libro (algo imposible, por cierto, ya que sale al mercado hoy mismo), ni repetiré lo que ya han escrito plumas serias sobre el tema, o han comentado preparadas y cultas autoridades en la materia en las pocas emisoras radiofónicas serias que quedan en España. Simplemente dejo caer, como ya digo al principio de este comentario: al final la historia pone a cada uno su sitio.

Para no hablar por otro lado de la famosa “Leyenda Negra” que pesa sobre la historia de España, leyenda inventada, sacada de contexto, exagerada y manipulada por los históricos enemigos de España (los ingleses, los holandeses y los protestantes a la cabeza), que con máximo detalle desmonta página tras página Elvira Roca Barea en su último libro Imperiofobia y Leyenda Negra”.  Dejando al descubierto que el supuesto “genocidio” perpetrado por los españoles durante el descubrimiento y la conquista de América no es más que una gran y bien elaborada mentira de los demás países, celosos del éxito español e incapaces de aportar a la historia universal algo tan bonito, valioso y duradero como la hispanidad.

O quizás valdría nombrar a la “Santa Inquisición”, parte de dicha leyenda negra, institución tan seria, avanzada y justa que en 260 años solamente condenó al 1,8% de las personas imputadas en los 44.674 juicios celebrados. En Inglaterra durante un periodo similar condenaron a muerte a más de 260.000 personas. Y en Alemania quemaron a decenas de miles de brujas aún en menos tiempo.

Pero claro, los malos fueron los españoles. Que viene el coco. O el Duque de Alba, “amenaza” que aún se cierne sobre los niños holandeses si no se compartan o se niegan a ir a la cama.

Y viene a cuento este comentario, sobre todo, por las constantes, continuadas y cansinas mentiras de los principales “actores” de este nefasto presente que estamos viviendo en España: los Iglesias, Monedero, Echenique, Otegui, Cifuentes, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Bárcenas, Toledo, Bono, Wyoming, Maestre, Cristina, Urgandarin, Montero, Soraya, Mas, Pujol, Luis Enrique, Aytekin… esa lista interminable de embaucadores, con sus medios afines liderando la gran estafa, dejándonos en herencia un sinfín de medias verdades, horrendas mentiras, baratas manipulaciones y vomitivas actuaciones, todo ello llana y simplemente para cubrir su falta de valores, proteger su único y principal objetivo, el poder y el dinero, ocultar su carencia de ética y, obviamente, su desconocimiento absoluto de la estética.


Pero, malditos todos, que sepáis: la historia os juzgará.




miércoles, 1 de marzo de 2017

Imbéciles



Hace poco más de un mes hablaba en mi último artículo sobre la sociedad distópica en la que por desgracia vivimos, y una amable y muy querida lectora me sugería en un comentario que escribiera en un futuro alguna cosa sobre la belleza. 
¡Ojalá pudiera dedicarme a loar la belleza de este mundo, los valores de nuestra sociedad y el magnífico estado evolutivo y nivel cultural que hemos alcanzado entre todos! 
Pero va a ser que no. 
Habrá que esperar a tiempos mejores (asumo que será una espera inútil y que dejaré este mundo bastante antes) y volver a descargar toda la rabia, impotencia y asco que me produce nuestra sociedad actual en este pequeño comentario. Lo siento María. Otra vez será.
Hablemos pues de imbéciles. De nosotros.

En estos cuarenta y pocos días transcurridos desde mi artículo anterior se ha producido tal avalancha de sucesos y comentarios insensatos, estúpidos, falsos, manipulados o inventados, que ni uno de los minúsculos copos de nieve del desprendimiento se salva de su parte de culpa, por mucho que se excuse con un “no ha sido culpa mía” o un “no sabía” de clara influencia borbónica.

Y ya que hablamos de sangre azul, vamos a por la primera bofetada que nos han dado en la frente a nosotros, los ciudadanos imbéciles: la sentencia dictada contra el cuñado del Rey y su tan olvidadiza y real esposa. Tan contentos que nos sentíamos la mayoría de ciudadanos de bien y amantes de la justicia (esa que es igual para todos) por ver procesados a Urdanga & Co., y al final van el juez y el fiscal y nos estropean la fiesta, a mayor gloria (y beneficio económico obviamente)  de los abogados defensores, con el inefable Roca i Junyent al frente. De pagafantas  hemos pasado a ser pagainfantas. Por no hablar de las risas que se habrán pegado a costa nuestra los encausados, que en vez de purgar sus delitos en las celdas de rigor seguirán disfrutando de su “dolce far niente” en algún agradable exilio portugués o suizo. Y nosotros, los imbéciles, a pagar. As usual.

La segunda afrenta a nuestra inteligencia es la feroz campaña contra el presidente de los EE.UU, el rubio Donald Trump. No me erijo aquí en defensor de esta persona, faltaría más, (teniendo en cuenta el poco respeto y cariño que siento desde pequeño por los yanquis, no creo que sea el momento de cambiar de golpe de opinión), pero lo que sí que es vergonzoso es asistir al dantesco espectáculo del llamado “establishment”, que viene a ser lo que en nuestra patria son los artistas de la ceja, los amigos de Zapatero, las compinches de Ramoncín, las sextarios de Wyoming, los inútiles admiradores de Pedro Sánchez y los recién llegados (y ya enriquecidos) populistas de Podemos y sus adláteres. Estos seres engreídos, que se arrogan ser poseedores de la verdad absoluta en todos y cada uno de los aspectos de la vida, se han lanzado cual jauría hambrienta a por un presidente elegido por la mayoría de los ciudadanos de su país, que cumple sus promesas electorales y que por lo tanto es de los pocos políticos que realmente son dignos de respeto. Por lo menos ejerce como tal: proclama sus intenciones, promete y las cumple. Como las neveras, que cuando las compras enfrían. O los coches, que cuando los adquieres arrancan, giran y frenan. Y no como los cientos de miles de politicuchos de tres al cuarto que campan a sus anchas por la piel de toro mintiendo, robando y riéndose de nosotros mientras devoran mariscos y cobran dietas por desplazamiento y alojamiento cuando tienen su pisito a escasos metros de su puesto de trabajo (y probablemente ocupado por alguna amante, cortesana o mujer de mal vivir aupada al poder por todo menos por sus méritos intelectuales). Meretriz, para afinar un poco más. O Irene.

La tercera afrenta, que no por ridícula y pequeña nos salva de ser unos completos imbéciles por tolerarla, ha sido el concurso “democrático” de remodelación de la Plaza de España de Madrid. Una más de las ya tan habituales “carmenadas” que un día de estos acabarán con nuestra paciencia y saber estar (tiempo al tiempo, que se acerca el World Pride Madrid a celebrar en Junio).

 ¡Qué Dios nos coja confesados, o mejor, armados! 

Dicen literalmente los memos de Podemos y Ahora Madrid en sus sitios web y en sus medios afines que “LA CIUDADANÍA” ha elegido el nuevo proyecto, “Welcome mother Nature”, como mejor opción para la reforma de la plaza de España de la capital del Reino. Si la “ciudadanía”, como dicen ellos, son los veinte y pocos mil votos recibidos (algo así como el 1% del  censo electoral), pues que a partir de ahora sea esa "amplia" representación ciudadana la que financie con sus impuestos las locuras de la vieja bruja y su banda de cabezas de chorlito. No le daría ni para comprarse una bolsa de chuches. O un par de pastillas alucinógenas o medio gramo de cristal.  Que, vistas las actuaciones de la alcaldesa y su equipo, debe de ser la merienda común en los salones del otrora Palacio de Comunicaciones.

Podría añadir bastantes afrentas más, cada una de ellas peor y más ridícula que la anterior, desde la petición de la exhumación del cadáver de Franco, pasando por los propietarios de pisos ocupados acusados de violencia mientras los usurpadores disfrutan de las comodidades de las viviendas sin estrenar, las gilipolleces de Piqué o de Gabriel Rufián, la desfachatez del antiguo vendedor de helados (y actualmente de mentiras)  Homs, la “carmenada” de proponer pintar los pasos de cebra con los colores del movimiento LGTB, las continuas blasfemias durante el Carnaval o la cruel y vil injustica con los encausados por el caso Blanquerna; todo ello sucesos que corroboran, por nuestra poca o nula respuesta, que somos unos imbéciles de grado máximo.

Pero me centraré en el cuarto y más reciente atropello que hemos sufrido los ciudadanos de Madrid, y por extensión todos los habitantes de España. Esa gota que colma el vaso. Como todos sabéis, un autobús, pagado por la organización no gubernamental “Hazte Oír” (prefiero evitar las siglas ONG para no confundir algo serio como “Hazte Oír” con las fantochadas de los progres pijos y sus acciones sociales y culturales,  limitadas a engañar a la inculta galería y a satisfacer su propio ego), ha estado circulando durante unas pocas horas por Madrid con un lema tan veraz, irrebatible y científico como que “Los niños tienen pene y las niñas vulva”.  Creo recordar algo de mi etapa escolar sobre los cromosomas X e Y. Creo…


¿Qué ataque hay en la frase que adorna dicho autocar? ¿Qué derechos de la humanidad han infringido los amigos de “Hazte Oír”,  como afirma la insoportable y asquerosa nulidad Rita Maestre? ¿Qué maldita locura les ha entrado a todos, incluida la cada vez más repugnante presidenta de la comunidad Cristina Cifuentes, de ceder ante el lobby “transgénero” y convertir casos aislados, enfermedades o trastornos, en la nueva base científica sobre la realidad genética del ser humano? 

¿Con qué derecho bloquean a este autobús poniéndole un cepo, atacando con ello el derecho a  la propiedad privada, la libertad de movimiento y la libertad de expresión?

Uf, me callo. Que si me embalo me ponen un cepo. O me destierran a Cádiz, que aún sería peor.

No incido pues en este tema. Es tan patético, triste, ridículo, y a la vez dañino y peligroso para nuestra sociedad y el futuro de la humanidad, que más vale volver al inicio de mi artículo y repetir con toda nuestra rabia y desesperación:

 ¡Qué Dios nos coja confesados y armados!

Si no reaccionamos, pues eso, seremos y seguiremos siendo unos imbéciles. Muy imbéciles.


Y me permito acabar con un siempre acertado y lúcido comentario sobre el particular del admirado amigo José Javier Esparza:


Orwell pensaba en Madrid: Usted puede estar de acuerdo con el mensaje del bus de Hazteoir. Está en su derecho. Usted, claro, puede estar en desacuerdo; también está en su derecho. Lo intolerable es que la fuerza pública intervenga para prohibir que ese bus circule; para reprimir lo que, al cabo, sólo es un gesto de libertad de expresión. Orwell, es bien sabido, imaginó en '1984' una Policía del Pensamiento, brazo armado del Ministerio de la Verdad, que perseguía a los disidentes de la doctrina oficial. Pues bien, henos aquí de nuevo, en '1984'. Y no es sólo la evidente querencia estalinista de Podemos y sus marcas; no, es todo el establishment político y mediático el que ha alentado el linchamiento del disidente. Poniéndole el cepo a ese autobús intentan callarnos la boca a todos. A usted, piense lo que piense, también.


miércoles, 11 de enero de 2017

Viviendo en Distopía

 La forma más eficaz para destruir a la gente es negar y
destruir su propia comprensión de su historia. -George Orwell.


Leo en alguno de los periódicos que repaso (o engullo) diariamente, que el 90% de los espectadores de “Gran Hermano” desconocen el origen de esta expresión, algo que por otro lado no me sorprende lo más mínimo. En un país (junto a muchos otros países, no vayamos a creer que solamente hay tontos en España) que va por la edición 17 del nefasto y pernicioso programa (que encima bate records de audiencia), no vamos a pedirle peras al olmo y esperar que los cada vez más alelados ciudadanos sepan de literatura. Algo que queda corroborado por los últimos datos sobre los hábitos lectores de nuestra sociedad, publicados ayer mismo, que muestran claramente el declive lector, y con ello intelectual, de nuestra patria. Y si no saben de dónde viene la expresión Gran Hermano mucho me temo que palabras como utopía, ucronía o distopía, les sonarían, si leyeran, a enfermedades infecciosas.  

Queden pues descartados y liberados de seguir leyendo este artículo la mayoría de ciudadanos (que por cierto incluye a las ciudadanas, aunque la imbecilidad reinante añada últimamente el femenino a cualquier expresión genérica) de este país.

A lo que iba: frente a las sociedades ideales, como la isla de Utopía de San Tomás Moro, en la que todo está organizado de forma correcta, enfocado al bien común, con sensatez, con mecanismos de autocontrol, con solidaridad, con Traniboros preparados, un senado capacitado y un príncipe justo, y con una estructura basada en valores e ideales reales, eternos y naturales, nos encontramos hoy en día con el escenario contrario. Y no hablo de una ucronía, es decir, una reconstrucción histórica basada en hechos que no han sucedido, sino en algo muchísimo peor: hemos llegado al punto crítico en la evolución de la humanidad, estamos viviendo en una cacotopía, en esa maldita isla de Distopía que nunca deberíamos de haber descubierto.


Una decadente isla en la que en vez de aprender una profesión y ejercerla con orgullo, el objetivo principal es vivir del cuento, cumplir los horarios laborales aunque sea durmiendo o escondiéndose en los baños, cobrar subvenciones del estado y dedicarse a la “dolce vita” a costa de los demás.

Una maldita isla en la que los representantes de la sociedad, los filarcos y protofilarcos en Utopía, es decir, nuestros actuales cargos políticos de las múltiples administraciones que nos asfixian, dedican su tiempo a la lucha por mantener sus privilegios, a su perpetuación en los círculos de poder y a usar sus cuotas de influencia para beneficio propio y de los suyos (con la mafia Pujol como máximo exponente de la decrepitud del sistema).

Una isla enferma en la que el sexo competitivo, sucio y lascivo se ha convertido en el principal entretenimiento (véase el “juego del muelle” de moda últimamente en la capital del Reino), dejando de lado cualquier sentimiento de amor o cariño, para no hablar de las aberraciones actuales en forma de dictadura LGTBI y contra-educación, hasta el punto que los nuevos libros de primaria hablan ya de niñas con pene y niños con vulva, primer paso antes de legalizar la pedofilia o la zoofilia, algo que ya se vivió en Alemania y Holanda en otras épocas (y a cargo de los mismos progres pseudo-intelectuales de tres al cuarto).

Una isla desquiciada en la que los diferentes oxímoron que se están usando en el escribir y hablar del día a día rayan el ridículo, como por ejemplo los “fraudes legales”, “magistrados corruptos” (frente al buen Magistrado de Utopía), “revolucionarios conservadores”, “narcos religiosos”, “ladrones honestos” o “republicanos monárquicos”.

Una isla inculta en la que la historia verdadera ha sido reemplazada por ucronías creadas por nacionalismos y populismos para engatusar a la gente (con victimas claras como Gabriel Rufián o Rita Maestre), llevarles a su redil y utilizarles en su afán de poder y riqueza.

Una isla por finiquitar en la que el estudio ha perdido todo su valor, a diferencia del concepto de estudios en la ideal isla de Utopía (“..durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de sus labores profesionales.”), con casos tan flagrantes como la epidemia de estudios ridículos e inservibles que se están dando en nuestra sociedad en la actualidad  (gracias María por la aportación).

En fin, una isla que jamás debería de haber sido descubierta, y que me ha traído a la memoria una canción de final de los años 70 del cantante de folk progresivo barcelonés Eduardo Martí, titulada Y ahora que”. Versos que a pesar de hacer referencia a una hipotética guerra nuclear me parecen bastante adecuados para la ocasión, para maldecir esta sociedad distópica que entre todos hemos creado y que no tiene visos de arreglarse.

A no ser que explote la bomba de una vez.

Creyó soñar al ver que amanecía, no supo si atreverse a respirar,
pensó que no podía haber ya vida, si sólo hace un momento, aquello era el final.
Y vio que alrededor no había nada, como si nunca hubiera habido Dios
La guerra se llevó lo que quedaba, de un mundo que trataba de hacerle sombra al sol.

¿Y ahora que? al fin lo conseguimos hacer,destruir,matar y enloquecer.

y al final lo hicimos desaparecer, y ahora que, y ahora que, y ahora que.


P.D. ¡Qué tiempos aquellos en los que Frank Zappa (junto a Steve Vai) aún rebosaba de optimismo y hablaba de Utopia!